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La causa última de la riqueza de las naciones: reinterpretando a Adam Smith

Eduardo Blasco, en su serie de notas sobre Substack, publicó un breve comentario sobre Smith y Menger (Carl Menger vs. Adam Smith). Afirmó que Carl Menger critica erróneamente a Adam Smith al hablar del crecimiento económico. Blasco argumentó que Smith postulaba que la causa última de la riqueza de las naciones era la división del trabajo. Menger, sin embargo, criticó erróneamente a Smith al afirmar que la extensión del conocimiento es la causa última de la riqueza de las naciones, mientras que la división del trabajo es sólo uno de los muchos factores que contribuían al progreso, pero no el último.

Blasco malinterpretó a Smith y, en consecuencia, a Menger. De hecho, como demostraré, Adam Smith, Carl Menger y Eduardo Blasco comparten la misma opinión sobre la causa última de la riqueza de las naciones.

El significado de la riqueza de las naciones

Adam Smith sostenía que una nación puede considerarse rica cuando su capital se acumula continuamente y los salarios aumentan. Para él, la verdadera medida de la riqueza de una nación es el grado de bienestar del mayor número posible de sus miembros. La gran obra económica de Adam Smith, Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, se dedicó a descubrir cómo alcanzar este objetivo.

Adam Smith comienza su libro afirmando que la mayor parte del progreso de la capacidad productiva del trabajo parece deberse a la división del trabajo (p. 33). Para ilustrar esta afirmación, analizó diferentes formas de fabricación de alfileres y observó que un obrero sin formación en la fabricación de alfileres apenas podría producir un alfiler al día. Sin embargo, una fábrica con diez empleados puede producir 48 000 alfileres al día, es decir, 4800 por persona. Para concluir la descripción, reiteró su afirmación inicial y declaró que

la separación de los diversos trabajos y oficios, una separación que es asimismo desarrollada con más profundidad en aquellos países que disfrutan de un grado más elevado de laboriosidad y progreso.

Smith argumentó que el gran aumento de la productividad es consecuencia de la división del trabajo, ya que la especialización propicia mejoras en cuatro ámbitos:

1) El aumento de la destreza de cada trabajador, ya que aprende a realizar mejor una tarea especializada y limitada.

2) El ahorro de tiempo que de otro modo se perdería al pasar de un tipo de trabajo a otro en la producción no especializada.

3) La invención de numerosas máquinas (p. 38).

4) La especialización permite concentrar la producción en fábricas cada vez más grandes. Cuanto mayor es el establecimiento manufacturero, más mentes se dedican a inventar la maquinaria más adecuada para cada tarea. En consecuencia, es más probable que se produzcan innovaciones (p. 136).

Muchos lectores de Adam Smith dejarán aquí su lectura, afirmando que Smith creía que la división del trabajo era la causa última de la riqueza de las naciones.

Sin embargo, Smith continuó investigando la causa última de la riqueza.  En el segundo capítulo de su libro, argumentó que la división del trabajo es una consecuencia y, por tanto, no es la causa última de la riqueza de las naciones. La división del trabajo surge del trueque y el intercambio. El intercambio es lo que permite la división del trabajo, y no al revés (p. 44).

Sin embargo, ni siquiera la capacidad humana de intercambiar y hacer trueques es la causa última de la riqueza de las naciones.

En el Libro Segundo, dedicado a la naturaleza del capital, Smith explica que la acumulación de capital debe producirse primero para permitir la especialización y la explotación de las oportunidades comerciales. La especialización y la división del trabajo solo pueden comenzar cuando un productor «posee existencias suficientes para mantenerse durante meses o años», hasta que el nuevo producto especializado genere ingresos suficientes para mantener al productor y reponer el capital.  En la naturaleza de las cosas, la acumulación del capital debe preceder a la división del trabajo.  El trabajo puede dividirse más solo en proporción a que el capital haya sido previamente acumulado (p. 356).

Sin embargo, Smith aún no ha llegado a la causa última de la riqueza de las naciones.

En el capítulo 7 del libro I, encontramos la causa última de la riqueza de las naciones según Smith. En este capítulo, explica que la invención y la innovación permiten la acumulación de capital.

Así pues, la causa última de la riqueza de las naciones es la capacidad innata del ser humano para inventar nuevos productos o descubrir nuevos mercados, es decir, la innovación, que hace posible la acumulación de capital, la especialización, el comercio y la división del trabajo.

Smith ya había insinuado esta solución en el capítulo I, donde elogiaba la división del trabajo. En ese célebre capítulo sobre la fabricación de alfileres, escribió sobre un niño que construyó una máquina para aliviar su carga de trabajo y utilizó este ejemplo para destacar la importancia de la división del trabajo en la creación de riqueza. De hecho, muchos lectores de Smith han repetido esta pequeña historia para apoyar la afirmación de que la división del trabajo es la fuente última de la riqueza de las naciones, ya que fomenta la innovación incremental. No obstante, Smith aclara en las frases siguientes que los inventos y las innovaciones pueden inducir a la especialización por sí mismos y no solo pueden ser consecuencia de la división del trabajo:

No todos los avances en la maquinaria, sin embargo, han sido invenciones de aquellos que las utilizaban. Muchos han provenido del ingenio de sus fabricantes … Y otros han derivado de aquellos que son llamados filósofos o personas dedicadas a la especulación, y cuyo oficio es no hacer nada, pero observarlo todo; por eso mismo, son a menudo capaces de combinar las capacidades de objetos muy lejanos y diferentes.

Adam Smith. La riqueza de las naciones, p 40.

En el capítulo 7, Smith amplía el argumento explicando cómo la inventiva conduce a la acumulación de capital. Distingue dos tipos de tasas de beneficios: extraordinario y corriente o medio. El beneficio extraordinario surge cuando se es el primero en introducir un invento en el mercado o en descubrir un nuevo mercado. Smith pone como ejemplo un tintorero para ilustrar la importancia de la innovación. Este tintorero, que inventó la posibilidad de producir un color determinado con materiales que costaban la mitad que los habituales, pudo disfrutar del beneficio extraordinario gracias a una buena gestión (p. 103).

El innovador disfruta de beneficios extraordinarios hasta que los competidores detectan la oportunidad de obtener beneficios, lo que provoca la aparición de la competencia y reduce los beneficios a niveles habituales o medios. Una característica del beneficio extraordinario es que su magnitud no puede determinarse mediante la investigación científica, sino que depende del éxito del producto innovador. Sin embargo, Smith postuló que la tasa de beneficio corriente es una magnitud que puede determinarse mediante la investigación científica. La tasa media de beneficio corriente es similar al tipo de interés. Ambos están relacionados con la cantidad de capital invertido, pero la tasa de beneficio corriente tiende a ser superior a la tasa de interés (p. 148).

Teóricamente, era difícil determinar la magnitud exacta de la tasa de beneficio, pero sugirió que el tipo de interés podía servir como indicador de la posible tasa media de beneficio. No obstante, un beneficio razonable debería ser suficiente para compensar las pérdidas ocasionales. Basándose en los informes de los comerciantes, Smith estableció que una tasa de beneficio doble de la tasa de interés se consideraba una ganancia buena, moderada o razonable, que representaba la tasa de beneficio normal o corriente en Gran Bretaña (p. 150).

En el capítulo 8 del Libro I queda claro que el beneficio extraordinario resultante de la acción innovadora conduce a la acumulación de capital. En este capítulo, primero se explica que una economía carente de invenciones es una economía estacionaria caracterizada por el estancamiento del beneficio medio y de los salarios, y se utiliza China como ejemplo. Smith describió una economía estacionaria como miserable, regresiva y melancólica, acompañada de una pobreza generalizada (p. 129). Por el contrario, subraya que los inventos y su aplicación con éxito son los motores últimos de la acumulación de capital, la especialización, el comercio y la división del trabajo, todo lo cual fomenta nuevos inventos e innovaciones.

La acumulación de capital y los beneficios extraordinarios no podrían existir por sí solos, sino que fomentan la competencia por los trabajadores. Smith explica que, para obtener beneficios extraordinarios, el empresario debe contratar nuevos empleados. La competencia por los trabajadores aumenta los salarios y mejora sus condiciones de vida. Smith hizo especial hincapié en que la rentabilidad extraordinaria fue la causa principal del aumento de los salarios y de las mejoras en las condiciones de vida de los trabajadores. Subrayó que la acumulación de capital crea una demanda adicional de mano de obra y que es la causa del aumento de los salarios.

Al demostrar la relación entre beneficios extraordinarios y salarios más altos, Smith llegó a un circulus angelicus: la esperanza de obtener beneficios extraordinarios impulsa a las personas con actitud empresarial a convertirse en proyectistas. La realización de sus ideas induce la competencia por la mano de obra y causa a una subida de los salarios. Los beneficios extraordinarios permiten la especialización y la expansión de la empresa y fomentan la ampliación del mercado. Sin embargo, una nueva oleada de empresarios copia la idea original y reduce el beneficio extraordinario a un nivel normal. Esta caída de la rentabilidad lleva a nuevas innovaciones para restablecer el nivel de beneficio extraordinario. Esta mejora continua conduce a una mejora de las condiciones de vida de los trabajadores y a la creación de riqueza en las naciones.

Menger: la causa última del progreso de la civilización

Menger utilizó el término «progreso de la civilización» para describir lo que Smith quería decir con «riqueza de la nación». Asimismo, Menger criticó la idea de que la división del trabajo es la causa última del progreso de la civilización y, siguiendo su propia lógica, llegó a la misma conclusión que Adam Smith. Es decir, que la causa última del progreso de la civilización es la inventiva humana y la capacidad de innovar. Menger no utilizó las palabras «invenciones» e «innovaciones», pero expresó lo mismo de forma circunspecta: los seres humanos son capaces de investigar y realizar procesos causales entre los bienes para producir nuevos bienes de consumo.  El progreso de la civilización solo está limitado por el alcance del conocimiento humano de las conexiones causales entre las cosas y por el alcance del control humano sobre ellas. 

En cuanto al incentivo relacionado con la inventiva y la innovación, Menger también describió un proceso de obtención de beneficios similar al que conceptualizó Adam Smith. Al hablar del monopolio, Menger argumentó que la primera persona que introduce un nuevo servicio o producto obtiene un beneficio extraordinariamente alto, como un monopolista. Sin embargo, en el caso del mercado libre, la entrada de nuevos competidores que producen el mismo bien reduce el beneficio al nivel más bajo posible.

Por último, Menger sostenía que todos los seres humanos tienen un rasgo empresarial inherente, pero para convertirse en empresarios hay que tener dominio sobre el capital. Además, sostenía que, cuando no se dispone de capital, el crédito ofrece la oportunidad de que las personas emprendedoras se conviertan en verdaderos empresarios y tomen el control del capital para hacer realidad sus ideas:  Cuanto mayor es el crédito, mayores son las posibilidades de que las personas emprendedoras puedan hacerse con el control del capital y hacer realidad sus ideas.

Menger, al discutir el papel del comercio, argumentó que el comercio y el trueque son consecuencia del descubrimiento de cómo satisfacer mejor los deseos humanos, lo que a su vez es consecuencia de la inventiva y no un rasgo inherente al ser humano. Este argumento profundizó la observación de Smith y dejó claro que incluso el comercio y el trueque son fruto de la inventiva humana.

Blasco: la causa última del progreso del crecimiento sostenible

Eduardo utilizó el término «crecimiento sostenible» para describir lo que Smith quería decir con la expresión «riqueza de la nación», o Menger con la expresión «progreso de la civilización».

En su nota de Substack, Eduardo argumentó que lo que permite el crecimiento sostenible es la creación de capital intangible, que es el “extensión del conocimiento” en el lenguaje técnico de la economía dominante.

Conclusión: a pesar de todas las alegaciones, Smith, Menger y Blasco piensan lo mismo.

¿Cuál es la lección de esta reinterpretación basada en una cuidadosa lectura de los economistas más importantes, como Smith y Menger?

La lección más importante es que, a pesar de las lecturas erróneas ocasionales o superficiales, existe una línea principal de economía, como sostienen Michells y Boettke (2017). Los representantes de esta línea principal tienen una visión unificadora de los procesos económicos, a pesar de sus enfoques diferentes de la economía, sus diferencias, interpretaciones erróneas y términos distintos. Esta visión se centra en la firme creencia en el ingenio humano y en su capacidad para superar los retos mediante el uso del pensamiento, la inventiva y las innovaciones. La libertad es la condición clave para aprovechar el potencial del conocimiento humano.

Libertad personal para actuar y libertad de comercio. Una vez que se dan estas dos libertades, los seres humanos crean las instituciones necesarias a través de ensayos y errores, como los mercados, para promover su interés, que, como postuló Adam Smith, fomenta el interés de todos, no solo el de personas especialmente dotadas o codiciosas. La competencia de los mercados empuja a las personas con talento e inventiva empresarial a trabajar no solo en su propio interés, sino también del sociedad. Como expresó Smith: “No es la benevolencia del carnicero, el cervecero, o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio.”

Bibliografía

Menger, C. (1871) Principles of Economics. New York: New York University Press.

Mitchell, M.D. and Boettke, P.J. (2017) Applied mainline economics: bridging the gap between theory and public policy. Arlington, Virginia: Mercatus Center, George Mason University (Advanced studies in political economy).

Smith, A (1776) La Riqueza de las naciones. 1994. Edición. Alianza Editorial: Madrid.

Ver también

Adam Smith, los austríacos y el crecimiento económico. (José Carlos Rodríguez).

Un economista francés en las pampas

Por Alejandro A. Chafuen y Leonidas Zelmanovitz

Cuando Javier Milei asumió la Presidencia de Argentina en diciembre de 2023, el país estaba en bancarrota. Llegó al cargo con el apoyo de más del 56 por ciento de los votantes, ofreciendo una visión de política económica libertaria, encarnada en la promesa de dolarizar la economía, algo que la mayoría que lo votó entendía y esperaba.

Sin embargo, la administración de Milei no eligió el camino de la dolarización, al menos no hasta ahora. En cambio, Milei nombró como ministro de Economía a Luis Caputo, un economista de la corriente ortodoxa, ex operador financiero y funcionario del banco central, que aplicó un plan económico muy conservador, centrado en una rígida austeridad fiscal y un estricto control monetario cuantitativo.

Esto sorprendió a muchos, ya que Milei es percibido como un economista influido por la Escuela Austríaca de Economía. La mayoría de los economistas austríacos actuales elegiría una política monetaria de libre competencia de divisas y una política económica liberal.

En nuestra opinión, existen tanto razones políticas como económicas (prácticas y teóricas) para determinar el camino elegido por el presidente Milei, y argumentaremos que el marco teórico que mejor ayuda a interpretar las elecciones de Milei es el enfoque económico propuesto por primera vez por el economista francés Jacques Rueff.

Un desafío abrumador

Es importante no subestimar la gravedad de los problemas que afrontaba Milei cuando asumió el cargo. La inflación anualizada estaba fuera de control, acercándose a la hiperinflación. El banco central tenía obligaciones a corto plazo a tasas de interés estratosféricas que triplicaban la base monetaria. Además, el gobierno nacional registraba un déficit de aproximadamente el 5% del PBI. El riesgo país estaba 2.500 puntos por sobre los bonos del Tesoro estadounidense, y la Argentina se encontraba de facto en situación de impago, con reservas netas negativas de divisas en el banco central. Ni siquiera las importaciones se habían pagado en los meses anteriores, lo que provocó un desabastecimiento de combustible y medicamentos.

La irracionalidad de las medidas económicas argentinas es extensa, con un mercado laboral completamente rígido y una serie de otros males: precios relativos en completo desorden debido a los controles de precios y a una moneda sobrevaluada; un sector público ineficiente que representa más del 40 por ciento del PBI, un porcentaje excepcionalmente alto para una sociedad de ingresos medios. La economía era y sigue siendo cuasi-autárquica, con aranceles a las importaciones extremadamente altos y todo tipo de protecciones a la industria nacional, controles de capital y un sistema fiscal basado en impuestos tarifarios sobre las exportaciones agrícolas y otros recursos naturales como los minerales, uno de los pocos sectores de la economía que aún pueden competir internacionalmente.

Las dificultades políticas a las que se enfrenta el gobierno de Milei son igualmente enormes. La coalición, que tuvo que hacer con un partido centrista, le permite ocupar menos de un tercio de los escaños del Congreso argentino. En el poder judicial, la última palabra la tiene un tribunal supremo compuesto por jueces designados políticamente, y amplios sectores de la burocracia y gobiernos provinciales y locales que son hostiles a cualquier intento de cambiar el statu quo. Dadas estas realidades, podemos afirmar que el plan que está implementando Milei no es el que soñaba aplicar.

Aunque la causa inmediata de la inflación es siempre monetaria, la causa real es siempre fiscal

A pesar de todo lo antedicho, lo está intentando. Las reformas propuestas que requerían aprobación legislativa están en su mayoría estancadas en el Congreso, pero el 28 de junio de 2024 se aprobó una «Ley de Bases» suavizada, que incluye algunas reformas microeconómicas bienvenidas pero insuficientes para atraer la inversión extranjera. Debemos reconocer que la inversión extranjera es difícil debido a la incertidumbre macroeconómica. Muchas de sus propuestas, que fueron objeto de un «decreto de emergencia», fueron declaradas inconstitucionales por los tribunales.

Su administración se quedó con instrumentos muy básicos y limitados para reformar la economía: los impuestos a las exportaciones, la retención del gasto discrecional por parte del gobierno nacional y la manipulación de los tipos de cambio y de interés por parte del banco central. Estas son realmente sus únicas herramientas. Como el personaje televisivo de ficción MacGyver, Milei tuvo que desarmar una bomba de tiempo nuclear con un clip.

Si Milei hubiera tenido más apoyo en el parlamento, las reformas microeconómicas centradas en la oferta y las privatizaciones, podrían haber reducido la recesión causada por la fuerte reducción del gasto discrecional. A falta de ello, las altísimas tasas de interés, medidas en dólares estadounidenses (como hace todo el mundo en la Argentina), y la escasez de pesos en la economía, redujeron drásticamente la demanda interna.

En anticipación a una posible dolarización, la primera medida práctica fue la de suspender en diciembre de 2023 el canje de dólares a la paridad oficial de 400 pesos por dólar. Desde entonces, el precio del dólar oficial es de 800 pesos por dólar más una paridad rastrera del 2% mensual, llevando el dólar oficial nueve meses después (en septiembre de 2024), a 963 pesos por dólar. Aún a este precio la demanda no ha sido saciada, ni siquiera en medio de una sequía total de pesos.

Si se liberaran los mercados de divisas – poniendo fin al «cepo» – para permitir la dolarización de la economía, la demanda de pesos se reduciría significativamente, y la hiperinflación seguiría siendo muy probable.

Muchos argentinos están preocupados por la política económica de Caputo. Desde la devaluación de diciembre, la inflación ha reducido el poder adquisitivo real del dólar. El índice Big Mac recogido por The Economist es la prueba más prosaica de ello: en enero, inmediatamente después de la devaluación, era posible comprar un Big Mac en Argentina por 3,83 dólares, mientras que en Estados Unidos el precio era de 5,69 dólares, con una subvaluación implícita del 33 por ciento. Siete meses después, en julio de 2024, el precio del Big Mac en dólares en Argentina subió a 6,55 USD, con una sobrevaluación implícita de la moneda local de alrededor del 15 por ciento.

Sin embargo, hay consenso en que la prioridad del Gobierno es reducir la inflación. El Banco Central ya no financia al Tesoro. Desde junio se ha impuesto un estricto control cuantitativo y no se emiten nuevos pesos ni siquiera para comprar divisas. Con ello, la inflación se ha desplomado del 25 por ciento mensual en diciembre de 2023 al 4 por ciento mensual desde mayo, a pesar de una recuperación significativa (aunque insuficiente) de algunos precios controlados de la economía, como la energía, las telecomunicaciones, el transporte público y similares.

La interpretación más benigna del plan de Caputo es que el Gobierno apuesta a llevar la inflación a un nivel cercano a cero en 2024 para que la paridad móvil del 2 por ciento comience a devaluar gradualmente la moneda en 2025 antes de empezar a liberar los controles de capital. Esto revitalizaría al sector exportador y a la economía a tiempo para ayudar al gobierno a obtener la mayoría en las elecciones de finales del año entrante.

Supongamos que el gobierno pueda llegar a un acuerdo con la oposición en la legislatura o conseguir apoyo financiero del FMI. En ese caso, el objetivo de inflación cero y tipo de cambio neutro podría alcanzarse sin deflación, sin reducir aún más el gasto público ni expulsar a los prestatarios privados debido a los altos tipos de interés y la represión financiera. Si eso no ocurriera, hay que tomarse el trago amargo, sin azúcar.

Muchos cuestionan la conveniencia de forzar ese trago amargo: la baja de precios reales antes de permitir la flotación cambiaria. Ludwig von Mises, en su seminario, «comparaba a menudo tal proceso con un conductor de automóvil que, habiendo atropellado a una persona, trata de remediar la situación dando marcha atrás, volviendo a pisar a la víctima.»

Un nuevo paradigma

Llegamos así al marco teórico propuesto por Jacques Rueff, que puede ayudarnos a explicar las políticas de la administración Milei. Sostenemos que, lejos de contradecir cualquier lección de la economía austríaca, las ideas de Rueff pueden entenderse como un refinamiento del pensamiento cataláctico, que tiene en cuenta elementos que normalmente quedan fuera del análisis.

Durante el periodo de entreguerras, Rueff fue un economista y funcionario muy respetado en Francia. Durante el gobierno Vichy, Rueff se refugió en una pequeña ciudad del sur de Francia. A pesar de su ascendencia judía, el gobierno del mariscal Petain, padrino de su boda, no lo molestó en absoluto.

Rueff recopiló entonces su obra magna, «El orden social», con algunos textos que había escrito sobre el equilibrio estático en los años 20 y 30, y redactó una nueva hipótesis sobre el equilibrio económico «dinámico». Su enfoque dinámico de la economía se basaba en la aplicación de los derechos de propiedad privada para explicar el valor del dinero y su función central en el mantenimiento del orden social.

Rueff considera que, en la actividad económica regular, la creación de nueva riqueza, ya sea de bienes o servicios, surge a través de la compra a un precio determinado, o sea cuando es reconocida por los demás miembros de la sociedad al comprarla. Esto es lo que «acredita» a los productores de esta riqueza con «verdaderos derechos» que les permite disponer de ellos para la venta en la sociedad.

Por el contrario, a través del proceso presupuestario, el Estado puede crear «derechos ficticios» emitiendo deuda o dinero cuando excedan su capacidad de pagar esas obligaciones con el flujo de ingresos existente. Un tipo de cambio realista (el precio del dinero nacional comparado con el precio de todos los demás dineros) y la tasa de interés (el precio pagado por tener dinero ahora dada nuestra preferencia temporal) son los dos precios más importantes de la economía.

Rueff ve una clara relación entre la disponibilidad de bienes y servicios del lado «real» de la economía y la creación de derechos «verdaderos» y «falsos» sobre esos bienes del lado «abstracto» o «financiero» de la economía. Los desequilibrios en esta relación, causados por la introducción de derechos «falsos», explican la inflación y otras instancias en las que las expectativas de que un crédito contra el gobierno sea honrado a un determinado poder adquisitivo, se ven parcial o totalmente frustradas.

En definitiva, aunque la causa inmediata de la inflación es siempre monetaria, la causa última es fiscal. El gobierno infla los medios de circulación para crear «falsos» derechos sobre los bienes y servicios existentes, que se utilizarán con fines políticos, ya sea para hacer la guerra, pagar a los jubilados, a los funcionarios o a cualquier otro beneficiario de la generosidad gubernamental.

Milei utiliza el término «señoreaje» para describir los ingresos obtenidos por el gobierno nacional a través de los abusos de sus prerrogativas monetarias. Sin embargo, la transferencia al gobierno de bienes reales mediante la manipulación de la oferta monetaria es lo mismo que los «falsos derechos» de Rueff. Darse cuenta de esa verdad fundamental llevó a Milei y Caputo a confiar en la austeridad fiscal para restaurar el orden en Argentina.

Ese marco ayuda a explicar la insensatez de intentar «dolarizar» la economía a un tipo de cambio que no sea el tipo de cambio de «indiferencia» (entre tener pesos o dólares). También ayuda a explicar por qué, muy probablemente, alcanzar un tipo de cambio de indiferencia desencadenaría un proceso hiperinflacionario.

Como en cualquier otro mercado, existe un precio de «equilibrio» para el tipo de cambio. Dado que los bienes que se intercambian en este mercado son dinero, si el mercado funciona a un tipo de cambio distinto del tipo de indiferencia, observamos un desequilibrio monetario. Permitir que el mercado encuentre el tipo de equilibrio provocaría un cambio significativo en los precios relativos; el gobierno perdería ingresos a corto plazo, y los gastos aumentarían significativamente. Es dudoso que el gobierno nacional pueda hacer frente a sus obligaciones sin imprimir dinero. Además, es dudoso que la inercia inflacionista pueda eliminarse sin un plan como el Plan Real brasileño de 1994.

Por supuesto, consideramos que la «dolarización» es «competencia en dinero» y que el gobierno argentino no dejaría de emitir pesos. Argentina sólo podría adoptar una «dolarización» con la eliminación del peso, si tuviera los dólares para comprar todo el M1, si no más, cosa que no tiene. En Hong Kong, por ejemplo, la junta monetaria tiene reservas de más de cinco veces el dinero en circulación.

Por último, aunque la hiperinflación se pueda evitar mediante una combinación de tipos de interés elevados, apoyo del FMI y represión financiera, sin equilibrio fiscal sería sólo cuestión de tiempo hasta que el país vuelva a quebrar, como a finales de los noventa, y la camisa de fuerza monetaria sería abandonada en desgracia.

Rueff vio con sus propios ojos, basándose en su aguda comprensión de los fenómenos fiscales y monetarios, cómo los nazis fueron capaces de recaudar, directa e indirectamente, a través de sus regímenes títere como Vichy, recursos reales de Francia y otros países ocupados para alimentar su maquinaria de guerra. Esto provenía de una población – podemos suponer – que no estaba ávida de pagarles impuestos.

Como por lo general no podía contar con la colaboración de la población de los países que invadía, la Alemania nazi, se vio obligada a emitir «falsos» reclamos sobre los bienes existentes para arrancárselos a quienes los producían.

No estamos insinuando que el nivel de ilegitimidad de un régimen meramente «peronista» sea comparable con la Alemania nazi. El punto es simplemente que Rueff, en Vichy, Francia, fue capaz de ver la mecánica de la extracción de riqueza real de la población por medios monetarios en su forma más cruda. La teoría que desarrolló en este contexto ayuda a explicar por qué, con las limitadas opciones a su disposición, Milei ha empezado a reconstruir una economía liberal en Argentina sobre una base de austeridad fiscal.

Supongamos que consigue llevar la inflación a cero manteniendo un presupuesto equilibrado sin financiación monetaria. En ese caso, podría alcanzarse un tipo de cambio neutro sin desencadenar la hiperinflación y permitiendo la competencia monetaria.

Sin embargo, como muchos, dudamos de la sensatez de la actual política «deflacionista» de represión financiera mediante un tipo de cambio fijo y controles de capital. En eso, Milei y Caputo divergen de la lección más famosa del «conservador monetario» Jacques Rueff. Un tipo de cambio realista (el precio del dinero nacional comparado con el precio de todos los demás dineros) y el tipo de interés (el precio pagado por tener dinero ahora dada nuestra preferencia temporal) son los dos precios más importantes de la economía.

Cuando el gobierno manipula el tipo de cambio y la tasa de interés, se producen distorsiones aún mayores. Véanse los diferentes resultados obtenidos por Francia en 1926, que volvió al patrón oro tras una devaluación del 80%, y los obtenidos por el Reino Unido, que volvió al patrón oro en 1925 a la misma paridad que antes de la Primera Guerra Mundial a pesar de la inflación del 100% durante la guerra.

Al igual que los franceses, Milei puede verse obligado a una segunda ronda de devaluación antes de alcanzar un precio de indiferencia para el tipo de cambio y permitir la dolarización «endógena» poniendo fin a los controles de capital. Puede ser que haya un camino estrecho por delante para justificar todo el dolor económico impuesto a los argentinos sin desperdiciar los resultados positivos ya conseguidos.

¿Es eso lo que Milei quería hacer cuando llegó al poder? Lo dudamos. Sin embargo, como se entiende desde la época de los romanos, «Sator Arepo Tenet Opera Rotas» (el agricultor Arepo necesita arar con el arado que tiene). En una economía cerrada como la argentina, la restricción de recursos es real, y este problema se manifiesta en desequilibrios fiscales que son la verdadera causa de la irracionalidad monetaria. Si las dificultades actuales abren el camino a un reconocimiento más amplio de que los desequilibrios fiscales son la causa fundamental de la inflación, pueden ser una herramienta providencial para ayudarle a salir adelante.

Ver también

La economía a través del tiempo (XXIII): La Ilíada y el poder del más fuerte

Hasta este momento, se ha analizado de forma soslayada la importancia de los griegos para el pensamiento económico histórico. Lo cierto es que prácticamente cualquier pensador se detiene en esta época, pues es donde nace el pensamiento sistemático y elaborado y los textos más complejos. Uno de ellos es La Ilíada, una de las primeras obras de la Antigua Grecia, escrita alrededor del S. VIII. Si bien es verdad que Homero no pretende realizar un análisis económico en este relato, también lo es que pueden extraerse elementos interesantes y útiles para entender ciertos elementos económicos. Uno de ellos aparece al principio de la obra.

La narración comienza describiendo el secuestro de la hija de Crises (Criseida). Este, ingenuamente, trata de negociar con los aqueos, el grupo de secuestradores. El objetivo es cambiar a su hija por un rescate, algo que los aqueos aceptan de buena gana (Homero, 1995, 3-4). Sin embargo, Agamenón se vio ofendido por dicho pacto e intervino:

No te encuentre, ¡oh anciano!, otra vez en mis cóncavas naves, ni porque permanezcas aquí, ni porque aquí retornes, no podrían valerte ni el cetro del dios ni sus ínfulas. No la quiero entregar. La tendré en mi palacio de Argos hasta que, de su patria alejada, en mi casa envejezca manejando un telar y, además, compartiendo mi lecho, Vete ya; no me irrites, si quieres partir sano y salvo (Homero, 1995, 4).

Agamenón en la Ilíada

En este sentido, si se hace una traslación a lo económico, vemos cómo dos partes han llegado a un acuerdo (la hija por la recompensa) y, sin embargo, existe un elemento externo, en este caso Agamenón, que lo rechaza y decide intervenir. El caso es que la intervención, y lo que deshace el acuerdo entre las partes, se realiza desde la amenaza violenta de quien en ese momento es una figura de autoridad, aunque sus intenciones no sean más que quedarse con la hija para hacerla concubina.

Para llevar a cabo esta intervención, Agamenón no emplea la violencia de forma directa. Meabe (s.f.) explica que “el primer elemento de la estructura interna del Mandato de Agamenón se configura como una dicotomía compuesta por el par ordenado orden><advertencia (p.2)”. Y este monólogo va tomando forma hacia lo agresivo:

La fórmula de la orden en principio aparenta solo una advertencia y toda la primera secuencia, que corresponde a los versos 26-29, se insinúa en esa dirección, pero a medida que Agamenón precisa sus intenciones pone en descubierto su poder y este define al final, en el verso 32 la contracara de la advertencia al ordenarle al sacerdote que no lo provoque (Meabe, s.f., 2).

Ese poder que muestra Agamenón se ve en la referencia a las “cóncavas naves”, pues revela de la capacidad operativa de guerra del caudillo. Así, lo que para el lector moderno puede parecer algo sutil, para el griego de la época, corresponde con una clara advertencia o, más bien, como una forma de dominación:

Ante todo, la dominación normativa tiene como contrapartida, en la estructura interna del mandato de Agamenón, la apropiación física del más débil que se sostiene bajo la forma de una proposición afirmativa y enfática (Meabe, s.f., 4)

Por tanto, Agamenón ejerce esa capacidad de dominación sobre un acuerdo entre partes, algo que, trasladándolo a tiempos más modernos, difiere con el respeto a los pactos que predican las filosofías adscritas al libre mercado. Este caso muestra, también, como es plenamente posible la ruptura violenta de un acuerdo por parte de un agente no gubernamental o estatal, pues el héroe tan sólo ha tenido que hacer ver su capacidad de dominio.

Bibliografía

Homero (1995) Ilíada. RBA

Meabe, J. E. Materiales y notas para la Historia de la Teoría del Derecho Natural del Más Fuerte en la Ilíada de Homero. Instituto de Teoría General del Derecho

Serie La economía a través del tiempo

El conocimiento y la función empresarial en Jovellanos

Recientemente, salía en la prensa cómo nuestro ínclito presidente aprovechaba un acto en el Museo del Ferrocarril para criticar “la ideología neoliberal”. Precisamente en un museo sobre el ferrocarril, impulsado en nuestro país, entre otros, por el Marqués de Salamanca, cuyas labores de financiación -y especulación- fueron determinantes para el desarrollo en España de ese medio de transporte. “Se miró a otro lado, se desreguló, se frenó la construcción de viviendas públicas”, dicen que dijo el inimitable prócer.

Como si la sociedad civil, el libre mercado y la función empresarial desarrollada por propietarios libres no fuesen capaces de cubrir una necesidad como la de la vivienda. Ya a finales del XVIII algunos pensadores españoles eran conscientes del papel de esa sociedad civil y de los estorbos impuestos por la regulación y las decisiones políticas en la economía. Un ejemplo de ello fue Jovellanos, pensador asturiano al que deberían acudir nuestros políticos entre mitin y mitin.

Y es que Jovellanos, en 1795, escribió una obra, su famoso Informe de Ley Agraria, en la que trataba de concretar los principales males que aquejaban a la agricultura de finales del S. XVIII. Resulta llamativo que dividiese esos males -o “estorbos”, como él los llamaba- en tres grandes grupos: i) estorbos políticos o derivados de la legislación; b) estorbos morales o derivados de la opinión y c) estorbos físicos o derivados de la Naturaleza).

Resultaría muy fácil, creo, criticar los planteamientos de nuestro presidente, en relación con la vivienda, a partir de los argumentos que daba Jovellanos hace ya más de doscientos años, y explicar cómo la legislación y los políticos, a través de una sobrerregulación y falta de liberalización, entre otras cosas, del suelo, son precisamente el estorbo que impide que exista una mayor oferta de vivienda y más barata.

“Estorbos morales o derivados de la opinión”

En este artículo, sin embargo, siguiendo lo que apuntábamos en nuestro artículo de diciembre, queremos profundizar en la “función empresarial” y la importancia de la información, según la entienden los economistas de la Escuela Austríaca, relacionándolas precisamente con lo que decía el economista y pensador asturiano en su Informe, al hablar de los estorbos morales. Pero lo que decía Jovellanos a este respecto también debería interesar a nuestros políticos, y mejor nos iría a nosotros si lo hicieran.

Y es que, con el título de “estorbos morales o derivados de la opinión”, el prócer asturiano se estaba refiriendo a la poca importancia que en su sociedad, en general, y en el sector agrícola, en particular, se le daba a un tipo de conocimiento -el que él propugna- que, como pretendemos mostrar en el presente trabajo, tiene, en esencia, los mismas rasgos característicos que destacan, casi dos siglos después, los autores de la Escuela Austriaca al hablar del conocimiento propio de la función empresarial.

Pero incluyendo, además, algunos de los matices en los que, al hablar de “capital intelectual”, se centran los seguidores de esta otra perspectiva (conocida como “Enfoque del Capital Intelectual”), y apuntando también a algunas de las ideas a partir de las que centran sus análisis los seguidores de la “Teoría de la Elección Pública” (o “Public choice”), sobre todo en relación con la información y los incentivos y su importancia (en el artículo de Noviembre hicimos referencia, precisamente, al análisis que de los incentivos hace dicha Escuela, si bien no nos centramos tanto en la cuestión de la “información”).

Conocimiento y función empresarial desde la perspectiva de la Escuela Austriaca

Para los teóricos de la Escuela Austríaca, la idea de la Ciencia Económica parte de un estudio sistemático de la acción humana[1], en el que se buscan las “leyes” de la economía, un conocimiento que pueda indicarnos algo sobre los efectos que pueden esperarse de la aplicación de determinadas medidas o actuaciones.

Así, los problemas económicos (o “catalácticos”, en terminología de Mises) quedan enmarcados en una ciencia más general, de forma que la economía es una parte, si bien la más elaborada hasta ahora, de una ciencia más universal, la praxeología, o teoría general de la acción humana (Mises, Acción Humana, 1966)[2], que no consiste en una ciencia histórica, sino teórica y sistemática, cuyas enseñanzas son de orden puramente formal y general y que aspira a formular teorías que resulten válidas en cualquier caso en el que efectivamente concurran aquellas circunstancias implícitas en sus supuestos y restricciones, constituyendo obligado presupuesto para la aprensión intelectual de los sucesos históricos.

De ahí que, para autores como Mises: “sus afirmaciones y proposiciones no derivan del conocimiento experimental. Como los de la lógica y la matemática, son a priori. Su veracidad o falsedad no puede ser contrastada mediante el recurso a acontecimientos ni experiencias” (Mises, Acción Humana, 1966).  Como consecuencia de todo lo anterior,  la praxeología no puede ser elaborada ni por los métodos del positivismo lógico, ni del historicismo, del institucionalismo, ni por la historia económica, o por la estadística, ya que dichos métodos se ocupan siempre del pasado y, por tanto, no proporcionan, en palabras de Mises, conocimiento referente a una regularidad que se manifieste también en el futuro (Mises, Problemas Epistemológicos de Economía, 1933).[3]

En definitiva, la Economía, como parte de la ciencia de la acción humana, no es sino la encargada de elaborar una teoría en torno a la ejecución de operaciones de cambio, en las que los objetos que están a disposición de la acción se emplean de manera que, dadas las circunstancias, garanticen el máximo de bienestar, renunciándose a satisfacer necesidades menos apremiantes para satisfacer otras más urgentes (Mises, El Socialismo, 1922). Así, se entiende por empresario[4] al sujeto que actúa para modificar las circunstancias del presente y conseguir sus propios y personales objetivos o fines, a través de los medios escasos que subjetivamente considera más adecuados, de acuerdo con un plan y desarrollando su acción en el tiempo.

Pero para entender la naturaleza de dicha función empresarial es imprescindible tener presente el papel esencial que juega la información o conocimiento que posee el actor; una información que le sirve, en primer lugar, para percibir o darse cuenta de nuevos fines y medios, y que, por otra parte, modifica los esquemas mentales o de conocimiento que posee el propio sujeto.

De esta forma, si, como señala Hayek, el problema económico de la sociedad se concreta, principalmente, en la pronta adaptación a los cambios según las circunstancias particulares de tiempo y lugar -para poder alcanzar, cada vez, situaciones menos insatisfactoria para el individuo, de acuerdo con la evolución de sus fines y la distinta utilidad subjetiva que se les reconoce a los medios escasos disponibles-, las decisiones empresariales tendrán, en principio, más éxito si son ejecutadas por quienes están familiarizados con estas circunstancias, es decir, por quienes conocen de primera mano los cambios pertinentes y los recursos disponibles de inmediato para satisfacerlos  (Hayek, El uso del conocimiento en la sociedad, 1945).

Vemos, por tanto, que se hace imprescindible un conocimiento subjetivo y práctico, centrado en las circunstancias subjetivas particulares de tiempo y espacio, y que verse, como decíamos, tanto sobre los fines que pretende el actor y que él cree que persiguen el resto de actores, como sobre los medios que el actor cree tener a su alcance para lograr los citados fines. Un conocimiento, por tanto, que no es teórico, sino práctico, y que, en consecuencia, es de carácter privativo y disperso[5], que no es algo “dado” que se encuentre disponible para todo el mundo, sino que se encuentra “diseminado” en la mente de todos y cada uno de los hombres y mujeres que actúan y que constituyen la humanidad (Huerta de Soto, 1992).

Se trata, por tanto, de un planteamiento radicalmente distinto al neoclásico[6]. Ello no obstante, tal y como señala Hayek, “es difícil que haya algo de lo que ocurre en el mundo que no influya en la decisión que debe tomar” el empresario; aun así, para llevar a cabo acciones empresariales no se necesita conocer todas las circunstancias y acontecimientos, ni tampoco todos sus efectos (Hayek, El uso del conocimiento en la sociedad, 1945)[7].

Por otra parte, y en una visión muy compatible con la perspectiva de la Escuela Austriaca que acabamos de explicar, nos encontramos con el Enfoque de Capital Intelectual, expuesto entre otros por Christian Stam (Stam, 2006), y que entiende el conocimiento como aquel recurso intangible, originado en el factor humano, que puede crear valor, siendo la manera de integrar el conocimiento tácito y privativo en la empresa uno  de los aspectos fundamentales en los que se centra este enfoque. Así, el “capital intelectual” no es sino una “metáfora” que describe la importancia de los recursos intangibles y se refiere no sólo al conocimiento en sentido estricto, sino a las habilidades y capacidades humanas en sentido general.

Los estorbos morales, o derivados de la opinión, según Gaspar de Jovellanos

Tal y como resume Guillermo Carnero (Carnero, 1998), el Consejo de Castilla inició un Expediente de Ley Agraria en los años 60 del Siglo XVIII, pidiendo a los intendentes informes sobre la situación del agro en sus demarcaciones y sobre eventuales reformas. Se reunió así gran cantidad de información que fue remitida, en 1777, a la Real Sociedad Económica Matritense para su examen e informe por la sección de Agricultura.

El asunto –debido a su carácter técnico, a su envergadura política y a su enorme amplitud- fue objeto de una gestión lenta y poco ágil. En 1783 hubo de constituirse una comisión de Ley Agraria, formada por catorce miembros, uno de los cuales era Jovellanos. A petición de la misma se imprimió al año siguiente el Memorial ajustado que organizaba y refundía la documentación de 1977, con la finalidad de facilitar su manejo. En 1787, la Sociedad y la comisión delegaron en Jovellanos, que tardó otros siete años en concluir el Informe.

Así, en 1795 apareció, impreso por la Real Sociedad Económica Matritense, el “Informe de la Sociedad Económica[8] de esta Corte al Real y Supremo Consejo de Castilla en el Expediente de Ley Agraria, extendido por su individuo de número, El Sr. D. Gaspar Melchor de Jovellanos, a nombre de la Junta encargada de su formación, y con arreglo a sus opiniones[9]” y que comienza con un resumen histórico de la evolución de la agricultura en nuestro país hasta su época, para repasar después, de manera esquemática, los males tradicionales de la agricultura española, vigentes aún en la época, dividiéndolos en tres clases de trabas u “obstáculos”: políticos, morales y físicos.

De los tres tipos de obstáculos, los que a nosotros nos interesan en éste momento son los obstáculos morales, que Jovellanos divide fundamentalmente en dos:

  1. La falta de conciencia de que la agricultura es la actividad económica primordial y de la que realmente depende la prosperidad de un país, rebatiendo la que él pensaba que era la idea predominante en su época, según la cual la prosperidad dependía de la industria, el comercio y la navegación[10]. Eso llevaba, según él, a una economía que dependía del extranjero para subsistir, con los avatares de las coyunturas políticas y los cambios político-comerciales y de hábitos de consumo de otros países.
  2. La falta de reconocimiento y consideración con que se trata a las ciencias[11] exactas, físicas, naturales y experimentales[12], especialmente las aplicables a la mejora de las técnicas de cultivo[13]. En opinión de Jovellanos, dicho cambio de mentalidad no se podía esperar de la Universidad española, anquilosada y escolástica[14], ni debía orientarse hacia las disquisiciones puramente teóricas, sino hacia aplicaciones prácticas y a personas directamente dedicadas y/o interesadas en la agricultura (propietarios y campesinos principalmente)[15]. Para ello recomendaba la creación, en ciudades y villas de importancia, de centros semejantes a su Instituto Asturiano de Gijón (y no a las Universidades de la época) en los que pudiesen formarse los propietarios[16], así como de una enseñanza primaria, para que los campesinos aprendan a “leer, escribir y contar”, a fin de que puedan “perfeccionar las facultades de su razón y de su alma” y percibir las sublimes verdades “sencillas y palpables de la física, que conducen a la perfección de sus artes”. Dentro de su plan, estaba utilizar al clero secular[17] para para aplicar sus planteamientos, dado que estaba ya diseminado y establecido en el medio rural, gozando de audiencia y credibilidad, y con un coste nulo para el Estado. No sólo eso. En opinión del patricio asturiano, tanto los propietarios como los campesinos y los párrocos debían disponer de publicaciones de fácil comprensión[18], elaboradas por las Sociedades de Amigos del País, que los formaran en técnicas de preparación de la tierra y siembra, así como en el uso de mejores y más modernos instrumentos de cultivo.

Conclusiones

Como se puede ver a partir del resumen que hemos hecho de la segunda parte del Informe, el planteamiento que Jovellanos desarrolla en la obra da una gran importancia al conocimiento, pero entendido en un sentido amplio, sin limitarlo a la mera información teórica, pero reconociéndole a la física, a las matemáticas y a las ciencias experimentales en general, su importancia; acentuando la necesidad de que se fije en la resolución de los problemas prácticos, pero sin olvidar los teóricos.

Reconociendo implícitamente que no es necesario que se conozcan todas las circunstancias, todos los acontecimientos, todos los efectos, aunque sí unos mínimos; un conocimiento dirigido a las personas directamente relacionadas con el sector en el que se va a aplicar y, por supuesto, siempre  atento a las innovaciones y mejoras, permanentes y dispersas, que se van descubriendo (en otras zonas o por otras personas), a fin de poder incorporarlas inmediatamente al proceso productivo, en un proceso que se retroalimenta.

 En definitiva, un conocimiento que tiene los mismos rasgos y las mismas características que destacan los autores de la Escuela Austriaca al hablar del conocimiento propio de la función empresarial, y que, si bien Jovellanos no lo refiere a la “empresa” como estructura creadora y aglutinadora, sí lo entiende como un “intangible” (estorbo “moral o de la opinión”, lo denomina él), que va más allá del mero conocimiento intelectual, en sentido estricto, y que incluye otras muchas habilidades del ser humano.

Un conocimiento, en definitiva, ignorado por la Escuela Neoclásica y por nuestro querido Presidente, para quien nada bueno parece que puede haber en el mundo si no es él o su gobierno quien lo fomenta.

Bibliografía

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Hayek, F. (s.f.). El Uso del conocimiento en la Sociedad.

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Jovellanos, G. (1795). Informe de Ley Agraria. Madrid: Sociedad Económica de Madrid.

Llombart, V. (2011). El pensamiento económico de Jovellanos y sus intérpretes. En d. L.-V. Fernández Sarasola, Jovellanos, el valor de la razón (1811-2011). (págs. 75-105). Gijón: Instituto Feijó de Estudios del Siglo XVIII.

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Stam, C. (2006). The Intellectual Capital Perspective. Sustainable Program on Intellectual Capital Education. Centre for Research in Intellectual Capital INHOLLAND University of Professional Education.

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Zanotti, G. (2011). Conocimiento Versos información. Madrid: Unión Editorial.

Notas

[1]Los elementos constitutivos de la acción humana, imprescindibles para un correcto estudio de la misma, y que no son siempre tenidos en cuenta por otras Escuelas Económicas son: los objetivos perseguidos por el sujeto, el valor que se asigna a los mismos, los medios escasos disponibles –y la utilidad o apreciación subjetiva, también cambiante, que se les da a esos medios-, el plan de acción y el tiempo requerido por la acción.

[2] Págs. 3-4. El propio Mises señala, en la página 11 de la misma obra, que “en el estado actual del pensamiento económico y de los estudios políticos referentes a las cuestiones fundamentales de la organización social, ya no es posible considerar aisladamente el problema cataláctico propiamente dicho. Estos problemas no son más que un sector de la ciencia general de la acción humana, y como tal deben abordarse”.

[3] Para una crítica de la postura metodológica misiana, es interesante la crítica que hace el profesor Zanotti (Zanotti, 2003).

[4] En un sentido que, como señala el profesor Huerta de Soto (Huerta de Soto, 1992) puede parecer demasiado amplio “y no acorde con los usos lingüísticos actuales”, pero que “responde a una concepción de empresarialidad cada vez más elaborada y estudiada por la ciencia económica”.

[5] En este sentido, es interesante recordar lo señalado por el profesor Huerta de Soto (Huerta de Soto, 1992):“el conocimiento generado en el proceso social, relevante a efectos empresariales, seguirá siempre siendo un conocimiento de tipo tácito y disperso, y, por tanto no transmisible a ningún centro director, y el futuro desarrollo de los sistemas informáticos y de los ordenadores incrementará aún más el grado de complejidad del problema para el órgano director, pues el conocimiento práctico general con la ayuda de tales sistemas se hará progresivamente más complejo, voluminoso y rico”.

[6] Las diferencias, por tanto, entre el planteamiento austriaco que seguimos y el de los neoclásicos,  a los que nos referíamos al inicio, es, por tanto clara. Mientras que los segundos se basan en modelos de competencia perfecta que suponen un conocimiento perfecto, los economistas austriacos, con Hayek y Mises a la cabeza, enfatizan que la información de los agentes económicos es limitada.

Así, mientras aquéllos parten de la hipótesis del conocimiento perfecto como núcleo central de la teoría y luego agregan como hipótesis  posterior, la de información incompleta en sus modelos,  los austriacos parten de que el conocimiento es incompleto, imperfecto, disperso, limitado (ese es el núcleo central de la teoría) y luego tienen en cuenta la posibilidad del aprendizaje como mecanismo que corrige, al menos en parte, la limitación de dicho conocimiento. En este sentido, es muy interesante analizar lo manifestado por el profesor Zanotti (Zanotti G. , 2011) en las páginas  60-61 de la obra que citamos.

[7] “No le importa la razón por la que un determinado momento se necesiten más tornillos de un tamaño que de otro, ni por qué las bolsas de papel se consigue más fácilmente que las de tela, ni porqué sea más difícil conseguir trabajadores especializados o una máquina determinada. Todo lo que le importa es determinar cuán difícil de obtener se han vuelto estos  productos en comparación con otros que también le interesan, o el grado de urgencia con que se necesitan los productos alternativos que produce o usa” (Hayek, El uso del conocimiento en la sociedad, 1945).

[8] Las Sociedades Económicas de Amigos del País son reuniones de hombres “generosos y competentes que, a la manera de academias locales, se van constituyendo en las ciudades importantes de España, en cada capital de provincia en general, a partir de tertulias de amigos, y que tienen como único objetivo la prosperidad del país, y cuyos programas de trabajo tienden invariablemente a resultados prácticos, precisos y útiles. Dichas sociedades parecen creadas a imitación de otras corporaciones extranjeras en que alienta el mismo afán de prosperidad nacional, y cuya historia y actividad fue estudiada por algunos españoles (Sarrailh, 1954).

Para Vicens Vives (Vicens Vives, 1958), el influjo de las Sociedades Económicas se hizo patente en muchas direcciones: captando las simpatía de los poderosos, dando ejemplo de nuevas prácticas (en 1807 la Sociedad Económica de Valladolid instaló a este efecto una Huerta del Rey), etc. Sin embargo, el principal objetivo de los innovadores fue la conquista de las palancas de poder.

[9] Es importante tener en cuenta que, al redactarlo, Jovellanos no actuó como quien expresa sin limitaciones su pensamiento en el ámbito de la teoría, sino que se vio obligado a subordinar ese pensamiento a dos consideraciones: Una de índole corporativa, ya que escribía y publicaba en nombre de la Sociedad Matritense, de su “clase” o “sección” de agricultura y de su comisión de Ley Agraria; y la otra de índole práctica y política, que le obligaba a descartar lo que, aun siendo preferible desde un punto de vista teórico, fuere inaplicable a la realidad que él conocía, y a temer que la proposición de medidas demasiado radicales diera al traste con la posibilidad de efectuar reformas cuya efectividad descansaba en la moderación y la transacción (Carnero, 1998).

[10] Los Gobiernos “han aspirado a establecer su poder sobre la extensión del comercio, y desde entonces la balanza de la protección se inclinó hacia él” (Jovellanos, 1795).

[11] Tal y como señala Sarrailh (Sarrailh, 1954), la masa rural de la España de la segunda mitad del S. XVIII, sufre una miseria espiritual más temible aún que su estrechez económica, y que hace aún más trágico su destino, “en todas partes reinan la ignorancia, la creencia en lo maravilloso y las supersticiones de toda índole”.

Los españoles ilustrados reclaman a grandes voces la fundación de escuelas y  las Sociedades económicas multiplican sus esfuerzos generosos para instruir a los campesinos y a sus hijos, precisamente porque el pueblo carece de los conocimientos más elementales. Como expresamente señala Sarrailh, “es enorme el número de analfabetos” (Sarrailh, 1954).

Lo llamativo de Jovellanos, sin embargo, en comparación con sus contemporáneos, es el protagonismo que le da a dicha ignorancia, el tipo de saber –entendido en sentido amplio- que considera necesario para el desarrollo y mejora de la agricultura, y las medidas que pretende instaurar para su solución.

[12] “Para que los institutos propuestos sean verdaderamente útiles convendrá formar unos buenos elementos, así de ciencias matemáticas como de ciencias físicas, y singularmente de éstas últimas; unos elementos que, al mismo tiempo, reúnan cuantas verdades y conocimientos puedan ser provechosos y aplicables a los usos de la vida civil y doméstica” (Jovellanos, 1795).

[13] “Dígnese, pues, V.A. de restaurarlas en su antigua estima; dígnese de promoverlas de nuevo, y la agricultura correrá a su perfección. Las ciencias exactas perfeccionarán sus instrumentos, sus máquinas, su economía y sus cálculos, y los abrirán además la puerta para entrar al estudio de la naturaleza (…). La historia natural, presentándole las producciones de todo el globo, le mostrará nuevas semillas, nuevos frutos, nuevas plantas y hierbas que cultivar y acomodar a él, y nuevos individuos del reino animal que domiciliar en su recinto.

Con estos auxilios descubrirá nuevos modos de mezclar, abonar y preparar la tierra, y nuevos métodos de romperla y sazonarla. Los desmontes, los desagües, los riesgos, la conservación y el beneficio de los frutos, la construcción de trojes y bodegas, de molinos, de lagares y prensas, en una palabra, la inmensa variedad de artes subalternas y auxiliares del arte grande de la agricultura, fiadas ahora a prácticas absurdas y viciosas, se perfeccionarán a la luz de estos conocimientos, que no por otra causa se llaman útiles que por el gran provecho que puede sacar el hombre de su aplicación y socorro de sus necesidades” (Jovellanos, 1795).

[14] “Tampoco propondrá la Sociedad que se agregue esta especie de enseñanza al plan de nuestras universidades. Mientras sean lo que son y lo que han sido hasta aquí; mientras estén dominadas por el espíritu escolástico, jamás prevalecerán en ellas las ciencias experimentales (…) tantas cátedras, en fin, que sólo sirven para hacer que superabunden los capellanes, los frailes, los médicos, los letrados, los escribanos y sacristanes mientras escasean los arrieros, los marineros, los artesanos y los labradores, ¿no estaría mejor suprimirlas, y aplicada su dotación a esta enseñanza provechosa?” (Jovellanos, 1795).

[15] “La agricultura no necesita discípulos adoctrinados en los bancos de las aulas, ni doctores que enseñen desde las cátedras, o asentados en derredor de una mesa. Necesita de hombres prácticos y pacientes, que sepan estercolar, arar, sembrar, coger, limpiar las mieses, conservar y beneficiar los frutos, cosas que distan demasiado del espíritu de las escuelas, y que no pueden ser enseñadas con el aparato científico” (Jovellanos, 1795).

[16]“Sólo propondrá a V.A. que multiplique los institutos de útil enseñanza en todas las ciudades y villas de alguna consideración, esto es, en aquéllas que sea numerosa y acomodada la clase propietaria” (Jovellanos, 1795).

[17] “La Sociedad mira como tan importante esta función que quisiera verla unida a las del ministerio eclesiástico. Lejos de ser ajena de él, le parece conforme a la mansedumbre y caridad que forman el carácter de nuestro clero, y a la obligación de instruir a los pueblos que es tan inseparable de su estado. Cuando se halle reparo en agregar esta pensión a los párrocos, un eclesiástico en cada pueblo y en cada feligresía, por pequeña que sea, dotado sobre aquella parte de diezmos que pertenece a los prelados, mesas capitulares y beneficios simples, podría desempeñar la enseñanza a la vista y bajo la dirección de los párrocos y jueces locales.

¿Qué objeto más recomendable se puede presentar al celo de los reverendos obispos ni al de los magistrados civiles, y qué perfección no pudiera reunirse a ella la del dogma y de los principios de moral religiosa y política?” (Jovellanos, 1795).

[18] “Cree la Sociedad que el medio más sencillo de comunicar y propagar los resultados de las ciencias útiles entre los labradores sería el de formar unas cartillas técnicas, que en estilo llano y acomodado a la comprensión de un labriego, explicasen los mejores métodos de preparar las tierras y las semillas, de sembrar, recoger, escardar, trillas y aventar los granos, de guardar y conservar los frutos y reducirlos a caldos o a harinas; que describiesen sencillamente los instrumentos y máquinas de cultivo, y su más fácil y provechoso uso” (Jovellanos, 1795).

Ver también

No sólo tuvimos a los de la Escuela de Salamanca. (Jaime Juárez).

Breve aproximación al liberalismo en España. (Mateo Rosales).

¿Es el crecimiento económico finito? El pesimismo entrópico de Georgescu-Roegen

Artículo publicado originalmente en la Revista Ágora Perene

La teoría del decrecimiento, defendida por los partidarios del ecologismo radical de la Deep Ecology, presenta una crítica contundente a las tesis de la economía tradicional de crecimiento económico ilimitado y lineal, una crítica que resuena en la sociedad en general. ¿Tienen razón sobre la naturaleza finita del crecimiento? ¿Nos dirigiremos, en el futuro, a un agotamiento catastrófico de las capacidades productivas? La ley físico-termodinámica de la entropía, con su paradigma de declive energético gradual de la naturaleza, constituye un serio desafío al optimismo económico liberal y a su ideal de prosperidad material humana. Esta idea sería incorporada por primera vez a la ciencia económica en la década de 1970, con el advenimiento de la bioeconomía del economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen, el principal inspirador del movimiento del decrecimiento.

Introducción

El filósofo alemán Friedrich Nietzsche describió al hombre con la imagen metafórica de un ser creador y destructor, semejante a una llama:
“¡Sí! Sé de dónde vengo,
Nunca saciado, como un fuego, resplandeciente, yo mismo consumo.
Todo lo que agarro y toco hace luz,
Todo lo que dejo atrás son cenizas,
Ciertamente, llama es lo que soy.”

Esta imagen del hombre como productor de luz y muerte por el toque refleja claramente la idea prometeica de un ser explorador y dominador de la naturaleza. En contraposición a esta imagen prometeica, un filósofo alemán posterior, Martin Heidegger, instó al hombre a ser el “pastor de la tierra”, a aceptar su humilde papel como parte del mundo, evitando la tecnología, la dominación y el papel de explorador (Bramwell, 1989).

La metáfora del Hombre Prometeico y del Hombre Pastor, presentes en Nietzsche y Heidegger, respectivamente, refleja dos concepciones antagónicas del hombre y su relación con el mundo, con importantes manifestaciones en el pensamiento humano, literario y científico, a lo largo de la historia.

El hombre pastor

La idea del Hombre Pastor comparte muchas similitudes con el ideal estético y ético de la vida tradicional defendida por muchos poetas y escritores ligados a un romanticismo nostálgico, aristocrático y conservador. Esta visión, a diferencia de lo que se afirma con frecuencia en el sentido común, de ninguna manera contradice el liberalismo económico, siendo fácilmente aceptada por economistas de línea ordoliberal, como el alemán Wilhelm Röpke.

Esta visión orgánica de la economía, que une las necesidades del hombre y de la naturaleza, pone de relieve un tema importante que no debe ser condenado ni negado per se, bajo el riesgo de incurrir en una epistemología autista y alienante de la realidad.

Sin embargo, debe notarse que esta visión bucólica y nostálgica del Hombre Pastor, de base cultural, se convertiría en blanco de fuertes manipulaciones y apropiaciones políticas en las últimas décadas por ciertos grupos con ideologías marcadas por el extremo zelotismo ambiental y sectario.

Ecologismo profundo

Un ejemplo claro de este tipo de ideología es la tesis del decrecimiento económico, que ha ido ganando terreno entre los partidarios del ecologismo radical en las últimas décadas, sobre todo en la corriente conocida como Deep Ecology, especialmente en los países desarrollados. Esta tesis aboga por el decrecimiento y políticas activas de desindustrialización, desinversiones y reducción drástica del consumo. Argumenta basándose en la finitud de los recursos energéticos y pone en cuestión importantes avances de la civilización proporcionados por la Revolución Industrial, así como las mejoras en el estándar de vida material de las masas en los últimos siglos.

La teoría del decrecimiento presenta una crítica contundente a las tesis de la economía tradicional de crecimiento económico ilimitado y lineal, una crítica que no se limita a su círculo inmediato de defensores, sino que resuena en la sociedad en general, haciéndose muy presente en los discursos de importantes liderazgos ambientalistas globales, como Greta Thunberg.

Toda ideología, por más caricaturesca que sea al representar la realidad, necesita estar anclada, aunque sea parcialmente, en alguna verdad para existir socialmente. Detrás de la tesis del decrecimiento, hay una verdad profundamente incómoda, cuya negación por parte de los críticos puede llevar a la apología de un extremo opuesto igualmente distorsionado y parcial.

Esta verdad tiene que ver con la creencia en el crecimiento infinito y en la disponibilidad ilimitada de recursos para sustentar el proceso económico. Surge entonces una reflexión inevitable: ¿la producción humana tendrá realmente un límite? ¿Nos dirigiremos, en el futuro, a un agotamiento catastrófico de las capacidades productivas? ¿O la tecnología será capaz de superar la escasez de recursos energéticos y físicos?

Las limitaciones epistemológicas de la economía neoclásica

Es precisamente aquí donde se encuentra la mayor debilidad argumentativa de los críticos a la tesis del decrecimiento. Hay que reconocer que la economía mainstream, con todo su aparato positivista y jerga técnica especializada, aún no ha logrado presentar una respuesta teórica satisfactoria al problema de la finitud de los recursos. Desde 1870, con el surgimiento de la ciencia económica neoclásica, los economistas (con algunas excepciones notables) parecían creer que el crecimiento económico era sostenible indefinidamente y que los recursos naturales eran inagotables, sustentados por una epistemología newtoniana y mecanicista de la realidad natural, que no concuerda con los avances teóricos posteriores de la física.

En este sentido, la mayor limitación de la ciencia económica neoclásica fue su incapacidad para conciliar su optimismo con los nuevos descubrimientos ocurridos en el campo de las ciencias biológicas y físicas en el siglo XIX, como la ley de la entropía de la termodinámica, cada vez más pesimistas respecto a la posibilidad de generación infinita de energía y la continuidad de la vida natural en el futuro.

Este desajuste entre el optimismo económico y el pesimismo de las ciencias biofísicas se manifestaría de manera más clara a lo largo del siglo XX. Desde la década de 1970, y con el objetivo de llenar este vacío, comenzaría a establecerse una serie de nuevos paradigmas vinculados al medio ambiente en la economía mainstream, cuestionando la idea de crecimiento indefinido y lineal y utilizando el aparato teórico de las ciencias naturales.

Bioeconomía

Estos nuevos paradigmas, impulsados por el avance de las ideas ecologistas entre las décadas de 1960 y 1970, variaban desde posiciones moderadas a favor de la conservación y el crecimiento gestionado de los recursos —como los defensores de la tesis del “desarrollo sostenible”— hasta posiciones radicales de la Deep Ecology, que rechazan explícitamente el crecimiento económico y se muestran contrarias a la posibilidad de cualquier sistema económico autosostenible (Pearce y Turner, 1989).

La teoría de la bioeconomía, formulada por el economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen, fue claramente una fuente de inspiración para la mayoría de los partidarios del decrecimiento, aunque el autor no fue, él mismo, un defensor directo del movimiento (Missemer, 2017). Su principal obra, expuesta en The Entropy Law and the Economic Process (1971), presenta la economía como un subsistema integrado a un sistema bioeconómico global.

Esto lleva a la idea de que la economía está regida por un proceso dinámico de producción, circulación y distribución de bienes y residuos, semejante al existente en el subsistema biológico evolutivo —un sistema limitado en términos energéticos y materiales y en continuo decaimiento a largo plazo, regido por la Ley de la Entropía.

La bioeconomía entrópica de Nicholas Georgescu-Roegen

El modelo entrópico del economista rumano Georgescu-Roegen fue profundamente influenciado por las teorías alemanas de la energética social del siglo XIX, que integrarían la biofísica en la explicación de los procesos económicos de producción, trabajo y consumo. También fue fuertemente influenciado por el institucionalismo y la economía evolutiva del austriaco Schumpeter, a través de la visión de cambios dinámicos cualitativos en los métodos de producción económica. Sus ideas de una economía evolutiva, sin equilibrio estático y antimecanicista, encuentran paralelismos con la concepción dinámica del proceso económico de la Escuela Austriaca de Economía de Carl Menger, Bohm-Bawerk y Ludwig von Mises.

Las ideas fundamentales de su teoría fueron presentadas entre las décadas de 1930 y 1940, a partir de sus trabajos en la economía agraria y en la crítica a la teoría del consumidor y a la función de producción neoclásica (Heinzel, 2013). Georgescu, durante los años 1930, tuvo contacto con economistas de Harvard, donde se convirtió en discípulo de Schumpeter, y desarrolló estudios sobre la temática de la economía neoclásica. Su teoría de la bioeconomía tuvo sus primeras ideas formuladas en ese período, influenciada por sus experiencias con la vida económica campesina al regresar a Rumanía, en los años 1940 (Goudy y Mesner, 1998).

The entropy law and the economic process

En The Entropy Law and the Economic Process (1971), Georgescu-Roegen contribuyó con la incorporación del modelo teórico de la termodinámica física en el análisis económico, siendo más conocido por el uso de la Ley de la Entropía, la Segunda Ley de la Termodinámica. Esta ley es descrita por Georgescu como “la más económica de todas las leyes naturales” y “la raíz principal de la escasez económica”.

Georgescu, basándose en la ley termodinámica de la entropía y crítico del modelo económico neoclásico heredado del mecanicismo de la física clásica, estableció el modelo de la bioeconomía. Este modelo consiste en un marco teórico dinámico para la economía, que propone que la energía física contiene un stock natural finito, lo que impone restricciones al crecimiento económico.

La bioeconomía de Georgescu-Roegen, al enfatizar la finitud física no solo de la materia, sino también de la energía, marca una ruptura categórica con el modelo estándar y mecánico de la economía de autorreproducción (Miernyk, 1990). El modelo tradicional de flujo circular, promovido desde el siglo XVIII por los fisiócratas franceses y en los siglos XIX y XX por los modelos teóricos neoclásicos de Leon Walras y Gustav Cassel, se caracteriza por un movimiento perpetuo, en el que el consumo va en una dirección y la producción en otra, alcanzando un punto de equilibrio.

El aumento de la entropía

Según la teoría bioeconómica, las actividades económicas degradan acumulativamente el medio ambiente con el tiempo (aumentando la entropía, de acuerdo con las leyes de la termodinámica) y los cambios ambientales alteran, a su vez, el proceso económico. La economía de la biosfera es un sistema cerrado en el cual la entropía aumenta continuamente (e irrevocablemente) hasta un máximo: la energía disponible se transforma continuamente en energía no disponible, hasta que desaparezca por completo.

El proceso económico es la producción de entropía y se opone al movimiento perpetuo de la teoría estándar. La materia está sujeta a la misma degradación que la energía, a través de un fenómeno acumulativo. La conclusión ineludible de estos postulados es que el sistema económico global tiene un ciclo de vida similar al de un organismo vivo (Bobulescu, 2012).

Cuerpos endosomáticos vs exosomáticos

La bioeconomía también establece que el sistema económico está regido por una dinámica evolutiva similar a la existente en el sistema biológico. Georgescu-Roegen postuló que el proceso económico es una extensión de la evolución biológica, al distinguir entre cuerpos endosomáticos y exosomáticos. El cuerpo somático de todo ser biológico está dotado de órganos endosomáticos naturales. La especie humana agrega y complementa los cuerpos endosomáticos de la biología al crear herramientas, máquinas e instrumentos externos, que se convierten en órganos exosomáticos.

Los cambios evolutivos, incluidos los exosomáticos, son de naturaleza cualitativa, y todas las entidades afectadas por un cambio cualitativo son necesariamente dialécticas.

Conceptos aritmórficos vs dialécticos

Georgescu distinguió entre conceptos matemáticos (aritmórficos) y lingüísticos (dialécticos), lo que le permitió abordar importantes construcciones teóricas. Los conceptos aritmórficos se definen por su distinción discreta entre números individuales en un continuo aritmético, que, por lo tanto, nunca se sobreponen. En contraste, en los conceptos dialécticos no hay separación discreta entre ellos. Están separados de sus opuestos por una “penumbra dialéctica”. Por ejemplo, viejo y joven son conceptos dialécticos. Un niño será un anciano cuando tenga 90 años, pero nadie puede decir con certeza cuándo envejecerá (Bobulescu, 2012).

Al enfatizar la naturaleza dialéctica de los conceptos económicos, Georgescu consideró que el proceso económico está caracterizado por una discontinuidad lógica, por cambios y desequilibrios históricos que requieren un enfoque diferente al cálculo marginal cuantitativo neoclásico (Heinzel, 2013).

Crítica a la matematización de la economía

Las críticas de Georgescu al supuesto de integrabilidad matemática en la economía lo llevaron a establecer objeciones a la teoría de decisión racional microeconómica, señalando una limitación intrínseca de la teoría del consumidor (Zamagni, 1999). Demostró que las curvas integrales de la ecuación diferencial que representan la condición de equilibrio del consumidor no corresponden necesariamente al mapa de indiferencia del consumidor. Por lo tanto, la realidad observable de las elecciones y preferencias de los consumidores no sigue obligatoriamente los axiomas del comportamiento del consumidor, como la utilidad marginal decreciente.

A partir de sus experiencias con la economía agrícola en Rumanía, Georgescu concluyó que el modelo económico estándar, en el que el consumidor o productor funciona como en el equilibrio walrasiano, no puede coincidir con la economía agraria. La inercia social y el principio de subsistencia en las zonas rurales superpobladas se oponen al modelo hedonista de consumo en las ciudades. Las instituciones agrícolas no se ajustaban al principio cuantitativo de maximización de beneficios (Heinzel, 2013).

Su ataque contundente contra las funciones de producción neoclásicas (como la de Cobb-Douglas) afirma que estas funciones son construcciones matemáticas que contradicen las leyes físicas. Georgescu-Roegen se apartó radicalmente del análisis convencional y construyó un modelo de flujo de fondos del proceso de producción basado en los recursos naturales, en el cual la “producción” corresponde a un proceso de transformación. Los recursos (flujos) se transforman en productos y residuos. El trabajo y el capital son agentes de transformación (fondos) que permiten esta transformación. Durante este proceso de producción-transformación, la entropía aumenta (Georgescu-Roegen, 1971).

Continuidad con Schumpeter

En resumen, Georgescu-Roegen llenó importantes lagunas dejadas por la economía neoclásica al incorporar las ciencias biológicas en el análisis de la dinámica económica. Georgescu considera que la economía sigue un proceso evolutivo regido por las leyes de la termodinámica. Este proceso tiene una importante dimensión cualitativa, que no puede ser capturada por el instrumental económico tradicional, centrado en variaciones “marginales” numéricas.

Especialmente al demostrar la necesaria interrelación entre la actividad económica y el medio ambiente natural, Georgescu destacó la omnipresencia e inevitabilidad de los problemas y limitaciones ambientales asociados a cualquier actividad económica. En varios trabajos importantes, se percibe una continuidad con la teoría institucionalista y evolucionista de Schumpeter, siguiendo particularmente la preocupación central de su maestro con el tema de la evolución y con la metodología (Heinzel, 2013).

Aunque Georgescu-Roegen no lo defendió, la introducción de la ley de la entropía en el análisis económico influiría en el surgimiento del movimiento de decrecimiento económico a partir de los años 70. Este movimiento ecológico adoptaría una postura radical respecto al proceso productivo actual, yendo más allá de las tesis habituales de estacionariedad económica y limitación del consumo, al abogar por una política de continua desindustrialización, desinversiones y reducción del PIB, con el objetivo de retardar el proceso de decaimiento energético natural provocado por el crecimiento entrópico.

Un modelo dinámico y cualitativo frente al mecanicismo neoclásico

Algunos autores consideran que el propio movimiento de decrecimiento distorsionó la teoría bioeconómica de Georgescu, al asumir una epistemología que no la representa exactamente. Esto ocurre al defender una postura de reducción cuantitativa del nivel de actividad y de control “mecanicista” de la economía, una posición incompatible con el modelo dinámico evolucionista y cualitativo de la bioeconomía (Missemer, 2017). Más correcto sería hablar de una postura de “acrecimiento” de la bioeconomía que de un “decrecimiento” inducido por planes de control estatal sobre la actividad. Esta visión de acrecimiento sería más coherente con una teoría que guarda similitudes con la epistemología antimecanicista de la Escuela Austríaca de Economía, que influiría en Schumpeter y Georgescu.

Aún así, debe considerarse, por último, que la bioeconomía entrópica de Georgescu y su paradigma del declive energético gradual de la naturaleza constituyen un gran obstáculo para la teoría económica neoclásica convencional y su modelo estático mecanicista, además de exponer serios desafíos al optimismo económico liberal y su ideal de prosperidad material humana.

Bibliografía

Bobulescu, R. (2012). The making of a schumpeterian economist: Nicholas georgescu-roegen. The European Journal of the History of Economic Thought, 19(4), 625-651.

Bramwell, A. (1990). Ecology in the twentieth century: A history. Journal of the History of Biology, 23(3)

Georgescu-Roegen, N. (1971). The entropy law and the economic process Harvard university press.

Gowdy, J., & Mesner, S. (1998). The evolution of Georgescu-Roegen’s bioeconomics. Review of Social Economy, 56(2), 136-156.

Heinzel, C. (2013). Schumpeter and georgescu-roegen on the foundations of an evolutionary analysis. Cambridge Journal of Economics, 37(2), 251-271.

Miernyk, W.H. (1990). A mind ahead of its time. Libertas Mathematica, 10: 5–20. Reprinted in Georgescu-Roegen (1996: 183–93).

Missemer, A. (2017). Nicholas Georgescu-Roegen and degrowth. The European Journal of the History of Economic Thought24(3), 493-506.

Pearce, D. W., & Turner, R. K. (1989). Economics of natural resources and the environment Johns Hopkins University Press.

Zamagni, S. (1999). Georgescu-roegen on consumer theory: An assessment. Bioeconomics and Sustainability: Essays in Honor of Nicholas Georgescu-Roegen, 103-124.

Historia económica (II): La economía en el s. XVI, población y agricultura

Una de las obras de referencia para entender este periodo es Feudalismo tardío y capital mercantil, de Peter Kriedte. Nos encontramos en un momento de expansión económica, pero también de crecimiento demográfico. La economía de la época era eminentemente agrícola. Dado el crecimiento de la población, se necesitaban más tierras cultivables, por lo que los campesinos fueron conquistando nuevos terrenos, como tierras marginales utilizadas para el pastoreo. Esto provocó la destrucción del equilibrio entre la agricultura y la ganadería, esencial para mantener la fertilidad del suelo.

Las crisis de subsistencia comenzaron a aparecer en el mundo rural, lo que generó una división del trabajo entre la ciudad y el campo. La producción agraria quedó reducida al agro, mientras que la ciudad concentraba la producción de mercancías manufacturadas. Las ciudades comenzaron a crecer en población, importancia y riqueza. Es en este momento cuando los medios artesanales alcanzan su máxima expresión. A pesar de que la división del trabajo entre campo y ciudad era patente, no se puede negar que determinados oficios urbanos y rurales estaban interconectados, no debemos imaginarnos dos mundos estancos sin relación. La ciudad y el campo dependían la una del otro y requerían cierta coordinación productiva.

Otro factor fundamental es que la mano de obra de las ciudades era la excedente del campo. Una ciudad moderna solo podía subsistir si previamente el campo había sido capaz de crear excedentes de población. Por eso el excedente poblacional del mundo rural fue clave para Kriedte. Ya en esta época comenzaron los instrumentos de control poblacional, uno de esos instrumentos era la institución del matrimonio. De esta forma, los Estados atrasaban la edad del matrimonio a través de leyes, atrasando así el nacimiento del primer hijo. En el siglo XVI, el trabajo y la familia eran cuestiones indistinguibles, y pertenecían a una etapa de la vida muy concreta.

El papel de la agricultura

Las sociedades de la baja edad media y los comienzos de la modernidad eran mucho más carnívoras de lo que podríamos creer. Por lo visto, en las últimas etapas de la Edad Media se comía mucha carne, incluso más que ahora. Pero poco a poco los hábitos alimenticios fueron cambiando, siendo la base agrícola esencial en la dieta. El aumento poblacional necesitaba de un aumento de la productividad de la tierra y de la agricultura. En Europa tendremos dos realidades distintas: por una parte, la realidad occidental, que se estaba adentrando en un mundo capitalista y mercantil, y por otro la oriental, que seguía en la economía feudal con una nobleza muy poderosa.

En los países orientales vemos una refeudalización, conforme occidente se iba volviendo más capitalista, los países de oriente se iban volviendo cada más feudales. No hablamos de masas empobrecidas de campesinos, sino de la existencia de una servidumbre propia de la plena Edad Media. La divergencia ciudad/campo también se dejó ver en oriente, como el caso de Polonia, donde ciudades como Danzing pasaron a ser lugares florecientes con una gran actividad mercantil.

El aumento de la capacidad agrícola vino determinado por tres cuestiones principales: la postergación del barbecho, la explotación agropecuaria rotativa, y el cultivo de forrajes. La combinación de estas actividades permitía aumentar la productividad y seguir alimentando la industria ganadera al mismo tiempo. Cada país se fue especializando en una actividad económica concreta, lo que determinaría, en parte, el desarrollo político y social de la región.

Serie Historia económica

(I) Historiografía y consideraciones previas

Treinta años de la Organización Mundial del Comercio

Por Katrina Gulliver. El artículo Treinta años de la Organización Mundial del Comercio fue publicado originalmente en FEE.

Este mes se cumplen 30 años del inicio de la Organización Mundial del Comercio. La OMC se creó como sucesora del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), en vigor desde 1947. El GATT se creó como método para estabilizar y restablecer el comercio tras la Segunda Guerra Mundial.

Pero el panorama del comercio mundial había cambiado radicalmente en los cincuenta años siguientes (sobre todo con el desarrollo del transporte internacional de mercancías en contenedores). El comercio internacional se había expandido masivamente y los países en desarrollo se estaban convirtiendo en centros manufactureros, deseosos de exportar.

La OMC fue la culminación de años de conversaciones y preparativos, reflejo de la ambición de los políticos por expandir el comercio internacional, pero también por asegurarse de que sus propias naciones obtuvieran el mejor trato posible. Sin embargo, su llegada no fue bien recibida por todos. Las rondas de conversaciones y cumbres de los primeros años de la organización fueron polémicas, tanto dentro de las salas de debate como fuera de los edificios.

La tercera ronda de conversaciones, celebrada en diciembre de 1999 en Seattle, fue testigo de protestas sin precedentes. En lugar de un acontecimiento internacional rutinario, con limusinas diplomáticas y oportunidades para hacerse fotos, hubo escenas de caos en el exterior. Estas estridentes protestas se conocerían en la prensa como la «Batalla de Seattle», que no era precisamente la imagen que el presidente Bill Clinton esperaba ofrecer a la audiencia mundial.

La Organización Mundial del Comercio y el movimiento antiglobalización

Dentro de la reunión también se desataron las pasiones. Como informó entonces el Wall Street Journal:

Dentro de la reunión de la OMC, los delegados de los países en desarrollo, incluidos Pakistán, India y Brasil, amenazaron con bloquear una nueva ronda de negociaciones comerciales, negándose a firmar cualquier acuerdo para iniciar las negociaciones a menos que Estados Unidos y Europa accedieran a sus demandas.

Fuera de la reunión, los equipos SWAT de la policía de Seattle utilizaron gas lacrimógeno, spray de pimienta, perdigones de goma y porras contra los manifestantes que bloqueaban el acceso a la reunión de la OMC, obligando a la organización comercial a cancelar su ceremonia de apertura. Ese mismo día, unos 30.000 sindicalistas se manifestaron en un acto de fervor contra la OMC.

Horrorizado, el alcalde de Seattle, Paul Schell, decretó el toque de queda y llamó a la Guardia Nacional.

Los manifestantes también contaron con apoyo: el sindicato International Longshore and Warehouse Union realizó paros en los puertos de Seattle, Tacoma y Oakland. En Seattle, los manifestantes contaron con el apoyo de varias ONG, en particular grupos de defensa de los derechos laborales y del medio ambiente, que habían planeado las protestas durante meses. La Federación Estadounidense del Trabajo y el Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO) también celebraron una concentración. En Londres, la acción simultánea de los activistas contrarios a la OMC incluyó ataques a la policía, y se cerró una estación de tren.

En retrospectiva, los planificadores de la OMC deberían haberlo visto venir. Los sentimientos antiglobalización habían ido cobrando fuerza en la década de 1990. Dos años antes de las conversaciones de Seattle, se habían producido protestas similares en la reunión del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) en Vancouver.

El sentimiento contrario a la OMC unió a grupos dispares, desde defensores de los derechos de los trabajadores y nacionalistas de derechas hasta ecologistas (y otros muchos simpatizantes). Resulta fascinante ver a manifestantes contrarios a la OMC ondeando la bandera de Gadsden.

La incorporación de China

Pero la OMC fue el resultado de años de trabajo para liberalizar el comercio, espoleado además por el colapso del bloque soviético. Por supuesto, no creó el «libre comercio» en todas partes (si lo hubiera hecho, no habría necesidad de que existiera tal organización). Su objetivo era promover un comercio más libre, al tiempo que permitía a sus miembros presionar en favor de determinadas protecciones nacionales. (En un mundo de verdadero libre comercio, tampoco habría «conversaciones comerciales»). Podemos ser cínicos y pensar que no es más que otra tertulia de buscadores de rentas, como parecen serlo tantos otros organismos internacionales. Pero ha incorporado a más países a las redes de mercados internacionales.

En 2001, China se incorporó a la Organización Mundial del Comercio, probablemente el mayor cambio en el comercio mundial en décadas, cuando Asia se convirtió en el centro manufacturero mundial, un hecho que sigue causando ondas económicas en todo Occidente. En la actualidad, la OMC cuenta con 166 miembros, que representan el 98% del comercio mundial.

No ha eliminado el problema de los aranceles nacionales, el proteccionismo o la preocupación por la globalización (desde todos los ángulos políticos). Un punto de fricción constante, por ejemplo, han sido las subvenciones agrícolas en la UE y Estados Unidos. Pero supone un paso más en el largo camino del comercio internacional que se inició cuando los primeros barcos partieron en el mundo clásico, para comerciar con mercancías por el Mediterráneo. Hoy todos podemos comprar cosas producidas en todo el planeta: y nuestra vida cotidiana se basa en este nivel de acceso y cooperación.

Feliz cumpleaños, OMC.

Ver también

¿Un nuevo consenso de Washington? (Álvaro Martín).

¿Hay que salvar la Organización Mundial del Comercio? (María Blanco).

Los europeos ya no pueden comprar coches, pero tienen un cargador único para su móvil

Me apresuro a aclarar que ninguna de las frases que componen el título es de mi coleto, yo me he limitado a intercalar la conjunción adversativa que las une para formarlo. La primera la pronunció hace un mes el señor Luca de Meo, que es el presidente de la patronal europea de fabricantes de coches, además de CEO de Renault, y fue titular en diversos medios[1].

La segunda procede de un ufano anuncio que la Comisión Europea hizo el 28 de diciembre mediante la red X: “Una Unión, un cargador” es el slogan. A partir de ese día, todos los aparatos electrónicos vendidos en la UE tenían que incorporar un puesto USB-C para su carga. Ello implica para los europeos “mejor tecnología de carga, menos e-desperdicios, y menos lío para encontrar el cargador necesario”, nos dicen en el mismo mensaje. También fue noticia en numerosos medios, en más que la primera, aunque aquella resulte más llamativa.

Es difícil interpretar de forma positiva la primera frase: lo que nos dice de Meo no es que los europeos no quieran comprar coches, sino que cada vez se lo pueden permitir menos. ¿Es porque los europeos son más pobres, o porque los coches son más caros? De Meo se inclina por esta última causa. En cuanto a la segunda frase del título, aquí sí aparece algo positivo a primera vista para el ciudadano europeo, que gracias a la Comisión Europea se encontrará con un futuro más sencillo y más verde a la hora de cargar sus dispositivos electrónicos.

¿Qué tienen en común entonces ambas frases que hayan impulsado a un servidor a combinarlas en el mismo título? Pues que ambas son consecuencia de un mismo tipo de intervención regulatoria en el mercado, lo que los economistas llaman fijación de mínimos de calidad.

Las soluciones del mercado no intervenido

En el mercado no intervenido, las condiciones de una transacción son fijadas libremente por las partes. Una de dichas condiciones y muchas veces la única negociable, es el precio. A las autoridades les gusta mucho intervenir en los precios fijando máximos y mínimos, y es por ello que las consecuencias de la regulación de precios están muy estudiadas y son conocidas sobradamente por todo el mundo, menos, parece, por aquellos que toman la decisión de regular.

De la misma forma que se pueden establecer regulatoriamente límites al precio que pueden acordar las partes, el Estado también interviene en otras de las variables de la transacción. Por ejemplo, se pueden establecer regulatoriamente ciertas características del producto. Esto son los llamados mínimos de calidad.

La obligación que tienen los productos de consumo duradero de dar un periodo mínimo de garantía es un mínimo de calidad. Otro ejemplo lo constituye, precisamente, la obligación implícita en la segunda frase del título de este artículo: que todos los productos electrónicos incorporen un puerto USB-C.

El establecimiento de mínimos de calidad, como cualquier intervención en el mercado, tiene consecuencias. Estas son bien conocidas por los economistas. La fijación de mínimos de calidad supone un incremento de los costes en la elaboración del producto, por lo que tenderá a hacer que suban los precios del mismo. Dicha subida hará que determinados individuos, los compradores marginales, queden excluidos del acceso al producto o servicio.

Productos más caros

En el hipotético caso de que los consumidores demandaran y valoraran adecuadamente ese mínimo de calidad, los efectos sobre el mercado serían irrelevantes: el producto es más caro, pero satisface mejor las necesidades de los clientes, y lo que ha pasado es que el regulador ha acertado con lo que quería y valoraba la gente.

Obviamente, el caso hipotético descrito, si bien es teóricamente posible, es milagroso que ocurra, simplemente por los incentivos del regulador frente al emprendedor. Este último se beneficia si acierta con la configuración adecuada del producto, algo que no le pasa al regulador. Idénticamente, el emprendedor padece los costes de equivocarse en tal diseño, mientras que el regulador no soporta los costes de imponer los mínimos de calidad.

En suma, lo normal es que la consecuencia de la fijación de mínimos de calidad sea el encarecimiento del producto por incorporar características que el consumidor no valora suficientemente como para pagar el diferencial.

Aquí es donde enlazamos con la frase de Luca de Meo y primera parte del título de este artículo. Y es que los coches europeos están sujetos a intensas y crecientes mínimos de calidad. Aquí entran cosas tan anecdóticas como las sucesivas obligaciones de llevar chalecos reflectantes, triángulos de avería o sirenas de señalización, así como los requisitos relacionados con la protección del medio ambiente. Todo ello hace que el precio de los coches se acreciente sin que el comprador perciba una mayor utilidad del vehículo[2], por lo que es más remiso a comprarlo y prefiere buscar alternativas para satisfacer las necesidades que el vehículo privado satisfaría.

Menos innovación

La situación que denuncia de Meo tiene una causa clara: la regulación de mínimos de calidad impuesta por la Comisión Europea a los vehículos. Y es este mismo tipo de regulación la que inicia su andadura para los aparatos electrónicos con el cargador universal.

Que nadie se engañe, sus efectos serán los mismos: el encarecimiento del producto sin beneficio correlativo para el consumidor. Puede que a mucha gente le parezca fenomenal esto del cargador único; las ventajas son claras. Lo que no vemos son los costes, tanto estáticos como sobre todo dinámicos, ocasionados por el desincentivo a innovar en puertos de carga. Y si todo para aquí, la cosa puede quedarse en anécdota, como cuando nos obligaron a llevar chalecos reflectantes en el coche.

No parará aquí, claro que no. Y dentro de unos años me temo que tendré que rescatar este artículo y reescribirlo con otro título, tal vez este: “Los europeos ya no pueden comprar teléfonos móviles, pero su roscón de Reyes tiene más naranja confitada.”.

Notas

[1] Por ejemplo, en El Mundo

[2]la regulación que viene eleva en un 40% el precio de los vehículos” nos dice de Meo en la noticia citada.

Ver también

La regulación en la telefonía móvil: las antenas. (Alberto Illán Oviedo).

¿Hablaron los austriacos de economía ambiental?

Si hay una crítica que ha calado fuerte entre los economistas austriacos a lo largo de los últimos años, ha sido la relacionada con que no exista una teoría austriaca homogénea sobre la economía ambiental. Cabe resaltar, llegados a este punto, como ya he hecho en otras ocasiones, que no me considero un economista austriaco, aunque comparta ciertas visiones de la economía con esta escuela.

Lo que sí considero es el hecho de que, aunque comparta con la crítica que no existe una teoría austriaca homogénea de la economía ambiental, sí disponemos de suficientes elementos teóricos en la literatura austriaca para describir lo que sería una visión austriaca de la economía ambiental, sobre todo en lo relacionado con teorías de las externalidades, como es la contaminación ambiental. Para ello es necesario explicar la economía ambiental, en primer lugar, para después analizar cómo encajan algunas premisas y teorías de la escuela austriaca con las principales cuestiones de que trata esta rama de la economía.

La economía ambiental surge dentro de la economía neoclásica a partir de las teorías de la eficiencia y las teorías pigouvianas de la economía del bienestar, sobre todo en lo referente a las externalidades y sus costes. En muchas ocasiones hemos escuchado y leído críticas de la escuela austriaca a ciertos elementos de estas teorías, sobre todo en lo referente a las políticas públicas que se proponían a partir de ellas.

Externalidades y medio ambiente

Tal y como hemos comentado, la economía ambiental se desarrolla a partir de las teorías de las externalidades, poniendo el foco en la maximización de la eficiencia de la utilización de recursos ambientales, cuyo grado máximo se alcanzaría, hipotéticamente, por la asignación de recursos obtenida a través del punto de equilibrio general en un mercado competitivo en el que la totalidad de los costes sean internalizados. Las ineficiencias ocurrirían cuando los costes sociales asociados a los efectos externos de ciertas actividades de consumo o producción fueran plenamente incorporados al coste o precio de la producción o consumo de dicho bien, respectivamente, como podría ser el caso de la contaminación del agua o del aire.

Por lo tanto, partiendo de esta hipótesis, el valor total de la producción para la sociedad puede verse incrementado estabilizando el nivel de producción y consumo de los bienes contaminantes al nivel en el que se hallaría si el coste de las externalidades se viera plenamente reflejado en el precio (por ejemplo, aplicando un impuesto extraordinario a los carburantes contaminantes equivalente al coste de la contaminación generada por estos). En este escenario, por lo tanto, la reasignación de recursos se tornaría eficiente, de tal manera que se produciría o consumiría una menor cantidad de bienes contaminantes y más de los que no lo son, debido a su menor coste proporcional.

La Escuela Austríaca

Sin embargo, la Escuela Austriaca no comparte esta manera de verlo, ni mucho menos las recomendaciones de políticas públicas que surgen de ella por varios motivos. En primer lugar, la Escuela austriaca considera que la eficiencia es praxeológica, es decir, es un objetivo individual y no un problema de maximización, como tradicionalmente se ha tratado en economía. (No comparto la visión de los austriacos aquí, ya que nos cambiaría absolutamente todo lo que sabemos sobre productividad, pero eso es otro tema). Para los austriacos, por lo tanto, desde el punto de vista de las políticas públicas, la eficiencia social se debe entender como el nivel al que las instituciones legales y políticas facilitan la consistencia y cohesión entre los objetivos que los actores individuales persiguen y los medios que consideran óptimos para lograrlos.

Por otro lado, vuelve la sempiterna discusión sobre costes sociales y valor. Para los austriacos, como bien sabemos, los costes y el valor son puramente subjetivos, por lo que los costes sociales y el valor social de algo no se puede calcular de manera agregada. En cambio, en la economía neoclásica, el enfoque tradicional se basa en identificar situaciones donde el beneficio marginal privado de una actividad es superior a su coste marginal social y viceversa, para potenciar un tipo de situaciones y desincentivar las otras. Claramente, este enfoque neoclásico requiere de comparaciones de utilidad interpersonales y agregación de preferencias o juicios valorativos individuales, lo cual los austriacos consideran metodológicamente incorrecto y, por lo tanto, inductor de conclusiones y recomendaciones inválidas.

Contra la economía neoclásica

En tercer lugar, otro debate en el que los austriacos siempre están enfrentados a la economía neoclásica y que se halla en el núcleo de la economía ambiental es el de la eficiencia de Pareto, que deriva de la posibilidad, en la economía neoclásica, de que exista un equilibrio general competitivo, pero que para los austriacos es simplemente una construcción teórica sin respaldo e irrelevante como baremo de análisis para fenómenos reales.

Tal y como conocemos a través de los escritos de Mises, la acción humana se prolonga en el tiempo, con acumulación de conocimiento y generando oferta y demanda constantes y permanentemente cambiantes, por lo que el equilibrio de Pareto en un instante determinado del tiempo resultaría irrelevante. Por ello, manteniéndose fieles a la teoría del valor y coste subjetivos, los austriacos rechazan de frente emplear el equilibrio-eficiencia de Pareto en cualquier análisis, torpedeando la base de flotación teórica de gran parte de la economía ambiental moderna.

Por lo tanto, aunque está claro que no existe una teoría unificada y homogénea de la economía ambiental por parte de la escuela austriaca, sí que existen unos principios, sobre todo metodológicos, que consolidan su oposición a la visión al respecto de la economía neoclásica y, por lo tanto, a la mayoría del policy making actual sobre la cuestión.

Ver también

La deshumanización del medio ambiente. (Adriá Pérez Martí).

Sólo el libre mercado protegerá al medio ambiente. (Daniel Lacalle).

Propiedad privada y medio ambiente. (Juan José Mora Villalón)

El lenguaje económico (XLVII): Población

Fue el agudo y original Rothbard (2012: 380) quien apuntó esta idea: «Fue [Josiah Tucker] también un mercantilista típico al instar al gobierno a fomentar el aumento de la población». Hoy veremos los errores del mercantilismo demográfico, a saber, la pretensión gubernamental de controlar —incrementar, mantener o reducir— la población.

Mercantilismo demográfico

Mercantilismo e intervencionismo son sinónimos. Ambas doctrinas afirman que el gobierno debe interferir el libre comercio para beneficiar a la nación, protegiendo y/o favoreciendo específicas industrias nacionales. El mito mercantilista por excelencia es la «balanza comercial favorable»: la equivocada creencia de que una nación mejora cuando las exportaciones exceden a las importaciones. Richard Cantillon fue el primero en exponer que el aumento de dinero en un país eleva los precios internos y fomenta las importaciones, acabando de este modo con la balanza de pagos favorable (Rothbard, 2012: 401).

España vaciada

Esta expresión se refiere a aquellos territorios —municipios, pedanías, aldeas, caseríos— que van perdiendo habitantes, pudiendo llegar a un completo despoblamiento. La población en España aumenta, pero hay un trasvase poblacional del campo a la ciudad. Los motivos de esta preferencia son evidentes: el hombre obtiene ventajas de la concentración humana. Los mercantilistas demográficos, cual enemigos de la realidad, desean revertir este proceso social mediante la coacción estatal, es decir, a golpe de subsidios (vivienda, transporte, dinero). Todo ello se hará a expensas del contribuyente urbano, que verá reducido su nivel de vida. Lo que nadie puede lograr es convencer a los empresarios para que abran negocios —sucursales bancarias, farmacias, gasolineras y otros comercios— en las zonas más despobladas y sufran pérdidas.

Reto demográfico

Tenemos en España un ministerio para la transición ecológica y el reto demográfico, pero nadie nos aclara a qué «reto» (en singular) nos enfrentamos: ¿superpoblación? ¿infrapoblación?, ¿inmigración?, ¿envejecimiento?, ¿sistema de pensiones?, etc. La literatura política al respecto es un repertorio de frases huecas, mantras progresistas e imposturas diversas: riesgo demográfico, cohesión territorial, sostenibilidad ambiental, habitabilidad humana, etc. Lo único claro es la creciente diferencia poblacional entre zonas urbanas y rurales, algo que viene sucediendo desde el origen de los tiempos. El gobierno considera que este «desequilibrio» poblacional es nocivo (para la nación) en términos de equidad y de igualdad de oportunidades, pero ¿por qué motivo debería estar la población equilibrada? El hombre actúa porque está insatisfecho (Mises, 2011: 985) y se desplaza de unas zonas a otras buscando «mejores» oportunidades, si deseara tener las «mismas» oportunidades, no haría nada.

Igualdad de oportunidades: una imposibilidad

La naturaleza es diversa. Los hombres son distintos entre sí, tienen diferentes aptitudes y actitudes, viven en ambientes —geográficos, culturales, familiares— también distintos. Esta diversidad natural ofrece a las personas diferentes oportunidades, que pueden ser o no aprovechadas. Afirmar que todos «deberían tener» las mismas oportunidades es un deseo irreal y, por tanto, debe ser rechazado. Decía Ortega (1921: 127): «Toda sentencia como deben ser las cosas presupone la devota observación de la realidad». Pretender una sociedad demográficamente igualitaria, no solo es imposible, sino que supone un triple error: a) Racional: ignora la realidad y pretende suplantarla por un nirvana socialista; b) Ético: utiliza la coacción estatal para alcanzar los fines igualitarios; y c) Económico: provoca un empobrecimiento general de la sociedad.

Sobrepoblación e infrapoblación

Algunos se quejan de que hay demasiada población y otros de lo contrario. Lamentarse o criticar las diferentes densidades poblacionales es un juicio de valor porque no existe una cifra objetiva o un óptimo demográfico para cada territorio. Los ingenieros sociales son muy peligrosos, por ejemplo, el gobierno chino estableció, entre 1980 y 2015, la política el hijo único, de funestos resultados: abortos forzosos, infanticidio, desproporción entre el número de hombres y mujeres, etc. Otros gobiernos hacen lo contario y fomentan la natalidad otorgando subsidios de diversa naturaleza. En ambos casos, el gobierno altera la libertad humana para tener más o menos hijos o para cambiar el lugar de residencia.

La trampa malthusiana

Según Malthus (1846), a medida que aumenta la disponibilidad de alimentos en una sociedad, la población crece hasta agotar los excedentes, retrocediendo de nuevo a la situación inicial, ya sea por hambrunas, guerras o enfermedades. Este ciclo pesimista podría darse eventualmente en una sociedad primitiva (agraria o de cazadores-recolectores), sin embargo, en una sociedad capitalista tanto la población como su nivel de vida crecen debido al aumento del capital disponible. Solo una mayor tasa de capitalización (no la voluntad política) permite un progreso material generalizado.

Vertebrar el territorio

Se trata de una metáfora orgánica que nadie ha definido. Ortega y Gasset (1921), en la «España invertebrada», hacía alusión al problema secesionista de Cataluña y País Vasco, así como a los particularismos regionales y a la desunión social. Podemos inferir que una España «vertebrada» sería aquella donde sus gobiernos territoriales —autonomías, provincias y municipios— y sus gentes estuvieran cohesionados, unidos y cooperaran socialmente dentro de un proyecto común de convivencia. Sin embargo, es el Estado, con su manía redistributiva, el que genera tensiones entre
regiones ricas y pobres.

Bibliografía

Malthus, T. (1846). Ensayo sobre el principio de la población. Madrid: Establecimiento Literario y Tipográfico de D. Lucas González y Compañía.

Mises, L. (2011): La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Ortega, J. (1921). España invertebrada. Madrid: Calpe.

Rothbard, M. (2012). Historia del pensamiento económico. Madrid: Unión Editorial.

Serie ‘El lenguaje económico’