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¿Propiedad, trabajo y ahorro? Una crítica al discurso del profesor Bastos

En su discurso como premiado Juan de Mariana en la edición 2023, el profesor Miguel Anxo Bastos reivindicó la recuperación para la sociedad de tres valores esenciales: la propiedad privada, el trabajo y el ahorro. Bastos advirtió contra la visión estática del mundo y la asunción correspondiente de que las cosas que vemos son así porque sí e inmutables, y defendió que la situación actual de riqueza (en que podemos “comer salmorejo”) era completamente distinta hace pocos años, y se debe a los valores y esfuerzos asumidos por las generaciones pasadas.

Dichos valores, según él, se corresponden con los tres conceptos del título: Propiedad, trabajo y ahorro. Como no podía ser de otra forma, nos los recomendó como valores vitales para asegurar la prosperidad de la sociedad. El discurso del queridísimo profesor fue magnífico, e interrumpido por numerosas ovaciones, quizá demasiadas incluso para su gusto.

Trabajo y ahorro

¿Y quién puede discrepar de tal planteamiento? Los fundamentos teóricos de la recomendación de Bastos son impecables. Dado que el trabajo está presente en toda actividad productiva[1], es siempre necesario el concurso del trabajo para añadir valor. Es más discutible si hay proporción directa entre cantidad de trabajo y cantidad de valor añadido, que ya sabemos por teoría del valor que no; eso pone en entredicho la necesidad de trabajar más para que la sociedad progrese más. En todo caso, cuanto más se trabaje, mayor probabilidad hay de que se añada valor a la sociedad. Interpretemos así la reivindicación del trabajo por Bastos.

En cuanto al ahorro, en este caso hay menos dudas sobre su papel fundamental en el enriquecimiento de la sociedad. Esto es así porque solo mediante ahorro real se pueden conseguir procesos de mayor productividad para la sociedad. Y cuando digo mayor productividad, entiéndase en sentido muy amplio. También la aparición de activos que permiten hacer cosas previamente imposibles. El ejemplo paradigmático es el ahorro que tiene que hacer Robinson Crusoe para construir la vara que le permita recoger muchos más frutos de bosque por unidad de tiempo.

Y propiedad

Ambos conceptos se asientan, necesitan como precondición, la existencia del tercer valor de Bastos: la propiedad privada. En efecto, el ahorro solo se produce en un contexto en que la propiedad privada se puede defender. Y la motivación para trabajar tiene que ver en gran parte con la posibilidad de retener parte del valor que se genera con dicho trabajo, sea porque se obtiene un salario, o porque se anticipa la existencia de beneficios. O sea, porque vamos a ser propietarios de parte del valor que se ha creado con nuestro trabajo.

¿Qué ocurre si la propiedad privada está cuestionada por otras instituciones, aunque no sea de forma absoluta? Y a nadie se escapa, y menos que a nadie al profesor Bastos, que en muchos países, como España, la propiedad privada está bajo continúo acoso de muchas formas y maneras, y por todo tipo de organismos, empezando por el Estado en cada ámbito geográfico.

En este contexto, ¿qué se va a encontrar el individuo que siga los consejos de Bastos de trabajar y ahorrar para conseguir su progreso y el de la sociedad? Pues seguramente su proceso de descubrimiento va a terminar de forma decepcionante, a veces para él, a veces para la sociedad, y en ocasiones para ambos.

Trabajar para la destrucción

Si aceptamos la idea de trabajar más, hay un riesgo muy grande de que terminemos trabajando en un lugar que destruye valor para la sociedad, en vez de acrecentarlo. Esto es así porque hay muchas probabilidades de que ese trabajo se lleva a cabo, precisamente, para el Estado que amenaza la propiedad privada. ¿Querría el profesor Bastos que esta gente trabajara más? Pero esto ocurre no solo si trabajas para el Estado, puede que estés trabajando para empresas que se benefician de privilegios concedidos por el mismo, y que, por tanto, también tienden a destruir valor cuanto más trabajan. ¿Y cómo decidirán las personas en qué puestos de trabajo se crea valor y en cuáles se destruye?

Pero incluso si evitas este campo minado, cuanto más trabajes y valor generes, más impuestos deberás pagar por tus ganancias, vengan de donde vengan. Estos impuestos servirán para acrecentar el poder del enemigo declarado de la propiedad privada, por lo que ese trabajo tan reivindicado por Bastos resulta que, con una probabilidad muy alta, va a servir para dinamitar el valor base que defiende el profesor.

Éxito en el ahorro

En cuanto al ahorro, que no se engañe la persona que haga caso del profesor. No es nada fácil tener éxito ahorrando; lejos están los tiempos, narrados por Stefan Zweig en sus “Memorias de un europeo”, en que bastaba con hacer lo que hacía su padre: guardar la moneda obtenida de una venta. No, en la actualidad, el ahorrador que lo haga de esa forma verá como merma su riqueza por las políticas monetarias generalizadas de los Estados, que continuamente inflan la oferta monetaria para sus fines. Así, quien quiera ahorrar, deberá asumir una ocupación adicional a la de su trabajo normal, la de ser experto en decidir cómo ahorrar para no perder su esfuerzo (alternativamente, pagar a un experto para que lo haga por él).

De estas reflexiones surgen mis dudas sobre la recomendación del profesor. Pero, al mismo tiempo, sugieren un destino provechoso para dicho trabajo y para dicho ahorro: el de asegurar el primero de los valores de Bastos, la propiedad privada, para que la realización de los otros dos sea de verdad provechosa para todos.

En otras palabras, trabajemos, sí, y ahorremos, también, pero con el objetivo inicial de conseguir una institución de la propiedad privada bien defendida de los asaltos de los Estados.

* Este artículo está dedicado, por supuesto, al Premio Instituto Juan de Mariana 2023, el profesor Miguel Anxo Bastos.


[1] Aunque su aparición se produzca muy aguas arriba en el proceso, siempre es necesario el factor trabajo. Lo digo para los que estén pensando en las actividades productivas de robots y/o utilizando técnicas de Inteligencia Artificial.

Mercancías y economía de mercado

Es una lástima que el debate que mantengo con Joel Serrano se esté quedando en cuestiones superficiales. Como, por ejemplo, la definición de mercancía que yo pueda considerar más precisa. No se trata de ser precisos ni de que una definición sea mejor que otra, se trata de no cometer el gran error de leer a Menger en los términos de otro autor, tal y como yo mismo hice equivocadamente las primeras veces que leía a Menger con la definición de mercancía de Mises. Y por cierto, no sé de ni una sola persona que conozca bien la tradición austriaca que no cometiera este mismo error, incluyendo a notables Mengerianos como Selgin, Rallo, Bondone o Keith Weiner. ¿Quizá sea Serrano el primero que no lo ha cometido? 

El papel central de la mercancía

Como decía, Serrano no se está enfocando en lo esencial, y es el papel que juega el concepto de mercancía dentro de la teoría del intercambio de Menger. La mercancía es el instrumento crucial a través del cual abandonamos las formas primitivas de economía y evolucionamos hacia la economía de mercado. No hay mercancías sin mercado ni mercado sin mercancías. 

Por reducción al absurdo, una economía de supervivencia donde no hay nada más allá del valor de uso sería la “economía” del Ñú, si se me permite la expresión. La aparición del valor de cambio es lo que nos saca de la economía primitiva, por eso Menger elabora una Teoría de la Mercancía como elemento fundamental dentro de su Teoría del Intercambio, e insiste hasta la saciedad en que la esencia de la mercancía, lo que la caracteriza, es su valor de cambio.

Cuestiones irrelevantes

Menger denunció una y otra vez la profunda incomprensión de los intermediarios, tanto a nivel popular como a nivel académico.  Si la incomprensión era preocupante cuando el intermediario es una persona o entidad, no digamos cuando el intermediario es una cosa como son las mercancías o el dinero. Pareciera que este debate sobre la teoría de la mercancía es anacrónico y fútil, pero nada más lejos de la realidad. Esta incomprensión sigue de rabiosa actualidad. Y prueba de ello son, por ejemplo, los ataques a Mercadona como intermediario-entidad y la calificación de Bitcoin, intermediario-cosa, como burbuja especulativa de valor cero por parte de reputados economistas como Steve Hanke o Xavier Sala y Martí, o financieros de gran prestigio como Charlie Munger.

En fin, insisto en que me parece una lástima perderse en cuestiones de poco fondo. Aun así, paso a analizar el último artículo de Serrano. Los argumentos que aporta sobre el hecho de que Satoshi o MicroStrategy no intercambien sus Bitcoins para negar que sea una mercancía ni se sostienen, ni son relevantes para el debate.

No son relevantes porque es una cuestión pacífica en el debate que una vez que un bien dejó atrás su primer intercambio y ya tiene valor de cambio, el propio valor de cambio, en el sentido de los servicios de intercambio que proporciona, puede ser ya razón suficiente para atesorarlo. Tal y como el propio Mises reconoce. Es decir, según Mises, una vez que un instrumento tiene valor de cambio, no hace falta ya ser más papista que el Papa, intentando suponer ningún valor de uso actual para encontrar justificación al atesoramiento o demanda de ese bien.

Un experimento mental

Al reconocimiento de Mises yo añado, que se puede especular o apostar con un potencial valor de cambio aunque la cosa no tenga valor de uso ni precios, tal y como hizo el propio Hal Finney el 11 de Enero de 2009, tan solo dos días después de que Satoshi minara el bloque génesis (traducción libre):

Un problema inmediato con cualquier nueva moneda es cómo valorarla. Incluso ignorando el problema de que prácticamente nadie la aceptará al principio, aún existe la dificultad de encontrar un argumento razonable a favor de un valor específico distinto de cero para esta moneda.

A modo de divertido experimento mental, imaginemos que Bitcoin tiene éxito y se convierte en el sistema de pago dominante utilizado en todo el mundo. Entonces, el valor total de la moneda debería ser igual al valor total de toda la riqueza en el mundo. Las estimaciones actuales de la riqueza total de los hogares en todo el mundo que he encontrado varían de $100 billones a $300 billones. Con 20 millones de monedas, eso le daría a cada moneda un valor de aproximadamente $10 millones.

Por lo tanto, la posibilidad de generar monedas hoy en día con unos pocos centavos de tiempo de cálculo puede ser una apuesta bastante buena, ¡con un beneficio de aproximadamente 100 millones a 1! Incluso si las probabilidades de que Bitcoin tenga éxito en este grado son escasas, ¿realmente son de 100 millones a uno en contra? Algo en qué pensar…

Hal Finney

Independientemente de que estemos de acuerdo o no con el dudoso cálculo que hace del posible valor de Bitcoin, podemos ver como Hal Finney enuncia inicialmente el supuesto problema que identifica Mises sobre el valor inicial, que luego refuta con total contundencia. Esos pocos céntimos son el precio inicial para Finney y el valor que estima como posible, aunque poco probable es de 10 millones.

Pero lo relevante aquí no es el hecho histórico o anecdótico de que Finney inmediatamente pasase a la acción minando Bitcoin por la expectativa de que pudiera ser dinero cuando aún no existían precios interpersonales (si, Finney esperaba que fuera dinero, no un objeto de coleccionismo ni ninguna otra utilidad peregrina). Podía no haber minado ni un solo Bitcoin y haberse olvidado del invento para siempre, y aun así el hecho de haber realizado esta reflexión refutaría el Teorema de Regresión de Mises igualmente. 

Traigo aquí a Finney porque es evidente que él no es ningún capitán posteriori. Hizo esta reflexión en aquel momento y no a toro pasado cuando Bitcoin ya tenía precios interpersonales. Cualquiera puede comprender esta sencilla reflexión de Finney por mera introspección individual y, por tanto, deducir que es perfectamente racional, dentro de la categoría de la acción humana, invertir unos cuantos céntimos en obtener una cosa si tienes la única y exclusiva expectativa de que esa cosa pudiera convertirse en medio de cambio en el futuro. Y ya de paso, esos pocos céntimos serían el precio inicial que tanto preocupa a Mises. 

¿Bien a coste cero?

Es decir, en el marco metodológico de Mises no solo es irrelevante la acción de Satoshi o Finney demandando Bitcoin, también es irrelevante que empíricamente podamos demostrar que esta reflexión de Finney existió. La lógica nos dice que aunque Finney no la hubiera documentado o ni siquiera la hubiera realizado, esta reflexión es perfectamente posible y racional.

Como ya he expuesto en artículos anteriores, el problema que identifica Mises simplemente no existe. Yo defiendo que cualquier precio inicial o pasado es totalmente innecesario para demandar una cosa que crees que puede convertirse en medio de cambio. Pero es que si fuera necesario, que no lo es, no es posible obtener ningún bien a coste cero. No hay nada gratis. 

Dedicar aunque sea una parte de tu tiempo a recolectar, fabricar, atesorar o crear una cosa ya implica valorar esa cosa más que tu tiempo, y todos tenemos una idea aproximada de cómo valorar nuestro tiempo. Siempre hay un intercambio aunque sea autístico, y los intercambios generan precios que se pueden utilizar como referencia.

Todavía el valor objetivo

Por tanto, la siguiente afirmación de Mises es insostenible:

Ni el comprador ni el vendedor pueden estimar determinada unidad monetaria si no conocen su valor de cambio —su poder adquisitivo— en el inmediato pasado.

Ludwig von Mises. La Acción Humana, capítulo XVII, sección 4

La anterior afirmación denota que Mises no fue capaz de abandonar totalmente la teoría del valor objetivo (costes) en lo que respecta a los medios de intercambio. Pero es que además incluso en el contexto equivocado de la teoría del valor objetivo, tal afirmación no tiene ningún sentido porque es imposible que no exista un precio de referencia aunque proceda de un intercambio autístico. Como ya expliqué, si la cosa no tiene valor de uso ni valor de cambio conocido, el incentivo para demandarla por parte del comprador racional es de hecho ¡mayor! porque el coste de obtener dicha cosa no será cero, pero casi seguro será ínfimo precisamente porque no tiene valor de uso ni tampoco aún valor de cambio. ¡La cosa es inútil a ojos del resto del mundo!

El primer precio de Bitcoin

En el caso de Satoshi, pretender que para él Bitcoin no era un medio de cambio me parece surrealista teniendo en cuenta lo que escribe en el whitepaper y en los diversos foros. En una ocasión, por cierto, negando explícitamente el teorema de regresión al describir como un objeto que no tuviera ningún valor de uso podría tener un valor inicial “circular” porque la gente apreciara su potencial utilidad para el intercambio. Afirmar que la satisfacción de que pueda funcionar como medio de cambio es un valor de uso distinto a ser medio de cambio es una pirueta ridícula. 

Dice Serrano que Satoshi no intercambió uno solo de sus Bitcoin. Esto no solo es irrelevante, sino también rotundamente falso. Desconoce lo elemental de la historia temprana de Bitcoin. El primer intercambio interpersonal de Bitcoin fue de 10 bitcoins de Satoshi a Finney el 12 de enero de 2009 (asumiendo que no fueran la misma persona). Ya tiene Serrano el intercambio de esa parte “por pequeña que fuera” de los bitcoins de Satoshi. También hizo algunos pagos, que se sepa, a Dustin Trammell, Nicholas Bohm o Mike Hearn. Se ha analizado que gastó como mínimo 900 bitcoins en los primeros meses.

Las estimaciones de los bitcoins de Satoshi varían entre 700.000 y 1.100.000. Hay 500.000 bitcoins sobre los que existen dudas. Y da igual si los intercambios fueron a título lucrativo, a cambio de ayuda en la programación, o a modo de simple prueba. Si Serrano quiere entrar en el barro del empirismo (allá él), los hechos son que Satoshi demandó bitcoins para posteriormente intercambiarlos, y sabemos que el primer receptor conocido, Finney, valoró expresamente la posibilidad de que fuera dinero un día antes de recibirlos.

Teorema de regresión

Además, es patente que Satoshi lo planificó todo con sumo cuidado ¿Cómo sabe Serrano que Satoshi no minó bitcoins con un equipo distinto y posteriormente vendió esos bitcoins con su identidad real? También sabemos que Finney vendió unidades de Bitcoin ¿Cómo puede estar n seguro de que Finney no era Satoshi?, y por tanto Finney fue el primer demandante que posteriormente vendió, y además demandó única y exclusivamente por su potencial como medio de cambio tal y como explicó el 11 de Enero de 2009, ¿Cómo encaja esto en el teorema de regresión?

Como digo, Serrano hace afirmaciones sin documentarse debidamente, pero sobre todo se pierde en lo anecdótico. Porque si entramos en lo empírico las razones por las que Satoshi y los primeros mineros no vendieran sus bitcoins pueden ser muchas sin que esto implique que tengan valor de uso para ellos: Porque pueden haber fallecido, porque a día de hoy creen que aún valdrán más, porque ya no tienen las claves privadas para gastar esas monedas, porque viendo lo que les pasó a otros que intentaron lanzar dinero privado, valoran más su anonimato, libertad e integridad física que la riqueza que pudieran obtener a cambio de sus Bitcoin, etc. Pero con tal de aferrarse al teorema de regresión, Serrano pretende negar lo que Satoshi o Finney afirmaron de manera expresa. Serrano está convencido de conocer mejor que ellos mismos la razón por la que demandaban Bitcoin. En cuanto a Microstrategy ¿Cómo van a plantearse vender si aún no ha terminado de pagar las que está comprando y en estos precios aún creen que están baratas? 

New Liberty Standard

Serrano menciona el caso de New Liberty Standard que yo ya cité en mi artículo anterior. No comprendo cómo puede pensar que estos hechos apoyan su argumento. Entiendo que Serrano recurre a él porque cree erróneamente que Satoshi nunca intercambió y que, atención, ¡el creador de un  “Peer-to-Peer Electronic Cash System“ no consideraba que su creación fuera un bien destinado al intercambio!, y pasa a analizar el supuesto de que el primer intercambio de Bitcoin lo protagonizaran otras personas en la página web de New Liberty Standard.

Pero, ¿Qué referencia a ningún valor de uso por parte del vendedor o del comprador existió en el primer intercambio de esta página web? Qué Martin Malmi venda una pequeña fracción de sus Bitcoin para ayudar al propietario de un exchange que expresamente publicita Bitcoin como moneda (”Bitcoin is the gold standard of digital ¡¡currency!!”), va en favor de promocionar la demanda de Bitcoin como moneda y su valor de cambio, porque Malmi tenía muchos. Aquí la labor de Malmi es claramente la de market maker o proveedor de liquidez, todo un señor valor de uso, claro que sí. Serrano se vuelve a refutar a sí mismo.   

Especula Serrano que podría darse el caso de que Bitcoin no fuese una mercancía porque para algunos tuviera algún valor de uso. Si, y también podríamos afirmar que para muchos Bitcoin era una simple cosa y no tendría absolutamente ningún valor, que no era un bien para ellos. ¿Y?. La teoría del valor subjetivo es así, el valor lo otorga el sujeto. Esto no es más que enunciar la definición de mercancía de Menger: El carácter de mercancía es una relación con el sujeto. Además, ¿Qué tiene que ver esto con el teorema de regresión de Mises? Nada. El teorema de regresión de Mises afirma de manera concreta y tajante que el primer precio de una mercancía debe ser consecuencia del valor de uso. En el marco metodológico de Mises no vale especular de manera inespecífica. Hay que demostrar de manera concreta, por la vía de la lógica y no por empirismo, que el primer precio de Bitcoin solo pudo tener origen en un valor de uso.  

Confusión entre bien entregado y bien obtenido

Aludir a que la “satisfacción” de que el sistema funcione es un bien de uso, a pesar de ser un argumento ridículo no me sorprende en absoluto. Desde la irrupción de Bitcoin, este tipo de argumentos son toda una tradición entre aquellos Miseanos que no están dispuestos a cuestionar una coma de Mises. Para empezar no es lo mismo el sistema Bitcoin, el software que es un bien libre (no económico), que las unidades de Bitcoin. No son el mismo bien. Además, ¿Qué tendrá que ver el atesoramiento de unidades de Bitcoin con esa satisfacción? La satisfacción de que el sistema funcione en todo caso te la proporcionará el tiempo que le dediques a crear, mejorar y ejecutar el sistema, no las unidades en si. No es necesario en absoluto atesorar unidades. Y si contribuyes minando, puedes obviar las unidades que obtengas despositándolas en direcciones de las que no tengas las claves.

En cuanto al subsidio a los demás propietarios, Serrano se refuta de nuevo a sí mismo, pues estamos hablando de transmitir valor utilizando Bitcoin como medio de intercambio, y los intercambios son intercambios sean lucrativos o no. Sería como decir que una cantidad de  Euros no son medio de cambio sino “satisfacción” cuando se utilizan como medio de pago en una donación. El refrito que hace aquí Serrano es antológico, confundiendo el bien entregado  con el bien obtenido. 

Confusión entre utilidad y costes

Serrano también confunde gravemente utilidad con costes. Esto es básico. Vender un bien siempre tiene fricción, implica costes de oportunidad, puede tener consecuencia negativas, etc. Resumiendo: Vender tiene costes. Estos costes no son la inversa de la utilidad del bien. Si por ejemplo concluyo que vender bitcoins pone en riesgo mi libertad física, de ninguna manera  cabe afirmar que la utilidad de atesorarlos sea proporcionarme libertad. Al contrario, si considero que nunca podré venderlos sin correr ese riesgo, seré más libre si no los atesoro o nunca los hubiera atesorado. 

Mercancías y atesoramiento

Como decía al principio, los argumentos de Serrano no se sostienen porque se puede atesorar un bien únicamente por su valor de cambio, y tal y como explica Menger puedes acabar por no intercambiarlo jamás (“Pero no a cualquier precio”). Concluir que una mercancía ha de tener algún valor de uso por el hecho de no ponerla a la venta es insostenible. 

Es perfectamente posible y racional no poner a la venta una mercancía si crees que su valor presente es menor que el valor de cambio futuro que tú estimas, y no por ello se puede concluir que se le esté asignando ningún valor de uso o consumo. Circunstancia que puede darse durante muchos años o indefinidamente si se trata de un bien en proceso de adopción o demanda creciente, que es lo que creen (equivocados o no) los hodlers que dicen que nunca van a vender sus bitcoins. 

También es perfectamente racional no vender una mercancía si en tu patrimonio dispones de otros medios de cambio líquidos que poder vender y que crees que se van a comportar relativamente peor que esa mercancía en el futuro, y esto en absoluto implica asignar ningún valor de uso o consumo a esa mercancía. Se puede atesorar una mercancía como reserva patrimonial y también como activo que poder vender en el mercado en caso de necesitarlo y que esa necesidad resulte por no llegar, y de nuevo esto no implica asignar ningún valor de uso o consumo a esta mercancía.

El oro atesorado

Hay muchos otros motivos para atesorar una mercancía únicamente por su valor de cambio y acabar por no intercambiarla. Por ejemplo, que los pagos que finalmente tengas que realizar con ella acaben por resultar en una fiscalidad, divisibilidad o proceso de verificación que en ese momento hagan más conveniente utilizar otra mercancía menos gravosa fiscalmente, más divisible o más fácil de verificar, atesorando la mercancía original para otros intercambios más adecuados a sus características, sin que ello implique que la mercancía original tenga menor valor para tí. Estas y otras circunstancias podrían encadenarse indefinidamente, de manera que no vendas la mercancía en mucho tiempo o incluso nunca (pase a tus herederos).

Nótese que según el razonamiento de Serrano llegaríamos al absurdo de que el oro no sería mercancía o dinero cuando se atesora indefinidamente al no querer venderlo en favor de intercambiar otros bienes que valoremos menos como puedan ser plata, dólares, euros o pesos argentinos. El concepto de mercancía lleva implícito el atesoramiento por más o menos tiempo, y solo dejará de ser mercancía en el momento que se use o consuma.

Para cerrar esta cuestión, el propio Serrano apunta correctamente a la explicación de Menger de que una mercancía sigue siendo una mercancía aunque no esté puesta a la venta, y es que simplemente o el mercado no ofrece lo suficiente, o no resulta económico por los costes (“no a cualquier precio”). Las valoraciones son siempre dinámicas y cambian con el tiempo, por tanto esta situación puede prolongarse indefinidamente incluso si el mercado actualiza lo que ofrece, y a su vez el propietario mantiene o actualiza el valor que le otorga a su mercancía por encima del ofrecido por el mercado.

Mercancías y medios de cambio

Insisto en que la polémica de los medios de cambio es prescindible en este debate. Pero como, por otro lado, de lo que se trata es de interpretar correctamente a Menger, retomo la polémica. Dice Joel Serrano que he cercenado a propósito la segunda parte del párrafo donde Menger expone la definición de medio de cambio porque contradice la primera parte. Esta segunda parte dice así:

Pero como, en el lenguaje de la ciencia, para ambos conceptos se emplea la expresión «medio de cambio», y resulta difícil repetir continuamente la expresión «intermediario en el intercambio», en la exposición que sigue nos hemos atenido a la expresión usada hasta ahora, siempre que la rigurosa distinción en los mencionados conceptos no da lugar a dudas

Carl Menger

De ninguna manera este fragmento contradice ni matiza la primera parte. Al contrario, la corrobora. Que Menger aclare que va a utilizar medios de cambio en lugar de intermediarios del intercambio no niega la definición: “medio de cambio que en alemán se utiliza también para dar a entender cualquier otro bien destinado al intercambio”. Tampoco aprecia Serrano el adverbio “también”. Es decir, explica Menger que medio de cambio se utiliza para referirse no sólo a los intermediarios del intercambio, sino ¡también! a cualquier otro bien destinado al intercambio. Y esta definición “cualquier otro bien destinado al intercambio” es esencialmente idéntica a la definición de mercancía: “Bienes (económicos) de todo tipo destinados al intercambio”.

Medios de (inter)cambio

Tampoco aprecia Serrano que en el texto que supuestamente no me venía bien, Menger habla de “ambos conceptos” y “rigurosa distinción de los mencionados conceptos” ¿Qué dos conceptos? Pues el de intermediario del intercambio, por un lado, y el de cualquier otro bien destinado al intercambio por otro. Es decir, es totalmente falso que en este párrafo Menger se esté refiriendo al único concepto de intermediario del intercambio. Lo que está aclarando aquí Menger es que por claridad expositiva a veces va a sustituir el concepto específico y preciso (intermediarios del intercambio), por otro concepto ¡distinto!, y más amplio (medios de cambio) que incluye al específico.

Dice Serrano que cualquiera que lea con atención el capítulo I de El Dinero podrá darse cuenta de que Menger utiliza siempre medios de cambio en el sentido de “intermediario del intercambio”. Falso. Igual que no conoce el ABC de la historia temprana de Bitcoin, tampoco ha leído con atención el primer capítulo de El Dinero. En la nota al pie 11 (p.99), Menger utiliza los términos medio de cambio y mercancía indistintamente explicando cómo unos mismos medios de cambio pueden ser en su mayor parte protagonistas de intercambios directos, y en menor medida para menos gente, medios de cambio indirectos:

Cuando solo una parte de la población de un territorio se sirve de los medios de cambio, utilizándolos como intermediarios para vender sus bienes, mientras la otra, normalmente la parte más numerosa, los emplea simplemente como bienes de consumo a voluntad, los medios de cambio de ese territorio están aún tan poco evolucionados que hacen dudar que puedan definirse ya como dinero. 

Carl Menger

Mercancías y dinero

En el anterior pasaje la mayoría de los intercambios son directos. Menger no daba puntada sin hilo, y si no quisiera utilizar medios de cambio para este tipo de intercambios podría haber utilizado el término mercancía, pero no lo hace. Y no será porque no tuviera el término mercancía presente, pues lo utiliza en el párrafo inmediatamente siguiente, donde continúa desarrollando la misma idea:

Quien en el mercado cambia sus propias mercancías por abalorios, panecillos de té prensado, tabletas de sal u otras cosas parecidas, de modo que adquiere por esta vía intermedia los bienes de que tiene necesidad inmediata de manera más fácil, más económica y más segura que cambiando directamente sus propias mercancías por aquellos bienes, esas mercancías intermediarias de sus transacciones se puede decir que son su dinero. Pero cuando una gran parte, o incluso la mayor parte de la población, acepta de buena gana estas mercancías a cambio de los bienes que lleva al mercado, pero las emplea solo para su propio uso y consumo, utilizando como adorno los abalorios, consumiendo el té y la sal adquiridos, etc, estas podrán ser también las mercancías más queridas y preferidas por esta porción de la población, pero jamás serán dinero.

Carl Menger

Dinero y consumo

Después, Menger explica en qué circunstancias los medios de cambio pueden empezar a considerarse dinero. Utiliza el término mercancía para referirse a los medios de intercambio indirecto, y luego utiliza el término medio de cambio para referirse a aquel bien que por lo general se utiliza como medio indirecto. Es decir, que en algún caso aunque no sea el general acaban en el consumo, pudiéndose utilizar dichos medios de cambio en intercambios directos:

Del dinero en este sentido específico se puede hablar exclusivamente cuando no solo las clases de población que participan activamente en el desarrollo de las actividades económicas, sino también las que permanecen sustancialmente pasivas en el plano económico, utilizan una mercancía —por imitación y costumbre— como intermediario del cambio, o sea la aceptan a cambio de sus mercancías y de sus prestaciones, aunque de tales bienes no tienen necesidad o están ya provistas abundantemente; en tales circunstancias, por lo general, los medios de cambio no acaban en el consumo, sino que permanecen en circulación.

Carl Menger

De nuevo el cambio (in)directo

Por último, Menger también afirma que al poseedor de una mercancía no sólo le trae sin cuidado si el comprador la va a consumir o la va a revender, también explica que el hecho de que una mercancía se pueda llegar a consumir es una circunstancia incierta. Es decir, toda mercancía es de entrada un medio de cambio directo y al mismo tiempo un potencial medio de cambio indirecto, y esto es así porque si, para el vendedor era una mercancía, nada impide que también pueda serlo para el comprador:

También el comerciante, el especulador, etc., adquieren los bienes que luego ponen en venta, únicamente en la «confianza» de que estarán después en condiciones de cederlos a otros, y para ellos es absolutamente indiferente (en el aspecto que es aquí decisivo) el que quienes en el futuro adquieran sus mercancías se propongan luego consumirlas o revenderlas.

El Dinero, Menger 2013, p. 103

Así, recientemente un destacado comentarista sobre el dinero y la acuñación niega el carácter de mercancía del dinero, especialmente porque una ‘mercancía’, para cumplir su propósito, es decir, para ser usada y consumida, debe desaparecer del mercado, pero el dinero, como medio de cambio, presta sus servicios permaneciendo en el mercado. Esto es un error, porque la circunstancia de que una mercancía finalmente se llegue a consumir es incierta y, por lo tanto, no es una característica esencial del concepto de mercancía.

Geld – Menger, 1892, p.46 traducción libre. Énfasis mío

¿Un cambio retrospectivo?

La tableta de sal, que Menger califica indistintamente como “medio de cambio” o “mercancía”, cumple exactamente la misma función para su productor tanto si el comprador las revende como si las consume. ¿Qué función? La de medio de cambio. Pero es que si hubiera dos funciones distintas, que no las hay, ¿Qué sentido tendría afirmar que la función que desempeñó para el productor mutará dependiendo de lo que posteriormente haga el comprador con la tableta de sal? ¿Acaso si el comprador la consume o la revende, la función que cumplió en el pasado para el productor cambia retroactivamente? Absurdo.

Que una mercancía deje de serlo tras un solo intercambio, tras varios, o que nunca deje de serlo es una cuestión de grado, no de concepto. Y la enorme aportación de Menger es que el hecho de que una mercancía se utilice más o menos como tal, encuentra su causa en las propiedades que facilitan su vendibilidad.

No seré yo el que niegue que por lo general con medios de cambio nos solemos referir más a los indirectos y no tanto a los directos, pues en teoría monetaria los indirectos son más relevantes. Un medio de cambio es “más medio de cambio” en tanto en cuanto se utilice más para intercambios indirectos. Pero es que en la teoría de Menger esto es exactamente igual para las mercancías. Una mercancía es “más mercancía” en tanto en cuanto se utiliza para más intercambios indirectos, siendo el dinero la mercancía por excelencia. Otra corroboración más del mismo significado de estos dos términos en la teoría de Menger.

Conclusión

He mostrado que las definiciones que aporta Menger para mercancía y medio de cambio son exactamente las mismas. He mostrado cómo utiliza expresamente el término medios de cambio para referirse a intercambios directos, y mercancías para los indirectos (y viceversa). También he mostrado como Menger deja claro que para el vendedor es irrelevante si el comprador consume o revende la mercancía. En fin, esta polémica sobre los medios de cambio me demuestra que erre que erre la cabra tira al monte: Vuelta otra vez a gravitar el concepto de mercancía hacia el valor de uso, en este caso el (incierto y circunstancial) valor de uso por parte del comprador.

Cuando sostengo que Bitcoin es un medio de cambio o mercancía, me estoy refiriendo a que encaja como un guante en la definición de mercancía de Menger, pues se inventó expresamente para el intercambio y se utiliza para el intercambio, teniendo en cuenta además que el atesoramiento, ya sea temporal o indefinido, es inseparable de este concepto de mercancía. Cabe señalar, además, que el atesoramiento no es otra cosa que un intercambio intrapersonal-intertemporal.

Pero fuera de debates meramente semánticos, lo más importante es que, tal y como nos muestra la reflexión de Finney el 11 de Enero de 2009, es perfectamente posible dentro del marco de la acción humana valorar que una cosa pudiera utilizarse como un instrumento para el intercambio en el futuro sin que le asignemos ningún otro tipo de utilidad presente o futura, y para demandarla basta con que la estimación futura de su valor como medio de cambio sea superior al valor de aquello a lo que tenemos que renunciar para obtener esa cosa. No es necesario que un bien deba tener un precio previo para que un sujeto le asigne valor. El precio es siempre una consecuencia de la utilidad, y facilitar el intercambio es una utilidad como cualquier otra.

El debate sobre las mercancías

Joel Serrano

La liquidez frente al teorema de la liquidez del dinero: una crítica a J. R. Rallo

Manuel Polavieja

Mises no comprendió a Menger (I)

Mises no comprendió a Menger (II)

Mises no comprendió a Menger (III)

Bitcoin, dinero y mercancías

Bitcoin es una mercancía (I)

Mises no comprendió a Menger (IV)

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Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (I)

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Bitcoin es una mercancía (II)

Refutación del teorema regresivo de Mises

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (II)

Manuel Polavieja

Mercancías y economía de mercado

El legado y la vigencia de Adam Smith a los 300 años de su nacimiento

Comencemos hablando de quien fue Adam Smith. De sus virtudes intelectuales a una temprana edad. Luego pasaremos a comentar y destacar sus grandes legados. No sólo en el pensamiento económico moderno, sino en la vigencia tanto teórica como práctica de sus principales líneas de pensamiento en el campo de la economía y la política actual.

Universidad de Glasgow

Adam Smith (5 de junio de 1723 – 17 de julio de 1790) Nació en Escocia. Según sus datos biográficos, Smith poseía una prodigiosa memoria y vocación por el estudio, facultades que le facilitaron el ingreso en la Universidad de Glasgow. En este centro, se apasionó por las matemáticas. Una vez graduado, obtuvo una beca para el Balliol College de Oxford, donde concluyó brillantemente sus estudios a la temprana edad de los 23 años, con un perfecto dominio de la filosofía clásica y sus máximos representantes: Platón, Aristóteles y Sócrates.

Durante los dos años siguientes a su graduación, profundizó en diferentes disciplinas desde la retórica a la economía, pasando por la historia, e inició su trayectoria como escritor de éxito publicando artículos en la Edimburgh Review.

Después de haber destacado como un docente excepcional en la Universidad de Glasgow, en el año 1758 fue nombrado decano de la Facultad de Filosofía de esta institución, rodeado de un gran prestigio. De hecho, valdría la pena mencionar, a título anecdótico, que son muchos los que afirman que Voltaire, afamado escritor francés y exponente de la Ilustración, solía enviarle a sus mejores alumnos como expresión de su reconocimiento y admiración.

Ensayo sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones

Durante estos mismos años, Adam Smith formó parte de un selecto grupo en Glasgow conformado por intelectuales, científicos, comerciantes y hombres de negocios, un caldo de cultivo propicio para intercambiar ideas e información que posteriormente conformarían sus obras sobre filosofía y economía. Entre las cuales se pueden mencionar como las más destacadas, su Ensayo sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, principalmente y la Teoría de los sentimientos morales, entre otras obras.

Dicho esto, Adam Smith es considerado el padre de la economía moderna, por ser el precursor de esta disciplina al darle a la misma su carácter científico y distinguirla del resto de las demás ciencias. Pasando así a ser uno de los máximos exponentes de la economía clásica.

Teoría de los sentimientos morales

Smith en su primer gran libro titulado Teoría de los sentimientos morales, publicado en el año 1759, siendo esta su obra maestra desde una perspectiva filosófica, enunciaba los principios de la naturaleza humana, que según él guiaban el comportamiento social del hombre, a través, de su famosa teoría de “la mano invisible” proposición que sostiene que el hombre sin saberlo y sin proponérselo, orientaba el propio interés personal en función del bienestar de la sociedad en general, en términos materiales. Cabe destacar que el citado libro comienza explorando las conductas humanas, en las que en ningún lugar aparece el egoísmo con un rol principal, es importante resaltarlo a la luz de las críticas que de forma tergiversada han venido repitiendo a lo largo de los últimos años 240 años los enemigos del libre mercado. 

En cambio, Smith narra el proceso del ser humano como un sentir de empatía y ponerse en el lugar del otro como su mayor virtud, y no desde una posición egoísta donde el ser humano es visto como un explotador del hombre per se, inmerso en un juego suma-cero donde lo que gana uno el otro lo pierde.  Pues según este, el ser humano actúa de manera empática de forma natural, aun cuando no tenga beneficio de ello.

Francia

Es importante resaltar que en el año 1764, Adam Smith se instala en París, fue donde conoció a François Quesnay, economista y fundador de la escuela fisiocrática, una corriente ideológica fiel seguidora de la célebre máxima “laissez faire laissez passer” dejar hacer, dejar pasar”, que sitúa al margen la intervención del Estado en la economía, y destaca la existencia de una ley natural que podía asegurar el buen funcionamiento del sistema económico. La influencia de esta escuela sobre Smith fue patente, y se vio fuertemente reflejada en su máximo tratado económico antes mencionado titulado “Ensayo sobre la riqueza de las naciones” publicado en el año en 1776, es considerado el primer libro moderno de economía política, es decir, en este se aplicaban a la economía por vez primera los principios de investigación científica.

Adicionalmente, el libro fue una continuación del tema iniciado en su obra filosófica, donde mostraba cómo el juego espontáneo del egoísmo y empatismo humano bastaría para aumentar la riqueza de las naciones, si los gobiernos no interviniesen con sus medidas; en el desempeño de la economía. Siguiendo con este orden de ideas primarias, Adam Smith aplica estos principios al desarrollo de las teorías económicas sobre la división del trabajo, el mercado, la moneda, la naturaleza de la riqueza, el precio de las mercancías, los salarios, los beneficios y la acumulación del capital.

Cuatro principios de Adam Smith

Es importante destacar el rol fundamental, que han tenido a la luz del proceso de la globalización, el éxito del libre mercado global en generar riquezas, cuatro de los principios fundamentales expuestos por Smith en su Ensayo sobre “la riqueza de las naciones“, como los son el de las ventajas del libre mercado, el uso del dinero y los precios como el mecanismo que determina el funcionamiento de la economía, la división del trabajo y el desarrollo de la teoría de las ventajas absolutas posteriormente modificado por David Ricardo con su teoría sobre las ventajas comparativas.  Siendo estos postulados el mayor legado existencial que ha determinado los parámetros teóricos y prácticos bajo los cuales se ha desarrollado, a pesar de los tropiezos y dificultades históricas, el libre comercio mundial, desde el año 1945.

La aplicación de estas premisas teóricas, has traído aparejada la creación de mayor riqueza, por medio de la optimización en la localización y desempeño de los factores de producción globales, en función, de las ventajas comparativas y competitivas de las naciones bajo un esquema de libre comercio mundial, por un lado, y por el otro, en la diversificación de la producción de bienes y servicio, redundando en una   mejor calidad y menores precios de los mismos. De igual forma, esta dinámica ha estimulado la innovación y la invención tecnológica en función del progreso material de la humanidad.

¿Pensaba Smith en un hombre egoísta?

En lo referente a las críticas realizadas a Adam Smith por su idea de la libertad de los mercados, y al margen de las imperfecciones de los mismos, sea por barreras naturales o artificiales, creadas estas últimas por la misma intervención estatal. Smith, paradójicamente en su época, nunca creyó que el mercado fuese perfecto o funcionase automáticamente por arte de magia. Admitiendo que un mercado de comercio totalmente libre era una utopía. Así como tampoco apoyó un sistema anárquico, sin normas ni leyes, sino una economía de mercado, donde se permitiera en libre comercio, con una mínima intervención estatal que garantizase el funcionamiento óptimo del mismo, y donde el respeto a los derechos individuales tanto políticos como económicos y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley serían piezas fundamentales.

Otras de las críticas dirigidas hacia Adam Smith, ya arriba señaladas, pero que sería pertinente volver a remarcar, es la de considerar al ser humano como un individuo frío y egoísta, sin ninguna ética y solo preocupado por sus intereses materiales. Nada más lejos de la realidad, como ya lo hemos distinguido anteriormente. Pues Smith fue precisamente catedrático de Filosofía Moral en la Universidad de Glasgow, donde sostuvo en su ya citada obra «Teoría de los sentimientos morales» que el sentimiento del ser humano de la empatía, como su mayor virtud, produciría un beneficio en función social y no particular.

Sólidos cimientos

Los cimientos sobre los cuales se han sustentado los ataques distorsionadores a los idearios económicos y políticos de Adam Smith, han tenido más que fundamentos cientificos-empiricos serios, unos de índole políticos e ideológicos, que han resultado ser unos fracasos irrefutables en la historia contemporánea de la humanidad. Pues para muestra un botón y a título de evidencia existencial irrebatible nos planteamos la siguiente interrogante ¿Es que acaso el ascenso de China como potencia económica de alcance global, fue el producto de las vetustas, fracasadas y obsoletas, teorías económicas provenientes del pensamiento marxista-leninista, defensora de la propiedad colectiva y el control estatal de la economía a través de la planificación central? ¿O lo es principalmente de los fundamentos básicos de su contraparte ideológica y filosófica, el liberalismo defensor del libre mercado, sustentado en las originarias teorías económicas y filosóficas de Adam Smith? 

¿Un nuevo consenso de Washington?

No es nada nuevo decir que desde el inicio de la Administración Biden, EEUU adoptó un posicionamiento en materia económica radicalmente diferente al que tradicionalmente había caracterizado a este país tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, mientras muchos analistas pensaban que el cambio de rumbo de la política económica podía ser algo puntual y propiciado por la coyuntura de salida de la crisis de la Covid, una creciente guerra comercial con China o la invasión de Ucrania por parte de Rusia, la realidad es que ha sido el propio gobierno americano el que ha asegurado que este nuevo enfoque ha venido para quedarse.

Una nueva política industrial

En concreto, la semana pasada, Jake Sullivan, consejero de seguridad nacional del gobierno de Biden, planteó que la rivalidad sistémica y estratégica con China es el eje central del nuevo marco de pensamiento en materia de economía y geopolítica introducido por la Administración Biden. El discurso de Sullivan, además, trató de acomodar todos los objetivos nacionales e internacionales del gobierno de Biden en un solo marco de acción política.

La clave de ello se halla en la centralidad que EEUU ha dado a la nueva política industrial con el objetivo de revitalizar a la clase media americana y, con ello, supuestamente, la calidad democrática del país. Además, a diferencia con respecto a décadas pasadas, la lucha contra el cambio climático con herramientas de política económica -entre muchas otras-, ha tomado un rol central a la hora de decidir sobre políticas públicas.

Un nuevo ‘consenso de Washington’

Sin embargo, este nuevo enfoque geopolítico y económico no termina de convencer a muchos aliados de EEUU, ya que en ocasiones consideran que dichas nuevas políticas asociadas al proteccionismo y la política industrial activa pueden perjudicar sus propios intereses. Un ejemplo claro de ello es el Inflation Reduction Act, a través del cual el gobierno americano aprobó miles de millones en subvenciones a la industria y la energía verde, lo que supone una desventaja competitiva para los productores y trabajadores en Europa y Asia.

Además, la intensificación de la guerra comercial con China y los efectos que esta pueda tener sobre las cadenas de valor globales claramente afectará a los países miembros de la Organización Mundial del Comercio, al verse está severamente debilitada por las acciones y decisiones del gobierno americano.

La Administración Biden defiende que esto no es exactamente así y que lo que está tratando de hacer el gobierno americano es principalmente establecer un nuevo “Consenso de Washington” en el cual EEUU lidere la defensa de la política industrial activa y la lucha contra el cambio climático sin perjudicar los intereses de los aliados occidentales y los países del sur global.

Rivalidad y cadenas de valor

Asimismo, el consejero de seguridad nacional americano ha insistido en varias ocasiones en que la confrontación estratégica entre EEUU y China no resultará en una ruptura completa de las cadenas de valor entre países, sino una mayor diversidad de origen de insumos críticos como los microprocesadores. Por otro lado, además, ha defendido en varias ocasiones que los subsidios a la industria de la energía verde son necesarios y que, lo que deberían hacer países como los miembros de la UE es seguir los mismos pasos, proveyendo así de un impulso global a la energía verde y acelerando la transición ecológica.

A pesar de ello, estas posiciones del gobierno americano siguen sin convencer a muchos de sus aliados y socios estratégicos, resaltando que la actual política económica llevada a cabo por el gobierno de Joe Biden es un factor adicional de inestabilidad de las relaciones entre EEUU y sus aliados. Uno de los factores de mayor riesgo al respecto es el hecho de que, si EEUU sigue insistiendo en aplicar este tipo de políticas, en algún momento cercano países de Europa y/o Asia se vean forzados a iniciar una estrategia de retaliación que únicamente contribuiría a empeorar aún más las actuales dinámicas del comercio global. Por lo tanto, la consumación de una política industrial activa por parte de EEUU y su mantenimiento en el medio y largo plazo pueden ser un factor decisivo que conduzca a un mundo mucho más fragmentado a escala económica e inestable en términos geopolíticos.

‘Campeones europeos’

Las respuestas que los socios y aliados de EEUU pueden dar a la actual situación no son para nada sencillas ya que estas se ven influidas por múltiples aristas. Por ejemplo, aunque la UE siempre ha aplaudido la creación y consolidación de los llamados “campeones europeos” (grandes empresas europeas líderes en sectores estratégicos) a través de una política industrial activa, también es cierto que, si la UE sigue el mismo modelo que EEUU, la guerra de subsidios podría terminar en la ruptura del mercado único europeo y su funcionamiento, con las gravísimas consecuencias que ello tendría.

Además, competir con EEUU en volumen de subvenciones a la industria es imposible, ya que la capacidad fiscal del gigante norteamericano es muchísimo mayor que la de la UE y, además, la inexistencia de una unión fiscal a escala europea complica mucho más las cosas para la UE en este terreno.

Inestabilidad global

Por otro lado, la mayor preocupación de los aliados americanos de fuera de la UE, tal y como pueden ser Reino Unido o Canadá, es que el nuevo “Consenso de Washington” se base en que las políticas estratégicas occidentales se decidan bilateralmente entre EEUU y la UE en lugar de en un plano multilateral. Para evitar este escenario, algunos países como Canadá se están planteando proponer otorgar determinados poderes reales al G7, para así diseñar de manera conjunta las reglas del renovado escenario económico global.

Por lo tanto, tal y como podemos observar, la continuación de las políticas proteccionistas en el plano económico y la insistencia en la aplicación de una política industrial activa por parte de la Administración Biden, han contribuido a aumentar la inestabilidad económica y geopolítica a nivel global de manera notoria. A todo ello le ha seguido una respuesta por parte de la UE y algunas potencias asiáticas que confirma el viraje proteccionista y la tendencia a un mayor intervencionismo en materia de política industrial a nivel mundial. Podríamos, por lo tanto, encontrarnos ante un nuevo “Consenso de Washington”, pero desde luego no de uno del cual estarían orgullosos Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

Una visión crítica de la competencia institucional normativa

Durante el último año, Pedro Gómez Martín-Romo ha ofrecido conferencias sobre el contenido de sus libros. Uno de ellos llamado “Competencia Institucional Normativa” y el otro “El Patrón Interés”. Hoy, en mi primer artículo para el IJM, quería tratar sobre estas recientes aportaciones. La competencia Institucional Normativa me parece verdaderamente interesante, y mis críticas serán constructivas, con el objetivo de que, si es posible, se pueda mejorar la idea. El Patrón Interés, por el contrario, considero que es una idea errónea, y mi crítica será una enmienda a la totalidad. Lo trataré en un segundo artículo. Resumiré ambas ideas. Pero, para quien tenga interés, aquí puede escuchar ambas conferencias: Competencia Institucional Normativa y El Patrón Interés.

En primer lugar, debo informar que mis críticas son a lo expuesto en las conferencias, y no en los libros, que no he leído. Existe la posibilidad de que se trate alguna de ellas en los libros y por eso yo no lo tenga en cuenta, pero dudo que sea el caso para las críticas principales, dado que eso implicaría contradecir categóricamente casi todo lo dicho en las conferencias.

A partir de aquí, dividiré el artículo en tres secciones. En la primera, el grueso del artículo serán una serie de críticas constructivas a la Competencia Institucional Normativa (en adelante, CIN). En la segunda, criticaré algunas ideas o términos que utiliza el autor, no necesariamente relacionados con la CIN. Por último, trataré el patrón interés.

Competencia institucional normativa

En mi humilde opinión, la búsqueda de un sistema político-económico ideal debe implicar, más que la solución a cada problema concreto, la creación de un marco que genere fuertes incentivos a la solución adecuada de estos problemas. Es decir, un equilibrio de Nash fuerte. Esto debe hacerse para todos los problemas reales de una sociedad, especialmente los más importantes, reconociendo que en muchos casos existen diferencias entre ellos y que la solución puede no ser la misma en todos los casos. No se debe, por tanto, olvidar o ignorar ciertos problemas por el hecho de que echen por tierra el modelo que se pretende defender.

Esta es una regla muy básica y necesaria, y tan difícil para todos de cumplir por lo complejo del mundo. No son pocos los autores a lo largo de la historia han tratado de cumplirla con sus propuestas, y probablemente ninguno todavía la ha satisfecho en su totalidad.

Implicaciones

La Competencia Institucional Normativa implica los siguientes cambios:

  • Permitir que se formen, a distintos niveles territoriales agencias regulatorias con jurisdicción sobre un territorio y sobre un tema en concreto (fontanería, jardines, sector del calzado…) siempre y cuando cuenten con al menos el 25% de los profesionales del sector. De este modo, se permite (que no obliga, como veremos) la descentralización de la toma de decisiones, de modo que además participen los expertos e interesados.
  • Entrada en competencia de esas jurisdicciones con las existentes, y las existentes entre ellas. Existirían, de mayor a menor nivel de jurisdicción territorial, el Estado central, los regionales, locales y estos nuevos reguladores cuasi-privados.
  • Si el Estado central (se entiende que el Parlamento) aprueba una ley, por ejemplo, con el 65% de los votos que no funciona adecuadamente en la provincia de Valencia, el gobierno regional puede votarlo. Y, si obtienen al menos un voto más que el 65%, pueden aplicar una ley distinta (o derogar la ley nueva) sobre el territorio de su jurisdicción. De igual modo, si una región promulga una ley absurda, el Estado central puede derogarla si obtiene un porcentaje superior de los votos.
  • Asimismo, también pueden hacerse a nivel local o al nivel que opere el regulador de este tema específico.

“Cálculo social”

Una sociedad funcional no sólo necesita cálculo económico, sino también lo que el autor llama “cálculo social”. Es decir, una competencia y “mercado” de normas y leyes que incentiven a la innovación normativa, así como una diversidad que las permita acercarse a las realidades empíricas de grano fino de cada territorio.

Comenzaré con un elogio. Las ideas expuestas me parecen verdaderamente interesantes y, hasta donde sé personalmente, innovadoras. Es precisamente desde el aprecio por lo expuesto que me dispongo a efectuar una serie de críticas cuyo objetivo es que, en el mejor de los casos, sean resueltas o tenidas en cuenta. Lo que sí es cierto es que algunas de las críticas, en mi opinión, no son triviales y representan desafíos importantes que se han de superar.

Sin entrar aún en los detalles, quiero recalcar que este me parece un enfoque general muy correcto para tratar de encontrar un óptimo político. Es decir, no solo preguntarse qué leyes debe haber, sino cuál tiene que ser el ámbito de actuación de esas leyes, el tamaño de la comunidad política así como los incentivos para la creación continua de leyes correctas y adaptadas al tiempo y territorio. No es el primer autor liberal en tratar el tema con este enfoque, ni mucho menos (la descentralización es un tema tradicional ya en el liberalismo), pero sí ha hecho una propuesta muy interesante.

El control del mal

No tener en cuenta este enfoque en el liberalismo/libertarismo lleva a la clasificación entre anarcocapitalistas, minarquistas y liberales clásicos, por orden del más puro y verdaderamente liberal al más cobarde y menos consecuente. Este modelo es demasiado simple por no tener en cuenta el ámbito de aplicación.

Las críticas que lanzo están relacionadas entre sí, siendo algunas de las últimas más sencillas, en el sentido de que son defectos que podrían ser corregidos de forma arbitraria, aunque la solución correcta no tiene por qué ser sencilla de determinar. Cada una de ellas va sumando sobre lo anterior. Trataré además de proporcionar ejemplos que permitan entender cada una de ellas.

Por si acaso alguien considera que algún ejemplo es demasiado rebuscado, quisiera añadir que, del mismo modo que existe un mercado regular, de bienes y servicios, que incentiva que la gente desarrolle el ingenio por su propio interés, la existencia de un marco legal genera incentivos para tratar de encontrar trampas y agujeros legales que les permitan sacar provecho y vivir de los demás. Cuando los incentivos son correctos, la gente es muy buena. Cuando no… Dicho de forma más coloquial, hay gente muy mala y deseosa de aprovecharse. Hay que blindarlo todo muy bien, con mucho mimo y esfuerzo, tapar todos los agujeros. A ser posible, a priori.

Medidas a distinta escala.

Algunas normas requieren de aplicación a una cierta escala para ser funcionales. Por ejemplo, las externalidades se pueden extender a gran escala y puede existir el problema del free rider. La aplicación de la CIN podría permitir a ciertas regiones escaquearse y causar desequilibrios o perjuicios.

  • Emisiones de gases: El autor utiliza el ejemplo de los vehículos eléctricos o de combustión como un ejemplo de algo que podría solucionarse con la CIN. El problema es que, para la solución de problemas climáticos, es necesario que colaboren todos o, al menos, la mayor parte de los territorios, siendo además algo que les genera coste. El incentivo al free rider es muy claro. ¿Qué ocurre si una región decide escaquearse en el futuro de la prohibición de emitir ciertas sustancias (que se diseminarían por todo el planeta)? ¿Sería aceptable? El efecto del dióxido de carbono, por ejemplo, está actualmente en debate científico. Pero otros gases, como los clorofluorocarbonos (CFCs) generan daños severos a la capa de ozono con relativamente pocas emisiones.
  • Contaminación de ríos: Un municipio pequeño por donde pasa un río tiene una empresa que da trabajo a todas las familias y que les dice que, o votan por permitir el desagüe de residuos tóxicos en el río, o la empresa abandona el pueblo. Sale elegida esa exención por aplastante mayoría. El río pasa por otros municipios después.
  • Defensa dónut: Una región del interior, alejada de posibles invasores, se niega a contribuir (monetariamente, en especie o de cualquier forma) con la defensa nacional, beneficiándose sin embargo inevitablemente de la defensa pagada por el resto de regiones que la rodean por todas direcciones.

Externalidades y ósmosis

  • Externalidad de riesgos: Un municipio aprueba aplastantemente la construcción de una central nuclear con medidas de seguridad muy deficientes, que en caso de fallo pondría en serio peligro a las regiones e incluso países colindantes.
  • Radio: Una región aprueba salirse de la regulación estatal de radiofrecuencias, y comienza a emitir en su propia red. De este modo, tanto la red de dentro como la de fuera comienzan a interferirse entre ellas, siendo costosísimo o imposible sortear las fronteras.
  • Ósmosis: Tomemos por caso un ejemplo usado por el autor en la conferencia. España prohíbe las botellas de plástico, pero Valencia consigue eximirse. Para empezar, existe el problema del escaqueo. Se afirma que esto se hace porque Valencia tiene un mejor sistema de tratamiento de residuos, pero este no tiene por qué ser el caso. Dado que el peligro es que estas botellas puedan acabar en el océano (tragedia de los comunes), una comunidad podría sencillamente no querer asumir los costes de la prohibición y punto. Pero, además, el hecho de que solo se pueda comprar y vender agua embotellada en Valencia no impide a los clientes comprarla en Valencia y llevársela a otro lugar. Lo importante es dónde acaba desechada la botella. En especial, si la prohibición es costosa, se genera un incentivo de mercado (incluso mercado negro) para saltársela. Es cierto que este problema existe ya entre países (y es problemático), pero aumentar las jurisdicciones (y, por tanto, reducir la distancia entre jurisdicciones distintas) facilitaría mucho este proceso. ¿Habría que instalar aduanas entre todas las jurisdicciones? Esto tendría un coste enorme.

Captura por grupos de interés

  • Captura por grupos de interés: El autor afirma que ve difícil que ciertos agentes capturen regulatoriamente un territorio. Menciona que las regiones y jurisdicciones inferiores corregirían los excesos, errores o locuras de las superiores y las superiores las de las inferiores. Sin embargo, si existen suficientes intereses, también puede ocurrir lo contrario. En mi opinión, esto es más probable de lo que parece, especialmente en jurisdicciones pequeñas. Personas con mucho poder económico obtenido a nivel nacional o global podrían sobornar, presionar o intimidar a los interesados de cierto municipio o región para tener favores personales, e incluso, en el extremo, tener un vacío legal en cierto territorio para llevar a cabo acciones moralmente cuestionables que sean ilegales en cualquier otro sitio.

Reguladores privados

Además, el autor menciona que suficientes profesionales de un sector (en torno a un 25%) pueden constituir un regulador local. Eso se argumenta como algo positivo, ya que fomenta que decidan los interesados y expertos. Al fin y al cabo, los profesionales de una región (que son, según el autor, los integrantes de las agencias regulatorias) suelen ser agentes interesados. Para bien (cuando les interesa que se tome la decisión correcta) o para mal (cuando son los productores y pueden capturar al consumidor y establecer monopolios). Esto genera incentivos al abuso de poder, la tiranía del productor, gremios… Al final, los consumidores también son agentes interesados. Pero, por no ser expertos, quedarían excluidos de la decisión.

¿Quiénes pueden participar en el regulador? El autor dice que quienes tengan un título oficial y quienes tengan 5 años de experiencia en el sector. Lo de los 5 años, ¿es discutible? ¿Quién puede cambiarlo? ¿Quién decide qué es un título oficial? ¿No está esto abierto a sabotaje desde dentro?

Gremios

  • Privilegios gremiales: Una proporción de profesionales de un sector de un territorio deciden asociarse para prohibir la competencia de grandes empresas extranjeras en su sector, permitiéndose solo a pequeños artesanos locales. Esto puede hacerse de forma descarada y directa o con regulaciones ad-hoc diseñadas para dificultar o impedir esa competencia, excepto para las personas interesadas. Los ebanistas locales pueden querer prohibir IKEA; las tiendas locales prohibir El Corte Inglés y cantidad de situaciones similares.
  • Privilegios gremiales 2: Siguiendo el ejemplo anterior, se crearía un incentivo a que profesionales de un sector se mudasen en grupo a cierta población, para pasar a constituir allí mayoría suficiente para crear o controlar un regulador y establecer un monopolio u oligopolio.
  • Privilegios gremiales 3: Una serie de graduados de economía de una universidad minoritaria que cerró sus puertas años atrás deciden mudarse a un municipio pequeño. Allí son mayoría suficiente para constituir un regulador, cuya primera medida consiste en decretar que el único título válido para ser considerado experto en economía es el de su universidad, de modo que se convierten en los únicos con derecho a decidir, abriendo la puerta a casos como los anteriores, teniendo ahora unanimidad total sobre ese regulador. Puede parecer un ejemplo extremo, pero también puede darse en casos más rebuscados. La gente es muy lista. Críticas similares a esta se hacen a los proponentes de que haya que pasar ciertos exámenes de conocimiento político para votar, y son de sobra conocidas las ofertas de empleo, por ejemplo, en universidades, cuyos requisitos están convenientemente diseñados para que el candidato perfecto sea un amigo de quien la redactó.

Ámbito de aplicación

  • Ámbito de aplicación: ¿Qué tipo de leyes y regulaciones están sujetas a competencia regulatoria? ¿Reglamentos, leyes, la constitución…? ¿Sería posible, por ejemplo, abolir la prohibición del asesinato? ¿Podría permitirse en cierta región la firma de contratos de servidumbre perpetua? Si no se pueden cuestionar ciertas normas, ¿cuáles y por qué? ¿Existe peligro de que se utilice mi argumento como excusa para blindar leyes que no deberían estarlo? Hay que recalcar que estos ejemplos pueden resultar locos o absurdos porque no es algo que hayamos visto pasar nunca, pero eso es porque es imposible en nuestro sistema político actual. Pero el mundo es complicado, y cosas de estas pasan. Dejarse un agujero abierto pensando que nadie en su sano juicio lo aprovechará o que es muy descabellado es arriesgado, y puede abrir la puerta a situaciones realmente desastrosas.
  • Un municipio decide amparar a agentes peligrosos o terroristas. Parece un caso remoto, pero no debemos olvidar que hay zonas en España y otros países en las que existen simpatías políticas con ciertos sectores violentos.

Bienes peligrosos

  • Sustancias, artefactos o programas peligrosos: Un municipio decide (deliberadamente o por accidente al derogar una prohibición general) permitir la fabricación o posesión de sustancias químicas extremadamente peligrosas, armamento nuclear (que por suerte es actualmente difícil de fabricar sin más, pero esto podría cambiar), laboratorios de armas biológicas o incluso futuros programas informáticos o inteligencias artificiales muy dañinos. Incluso la fabricación o venta de armas de fuego convencionales podría generar peligro de que esas armas se filtrasen a territorios colindantes libres de armas. Si ya las armas yugoslavas acabaron por todo el mundo, no imaginemos si fuese un asunto a decidir a nivel regional o municipal. Este ejemplo también atañe a la primera crítica.
  • Disputas entre jurisdicciones: Este es un problema que ya existe en la actualidad, y que podría agravarse con la CIN. Dada la aparición de internet y los delitos cibernéticos, ¿cómo se solucionan las disputas cuando agresor y agredido no están en la misma jurisdicción (y las normas en cada una son distintas)? ¿Se aplica la ley del territorio del agresor o del agredido? Cualquiera de las dos opciones es potencialmente abusiva.

Estafas, insultos

  • Estafas por internet: Un agente ofrece un contrato libre a quienes estén dispuestos a aceptarlo. Gente vulnerable cae en la trampa. El estafador está en una jurisdicción en la que, mientras se haga por contrato, todo vale. En la del estafado hay normas para evitar el abuso contractual. ¿Solución?
  • Insultos por internet: Una persona insulta por Twitter a un ídolo, profeta o tradición religioso, cosa prohibida en jurisdicciones inmediatamente colindantes, pero no en la suya. ¿Solución?
  • Resolución de empates: Puede parecer rebuscado, o que la solución podría incluso ser trivial. Pero, especialmente en casos extremos, puede ser importante.

Conflictos

  • Si una jurisdicción entra en conflicto con otra superior (por ejemplo, una provincia con el estado central), hasta el punto de que en ambas hay un consenso de un 100% de los votos (en cada una a favor de lo contrario), ¿cómo se resuelve?
  • Resolución de problemas o conflictos graves a posteriori: Supongamos que uno de los puntos anteriores generase un problema que no se hubiera contemplado en el ordenamiento jurídico. Es decir, hemos fracasado en la tarea de tapar un agujero legal a priori.
  • Resulta evidente que una región se está aprovechando injustamente de su poder o ha sido capturada por grupos de interés, pero ese problema en concreto no ha sido contemplado como posible excepción. ¿Hay alguna forma de estado de emergencia que permita invalidar o desautorizar a ese regulador? De haberla, existiría también la posibilidad de corromper ese poder, evidentemente, pero eso no significa que su ausencia no pudiese ser también problemática.

Pedro Gómez Martín-Romo, profeta

Tanto en el caso de la CIN como del patrón interés, el autor las presenta como ideas revolucionarias, correctas, prácticamente sin lugar a dudas y que, por tanto, tampoco hay duda alguna de que se aplicarán en el futuro.

Esta es una forma algo arriesgada y, a mi modo de ver, mejorable forma de presentar las ideas. Especialmente cuando se presenta una idea nueva y, efectivamente, revolucionaria, conviene estar abierto a la posibilidad de que haya problemas con esa idea, aunque sean menores. Y esto lo digo desde el respeto e incluso cierta admiración, ya que lo que propone me parece realmente meritorio e interesante.

Se me asemeja solo en este asunto a Karl Marx, que hablaba del comunismo como una fase histórica que iba a llegar sin duda. Se presenta a sí mismo como un mero catalizador para que la revolución sucediese antes. Asumamos que el autor tuviese razón en la totalidad de su propuesta. No por ello existe un determinismo que lleve a que se lleven a cabo. Son muchos los autores de diversos ámbitos, quizá especialmente en economía, que publicaron ideas hoy consideradas correctas, pero que, sin embargo, fueron olvidados por la historia, convirtiéndose en mainstream otros autores que tratan ese mismo ámbito con una teoría menos cierta o más simplona.

Insuficiente atención a la alternativa al socialismo

Durante la conferencia, el autor critica a los liberales por haber dedicado demasiado tiempo y energía a la crítica al estatismo y socialismo e insuficiente a tratar de explicar los beneficios del mercado, diciendo que esta es la causa del fracaso del liberalismo a la hora de lograr éxito político. Esto está en línea con su modo de ver las cosas. Si lo hubieran hecho, eso habría llevado a la sociedad a adoptar esas ideas, por ser correctas.

Sin embargo, no es cierto. Es cierto que muchos liberales han adoptado y adoptan una actitud de “encerrarse en su torre teórica de marfil”. Pero son muchos los que han escrito extensamente, con mayor o menor éxito, sobre las ventajas y virtudes del mercado. No por ello se ha ganado automáticamente la batalla cultural. Al contrario, mucho ha quedado en el olvido o la heterodoxia.

Si bien es cierto que el desarrollo y la creciente complejidad de las sociedades llevan a cambios sociales que son relativamente predecibles (especialmente a posteriori), la batalla de las ideas es importantísima también. Y, en este caso, no creo que haya un mecanismo histórico demasiado determinista que lleve a la aplicación de la CIN.

Cálculo social

Como he expuesto, el autor llama “cálculo social” a la competencia entre distintas jurisdicciones que permite incentivos similares a los del mercado para la creación de normas y leyes óptimos y cercanos a la realidad empírica de cada lugar.

Mi crítica se dirige exclusivamente al nombre elegido para este mecanismo. Es cierto que es la sociedad la que calcula, pero esto ocurre también en el cálculo económico. Se le llama cálculo económico porque ese cálculo que realiza la sociedad tiene que ver con asuntos económicos. Del mismo modo, dado que en este caso el cálculo tiene que ver con asuntos normativos o legales, creo que serían más apropiados los nombres “cálculo normativo” o “competencia normativa”.

El mercado normativo

El mercado normativo: El autor argumenta que su propuesta de CIN crearía un mercado normativo. Estoy de acuerdo con esta afirmación, pero no por lo que el autor argumenta.

Él utiliza el símil para referirse a la competencia entre administraciones por establecer la norma, siendo el porcentaje de votos obtenido el equivalente al precio. Considero que no es adecuado llamar a esto mercado. Más bien, competencia democrática (que a su vez permite el cálculo normativo). No se comporta como un mercado. Cada consumidor no obtiene aquello que elige, sino que los resultados de esa competencia se aplican a toda la jurisdicción de aplicación.

No obstante, sí se crea algo que puede llamarse mercado normativo. Y es la situación para el individuo/consumidor en la que puede elegir en qué jurisdicción vivir. Lo que se suele llamar votar con los pies. De este modo, el producto/servicio sería vivir en esa jurisdicción, con sus ventajas naturales y sus normas, y el precio sería pagar los impuestos correspondientes.

Definición de capitalismo

El autor define el capitalismo como “el puro y libre intercambio de trabajo”. Me sorprendió al escucharlo, pero dado que lo dice de igual modo en varias conferencias distintas, parece que no se trata de un lapsus.

El motivo por el que me sorprendió es porque, en vez de “trabajo”, esperaba escuchar “bienes y servicios”. Sustituir este término por “trabajo” lleva a pensar en la teoría del valor trabajo. Esto es extraordinariamente inusual en los liberales desde Menger y la revolución subjetivista.

De hecho, no creo siquiera que los marxistas llegasen a aceptar esta definición. Admiten que la teoría del valor trabajo aplica solo a las mercancías fruto del trabajo, y no a recursos naturales escasos como los diamantes. En este caso, su precio no depende (sólo) del trabajo requerido para encontrarlos o minarlos. Y es evidente que existe mercado (y capitalismo) de diamantes y otros recursos similares.

Proteccionismo, ni para la seguridad nacional ni para los sectores estratégicos

Nacho Raggio decía este lunes que el liberalismo es una forma sofisticada de nihilismo. Que él te puede curar (si eres liberal) y que un país debe poder abastecerse por completo, especialmente ciertos sectores estratégicos. Aunque no lo diga Raggio, entiendo que el argumento es que o bien por seguridad nacional (menciona la geopolítica) o bien por las externalidades positivas que obtenemos de la producción de ciertas industrias, el proteccionismo está a veces justificado. Según Raggio, se debe “aplicar proteccionismo para defender nuestros intereses”.

Los intereses ¿de quién?

El primer problema con esto es que no están claros de quienes son los intereses que hay que defender. Si son los intereses de todos los españoles, entonces el libre mercado es lo mejor. El libre mercado puede dañar a ciertos productores. A aquellos cuya mercancía sea más barata importar que producir nacionalmente; es decir, aquellos cuyas líneas de producción son más costosas y, por tanto, los recursos utilizados estarían mejor destinados a otras líneas de producción. También es verdad que con la liberalización del mercado laboral a estos debería costarles menos de lo que les costaría en otros casos encontrar nuevos trabajos. No obstante, todos somos consumidores, pero no todos somos productores de aquello cuya producción nacional es más costosa que la importación. Por tanto, a simple vista parece que los intereses de la mayoría están mejor salvaguardados con el libre mercado.

Digamos que la solución que propone Raggio es que sea el gobierno el que decida cuáles son estos sectores estratégicos que merecen ser defendidos. Cualquiera con un mínimo de cultura política española podrá suponer lo muy diferentes que serían estos si la selección la hace el PSOE o el PP. O el PSOE con la coalición de izquierdas o el PP con Vox. ¿Cómo es posible que estos intereses estén tan claros si por un pequeño margen pueden cambiar tanto? Según las últimas encuestas, PP y Vox sumarían 179 diputados y PSOE más la coalición que les invistió en 2020, 158.

¿Patatas y mantequilla?

¿No se da cuenta Raggio que los sectores estratégicos los eligen políticos? ¿No se da cuenta de que igual que estos pueden elegir los que él cree que son necesarios, un gobierno del PSOE podría terminar defendiendo sectores que Raggio crea que no deberían defenderse? Pero es que, incluso si los políticos son los de tu color, estos se ven sometidos a incentivos perversos.

Todos los productores domésticos intentarán decir que su producto es vital para la seguridad nacional. Puede que Raggio tuviese solo en mente la producción de alimentos, ¿pero qué alimentos? Técnicamente, podemos sobrevivir a base de patatas y mantequilla. Si esto es todo lo que necesitamos, ¿por qué no defender solo las industrias nacionales de estos dos productos?

Quizá Raggio vea obvio que esto no sería suficiente y que tendríamos que asegurar la producción nacional de muchos más productos de alimentación, a fin de cuentas, es geopolítica. ¿De cuáles? ¿Tenemos que ser capaces de producir aguacates en España a pesar del gran coste de producción que eso supondría? ¿Tenemos que producir de todo sin importar el coste? ¿O solo de aquello que los políticos consideren vital para la subsistencia? Igual si tenemos un gobierno del PSOE decide que todos tenemos que poder vivir a base de langostinos y cigalas. Pero, ¿sería esto realmente necesario y una cuestión de seguridad nacional?

La protección del pelo de cabra en Angola

También habría que preguntarse que por qué solo alimentos. Raggio no lo dice explícitamente, pero ambas fotos de su hilo hablan sobre alimentación. ¿Por qué no también proteger la industria del acero? ¿No es también necesaria para la defensa nacional? O la producción de microchips. En Estados Unidos, desde 1954 hasta 1993, el gobierno consideraba que el mohair, la fibra procedente del pelo de la cabra de Angora, era vital para la defensa nacional, puesto que era usada para la producción de uniformes militares.

Durante cuatro décadas, los productores de mohair recibieron millones de dólares anuales en subsidios. Puede parecer ridículo, pero era un caso real. Y lo sigue siendo. En 2002 volvieron los subsidios a esta industria, los cuales están regulados por el Marketing Assistance Loan Program del 2014 Farm Act.

Externalidades positivas

La otra razón que interpreto que da Raggio para defender el proteccionismo es que ciertas industrias generan externalidades positivas. Para este caso, no obstante, el proteccionismo no sería la mejor política, sino los subsidios. El problema con este argumento es que este proteccionismo en un área de especial interés puede ser contraproducente, pues, puede traducirse en que entren menos de esos bienes al mercado nacional y sean de peor calidad.

Si lo que te preocupa es que quieres que tus ciudadanos puedan disfrutar de ese bien, entonces querrán que tengan la mejor opción disponible. Si crees que producirlo tú te genera unas externalidades positivas al, por ejemplo, estar entrenando a tus ciudadanos en la producción de microchips, tendrás que defender por qué estas externalidades superan los beneficios de que los consumidores nacionales puedan hacerse con los microchips de una mejor calidad a un menos precio.

Otro problema es el decidir cuáles son estas industrias clave. El gobierno y los burócratas que industrian generarán spillovers positivos. Si se equivocan y deciden proteger una industria que después no tendrá demanda, lo pagamos todos. Por ejemplo, Raggio puede pensar que las nuevas gafas de Apple son el futuro y que tenemos que defender a los productores de alternativas a estas. Si se equivoca, pagamos todos, dañando así los intereses nacionales.

La ley de asociación de Ricardo

Como decía Adam Smtih:

El conceder el monopolio del mercado nacional a la producción nacional, en cualquier arte o industria, equivale en alguna medida a dictar a los ciudadanos particulares la manera en que deberían emplear sus capitales, y en todos los casos resulta una intervención inútil o perjudicial. Si la producción nacional puede llegar al mercado tan barata como la extranjera, es evidente que la intervención es inútil. Si no puede hacerlo, será generalmente perjudicial. La máxima de cualquier prudente padre de familia es nunca intentar hacer en casa lo que le costaría más hacer que comprar. El sastre no fabrica sus zapatos, sino que se los compra al zapatero. El zapatero no se hace sus vestidos, sino que recurre al sastre. El granjero no intenta hacer ni unos ni otros, sino que acude a esos artesanos. Todos ellos comprenden que les resulta más conveniente emplear su esfuerzo de forma de tener alguna ventaja sobre sus vecinos, y comprar lo que necesitan con una parte del producto de su esfuerzo, o lo que es lo mismo: con el precio de una parte. Lo que es prudente en la conducta de una familia nunca será una locura en la de un gran reino.

Adam Smith, Una investigación sobre el origen y las causas de la riqueza de las naciones. Libro 4, capítulo 2.

Esto nos debe recordar a la ley de asociación de Ricardo.

‘Feria’ de Ana Iris Simón, y la baja natalidad

El autor liberal de mi juventud fue Jean-François Revel. Su libro Conocimiento inútil seguramente sea la mejor iniciación para una persona joven que aspira a entender la sociedad, ya que imprime una sana desconfianza por todo lo que rodea a la política. La mentira es la primera fuerza que rige el mundo, saberlo no te convierte en inmune a la manipulación, pero ayuda bastante.

Izquierda y antiamericanismo

Aunque no todo era aprender de Revel. También tenía frases que me dejaban confuso. Por ejemplo, esta:

La certeza de ser de izquierdas descansa en un criterio muy simple, al alcance de cualquier retrasado mental: ser, en todas las circunstancias, de oficio, pase lo que pase y se trate de lo que se trate, antiamericano.

Para mí era raro escuchar que la izquierda se basa en ser antiamericano porque la mitad de las personas con fobia a los EEUU que conocía en ese momento no eran de izquierda. ¿Esto significa que esas personas, que tenían ideas conservadoras que los encuadran en la derecha, eran en realidad izquierdistas? Con el tiempo aprendes que las cosas son algo más complicadas y que hay ideas que pueden convivir en ambos lados. De hecho, hay ideas que pueden habitar en casi todas las ideologías, y el antiamericanismo casi lo ha conseguido.

Los rojipardos y su mundo

Todo esto viene a propósito de un artículo que leí el mes pasado: Los ‘rojipardos’ y su mundo de Javier Benegas. Es una crítica acertada al culto que cierta derecha está haciendo de una periodista de izquierdas: Ana Iris Simón. El libro de Simón tiene una virtud: retrata fielmente lo que era una familia manchega de izquierdas en los noventa, dejando testimonios como esta frase de su abuelo:

Antes todo esto era un secarral, luego lo dejaron más apañao, plantaron los pinos y pusieron los merenderos. Fue el PSOE.

Ana Iris Simón

Las obras públicas no las hace el ayuntamiento, ni la diputación, ni la Junta, ni el Estado; las hace el PSOE. Ese partido omnipresente desde la transición, al que hay que votar cuando se pone un lazo negro por la muerte de Miguel Ángel Blanco, y cuando negocia con sus asesinos. Cuando financia la corrida de toros del pueblo, y cuando vota en el Congreso junto con los animalistas. Cuando va en la cabeza en la procesión de la Virgen, y cuando organiza la exposición de arte moderno donde se la ridiculiza.

Modernidad mala y modernidad fetén

Siempre es bueno que esa España tan nuestra, y que, por suerte, va quedando atrás, sea inmortalizada para que los historiadores del futuro puedan entender muchas cosas que hemos vivido estas décadas. Pero hasta ahí llega el valor de Feria. No hay por donde coger el resto del libro, dejando aparte el respeto que nos pueda merecer los recuerdos que cada uno tenga de su infancia y familia.

Al final, las críticas sociales que se pueden leer no dejan de retratar las contradicciones en las que vive la izquierda en el siglo XXI. Los parques de bolas y el Burger King son partes de la modernidad que hay que rechazar, ya que son imposiciones del liberalismo. En cambio, estudiar periodismo y emparejarte con un politólogo que se llama París debe ser la modernidad buena, que nos viene de otro lado. Pero lo importante no es lo que nos cuenta esta autora, sino la influencia que pueda tener en la derecha y de la que trata Javier en su artículo. Y aquí voy a intentar complementar su reflexión.

Tres tipos de simonitas

Yo distingo tres tipos de derecha en aquellos que se ven atraídos por las ideas de Simón:

Los rojipardos, que voy a limitar a las personas que genuinamente tienen una ideología que los lleva a rechazar el libre mercado y la globalización. Se llega al núcleo de este grupo por dos vías: conservadores que se han estudiado, quizá en exceso, la historia española y han llegado a la conclusión que nuestra decadencia llegó por la aparición de liberalismo (anglófilo y/o masónico). Y progresistas que con los años han derivado en una visión moral más conservadora y nacionalista española.

Luego están los enfadados con el mundo. Personas de derechas desencantadas con la sociedad, que quieren estar enfadados y muestran su enfado públicamente porque les permite ganar notoriedad entre otra gente enfadada. Lo que provoca más enfado. Y así sucesivamente hasta que se rompa la cadena.

Por último, tenemos a la derecha junior. Son las personas que, bien por edad o porque se habían dedicado a vivir su vida, tienen poca experiencia en el mundo político y al iniciarse nace en ellos un anhelo, casi enfermizo, por compartir espacios en común con personas de izquierda que puedan ver como razonables. Este último grupo es interesante, porque, a diferencia de los otros dos que se encuadran en un extremo, existe en todas las variantes de la derecha. Desde el centrista que comparte las últimas declaraciones de Alfonso Guerra, hasta el liberal que no se pierde un artículo de Juan Soto Ivars.

La influencia de Ana Iris Simón

Algunas personas pueden que se ofendan al dar estos ejemplos. Nada más lejos de mi intención. Leer a personas razonables de izquierda es algo muy recomendable. El problema es hacerlo porque son de izquierda y contar con que ello les da más autoridad. Es una fase por la que se pasa y, con suerte, se suele superar rápido. Aceptar que la izquierda no es la fuente de todo mal, a la vez de que no necesitas pagarle vasallaje intelectual alguno, es señal de madurez, y esa llega con el tiempo y la reflexión.

Una vez listadas las tres categorías nos podemos hacer una idea de la influencia real de Ana Iris Simón en la derecha. El rojipardismo es algo que siempre va a existir, pero por sus propias características suele tener poco recorrido. Es un club que, una vez dentro, se tiende a competir en quién añora épocas más lejanas y tiene como referentes a personajes más peregrinos. Lo digo desde el cariño, ya que tengo buenos amigos en ese mundillo con los me río bastante sacando ejemplos del extremo al que conservadores y liberales pura sangre llevan a veces nuestras respectivas ideas.

La suerte de aprender los principios

Por otro lado, tanto los enfadados con el mundo como la derecha junior son personas que normalmente están atravesando una fase de su vida, y, por tanto, sí pueden ser fácilmente influenciables. O, dicho de otro modo, pueden enraizar en ellos ideas bastante erróneas que les cueste años superar.

No todo el mundo ha tenido la suerte de leer a Revel (o a Hayek o a Thomas Sowell) en su juventud, así que desde el liberalismo se debe hacer un esfuerzo por facilitar la introducción a nuestras ideas a las personas que llegan en circunstancias peculiares a cuestiones filosóficas y políticas. Lo que ahora desde el mundo empresarial se llama hacer mentoring.

Javier Benegas

Voy a utilizar como ejemplo una parte del artículo de Javier que me parece que merece una ampliación enfocada para un público no liberal:

Los integrantes de esta generación recurrirían a la idealización del pasado, su tradicionalismo y convenciones, para condenar el presente, olvidando que el pasado dista mucho de ser idílico, y que antes, por ejemplo, se tenían hijos, más que por devoción cristiana, por pura necesidad: porque hacían falta brazos que ayudaran en el campo. Por eso, según los hijos podían valerse por sí mismos y levantaban dos palmos del suelo, se les llevaba a la faena.

No digo que no existieran vínculos afectivos entre padres e hijos, sino que la procreación no tenía como fin principal satisfacer deseos emocionales u obligaciones morales. Era una necesidad bastante más material de lo que se reconoce. Esta idea de necesidad sobrevivió por inercia en nuestros padres, que habían sido educados en un mundo antiguo, hasta acabar agotándose en nosotros, porque nosotros ya no trabajamos de sol a sol, sino que gozamos del privilegio del ocio.

Javier Benegas. Los ‘rojipardos’ y su mundo. The Objective.

Natalidad

Efectivamente, hay mucho romanticismo cuando se habla de la paternidad. No deja de ser lógico, ya que los sentimientos están vinculados a este proceso en los humanos, dado el dilatado periodo que se necesita para criar a un hijo. Pero en vez de llevarlo al lado contrario y hablar del materialismo, de traer hijos para que ayuden en el campo, voy a ir un poco más lejos y sentar una base que podría ayudarnos a enfocar mejor el problema: el estado natural del ser humano fértil es procrear siempre que sea posible.

¿Qué quiere decir eso? Que no tiene que existir una cultura, ni un proceso racional, que fomente la natalidad. Ya venimos equipados de serie con eso. Solo unas condiciones extremadamente malas (desnutrición o estrés) pueden llevar a las mujeres a perder su fertilidad. Que la cultura o la economía hayan fomentado hasta hace poco tener hijos es lógico. También ha fomentado la producción de alimentos calóricos y vivir lejos de letrinas. Nuestra forma de vivir suele ir de la mano de lo que le conviene a nuestros genes, no al contrario.

Las causas

Así que la clave no es por qué nuestros antepasados han tenido hijos, sino por qué hemos dejado de tenerlos. Javier da una buena razón: el aumento del ocio y la propagación de ideas estúpidas que éste provoca. En mi opinión hay algunas razones más: la percepción de falta de recursos (tenemos muchos más recursos que nuestros antepasados para criar a nuestros hijos, pero percibimos lo contrario), la profesionalización de las mujeres (años de mayor fertilidad ocupados en formación e inicio de carrera profesional) y perdida de familias amplias (abuelos demasiado mayores y dispersión geográfica).

Se puede discutir cada una de estas razones y dar más motivos. Lo importante aquí es entender que mitigar un instinto como el reproductor no es algo que pase por aprobar una ley en el BOE o porque Mercadona saque un nuevo producto. Es algo extremadamente complejo, y que está sucediendo a nivel global según se enriquecen las sociedades.

Como este argumento no habrá convencido a los escépticos, vamos a hacer el ejercicio de culpar al capitalismo, ya que en su afán de maximizar la producción provoca todos estos desbalances. En este escenario imaginario tenemos dos soluciones: la intervencionista y la liberal.

Las soluciones

La primera pasa por usar el Estado para externalizar el coste que tiene sacar de la producción económica a la mitad de la población durante parte de su edad fértil (que coincide con su edad más productiva). El resto de población tendrá que subvencionar vía impuestos esta merma en la productividad, creando descontento, emigración y todos los efectos que acompañan a una fiscalidad alta en país económicamente estancado.

La segunda pasa por persuadir a la población joven, mediante un cambio cultural, de que la paternidad es lo suficientemente valiosa como para renunciar, individualmente, a parte de sus ingresos. A cambio, sus hijos podrían ser excluidos en sus impuestos futuros del mantenimiento de las pensiones de aquellos que hayan optado por no tener descendencia.

Se puede optar por un híbrido entre las dos vías, mitigando con ello los efectos perversos de la primera opción. Pero al final la apuesta tiene que ir principalmente por uno de los dos caminos. En mi opinión ninguna de estas vías va a tener éxito, por pecar de simplistas. Pero mientras que la primera llevaría a una situación económica que la haría contraproducente, la segunda no le haría daño a nadie.

Es fácil: harás lo que yo te diga

Y es que al final con el problema de la natalidad nos encontramos con el mismo fenómeno que con el resto de los problemas sociales: unos tipos a los que se les da bien vender crecepelos prometiendo que la solución es sencilla y pasa por darles un poco de nuestra libertad. La nostalgia, el enfado y la frustración son vías de acceso a nuestra mente que saben usar bien. No solo no notamos el intento de engaño, sino que hasta elogiamos lo bien que comunican sus ideas.

Hay que aceptar que esto forma parte del juego, y simplemente estar alerta. Especialmente cuando los sentimientos que nacen en nosotros al leerlos es el pesimismo y autoflagelación. Ya que, como nos advirtió el maestro Revel, eso no conduce a nada bueno:

Clearly, a civilization that feels guilty of everything it is and does will lack the energy and conviction to defend itself

La sabiduría intemporal de Adam Smith

Richard M. Ebeling. Este artículo fue publicado originalmente en FEE.

La principal contribución de Adam Smith a la comprensión de la economía fue, sin duda, su demostración de que, bajo un acuerdo institucional de libertad individual, derechos de propiedad e intercambio voluntario, la conducta interesada de los participantes en el mercado podía ser coherente con una mejora general de la condición humana.

La aparición de un sistema social de división del trabajo hace que los hombres sean interdependientes para cubrir las necesidades, las comodidades y los lujos de la vida. Pero en el orden de mercado libre y competitivo, cada individuo sólo puede acceder a lo que otros en la sociedad pueden suministrarle ofreciéndoles a cambio algo que valoren más que lo que se les pide a cambio.

Así, como explicó Adam Smith, como si de una “mano invisible” se tratara, cada individuo se ve guiado a aplicar sus conocimientos, capacidades y talentos de forma que sirvan a los deseos comerciales de los demás como medio para cumplir sus propios objetivos y propósitos. Además, no sólo se demuestra que la necesidad de regulación y control gubernamental de los asuntos económicos es innecesaria para la mejora de la sociedad, sino que Smith llegó a argumentar que dicha intervención gubernamental era perjudicial para los avances más exitosos en la vida material y cultural humana. (Véase mi artículo El aire de paradoja de Adam Smith).

Libertad individual y comercio entre naciones

En el centro de las críticas de Adam Smith al mercantilismo del siglo XVIII, con su presunción de la necesidad de una dirección y planificación políticas de las actividades económicas para el equilibrio y la prosperidad, estaba su insistencia en que ese paternalismo político no era necesario ni en el comercio interior ni en la compraventa de importaciones y exportaciones entre países.

Adam Smith sostenía que era superfluo y contraproducente que el gobierno intentara gestionar y dirigir la importación o exportación de bienes y servicios para mantener una supuesta balanza comercial “favorable”. Cada individuo trata de minimizar los costes en que debe incurrir para alcanzar sus objetivos y fines. Sólo fabrica en casa lo que es menos costoso de fabricar que comprar a otros. Y compra los bienes deseados a otros sólo cuando esos otros pueden proporcionárselos a un coste menor en recursos, mano de obra y tiempo, que si el individuo intentara producir esos bienes deseados mediante sus propios esfuerzos autosuficientes.

Comercio para el mutuo beneficio

Así, se compran bienes a productores de otros países sólo cuando éstos pueden ofrecerlos a un coste inferior al de fabricarlos en el propio país. Y, a su vez, uno compra esos bienes producidos en el extranjero suministrando al vendedor extranjero algún bien o servicio a un coste menor que si intentara producirlo en su propia tierra.

Cuando los gobiernos, a través de regulaciones y controles, obligan a producir en casa un producto que podría comprarse más barato en el extranjero, están desviando recursos y mano de obra escasos hacia usos despilfarradores e ineficientes. El resultado debe ser que la riqueza de esa nación -y el bienestar material de sus ciudadanos- se reduce en la medida en que deben dedicarse más recursos y mano de obra a fabricar bienes deseados de los que podrían obtenerse mediante un sistema libre de división internacional del trabajo y de intercambio pacífico y mutuamente beneficioso. Por lo tanto, es más prudente para la prosperidad de la propia nación dejar la producción y el comercio a las acciones interesadas de sus ciudadanos individuales.

Monopolio en el mercado interno

Como explicó Adam Smith en La riqueza de las naciones (1776)

Otorgar el monopolio del mercado interno a los productos de la industria nacional, en cualquier arte o manufactura particular, es en cierta medida dirigir a los particulares en la forma en que deben emplear sus capitales, y debe ser, en casi todos los casos, una regulación inútil o perjudicial. Si el producto de la industria nacional puede comprarse allí tan barato como el de la industria extranjera, la regulación es evidentemente inútil. Si no se puede, por lo general debe ser perjudicial.

La máxima de todo amo de familia prudente es no intentar nunca fabricar en casa lo que le cueste más hacer que comprar. El sastre no intenta hacer sus propios zapatos, sino que se los compra al zapatero. El zapatero no intenta hacer su propia ropa, sino que contrata a un sastre. El agricultor no intenta hacer ni lo uno ni lo otro, sino que emplea a esos diferentes artífices.

A todos ellos les interesa emplear toda su industria de una manera en la que tengan alguna ventaja sobre sus vecinos, y comprar con una parte de su producto, o lo que es lo mismo, con el precio de una parte de él, cualquier otra cosa para la que tengan ocasión.

Lo que es prudencia en la conducta de toda familia privada apenas puede ser locura en la de un gran reino. Si un país extranjero puede suministrarnos una mercancía más barata de lo que nosotros mismos podemos fabricarla, es mejor comprársela con parte del producto de nuestra propia industria, empleado de una manera en la que tengamos alguna ventaja…

Ciertamente, no se emplea con la mayor ventaja cuando se dirige hacia un objeto que puede comprar más barato de lo que puede fabricarlo (…). La industria de un país, por lo tanto, es desviada de un empleo más ventajoso a uno menos ventajoso, y el valor de cambio de su producción anual, en lugar de incrementarse, de acuerdo con la intención del legislador, debe necesariamente disminuir por cada regulación de este tipo.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

La propagación de falsas nociones de conflicto entre naciones

Todo lo que era necesario, argumentaba Adam Smith, era dejar a los hombres libres para seguir sus propios intereses, y la producción y la prosperidad se producirán en las direcciones y formas más ventajosas para los miembros de la sociedad en su conjunto, ya sea que el comercio esté orientado hacia la demanda y la oferta nacional o extranjera.

¿Quiénes fueron a menudo los instigadores y los beneficiarios de las restricciones comerciales a las importaciones y de las subvenciones a las exportaciones? Adam Smith fue mordaz en sus críticas a los fabricantes, comerciantes e intereses agrícolas especiales que deseaban mantener o ganar cuota de mercado y mayores beneficios, restringiendo la libre circulación de bienes y servicios entre países a través de la acción gubernamental.

Capitalismo de amiguetes

Adam Smith advertía que los que hoy se suelen llamar “capitalistas amiguetes” acuden al gobierno en busca de favores, privilegios y protecciones frente a la competencia extranjera y nacional. Con ese fin, popularizan falacias y malentendidos sobre los beneficios mutuos del comercio entre naciones. Dijo Smith:

El comercio, que naturalmente debería ser, entre las naciones, como entre los individuos, un vínculo de unión y amistad, se ha convertido en la fuente más fértil de discordia y animosidad. La caprichosa ambición de reyes y ministros no ha sido, durante el presente siglo y el precedente, más fatal para el reposo de Europa, que los celos impertinentes de comerciantes y fabricantes.

La violencia y la injusticia de los gobernantes de la humanidad es un mal antiguo, para el cual, me temo, la naturaleza de los asuntos humanos apenas puede admitir remedio. Pero la rapacidad mezquina, el espíritu monopolizador de los comerciantes y fabricantes, que no son, ni deberían ser, los gobernantes de la humanidad, aunque tal vez no pueda corregirse, puede evitarse muy fácilmente que perturbe la tranquilidad de nadie más que de ellos mismos.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

La prosperidad mutua de las naciones es beneficiosa para todos

Smith advirtió de los “sofismas interesados” de quienes deseaban intervenciones y protecciones anticompetitivas en el sector privado a través del poder político de los gobiernos, creando falsas nociones de que el comercio es un juego de suma cero en el que si una parte gana la otra debe haber perdido, o que las importaciones y el déficit comercial son intrínsecamente perjudiciales para el bienestar material de una nación. Había que refutar estas distorsiones y errores para que se entendiera mejor que “en todos los países siempre interesa y debe interesar a la mayor parte del pueblo comprar lo que quiera a quien lo venda más barato”.

Además, el éxito material de los socios comerciales existentes o potenciales nunca es una amenaza para el bienestar de la propia nación. Al contrario, cuanto más prósperas sean otras naciones, mayores serán las oportunidades comerciales para vender la propia producción especializada como medio para adquirir el verdadero beneficio del comercio: la obtención de importaciones que los proveedores extranjeros pueden poner a disposición a costes más bajos y mejores calidades y variedades que si uno tuviera que depender simplemente de las habilidades y recursos laborales de su propia nación. “Una nación que quisiera enriquecerse mediante el comercio exterior”, dijo Adam Smith, “es ciertamente más probable que lo haga cuando sus vecinos son todos naciones ricas, industriosas y comerciales”. Intentar empobrecer a otras naciones es una forma segura de socavar el ascenso de la propia nación hacia una mayor prosperidad.

Abolir las restricciones comerciales para la prosperidad y contra los privilegios

El mejor medio de asegurar el acceso a los beneficios del comercio internacional y de debilitar, si no eliminar por completo, la influencia de aquellos grupos de intereses privados que desean utilizar al gobierno para sus propios fines a expensas del resto de la sociedad, es abolir de la manera más expeditiva todas las barreras a la libertad de comercio entre las naciones.

Había una serie de excepciones y circunstancias en las que Adam Smith aceptaba la intervención del gobierno en las pautas del comercio. Y argumentó que cuando las industrias han estado seguras durante mucho tiempo detrás de barreras comerciales que les han proporcionado posiciones de monopolio, para evitar graves trastornos en las circunstancias económicas a los empleados en estos sectores de la economía podría ser deseable reducir las barreras comerciales gradualmente en lugar de todo a la vez.

El poder del propio interés

Pero también hizo hincapié en que, aunque la libertad de comercio se estableciera en poco tiempo, el desplazamiento incluso de un número significativo de trabajadores se remediaría pronto con empleos alternativos, ya que las ganancias económicas derivadas de poder comprar a bordo una variedad de bienes menos caros proporcionarían los medios financieros para demandar muchos bienes que antes los consumidores no podían permitirse a los precios de monopolio protegidos anteriormente. O como lo expresó Smith de forma más general

El esfuerzo natural de cada individuo por mejorar sus propias condiciones, cuando se le permite ejercerlo con libertad y seguridad, es un principio tan poderoso que por sí solo, y sin ayuda, no sólo es capaz de llevar a la sociedad a la riqueza y la prosperidad, sino de superar cien obstáculos impertinentes con los que la locura de las leyes humanas con demasiada frecuencia entorpece sus operaciones.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

Los prejuicios del público y el poder de los intereses

A pesar de la contundencia y lo convincente de sus argumentos contra el mercantilismo, Adam Smith distaba mucho de confiar en que sus ideas y las de otros como él lograran alguna vez poner fin a esta versión dieciochesca de la planificación central y, en su lugar, instaurar un “sistema de libertad natural” con libertad de comercio.

Su pesimismo se debía, según él, a dos influencias y fuerzas de la sociedad: Los prejuicios del público, es decir, la dificultad de hacer comprender al ciudadano de a pie la lógica del mercado y los beneficios de la “mano invisible” de las consecuencias imprevistas. Y el poder de los intereses, con lo que se refería a los grupos de intereses especiales que se benefician de los privilegios y favores del gobierno, y que se resistirían a todos y cada uno de los intentos de reducir o eliminar las regulaciones y redistribuciones del gobierno que les benefician a costa de los demás.

Los prejuicios del público

En palabras del propio Adam Smith

Esperar, en efecto, que la libertad de comercio se restablezca alguna vez por completo en Gran Bretaña, es tan absurdo como esperar que se establezca en ella una Oceana o una Utopía.

No sólo los prejuicios del público, sino lo que es mucho más inconquistable, los intereses privados de muchos individuos, se oponen irresistiblemente… El miembro del parlamento, que apoya cada propuesta para fortalecer este monopolio, está seguro de adquirir no sólo la reputación de entender el comercio, sino una gran popularidad e influencia con un orden de hombres cuyo número y riqueza los hace de gran importancia.

Si se opone, por el contrario, y más aún si tiene autoridad suficiente para poder desbaratarlas, ni la más reconocida probidad, ni el más alto rango, ni el más grande servicio público, pueden protegerlo de los más infames abusos y detracciones, de los insultos personales, ni a veces del peligro real, proveniente del insolente atropello de monopolios furiosos y decepcionados.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

El comercio como vía para mejorar la sociedad civil

Afortunadamente, para la mejora material y cultural del mundo, Adam Smith se equivocó en esta predicción. En el lapso de una vida, entre su muerte en 1790 y mediados de la década de 1840, Gran Bretaña abolió prácticamente todas sus restricciones al comercio interior y exterior, poniendo en su lugar un sistema de libre empresa y libre comercio. Y a través del ejemplo y el éxito de Gran Bretaña con una libertad de comercio altamente irrestricta, muchos otros países de Europa se vieron influenciados a seguir el mismo curso, si bien tal vez no tan radicalmente como en Gran Bretaña o en Estados Unidos. En otras palabras, Adam Smith había subestimado el poder de sus propias ideas.

Los beneficios del comercio y el intercambio, argumentaba Adam Smith, no eran sólo las mejoras materiales en la condición del hombre. También servía como método para civilizar a los hombres, si por civilización se entiende, al menos en parte, la cortesía y el respeto por los demás, así como la lealtad a la honradez y el cumplimiento de las promesas.

Comercio y convivencia

Cuando los hombres tratan entre sí de forma cotidiana y regular, pronto aprenden que su propio bienestar exige de ellos sensibilidad hacia aquellos con quienes comercian. Perder la confianza de los socios comerciales puede acarrear perjuicios sociales y económicos para uno mismo.

El interés propio que guía a un hombre a mostrar cortesía y consideración hacia sus clientes, bajo el temor de perder su negocio en favor de algún rival con modales o etiqueta superiores a los suyos, tiende con el tiempo a interiorizarse como “comportamiento adecuado” habituado hacia los demás en general y en la mayoría de las circunstancias. A través de este proceso, la orientación hacia el otro que el intercambio voluntario exige de cada individuo en su propio interés, si quiere alcanzar sus propios fines, fomenta la institucionalización de la conducta interpersonal que suele considerarse esencial para una sociedad bien educada y una civilización culta.

Civilización

Adam Smith explicó este importante y fortuito beneficio de la sociedad comercial en sus Lectures on Jurisprudence (1766):

Siempre que se introduce el comercio en cualquier país, la probidad y la puntualidad lo acompañan. . . Es mucho más reducible al interés propio, ese principio general que regula las acciones de todo hombre, y que lleva a los hombres a actuar de una determinada manera desde el punto de vista de la ventaja, y está tan profundamente implantado en un inglés como en un holandés.

Un comerciante teme perder su carácter, y es escrupuloso en el cumplimiento de cada compromiso. Cuando una persona hace tal vez 20 contratos en un día, no puede ganar tanto esforzándose por imponerse a sus vecinos, ya que la sola apariencia de un tramposo le haría perder.

Cuando las personas rara vez tratan entre sí, nos encontramos con que están algo dispuestas a engañar, porque pueden ganar más con un truco inteligente de lo que pueden perder por el daño que hace a su carácter. . . Dondequiera que los tratos sean frecuentes, un hombre no espera ganar tanto por un solo contrato como por la probidad y puntualidad en el conjunto, y un comerciante prudente, que es consciente de su interés real, preferiría perder lo que tiene derecho a perder antes que dar cualquier motivo de sospecha.

Cuando la mayor parte de las personas son comerciantes, siempre ponen de moda la probidad y la puntualidad, y éstas son, por tanto, las principales virtudes de una nación comercial.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

El comercio y el fin del feudalismo

Adam Smith también explicó cómo la aparición espontánea del comercio y las oportunidades de intercambio entre países extranjeros y ciudades lejanas con el campo redujeron lentamente el poder de los señores feudales y los príncipes sobre quienes vivían y trabajaban en sus tierras, poniendo así en marcha los procesos que iniciaron el desarrollo de la sociedad civil con sus concepciones más modernas de los derechos individuales y el poder descentralizado.

En el entorno autosuficiente del señorío medieval, la única o principal fuente de las necesidades y lujos deseados por el señor del señorío era la producción de los habitantes de su finca y del entorno inmediato de la aldea. Los impuestos y diezmos que percibía no tenían otra salida que el empleo de los varios centenares de personas sobre las que gobernaba.

Al mismo tiempo, los gastos del Señor representaban para estos arrendatarios de sus tierras y para el artesano de la aldea prácticamente toda la demanda y los ingresos que podían obtener en cualquier momento. Así pues, su obediencia y sumisión al Señor del Señorío no sólo se basaban en su autoridad política y en la propiedad de la tierra, sino también en su total dependencia de su buena voluntad a la hora de gastar su riqueza en los bienes y servicios que producían, en parte para pagar los impuestos y diezmos que debían al Señor.

La emergencia del comercio

Pero con la aparición del comercio y el intercambio desde fuera de los confines de la propiedad del Señor, éste podía ahora adquirir los bienes deseados fuera de su propia comunidad. Esto debilitó su control de dependencia y obediencia sobre los que vivían y trabajaban en su propiedad. Al mismo tiempo, un mercado cada vez mayor fuera de la finca significaba que los artesanos del pueblo y los arrendatarios agrícolas ahora podían encontrar otros mercados para sus bienes además del Señor. Esto reducía su dependencia de la gracia y el gasto del Señor para su propia supervivencia y modesto sustento.

Adam Smith explicó que esta creciente independencia económica del Señor sirvió como elemento crucial para que la gente comenzara a sentir su libertad de su dominio sobre ellos, y a exigir libertad formal en sus relaciones con la autoridad política sin el temor, nunca más, de su dominio sobre su existencia material.

El silencioso e indiferente funcionamiento del comercio

En palabras de Adam Smith en La riqueza de las naciones:

En un país que no tiene comercio exterior, ni ninguna de las manufacturas más refinadas, un gran propietario, no teniendo nada por lo que pueda intercambiar la mayor parte del producto de sus tierras, que está por encima del mantenimiento de los cultivadores, consume la totalidad en hospitalidad rústica en casa…”.

Por lo tanto, está rodeado en todo momento de una multitud de criados y dependientes, que… alimentados enteramente por su generosidad, deben obedecerle, por la misma razón que los soldados deben obedecer al príncipe que les paga…”. Los ocupantes de la tierra dependían en todos los aspectos del gran propietario, tanto como sus criados. . . En un país donde el excedente de una gran propiedad debe ser consumido en la propiedad misma… un arrendatario… depende del propietario tanto como cualquier sirviente o criado, cualquiera que sea, y debe obedecerle con tan poca reserva….

El funcionamiento silencioso e indiferente del comercio y las manufacturas extranjeras proporcionó gradualmente a los grandes propietarios algo por lo que podían intercambiar todo el excedente de sus tierras, y podían consumirlo ellos mismos sin compartirlo ni con los arrendatarios ni con los criados.

Cuando los grandes propietarios de tierras gastaban sus rentas en mantener a sus arrendatarios y criados, cada uno de ellos mantenía enteramente a sus propios arrendatarios y criados. Pero cuando las gastan en el mantenimiento de comerciantes y artífices, pueden, todos ellos juntos, tal vez mantener un número de personas tan grande… o mayor que antes.

Cada uno de ellos, sin embargo, por separado, contribuye a menudo muy poco al mantenimiento de cualquier individuo de este gran número. Cada comerciante o artífice obtiene su subsistencia del empleo, no de uno, sino de cien o mil clientes diferentes. Por lo tanto, aunque en cierta medida está obligado con todos ellos, no depende absolutamente de ninguno.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

Una revolución no diseñada

El cambio lento, pero radical, en las relaciones entre los lores y los plebeyos era un ejemplo, decía Adam Smith, de esos casos de acciones humanas que transforman la sociedad, pero que no son instancias de ningún designio humano intencional.

Una revolución de la mayor importancia para la felicidad pública fue de esta manera provocada por dos órdenes diferentes de personas, que no tenían la menor intención de servir al público.

Gratificar la vanidad más infantil fue el único motivo de los grandes propietarios. . . Por un par de hebillas de diamantes, tal vez, o algo tan frívolo e inútil, cambiaban el mantenimiento, o lo que es lo mismo, el precio del mantenimiento de mil hombres durante un año, y con ello todo el peso y la autoridad que ello les daría.

Los mercaderes y artífices, mucho menos ridículos, actuaron meramente con vistas a su propio interés, y en pos de su propio principio de mercachifles de convertir un penique dondequiera que se pudiera conseguir un penique. Ninguno de ellos tenía ni conocimiento ni previsión de la gran revolución que la insensatez de los unos y la industria de los otros estaban provocando gradualmente.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

Prosperidad, independencia y libertad

John Miller, otro filósofo escocés que había sido alumno de Adam Smith en la Universidad de Glasgow, destacó cómo este cambio en las relaciones entre los señores feudales y los plebeyos fomentó el espíritu y la política de libertad y democracia en su propio libro, Orígenes de la distinción de rangos, publicado en 1779, tres años después de la aparición de La riqueza de las naciones de Smith. Explicaba Miller

“Cuanto más avanza una nación en opulencia y refinamiento, tiene ocasión de emplear a un mayor número de mercaderes, de comerciantes y de artífices; y como el pueblo inferior, en general, se hace así más independiente en sus circunstancias, comienza a ejercer esos sentimientos de libertad que son naturales a la mente del hombre…”.

Mientras que, por estas causas, la gente de bajo rango avanza gradualmente hacia un estado de independencia, la influencia derivada de la riqueza disminuye en la misma proporción…”.

“Así, mientras menos personas están bajo la necesidad de depender de él, él se hace cada día menos capaz de mantener dependientes; hasta que al final sus domésticos y sirvientes se reducen a aquellos que están meramente al servicio del lujo y la pompa, pero que no son de ninguna utilidad para apoyar a la autoridad…

No cabe duda de que estas circunstancias tienden a introducir un gobierno democrático. Puesto que las personas de rango inferior se encuentran en una situación que, en lo que respecta a la subsistencia, las hace poco dependientes de sus superiores; puesto que ningún orden de hombres continúa en posesión exclusiva de la opulencia; y puesto que todo hombre industrioso puede abrigar la esperanza de ganar una fortuna; es de esperar que las prerrogativas del monarca y de la antigua nobleza se vean gradualmente socavadas, que los privilegios del pueblo se extiendan en la misma proporción y que el poder, acompañante habitual de la riqueza, se difunda en cierta medida entre todos los miembros de la comunidad.

Adam Smith. Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

La contribución de Adam Smith a la causa de la libertad y la prosperidad

No se puede exagerar la importancia de Adam Smith en la formulación de las ideas y percepciones de ese “sistema de libertad natural” que ayudó a fomentar la comprensión del funcionamiento del orden de libre mercado y sus prerrequisitos institucionales de libertad individual, propiedad privada, asociación voluntaria y competencia pacífica y sin restricciones. O como dijo en 1853 el destacado economista del siglo XIX y divulgador de las ideas económicas John R. McCulloch: “Adam Smith tiene un derecho incuestionable a ser considerado el verdadero fundador del sistema moderno de Economía Política… La Riqueza de las Naciones debe situarse en el rango más alto de las obras que han contribuido a liberalizar, ilustrar y enriquecer a la humanidad”.

En La riqueza de las naciones reunió muchas de las ideas sobre la naturaleza humana, el orden espontáneo, los mercados competitivos y un gobierno más limitado que habían formado parte de los temas centrales de los filósofos morales escoceses. Única en la contribución de Smith y de los escoceses en general es también la idea de que cualquier grado de libertad que se haya adquirido en Occidente no ha sido el resultado de un proceso lineal planificado a partir de algún “primer principio” articulado.

Las consecuencias no intencionadas de los acontecimientos

La libertad, tal y como hoy entendemos su significado y contenido, surgió en gran medida como consecuencia no intencionada de una serie de acontecimientos históricos únicos en determinadas partes de Europa, cuyo significado y resultado completos, los actores individuales de este drama de siglos de duración, a menudo han tenido poca o ninguna idea de las implicaciones que sus propias decisiones e interacciones estaban ayudando a provocar.

Debería hacernos apreciar los procesos históricos que han fomentado la libertad, y modestos en nuestra arrogancia demasiado frecuente de que está en manos de algunos remodelar a los hombres o rehacer la sociedad en alguna concepción enrarecida de un “mundo mejor”, todo según un diseño de ingeniería social. Hacemos más por mejorar las condiciones de la humanidad cuando permitimos que cada individuo sea libre de utilizar sus propios conocimientos y habilidades, como mejor le parezca en un entorno en el que los precios de mercado y los incentivos competitivos le orientan sobre cómo aplicarse en el sistema social de división del trabajo.

El reconocimiento de Friedrich A. Hayek

O como dijo el economista austriaco Friedrich A. Hayek con motivo del bicentenario de la publicación de La riqueza de las naciones en 1976:

El reconocimiento de que los esfuerzos de un hombre beneficiarán a más gente, y en conjunto satisfarán mayores necesidades, cuando se deje guiar por las señales abstractas de los precios en lugar de por las necesidades percibidas, y que por este método podemos superar mejor nuestra ignorancia constitucional de la mayoría de los hechos particulares, y podemos hacer el uso más completo del conocimiento de circunstancias concretas ampliamente dispersas entre millones de individuos, es el gran logro de Adam Smith.

Friedrich A. Hayek. New studies on Philosophy, Politics, Economics and the History of Ideas 

El capitalismo cooperativo de Adam Smith

Gary Galles. Este artículo fue publicado originalmente por Law & Liberty.

Las personas importantes de la historia suelen conmemorarse en su cumpleaños. Sin embargo, algunos tienen fechas de nacimiento desconocidas, lo que dificulta el cumplimiento de esta tradición. Por ejemplo, Adam Smith, el economista más famoso de la historia, ilustra estas dificultades. Algunas fuentes sitúan su nacimiento el 16 de junio de 1723, mientras que otras lo sitúan el 5 de junio de ese año (debido al uso de calendarios diferentes). Otras dicen que no sabemos cuándo nació, pero dan una de esas fechas como la de su bautismo, del que sí tenemos constancia.

A pesar de ese problema, estamos seguros de que este año es el tricentenario del nacimiento de Adam Smith, por lo que es un momento muy apropiado para recordarle y celebrar sus valiosas ideas.

Perro come perro…

Preveo bastantes artículos sobre las contribuciones de Smith a la comprensión económica en su 300 aniversario, como su articulación de cómo la “mano invisible” de las interacciones del mercado puede coordinar una sociedad basada en la libertad -es decir, la propiedad privada y el intercambio voluntario- con mayor eficacia que el poder coercitivo del Estado. Citando a Smith:

Persiguiendo su propio interés, con frecuencia promueve el de la sociedad más eficazmente que cuando realmente pretende promoverlo.

Así que pensé en alejarme un poco de los caminos trillados y considerar su magistral refutación preventiva a décadas de afirmaciones de que los acuerdos voluntarios de mercado (o capitalismo, un término utilizado para implicar falsamente que sólo los propietarios del capital ganan con el sistema) representan una jungla perro-come-perro de una sociedad.

… perro no come perro

Tales afirmaciones han circulado lo suficiente como para arraigar en la sociedad. Por ejemplo, varias canciones incluyen frases de este tipo. Pero mi ejemplo favorito proviene de un episodio de Cheers, cuando Woody le preguntó a Norm cómo estaban las cosas. Norm respondió: “Es un mundo de perros, Woody, y llevo calzoncillos Milk-Bone”. Sin embargo, incluso cuando se utiliza en tono humorístico, la frase me resulta llamativa porque no conozco a nadie que haya visto alguna vez a un perro comerse a otro perro, y hacer una analogía con algo que no ocurre es una caña notablemente débil para sostener algo parecido a un argumento lógico. De hecho, el Oxford English Dictionary remonta la frase dog eat dog a 1794, pero señala que es una corrupción del latín canis caninam non est, que afirmaba lo contrario: que el perro no se come al perro.

Si, a pesar de esa confusión, tales caracterizaciones erróneas de los acuerdos de mercado pueden lograr aceptación, da a aquellos que desean avanzar en sus agendas mediante la violación de los derechos de propiedad de las personas una palanca para descartar las montañas de pruebas a favor de la coordinación social voluntaria del capitalismo como, en cambio, un proceso vicioso, feo y perjudicial.

Una investigación sobre la naturaleza y las causas…

La refutación de Adam Smith a tales afirmaciones se encuentra en el libro más famoso de economía, La riqueza de las naciones, que ha permanecido impreso desde el año en que los colonos estadounidenses emitieron la Declaración de Independencia. Aparece en el Libro 1, Capítulo 2, por lo que incluso un mínimo esfuerzo por entender su razonamiento llevaría al lector hasta allí. Además, una de las citas más famosas del libro atrae la atención en medio de la discusión

No es de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero de quien esperamos nuestra cena, sino de su consideración por su propio interés. No nos dirigimos a su humanidad, sino a su amor propio, y nunca les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas

Adam Smith, Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

No es una economía de perros, sino de personas

Allí, Smith señaló que los perros no tienen derechos de propiedad, como los humanos (“Nadie ha visto nunca que un animal, con sus gestos y gritos naturales, le diga a otro: esto es mío, esto es tuyo”). No tienen “las facilidades de la razón y el habla” que les permitirían negociar y hacer contratos. No hacen intercambios entre ellos (“Nadie ha visto nunca a un perro hacer un intercambio justo y deliberado… con otro perro”).

Los perros, en consecuencia, no producen los unos para los otros, beneficiándose mutuamente a base de intercambiar los frutos de sus diferentes talentos y especialización (“a falta de poder o disposición para el trueque o el intercambio”, “no contribuyen en lo más mínimo a la mejor acomodación y conveniencia de la especie”, por lo que cada uno “no obtiene ningún tipo de ventaja de esa variedad de talentos con los que la naturaleza ha distinguido a sus congéneres”).

La ausencia de derechos de los animales más allá de su propia capacidad para disuadir las invasiones de otros animales, significa que no tienen la protección de los derechos de propiedad privada, que Herbert Spencer describió como “una insistencia en que los débiles deben ser protegidos de los fuertes”, y que John Locke llamó la razón por la que “el hombre… está dispuesto a unirse en sociedad”. E ignorar por qué las personas, a diferencia de los animales, se unen en sociedad es fatal para cualquier equiparación convincente de un sistema de acuerdos voluntarios a una jungla de “perro come perro”.

La protección de los derechos de propiedad

Sin embargo, las personas, protegidas por los derechos de propiedad privada y el derecho derivado a contratar, están unidas por los enormes beneficios mutuos que la producción y el intercambio entre unos y otros pueden obtener de nuestras dramáticas diferencias de intereses y capacidades. En lugar de un juego de suma cero, la competencia de mercado produce un “juego” de suma increíblemente positiva en el que cada uno se beneficia a sí mismo encontrando más y mejores formas de beneficiar a los demás, lo que George Reisman reconoció que produce una situación en la que “la ganancia de un hombre es positivamente la ganancia de otros hombres”.

Y esto ocurre gracias a la capacidad de crear e intercambiar con los demás, que, según Smith, es “común a todos los hombres y no se encuentra en ninguna otra raza de animales”, razón por la cual, para el hombre, “la mayor parte de sus necesidades ocasionales se satisfacen mediante… tratados, trueques y compras”, lo que, a su vez, “da lugar a la división del trabajo” y a la expansión masiva de la producción que hace posible la expansión masiva del consumo.

Yo gano, tú pierdes

No tiene sentido presentar la cooperación voluntaria que debe respetar los derechos de los participantes como una batalla desesperada por la supervivencia, donde “todo vale”. Ese comportamiento de “yo gano, tú pierdes” se remonta a unos recursos dados y limitados, que no es la situación a la que se enfrenta la gente en el capitalismo, que ha hecho más que ningún otro “descubrimiento” social para sustituir ese comportamiento por posibilidades en las que todos ganan. En palabras de Smith,

Entre los hombres… los genios más dispares son útiles los unos para los otros… donde cada hombre puede comprar cualquier parte del producto de los talentos de otros hombres que tenga ocasión de comprar.

Adam Smith, Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

Siempre que se respete la propiedad de las personas sobre sí mismas y su producción, sus acuerdos voluntarios son el medio por el que todos ganan. Y ese mundo en el que el hombre sirve al hombre está muy lejos de ser un mundo en el que el perro se come al perro.

Más allá de echar por tierra la idea de que los mercados representan una jungla de perros y gatos (que es, de hecho, una descripción mucho más cercana de las “soluciones” gubernamentales, respaldadas por su poder para coaccionar a la gente en contra de su voluntad), Smith ofrece otras ideas sobre lo que los mercados representan y logran.

Acuerdos voluntarios

Estas revelan también lo diferentes que son los acuerdos de mercado voluntarios, basados en la propiedad privada, de tales epítetos. Para no extenderme demasiado, veamos sólo cuatro de mis citas favoritas de Smith sobre el tema:

El esfuerzo uniforme, constante e ininterrumpido de cada hombre por mejorar su condición… es capaz por sí solo, y sin ninguna ayuda, no sólo de llevar a la sociedad a la riqueza y la prosperidad, sino de superar cien obstáculos impertinentes con los que la locura de las leyes humanas entorpece con demasiada frecuencia sus operaciones.

En medio de todas las exacciones del gobierno… el capital ha sido silenciosa y gradualmente acumulado por la frugalidad privada y la buena conducta de los individuos, por su esfuerzo universal, continuo e ininterrumpido para mejorar su propia condición. Es este esfuerzo, protegido por la ley y permitido por la libertad de ejercerlo de la manera más ventajosa, lo que ha mantenido el progreso.

Poco más se requiere para llevar a un estado al más alto grado de opulencia desde la más baja barbarie que paz, impuestos fáciles y una tolerable administración de justicia; todo lo demás se produce por el curso natural de las cosas.

Así pues, eliminados por completo todos los sistemas de preferencia o de restricción, el sistema obvio y simple de la libertad natural se establece por sí mismo. Cada hombre, mientras no viole las leyes de la justicia, es perfectamente libre de perseguir sus propios intereses a su manera, y de poner su industria y su capital en competencia con los de cualquier otro hombre.

Adam Smith, Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones.

El obvio y simple sistema de la libertad natural

El primero de mis favoritos hace hincapié en que, en lugar de producir una jungla de daños, el interés propio, sujeto únicamente a la necesidad de respetar los derechos de propiedad y cumplir los contratos acordados voluntariamente, es capaz de producir riqueza y prosperidad, combinado con el reconocimiento de que el gobierno es a menudo el problema y no la solución.

El segundo refuerza el primero, haciendo hincapié en el hecho de que la competencia en los mercados conduce a la buena conducta, no a la conducta viciosa que los oponentes de la libertad económica utilizan como falsa premisa para sus deseadas “reformas”. El tercero continúa el tema, centrándose en el principal problema a este respecto, que es la incapacidad del gobierno para proteger los derechos de propiedad y los acuerdos voluntarios, que es su principal función, si no la única, que sirve para promover lo que la Constitución denominó Bienestar General. El último resume las ventajas del “obvio y simple sistema de libertad natural” y su coherencia con la justicia, que no puede ser el caso de las alternativas gubernamentales que violan los derechos de propiedad y la libertad.

Trescientos años

El tricentenario de Adam Smith justifica una consideración renovada de su sabiduría sobre la cooperación social mutuamente beneficiosa. Es particularmente importante en un momento en que los gobiernos han honrado durante mucho tiempo sus ideas, mucho más en la brecha que en la observancia. Dado que la idea de los mercados como selvas de “perro-come-perro” ha desempeñado un papel en ese resultado destructivo, tal vez deberíamos honrar a Smith reconociendo que tal calumnia es totalmente inexacta, y así eliminar una premisa falsa que ha subyacido (con disculpas a Robert Frost) a tantos caminos equivocados que deberían haber sido menos transitados.

La economía a través del tiempo (IV): La primera disciplina fue la Economía

Hemos empezado esta serie explicando la importancia de sumergirse en los fundamentos filosóficos e históricos de la economía. Eso nos permitió ver de forma soslayada la conexión interdisciplinaria que existe en las ciencias que estudian fenómenos en los que interviene el Ser Humano. Luego hemos continuado hablando de las bases sociológicas que se tendrán en cuenta a la hora de analizar las ideas que vayan apareciendo. Por último, establecimos unas pequeñas nociones sobre filosofía política que nos ayudarán a diferenciar entre ideas que, a priori, pudieran parecer correlacionadas, pero que aluden a modelos completamente diferentes. Ya hemos establecido el marco sobre el que se va a construir el estudio. Ahora podemos comenzar a retrotraernos en el tiempo para descubrir el origen de la Economía.

En los albores de la historia

En conversaciones informales, sobre todo con aquellos ajenos a la disciplina, suele relacionarse el inicio de la Economía con la Edad Moderna. A veces, quizás, con la Edad Media. Sin embargo, el Ser Humano ha puesto en el centro de sus vidas la necesidad de administrar los recursos escasos desde el inicio. Eso, aunque se haya dado mediante formas rudimentarias, no es más que la muestra de la importancia que tiene nuestro campo para la propia supervivencia y, en general, para la esencia del Hombre. Tanto es así que ha sido la base de una buena parte de las expresiones culturales desde la antigüedad.

De hecho, hoy en día podemos asegurar que los restos escritos más antiguos descubiertos ‘pertenecen al campo de la Economía’. Es la economía la que inaugura, al menos de forma escrita, el estudio. Y, además, refleja la necesidad del ser humano de dejar constancia de determinadas cuestiones de forma duradera. En concreto, la escritura más añeja de la que disponemos es del s. IV a.C. y se trata de una serie de símbolos abstractos encontrados en una especie de material convexo de arcilla conocido popularmente como “tablilla”.

Registro de la actividad comercial

Estas tablillas están escritas por ‘funcionarios’ de Uruk. Uruk es onocido, entre otras cosas, por ser el lugar en el que se supone que reinó Gilgamesh según la famosa epopeya que lleva su nombre. Y ahora mismo tenemos unas cuatro mil. Así lo explica  Schmandt-Besserat (2010) quien, también, detalla con mayor precisión su contenido:

A partir de aquellos contenidos textuales fragmentarios, que estas identificaciones permiten, parece que los escribas de Uruk registran, principalmente, asuntos como transacciones comerciales y ventas de tierras. Algunos de los términos que aparecen con mayor frecuencia son los de pan, cerveza, oveja, ganado mayor y vestimenta (p. 8).

Sin embargo, el texto citado continúa exponiendo un sistema de protoescritura que podría llegar a alcanzar el s.XI a.C. y que se basaba en fichas con diferentes marcas. Tales distintivos y su disposición hace pensar que su función era contable y que servían como ‘asientos’, lo que permitía el intercambio de bienes y el pequeño comercio. Y, según mantiene la autora anterior, esta necesidad de reflejar las cuentas económicas fue la que llevó a aquellas personas a ir desarrollando poco a poco lo que hoy conocemos como ‘documentos’.

Tablillas

En primer lugar, la innovación tomó auge por su propia conveniencia; cualquiera podía leer qué fichas, y en qué número, contenía una bulla. Lo que sucedió después fue virtualmente inevitable y la sustitución de las propias fichas por sus representaciones bidimensionales habrá sido, al parecer, el eslabón crucial entre el sistema de registro arcaico y la escritura.

Las bullas huecas, con sus fichas en el interior, habrán sido reemplazadas por sólidos objetos de arcilla inscritos: las tablillas. Los montones de fichas en sanas, canastas y estantes de los archivos habrán cedido el paso a signos representativos de aquellas, inscritos sobre tablillas, esto es, habrán cedido su lugar a documentos escritos (p. 16).

Economía de símbolos

Sería, no obstante, demasiado egocéntrico para el economista no considerar la existencia de otro tipo de escritos. Si bien nuestra disciplina ha sido la que ha provocado, con bastante seguridad, el desarrollo de la escritura, existen restos antiguos de expresiones pictográficas abstractas más relacionadas, por ejemplo, con lo religioso. Como ejemplo de esto tenemos una inscripción en la pirámide de Unas, en Saqqara (Cayton, 2015) que es anterior al año 2.400 a.C. y que no es más que un hechizo para ahuyentar serpientes. Sin embargo, en todas las partes del mundo lo económico fue crucial. De hecho, la propia Economía obligó a que el número de símbolos fuera reducido y, por lo tanto, fomentó la abstracción de los mismos construyendo, poco a poco, la escritura que conocemos hoy. Tal y como explica Cayton:

Que se pudieran usar menos de treinta signos para representar una palabra en cualquier lengua le parecería algo muy tosco a un escriba egipcio, acostumbrado a emplear centenares. Pero este primer alfabeto era utilitario y tenía que serlo. Este método alfabético tenía a su favor que era relativamente fácil de aprender, que se podía adaptar a la mayoría de las lenguas y que liberaba al comerciante del poder del escriba, ya fuese este del templo, real o militar. Uno podía llevar sus propios registros, podía dirigir sus propios negocios.

Se sabe con seguridad que alrededor del 1700 a. C. los trabajadores semitas de las minas de Serabit el-Khadem (Sinaí) empleaban un sistema similar al de la inscripción de Wadi el-Hol; a partir del 1600 esta escritura protosinaítica aparece más al norte, en la zona sirio-palestina; y hacia el 1000 a. C. se usó en su forma fenicia para esculpir un verso protector alrededor de la tumba de Ahiram, rey de Biblos, una ciudad famosa por su comercio exportador de papiros, y de donde procede la palabra griega para designar el libro, biblios (p. 13).

Abstracción y complejidad

Por lo tanto, tanto la aparición de la escritura como su desarrollo – hacia la abstracción y la complejidad – están profundamente condicionados por la Economía siendo esta el principal motor de lo que puso fin a la Prehistoria. De ahí que sea crucial poner en valor la importancia del pensamiento económico y, también, que sea natural encontrar en prácticamente cualquier pensador alguna opinión, por escueta que sea, sobre nuestro campo de estudio.

Bibliografía

Schmandt-Besserat, D. (1978). Antecedentes de la escritura. Revista de la Investigación y ciencia, 23, 6-16.

Clayton, E. (2015). La historia de la escritura (Vol. 81). Siruela.

Serie La economía a través del tiempo

(I) El estudio de la historia del pensamiento

(II) Individuo y colectivo, comunidad y sociedad

(III) El Estado y las formas de intervención