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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Gamoneda de cambio

Claro que, si hasta Gustavo Bueno ha escrito sobre el pensamiento de Zapatero, yo no voy a ser menos. No iré tan lejos como para aplicarle el cierre categorial, aunque sólo sea porque la nebulosa yuxtaposición de topicazos postmarxistas que maneja el personaje se presta más a la ouija que a la ciencia.

Este domingo nos lo encontramos vestido de progresista. Zapatero, señores, ha hablado de pobreza. ¡Qué digo! De "Pobreza", así, con mayúsculas, que "tiene mucho que ver con el Amor y con la Solidaridad, así nos lo han enseñado filósofos y poetas", dice en su carta abierta a Gamoneda. Si Ferrocarril de Matallana es el mejor poema que ha leído, según confesión propia y en público (dice en laica penitencia), imagino que lo que ha aprendido sobre la pobreza del lado de los filósofos le vendrá de Pero Grullo o de Chomsky.

Ya en faena, insisto, no le busquemos la lógica, porque, por un lado, la pobreza es hermana del amor y la solidaridad y, por otro, madre de "dolor innecesario, tristezas y humillación". Pero Zapatero identifica la pobreza con la injusticia, como si fuera impuesta por los demás, o por "la sociedad"; como si el propio comportamiento fuera algo completamente ajeno. Es una idea paralizadora, porque en ella no tiene cabida el esfuerzo propio, el trabajo honrado y el estudio. No cabe la empresarialidad, el afán de mejora. El pobre nada puede hacer. No hay más esperanza, eso sí, que la del político salvador para imponer, de un golpe de mano, la justicia. El reparto del botín, vaya. Por eso habla de la pobreza "como destino", y de "la posibilidad humana de imaginar y actuar" sobre la miseria, no desde la miseria.

¿Por qué los progres hablan de la pobreza como si fuera cosa suya? ¡Si lo que hacen es enriquecerse mientras predican la miseria para todos los demás! Lo cierto es que en Zapatero, muñidor de todas las estrategias legales e ilegales para entregar Endesa a sus amigos, Montillas y Arenillas de por medio, el discurso sobre la pobreza queda especialmente vacío.

Por lo demás, seguiré su consejo de leer a Gamoneda.

ONGs y corrupción

Hoy sabemos que su presidente ha convertido a la ONG en Sodoma y Gamarra. Está claro que, para ser del todo honesta, a quien debió poner en los anuncios era su presidente, que es de los que piensan que la solidaridad bien entendida comienza por uno mismo.

Intervida, "aconfesional, apartidista, independiente", ha independizado una partida inconfesable de 45 millones de destino previsto hacia destinos más lucrativos como El Roure Construcciones, Argentina Inmobiliaria o (que no decaiga el humor) "Enriquecidos" Lácteos. Todo ello según los datos que maneja la Fiscalía Anticorrupción.

La corrupción es parte de la naturaleza humana y el hecho de que estas organizaciones hayan elegido como reclamo objetivos loables como acabar con la prostitución infantil o con la pobreza en el mundo (siempre es bueno hacer grandes promesas si quieres rascarle el bolsillo a la gente), no impide que ese negro rasgo de nuestro comportamiento aparezca en una ONG como en cualquier otro lugar.

Pero claro, es que ellos piden dinero en nombre de la ética. Nos inoculan una sobredosis de ese mal de Occidente heredado del cristianismo que es la culpa existencial, para luego ofrecerse como el analgésico más eficaz. Una pastillita de ONG todos los meses, y su conciencia no volverá a dolerle. El problema es que el sistema es corrupto. El donante quiere un poco de calma para su conciencia y se contenta con entregar un dinero periódicamente. Como además (aunque esto no lo sabe) no ha hecho objetivamente nada malo ni su vida contribuye a los males del mundo, no hay nada que pueda hacer o dejar de hacer que sea más fácil, y más efectivo para su conciencia, que dar dinero. Pero no tiene ni tiempo ni ganas de investigar qué ha sido, en realidad, de su dinero. La única fuente de la que le llega algo de información sobre el destino de su dinero es la propia ONG, la que se lo pide. Más analgésico. Afortunadamente, nos queda al menos la posibilidad de elegir entre las que inspiran más y menos confianza.

Energía sin cables

Por ejemplo, la demanda de la Fundación Mozilla contra Microsoft por violar en el Explorer 7 su patente sobre la navegación con pestañas, el bug en las últimas tarjetas de nVIDIA al que podíamos echar la culpa cuando falláramos un tiro o el sistema de banda ancha gratuita de Google a través de la red de alcantarillado, el proyecto Dark Porcelain.

En definitiva, que cuando supe de que una pequeña empresa había creado un sistema para enviar energía a pequeñas distancias vía radiofrecuencia, me pensé que era otra bromita. Pero resulta que no, Powercast presentó su tecnología en la última edición del CES, la feria tecnológica de Las Vegas, que tuvo lugar a primeros de enero. El ingenio, como cabe imaginarse, consta de dos módulos: el emisor y el receptor. El primero no tiene grandes misterios: emite a frecuencias muy bajas y emplea, según dicen, un algoritmo propio que le permite aumentar el alcance, que es de un metro, más o menos, sin requerir más energía.

Es en el receptor donde esta empresa ha solucionado el obstáculo con el que los investigadores habían chocado al intentar desarrollar esta tecnología. Las ondas de radio chocan con obstáculos y paredes y cambian levemente de frecuencia. El receptor, del tamaño de una moneda de 5 céntimos, es capaz de captar la frecuencia principal de emisión y las que tiene alrededor, recuperando hasta un 70% de la energía emitida. Su pequeño tamaño, además, garantiza que se pueda incorporar a los dispositivos actuales sin excesivos cambios de diseño.

Imagine que lleva usted su móvil en el bolsillo y, al sentarse delante del ordenador, o acercarse a una lámpara, o donde quiera que tenga el emisor, el teléfono se empiece a recargar. Con mil millones de terminales vendidas el año pasado, sin duda Powercast va a hacer negocio a poco que algunos fabricantes lo integren. Es decir, se va a enriquecer dando un servicio útil a los consumidores, que es la base del capitalismo. Y eso es sólo una de sus múltiples aplicaciones. La empresa ha firmado acuerdos también con fabricantes de MP3, audífonos, periféricos de ordenador como ratones y teclados o implantes médicos. Un marcapasos equipado con un receptor permitiría alargar su vida útil, algo especialmente valioso, dado que sustituirlo porque se le está acabando la batería requiere cirugía. Los primeros productos que incorporan esta tecnología los está desarrollando Phillips y verán la luz a finales de este año.

Pero mientras el capitalismo nos ofrece un nuevo invento, los burócratas siguen poniendo trabas a los de siempre. Como las cámaras digitales cada vez tienen más capacidad para grabar vídeo, la Unión Europea está pensando en clasificarlas como tales, lo que obligaría a que pagaran un arancel del 4,9%, del que estaban exentas hasta ahora. ¿Y por qué no clasificar las cámaras de video como cámaras de foto, si también pueden hacerlo? El avance de la tecnología va haciendo que cada vez más aparatos tengan más funciones. No tengan duda de que nos cobrarán a los consumidores el arancel más alto que puedan.

Contra el zeitgeist

Su conferencia fue más espectacular aún que su chaqueta y desde luego no dejó indiferente a nadie. Recibió, eso sí, más entusiasmo entre el público que entre los periodistas que, como suelen ser gente convencional y de orden, abrazan el zeitgeist y creen en su mayoría que los males del mundo tienen como causa la globalización. Pues no. "La globalización es buena, y punto", sentenció Sala i Martín.

Ese periodista convencional está tan habituado a manejar los hechos que ya no se impresiona por ellos, e incluso los supera; él es más listo y corre más rápido, y habrá salido indemne de la charla del economista. Este, como prueba de su sentencia, ofreció un dato y una reflexión.

El primero pasó fue dividir el mundo en tres tercios y coger el que más se ha abierto al libre mercado en las últimas dos décadas, y el que más se ha cerrado. Mientras que en el último ha aumentado el número de pobres (quienes viven con un dólar o menos al día) en cien millones de personas, en el primer tercio, el que ha abrazado la globalización, ha visto un descenso de 300 millones de pobres. Si ponemos el baremo en los dos dólares al día, vemos que la globalización ha arrancado de la pobreza a 500 millones de personas, es decir, como la población de la Unión Europea.

La otra consideración es la siguiente. Ha descendido la pobreza en todo el mundo, menos en el África subsahariana. Si la globalización es la causa del hambre, habrá que concluir que este continente ha sido poco menos que arrasado por la llegada de capitales, está anegado de nuevas tecnologías y abarrota nuestros comercios con los numerosísimos y muy variados bienes que se producen en esa parte del mundo. Pero lo que vemos es exactamente lo contrario. ¿No será que lo que necesita es más y no menos libre mercado?

Bové, Bono y Antonio Banderas

Pues bien, este hipócrita "defensor de los pobres" ha logrado inscribir su nombre entre los candidatos a la presidencia de Francia. Lo cierto es que, en el improbable caso de que saliera elegido, no creo que notáramos mucho la diferencia de su política con respecto a la de sus predecesores. La única defensa seria de los pobres es el libre comercio y eso no lo defiende ningún dirigente francés desde los tiempos de Jacques Rueff.

La semana pasada el cantante Bono, a quien el gobierno francés concedió la Legión de Honor en 2003, recibió el título de Caballero Honorario del Imperio Británico en reconocimiento a sus servicios a la industria de la música y su trabajo humanitario. En lo primero no me meto, pero lo segundo debe ser cosa del humor británico de Su Majestad la Reina. Bono seguramente es el ser más globalizado y que más debe a la globalización de entre las legiones de cruzados anti-globalizadores.

Que un militante anti-globalización diga una idiotez no es noticia porque no es un suceso que destaque por su escasez; es asfixiantemente abundante. Pero todo cambia si quien pronuncia la bobada del día es un actor tan conocido como Antonio Banderas. El malagueño dijo el pasado domingo que era un placer participar en una procesión de la Semana Santa porque "esto es una fiesta anti-globalización". Y una vez puesta en marcha la máquina de soltar chorradas, también explicó en una entrevista con la agencia Efe que considera a las cofradías como "una ONG".

Es para partirse de risa. Jesucristo olvidó comentar a los apóstoles que no moría por todos los seres humanos, sino por un grupo particular a quienes pretendía privilegiar frente al resto, que es justo lo que reclaman los activistas anti-globalización. Además, el descubrimiento español de América, uno de los mayores eventos globalizadores previos a la revolución industrial, contó con la activa participación de la Iglesia Católica. En las décadas siguientes a la llegada de los españoles al nuevo continente surgió un interesante debate acerca de los derechos de los indios y, como no podía ser de otro modo, los pensadores escolásticos defendieron el respeto hacia la vida y la propiedad privada así como la libertad económica de los habitantes del nuevo mundo. Vamos, que de anti-globalizadores tenían poco.

Bové, Bono y Banderas ignoran que en los últimos doscientos años el porcentaje de la población mundial sumida en la pobreza absoluta ha pasado de algo más del 85% a menos del 20% en la actualidad. El proceso de expansión del capitalismo ha permitido que los esfuerzos de cientos de millones de seres humanos para salir de la miseria hayan tenido éxito. Sin embargo, estos paladines de la "solidaridad coactiva" no creen que los pobres puedan labrarse un futuro mejor por sí mismos. Deben considerar a los pobres seres tontos que no pueden prosperar en libertad. Por eso se apresuran a pedir medidas de corte socialista, aquellas con las que los dirigentes políticos tratan de crear "mundo perfecto" esclavizando a la población.

La Europa del futuro

Esperanza Aguirre ha estado en Bruselas, donde ha dicho algunas verdades necesarias acerca de Europa. Concretamente, ha subrayado el problema endémico de una Europa de grandes palabras que no interesa a los ciudadanos y que, en lugar de tanta teatralidad, tiene que centrarse más en la competitividad, el medio ambiente y la lucha contra la pobreza mundial.

Cuando parecía que íbamos a lanzar un aplauso individual a Esperanza, sus palabros se han convertido en los mismos que podemos oír a los líderes europeos. El medio ambiente ya es uno de los objetivos de Europa y, por ello, estamos con Kyoto a vueltas y ufanos porque nuestras bombillas van a ser super-mega-hiper ecológicas, no sea que por tanto gastar electricidad, la temperatura terráquea se eleve un par de grados y se derritan los polos.

Y qué decir de la lucha contra la pobreza, ese propósito en el que la UE es sumamente generosa pues hace lo que Robin Hood pero de forma sistemática. Coge de aquí y de allá (léase del bolsillo ciudadano) y reparte el botín entre el resto de la humanidad. Evidentemente, lucha mucho, mucho.

Sobre el comercio justo, al que se refirió la presidenta de la Comunidad de Madrid, supongo que será el mismo que tiene lugar entre dos partes, cuando no media la coacción ¿no? Es decir, el que se produce a diario. ¿Acaso existe otro comercio más justo?

En cuanto a la competitividad europea, es cierto que tenemos un serio problema que difícilmente se podrá solucionar si no reconsideramos la legislación laboral actual. Con los sindicatos imponiendo sus deseos, pocas oportunidades tenemos de reducir el paro y tener unas economías que sean capaces de generar riqueza de forma sostenida.

Ahora bien, si no se procede a bajar los impuestos de forma inmediata, como parece que está haciendo el Reino Unido al prometer reducir el impuesto sobre sociedades del 30 al 28% para el 2008 y seguir bajándolo progresivamente hasta el 22% en 2009, tampoco podrá estimularse la competitividad europea.

Ahora bien, reducir los impuestos conlleva la necesidad de cortar de raíz muchos de los gastos públicos y ver si realmente es necesario que todos estemos bajo el paraguas de lo público en áreas como la educación, la sanidad o las pensiones, sobre todo, cuando nadie nos ha preguntado lo que queremos. Pero de nuevo, esta reflexión estuvo ausente en el discurso de Esperanza, porque, francamente, ningún político recortará el Estado de malestar actual ya que sabe que perdería votos.

Al mismo tiempo que se habla de bajar impuestos, ya se está pensando en subir los tipos de IVA. Al final se compensaría la pérdida de ingresos de unos impuestos con el incremento de la recaudación en otros. Por tanto, mucho cambio para quedarnos como estábamos.

Europa tiene que replantearse por completo a dónde quiere ir a parar pero de forma mucho más radical que la que expuso Esperanza. Europa está caduca, es demasiado socialista y ecologista, y no es consciente de que el futuro está en otros continentes. Nuestra visión es, por decirlo finamente, un pozo sin fondo, donde el golpe siempre se posterga y posterga porque nunca llega.

La esperanza es que gente como Esperanza pueda liderar algún cambio de futuro, aunque bajar unos puntos algunos impuestos y eliminar otros, como dicen los anglosajones, does not make a difference; es decir, no supone una diferencia importante.

Si es usted depresivo, entonces olvídese de lo anterior porque decir a las claras que Europa no tiene futuro es el discurso que nunca se lo oiremos a un político como Aguirre. Pero c´est la vie. ¡Brindemos por el 50 aniversario del Tratado de Roma!

Las buenas noticias

He de confesar que no comparto ninguno de estos tres sentimientos, pero sí constato el enorme salto que hemos dado las últimas generaciones de nuestra atormentada especie.

Tengo en mi biblioteca The State of Humanity, un libro de Julian Simon que recoge en breves artículos cómo han ido evolucionando varios aspectos de la vida humana en los últimos siglos. "Clara mejoría" sería la recensión más breve de este libro de 694 páginas.

Ahora ha salido otro, The Improving State of The World, de Indur Goklany, que se refiere a nuestra experiencia más reciente y que observa que las mejoras han sido abrumadoramente evidentes. Vivimos más personas más tiempo, con mayor calidad de vida y mejores niveles de sanidad y educación. El hambre es un problema en clara regresión.

El aire que respiramos se enrarece cuando una sociedad en la miseria comienza a prosperar, pero a partir de cierto nivel de renta parte del progreso se destina a reducir la contaminación, una tendencia que se da en todos los países desarrollados. Tenemos una mayor movilidad laboral, que tiene como ámbito todo el mundo. Las ideas o el capital también desconocen las fronteras.

Todo ello se debe, dice Goklany, a un "ciclo de progreso" compuesto por fuerzas que se refuerzan mutuamente: progreso económico y tecnológico. Pero ese ciclo virtuoso se da en unas condiciones institucionales (respeto a la persona y su propiedad) que no se encuentran en las áreas más deprimidas del planeta. No obstante –y con contadas excepciones, como Cuba–, incluso en ellas vivir en este mundo es un poco más amable que hace décadas. Hay noticias buenas, después de todo.

Política y competencia según Castillo de Bobadilla

Jerónimo Castillo de Bobadilla, uno de nuestros clásicos liberales de la Escuela de Salamanca, escribió en 1597 su obra principal en dos volúmenes, denominada Política para corregidores y señores de vassallos, en tiempos de paz y de guerra y para juezes eclesiásticos y seglares, juezes de comisión, regidores, abogados y otros oficiales públicos. Dicho tratado constituye una obra de referencia sobre la ciencia política y administrativa del Siglo de Oro español.

Su Política fue concebida con una finalidad eminentemente práctica, y se convirtió pronto en un clásico en donde se recogía numerosas observaciones y recomendaciones para el buen gobierno de los corregidores, jueces y otras autoridades municipales; todo ello tratado desde la propia experiencia profesional del autor. Si bien la obra sufrió ciertas amputaciones en 1640 a instancias de la Inquisición, se imprimieron numerosas ediciones de su Política hasta bien entrado el siglo XVIII.

Castillo de Bobadilla, sabedor de los desmanes de las autoridades municipales, denunciaba un hecho que, por desgracia, es hoy también de aplicación: “Pocos ayuntamientos hay donde no haya regidores aprovechando”; como se ve, todo un clásico. Ya por entonces nuestro jurista constató que el servicio público era en demasiadas ocasiones una mera plataforma para el lucro o promoción personal a expensas de los demás, siendo un sorprendente precursor del antirromanticismo político de la Escuela de la Elección Pública de J. Buchanan y G. Tullock, por lo menos a escala municipal.

En su haber de logros conceptuales, Castillo de Bobadilla en su Política para corregidores defendió la propiedad privada como refugio frente al poder, el principio de equidad para dar con sentencias justas, la costumbre como fuente de derecho jerárquicamente comparable a la ley escrita y, en ocasiones, superior a ella (acotando, pues, la autoridad del monarca) y pudo también expresar con nitidez sobresaliente –en el capítulo cuarto del segundo volumen de su Política– una de las leyes más universales que existen con respecto a la oferta: “Los precios de los productos bajarán con la abundancia, emulación y concurrencia de los vendedores”.

Éste fue uno más de los numerosos y atinados hallazgos de los miembros de la fructífera Escuela de Salamanca. El pensamiento liberal sabe bien que la competencia supone la movilización más eficiente de los recursos, capacidades y conocimientos de los vendedores/productores en beneficio del consumidor y de la sociedad entera. No obstante, la inaplicación de dicha ley tiene un claro origen: la intervención de los poderes públicos sobre el mercado.

Siguiendo el enunciado de esta ley de Bobadilla, podemos decir que los precios de los bienes y de los servicios no bajan todo lo que debieran –inflación y expansión crediticia aparte– porque existen:

  1. Impedimentos a la abundancia de vendedores: burocracia o abrumadoras regulaciones inhibidoras de la iniciativa empresarial, licencias o autorizaciones selectivas de actividad, tipos impositivos elevados que descapitalizan a empresas, aranceles o restricciones a la importación, clasificaciones y recalificaciones administrativas que impiden la competencia entre oferentes de suelo, etc.
  2. Restriccionesa la emulación de vendedores: leyes excesivamente protectoras de los derechos de propiedad intelectual o industrial, monopolios a la explotación de ideas, etc. y/o
  3. Ausencia de la concurrencia de vendedores: monopolios estatales, concesiones administrativas de explotaciones en exclusiva, cuotas al libre establecimiento empresarial, acciones de oro, etc.

Nadie debiera quejarse por la llegada de la competencia, ni siquiera el empresario (pese a hacerle la vida un poco más complicada) pues es un beneficio social evidente. De lo único que debe lamentarse un empresario es de no ser capaz de modificar su estructura productiva para adaptar sus procesos productivos a los permanentes cambios que se dan en el mercado, siempre dinámico. El consumidor debería, en estos casos, tener siempre a su disposición la respuesta adecuada a dicha incapacidad empresarial: irse a la competencia que mejore lo ofertado (pese a que sus queridas empresas nacionales o de su terruño se queden sin ingresos. Es pertinente traer a colación esta cita de Adam Smith en su Riqueza: “La máxima de cualquier padre de familia [léase también estado] es nunca intentar hacer en casa lo que le costaría más hacer que comprar”).

Las empresas de cierto fuste, incluidas las multinacionales, no temen seriamente a los gobiernos ni a los reguladores públicos (las más de las veces pueden, y de hecho llegan, a acuerdos con ellos). Lo que realmente temen es a la competencia. Ella es un freno eficaz a sus abusos y sirve de acicate real para aumentar su productividad y explorar nuevas vías de producción, dando, por tanto, lo mejor de sí mismas.

Cuando la competencia hace acto de presencia pueden tomarse básicamente dos caminos: o bien abortarla o bien mejorar los precios o calidad de los bienes/servicios ofrecidos mediante la reducción de costes o la introducción de innovaciones de todo tipo.

Es lamentable constatar que el freno a que surja la competencia es fácil de conseguir, pues los empresarios socialmente improductivos o, en el mejor de los casos, saboteadores de la libertad, dedicados a la búsqueda de blindajes, privilegios o de rentas ajenas tienen demasiado a mano el canal legitimador de la coacción pública (sobre todo si ésta adolece de gatillo fácil para legislar a cambio de financiación) para, con su inestimable colaboración, revertir exitosamente esta ley económica expresada por Bobadilla en su Política e impedir que bajen los precios en el mercado mediante el logro de la escasez de oferentes, la restricción a la emulación o la ausencia de concurrencia de vendedores.

En estos casos habrán intervenido fatalmente elementos exógenos a la institución del mercado, poniendo en cuarentena la deseable rivalidad entre empresarios.

Barreras de entrada

En teoría económica es muy normal hablar de las denominadas “barreras de entrada”. Bajo esta denominación se estarían incluyendo todos aquellos obstáculos que dificultan la entrada de una empresa en un mercado determinado. Éstas pueden ser de muy distinto tipo, e incluyen fenómenos tan diversos como son las economías de escala (la disminución en el coste unitario de producción conforme aumenta el volumen), las inversiones mínimas necesarias, las curvas de aprendizaje, etc.

Todas las barreras anteriores tienen un origen natural, y no perjudican al consumidor, como en un principio podría suponerse. Si bien es cierto que estos obstáculos dificultan la entrada de nuevos competidores al mercado, también lo es que su existencia ha surgido precisamente de las inversiones realizadas por las empresas que participan en dicho mercado en su búsqueda de formas de aumentar la satisfacción del cliente. Dicho de otra manera, el cliente no se verá satisfecho con esa nueva empresa en el caso de que no realice las inversiones necesarias que le permita sortear las barreras de entrada.

Pensemos por ejemplo en el mercado automovilístico. Si una persona, por sí misma, tratase de producir un vehículo tendría que adquirir unos conocimientos elevados en áreas tan diversas como electricidad, mecánica, electrónica, ingeniería, etc. Tras dedicar varios años de su vida a ilustrarse en dichas materias, debería producir piezas de muy diversos orígenes y con procesos de fabricación totalmente distintos para posteriormente ensamblarlas. Finalmente, si hubiese logrado producir un coche, debería destinar más tiempo y dinero para probarlo a fin de determinar su fiabilidad. Lo más probable es que, a estas alturas, dicha persona hubiese fallecido tras una larga vida. No obstante, y si hubiese tenido la suerte de tener una esperanza de vida harto elevada, habría producido un coche que contadas personas hubiesen tenido dinero suficiente para comprarlo, dado el tiempo dedicado y los costes de producción.

Sin embargo, en la vida real millones de personas pueden permitirse la satisfacción de poseer un coche a un precio adaptado a sus ingresos. Esto sucede así ya que las empresas automovilísticas han realizado inversiones elevadas que les ha permitido producir vehículos cada vez más fiables y con mayores prestaciones y a precios más asequibles. Además, la experiencia que han ido obteniendo tras muchos años en el mercado, les ha permitido aumentar la eficacia de sus procesos. Por tanto, las economías de escala del sector, sus curvas de experiencia y las inversiones realizadas son el resultado de haber logrado la satisfacción del consumidor, surgiendo de ahí las barreras.

Si una empresa quisiese competir en dicho sector habría de cumplir con dichas barreras. Pero éstas no han sido levantadas por la competencia con el objetivo de impedir la entrada de nuevos productores, sino que son el resultado de las exigencias del consumidor.

No obstante, existen barreras de entrada cuyo origen no tiene en absoluto que ver con el consumidor. Estas barreras no tienen como origen el libre mercado, ya que no van a surgir de la necesidad de satisfacer al consumidor. Es más, puede darse el caso incluso de que atender dichas barreras provoque una peor atención al cliente. El origen de estas barreras se encuentra en las distintas regulaciones de las administraciones públicas.

Pensemos por ejemplo en una persona que quiera establecer una empresa. Independientemente de su actividad, la primera barrera que deberá vencer son las burocráticas establecidas por el mismo Estado. Antes de que pueda siquiera saludar al primer cliente habrá tenido que tratar con distintas administraciones públicas a fin de obtener los permisos establecidos por la legislación local. Estos requerimientos, si son muy exigentes en cuanto a tiempo y dinero, pueden llegar a desincentivar la constitución de nuevas empresas, limitando de este modo la competencia que pueda surgir en un mercado. No obstante, y a diferencia del caso anterior, esta limitación de competencia no viene dada por las exigencias del consumidor, por lo que se vuelve perjudicial, ya que se elimina a un competidor que podría haber satisfecho al consumidor.

No es casualidad que los gobiernos que interponen menores barreras artificiales de entrada a sus empresas, sean los de los países más prósperos, y que mientras mayor sea la confianza de los gobiernos en sus ciudadanos, superior es la riqueza de éstos.

¿Necesitamos más y mejores cierres?

Puerto Real está en pie de guerra ante la decisión del fabricante Delphi de cerrar la factoría que mantenía en la localidad gaditana. Es un asunto grave para todas esas familias, que tendrán que buscarse otra empresa en la que aportar valor y generar una renta. Hay razones de peso para el desmantelamiento de la factoría. Además de los problemas que tuviera esta en concreto, España se enfrenta a la competencia mundial que llamamos globalización. Hay otras partes del mundo en la que hay trabajadores cualificados y que trabajan en unas condiciones menos onerosas para la compañía.

La función social de las empresas consiste en ganar cuantos beneficios sean capaces de generar, porque eso quiere decir que están aportando mucho valor. Y tienen tanto derecho a desplazarse a otro país como lo tuvieron en su momento para venir al nuestro.

Los países ricos no pueden competir en costes laborales con los pobres, pero los costes son sólo una de las razones que maneja una empresa para invertir en uno u otro lugar. Al menos tan importante es la productividad que puedan generar esos trabajadores, y una de las características de los países más ricos es que los miembros de esa sociedad son muy productivos porque cuentan con mucho capital, tanto físico como humano.

La única estrategia válida consiste en permitir que lo que otros puedan producir más barato lo hagan, y beneficiarse de importar aquellos bienes más baratos, más que producirlos en casa más caros, y centrarnos en los sectores en que podamos aportar un mayor valor. No sé si necesitamos más y mejores cierres, pero sí permitir que se produzcan. De nada vale aferrarse al pasado, cuando tenemos muchas oportunidades para crear empresas de futuro.