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From the Green Revolution to the GM Revolution

Scientist Norman Borlaug is known, though not enough, as “the man who fed the world.” During the 1950s and 60s, he made innovations in agricultural production that were dubbed the “green revolution,” increasing the amount of food per planted hectare. Borlaug developed new strains of various cereals that germinated earlier, grew faster and were more resistant to disease and drought ensuring harvests survived in adverse climates. This allowed many areas to produce two or three harvests a year, when before they were lucky to get one.

The Green Revolution also incorporated other elements, like water management and the use of fertilizers and pesticides. In 1960, for example, insects consumed almost a third of rice harvests in Asia. Since that time, rice production per hectare has increased 122 percent, corn production 159 percent and wheat 229 percent. The same land is now able to feed many more people. Naturally, environmentalists hate this.

Borlaug’s work destroyed radical environmentalist groups like Greenpeace or Friends of the Earth’s (not of man) most beloved catastrophic predictions. The great famines that were to reduce world population never happened; it wasn’t even necessary to increase the amount of cultivated land, which has grown less than 2 percent since 1950. Any sensible person would think this was good news, but not environmentalists. They criticized the evils of pesticides and fertilizers, as if the minuscule percentage of deaths linked to them weren’t ridiculous compared to the lives the Green Revolution saved, estimated at 1 billion.

Borlaug now defends genetically modified food as a natural extension of his work since they create new variations faster and with greater precision. His methods, “based on hybridization and selection, were much slower and more primitive: Along with the beneficial gene many others, including some that could have negative effects, slipped in too.” Biotechnology doesn’t have this problem.

For Borlaug, environmentalists’ criticism of these new methods has a clear origin: “They say this because their stomachs are full. Environmentalist opposition to biotechnology is elitist and conservative. As usual, the critics come from the most privileged backgrounds: they live in comfort in Western societies, those that have never known famine up close.” He knows this well: his efforts to introduce in Africa the innovations that had saved so many lives in Asia did not receive the necessary funding because of “environmental” concerns. In other words, foundations that had invested in his work were scared off by the threat of environmental activists’ criticism.

By imposing the self-contradictory precaution principle on the commercialization and production of genetically modified foods, the European Union has bolstered the hysterical screams of environmentalists. People who do not produce a single gram of food want to control how it should be done. These busy-bodies want to ensure their prophecies of mass starvation are realized in the future by banning the tools human creativity has developed to avoid it. And there are still those who praise “their good intentions.”

Autopistas nacionales

Di Pietro ha bloqueado la fusión esgrimiendo que un decreto de 1997 impide la presencia de constructoras en el capital de la primera empresa de autopistas del país. Sin embargo, resulta que ACS ya es accionista indirecto de Autostrade a través de Schemaventotto, que Gavio (el segundo operador italiano de autopistas) es una empresa constructora y que empresas como Ferrovial gestionan autopistas en Italia. Detrás de las excusas del gobierno italiano se encuentra su mal disimulado giro hacia el nacionalpopulismo y el proteccionismo de corte neomercantilista que tanto decía rechazar durante su etapa en Bruselas el primer ministro italiano, Romano Prodi; gran defensor del "europeísmo" pero siempre esquivo a la hora de defender las libertades económicas de los europeos.

La contradictoria postura de La Caixa, cuyo director general es también presidente de Abertis, puede terminar siendo otro problema clave para los accionistas de las dos empresas y para los consumidores italianos, que son en definitiva quienes más pierden con el veto. Como socio de Abertis la caja de ahorros catalana protesta contra el intervencionismo que coarta su derecho al libre movimiento de capitales y se muestra dispuesta a denunciar el atropello ante Bruselas. Sin embargo, en su papel de socio de Gas Natural lleva meses aplaudiendo el mismo intervencionismo salvaje ejercido por gobierno español contra E.On en la OPA sobre Endesa. La falta de coherencia Fainé y su equipo le puede pasar factura a Abertis ante una eventual negociación con el gobierno italiano o la comisión europea.

Por último tenemos al gobierno español que, con Pedro Solbes y Montilla a la cabeza, han hecho un flaco favor a la fusión de Abertis y Autostrade con su defensa de las trasnochadas teorías sobre los sectores estratégicos y del nacionalismo económico más patético en la OPA de E.On sobre Endesa. La situación de debilidad de nuestro ejecutivo a la hora de defender la libertad de los españoles para invertir su capital libremente es manifiesta. Buena muestra del efecto boomerang que tiene el proteccionismo lanzado por nuestro gobierno ha sido el desprecio con el que Di Pietro ha desechado la invitación del secretario de Estado de Economía español, David Vergara, para encontrar una salida negociada y satisfactoria para todas las partes en el caso Autostrade. En política económica también, quienes siembran vientos suelen recoger tempestades.

Las siete marcas de la compasión

Marvin Olasky es uno de los pocos autores que se sabe que haya influido en la forma de pensar de George W. Bush. Pero, claro, es algo más importante que eso. Es uno de los grandes autores sobre la caridad privada. Tiene una obra, The Tragedy of American Compassion, que hace, desde la erudición y el sentido común a toneladas, un repaso a la caridad privada en la historia de los Estados Unidos, desde la época colonial hasta la década de los 80’ del pasado siglo. Uno de sus capítulos, extrañamente colocado en el centro del libro, expone el núcleo de su pensamiento en "siete marcas de la compasión", que lo son en realidad de la marcha desde la pobreza a la autosuficiencia.

1. Afiliación. La pertenencia a la familia, en el grado que fuere, o del vecindario, de la comunidad. Lo primero que preguntaban los trabajadores de la caridad privada, nos dice Olasky, es "¿quién tiene que ayudar a esta persona?". Pero no es ya que se considere bueno que sea alguien que le conoce quien le ayude, sino que "la ayuda ofrecida sin referencia de las amistades y los vecinos deviene en una pérdida moral". Los individuos aislados no tienen la constricción de las normas morales, las fuerzas condicionantes de la aceptación, de la vergüenza, de la propia dignidad. Aislados, todo da más igual. Siendo parte de una familia o una comunidad, nos importa ser aceptados, y para ello tenemos que hacer lo correcto para salir adelante.

2. Relación con los voluntarios. Los trabajadores sociales del XIX no eran funcionarios, sino personas que dedicaban su devoción al bienestar de otros. Como las personas, las familias, son distintas unas de otras pese a las marcas comunes de la naturaleza humana, se necesita un buen conocimiento de las personas a que se quiere ayudar, y de sus circunstancias, para tomar las decisiones correctas. La perseverancia, la devoción, la constancia, son necesarias para una empresa tan compleja como la de cambiar la vida de los demás. La Sociedad de Filadelfia para la Organización de la Ayuda Caritativa declaraba que los voluntarios tendrían "experiencias desalentadoras", pese a lo cual tendrían que mantener "la mayor paciencia, la firmeza más decidida, y una amabilidad sin fondo".

3. Categorización. A diferencia del Estado de Bienestar, la caridad mira individualmente a cada persona, con sus circunstancias, sus inclinaciones y sus posibilidades. Las organizaciones caritativas consideraban merecedores de ayuda a quienes estaban en la pobreza sin haber sido ellos mismos causa de su situación miserable: huérfanos, lisiados, viejos, enfermos sin cura, y que no tuvieran a nadie que les pudiera atender (a quien, por tanto, falte la afiliación). Por otro lado estaban los desempleados de forma temporal, para quienes las necesidades no le dan el respiro suficiente como para dejar de atenderlas hasta el próximo trabajo. Y por último, los no merecedores de ayuda. Los indolentes, los mendicantes sin voluntad de cambio, pero con la posibilidad de salir adelante con un cambio de voluntad. Los que tienen comportamientos que desordenan su conducta, como el consumo de alcohol o drogas (no se crea que fueron un invento de los 60). A todos se les hacía pasar por un test: el del trabajo. Sin voluntad de salir adelante por los propios medios, la ayuda se dirigía a quien sí mostraba ese ímpetu.

4. Discernimiento. El voluntario de las organizaciones de la caridad necesitan de un básico conocimiento de la naturaleza humana. No se sorprendían de que hubiera entre los pobres quien "prefiere su condición, o incluso intenta sacar partido de ella" a salir adelante. Tenían que aprender que "la interferencia bien intencionada, sin acompañar por el conocimiento personal de todas las circunstancias, a menudo hace más daño y se convierte en una tentación en lugar de una ayuda". Y es que "nada es más desmoralizador para el pobre que lucha por salir adelante que el éxito de los indolentes o los viciosos".

5. Empleo. Para generar una renta, si no se cuenta con propiedad, es necesario trabajar. Llevar una vida independiente exige realizar un trabajo con el que generar una renta suficiente. La primera sociedad que desarrolló un sistema de ayudas a los más necesitados es la judía. La tradición talmúdica, si bien se toma muy en serio la tradición del descanso en sábado, consideraba que desengancharse de la dependencia de la ayuda de otros es más importante, por lo que se permitía o favorecía el trabajo en sábado, si era necesario.

6. Libertad. Tanto la labor de las organizaciones caritativas como el trabajo de los más necesitados necesitan actuar en un entorno institucional liberado de las perniciosas interferencias del Gobierno, nos dice Marvin Olavsky. En sus palabras, esa libertad de trabajar "era la oportunidad de conducir un tren sin la necesidad de pagar coimas, la de cortar el pelo sin la necesidad de acudir a una escuela de peluquería". La libertad "era la oportunidad de que una familia se escapara de la lacerante pobreza, teniendo un padre de familia que trabajara muchas horas, y una madre que puede coser en casa". Olasky concluye que "Las imágenes de abyecta pobreza podrían mostrar unas condiciones horribles, pero aquellos que perseveraran protagonizaban una película de movilidad en ascenso".

7. Dios. "La verdadera filantropía ha de tener en cuenta las necesidades espirituales tanto como las materiales", proponía una organización caritativa, y Olasky hace suya la frase. Las concepciones religiosas ayudaron tanto a voluntarios como a los necesitados a conseguir eliminar la pobreza. Los católicos insistían en el sentido literal de la compasión. Los judíos, en la rectitud y la muestra de amabilidad. Pero la referencia a Dios ha movido y mueve a un número sin cuento de personas a actuar por los demás, y a otro tanto a salir adelante.

La última marca de la compasión no ha quedado impresa en todas las personas, pero para aquellos a quienes no les sirve de ayuda tampoco les perjudicará. Las siete enseñanzas del estudio de Marvin Olavsky de la caridad privada están llenas de un profundo conocimiento histórico de la pobreza y de una comprensión cabal de la naturaleza humana. Dadas la vuelta, cada una de ellas son un alegato en contra de la intervención del Estado en la empresa de luchar contra la pobreza ajena.

Creando riqueza para todos

¿Se crea riqueza de esta forma? No, más bien es el sistema por el cual todos podemos acabar arruinados. Las políticas redistributivas caen en el simplista tópico que la riqueza está dada y sólo la hemos de "repartir bien" o, como decía Marx, científicamente. Pero para que todos salgamos ganando hemos de crear y no repartir. El más apto para semejante labor es el libre mercado; no existe otro método mejor.

Por ejemplo, los políticos del gobierno americano están convencidos que la mejor opción para hacer desarrollar a los países pobres es mediante ayudas forzosas. Pocos americanos saben que 4.000 millones de dólares de sus impuestos se van directos al gobierno de China. Sí, Bush "el liberal" hace cosas tan poco liberales como esta. Tal vez piense que ese dinero incautado vaya a la población más pobre de China. Quien aún piense así, sobrevalora la política. Los gobiernos no dan, recaudan y se lo reparten entre ellos. En todo caso, el dinero destinado a la sociedad civil es de la propia sociedad, nunca del gobierno.

Todo el dinero que envía el gobierno americano a China es usado para mantener empresas estatales, como la China National Nuclear Corporation con actividades militares y civiles, comprar armas para el ejército, pagar a los burócratas, etc. Las ayudas son para financiar al propio gobierno, los pobres de China no ven ni un céntimo.

El libre mercado actúa diferente. Según Michael Strong, la multinacional de distribución Wal-Mart, mediante sus inversiones millonarias, saca de la pobreza en China a más de 450.000 personas anualmente, igual que tantas otras, como Coca-Cola, McDonalds, Nike o Walt Disney. Los emprendedores que se van a China no redistribuyen la riqueza, sino que la crean. Los salarios que pagan a sus empleados no sirven para engordar las cuentas bancarias de los funcionarios, comprar armas o subvencionar inútiles empresas estatales, sino que van directos a los bolsillos de personas humildes que trabajan cada día para sobrevivir.

El gobierno español no es diferente. El gobierno de Rodríguez Zapatero se ha caracterizado por ir dando dinero a países extranjeros sin ton ni son; incluso el presidente de Unió Democràtica, Durán i Lleida, se lo recriminó en una ocasión. La verdad es que si los ministros y ministras de ZP fuesen tan altruistas como quieren hacernos creer podrían regalar su dinero a los pobres del mundo. Ellos se lo pueden permitir, son ricos, pero no, prefieren sacárnoslo y enviarlo, no a los hambrientos, sino a gobiernos que lo destinarán a ganar sus disputas, ejércitos y cuentas en paraísos fiscales.

Ni los españoles ni los occidentales estamos como para que nos saqueen los frutos de nuestro trabajo y se lo vayan entregando a políticos extranjeros, suficiente tenemos en mantener a los nuestros ya. Sólo el libre mercado crea riqueza, como se está viendo claramente con China e India. Las políticas de ayuda internacional estatales nunca han hecho emancipar a ningún país, sólo sirven para crear pobreza: la nuestra.

La responsabilidad estatal en los incendios forestales

En poco más de una semana, en Galicia se ha quemado una superficie que varía desde las 71.828 hectáreas que asegura el Ministerio de Medio Ambiente (MMA) a las 180.000 que denuncia el Partido Popular, pasando por las 77.000 que dice la Xunta de Galicia, las 86.000 de la Unión Europea o las 92.000 del CSIC, organismo de naturaleza pública que se dedica a la investigación. Hasta la fecha y según el MMA, el fuego ha arrasado en España algo más de 123.000 hectáreas, lejos de las casi 96.500 del año pasado, de las 75.500 de 2004 e incluso por encima de las 109.592 de 2003, peor año de la última década hasta este.

España es un país proclive a los incendios forestales. Fundamentalmente de clima mediterráneo, también tienen cabida el atlántico, en la Cornisa Cantábrica y en Galicia, el subtropical en las Islas Canarias, el de alta montaña en diferentes cordilleras que atraviesan los territorios españoles e incluso el semidesértico, en ciertas zonas de la costa mediterránea y del interior. Tal variedad ha propiciado una gran cantidad de ecosistemas y una biodiversidad nada desdeñable. Precisamente, la sequedad de los veranos y las altas temperaturas incrementan el riesgo de incendio y la tendencia aumenta por la actividad humana que ha sustituido en muchos casos variedades más adaptadas al fuego por otras más cercanas a sus necesidades y deseos.

En estas circunstancias es deseable un buen sistema de prevención y extinción que, en virtud de lo acaecido en las últimas semanas, esta claro que no tenemos. Vaya por delante que no estoy poniendo en duda la profesionalidad de los que se juegan su vida por apagar un incendio forestal sino que pongo en duda la viabilidad del sistema que existe en la actualidad, sistema que es creado y gestionado en última instancia por las Administraciones Públicas y que demuestra continuamente su tremenda vulnerabilidad, su naturaleza pública.

Para los gallegos que lo hayan perdido todo, este baile de cifras es cuanto menos de mal gusto pero es un buen ejemplo de una de las razones de la ineficacia del sistema, las rivalidades políticas entre partidos o incluso entre Administraciones, algunas de ellas gobernadas por el mismo grupo político. La cercanía de las elecciones municipales y autonómicas –se celebrarán en primavera del próximo año– conlleva una carga política muy elevada lo que supone dos comportamientos, la minimización de los efectos de cualquier catástrofe desde el poder y la denuncia desaforada y en algunos casos lejana a la realidad por parte de la oposición política. Se vio en el hundimiento del Prestige y se ha visto en los grandes fuegos forestales. En julio del año pasado en el incendio de Guadalajara, la Comunidad de Castilla-La Mancha rechazó ayuda de otras Comunidades Autónomas, entre ellas la de Madrid y la de la Comunidad Valenciana, ambas gobernadas por sus rivales políticos del PP. El resultado, más de 12.000 hectáreas arrasadas y 11 muertos, es un ejemplo extremo de las consecuencias de este enfrentamiento institucional.

Una de las primeras denuncias que se formularon, ante la magnitud de la catástrofe, fue la del PP, ahora en la oposición. Según este partido, el nuevo gobierno de PSOE y BNG, partido nacionalista e independentista gallego, habría desmantelado el anterior equipo técnico pero sin tomar la precaución de organizar otro. Además, entre las peticiones nacionalistas se incluía la demostración, a través del certificado público correspondiente, del conocimiento del gallego, lo que dejó sin contrato temporal a multitud de trabajadores que en temporadas anteriores habían trabajado en estas labores y que en la mayoría de los casos poseían conocimientos más que aceptables del idioma. Todo ello, aunque desmentido por los acusados, tiene pinta de verosimilitud. El sacrificio de la eficacia ante el dios de la burocracia se practica más de lo deseable, sobre todo si este responde a políticas más o menos utópicas, en este caso nacionalistas.

Varios colectivos han acusado a la Administración de no haber hecho nada para salvar sus pertenencias, de no tener los medios necesarios para apagar los fuegos y lo cierto es que aunque ha habido momentos donde la magnitud de la catástrofe ha desbordado todo lo desplazado a la zona, lo cierto es que en muchos casos las llamas han sido combatidas exclusivamente por los vecinos, que han tenido que convertirse en bomberos heroicos, pagándolo en algún caso con su propia vida.

El Estado, en este caso en forma de Comunidad Autónoma, garante único y exclusivo de la seguridad del monte, ni ha podido ni ha querido ni ha sabido cumplir con sus obligaciones y ahora pretende delegar sus propias responsabilidades en forma de tramas virtuales, conspiraciones inimaginables y fotos que pretenden dar la falsa sensación de que se está haciendo algo, de que se ha hecho algo. Y lo cierto es que las condiciones que se dan en España son muy propicias para que las empresas acometan la extinción y sobre todo la prevención de incendios a través de la contratación directa de las mismas, o mediante seguros que cubran estos riesgos. Sin embargo, es la Administración la que desincentiva esta actividad empresarial, no tanto porque la prohíba sino porque asume un servicio que es incapaz de dar, o que lo hace de manera ineficaz. A ello contribuye la visión, muy española, de que el medio ambiente es un asunto que sólo se trabaja desde la iniciativa pública, nunca desde la iniciativa privada y nunca desde la responsabilidad personal de cuidar nuestras pertenencias. Y de esos polvos, estos lodos.

Perversos incentivos

La Gran Sociedad del Presidente Johnson extendió el Estado de Bienestar hasta niveles jamás conocidos, y a base de demandar candidatos para los beneficios públicos, el número de ellos no dejó de crecer.

William Clinton prometió "acabar con el Estado de Bienestar tal como lo conocemos". No ha llegado tan lejos como podría, pero la combinación entre su interés por acabar con el espectáculo de una porción creciente de la sociedad subvenida y alejada del sector productivo y la "revolución conservadora" de Newt Gingrich plantada en el Congreso le hicieron firmar la Ley de la Responsabilidad Personal y la Reconciliación de las Oportunidades del Trabajo (PRWORA, por sus siglas en ingles), de 22 de agosto de 1996. El pasado martes cumplieron, por tanto, diez años.

Esta legislación supuso la mayor reforma del sistema de beneficencia pública en tres décadas. Otorgaba a cada Estado amplia libertad de gestión siempre que al menos la mitad de la ayuda estuviera condicionada a la obtención de un trabajo, y a que pasados cinco años se perdiera el derecho a percibir las ayudas. Desde The New York Times a los institutos de análisis más firmes defensores de las ayudas públicas, en toda la izquierda americana se pronunciaron frases apocalípticas sobre el aumento sin cuento de la pobreza en cuanto se pusiera la ley en marcha. Parecería que al año comenzarían a amontonarse los cadáveres en las aceras de las abarrotadas ciudades estadounidenses. Pero no ha sido así.

De 1996 a 2002, último año para el que contamos con datos, cerca de dos millones y medio de familias, o el 57 por ciento del total, han abandonado el subsidio como forma de vida. Del millón largo de niños que iban a caer en la pobreza de que habló el Urban Institute jamás se supo. Es más, en esos seis años, pese al aumento de la población, descendió el número de menores bajo los umbrales de pobreza en 1,6 millones, una mejora que ha sido más pronunciada entre los niños de familias negras. La incidencia de la pobreza entre las madres solteras dependientes ha caído del 46 al 28,4 por ciento. Es el grupo que más se ha beneficiado por las reformas. El éxito ha sido tan claro que incluso varios de sus primeros críticos se han sumado a quienes aprueban, diez años después, la reforma.

Durante esos años la economía estaba en expansión, y es lógico pensar que la mejora general de las condiciones ayudara a sacar de la dependencia a tantas familias, pero un reciente estudio elaborado por la Heritage Foundation elaborado por Michael J. New revela que el efecto del crecimiento económico no ha sido tan importante como las propias reformas. Y que los Estados que más duros han sido en las condiciones para acceder a las ayudas son los que más han contribuido a reducir la dependencia. Ofrecer dinero a cambio de no estar trabajando jamás fue una idea brillante, aunque su intención fuera ayudar a los desempleados y a los más necesitados.

Algo más sobre Sam Walton

Ahora que se aproxima el fin de las rebajas, y esperando un pronto regreso de las mismas en la forma que a cualquier comerciante avispado se le antoje, quisiera añadir algunas consideraciones al estupendo comentario de José Ignacio del Castillo sobre el éxito de Wal-Mart y la embestida de sus enemigos. La personalidad del fundador, como suele ocurrir en las empresas que perduran, fue determinante.

1. Conocimiento íntimo del negocio. Sam Walton no pecaba de ignorancia puesto que comenzó su actividad empresarial desempeñando labores modestas en su tienda. También es frecuente el previo rodaje como vendedores entre los más conspicuos directivos de grandes almacenes españoles. El propio Walton lo expresaba así en la revista Walt-Mart World: "No empecé como banquero o inversionista, o algo que no fuese atender clientes. Muchas personas que dirigen grandes compañías jamás ha estado detrás de una caja registradora ni ha atendido a los clientes; por eso siempre he valorado lo que significa ser vendedor de almacén y lo mucho que puede influir en la clientela".

2. Clarividencia en los objetivos. Tras un primer desengaño con la tienda de Newport, el fundador de Wal-Mart, a partir de los años 50, dirigió su estrategia exitosa a la localización y comercialización de almacenes grandes, de más o menos 7000 metros cuadrados, en pueblos con menos de 5000 habitantes, siempre que ofrecieran algún atractivo para que la gente del campo se animase a conducir 15 ó 30 kilómetros hasta llegar a ellos. Al finalizar la citada década, Walton diversificó su habilidad comercial hacia los establecimientos de descuento –origen genuino de los actuales Walt-Mart– y abrió el primero en Rogers, Arkansas, en 1962. Los comienzos no fueron fáciles. Numerosos fabricantes se negaban a relacionarse con un "proveedor de masas".

3. Prueba-y-error en el trabajo. Walton era un experimentador constante; siempre insistió en no tenerle miedo al fracaso. Escuchar las ideas de los demás, escoger entre esas ideas, y esforzarse por implementarlas, son ideas-fuerza que predominaban en él. "Ensayen la idea de cualquier persona –decía– puede que no funcione, pero no arruinará a la compañía cuando eso ocurra".

4. La mejor tecnología para cada ocasión. Cuando la compañía sobrepasó los 1.000 almacenes en 1987, ni siquiera la mítica avioneta de Walton era capaz de acudir a todos y cada uno de los establecimientos susceptibles de supervisión. Los sistemas de comunicación a través de seis canales de satélite, el VideoCart dirigido a los clientes o el escanógrafo UPC en la línea de caja, fueron algunos de los hitos científicos de la compañía. Walton, al contrario que muchos ejecutivos de oropel, no escatimó recursos para la mejora organizativa.

5. Cadena de valor y generosidad. Como afirmaba José Ignacio del Castillo, el manantial de beneficios para quienes apostaron por Wal-Mart ha sido espectacular. Cien acciones compradas en 1970 por 1650 dólares valían 2,6 millones en 1992, cuando falleció Walton. Los trabajadores que al menos permanecían un año en la empresa y que trabajaban 20 horas a la semana tenían bonificaciones del 5 por ciento de promedio sobre los salarios anuales, según relata Daniel Gross en su semblanza de Sam Walton para Forbes. Cuando el trabajador se retiraba, su participación en beneficios, hasta entonces retenida, era retribuida en acciones Wal-Mart de primera. La familia Walton –sobria en aficiones– donó grandes sumas de dinero en investigación médica, fondos para becas y causas benéficas.

Sam Walton representa el emprendedor arquetípico que no encuentra inspiración encerrado en su despacho, atiborrándose de informes. No paraba: aparecía allí donde se le necesitaba. Se jubiló en 1974, pero aburrido en su retiro volvió a la faena dos años más tarde. Si encontraba una tienda sucia o desordenada, no dudaba en cerrarla para arreglarla, en beneficio de los consumidores. Parecía un candidato en trance electoral, repartiendo buenas palabras a todos, aunque distinguía rápidamente las imperfecciones. Prefería ser agudo conductor de hombres, en lugar de mero supervisor de los mismos, según la doble distinción de Alfred Marshall acerca de los roles empresariales. Quizá la actual cúpula directiva de Wal-Mart debería volver la vista atrás al sincero ejemplo de su fundador (Walton se definía como hombre de negocios de pueblo pequeño) para evitar errores predecibles, susceptibles de escándalo en los medios de comunicación, que ponen en cuestión una trayectoria muy estimable.

Crear virus ahora da pasta

¿Qué fue de aquellas epidemias de curiosos nombres como Sasser, Blaster, Melissa o ILoveYou? ¿Acaso los hijos de mala madre que los creaban han decidido reformarse e ingresar en un convento? Pues, desgraciadamente, me temo que no.

La razón de semejante participación es que los creadores de virus se han dado cuenta de que pueden ganar dinero a nuestra costa, y eso se consigue mejor silbando y mirando hacia otro lado que apareciendo en los papeles, que era su motivación anterior. Con esto no me refiero a esa vieja teoría conspiranoica de que los virus los crean las empresas de antivirus. Suficiente mala gente hay, creando centenares de malas hierbas todos los días, como para que lo necesiten, arriesgándose además a la ruina si cosa tal se supiera. No, las fuentes de financiación son otras, principalmente una que de por sí ya merece el odio eterno de la humanidad: el spam.

No es la única, claro, evidentemente también les da por el famoso phising, que son esos correos que muchas veces parecen traducidos del inglés con un programa automático, bastante malo por cierto, en el que te piden encarecidamente que escribas el usuario y contraseña del acceso por Internet a tu banco en una dirección muy rara. Pero comoquiera que con eso no se gana lo suficiente, también se están poniendo al servicio de los spammers de diferentes maneras. Todas ellas requieren introducirse en nuestros ordenadores, lo más silenciosamente posible, y en cuantos más se puedan meter, mejor.

Además de las cuentas bancarias, existen otros datos que pueden ser de utilidad a terceros, como tus hábitos de navegación o tus direcciones de correo, para las que un gusano que se quede silenciosamente instalado enviando informes es más útil que uno que revele su identidad y se contagie demasiado rápido. Existe también un tipo de códigos maliciosos llamados ransomware, que encriptan los ficheros del ordenador al que atacan y les piden dinero a cambio de la clave para recuperarlos. Por otro lado, cada vez está más extendida la "costumbre" de secuestrar equipos para enviar correos masivos. Los virus adoptan la forma de caballos de Troya, que se introducen en el ordenador y otorgan a su creador el mismo control que el propietario de la computadora; las máquinas así controladas se denominan "zombies".

Así pues, quien sabe si su propio ordenador está secuestrado sin que usted lo sepa. Las medidas de seguridad que debemos tomar son las de siempre: tener un antivirus actualizado, un cortafuegos o firewall activado, tener tanto el Windows como los demás programas a la última y no dedicarse a abrir adjuntos a los correos sin ton ni son. El que haya dejado de haber grandes epidemias en los titulares no significa que estemos fuera de peligro.

Los límites de la teorización

Vivimos en una sociedad libre, nuestro vecino organiza una fiesta en su casa y nos obsequia con una sesión tecno-house después de la cena. ¿A partir de cuántos decibelios tenemos derecho a llamar a la policía? ¿50?¿Por qué no 30 o 40? En el jardín colindante hacen una barbacoa y llega humo a nuestro jardín, ¿podemos considerarlo una agresión? A nadie se le ocurre pensar que el CO2 que desprenden los coches de la calle o los mismos transeúntes suponga una agresión contra nuestra propiedad, pero una chimenea industrial que desembocara en nuestro jardín nos parecería claramente invasiva. ¿Dónde situamos la frontera? ¿Qué puede decirnos el principio de no-agresión sobre esto? ¿Podemos dar una respuesta abstracta y objetiva a semejantes planteamientos?

Los principios liberales nos permiten resolver de forma inequívoca la mayor parte de situaciones hipotéticas que concebimos. Pero la realidad es compleja y no es razonable pensar que somos capaces de solucionar todos los casos concebibles de forma apriorística, acudiendo al principio de no agresión y deduciendo lógicamente de ahí la respuesta. La teorización tiene sus límites y por eso es necesario un mecanismo que en la práctica sepa resolver del mejor modo posible los casos concretos que desde la teoría no cabe afrontar.

¿Por qué la teoría tiene sus límites? Randy Barnett, en su brillante "The Structure of Liberty", apunta dos razones: En primer lugar, la indeterminación de la teoría abstracta. El concepto de "coche", señala Barnett, es útil para saber lo que no es un coche, pero no nos permite deducir lógicamente de él un Seat Ibiza o un Porsche 911. Así, los principios de justicia en ocasiones simplemente restringen nuestro rango de opciones, pero no nos dan una única respuesta para un determinado problema. En el caso de la barbacoa, por ejemplo, sabemos que sólo podemos hablar de agresión si el humo penetra en nuestra propiedad, pero no es posible deducir de los principios la cantidad de humo que tiene que penetrar para que se considere agresión. Por otro lado, los principios de justicia también nos ayudan a evaluar racionalmente las alternativas en estas situaciones. Si prohibiésemos la invasión de cualquier partícula de CO2 la gente, por el mero hecho de respirar, apenas podría actuar sin violar los "derechos" de alguien, y la ley dejaría de servir a su propósito: evitar y resolver los conflictos para que la gente pueda actuar. Tampoco está claro que una norma así pudiera aplicarse en la práctica, y de todos modos tendría poco que ver con las molestias que esa "invasión" de partículas provoca a los propietarios, que es acaso la cuestión fundamental.

En segundo lugar, Barnett alude a la ignorancia de los propios teóricos. Cuando nos referimos a casos concretos, reales, hablamos de situaciones complejas, y desde la teoría se tiene un acceso muy limitado a esta complejidad. No basta con recurrir a los principios de justicia abstractos, es preciso participar del conocimiento personal y local del caso. En esta línea, Kinsella apunta que en la práctica el caso concreto puede tener variables relevantes que quizás estamos dejando fuera de nuestro análisis abstracto, motivo por el cual tiene poco sentido intentar resolver desde la teoría todos los casos imaginables. Al mismo tiempo, tampoco podemos conocer a priori cual será el contenido de una determinada convención social (por ejemplo, los futuros condicionantes implícitos en un intercambio).

¿Cómo pueden superarse estas limitaciones en una sociedad libre? Pues con un sistema legal descentralizado en el que jurados / jueces vayan desarrollando gradualmente preceptos legales del resultado de aplicar los principios de justicia a miles de casos concretos y reales. Un sistema en el que los jurados / jueces intenten resolver las disputas guiados tanto por los principios abstractos de justicia como por los precedentes establecidos, y examinando de cerca el contexto factual y todas sus variables. No será "perfecto", porque para empezar en el mundo real los principios de justicia serán aplicados por personas reales y falibles, y en palabras de Kinsella, siempre habrá algo de "impreciso" en la justicia, por necesidad.

Exigir a quienes teorizan que apriorísticamente den una respuesta a todos los casos concretos que se plantean, dice Manuel Lora, es análogo a exigirles que especifiquen qué tipo de pan se produciría en una sociedad libre y de qué modo se elaboraría exactamente. No corresponde a los teóricos especificar tal cosa, deben descubrirlo los empresarios en el mercado, y en este caso los empresarios del derecho, jueces / jurados etc. encargados de aplicar los principios teóricos de justicia a situaciones reales.

Kinsella concluye que la sociedad va fijando pautas de actuación y los individuos tienden a evitar las "zonas grises" de la justicia y a situarse en las "zonas claras". La gente coloca vallas en los contornos de su propiedad o se abstiene de construir la casa justo en el borde para evitar posibles conflictos. En el caso del vecino que pone música en su fiesta o que hace una barbacoa en el jardín, ¿por qué suponer que llegaremos a las manos o que acabaremos llamando a la policía para que dirima la disputa? Seguramente será más sencillo y sensato hablar con el vecino por teléfono y pedirle por favor que baje el volumen o controle el humo de su barbacoa, o "negociar" y ceder los dos un poquito, o decirle que si accede le invitaremos a la fiesta o a la barbacoa que montaremos nosotros la semana que viene, y si al final decide ignorarnos quizás se gane la enemistad del vecindario y no vuelva a repetirlo. En cualquier caso no será ningún teórico el que dé una respuesta "objetiva" a estos problemas.

Ni libertad ni seguridad

No tenían antecedentes penales, pero la información quedará a buen recaudo durante cinco años, por si volviera a ser necesaria. Pensaron en presentar los pertinentes cargos criminales contra Sam, Amy y Katy, de doce años, por arrancar varias ramas de un árbol con las que construirse una cabaña, pero la policía reflexionó y pensó que con una reprimenda era suficiente.

Yo no creo que querer construirse una cabaña a los 12 años sea para tanto, sinceramente. Pero nos estamos acercando, no sólo en Gran Bretaña, a esta situación en la que los comportamientos más normales pueden caer en lo que alguien ha llamado crimen. Ahora, como no se necesita víctima para que haya crimen, no hay límite para que cualquier cosa que hagamos nos lleve a donde fueron Sam, Amy y Katy.

Pero la situación es y será cada vez peor. El precio del progreso, supongo; o eso se dirá. Porque este control policial crecerá, pero por otra vía: la de la excusa de la lucha contra el terrorismo. En Estados Unidos, el Gobierno de George W. Bush puso en marcha, tras los atentados del 11 de septiembre, el Programa de Vigilancia de Terroristas que permitía a la Agencia de Seguridad Nacional, nada menos que realizar escuchas sin autorización judicial a llamadas internacionales, así como intervenir los correos electrónicos de cualquier ciudadano que sea sospechoso de pertenecer a Al Qaeda. Esta semana hemos recibido la buena noticia de que una juez ha declarado ilegal el Programa de Vigilancia de Ciudadanos Sospechosos, que así debiera llamarse, porque se salta la Constitución estilo Fosbury. No es el dichoso programa, sino que todavía haya Estado de Derecho en ese país, entre otras cosas, lo que le hace grande.

La tercera historia tiene que ver con uno de los gestos más característicos de nuestra civilización: coger un avión, que se está convirtiendo en una auténtica pesadilla. La compañía aérea Ryanair, y luego BA, ha decidido llevar a los tribunales al gobierno británico por sus medidas de seguridad en los aeropuertos. Con el pretexto de velar por nuestra seguridad, los Gobiernos se hacen cada vez con más control sobre nuestras vidas. Las medidas son siempre excepcionales, por supuesto; no las aceptaríamos si nos dijeran la verdad: que están aquí para quedarse. El Estado aprovecha las guerras y los ataques exteriores para dar pequeños pasos adelante en el control ciudadano, para no darlos atrás jamás. El terrorismo tiene la ventaja de que es un mal permanente, como lo será la excusa para controlarnos un poco más.

Por esa vía llegará un punto en que no nos quedará qué defender frente a los ataques terroristas. Un día en que ellos nos habrán vencido, porque con su ayuda habremos perdido lo que más odian y el motivo por el que atentan contra nosotros: que todavía somos sociedades libres. Acabar con nuestras libertades en nombre de la libertad es algo más que un contrasentido; es una burla. Nuestra libertad es nuestra mejor arma. Tenemos que impedir que subirse a un árbol, escribir un e-mail o coger un avión nos convierta en ciudadanos sospechosos, o perderemos algo más que jirones de nuestra libertad.