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Juan Ramón Rallo – Liberalismo, socialdemocracia y republicanismo. El concepto de libertad y Estado en Jasay, Rawls y Pettit

Juan Ramón Rallo expone en la conferencia del 20/12/2014 qué concepto de libertad poseen estas tres corrientes de pensamiento y defenderá la visión liberal de Jasay (complementada por las aportaciones de Nozick, Hayek y Huemer) frente a la socialdemócrata (o socioliberal) de Rawls y a la republicana de Pettit. 

Obama, los Castro y el fracaso del embargo

“El socialismo, para establecerse y prevalecer, necesita violencia en grandísimas dosis”.

J.I. Castillo.

Este pasado miércoles veíamos con asombro un anuncio histórico: Estados Unidos y Cuba anunciaban un acercamiento en sus relaciones diplomáticas. Obama, en un discurso televisado que probablemente quede grabado en la retina de muchos, afirmaba:

Hoy, Estados Unidos está tomando medidas históricas para trazar un nuevo rumbo en nuestras relaciones con Cuba y para confraternizar y empoderar al pueblo cubano. Estamos separados por 90 millas de mar, pero unidos gracias a las relaciones entre los dos millones de cubanos y cubano-americanos que viven en Estados Unidos con los 11 millones de cubanos que comparten una esperanza similar de llevar a Cuba a un futuro más prometedor. 

No podemos seguir haciendo lo mismo y esperar obtener un resultado diferente. Intentar empujar a Cuba al abismo no beneficia a Estados Unidos ni al pueblo cubano. Hemos aprendido por propia experiencia que es mejor fomentar y respaldar las reformas que imponer políticas que convierten a los países en estados fallidos. Hoy, al tomar estas medidas, hacemos un llamamiento a Cuba para que desencadene el potencial de 11 millones de cubanos poniendo punto final a las innecesarias restricciones impuestas en sus actividades políticas, sociales y económicas. Con ese mismo espíritu, no debemos permitir que las sanciones de EEUU impongan una carga aún mayor a los ciudadanos cubanos a los que estamos intentando ayudar.

Tras 54 años de embargo, era hora de probar algo distinto. Comentaba el director del Instituto, Juan Ramón Rallo, que “la libertad de movimientos de personas, mercancías y capitales enriquece a los pueblos. Por eso el embargo sobre Cuba es un error”. Lo que está potencialmente encima de la mesa es poner fin al embargo, que no bloqueo, de Estados Unidos contra Cuba. Eso son muy buenas noticias para los cubanos.

Una lectura distinta del anuncio de esta semana, que coincide con unas semanas negras para dos países enemigos de EEUU (Rusia y Venezuela), es que el régimen socialista cubano está claudicando poco a poco ante las virtudes del capitalismo. La debilidad de Venezuela, país del que estaba recibiendo más de $5.000 millones anuales, unido a más de medio siglo de socialismo han obligado a Raúl Castro a adoptar tímidas medidas que han otorgado cierta libertad económica a los cubanos en los últimos años. Aún queda muchísimo camino por recorrer en lo que a libertades económicas se refiere. Los cubanos tienen, como cualquier otro pueblo, todo el derecho del mundo a emprender y comerciar en libertad, sin injerencias estatales.

En donde tristemente no ha habido ningún avance es en lo que se refiere a libertades civiles o individuales. Los cubanos no gozan de una de las libertades más importantes y básicas en cualquier país que se denomine democrático: la libertad de expresión para decir en libertad lo que uno piensa sin temer represalias por expresar ideas propias. Como la Historia nos ha enseñado, libertad económica e individual siempre acaban yendo de la mano. Ojalá la previsible mejora en la libertad económica que el pueblo cubano experimentará tras el anuncio de esta semana haga que la libertad individual mejore significativamente. Con sesenta años de demora (más vale tarde que nunca) habría llegado la única revolución que merece la pena perseguir: la revolución de la libertad. 


Actualización: Agradezco a J.I. Castillo que me haya hecho una importante puntualización. Los que podrán comerciar y negociar de ahora en adelante con los EEUU es el gobierno cubano, no los ciudadanos cubanos. Por tanto, el comercio sólo beneficiará en principio a aquellos cubanos que el gobierno decida (la casta más cercana al régimen en principio). Ojalá el gobierno cubano permita a todos los cubanos comerciar con EEUU y no sólo a una élite minoritaria.

Castro gana… otra vez

A principios de los años noventa un Fidel Castro aun a pleno rendimiento criminal envió a Estados Unidos a un grupo de agentes de inteligencia para que se infiltrasen en varias organizaciones de exiliados y saboteasen sus operaciones. Entre ellas se encontraba “Hermanos al rescate”, una asociación con unas avionetas que patrullaba el canal de la Florida en busca de balseros. Eran otros tiempos. Castro, privado del subsidio soviético y temeroso de correr la misma suerte que el infame Erich Honecker, endureció su política hasta un extremo desconocido incluso en la isla. A aquellos años de hambre y espanto el régimen los bautizó como “periodo especial”.  El Gobierno quería frenar estos vuelos que, además de proporcionarle una pésima imagen internacional, en ocasiones penetraban en el espacio aéreo cubano y arrojaban propaganda anticastrista.

La red de espías desplegada en Florida atendía al nombre de “red avispa” y estaba compuesta por doce agentes jóvenes y bien entrenados. Haciéndose pasar por exiliados consiguieron infiltrarse en “Hermanos al rescate”, la Fundación cubano-americana y otras de menor tamaño. Aunque el exilio cubano en Miami es numeroso, sus miembros están desde hace décadas bien conectados entre ellos. Esa ventaja supieron aprovecharla los espías de Castro y pronto comenzaron a remitir valiosas informaciones a La Habana. Gracias a ellas la fuerza aérea cubana consiguió abatir en 1996 con un MiG dos avionetas desarmadas cuando volaban sobre aguas internacionales. En el ataque murieron cuatro ciudadanos estadounidenses.

Dos años más tarde el FBI desmanteló la red y detuvo al operativo completo. Curiosamente, la detención se produjo gracias a la indecible torpeza de la Seguridad del Estado cubana, esa versión castrista de la Stasi a la que los cubanos de dentro temen más que al mismísimo diablo. La Seguridad del Estado había cursado a Washington un minucioso dossier para que los norteamericanos deportasen a Luis Posada Carriles, un cubano-americano acusado de atentar contra un vuelo de Cubana de Aviación en 1976. Posada Carriles no fue deportado, pero los agentes de la CIA obtuvieron de aquella documentación las pistas necesarias para desarticular la célula cubana en la Florida

De los doce acusados cinco confesaron, dos se dieron a la fuga y los cinco restantes se mantuvieron en sus trece y fueron juzgados. Tres de ellos –los que Obama acaba de liberar– fueron condenados a cadena perpetua ya que se les acusaba de haber participado en la operación de derribo de las dos avionetas de “Hermanos al rescate”. Los otros dos recibieron condenas menores que redimieron totalmente en Estados Unidos para posteriormente ser deportados a Cuba. 

De la propaganda al chantaje

Castro vio muy pronto que aquella operación de espionaje semifallida podía convertirse en una gran campaña de propaganda victimista de alcance internacional. Durante años los procastristas de todo el mundo han machacado mañana, tarde y noche al personal con la letanía de los “cinco de Miami”. En España se llegó incluso a organizar una campaña de ámbito nacional que recorrió todo el país con conferencias, mítines, conciertos y el verbeneo caribeño que es habitual entre los castrófilos de la madre patria. La disparatada versión del régimen cubano era que se trataba de antiterroristas, una categoría de la que Castro lleva echando mano de manera intensiva desde el atentado contra las Torres Gemelas que, casualmente, coincidió en el tiempo con el juicio y condena a sus espías.

El Gobierno estadounidense se mantuvo impertérrito con este asunto durante años. En el otro lado Castro insistía una y otra vez en la liberación sabedor de que la mejor estrategia de defensa siempre es atacar. Porque, y esto es importante tenerlo en cuenta, Fidel Castro no transige. Jamás lo hizo y jamás lo hará. Todo en su confuso y enfermizo universo íntimo va de dominación y de imponerse a los demás. No entiende otra manera de relacionarse con el mundo y con quienes lo pueblan

Como mediante la acometida propagandística no conseguía nada –ya era difícil que lo consiguiese teniendo en cuenta que los espías eran asesinos de canonización improbable más allá de los ya muy convencidos–, pasó a emplear otra de las especialidades de la casa: el chantaje. En diciembre de 2009 la policía cubana arrestó en La Habana a Alan Gross, un contratista norteamericano de 60 años de edad, que había introducido en el país un equipo de comunicación por satélite para que una comunidad de judíos cubanos pudiese conectarse a Internet. Acceder a la red en Cuba es ilegal siempre que no se disponga de un permiso especial que el Gobierno solo concede a los más cercanos. De ahí que los disidentes se las ingenien para burlar una ley tan dictatorial que a cualquier español le parecería intolerable. El célebre tuitero Yusnaby, por ejemplo, se conecta desde un teléfono móvil con la SIM de una operadora española en itinerancia. ¿O pensaba que lo hacía desde un móvil cubano? 

Alan Gross ha pasado cinco años en prisión acusado de “actos contra la independencia o la integridad territorial del Estado” (sic). Entretanto, el régimen se las ha apañado para emplearle como herramienta de presión contra el Gobierno de Estados Unidos para que éste procediese a liberar a los espías de Miami. Las intentonas de canje han sido múltiples y en todas las ocasiones la respuesta de Washington ha sido la misma… hasta esta semana, en la que Barack Obama decidió bajarse los pantalones sin necesidad alguna de hacerlo porque a los Castro y su odioso régimen les queda entre poco y menos. Los causantes del derribo de aquellas dos avionetas solidarias están hoy de vuelta en Cuba, donde han sido recibidos como héroes. Gross, por su parte, inocente absoluto desde el día de su detención en el aeropuerto de La Habana, también ha regresado a casa, aunque con la salud muy deteriorada y una experiencia que no olvidará en lo que le queda de vida.

La pregunta que cabría hacerse es por qué Castro –esta vez Raúl– no ha conseguido salirse con la suya antes. Simple. Pensaba que iba a recuperar a los espías de la red avispa sin necesidad de nada más. Con entregar a Gross a cambio bastaría. Pero la salud del cautivo empeoraba por meses y hasta había amenazado con suicidarse. Muerto no valía de nada, así que Castro ha rebajado ligeramente sus pretensiones aceptando, por ejemplo, que los Estados Unidos reabran su embajada en La Habana. No sabemos si delante de la legación organizarán lamentables carnavales revolucionarios como los que el régimen patrocina enfrente de la Oficina de Intereses norteamericanos. Lo que sí sabemos es que un castrismo acabado, que se enfrenta a los últimos momentos de un poder omnímodo, se ha hecho con una nueva e inesperada victoria.

Dos embargos que deben ser levantados

Cuba sufre desde hace más de 50 años dos embargos: el menos grave, pero aun así significativo, es el exterior, implementado por el Gobierno de EEUU; el más grave y decisivo para explicar su medio siglo de penurias es el interior, ejecutado por la tiranía castrista. Extrañamente, muchos de los que reclaman la abolición del primer embargo como un principio básico de justicia callan ante la mucho más perentoria necesidad de abolir el segundo (o, todavía peor, se entusiasman promoviendo su mantenimiento y expansión internacional). Pero ambos embargos son negativos por lo mismo —porque impiden la pacífica, voluntaria y mutuamente beneficiosa cooperación humana— y ambos deberían ser eliminados.

Así, los liberales siempre han defendido el levantamiento de ambos embargos: conscientes de que la libertad de movimientos de personas, mercancías y capitales no lesiona ni embrutece sino que enriquece y ennoblece a las personas, el liberalismo ha abogado tradicionalmente por derrocar tanto las barreras exteriores, como sobre todo las interiores, a la libre interacción humana. La autocracia comunista convierte a los cubanos en ganado que los Castro trasquilan a su conveniencia y la incomunicación comercial entre EEUU y Cuba restringe todavía más la accesibilidad de ese muy explotado ganado a ciertos productos estadounidenses. De ahí que los liberales coincidan en reivindicar la dignificante libertad de los cubanos: libertad para que pasen a ser personas autónomas frente a la tiránica bota del castrismo y para que, usando tal libertad, puedan interrelacionarse voluntariamente con sus vecinos estadounidenses.

En lo que no coinciden todos los liberales es en el orden en el que ambos embargos, el interno y el externo, deben ser levantados. Un nutrido grupo de liberales defiende que carece de sentido levantar el segundo (el estadounidense) mientras subsista el primero (el castrista), tanto porque es injusto que los ciudadanos de EEUU comercien con propiedades que la tiranía cubana confiscó hace décadas a otros ciudadanos estadounidenses, como porque todo comercio entre los dos países sólo redundará en un mayor lucro del régimen cubano y no de su población. Otro grupo de liberales, entre los que me encuentro, considera que, aun cuando lo ideal sería un levantamiento simultáneo de ambos embargos (libertad interna y externa), resulta poco realista pretenderlo habida cuenta del control absoluto que ejerce la casta castrista sobre las estructuras de poder estatal que aprisionan a los cubanos, por lo que sería una buena noticia que al menos el embargo exterior se levantara: no porque los principales beneficiarios de ese levantamiento vayan a ser los ciudadanos de a pie —que en un régimen ultraextractivo jamás lo son— sino porque, aun cuando solo les alcancen algunas migajas del levantamiento del embargo exterior, buenas serían tales migajas en medio de tanto sufrimiento y pauperización generada por el embargo interior.

A mi entender, el caso cubano es asimilable al de un campo de concentración controlado por una burocracia criminal. ¿Deberíamos negarnos desde el exterior a remitirles a los presos de ese campo de concentración cualquier tipo de alimento o medicamento por el hecho de que la mayor parte de estos bienes de primera necesidad terminen en manos de los oficiales que los reprimen? No digo que la respuesta sea sencilla, ya que, por un lado, estaríamos financiando y sustentando indirectamente a los captores acaso prolongando su dominación sobre sus víctimas, pero, por otro, tampoco parece proporcional y humanitario agravar las penurias de los presos a través de represalias mal diseñadas contra sus carceleros, por mucho que las merezcan.

A la postre, justamente porque la dictadura cubana dispone de suficiente poder como para apoderarse de la mayor parte de las ganancias derivadas del levantamiento del embargo, también dispone de idéntico poder como para descargar sobre la población la mayor parte de las pérdidas vinculadas a su mantenimiento. Sometidos los cubanos a un absoluto embargo interior, acaso sea excesivo y cruelmente innecesario someterlos a un adicional embargo exterior.

Otra doble vara de medir

El embargo estadounidense sobre Cuba no sólo sirve para ilustrar la incoherencia de todos aquellos que guardan silencio ante el mucho más grave embargo interior perpetrado por el castrismo, sino también para poner de manifiesto la injustificable doble vara de medir que emplean muchos bienpensantes ciudadanos españoles a la hora de criticar las inversiones de multinacionales occidentales en el Tercer Mundo. En concreto, es habitual escuchar que las grandes empresas del Primer Mundo se lucran explotando las míseras condiciones laborales del Tercer Mundo, lo cual resultaría del todo punto inaceptable: a entender de muchos, las multinacionales deberían o bien abonar salarios muy superiores a los actuales o bien, en caso contrario, abstenerse de invertir en el extranjero.

Dejando de lado que la acumulación interna de capital merced a la inversión directa extranjera suele constituir una de las vías más eficaces para que estos países vayan progresivamente abandonando la pobreza y accediendo a salarios mayores, y dejando también de lado que en muchos casos los ciudadanos de estos países no son rehenes de un sistema político parasitario y ultraextractivo que ahoga prácticamente todas las expresiones de su libertad, lo cierto es que el razonamiento revela una flagrante contradicción moral: lo que muchos bienpensantes españoles están proponiendo es, precisamente, aplicar un embargo de inversión y de comercio contra el Tercer Mundo. Es decir, al mismo tiempo que se critica el embargo estadounidense sobre Cuba por cuanto empobrece a su población, se valida éticamente el embargo sobre el Tercer Mundo a pesar de que empobrezca a su población.

Pero, evidentemente, los mismos motivos que deberían llevarnos a levantar el embargo sobre Cuba deberían llevarnos a abrazar como provechosa la inversión occidental en el Tercer Mundo (en realidad, la inversión occidental en el Tercer Mundo resulta mucho más legítima y beneficiosa que cualquier inversión occidental en Cuba, ya que en este segundo caso las rentas generadas por tal inversión son rapiñadas cuasi íntegramente por la autocracia castrista, mientras que en el primer caso terminan afluyendo en su mayor parte sobre la población local). Si el embargo es malo y pauperizador en un caso, no puede ser justo y proporcionado en el segundo: al menos, no debería serlo para personas mínimamente coherentes.

Por desgracia, demasiados ciudadanos occidentales siguen modulando su discurso económico en función de sus estrechas preferencias ideológicas: ora promueven el levantamiento del embargo exterior sobre Cuba defendiendo el mantenimiento del muchísimo más empobrecedor embargo interior, ora denuncian la pobreza que genera el embargo sobre Cuba al tiempo que reclaman un embargo de la inversión occidental en el Tercer Mundo. Lo que cuenta en ambos casos no es adoptar el marco institucional que permita maximizar las libertades y el bienestar de los ciudadanos, sino impulsar una torticera agenda ideológica que ni siquiera respeta las más elementales leyes de la lógica. Por eso les es posible defender simultáneamente dos ideas opuestas sin la menor preocupación acerca de las consecuencias de esas ideas sobre la población que sí las terminará padeciendo en su carne y en sus huesos. La propaganda de unos cuantos son las penurias y el sufrimiento de otros muchos.

Contra el reparto de España (II)

Soy de las personas que está completamente convencida de que los atentados indiscriminados del 11 de marzo de 2004 produjeron un gigantesco agujero negro en el funcionamiento de una sociedad diversa -y parecía que avanzada- como la española.

La invisibilidad de este asunto, materializada en la renuncia expresa de todo el estamento político, judicial y periodístico a realizar ningún tipo de pesquisa que esclarezca totalmente los hechos e identifique a los autores de aquellos delitos de lesa humanidad, deja cada vez más patente la indolencia de una sociedad incapaz de generar un número suficiente de individuos con la talla moral y las energías necesarias para exigir a los poderes públicos una investigación seria, aunque solo fuera por un instinto de supervivencia.

Lamentablemente la conspiración de silencio ante las mentiras propagadas en relación a este caso, para mayor gloria de los participantes, ha venido comprometiendo durante estos años la calificación de esta sociedad como libre. La “omertá” siguió al indudable éxito de la operación de intoxicación de la opinión pública, desatada al mismo tiempo que se enterraba a los 191 muertos y continuada hasta los remedos de sentencia dictados en el sumario principal.

Algo peor que la credulidad frente a los dispensadores de las peores ideologías o los detentadores del poder político se atisbaba en esa conformidad generalizada. Se trata de una predisposición a permanecer callado ante las mentiras más descaradas siempre que sean convenientes.

Unos síntomas tan inquietantes auguraban que las tragaderas y la inanidad de una masa crítica de la población española convertirían al país en un marco propicio para los experimentos políticos más disparatados sin ofrecer apenas resistencia.

A propósito del ascenso del socialismo a principios del siglo XX, rebatiendo la idea de que tuviera su origen en las clases populares, Hayek asegura en su ensayo “Los intelectuales y el Socialismo” (1949) que todos los países que lo abrazaron como movimiento político dominante habían sufrido previamente un largo periodo de tiempo en el que la ideología socialista había impregnado el pensamiento de los intelectuales más activos. Para el filósofo austríaco, la principal característica de estos intelectuales no radicaba en su originalidad como pensadores, académicos o expertos en un área determinada del conocimiento. Ni siquiera les resultaba necesario tener un conocimiento especial o particularmente inteligente para difundir ideas. Lo que les dispuso para su labor a partir del siglo XX fue la gama amplia de asuntos sobre los que podían opinar y una posición que les permitía conocer ideas nuevas antes que aquellos a quiénes se dirigían. Son estos intelectuales quiénes deciden a qué opiniones puede acceder el público y cuáles son los hechos importantes.

Piense usted ahora en los políticos, periodistas, profesores, conferenciantes, publicistas, comentaristas de radio y televisión, escritores, dibujantes, artistas y actores españoles que ha conocido por sus manifestaciones sobre cuestiones políticas y económicas en los últimos treinta años. Y, responda, más allá de las coyunturales escaramuzas entre los distintos clanes y capillitas de poder, a qué tipo de ideología obedecían sus intervenciones públicas. Recuerde, asimismo, la veces que ha escuchado la expresión “social” con el significado de socialista, o colectivo.

Salvando algunas distancias, como la dispersión de la propaganda por Internet en los últimos años, la situación que describía F.A Hayek con respecto a los principales países europeos a principios del siglo XX, resulta análoga a la ocurrida en España a finales de ese siglo y principios del XXI.

De esta manera, aunque quisiéramos creer que el apabullante dominio de todos esos intelectuales en los gobiernos españoles, los medios de comunicación y la enseñanza no arrastraría a grandes masas de la población a blandir el socialismo y el nacionalismo, nos equivocábamos. Los lideres del PSOE más pragmático de los años 80, que marcó al mismo tiempo su propia impronta de arbitrariedades y corrupción, urdió, sin embargo, el sistema de enseñanza y el esquema de medios de comunicación donde se fue preparando el terreno ideológico para versiones más extremistas de ese socialismo. La derecha española, ayuna de grandes ideas a pesar de algún intento encomiable, no hizo frente realmente a esa hegemonía cultural. Tan solo compró algunas voluntades con el dinero de los contribuyentes sin cuestionar los fundamentos de la ideoogía. Es más, algunas de las políticas del actual gobierno (como la tributaria) han destacado por su carácter profundamente socialista.

En estas condiciones arrumbaron la crisis y la recesión posterior que, además, dejaron al descubierto también las bases corruptas de un regímen que resulta incapaz de regenerarse si no es por la cooptación ¿Puede sorprender en estas circunstancias que una pandilla de politólogos espabilados que se presentan vírgenes (otra cuestión es que lo sean) quiénes han refundido los escombros del socialismo de siempre con las técnicas más habilidosas del marketing político moderno, irrumpan en la escena política con fuerza?

Me temo que en el mejor de los casos asistiremos a un reparto político que desembocará en un corrimiento de todos los partidos hacia un socialismo populista y pendenciero.

Cuba, el país en el que los cirujanos sueñan con ser camareros

Como en muchas otras dictaduras, el humor acaba siendo el último refugio para explicar la realidad cubana. Así, Jordi Pérez Colomer cuenta en su blog, a raíz de su visita a Cuba, como por las calles de La Habana circula el siguiente chiste: "José Luis es un gran cirujano y una tremenda persona, bueno, honesto, dedicado a su trabajo. Pero cuando bebe se vuelve insoportable y arrogante con sus sueños de grandeza: presume de ser maletero, taxista, camarero…"

Tras 56 años de comunismo, hay pocas cosas que funcionen en la economía cubana. Y casi todas tienen que ver con el exterior. Así, los pocos bienes de lujo que pueden verse en la isla caribeña proceden de remesas del exterior (enviadas por familiares que emigraron) de los extranjeros que viven en la isla (ejecutivos de multinacionales o diplomáticos, fundamentalmente) del gasto de los turistas. Por eso, los médicos como José Luis quieren ser taxistas. Y por eso también, la apertura anunciada este miércoles por Barack Obama y Raúl Castro puede tener unas consecuencias que no es fácil prever a estas horas.

A pesar de lo que pueda parecer, las relaciones económicas entre Cuba y EEUU nunca han desaparecido del todo. Ni siquiera en los años más duros del bloqueo. Además, en los últimos años se han incrementado. También es cierto que siguen a una enorme distancia de lo que sería normal entre dos países vecinos. Ahora la pregunta es, ¿cómo evolucionarán en la próxima década? No es fácil responderla. Fidel llegó al poder a finales de los años 50 acusando a Fulgencio Batista de haber convertido la isla en el burdel de los EEUU. Medio siglo después, son muchos los que creen que Cuba es el burdel del resto del mundo.

Todo indica que la apertura de relaciones comerciales impulsará fundamentalmente al turismo. Tras cincuenta años de comunismo, Cuba no tiene ni la infraestructura, ni los medios ni el capital humano necesario para desarrollar a corto plazo una industria moderna. Pero sí podría sacar partido de sus activos naturales, su clima, el coste de su mano de obra o su cercanía a la costa este del enemigo yankee.

Así, lo que se intuye en el futuro cercano es un país con un gobierno dictatorial, que controla con mano de hierro los sectores estratégicos de la economía pero abre la mano a la iniciativa privada y al capital extranjero en determinados sectores, especialmente en los servicios relacionados con el turismo.

Un Gobierno que se aprovecha de los millones de visitantes que le llegan cada año para acumular las divisas que necesita para sobrevivir, mientras las diferencias entre los que pueden involucrarse en esta nueva economía y los que están obligados a mantenerse en los canales oficiales se disparan. ¿Les suena? Habrá más de un cubano que piense que para este viaje no eran necesarias estas alforjas: esto ya lo tenían con Batista hace 50 años.

El futuro

Lo primero que hay que decir es que lo anunciado este miércoles no es el fin del embargo. Eso no le corresponde al Presidente, sino al Congreso de los EEUU. Hablamos de una apertura y de ampliar las relaciones económicas y comerciales. Según el documento de la Casa Blanca, el objetivo de Barack Obama es impulsar "el potencial de los 11 millones de cubanos".

Para lograrlo, entre otras medidas, apuesta por "establecer relaciones diplomáticas, cambiar las normas de los departamentos del Tesoro y del Comercio, ampliar las categorías de viajes autorizados, facilitar los envíos de remesas desde los EEUU y autorizar la expansión de las exportaciones de ciertos bienes y servicios".

No es fácil saber si se quedará aquí o irá más allá. De hecho, la traducción práctica de estas medidas está lejos de ser clara. Por ejemplo, la Casa Blanca ya ha anunciado que las restricciones turísticas no se levantan por completo, aunque sí será más sencillo viajar a la isla para un ciudadano norteamericano.

En este sentido, da la sensación de que el mejor escenario para la economía cubana a corto plazo sería parecerse a otra isla de pasado hispano. República Dominicana tiene una población y un clima similares a los cubanos. También en términos culturales se parecen y ambos tienen un alto número de nacionales viviendo en EEUU. Incluso en renta per cápita los dos países andan a la par. En lo que se diferencia, y mucho, es en sus relaciones con su vecino del norte.

Así, EEUU es el principal socio comercial, a mucha distancia del segundo, de la República Dominicana. A este país vende el 46% de los bienes que exporta (unos 3.000 millones de dólares) y del mismo recibe el 42% de sus importaciones (unos 6.000 millones de dólares). En el caso de Cuba las relaciones económicas son mucho menores. De hecho, apenas hay exportaciones de Cuba a EEUU, aunque sí hay cierto flujo en sentido contrario.

Según el Gobierno americano, "en 2011 el pueblo cubano recibió alrededor de 2.000 millones de dólares en remesas y empresas de EEUU exportaron productos agrícolas, artefactos médicos, medicamentos y artículos humanitarios a Cuba por valor de 352 millones de dólares. En este sentido, EEUU es uno de los principales socios comerciales de Cuba. Además, este país autorizó 1.200 millones de dólares en ayuda humanitaria privada".

En términos turísticos, las diferencias también son apreciables. Los dominicanos son los líderes caribeños en datos totales, con 4,3 millones de visitantes por los 2,8 millones que visitan Cuba. Y la diferencia se puede atribuir casi exclusivamente a los norteamericanos. Mientras que 2,2 millones de ciudadanos del Tío Sam visitaron República Dominicana en 2012, apenas 98.000 lo hicieron con Cuba(más 350.000 cubano-americanos).

Por eso, como apuntamos anteriormente, sólo con que Cuba se acercara a tener las relaciones comerciales con EEUU que disfruta la República Dominicana, el impulso que recibiría su economía sería enorme. Eso sí, hay que apuntar a que la razón de la situación de los cubanos no es el embargo, sino la incapacidad de creación de riqueza de su modelo económico. Así, para negociar con EEUU habrá que cambiar mucho más que una frontera.

Oportunidades y amenazas

Evidentemente, la apertura en las relaciones económicas entre Cuba y EEUU beneficiará especialmente a la isla. Y lo normal es que las ganancias sean cuantiosas. Hablamos de un país de once millones de habitantes y apenas 4.300 dólares per cápita. Abrirse a la primera economía del mundo debería impulsar la actividad de un día para otro.

Eso sí, no todo en el horizonte es de color de rosa. Cuba tiene una serie de activos muy importantes que explotar, pero también carencias fundamentales. En la parte positiva, el país de los hermanos Castro ofrece unos costes atractivos y una mano de obra relativamente formada, aunque con carencias en nuevas tecnologías y en el sector de las telecomunicaciones, fundamental para la economía de comienzos del siglo XXI.

Además, la posición geográfica le favorece, puesto que se encuentra a apenas 100 kilómetros de Florida, que se ha convertido en el punto de enlace entre EEUU, Europa y Sudamérica. Si a esto le sumamos una población culturalmente muy cercana a los EEUU y a los millones de cubanos que viven en este país y que están deseando invertir en su tierra de origen, las posibilidades se multiplican.

En el lado negativo, el Gobierno comunista es la antítesis de la seguridad jurídica que tanto anhelan las inversiones internacionales. Ya no es sólo la profunda intervención en la economía del país, es que hay numerosas dudas que pueden asaltar a cualquiera que esté pensando en llevarse su dinero a la isla: ¿qué pasará cuándo mueran los Castro? ¿reclamarán los expropiados en 1959? ¿puede cambiar el sentido de las reformas? ¿Cuba será la nueva China o desandará el camino en cuanto pueda?

En segundo lugar, habrá quien recuerde que la apertura de fronteras puede actuar en las dos direcciones. Y eso tendrá implicaciones para la mano de obra mejor preparada de Cuba. El factor insular no ayudará a una emigración masiva, pero en cualquier caso, no es imposible pensar en que la fuga de cerebros que sufre el régimen desde hace años pueda acelerarse.

La mentalidad de la rapiña

"El Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo trata de vivir a costa de todos los demás".

Frédéric Bastiat.

Decía Thomas Hobbes, célebre paladín del Estado absolutista, que el estado natural del ser humano es el de una guerra interminable de todos contra todos. Para el filósofo inglés, el hombre es un lobo para el hombre, un ser infinitamente egoísta y desprovisto de sentimientos morales. En un hipotético estado natural nadie se esforzaría en producir nada de valor, sino que todos se centrarían en mejorar sus técnicas de rapiña y en apropiarse del escaso fruto del trabajo ajeno. El ser humano caería en un perpetuo y destructivo equilibrio en el que cada uno se dedicaría a depredar a todos los demás. ¿Cuál sería, según Hobbes, la única solución posible? Que todos los individuos, mediante un misterioso contrato social, entreguen sus derechos naturales a un soberano con poderes absolutos: el Leviatán, el Estado absolutista. Y todo arreglado.

En su monumental The Problem of Political Authority, el filósofo estadounidense Michael Huemer señala que la lógica de la depredación sería, en todo caso, justo la contraria. Hoy en día nadie duda de que un Estado como el absolutista o el totalitario es una monstruosa máquina de depredación. Pero es que incluso, como explica Huemer en detalle, el moderno Estado democrático tampoco es muy distinto. Todos los clásicos mecanismos de control del poder político, como las elecciones democráticas, la división de poderes o los límites constitucionales, permiten que funcione relativamente mejor, pero son mucho más débiles e ineficaces de lo que se suele pensar. No evitan que la maquinaria política saquee a los ciudadanos en beneficio tanto del político de turno como de los afines grupos de presión. Y es que si entregamos al Estado el poder para expoliar a los ciudadanos, ¿por qué iba a renunciar a utilizarlo en su propio interés?

No hace falta irse muy lejos para comprobar esta disfunción. En la actualidad España está sumida en la dinámica de la depredación, en una batalla de todos contra todos hecha posible por la intermediación de una gigantesca maquinaria estatal. No hay más que abrir el periódico por una página cualquiera, poner la tertulia televisiva que sea, para encontrarse con que destacan dos fenómenos de información política: casos de expolio pasados e ideas para expolios futuros. El primero a nadie escapa: el Gobierno de Rajoy, con Montoro a los mandos, saquea mediante impuestos a la ciudadanía con el propósito de alimentar la hipertrofiada estructura estatal y de sustentar a los lobbies que medran al calor del poder político. Lo mismo sucede, en mayor o menor medida, a todos los niveles del enorme aparato estatal. Y claro, cuanto mayor es dicho aparato estatal, cuanto mayor el poder discrecional en manos del político, mayores son las tentaciones y mayores las fugas del sistema, sean éstas a gastos inútiles, a actividades suntuarias o, directamente, a cuentas en Suiza.

Pero el segundo fenómeno antes mencionado es igualmente preocupante: en la sociedad ha calado una auténtica mentalidad de la rapiña. Las propuestas que una gran parte de la ciudadanía sugieren para salir del agujero en el que nuestras autoridades nos han metido pasan por aumentar la depredación, por recrudecer el expolio del dinero ajeno, por incrementar el tamaño del Estado y el poder del que gozan los políticos. El programa de Podemos, una enumeración de ideas que siguen la vieja fórmula de "quitar a Pedro para dar a Pablo", no es sino un reflejo extremo de esta dañina mentalidad social. Pero ésta ni se circunscribe al partido de Pablo Iglesias, ni a un estrato específico de la sociedad. Es algo transversal.

El español, saqueado y empobrecido, tiene todo el derecho del mundo a cabrearse con su cleptómana clase política. Pero eso no implica que cualquier alternativa que suene atractiva sea un avance en la buena dirección. ¿Es la solución a los problemas de España más Estado, más poder político, más discrecionalidad? Al contrario: la solución pasa por reducir el poder del que gozan los políticos. Hay que reducir el tamaño de la maquinaria estatal y devolver al ciudadano el poder de decisión sobre sus vidas. Nuestros esfuerzos no han de orientarse a vivir, por medio del Estado, a costa de los demás, sino en trabajar por ofrecer más y mejores bienes y servicios a la sociedad. Para ello no necesitamos ni el socialismo de Podemos ni el corporativismo del PP. Necesitamos, simplemente, que no nos saqueen.

¿Acabará Google España en la Quebrada de Galt?

“¿Quién es John Galt?”. Quizás esa sea algún día la pregunta que se hagan Cebrián, Lara, el conde de Godó, Enríquez (presidente de AEDE y consejero delegado de Vocento) o Fernández-Galiano (presidente de Unidad Editorial).

La reacción de los editores de periódicos de papel españoles ante el anuncio del cierre de Google News en España (además de la desaparición de cualquier medio de este país en el mismo servicio del gigante de Internet en el resto del mundo) parece sacada de La Rebelión de Atlas. De hecho, ha sido así desde el momento mismo en el que pusieron sus ojos en el agregador de noticias más utilizado. Las compañías del viejo periodismo se han comportado ante la empresa norteamericana como esos malos empresarios que en la novela de Rand buscan en todo momento apoyo del poder político ante el nuevo y magnífico metal producido por Readen Steel.

Es cierto que en la novela lo primero que hacen los representantes de las empresas anticuadas protegidas desde el poder es intentar prohibir que el producto salga al mercado. En el caso de Google News es diferente. En este caso, los editores de prensa lo recibieron con actitudes que oscilaban entre la indiferencia y el interés por algo que les podría proporcionar visitas. Pero ya la segunda y la tercera etapa sí parecen sacadas del libro protagonizado por Dagny Taggart, ‘Hank’ Readen y John Galt.

Pero de repente las cosas cambiaron. La dura crisis general se unió a los propios errores de gestión y un modelo de negocio anticuado por parte de las empresas periodísticas tradicionales. Pusieron entonces sus ojos en una compañía que estaba revolucionando el sector de la información ofreciendo al público lo que quería. Y reclamaron al Estado que les entregara una parte del pastel. Y si en La Rebelión de Atlas los empresarios anticuados del acero logran que el Gobierno obligue por ley a Readen Steel entregarles parte de su magnífico y revolucionario metal, en España lograron que impusiera la denominada ‘tasa Google’ o ‘canon AEDE’.

Quisieron ir, eso sí, más allá que en otros países. En Alemania la normativa permitió que las publicaciones digitales que quisieran pudieran renunciar a cobrarlo, y Google movió pieza. Sacó de su servicio de noticias a aquellos periódicos que querían pasar por caja y mantuvo a las que renunciaron a hacerlo. El descalabro fue tal para los primeros, debido a la gran cantidad de visitas perdidas, que la mayor parte de ellos terminó sumándose al segundo grupo. Para evitar que esto ocurriera, la Asociación de Editores de Periódicos Españoles (AEDE) logró que el Ejecutivo no permitiera que se renunciara al cobro (puesto que muchos digitales y algunos de papel con edición en Internet tenían muy claro que lo iban a hacer).

El precio fue alto, tanto como entregar a Rajoy y Sáenz de Santamaría la cabeza de tres directores de periódico incómodos para el Gobierno (el más importante de ellos era Pedro J. Ramírez). Sin embargo, esos viejos empresarios que recurrían a los favores políticos consideraron que merecía la pena. Fuimos muchos los que advertimos de que existía el riesgo evidente de matar la gallina de los huevos de oro, que Google News cerrara en España. Y finalmente, la compañía de Internet lo ha hecho.

Es en este momento en el que AEDE y sus asociados se han asustado, viendo el descalabro que puede suponer para ellos perder los lectores que llegaban a sus páginas a través del agregador de Google (el daño que esto hace al resto de medios presentes en Internet, nativos digitales o no, no les importa). Y han reaccionado. Pero no lo han hecho dando marcha atrás y proponiendo el fin de la ‘tasa Google’. En absoluto. Han vuelto a actuar como los malos empresarios acereros de La rebelión de Atlas. Si estos presionaron, y lograron, que el Gobierno prohibiera a Readen cerrar su compañía, para poder seguir saqueándole, los editores de prensa españoles reclaman al Ejecutivo y a la Unión Europea que intervengan para impedir el cierre de Google News. No quieren renunciar ni a las visitas ni al dinero que les tendría que entregar el gigante de Internet. Y para ello no les importa exigir que el poder político impida a una empresa privada ejercer su autonomía y dejar de ofrecer un servicio que ya no le compensa.

Como sigan por este camino, pueden terminar logrando que Google desaparezca del mercado de Internet español. Cabe preguntarse si la filial de esa empresa en nuestro país terminará en una Quebrada de Galt digital.