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Etiqueta: El lenguaje económico

El lenguaje económico (XXX): fallos del mercado

¿Por qué se afirma que el mercado tiene «fallos»? Según Schumpeter, el origen reside en las exigencias del positivismo económico: «El ascenso general del rigor científico acabó por producir la sustancia, aunque no el término, de lo que hoy llamamos teoría de la competición pura o perfecta» (Schumpeter, 2012: 1059). Los economistas matemáticos se vieron obligados a trabajar con esquemas estrechos de la realidad, fácilmente manejables, hasta simplificar sus planteamientos drásticamente.

Falacia ‘nirvana’

El modelo de competencia perfecta, como ficción, no es problemático: «el sistema de investigación típico de la economía es aquél que se basa en construcciones imaginarias» (Mises, 2011: 288); tal es el caso de la economía de giro uniforme o la tan conocida ficción robinsoniana (Rothbard, 2009: 10). El argumento de los «fallos» del mercado ha sido acuñado como falacia «nirvana»: «En la práctica, quienes adoptan el punto de vista nirvana pretenden descubrir discrepancias entre lo ideal y lo real y si las discrepancias son encontradas, deducen que la realidad es ineficiente» (Demsetz, 1969: 1).

Hecha la comparación entre un mundo ideal y otro real, resulta irresistible concluir que el segundo tiene taras, que la realidad es imperfecta o que el mercado es ineficiente y posee fallos. Como afirma Coase (2011: 77): «En el fondo se precisa bien poco análisis para poner de manifiesto que un mundo ideal es mejor que un estado de laissez-faire». Veamos cómo Samuelson y Nordhaus (2006: 33-34) introducen la engañosa comparación entre lo ideal y lo real, entre el modelo de competencia perfecta y el mercado, tal cual es:

Una economía de mercado ideal es aquella en la que todos los bienes y servicios se intercambian voluntariamente por dinero a los precios de mercado. Este sistema extrae el beneficio máximo, los recursos existentes en la sociedad sin intervención del Estado. Sin embargo, en el mundo real, ninguna economía se ajusta por completo al mundo idealizado de la mano invisible que funciona sin dificultades. Más bien, todas las economías de mercado tienen imperfecciones que producen males como una contaminación excesiva, desempleo y extremos de riqueza y pobreza. Por este motivo, ningún Estado del mundo, por muy conservador que sea, mantiene sus manos alejadas de la economía (…).

Samuelson y Nordhaus (2006: 33-34)

Políticos “insensatos y presuntuosos”

Estos autores ponen en boca de Adam Smith algo que nunca afirmó, a saber, que la «mano invisible» fuera referida de algún modo a un mundo ideal. Al contrario, el escocés describe la cruda realidad: «No es la benevolencia del carnicero, el cervecero, o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio» (Smith, 2011: 46). Segundo, Smith (2011: 554) tampoco parecía tener demasiada fe en la labor beatífica del gobierno:

Nunca he visto muchas cosas buenas hechas por los que pretenden actuar en bien del pueblo (… ) El político que pretende dirigir a las personas privadas sobre la forma en que deben invertir sus capitales no sólo se carga a sí mismo con la preocupación más innecesaria sino que asume una autoridad que no debería ser delegada con seguridad en ninguna persona, en ningún consejo o senado, y que en ningún sitio es más peligrosa que cuando está en manos de un hombre tan insensato y presuntuoso como para fantasear que es realmente capaz de ejercerla.

Adam Smith (2011: 554)

Por un lado, resulta patente que la acción humana no es «perfecta». Por otro lado, el concepto de «eficiencia» es equívoco en el ámbito humano. Solamente el individuo está capacitado para valorar si su conducta ha sido acertada o errada, y en qué grado lo ha sido, lo que depende de factores que solamente él puede valorar (Hayek, 1945).

Pero aun admitiendo, a efectos dialécticos, que el mercado fuera ineficiente o que tuviera fallos, constituye un non sequitur afirmar que «el Estado puede contribuir significativamente a curar la enfermedad» (Samuelson y Nordhaus, 2006: 34). La teoría económica de la Elección Pública ha puesto de manifiesto que «los fallos o costes que genera la intervención del sector público en las decisiones de los agentes económicos pueden resultar superiores a los que provoca el mercado» (Lasheras, 1999: 25).

Economía metafórica

Lamentablemente, la elección de metáforas y analogías por parte de algunos economistas no facilita el análisis racional del problema. Por ejemplo, dan a entender que el mercado es el «enfermo» y el Estado, el «médico». Incluso aceptando la dudosa tesis de que el libre mercado «infraproduce» ciertos bienes (i.e. defensa), no se sigue que el gobierno deba intervenir: «La afirmación de que el gobierno se debería involucrar en la economía privada es una conclusión moral, que solamente puede alcanzarse si existen argumentos éticos en las premisas» (Block, 1983: 3).

Los defensores del intervencionismo, al atribuir al Estado una función reparadora, tácitamente asumen una (discutible) superioridad. Para ser justos, «uno debe comparar el mercado con el Estado, no como uno desearía que el Estado se comportase en un ambiente ideal, sino como debe comportarse en el mundo real» (Hummel, 1990: 101).

Para apreciar más claramente la falacia nirvana imaginemos que un grupo de «expertos» construye un modelo de matrimonio perfecto: las aportaciones de ambos cónyuges son similares, la pareja nunca discute, el amor mutuo es idéntico y constante en todo tiempo y lugar, los esposos conocen perfectamente sus expectativas, deseos y necesidades, etc. Luego, analizamos la realidad matrimonial: infidelidad, asimetrías en el amor y en los trabajos, egoísmo, incomprensiones, riñas, etc. Por último, comparamos el matrimonio nirvana con el real y alcanzamos dos conclusiones: 1) La institución matrimonial es «imperfecta». 2) Sus «fallos» deben ser subsanados mediante la intervención del Estado. Razonando de esta manera, no hay institución humana que esté a salvo de la tiranía.

Bibliografía

BLOCK, W. (1983): «Public Goods and Externalities: The Case of Roads». Journal of Libertarian Studies, vol. VII, n.o 1, primavera, pp. 1-34.

COASE, R. (2011): «El Problema del Coste Social». Madrid: CIP-Ecosocial.Recuperado de <http://www.fuhem.es/media/ecosocial/File/Actualidad/2011/Coasepdf>.

DEMSETZ, H. (1969): «Information and Efficiency: Another Viewpoint». Journal of Law & Economics, vol. 12, nº 1 (april), pp. 1-22.

HAYEK, F. (1945): «El uso del conocimiento en la sociedad». Estudios Públicos. pp. 157-169. Recuperado de <http://www.hacer.org/pdf/Hayek03.pdf>.

HUMMEL, J. (1990): «National Goods versus Public Goods: Defense, Disarmament and Free Riders». Review of Austrian Economics, vol. 4, pp. 88-122.

LASHERAS, M. A. (1999): La regulación económica de los servicios públicos. Barcelona: Ariel.

MISES, L.  (2011): La acción humana. Madrid: Unión Editorial

SAMUELSON, P. y NORDHAUS, W. (2006): Economía. Méjico: McGraw-Hill (18ª ed.)

SCHUMPETER, J. (2012): Historia del Análisis Económico. Barcelona: Ariel.

SMITH, A. (2011) [1776]: La Riqueza de las Naciones. Madrid: Alianza Editorial.

Serie ‘El lenguaje económico’

(XXX) Los fallos del mercado

(XXIX) Gasolineras

(XXVIII) Dad al César lo que es del César

(XXVII) Humanismo

(XXVI) Publicidad (II)

(XXV) Publicidad (I)

(XXIV) El juego

(XXIII) Los fenómenos naturales

(XXII) El turismo

(XXI) Sobre el consumo local

(XX) Sobre el poder

(XIX) El principio de Peter

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

El lenguaje económico (XXIX): gasolineras

Las gasolineras, como cualquier otro negocio, aprovechan las innovaciones tecnológicas para incrementar productividad y beneficios. Hoy veremos como se emplea un lenguaje falaz para atacar dos innovaciones: el autoservicio y las máquinas de aire para el inflado de neumáticos.

Capitalismo de amiguetes

Los sistemas de autoservicio —cajeros automáticos, supermercados, máquinas expendedoras, máquinas de lavado, facturación de equipaje, alquiler de vehículos, aparcamientos, etc.— han supuesto importantes mejoras en la productividad de las empresas; por su parte, los consumidores se han beneficiado de una reducción de los precios y una ampliación del horario comercial. El incremento de la calidad de vida depende de una mayor capitalización de la economía; a pesar de ello, todo automatismo tiene detractores. ¿Quiénes se oponen a las gasolineras automáticas?

Primero, aquellos cuyos intereses se ven directamente afectados; por ejemplo, hay empresarios que no pueden o no quieren deshacerse de la maquinaria existente (surtidores antiguos) y, en lugar de encajar la reducción de sus ventas, acuden a los políticos para que prohíban o limiten la competencia. Esto se llama capitalismo de amiguetes. Al igual que sus cómplices en el gobierno, estos lobbistas son una lacra social que se lucra a expensas de los consumidores y de otros empresarios más audaces.

Facua, y otros, contra los consumidores

Segundo, por extraño que parezca, la organización de consumidores Facua pide que haya al menos un empleado por turno para garantizar los «derechos» (espurios) de los consumidores. La OCU,[1] con mejor criterio, defiende las estaciones automáticas porque ofrecen mejores precios y amplían el horario de servicio al público.

Tercero, las asociaciones de discapacitados creen que esta innovación es discriminatoria; sin embargo, aun en el improbable caso de que desaparecieran absolutamente todos los empleados de las gasolineras, el mercado proporcionará combustible a quienes por conveniencia o incapacitad no quieran o no puedan repostar. Recordemos que ya existen servicios a domicilio para lavado, ITV, sustitución de baterías, etc.

Y cuarto, los sindicatos, con su habitual ludismo, afirman que estas máquinas «destruyen» empleo; sin embargo, «Las máquinas y las herramientas no son primariamente dispositivos para economizar mano de obra, sino medios que aumentan la producción por unidad de gasto» (Mises, 2011: 914). Una gasolinera que instala un surtidor automático no tiene por qué reducir plantilla; pero, si así fuera, no hay nada malo en ello: por un lado, quien mantiene su puesto de trabajo ve aumentada su productividad y su salario; por otro lado, el automatismo permite al consumidor la realización de las tareas más fáciles y menos productivas (i.e. suministrar, pagar), liberando mano de obra necesaria en otros trabajos más difíciles y productivos.

Gasolineras “desatendidas”

Es falsa la afirmación que estas nuevas gasolineras están «desatendidas» o «desasistidas». Todas las máquinas expendedoras —dinero, alimentos, bebidas, revistas— están perfectamente abastecidas y mantenidas por la cuenta que le trae a su dueño. Tampoco están «desatendidos» los aviones cuando usan el piloto automático o los trenes sin conductor (shuttle) que conectan las terminales de un aeropuerto.

La crítica del «desatendimiento» es aún más absurda desde la óptica del consumidor; por ejemplo, en las zonas poco pobladas son precisamente las gasolineras automáticas las que atienden a sus clientes durante la noche o en días festivos. En definitiva, el autoservicio mejora la calidad de vida de la población: reduce el precio del combustible, amplía el horario de la oferta e incrementa la productividad del trabajo en el conjunto de la economía.

Es indignante que las gasolineras cobren por el aire

Recientemente, las gasolineras han empezado a cobrar por el inflado de neumáticos, un servicio que antes ofrecían gratis. Algunos han puesto el grito en el cielo: “En estos tiempos de drama humanitario […] ¡Cobrar por el aire! ¡Insoportable e indignante! ¡Cobrar 1€ por el aire es inmoral!” Analicemos esta falacia. La gasolinera no cobra por el “aire”, sino por el servicio que presta una máquina que inyecta aire a presión. El aire que respiramos no es un bien económico, abunda y por eso es gratis; sin embargo, para producir aire comprimido necesitamos bienes escasos: máquina, electricidad, un espacio habilitado, etc.

Las empresas, por lo general, no exigen a sus clientes el pago de determinados servicios: aseos, aparcamientos, transporte, etc.; pero eso no significa que sean gratis. Tan justo es cobrar por la emisión de aire a presión (inflado) como por la de agua y jabón (máquina de lavado); incluso sería lícito cobrar por el uso de los aseos. Quienes se escandalizan porque las empresas cobren lo que antes ofrecían “gratis” cometen un doble error.

Doble error

a) Económico: no entienden que todo aquello se consume debe ser pagado de alguna manera por alguien; por ejemplo, las bolsas de plástico que los supermercados ofrecían «gratis» era un gasto colectivizado: los clientes que acopiaban bolsas en la caja se beneficiaban a expensas del resto que cogía las necesarias o que llevaba sus propias bolsas. Este abuso se eliminó al cobrar 5 céntimos por unidad. Vincular pago y consumo incentiva la conducta económica y reduce las externalidades.

b) Ético: no es justo exigir la gratuidad de un servicio. Si cobrar 1€ por el aire a presión nos parece indignante, ¿qué podemos hacer al respecto? Hay dos posturas que llamaremos «estatista» y «liberal». El hombre estatista apela a la violencia: acude al político para forzar, por ley, la gratuidad del servicio o para imponer precios máximos. El hombre liberal entiende que el «aire a presión» no es gratis y reconoce el derecho del propietario a cobrarlo. Si no desea pagar, buscará otra gasolinera o incluso comprará un pequeño compresor doméstico, pero no acudirá a los políticos para obtener privilegios.

Bibliografía

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.


[1] Organización de Consumidores y Usuarios.

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(XXVIII) Dad al César lo que es del César

(XXVII) Humanismo

(XXVI) Publicidad (II)

(XXV) Publicidad (I)

(XXIV) El juego

(XXIII) Los fenómenos naturales

(XXII) El turismo

(XXI) Sobre el consumo local

(XX) Sobre el poder

(XIX) El principio de Peter

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

El lenguaje económico (XXVIII): dad a César lo que es de César

Existen varios pasajes bíblicos donde se aborda la obediencia a la autoridad política. Romanos 13:1-2: «Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad, sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios, han sido establecidas…». 1 Pedro 2:13-14: «Por causa del Señor, sométanse a toda institución humana, ya sea al rey como superior, ya a los gobernadores, como por él enviados para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien». Tito 3:1: «Recuérdales que se sujeten a los gobernantes y autoridades, que obedezcan, que estén dispuestos a hacer lo bueno». La literalidad de estas frases, estemos o no de acuerdo con ellas, no causa confusión.

El apotegma de Ulpiano

En cambio, la famosa cita de Mateo (22: 17-21) «Dad a César lo que es de César» resulta problemática en el sentido de haber legitimado el impuesto:

17 Dinos, pues, ¿qué te parece? ¿Es lícito dar tributo a César, o no?

18 Pero Jesús percibió la malicia de ellos y les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas?

19: Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario.

20 Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen y la inscripción?

21 Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.

La interpretación generalizada y errada de estos versículos —asumida doctrinalmente por la Iglesia católica— es el derecho moral del Estado a exigir tributos y el deber moral de pagarlos. Recordemos que la justicia, según Ulpiano, es «dar a cada uno lo suyo». Por tanto, debemos elucidar si algo que poseemos pertenece o no a César, por ejemplo, ¿por qué motivo el denario es suyo?

Estado: lo tuyo es mío

Quien convierte un pedazo de metal en una moneda puede legítimamente cobrar por la acuñación, pero eso no significa que la moneda sea suya. Por su parte, quien adquiere una moneda a cambio de su trabajo o de otro bien, paga su precio total: el metal más la acuñación. El romano que obtenía un denario a cambio de un jornal era su propietario íntegro.[1] Afirmar lo contrario significaría admitir que César era dueño de todo o parte de su esfuerzo laboral. En otras palabras, el impuesto es ilegítimo porque el gobierno decide de forma hegemónica y arbitraria qué es lo suyo (Chodorov, 2002: 8):

El gobierno le dice al ciudadano: «Tus ganancias no son exclusivamente tuyas; tenemos un derecho sobre ellas, y nuestro derecho precede al tuyo; te permitiremos quedarte con una parte, porque reconocemos tu necesidad, no tu derecho; pero lo que sea que te concedamos, nosotros lo decidimos».

Toda violación de la propiedad

Una vez admitida la legitimidad del impuesto, por pequeño que sea o por bondadosos que sean los fines, el mal ya está hecho y el individuo queda virtualmente «a los pies de los caballos». No hay tal cosa como gobierno «limitado» porque el poder político es expansivo y fiscalmente voraz. En la medida en que un gobierno recauda una mayor cantidad de dinero, puede incrementar su esfera de actuación y su poder: «Un gobierno es tan fuerte como lo son sus ingresos» (Chodorov, 2002: vii).

La moralidad del impuesto no se mide por su «justa» cuantía, por la riqueza del sujeto expoliado o por el «eficiente» y beatífico uso del dinero confiscado, tal y como muchos piensan. Toda violación de la propiedad, per se, es ilícita y no tenemos obligación moral de pagar tributos a nuestro particular César —el gobierno— porque ninguna porción de nuestra vida, nuestro trabajo y nuestro dinero es suya.

Bibliografía

Chodorov, F. (2002) [1954]. “The Income Tax: Root of all Evil”. [Versión online]. Ludwig von Mises Institute.


[1] En los tiempos de Jesús, con un denario se podía comprar aproximadamente un jornal, una túnica sencilla, algunos utensilios o comida para una o dos semanas.

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(I) Dinero, precio y valor

El lenguaje económico (XXVII): Humanismo

Humanismo en un término polisémico. Para nuestros fines lo definiremos como una doctrina ética que proclama la dignidad del ser humano. Con frecuencia, las relaciones mercantiles han sido vistas como atentatorias contra la justicia y la moral; el ejemplo más conspicuo es la (espuria) teoría marxista de la explotación, pero hay más: la condena canónica de la usura, la reputación sospechosa del comerciante y el intermediario, la crítica al dinero, el desagrado de la competencia mercantil, el odio al capitalismo y a la economía de libre mercado, etc.

Ante tales apreciaciones subjetivas, la economía no puede pronunciarse (Mises, 2011: 769). El economista tan sólo puede constatar que bajo una economía de mercado la producción depende de los deseos de los consumidores y que el ingreso que percibe cada cual depende de su capacidad para satisfacerlos. Hoy veremos tres errores de la mal llamada «economía humanista»[1].

Confusión entre el conocimiento descriptivo y normativo

Nadie exige mayor humanidad a la física, la química o la biología; sin embargo, se pide a la economía que sea más humana y solidaria, algo que está claramente fuera de su alcance. La economía es una ciencia descriptiva: «se ocupa de la efectiva actuación del hombre tal como éste opera en el mundo. Sus teoremas jamás se refieren a tipos humanos ideales o perfectos» (Mises, 2011: 769). Las ciencias normativas —ética, derecho, política— estudian las normas, principios y valores que rigen el comportamiento humano y las relaciones sociales. En definitiva, es un error mezclar dos ámbitos del conocimiento distintos: descriptivo y normativo. Esto afirma al respecto Mises:

Las doctrinas éticas pretenden establecer unas escalas valorativas según las cuales el hombre debería comportarse, aunque no siempre lo haya hecho así́. Aspiran a definir el bien y el mal y quieren aconsejarnos acerca de lo que, como bien supremo, debiéramos perseguir. Se trata de disciplinas normativas, interesadas en averiguar cómo debería ser la realidad. Rehúyen adoptar una postura neutral ante hechos ciertos e indubitables; prefieren enjuiciarlos a la luz de subjetivas normas de conducta. Semejante postura es ajena a la praxeología y a la economía.

Ludwig von Mises. La Acción Humana (Unión Editorial, 2011), p 114.

Retorcer las leyes de la economía

Esto no significa, en modo alguno, una oposición entre economía y humanismo, ni tampoco que el economista se desentienda de las cuestiones éticas, pero no es posible crear «otras» economías usando diferentes adjetivos —humanista, solidaria, nueva— o rediseñarla ad hoc según específicos fines o intereses. No está al alcance de filósofos, religiosos o políticos modificar las leyes económicas para que sean más humanitarias. Lo único que pueden hacer es:

a) Utilizar medios políticos. Se trata de un humanismo sui generis, practicado por el Estado social, que confisca la riqueza a unos para dársela a otros y retiene para sí (sostenimiento) una parte sustancial del botín. La legislación estatal en materia asistencial, aceptada por las masas, asume el principio maquiavélico: «El fin justifica los medios».

b) Utilizar medios económicos. En esta categoría, que podemos llamar humanismo genuino o ético, encontramos individuos y organizaciones que donan sus bienes privados o su trabajo a terceros, incluyendo también el activismo pacífico. Estamos ante una genuina — voluntaria — redistribución de la riqueza que renuncia a la violencia como medio para alcanzar fines humanitarios.

Invocar al mal

c) Reclamar medios políticos. Se trata de un falso humanismo donde se pide al político que utilice su poder confiscatorio para ayudar al necesitado. Aquí encontramos numerosos grupos: marxistas, comunistas, socialistas, colectivistas, igualitaristas, ecologistas, nacionalistas, estatistas, etc. Algunas religiones se han deslizado por esta peligrosa pendiente que desemboca en un sometimiento al poder político. Por ejemplo, el Movimiento Mundial de Trabajadores Cristianos pide una «legislación integral de protección social»[2]; por su parte, el Papa Francisco (2015: 54) dice que «urge la presencia de una verdadera Autoridad política mundial». Invocar al Estado —el Mal— para hacer el bien constituye una grave contradicción moral: la legalidad suplanta a la moralidad, la coacción a la libertad y la violencia fiscal a la caridad cristiana. «El gran problema de la humanidad es que hemos convertido al Estado en un becerro de oro que todos adoran» (Huerta de Soto, 2023: 10).

En conclusión, el movimiento humanista busca un fin loable: mejorar las condiciones materiales de las personas, especialmente de aquellas más pobres; pero habitualmente yerra en el diagnóstico del problema: culpar a la economía de la pobreza en el mundo es como culpar a la física de las muertes por caídas al vacío. Quienes reclaman una «economía humanista» cometen un triple error:

Triple error

a) Epistemológico. No es posible exigir a la economía, mediante adjetivos u otros expedientes lingüísticos, que se comporte de manera distinta a como prescribe el axioma central de la praxeología —la acción humana es libre e intencional con conocimiento disperso— y sus teoremas: escasez de medios, valor subjetivo, utilidad marginal, rendimiento decreciente, preferencia temporal, etc. (Zanotti, 2008). Los reclamos humanistas deben dirigirse, en todo caso, a las ciencias normativas.

b) Económico. No entienden que el capitalismo es el único sistema capaz de incrementar el nivel de vida de la humanidad mediante el ahorro, la inversión y el  aumento de la tasa de capitalización. El problema no es el capitalismo, sino su ausencia. San Juan Pablo II (1991: 43) entiende que el mercado es la mejor «cadena de solidaridad que se extiende progresivamente» y llega hasta los últimos confines de la Tierra. Quienes deseen reducir la pobreza en el mundo deberían abrazar una economía laissez faire dentro de un entorno institucional que respete irrestrictamente la libertad y la propiedad privada.

c) Ético. No es lícito emplear medios violentos para alcanzar fines. La acción humanitaria del Estado, bajo el lema espurio de la «justicia social», es inmoral porque «todos los Estados y gobiernos son una banda de ladrones» (Huerta de Soto, 2023: 12). Únicamente es ético un sistema humanitario privado.

Bibliografía

Francisco (2015). Laudato Si. Sobre el cuidado de la casa común. Web: Santa Sede.  

Huerta de Soto, J. (2023). «Anarquía, Dios y el Papa Francisco». Cuaderno Nº 24, abril 2023. Madrid: Revista Avance de la Libertad. 

Juan Pablo II (1991). Centesimus Annus. Web: Santa Sede.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Zanotti, G. (2008): «Axiomas y teoremas en la escuela austríaca de economía». Fundación Hayek. Conferencia para el II Simposio Internacional de Escuela Austríaca de Economía (Rosario, Argentina).


[1] Título del libro del economista José Luis Sampedro (2009).

[2] https://www.noticiasobreras.es/2021/10/trabajadores-cristianos-del-mundo-piden-una-legislacion-integral-de-proteccion-social/

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El lenguaje económico (XXVI): Publicidad (II)

En el artículo anterior defendimos la actividad publicitaria frente a ciertas acusaciones infundadas; no obstante, la publicidad también puede inducir a confusión o ser directamente falaz y manipuladora. Esto es frecuente cuando se pretende erosionar la imagen de competidores comerciales.

Tu boca no está de oferta

Este confuso eslogan es un tipo de metonimia donde se sustituye el objeto —el tratamiento dental— por el lugar donde se realiza —la boca. Ha sido utilizado por algunos colegios de dentistas para alertar a la población de posibles abusos: publicidad «engañosa», precios «excesivamente» bajos, uso de materiales de «mala» calidad, prácticas «erróneas», intrusismo, etc. Ciertos argumentos aquí esgrimidos deben ser analizados críticamente.

Primero: en general los consumidores tienen dificultades para valorar la calidad de ciertos servicios. Pero no por ello son engañados fácilmente: consideran la fama del dentista y/o la reputación de la marca (clínicas), los procesos (atención al paciente, tiempos de espera en la consulta), evidencia física (instalaciones, higiene), etc.

Precio y calidad

Segundo: es arbitrario afirmar que un precio sea «excesivamente» bajo. Por un lado, los consumidores —ceteris paribus— prefieren pagar lo menos posible; por otro lado, se ven constreñidos por su capacidad adquisitiva. Además, el precio no es el único factor determinante en la compra: la proximidad de la clínica al domicilio o la financiación también son considerados.

Tercero: «menor» calidad no es sinónimo de «peor» calidad. En el mercado todas las calidades son bienvenidas, lo que permite el ajuste a los diferentes presupuestos de cada cual. No entendemos por qué motivo los servicios dentales deben ser ajenos a esta realidad económica. Por ejemplo, un servicio realizado por un odontólogo novel en instalaciones modestas y con materiales de menor calidad deberá ofertarse necesariamente a precios bajos. Los servicios dentales low cost benefician principalmente a los clientes con menor capacidad adquisitiva, que antes no tenían acceso al servicio.

En definitiva, las clínicas dentales, como cualquier negocio, pueden y deben utilizar todas las estrategias y recursos de marketing a su alcance con sólo dos condiciones: a) Comunicarse verazmente con sus clientes para que tomen decisiones informadas, y b) Cumplir los contratos.

La sanidad no se vende

Este eslogan, usado por colectivistas y otros adoradores del Estado, ataca injustamente el libre mercado de productos y servicios sanitarios. La metonimia, en este caso, sustituye lo particular —un específico bien— por un concepto general —la sanidad. Ya sabemos que nadie consume sanidad en general, ni medicamentos en general, ni va al médico en general.

Referirse a clases de bienes conduce a confusión porque «en el mundo externo no hay clases» (Mises, 2011: 148). Todas las acciones humanas son referidas a cantidades discretas de bienes específicos, según la ley de la utilidad marginal.

La valoración de los bienes no tiene nada que ver con el orden en que cabe clasificar a las distintas categorías de necesidades, sino con el orden de las necesidades concretas.

(Böhm-Bawerk, 1998: 252)

Defender al pequeño comercio y al consumo local

Existe una multitud de campañas publicitarias, con sus respectivos eslóganes, en «defensa» del pequeño comercio y del consumo local. Según sus promotores —políticos y asociaciones de comerciantes— consumir bienes producidos en zonas próximas o vendidos en comercios de proximidad es beneficioso para la economía local. Los ecologistas, por su parte, afirman que este consumo beneficia al medio ambiente porque se reducen las emisiones de CO2 producidas por el transporte de mercancías.

En primer lugar, podríamos preguntarnos: ¿defenderse de quién? Ya hemos visto que la retórica bélica es falaz en economía. El pequeño comercio no necesita defensores porque nadie lo ataca. Únicamente los consumidores provocan la reducción de unos negocios y la expansión de otros; en el primer caso, los empresarios ineficaces son reemplazados por otros mejores. El mejor ejemplo es la proliferación de pequeños negocios — bares, restaurantes, tiendas de alimentación, bazares, peluquerías— regentados por empresarios chinos.

Transferencia coactiva de dinero

En segundo lugar, cualquier campaña gubernamental destinada a fomentar el consumo local no es gratis y supone una transferencia coactiva de dinero desde los contribuyentes hacia comerciantes y empresas de marketing específicos. Debe ser el empresario, grande o pequeño, quien soporte exclusivamente los costes de cualquier campaña publicitaria.

Los promotores del consumo local no pueden alcanzar su objetivo —mejorar la economía de la región— persuadiendo a los consumidores para que adquieran productos más caros o de peor calidad. Este consumo sacrificial, lejos de dar fruto, empobrecerá a los consumidores de la región, sostendrá artificialmente a las empresas menos eficientes e interferirá la adecuada asignación del capital. Como nos recordaba Mises (2011: 1019): «La aplicación de teoremas económicos falsos se traduce en consecuencias indeseadas».

Bibliografía

Böhm-Bawerk, E. (1998). Teoría positiva del capital. Madrid: Aosta.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Serie ‘El lenguaje económico’

(XXV) Publicidad (I)

(XXIV) El juego

(XXIII) Los fenómenos naturales

(XXII) El turismo

(XXI) Sobre el consumo local

(XX) Sobre el poder

(XIX) El principio de Peter

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

El lenguaje económico (XXV): Publicidad (I)

Publicidad es el conjunto planificado y organizado de acciones comunicativas cuya finalidad es influir en la percepción y la conducta del público objetivo. Un primer propósito de la publicidad es proyectar una imagen positiva o favorable. Corporaciones públicas y privadas, e incluso individuos, dedican recursos a la publicidad corporativa.

Los gobiernos, en particular, gastan enormes sumas en publicidad «institucional» (propaganda) para justificar su existencia: «Soy del Gobierno y aquí estoy para ayudar», decía irónicamente Ronald Reagan. Un segundo propósito es comercial: aumentar las ventas de productos y servicios; y aquí es donde observamos injustas acusaciones a través de eslóganes y lemas. La publicidad es persuasiva: se dirige a las emociones, afectos e intereses; pero también apela al intelecto cuando presenta información objetiva: características, ventajas, precios, etc.

La publicidad crea necesidades

Un primer error consiste en pensar que los anuncios pueden crear necesidades ex novo: desear algo que antes no deseábamos. Todo producto o servicio novedoso siempre satisface necesidades preexistentes, sólo que de forma más atractiva o útil para el consumidor. Por ejemplo, el «entretenimiento» es una necesidad (o deseo)[1] humana que podemos satisfacer leyendo un libro, haciendo un crucigrama, escuchando música o navegando distraídamente por Internet. La «comunicación» es otra necesidad humana que puede satisfacerse con diferentes tecnologías: correo postal, teléfono, fax, correo electrónico, Whatsapp, redes sociales, etc.

La publicidad fomenta el consumismo

Según la (R.A.E.) consumismo es la «tendencia inmoderada a adquirir, gastar o consumir bienes, no siempre necesarios». Aquí, cabría preguntarse: ¿cómo diferenciar entre consumo moderado e inmoderado? y ¿cómo diferenciar entre bien necesario e innecesario? Estamos ante cuestiones psicológicas, cuya respuesta está en la insondable mente de cada individuo.

Para nosotros «consumismo» es la arbitraria y moralizante acusación de que alguien consume algo en demasía. ¿Y cuánto es demasiado? No hay forma objetiva de saberlo. Consumismo podría ser: poseer más de 1 vehículo, más de 20 pares de zapatos, viajar más de 3 veces al año, fumar más de 20 cigarrillos al día, etc. Todas estas afirmaciones, al igual que las tocantes al «subconsumo» son juicios de valor carentes de interés para la ciencia económica. La respuesta del economista es: cada persona determina en cada momento el dinero dedicado a gasto, ahorro o inversión, y cualquier proporción elegida es aquella que le proporciona una mayor utilidad.

Paternalismo

Los enemigos del consumismo ven al consumidor como un ser indefenso, un alma cándida en manos de hábiles manipuladores. Las prohibiciones y restricciones legales a la publicidad —tabaco, alcohol, fármacos, apuestas— obedecen al afán paternalista de los políticos y son aplaudidas habitualmente por las masas. Ningún bien escapa a esta caza de brujas, por ejemplo, se restringe la publicidad de productos azucarados: bollería industrial, galletas, helados, zumos, etc. El ministro Garzón, refiriéndose a los menores, justifica la regulación así: «Es esencial para protegerlos del bombardeo de productos no saludables».

Recordemos aquí la lamentable afirmación de la ministra Isabel Celaá: «No podemos pensar de ninguna de las maneras que los hijos pertenecen a los padres». «Es falso que la propaganda comercial somete a los consumidores a la voluntad de los anunciantes» (Mises, 2011: 389). La publicidad solo compensa «si la calidad del artículo es tal que no induce al adquirente a dejar de comprarlo en cuanto lo prueba» (Mises, 2011: 388). El consumidor ex ante tiene abundante información (i.e. reseñas en Internet) para tomar una decisión, y lo más importante: ex post puede comprobar por sí mismo la veracidad de un anuncio.

Publicidad ideológica

Tras la acusación de consumismo, con frecuencia, subyacen aviesas ideologías: ecologismo, igualitarismo, anticapitalismo, etc. Tal es su fuerza que encontramos publicidad para consumir menos. La empresa Levi Strauss & Co. mantiene la campaña «Compra mejor, úsalo más» cuya finalidad es reducir el consumo de ropa y contribuir a la sostenibilidad del planeta. Por supuesto, Levi´s no pretende reducir sus ventas, sino atraer a nuevos clientes preocupados por el cambio climático para que elijan sus prendas más duraderas.

Pero la publicidad ideológica es sumamente arriesgada. Gillette, en 2019, lanzó un polémico anuncio de 100 segundos donde aparecían hombres malos y buenos. Los primeros representaban la «masculinidad tóxica»: matones de patio de colegio, acosadores sexuales, etc. El eslogan del anuncio «El mejor hombre que podría ser» refleja bien su cariz moralizante: los hombres «deberían» comportarse mejor y ser menos machistas. Todo un despropósito que ocasionó el boicot de la marca. El intento de ganar clientes alineándose con el feminismo —movimiento #MeToo— supuso a Gillette, solo en el segundo trimestre de 2019, pérdidas de 5.240 millones de dólares.

«Si el producto es gratis, el producto eres tú».

Otra acusación frecuente es que la publicidad cosifica a la persona. La crítica al producto «gratis», sin embargo, no va dirigida a determinados negocios —TV en abierto, radio— que proporcionan contenidos gratuitos y se financian con anuncios. La ira se dirige a empresas tecnológicas —Google, Facebook, Twitter, YouTube— que utilizan datos de los usuarios para fines comerciales.

Se dice, por ejemplo: «En internet pagas con algo mucho mas valioso que tu dinero, tu privacidad». La preferencia revelada por los consumidores nos indica lo contrario: la mayoría valora más el dinero (no pagado) que los posibles inconvenientes derivados del uso de sus datos. En cualquier caso, quienes deseen preservar su intimidad siempre pueden abstenerse de utilizar los servicios gratuitos que ofrece la Red. Paradójicamente, quienes ven oscuras intenciones en las empresas que ofrecen bienes gratuitos, aplauden el «todo gratis» del confiscatorio e inmoral sector público.

Bibliografía

Ley 34/1988, de 11 de noviembre, General de Publicidad.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.


[1] La distinción entre necesidad y deseo no es nítida y para nuestros fines no es relevante.

Serie ‘El lenguaje económico’

(XXIV) El juego

(XXIII) Los fenómenos naturales

(XXII) El turismo

(XXI) Sobre el consumo local

(XX) Sobre el poder

(XIX) El principio de Peter

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

El lenguaje económico (XXIV): el juego

La Bolsa no es un juego. Quien «opera» —expresión más correcta— en Bolsa «ha de adaptar su conducta a las mudables condiciones del mercado y a sus propios juicios acerca del futuro desarrollo de los precios» (Mises, 2011: 125). La inversión bursátil requiere un conocimiento especializado, información actual e intuición sobre eventos futuros. Los sedicentes jugadores en bolsa, acusados con frecuencia de «malvados especuladores», no juegan temerariamente con el dinero de sus clientes, sino que toman decisiones basadas en un riguroso análisis de la situación de cada empresa, del sector, de la competencia, etc. Prueba de ello es que los legos delegan sus decisiones de inversión en expertos (fondos de inversión) o bien realizan compras sistemáticas (periódicas por un mismo importe nominal).

Los juegos de azar, en general, no precisan conocimiento alguno; por ejemplo, en la lotería, Warren Buffet y otro jugador cualquiera tienen la misma probabilidad de ganar. En la Bolsa, en cambio, solo gana quien posee específicas destrezas como especulador. Por desgracia, «la gente ve siempre algo deshonesto en la contratación bursátil […] Las ganancias especulativas se consideran producto del robo o del hurto practicado a costa del resto de la nación» (Mises, 2011: 619). Particularmente, cuando las bolsas se desploman, se culpa de ello a los especuladores y los gobiernos intervienen el mercado, tal y como sucedió en marzo de 2020 cuando la CNMV prohibió las posiciones cortas durante un mes. Algunos mitos sobre la Bolsa son clarificados por Daniel Lacalle (2013) en su libro Nosotros, los mercados: qué son, cómo funcionan y por qué resultan imprescindibles.

Apostamos por…

La economía no es un casino, ni tampoco una casa de apuestas. Veamos qué se esconde tras esta metáfora tan popular: «apostamos por…» las energías limpias, el turismo de calidad, la veracidad en Internet, la educación y sanidad públicas, la cultura europea, el empleo estable, el comercio local, etc. Stricto sensu, una apuesta es un acto lúdico.

El jugador que apuesta en las carreras de caballos lo hace libremente y con su propio dinero, sin embargo, en boca de políticos, sindicalistas, ingenieros sociales o lobistas; «apostamos por…» esconde, casi siempre, la intención de alcanzar ciertos objetivos bajo coacción; por ejemplo, el político que «apuesta» por el coche eléctrico lo subsidia transfiriendo dinero del contribuyente hacia fabricantes y/o compradores. Esta «apuesta» también consiste en prohibir o restringir el uso de vehículos con motores de combustión, privilegiando a unos conductores y perjudicando a otros. Hay quienes «apuestan» por la práctica del ajedrez en los colegios, pero lo que pretenden es su inclusión obligatoria en el currículo.

Estos falsos jugadores disfrazan sus aviesas intenciones con eufemismos. Por ejemplo: «apostar» por la cultura significa captar fondos públicos para financiar creaciones artísticas carentes de valor para los espectadores; «apostar» por la igualdad conduce a imponer cuotas y otras servidumbres que privilegian a unos a expensas de otros; «apostar» por el turismo de calidad sirve para establecer moratorias, prohibir la construcción de hoteles (excepto los de lujo) o que los particulares alquilen sus viviendas a los turistas; «apostar» por un taxi seguro y de calidad es la excusa para prohibir la competencia de empresas como UBER y Blablacar. En definitiva, detrás de cada «apostamos por…» (en plural) hay un saqueador que quiere tu dinero o un déspota que viola tu libertad.

Teoría de Juegos

Podemos definir la teoría de juegos como el «estudio matemático de las situaciones en que un individuo tiene que tomar una decisión teniendo en cuenta las elecciones que hacen otros» (Figueroba, 2017). Estas interacciones, denominadas «estratégicas», se producen dentro de una estructura formalizada de incentivos: el llamado «juego».

La Teoría de Juegos tiene su aplicación en la estrategia militar, pero también en la economía y en otros campos del saber. Sin embargo, ni la guerra, ni la economía son juegos: «En una sociedad de mercado no existe analogía alguna entre los juegos y los negocios» (Mises, 2011: 140). El profesor Bastos critica resumidamente esta Teoría así: «Con la economía no se juega».[1] La Teoría de Juegos es otro intento positivista de matematizar la economía, por ejemplo, buscando elecciones «óptimas», la racionalidad «perfecta» o estableciendo «modelos» predictivos sobre la conducta humana. La Teoría de Juegos, al igual que la Teoría de la Elección Racional, adolecen del mismo error positivista: «La ciencia es medición»; pero recordemos: «En el mundo de lo económico no hay relaciones constantes, por lo cual toda medición resulta imposible» (Mises, 2011: 67).

Bibliografía

Figueroba, A. (2017). «Teoría de juegos: ¿en qué consiste y en qué ámbitos se aplica?». Recuperado: https://psicologiaymente.com/social/teoria-de-juegos

Lacalle, D. (2013). Nosotros, los mercados: qué son, cómo funcionan y por qué resultan imprescindibles. Barcelona: Deusto (Kindle).  Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.


[1] https://www.youtube.com/watch?v=4Pn0l377Q0Y

Serie ‘El lenguaje económico’

(XXIII) Los fenómenos naturales

(XXII) El turismo

(XXI) Sobre el consumo local

(XX) Sobre el poder

(XIX) El principio de Peter

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

El lenguaje económico (XXIII): Los fenómenos naturales

Los fenómenos naturales son utilizados frecuentemente para idear metáforas económicas: «tsunami» financiero, «terremoto» bursátil, «tormenta» económica, etc. Esta práctica forma parte del lenguaje periodístico —hiperbólico, sensacionalista— y, en general, no ocasiona un grave perjuicio al entendimiento; sin embargo, debemos exponer una importante distinción entre los fenómenos naturales y la economía: la naturaleza carece de propósito mientras que la acción humana es teleológica, es decir, persigue fines de forma consciente y deliberada. Este hecho, a su vez, tiene un corolario: las regularidades naturales y las sociales son distintas. Por ejemplo, el ciclo lunar y el ciclo económico no son fenómenos equiparables: el primero es un fenómeno simple, mientras que el segundo encierra una enorme complejidad.

Por otra parte, las regularidades naturales tampoco son homogéneas; por ejemplo, las predicciones de físicos y astrónomos relativas a la mecánica celeste —órbitas, ciclos, eclipses— exhiben una precisión matemática (cuantitativa); en cambio, las predicciones climáticas y atmosféricas solo son aproximadas; por último, determinados fenómenos geológicos —terremotos, tsunamis— son prácticamente impredecibles. En definitiva, en el lenguaje económico, las metáforas y analogías procedentes de los fenómenos naturales pueden resultar inapropiadas.

«Terremoto» político y económico

Analicemos este titular: «Liz Truss, víctima de un terremoto político que ha tenido como epicentro un fallido plan fiscal»[1]. Esta analogía sísmica es engañosa, pues presenta a la premier británica como «víctima» y no como responsable de su propio error. En efecto, presentar un programa económico donde, por una parte, se reduce el ingreso fiscal, y por otra, se aumenta el gasto público, no es una catástrofe natural, sino un fallo político perfectamente evitable. No está a nuestro alcance soslayar los terremotos, tsunamis y tormentas, pero sí los errores debidos a la ignorancia o a la falta de juicio. La reacción de los mercados (caída de la cotización de la libra esterlina) ante un nefasto plan fiscal (implicaba más inflación y más deuda pública) era muy previsible y en nada se parece a un terremoto.

El «ciclo» económico

«El uso de metáforas es un recurso frecuentemente utilizado por los economistas para ilustrar los ciclos y las crisis económicas» (San Julián y Zabalza, 2022: 1). Aunque su finalidad es didáctica, ya hemos visto que frecuentemente conduce a errores y distorsiones del conocimiento. Por ejemplo, se dice que los productos tienen un «ciclo de vida», o que determinado mercado está «maduro». Algunos de estos tropos biológicos ya fueron analizados en la entrega V (julio, 2021)— de esta serie; pero centrémonos ahora en el llamado «ciclo económico». Los estudiosos de la historia han observado una regularidad económica: cada cierto tiempo se produce un auge seguido de una recesión. También se creyó erróneamente que este fenómeno era endógeno del sistema capitalista y, por tanto, inevitable. Como veremos, la metáfora del ciclo económico es problemática porque no existe un paralelismo entre las regularidades naturales y las humanas. Idéntico error es suponer periodicidad en la aparición de guerras, revoluciones, hambrunas o pandemias.

La génesis de las crisis económicas es bien conocida: la expansión monetaria que ocasionan los bancos centrales y/o la expansión crediticia que provoca la banca con reserva fraccionaria. De su evolución, únicamente podemos realizar una predicción cualitativa: el auge provoca una mala asignación del capital y el inevitable ajuste de la economía en forma de recesión. Esta relación causal no implica la existencia de regularidad o periodicidad en el fenómeno. Tampoco resulta plausible pensar que los errores de los gobiernos —causantes de las crisis— sean, a su vez, cíclicos. La mejor prueba de que el ciclo económico no es recurrente reside en su evitabilidad. Para erradicarlo bastaría con someter la institución del dinero al Derecho: primero, suprimiendo la «falsificación» de dinero a cargo de la Banca Central; y segundo, ilegalizando el fraude que supone el contrato de depósito bancario con reserva fraccionaria (Huerta de Soto, 2020: 126).

Bibliografía

Huerta de Soto, J. (2020). Dinero, crédito bancario y ciclos económicos. Madrid: Unión Editorial.

San Julián, F. J. y Zabalza, J. (2022). «El uso de metáforas y analogías como instrumento para ilustrar las diferencias entre las diversas teorías de los ciclos y las crisis económicas». Recuperado de: https://congresosaehe.es/wp-content/uploads/ 2021/05/San-Julian-Zabalza-sesi%C3%B3n-4.pdf


[1] https://www.cronicabalear.es/2022/liz-truss-victima-de-un-terremoto-politico-que-ha-tenido-como-epicentro-un-fallido-plan-fiscal/

Serie ‘El lenguaje económico’

(XXII) El turismo

(XXI) Sobre el consumo local

(XX) Sobre el poder

(XIX) El principio de Peter

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

El lenguaje económico (XXII): Turismo

En la literatura y los debates sobre política turística es frecuente apelar a mitos, metáforas y expresiones carentes de rigor económico. Veamos algunas:

El «modelo» turístico

Los ingenieros sociales —políticos y burócratas— consideran que la economía y el sector turístico, en particular, pueden ser diseñados deliberadamente según un determinado «modelo» preconcebido, que puede ser realizado mediante la oportuna legislación. Esta pretensión de organizar la sociedad de manera hegemónica y coercitiva, tan ilusoria como perversa, ya fue analizada por Hayek (1988) en su libro póstumo La fatal arrogancia: los errores del socialismo. El «ordeno y mando» del ingeniero social se enmascara con eufemismos: «repensar el modelo turístico» o con metáforas lúdicas: «apostar» por cierto modelo turístico. Todo ello se conseguirá con el boletín oficial: palo y zanahoria. El primero prohíbe y restringe (i.e. moratoria) la oferta de todo aquello que no encaje con la visión del sátrapa. Otra fórmula es imponer servidumbres; por ejemplo, en Cataluña los hoteles «gran lujo» deben ofrecer a sus clientes albornoz, zapatillas y, en el desayuno, butifarra.[1] Este ordenancismo, tan innecesario como perjudicial, ahuyenta la inversión: recordemos el fallido proyecto de Eurovegas en Madrid. Por último, con la zanahoria, los políticos juegan a ser empresarios disparando con pólvora de rey: participan en ferias turísticas, organizan campañas publicitarias, subvencionan la construcción o rehabilitación de hoteles, etc.

Turismo de «calidad»

En este caso, el «modelo» turístico consiste en tener visitantes con elevado poder adquisitivo y prescindir de otros que no gastan lo «suficiente»: turistas de sol y playa, cruceristas, senderistas, campistas, etc. Los promotores de este «modelo» quieren convertir su ciudad en otra Montecarlo. Para ello, prohíben la construcción de alojamientos «baratos» y subvencionan los «caros». El Cabildo de Tenerife, por ejemplo, es dueño de tres casinos de juego con un total de 28 empleados. Cuando el turista de «calidad» quiere jugar a la ruleta no puede porque el crupier salió a tomar café. Bromas aparte, el fantasioso «modelo» nunca se alcanza porque el gobierno puede manipular (hasta cierto punto) la oferta, pero no la demanda. Otras veces, la «calidad» ha sido la excusa para proponer (sin éxito), de forma arrogante, el establecimiento de plantillas mínimas en los hoteles. El turismo de «calidad» es una quimera económica. En el mercado todas las calidades son bienvenidas porque se adaptan a los diferentes gustos y capacidad adquisitiva de los consumidores. Es ilusorio interferir la oferta de alojamiento de menor calidad esperando que aumente la demanda de aquellos de mayor calidad. Toda planificación gubernamental del turismo es un caso particular del sistema socialista y, por tanto, está abocada al fracaso (Mises, 1920).

El turista «no rentable»

Estamos ante el mito del gorrón o free rider, alguien que (supuestamente) consume más servicios públicos de lo que paga en impuestos. Veamos, cualitativamente, qué paga un turista: a) En su caso, tasas portuarias y aeroportuarias; b) IVA, cada vez que consume. c) Salarios de los empleados turísticos, incluidas sus cotizaciones e IRPF. d) Al pagar alojamiento sufraga indirectamente los tributos municipales: IBI, recogida de residuos, vado, etc.; e) Servicios médicos con su propio seguro o anticipa el pago, que luego recupera en su país de origen. f) Indirectamente, el impuesto de sociedades de las empresas turísticas. ¿Y cuánto consume en servicios públicos? En definitiva, la cuestión es saber si el ingreso turístico costea el mantenimiento de los espacios —carreteras, parques, jardines, mobiliario urbano, alumbrado— y la provisión de otros servicios públicos (i.e. policía). Este cálculo, a nivel turista, es imposible; pero, de forma agregada, el balance es positivo; de ahí el desarrollo económico de muchas zonas turísticas y el incremento del nivel de vida de sus habitantes. Si unos turistas pagaron menos de lo que consumieron, necesariamente otros habrán pagado más. La rentabilidad del visitante, tanto en lo público como en lo privado, es una cuestión de grado y no puede medirse con precisión; por ejemplo, los clientes de un hotel no son igualmente cuidadosos usando las instalaciones, ni consumen la misma cantidad de alimentos, agua, energía, etc. Solo un sistema descentralizado, libre de injerencias gubernamentales, puede equiparar lo que paga el turista con lo que consume.

El «todo incluido»

Los enemigos de la libertad también critican el sistema «todo incluido» porque resulta «poco rentable» para la economía local. Los acusadores emplean metáforas cargadas de negatividad; por ejemplo, afirman el hotel «acapara» al cliente, que se forman «guetos» donde se consume droga o que existe un gasto «cautivo». Quienes (Podemos) no comparten ciertos gustos del turista han propuesto (sin éxito), al más puro estilo bolchevique, prohibir el todo incluido.[2] Si algunos turistas desean beber, comer o bailar dentro del hotel, ¿por qué forzarlos a salir? Supongamos, a efectos dialécticos, que el consumo por turista permanece invariable; el sistema «todo incluido» expandirá el negocio hotelero y reducirá la oferta complementaria (bares, restaurantes, peluquerías, etc). El primero necesitará más personal y el segundo menos, mientras que los fabricantes y distribuidores no resultan prácticamente afectados. Supongamos también que el todo incluido ofrece mejores precios: el ahorro podrá financiar más viajes o alargar las estancias. Todo cambio suscitado por el «todo incluido» forma parte del dinamismo del mercado, producto de los cambiantes gustos de los consumidores.

El turismo «consume» suelo y «devora» el territorio

Nacionalistas y ecologistas, entre otros, idealizan románticamente lo primitivo y la naturaleza en contraposición al progreso y la modernidad. Esta mentalidad rousseauniana ve en el desarrollo turístico una agresión a la cultura y natura de un pueblo por parte de «peligrosos» especuladores del asfalto y el ladrillo. Con las metáforas «consumir» y «devorar» el territorio se pretende denigrar una actividad económica de gran importancia: el cambio de uso de la tierra. El progreso económico exige emplear el capital (incluida la tierra), en cada momento, del modo más rentable. Esta lógica es universal. Por ejemplo, los agricultores sustituyen un cultivo por otro buscando mayores beneficios; pari passu el suelo agrícola pasa a ser industrial o turístico. Quienes llaman despectivamente a España «país de camareros» parecen ignorar que debemos al turismo la mejora de nuestro nivel de vida.

Bibliografía

Hayek, F. (1988). La fatal arrogancia: los errores del socialismo. Madrid: Unión Editorial. Mises, L. (1920). «El Cálculo Económico en el Sistema Socialista». Recuperado de http://www.hacer.org/pdf/rev10_vonmises.pdf


[1] Decreto 75/2020, de 4 de agosto, de turismo de Cataluña. Anexos 1 y 2.

[2] https://www.libremercado.com/2015-05-21/podemos-le-declara-la-guerra-al-turismo-barato-no-al-todo-incluido-1276548471/

Serie ‘El lenguaje económico’

(XXI) Sobre el consumo local

(XX) Sobre el poder

(XIX) El principio de Peter

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

El lenguaje económico (XXI): Sobre el consumo local

Con bastante frecuencia escuchamos las bondades que supone consumir bienes producidos localmente y realizar compras en el pequeño comercio. Según sus promotores —políticos, empresarios, ecologistas, etc.— el consumo local beneficia a la economía de la zona y al medioambiente. Muchos eslóganes que fomentan este consumo son confusos, ilusorios o directamente falsos.

«Si compras local, tu dinero vuelve a ti».

Esta falsa creencia goza de gran popularidad debido a su simplicidad argumental. Sin embargo, comprar bienes locales de menor calidad o más caros que los foráneos reduce la calidad de vida del consumidor y empobrece la zona. ¿A dónde va nuestro dinero cuando compramos en Carrefour, Ikea o McDonald’s? El dinero siempre paga los factores productivos «allá donde estén»: los artículos, componentes y materias primas provienen de múltiples países, pero el trabajo—salarios— y la mayoría de servicios —limpieza, mantenimiento, seguridad— se contrata localmente. ¿Y qué ocurre con los beneficios? La mayor parte no acaba en Francia, Suecia o EE.UU., sino en el bolsillo de millones de pequeños propietarios (accionistas y partícipes de fondos de inversión y pensiones) repartidos por todo el mundo y que perciben rentas del capital.

Compremos localmente o no, el dinero que sale de nuestro ámbito geográfico (municipio, región, nación) siempre vuelve. Por ejemplo, los andaluces compran manzanas de Cataluña y los catalanes comprar aceitunas de Andalucía. El dinero va y viene. Es un error mercantilista interferir la «salida» de dinero (importaciones) y fomentar la «entrada» (exportaciones). Exportación e importación son cara y cruz de una misma moneda y ambas tienden a igualarse en el tiempo. Es necesario que el dinero «salga» para que luego «entre»; por ejemplo, si los españoles no compramos vehículos Mercedes y Toyota, los alemanes y japoneses no podrán hacer turismo en España.

El mito de la balanza comercial se derrumba cuando lo analizamos desde el individualismo metodológico: «Toda balanza es necesariamente favorable desde el punto de vista de la persona que realiza el intercambio» (Rothbard, 2013: 336); o como dice Mises (2011: 539) «La balanza (de pagos) cuadra siempre». El consumo sacrificial es antieconómico para el comprador: si un bien local cuesta el doble que otro foráneo, ceteris paribus, la compra del primero reducirá nuestro consumo a la mitad; siendo los productores locales los únicos beneficiados. Es falso que con el consumo local «todos ganamos», tal y como predican muchas campañas. Por último, el consumidor que asume una pérdida económica para mantener con vida a los productores submarginales[1] está haciendo un flaco favor al conjunto de la sociedad pues interfiere la adecuada asignación del capital. Cualquier medida proteccionista —ayudas, subvenciones, publicidad— ocasiona el mismo mal: ralentiza la innovación, obstaculiza las obligadas quiebras y, en definitiva, dificulta que el escaso capital disponible pase a manos más capaces.


Productos «km. 0»: El argumento medioambiental


El consumo de productos locales supuestamente beneficia al medio ambiente porque se reducen las emisiones de CO2 producidas por el transporte de mercancías. Una primera objeción es que el transporte solo es una parte del total de energía consumida. Por ejemplo, sería posible producir naranjas en los países nórdicos para evitar su transporte desde España, pero el coste energético de reproducir el clima mediterráneo —invernaderos, calefacción, luz— excedería con creces al producido por el transporte marítimo. Lo menos contaminante, sin duda, es que la producción se realice en aquellas regiones con climas más favorables y luego transportar la mercancía. Veamos un dilema energético: España y Sudáfrica producen naranjas en sus respectivos inviernos. Cuando el producto abunda en el hemisferio norte escasea en el hemisferio sur, y viceversa. ¿Es preferible mantener naranjas «km. 0» en cámaras frigoríficas durante varios meses o traerlas frescas desde Sudáfrica? Si deseamos consumir productos de temporada durante todo el año, el transporte es una buena solución económica y ambiental. En segundo lugar, el eslogan «km. 0» es una simplificación de la realidad: por ejemplo, las naranjas de Orihuela consumidas en Alicante capital son «km. 60». El único producto «km. 0» sería el producido en nuestro propio huerto, con el agua de nuestro pozo y con el estiércol de nuestros propios animales. Para lograr un genuino producto «km. 0» debemos ser completamente autárquicos. En tercer lugar, si el transporte es malo porque contamina, ¿por qué no extender la campaña a los servicios? Si los partidarios del «km. 0» fueran consecuentes con sus ideas (reducir la contaminación) deberían recomendar a los turistas que se quedaran en su casa pues, en términos relativos, el transporte aéreo es el más contaminante de todos. Nos escandaliza que un atún se transporte en avión desde España a Japón, pero nos encanta que los japoneses visiten España. Igualmente resulta contradictorio que el dueño de un hotel presuma de tener su propio huerto ecológico sin importarle demasiado que sus huéspedes hayan viajado en avión miles de kilómetros.

«El futuro es ahora»

 
Este es el confuso eslogan de una campaña para que los jóvenes identifiquen la calidad, la sostenibilidad y el apoyo a la industria con la marca «Elaborado en Canarias». Sus promotores —industriales y políticos— han establecido un objetivo de crecimiento de la cuota industrial del 6,2 % (actual) al 7,7 % (2027) del PIB en Canarias. Objeciones: a) Desde sus propios fines, no entendemos por qué la campaña se dirige exclusivamente a los jóvenes y no al conjunto de consumidores. b) El hecho que aumente la cuota industrial del PIB no significa que la producción aumente en términos absolutos, por ejemplo, la cuota industrial del PIB puede aumentar por una caída del turismo (pandemia). Estamos ante un sesgo igualitarista porque lo que interesa al industrial no es su situación relativa, sino aumentar sus ventas y su beneficio.

«Proteger al pequeño comercio»

¿Protegerlo de quién? La competencia mercantil es una actividad pacífica, exenta de agresión. Las grandes empresas no «atacan» a las pequeñas ni violan sus derechos. En un mercado no interferido, el «pez grande no se come al chico». Nadie se come a nadie. Son exclusivamente los consumidores quienes determinan (comprando o absteniéndose de comprar) el tamaño y la cuota de mercado de cada empresa. Es innecesario y detrimental «ayudar» a ciertos comerciantes con dinero público —publicidad, bonos o cupones de descuento— pero, sobre todo, es una inmoral transferencia de renta.

Bibliografía

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Rothbard, M. (2013). El hombre, la economía y el Estado. Vol. II. Madrid: Unión Editorial.


[1] Submarginal: de no ser por la ayuda, la empresa quebraría

Serie ‘El lenguaje económico’

(XX) Sobre el poder

(XIX) El principio de Peter

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor