Barbie en perspectiva
Rajoy quería que pagaran otros, que otros políticos de otros países crujieran a sus súbditos, aportaran el dinero y soportaran el coste político de recaudarlo.
Rajoy quería que pagaran otros, que otros políticos de otros países crujieran a sus súbditos, aportaran el dinero y soportaran el coste político de recaudarlo.
Con los impuestos no vale lo de “contribuir para recibir”, porque no pagamos impuestos para recibir cosas: los pagamos porque son obligatorios, y si no los pagamos podemos acabar en la cárcel.
Más que el día de la liberación fiscal, el 1 de julio es el día de la semiesclavitud fiscal.
Lejos de estimular la responsabilidad individual, el FOGASA fomenta la socialización de las deudas salariales.
Lo grave de la cuña fiscal es que su resultado neto no es de suma cero, sino que destruye prosperidad, y mucha.
Tras varias semanas de postureo por ambas partes, el nuevo gobierno de Syriza ha parido finalmente la ratonil lista de reformas a cambio de la cual se prorroga la extensión del plan de rescate de la Troika (perdón, de "las instituciones"). Pese a toda la retórica antiausteridad con la que Syriza se encaramó al poder, al final la radical izquierda helénica se ha quedado en un servil propio de Bruselas (hasta el punto de que, al parecer, la lista de reformas fue redactada por un eurócrata de la Comisión Europea).
A continuación les adjunto un resumen de las más llamativas:
Súmenle, además, a esta lista de reformas el "compromiso inequívoco" que asumió la propia Syriza en el Eurogrupo del pasado viernes sobre la necesidad de "cumplir con todas las obligaciones financieras plenamente y en el momento acordado".
A la vista de todo ello, Syriza queda irreconocible: una mera calcomanía del Pasok y de Nueva Democracia salvo acaso porque para muchos Tsipras sea más simpático y empático que Papandreu o Samarás. Pero, en última instancia, ni aumento del gasto social, ni rebaja de los impuestos, ni readmisión de funcionarios, ni "desprivatizaciones", ni reestructuración de la deuda. Nada. Tan sólo han quitado a unos de la poltrona para ponerse ellos. Casta y neocasta.
Eso sí, recuerden siempre que estamos hablando de un gobierno griego: nadie se sorprenda si Syriza, como ya hicieran el Pasok y Nueva Democracia, no cumple ni uno solo de sus compromisos. El papel lo aguanta todo.
Durante meses Podemos ha venido proclamando a los cuatro vientos que las empresas pagaban muchísimos menos impuestos que las familias en España; por ejemplo, hace menos de un año Pablo Iglesias afirmaba:
En este país las familias aportan alrededor del 90% de la recaudación y las empresas el 10%, menos del 2% proviene de las grandes empresas.
La narrativa es de sobra conocida: las rentas del capital no pagan apenas impuestos, por lo que las rentas del trabajo deben soportarlos en solitario. En el documento económico de Podemos (página 52), de hecho, se pide una reforma del IRPF "que someta a una sola tarifa todos los tipos de rentas": esto es, que las rentas del capital dejen de estar sometidas a un tipo marginal máximo del 27% en 2014 y las rentas del trabajo a uno del 52%.
Fuimos muchos los que ya en su momento tuvimos ocasión de explicarles que estos cálculos estaban profundamente sesgados: un accionista o un bonista no sólo paga impuestos por el cobro final de dividendos o de intereses, también por el Impuesto sobre Sociedades que abona la empresa de la que es accionista o acreedor. Por ejemplo, supongamos que en 2014 poseo el 1% de una empresa que gana cien millones de euros antes de impuestos. Si no existiesen tributos, a mí me correspondería un dividendo de un millón de euros. Sin embargo, esta empresa tendrá que pagar, en primera instancia, el Impuesto sobre Sociedades del 25%, de modo que sus ganancias después de impuestos se reducirán a 75 millones de euros. A su vez, y en segunda instancia, cuando mi empresa me abone el dividendo de 750.000 euros, yo tendré que abonar aproximadamente 200.000 euros en IRPF por rentas del capital.
¿Resultado final? El millón de euros en dividendos queda reducido a 450.000 euros: una tributación efectiva del 45%; bastante superior, por cierto, a la fiscalidad efectiva de las rentas del trabajo (el tipo efectivo medio por rentas del trabajo tras computar todas las deducciones y exenciones no supera en ningún caso el 34% y se ubica por debajo del 25% para las clases medias). Las quejas, pues, eran infundadas: apenas un ejemplo más de política del frentista y del odio contra el ahorrador y el empresario.
Afortunadamente, parece que el caso Monedero sí ha servido para que Podemos consulte a expertos en tributación y descubra que, como tantos les dijimos, las rentas del trabajo y las rentas del capital padecen una fiscalidad análoga. Escuchen si no la confesión del propio Juan Carlos Monedero (minuto 1:30:00):
Adjuntamos un informe para todos ustedes para que puedan ver cómo, según la opinión de expertos muy cualificados, cualquiera de las dos vías existentes [1º) tributar un ingreso como renta del trabajo por IRPF; 2º) tributar un ingreso como beneficio por Impuesto sobre Sociedades y posteriormente tributar los dividendos repartidos como renta del capital por IRPF] eran legales y legítimas. Tanto hacer una declaración de un trabajo como IRPF como pagar dividendos, porque al final la recaudación para Hacienda era la misma. Y por tanto no había ninguna posibilidad de presentar el pago de dividendos como un intento espurio de hacer nada contra Hacienda.
Esperemos que este singular hallazgo fiscal no permanezca encerrado en autojustificativas ruedas de prensa dirigidas a resolver la papeleta del momento y, en cambio, termine permeando todo su programa electoral. Por ejemplo, desde Podemos podrían comenzar por abandonar esa confiscatoria propuesta de equiparar rentas del trabajo y de capital en el IRPF, olvidándose de que las segundas ya han pagado antes el Impuesto sobre Sociedades. Sería lo consecuente con su renovado discurso fiscal, ¿no?
Pistas de esquí, cámaras acorazadas, chocolate, queso, relojes, ciudades impecables, montañas, Heidi, trenes puntuales… La lista de tópicos sobre Suiza es casi interminable. Esta notoriedad es llamativa. Hablamos de un país bastante pequeño, sin salida al mar, con poco más de ocho millones de habitantes y que permanece al margen de las organizaciones internacionales en las que militan todos sus vecinos, como la OTAN o la UE (de hecho, no ingresó en la ONU hasta el año 2002). De hecho, parece uno de esos sitios en el que nunca pasa nada.
Sin embargo, esta semana, la Confederación Helvética ha sido noticia por otro de esos clichés con los que se la asocia: dinero negro, fraude fiscal, blanqueo de fondos,… La Lista Falciani ha revitalizado algunos de los sambenitos con los que carga el país.
Poco importa que el famoso documento en realidad no sea más que una relación de los clientes de una sucursal. Ni que muchos de los nombres que aparecen en el mismo no tengan ninguna relación con actividad delictiva alguna. Para buena parte de la opinión pública, Suiza es un paraíso fiscal, refugio de defraudadores y su riqueza su debe, fundamentalmente, a su papel como protector de estos indeseables.
El refugio
Sin embargo, estaría bien preguntarse por qué tantos millonarios eligen Suiza como su lugar de residencia. Decenas de cantantes, deportistas o empresarios se mudan al país alpino cada año. Son las caras más conocidas, pero junto a ellos hay cientos de fortunas anónimas que también escogen Zurich, Ginebra o Lausana como morada.
A bote pronto, la respuesta de buena parte del público sería que es por los bajos impuestos o el secreto bancario. El problema es que hay países con tributos más reducidos y también conocemos otros territorios que garantizan la privacidad en la gestión del patrimonio. Pero ninguno de ellos tiene el éxito de Suiza entre los más ricos. ¿Qué hace tan atractivas las montañas helvéticas? ¿Cuál es el rasgo distintivo de su sistema financiero?
Desde luego, no en el precio. Los bancos suizos no viven del aire y sus empleados no trabajan por amor al aire. En realidad, sus servicios son tirando a caros. Además, gran parte de su cartera consiste en productos por los que se cobran unas elevadas comisiones y que no ofrecen rentabilidades especialmente elevadas.
David Gonzalvo, asesor financiero CFA y experto en inversiones en Suiza, explica que lo que buscan fundamentalmente los clientes de los bancos helvéticos es la "estabilidad". En estas entidades, "la estructura de la gestión está muy enfocada a proteger el patrimonio".
Por eso, Gonzalvo recuerda que en la mayoría de las ocasiones, "los productos raros o novedosos se evitan". A primera vista, puede parecer un panorama poco atractivo para los grandes inversores. Pero es que la palabra clave en la banca suiza es "preservar", antes que crecer, lo que se busca es "proteger".
En este sentido, sí que hay que reconocer que la banca suiza se ha labrado su reputación a lo largo de muchas décadas. El último siglo ha sido muy convulso en toda Europa. Pero en cualquier coyuntura, el sistema financiero suizo ha cuidado de los ahorros de sus clientes. No es extraño que grandes fortunas confíen los ahorros familiares a sus entidades. Para muchos de ellos, éste es el refugio para esos fondos que no quieren tocar, el colchón de seguridad para cuando vengan mal dadas.
En esta foto, el secreto bancario también juega un papel importante. Es cierto que hay indeseables que se han aprovechado de esta figura para ocultar el dinero que han obtenido de formas poco lícitas. Desde dictadores a criminales, hay cientos de casos de clientes no demasiado recomendables. Pero ni éste fue el motivo con el que se creó esta institución ni es la situación de la mayoría de los afectados. Gonzalvo explica que para muchos patrimonios es "importante la privacidad". Por ejemplo, "en España, las inversiones de las Sicav son públicas, se puede saber qué compran los ricos y si han aumentado o no una participación. En Suiza, lo que busca una persona es que todas estas cosas no salgan. Considera que es privado y no tiene por qué saberlo nadie".
De hecho, esta protección de la privacidad no se queda sólo en las cámaras acorazadas. Los famosos que residen en Suiza coinciden en que en el país helvético pueden pasear por las calles de su ciudad sin miedo a que los fans les acosen. Puede parecer una cuestión anecdótica, pero para muchas caras conocidas, la tranquilidad de la que disfrutan en su vida diaria también es un punto a favor a la hora de decidir su residencia.
Las claves de la prosperidad
La segunda pregunta tiene que ver con las razones que han hecho de Suiza una de las sociedades más ricas del planeta. De entre los países de la OCDE, hablamos del cuarto en renta per cápita, con 42.526 dólares en 2013, sólo por detrás de Luxemburgo, Noruega y Estados Unidos. Mientras tanto, España se queda en 26.454 euros. ¿Cuáles son las claves de esta prosperidad?
De nuevo, el primer impulso lleva a citar el sistema financiero. La respuesta fácil es que Suiza es rica por sus bancos, por su papel, no siempre aclarado, como refugio para todo tipo de fortunas, en ocasiones de origen oscuro. Pero también parece una respuesta demasiado simple.
Por una parte, es cierto que el sector financiero es una parte importante del PIB suizo, aproximadamente un 10,5%. Entre los grandes países europeos, ninguno alcanza esa cifra. Por eso, no es extraño que el 5,7% de la fuerza laboral suiza se emplee en este campo. Entre los países ricos, sólo en Singapur este porcentaje es superior. Si nos ceñimos sólo a los bancos (y dejamos fuera el resto del sector financiero) hablamos de más de 105.000 personas empleadas en 2012.
Además, en términos de activos, los bancos suizos gestionan más de 3 billones de dólares, lo que supone 381.000 dólares por habitante (también en este ránking es el primero de la clasificación entre los grandes países europeos). Como porcentaje del PIB, suponen el 483%, muy elevado pero por debajo de los bancos irlandeses o ingleses.
Y eso que las entidades suizas no están entre las más grandes del mundo, ni en términos de capitalización bursátil ni por activos gestionados. Así, UBS es el primero y está en el puesto 21º por capitalización, seguido por Credit Suisse en el puesto 35º.
Donde si son líderes es el banca privada, la dirigida a las grandes fortunas. Las entidades suizas guardan un patrimonio acumulado de más de 6 billones de dólares, de los que más de 2,2 billones provienen del extranjero. En este sentido sí destaca este sistema financiero: el 26% de los activos de la banca privada offshore a nivel mundial está en los bancos helvéticos.
Más allá de los bancos
Pero, como apuntamos anteriormente, aunque el sector financiero es un factor relevante, ni mucho menos es el único elemento que explica la prosperidad de Suiza y su capacidad de atracción del talento. Aunque ese 10% del PIB sea un porcentaje elevado, queda un 90% que no se puede entender sólo mirando a las sucursales bancarias. De hecho, el país está en los puestos de cabeza de prácticamente todos los índices de competitividad, productividad o riqueza que se publican. Más allá de las cámaras acorazadas, la economía helvética tiene muchos elementos en los que fijarse.
Dos temas que siempre salen a la luz cuando se habla de Suiza son su seguridad jurídica y estabilidad institucional. De hecho, hay una leyenda que apunta a que buena parte de la población del país ni siquiera sabe quién es su primer ministro (porque no les afecta, saben que no cambiará demasiado su vida).
En la cuestión legislativa, cuando se tocan las cuestiones fiscales, hay que hacer un apunte importante: Suiza es también muy valorada porque tiene un sistema tributario fiable y predecible. Y sí, sus impuestos son bajos, pero su presión fiscal está alrededor del 27-28% del PIB (según el ejercicio que se tome) muy lejos de lo que se podría considerar como un paraíso fiscal. Con esta cifra, está en la parte baja de la OCDE, eso es cierto (a una gran distancia del 48% de Dinamarca), pero cuidado, ni mucho menos es un nivel excepcional. EEUU o Israel tienen una menor presión fiscal.
Otro factor envidiable puede buscarse en su tasa de desempleo, que está en el entorno del 5%. Y no es una cuestión de los últimos meses. Durante toda la crisis, mientras el resto de países veían dispararse el paro, Suiza mantenía una situación de casi pleno empleo técnico. Por cierto, en esta cuestión no hay que olvidar el funcionamiento de su sistema de FP Dual (que escogen más de la mitad de los adolescentes del país) y que permite combinar trabajo y estudios desde el instituto.
Por otro lado, hablamos de uno de los países más industrializados de Europa, especialmente entre los más ricos. En las sociedades más avanzadas es cada vez más corriente que el sector servicio lo acabe ocupando todo. Es complicado competir en el sector industrial con países con la mano de obra mucho más barata, algo que sólo puede conseguirse aportando mucho valor añadido. Alemania es el ejemplo más citado, pero Suiza no le va a la zaga. El 21% del PIB helvético llega de su rama industrial. El país dedica el 3% de su PIB al I+D+i, uno de los niveles más altos de Europa, con el añadido de que es el sector privado el principal actor en este capítulo.
En cabeza
Los índices de libertad económica o competitividad tienen sus propios problemas. No son perfectos ni pueden servir al 100% como guía para explicarlo todo. Pero cuando un país aparece siempre en los primeros puestos y eso se traduce además, en un nivel elevado de riqueza (ya hemos dicho que Suiza tiene una renta per cápita superior a los 42.500 euros) sí pueden darnos una idea de que se están haciendo las cosas bien. En este caso, algunas de estas clasificaciones pueden ayudarnos a responder a esa pregunta que nos hacíamos al principio de por qué tantos ricos eligen Suiza como destino:
– Índice de Competitividad Global: elaborado por el Foro Económico Mundial, mide la capacidad de cada país para aportar valor añadido al mercado global y hacer que sus bienes y servicios sean competitivos, en precio y calidad. Suiza ocupa el primer puesto de la lista (por sexto año consecutivo), por delante de Singapur, Estados Unidos o Finlandia. Los autores destacan la "innovación, sofistificación de sus negocios, calidad de su educación superior y eficiencia del mercado laboral".
– Índice de competitividad del talento global: elaborado por el Insead, una de las escuelas de negocio más prestigiosas del planeta, mide la capacidad de atracción del talento de una economía. Suiza también es el primero de la lista, seguido por Singapur y Luxemburgo. El informe destaca su "apertura" en términos de inversión y comercio. Además, hablan de su integración en un mundo globalizado y su capacidad para formar a su capital humano.
– Expat explorer report: elaborado por el HSBC, mide la calidad de vida de aquellas personas que residen en un país extranjero. Tiene en cuenta multitud de factores, desde las condiciones económicas a las que pueden acceder, la acogida en el país de destino o la educación que se ofrece a sus hijos. También las opiniones de los que ya están viviendo en cada país es muy relevante. Pues bien, de nuevo, Suiza es el primero de la lista, por delante de Singapur, China o Alemania. En el informe se habla de la calidad de vida en el país, muy valorada por los extranjeros que residen allí, el equilibrio entre la vida profesional y laboral, el entorno económico y la estabilidad institucional.
Hace unos meses, a propósito de una operación de la Agencia Tributaria y la Guardia Civil, que abordaron el barco de Carmen Thyssen en Ibiza para notificarle la apertura de un nuevo expediente fiscal, reclamó un editorial de El Mundo: "Buscar la eficacia fiscal sin necesidad de espectáculos"
Este es el pensamiento mayoritario a propósito de la fiscalidad: hay que cobrar los impuestos que marque la ley, hay que perseguir a quienes no los paguen, pero ¿para qué montar tanto alboroto?
Es un análisis equivocado, porque si aceptamos que hay que cobrar y perseguir, el alboroto es indispensable. En efecto, aceptar que hay que pagar lo que el Estado diga es renunciar a la libertad y permitir al poder que usurpe los bienes de sus súbditos no en la medida en que éstos lo deseen sino en la medida en que le convenga al propio Estado, que es claramente lo que sucede, en particular en los regímenes democráticos, donde se da la paradoja de que, al revés del supuesto de que el Estado obedece a los ciudadanos, la mayoría de los ciudadanos siempre quiere pagar menos impuestos y siempre termina pagando más.
La dinámica del Estado, así, lo lleva a legitimarse mediante el gasto público, para que se vean los "logros y conquistas sociales del Estado de Bienestar", pero a la vez a subir continuamente la presión fiscal y a extenderla mucho más allá de "los ricos". Los Estados actuales no pueden financiarse gravando a los ricos, ni siquiera expropiándolos completamente, cosa que evitan hacer porque en tal caso los ricos aguantarían sólo una expropiación, y después la evitarían no generando propiedad ni riqueza, o generándolas en otro país.
Por tanto, los Estados deben castigar a la mayoría de la población. Cuando la corrección política dice que hay que perseguir a los que no pagan y "luchar contra el fraude fiscal" lo que en realidad está diciendo es que el poder político y legislativo debe reprimir y perseguir a millones de modestos ciudadanos. El Estado lo sabe, y por eso monta espectáculos como el de la señora Thyssen, para transmitir la idea de que es particularmente rudo con los ricos, y ocultar la verdad, a saber, que usurpa cada vez más bienes a cada vez más ciudadanos corrientes y molientes.
El espectáculo, en consecuencia, es imprescindible, y por eso siempre se ha hecho. En nuestro país empezó con los socialistas en los años 80 tras los pasos de Lola Flores, y ahora con las autoridades del PP persiguiendo a la Pantoja: todos quieren por esta vía disfrazar los atracos que perpetran contra las personas que no son famosas, ni ricas.
(Entre paréntesis, el truco funciona no sólo en el caso de los impuestos sino también a todos los niveles de violencia estatal, desde los regímenes revolucionarios y comunistas más carnívoros hasta los socialdemócratas más vegetarianos. Por eso los comunistas mataron a la familia del zar, y los revolucionarios franceses al rey y a María Antonieta: era para dar la idea de que iban contra los privilegiados y ocultar que decenas de miles de trabajadores franceses cayeron asesinados en la guillotina, y decenas de millones de trabajadores fueron muertos por los comunistas).
Un reciente informe de Oxfam presentaba este título notable: "Justicia fiscal para reducir la desigualdad en Latinoamérica y el Caribe", y empezaba así:
La recaudación tributaria en Latinoamérica y el Caribe es baja en relación con su potencial y no se corresponde con las inmensas necesidades sociales de la región.
De entrada este lenguaje es equívoco e inquietante. El apellidar a la justicia, llamándola "fiscal", es característico del pensamiento único y sólo puede invitar a la coacción: en efecto, justicia fiscal jamás quiere decir bajar los impuestos, lo que es una curiosa identificación de la justicia con el quebrantamiento de los derechos de los ciudadanos a conservar lo que es suyo. Para arribar a esta inquietante conclusión es necesario pasar por el truco de que lo desigual es injusto y de que lo justo no es ya la igualdad ante la ley sino al revés: lograr que la ley nos haga iguales a la fuerza. En otras palabras, se define lo injusto como justo.
A partir de ahí llega el despropósito de creer que se puede determinar cuál es el "potencial" de una comunidad para ser saqueada por sus autoridades, y a pretender justificar la usurpación en términos de "las inmensas necesidades sociales". Por supuesto, entre esas gigantescas necesidades jamás se toma en consideración la circunstancia de que igual las personas necesitan que el poder no viole sus derechos. Al contrario, se define la "necesidad social" como algo que inevitablemente requiere dicha violación.
Hay excursiones hacia los habituales paraísos de la corrección política: "promover la diversificación económica y el desarrollo de actividades ecológicamente responsables y generadoras de empleos de calidad", como si eso fuera algo que las autoridades son capaces de lograr recortando las libertades de sus súbditos. Y que tal recorte es el objetivo fundamental resulta indudable. Oxfam habla de "un sistema fiscal justo y equitativo" ligándolo a "la función redistributiva del Estado", cuya naturaleza coercitiva debe ser potenciada:
Los sistemas tributarios deben equilibrarse hacia modelos más progresivos, en los que se grave más la riqueza y la propiedad y no solamente el consumo y el salario.
No hay ninguna forma de concluir de todo esto que el poder deba respetar los derechos del pueblo. Igual que del anhelo de lograr una "participación ciudadana efectiva que represente los intereses de los grupos históricamente desfavorecidos" no hay manera de concluir que Oxfam incluye a los contribuyentes entre los "históricamente desfavorecidos".