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Obama allana el terreno a las renovables

Decía Mises que toda intervención del Gobierno generaba nuevas intervenciones dirigidas a tratar de corregir los fallos de las anteriores. Y en este caso no puede ser más cierto. Dentro de dos semanas, Obama presentará en el Congreso una de sus iniciativas estrella en política económica: su plan de inversión en energías renovables para crear empleo.

El propio Obama reconoció hace pocos días que su proyecto está inspirado en España, donde viene aplicándose aproximadamente desde el año 2000. Pues bien, siendo así, es posible que el presidente de Estados Unidos ya sepa cuáles han sido las nefastas consecuencias que ha tenido para nuestro país y esté tratando de ocultarlas ante los congresistas.

Dado que las energías renovables son mucho menos eficientes que las fuentes tradicionales, el precio de la electricidad en España debería haber aumentado correspondientemente a partir del año 2000. Sin embargo, el Gobierno impidó, por "motivos sociales", que el precio de la electricidad, fijado por tarifa, se incrementara lo suficiente como para compensar a las eléctricas el sobrecoste productivo de las renovables. Este desfase entre el precio al que se vende la electricidad y el precio al que en teoría lo suministrarían para rentabilizar su inversión es lo que ha dado lugar a buena parte del célebre "déficit tarifario" en España.

Este déficit tarifario, sin embargo, no es una suma que vayan a perder las eléctricas (ya que en ese caso dejarían de operar en España) sino una cuantía que el Gobierno les asegura que recuperarán en el futuro. ¿Cómo? Pues mediante subidas futuras del precio de la electricidad. Dicho de otra manera, el Ejecutivo limita ahora el precio que pagamos para subírnoslo sobreproporcionalmente en los años venideros.

¿Y cuánto deberían subírnoslo para compensar el déficit tarifario que en buena medida han generado las subvenciones a las renovables? Según la Comisión Nacional de la Energía, un 31%. Cuestión distinta es que el Gobierno, por los mismos motivos populistas que no los elevó en el año 2000, no esté dispuesto a incrementar en esa proporción los precios y tenga que recurrir a otras vías (por ejemplo, pagarles a las eléctricas el déficit tarifario con cargo al presupuesto).

Dicho de otra manera, el sistema eléctrico que quiere copiar Obama para Estados Unidos implicaría una subida de alrededor del 30% del precio de la electricidad en su país. ¿Y quiénes serían los sectores más afectados por este aumento? Pues, entre otros, las acerías, empresas muy intensivas en el uso de la electricidad. De hecho, Acerinox se deslocalizó de España a Sudáfrica y Estados Unidos, entre otros motivos, por la imposibilidad que tenía nuestro país de garantizarle a largo plazo un precio competitivo de la electricidad.

Y aquí es donde entra la propuesta de Obama de incrementar los aranceles sobre la importación de acero. Si implanta su plan de energías renovables, resulta previsible que ante los elevados costes de producción, las acerías tiendan a deslocalizarse a otros países con menores precios de la electricidad para seguir exportando su acero a Estados Unidos. Pero claro, si los aranceles sobre el acero se incrementan, sólo podrán venderlo si no salen del país.

Al final, la propuesta de Obama no evitará la destrucción de empleo en la economía, ya que o bien sólo reducirá los márgenes de beneficios de las acerías o, más posiblemente, encarecerá dos factores productivos básicos de la industria estadounidense: la electricidad y el acero. Un error absoluto que sólo agravará todavía más la depresión. Con la excusa de crear puestos de trabajo, destruirá muchos otros en el resto de la economía.

Por cierto, y como nota al margen, uno de los argumentos que están empleando los demócratas para nacionalizar la industria del automóvil es promover su reconversión hacia los automóviles eléctricos. ¿En qué sentido se cree Obama que estimulará las ventas de estos coches si les encarece dos inputs tan básicos como el acero y la electricidad? ¿O es que vamos a subvencionar su precio para que los sobrecostes se los vuelvan a tragar las pocas industrias rentables que vayan quedando?

Parásitos

Sin embargo, también se emplea para referirse a toda "persona que vive a costa ajena", aprovechándose así del trabajo de los demás. Pues bien, los políticos de toda y clase y condición dependen para sobrevivir, única y exclusivamente, de los recursos que genera la sociedad.

Papá Estado es el aparato burocrático, altamente perfeccionado, en el que tales parásitos habitan y desarrollan su labor con el fin de satisfacer unos determinados intereses, los suyos. Así, dependen del organigrama estatal, entendido éste como toda forma de administración pública. La cuestión es que dicha estructura precisa, a su vez, acaparar recursos ajenos, ya sea riqueza (impuestos) o fuerza laboral (nacionalización económica) para subsistir.

En este particular contexto se desarrolla la histórica pugna Estado versus Mercado, en donde la clase gobernante trata de incrementar su poder a costa de la libertad y propiedad privada del resto de individuos. A lo largo del tiempo, esta relación siempre se ha mantenido de un modo inversamente proporcional. Es decir, a más Estado (o mayor poder político) menos mercado, y viceversa. No por casualidad, el totalitarismo se alza como un modelo en el que impera la anulación plena del individuo. De ahí precisamente que la sociedad prospere a pesar de los políticos y nunca gracias a ellos, tal y como pretenden hacernos creer algunos.

Ahora bien, la virulencia y apetito que muestran estos organismos varía en función de las ideologías que profesen. Los parásitos más intrusivos y devastadores para la salud del anfitrión que los alberga son aquellos que creen firmemente en la función que desempeña el Estado en favor de un concepto etéreo e inexistente denominado "interés general". Es sin duda el caso de todos aquellos políticos que, con independencia de las siglas, abogan por un Estado fuerte y protector para tener bajo cuerda a su mayor enemigo, el mercado.

Por el contrario, los auténticos liberales priman siempre y sin excepción la libertad individual frente a los poderes coactivos del Estado. Es decir, la defensa y desarrollo de los derechos naturales (vida, libertad y propiedad) bajo un Estado mínimo. Por desgracia, vivimos tiempos convulsos en donde los líderes de las principales potencias del planeta están aprovechando la gravísima crisis económica que ellos mismos generaron gracias a la banca central, para extender su función parasitaria sin cortapisas ni ambages de ningún tipo.

Ni siquiera Estados Unidos es ajeno a tal peligro tras el creciente intervencionismo público que sufre el país desde hace varias legislaturas. En la actualidad, el sueño americano que vislumbraron los Padres Fundadores corre el riesgo de desintegrarse por completo bajo la suicida estrategia anticrisis implantada por Bush, Paulson y Greenspan, y que ahora pretende incluso intensificar Obama, Geithner y Bernanke. Y detrás vienen los demás. Japón, Alemania, Francia y, por supuesto, España, entre muchos otros gobiernos, ya que insisten en rescatar a determinados sectores a costa de empobrecer a todos sus ciudadanos.

Por suerte, algunos empresarios españoles parecen despertar ahora del letargo y alzan su voz en contra de nuestros gobernantes con fuerza y meridiana claridad. El presidente de la Cámara de Comercio de Valencia, Arturo Virosque, harto del engaño, ha sido el primer valiente de este país en decir verdades como puños. La situación es "de una gravedad absoluta, como no se había conocido nada igual y nuestros políticos aún se están riendo, aún salen con la sonrisa puesta". ¡Pim!. "Hablo mucho con los empresarios y ya no creen en los políticos porque son todos unos embusteros". ¡Pam! "No han hecho nada. Lo sabían todo desde hace dos años y lo han ocultado". ¡Pum!

"Los jubilados dejarán de cobrar la pensión en 2012" y después "los españoles tendremos que emigrar, saldremos de España en patera". Victoria por KO. Desconozco las recetas económicas que propone Virosque, pero coincido en el diagnóstico. Reacciones de este tipo, análisis realistas como el del profesor Velarde e indignación manifiesta como la mostrada por algún empresario ante el mismísimo Zapatero constituyen, precisamente, la masa crítica que precisa este país para comenzar a afrontar de verdad los graves problemas que se avecinan. No esperen más, puesto que si la cacerolada argentina llega a España, me temo que ya será demasiado tarde para reaccionar. No permitan que los parásitos que habitan este país acaben con el anfitrión.

¿Habríamos estado mejor sin el euro?

Hemos podido oír reiteradamente que si España no hubiese entrado en el euro la expansión crediticia que provocó el Banco Central Europeo habría tenido una incidencia mucho menor, de modo que las hipotecas habrían sido mucho más caras y la burbuja inmobiliaria, menos voluminosa. El argumento es sugerente, pero existen serias dudas para pensar que las cosas habrían discurrido de ese modo.

En primer lugar, porque Inglaterra está fuera del euro y, sin embargo, ha tenido una burbuja inmobiliaria similar a la española, que ha terminado por hacer quebrar a su sistema bancario. En segundo lugar y sobre todo, por la génesis de la propia crisis.

Recordemos que ésta surge de una estrategia financiera insostenible pero muy rentable mientras dura: endeudarse a corto plazo (pagando bajos tipos de interés) y prestar a largo (cobrando tipos altos). Se trata de un comportamiento muy imprudente, ya que los bancos tienen que refinanciar su deuda con una periodicidad casi diaria (al tiempo que sólo recuperan su inversión al cabo de los años) pero suficientemente rentable como para que todos se lancen a ella (sobre todo si el banco central es quien les va refinanciando la deuda).

Una modalidad particular de esta estrategia financiera insostenible consiste en endeudarse en países con tipos de interés bajos y prestar en aquellos donde sean altos. En la jerga financiera se la conoce como carry-trade, y muchos españoles estarán familiarizados con uno de los productos bancarios más típicos a los que da lugar, la hipoteca multidivisa. El carry-trade permite al deudor pagar tipos bajos, pero tiene el problema de que su deuda está concertada en moneda extrajera. ¿Qué significa esto? Que para pagar sus deudas debe convertir la moneda en la que ha invertido su dinero en la moneda en que tiene contraídas las deudas. El riesgo es muy grande en caso de que la moneda en la que ha invertido se deprecie, ya que entonces el coste real de la deuda se dispara.

En tiempos de expansión crediticia global y concertada, tanto los tipos de interés como los de cambio suelen exhibir una cierta estabilidad, de modo que la operación parece ser mucho menos arriesgada de lo que realmente es. Sin embargo, en tiempos de crisis y de liquidación de posiciones, el valor de las divisas (que no es más que un subproducto de la salud de su sistema bancario y de su Estado) oscila mucho, de modo que el riesgo del carry-trade aumenta y comienza a deshacerse. Pero fijémonos que para deshacer el carry-trarde hay que comprar la divisa en la que nos habíamos endeudado (de modo que su precio sube) y vender en la que habíamos invertido (con lo que su precio cae), y esto mueve a las divisas en la posición opuesta a la que necesitan quienes han realizado el carry-trade.
 

En esta crisis, de momento, ha habido dos casos muy conocidos de carry-trade fallidos. El más célebre ha sido Islandia, cuyos bancos se endeudaron en yenes japoneses (ya que los tipos de interés estaban en el 0,5%) para invertirlo en coronas islandesas o en libras británicas (cuyos tipos estaban por encima del 5%). En cuanto la corona y la libra se depreciaron frente al yen, los bancos islandeses quebraron. El Gobierno intentó rescatarlos, pero los pasivos bancarios sólo en moneda extranjera eran tan numerosos (seis veces el PIB islandés) que sólo sirvió para que también él se declarara en quiebra técnica. A partir de ahí, la corona se devaluó prácticamente un 50% frente a la mayoría de monedas (lo que todavía agravó más la situación de los bancos, endeudados en yenes y con activos en una corona por los suelos), e Islandia se vio aislada del comercio internacional: un país fundamentalmente importador que no era capaz de acceder a los recursos más básicos debido a que ningún exportador aceptaba su moneda.

El segundo ejemplo de carry-trade, que por el momento no ha desembocado en una catástrofe similar, es el de los países centroeuropeos, especialmente Hungría. Al igual que Islandia, estos países se endeudaron a los bajos tipos de interés de la Zona Euro o de Suiza. Los bancos austriacos fueron quienes les prestaron hipotecas en euros o en francos suizos a unos tipos bajos, pese a que los centroeuropeos cobraban sus salarios y rentas en sus respectivas monedas nacionales. Cuando éstas se depreciaron (especialmente frente al franco suizo, ya que el Banco Central Europeo prestó 5.000 millones de euros a Hungría), el coste de sus hipotecas se disparó, de modo que los bancos austriacos vieron repuntar sus impagos… y amenazada su supervivencia (para que nos hagamos una idea: Croacia debía a los bancos austriacos el 60% de su PIB, y Hungría y Eslovaquia el 40). La crisis cambiaria no ha llegado tan lejos como en Islandia, pero todavía representa una amenaza.

A la luz de estos antecedentes, resulta dudoso que los bancos españoles no hubiesen podido colocar igualmente sus cédulas hipotecarias de la misma manera que lo han hecho durante los años anteriores, simplemente nominándolas en euros (estrategia islandesa) o bien ofreciendo hipotecas multidivisas a los españoles (estrategia centroeuropea). En cualquiera de los dos casos, la burbuja inmobiliaria se habría reproducido de manera similar.

Pensar que en esta época de abundancia ilimitada de liquidez los inversores extranjeros habrían sido contrarios a invertir en España por estar fuera de la Zona Euro resulta poco probable: al fin y al cabo, los bancos americanos y europeos prestaron dinero a deudores subprime, esto es, potencialmente insolventes. ¿Acaso no lo habrían hecho a los españoles?

Y, en todo caso, aunque la burbuja inmobiliaria hubiese resultado mucho menor, las ventajas de esa circunstancia probablemente se habrían visto compensadas por los inconvenientes de tener la mayor parte de nuestra deuda nominada en moneda extranjera (es decir, conservar la peseta y habernos endeudado en euros). Ahora mismo la peseta se estaría devaluando a marchas forzadas, incrementando así el coste real de nuestra deuda y arruinando toda la economía interna. Recordemos que somos un país importador y muy dependiente energéticamente; una devaluación sólo supone incrementar nuestros costes en una cuantía que no compensa un incremento transitorio de las exportaciones.

En definitiva, España ha sufrido las consecuencias del arbitraje de tipos de interés estando dentro del euro; fuera de él, probablemente deberíamos añadir a estos perjuicios el de los arbitrajes cambiarios. Un cóctel demasiado explosivo para cualquier Gobierno, y especialmente para el nuestro.

Al final, volvemos a lo mismo. Con el patrón oro todo este desaguisado no habría sucedido, ya que el metal monetario por excelencia proporciona precisamente estabilidad en la estructura de los tipos de interés y de cambio. El remedio ideal para lo que algunos llaman "la tormenta perfecta".

¿Un virus para Mac?

Lo primero que hay que aclarar es que tendemos a definir como virus al llamado malware, que comprende tanto virus como troyanos y gusanos. Todos ellos son programas creados para expandirse sin permiso y hacer cosas malas, de ahí lo de malware. Sin embargo, la forma de propagarse es bien distinta. Los primeros en darse a conocer fueron los virus y recibieron ese nombre por su parecido con sus homólogos biológicos. Estos programas se adhieren a aplicaciones que tenemos en nuestro ordenador o en disquetes y CDs y se ejecutan cuando el usuario arranca el programa en el que se han infiltrado, momento que suelen aprovechar para infectar otros ficheros.

Los gusanos, en cambio, no necesitan modificar ningún fichero para funcionar, porque se alojan en la memoria del ordenador. Generalmente se propagan sin necesidad de que el usuario haga nada. Los virus, en cambio, requieren que se ejecute el fichero infectado. Eso permite que los primeros se propaguen mucho más rápidamente, de modo que la mayoría de las infecciones que afectan a millones de equipos, como el Blaster, suelen ser gusanos.

Los troyanos, por otro lado, son programas que engañan al usuario haciéndole creer que son algo útil o interesante para que así lo ejecute. Emplean eso que se ha definido de forma tan cursi como "ingeniería social". A no ser que sean muy convincentes, y que al ejecutarse funcionen como un gusano –que es lo que sucedió con el famoso ILoveYou– es difícil que se propaguen mucho. Sin embargo, al contrario de lo que pasa con los anteriores tipos de malware, en los que cuenta mucho el diseño del sistema operativo para frenar su expansión, no hay manera informática de impedir que funcionen. Depende de la educación del usuario.

Mac OS X es una variante de Unix y, como tal, está mucho mejor preparada que Windows para enfrentarse a virus y gusanos. Además, aunque creciente, su base de usuarios sigue siendo menor que la del sistema operativo de Microsoft, de modo que es un objetivo menos deseable para los creadores de malware. Pero ningún sistema operativo está a salvo de troyanos y, por tanto, de vez en cuando aparecerá alguno para Mac. En este caso, estaba escondido dentro de una copia pirata de iWork y a los pocos días ha aparecido una variante en otra copia descargable por internet de Photoshop CS4.

Los usuarios de Mac deberían empezar a plantearse el uso de algún sistema antivirus. Por suerte, es de esperar que nunca sean tan grandes ni coman tantos recursos como sus homólogos en Windows. No les debería hacer falta.

Lo que Krugman no entiende

Los clásicos tenían muy claro que antes de consumir había que producir; no se podía disponer de aquello que todavía no existía. Keynes, sin embargo, le dio la vuelta a la ecuación: si no consumimos lo suficiente, la sociedad dejará de producir, con lo que aun consumiremos menos en el futuro. Ambas fuerzas se realimentarían negativamente hasta provocar la quiebra de todo el sistema económico.

Para evitar semejante Apocalipsis, el economista británico propuso que fuera el Estado quien obligara a la sociedad a consumir. Si el consumo privado cae, el Estado sólo tiene que incrementar el gasto público para compensar el descenso. De esta manera, el nivel de empleo y las expectativas de futuro se estabilizarían y el sector privado volverá a invertir, a consumir y a contratar.

Los problemas de este argumento son múltiples y han sido suficientemente analizados por los economistas de la escuela austriaca. Básicamente, una caída del consumo no implica un descenso del gasto productivo en la economía, ya que menos consumo significa más ahorro y más ahorro permite una inversión más barata. Por tanto, el desempleo no tiene por qué incrementarse con los descensos del consumo; habrá menos trabajadores en las industrias que produzcan bienes de consumo pero más en las que fabriquen bienes de capital (como la maquinaria, la I+D o los pozos de petróleo).

¿Por qué hay crisis entonces? Las crisis son períodos en los que el crecimiento económico artificial de los años anteriores (auspiciado por la expansión crediticia de los bancos centrales) no puede proseguir. Determinados sectores, alimentados por el crédito barato, se han desarrollado en exceso frente a otros que apenas han crecido. Son períodos en los que hay que podar esos excesos y relanzar aquellos bienes de los que teníamos carencias. Por ejemplo, España ha producido durante años una cantidad absurdamente elevada de viviendas, mientras que desatendía su industria exportadora (de ahí que tengamos uno de los déficits exteriores más elevados del mundo). Nuestra recuperación necesariamente pasa por una reconversión industrial desde la construcción hacia la exportación.

Para financiar esa reconversión, sin embargo, necesitamos, primero, que el precio de las viviendas caiga –para que quiebren las empresas que hayan de quebrar y para que podamos reutilizar los inmuebles vacíos en los nuevos procesos productivos– y, segundo, inversión fresca, esto es, ahorro nuevo que nos permita financiar la reconversión. Pero este ahorro sólo puede proceder de una restricción de nuestro consumo interno; por eso es preferible que sea el Estado quien adelgace su tamaño, esto es, reduzca el gasto público y baje los impuestos.

La solución adoptada por los herederos intelectuales de Keynes, como Paul Krugman, discurre por la dirección contraria. En lugar de permitir que el ahorro aumente para financiar la reconversión, proponen que el Estado se endeude masivamente para rescatar a varios de los sectores que deberían quebrar (como la banca, los automóviles o las constructoras) y para crear empleos en cualesquiera otros sectores.

En su carta a Obama, Krugman propone estas dos políticas esquizofrénicas: por un lado, incrementar hasta límites insospechados el gasto y la deuda pública; por otro, rescatar y nacionalizar la banca para que vuelva a conceder préstamos al sector privado.Pero fijémonos en cuáles serían las disparatas consecuencias de este plan.

El incremento del gasto público captaría grandes sumas de ahorro privado que ya no estarían disponibles para la inversión. Es cierto que ahora mismo la incertidumbre lleva a muchos empresarios y capitalistas a paralizar sus inversiones; sin embargo, conforme sigan cayendo los precios de los bienes de capital (como la vivienda o las acciones) el riesgo de la inversión va reduciéndose. ¿Compraría un piso de 100 metros cuadrados en Madrid por 100.000 euros? Si el precio de los inmuebles cayera tanto, muy probablemente los inversores se lanzarían a adquirirlos, ya que su precio sería lo suficiente barato como para que no comportara grandes riesgos.

Ahora bien, si Obama despilfarra en proyectos públicos el ahorro que tienen atesorado los inversores, aun cuando el precio del piso se reduzca a 100.000 euros, nadie tendrá dinero con el que adquirirlo (pues lo estará empleando Obama), con lo que los precios caerán todavía más.

Y aquí entramos en contradicción con la segunda gran propuesta de Krugman: recapitalizar y nacionalizar la banca de Estados Unidos para que vuelvan a prestar. Hoy los bancos están restringiendo el crédito porque están quebrados y no tienen ni la liquidez ni la solvencia suficiente para concederlo. ¿Y por qué están quebrados? Por haberse endeudado para adquirir activos a precios inflados (por ejemplo, conceder hipotecas para comprar viviendas muy sobrevaloradas).

Si Obama se gasta los ahorros de los estadounidenses y del resto del mundo en obras públicas, provocará que los precios de los activos todavía caigan más (dependiendo de cómo gaste el dinero empezarán a caer desde el principio o, en cambio, más a largo plazo cuando corte la financiación al proyecto). Por tanto, los activos de los bancos seguirán sufriendo recortes de precios, agravando su situación de insolvencia. Por mucho que se los recapitalice con fondos públicos, si los activos que tienen en cartera siguen depreciándose, serán incapaces de volver a extender el crédito.

Caeríamos así en un círculo vicioso donde el Estado tendría que endeudarse cada vez más para compensar continuamente las pérdidas de los bancos que, en su mayor parte, les estaría ocasionando él mismo. Pero la capacidad de endeudamiento del Estado no es ilimitada y Estados Unidos podría dar el paso definitivo que lo llevara hacia el colapso: desde la deflación de activos a la hiperinflación de la moneda. Parece que las crisis abonan el terreno no sólo para el empobrecimiento económico sino también intelectual.

Barack H. Lincoln

Está estudiando, en concreto, su política económica como guía para la crisis que nos aflige. Que Dios nos asista. Pues, si bien George W. Bush ha sido un presidente muy malo para la economía, Obama puede llegar a serlo mucho peor.

Lincoln tenía una visión muy clara de lo que quería, y es lo que Henry Clay había llamado "sistema americano", basado en tres ejes: las inversiones públicas (el intervencionismo), el inflacionismo (que se manifestó en la creación de un sistema bancario nacional) y el proteccionismo a ultranza. Las condiciones de mediados del XIX y comienzos del XXI son muy distintas, pero lo que no tiene por qué cambiar es la ambición de la clase dirigente de acaparar un poder creciente y la inspiración de los intereses creados, de los grupos que ganan al amparo de ese poder. En Obama, ese deseo ilimitado de ganar poder se une al desprecio de la Constitución como límite del mismo y la concepción del poder como instrumento para el cambio social. Súmenle a ello ese especioso adanismo de pretender que no había nada anterior a él y la insistencia, tan propio de los totalitarios, en un futuro completamente nuevo y esplendoroso.

Bush ha destacado por ser un intervencionista y empeorar la ya de por sí compleja, pesada y costosísima regulación de aquel país. Barack Obama, si se inspira en Lincoln, será aún más intervencionista. Lincoln impuso la primera tarifa aduanera de larga duración con fines proteccionistas. Ir al proteccionismo en plena crisis nos llevaría exactamente a la política de otro de los ídolos de Obama: Franklin D. Roosevelt, que acentuó la crisis del 29 cercenando el comercio internacional. Y el inflacionismo, que es lo que nos ha llevado a esta crisis, será a su vez la política que adopte el nuevo presidente.

Con Lincoln tuvieron lugar por primera vez en aquel país dos instituciones que han mermado su libertad: el impuesto sobre la renta y el reclutamiento obligatorio (la conscripción). El hombre de confianza de Obama, Ralph Emmanuel, ha propuesto un reclutamiento obligatorio, pero no con fines militares, sino civiles. El ciudadano, visto como un peón para la política del Gobierno. Y, claro es, Lincoln es el presidente que más ha hecho por centralizar el poder en Washington y por minar los derechos de los estados, todo ello en nombre de la unidad. Esa unidad que es parte esencial del discurso de Obama.

Corren malos tiempos para la libertad en el país que hizo de ella su religión.

Pero sólo al 29,16%

Bien, ésta es la teoría, pero para confirmarla hay que conocer su expresión práctica y, mire usted por dónde, los europarlamentarios del PP han hecho a los votantes el espléndido favor de mostrarnos hasta qué punto es cierta esa leyenda urbana de que el Partido Popular es contrario al aborto. De los veinticuatro eurodiputados de Rajoy, tan sólo siete (un poco menos del treinta por ciento) votaron el pasado día 14 en contra de una resolución del Parlamento Europeo que considera el aborto y la eutanasia como "derechos fundamentales".

En los anuncios de colutorios y pastas de dientes, la publicidad afirma que nueve de cada diez dentistas recomienda esa marca. Nosotros podemos afirmar también que "siete de cada diez políticos del PP son partidarios del aborto" y no mentiríamos.

Vaya por delante que no voy a dar mi voto a Rosa Díez, ni en las europeas ni en otras elecciones, porque jamás he votado a la izquierda y no voy a cambiar a la vejez, lo que no es obstáculo para reconocer que, en términos morales, da exactamente lo mismo votar UPyD que PP. Por lo tanto, si los genoveses quieren convencer a sus simpatizantes de que no sólo no se marchen el día de las elecciones a la playa o al campo, como vamos a hacer muchos, sino que acudan al colegio electoral y les renueven su confianza, deberán ofrecer algún argumento de mayor peso específico, porque la trola sobre el aborto, desde el pasado 14 de enero ya no cuela. Aún si el partido hubiera sancionado a los proabortistas por votar en contra del (supuesto) ideario de la formación, podrían mantener la ficción de que el PP defiende el derecho a la vida, pero nada de eso ha ocurrido. De hecho, de producirse alguna reprimenda la recibirían los Siete Magníficos que votaron en contra del aborto como "derecho fundamental", por oponerse a una medida tan progresista. En cambio, los dos pobres diputados murcianos en las cortes españolas que votaron en contra de la admisión a trámite del muy inconstitucional estatuto castellano-manchego pergeñado por Mariloli de Cospedal y Barreda, sí tuvieron que pagar la multa y aguantar una catilinaria en el despacho de la Playmate de enero de diario El Mundo.

Desnortados hasta lo ridículo, los dirigentes de Génova insisten en que el PP no es favorable al aborto, pero el hecho es que cuando hay que votar y retratarse se produce la desbandada general. También añaden que llevarán al Tribunal Constitucional la ley de ampliación de plazos cuando el Gobierno la sancione, y con eso dan el asunto por zanjado. Joder qué héroes, ¿no?

Internet por la libertad

Si hace algo más de medio año la Asociación de Solidaridad España-Israel (ASEI) sorprendía a los internautas españoles con su campaña País de mierda, ahora son la Asociación Española Cuba en Transición y la Asociación de Iberoamericanos por la Libertad quienes han puesto en marcha la no tan impactante pero sí muy buena iniciativa web Cuba. Medio siglo sin libertad.

Se trata de una web de una apariencia muy limpia y, al mismo tiempo, ingeniosa. Se ha puesto en marcha para generar un efecto viral que movilice a internautas de cara a la concentración que se celebrará en el próximo 1 de febrero con el objetivo de reclamar la libertad para Cuba. El mecanismo de preguntas-respuestas, que ofrece un contenido diferente según la contestación seleccionada, resulta ingenioso y eficaz como método tanto de movilización como de divulgación de la realidad cubana. Y es de agradecer que el código para insertar el banner de la campaña en la bitácora de cada uno sea tan fácil de localizar.

Además de su calidad, debe destacarse también su objetivo: animar a participar en una concentración contra una dictadura que se prolonga ya durante medio siglo y que somete a millones de seres humanos a todo tipo de sufrimientos. Merece la pena asistir por muchos motivos. Las que dan los responsables de la campaña son suficientes, pero hay más. En ese país, lejano en lo geográfico pero cercano en lo emocional y lo cultural, los ciudadanos no pueden ser llamados tales (puesto que no gozan de derechos y libertades frente al todopoderoso Estado) y viven en una situación difícil de imaginar desde España.

En Cuba, cualquiera puede sumarse a los miles de encarcelados –incluidos más de doscientos presos políticos– por molestar al Gobierno. Y hacer esto último no es nada complicado: basta con expresar tu opinión en voz alta (incluso dentro de tu propia casa), ser católico practicante, homosexual, activista pro derechos humanos, sindicalista, masón o cantante de punk, entre muchas otras cosas. Basta con leer libros que no sean del gusto del régimen, escuchar emisoras extranjeras con una radio de onda corta (prohibidas), ver cadenas de televisión foráneas o simplemente conectarse a internet sin permiso del Gobierno.

La falta de libertad y la locura dirigista del régimen ha condenado al exilio a dos millones de cubanos y sometido a la miseria a muchos millones más (incluidos todos aquellos que quieren irse pero a los que el castrismo prohíbe salir de la Isla). El paraíso socialista caribeño no es más que el infierno en la tierra.

Por todo ello, merece la pena participar en la difusión de la campaña Cuba. Medio siglo sin libertad y, por supuesto, acudir el mediodía del próximo 1 de febrero a la Puerta del Sol de Madrid.

A un paso del colapso

A lo largo de la historia, el dinero fiduciario ha sido incapaz de actuar como una buena reserva de valor y, por eso mismo, ha tendido a desaparecer. Sólo hay una misteriosa excepción a esta regularidad empírica, un período excepcionalmente largo en el que el dinero fiduciario, sin haber conservado su valor, ha sido capaz de sobrevivir: los últimos cuarenta años.

Desde que Nixon, aconsejado por Friedman, abandonó Bretton-Woods, el sistema monetario internacional perdió su último anclaje con el oro. Empezaba la era del dinero totalmente administrado, en el que los bancos centrales abandonaban su tradicional papel de emitir moneda y redescontar el crédito comercial (el papel que les correspondía de acuerdo con el gran teórico de la banca central, Walter Bahegot) para convertirse en el soporte último de la transformación de plazos de los bancos, un prestamista de última instancia contra casi cualquier tipo de activo.

¿Por qué, entonces, el dólar y el resto de divisas siguen circulando? Básicamente porque aunque las divisas sean inconvertibles siguen estando respaldadas por los activos del sistema bancario, especialmente los del banco central. ¿Y en qué consisten estos activos del banco central? En su mayor parte, deuda pública, esto es, promesas de pago futuras por parte del Estado. Dicho de otra manera, desde 1973 el valor de nuestras monedas depende, en última instancia, del crédito (de la solvencia) del Estado. Por eso el colapso del Estado en Argentina o más recientemente en Islandia supuso, también, el colapso de sus monedas.

La existencia de este dinero fiduciario ha permitido a los bancos privados expandir hasta niveles insospechados la creación de deuda: los inversores se han estado endeudando a corto plazo para invertir en activos a largo plazo sin ningún tipo de contrapeso, como podían ser hace un siglo las retiradas de oro de los bancos. La última burbuja inmobiliaria es un claro ejemplo: los bancos se endeudaban a corto plazo con los depositantes y prestaban el dinero a 30 años en forma de hipotecas. La inversión, por tanto, ha dejado de estar respaldada por el ahorro real de una sociedad. De hecho, se ha venido a considerar "ahorro susceptible de inmovilización" cualquier punta de caja de una empresa o de una familia.

La consecuencia obvia de esta elasticidad de la inversión ha sido una considerable inflación en los precios de todos los activos. Sin ir más lejos, durante la expansión crediticia de los últimos años no ha habido activo cuyo precio no se haya disparado gracias a la demanda extraordinaria que permitían unos tipos de interés ridículamente bajos: la vivienda, las acciones, la deuda pública y privada y las materias primas duplicaron sus precios entre 2002 y 2006.

Ahora, en cambio, estamos en el proceso inverso. Una vez se ha pinchado la burbuja crediticia y los activos están cayendo de precio, todos los que se endeudaron para adquirirlos están liquidando sus inversiones y tratando de amortizar parcialmente se enorme deuda. La deflación de los precios de los activos empezó con la vivienda, siguió con la deuda privada, continuó con la bolsa y, en los últimos meses, con las materias primas. Sólo ha habido dos activos que en este proceso global de desapalancamiento no se han depreciado: la deuda pública y el oro.

A principios de 1990, John Exter, fundador del banco central de Sri Lanka, enunció una curiosa teoría conocida más tarde como "la pirámide invertida de Exter". De acuerdo con este especialista en teoría bancaria, las sociedades occidentales no estaban abocadas a la hiperinflación por haber abandonado el oro, sino a la deflación. En su opinión, conforme el crédito artificial fuera contrayéndose, los inversores irían abandonando los activos menos líquidos y tratando de adquirir los activos más líquidos; esa jerarquía, de menor a mayor liquidez, es la que quedaba plasmada en su pirámide.

Esta fuga hacia la liquidez es lo que hemos ido viviendo en los últimos trimestres. El colapso de las subprime trasladó a los inversores al siguiente escalón: la bolsa y las materias primas. De ahí que el mercado de valores estuviera subiendo hasta finales de 2007, cuando la crisis ya era más que evidente. El colapso de la bolsa desplazó a los inversores hacia las materias primas, que estuvieron repuntando hasta julio, pese a que su demanda ya se estaba reduciendo. Finalmente, el colapso de las materias primas hizo que los inversores se refugiaran en la deuda pública, cuyo precio se disparó durante el mes de septiembre hasta alcanzar rendimientos negativos.

¿Y qué queda ahora? Los Estados de medio mundo están tratando de rescatar a su sistema bancario emitiendo cantidades masivas –y en buena medida impagables– de deuda pública. Existe una más que evidente burbuja en la deuda pública que tarde o temprano tendrá que pinchar. Los precios son desproporcionadamente bajos para el volumen de deuda que están emitiendo los Estados, con el consiguiente riesgo que ello supone. Al fin y al cabo, cada vez resulta más difícil que los Gobiernos sean capaces de amortizar todas las obligaciones que han emitido sin recurrir a la impresión de nuevos billetes por parte del banco central, lo que en todo caso equivaldría a impagar la deuda mediante la disolución del valor de la moneda.

La quiebra del crédito del Estado es el último peldaño de la pirámide de Exter; liquidar las posiciones en deuda pública y en divisa nacional (cuyo valor depende de la deuda pública) para adquirir el único activo que, como decía Henry Thornton, no es el pasivo de nadie más: el oro. Pasaríamos entonces de la actual deflación de activos a la hiperinflación de la moneda (con lo que todos los bancos quedarían descapitalizados, tal y como ocurrió en Alemania tras 1923). Gran Bretaña ya está comenzando a experimentar ese fenómeno: la libra se está desmoronando ante los temores de que el Gobierno intente rescatar al sistema bancario emitiendo más deuda pública. 

No sería el fin del mundo, ni mucho menos –la Europa continental, que no los países anglosajones, tienen amplia experiencia superando hiperinflaciones y estabilizando sus monedas–, pero sí el final del mundo financiero tal y como hoy lo conocemos.

Incompetencia y deshonestidad

Aparte de insistir en el falaz tópico de que FDR "sacó a EEUU de la Gran Depresión", ni siquiera sabe citar una de las frases más emblemáticas de su admirado demagogo con un mínimo rigor: "La única cosa que debemos temer es el miedo a nosotros mismos" no es lo mismo que "La única cosa que debemos temer es al miedo mismo", que es la estupidez grandilocuente que FDR realmente dijo.

Según Estefanía, el intervencionismo de FDR consiguió "generar millones de puestos de trabajo" con "su política de inversiones dirigidas a poner fin al desempleo". Resulta difícil explicar entonces cómo es que el desempleo durante la Gran Depresión se mantuvo alto y relativamente estable. Quizás porque el gasto público en la creación de empleos improductivos (hacer como que se trabaja) expulsó a la inversión privada que es la que realmente genera riqueza demandada por los consumidores dispuestos a pagar por ella. "En el momento en que FDR murió, el paro no llegaba al 2%": un claro ejemplo de verdad engañosa y clamorosamente incompleta, y es que este agudo analista no menciona (¿olvido?, ¿fraude?, ¿chapuza?) la movilización de la fuerza laboral por la II Guerra Mundial, un detallito sin importancia.

"Los analistas más ecuánimes entienden que lo que FDR hizo fue salvar al capitalismo americano": pero no cita a ninguno y probablemente entiende por "ecuánime" al que no le lleve la contraria. Estefanía ama al Estado y quiere "objetar a su favor sin necesidad de disculparnos". El estatismo dirigista de Roosevelt y Keynes vuelven a estar de moda, lo cual "debe ser un buen argumento para repensar el papel del Estado sin los prejuicios que han acompañado a la revolución conservadora". O sea que lo que se entiende como argumento es que las ideas sean populares o no; y para repensar sería conveniente antes saber pensar, algo que quizás excede sus capacidades.