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Los enemigos de la globalización

No es ninguna novedad que nuestro modelo de globalización se encuentre amenazado por los sospechosos habituales. Desde hace varias décadas son muchas las fuerzas político-institucionales que han tratado, sin mucho éxito, de retraer la expansión de la globalización y atacar sus principales estandartes. Si algo hemos observado a lo largo de los últimos años es una intensificación del movimiento antiglobalización, tanto por las tendencias políticas posteriores a la Gran Recesión como, más recientemente, por el incipiente reordenamiento geopolítico y de poder a escala global. Fue la geopolítica la que dio paso a la globalización moderna -con el derrumbe del muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética- y puede ser la geopolítica la que destruya el modelo de globalización al que estamos acostumbrados -tanto a raíz de la pandemia, como de la guerra de Ucrania o las severas fricciones entre China y EEUU-.

Como siempre he pensado y repetido en múltiples ocasiones, los enemigos de la globalización no se confinan en una esquina del espectro político, sino que ocupan ambas alas de este, yendo desde la izquierda postmoderna y anticapitalista hasta la derecha nacionalista y aislacionista. Aunque el ideario y el argumentario de ambos grupos sean distintos, uno de sus fines es común: acabar con la globalización tal y como la conocemos hoy en día para imponer un modelo alternativo de comercio a escala global.

Aún así, no debemos ser excesivamente pesimistas con el panorama actual, ya que, aunque durante el último par de años no haya cesado la conversación sobre la posible desglobalización, dicha tendencia no se refleja en las cifras de comercio a escala global. De hecho, los datos de flujos transfronterizos de bienes, servicios, capital e incluso personas se encuentran en máximos históricos en multitud de países. Esto no significa que no debamos preocuparnos por las amenazas existentes a la globalización, sino que el sistema actual está tan consolidado y las redes comerciales a escala global son tan sólidas que el coste de retraerlas sería muchísimo mayor que optar por la continuación del presente modelo.

El modelo autárquico que proponen como alternativa la mayoría de los enemigos de la globalización simplemente conllevaría a una mayor miseria, pobreza y sufrimiento; no solo en Occidente, sino, asimismo, y de manera más importante, en los países emergentes, ya que muchos de ellos son notablemente dependientes del comercio internacional. Por ello, aunque actualmente observemos cierta solidez en las cifras de comercio internacional, no debemos olvidar que las cadenas de valor globales son muy frágiles y pueden verse fácilmente afectadas por shocks externos. Ejemplo de ello han sido o son la pandemia del Covid-19 y la guerra en Ucrania. Mientras el primero supuso un freno en seco a los flujos internacionales de personas y multitud de bienes, la segunda ha supuesto la ruptura definitiva de los vínculos diplomáticos y comerciales de Occidente con Rusia y su círculo de influencia. A todo ello hay que añadirle el factor de las actuales tendencias políticas, con la izquierda anticapitalista y la derecha nacionalista campando a sus anchas, y ya tendríamos el cocktail perfecto para desestabilizar el modelo económico actual.

No debemos pensar en el movimiento antiglobalización y sus tendencias como algo que siempre ha existido o estado ahí, ya que hace 15-20 años, con la construcción y consolidación de algunas de las principales instituciones de apoyo al comercio internacional, los movimientos políticos contrarios a la globalización eran cuasi marginales.  En EEUU, por ejemplo, tras la Gran Recesión, prácticamente nadie se atrevía a hablar de desglobalización en público. Pero eso ha cambiado, y probablemente para siempre, ya que, hoy en día, la oposición a la globalización no es ya un tema puramente ideológico. El caso más claro es el de EEUU, donde tras el incremento de aranceles e implementación de medidas proteccionistas durante la Administración Trump, el presidente Biden no ha hecho nada especial por reducirlos ni revigorizar las relaciones comerciales del gigante americano. De hecho, parece que en la actualidad existe prácticamente un consenso político en torno a la idea de repatriar empresas pertenecientes a industrias consideradas estratégicas, para reducir la dependencia de terceros países como China.

Cabe resaltar que esta no es una tendencia unilateral de Occidente, ya que, por ejemplo, China ha contribuido enormemente a ello promoviendo e incluso forzando la producción nacional de tecnologías estratégicas y componentes clave a través del programa Made in China 2025, el cual fue lanzado previamente a la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

La economía y la geopolítica presentan diferentes lógicas y argumentos en el asunto de la globalización y en el estado del debate actual. Mientras desde el punto de vista económico sigue siendo mucho más eficiente deslocalizar la producción de la gran mayoría de bienes y servicios, desde el punto de vista geopolítico o estratégico, dicha deslocalización productiva puede suponer numerosos riesgos a nivel de seguridad nacional. Por ejemplo, la invasión de Ucrania ha mostrado el riesgo de depender de países autoritarios para el suministro de materias primas o bienes esenciales, como es el caso del gas ruso. Por ello, actualmente multitud de organismos e instituciones se plantean una remodelación de las relaciones de Occidente con China, ante los elevados riesgos que supone depender de este país.

Esto último se observa muy claramente con el asunto de los semiconductores. Estos componentes son esenciales para la producción de casi todos los productos tecnológicos, desde móviles hasta misiles, pasando por cualquier tipo de equipo informático. Lo preocupante es que el 90% de la producción global de semiconductores se halla localizada en Taiwán, lo que significa que si China invadiera Taiwán podría paralizar la exportación de semiconductores y causaría una debacle productiva y comercial nunca antes vista. Es por ello por lo que en EEUU se aprobó recientemente el Chips Act, que pretende que EEUU sea un jugador relevante en el mercado de los semiconductores, garantizando así su suministro ante el elevado riesgo geopolítico. A pesar de que los motivos que subyacen dicha Ley son sólidos, no deja de representar un freno muy importante a la globalización, ya que el Chips Act restringe la inversión americana en algunos países y limita seriamente la capacidad de las empresas americanas de producir semiconductores en China.

Aunque la globalización de las últimas décadas haya podido presentar algunos errores o haya generado tensiones políticas, el beneficio que la sociedad ha obtenido de ella es mucho mayor que sus costes, digan lo que digan anticapitalistas y nacionalistas. Oponerse a la globalización no es solo ineficiente a nivel económico, sino que da alas a aquellos que quieren destruir el actual modelo económico y político.

Marx y el dinero (y III)

La teoría general monetaria de Marx se completa con la tercera función que este le da al dinero. Anteriormente me he referido a esta como la función de atesoramiento del dinero, pero sería más correcto referirse a esta como la función de dinero como dinero: dinero que vuelve a actuar en su naturaleza de mercancía. Este uso del dinero se da no solo en el atesoramiento, sino también en la instrumentalización del dinero como medio de pago y como dinero mundial. Veremos estas tres implicaciones de la función del dinero como dinero por partes.

En primer lugar, los individuos atesoran dinero por los servicios de liquidez que este les genera. Al ser el dinero el activo real más líquido de una economía, los agentes eligen atesorar este entre el resto de las mercancías. Por lo tanto, según Marx, para que la mercancía que actúa como dinero sea atesorada, esta primero tiene que cumplir las otras dos funciones, ser unidad de valor y medio de circulación. Marx en su Crítica a la Economía Política (1859) afirmaba que el oro y la plata:

“Permanecen líquidos como la cristalización del proceso de circulación. Pero el oro y la plata se establecen como dinero sólo en la medida en que no funcionan como medios de circulación. Se convierten en dinero en tanto que no son medios de circulación. La retirada de las mercancías de la circulación en forma de oro es, pues, el único medio de mantenerlas continuamente en circulación.”

No obstante, como ya he defendido en otras ocasiones (Blasco 2021), dudo que esta sea el orden en el que el dinero va adoptando sus diferentes funciones. El dinero primero deberá ser un buen depósito de valor antes de ser usado como medio de intercambio generalmente aceptado. La mercancía que se vaya a convertir en dinero deberá de ser fácil de atesorar y desatesorar, para lo que necesitará una demanda estable. Esta demanda se compondrá de la demanda no monetaria del bien, de tener, y de la monetaria. Pero la demanda monetaria no siempre es la demanda de dinero en sí, por lo que es mejor referirse a esta como demanda de liquidez. Por lo que habrá una mercancía que aún no es dinero como tal, pero sí un instrumento que sirve para facilitar los intercambios indirectos por lo que provee liquidez a sus tenedores. Cuando la demanda de este bien se solidifique, también lo hará su liquidez temporal—función como depósito de valor—y posteriormente se extenderá y convergirá a su uso como medio de intercambio generalmente aceptado en la economía. Ser unidad de cuenta es la consecuencia de que una mercancía sea dinero: los individuos fijan los precios en ese bien porque quieren que se les pague en el bien más líquido.

Para Marx el atesoramiento tenía la función de cubrir la oferta monetaria que excediese la demanda de liquidez por motivos de transacción. Es decir, el atesoramiento de dinero sirve para cubrir la demanda de liquidez por motivos de seguridad y de especulación de los agentes. Para Marx “el acaparador de dinero desprecia los goces terrenales, temporales y efímeros para perseguir el tesoro eterno que no puede ser tocado ni por las polillas ni por el óxido, y que es totalmente celestial y totalmente mundano.”

Aunque Marx estaba en gran medida en lo cierto, no llegó a exponer correctamente cómo el atesoramiento podía absorber el exceso de oferta monetaria, por lo que su explicación queda incompleta. Por un lado, la demanda monetaria por motivos distintos a la transacción es una demanda de primer orden que los oferentes de liquidez buscan saciar igual que la otra. Es decir, los bancos al emitir activos financieros líquidos tienen estas demandas monetarias—seguridad y especulación—en mente. Bien, alguien podría decir que estos activos financieros no satisfacen la demanda de liquidez y que Marx se refería a cuando la oferta monetaria de oro excedía la demanda de este por motivos de transacción. Pero el mismo Marx en la Crítica a la Economía Política dice que la demanda de liquidez por motivos de seguridad y especulación—la que incurre en el atesoramiento del dinero—puede ser satisfecha no solo por el oro en sí sino también por cualquier otra moneda que dé derecho a esta. Esta matización nos puede recordar a la categorización de Carlos Bondone en su Teoría de la Moneda según la cual considera moneda a todo activo real o financiero que sirva para satisfacer la demanda de liquidez. Por otro lado, Marx dice el deseo de atesorar dinero es insaciable por su naturaleza especial: el dinero sirve para intercambiarlo por cualquier otra mercancía. Y por otro lado, si tanto el oro como activos financieros sirven para saciar la demanda de liquidez y los activos financieros se pueden producir a un coste prácticamente nulo, ¿qué impide a los bancos emitir tantos activos financieros como quieran dado que estos siempre encontrarán demanda y esto hará que los bancos aumenten infinitamente sus beneficios?

Pues bien, no es tanto que alguien se lo impida sino un mecanismo que se da en la banca libre: el reflujo de Fullarton. En la banca libre, los bancos compiten entre ellos fijando distintos tipos de interés por sus operaciones de intermediación financiera. Como explica David Glasner (1989, 65):

Aunque los costes de las transacciones probablemente hacían que el pago de intereses sobre los billetes fuera prohibitivo, el pago de intereses sobre los depósitos no lo era. Dado que los billetes podían convertirse fácilmente en depósitos, los tenedores de billetes tendrían que soportar el coste de mantener o utilizar los billetes en lugar de los depósitos. El aparente margen de beneficio que los bancos podrían obtener con los billetes que no devengan intereses no llevaría a los bancos a emitir billetes en exceso porque cualquier exceso de billetes se convertiría en depósitos que devengan intereses. En lugar de provocar un gasto excesivo, un exceso de emisión de billetes simplemente se convertiría en depósitos con intereses.

Es la ley del reflujo la que explica cómo este atesoramiento puede hacer frente al posible exceso de oferta monetaria.

El último paso para que el dinero cumpla sus otros usos de dinero como dinero, ser un medio de pago y el dinero mundial, sucede cuando este se utiliza para liquidar transacciones originalmente hechas mediante crédito. Marx dice que:

El oro se convierte en dinero, a diferencia de la moneda, primero al ser retirado de la circulación y atesorado, luego al entrar en la circulación como medio no circulante, y finalmente, sin embargo, al traspasar las barreras de la circulación nacional para funcionar como equivalente universal en el mundo de las mercancías. Se convierte así en dinero mundial.

Marx también hablaba del dinero como una fuente de poder social al ser “poder social y relaciones sociales en general: la substancia de la sociedad.”

Serie Marx y el dinero: I, II.

Referencias:

Blasco, Eduardo. 2021. “El dinero como tecnología y el Bitcoin como mejora.” Instituto Juan de Mariana. Disponible en:

https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/el-dinero-como-tecnologia-y-el-bitcoin-como-mejora-i/

Glasner, David. 1989. Free Banking and Monetary Reform. Cambridge, Reino Unido: Cambridge University Press.

Marx, Karl. 1859. A Contribution to the Critique of Political Economy. Moscú, Rusia: Progress Publishers. Disponible en:

https://www.marxists.org/archive/marx/works/1859/critique-pol-economy/

Fuentes oficiales

Una de las costumbres con más arraigo en España es celebrar las fiestas de los municipios habilitando espacios públicos para que la gente joven pueda juntarse, escuchar música a mucho volumen y beber a precios económicos hasta altas horas de la madrugada.

Es una tradición que no se discute, llevando a la paradoja que ciudades que cierran zonas verdes porque el viento o el calor los vuelven demasiado peligrosas, siguen habilitando que chavales se emborrachen en masa durante toda la noche.

La combinación de cientos de personas, alcohol y nocturnidad suelen llevar a problemas de orden público. Y éstos los protagonizan el porcentaje de personas incivilizadas que existe en la vida nocturna de toda ciudad. Hasta aquí la descripción de una realidad que todos conocemos, pero que por motivos políticos se emborrona construyendo distintos relatos.

Por ejemplo, hace unas semanas las fiestas de Alcalá de Henares protagonizaron la actualidad por una serie de incidentes que tuvieron lugar de madrugada. Al parecer, una pelea entre unas bandas latinas llevó al desalojo del recinto ferial, lo que provocó el enfrentamiento de varios grupos con la policía durante bastantes horas, sembrando la incertidumbre entre la población que asistió desde sus balcones al espectáculo.

En un primer momento, bastantes testigos aseguraron que se habían producido disparos, e incluso se llegó a difundir que había varias personas muertas. La prensa se hizo eco de lo primero, pero lo segundo no pasó de las redes sociales.

A las doce del mediodía, ocho horas después del inicio de los incidentes, el Ayuntamiento de la ciudad emitió un comunicado donde venía a decir que prácticamente no había pasado nada: un simple desalojo por precaución y un grupo revoltoso de unas veinte personas enfrentados puntualmente a la policía, dando casi por seguro que era gente de fuera de la ciudad. Todo el revuelo lo achacan a la mala costumbre de los ciudadanos de no informarse por fuentes oficiales y creerse todo lo que ven por internet.

Aceptando la versión del Ayuntamiento, es curioso que los vecinos de una ciudad tengan que estar varias horas escuchando cómo la policía se enfrenta a multitud de grupos violentos, lo que, por cierto, provoca disparos con proyectiles antidisturbios que al parecer tenemos la obligación de distinguir de oído de los disparos con proyectil metálico, sin sacar ninguna conclusión o informarse por nadie.

Los contenedores arden, las botellas vuelan y las detonaciones no se dejan de escuchar, pero no saquemos conclusiones precipitadas hasta que el equipo de gobierno se levante, se entere de qué ha pasado, y preparen un comunicado cuidadosamente redactado para no reconocer la más mínima responsabilidad en lo ocurrido. Suena divertido, pero por desgracia vivimos en un mundo post COVID, y estas cosas ya no hacen gracia.

Alcalá de Henares, y más concretamente su ocio nocturno, nunca ha sido tranquilo. Así que lo que ha pasado no cuadra con el relato, que en otros lugares puede ser cierto, de que la inmigración ha creado un problema de inseguridad donde no lo había. Pero eso no puede ser excusa para que el Ayuntamiento se dedique a ocultar la gravedad de incidentes en recintos bajo su responsabilidad, y cuyos responsables son claramente de colectivos de los que oficialmente no se puede hablar.

Pero lo que ya vuelve la situación es surrealista es que no se pueda hablar de bandas latinas, menas, o de disparos, pero eso sí, podemos soltar sin despeinarnos que los responsables son de fuera de la ciudad. Porque sí, en la España delirante en la que vivimos está mal visto resaltar que un delincuente es de otro continente, pero no hay ningún problema en inventarse que es del pueblo de al lado, que en el nuestro somos todos personas de orden. Ya se sabe, son las pequeñas particularidades de las fuentes oficiales.

Refundar Ciudadanos: la quimera naranja

La formación naranja contó, y todavía cuenta, con un caladero de votos entre los que se identifican como liberales

A nadie se le escapa que el partido que un día casi atrapó al PP se encuentra hoy en horas bajas. Tras perder varios de sus gobiernos de coalición, su presencia en ejecutivos autonómicos (Murcia, Madrid, Castilla y León, y más recientemente, Andalucía), perdiendo incluso, en algunos casos, su representación parlamentaria, y ante unas encuestas que le sitúan también fuera del Congreso de los Diputados, Ciudadanos ha decidido refundarse.

A priori, lo de “refundación” puede sonar a estrategia de marketing para atender a las presiones internas que demandan cambios, o para recuperar notoriedad en prensa y redes sociales. Bien planteado, puede ser una buena oportunidad para definir una opinión propia sobre temas controvertidos en torno a los que otros partidos no quieren o no pueden permitirse hablar, para poner nuevas cuestiones en la agenda política, para llevar a cabo una defensa de un liberalismo más amplio y, quién sabe, si incluso así recuperar algo del voto perdido.

Inés Arrimadas durante el Comité Ejecutivo del partido político Ciudadanos, verano 2022.

Pero a la palabra “refundación” en este caso, le sigue la de “liberal”. Ciudadanos pretende así un rearme ideológico que les muestre, a ojos de sus electores y, en especial del votante liberal, que son la única alternativa con posibilidades y que tiene un discurso coherente en defensa de la libertad individual en todas sus esferas.

Ciudadanos nunca fue un partido liberal al uso. No es el FDP en Alemania, Iniciativa Liberal en Portugal, ni siquiera los tories en el Reino Unido. Y no, no basta con formar parte del grupo liberal del Parlamento Europeo o de la alianza mundial Liberal International. Tampoco basta con que algunas de los perfiles que engrosan las filas de las formaciones políticas tengan una trayectoria notable en la defensa del liberalismo. La ideología de líderes y figuras destacadas de los partidos no es baladí pero tampoco determinante. Ello dependerá de la posición de estos líderes y su capacidad para influir en la toma de decisiones y, en especial, en los posicionamientos del partido.

Los partidos, aunque parezca que cada vez es menos cierto, se nutren de ideas. Quizás un tanto inconcretas o incoherentes en algún momento, pero al fin y al cabo, ideas.

Liberalismo y feminismo

Hasta la fecha, lo único que sabemos de la refundación ideológica de Ciudadanos está recogido en el decálogo que compartieron hace unos días en su página web y sus redes sociales. Diez principios prudentes en algunos casos, inconcretos o incoherentes en otros, pero que dejan entrever algunos guiños para conectar con un electorado que poco a poco ha ido dejando de sentirse identificado con los planteamientos y decisiones tomadas por el partido. Quizás uno de estos planteamientos sea el adoptado respecto a las reivindicaciones de cierta parte del movimiento feminista.

El segundo de los diez mandamientos de la refundación, que habla de la igualdad de todos los ciudadanos, añade una referencia sobre el feminismo. En concreto, proclama la negativa a “aceptar interpretaciones divisivas del feminismo, ni de la redistribución ni de la brecha generacional”. Una afirmación ambigua que no deja claro lo que pretende expresar. ¿Un rechazo de la pluralidad de corrientes y posiciones intrínseca al movimiento feminista? ¿Un intento por recuperar las tesis que en 2015 les llevaron a proponer la reforma de Ley Integral contra la Violencia de Género y que fueron cediendo a favor de las presiones de la izquierda hegemónica?

Si bien el primero de los principios del decálogo proclama la protección de la esfera individual y la autonomía de las personas y situaba la libertad como único dogma, el quinto punto recoge una afirmación un tanto peliaguda. A saber, el reconocimiento de los elementos prepolíticos que conforman la nación y la preexistencia de la misma a la formación de nuestra democracia. Todo ello sin especificar de qué elementos se trata o cuál es su importancia y, dejando algunas dudas sobre la posición jerárquica en la que se sitúan esos elementos respecto de los derechos y libertades de los individuos.

Derechos humanos

El séptimo punto del decálogo parece abrir una brecha en la línea políticamente correcta que había asumido la formación naranja en los últimos años, si bien se echa en falta una mayor contundencia. La afirmación que “la mejor manera de proteger el medio ambiente es fomentar el desarrollo económico y la investigación” junto con la mención a cómo “la inestabilidad internacional obliga a dotarnos de los recursos suficientes” deja entrever una tímida crítica a la situación en la que las políticas ecologistas aplicadas hasta el momento nos han dejado. Subordinando la libertad individual ante medidas que, o bien no contaban con respaldo empírico alguno o que nos han dejado a merced de las decisiones de países que no respetan los derechos humanos, el imperio de la ley o la soberanía de Estados independientes.

Lejos de caer en un discurso ingenuo, pues quien esto escribe es consciente de las dinámicas propias de la política que alejan a los legisladores de la realidad cotidiana o de que las purezas ideológicas se terminan cuando los partidos empiezan a ganar notoriedad, votos, y no digamos cuando tocan poder, todas estas cuestiones no pueden ser la excusa a la que aferrarse para renunciar a los principios.

Los principios sirven para dar contenido y desarrollar posicionamientos políticos, sirven de guía y, sobre todo, de línea roja, pero necesitan coherencia y concreción. Son las decisiones concretas y la coherencia entre ellas, y no las declaraciones de principios, las que miden el compromiso de una formación política con unas ideas.

Ciudadanos contó, y todavía cuenta, con un caladero de votos entre los que se identifican como liberales. Según el último barómetro del CIS (julio 2022), el 36,8% de quienes se dicen liberales votarían en unas supuestas elecciones generales a Ciudadanos, frente al 24,6% que lo haría por VOX y el 22% que se decantaría por el PP. De la habilidad de quienes lideran la refundación y de la valentía, coherencia y credibilidad que transmitan al electorado, dependerá que sean capaces de aglutinar un mayor porcentaje.

¿Qué fue antes, la desigualdad o la pobreza?

Lo importante no es que no haya ricos, lo importante es que no haya pobres.

Mijaíl Gorbachov

La desigualdad es un fenómeno que ha acompañado a la evolución humana desde sus orígenes.

Como es generalmente sabido, la pobreza entendida como la ausencia de riqueza, es el estado natural del hombre. Hasta el desarrollo de la civilización moderna, la pobreza era la norma general entre los seres humanos y continuó siéndolo hasta la llegada del capitalismo hace menos de doscientos años. La imparable creación de riqueza, y la consecuente gran disminución de pobreza dieron lugar a un efecto colateral: la desigualdad.

Actualmente, el fenómeno de la desigualdad se encuentra en el punto de mira de la sociedad, a causa de su presencia en el repetitivo discurso político e ideológico, que achaca a este fenómeno la existencia de pobreza en las economías del mundo. En el presente escrito desmontaremos el dogma de la desigualdad como causante de la pobreza.

Para ello, es fundamental conocer los conceptos que forman el núcleo de este artículo: pobreza, crecimiento económico y desigualdad. Entendemos pobreza como la ausencia de riqueza, si bien es cierto, que en la actualidad este término ha adquirido multitud de “segundos nombres” ridículamente atribuidos por los ideólogos y políticos: pobreza material, pobreza rural, pobreza social, pobreza energética, pobreza menstrual, y un absurdamente extenso etcétera que no pretende más que distraer la atención del auténtico problema y de su indiscutible solución.

Por otro lado, el concepto de crecimiento económico ha sido modificado y moldeado a gusto de nuestros dirigentes y otros personajes de gran influencia, por lo que, yendo a la raíz y origen del término lo definiremos sencillamente como el aumento del PIB, PIB per cápita o la Renta nacional de un país durante un periodo de tiempo (generalmente un año).

Respecto a la idea de desigualdad, lo primero que debemos aclarar es que se trata de un concepto matemático. Existe igualdad cuando dos expresiones algebráicas tienen un mismo resultado (relacionadas por el signo =), y desigualdad cuando estas no resultan tener el mismo valor. Partiendo de esta premisa, podemos afirmar que los progresistas secuestraron este concepto, dándole un significado social. Todo ello sin sentido alguno, pues es completamente inútil intentar extender un concepto matemático exacto a la acción humana.

Sin embargo, haciendo un esfuerzo, podemos establecer que hay “desigualdad social” cuando hay una falta de identidad o similitud entre dos o más individuos, es decir, que se encuentran en la condición o circunstancia de no tener una misma raza, propiedades o renta. En definitiva, este término no hace más que enunciar algo que forma parte de la esencia de la raza humana, que somos diferentes unos de otros.

En la actualidad existe gran tendencia, por un lado, a asimilar los conceptos de desigualdad y de pobreza, en tanto que ambas son, en teoría, fenómenos negativos que deben ser erradicados, y por otro, asegurar que existe una relación entre estos términos: que la desigualdad es causante de la pobreza que asola el mundo en nuestros días y que aquellos que se enriquecen son los culpables de que aún exista población en situación de pobreza. Sin embargo, nada más lejos de la realidad.

En primer lugar, los conceptos de desigualdad y pobreza son completamente disímiles. La desigualdad social (retomando la definición dada anteriormente) es la «Condición o circunstancia de un ser humano de no tener una misma naturaleza, cantidad, calidad, valor o forma que otro, o de diferenciarse de él en uno o más aspectos» según Oxford Languages. Atendiendo a esta definición podemos afirmar que simplemente recuerda una condición primigenia y natural entre los individuos: que somos diferentes unos de otros. Con diferentes capacidades, debilidades y fortalezas, que llevan inevitablemente a resultados y expectativas diferentes. Y eso es lo que justamente da lugar a esa diversidad tan valorada y tan a la orden del día. Por lo tanto, es incomprensible la connotación negativa que se le ha atribuido a este concepto en la sociedad actual.

Respecto a la pobreza, como ya hemos explicado, su definición ha experimentado numerosísimas modificaciones según el interés de unos y otros a lo largo de la historia, por lo que nos limitaremos a una definición simple (a partir de la RAE): se trata de la circunstancia de carencia o escasez de lo necesario para cubrir las necesidades básicas. Como adelantamos en la introducción, la pobreza es la condición en la que surgió la humanidad, la pobreza más plena y absoluta. Sólo el avance y prosperidad de los más astutos, y posteriormente, de una gran parte de la población mundial (cada vez mayor) rompió con esta condición, gracias a la acumulación de riqueza.

Podemos concluir entonces que lo único que tienen en común estos dos conceptos es que ambos son difíciles, por no decir imposibles, de erradicar. En el caso de la desigualdad, siguiendo la definición dada anteriormente, los seres humanos, por naturaleza, somos diferentes unos de otros. Acabar con la desigualdad supondría adulterar la naturaleza humana, pretendiendo igualar las capacidades de cada individuo (lo cual es imposible) o los resultados de los mismos (lo cual es injusto). Sería necesario para ello violentar la propiedad privada de las personas, igualando la riqueza de todas ellas siempre en el nivel más bajo. Porque la igualación de la riqueza de los individuos solo puede producirse de dos maneras: o bien igualando por arriba, para lo cual sería necesaria una aportación de riqueza que no existe. O bien igualando por abajo, lo que significaría, por una parte, sustraer rentas a quienes las han ganado honradamente, y por otra regalar esas rentas a cambio de nada, a quienes no las han obtenido con su propio esfuerzo. Ambas cosas serían igualmente injustas.

Un ejemplo de ello es el sistema educativo español, donde los alumnos sobresalientes son castigados por el sistema y los alumnos más atrasados premiados, condenando a todos por igual (eso sí) a la mediocridad.

En el caso de la pobreza, se trata de un fenómeno que siempre estará presente en el mundo, por tres razones principalmente: 1) los recursos de los que disponemos son limitados. A pesar de que es posible crear riqueza, los medios para ello no son ilimitados. 2) las necesidades a cubrir siempre tienden a aumentar. Es decir, conforme progresa una sociedad y son cubiertas las primeras necesidades, aparecen otras nuevas. Por consiguiente, también aumentan las necesidades que se consideran “básicas”. Ejemplos son: el teléfono móvil, que con el paso de los años se ha convertido en un elemento fundamental para mantenerse comunicado, o el acceso a internet, que la reciente pandemia por el Covid-19 ha convertido en algo imprescindible. Estos dos primeros puntos, quedan resumidos en una simple frase: recursos limitados, necesidades ilimitadas. 3) Alguien puede querer verse en esa situación, vivir sin posesiones materiales ¿y quiénes somos nosotros para obligar a ese individuo abandonar la circunstancia deseada? ¿a decirle cómo debe vivir?

En lo que se refiere a la relación entre la desigualdad y pobreza, pese a que pueda parecer algo obvio, no es la desigualdad la culpable de la pobreza, es la salida masiva de la pobreza la que da lugar a desigualdad. Si hilamos todo lo explicado anteriormente podemos deducir, que la desigualdad es natural, positiva, y permanente. Luchar contra ella sólo resultaría en un panorama peor que el que se pretende “resolver”.

Finalmente, es interesante mencionar la cuestión de la igualdad de oportunidades. Se trata de una garantía/mecanismo muy útil para el aumento de riqueza, y por ende para que la población salga de la pobreza. No obstante, también hay una confusión generalizada en torno a este término. Ya nos hablaba de ello Amartya Sen, con su teoría de la capacidad: la mayoría habla de garantizar la igualdad de oportunidades, refiriéndose en realidad, a la igualdad de resultados. Me explico: se debe tratar de garantizar el mayor número de oportunidades que un mercado libre pueda ofrecer, para que, de esta forma, el individuo tenga más posibilidades de desarrollo académico, futuro profesional y enriquecimiento. No obstante, no debemos inmiscuirnos en los resultados obtenidos, pues cada persona a través de sus deseos, de sus capacidades, pero sobretodo a través del trabajo duro y el esfuerzo, alcanzará un resultado diferente. Intentar igualar esos resultados nos sumiría en el conformismo y la mediocridad, los enemigos del enriquecimiento y el progreso.

Tras todo lo aventurado, nos reafirmamos en tres cuestiones: que la connotación negativa que se le ha atribuido al concepto de desigualdad no tiene sentido, en tanto que se trata de un fenómeno que aparece con la salida masiva de la pobreza de gran parte de la población mundial; que la desigualdad y la pobreza guardan una relación inversa, en contraposición a lo que tiende a creer la sociedad actual; y que lo verdaderamente fundamental es garantizar el número máximo de oportunidades, las que permite el mercado libre. Los errores de comprensión o definición de los términos: desigualdad, pobreza y crecimiento económico pueden llevar a catástrofes de gran magnitud en las economías del mundo, y por consiguiente en del desarrollo de la humanidad.

Dolarizar la Argentina es posible e imprescindible

Ante el alto nivel de inflación que muestra la Argentina y los continuos fracasos de estabilizar el poder adquisitivo del peso, crece en la sociedad la idea de dolarizar la economía. Muchos colegas economistas que durante largo tiempo se oponían a esta reforma, ahora empiezan a sumarse a la cruzada. Varios políticos que ignoraban el tema, hoy lo colocan sobre la mesa de debate.

¿Pero qué tan factible es dolarizar la economía? ¿Cómo podríamos hacerlo? El primer paso es hacer un diagnóstico de la situación financiera de Argentina:

1. Inflación histórica desde 1935 a la fecha supera el 50% acumulativo anual;

2. Inflación para 2021 superó el 50 por ciento;

3. Expectativas de inflación base para 2022 en torno al 70% -100%, y tal vez más,

4. Inflación reprimida que amplía esas expectativas si se quitaran los controles de precios o dejara de atrasarse el tipo de cambio oficial y las tarifas de servicios públicos, las que reciben subas por debajo de la inflación actual;

5. Acumulación de pasivos monetarios en el Banco Central en forma de Leliq y pases que superan el tamaño de la base monetaria y garantizan que la inflación futura será mayor aun que la presente;

6. Falta de independencia del Banco Central para resistirse a continuar monetizando los desequilibrios fiscales, lo que en definitiva garantiza que seguirá ampliándose la oferta monetaria, y también los pasivos monetarios; y

7. Con el avance espontáneo de una dolarización real en la que los argentinos poco a poco abandonan el peso como reserva de valor, y más bien lo sustituyen por activos o dólares, moneda que resguarda mejor el poder adquisitivo de sus tenencias.

Un programa de estabilización a lo Chile o Israel podría tener éxito en resolver los desequilibrios macro y le darían quizás a la Argentina un panorama de estabilidad, pero hay al menos tres elementos que chocan con este objetivo: 1. El reciente fracaso del programa de estabilización de Federico Sturzenegger; 2. El tiempo que se requiere para estabilizar la economía con un programa gradual y de mediano plazo; 3. Que la elección de un eventual gobierno populista podría evitar que se complete el proceso, o bien, si se completó podría anular o revertir el programa y volver a un escenario inflacionario.

Opción viable, con claros beneficios

La dolarización, por el contrario, parece entonces una opción viable que permitiría en menos tiempo obtener tres claros beneficios: 1. Evitar que el gobierno pueda continuar monetizando el déficit fiscal, por lo que se alcanzaría la estabilidad monetaria en un plazo relativamente corto de tiempo, convergiendo la tasa de inflación actual hacia la que tiene Estados Unidos; 2. Eliminar el riesgo de devaluación, y con ello reducir las tasas de interés nominales y reales, recuperando el crédito para apalancar el crecimiento económico; 3. Dificultad para un próximo eventual gobierno populista revertir ese camino y volver a los procesos de devaluación e inflación.

La pregunta que queda entonces es cómo dolarizar. ¿A qué tipo de cambio podría hacerse la conversión de los pesos circulantes? Aquí un escenario.

El primer punto a destacar es que la economía argentina ya se ha dolarizado de manera espontánea. Desde las últimas PASO en agosto de 2019 la mayoría de los argentinos retiraron sus dólares del sistema financiero por la desconfianza que generaba un posible triunfo electoral de quienes en ese momento constituían la oposición. La caída en las reservas brutas y netas fue abrupta e instantánea, y desde entonces no se recuperaron.

De esta manera, la oferta monetaria en pesos que podemos considerar convertir a dólar representa sólo una porción del dinero que tienen los argentinos. Esa oferta monetaria es la que debemos evaluar convertir a dólar para encaminarnos a una dolarización oficial. Por supuesto, el potencial dólar convertible a calcular se incrementó en 2019 con la “fuga de capitales” y se incrementó de nuevo en 2020 con la enorme expansión monetaria en pesos para acompañar los efectos nocivos de las políticas de cuarentena. Cuánto más alto el tipo de cambio de conversión más difícil dolarizar en la práctica, pero a la vez, más imprescindible.

Veamos entonces un escenario para el tipo de conversión. La fórmula simple sería:

TC conversión (TCC)= Base monetaria + otros pasivos (Leliqs y pases) / Reservas del BCRA. Con datos del 31 de agosto de 2022 el ejercicio arroja:

$ 4.211.669 millones + $ 6.070.311 / USD 36.932 millones = $ 278

Sin embargo, aquí se abre un debate sobre ese total de 36.932 millones de dólares que el BCRA declara en sus reservas brutas. Y es que ese total incluye, entre otros elementos: 1) dólares de depositantes que podrían retirarlos en cualquier momento; 2) un swap chino por 19.982 millones de dólares cuya disponibilidad todavía no está clara que pueda hacerse efectiva; 3) oro y otros metales que no se pueden hacer líquidos de manera rápida.

Si el lector desea jugar con este escenario e imagina reservas netas líquidas nulas o negativas, entonces los números de conversión suelen ser elevados, lo cual lleva a algunos analistas a afirmar que no es posible dolarizar.

Esto no significa, sin embargo, que no haya dólares para dolarizar. Si hubiera intención política de hacerlo, el gobierno debe evaluar el escenario y trabajar tanto en reducir los pasivos monetarios a convertir, como también en obtener dólares para ampliar el denominador.

Emilio Ocampo y Nicolás Cachanosky, por ejemplo, han propuesto canjear los pasivos monetarios en manos de los bancos securitizando activos del BCRA (por ejemplo Letras Intransferibles) a través de un fideicomiso emitiendo bonos en dólares a corto plazo. Por el lado del denominador, habrá que explorar la posibilidad de monetizar el swap chino, o bien obtener un préstamo del FMI o algún organismo multilateral para llegar a un tipo de cambio de conversión que no implique un fuerte empobrecimiento de la sociedad y con ello haga inviable a la medida.

El punto central aquí es que la economía argentina ya está dolarizada. Que aunque las reservas netas líquidas sean cero, para dolarizar los pesos que circulan se necesitan USD 40.000 millones, incluso menos, y se podrá aceptar un tipo de cambio de conversión algo menor a $300. No es un monto que pueda evitar una dolarización de la economía. No es una suma que asuste al sistema financiero global, si el gobierno dolarizador sabe explicar las grandes ventajas del proceso, y el potencial de crecimiento al que da lugar.

Gran parte del costo de la dolarización los argentinos ya lo hemos sufrido. Se trataría más bien de aprovechar ese costo para avanzar hacia sus beneficios y generalizarlos a toda la población. El momento es oportuno, incluso por la gran licuación de ingresos que ya hemos sufrido.

El lenguaje económico (XIX): El Principio de Peter

El Principio de Peter es un libro de management escrito, en 1969, por el catedrático de Ciencias de la Educación Laurence J. Peter. Su tesis es la siguiente: «En una jerarquía (organizacional), todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia: la nata sube hasta cortarse». Es decir, los trabajadores más competentes son ascendidos sucesivamente hasta que alcanzan un puesto donde dejan de serlo y ahí son retenidos. Esta idea tan sugerente ya había sido expuesta por el filósofo José Ortega y Gasset en la década de 1910: «Todos los empleados públicos deberían descender a su grado inmediato inferior, porque han sido ascendidos hasta volverse incompetentes».

El Principio de Peter puede ser visto como un «fallo» organizacional, mal inevitable en toda corporación, especialmente aquellas de gran dimensión, altamente estructuradas y jerarquizadas: ejércitos, ministerios, multinacionales, etc. Este Principio ha sido asumido, acríticamente, como una verdad del management: por ejemplo, un buen médico puede resultar un pésimo director de hospital; un excelente académico un mal rector de universidad o un buen comercial un mediocre jefe de ventas. Hoy analizaremos críticamente el popular Principio de Peter. 

En primer lugar, un jefe puede constatar que un empleado es competente o incompetente, actualmente, para ciertas tareas. Esta situación es dinámica y puede cambiar según las circunstancias personales del individuo y el entorno laboral. Por tanto, el «máximo competencial» —suponiendo que existiera— es incognoscible. En el ámbito de la acción humana (praxeología) las metáforas «techo» y «suelo» son engañosas porque se trata de conceptos estáticos. Nunca tenemos certeza del desempeño de alguien que es promovido, es algo que debe descubrirse. Deberíamos preguntarnos si las empresas hacen bien en ascender a los mejores, es decir, a quienes ocupan actualmente niveles de «elevada competencia». ¿Acaso deberíamos dejarlos en su sitio y probar con otros peores? Si no tenemos certeza del futuro desempeño de unos y otros, lo más sensato parece ascender a los mejores. Hacer lo contrario sería dañino para la moral de los empleados y para la organización en su conjunto. Por ejemplo, nadie querría ser demasiado eficiente para evitar ser retenido en su nivel de «máxima competencia».

En segundo lugar, las habilidades requeridas para ocupar puestos directivos pueden ser perfeccionadas. Las organizaciones capacitan a los empleados que demuestran tener potencial para ocupar puestos de mayor responsabilidad. Por ejemplo, en el Ejército suele ser obligatorio superar un curso de capacitación antes de ser ascendido. Si los sistemas de promoción están bien diseñados, los aciertos superan a los fallos.

En tercer lugar, el Principio de Peter no se cumple en absoluto en algunos negocios: en el deporte profesional nadie es mantenido en un nivel de incompetencia. Los deportistas suben o bajan de categoría con suma facilidad, en función de sus resultados; por tanto, cabría preguntarse: ¿bajo qué circunstancias se cumple el Principio de Peter?

Tal vez, el Principio de Peter no sea una característica inherente del funcionamiento corporativo, sino la consecuencia de una interferencia gubernamental. Allí donde existe completa libertad contractual el Principio de Peter no se cumple. En la economía sumergida —paradigma del libre mercado— no hay «incompetentes» porque el mercado sitúa a cada quien en el lugar más acorde a sus capacidades; y si los hay, son remunerados acorde a su productividad. En un mercado laboral laissez faire cualquiera que fuera ascendido y demostrase incompetencia sería automáticamente devuelto a su condición anterior, pero la legislación interfiere este retorno, por ejemplo, mediante la «consolidación» del salario. Es el legislador, no insondables fuerzas del management, quien premia la incompetencia. El Principio de Peter es espurio, no es una regularidad organizacional, sino la consecuencia indeseada de haber interferido el mercado laboral. Por ejemplo, como las indemnizaciones por despido dependen de la antigüedad de los empleados, con frecuencia, las «víctimas» de un ajuste de plantilla no son los más incompetentes, sino los más modernos.

Por desgracia, la literatura sobre management está plagada de pseudoprincipios que no resisten el menor análisis praxeológico. Las «leyes» de Murphy no dejan de ser simpáticos chascarrillos: «Si algo puede salir mal, saldrá mal»; «La tostada siempre cae del lado de la mantequilla», etc. En definitiva, si los dueños del capital y los gerentes a sus órdenes tuvieran completa libertad para dirigir sus organizaciones, el Principio de Peter sería la excepción y no la norma. Este «principio» no es consustancial al management, sino el resultado de haber interferido la función empresarial, la libertad contractual y la propiedad privada.

Serie ‘El lenguaje económico’

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Los Héroes del capitalismo: Margaret Thatcher

Hace más de un año publiqué un artículo titulado “Los héroes del capitalismo: Ronald Reagan”[1]. Allí postulaba una de las carencias más acuciantes de los defensores de la economía de mercado: la falta de mitos. En contraposición con la izquierda y su romantización por los símbolos que otrora fueron la encarnación de la opresión más estulta que jamás haya presenciado la tierra, la derecha y sus familias estamos huérfanas de referentes intelectuales y políticos. Por ende, hay que seleccionar y resignificar a algunas figuras históricas que, si bien podemos discrepar de ciertas acciones, en conjunto sirven para plasmar unos valores que compartimos.

Es el caso de Margaret Hilda Thatcher, también conocida como “la dama de hierro”. El sobrenombre lo estableció la propaganda soviética cuando llegó a líder del partido conservador. Como Reagan, Thatcher provenía de una familia humilde. Su padre, Alfred Roberts, era dependiente en una tienda desde los 12 años[2] y ulteriormente, combinó ese trabajo con una especie de puesto funcionarial de bajo nivel. Su tienda no solo vendía comestibles, sino que también fue una franquicia de correos. El horario que tenían era de 8:00 am a 7:00 pm, de lunes a sábado, y tanto él como su esposa, Beatrice (la cual durante muchos años fue costurera) se turnaban en el negocio familiar. Cierto es que, en muchas ocasiones, Thatcher usó la carta de sus orígenes y quizás exagerara en cuanto a penurias económicas se refiere.

Su padre se involucró en política, y una de sus mayores obsesiones fue mantener bajos los precios de los productos. Se convirtió en el director de Finanzas de la Cámara de Comercio (puesto que mantuvo más de 20 años) y se granjeó una reputación como protector de los contribuyentes con un celo especial hacia la malversación de capital ajeno. El biógrafo John Campbell postula que es precisamente de aquí de donde Thatcher sacaría su “hostilidad visceral” respecto al gasto público (Campbell, 2009, pág. 18). A pesar de sus orígenes consiguió entrar en Oxford (institución donde, en su mayoría, sólo tiene acceso una pequeña élite económica) en 1943 mediante una beca que, inicialmente, le fue rechazada. La futura Premier se licenció en Ciencias en la especialidad de química.

Fue precisamente en sus años universitarios donde conoció a autores de la rama conservadora-liberal, especialmente, quien causó un impacto mayor en la cosmovisión de la joven fue Friedrich Hayek y su ilustre obra “Camino de servidumbre” (1944) de la cual, entre otras, dijo lo siguiente: “Esos libros no sólo proporcionaban argumentos analíticos claros y nítidos contra el socialismo, […] también nos daban la sensación de que el otro bando simplemente no podía ganar al final” (Thatcher, 1993, pág. 12). Sus referentes también fueron liberales clásicos provenientes de la Ilustración escocesa, “que produjo a Adam Smith, el mayor exponente de la economía de la libre empresa hasta Hayek y Friedman” (Thatcher, 1993, pág. 521).

Así pues, desde muy joven se acabó dedicando a la política y a los Tories. De entre muchas cosas, cabe destacar que ganó su primer escaño en un enclave que históricamente había pertenecido al partido laborista (Dartford), así como su papel en el Ministerio de Educación, líder de la oposición y su llegada a la presidencia, la cual sentó un precedente histórico ya que se convirtió en la primera mujer en conseguir dicho puesto de poder y nunca usar ese argumento para victimizarse (rondaba el año 1979). Incluso, casi dos décadas antes, el 5 de febrero de 1960, en virtud de un discurso que pronunció en el Parlamento pidiendo que las reuniones del Consejo fueran públicas, le hicieron una entrevista donde ella mostraba gratitud a la hora de servir a su país en una institución tan prestigiosa. En un momento determinado, el entrevistador le postuló si era más difícil hacer esos discursos teniendo en cuenta que ella era mujer, a lo que respondió tajantemente, “no, no noté eso” para acabar alabando, elegantemente, a su audiencia.

Ya es sorprendente que el feminismo hodierno, que tanto brama para obtener puestos de alta responsabilidad en paridad de género (no así cuando se trata de los trabajos más infames que son ocupados, mayoritariamente, por hombres), no se digne a mencionar jamás a Margaret Thatcher. Ella nunca usó su sexo para victimizarse en un mundo político claramente masculino (solo hace falta ver la composición de sus ministros), y llegando a abrirse paso en dicha sociedad de forma contundente. Sin rastro de querer ser una mártir (cosa que en la actualidad está a la orden del día), se convirtió por méritos propios en una pieza clave para el desarrollo histórico de la segunda mitad del s.XX.

Por supuesto, más allá de sus múltiples logros políticos, su posición, ya desde muy temprana edad, fue en contra de los impuestos, de Europa como institución, del concepto de sociedad -abogando por los individuos-, de la reducción del gasto (incluso, en la educación, cuando ella era ministra -eliminando la free milk for school children-), su apelación a la responsabilidad individual, así como su encarnizada lucha contra la Unión Soviética, por todo ello, bien merece estar dentro del Olimpo liberal. Hay una anécdota que podría describir mejor quién fue Thatcher y porqué su figura debe ser reivindicada con más contundencia. Cuando era jefa de la oposición, en medio de una reunión del partido conservador, un funcionario tímido pronunció algunas afirmaciones sobre la política económica de Gran Bretaña, postulando un camino intermedio entre la planificación soviética y el liberalismo económico, doña Thatcher le interrumpió, se levantó, buscó en su bolso y sacó el libro de “Los Fundamentos de la libertad” de Hayek, lo mostró delante de su audiencia, lo golpeó contra la mesa y dijo “¡Esto es en lo que creemos!” (Berlinski, 2008, pág. 12).

Como siempre, las grandes figuras tienen grandes detractores, especialmente por parte de la izquierda. Igual que para con Reagan, Thatcher no era considerada una política culta y la última crítica que, a vote pronto, yo recuerde, ha venido especialmente de Owen Jones. Para quien no lo conozca, se trata de un historiador británico que se ha dedicado al ensayo político con mucha virtuosidad, no por lo que dice, sino porque sus libros tienen cuota de mercado y sus ideas, muy espoleadas por Podemos, han conseguido cierta repercusión fuera de su país. En su libro “Chavs” (2011), de dudosa originalidad, se dedica a culpar al Thatcherismo de cuestiones como la desindustrialización de Gran Bretaña, de la demonización de la clase obrera y la supresión de identidad de la misma (cabría la posibilidad de preguntarle al excelso historiador si esta cuestión no está relacionada con su izquierda posmoderna y sus luchas parciales más que con Thatcher). Como siempre, otros intelectuales de la misma cuerda se han dedicado a pagar sus frustraciones con personajes concretos de la historia reciente, ejemplo de ello es David Harvey, Richard Wolff, Martin Barker, etc.

Finalmente, me dejo muchos episodios que darían pie a que me extendiera ad infinitum, como su respuesta a la Junta Militar de Galtieri en 1982, su represalia hacia los sindicatos y las huelgas mineras de 1984-85, su mano dura para con el IRA, su tándem internacional con Reagan, entre muchos otros.

Así pues, me gustaría acabar con las frases que la primera ministra británica pronunció cuando llegó al poder:

“Que donde haya discordia, llevemos la armonía. Donde hay error, que llevemos la verdad. Donde haya duda, que llevemos la fe. Y donde hay desesperación, que llevemos esperanza”.

Y esto es, en resumidas cuentas, lo que más necesitamos hoy en día.

Bibliography

Berlinski, C. (2008). There Is No Alternative: why Margaret Thatcher matters. New York: Basic Books.

Campbell, J. (2009). The Iron Lady: Margaret Thatcher: From Grocer’s Daughter to Iron Lady. New York: Penguin Books.

Thatcher, M. (1993). The downing street years. New York: HarperCollins.


[1] https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/los-heroes-del-capitalismo/.

[2]  Se vio obligado a dejar los estudios, a pesar que quería ser profesor, pero siempre cultivó un profundo interés por la lectura.

El miedo como fuente del Derecho

En primero de carrera nos enseñan que las fuentes del ordenamiento jurídico español son: la ley, la costumbre y los principios generales del derecho. En todos los países, de forma más o menos refinada, esta es la regla genérica (en el mundo anglosajón la costumbre se haya más extendida). Sin embargo, la principal fuente del derecho durante las crisis o situaciones especiales (reales o inventadas) es el miedo.

Un buen ejemplo se haya en los campos de concentración que los estadounidenses crearon entre 1942 y 1946 para ciudadanos de ascendencia japonesa, alemana o italiana. Decimos “ascendencia” porque la mayoría de las 120.000 personas internadas forzosamente en dichos campos tenían exclusivamente la nacionalidad estadounidense. La mayoría eran de segundo o hasta tercera generación de inmigrantes. La Casa Blanca y el Congreso, ambos de mayoría demócrata (sólo se opuso un senador republicano), no dudaron lo más mínimo en encerrar, privando del derecho más básico, a miles de personas con el pretexto de tener los ojos rasgados, hablar arrastrando las consonantes o realizar gestos con la unión de todos los dedos de un mano al hablar.

La histeria había alcanzado semejante extremo gracias, en parte, a la labor de la prensa. Desde periódicos como Los Ángeles Times pedían el internamiento preventivo como mejor respuesta a la seguridad. Por cierto, miles de unidades militares apostadas en Los Ángeles y alrededores dispararon sus armas contra el cielo la mañana del 24 de febrero de 1942, arrastrando a miles de ciudadanos histéricos a realizar lo mismo bajo la creencia de un ataque japonés a la ciudad. La historia ha denominado jocosamente a este episodio Batalla de Los Ángeles, aunque no existiesen dos contendientes.

Así, el 19 de febrero el presidente Roosevelt, uno de los mayores enemigos de la libertad que haya pisado la Casa Blanca, firmó la orden ejecutiva 9.066, donde autorizada esta tropelía por parte de los Estados Unidos, sin parangón desde que el Norte invadió los Estados soberanos del Sur en 1861. Una apelación a la Corte Suprema fue posteriormente rechazada, en una nueva muestra de que los derechos constitucionales en un sistema jurídico positivista no dejan de ser meras expresiones escritas e interpretables al arbitrio del poder. Los campos comenzaron a ser desmantelados avanzado ya 1943, aunque el último prisionero estadounidense de origen extranjero no fue puesto en libertad hasta 1946. Como podemos suponer, sus bienes fueron embargados.

Como vemos, la posibilidad de que el miedo sea el que dicte la legislación no es algo nuevo y rompedor. Podemos llegar a pensar que las situaciones absurdas, como trapos en la cara por la calle, certificados QR excluyentes o limitaciones de la movilidad, por no decir suspensiones absolutas sin consecuencias para los que las impusieron, son cosa de tiempo pretéritos y lejanos. Nada más lejos de la realidad. Una vez que el ser humano entra en un estado de pánico, toda defensa de sus libertades no es que quede en suspenso, es que llega a ser mal vista.

                De esta forma, las otrora dictaduras en las que un déspota imponía su voluntad sobre el conjunto de la población han evolucionado, gracias al sistema democrático, en una dictadura perfecta. Ya no se trata en desobedecer unas normas injustas porque obedecen al capricho particular de alguien, sino que es la voluntad (guiada) de la mayoría a lo que se enfrentan los disidentes. ¿Cómo enfrentarse a la voluntad de un pueblo, expresado a través de sus representantes democráticos? Si los cargos electos deciden que salir de casa representa un riesgo y que las personas pueden ser detenidas e internadas, la posibilidad de resistencia no es contra el aparato estatal (que ya es suficiente), sino contra el conjunto. No se trata de evitar cruzarse con una patrulla cuando se sale a hurtadillas, sino no ser visto por una red de espionaje por balcón que ya lo hubiera querido Erich Honecker en sus mejores tiempos.

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXXII): La anarquía entre políticas: la energía (I)

Nos hemos referido muchas veces en esta sección al  fenómeno de la anarquía entre los distintos elementos políticos y administrativos que componen un estado, pero no nos hemos referido nunca a las consecuencias en forma de políticas públicas de tal anarquía. En estos últimos días hemos asistido a la promulgación tanto a nivel europeo como español de una serie de normas referidas al consumo energético. Desde regular la temperatura de los aires acondicionados a la definición de un nuevo mix energético verde, que incluye al gas y a la energía nuclear por parte de las instituciones europeas.

Pero muchas de estas políticas se contradicen entre sí y se anulan unas a las otras. Ello muestra que la capacidad de cálculo interno dentro de las propias organizaciones estatales, en especial las que pretenden abarcar más como la UE, están seriamente dañadas o reducen su alcance, o muy probablemente colapsen en unidades políticas menores con mejor capacidad de coordinación y cálculo.

Recordemos que si bien los estados se organizan internamente de forma anárquica, como ya hemos explicado en artículos anteriores, su coordinación no se realiza mediante precios de mercado sino con sustitutos imperfectos como ideologías políticas, éticas o valores propios de la clase política dominante, lealtades personales o de grupo, expectativas de ocupar puestos políticos o incluso la corrupción y el chantaje.

Estos principios de coordinación transmiten, por su propia naturaleza, mucho menos información que los sistemas de precios. Y están por tanto sujetos a unos límites más estrictos que aquellos, siendo su alcance de coordinación mucho menor. Sería bueno recordar al respecto los estudios de Murray Rothbard sobre los límites de cálculo dentro de las organizaciones, y los estudios, estos no austríacos, de Paul Kennedy o Jean Baptiste Duroselle (Auge y caída de las grandes potencias y Todo imperio perecerá, respectivamente) para ver que toda organización política tiene un límite más allá del cual le es imposible hacer cálculos o coordinarse de forma efectiva. Pero una teoría definitiva sobre los límites del cálculo en el interior de los estados está aún por escribir. Así de la misma forma que una economía de corte socialista siempre va a funcionar peor que su correlato capitalista, un estado o megaestado siempre contará con un handicap a la hora de conseguir los resultados planeados que un estado de menores dimensiones, y de superar un umbral colapsará.

Este fenómeno parece que comienza a darse de forma ya claramente evidente en el ámbito de la Unión Europea, de tal forma que ya es cada vez más frecuente que políticas iniciadas en estas instituciones no sólo solapen sino que abiertamente contradigan y anulen a otras políticas también iniciadas en el mismo marco. En el ámbito monetario, por ejemplo, asistimos hace poco a la contradicción de que mientras que se reducen las compras de deuda soberana por parte del BCE al mismo tiempo se mantienen para países con posibles problemas de solvencia debido a sus déficit, que son curiosamente aquellos que más problemas de inflación y de estabilidad y que son precisamente aquellos a los que más habría que controlar en el caso de querer hacer creíble la política monetaria.

En este trabajo me gustaría, en cambio, discutir un poco las contradicciones de la UE y sus estados miembros en lo que respecta a la política energética que se deriva de la llamada agenda 2030 y que es uno de los más ambiciosos programas de planificación que ha llevado a cabo al Unión desde su aparición y que ha consumido ingentes cantidades de recursos públicos y privados, muchos de estos últimos inducidos por las regulaciones establecidas en dicha agenda. Dicha agenda, como es bien sabido, busca descarbonizar el espacio geográfico europeo mediante una batería de políticas públicas en muchos ámbitos. Estas  incluyen desde establecer la obligatoriedad de contar con derechos de emisión de CO2 en el caso de determinadas actividades emisoras de dicho gas y para lo que se establecen las pertinentes subastas, hasta el cambio acelerado del mix energético, incluyendo cambios en la movilidad.

En un principio estas medidas fueron poco a poco siendo diseñadas e implantadas con el apoyo entusiasta de muchos gobiernos que veían en este objetivo una fuente de legitimación de nuevos impuestos, ahora denominados verdes y de nuevas fuentes de regulación en beneficio muchas veces de sectores  buscadores de rentas bien conectados con sus respectivos gobiernos. Tampoco hay que olvidar el apoyo de muchos medios de comunicación, muchas veces asociados a esos buscadores de rentas y, por supuesto, el respaldo de muchos movimientos ecologistas y ciudadanos que veían en estas medidas un avance hacia sus objetivos de una sociedad  más ecológica y sostenible.

Este triángulo de hierro regulatorio (coalición de políticos, burócratas y grupos de interés) ha conseguido cambiar la agenda política  y diseñar t comenzar a implementar con cierto éxito sus primeras políticas. El impuesto a las emisiones, por ejemplo, hace ya ya años que funciona, con gran éxito recaudatorio, reduciendo a voluntad el número de emisiones permitidas cuando es necesario subir el precio de la compra de derechos. Esta medida, sumada a otras regulaciones restrictivas,  tuvo el efecto previsto de reducir la combustión  de combustibles fósiles, especialmente el carbón, llevando al cierre numerosas centrales térmicas en todo el continente.

Los planificadores españoles de la agenda 2030 también diseñaron un astuto sistema de fijación de precios eléctricos, llamado sistema marginalista,  que  sin estar desprovisto de cierta racionalidad económica, remunera al mismo precio a las energías renovables y las mucho más caras fósiles, subvencionando de esta forma a las primeras. Por último otro de las políticas más ambiciosas de la agenda es la de intentar la transformación del parque de vehículos privados movidos por combustión de derivados del petróleo en uno mucho más “verde” movido por electricidad”. Las subvenciones a tales vehículos y a las industrias que los fabrican fueron ingentes, reforzadas además por un prohibición genérica de la venta de  vehículos emisores de CO2 en 2030 y su desaparición total en 2040 (las cifras pueden variar según las diferentes directivas).

Los problemas comenzaron después de la pandemia, cuando los gobiernos de la UE redujeron por decreto la cantidad de derechos de emisión  que se podían subastar subiendo por tanto los costes de generar electricidad por medio de centrales térmicas, buscanco acelerar la transición a las renovables. Pero coincidió también que el precio del gas, que marca los precios en un sistema marginalista al ser el último en entrar en el proceso de generación, lo que llevó a un incremento sustancial en las tarifas cobradas a los consumidores.

Recordemos que el principal problema de las renovables es su intermitencia en el suministro, esto es dependen de que sople el viento con suficiente intensidad, de las horas de sol o de los flujos hídricos, por lo que no se puede garantizar un suministro constante. Esto generó las primeras tensiones y el desmarque de países como Polonia de las directrices provenientes de Bruselas, al negarse a abandonar 8una energía abundante, fiable y relativamente barata como el carbón a pesar de sus emisiones. Los problemas de verdad vinieron tras la guerra de Ucrania cuando los suministros de gas ruso  se vieron amenazados y su precio en consecuencia se disparó(Rusia con mucha probabilidad fue un gran lobbista  a favor de las energías verdes para reforzar la dependencia europea de sus suministros). Muchos países europeos se encontraron con que su capacidad de generación se viese amenazada y con ella el cierre de muchas industrias electrointensivas, algo que ya habíamos visto en el invierno de 2021 en España con el cierre parcial de industrias como Alcoa.

Dado que ni el viento ni el sol eran capaces de producir energía suficiente lo primero que hicieron los gobiernos europeos en verano de 2021 fue vaciar literalmente los embalses para intentar producir  energía hidráulica (considerada también verde). Es España se vaciaron muchos pantanos casi totalmente, al igual que en Escandinavia que vació muchos de sus embalses para alimentar a la industria alemana. Pero no bastó y una vez agotados temporalmente las reservas hidroeléctricas hubo que echar mano de nuevo del demonizado carbón. En toda Europa se volvieron a activar las viejas centrales y se renovaron las reservas de carbón, incluida la muy verde España que reactivó centrales como la de As Pontes en el  invierno de 2022. Todo ello antes de la guerra de Ucrania, pero combinado con una gran inflación derivada de los estímulos monetarios del BCE de los últimos años. La guerra, como antes apuntamos, no causó el problema pero si fue un punto de inflexión a la hora de darnos cuenta de que la situación estaba haciéndose insostenible. La quema de carbón fue el primer síntoma y la primera contradicción flagrante en el discurso oficial. No se puede al mismo tiempo pretender la descarbonización de la economía europea  y quemar no gas ni fuel sino carbón puro y duro. No se puede querer bajar las tarifas con unos derechos de emisión de carbono muy elevados mientras se quema carbón artificialmente caro  por culpa de esos mismos derechos.

 Una solución podría ser abandonarse el sistema marginalista que deriva en precios tan elevados, pero es de difícil implantación sin acabar con todo el esquema de ayudas a las renovables, que como vimos subsisten en parte gracias a este esquema. Supongo que los inversores en renovables, las grandes eléctricas entre ellas, escarmentadas del recorte a  las subvenciones en teimpod e la crisis de 2008, habrán tomado garantías e intuyo que sería muy oneroso hacer frente a tal cambio. Pero sin él  difícilmente se podría cambiar el esquema de precios. Países como España y Portugal  intentaron políticas como topar el precio del gas a la hora de reflejar un precio menor del mismo a la hora de calcular el precio final de la electricidad en los mercados mayoristas. Pero esto sólo va a conseguir, como bien sabra cualquier lecor de Hazlitt,  tener consecuencias no previstas como incrementar la demanda de gas, crear un enorme deficit de tarifa y que españoles y portugueses subvencionen a otros países parte dus costes., al ser el mercado libre. Y no se soluciona ni el problema de la tarifa ni el del cambio climático, pues ni se dejan de aplicar las políticas verdes de la agenda 2030 ni se reduce el uso de combustibles fósiles, pues unas políticas anulan a las otras.

En ulteriores artículos intentaremos analizar algunas otras contradicciones que el Gentil Monstruo de Bruselas, como Enzensberger denomina a al UE, causa a la hora de implementar políticas.