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Maniobras oscuras suspendidas

En el momento de redactar estas líneas los medios de comunicación españoles publican que el PP ha suspendido las negociaciones con el gobierno para renovar el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) y renovar un tercio de los magistrados del Tribunal Constitucional. El motivo esgrimido para proceder a esa suspensión, después de haber nutrido a sus correveidiles mediáticos de consignas descalificadoras contra quiénes criticaban la enésima edición del apaño para repartirse cargos judiciales, parece residir en el compromiso del PSOE y la ERC de aligerar las penas relativas al delito de sedición mediante la co  en los preceptos del Código Penal relativos a la sedición. Delito por el que todavía deben responder cuadros de inferior rango a los indultados por la intentona independentista de septiembre y octubre de 2017.

Por suerte un último resorte habría funcionado en el PP para, al menos, no caer en las trampas de un gobierno dedicado día y noche a vulnerar la Constitución y las leyes básicas, ya que su labor de oposición adolece de la consistencia y la continuidad necesarias para hacer frente a la envergadura del envite.

Frente a los impostados gestos de escándalo del gobierno de Pedro Sánchez Pérez Castejón, apuntando a que el retraso en la renovación del CGPJ con un sistema de elección viciado sería una responsabilidad exclusiva de los dirigentes del PP, conviene recordar que  ambas renovaciones de cargos se han entrecruzado por el empeño del gobierno por abducir las instituciones que puedan alzarse como controles y contrapesos a su poder ejecutivo omnímodo.

Así, el año pasado contemplábamos con estupor la soltura y la osadía con las que el jefe del gabinete y sus acólitos manipulaban los trámites legislativos para erigirse en amos y señores del órgano de gobierno del Poder Judicial, solo parados parcialmente por las pusilánimes advertencias de los comisarios de la Unión Europea para Valores y Transparencia, Věra Jourová, y de Justicia, Didier Reynders.

Recordemos el fondo del asunto: El gobierno intentó rebajar las mayorías parlamentarias necesarias para la elección de los vocales de procedencia judicial de tres quintos a mayoría absoluta[1]. Es cierto que quedó abortado y, sin embargo, una segunda iniciativa que suspendía competencias del CGPJ en funciones para nombrar jueces de alto rango pasó a formar parte aparente del ordenamiento jurídico español, al ser publicada en el BOE como Ley Orgánica 4/2021, de 29 de marzo de reforma LOPJ.

Ahora bien, poco tiempo después el gobierno reparó en que el asalto a otra institución clave, como es el Tribunal Constitucional, para convalidar su actuación sin molestas anulaciones de decretos leyes o estados de alarma, por ejemplo, se vería entorpecido si la suspensión de atribuciones al CGPJ continuaba. En este caso porque la renovación de la tercera parte de los magistrados, prevista en el artículo 159.1 CE, dos a propuesta del gobierno y otros dos designados por el CGPJ, debe ser simultánea.

Es por esto por lo que el verano pasado, nuevamente acudiendo a un fraude de ley anticonstitucional para reformar una norma con rango de Ley orgánica mediante una proposición de ley que soslayaba el preceptivo dictamen del propio CGPJ concernido, el gobierno y sus socios aprobaron a la carta una excepción a la suspensión de las potestades de elección de altas magistraturas por parte de un CGPJ en funciones, articulada en la ley anterior. En efecto, dado su interés en proceder a la renovación de una tercera parte de los magistrados del Tribunal Constitucional, mediante esa ley ad hoc “devolvieron” solo una de las competencias suspendidas al actual CGPJ con el delirante añadido de ordenar a sus vocales proceder a hacerlo “en el plazo máximo de tres meses a contar desde el día siguiente al vencimiento del mandato anterior“. La anticonstitucionalidad de una arbitrariedad de ese calibre no ha impedido que ese remedo de ley surta los efectos generalmente previstos para una norma con ese rango, pese a los recursos interpuestos frente al Tribunal Constitucional.

Con el penúltimo giro en este pulso que mantiene el gobierno contra los muy frágiles controles y contrapesos adoptados por la Constitución de 1978, la partida se retrotrae al momento anterior a la posición que quiso marcar con la aprobación súbita de la reforma de la LOPJ de este verano. Por el momento, los comisarios mencionados que pretenden auspiciar un compromiso, mediante el cual las fuerzas políticas españolas renovarían los vocales del CGPJ de acuerdo a la legislación introducida por el PSOE en 1985, pero con un acuerdo simultáneo o inmediatamente posterior de reformar ese sistema para volver a la elección de los doce jueces vocales por ellos mismos, se han mostrado mucho condescendientes con el gobierno español que con el polaco o el húngaro en casos de asalto a la independencia judicial con legislaciones muy similares.  

 Mientras tanto, a mediados de julio se conoció el informe sobre el Estado de Derecho 2022 de la UE, sobre los 27 estados pertenecientes a la Unión. En lo que se refiere a España, llama la atención que, tras varias advertencias anteriores sobre la conculcación de los estándares europeos para garantizar la independencia del sistema judicial a las que el gobierno ha hecho caso omiso, los comisarios competentes no hayan instado la incoación de los correspondientes expedientes de infracción o demandado al Reino de España ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Más aun, que el informe recomiende la renovación de cargos de acuerdo a un sistema que tacha de contrario a la regla de que, al menos, la mitad de los miembros de un órgano de gobierno de los jueces como el CGPJ sean jueces elegidos por sus compañeros de profesión, para solo luego acordar esa legislación conforme a esos patrones.

En este toma y daca, no obstante, el pasado 29 de septiembre se produjo un nuevo hito que debe ser medido por el inquilino de La Moncloa, si no quiere pasar a la historia como sus homólogos polaco y húngaro. En su comparecencia ante la Comisión Mixta para la Unión Europea el comisario europeo responsable de Justicia, Didier Reynders, anunció que la Comisión estará muy pendiente de las reformas que emprenda el gobierno español durante su presidencia del Consejo europeo para ajustar la legislación española reguladora del poder judicial a los estándares europeos acordados en el comité de Ministros del Consejo de Europa en 2010, en el que obviamente participó el representante español.

Por si no se hubieran entendido bien esas palabras, el comisario recordó que la Comisión Europea tiene instrumentos para hacer cumplir las recomendaciones, instando procedimientos de infracción por el incumplimiento de las normas para garantizar la independencia y la imparcialidad de los jueces y tribunales ante el Tribunal de Justicia de la Unión, solicitando la imposición de condenas pecuniarias de millones de euros al estado infractor. O incluso acudir al Consejo para solicitar que un estado miembro desarrolle reformas para cumplir sus obligaciones o estableciendo la condicionalidad para la recepción los fondos europeos.

En definitiva, que la lenta maquinaria burocrática de Bruselas no tendrá otro remedio que actuar contra el Reino de España si su gobierno no cumple las recomendaciones ya hechas. De otra manera, afrontaría la seria acusación de aplicar dobles raseros entre los estados miembros.


[1] Una vuelta de tuerca que conculcaba de forma flagrante los estándares europeos fijados de forma nítida por la Recomendación CM/Rec (2010)12, de 17 de noviembre de 2010 del Comité de Ministros del Consejo de Europa y lo dispuesto en el artículo 122.3 CE

El lenguaje económico (XXI): Sobre el consumo local

Con bastante frecuencia escuchamos las bondades que supone consumir bienes producidos localmente y realizar compras en el pequeño comercio. Según sus promotores —políticos, empresarios, ecologistas, etc.— el consumo local beneficia a la economía de la zona y al medioambiente. Muchos eslóganes que fomentan este consumo son confusos, ilusorios o directamente falsos.

«Si compras local, tu dinero vuelve a ti».

Esta falsa creencia goza de gran popularidad debido a su simplicidad argumental. Sin embargo, comprar bienes locales de menor calidad o más caros que los foráneos reduce la calidad de vida del consumidor y empobrece la zona. ¿A dónde va nuestro dinero cuando compramos en Carrefour, Ikea o McDonald’s? El dinero siempre paga los factores productivos «allá donde estén»: los artículos, componentes y materias primas provienen de múltiples países, pero el trabajo—salarios— y la mayoría de servicios —limpieza, mantenimiento, seguridad— se contrata localmente. ¿Y qué ocurre con los beneficios? La mayor parte no acaba en Francia, Suecia o EE.UU., sino en el bolsillo de millones de pequeños propietarios (accionistas y partícipes de fondos de inversión y pensiones) repartidos por todo el mundo y que perciben rentas del capital.

Compremos localmente o no, el dinero que sale de nuestro ámbito geográfico (municipio, región, nación) siempre vuelve. Por ejemplo, los andaluces compran manzanas de Cataluña y los catalanes comprar aceitunas de Andalucía. El dinero va y viene. Es un error mercantilista interferir la «salida» de dinero (importaciones) y fomentar la «entrada» (exportaciones). Exportación e importación son cara y cruz de una misma moneda y ambas tienden a igualarse en el tiempo. Es necesario que el dinero «salga» para que luego «entre»; por ejemplo, si los españoles no compramos vehículos Mercedes y Toyota, los alemanes y japoneses no podrán hacer turismo en España.

El mito de la balanza comercial se derrumba cuando lo analizamos desde el individualismo metodológico: «Toda balanza es necesariamente favorable desde el punto de vista de la persona que realiza el intercambio» (Rothbard, 2013: 336); o como dice Mises (2011: 539) «La balanza (de pagos) cuadra siempre». El consumo sacrificial es antieconómico para el comprador: si un bien local cuesta el doble que otro foráneo, ceteris paribus, la compra del primero reducirá nuestro consumo a la mitad; siendo los productores locales los únicos beneficiados. Es falso que con el consumo local «todos ganamos», tal y como predican muchas campañas. Por último, el consumidor que asume una pérdida económica para mantener con vida a los productores submarginales[1] está haciendo un flaco favor al conjunto de la sociedad pues interfiere la adecuada asignación del capital. Cualquier medida proteccionista —ayudas, subvenciones, publicidad— ocasiona el mismo mal: ralentiza la innovación, obstaculiza las obligadas quiebras y, en definitiva, dificulta que el escaso capital disponible pase a manos más capaces.


Productos «km. 0»: El argumento medioambiental


El consumo de productos locales supuestamente beneficia al medio ambiente porque se reducen las emisiones de CO2 producidas por el transporte de mercancías. Una primera objeción es que el transporte solo es una parte del total de energía consumida. Por ejemplo, sería posible producir naranjas en los países nórdicos para evitar su transporte desde España, pero el coste energético de reproducir el clima mediterráneo —invernaderos, calefacción, luz— excedería con creces al producido por el transporte marítimo. Lo menos contaminante, sin duda, es que la producción se realice en aquellas regiones con climas más favorables y luego transportar la mercancía. Veamos un dilema energético: España y Sudáfrica producen naranjas en sus respectivos inviernos. Cuando el producto abunda en el hemisferio norte escasea en el hemisferio sur, y viceversa. ¿Es preferible mantener naranjas «km. 0» en cámaras frigoríficas durante varios meses o traerlas frescas desde Sudáfrica? Si deseamos consumir productos de temporada durante todo el año, el transporte es una buena solución económica y ambiental. En segundo lugar, el eslogan «km. 0» es una simplificación de la realidad: por ejemplo, las naranjas de Orihuela consumidas en Alicante capital son «km. 60». El único producto «km. 0» sería el producido en nuestro propio huerto, con el agua de nuestro pozo y con el estiércol de nuestros propios animales. Para lograr un genuino producto «km. 0» debemos ser completamente autárquicos. En tercer lugar, si el transporte es malo porque contamina, ¿por qué no extender la campaña a los servicios? Si los partidarios del «km. 0» fueran consecuentes con sus ideas (reducir la contaminación) deberían recomendar a los turistas que se quedaran en su casa pues, en términos relativos, el transporte aéreo es el más contaminante de todos. Nos escandaliza que un atún se transporte en avión desde España a Japón, pero nos encanta que los japoneses visiten España. Igualmente resulta contradictorio que el dueño de un hotel presuma de tener su propio huerto ecológico sin importarle demasiado que sus huéspedes hayan viajado en avión miles de kilómetros.

«El futuro es ahora»

 
Este es el confuso eslogan de una campaña para que los jóvenes identifiquen la calidad, la sostenibilidad y el apoyo a la industria con la marca «Elaborado en Canarias». Sus promotores —industriales y políticos— han establecido un objetivo de crecimiento de la cuota industrial del 6,2 % (actual) al 7,7 % (2027) del PIB en Canarias. Objeciones: a) Desde sus propios fines, no entendemos por qué la campaña se dirige exclusivamente a los jóvenes y no al conjunto de consumidores. b) El hecho que aumente la cuota industrial del PIB no significa que la producción aumente en términos absolutos, por ejemplo, la cuota industrial del PIB puede aumentar por una caída del turismo (pandemia). Estamos ante un sesgo igualitarista porque lo que interesa al industrial no es su situación relativa, sino aumentar sus ventas y su beneficio.

«Proteger al pequeño comercio»

¿Protegerlo de quién? La competencia mercantil es una actividad pacífica, exenta de agresión. Las grandes empresas no «atacan» a las pequeñas ni violan sus derechos. En un mercado no interferido, el «pez grande no se come al chico». Nadie se come a nadie. Son exclusivamente los consumidores quienes determinan (comprando o absteniéndose de comprar) el tamaño y la cuota de mercado de cada empresa. Es innecesario y detrimental «ayudar» a ciertos comerciantes con dinero público —publicidad, bonos o cupones de descuento— pero, sobre todo, es una inmoral transferencia de renta.

Bibliografía

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Rothbard, M. (2013). El hombre, la economía y el Estado. Vol. II. Madrid: Unión Editorial.


[1] Submarginal: de no ser por la ayuda, la empresa quebraría

Serie ‘El lenguaje económico’

(XX) Sobre el poder

(XIX) El principio de Peter

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXXIV): Sobre la guerra en Ucrania IV

En los últimos días, hemos observado grandes cambios en la evolución del conflicto ucraniano. Sobre todo en el ámbito militar y de la destrucción de infraestructuras como el puente Kerch en Crimea. De ahí que haya decidido escribir un comentario sobre su evolución y sus posibles derivadas, siempre desde los principios e ideas que inspiran esta columna.

Mi primera conclusión a día de hoy es que Rusia ha perdido la guerra, quiera o no reconocerlo. Es cierto que es posible que el ámbito militar puedan darse vaivenes, o que la nueva recluta de centenares de miles de jóvenes rusos pueda dar un vuelco temporal al conflicto. Por cierto, volvemos a la vieja práctica de la movilización forzosa de soldados, lo que parece corroborar el viejo principio de que los estados no sólo disponen a voluntad de nuestros bienes y rentas, sino también de nuestras vidas, si así les place, en la misma medida que siempre. Y el malo es el que se resiste, no el que acepta su cruel destino sin rechistar.

No conozco el devenir futuro de la guerra en el aspecto militar, pero si digo que los rusos ya la han perdido es precisamente porque no la han ganado frente a un rival que aparentemente es mucho más débil. Si una supuesta superpotencia militar no es capaz de aplastar cualquier hipotética resistencia ucraniana en cuestión de días, es que no es una superpotencia, sino un ejército más, común y corriente, y en muchos aspectos anticuado e inoperante.

Y más si encima pierde terreno y es desplazado por los ucranianos en muchos frentes. Rusia lo que está demostrando es que no cuenta con capacidad militar suficiente para derrotar a uno de los países más pobres de Europa, que si bien está relativamente bien armado por las potencias occidentales, aún carecería del músculo militar o económico para confrontar a una superpotencia de verdad. Repito, no conozco el devenir futuro de la guerra, ni si se usarán o no armas nucleares (y creo que no se usarán). Pero sí sé que la derrota rusa tendrá consecuencias políticas serias para los rusos, tanto en el ámbito interno como en el externo, y que cuanto más tarden en aceptarlo más duras serán las consecuencias que tengan que afrontar.

Conviene aclarar por qué entiendo que no se van a usar armas nucleares, ni siquiera tácticas, en este tipo de guerra. Obviamente, todo puede acontecer y de hecho casi todo el mundo, incluyéndome a mí, pensaba que no iba a darse la invasión que finalmente se dio. Pero lo veo improbable y no porque Putin o sus halcones dudasen en usarla. Una bomba de este tipo causaría pérdidas catastróficas en las bolsas y volvería locos a los mercados en todo el mundo. Como cualquiera entiende, de explotar una bomba de este tipo habría una carrera hacia la liquidez o hacia metales preciosos para poder afrontar un futuro incierto. Y además nadie contrataría a corto o medio plazo, dado que la incertidumbre sobre lo que pudiese pasar sería máxima. ¿Quién va a comprar petróleo o aluminio a seis meses de plazo en estas circunstancias y sin conocer las posibles represalias?

Un escenario de este tipo afectaría a todo el mundo y también a los supuestos aliados de los rusos, los chinos. A estos no creo que les hiciese mucha gracia ver el valor de sus fondos de inversión pulverizado, ni observar que el comercio mundial de bienes y materias primas fuese severamente dañado por las andanzas de Putin. Supongo que se lo habrán hecho saber y de lo que le podría pasar de cumplir su amenaza.

Por cierto, sería interesante conocer algún análisis de lo que le acontecería al bitcoin en un escenario de este tipo; esto es, si se reforzaría o se hundiría al ser una forma de pago vicaria. Requiere de un buen funcionamiento de la red para funcionar correctamente, algo que en un escenario de este tipo no se podría garantizar. Pero también podría convertirse en una suerte de moneda mundial postconflicto. Por eso me gustaría saber si se ha hecho algún tipo de previsión o escenario de futuro con supuestos como este.

Veamos, la derrota militar, lo primero que implica es que el ejército ruso no va a disponer de la misma capacidad de combate de la que disponía antes. Buena parte de sus mejores equipos, de su oficialidad y de sus tropas de élite han sido seriamente dañadas. Esto es, los rivales y enemigos de Rusia saben que ya no dispone de lo mejor de su ejército. Peor aún, sus capacidades han sido testadas en el combate y han demostrado no ser para tanto, lo que elimina una de las mejores bazas de los rusos: la de que no se conociese su verdadero potencial y conseguir siendo tratada como una superpotencia, cuando ya no lo es. Si los enemigos de Rusia conocen ahora sus capacidades y constatan que no tienen medios suficientes ni para derrotar a una mediocre potencia vecina, deducirán con razón que no tendrá capacidad de actuar en otros frentes y, por tanto, lo normal es que actúen en consecuencia. Y ya lo han hecho.

Si alguien quiere observar el funcionamiento de la anarquía entre estados, sólo tiene que fijarse en lo que está pasando en el espacio de seguridad dominado por Rusia; una especie de Otan en miniatura estos días. Vemos cómo los estados cambian de alianzas rápidamente, arrimándose a quien creen que les puede convenir más, y cómo se atacan los unos a los otros, a veces con gran violencia, buscando posicionarse para la situación que va a salir después de la previsible derrota rusa.

También podemos observar el cinismo y la doblez de sus líderes que prometen apoyo a los dos bandos, hasta olfatear quien va a ganar y en ese momento traicionar todos a una al derrotado. Veamos algunos ejemplos. En cuanto los azerís advirtieron la debilidad del ejército ruso y su falta de recursos aprovecharon para atacar, con la aparente connivencia del estado turco, a sus seculares enemigos armenios. Efectivamente, Rusia que ha sido tradicionalmente la gran protectora de Armenia no quiso o mucho me temo que no pudo hacer acto de presencia para defenderla. Pero un estado que no cumple con sus compromisos rápidamente queda sin amigas y los armenios no tardaron en virar hacia los Estados Unidos en busca de apoyo. Esto para los rusos debería ser muy grave porque coloca a otro país vecino más en la órbita de la OTAN. Algo semejante aconteció entre Tayikos y Kirguises y no sería de extrañar que a medio plazo sus aliados bielorrusos pasen a pensarselo mejor y a retirar su apoyo a Putin buscando sobrevivir después de la tempestad. Pero donde se puede observar más claramente esta doblez es en el caso chino. En política internacional desconfío mucho cuando veo desmedidas pruebas de afecto entre líderes, como era el caso de los líderes chino y ruso antes de la invasión de febrero. En efecto, los chinos están viendo en este momento a Rusia como una suerte de vaca lechera que les surte de combustible a bajo precio, pero dudo de que quieran sostener a una Rusia derrotada que sería un lastre para ellos, al impedirles normalizar las relaciones con occidente. Mucho debería equivocarme si no sacan algún provecho de las calamidades rusas, en forma de concesiones para explotar recursos o incluso en forma de territorios que ahora están en disputa. De momento es, en mi opinión, la principal garantía de que Rusia no va a detonar un arma nuclear, como apuntamos más arriba, por la cuenta que le trae. Vemos también como países socios de Rusia en otros continentes comienzan a ver que no es un socio en el que se pueda confiar, por carecer de medios, y empiezan a buscar nuevos socios. Los movimientos de apertura a empresas americanas en Venezuela, por ejemplo, son un buen ejemplo, e intuyo que los veremos también Africa en un plazo relativamente breve. Por desgracia me temo que los defensores de la libertad en el país hermano van a ver como sus “socios” les abandonan en la lucha a mayor gloria de la Chevron, algo que cualquier historiador de las relaciones internacionales le ilustrará con numerosos ejemplos. De ahí que para emprender cualquier lucha contra el despotismo o la tiranía no se deba confiar nunca en apoyos externos sino fiar sólo en las propias fuerzas, siempre y cundo no estén infliltradas también como todo pare apuntar que allí aconteció.

Rusia se va quedando poco a poco sin amigos, como vimos en una reciente votación en la ONU sobre los territorios anexionados, no porque desaprueben la política de Putin, sino porque están viendo que no tiene ni medios bélicos ni dinero con el que apoyarlos en caso de ser necesario. Es otra consecuencia más del intervencionismo militar en materia de política exterior que,al igual que el intervencionismo económico estudiado por los austríacos, trae siempre consecuencias no previstas que inutilizan las consecuencias positivas que pudiese tener la intervención para la potencia agresora y causan a la vez problemas nuevos.
Pero intuyo que donde se podrá ver el mayor daño derivado de la intervención y subsiguiente derrota es en el ámbito de la política doméstica. Caben dos posibilidades, una es que los occidentales mantengan a Putin en el poder tutelándolo de forma indirecta, al estilo de lo que hicieron los americanos con Saddam en la primera guerra del golfo, en 1990. De hecho es lo que están haciendo ya cunado limitan la capacidad de combate de los ucranianos para que estos no lleven muy allá sus represalias, o cuando les mandan advertencias como el filtrado por la CIA de la información que vincula a los servicios de inteligencia ucranianos con el atentado contra la hika de Alexander Duguin. O tambiién cuando afirman ,como lo hizo hace unos meses Macron, que no hay que humillar a Putin. Nada más humillante que esto, pues le están perdonando la vida afirmando tácitamente que si quisieran lo borrarían del mapa. Pero un Putin tutelado podría ser mejor solución para los vencedores que el otro escenario en el que no quuede claro quien pude ser su sucesor y se desaten luchas intestinas entre las élites dominantes, pues no parece que una solución del estilo de promover a algún líder de las revuletass democráticas que se dieron en Rusia estos años, como Navaltny, pudiese ser capaz de imponerse, al menos a corto plazo. Aquí todos los escenarios están abiertos, incluyendo movimientos secesionistas en Chechenia, Ingushetia o Daguestán que bien podrían aprovechar la destrucción del ejército ruso para hacer efectivas sus demandas secesionistas sin que el poder ruso tuviese capacidad militar para poder afrontarlas con éxxito como hace veinte años. La familia Kadyrov no se caracteriza precisamente por ser muy leal a sus amigos, como bien pudimos ver con su padre que alguna vez cambió de bando en las guerras de Chechenia, aliándose con quien pensaba que iba a ganar y cambiando de bando cuando lo vió conveniente. Su hijo, el actual líder de los chechenos, parece haber heredado su forma de hacer política y ya ha manifestado algún gesto en la línea de que podría imitar la conducta de su padre.

Pero estos temas los analizaremos pormenorizadamente en algún artículo futuro analizando el discurrir de esta guerra.

La muerte del Derecho

Recientemente, una representante de la farmacéutica Pfizer declaró en el Parlamento Europeo que las inoculaciones contra la COVID-19 no fueron testadas para frenar la transmisión. Declaración Nada sorprendente para las personas más o menos conocedoras del proceso de acreditación y registro de un fármaco. La eficacia del producto, nos dicen ahora, no es frenar la transmisión, sino evitar el ingreso hospitalario, la UCI y, en última instancia, el fallecimiento. Estos argumentos son ya de por sí suficientemente poderosos para tomar cierta medicina o administrase una vacuna. Todos los años se lanza la campaña de vacunación contra la gripe y jamás se ha dicho que la vacuna impida que las personas enfermen o se contagien, sino que, en caso de infección, la situación será más llevadera o incluso inocua. Ahora bien, el problema surge cuando recordamos que se ha legislado basándose en la falsedad de que las inyecciones reducían la transmisión.

En la época de la posverdad y las agencias de falsificación verificación, menos mal que nos sigue quedando la hemeroteca para confirmar aquello que nos suena. En marzo de 2021, el propio CEO de la compañía señaló a un periódico alemán que “la cantidad de personas para las que la PCR es positiva y que, por lo tanto, son potencialmente contagiosas, se reduce en un 92% después de la vacunación”. Pero bueno, podemos exculpar que un comerciante exagere, por decirlo suavemente, sobre las bondades sobre su producto. Ya tenemos cientos de organismos gubernamentales en Occidente que se encargan de salvaguardar la publicidad o los resultados de un producto. El principal problema, como decimos, es que esta falsedad fue la base sobre la que se sustentó una política discriminatoria contra el colectivo que decidió no administrase dicho fármaco.

Para ello, fue necesaria la participación de dos actores fundamentales: gobiernos autonómicos (no todos) y sus correspondientes tribunales superiores de justicia (concretamente la sala de lo contencioso-administrativo). Bueno, en realidad debemos añadir un tercero: el gobierno nacional. Según la Constitución española de 1978 (art. 116.1), el que el Congreso abdicase de sus obligaciones hizo que quedara “así cancelado el régimen de control que, en garantía de los derechos de todos, corresponde al Congreso de los Diputados bajo el estado de alarma. Control parlamentario que está al servicio, también, de la formación de una opinión pública activa y vigilante y que no puede en modo alguno soslayarse durante un estado constitucional en crisis”. La cooperación de la presidente del Congreso, Meritxell Batet, es más que evidente, sin ninguna responsabilidad legal por su parte. Ya tenemos la primera muerte del derecho.

Los gobiernos autonómicos más beligerantes contra los derechos fundamentales fueron Galicia, Andalucía y Comunidad Valenciana. En estas tres regiones se impuso durante un mayor tiempo y con medidas accesorias la implantación del denominado pasaporte COVID, un documento según el cual la persona quedaba autorizada al acceso a ciertos lugares (hostelería, cines, ocio, etc.), siempre y cuando la persona hubiera tomado ese producto que, según nos contaron, reducía el riesgo de contagio. Por ejemplo, el TSJA autorizó esta medida bajo la afirmación de que cumplía con los requisitos de “proporcionalidad, necesidad e idoneidad”. Se trata de medidas necesarias, ya que “permiten mitigar la transmisión del coronavirus en este momento epidemiológico con tendencia ascendente”. En otra ocasión hemos tenido oportunidad de hablar sobre la posibilidad de excluir de ciertas actividades abiertas al público a personas con un virus respiratorio en su cuerpo, por lo que no es momento de repetir argumentos ahora.

Pues bien, busquemos ahora algún tipo de responsabilidad por parte de los magistrados que firmaron aquellas limitaciones de derechos fundamentales. Absolutamente nada. No los gobernantes que acudieron a los tribunales buscando menoscabar derechos fundamentales de sus ciudadanos, alguno de ellos recompensado recientemente con una mayoría absoluta, sino de los jueces que, en teoría, deben evitar este tipo de atropellos. Ya tenemos la segunda muerte del derecho. No se trata únicamente de que asuman las consecuencias de sus actos, que ya sería mucho, sino que el discurso que nos bombardea a diario es que aquello nunca pasó, que nunca nos dijeron que había que vacunarse para evitar la propagación, que nos vacunáramos para proteger a las personas mayores o de otras afirmaciones (especialmente relativas a mascarillas) que el tiempo se ha ocupado de desmentir.

Del patrón oro al patrón dólar

¿Cuál es el problema de nuestro sistema financiero? Básicamente, que se trata de un sistema híbrido. El dinero nació como un instrumento que facilitaba el comercio y la producción ya en tiempos prehistóricos. Sin embargo, con el crecimiento del estado, el dinero pronto se convirtió en un instrumento de control y monopolización por parte de los estados. Por eso, nuestro dinero y nuestro sistema financiero han llegado a ser elementos cruciales para el poder político.

El control sobre el sistema monetario del estado se incrementó con el establecimiento de los bancos nacionales que tenían el monopolio para emitir dinero efectivo y la tarea de controlar los bancos comerciales, cuyo papel fundamental es la emisión de créditos. Este modelo de banco central fue desarrollado primeramente en Inglaterra durante los siglos XVIII y XIX, y pronto el resto de los países adoptó el mismo sistema, puesto que querían repetir el milagro inglés que había hecho del país una gran potencia y el “taller del mundo”.

El sistema monetario desarrollado en Inglaterra tenía dos funciones cruciales:

  1. Asegurar el funcionamiento y, posiblemente, el crecimiento de la economía y riqueza del país.
  2. Asegurar el funcionamiento y, posiblemente, el crecimiento del poder del estado y el de las elites políticas.

El sistema monetario del siglo XIX estaba basado en el patrón oro. La creación del dinero efectivo de los bancos centrales y, asimismo, el volumen de créditos de los bancos comerciales, fueron limitados por el aumento del oro acumulado en los bancos centrales. Según Walter Bagehot (1871), el papel del Banco de Inglaterra era mantener el equilibrio en la economía y, en caso de crisis, intervenir para evitar el colapso monetario, dando una inyección de dinero a los bancos con problemas de liquidez.

El patrón oro limitó la acumulación de créditos malos en la economía y el crecimiento del estado financiado por créditos. En este periodo, los estados redistribuían el 10-15% del PIB anual, lo que hacía que su papel fuera muy limitado en la esfera de la economía.

El patrón oro creó un ambiente bastante favorable para el crecimiento económico y mantuvo la balanza comercial equilibrada entre los diferentes estados. Este equilibrio comercial y la estabilidad monetaria contribuían a que los países continentales europeos pudieran emular el capitalismo inglés y alcanzaran el desarrollo mediante la industrialización y el comercio.

En este largo periodo, gracias a la conexión entre las divisas y el oro, el dinero mantuvo su valor adquisitivo y la tasa de interés oscilaba entre el 2 y el 8% incentivando la acumulación del capital y beneficiando a quienes manejaban sus recursos con prudencia.

Sin embargo, el patrón oro no era un sistema perfecto. Estaba regularmente sujeto a ciclos de expansión y contracción de créditos, y depresión económica (Mises 1912). No obstante, el patrón oro siempre ha podido sobrevivir a las crisis económicas recurrentes y ha podido asegurar un crecimiento económico sorprendente en comparación con épocas anteriores, cuando el estancamiento era la norma de la vida económica. El patrón oro se colapsó con el estallido de la I Guerra Mundial. Los estados, para financiar el esfuerzo bélico, abandonaron el patrón oro y empezaron a imprimir dinero produciendo un endeudamiento sin control.

Después de la Guerra, ya no era posible volver al patrón oro. Los estados habían acumulado demasiada deuda. Durante la Guerra, los gobiernos empezaron a intervenir en la vida económica y comenzó una expansión del estado de bienestar que necesitaba un sistema de financiación más flexible que el tradicional patrón oro.

Así, se originó un nuevo ciclo económico con una expansión de créditos que provocó el colapso de 1929. La crisis se alargó por las políticas proteccionistas de los estados y por las competitivas devaluaciones entre divisas de diferentes países. Esta larga y aguda crisis económica ayudó a Hitler a ganar el poder político en Alemania. Para sostener esta política proteccionista, necesitaba obtener “lebensraum” (territorios para vivir) para Alemania, lo que desembocó en el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

En 1944, Estados Unidos, como nuevo líder mundial, intentaba diseñar en Bretton Woods, un nuevo sistema financiero que asegurara la estabilidad entre las divisas de diferentes naciones y facilitara la expansión monetaria de los estados. El dólar americano asumió el papel que antes tenía el oro. El dólar fue aceptado como la divisa para el comercio internacional y reserva crucial de todas las demás divisas. Estados Unidos, que en ese momento tenía más del 80% del oro del mundo en su Tesoro, adquirió el compromiso con los bancos centrales de cambiar dólares por oro en un precio fijo. Paralelamente, Estados Unidos abogaba por bajar las aduanas para resucitar el comercio y lanzar una nueva globalización.

El nuevo patrón dólar y el retorno a un comercio mundial más libre produjo resultados casi milagrosos. El rápido desarrollo de la riqueza erradicó prácticamente la pobreza en los países occidentales y creó una amplia clase media (prácticamente, las dos terceras partes de la sociedad). Este proceso fue ayudado y completado por la extensión del estado de bienestar y sus prestaciones. Había nacido el moderno estado de bienestar.  De esta manera, el 45-55% del PIB era redistribuido por el estado en los años setenta. Esto supone un considerable incremento en comparación con la era del patrón oro.

Este es el ambiente en el que se ha desarrollado el actual mapa político ya analizado en el anterior artículo. La derecha y la izquierda moderadas han acercado posturas ya que ambas prefieren incrementar el papel del estado de bienestar y abogan por dar un papel cada vez mayor al estado como administrador y regulador. Esta expansión del estado, facilitada por la creación del crédito, ha hecho posible que derecha e izquierda moderada empleen las mismas estrategias políticas, evitar conflictos políticos con apoyos financieros.

Sin embargo, hay un fatal fallo en el corazón del patrón dólar. Jacques Rueff, un discípulo de la Escuela Austriaca, fue uno de los primeros pensadores que descubrieron el problema. El uso del dólar como dinero internacional distorsiona la economía mundial y otorga una ventaja al Estados Unidos, ya que todos los países del mundo se ven en la necesidad de acumular reservas de dólar. Así, el producto más importante de exportación de los Estados Unidos es el dólar que otros países pueden adquirir exportando bienes reales. Como consecuencia, se produce una constante demanda de dólares para satisfacer la hambruna de reservas.

Rueff, que fue asesor económico del Presidente De Gaulle en los años sesenta, temía que este sistema provocara una hiperinflación. Pensaba que había que forzar el retorno al patrón oro, que era un dinero internacional neutral y que no estaba bajo el control de ningún estado. Convenció a De Gaulle, y Francia pidió a Estado Unidos el cambio de sus fondos en dólares por oro, tal y como había quedado establecido en Bretton Woods, en 1944. Sin embargo, Estados Unidos se negó y suspendió definitivamente este acuerdo.

Después de la inflación y la crisis de los setenta, comenzó en los años ochenta, una nueva época de expansión del crédito junto a un proceso de deflación en el que participaron los siguientes factores:

1) La integración de China en el comercio mundial.

2) La expansión de la segunda ola de la globalización provocada por la bajada de los aranceles.

3) La subida de la tasa de interés del FED que rompió la tendencia inflacionista.

4) Las reformas pro-mercados en el mundo, desde Estados Unidos hasta China, iniciadas por Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Deng Xiaoping.

Esta expansión del crédito ha lanzado una nueva revolución industrial con nuevos productos que han cambiado nuestra vida: ordenadores, internet, y el teléfono inteligente.

Aunque, la redistribución del PBI ya no ha crecido más, los estados han podido mantener un elevado nivel de redistribución e intervencionismo en la vida económica.

En conjunto, el patrón dólar estadounidense ha procurado ciertas ventajas:

  1. La expansión del crédito casi sin límites ha hecho posible nuevas revoluciones industriales y ha mantenido un crecimiento de la iniciativa emprendedora que ha dado un nuevo dinamismo a la economía en todo el mundo y ha reconfigurado el modo de vida.
  2. La expansión del crédito también ha hecho posible el nuevo rumbo de la globalización basado en la creación de cadenas de suministro de compañías multinacionales y en la exportación de los puestos de trabajo a países con bajos salarios. Este nuevo tipo de globalización ha industrializado estos países, y ha beneficiado a Europa y Estados Unidos con el desarrollo de una economía de servicios y de conocimiento.
  3. Los estados y sus bancos centrales han aprendido a evitar grandes crisis. Desde la década de los setenta, los periodos de crecimiento son cada vez más largos y las crisis no tan agudas a pesar de creciente endeudamiento.
  4. Finalmente, la expansión del crédito ha hecho posible mantener, o incluso desarrollar y refinar el estado del bienestar que, de hecho, ha llegado a ser una institución clave para asegurar la paz social y la moderación política.

Y, ¿este es el final feliz? ¿Por fin el mundo ha encontrado un sistema financiero casi ideal? Desafortunadamente, no. El problema original del patrón dólar sigue estando enfermo por la razón que ya había identificado Jacques Rueff en los años sesenta: si la divisa de un país se alza como el dinero internacional del mundo, la economía mundial sufrirá una distorsión y una explotación que amenazará el orden político mundial.

En la próxima entrega vamos a analizar las consecuencias de esta distorsión y explotación.

Sabiduría bíblica

“Al cabo de siete años harás remisión. He aquí en qué consiste la remisión: Todo acreedor remitirá lo que haya prestado a su próximo; no lo exigirá a su prójimo, esto es, su hermano, una vez publicada la remisión de Yahvé. Podrás exigirlo a un extranjero, pero lo que tu hermano tiene de lo tuyo, se lo remitirás para que no haya en medio de ti menesteroso alguno (Deuteronomio, 15)

Cuando se escribió el Deuteronomio, hace ya un tiempo, también había, como hoy, excesos de deuda recurrentes, más o menos impagables, producto de quimeras en forma de malas inversiones, poco realistas, que no rendían lo proyectado. De ahí la necesidad bíblica de condonar. El problema no es de ahora. Muchos se creen que los males económicos que nos acucian son sólo producto de la política económica y monetaria de hoy, miope y cortoplacista, con su gasto público desmedido; basada en unos modelos y paradigmas erróneos; encantada -cual aprendiz de brujo- de manipular groseramente los tipos de interés; asentada en un descalce de plazos (que nos embriaga en una dionisiaca -y ficticia- orgía de liquidez, desestabilizadora y que dificulta el cálculo económico), liderado por unos bancos temerarios, quizás porque son demasiado grandes para quebrar… es evidente que todo eso no ayuda. Pero claramente no es la única causa del problema, como recuerda la cita bíblica que encabeza el artículo.

Dicen que soñar es gratis, pero los hechos son tozudos, inflexibles y ni disculpan, ni eximen, ni olvidan, ni perdonan. Cuanto más lejano es el futuro en el que uno proyecta, más fácil es desconectarse de la realidad -de la verdadera naturaleza de las cosas y de sus posibilidades-, y dejar que sea nuestro ánimo -optimista o pesimista, poco importa- quien tome las riendas. Al hombre le satisfacen no sólo las cosas reales y concretas de las que puede disfrutar; muchas veces el remedio más inmediato para acallar los dolores íntimos y propios son las quimeras, monstruos fabulosos -fantasmagóricos o angelicales- que se anhelan y persiguen con tanto ahínco que se acaban dando por inevitables… cuando casi nunca lo son.

 Y eso nos puede ocurrir, y nos ocurre -sobran los ejemplos- todos los días: con nuestro equipo de fútbol favorito, al tratar de adivinar el futuro de una guerra, o al proyectar el desenvolvimiento de un negocio que queremos empezar, generalmente a crédito: El ser humano no sólo es experto en crear imperios a partir de cántaros de leche todavía no vendidos, también es muy dado a resolver la tensión del presente inmediato mediante patadas al futuro -mejor cuanto más lejano- y a olvidarse de lo que otros hicieron por ti en el pasado (cuando te vendieron a crédito o te prestaron porque tú se lo solicitaste); es humano proyectar también, en otros, nuestros errores y miserias, haciéndoles culpables, injustamente, de nuestra propia estupidez, hasta llegar a un odio que acalla la frustración y la rabia que deberíamos tener contra nosotros mismos por creernos dioses.

Muchos se lanzarán, sin pensarlo, a denostar al mensajero bíblico, criticando una medida -el jubileo periódico deuteronómico – por inapropiada y contraproducente, e hilarán mil argumentos contra el efecto en el riesgo moral, en la capacidad de innovación, o en cómo cercena la libertad individual. Y seguro que tienen razón. Pero hay que reconocer que era una medida que tenía su sentido, no sólo moral, sino también económico y social: que tendía a reducir las inversiones en el largo plazo, evitando que las ensoñaciones llevasen al huerto a más de uno, que aumentaba la cohesión y que evitaba la fractura social que se genera el tener dos bloques antagónicos -prestamistas y prestatarios- que proyectan recíprocamente, en el otro, las miserias propias generadas en un pasado lejano y del que muchos no se quieren acordar.

Con ello no quiero decir que se trate de una regla -prohibir los préstamos a largo plazo- que deba escribirse en piedra -ni siquiera en las hojas del BOE-, pero sí que debería servirnos de recordatorio, y tener muy presente, para mantener mejor los pies en el suelo, conscientes de lo pequeños que somos no ya en el espacio, sino en el tiempo, y los peligros que asumimos si confiamos exclusivamente en nuestro sentido y buen criterio, que es de todo, menos racional (y no sólo a la hora de pedir o dar a préstamo, sino también a la hora de invertir, o comprar para especular). Máxime cuando, aunque nosotros no queramos recordarlo, los hechos, tozudos e inmisericordes, nos lo recordarán cada cierto tiempo, como parece que nos va a ocurrir ahora.

Bajar impuestos es de sentido común

Se suele decir que el sentido común es el menos común de los sentidos. Y a la vista de lo que estamos viendo estos últimos meses, está claro que es cierto. Puesto que en un momento de grave crisis económica como el que está viviendo nuestro país, con millones de familias sin poder llenar la nevera o encender la calefacción, que bajar los impuestos para aliviarlas un poco, se vea como un despropósito, es algo incomprensible.

Las excusas siempre son las mismas, la sanidad y la educación, aunque representen una parte ínfima de los Presupuestos Generales del Estado, ya anunciados para este año. Habiendo partidas con mucho peso, donde existen muchas más dudas de la necesidad de su existencia, como igualdad. Y encima en un año en el que la recaudación ha marcado una cifra absolutamente récord (por la inflación), lo que debería de dejar margen para bajadas impositivas.

Otra de las excusas más usadas hoy en día, es la absurda dicotomía ricos-pobres. Como hemos comentado otras veces, el listón de ser “rico” va bajando a medida que el gobierno quieren gasta más; hasta que el rico acabas siendo tú. Porque un gobernante siempre piensa que él gasta poco y tú ganas mucho. Tampoco se ponen de acuerdo en qué impuestos tocar, puesto que los aberrantes impuestos de patrimonio o sucesiones (impuesto a la muerte), que gravan activos por los que ya se han pagado impuestos, son los que más confiscan a “los ricos”.

Pero, en cambio, hace unas semanas se propuso bajar el IVA a los alimentos, que tanto han visto aumentados su precio estos últimos meses, y a los amigos de lo público tampoco les pareció bien. Discreparon diciendo que los ricos también comen, olvidándose por completo de que el porcentaje de la renta que destina una familia humilde a comida, es muy superior al porcentaje de renta que destina una familia acaudalada. Mejor deberían explicar esos 20cents a gasolina, donde entran más en un Porsche 911, que en un Seat de hace 20 años.

La última gran excusa a la que se aferran los socialistas y demás colectivistas, para seguir metiéndonos la mano en el bolsillo, es que alguna entidad supranacional de supuesto prestigio (FMI, OCDE, UE…) defiende subir los impuestos. Como si no fuésemos capaces de ver el conflicto de intereses que supone que dichas instituciones, se financien vía erario público. ¿Cómo no van a querer más impuestos, si sus abultados sueldos dependen de ellos?

Como hemos comentado antes, la dicotomía ricos-pobres no existe. Esos eslóganes de “que paguen los ricos” son simplemente eso, eslóganes. Lo que existe es la separación familias-Estado, y aquí es donde nunca paga el Estado. En todas las crisis, da igual la del 2008, el Covid… son las familias las que han de ajustarse el cinturón, mientras el gobierno no para de gastar a espuertas y endeudarnos. Los políticos nunca dicen “vamos a gastar menos para que vosotros tengáis más. El porcentaje de la economía que no controla el estado lo tienen las familias, a más sector público, menos privado, el cálculo es sencillo.

Defendamos a las familias, defendamos a las empresas, peleemos por los autónomos, por el sector privado. ¡Confisquemos al único rico que existe de verdad, el gobierno!

Los peligros de la moralidad, ¿o los de la democracia?

Recientemente tuve oportunidad de asistir a una presentación y debate sobre el libro cuyo título aprovecho para comenzar el de este artículo. Se trata de “Los peligros de la moralidad”, del psiquiatra y psicólogo evolucionista Pablo Malo. La presentación corría a carga de un prestigioso colega del autor, a quien tengo, no solo aprecio, también reconocimiento. En fin, que me fio de que la presentación recogiera bien las ideas del libro, que, por cierto, aún no he leído.

El análisis que a continuación hago está basado en mi entendimiento de dicha presentación, me apresuro a aclarar, y seguro que la lectura pausada del libro tal vez me hiciera reflexionar de otra forma e incluso interpretar de forma distinta al autor. Si fuera el caso, me comprometo a hacer otro artículo con disculpas y enmendándome.

La tesis que desarrolla el señor Malo viene a ser la siguiente:

1) El ser humano ha generado evolutivamente mecanismos emocionales para decidir sobre aspectos morales. Estos mecanismos, como todas las adaptaciones procedentes de la evolución, han facilitado y permitido la supervivencia de quienes los habían desarrollado respecto a quienes carecían de ellos.

2) Dichos mecanismos están en la base de la cooperación social de los seres vivos, habiendo llegado a su máxima sofisticación en los seres humanos, a los que calificamos como seres hipersociales.

3) Sin embargo, algunos mecanismos, como la distinción Ellos-Nosotros, pueden dificultar hasta poner en riesgo las instituciones en que se basa la sociedad actual, especialmente la democracia.

4) En consecuencia, el autor propone “desmoralizar” las instituciones, construirlas de forma en que se atenúen los efectos de los mecanismos morales.

En el fondo, lo que parece preocupar al autor, como también preocupaba a una de sus principales referencias, el psicólogo evolucionista Jonathan Haidt, es la creciente polarización de la sociedad, intensificada por la generalización de las redes sociales, que hace cada vez más difícil el funcionamiento en democracia de la sociedad.

Y claro que tiene razón. Pero, ¿por qué la solución pasa por aferrarse a la democracia como forma de convivencia, tratando de que no quede corrompida por los sesgos morales? ¿Por qué una y otra vez nos encontramos la democracia como un valor superior a preservar? En el fondo, ¿no se deja llevar el señor Malo por esos mecanismos morales contra los que trata de advertirnos en su libro? Están los demócratas y los anti-demócratas.

Si tratáramos de no ser morales en nuestro juicio sobre la democracia, tendríamos que abordar sus bondades desde un punto de vista científico y objetivo. Y a ello responden invariablemente sus defensores diciendo que “Es el menos defectuoso de los sistemas”. ¿No este un juicio moral de los que deberíamos tratar de prescindir siguiendo a Malo?

Si el análisis lo hacemos de forma científica, lo que nos encontramos es que la democracia como forma de convivencia o de gobierno, ha sido atacada con buenos argumentos desde muchos puntos de vista: sociológico, filosófico (por ejemplo, por el reciente premio Juan de Mariana, Dalmacio Negro) o económico (y no solo abanderado por los economistas austriacos, ahí tenemos toda la escuela de Public Choice).

Lo paradójico es que el ensayo de Malo supone un ataque casi irrebatible a la democracia desde otro punto de vista más cercano a la ciencia natural: el psicológico. Lo que viene a decirnos este autor, aunque seguramente no sea esa su voluntad, es que la democracia es incompatible con la psicología humana.

Las elecciones que requiere la democracia conllevan la competencia de los partidos políticos (no me atrevo a decir ideologías) por el poder. Y es evidente que el sesgo moral Ellos-Nosotros es inevitable en este enfrentamiento, lo mismo que aflora en las competiciones de fútbol entre los seguidores de los distintos equipos. Los políticos, posiblemente por prueba y error como también explica Malo, han encontrado dicho sesgo y se valen de él para movilizar a sus electores y tratar de ganar las elecciones. Estas son más fáciles de ganar “contra alguien” que “a favor de algo”, algo que todos hemos oído en infinidad de ocasiones. Y es que apelar a la moral, a las emociones si se quiere, es mucho más eficaz que tratar de ganar votos con la razón.

Si a esta situación se le añade un intensificador de efectos, un creador de estímulos supernormales (en terminología del propio Malo), se tiene el cóctel completo. De hecho, los problemas inherentes de polarización que conlleva la democracia han explotado en los últimos años, y todo el mundo parece de acuerdo en que se debe a las redes sociales. Las redes sociales, como tecnología, son neutras, pero incrementan enormemente la eficiencia en dicho tipo de relaciones, para bien (es menos costoso mantener contacto con familia, amigos y compañeros) y para mal (se pueden hacer constantes “difamaciones rituales” y de forma masiva). Esta herramienta en manos de gente que vive de la polarización, como son los políticos o los grupos de interés en un sistema democrático, nos lleva a los resultados que estamos viendo y sufriendo.

Contra los sesgos psicológicos se puede luchar a nivel individual. El ya citado Haidt propone la excelente analogía del “elefante y el jinete”, que también recoge como no puede ser de otra forma, el señor Malo. Esto quiere decir que los mecanismos (en general, no solo los morales) de nuestro cerebro nos impulsan a actuar de una determinada forma, y que la forma de tratar de modular este comportamiento es la razón; pero que normalmente, lo que manda es lo primero, el elefante, y muy rara vez lo segundo, el jinete.

Esta conclusión puede ser chocante para mucha gente que considera al ser humano como racional, pero esta contrastada empíricamente hasta la saciedad. Por tanto, la persona que realmente quiera ser racional tiene que empezar por aceptar que la mayor parte de lo que cree o hace tiene una causa emocional y no racional. Así de duro y así de cierto. La actuación verdaderamente racional tiene en muchos casos un coste prohibitivo que no se justifica, aunque en algunas ocasiones sí puede compensar.

Así pues, dominar estos circuitos morales que nos vienen de fábrica para tratar de hacer que la democracia funcione, tiene un enorme coste psicológico, que muchas personas no quieren o pueden asumir. Estos mecanismos, además, no van a desaparecer: el ser humano los ha adquirido evolutivamente  y solo de esa forma podrían desaparecer.

La solución en otros ámbitos ha pasado por buscar mecanismos externos al ser humano que sirvan como piedra de toque para asegurar que no nos estamos dejando llevar por la emoción y sí por la razón. Un ejemplo paradigmático es el método científico; otros lo constituyen los usos y las costumbres.

En coherencia, Pablo Malo propone algo similar: que diseñemos las instituciones de gobierno para que no aparezcan los “monstruos morales” que habitan en nuestro cerebro. Por supuesto que sí. La cuestión es si la democracia es una institución que los atenúa o, por el contrario, los hace crecer. Esa es la pregunta básica a la que hay que responder, porque la moralidad está aquí para quedarse, por muy peligrosa que sea.

* Agradecimientos al Dr. Manuel Faraco, tanto por la presentación que inspira el presente artículo como por sus sugerencias para mejorar el texto.

En defensa de la especulación II

Continuamos con el comentario del mes anterior aplicando a Bitcoin la idea que expusimos sobre la especulación. Autores como Xavier Sala i Martí o JP Koning describen Bitcoin como una burbuja o un décimo de lotería. Juegos de suma cero. Esta descripción o analogía tiene la pretensión de dar a entender que Bitcoin es “intrínsecamente” inútil, o que su valor es efímero y se trata de una moda pasajera.

Yo no voy a decir que sean malas analogías, más bien al contrario, voy a defender que partiendo de estas analogías no hay ninguna razón para concluir que Bitcoin sea objetivamente inútil o poco útil, o que su utilidad sea pasajera. Y antes de continuar con esta “defensa” querría dejar bien claro al lector que el hecho de explicar que Bitcoin sea útil no quiere decir que yo piense que sea una buena inversión ni nada parecido. Ese grado de utilidad lo determinará el mercado, y puede ser cualquiera. 

Quienes hacen estas analogías, lo que quieren dar a entender es que dada la volatilidad de Bitcoin y al carecer de respaldo o mecanismo estabilizador, este no puede funcionar como moneda y por tanto queda vacío de toda utilidad, con lo cual su demanda solo se puede explicar en la expectativa de poder venderla a otros más adelante a un precio más alto, y que esos otros a su vez la demanden por la misma razón, y así sucesivamente. Lo que suele denominarse sin demasiada precisión esquema ponzi o “greater fool theory”.

¿Es esta una demanda “hueca”? Pues no necesariamente. La capacidad de un objeto para facilitar el intercambio no es una capacidad dicotómica en el sentido de que la tiene (es dinero) o no la tiene (no es dinero). No todos los bienes que facilitan el intercambio son dinero. El oro, los bonos, o las acciones pueden servir para intercambiar mis servicios laborales en el presente por comida, cobijo o servicios de asistencia en mi jubilación. Normalmente estos intercambios son descritos como ahorro o inversión, pero no dejan de ser intercambios donde simplemente el medio de intercambio se atesora durante mucho tiempo.

Ahora bien, es cierto que los bonos o las acciones tienen valor más allá del mero hecho de facilitar el intercambio, pues tienen un valor de liquidación y/o proporcionan flujos de caja como dividendos o cupones. Y en el caso del oro, aparte de facilitar el intercambio también tiene valor ornamental en la joyería. No voy a considerar su utilidad como conductor eléctrico pues se trata de una utilidad muy reciente, y por tanto está claro que no es causa original de su utilidad.

En mi opinión, es discutible que el valor ornamental sea una causa y no una consecuencia de la utilidad del oro como medio de intercambio. Pero aun aceptando que fuera una causa, la gran mayoría de los economistas admiten que el valor del oro incluye una importante prima monetaria que tiene su reflejo en la gran cantidad de oro que se demanda en forma de lingotes y monedas acuñadas.

¿Sería muy descabellado hacer el experimento mental de que para todo propietario de una joya de oro lo que más le importa en cuanto a su valor es su contenido en oro, su utilidad monetaria, y no su utilidad como adorno? Si haciendo este experimento mental llegamos a la conclusión de que el oro seguiría teniendo valor, y que su valor no pasaría a ser inestable o efímero, entonces podríamos concluir que es posible que existan objetos cuya única utilidad sea intermediar los intercambios en el espacio o en el tiempo gracias a que tienen buenas características para ello (duradero, divisible, fungible, difícil de falsificar, cantidad limitada, fácil de verificar, barato de almacenar, etc).

Planificar nuestro futuro económico es una actividad tremendamente compleja y que conlleva muchísima incertidumbre. Es un problema verdaderamente difícil de solucionar. Los mercados financieros, los seguros o los sistemas de pensiones son mecanismos que llegan a ser muy abstractos y sofisticados que sirven para conseguir esta coordinación en el tiempo, que podríamos calificar como intergeneracional. ¿Cómo nos aseguramos nuestra sustentación económica cuando en el futuro no seamos capaces de producir lo suficiente? 

Incertidumbre y especulación son dos conceptos indisociables. La especulación es nuestra forma de lidiar con la incertidumbre, y parece totalmente razonable y hasta positivo que se especule en torno a un objeto como Bitcoin que por sus características objetivas pudiera facilitar cualquier tipo de intercambio, ya sean intercambios a corto plazo (es decir, su uso como dinero que para mí es dudoso), o ya sean intercambios a largo plazo que ayuden a resolver el gran problema de la coordinación intergeneracional. Y si algo facilita el intercambio, si o si crea valor, no es un juego de suma cero.
El problema con Bitcoin es el vértigo que produce el hecho de que se trate de unidades abstractas que no tienen ninguna otra utilidad más allá de facilitar el intercambio ¿Por qué el mercado iba a elegir estas unidades y no otras? ¿Cómo sé que dentro de 30 años el mercado va a seguir considerando útil a Bitcoin para este propósito? Hay posibles explicaciones de por qué eso podría seguir siendo así, por ejemplo, que Bitcoin de forma similar al alfabeto occidental o los numerales del sistema decimal actúe como punto focal muy difícil de desbancar. Pero realmente no lo sabemos, solo cabe averiguarlo vía especulación, y eso es lo que el mercado está haciendo los últimos 13 años y cuyo resultado podemos observar en tiempo real.

El Motín de Esquilache

En 1763 finalizaba la Guerra de los Siete Años de la que España había salido muy perjudicada. El monarca que reinaba en aquella época era Carlos III, hijo de Felipe V, que sucedió a su hermano Fernando VI en el trono en 1759. 

Motín de Esquilache, atribuido a Francisco de Goya 
(ca. 1766, colección privada, París)

Carlos tenía la firme decisión de implementar las ideas ilustradas que recorrían toda Europa a la monarquía hispánica, quería una reforma política, económica y social del país. Aunque si bien es cierto, la crítica francesa ilustrada a las instituciones del Antiguo Régimen encontró poco apoyo en España ya que tanto los gobernantes como el pueblo español seguían siendo profundamente católicos y fieles al absolutismo. Se buscaba, por lo tanto, un cambio en la administración, en la economía y en la educación, y no tanto de filosofía. 

Para esta tarea de modernización Carlos III optó por nombrar a ministros extranjeros, a los que tenía mucha simpatía, en particular a los italianos debido a su reinado en Nápoles y Sicilia. Los dos principales fueron el marqués de Grimaldi como Secretario de Estado, y nuestro protagonista, Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, como ministro de Hacienda. 

Como hemos señalado anteriormente, la Guerra de los Siete Años había dejado una situación económica muy complicada a la monarquía hispánica, produciendo una alta inflación, que sumada a las malas cosechas provocó una subida generalizada de los precios. Sumado a todo ello, Esquilache elevó gran cantidad de impuestos, estas medidas provocaron un malestar generalizado en los súbditos de la Corona. 

La gota que colmó el vaso fue el intento de Esquilache de hacer cumplir una antigua ley que prohibía a los hombres llevar en Madrid sus chambergos de ala ancha y sus largas capas so pretexto de que eran una tapadera para el crimen ya que se podía esconder fácilmente un arma. Esto se vio como un ataque a una manera de vestir de pura tradición española, aunque paradójicamente esta moda había sido introducida apenas cien años atrás por el duque Schomberg y popularizada por Mariana de Austria en la capital. Esto provocó un episodio de revueltas y motines entre el 23 y el 26 de marzo de 1766 al grito de “¡Viva el rey! ¡Viva España! ¡Muera Esquilache!

En la capital se asaltaron las viviendas de los ministros italianos e incluso el propio rey se vio forzado a trasladarse a Aranjuez, tras varios días Carlos aceptó las condiciones impuestas por los insurrectos en humillantes condiciones, entre ellas estaba el destierro del marqués de Esquilache, revocación de la medida de los atuendos y la bajada de los precios de los alimentos. 

Según la versión oficial, estas revueltas no solo fueron un movimiento en contra de la imposición de Esquilache sino un intento de alterar la estabilidad del gobierno por vía insurreccional. La verdadera causa de las revueltas fue, como en casi todas las ocasiones, el hambre. Hay algunos historiadores que defienden que este motín fue motivado por grupos de nobles y eclesiásticos que deseaban expulsar a los ministros extranjeros y paralizar las reformas que querían imponer. Las dos versiones siguen hoy día a debate, V. Rodríguez Casado sostiene que las revueltas fueron planeadas con el consentimiento de los jesuitas, esta acusación pudo ser utilizada por el gobierno para expulsar a la orden un año después, en 1767. En cambio, también hay otros historiadores como C. Eguía en su obra Los Jesuitas y el Motín de Esquilache, que defiende que fue un movimiento espontáneo por parte de la población. 

Sea como fuere lo cierto es que este suceso es uno de los acontecimientos más significativos dentro de la política interior del reinado de Carlos III y deja vislumbrar la resistencia que había en el pueblo español a las ideas ilustradas y que cimentaría la resistencia contra los franceses en 1808.