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Plusvalía marxista y descubrimiento empresarial

Se arguye con frecuencia que si un empleador obtiene beneficios es porque da a sus trabajadores menos de lo que éstos producen. Así, de acuerdo con el concepto marxista de la plusvalía, los beneficios empresariales serían aquella parte de la producción de los trabajadores que los capitalistas, valiéndose de su propiedad sobre los medios de producción, retienen para sí. El problema es que el concepto de la plusvalía, que da a entender que los beneficios emanan en exclusividad de la labor de los trabajadores (y pertenecen a ellos en justicia), no tiene en cuenta la condición de "prestamista" del empresario y, más importante, su papel como descubridor de oportunidades.

En primer lugar, si el trabajador quiere percibir hoy unos ingresos, alguien deberá avanzarle un salario con cargo a su capital, pues de lo contrario el trabajador tendrá que esperar hasta haber producido y vendido el bien para cobrar directamente de los consumidores (con lo cual la espera será aún más larga en el caso de los bienes de capital alejados de la etapa del consumo). Quien le avance dicho salario lo hará a cambio de que lo que obtenga en el futuro sea más de lo que hoy le ha anticipado, pues nadie es indiferente entre pagar 100 a cambio de algo ahora y pagar 100 a cambio de lo mismo al cabo de unos años. Si el vendedor quiere hacernos esperar, pedimos un descuento; si queremos que el empresario nos avance un salario, porque no estamos dispuestos a esperar, nos aplica un descuento. En este sentido podríamos decir que el empresario tiene visos de prestamista: presta un salario a cambio de unos bienes futuros de mayor valor.

En segundo lugar, el empresario no es un mero rentista pasivo como se infiere del concepto de la plusvalía. El empresario no avanza simplemente unos salarios a los trabajadores de forma que si estos dispusieran de capital suficiente podrían gestionar la empresa sin el lastre de su patrón. El empresario les avanza unos salarios para que lleven a cabo un proyecto concreto; el empresario no solo les da una alforja, también les indica el camino que deben seguir. La función del empresario es la de orientar los recursos (entre ellos el factor trabajo) hacia los usos que cree que satisfarán mejor las necesidades de los consumidores y le reportarán mayores beneficios. El empresario es el que hace frente a la incertidumbre que le envuelve e intenta prever el futuro con más acierto que los demás buscando oportunidades de ganancia. La función básica del empresario es, en suma, el descubrimiento y aprovechamiento de oportunidades de ganancia. De este modo, no hay un beneficio que se extraiga de los salarios como si los salarios fueran la fuente original de renta. La fuente original de renta son los beneficios fruto del descubrimiento empresarial, de dónde se descuentan los salarios.

En otras palabras, lo que se queda el empresario no es una plusvalía, una parte de lo que producen los trabajadores, una renta "no-ganada", sino una parte de lo que ha descubierto él. La oportunidad de ganancia la ha descubierto él, no los trabajadores. Es el empresario el que se ha enfrentado a la incertidumbre anticipando una determinada demanda (intentando prever que los ingresos que obtendrá de la venta de su producto excederán los gastos en los que ha incurrido al producirlo). Es el empresario, no los trabajadores, el que emprende la acción de anticipar y aprovechar un diferencial de precios (ingresos menos costes) positivo, obteniendo beneficios cuando acierta en su previsión y sufriendo pérdidas cuando se equivoca.

Por tanto, no cabe alegar que los beneficios son un expolio del trabajo de los empleados, pues sin esa anticipación inicial del empresario, sin esa idea previa acerca de lo que podría ser demandado por otros productores o consumidores, ningún trabajador estaría generando ingresos. El trabajo en sí mismo no tiene ningún valor, es el trabajo útil, dirigido acertadamente a satisfacer necesidades de los consumidores, el que tiene valor. Y es el empresario el que anticipa cuál es el uso más valioso del factor trabajo y lo dirige a tal fin, el que descubre el modo de darle la máxima utilidad. En definitiva, los beneficios no son una renta inmerecida, no-ganada, sino la "retribución" que obtiene el empresario por descubrir la mejor manera de satisfacer las apetencias de los consumidores.

Elogio del prejuicio

Hace muchos años ya que me desengañé al respecto, y hoy considero que, bien utilizados, los prejuicios son un instrumento de lo más útil para la vida diaria. Porque, ¿qué es un prejuicio? Pues no más que una idea somera sobre cómo son las cosas. Es decir, un prejuicio es, en realidad, un juicio superficial sobre cómo son las cosas.

Por supuesto que sería ideal contar con un juicio bien informado y justo sobre cada una de las personas que vayamos a conocer en nuestra vida, o que simplemente nos crucemos por la calle. Pero, ¿quién podría tener de antemano toda la información necesaria sobre todas las personas con las que vayamos a tener el más mínimo contacto? Nadie.

Además, esa información no está ahí, esperando a que la cojamos sin más, sino que en gran parte la tenemos que descubrir la información relevante para nuestras acciones. Lo que hacemos es, simplemente, buscar mucha información de los asuntos que más nos atañen y menos para los que nos quedan más lejos. Hay un montón de aspectos de la vida de los cuales sólo podemos tener, porque sólo eso nos interesa, una idea somera; es decir, un prejuicio, que es un ejercicio de economía de medios.

Y en muchas ocasiones son útiles. Imagínense que un hombre de raza negra se cruza, en un camino de Alabama con un grupo de hombres vestidos del Ku Klux Klan. ¿Debe continuar su camino, manteniendo hacia ellos una actitud abierta de mente? ¿O debe huir como alma que lleva el diablo antes de comprobar si su prejuicio era injusto o no?

Es cierto que no podemos dejarnos llevar por ellos muy lejos, ni tomárnoslos demasiado en serio. Pero para multitud de los afanes y avatares diarios es lo único de que podemos disponer.

ZP sí sabe lo que hace

Mucho me temo que la situación nada tiene que ver con esas apreciaciones. España tiene un Gobierno, su presidente sabe muy bien lo que hace y no está dispuesto a reconocer errores porque es muy posible que desde el punto de vista de sus objetivos finales no los haya cometido, o no sean para tanto. Los dos muertos de la T4 puede que le fastidien y que incluso le entristezcan, pero son al fin y al cabo un accidente en su estrategia para lograr su "paz".

Imaginen por un momento que en una región de España actuase un grupo terrorista de extrema derecha y que un buen día declarase una tregua indefinida. Supongamos además que, durante la tregua y en medio de los contactos con el Gobierno, el grupo enviase cartas extorsionando ciudadanos pacíficos, que robase gran cantidad de armas o que destruyese comercios de personas que le resultan incómodas para sus propósitos. ¿Qué hubiese hecho ZP? No me cabe ninguna duda de que habría dado por liquidado el proceso de paz hace mucho tiempo y habría llegado a un acuerdo con el PP para combatir a esos indeseables.

Pero ETA no es fascista –a pesar de que una primera página de El País lo afirmara tras un atentado en el centro de Madrid– sino socialista o, para ser más exactos, marxista-leninista. La afinidad de esta ideología con los postulados del presidente es lo que hace que ni siquiera un atentado como el del 30-D sea suficiente para declarar que va a usar el monopolio del uso legal de la violencia que ostenta para combatir a estos asesinos comunistas. Si un comando favorable al franquismo hubiese matado a dos personas en Barajas la reacción seguramente hubiese sido sensata y contundente. Pero, como ha sido ETA, ZP reaccionó con voz de Mariano Ozores y cara de Mr. Bean. Y es que son asesinos, sí. Pero, después de todo, su fin es el paraíso comunista.

El objetivo último de ETA no es la independencia del País Vasco. Si sólo fuera eso, la cosa –con perdón de los nacionalistas españoles– no sería para tanto. El problema es que quieren separarse para instaurar un régimen huérfano de libertades individuales y que para conseguirlo están dispuestos, en congruencia con su desprecio por la vida y la propiedad privada, a liquidar a quien haga falta. Y Zapatero está dispuesto a pagar un precio político a esta gentuza porque sus ideas salen del mismo estiércol que las de ellos.

En este país no hay desgobierno alguno. Hay un omnipresente y asfixiante Gobierno que lo mismo proscribe a quienes fuman o expresan libremente su opinión que ensalza como hombres de paz a quienes asesinan a ciudadanos inocentes.

Iglesia y libertad

Memeces aparte, lo cierto es que la izquierda quiere destruir la Iglesia, ya sea desnaturalizándola, ya expulsándola del espacio público, ya por métodos mucho más expeditivos, que conocemos muy bien en España.

La izquierda, desde sus "distintas sensibilidades", es decir, desde sus variados sectarismos, ve a la Iglesia como un obstáculo a sus proyectos. No le falta razón, ya que el cristianismo mira al hombre como portador de una naturaleza propia y poco maleable y la izquierda como plastilina con la que construir sus fabulosas ensoñaciones. La Iglesia habla de los derechos de la persona y el progrerío de toda laya relativiza todos los valores a excepción de los que nos son más propios, ya que a estos los intenta destruir.

Nada que en la Iglesia española no sepa. La estrategia es sencilla y demoledora. Hacen una interpretación sesgada de la laicidad, que pasa de ser la neutralidad del Estado sobre las creencias personales a ser exactamente todo lo contrario: fomentar y permitir dentro de su ámbito la expresión de cualquier valoración siempre que no sea precisamente la de la Iglesia. Después se extiende la mano del Estado sobre todos los ámbitos de la vida ciudadana, y como se borra, en nombre de la laicidad, todo lo que suene a religión católica, el resultado es expulsar a la Iglesia del espacio público. Este Gobierno lo tiene claro. Van por ella. No harán concesiones.

Resultaría ilusorio intentar aliarse de nuevo con el Estado para valerse otra vez de él con sus propios fines. Pero también es igualmente irreal intentar hacer un pacto de supervivencia con quien quiere destruirla. La fuerza de esta institución está en sus miembros (Kajal) y en la libertad de éstos. Si no quiere quedarse en una institución mal tolerada, tendrá que hacer uso de todos sus medios para la defensa de su espacio natural, que es la sociedad civil. Hazte Oír ha tenido el acierto de asumir y promover el cheque escolar como instrumento idóneo para mantener la libertad de enseñanza, pero es sólo un pequeño ejemplo de lo que puede hacer. Su mayor contribución quizá sea mantener ese espacio de defensa de nuestros derechos y libertades, milagroso, sí, que es la COPE. Si no defienden su libertad, que es la de todos, se verán defendiendo su mismo derecho a existir.

Hasta el BCE lo admite: con el euro somos más pobres

Un reciente informe de la Comisión Europea muestra que el 93% de los europeos asocia la introducción del euro con un aumento de los precios. Esta afirmación también la han apuntado los ciudadanos de los países de la ampliación, donde el 45% de las personas confirma que con la divisa paneuropea los precios han subido. ¿Pero es una realidad o una falsa percepción?

El propio Banco Central Europeo (BCE) ha reconocido este efecto euro, es decir, la pérdida de poder adquisitivo, aunque como siempre se ha presentado como el salvador de la situación que ellos mismos han creado, minimizando además el impacto negativo de la moneda en nuestras vidas. Este negativo golpe no sólo se ha producido en España, sino en toda Eurolandia, pero nuestro país ha sido junto a Francia el más castigado.

De entrada, los servicios y productos que más consumimos –que viene a representar un 40% de nuestro gasto total– se han encarecido de media un 60% según la Confederación Española de Organizaciones de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios (CEACCU). Según los análisis, la barra de pan y la cerveza han doblado su precio, un café con leche ha subido un 80%, la peluquería y la tintorería un 20 y 21% respectivamente y bienes como la vivienda han subido un 156% desde 2001 (último año con pesetas). ¿Y los salarios? Sólo han subido un 13,5%. Así pues, es evidente que somos más pobres.

La razón, en parte, de esta pérdida de poder adquisitivo ha sido la excesiva emisión de agregados monetarios por parte del BCE. Este fenómeno no es nuevo. Desde la monopolización del dinero por parte del Estado los aumentos inflacionistas son constantes, creando ciclos y crisis. Uno de las variables más seguidas para ver la evolución de la inflación es el agregado M3, o masa monetaria, que es uno de los componentes de la llamada oferta monetaria, que en España se ha mantenido en crecimientos de alrededor del 8% según el Banco de España cuando, antes del euro, oscilaba alrededor del 6% (que ya era alto). Si se inyecta más dinero a la economía (o lo que es lo mismo, crece la oferta monetaria y con ella la M3) y la producción se mantiene constante esto se traduce en inflación, que no hay que confundir con la diferencia de precios relativos de los productos, que en sí no es nociva porque este aumento relativo ya incorpora un incremento de los salarios adaptándose a todo el conjunto de la estructura productiva del país o zona geográfica concreta.

Tanto el BCE y la prensa, que se cree y no analiza todo lo que le dice el regulador, siguen echando la culpa de este encarecimiento al redondeo, pero tal explicación es absurda. Primero porque si efectivamente hubiese sido una subida inflada de los precios "sin razón" por parte de los empresarios habría existido una contracción de la demanda reequilibrándolos otra vez: es un principio de economía básico. Si no llegamos a final de mes, dejamos de gastar, lo que acaba produciendo una contracción de los precios. Sin embargo, ha ocurrido lo contrario con el euro. A pesar de la pérdida de poder adquisitivo aún hemos gastado más, esto es, nos hemos endeudado más porque la gran cantidad de liquidez nos lo ha permitido. Esta liquidez nos ha dado la sensación de riqueza, cuando en realidad sólo hemos tenido un envilecimiento de la moneda que nos ha traído menos poder de compra.

También es absurdo pensar que el gran aumento en el precio de la vivienda (156%) haya sido por el redondeo. Aquel que lo aumenta el precio de 20.000 en 20.000 euros no está redondeando, sino subiéndolo sin más. Culpar a los empresarios de semejantes "manipulaciones" no es más que un intento del BCE para exonerarse de la nefasta "estabilización de precios" que practica. Con estas excusas insulta a los consumidores, dando a entender que somos tan bobos que sólo gastamos como robots sin seguir nuestras cuentas personales, pero si así fuera el sentido de competencia entre empresas no tendría sentido, y todos los productos, servicios, comisiones, etc. serían los mismos en todas las empresas. Además, ya no tendríamos dinero tras los primeros meses de la entrada del euro porque nos lo habríamos gastado todo.

Desgraciadamente el futuro a corto plazo no pinta muy bien viendo la evolución de la M3 a la que antes aludíamos ya que, según el mismo BCE, ha aumentado un 9,3% y ningún banco central es amigo de mantener tipos de interés altos por la poca popularidad política que tienen. La actitud del BCE no parece la más adecuada para solucionar el problema que ha creado.

La inflación crediticia no es el único factor que nos ha hecho aumentar los precios. El expansionismo regulatorio, el incremento continuo de la presión fiscal y el resto de abusos del Estado sobre el mercado han contribuido a la desastrosa situación en la que nos encontramos y nos espera.

La planificación central no sirve ni en la mal llamada "economía productiva", ni en la financiera, ni en la monetaria. No es más que socialismo y, por tanto, pobreza. Los burócratas de Maastricht tendrían que dejar de manipular tanto nuestros ahorros, gastos e inversiones con el manejo fraudulento del dinero e implementar un sistema monetario sano y eficiente como ya fue, por ejemplo, el patrón oro, para eliminar también esa corte de funcionarios del BCE que, como ya hemos visto, sólo sirven para empeorar nuestras vidas.

El vaciamiento del derecho de propiedad

A menudo, cuando se nos pregunta a los liberales cuáles son los principios sobre los que descansan nuestras ideas, contestamos que la defensa de la libertad, el derecho de propiedad privada y el cumplimiento de los contratos, que, a su vez, garantizan la cooperación pacífica entre los seres humanos en un orden extenso.

Para observar hasta que punto nos hallamos lejos de ese ideal, quiero trazar un esquema de la situación concreta del derecho de propiedad en la España de estos primeros años del siglo XXI. A pesar de que desde muy antiguo se hubiera reconocido en los derechos civiles españoles como una pieza fundamental para garantizar la independencia y la libertad del individuo, tanto frente al Señor o el Rey como frente a los demás individuos, los redactores del artículo 348 del Código Civil, publicado por Real Decreto de 24 de julio de 1889, definieron de forma parca lo que se entendía por tal derecho.

Por otro lado, frente a la regulación de los artículos 544 y 545 del Código Civil francés, supuesto modelo, que alude al derecho de gozar y disponer las cosas "del modo más absoluto", los legisladores españoles optaron por suprimir esa locución adverbial, si bien se abstuvieron de declarar que los reglamentos pudieran limitar el derecho de propiedad. Lamentablemente, la evolución de la legislación posterior convertiría este último freno al intervencionismo en irrelevante.

El paradigma político en los estertores del franquismo, fruto de la interacción de elementos socialdemócratas y democristianos que habían tomado las riendas del poder bajo la égida del general Franco y de aquellos otros que procedían de la oposición política, delimitó un campo de discusión muy estrecho. La legislación franquista había socavado gradualmente el derecho de propiedad –en contraposición a los drásticos y cruentos expolios y colectivizaciones forzosas que sacudieron al país durante la guerra civil– con la promulgación de las leyes de arrendamientos, expropiación forzosa, del suelo, los legendarios planes de desarrollo y otras tantas leyes que regulaban las denominadas propiedades especiales (montes, minas, etc.).

Por lo tanto, la clase política redujo entonces las alternativas respecto al reconocimiento y las garantías del derecho de propiedad privada bien a la continuación de las medidas intervencionistas que lo limitaban y cercenaban, o bien a la proclamación de su abolición y la nacionalización de los medios de producción, que formaba parte de los programas de socialistas y comunistas. Ese panorama trajo la transacción confusa y contradictoria que se plasmó en la Constitución Española de 1978.

Si bien el apartado primero de su artículo 33 de esta Constitución parecía una réplica a los puntos primero y tercero del Manifiesto Comunista, muy pronto pudo comprobarse que, a pesar de que ese artículo se hallaba ubicado dentro de lo que la propia Constitución definía como derechos y libertades fundamentales y debía gozar de la garantía de ser regulado solo por Ley, que respetaría en todo caso "su contenido esencial" (artículo 53.1), el Tribunal Constitucional [STC 111/1983 de 2 de diciembre (Caso Rumasa) y STC 37/1987, de 14 de abril (Caso de la Ley andaluza de reforma agraria)] interpretó el contenido del derecho de propiedad privada reconocido en la Constitución en consonancia con los presupuestos políticos que habían alumbrado la transición política a la democracia. Es decir, lo dejó sin un contenido real desde el momento que aceptó que el gobierno pudiera eliminarlo mediante un decreto-ley (caso Rumasa) y que profundizó en la ideología socialista que subyacía en la famosa "función social" de ese derecho, al relacionar su delimitación con el artículo 128 de la Constitución, que, ciertamente, junto al 131, no hubieran desentonado en absoluto dentro de una constitución nacionalsocialista o soviética.

En un tiempo que una mayoría parlamentaria exigua subvierte los elementos del Estado de Derecho y que contemplamos una evolución hacia un desaforado intervencionismo, se hace necesario proponer el debate sobre una reforma constitucional que defina el derecho de propiedad privada, lo incluya entre los susceptibles de amparo ante el Tribunal Constitucional y deje claro que su "función social" deriva de que incentiva a los individuos para desarrollar su libertad dentro de una economía de mercado, ya que permite el cálculo económico entre las distintas posibilidades de inversión. Ese nuevo marco constitucional constituye un presupuesto para la viabilidad de alternativas al Estado de Bienestar como, por ejemplo, la sociedad de propietarios, propuesta por este Instituto.

El totalitarismo económico expansivo de Castells

La propuesta viene a raíz de las rebajas fiscales de Madrid, Valencia y Castilla y León. Castells tiene miedo que las empresas ubicadas en Cataluña aprovechen esta relajación impositiva para huir e instalarse en otras comunidades que favorecen la creación de riqueza.

Lo que no advierte Castells es que si extiende su totalitarismo económico al resto de España lo único que va a conseguir es que las empresas, y el capital privado en general (el dinero no tiene fronteras), se trasladen, como ya ocurre, a otros destinos como los países del este de Europa, Andorra o Suiza. O que simplemente se queden en la economía sumergida, que ya ronda una quinta parte del PIB.

El Gobierno catalán está aplicando la política económica de la pobreza sobre la sociedad con el único objetivo de hacer rebosar las arcas públicas: altos impuestos, constante incremento de las regulaciones, draconiano control sobre la sociedad civil, normativas que sólo expulsan a las empresas privadas, firme aumento de multas a empresas y particulares con cualquier excusa recaudatoria como no rotular en catalán, tirar la basura "fuera de horas", céntimo sanitario, multas express que la Guardia Urbana tramita con PDAs e impresoras portátiles, multas por atar la bici a un árbol, multas a los top manta y a sus clientes… No se puede hacer nada sin ser injuriado por las leyes de los políticos catalanes.

Nos dicen que sólo pagan los ricos, pero precisamente ellos son los únicos que no pagan impuestos. De los 15 millones de declarantes del IRPF, sólo un 0,17% asegura percibir unos ingresos de 192.000 euros anuales. Cualquier asesor fiscal le podrá contar mil casos y anécdotas al respecto. Las únicas víctimas del Gobierno son las clases medias, bajas y muy especialmente las más pobres gracias a la manipulación monetaria, por eso a la inflación también se la llama el "impuesto de los pobres".

Castells se ha dado cuenta de que la libre competencia entre regiones y la libertad de mercado son el peor enemigo del expolio estatal sobre la sociedad civil y ha llegado a decir que "hay que tomar medidas para que haya una base mínima impositiva en todo el Estado". Pero el bienestar nos lo otorga la economía privada, no el Estado. En él sólo gobierna la ineptitud, la corrupción, el oportunismo, la ineficiencia y la desmesurada voluntad de enriquecerse a costa del trabajo de la gente honrada.

Si el señor Castells supiera más de economía que de dirigismo se daría cuenta de que a las personas y a las empresas se las ha de dejar en paz para su bienestar y el de todos, y que lo único que ha de estar atado y limitado es el Estado y todo lo que le rodea. No hay que tomar medidas para establecer una base mínima impositiva, sino para establecer una base máxima para que los gobiernos, tanto de Cataluña como de España, nos dejen de hacer la vida más difícil cada día.

Adam Smith, los austríacos y el crecimiento económico

Carl Menger, cuando se refiere a Adam Smith en sus Principios de Economía Política, suele hacerlo en tono crítico. Una de las críticas se refiere a la teoría del crecimiento de Smith, que es central en el famoso libro del escocés, ya que el problema que se planteó era precisamente la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. Menger cita los capítulos 2 y 3 de La Riqueza de las Naciones de Adam Smith, en los que éste explica que "el gran aumento de los productos introducido por la división del trabajo en las más diversas industrias produce en una sociedad bien regida aquel bienestar que se extiende hasta las capas más humildes de la población".

Basándose en esa cita, Menger dice que "así pues, Adam Smith hacía de la creciente división del trabajo el punto cardinal del progreso económico de los hombres", que es "sólo una de las causas del creciente bienestar de los hombres". El otro pilar, ausente en Smith según el austriaco, es "la progresiva utilización de bienes de órdenes superiores", es decir, la acumulación de capital.

Ludwig von Mises vio a Smith como parte de la gran corriente de "los economistas" dentro de la cual se engarza la escuela austriaca. Y no señaló una clara oposición entre su visión del crecimiento económico, según la cual éste depende en última instancia de la acumulación de capital, y la del escocés. El Smith que encontramos en las obras de Hayek está más centrado en la división del trabajo, pero también aparece dentro de la tradición clásica que ofrece un papel preponderante al capital como determinante del crecimiento. Murray Rothbard, en su polémico capítulo sobre el economista, hizo más una crítica liberal a Adam Smith que una explicación de su pensamiento. En su historieta del pensamiento económico, Mark Skousen señala, sin enlazarlos, los dos aspectos de la teoría de crecimiento en el autor, la división del trabajo y la acumulación del capital. Para los austriacos es esta la causa última, si resultara forzoso elegir una, del progreso económico.

Pero, ¿cuál es, sucintamente expresada, la idea que tenía Smith de los determinantes del desarrollo? Para el economista hay dos causas inmediatas de la riqueza de las naciones: la productividad del trabajo y la proporción entre trabajo productivo y trabajo improductivo. Esta última depende de la cantidad de capital que tenga una nación, de modo que cuanto mayor sea, el espacio ocupado por el trabajo improductivo será menor.

Pero ¿cuál es el determinante último de la productividad del trabajo? Efectivamente, la división del trabajo a la que Smith le dio tanta importancia. Pero no sería la causa última, ya que esta dependía por un lado de la extensión del mercado y de la acumulación de capital. Y la extensión del mercado está limitada, también, por la acumulación de capital. De este modo, la causa mediata del desarrollo, el fenómeno que posibilita y fomenta el resto de factores que son causa inmediata del mismo, es el capital. No cabe duda de que la idea que tenía Adam Smith del proceso capitalista era muy sencilla y no podía satisfacer a los lectores de Menger, pero también lo es que la concepción básica de cómo se desarrolla una sociedad de Adam Smith sólo ha sido ampliada y mejor explicada por los austriacos.

Atentados y capital

El economista Ludwig Lachmann explica en su Capital and its Structure que el capital, esta estructura cambiante y dinámica que sostiene las sociedades libres, es ante todo heterogéneo y complementario. Heterogéneo como son nuestras actividades y los medios de que nos valemos para realizarlas.

Pero es también complementario, es decir, que cada bien de capital, cada pieza en esa estructura, necesita al menos de otra, y generalmente de muchas más, para poder hacer contribuciones. Necesitamos un ordenador para trabajar, pero también la energía eléctrica para que funcione, los programas necesarios, una formación adecuada… Hay una necesaria relación complementaria, casi solidaria, entre las distintas partes de la estructura productiva. ¿Qué pasa si un atentado de suficiente envergadura o una guerra da al traste con una pieza del engranaje?

El capitalismo es débil, concluía Lachmann; y es cierto. Si se paraliza el Metro de Madrid se forma un caos de enormes proporciones. Si estalla una guerra entre dos grandes productores de petróleo y se reduce drásticamente la oferta, se paralizan infinidad de proyectos y parte de los bienes que tenemos para producir dejan de ser útiles. Si un atentado logra paralizar Barajas durante un día, las consecuencias se extienden en cadena por toda España y otras partes del mundo.

Afortunadamente, esto de vivir en sociedades más o menos libres no sólo tiene desventajas. Esa libertad nos permite adaptarnos con cierta celeridad. También esto depende del tiempo que cueste reponer la pieza dañada, no es lo mismo una presa que un camión o éste que el horno de una panadería.

En cualquier caso, los grupos que se oponen con más violencia de la habitual a las sociedades libres son muy conscientes de esta debilidad, y seguirán explotándola. Pero no lograrán hacernos cambiar nuestra forma de vivir.

Pesadilla infantil

La imagen de niños en fábricas en las que trabajan para multinacionales ansiosas de explotarles es uno de los principales motivos para que muchos den su espalda al capitalismo.

Si el libre mercado permite semejantes injusticias, alegan, es culpa de esas empresas sin moral y de gobiernos dispuestos a todo con tal de captar inversiones. En un mundo darwinista como éste, los estados se pliegan a la voluntad de los poderosos, deseando acumular más y más, mientras millones de seres humanos viven sin apenas comida para subsistir.

Es difícil luchar contra estas convicciones del pensamiento popular. Es aún más complicado explicar que no hay explotación laboral cuando no se obliga a los trabajadores a trabajar contra su voluntad. Sostener a la contra que, sin globalización, esos menores de edad tendrían que arar el campo, recoger la siembra, cuidar a los animales y hacer de animales de carga, cuando no dedicarse a la prostitución, se tacha de demagogia.

Pero los datos confirman que desde 1980 el trabajo infantil no ha crecido exponencialmente como parecen sugerir los adalides de la anti-globalización, sino todo lo contrario. Concretamente, los niños entre 10 y 14 años que trabajan en los países emergentes, se ha reducido del 23 al 12% entre 1980 y 2000. En Vietnam, en 10 años, más de 2,2 millones de niños han abandonado el trabajo infantil para ir a la escuela.

La tendencia es que, a medida que los padres ganan más dinero, los niños no tienen necesidad de trabajar. De hecho, la mejor forma que tienen los padres de retirar a sus hijos del penoso trabajo es ser contratados por una multinacional porque, como explica la revista The Economist, aquellas habitualmente pagan aproximadamente el doble que los empresarios locales en los países del Tercer Mundo.

UNICEF, por su parte, confirma este hecho en su estudio "Lo que Funciona para los Niños Trabajadores". En el documento se señala que para los niños el trabajo en la industria de textiles en Bangladesh, era "menos arriesgado, financieramente más lucrativo, y con mayores perspectivas de mejora que casi cualquiera de las otras formas de empleo disponibles."

Desde que los anti-globalización criticaron en 1995 a Nike y a Reebok por contratar a menores de edad en fábricas pakistaníes, estas multinacionales decidieron dejar el país. El efecto dominó que provocaron las compañías provocó la reducción del sueldo medio en un 20% y el desempleo para miles de paquistaníes.

Ejemplos como este indican que, aunque la conciencia occidental se escandalice por la situación en que viven millones de niños en el tercer mundo, lo peor que podemos hacer es exportar nuestra legislación a países que antes de poder permitírsela tienen que pasar por su propia Revolución Industrial.

Nuestros bisabuelos y tatarabuelos trabajaron desde muy jóvenes la tierra. Se levantaban antes de que saliera al sol y se acostaban cuando ya era de noche. Durante muchos años, la escena era habitual en los campos. Pero gracias a que el capitalismo ha podido implantarse en países como el nuestro los jóvenes pueden estudiar en lugar de trabajar.

El efecto de aplicar nuestras ideas, moldeadas por la cultura en la que vivimos, a otros países, a veces, puede ser terrible. Más bien, una pesadilla para esos niños que ocupan las esquinas de ciertas calles ofreciendo sus cuerpos por unos míseros dólares, mientras sueñan con factorías en las que trabajar pero que ya son historia gracias a la solidaridad de sus hermanos europeos y norteamericanos.

Creer que el mundo es como una pequeña comunidad donde se conocen todas las circunstancias que permiten valorar y establecer una solución perfecta para cada problema es peligroso. Estamos hablando de personas. Personas con vidas a quienes decimos querer salvar pero a quienes realmente ponemos en un brete con nuestras ideas.

Las ideas tienen consecuencias, recordaba el escritor norteamericano Richard Weaver. A veces, incluso genocidas.