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Los resultados económicos de la gestión de Javier Milei

Todos los economistas austriacos, y también muchos no austriacos ni economistas, están muy pendientes de los indicadores económicos que va mostrando Argentina para ver qué resultado da una gestión de la economía acorde con los principios teóricos y “recomendaciones” de la escuela austriaca de economía. De hecho, la Universidad Francisco Marroquí ha establecido un observatorio dedicado en exclusiva a este seguimiento.

Y no es para menos. Se cuentan con los dedos de una mano las oportunidades que se ha tenido de analizar empíricamente los resultados de políticas basadas en la citada Escuela (aunque sí se pueden ver los efectos que siempre han tenido las políticas de liberalización en los mercados en que se han aplicado: pensemos en Europa del Este tras la caída del muro, incluida la propia Rusia). Por ello, es lógica la excitación consecuencia del gobierno de Javier Milei, que desde el momento inicial ha dejado claro con sus acciones su política de des-intervención de la economía.

Los datos económicos no pueden refrendar la teoría, ni refutarla

Pero eso no nos debería hacer olvidar los citados principios, que también tienen mucho que decir sobre la posibilidad de contrastar empíricamente los teoremas económicos. A todos los que están esperando como agua de mayo que los resultados ratifiquen la gestión económica de Milei como prueba definitiva de la teoría económica austriaca hay que recordarles desde ya, no se nos debe olvidar, lo que acabo de decir: los datos empíricos ni validan ni refutan la teoría económica.

No caigamos en la trampa de apostarlo todo a esa carta, porque nos podríamos llevar más de un disgusto. En primer lugar, porque hay indicadores a porrillo, y los enemigos ideológicos de Milei van a ir a buscar los que resulten negativos para su gestión. Sin ir más lejos, en abril, un informe privado revelaba que “El consumo per cápita de carne durante la era Milei se desplomó 18,5%”, siendo el menor en los últimos 30 años. No tengan dudas de si los argentinos van menos este año a la playa, algún “informe privado” nos lo va a restregar por las narices.

Este efecto solo cabe esperarlo amplificado en Europa, no digamos ya España, donde los medios y el “establishment” están en contra de Milei. Ya se veía a RTVE informando de deuda pública récord en Argentina poco después de que fuera elegido Milei, dando a entender que la culpa era el del recién elegido sin aún haber tomado posesión del cargo. En suma, que aquí solo nos van a llegar los indicadores que se consideren malas noticias, y encima sin poder contrastar con posibles mejoras del nivel de vida, que es lo que cuenta y lo que esperemos experimenten en Argentina.

Indicadores macroeconómicos

En segundo lugar, porque los indicadores macroeconómicos con que se pretende hacer el seguimiento siempre se han considerado por los austriacos como poco más que basura. ¿Por qué habríamos de considerarlos válidos ahora, solo porque haya una gestión económica con principios austriacos? Todos sabemos que la evolución del PIB depende muchísimo de la política monetaria y tienen poco que ver con la capacidad de generación de riqueza real de un país. Dada la política monetaria que está haciendo Milei, nos podemos encontrar con que el citado indicador baje, incluso pronunciadamente, con independencia de que los argentinos empiecen a vivir mejor.

¿Y qué decir de los índices de inflación? Sabemos que solo recogen los bienes de consumo, por lo que siempre infraestiman mucho la inflación que se está produciendo en la economía. Además, se calculan con una cesta de productos que no refleja el consumo de ningún individuo o familia. O sea, que el indicador puede estar subiendo y la gente encontrar precios más baratos para sus artículos preferidos, y lo contrario.

Ninguno son indicadores fiables de nada. Es más, su definición y medición está en manos de políticos, que los pueden alterar y manipular a su conveniencia, incluso para usarlo como arma política contra el adversario.

Fenómenos complejos y multicausales

Y en tercer lugar, porque los fenómenos económicos son multicausales y complejos. Puede ser que Milei liberalice toda la economía, pero ningún emprendedor se anime a invertir en Argentina por las razones que sea, que pueden ser simplemente que está muy lejos geográficamente. El ser humano es impredecible y ni el mejor marco institucional puede garantizar resultados, aunque facilite su obtención.

Los economistas austriacos sabemos que es bueno para la sociedad quitar trabas a la circulación de recursos económicos porque así se irán dirigiendo a los usos donde más valor aportan a la sociedad, en un proceso creativo sin límites. Esto es teoría económica y solo se puede refutar teóricamente, no empíricamente. Sabemos, por tanto, que dicha política es la mejor para la sociedad argentina, con independencia de cómo evolucionen los indicadores de emprendimiento.

Lo único que podremos decir es que, sin dichas políticas, los resultados serían peores para la sociedad en términos relativos que si se hubieran llevado a cabo. Lo que no sabemos es si dichos resultados serán mejores o peores que los experimentados en otro momento del tiempo en que las restantes condiciones eran distintas.

Sirva todo esto como pequeño recordatorio para quienes fían a los resultados económicos el contraste de las bondades de la gestión de Milei. Ojalá les vaya bien, muy bien a los argentinos es sus vidas diarias, diga lo que digan el PIB y los periodistas europeos. Ese es el único test válido, y no creo que sea muy observable por terceros a un hemisferio y a un océano de distancia.  

Ver también

Posibles soluciones a la inmigración descontrolada (II)

En el artículo anterior analicé diferentes posiciones sobre la inmigración dentro de la tradición de pensamiento libertaria, que se basa en el derecho de propiedad privada y en el principio de no agresión. Ahí expliqué a nivel teórico que defender las fronteras abiertas en la situación actual podía provocar daños mayores a la propiedad privada de los ciudadanos de un Estado al obligarles a aceptar inmigrantes que podrían o no querer en su propiedad.

En una sociedad libertaria, las calles son privadas. Pero es incoherente pensar que mientras exista un Estado las vías públicas son suyas. Más bien son de los contribuyentes, y el Estado tendrá que respetar mínimamente el bien común. No debe permitir que se ande desnudo o entren miles de inmigrantes sin permiso. A su vez, el profesor Jesús Huerta de Soto añadió que los servicios públicos no podían ser gratis para los inmigrantes (lo que se llama chovinismo del bienestar), a no ser que por ejemplo un hombre de negocios local decidiese voluntariamente pagar la sanidad o los seguros de trabajo a los jornaleros que el mismo invitase, y no podían tener nada similar a un «derecho» a voto, porque podía ser que se usase como arma arrojadiza.

Criminalidad

Pero sí que puedo contemplar que inmigrantes, aunque salten ilegalmente una valla, se asienten en territorios vírgenes despoblados y monten comunidades con sus propias leyes, ya que eso fomentaría la descentralización, y realmente así es como fue la próspera inmigración a Estados Unidos. Aunque habría que vigilar que no se violasen los derechos de los locales y no hubiese un reemplazo étnico, como les pasó a los indios. El partido político Liga Norte lo indicó correctamente en un cartel de campaña, en el que salía un indio nativo: “¡No pudieron poderle reglas a la inmigración, ahora viven en las reservas!”

Por tanto, en este artículo pretendo coger la teoría esbozada en el artículo anterior y tratar de valorar diversas medidas políticas, intentando seguir los principios libertarios, lo que implica violar lo menos posible los derechos de propiedad de los ciudadanos locales y de los inmigrantes para solucionar un problema real. Lo que es inaceptable y necesita cambios urgentes es que en 2021 el 12% de la población cometa el 32% de los delitos totales, y la criminalidad esté en aumento, mucho más la sensación de inseguridad. Aun así, como buen derechista viejo yo no creo en el nacionalismo ni mucho menos en el nacionalismo étnico, por lo que al final tengo una propuesta que he llamado taifas, para solucionar los problemas de cohesión social que causa la multiculturalidad.

Eliminar el reparto entre comunidades

Como argumenté en el artículo anterior, las decisiones sobre inmigración deben descentralizarse lo máximo posible, como según entiendo el principio de subsidiariedad. El principio de subsidiariedad implica que “ni el Estado ni ninguna sociedad más amplia deben suplantar la iniciativa y la responsabilidad de las personas y de las corporaciones intermedias” según el Catecismo de la Iglesia católica, por lo que las comunidades fronterizas son las que principalmente se deben encargar de la recepción de inmigrantes o de la vigilancia de fronteras, pero veo cierta ilegitimidad en que el gobierno central distribuya a los inmigrantes mediante un sistema de cuotas.

Mucho peor es que la Unión Europea fuerce a los Estados a aceptar un número determinado de inmigrantes, y creo que una medida correcta para evitarlo puede ser salirse del espacio Schengen, ya que el libre comercio no es compatible con la libre inmigración, como dice Hans-Hermann Hoppe: “el principio subyacente al libre comercio en realidad requiere tales restricciones.”

La tragedia de los comunes

Y no creo que sea injusto que determinades comunidades tengan que soportar una determinada presión inmigratoria mayor y además no poder distribuir a los inmigrantes. En el caso de España las fronteras con Francia, Portugal, Andorra y Gibraltar no son problemáticas debido a la similitud cultural y a unos niveles de renta similares (Andorra y Gibraltar en cambio limitan mucho la aceptación de inmigrantes también españoles, por la renta y seguramente por ideas socialistas).

Aun así, es adecuado vigilarlas, sobre todo en el caso de Francia, ya que pueden ser usadas como arma arrojadiza, quitándose ellos un problema que tienen dentro. Pero, la verdadera presión la tienen Ceuta, Melilla, Canarias y quizá Cádiz, ya que el nivel de renta y la cultura son muy distintos. Lo que propongo soluciona realmente la tragedia de los comunes que está ocurriendo, ya que, al no tener que soportar toda la presión inmigratoria esas comunidades, no tienen incentivos a construir un muro eficaz ni militarizar las aguas. En cambio, un gobierno pequeño, como puede ser el de Melilla, que soporte la invasión que vivimos tiene unos incentivos mucho mayores a solucionar el problema.

Control real de fronteras

No hay motivo alguno por el que el Estado, con el poder que tiene sobre nuestras vidas, sea incapaz de controlar las fronteras. Seguramente haya una ideología globalista detrás y verdaderamente piensan que las culturas y etnias europeas son malas y opresoras y deben mezclarse forzosamente con otras. Pero curiosamente en el caso contrario es colonialismo. Y si el Estado no quiere proteger las propiedades privadas de sus ciudadanos, sea por ineficiencia o no interés, la respuesta más lógica sería permitir que los ciudadanos se organizasen en milicias para vigilar sus propiedades, es decir, seguridad privada de fronteras. Por tanto, así la inmigración sería únicamente por invitación o respondería a los intereses más particulares que sean posibles en favor de los contribuyentes.

Aun así, seguiría habiendo solicitudes de asilo que tendrían que solucionar los gobiernos, por lo que creo adecuado rechazar medidas colectivistas, como la propuesta por Vox del cierre absoluto de fronteras con los países de mayoría musulmana que rodeaban a Israel. Los solicitantes de asilo deben valorarse por su potencial integración en la sociedad, por lo que habría que tener factores en cuenta como religión, riqueza o hasta una simple prueba en la que reflejen sus opiniones, tanto culturales como políticas. Pero eso no se puede extrapolar a todo un país, por ejemplo, allí donde hay en mayor cantidad ideologías ligadas a una religión que implican inmolarse para llegar a un paraíso lleno de vírgenes también puede haber cristianos de buena moral, lo único que habría que hacer es vigilar más al potencial candidato.

Eliminación de ayudas

Este punto no creo que necesite de una mayor explicación. Como indicó Jesús Huerta de Soto “los seres humanos que emigren deben hacerlo a su propio riesgo.” Eso no implica que no existan promotores, como pueden ser los hombres de negocios que necesiten trabajadores, o las familias deseosas de adoptar, que se hagan responsables de todos los costes sanitarios, educativos (y hasta de servicios como las carreteras) relacionados con los inmigrantes. También cabe la posibilidad de que existan agencias en determinados países que ofrezcan seguros a los inmigrantes, lo que provocaría que existiesen flujos migratorios asegurados. Todo ello promovería la libertad individual y acabaría con el “efecto llamada”, en el que mafias que se dedican a comerciar con seres humanos les mandan hacia Europa sin ninguna garantía, perdiendo muchos de ellos la vida en el mar. Se debería perseguir y condenar a los empresarios y ONG ligados a estas muertes.

Asambleas de vecinos para otorgar nacionalidades

Hace no mucho salió la noticia de que en el Congreso de España se había votado la regularización de 500.000 inmigrantes de manera centralizada. Las buenas decisiones sobre la inmigración deben estar descentralizadas, ya que solo los vecinos más cercanos saben si los inmigrantes con los que conviven son buenos vecinos, es decir, respetan los derechos de propiedad ajenos.

Quizá el modelo más coherente es que el inmigrante que quiere obtener la nacionalidad (el “derecho” a voto es otra cuestión), aparte de estar limpio de crímenes y haber aprendido entre otras cosas la lengua, obtenga la aceptación por sus vecinos más cercanos. Dependerá de la situación si se le acepta en el bloque, calle, barrio o pueblo tras haber estado conviviendo varios años con ellos. Esto evitaría que los vecinos, por ejemplo, tuviesen que aguantar a menores sueltos que consumen pegamento y cometen crímenes y robos de manera habitual. No tendrían que preocuparse de que se expulsase al dueño del kebab más barato del barrio.

El voto de los inmigrantes

El ”derecho” a voto creo que es una cuestión distinta al pasaporte. Yo no creo que exista nada similar a un derecho a controlar la vida de los demás, pero por desgracia vivimos en sistemas democráticos. El voto de los inmigrantes puede ser un arma arrojadiza que hay que evitar. Por ejemplo, un empresario con ideales socialistas invita a muchos inmigrantes socialistas a un área conservadora y con bajos impuestos. Asume los costes y tras varios años se acepta a los inmigrantes en la comunidad y obtienen la nacionalidad. Posteriormente hay elecciones y todos votan a partidos socialistas que promueven la expropiación de propiedades a los ciudadanos locales.

Se puede poner el mismo ejemplo en un área cristiana en la que musulmanes salafistas aplican medidas como velo obligatorio o cierre de Iglesias. Por tanto, otorgando la capacidad de votar a esos inmigrantes se llega a situaciones en donde se ataca con más frecuencia las propiedades y libertades de los locales. El “derecho” a voto no debería ser una opción, ni para segundas ni terceras generaciones.

Privatización de los centros de menas

Los centros de menas (menores extranjeros no acompañados) son uno de los mayores focos de violencia y de inseguridad. Instalaciones destrozadas, poco personal y menores de edad totalmente descontrolados que en un alto porcentaje atracan con violencia y en otro muy alto cometen delitos contra la integridad sexual de las mujeres, con una sensación total de impunidad. Casi todos los vecinos de las áreas afectadas se oponen a su existencia. Son los gobiernos los que mandan a ciudadanos de áreas más humildes aguantar sus efectos adversos, curiosamente no construyen ninguno en zonas con alto poder adquisitivo ni, mucho menos, donde viven las élites, desde los políticos hasta los periodistas que defienden a esos jóvenes. Muchas veces lo hacen tapando su nacionalidad cuando cometen crímenes.

Mi propuesta es sencilla, privatizar estos centros. En el momento que pasen a manos privadas, la empresa responsable de los menores tutelados sería responsable penalmente de cada uno de los delitos que causasen esos jóvenes. Si la empresa decidiese cerrarlo, tendría que traspasar esos derechos de tutela a familias deseosas de adoptar a un jovenlandés. Si no, el gobierno tendría que facilitar la deportación con sus padres. Aun así, esto no debería ocurrir, los políticos y periodistas que promueven su entrada masiva porque creen firmemente que van a ser el “motor de la sociedad” no deberían tener ninguna objeción a adoptarles y pasar a ser responsables legalmente. Aun así, queda añadir que habría que endurecer la responsabilidad penal.

Taifas

Como conclusión, si entran muchos individuos de una cultura hermética y hostil a un determinado área, se producen daños a la cultura local, ya que esa cultura hermética es muy probable que actúe como caballo de Troya. La multiculturalidad con ese tipo de culturas herméticas lleva a la ghettificación y a la imposición de esa cultura a los ciudadanos locales, que producen daños considerables a los derechos de propiedad existentes, haya o no componentes económicos (subvenciones) que lo agraven. Por tanto, ¿cuál es la solución a este problema?

Personalmente creo que la deportación masiva no es viable. Muchos individuos de esas culturas son inmigrantes de hasta tercera generación y tienen pasaportes. Y como además creo que saltar una valla de manera ilegal para ocupar un área no es una agresión, la solución más adecuada es promover que los individuos de estas culturas formasen en territorios vírgenes sus “taifas”. Consistirían en comunidades dentro del mismo Estado. Formarían su propio gobierno y de sus propias fronteras.

Por tanto, no existiría nada similar a una integración forzosa, como los ghettos actualmente existentes, sino diversas comunidades en competencia y con sus propias nacionalidades, que no estarían subvencionadas por los locales y gozarían de plena libertad de gestión en su área. El comercio entre locales y “taifas” promovería la paz, aunque siempre habría que vigilar que estas “taifas” no tuviesen el poder militar suficiente como para invadir a territorios locales. Es una solución pacífica y compatible con los principios libertarios a un conflicto que tenemos dentro y no vamos a poder expulsar.

Ver también

Posibles soluciones a la inmigración descontrolada. (Daniel Morena Vitón).

Una defensa económica de la inmigración. (Álvaro Martín).

Liberales contra la inmigración. (José Carlos Rodríguez).

Inmigración y ultraderecha. (José Carlos Rodríguez).

De nuevo, Mises no comprendió a Menger (I)

Al hilo de un artículo anterior sobre la medida del valor, hoy inicio una nueva serie sobre otra gran discrepancia entre dos de los autores más importantes de la escuela austriaca.  Esta discrepancia versa nada más y nada menos que sobre la teoría del valor.  En concreto, sobre el enfoque estrictamente ordinal por parte de Mises en contraposición a la visión cardinal por parte de Menger en lo que se refiere a la magnitud del valor y a la posibilidad de medirlo.

Quisiera resaltar, en primer lugar, el hecho evidente de que en nuestra experiencia individual del día a día no necesitamos que los economistas nos proporcionen una teoría del valor para poder valorar.  De la misma manera que los arqueros del neolítico no tuvieron que esperar a Newton para poder lanzar flechas con el ángulo y la fuerza precisa para acertar su objetivo, el consumidor, el contable o los empresarios realizan valoraciones continuamente independientemente de lo que teoricen o dejen de teorizar las distintas escuelas de pensamiento económico sobre el fenómeno del valor. 

Entonces, ¿Por qué es importante una buena teoría del valor? Si en el día a día nos las arreglamos perfectamente sin estas teorías, ¿Qué relevancia tiene si el valor son preferencias ordinales, o si es una magnitud cardinal, o si se determina subjetivamente u objetivamente según la cantidad de trabajo socialmente necesario? ¿Se trata acaso de una discusión bizantina para ratones de biblioteca sin ningún aporte práctico a nuestra vida cotidiana?

La crucial importancia de la cuestión del valor

Pues desde un punto de vista social y político tiene una importancia absolutamente crucial. En esta primera entrega voy a tratar de justificar la vital importancia que tiene una teoría que explique lo mejor posible el fenómeno del valor. Suscribo al cien por cien a Carlos Bondone que a su vez se adhiere a las palabras de Jevons, y que a su vez suscribía las palabras de J.S. Mill:

Casi toda la especulación relativa a los intereses económicos de una sociedad así constituida implica alguna teoría del valor: el más mínimo error en este tema inocula el correspondiente error en todas nuestras conclusiones restantes, y cualquier vaguedad o nebulosidad en nuestra concepción del mismo crea confusión e incertidumbre en todo lo demás.

John Stuart Mill

Es un hecho incontestable que los políticos utilizan la ciencia como justificación para legislar en un sentido u otro. Ejemplos de actualidad tenemos muchos, como por ejemplo las regulaciones relativas al cambio climático, que supuestamente están basadas en un amplio consenso científico. Este consenso científico se utiliza como argumento para determinar políticas fiscales de extracción de recursos a determinados individuos para dedicarlos a determinadas partidas presupuestarias, y no a otras. Es decir, se toma la decisión de dedicar recursos para prevenir el cambio climático que no se dedican, por ejemplo, a combatir la primera causa de muerte en el mundo como son las enfermedades cardiovasculares. Más nos vale, por tanto, que el consenso científico esté en lo cierto y se acaben salvando muchas vidas con estas decisiones.

Manipulación política del concepto de valor

No quiero caer tampoco en la ingenuidad de que, por muy buenas teorías que tengamos, los políticos no vayan a retorcerlas igualmente en función de sus intereses, o incluso influir en el ámbito académico para manipular el “consenso” científico hacia lo que les conviene. Pero esto no es excusa para dejar de trabajar en la dirección de tener la mejor teoría posible que dificulte al máximo la manipulación política. Por poner un ejemplo extremo, ya será difícil que los políticos decreten regulaciones sobre el tráfico aéreo basadas en que la tierra es plana. Hay teorías científicas que están tan establecidas que son ya prácticamente imposibles de cuestionar.

Aun así, el político aprovechará el más mínimo resquicio para introducir sus sesgos a la hora de legislar. En este sentido, otro ejemplo muy claro y de rabiosa actualidad es el control de precios de los alquileres en las grandes ciudades, que en mi opinión se asienta en una errónea concepción del valor. La “responsabilidad” académica de este error está en la teoría más ampliamente aceptada de la oferta y la demanda, pues si bien es cierto que según esta teoría los precios altos de la vivienda no se deben a la especulación, sino a la falta de oferta, hay que reconocer humildemente que la teoría está muy lejos de ser lo suficientemente clara y contundente como para que ningún político se atreva a cuestionarla.

Diferencia entre Alfred Marshall y Carl Menger

No debemos perder de vista qué múltiples teorías pueden explicar la realidad, e incluso ser útiles para hacer predicciones razonablemente precisas. Por ejemplo, la teoría geocentrista era capaz de predecir satisfactoriamente los movimientos de los planetas recurriendo a los epiciclos.  Es decir, por la misma razón que los arqueros del neolítico lanzaban flechas con bastante precisión sin necesidad de ninguna teoría, el economista puede formular teorías débiles o ad hoc, pero que explican la realidad con muy razonable precisión. Pero no por ello hemos de concluir que esa teoría no es susceptible de mejora. Esto último es aplicable al modelo de la oferta y la demanda establecido por Alfred Marshall, que es el predominante a día de hoy en lo que se refiere a la explicación de los precios.  

Ahora bien, para que una teoría sea superada no basta con señalar sus debilidades. Hay que proporcionar otra que explique mejor la realidad, y/o que lo haga de manera más general y simple, y que sea corroborable. Volviendo a la analogía del geocentrismo, ¿Qué acogida tendría frente al geocentrismo una nueva “teoría” heliocéntrica, está fuera imposible de corroborar ni fuera capaz de predecir nada tal y como está planteada? Pues posiblemente nula porque se quedaría en mera hipótesis.

Alfred Marshall criticó el enfoque marginalista de Carl Menger, W. S. Jevons y Lèon Walras, y rescata el modelo basado en el valor objetivo de oferta y demanda de Smith y Ricardo, pero reintroduciendo el marginalismo en la curva de demanda. Muy resumidamente viene a decir que el demandante compara la utilidad marginal del bien con su precio de mercado. Es decir, para explicar los precios necesita recurrir circularmente a los precios.

La tijera de Marshall… y la tijera de Menger

Menger, sin embargo, explicaba los precios basándose exclusivamente en valores. En el famoso ejemplo de las vacas y los caballos, los granjeros intercambiaban porque otorgaban un valor mayor a lo que recibían que a lo que entregaban, y de esas distintas valoraciones surgen los precios.  

En este sentido, Carlos Bondone propone rescatar a Menger sustituyendo la tijera de Marshall por la tijera de Menger, donde lo que se enfrentan no son las curvas de oferta y demanda (cantidades de bienes), sino las curvas de valor (utilidades marginales) de los bienes a intercambiar. Fijémonos en lo peligroso de la tijera de Marshall. Cito palabras del propio Marshall en sus Principios de Economía:

Podríamos con la misma sensatez discutir acerca de si es la hoja superior o la inferior de una tijera la que corta un pedazo de papel que si el valor está controlado por la utilidad o por el coste de producción. (el énfasis es mío).

A la vista de esta cita, quiero recordar las palabras anteriormente citadas de Mill: “el más mínimo error” “cualquier vaguedad o nebulosidad”. Pues aquí lo tenemos. Por mucho que queramos hacer una interpretación generosa, o que el economista defensor de esta teoría matice y explique posteriormente, un político se aferrará a la literalidad de estas palabras como a un clavo ardiendo para justificar científicamente sus sesgos utilizando a Marshall, y argumentar que el coste puede ser determinante del valor, y, por tanto, justificar científicamente la regulación de los precios de los alquileres en función de lo que el político considere costes objetivamente razonables. 

Menger era cardinalista, Mises era ordinalista

Explicada la vital importancia política y social de la teoría del valor, en las siguientes entregas de esta serie expondré en primer lugar por qué Menger era claramente cardinalista y en segundo lugar como Eugen von Böhm-Bawerk, y de manera más precisa Bondone, demuestran que los precios se pueden explicar enteramente por valoraciones subjetivas, sin recurrir circularmente a precios de mercado o agregados como hace Marshall. Y que estas valoraciones subjetivas tienen una naturaleza cardinal y no ordinal, como afirma Ludwig von Mises. 

Determinar si la naturaleza del valor es ordinal o cardinal no es en absoluto una cuestión menor. Mises criticaba el planteamiento de oferta y demanda de Marshall, pero al desviarse de Menger y Bohm Bawerk y sostener que el valor tiene naturaleza ordinal, su planteamiento no es corroborable, no ofrece una alternativa convincente que mejore la propuesta de Marshall. Nos guste o no, y análogamente a la hipótesis heliocentrista referida anteriormente, desde fuera de la escuela austriaca, la propuesta de Mises se ve en el mejor de los casos como una prometedora hipótesis.

En definitiva, no es lo mismo defender que sólo ordenamos valores afirmando tajantemente que es imposible medirlos, siendo en consecuencia deliberadamente “vago” o “nebuloso” en lo que se refiere a la magnitud de los valores, que defender y conseguir demostrar que la magnitud del valor se puede cuantificar y medir. Tal y como hemos insistido a lo largo de este artículo, cualquier vaguedad o nebulosidad será explotada por el político para tergiversar y manipular.

Serie sobre Carl Menger y Ludwig von Mises

¿Estamos volviendo a perder la batalla contra la pobreza?

Hemos repetido en infinidad de ocasiones el hecho de que la proporción poblacional viviendo por debajo del nivel de subsistencia pasó del 80% a principios del siglo XIX a menos del 10% en 2018, contando además con el hecho de que la población aumentó en este periodo cerca de un 800% hasta los 7.800 millones de habitantes globales. Junto a todo ello, y como multitud de lectores de esta columna sabrán, la esperanza de vida global durante este periodo aumentó hasta superar los 70 años de media en el mundo.

Si algo cabe destacar es el hecho de que esta mejora no se produjo de manera paulatina desde principios del siglo XIX hasta cerca de 2020, sino desde la explosión del proceso globalizador de la economía a partir de la década de 1970. Para constatar este hecho vale con señalar que en 1970 aún cerca del 50% de la población mundial vivía por debajo del umbral de la pobreza. Esto, como hemos reiterado en múltiples ocasiones, demuestra como el proceso de liberalización progresivo a nivel global a partir de 1970 benefició precisamente a los más pobres, permitiéndoles incrementar su nivel de vida y escapar del umbral de pobreza.

De hecho, el gran aumento del nivel de vida en países miembro de la Asociación Internacional de Fomento se produjo entre el año 2000 y 2021, incrementando de los 58 a los 65 años de esperanza de vida.

Asociación Internacional de Fomento

Sin embargo, durante los últimos años y debido principalmente a las tendencias económicas postpandemia, la situación de los países miembros de la Asociación Internacional de Fomento no ha sido tan positiva. Desde el inicio de la pandemia a escala global, los ingresos per cápita en el 50% de los 75 países miembro de la AIF han crecido a un menor ritmo que en las economías desarrolladas y en más del 30% de los países de la AIF los ingresos per cápita han incluso decrecido, volviéndose más pobres que en los años previos a 2020. Esta debe ser la tendencia que tratemos de revertir en los próximos años si queremos continuar con el éxito de reducción de la pobreza de las últimas décadas.

Como hemos comentado, shocks como el Covid, la crisis inflacionaria postpandemia, el incremento de los precios de la energía y los alimentos a causa de la invasión de Ucrania o el pasado incremento de los tipos de interés afectaron sobremanera a los países emergentes. Estas tendencias han conducido a una mayor inestabilidad política, social y económica en estos países, particularmente en los localizados en África subsahariana.

El elemento financiero

Dentro de las tendencias que más negativamente están afectando a los países emergentes, las financieras se hallan a la cabeza. La movilización de recursos financieros nacionales en los países emergentes está resultando cada vez más compleja, tanto por el peso de la economía sumergida como por la reducida madurez de sus sectores financieros. Además, la reducción de ingresos por caída de exportación de materias primas o el efecto de la debilidad de sus divisas locales, han hecho que estos países se hayan vuelto cada vez más dependientes de la deuda extranjera.

Esto es enormemente negativo para los países emergentes. Al percibirse como de alto riesgo en el mercado, su coste de endeudamiento aumenta. Ello, unido a su dificultad de generar ingresos fiscales por el elevado peso de la economía sumergida, incrementa el peso del pago de vencimientos de la deuda sobre el gasto público total. Todo esto, además, incrementa la probabilidad de crisis de deuda en estos países, generando un círculo vicioso que a su vez conduce a una elevación del coste de la deuda.

La clave para que esto no ocurra se traduce en un mayor flujo de inversión extranjera hacia los países más afectados por estas dinámicas, generando así un incremento de su productividad total y del crecimiento económico, reduciendo el riesgo de impago y el coste de la deuda. Sin embargo, será muy complicado que esto ocurra exclusivamente con inversión privada en el corto plazo. Algunos analistas han remarcado la necesidad de un incremento del volumen de créditos de bajo coste hacia aquellos países emergentes que muestren unas bases sólidas para asentar el crecimiento y desarrollo futuros, previniendo así la mencionada espiral negativa de la deuda.

El riesgo del endeudamiento

Los planes actuales para ello es que el próximo paquete de financiación para países de la Asociación Internacional de Fomento se cierre a finales del presente año por parte del Banco Mundial, ante la urgente necesidad de evitar que la deuda y las dinámicas actuales terminen por revertir la tendencia de reducción de la pobreza a escala global. Por poner las necesidades actuales en perspectiva, el plan más reciente del Banco Mundial para financiación de países de la AIF se aprobó en 2021 para el periodo 2022-2025. Sumaba $93 billones en total, lo cual equivale al 0.03% del PIB global. Esto muestra la necesidad de que esta cantidad se incremente en el presente plan. Y que ponga el foco en incrementar la proporción de dichos fondos procedentes del sector privado en forma de inversión extranjera directa.

Tal y como se ha descrito, las tendencias económicas de los últimos años están conduciendo a muchos países emergentes al precipicio de una espiral de deuda que puede hacer implosionar sus sistemas económicos y hacer retroceder la tendencia de reducción masiva de la pobreza que se lleva produciendo las últimas décadas. Para evitar que esto ocurra es esencial que se diseñen programas de colaboración público-privada que incentiven la inversión extranjera directa hacia estos países, impulsando su productividad y crecimiento y, por lo tanto, reduciendo la pobreza.

Ver también

El aumento de la pobreza en España. (Álvaro Mártín).

Contra la teoría del decrecimiento. (Álvaro Martín).

Estados Unidos: Destrucción Mutua Asegurada

Mucho se ha escrito en los últimos días sobre el rendimiento mental y físico disminuido del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, tras su participación en el debate electoral el pasado 27 de junio. Un día después, el presidente y candidato a reelección aseguró a sus seguidores en un rally en Carolina del Norte que no se retiraría de la carrera presidencial, “cuando te caes, te levantas” decía un enérgico Biden (menos de 24 horas de un debate a todas luces calamitoso).

Mientras las redes se dedican en gran medida a especular si Biden tiene algún tipo de desorden o condición neurológica, o si ha consumido sustancias para revitalizar su imagen 24 horas después; si hay algo que ha quedado en evidencia, es la vulnerabilidad a la que la primera potencia del mundo se está sometiendo.

En una acera, un candidato octogenario condenado por sobornar a una actriz porno para que no hablara sobre un encuentro sexual, instigador de un asalto al Capitolio de su propio país y con más causas judiciales abiertas (incluyendo una por pedir explícitamente que se revirtiese el resultado electoral en el estado de Georgia). Del otro lado, otro candidato octogenario, cuyos problemas recaen en la imagen de debilidad mental que proyecta con frecuencia y que vio su ápice en el debate presidencial.

Destrucción mutua asegurada

No es entonces raro preguntarse: ¿por qué los partidos norteamericanos han nominado a dos candidatos tan aparentemente malos? La respuesta recae, en mi opinión, en buena medida, en el hecho de que los dos hombres han decidido postularse porque tenían al otro en frente (pensando que era el único al que podían ganarle).

El expresidente Donald Trump, nominado republicano, cuenta además con el incentivo de librarse de más líos y consecuencias judiciales so uso de su inmunidad presidencial, y una base inamovible de votantes[1]. El presidente Biden, optó por la nominación sin un contrincante serio; a pesar de su avanzada edad y muestras de debilidad. Y así es como están las cosas para la primera democracia y potencia económica cuyo poder puede hacer y deshacer mucho en la economía y bienestar de nuestras sociedades. Biden dicho está que si Estados Unidos tose, Europa se resfría. EE.UU. pareciera enfrentarse una situación de loose/loose, una destrucción mutuamente asegurada[2]. O por lo menos, una gran complicación.

Si Trump gana, se espera que trate de asaltar la institucional del país para librarse de sus problemas con la ley (algunas de estas propuestas ya se están dejando por escrito en la iniciativa Project 2025, que busca reclutar a personas fieles al presidente y no a la institución para afianzar su poder). El candidato republicano, además, ha sido claro en su deseo de replegar su apoyo a Ucrania en su guerra contra Rusia y volver a una tónica de política internacional fuertemente aislacionista. Si Biden gana, su aparente deterioro podría pasarle factura a su próxima administración, pues hay muchas funciones del ejecutivo norteamericano que no se pueden delegar, y salvo que el presidente renunciase o falleciera, su debilidad cognitiva podría fácilmente traducirse en una parálisis gubernamental que no tendría fácil solución aún con su renuncia.

¿Qué hacer?

Y esto no era inevitable, los líderes de ambos partidos no están ciegos… eligen la ceguera, que es algo muy distinto. Ningún líder demócrata reniega tras bastidores sobre el frágil estado mental y físico del presidente; tampoco la mayoría de los líderes republicanos claman al cielo por el retorno de Trump… sabemos que es lo contrario. Pero ¿qué sería de esos senadores, congresistas, gobernadores, si se enfrentaran al líder y perdieran? Cuesta mucho arriesgar un sofá, un puesto, un sueldo y la atención constante de las cámaras. Y no debemos ser cínicos, ya se ve al otro bando como amenaza existencial… De hecho, hay algunos políticos, que ya tratan las elecciones actuales como un asunto de dimensiones de amenaza nuclear (algunos de hecho lo creen así, y viven con el miedo de qué locura hará su candidato que haga que el otro bando gane… desencadenando así una catástrofe).

Todo esto podría ocurrir, en buena medida, porque ninguno de los dos candidatos estuvo dispuesto a ceder en sus deseos por tener en frente al otro, trayendo al país a una suerte de destrucción mutua asegurada, donde uno no se retira porque él otro tampoco lo hace. Y frente a esto, ¿qué se puede hacer? Lamentablemente, no mucho, la decisión de anteponer los intereses personales antes que el bienestar de la nación y, por consiguiente, el orden liberal debido a las ramificaciones de lo que ahí ocurre, reside únicamente en los dos candidatos (quienes legalmente poseen el derecho a ser nominados debido a que cuentan con los delegados suficientes para poder serlo).

Una historia tragicómica de destrucción

Así que, salvo que un evento extraordinario ocurra, es posible que el mundo vea la elección donde se va a votar más que nunca para evitar que el adversario político pueda ganar y no por una visión propia de políticas. Este nivel de tensión en un contexto mundial de polarización extrema y donde cada ciudadano parece estar cada vez más incrustado en sus propias cámaras de eco, donde no hay espacio para la opinión discrepante; es extremadamente peligroso para el devenir de nuestras sociedades. No sólo amenaza la convivencia pacífica, pues se pone a los dos bandos políticos en constante enfrentamiento, sino que amenaza a elementos como la economía debido a lo susceptible que la misma es a las políticas públicas y las decisiones diarias de un presidente.

Ante esto, los que no somos ciudadanos americanos sólo podemos mirar con desazón cómo una elección tan consecuente puede acabar tan mal. Y ser testigos de una historia tragicómica; sin perder la esperanza de que siempre las cosas también pueden mejorar.

Notas

[1] Trump se sometió a un proceso de primarias competitivas, a diferencia de Biden, por no ser reelección directa. De las casi dos decenas de candidatos, sólo Mike Pence y Chris Christie han rehusado darle su apoyo.

[2] Destrucción Mutua Asegurada (DMA o MAD por sus siglas en inglés) es una expresión desarrollada durante la Guerra Fría para describir una eventual conflagración militar entre las dos superpotencias nucleares (la URSS y EEUU)… que acabaría en la destrucción de ambos países.

Ver también

La política de las turbas. (Alberto Illán Oviedo).

Emilio Castelar y Ripoll: el tribuno de la democracia

No es posible comprender el siglo XIX español sin entender lo que de puro, sincero y sublime posee la oratoria, pese al desdén con que a menudo se la trata. En casi ninguna de las demás artes, salvo quizá en las escénicas, se incurre en esa reserva. El músico, el pintor, el arquitecto y hasta el acróbata reciben la admiración y el aplauso que el público suele cuestionar al actor y muy pocas veces concede al orador. Ese recelo que muchos sienten hacia los grandes oradores, quizá se encuentre en la prevención socrática contra el sofista.

El valor de la retórica

Quizá en el temor a la capacidad de persuasión, cuando quien la tiene no coincide con nuestras opiniones, y en la inquietud que produce quien es capaz arrebatar a la multitud con la sola fuerza de su palabra. Antes de criticar a cualquiera de los hombres de gran elocuencia que llenaron la historia hispana del siglo XIX, es preciso reconocer su perfecta, profunda e intensa sinceridad artística.

Las Cortes del siglo XIX tendrían muchos defectos, pero lograron ser brillantemente retóricas. En ocasiones pudieron ser tan corruptas como hoy, pero entonces los ejemplos de corrupción eran auténticos ejemplos que servían de advertencia y no simples modelos a seguir, como ahora. Las Cortes se mostraban tan indiferentes a los electores como hoy día, pero los electores no se mostraron casi nunca indiferentes hacia ellas. Y hasta podían ser tan frívolas como ahora, pero respetaban más la dignidad del mérito y menos la riqueza.

Cuando en el Parlamento se parlamentaba

Las Cortes fueron un auténtico parlamento que cumplía con su obligación de parlamentar, pero tratando de hablar bien. No se limitaban a votar con disciplina por su incapacidad de discutir, como sucede en nuestros días, sino que fueron, para gloria eterna de nuestra patria, un museo de la palabra, y no una almoneda donde comprar y vender consejos de administración, secretos financieros y cargos oficiales, como en la actualidad. Los políticos españoles del siglo XIX demostraron su sinceridad con su alta oratoria.

Nadie que haya reparado en esto, se atreverá a dudar del entusiasmo por la libertad que embargó a la mayor parte de nuestros políticos de entonces. Cualesquiera que fueran sus intenciones, fueron sinceros cuando hablaron de Don Pelayo, o del Cid en Santa Gadea, o de las Cortes Leonesas de 1188, las primeras de Europa, o de los Reyes Católicos, de las Leyes de Indias, o del 2 de mayo de 1808, etc. Aquel siglo estuvo lleno de grandes frases, pronunciadas con motivo de alguna destacada ocasión, que llevan el eco del canto poético.

Si caigo…

Las palabras de Juan Álvarez de Mendizábal en el debate del voto de confianza, en diciembre de 1835, hicimos cuanto supimos, cuanto debimos y cuanto pudimos por nuestra patria, tienen más ritmo que muchos de esos que llaman versos libres. La frase de Prim, a España se la vence, pero no se la deshonra, o el dicho de Sagasta, Si caigo, caeré del lado de la libertad, podrían ser versos de Quintana, de Espronceda, de Bernardo López García o de Núñez de Arce. Y qué decir de Olózaga, de Cristino Martos, de Rivero, de Cánovas, o de tantos otros, sin olvidar a Donoso Cortés.

Entre los políticos de aquella época que se denominaron liberales, hubo muchos que fueron verdaderos patriotas. Mejor aún, que fueron verdaderos liberales. O, por decirlo de otro modo, entre los políticos liberales hubo muchos que lo fueron de verdad, en el sentido ideal que identifica a los liberales con la defensa de la ley frente a tiranos y cortesanos. Podrían tener serios defectos, pero entre esos no se contaban la falta de pasión por la libertad o la igualdad, ni el patriotismo. De entre todos ellos, sobresale la figura de Emilio Castelar (1832-1899), uno de los más destacados políticos demócratas de la segunda mitad del siglo XIX y, sin duda, uno de los más grandes oradores de nuestra historia. 

La formación de un demócrata

Emilio Castelar nació en Cádiz, el 7 de septiembre de 1832. Sus padres, Manuel Castelar y María Antonia Ripoll, oriundos de Alicante, habían contraído matrimonio poco antes de la Revolución de Riego, de 1820, y eran partidarios de la Constitución de 1812, “la Pepa”. Manuel Castelar formó en la Milicia Nacional de Cádiz, junto con Mendizábal, en 1823. Pero al restablecerse el poder absoluto de Fernando VII, Manuel Castelar fue condenado a muerte y hubo de exiliarse siete años. En 1831, el matrimonio volvió a reunirse y al año siguiente nació su hijo Emilio. Tras el fallecimiento en 1839 de Manuel Castelar, la familia se trasladó a Elda (Alicante), donde les acogió una tía de la madre.

En 1848 se trasladó a Madrid, la ciudad en la que conoció sus mejores éxitos y en la que se consagró, para cursar la licenciatura de Derecho. En ese mismo año participó en la fundación del Partido Demócrata, junto con otros que se harían también célebres, como Pi y Margall o Salmerón. También en sus años universitarios se inició en el periodismo, con la ayuda de un familiar, un famoso orador liberal-moderado, Antonio Aparisi y Guijarro. Entre sus condiscípulos hubo también eminentes políticos, como Antonio Cánovas del Castillo, o como Francisco de Paula Canalejas, insigne ateneísta y tío del famoso político liberal, José Canalejas, asesinado en 1912. Con ambos mantuvo la amistad siempre. Pero su vocación era genuinamente política.

El Manifiesto Demócrata

Tras el triunfo de la Vicalvarada (1854), que llevó al gobierno por última vez al general Espartero, y para replicar al Manifiesto de la Unión Liberal, el Partido Demócrata organizó una reunión en el madrileño Teatro de Oriente, el 25 de septiembre de 1854, en el que se daría a conocer el Manifiesto Demócrata. Las propuestas se discutían apasionadamente, cuando un desconocido joven de veintidós años pidió la palabra y, tras presentarse como Emilio Castelar, dijo al iniciar su intervención:

Voy a defender las ideas democráticas si deseáis oírlas. Estas ideas no pertenecen ni a los partidos ni a los individuos singulares: pertenecen a la humanidad. Basadas en la razón, son como la verdad, absoluta, y como las leyes de Dios, universales.

Su discurso fue interrumpido incesantemente con aplausos y aclamaciones y, al día siguiente, toda la prensa reprodujo sus palabras y se deshizo en elogios hacia el desconocido. En 1855 apareció su primera novela, Ernesto, de carácter autobiográfico, y al año siguiente, publicó otra más, de carácter histórico, Alfonso el Sabio.

La cátedra y el Ateneo

En 1857 ganó la Cátedra de Historia Crítica y Filosófica de España, en la Universidad Central de Madrid, por unanimidad. Su docencia se extendió al Ateneo, donde desarrolló, entre 1857 y 1861, un ciclo de conferencias bajo el título de Historia de la Civilización en los primeros cinco siglos del cristianismo, con sus amigos, Cánovas y Canalejas.

En el Ateneo colaboró en la Sección de Ciencias Morales y Políticas (actualmente de Ciencias Jurídicas y Políticas), que presidió en 1861 y 1862. Y también en 1857 publicó su ensayo La Fórmula del Progreso, donde expuso su ideal de la democracia y que suscitó fuertes polémicas, entre otros, con Juan Valera. Educado en el primer krausismo, no fue él mismo krausista en ningún momento, ni los krausistas lo reconocen como uno de los suyos, aunque sí fue un hegeliano peculiar. No fue metafísico, ni hombre adscribible a alguna escuela determinada. Fue hombre de vastísima cultura, de sólida formación académica y, sobre todo, un brillante retórico, poeta en prosa.

La Noche de San Daniel

En 1865, tras la publicación en el diario La Democracia de su artículo El Rasgo, en el que censuraba la aparentemente generosa donación de bienes de Isabel II al Patrimonio Nacional, lucrándose a la vez con ello, el Gobierno de Narváez destituyó a Castelar de su Cátedra. El apoyo de sus alumnos y de sus propios colegas culminó con manifestaciones estudiantiles que fueron duramente reprimidas, produciéndose varios muertos y numerosos heridos. Fue la trágicamente célebre “Noche de San Daniel” (10 de abril de 1865).

Como resultado, los catedráticos de la Universidad Central dimitieron para no tener que sustituir a Castelar y Narváez abandonó el gobierno para siempre. O’ Donnell, su sucesor, repuso a Castelar en su Cátedra. Castelar se mostró cada vez más combativo y participó en los pronunciamientos progresistas de enero y junio de 1866. Salvó su vida gracias al apoyo de Carolina Coronado y -paradójicamente- de la misma Reina Isabel II. Pero fue condenado a muerte, por lo que tuvo que huir de España.

La revolución de 1968

El triunfo de la Revolución de 1868 (“La Gloriosa”), le permitió regresar del exilio. El 15 de enero de 1869 se eligieron Cortes Constituyentes, que promulgaron una nueva Constitución el 6 de junio de 1869, primera de carácter democrático de nuestra historia constitucional. Pero el debate constituyente fue tensando las relaciones entre los partícipes de la revolución, hasta la división. A la división siguió la discordia entre unionistas, progresistas y demócratas, y aún entre estos mismos, ya que unos se decantaron por la monarquía y otros por la república. En ese momento se formó el Partido Republicano Federal, entre cuyos primeros animadores figuró Castelar.

Pero también los republicanos se dividieron pronto: unitarios frente a federales, socialistas frente a liberal-demócratas, y benevolentes frente a intransigentes. Castelar lideraría en el partido republicano una opción federalista inspirada en el sistema norteamericano, frente a los cantonalistas, y se decantaría a favor de las tendencias liberal-demócratas frente a los socialistas. No obstante, en el ámbito de la política partidaria, dentro del republicanismo, como en general en toda su trayectoria política, intentó buscar la concordia y tender puentes, consiguiendo mantener el partido unido hasta 1873, en que la proclamación republicana lo hizo estallar.

“¡Alzaos, esclavos, porque tenéis Patria!”

Castelar fue diputado en todas las Cortes del Sexenio y, en ese periodo, se consagró como el gran orador que era, con intervenciones memorables que aún se recuerdan. Quizá la más famosa fue en el debate sobre la separación de la Iglesia y del Estado, en duelo dialéctico con el Canónigo Manterola (carlista), en abril de 1869. El Discurso de Castelar en las Cortes fue memorable: “Grande es Dios en el Sinaí… pero más grande aún lo fue en El Calvario”, comenzaba. El propio Manterola, y su grupo, pasaban de la indignación al arrobamiento, y del arrobamiento a la indignación: Castelar era un hombre realmente temible, pues el discurso del republicano había conmovido hasta a los carlistas.

No menos famoso fue su discurso en esas mismas Cortes, reclamando la emancipación de los esclavos negros y el fin de la esclavitud, que concluyó diciendo:

¡Levantaos, legisladores españoles, y haced del siglo XIX, vosotros que podéis poner su cúspide, el siglo de la redención definitiva y total de todos los esclavos! y ¡Alzaos esclavos, porque tenéis Patria!

Tras la elección de Amadeo de Saboya como rey, el 16 de noviembre de 1870, se abrió un incierto periodo, pues el atentado contra Prim del 27 de diciembre de ese mismo año, del que falleció tres días después, le privaron del más destacado estratega político con que contaba España para adentrarse en la experiencia de la nueva monarquía. Y la incertidumbre se resolvió en motín, revuelta y guerra civil. El motín republicano que siguió a la elección de Amadeo de Saboya, se vio acompañado del resurgir de las partidas carlistas.

Colaboración entre republicanos y carlistas

Sucedió entonces algo que no gusta de ser recordado, ni por carlistas, ni por republicanos. Ambos partidos llegaron a la colaboración más indisimulada, en las Cortes, en la calle y en las partidas guerrilleras, en la común convicción de que cualquier cosa era “mejor que eso”, como despectivamente se referían a la monarquía importada de Italia. Y el 10 de octubre de 1868, estalló la primera insurrección en Cuba, tras el Grito de Yara, que derivaría en una larga guerra, llamada de los 10 años (1868-1878). Además, Amadeo de Saboya temía encontrar en España un final similar al sufrido por Maximiliano de Austria, en 1867, en México.

Los seis gobiernos de Amadeo de Saboya, en los dos años de su reinado, no lograron asentar la nueva monarquía, ni acallar las armas, y la crisis política y social fue en aumento entre 1871 y 1872. Ante ese panorama, el cada vez más agobiado Amadeo I, presentó finalmente su renuncia a la Corona española, el 11 de febrero de 1873. En la tarde de ese mismo día las Cortes, reunidas en sesión conjunta del Congreso y el Senado, proclamaron la República Española. La habilidad de Estanislao Figueras, no sólo precipitó la proclamación de la república, sino que consiguió presidir el nuevo gobierno republicano, en el que Castelar figuró como Ministro de Estado (asuntos exteriores).

La Primera República

La triste historia de la I República Española, desde el 11 de febrero de 1873, hasta el 18 de julio de ese año, fue la historia de la desintegración del republicanismo. El conflicto con los radicales de Cristino Martos, verdadero artífice de la instauración del nuevo régimen, excluido en marzo, no fue sino el primero de una serie de desenganches del régimen, que culminó el 18 de julio de 1873, con la dimisión de Pi y Margall, ante la Revuelta Cantonal que asoló el país durante el verano y el otoño de ese año.

El retraimiento de todos los sectores, de los conservadores, de los liberales, de los progresistas, de los demócratas y de los radicales, unido a las revueltas revolucionarias de cantonalistas y carlistas, fue aislando a la naciente república, que fue dando tumbos hasta su caída final. Y, en el exterior, la República sólo obtuvo el reconocimiento diplomático de Suiza y de los Estados Unidos.   

Contra las barricadas y los tumultos

A Pi y Margall le sucedió el efímero gabinete Salmerón y, en los primeros días de septiembre de 1873, Castelar, fue elegido Presidente del poder ejecutivo de la República. Actuó con energía, incluso se le acusó de comportarse como dictador cuando hizo frente a los numerosos problemas que padecía España (guerra civil, carlista y cantonal, crisis económica, conflictos internacionales, insurrección de Cuba…). Pero en el momento culminante, cuando la revuelta cantonal estaba de facto vencida, y la guerra carlista se empezaba a ganar, la mayoría federalista de las Cortes, descontenta con la derrota de los cantonalistas, le forzó a dimitir el 2 de enero de 1874.

Unas horas más tarde, el general Pavía disolvió las Cortes Constituyentes de la Iª República. Castelar señaló en esa sesión las causas de la debacle republicana:

Es necesario cerrar para siempre, definitivamente, así la era de los motines populares, como la era de los pronunciamientos militares. Es necesario que el pueblo sepa que todo cuanto en justicia le corresponde puede esperarlo del sufragio universal, y que de las barricadas y de los tumultos solo puede esperar su ruina y su deshonra.

Años finales

Tras el pronunciamiento de Martínez Campos y la Restauración de la Monarquía, en diciembre de 1874, Castelar se marchó de España, residiendo en París y viajando por otros países europeos. Publicó con asiduidad, tanto obras de ficción como históricas y de ensayo político. Varias novelas, como Historia de un corazón (1874), Fra Filippo Lippi y Ricardo (ambas de 1878), así como numerosos ensayos y discursos se dieron a la imprenta en esos años.

El 2 de octubre de 1880, formuló en Alcira (Valencia) el programa de un nuevo partido político, el “Posibilista”, de signo democrático. Y continuó escribiendo y viajando: en 1888 esbozó un proyecto de Historia de España, que no llegaría a completar, y en 1895, una Historia de Europa en el siglo XIX, también inconclusa. Viajó a París en dos ocasiones (1889 y 1893), y a Roma (1894), donde visitó al Papa León XIII. En 1890 ingresó con sus partidarios en el Partido Liberal de Sagasta, dando así su apoyo expreso a la Restauración de Alfonso XII.

En su calidad de autor de una ingente obra histórica y novelística, fue elegido académico de la Española, en 1880 y, al año siguiente, de la Real Academia de la Historia. Y continuó asistiendo regularmente a las sesiones del Ateneo. Allí estuvo presente en la inauguración de la sede ateneista definitiva y actual, en el caserón del número 21 de la madrileña Calle del Prado, construida en 1884.

La santa, integérrima, sagrada, unidad nacional

En la Galería de Retratos del Ateneo de Madrid, figura en la larga colección de ateneístas ilustres que la decoran, y en la que acompaña a tan notable grupo de personajes, al igual que lo hacen muchos de los hombres con los que compartió anhelos, afanes, polémicas o rivalidad, como Pi y Margall, Salmerón, Menéndez Pelayo, Vázquez de Mella, Pérez Galdós, Juan Valera, Castelar y muchos otros socios ilustres de esa Docta Casa.

Cansado y enfermo, Castelar abandonó la política activa, aunque intentó volver a ella tras el asesinato de Cánovas (1897). Ese mismo año regresó por última vez a Cádiz, donde pronunció en el Casino gaditano un emotivo Discurso de acción de gracias a Cádiz, dedicado a la magna obra política y legislativa de la insigne asamblea gaditana, entre 1810 y 1813, y en el que abordó también uno de los asuntos que entonces despuntaba en la política nacional, el nacionalismo regional, diciendo:

Y nunca tan indispensable invocar las Cortes de Cádiz como ahora, porque aquellas Cortes no se contentaron con proclamar el principio de la Soberanía Nacional, partieron de otro principio todavía más alto y más vivificador, partieron del principio sagrado que debemos, repito, invocar y evocar ahora más que nunca, (…), la santa, integérrima, la sagrada unidad nacional.

Muerte de Castelar, y su recuerdo

El último año de su vida transcurrió entre Sax, Mondáriz, Madrid y San Pedro del Pinatar, donde falleció el 25 de mayo de 1899. Seis días después, se realizó su sepelio en Madrid en medio de un hondo pesar general. Su posibilismo democrático le valió muchas críticas en vida y muchos desprecios en su muerte. Pero los mejores hombres del liberalismo guardaron buen recuerdo de él, así como la mayor parte de la política y la sociedad española, incluso entre los conservadores.

Su cadáver fue velado en el vestíbulo del Palacio de las Cortes Generales, en la Carrera de San Jerónimo, e incinerado en la Sacramental de San Justo, el día 29 de mayo. Su funeral, en la Sacramental de San Isidro, constituyó una magna expresión de afecto general y de duelo nacional. Junto a los miles y miles de asistentes, acudieron a las honras fúnebres representaciones de las más altas instituciones del Estado, Reales Academias, Ateneo de Madrid y cuerpo diplomático acreditado en España.

Nadie, ante el féretro de quien fuera el más grande orador de su siglo, fue capaz de pronunciar discurso alguno, pero el pueblo de Madrid lanzó estruendosas aclamaciones al paso del cortejo fúnebre para despedir al gran tribuno por última vez. En 1906, erigido por suscripción publica, se alzó un gran monumento, obra de Mariano Benlliure, que representa al tribuno dirigiendo la palabra desde su escaño. Uno de los más bellos grupos escultóricos que adornan el madrileño Paseo de la Castellana, en la plaza a la que el Ayuntamiento de Madrid puso el nombre de Emilio Castelar.

Españoles eminentes

Juan Álvarez y Méndez (Mendizábal). (Pedro López Arriba)

Liberalismo y romanticismo: Donoso Cortés. (Pedro López Arriba)

José Larraz y el concepto de Escuela de Salamanca. (Pedro López Arriba)

TSLA y bitcoin holders: el patrimonio no se vende

Según escribo, la acción de Tesla ($TSLA) cotiza a $243, un 25% por ciento por encima que su precio hace cinco días y un 40% sobre su cotización de hace un mes. Todavía lejos de su máximo histórico de 2021 ($409.97). Por otro lado, Bitcoin tiene un precio de mercado de $54.500, un 11% por debajo de su precio hace cinco días y un 23% sobre su máximo histórico de $73.084.

Si uno analiza el estado de ánimo sobre estos dos activos en las redes sociales, puede ver euforia en los accionistas de Tesla, y desánimo entre los poseedores de bitcoins. Pero si te mueves entre los inversores con alta convicción, ves lo mismo en ambos grupos: la misma voluntad de seguir construyendo su patrimonio con los activos que creen mejores.

Representan a la perfección lo que ha expuesto multitud de veces Warren Buffett: para invertir no necesitas ser un genio, solo una orientación correcta. Si tienes convicción, el precio de cotización solo te condiciona a la cantidad que vas a poder comprar, pero nunca te va a hacer vender.

Pero no voy a hablar de la estrategia de los inversores en Bitcoin o Tesla, voy a usar su ejemplo para intentar aclarar un concepto que tenemos olvidado: el patrimonio.

Diferencia entre ser pobre y ser rico

Hace unos meses una periodista se enfadó con Michael Saylor, CEO de Microstrategy y gran inversor en Bitcoin. No entendía por qué Saylor no le daba un precio en el que sería razonable vender tus bitcoins. Argumentaba que todas las personas poseían activos con el fin de conseguir una plusvalía al venderlos. Poseerlos sin más objetivo que mantenerlos en tu propiedad no tenía ningún sentido. Saylor contestó con una frase que se viralizó rápidamente:

Déjame explicarlo de otra forma: a las personas que mantienen su riqueza en moneda fíat los conocemos con un nombre: les llamamos pobres. Todo el que es rico en este mundo posee propiedades.

Puede parecer que es una crítica a las monedas fíat como medio de mantener el valor. Y en cierta forma lo es. Pero si uno reflexiona un poco, la idea que traslada es mucho más profunda.

Obviando las permutas, al vender un activo lo estamos intercambiando por dinero, que es el activo más líquido. Esa liquidez se puede destinar a tres objetivos:

  • Al consumo.
  • A adquirir otro activo al que se presupone con más capacidad de mantener valor.
  • A mantener una posición de liquidez por incapacidad de encontrar otro activo que supere al dinero para mantener el valor.

¿Cómo saber el precio de venta de bitcoin?

Como vemos, cuando la periodista pide a Saylor que le dé un precio en que sea razonable vender tus bitcoins, le está pidiendo algo imposible. Saylor no sabe las necesidades de consumo de todos los posibles poseedores de bitcoins, y es evidente que él considera a esta moneda muy superior al dinero fíat. Así que la única posibilidad para dar un precio sería pronosticar cuándo sería deseable intercambiar tus bitcoins por otros activos existentes en el mercado. Vamos a imaginar que un bitcoin pasa a valer un millón de dólares. En ese escenario, ¿sería razonable vender?

La respuesta es que dependerá de lo que esté ocurriendo con el resto de activos. En un futuro donde un bitcoin alcanzara ese precio, es muy posible que se estén dando circunstancias que desaconsejen adquirir activos con otras características. ¿Por qué? Vamos a hacer un ejercicio mental para entenderlo.

Nos despertamos, después de estar unos años en coma, en un mundo donde los fusiles AR-15 se venden por un millón de dólares la unidad. Nosotros tenemos una docena en el sótano porque somos texanos. ¿Los vendemos inmediatamente para comprar un ETF indexado al SP500 o nos conectamos antes a la plataforma X para saber qué está pasando en el mundo que explique ese precio? Visto así, es fácil entender que pronosticar precios de venta es absurdo.

Pero esto no aplica solo a un activo tan peculiar como Bitcoin. Para demostrarlo vamos a realizar el mismo ejercicio con las acciones de Tesla, que es activo, que sí genera flujos de caja.

¿Y de Tesla?

¿A qué precio sería razonable vender Tesla? Pese a ser algo muy distinto, tenemos el mismo problema que con Bitcoin. Los accionistas con más convicción valoran la empresa por su negocio actual de automóviles eléctricos, por su pata prometedora en energía y, sobre todo, por su disruptivo sistema de conducción autónoma.

Sí, coches que se conducen solos. ¿Qué precio tiene algo así? Nadie que tenga convicción en el éxito de la empresa puede saber a qué precio van a vender sus acciones porque simplemente es imposible valorar la envergadura de algo así. Y aunque pudieran hacerlo, no podrían valorar qué otros activos podrían ser mejor opción en ese escenario, por lo que no podría saber si vender en ese precio sería una buena opción. Así que lo más razonable es estar invertidos en el negocio en el que más confían, y no especular sobre precios de venta.

Se puede argumentar que hay toda una profesión que se dedica a hacer eso, que digo que no se puede hacer. Comprar barato y vender caro para aprovecharse del señor Mercado requiere saber cuándo tienes que vender. En realidad, se puede intentar pronosticar en qué precio vas a perder la convicción sobre una empresa, pero lo cierto es que solo cuando llegue ese momento (el de la pérdida de convicción) vas a saber que debes vender. Así que el principio es el mismo, aunque reconozco que es más fácil acertar con una cifra simplemente si la convicción en una empresa es menor.

Convicción: tenerla o no tenerla

Es por eso por lo que prefiero la inversión en activos de los que no te atreves a pronosticar un precio de venta simplemente porque no quieres vender. Como dice Morgan Housel en La psicología del dinero:

Si inviertes en una compañía prometedora que te importa un comino, puede que disfrutes cuando todo va bien. Pero cuando, inevitablemente, cambie la tendencia, te verás de golpe perdiendo dinero por algo que no te interesa en absoluto. Es una doble carga, y la opción más fácil es pasar a otra cosa. Si te apasiona la empresa de entrada —te gusta su misión, su producto, el equipo, la ciencia que hace, lo que sea—, los tiempos inevitables de adversidades, cuando estés perdiendo dinero o la empresa necesite ayuda, quedarán compensados por el hecho de que por lo menos sentirás que formas parte de algo que para ti es importante. Esta puede ser la motivación necesaria que impida que te des por vencido y que inviertas en otra cosa.

Morgan Housel en La psicología del dinero.

Una vez dejado claro que un activo no se vende hasta que no has perdido la convicción en él, queda por resolver otro malentendido sobre el patrimonio. ¿Por qué no vender simplemente para disfrutar de la vida? ¿En qué punto hay que empezar a consumir tu patrimonio para no convertirse en el más rico del cementerio? ¿No podría ser razonable poner un precio máximo de venta a cualquier activo simplemente porque en ese punto lo racional sería consumir su riqueza?

La función de la riqueza es la creación de riqueza

El otro día me enfrenté a esto al ver un meme en la plataforma X. En él una persona acumula billetes durante toda su vida hasta que se encuentra el final del camino con un buen puñado de papelitos verdes que no le van a valer de nada. Como comenté en un post, para entender lo absurdo de este razonamiento solo hay que sustituir la acumulación de dinero a lo largo de una vida por la acumulación de conocimientos. Cambias los billetes por libros en ese meme y para la mayoría de las personas el significado es otro. Casi nadie considera que una vida dedicada a adquirir conocimientos sea una vida desperdiciada, pero por alguna extraña razón amasar riqueza sí.

Creo que se debe a dos errores de base en nuestra sociedad:

  • Pensar que éxito se mide en disfrutar de cualquier lujo que hayamos visto disfrutar a otro ser humano. Si alguien tiene un Lamborghini, yo debería tener uno si algún día tengo el dinero para ello.
  • No entender que la principal función de la riqueza no es el consumo, sino la generación de más riqueza. El patrimonio de las personas está invertido en activos que son los cimientos de todo lo que el ser humano va a producir en el futuro y, en menor o mayor medida según la época, en activos que sirven de refugio ante la incertidumbre que ese futuro pueda deparar.

Aumentar los ingresos o aumentar la humildad

Para el primer error podemos remitirnos otra vez el libro de Morgan Housel:

Todo el mundo necesita lo básico. Una vez que el primer nivel de necesidades esenciales está cubierto, viene otro nivel básico de comodidad y, una vez alcanzado este, está un tercer nivel básico que incluye la comodidad, el entretenimiento y la formación.

No obstante, gastar por encima de un nivel bastante bajo de materialismo es en la mayoría de los casos un reflejo de que el ego se acerca a los ingresos, una forma de gastar dinero para demostrar a los demás que tienes (o tenías) dinero.

Si lo piensas de esta forma, te vas a percatar de que una de las maneras más potentes de acrecentar tus ahorros no es aumentando el sueldo. Es aumentando la humildad.

Para ver esto expresado de forma más emocional, podemos ver una intervención de Javier Milei, donde lo explica con su natural don para llegar a las masas.

El segundo problema es aún más complicado de superar. Requiere entender cómo funciona el capitalismo en una era donde el dinero deuda lo ha desvirtuado. Y como indica el profesor Bastos, a la pérdida de ciertos valores que son difíciles de recuperar.

Por eso es importante la figura del holder (o HODLer en la jerga Bitcoin). Personas con convicción en el futuro que posponen la gratificación del presente por la promesa de dotar a la humanidad de herramientas mejores o nuevas tecnologías. Cada uno con sus motivaciones, pero con algo en común: la firme voluntad de no vender su patrimonio simplemente porque el patrimonio no se vende.

Ver también

Usted está entre el 20% más rico del planeta. (Juan Ramón Rallo).

Hacia una sociedad de propietarios. (Instituto Juan de Mariana).

Cómo la creación de un sindicato llevó a los trabajadores a la calle

Por Jon Miltimore. El artículo Cómo la creación de un sindicato llevó a los trabajadores a la calle fue publicado originalmente por FEE.

Más de 30 trabajadores de cafeterías de Filadelfia se han quedado sin trabajo después de que un exitoso intento de sindicación tuviera un coste inesperado: sus propios puestos de trabajo. “Con el corazón encogido debemos anunciar el cierre de los tres locales de OCF Coffee House”, publicó recientemente OCF Realty en Instagram. “Después de 13 maravillosos años de servir a nuestra querida comunidad, ha llegado el momento de decir adiós”.

Los reporteros de noticias locales señalaron que los cierres se produjeron justo una semana después de que los empleados de los cafés se sindicalizaran. “Estoy bastante destrozado”, dijo Alex Simpson, antiguo empleado de OCF, a CBS News Philadelphia, “especialmente porque es una respuesta tan descarada a nuestro proceso sindical. Esto llega una semana después de que anunciáramos públicamente nuestro sindicato”.

Serie de Andras Toth sobre el ‘pilar obrero’

Perder un empleo es aplastante, así que la pérdida de Simpson no es nada que celebrar. Sin embargo, es importante entender por qué docenas de trabajadores que antes tenían un empleo remunerado están ahora sin trabajo. Como muchos trabajadores que apoyan las iniciativas sindicales, los que se afiliaron al sindicato Workers United, Local 80 estaban interesados sobre todo en una cosa: su propia remuneración.

La advertencia de Ludwig von Mises

Según las noticias, los trabajadores decían ganar entre 9 y 13 dólares la hora, además de propinas y prestaciones (seguro médico, de vida, de visión, dental y 401(k), según OCF Coffee House). Los trabajadores creían que merecían más. No hay nada malo en querer más dinero, y es perfectamente natural considerar la propia situación en cualquier acuerdo entre empleado y empleador.

Dicho esto, los empleados de OCF Coffee House cometieron lo que el economista Ludwig von Mises consideraba un error perenne de los trabajadores sindicados, de quienes señaló que a menudo poseen una excesiva preocupación “por las tarifas salariales y las pensiones” y pasan por alto una importante realidad económica. “Los sindicalistas no son conscientes de que su destino está ligado al florecimiento de las empresas de sus patronos”, explicaba Mises en Planning for freedom.

Para mucha gente que sólo ha firmado el reverso de los cheques, es fácil olvidar que para emplear a trabajadores durante algún tiempo, una empresa debe tener éxito, algo que OCF Coffee House no tenía. El Presidente y Director General, Ori Feibush, declaró a los medios de comunicación locales que la empresa ya estaba en pérdidas antes de la votación sindical. “Teníamos una organización que ya estaba al límite”, dijo Feibush a los periodistas. “Estaba al límite, y no tenía capacidad para seguir quemando un coste adicional”.

A menudo se demonizan los beneficios en los Estados Unidos de hoy, pero es importante entender que los beneficios son la savia de una empresa económica. Los beneficios no sólo impulsan la innovación, sino también la expansión del capital y el aumento del empleo. Al no ser una empresa rentable, OCF no estaba en condiciones de seguir operando tras la sindicación, que habría impuesto nuevos costes legales a la empresa (además de otros posibles quebraderos de cabeza).

No escuchar al empresario

Feibush afirma que intentó organizar una reunión con los trabajadores para explicarles que la empresa no podía funcionar con los costes que conllevaría la sindicación. “Nadie se presentó”, afirma Feibush.

Nunca sabremos si la reunión habría evitado la sindicación y el cierre de las tres cafeterías. Pero el hecho de que los empleados ni siquiera acudieran a la reunión confirma la idea de Mises sobre la tendencia de los sindicatos a preocuparse por sus propias reivindicaciones, sin darse cuenta de que su destino está ligado al éxito de las empresas que los emplean. Como consecuencia de que los trabajadores no tuvieran en cuenta la salud de la empresa, todos perdieron: el empresario que invirtió su capital en una aventura empresarial, los trabajadores que dejarán de percibir un sueldo y prestaciones, y los consumidores que frecuentaban los establecimientos.

Hay que leer a Thomas Sowell

Esto no quiere decir que los trabajadores no tengan derecho a sindicarse y a negociar colectivamente; lo tienen. Pero los sindicatos no están divorciados de las realidades económicas básicas, aunque sus reivindicaciones lo estén a menudo. Tampoco quiere decir que sea sensato formar un sindicato sólo porque se pueda. Como señaló Henry Hazlitt hace muchos años, los sindicatos conllevan grandes contrapartidas. Si bien la afiliación puede beneficiar a algunos trabajadores con baja productividad, otros reciben una remuneración inferior a la que obtendrían de otro modo, y la hostilidad sindical a la innovación y la inversión tiende a reducir los salarios reales a largo plazo.

Lamentablemente, 34 trabajadores están ahora sin trabajo porque no se dieron cuenta de que su propio éxito dependía del éxito del establecimiento en el que trabajaban. En lugar de escuchar al sindicato Workers United, Local 80, los trabajadores habrían hecho mejor en leer lo que Thomas Sowell tenía que decir sobre los sindicatos. “El mayor mito sobre los sindicatos es que los sindicatos son para los trabajadores”, escribió Sowell. “Los sindicatos son para los sindicatos, igual que las corporaciones son para las corporaciones y los políticos son para los políticos”.

Ver también

Cinco vías para hacer que el libertarismo avance

Por Randy Barnett. El artículo Cinco vías para hacer que el libertarismo avance fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Como describo en mis nuevas memorias, A Life for Liberty: The Making of an American Originalist, siempre he estado en la derecha. En 1964, a la edad de 12 años, debatí a favor de Barry Goldwater ante todo el alumnado de mi escuela primaria. En mi corazón de niño de 12 años, sabía que tenía razón.

Pero, en mi primer año en la Universidad Northwestern, pasé de ser un conservador a lo William F. Buckley a un libertario. En mi último año, organicé e impartí un seminario acreditado sobre libertarismo. Luego, en otoño de mi primer año de Derecho, conocí a Murray Rothbard y a todo el círculo neoyorquino de intelectuales libertarios, y me hice amigo suyo.

En el segundo semestre de Derecho, ya formaba parte de la junta directiva del Center for Libertarian Studies, que celebraba conferencias anuales de académicos libertarios, cuyas ponencias se publicaban en su Journal of Libertarian Studies. En mi tercer año de licenciatura, organicé en nombre del Centro una conferencia del Liberty Fund sobre la filosofía del delito y el castigo que se celebró en la Facultad de Derecho de Harvard.

Ya en los años setenta, el libertarismo era un proyecto intelectual internamente controvertido, no un conjunto rígidamente fijo de posiciones políticas. Pero a diferencia del originalismo, que se ha beneficiado de 20 años de debate intelectual interno entre los originalistas, el liberalismo se ha congelado en gran medida en ámbar desde la década de 1970.

Cómo mejorar el libertarismo

Veo cinco formas distintas en las que la teoría libertaria necesita mejorar su juego.

En primer lugar, la necesidad de una ética de derecho natural además de los derechos naturales; en segundo lugar, la necesidad de distinguir entre la teoría ideal libertaria y el libertarismo de segunda clase en un mundo de gobiernos y naciones en competencia; en tercer lugar, la necesidad de una teoría libertaria de la ciudadanía y los derechos civiles; en cuarto lugar, la necesidad de separar el binario público-privado del binario gobierno-no gobierno; y en quinto lugar, la necesidad de una teoría más refinada del poder corporativo y los derechos corporativos.

Esta postura se asemeja mucho a la de Frank Meyer, de la National Review, tal y como explicó en su libro de 1962 In defense of freedom. A menudo se ha interpretado erróneamente que Meyer abogaba por una fusión entre el libertarismo y el conservadurismo. Sin embargo, repudió explícitamente este objetivo y subrayó que su verdadera intención era crear una fusión entre el libertarismo y la idea de virtud.

Permítanme referirme brevemente a cada una de ellas.

Locke, pero también Aristóteles

En primer lugar, la concepción lockeana de los derechos naturales debe complementarse con una concepción más aristotélico-tomista del derecho natural y del bien para los seres humanos. Tengo en mente el tipo de enfoque adoptado por mi profesor, Henry Veatch, en su libro de 1987 Human Rights: Fact or Fancy? (Los derechos humanos: ¿realidad o fantasía?), que ofrece una explicación persuasiva de cómo el florecimiento humano y “el bien común” se relacionan con los derechos naturales e inalienables a la vida, la libertad y la propiedad. En esta línea, recomiendo los escritos “neoaristotélicos” de Douglas Rasmussen y Douglas Den Uyl.

Murray N. Rothbard

Incluso un libertario radical como Murray Rothbard reconoció esta misma relación. Como escribió en 1981

Sólo un imbécil podría sostener que la libertad es el principio supremo o, de hecho, el único principio o fin de la vida. La libertad es necesaria e integral para la consecución de cualquiera de los fines del hombre.

(La libertad) es el fin político más elevado, no el fin más elevado del hombre per se; de hecho, sería difícil hacer que tal posición tuviera algún sentido o coherencia.

Murray N. Rothbard. Frank S. Meyer: The Fusionist as Libertarian.

Una concepción de los derechos naturales basada en la ética del derecho natural y en el fin del florecimiento humano puede ofrecer una explicación coherente del bien común. Y puede rebatir las afirmaciones de conservadores como Adrian Vermuelle y Patrick Deneen, que afirman que el gobierno debería limitarse a perseguir directamente el bien común, en lugar de proteger los derechos naturales y civiles individuales de las personas.

La teoría del segundo mejor

En segundo lugar, el libertarismo en sus variedades más radicales debe verse como una forma de lo que los filósofos llaman “teoría ideal”. Los derechos naturales que los libertarios insisten en que son primarios se adhieren a las personas en virtud de su humanidad, e independientemente de cualquier gobierno. En este sentido, el libertarismo es una teoría de la justicia ideal en el “estado de naturaleza” sin ningún gobierno. Un mundo así carecería, por definición, de fronteras nacionales.

Lo que el liberalismo también necesita es una teoría del segundo mejor. El liberalismo debe adaptarse mejor a un mundo no ideal, es decir, al mundo real de las naciones en competencia. Un enfoque libertario del nacionalismo, por ejemplo, se tomaría en serio la competencia entre diferentes formas de gobierno que son mejores y peores desde una perspectiva libertaria. Explica exactamente por qué uno debería estar orgulloso de ser estadounidense basándose en los ideales que defiende.

El libertarismo carece de una teoría de los derechos civiles

En tercer lugar, la separación y diversidad de formas de gobierno que compiten entre sí conlleva la necesidad de una teoría de la ciudadanía de la que ahora carece el libertarismo. Dado que la teoría ideal del liberalismo se basa en los derechos naturales -es decir, los derechos que todas las personas pueden reclamar en un estado de naturaleza o un estado prepolítico-, el liberalismo carece de una concepción de los derechos civiles.

Los derechos civiles son los derechos legalmente exigibles que uno recibe cuando abandona el estado de naturaleza y entra en la “sociedad civil” con los demás. Son los derechos, privilegios e inmunidades que los miembros de cada sociedad civil -que ostentan la condición de ciudadanos- pueden reclamar a sus conciudadanos, así como al gobierno. Como decían los anuncios de American Express: “Ser miembro tiene sus privilegios”.

Aunque el libertarismo moderno carece de una teoría de la ciudadanía y los derechos civiles, como Evan Bernick y yo hemos explicado en otro lugar, ambos conceptos fueron entendidos y afirmados por los abolicionistas libertarios del siglo XIX y, finalmente, por el Partido Republicano antiesclavista. Sin dejar de afirmar la importancia de los derechos naturales, estos libertarios del siglo XIX desarrollaron una concepción de la ciudadanía y de los derechos civiles, privilegios e inmunidades que conlleva la pertenencia a uno de los muchos regímenes en liza.

Dos dicotomías diferentes

En cuarto lugar, para dar cuerpo a la concepción de la ciudadanía y los derechos civiles, el libertarismo necesita reconocer que “público-privado” y “gobierno-no gobierno” no son uno, sino dos binarios distintos. Los ciudadanos libres pueden ser excluidos legítimamente de espacios privados no gubernamentales como nuestros hogares y nuestras camas, y también de espacios privados gubernamentales como las bases militares.

Pero la ciudadanía libre puede conllevar el privilegio de acceder a espacios y servicios públicos, ya sean gubernamentales (como calles, aceras y parques) o no gubernamentales (como lugares de alojamiento público y empresas de transporte público) sin ser objeto de discriminación arbitraria. Esto también fue reconocido por los republicanos cuando promulgaron la Ley de Derechos Civiles de 1875, que prohibía la discriminación por motivos de raza.

Contra el fascismo corporativo

Por último, los libertarios deben estar tan preocupados por el fascismo estatal corporativo como por el socialismo estatal. No hay corporaciones en el estado de naturaleza. Como algunos libertarios del siglo XIX reconocieron -y algunos libertarios de izquierdas insisten hoy- llega un punto en el que el tamaño y el alcance de las corporaciones privadas pueden suponer una amenaza tan grande, si no mayor, para la libertad que el poder del gobierno, especialmente cuando ambos se entrelazan de formas que son difíciles de separar en la práctica, como hemos presenciado en los últimos años.

Imaginemos, por ejemplo, que el puñado actual de proveedores de telefonía móvil empezara a filtrar electrónicamente nuestras llamadas en busca de comunicaciones subversivas, cancelando aquellas que transgredieran alguna supuesta norma moral. ¿El hecho de que sean “no gubernamentales” las convertiría en una amenaza menor para la libertad individual?

Quizás lo más complicado

Admito que reconsiderar los derechos de las empresas “privadas” puede ser la más difícil de las cinco posibles actualizaciones del libertarismo que sugiero que son necesarias. Un primer paso puede ser reconocer que no todas las empresas son iguales. Algunas, como Citizens United, los Boy Scouts y las Hermanitas de los Pobres, son realmente asociaciones de personas físicas cuyos derechos naturales y civiles deberían estar legalmente protegidos frente al gobierno. Pero otras, como las empresas que cotizan en bolsa y cuya propiedad y control se han separado, son más parecidas a “criaturas del Estado” artificiales, cuya naturaleza exacta está sujeta a regulación pública para proteger la libertad del individuo.

Tal vez las amenazas a la libertad individual que plantea el poder de las empresas puedan resolverse completamente con la cuarta actualización propuesta, que identifica las categorías de lugares de alojamiento público y empresas de transporte público. Pero la quinta actualización puede ser necesaria cuando las grandes empresas aleguen que sus derechos de expresión protegidos por la Constitución prevalecen sobre estas formas de regulación legal.

¿Sería un libertarismo libertario?

Entonces, si el libertarismo se actualiza o revisa para incorporar algunas o todas estas cinco características, ¿sigue siendo justo llamarlo “libertarismo”? Para responder a esto, permítanme terminar con una anécdota que cuento en Una vida por la libertad. Cuando era estudiante de tercer año, hice un estudio independiente con Ronald Dworkin, que estaba de visita en Harvard desde Oxford. Escribí un artículo en el que criticaba un capítulo del libro de Dworkin recién publicado, Taking Rights Seriously.

En ese capítulo, sostenía que es “absurdo suponer que los hombres y las mujeres tienen algún derecho general a la libertad, al menos tal y como la han concebido tradicionalmente sus defensores”. No existe un derecho general a la libertad, sostenía Dworkin, porque “no tengo derecho político a conducir por la Avenida Lexington”. Esto se debe a que, “si el gobierno decide hacer que la Avenida Lexington sea de sentido único en el centro de la ciudad, está suficientemente justificado que esto sería de interés general, y sería ridículo que yo argumentara que, por alguna razón, sería, sin embargo, incorrecto”.

En mi artículo, titulado “Tomarse en serio la libertad”, sostenía que esto no era una refutación del derecho general a la libertad porque la libertad tenía que definirse mediante un esquema de fondo de derechos de propiedad. En un mundo libertario, uno no tiene derecho a hacer lo que quiera. Sólo tienes derecho a hacer lo que quieras con lo que es tuyo.

Ronald Dworkin

Nuestra reunión para discutir el borrador de mi artículo se impartió al estilo de una tutoría de Oxford. Lo que más me impresionó fue que Dworkin no se opusiera directamente a esta crítica de su trabajo. En lugar de eso, se metió en mi argumento para analizar qué necesitaba para que funcionara. Uno de sus retos se me ha quedado grabado hasta hoy.

Me preguntó: “Si pudiera elegir entre un mundo con más libertad y menos propiedad, o más propiedad y menos libertad, ¿qué elegiría?”. Tras detenerme un momento, respondí: “Más propiedad”. Esta era, después de todo, la respuesta libertaria rothbardiana. “Bueno”, replicó, “entonces no eres un libertario. Eres un propertario”.

Ahora creo que respondería a esta pregunta de otra manera. Los libertarios deben preocuparse más por las amenazas a la libertad humana que provienen tanto del poder privado como del público, tanto de actores no gubernamentales como gubernamentales. Sin embargo, a diferencia de la izquierda, que pretende acabar con la distinción entre lo público y lo privado y hacer que todo sea “público”, los libertarios, los conservadores e incluso los liberales modernos deben preservar la distinción entre lo público y lo privado. Esa preservación nos plantea un reto mayor a la hora de identificar exactamente qué límites al poder ejercido por actores no gubernamentales están justificados.

Pero esta dificultad conceptual hace que no sea menos importante para el liberalismo comprender cómo la libertad necesaria para el florecimiento humano individual merece ser protegida en el mundo real tanto de los actores gubernamentales como de los no gubernamentales. Puede que los libertarios necesiten ser un poco más libertarios y un poco menos propertarios.

Los principios de la política (y II): Más procuran los gobernantes que los ciudadanos sean amigos, a que sean justos

No sea que hablar de lo justo y lo injusto nos lleve a no entendernos entre nosotros. En el artículo anterior veíamos cómo el mito de Prometeo nos invita a reflexionar sobre la conexión entre nuestra corporeidad poco especializada, la necesidad de trabajar, la necesidad de integrar los logros laborales, y la necesidad de crear nuevos acuerdos para que todo lo anterior sea posible. El ser humano no puede avanzar sin la división del trabajo y la integración de los frutos de diversas actividades.

Debido a esta corporeidad poco especializada, el ser humano está por naturaleza dispuesto y requiere de una vida política. Además, éste es capaz de desarrollar un lenguaje para discutir sobre lo justo y lo injusto. Esto nos lleva a preguntar: ¿Determinamos nosotros mismos lo justo y lo injusto, o estas nociones ya están preestablecidas por la naturaleza? En cualquier caso, parece esencial que el ser humano participe en la vida política, porque sólo así se vive verdaderamente como humano.

Se planteaba anteriormente si es mejor cometer una injusticia o padecerla, dirigida a la persona que podemos llegar a ser cuando nos responsabilizamos de nuestras acciones ¿Vale la pena defender nuestras convicciones hasta la muerte, como hizo Sócrates? Estas interrogantes están vinculadas con lo que entendemos como ser una persona buena. ¿Merece la pena esforzarse por ser moralmente correcto? A menudo se asocia ser buena persona con ser justa. Sin embargo, ¿qué entendemos exactamente por justicia? Platón aborda esta cuestión en el libro II de la República a través de Trasímaco.

Trasímaco

Trasímaco sostiene una visión cínica y polémica sobre la justicia, definiéndola como el interés del más fuerte. Según él, las leyes y normas de lo que se considera justo son establecidas por aquellos en el poder. La justicia no es un valor moral absoluto, sino una herramienta utilizada por los poderosos para mantener su control sobre aquello más débiles. Trasímaco argumenta que los gobernantes crean leyes que definen lo que es justo e injusto, de manera que pueden favorecer sus propios intereses. Ser justo, entonces, es simplemente seguir las leyes establecidas por aquellos en el poder, lo cual no necesariamente coincide con un comportamiento moralmente correcto.

Si aceptamos el planteamiento de Trasímaco, surge la pregunta de si existe una justicia natural. Bajo su lógica, ¿deberíamos identificar siempre a una buena persona como aquella que cumple lo establecido, aun siendo por conveniencia? Además, ¿coincidirían las cualidades de buena persona y amigo? Y, por último, ¿qué define realmente a una buena persona?

Todos los seres del universo buscan su perfección. En el caso del ser humano, buscamos dicha perfección a través de la libertad, definida como el poder de no ser doblegado. En este contexto, conviene hacerse la pregunta: ¿qué es peor, torturar o ser torturado? ¿Qué es ser una mejor persona? Para identificar a una buena persona, debemos buscar a aquella que se comporta como corresponde.

Justicia: ¿naturaleza o legalidad?

Algunas personas definen la justicia como el término medio entre el mayor de los bienes y el mayor de los males. También consideramos la diferencia entre lo justo natural y lo justo legal. ¿Es lo mismo una persona que se comporta acorde a lo establecido por interés que por naturaleza? ¿Coincide la idea de una buena persona con la lógica de Trasímaco?

A quien consideramos amigo, también lo consideramos una buena persona. No puede ser de otra forma, pues carecería de orden. Si no hay verdad, no hay verdadero bien. No puedes considerarte amigo de alguien a quien no consideres buena persona en los aspectos fundamentales de la vida. La verdad está íntimamente ligada a la amistad. Sin esta verdad, las reglas bajo las que nos movemos se volverían arbitrarias. Es muy fácil prescindir de la verdad y dejarse llevar por los impulsos. Sin embargo, la verdad opera en otra dimensión. Sin verdad, no pueden existir enunciados globales que permitan establecer reglas colectivas.

La amistad

La acción política consiste en incorporar y entender lo que mueve al tejido social. Esto implica comprender las aspiraciones de la sociedad e integrarlas a través del diálogo, la paciencia, el raciocinio y la empatía. En el libro VIII de la Ética a Nicómaco, Aristóteles habla de la amistad. Dice que la amistad es una virtud, o va acompañada de virtud. Además, la amistad no solo es necesaria, sino que también se puede disfrutar y, por tanto, necesita vivirse a través de nosotros. No puede haber una vida humanamente plena sin amigos.

Existen tres tipos de amistad según Aristóteles. La útil. La podemos ver en la tercera edad. Reciprocidad en la amistad que nos da compañía. La segunda es la deleitable, la que devuelve placer. Propia de los jóvenes. Aquella amistad que nos junta entre personas para pasarlo bien. Esta amistad suele ser poco estable, pero intensa. Y, por último, la amistad honesta, aquella que hace que dos personas sean amigos por ellos mismos. Quieren el bien del amigo por su amigo y nada más. Es la amistad por la propia virtud, la perfecta.

Con ello no se quiere decir que las dos primeras no sean convenientes. Amistades útiles pueden ser tremendamente beneficiosas para las partes sin llegar a perdurar en el tiempo por motivos externos. Lo mismo con la placentera. Las dos primeras se caracterizan por ser accidentales, y no son estables en el tiempo por el simple motivo de la amistad. No hay razón esencial para la estabilidad. Que no quiere decir que no pueda evolucionar hacia la amistad virtuosa.

Más procuran los gobernantes que los ciudadanos sean amigos, a que sean justos

Cuando se da una orden, no se espera que se cumpla al 100%, ya que esto podría suprimir la iniciativa de la persona gobernada. La gobernanza consiste en asegurar y dirigir las libertades de los gobernados, teniendo en cuenta que solo las personas pueden ser consideradas como fines en sí mismas y no como medios, según Kant. La persona es un fin porque, si fuera un medio, se estaría imponiendo algo en ella sin su propia iniciativa.

La maravilla radica en lo que cada persona puede aportar de manera original, actuando en atención a sí misma. Si se subordina esta capacidad, se niega la esencia del ser en esa persona. En esto se basa la dignidad humana y el bien común. Así, establecemos que ser persona es ser alguien. Solo la persona puede ser un tipo de bien honesto, y lo bueno y honesto es aquello que es valioso por sí mismo.

Persona, medio y fin

Si tomamos cualquier injusticia, se puede observar que la persona es tratada como un medio y no como un fin. De estos enunciados surgen los derechos y deberes del ser humano en la sociedad, y se podría establecer que “no hay derecho que un hombre mande a otro hombre”, al menos en las leyes naturales. En un ordenamiento político, es importante legislar en torno al bien común y al ser. Si obligas a una persona a hacer algo sin su propia decisión, la estás subordinando a ti. Por ejemplo, si robas un coche, la otra persona no podrá irse de viaje y tendrá que dedicar su tiempo a solucionar el problema que le has causado. Esto va en contra de la naturaleza de esa persona, ya que impide su libertad y autonomía.

Si, por el contrario, consideras a la otra persona como un fin en sí misma, nunca establecerás una relación negativa por ello. Esa es la benevolencia recíproca, la amistad honesta, la amistad perfecta, que se da entre quienes son iguales en virtud. Estas personas desean el bien del otro y lo desean únicamente cuando ambos son buenos. Ser bueno significa ser virtuoso. Una persona virtuosa está capacitada para tener amigos.

Amistad civil y justicia

La amistad entre los ciudadanos no es una amistad perfecta, pero capacita a las personas para ser virtuosas de manera vigorosa. Aunque no sea perfecta en sí misma, proporciona el potencial para alcanzar la perfección. Este es el aspecto que parece estar ausente en el debate público actual. Al establecer lo que es justo a través de la polarización, no estamos dispuestos a igualar opiniones, sino más bien a determinar qué opiniones están por encima y cuáles por debajo. Esto nos lleva a dividir de manera que parece justa superficialmente, pero no nos permite conectar con personas que piensan de manera diferente.

El ideal de la vida amistosa es una forma superior de orientar tu vida. A través de la verdadera amistad, no asumimos obligaciones morales, sino que adoptamos comportamientos naturales que surgen de esta relación especial. A través de esta reflexión se establece el enunciado central del artículo. Si las personas son justas, aún les falta ser amigos; pero si son amigos genuinos, entonces serán justas. Como afirmó Aristóteles, la amistad implica reciprocidad y reconocimiento mutuo. Si uno no es consciente de hacer el bien por alguien, entonces no puede considerarse amigo de esa persona. Sin embargo, si lo es, actuará justamente hacia su amigo.

Más procuran los gobernantes entonces que los ciudadanos sean amigos, a que sean justos. No sea que hablar de lo justo y lo injusto nos lleve a no entendernos entre nosotros.

Referencias

Estos artículos se han escrito a partir de un seminario en Filosofía Política impartido por Antonio Amado Fernández, licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Vive en Santiago de Chile y desde hace 30 años es profesor de Metafísica y Antropología. Ha escrito varios libros y artículos en revistas especializadas sobre teoría del conocimiento, educación y diversas cuestiones antropológicas y morales. Actualmente, es el director del Centro de Estudios Generales de la Universidad de los Andes.