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Etiqueta: Marxismo

Mejor aún que “menos Marx”: menos lectura de la Constitución

La principal implicación de la ciencia puede entenderse como el tránsito del prejuicio al juicio informado y racional en la producción de conocimiento. Esperamos, con razón, que los hallazgos científicos estén desprovistos de los prejuicios y valoraciones subjetivas de quienes los producen. Sin embargo, es posible identificar juicios de valor que influyen en ciertos resultados, y en esos casos, tales resultados no constituyen hallazgos científicos propiamente dichos, sino, como mínimo, contribuciones a una discusión en curso, o sugerencias para futuras investigaciones.

La ética del enunciado científico

Esto no implica una desconexión absoluta entre ética y ciencia. La actividad científica es, en sí misma, una acción y por ende está sujeta a valoraciones. Mientras los hallazgos deben estar libres de sesgos valorativos, la elección de los problemas a investigar y los métodos empleados están inevitablemente influenciados por juicios de valor. Por ejemplo, un economista pietista podría sentirse incómodo ante la propuesta de un neurobiólogo de visitar un burdel para estudiar la relación causal entre niveles de dopamina y la propensión marginal al consumo de tecno ruso. Más allá de estos casos anecdóticos, la actividad científica está estrechamente vinculada a la ética: al transmitir conocimientos, propios o ajenos, lo hacemos con la convicción de que la ciencia posee un valor superior frente a afirmaciones arbitrarias de astrólogos o políticos de turno.

En nuestras clases, la transmisión del conocimiento científico parte de un juicio de valor fundamental: es mejor ser racional que no serlo. Este juicio es el hecho más indudable de todos los hechos. Cada vez que presentamos argumentos a nuestros estudiantes, apelamos a su capacidad racional y a la premisa de que es preferible convencerse por la evidencia y la lógica que rechazarlas a cambio de una vida cómoda y pacífica en la ignorancia. Todo acto de enseñanza científica parte, en última instancia, de la valoración moral de que es superior superar la ignorancia que permanecer en ella.

La lectura marxista

Estas reflexiones surgieron tras la queja de Jerome, con quien comparto un férreo vínculo por el amor a la libertad, sobre la imposición en colegios y universidades de la lectura de autores socialistas, en especial Karl Marx. Jerome, un columnista, expresaba su incomprensión ante lo que considera un intento de lavar la cara a Marx, cuyas ideas, según ella, siempre que se han aplicado, solo han condenado a las personas a la miseria. Son, por ende, ideas empobrecedoras.

Aunque coincido con Jerome en los efectos empobrecedores del socialismo marxista, prefiero conceder el beneficio de la duda a aquellos profesores. Como uno de ellos, parto de la presunción de que la selección de lecturas responde a la honestidad intelectual y no a un intento de maquillar el cadáver de Marx. Muchos de mis colegas encarnan esa honestidad, y el mismo cargo podría formularse contra mí -y contra varios de mis colegas- por incluir a autores como von Mises, von Hayek, Sowell, Rothbard, Kirzner o Huerta de Soto en el plan de lectura de mis clases.

Presuponiendo esa honestidad intelectual, cabe suponer que dichos profesores buscan persuadir a sus estudiantes presentando los argumentos de Marx con convicción genuina. Exponen su visión del mercado como un sistema en desequilibrio constante, dominado por la anarquía en la producción y la explotación laboral, cuya solución radicaría en la planificación central, suprimiendo la propiedad privada y asignando los recursos mediante mandatos coactivos. Estas proposiciones, sustentadas en Marx, son juicios de valor sobre las relaciones sociales y los sistemas de propiedad que distribuyen el control sobre recursos escasos. Para esos profesores, tales nociones explican mejor ciertos fenómenos que otras corrientes de pensamiento.

Por otro lado, no existe obligación legal en Colombia de leer a Marx ni colegios o universidades. La elección de cursar determinadas asignaturas es, en el fondo, voluntaria. Los estudiantes pueden abandonar una clase, evitar inscribirse en materias donde se estudie a Marx o incluso elegir su institución educativa considerando esas preferencias. Leer a Marx puede ser útil, pero no es imperativo; hasta donde sé, a nadie lo obligan con un revólver a hacerlo.

Dicho esto, ¿es importante leer y entender a Marx? Sin duda. La universidad puede ofrecer esa oportunidad, pues, ¿cómo refutar sus argumentos, identificar sus errores teóricos o reconocer sus falsos dilemas sin conocer su obra? Ludwig von Mises solo pudo demostrar lo impracticable del socialismo tras adentrarse en los escritos marxistas y evidenciar que la abolición de la propiedad privada impide el cálculo económico racional, conduciendo inevitablemente al despilfarro. Del mismo modo, Juan Ramón Rallo no habría escrito Contra Marx sin haberlo leído, y Jesús Huerta de Soto difícilmente habría edificado su teoría de eficiencia dinámica sin ese conocimiento previo.

Así, la lectura de Marx, asumida como un acto de honestidad intelectual por parte de los profesores, debe entenderse como el primer paso en un diálogo necesario. Solo mediante ese intercambio es posible demostrar que la planificación central es, en efecto, un error intelectual; y que, como resultado de ese error, resultan en una incapacidad de superar el estado natural de pobresa de los hombres.

El revolver detrás de la lectura de la constitución

Si bien la lectura de Marx es voluntaria y, de hecho, necesaria, la crítica debería dirigirse hacia otro texto de lectura obligatoria en Colombia: la Constitución de 1991. Ese documento impone, sin opción de discusión, la idea marxista de la planificación central aplicada al funcionamiento de la sociedad. Quizás ahí radica la verdadera imposición ideológica que deberíamos cuestionar. Este, y no la lectura de El Capital en clase, es el verdadero peligro que merece mayor atención.

En el caso de la enseñanza de la Constitución, no hay escapatoria. Donde haya un colegio, una universidad o cualquier institución educativa, sin importar si es pública o privada, este mandato es ineludible. A diferencia de la lectura de Marx, que un estudiante universitario, con algo de creatividad, puede evitar navegando entre cursos y profesores, la enseñanza de la Constitución no permite tal margen de maniobra. No importa cuántas veces se cambie de universidad o colegio, con la misma certeza con la que moriremos y pagaremos impuestos, los estudiantes habrán pasado por un curso de apología a la Constitución colombiana de 1991, un documento que, al parecer, partió la historia del país en dos con la misma contundencia con la que la historia de Occidente se divide en antes y después de Cristo.

No son una, ni dos, ni tres, sino cuatro las normas legales que obligan a la enseñanza y promoción de la Constitución en Colombia: el Artículo 41 de la Constitución de 1991, que exige su estudio en todas las instituciones educativas; la Ley 115 de 1994 (Ley General de Educación), que establece la formación en el respeto a la Constitución y la democracia; la Ley 107 de 1994, que crea la Cátedra de Constitución Política y Democracia en todos los niveles educativos; y la Ley 1732 de 2014 y el Decreto 1038 de 2015, que refuerzan estos principios mediante la Cátedra de la Paz, promoviendo el aprendizaje de los derechos fundamentales y la convivencia democrática.

No se trata de una enseñanza crítica de la Constitución, que es lo que yo haría. Yo la enseñaría cumpliendo la ley, pero bajo la revisión más crítica posible de cada uno de sus artículos. Sin embargo, aquí lo que se impone no es solo su enseñanza, sino su promoción, como si se tratara del hotel que acabamos de inaugurar.

La constitución, la verdadera lectura de una idea empobrecedora

Dentro de lo que debe promoverse se encuentran elementos claramente orientados a la planificación central. De nuevo, aunque no es obligatorio leer a Marx, sí lo es inculcar la creencia de que la planificación central es superior a la coordinación del mercado libre, una idea empobrecedora tanto teórica como empíricamente, pues dondequiera que se ha implementado, en su versión original o derivada, nunca ha conducido a la prosperidad general.

El mandato de garantizar progresivamente estos derechos implica ampliar constantemente su cobertura, lo que exige que el Estado asuma más funciones, financiadas con mayores impuestos y una creciente expropiación de recursos. Esto supone una progresiva prohibición de la propiedad privada sobre los factores de producción, en favor de su socialización y planificación central. En esencia, es la concreción del proyecto socialista, basado en la creencia en la superioridad del Estado sobre el mercado, pese a su incapacidad para calcular económicamente, lo que lo condena al desperdicio de recursos.

¡Esto sí es adoctrinamiento forzoso! Y peor aún: desde los primeros grados de escolarización hasta la universidad, con el claro propósito de arraigar la creencia en la superioridad del socialismo, una idea que solo ha servido para enriquecer a los gobernantes que la promueven.

Tomándonos en serio al marxismo cultural

Por Tara Isabella Burton. El artículo Tomándonos en serio al marxismo cultural fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Los humanos somos seres caídos; incapaces de percibir la verdad. Algo extrínseco a nuestro propósito humano innato, ha deformado nuestra cognición, así como nuestros deseos, y no podemos reconocer lo que es bello o bueno, incluso cuando lo tenemos justo delante. Por mucho que intentemos ser mejores o más sabios, las fuerzas del mal están tan profundamente arraigadas en el mundo que nos rodea que ni la bondad ni la razón pueden abrirse paso.

Esta es, más o menos, una doctrina cristiana ortodoxa común del pecado. Es lo que encontramos, entre otros, en los escritos del obispo del siglo IV San Agustín. Escribiendo contra otro teólogo cristiano, el bretón Pelagio, cuyo énfasis en la libertad de la voluntad humana significaba que los seres humanos eran responsables de su propia degradación, Agustín desarrolló su propia comprensión del pecado original. El pecado, tal como él lo entendía, era algo tanto individual como colectivo; era tanto personal como hereditario. El pecado no consistía sólo en hacer cosas malas, ya fuera por desconocimiento de que eran malas o por falta de voluntad para dejar de hacerlas. Era una corrupción endémica de nuestra propia naturaleza.

La depravación humana

Hoy en día, este relato de la depravación humana se encuentra a menudo en una forma diferente, ostensiblemente secular. Y la mayoría de los que nos topamos con este lenguaje, especialmente fuera de los círculos religiosos tradicionales, lo encontraremos articulado en el vocabulario de lo que hasta hace poco se llamaba justicia social, y que ahora puede rebautizarse, sobre todo en publicaciones conservadoras, como «marxismo cultural» o «teoría crítica de la raza».

Esos fenómenos son la corriente descendente de un entramado de pensamiento marxista y postmarxista del siglo XX que pretendía transformar la filosofía contemplativa y desinteresada en teoría revolucionaria, con el poder no sólo de examinar, sino también de cambiar las injusticias del statu quo. Desde hace más de una década, el lenguaje de «revisar nuestros privilegios», «validar la experiencia vivida» o «aplastar el patriarcado» se ha vuelto tan omnipresente que a veces parece banal.

Es fácil, y tal vez grosero, comparar la justicia social con una religión. Las personas que lo hacen a menudo pretenden burlarse del fanatismo de sus seguidores, muchos de los cuales sienten aversión por la religión organizada como tal. Pero también es cierto que la imagen del mundo que dibujan aquellos a los que los conservadores tacharían de «marxistas culturales» consiste, de hecho, en un intento sistemático de responder a una de las preguntas humanas más fundamentales y existenciales, una pregunta con la que la religión ha estado luchando durante siglos: no sólo por qué hay mal en el mundo, sino por qué hay mal en nosotros. Es una pregunta que puede, y debe, trascender las guerras culturales.

Carl Trueman

El escritor Carl Trueman es, afortunadamente, un teólogo -no un guerrero de la cultura- y su historia intelectual del pensamiento marxista y postmarxista (marxismo cultural), To Change All Worlds: Critical Theory from Marx to Marcuse, es tanto mejor por ello. Trueman es, sin pudor, un conservador (o un «conservador liberal», como dirían sus memorias), y su libro está explícitamente dirigido a un público conservador: uno, quizás, acostumbrado a pensar en el «marxismo cultural» como mera procedencia de Zoomers poco serios y de pelo azul que adoptan nombres de animales como pronombres.

Change All Worlds no es una apología de la teoría crítica. Pero sí es una llamada intelectualmente generosa a examinar la historia intelectual seria del marxismo cultural, y los relatos posmarxistas de la economía, el sexo y la cultura, en sus propios términos y en su propio contexto. Para sus presuntos lectores de derechas -Trueman asume, por ejemplo, que la mayoría de sus lectores serán unánimes en su enfoque de las cuestiones transgénero- es una invitación a considerar la ideología «enemiga» como un intento legítimo, aunque (según él) equivocado, de entender las injusticias del mundo. Es, al igual que su anterior The Rise and Triumph of the Modern Self, un manual útil y directo sobre lo que la teoría crítica, a menudo tan abstrusa, dice en realidad.

Y es, incluso para este lector «liberal conservador», un examen imparcial de dónde y cómo la teoría crítica puede quedarse corta, al menos desde un punto de vista teológico. Una vez que hemos desmantelado las partes de nosotros mismos que nos imponen las relaciones sociales, ya sean de clase, raza o género, ¿qué queda de nosotros, si es que queda algo?

Hegel y el marxismo cultural

Trueman comienza su exposición con Hegel. Según Trueman, la filosofía de la historia de Hegel fue pionera en la idea de que las mentalidades históricas están situadas en un tiempo y un lugar concretos: lo que se considera cierto en la China imperial, por ejemplo, no lo es en la Francia posterior a la Ilustración. Cada época tiene su propia ideología, una ideología determinada, al menos en parte, por las relaciones de poder.

Además, nos entendemos y reconocemos a nosotros mismos de forma contingente: en relación con los demás, y por y a través de las relaciones de poder, dependencia y obligación que nos unen. Hegel lo demuestra en su famosa parábola del «amo y el esclavo». Lo que Hegel introduce, según Trueman, es el sentido de que la realidad es siempre contingente. Si la «verdad» no es más que una función de las relaciones de poder -si, en otras palabras, no existe la verdad objetiva- entonces la función tradicional de la filosofía, conocer la verdad, es obsoleta.

Marx retoma y amplía el argumento de Hegel. Al considerar que los procesos ideológicos históricos están enraizados a su vez en problemas económicos y materiales específicos, y en las relaciones de poder que sostienen las estructuras sociales explotadoras, Marx trata la ideología no sólo como contingente, sino como contrarrevolucionaria. La religión puede ser, notoriamente, el «opio de las masas», pero cualquier explicación filosófica de la vida humana existe, para Marx, principalmente para ocultar al proletariado la injusticia de su situación.

Adorno y Horkheimer

Y, sin embargo, el pensamiento marxista no consiguió llevar a cabo la revolución con la que soñaba Marx. Su fracaso, según Trueman, provocó una nueva ola de crítica cultural de influencia marxista, ya que los miembros del Instituto de Investigación Social de la Universidad Goethe de Fráncfort, entre ellos Theodor Adorno y Max Horkheimer, ampliaron las teorías de Marx y las llevaron a la esfera de la vida cultural cotidiana. La ideología, después de todo, no sólo había llevado a la supresión del proletariado.

También había creado unas condiciones en las que el proletariado parecía totalmente inconsciente de su propia situación y totalmente desinteresado en solucionarla. Los miembros de la Escuela de Fráncfort no sólo desconfiaban de la religión. Incluso la propia razón -concebida como el falso dios de la Ilustración- fue atacada: simplemente otra ideología instrumental con la que la floreciente burguesía podía reclamar el control de la imaginación social.

Trueman simpatiza con los fundamentos de sus argumentos. Nos recuerda repetidamente que la Escuela de Fráncfort estaba compuesta en gran parte por teóricos judíos, que pensaban y trabajaban con el fantasma creciente del nacionalsocialismo como telón de fondo. La cuestión de cómo se podía convencer a una sociedad de que pensara no sólo en cosas problemáticas, sino en cosas directamente nocivas y violentas -pensamientos que muy pronto se pondrían en práctica- no era meramente académica. Para la Escuela de Fráncfort, la «marginación» era un asunto de vida o muerte. (Y, ciertamente, los términos científicos en los que los nazis enmarcaron su proyecto de limpieza étnica son un escalofriante ejemplo de «razón» utilizada con brutales fines sociales).

Si la verdad es poder, al poder siempre le acompaña la verdad

Sin embargo, según Trueman, la reducción de la verdad a un mero sistema de relaciones de poder históricamente contingentes no sólo hace imposible la filosofía. También hace imposible el tipo de bienes que persigue la filosofía: una visión de lo que debería ser la vida, de lo que son realmente los seres humanos y para qué estamos hechos. Una vez que hemos desmantelado las partes de nosotros mismos que nos imponen las relaciones sociales, ya sean de clase, raza o género, ¿qué queda de nosotros, si es que queda algo? Y, cuando se trata de justicia, ¿cómo concebimos ese resto como parte de una comunidad política? ¿Cómo llegar a alguna parte si no podemos concebir un nosotros más allá de la contingencia?

Una respuesta -que Trueman, creo que con razón, rechaza- es la respuesta postfreudiana: la que considera nuestros deseos sexuales como parte de nosotros como lo más cerca que podemos estar de la autenticidad. (De hecho, el argumento «marxista cultural», cuando se trata de los deseos manufacturados que nos impone la cultura de masas capitalista, es especialmente útil para iluminar hasta qué punto nuestros deseos están realmente construidos).

Otra respuesta -cada vez más común entre lo que en otro lugar he denominado la derecha ataviada- es abogar por el retorno de las relaciones sociales identarias, particularmente en sus iteraciones jerárquicas o etnonacionalistas: reafirmar que lo que realmente somos no viene de fuera de la sociedad, o de un yo «auténtico» individualmente propuesto, sino más bien de las órdenes que se nos imponen con razón.

La tradición cristiana

Pero hay una tercera respuesta, diferente, que puede encontrarse bajo el paraguas de la tradición cristiana ortodoxa: las explicaciones del alma, y las formas en que puede ser deformada tanto por fuerzas externas como internas, pueden ayudarnos a pensar de forma más productiva sobre la relación entre el yo y la sociedad, y en particular sobre cómo nuestros deseos -ya sean innatos o fabricados- pueden ser manipulados por otros -el diablo o el sistema capitalista- para fines que nos alejan de lo que es bueno, deseable o verdadero.

A excepción de unas pocas páginas hacia el final del libro, Trueman se muestra curiosamente reticente a la hora de proponer la tradición intelectual cristiana como fuente de, si no necesariamente respuestas, al menos diálogo: qué podrían decirse Agustín y Marx sobre el modo en que nuestro afán de poder y nuestro deseo de situarnos narrativamente, sino materialmente, en una posición que podamos soportar, distorsiona nuestra comprensión de nosotros mismos y de los demás.

Sin embargo, un aspecto en el que la tradición intelectual cristiana -y, de hecho, muchas otras escuelas filosóficas y religiosas- puede ser de ayuda es en la distinción entre lo que podemos saber y lo que es, de hecho, real o verdadero. El hecho de que seamos incapaces de captar la verdad en su plenitud, de que la realidad trascienda nuestra capacidad de conocerla, ya sea a causa del pecado, de la estupidez o del nexo espiritual de ambos, no implica que la verdad no exista.

Hermenéutica de la sospecha

Podemos aplicar la hermenéutica de la sospecha a nuestros engaños humanos -recordándonos a nosotros mismos lo egoístas que deben ser inevitablemente nuestras historias sobre nosotros mismos y sobre los demás- sin plantear que no existe verdad alguna. (Y, de hecho, la tradición apofática del misticismo cristiano, o la esperanza que se encuentra en el existencialismo cristiano de Kierkegaard, ofrecen vías potenciales para hablar de las limitaciones morales del conocimiento humano y las respuestas anti-nihilistas a ellas).

Trueman comienza su relato con una cita cargada del Mefistófeles de Fausto, que le dice al doctor: «Soy el espíritu que siempre niega, y con razón, ya que todo lo que empieza a existir sólo sirve para dejar de existir y sería mejor que nada empezara nunca». Y tiene razón al afirmar que la popularización de la teoría crítica, al menos en su versión más banal en los medios sociales, tiende a abordar la cultura con este mismo sentido de la negación.

Pero si la teoría crítica en su iteración actual es nihilista, esto no se debe a una ausencia de respuestas, sino más bien a una ausencia del sentido de que tales respuestas, independientemente de la limitación humana, puedan existir. Tal relación asintótica de la verdad con la posibilidad de su descubrimiento es, por su naturaleza, trágica (al menos, fuera de las concepciones cristianas de la gracia). Pero preserva, tanto a través de la cultura como de su crítica, la dignidad del intento.

Un profesor marxista no puede explicar cómo el socialismo crearía una PS5

Por Jon Miltimore. El artículo Un profesor marxista no puede explicar cómo el socialismo cearía una PS5 fue publicado originalmente por FEE.

Mi familia compró una PlayStation 5 hace unos años. Es una decisión de la que a veces me arrepiento porque a mi hijo pequeño, de 7 años, le gusta demasiado jugar con ella. (Y entonces es cuando la desenchufa y la guarda). Pero es fácil olvidar la maravilla moderna que es la PS5.

Cuando empecé a jugar a videojuegos a principios o mediados de los 80, Galaga era el juego más popular en el salón recreativo local, que consistía básicamente en unas cuantas máquinas recreativas en la caseta de calentamiento de la pista de patinaje sobre hielo. Gasté bolsillos llenos de monedas de 25 centavos para jugar a un juego que tenía este aspecto.

Cuando nos regalaron un sistema de juego Atari en 1984, pensé que era lo más asombroso del mundo, aunque mi juego favorito, Jungle Hunt, tenía mucho peor aspecto que Galaga. Atari sólo utilizaba 128 bytes de RAM y tenía una resolución máxima de 160 píxeles de alto y 192 píxeles de ancho. Si comparamos estos juegos con la experiencia que tienen hoy en día los usuarios de la PS5, que se puede comprar por menos de 500 euros (juego incluido), nos damos cuenta de lo bien que lo pasan los jugadores de hoy en día. (Las PS5 tienen 16 gigabytes de RAM, es decir, 16.000 millones de bytes).

La perplejidad de un profesor marxista

Traigo todo esto a colación en parte porque un vídeo que se está haciendo viral en las redes sociales revela que este maravilloso invento sólo podría producirse en un sistema capitalista. El clip, que ha acumulado cinco millones de visitas en X tras ser compartido por Dylan Allman, presenta al economista marxista Richard Wolff, que fue entrevistado por la cadena estadounidense Destiny en 2022.

En la entrevista, un oyente hace una pregunta provocadora a Wolff: “Con su sistema de cooperativas de trabajo asociado, ¿seguiría teniendo mi PlayStation 5?”.

Wolff, profesor emérito de Economía en la Universidad de Massachusetts Amherst, ofreció esta respuesta:

Por supuesto. Tendrías que luchar un poco para conseguirla. Tendrías que hablar con tus compañeros. Hablar de la distribución de los ingresos. Tendrías que comparar tu deseo de PlayStation con todos los demás intereses de todas las demás personas. No sería algo que resolvieras por tu cuenta con tu jefe particular, de ninguna manera. Tendría que ser una decisión democrática. Tendrías que aceptarlo de la misma manera que lo haces ahora con las decisiones democráticas en nuestra sociedad, en la medida en que las tenemos.

Richard Wolff

Es una respuesta larga, serpenteante y prácticamente incoherente. Wolff responde que sí, que habría un PS5, y luego procede a ilustrar todas las razones por las que no se crearía un PS5 en un sistema socialista.

https://www.youtube.com/watch?v=lg5nmkDKrZI&t=2s

De precios y consumidores

Cuando Wolff dice “Tendrías que comparar tu deseo de PlayStation con todos los demás intereses de todas las demás personas”, está pidiendo lo imposible. No hay forma de medir el deseo, como tampoco la hay de determinar el valor innato de algo.

El valor es subjetivo. A algunas personas les da igual tener una PS5, mientras que otras rompen a llorar de alegría cuando reciben una PS5 por Navidad. Y luego está la cuestión del contexto. Actualmente valoro mi PS5 mucho más que mis zapatos y el filete de 20 onzas que tengo en el congelador. Pero si no tuviera zapatos o apenas hubiera comido en días, eso podría cambiar muy rápido.

Por eso tenemos precios. En un mercado libre, los empresarios demuestran su demanda de recursos -capital, mano de obra, espacio, etc.- mediante el precio que están dispuestos a pagar por ellos, del mismo modo que los consumidores deciden si compran un producto a un precio determinado o emplean su dinero en otra cosa.

Los precios son un pilar de la economía de libre mercado. Son señales que indican la oferta y la demanda a compradores y vendedores por igual, y la mejor herramienta del universo para asignar eficientemente unos recursos escasos.

Wolff no menciona en absoluto los precios cuando habla de la construcción de una PS5, pero se nos deja creer que el oyente tendrá su videoconsola siempre que pueda convencer a sus compañeros de trabajo de que su deseo de tener una lo justifica cuando se compara con los intereses de “todas las demás personas”.

El consumidor es el soberano

Este es un pensamiento económico retrógrado, y llega a un punto importante que separa un sistema socialista de uno capitalista. Tradicionalmente, en el socialismo no han sido los empresarios y los consumidores quienes dictan lo que se produce, sino los planificadores centrales. Esto es lo contrario del capitalismo, donde los consumidores deciden en última instancia qué productos fracasan y cuáles tienen éxito. El economista Ludwig von Mises lo describió como soberanía del consumidor:

Los capitalistas, los empresarios y los agricultores tienen un papel decisivo en la dirección de los asuntos económicos. Están al timón y dirigen el barco. Pero no son libres de determinar su rumbo. No son supremos, son sólo timoneles, obligados a obedecer incondicionalmente las órdenes del capitán. El capitán es el consumidor.

Si lo dudan, basta con echar un vistazo a la historia de Atari.

Atari: Una breve historia

La videoconsola Atari 2600 apareció en escena a finales de los 70 y principios de los 80 como un monstruo. En pocos años, sus ingresos anuales pasaron de 75 millones de dólares a 2.000 millones. Atari fue fundada en 1972 por Nolan Bushnell y Ted Dabney, que vieron el potencial de mercado de la tecnología emergente de los videojuegos. En 1979, Atari, que había sido adquirida por Warner Communications en 1976 por 28 millones de dólares, vendió un millón de consolas domésticas. En 1982, ya vendía 10 millones.

Warner Communications, que había invertido grandes cantidades de capital en el desarrollo y la promoción de la nueva videoconsola de Atari, estaba recogiendo los frutos. “Los ingresos de Atari representaban un enorme 70% de los ingresos de Warner”, afirma Dagogo Altraide en un documental sobre Atari en ColdFusion.

Sin embargo, todo este éxito invitaba a la competencia. Todo el mundo quería entrar en el negocio de los videojuegos. Pronto, la Atari 2600 no sólo compitió con viejos rivales como la Magnavox Odyssey, la Intellivision de Mattel y la Bally Astrocade, sino también con otras videoconsolas de nuevo desarrollo como la ColecoVision, lanzada en agosto de 1982.

Las empresas estaban invirtiendo grandes cantidades de capital en sus propias consolas de videojuegos en un intento de destronar a Atari. Lo que siguió fue un acontecimiento que ha sido etiquetado como el Crash de los Videojuegos de 1983, “una recesión a gran escala en la industria de los videojuegos que se produjo entre 1983 y 1985”.

Muchos argumentarían que el crack fue el resultado de un “fallo del mercado”, pero esto pasa por alto el siguiente capítulo de la historia de los videojuegos. La “recesión” terminó con la llegada de una nueva y legendaria consola de videojuegos: la Nintendo Entertainment System (NES).

Destruir sin cesar lo viejo, crear sin cesar lo nuevo

El auge de la NES marcó el fin de la hegemonía de Atari en el sector de los videojuegos. Las estadísticas del sector muestran que, en 1987, la cuota de mercado de Atari en las consolas de videojuegos cayó del 80% al 24%.

Nintendo, por su parte, se enfrentó a la incesante presión de sus competidores. Se defendía de otros competidores, como Sega Genesis, lanzando consolas nuevas y mejoradas, como la Super Nintendo y la Nintendo 64. Con el tiempo, la Xbox de Microsoft y la Nintendo 64 de Sony se convirtieron en las nuevas consolas de Nintendo. Con el tiempo, la Xbox de Microsoft y la PlayStation de Sony destronarían a Nintendo, aunque la compañía regresaría en 2017 con su Nintendo Switch (en la que ahora se pueden jugar juegos clásicos de Sega Genesis).

Es este proceso continuo de creación, innovación y destrucción en la búsqueda de beneficios lo que el socialismo nunca podrá rivalizar. No es que los países socialistas no puedan producir videojuegos o videoconsolas. Pueden y han podido.

Consola soviética de videojuegos

Muchos olvidarán que los videojuegos eran bastante populares en la Unión Soviética a finales de los años setenta y ochenta, y que los soviéticos incluso vendían su propia consola de videojuegos. La Turnir fue una consola lanzada en 1978 por el Ministerio de la Industria Electrónica de la URSS. Su precio era de 150 rublos (unos 750 dólares de 2024) y se fabricó hasta 1982. La Turnir fue una de las pocas videoconsolas que surgieron en la URSS, pero lo que llama la atención es la ausencia de mejoras en estos modelos.

De hecho, la falta de innovación fue tan grave que, inmediatamente después de la caída de la Unión Soviética, la videoconsola más popular en Rusia y los antiguos estados soviéticos era la Dendy, una versión barata de imitación de la popular NES de Nintendo.

Las décadas de competición por la primacía de los videojuegos, en las que la NES sustituyó a Atari, la Xbox a Nintendo y la PS5 acabó sustituyéndolas a todas, aunque no definitivamente (lo siento, fans de la Xbox), no son una característica del socialismo. Es una característica del capitalismo.

La innovación persistente de los sistemas de juego para satisfacer los deseos de los consumidores es un ejemplo de libro de texto de lo que el economista Joseph Schumpeter describió como destrucción creativa, en la que la estructura económica se “revoluciona incesantemente… desde dentro, destruyendo incesantemente la antigua, creando incesantemente una nueva”.

Destrucción creativa

Este proceso de destrucción creativa, que Schumpeter veía con razón como el motor de la prosperidad y la innovación comercial, está notablemente ausente en los sistemas socialistas. Y por una buena razón: Marx y sus discípulos lo detestaban. Mientras que Schumpeter celebraba la destrucción creativa, Marx la veía como “aniquilación”:

La destrucción del capital a través de las crisis significa la depreciación de los valores que les impide renovar más tarde su proceso de reproducción como capital en la misma escala.

Karl Marx. El Capital.

Y continuaba:

Lo que uno pierde, lo gana el otro. A los valores utilizados como capital se les impide volver a actuar como capital en manos de la misma persona. Los viejos capitalistas quiebran. … Una gran parte del capital nominal de la sociedad, es decir, del valor de cambio del capital existente, se destruye de una vez por todas, aunque esta misma destrucción, al no afectar al valor de uso, puede acelerar mucho la nueva reproducción. Este es también el período durante el cual el interés monetario se enriquece a costa del interés industrial.

Karl Marx. El Capital.

Virtud para Schumpeter, defecto para Marx

De estas palabras (y de otras) se desprende que el mismo proceso que Schumpeter reconocía como el motor de la innovación y el dinamismo en una economía de mercado, Marx lo veía como un defecto inherente.

Wolff, al igual que Marx, parece desconocer por completo lo que impulsa la innovación en el mercado. Creer que una PS5 surgiría de un proceso en el que varios individuos que hablan entre sí sobre cuánto se les debería pagar y sopesan el interés propio por un sistema de juego frente a los intereses de compañeros de trabajo que lo que desean es otra cosa es ignorar tanto la historia como los fundamentos de la economía.

Pero quizás esto no debería sorprendernos. “Si los socialistas entendieran de economía”, bromeó una vez el Premio Nobel de Economía F. A. Hayek, “no serían socialistas”.

El partido de los ositos de gominola

Una de las características fundamentales de las campañas electorales es que los políticos, casta privilegiada que se mueve con sus contaminantes vehículos de gasolina hasta para ir a por el pan, tienen a bien subirse a medios de transporte estatales para mezclarse con nosotros, la plebe que se mueve en dichos medios de transporte por necesidad y no por virtud. Para la posteridad nos ha regalado la candidata comunista de Sumar, en estas elecciones y ministra de trabajo, Yolanda Díaz, un vídeo en el que nos muestra el interior de un tren de Renfe, habiendo alternativas más asequibles. Con un discurso más propio de una maestra que lleva de excursión a sus niños de educación infantil por primera vez, Díaz nos pide el voto con el tradicional “Miradme, soy una pobre muerta de hambre como vosotros. ¡Votadme!”

La extraña muerte del marxismo

Díaz no heredó de Iglesias el partido, sino la parte comunista del gobierno. Sin embargo, sus ansias de poder la llevaron a fundar una plataforma electoral, ahora transformada en una coalición, a la que se han ido sumando sus antiguos compañeros de Unidas Podemos. Ante los constantes fracasos electorales de sus correligionarios desde 2021, elecciones madrileñas las primeras, la posibilidad de perder asiento, y sueldo, ha sido determinante para terminar escondiendo sus rencillas, y a Irene Montero, para concurrir juntos a las elecciones.

Sumar, enésima heredera de los comunistas posteriores a la caída del Muro de Berlín y la constatación definitiva, aunque Mises y Hayek ya lo sabían, del fracaso del comunismo, sigue a pies juntillas el manual del comunismo posmarxista. Por un lado, como nos enseñó Paul Gottfried en La extraña muerte del marxismo (2005), el partido ha tenido que esconder hasta la saciedad que son comunistas.

Un marxismo medio oculto

Aunque lleven al Partido Comunista de España integrado en Izquierda Unida, a la vez integrado en Unidas Podemos y, a su vez, integrado en Sumar, no se puede sacar a relucir los cariñosos discursos que la lideresa sumatoria dedicaba a, entre otros, Fidel Castro o Hugo Chaves en su época de diputada autonómica gallega y sindicalista en Comisiones Obreras.

Por supuesto, Díaz y toda la bancada de Unidas Podemos, miembro del gobierno, ha estado en todo lo que ha provocado que la izquierda vaya a perder poder de forma apabullante: los ilegales estados de alarma, la reforma laboral, la ley trans, la del sí es sí, etc. Por supuesto, Díaz no sólo votó a favor de todo esto, sino que, al frente del ministerio de trabajo, ha participado activamente en el deterioro económico, en la legislatura perdida.

El voto obrero

Otra de las características fundamentales del marxismo actual es su búsqueda del voto. Al menos, los partidos comunistas inmediatamente posteriores al golpe de Estado de los bolcheviques en 1917 y, sobre todo, a partir de la Segunda Guerra Mundial, buscaban el apoyo, tanto electoral como sindical, de la clase trabajadora.

En un Estado industrial, capitalista, con una economía de mercado basada en los servicios, los asalariados somos, por mucho, la mayoría de los votantes. Eso, al menos, hasta que el Estado del Bienestar haya crecido tanto que los funcionarios y pensionistas ya nos han superado.

Del voto obrero al rosario de minorías

Pues bien, en la situación actual, con el voto obrero totalmente perdido para la izquierda, lo que queda es dirigirse a minorías muy estrechas. Ahí tenemos el nombramiento de una transexual lesbiana como portavoz del partido, una estrategia brillante para atraer el voto del albañil que se tira doce horas al día en lo alto de un andamio y que, en cuanto llega a casa, escucha, con una voz más grave que el órgano de la Catedral de Santiago, que se trata de un señoro al que hay que deconstruir por la contaminación a la que la derecha mediática le ha sometido.

Otra minoría a la que el partido parece dirigirse es a la islámica. En un reciente debate, el enviado por los comunistas, un catedrático universitario llamado Francisco Sierra, se dedicó, siguiendo unos postulados muy extendidos en Oriente Medio, a ignorar a la candidata de VOX, Rocío de Meer, cada vez que ésta intervenía.

Romper el país

Por supuesto, dentro de Sumar se ha unido Coalición por Melilla, partido que pide la “devolución” de Melilla a Marruecos; mientras que Movimiento por la Dignidad y la Ciudadanía (Ceuta), cuya líder, Fátima Hamed, estuvo en el mitin de lanzamiento de Sumar en el Magariños (eso está en la calle Serrano, no en Vallecas o Usera) ha declinado integrarse en la coalición de cara a las generales.

Por supuesto, la extrema izquierda siempre estará de lado de los partidos que tengan como fin desmembrar la integridad territorial del país en el que se presenten, algo radicalmente contrario a la época de la Unión Soviética y lo que hacía en Ucrania.

Una amalgama de partidos para llegar al poder

Esta estrategia de comunicación tiene un problema en el largo plazo: se trata de una amalgama de partidos, unidos circunstancialmente ante la más que evidente posibilidad de perder cualquier parcela de poder. Sin presencia como tal en cualquier parlamento autonómico, con la falta de una estructura homogénea de partido, la situación de Sumar puede convertirse en todavía más efímera que la UPyD. El tiempo lo dirá. De momento, el partido, o lo que sea, apenas puede ofrecer unos eslóganes bastante superados y con poco rédito electoral.

Ver más

Las cinco grandes aberraciones del PSOE y Podemos en los presupuestos de 2022. (Diego Sánchez de la Cruz).

Podemos quiere volver al secuestro de publicaciones contratrias. (José Carlos Rodríguez).

Podemos prefiere el parasitismo a la autosuficiencia. (Juan Ramón Rallo).

Destrucción de capital

Para hablar del capital se requiere tomar en cuenta tres elementos indisolubles: Un individuo, un bien y una expectativa. Al individuo lo llamaremos “capitalista” y tiene la capacidad de tomar decisiones, repetir su proceso y acumular riqueza; el bien u objeto tiene que ser propiedad del capitalista y la expectativa es la esperanza del capitalista de obtener una ganancia mediante el intercambio libre y voluntario con otro capitalista de las mismas características. Adicionalmente, podemos decir que una sociedad es capitalista si la relación fundamental entre los hombres se basa en el intercambio libre y voluntario, al que llamaremos comercio.

El capital como institución de la humanidad tiene su origen desde que el hombre se atrevió a abandonar las prácticas salvajes para conseguir algo y, en su lugar, hacer intercambio libre y voluntario. La práctica del trueque data de unos 40 siglos atrás. Pero los términos capital, capitalista y capitalismo quizás se le deben a Carlos Marx quien vivió en el siglo XIX.  Hoy día, apenas se está comprendiendo su naturaleza, esencia y dinámica. Antes, cuando solo había tribus salvajes, no había capital y aun ahora, hay países que no tienen capital, aun cuando poseen fábricas, cañones, tanques, etc. Véase el caso de Corea del Norte, donde está abolida la propiedad privada y, por ende, no puede haber capital, ni capitalistas, ni capitalismo.

Capital y propiedad privada

El capital surge como hijo de la institución más importante y revolucionaria de la humanidad: la propiedad privada. Desde el momento en que la sociedad reconoce que un bien pertenece a un individuo y no a otro, ni a la comunidad, y que ese individuo tiene el derecho de usar ese bien para intercambiarlo, regalarlo, usarlo a manera de garantía o destruirlo, sin que nadie tenga el derecho de impedírselo, allí está surgiendo la denominada propiedad privada. Aquel individuo “A” poseedor del bien empieza a soñar, a calcular y sale de su cueva para ofrecerlo a alguien “B” que le interese y que tenga un bien u objeto que satisfará el gusto, necesidad o capricho del primero.

Observe que aquel individuo propietario estará especulando. Cree que puede obtener un bien u objeto que le será más provechoso que el que ahora tiene. Se hace el intercambio porque ambos sienten que ganan, ambos son más felices después de la operación. Debido tan solo a esa expectativa es que el bien que posee cada uno se transforma en capital. Nótese que el capital está asociado a la propiedad privada, y a una expectativa de obtener beneficios. Y esto no sería posible si los individuos no disfrutaran de la libertad de hacer trueque.

Los vikingos fueron una tribu salvaje que, para conseguir tierras, caballos u otros bienes que tenían otras tribus, realizaban despojos y masacres. Y regresaban con animales, mujeres, semillas, etc. Pero nada de eso era capital, pues los hombres no tenían el derecho de comercializarlo. Lo podían poseer, pues se los repartía su líder. Pero, en esos oscuros siglos, no se desarrollaba aún el concepto de propiedad privada y menos el del capital.

Carlos Marx

Carlos Marx vivió en un mundo complejo que no pudo entender del todo. Sin embargo, observó a ciertos individuos muy especiales, diferentes al resto de los mortales. Eran individuos que encabezaban a otros individuos, los ponían a transformar materia prima en talleres para generar artículos. Luego este organizador los vendía en comunidades aledañas o los exportaba a otros países. Aún cuando tenía encerrados a decenas, cientos o miles de individuos, nadie estaba obligado. No había coacción. Quien quería dejar de trabajar simplemente dejaba de asistir y el organizador, naturalmente, dejaba de pagarle el salario del día. Era un fenómeno nuevo, desconocido dos siglos atrás.

A estos organizadores Marx les llamó “capitalistas”, pues la simple palabra capital significa cabeza y eso eran estos hombres, cabezas de gente, de grupos productivos. Ahora bien, en las viejas tribus también había cabezas u organizadores, eran los jefes de tribu, pero estos utilizaban la coacción, el castigo. De tal suerte que a la gente que no obedecía, simplemente la mataban.

Magos

Carlos Marx observaba que estos capitalistas eran como una especie de magos. Cuanto más riqueza obtenían, más industrias hacían, compraban más materia prima, contrataban más trabajadores y buscaban vender sus productos hasta el último rincón del planeta. El mundo se sentía feliz por los maravillosos productos, como las sedas que se producían gracias a los capitalistas chinos. O al atún que los empresarios finlandeses envasaban. O al vino que exportaban los capitalistas italianos, etc.

Por supuesto, estos capitalistas despertaban todo tipo de envidias de aquellos que no tenían el valor, el coraje o decisión de tomar riesgos. Algunos incursionaban en el campo productivo. Pero pocos lo lograban. El éxito de algunos terminaba en el fracaso. Es porque no se daban cuenta de que surgían competidores con mejores planes, mejores productos y a mejor precio. Es la dinámica propia del capitalismo.

La envidia

Otros capitalistas dejaban sus grandes negocios en manos de los hijos. Muchos de estos solo se dedicaban a disfrutar las ganancias y esas empresas terminaban desapareciendo. Hasta se creó una frase lapidaria: Abuelo millonario, padre rico, nietos pordioseros. Así que el mundo capitalista está lleno de oportunidades para visionarios, pero con riesgos naturales, propios del mercado, la competencia, el cambio de gustos, preferencias y caprichos, etc.

Pocas sociedades se dieron cuenta de que esos odiosos capitalistas, dueños de grandes talleres, con cuentas supermillonarias, eran precisamente los ángeles que daban bienestar, prosperidad y felicidad a los pueblos. Surgieron las grandes envidias que empezaron a destruir un mundo promisorio. Acusaron de “explotador” al dueño del taller, pero a nadie se le ponía un rifle en la cabeza para laborar allí. El trabajador tenía el derecho de negociar su salario o abandonar el taller. Si después de una semana, quincena o mes el obrero sentía que su trabajo merecía doble o triple paga, podía acudir con el patrón y solicitar nuevo sueldo. Por supuesto que el patrón podía evaluar y llegar a la conclusión de subirle el sueldo o despedir al trabajador para que éste buscara otras opciones. Y era lo correcto.

Marxismo

Pero algunos trabajadores se contagiaron de ideas marxistas anticapitalistas. decidieron aliarse contra el patrón y amenazarlo con parar la producción si no se les pagaba mejor salario. Algunas empresas accedían, otras, mejor clausuraban el negocio. Además, por ignorancia o mala fe crearon sindicatos mafiosos para aliarse con el poder político.

Se apoyaron en el gobierno para golpear a los capitalistas mediante el derecho de huelga, los incrementos salariales obligatorios y las cuotas sindicales que terminaron enriqueciendo a los líderes de la organización obrera. Los capitalistas se sintieron agredidos y bajaron el ritmo de sus sueños o se retiraron a la vida privada con un sabor amargo en la boca.

Destrucción del capital

Ahora hay maneras sofisticadas para destruir el capital y con el consentimiento y aplauso de los pueblos. Por ejemplo, si un gobierno construye una empresa textil, una refinería, si hace un metro para la ciudad, si construye escuelas y universidades públicas, si hace hospitales públicos, si da pensiones a la tercera edad, subsidio a los estudiantes, a las madres solteras, si destina subsidios al deporte. Todo ello constituye destrucción de capital y poca gente se da cuenta. Una verdadera desgracia.

¿Quién pierde con los golpes al capital? Los capitalistas simplemente se van a otros países. Pero con su retiro ya no comprarían materia prima que elaboran miles de trabajadores, ya no abren nuevas plazas de empleo, ya no comprarían nuevas máquinas, ni producirían nuevos bienes que estaban destinados a la felicidad de mucha gente. En resumen, el golpe a los capitalistas golpea a mucha gente que no se ve, que ni se enteran por qué no hay donde emplearse, por qué los productos suben de precio y no hay variedad. Nunca comprendieron que mientras más ganaba un capitalista, mas se beneficiaba la gente.

“La maldad del capitalismo”

La propaganda marxista creó tanta animadversión contra los capitalistas, llegando al extremo de destruirlos por completo: La revolución rusa aniquiló a cinco millones de pequeños empresarios del campo (los kulaks). La revolución china de Mao Tze Tung miles de comerciantes fueron ridiculizados, torturados y linchados por masas dirigidas por el Partido Comunista de China. En Cuba, el Che Guevara decretó la eliminación de la propiedad privada para impedir que algunos se hicieran ricos, así mismo en Nicaragua con el comunista guerrillero Daniel Ortega; en Venezuela con Hugo Chávez, etc.

Previamente, en todos estos países se difundió, a través de todos los medios de comunicación, “la maldad del capitalismo”; lo acusaron de crear pobreza, desigualdad, destrucción del ambiente, etc. y difundieron la fantasía marxista del poder bienhechor del Estado: que el capitalismo era un sistema depredador, nocivo y criminal y que, por lo tanto, había que destruirlo y sustituirlo con la mano angelical del gobierno. Y de tanto repetirlo, la gente lo creyó y abrazó el ideal marxista. Así toleraron la destrucción del capital y el crecimiento del Estado.

El suicidio de una nación

Para eliminar el capital se requiere eliminar la institución propiedad privada. Y lo llevaron a la práctica. Vieron que Adolfo Hitler prohibió el capitalismo y resolvió el problema del desempleo. Había dado trabajo a todas las mujeres en los hospitales, las fábricas, las escuelas. Y todos los jóvenes fueron incorporados como empleados del gobierno para servir en el ejército, en las fábricas de armas o como estudiantes de la universidad. Entonces, todos creyeron que estaban solucionando toda la problemática de la sociedad.

“En efecto”, pensaron los nazis, “no hacen falta el capital, ni los empresarios, ni los mercados”, solo se necesita un gobierno bueno, inteligente y profesional que controle toda la economía para que todo funcione de maravilla. Una creencia equivocada que la pagaron con millones de muertos, hambrunas, crímenes, violencias, atraso y destrucción de vidas y haciendas.

La lección debió ser clara para todos: Ningún gobierno puede sustituir al capital, al capitalismo, a los capitalistas. Intentarlo solo produce resultados negativos para la sociedad. Destruir el capitalismo es equivalente a darse un pistoletazo en el pie; es cometer suicidio de una nación. ¿Algún día aprenderemos la lección?

La formación del “pilar obrero” y la creación de la clase obrera

Durante el periodo del capitalismo del “lassaize faire” hubo dos procesos sociales originalmente distintos en lo que respecta a los trabajadores: la formación del “pilar obrero” y la creación de la clase obrera.

No es nueva la idea que distingue la formación de instituciones obreras orgánicas y de la clase obrera como dos procesos distintos. Ya en 1943 (p. 153-154) Joseph Schumpeter observó que los sindicatos con prácticas burguesas son una consecuencia evolutiva natural del capitalismo. Y eran los intelectuales quienes suministraron las teorías de la guerra de clases, y al hacerlo cambiaron el significado del movimiento obrero impartiéndole un sesgo revolucionario.

La (falsa) idea del antagonismo de clases

Mucho antes que Schumpeter, Lenin opinaba que los trabajadores no eran, ni podían ser, conscientes del antagonismo irreconciliable de sus intereses con el sistema capitalista y que, por su propio esfuerzo, sólo podían desarrollar la conciencia sindical. Por eso, la doctrina teórica de la socialdemocracia (socialismo- AT) surgió de forma totalmente independiente de los movimientos obreros orgánicos.

La idea de lucha de clase surgió como resultado del desarrollo del pensamiento entre las intelectuales de clase media y alta (1902, 17-18). Marx también era consciente del hecho de que los trabajadores no forman automáticamente una clase por sí mismos (Marx y Engels 1848, 493, Marx 1867. Cap. 25). Marx era plenamente consciente de la necesidad de movimientos políticos socialistas y de propaganda para crear y aumentar la conciencia de clase de los trabajadores, unirlos y prepararlos para la revolución.

Formación del pilar obrero

Esta nueva serie de artículos argumenta que primero se formó un “pilar obrero” orgánico durante los siglos XVIII-XIX en los países europeos. Este pilar se formó y constituyó principalmente de trabajadores cualificados y sus familias en las grandes ciudades industriales. El pilar obrero se consolidó mediante el desarrollo de una red orgánica de instituciones entrelazadas y por la estabilización de las tradiciones culturales obreras. A este desarrollo orgánico de la institucionalización lo denomino “formación del pilar obrero“.

Tomo prestado el término “pilar” de su uso en los Países Bajos, donde, en su contexto original “formación del pilar” describía cómo la sociedad holandesa fue capaz de garantizar una coexistencia pacífica entre dos comunidades religiosas diferentes: los católicos y los protestantes. En un sentido más amplio, hizo posible un orden social y un Estado pluralista. De este modo, los holandeses pudieron evitar el resurgimiento de guerras santas interreligiosas o, en todo caso, situaciones similares a una guerra civil.

El primer éxito del marxismo

 Postulo que la “pilarización” fue la formación institucional original y orgánica de los obreros. Esta formación se interrelacionó y entrelazó con el proceso de “creación de la clase obrera” durante la segunda mitad del siglo XIX como resultado de la difusión del marxismo entre los activistas clave del pilar obrero. Los activistas marxistas transformaron el pilar obrero de una clase trabajadora.

De hecho, la razón del éxito del marxismo fue que el pilar obrero proporcionó una base sólida sobre la que se construyó el proyecto marxista de formación de la clase obrera. Así pues, el primer éxito del marxismo, y probablemente el más impactante, fue el establecimiento del control político sobre el pilar obrero.

Esta transición primero ocurrió en Alemania, donde el partido socialdemócrata marxista estableció un control casi total sobre los sindicatos en el último cuarto del siglo XIX (Katznelson, 1986). 

A pesar de entrelazarse, ambos procesos tuvieron repercusiones sociales y políticas opuestas, que se analizarán en esta serie de artículos.

1. Las diferencias entre el pilar societal y el concepto marxista de clase

1.1 Pilarización

La segmentación por pilares surgió y se desarrolló en la sociedad neerlandesa (Slomp 2011). El origen de la pilarización es que la división protestante-católica no había sido abordada por la descentralización o el federalismo, como en Alemania o Suiza. En el siglo XIX, la minoría católica de los Países Bajos empezó a construir su propia red de organización para conseguir una mayor voz en los asuntos nacionales en un país dominantemente calvinista (Orlow 2009, 26).

El punto de partida de la pilarización en los Países Bajos se produjo en el ámbito de la educación. La cuestión educativa se convirtió en un conflicto importante y salpicó a la política nacional. Este proceso inició el marco para una amplia gama de compromisos sobre cómo proporcionar servicios sociales sobre una base comunitaria. Legitimó una preferencia por las coaliciones de base amplia, basadas en las comunidades religiosas, por la proporcionalidad y la autonomía relativa en la política y la sociedad neerlandesas. Esto condujo a la formación de pilares sociales.

Este proceso de pilarización significó que grandes segmentos de la sociedad neerlandesa habían creado para sí redes institucionales paralelas que les asistían en la vida desde la cuna hasta la tumba. Cada pilar religioso tenía fuertes vínculos personales, organizativos e ideológicos. Así, la sociedad neerlandesa se pilarizó, dividiéndose en subculturas con su propia red integrada de organizaciones pilarizadas (Otjes y Rasmussen 2017).

Las subvenciones estatales apoyaron aún más este proceso de segmentación y compromiso en torno al Estado neerlandés, que se convirtió en la fuerza unificadora y reguladora de la sociedad al disminuir el antagonismo fraccional por la vía de la integración y, al mismo tiempo, asegurar la supervivencia del orden institucional comunitario. Se crearon mecanismos de consulta periódica entre los pilares con la ayuda de organismos estatales. Este proceso se vio reforzado por el periodo de depresión de entreguerras, que desencadenó mecanismos corporativistas de cooperación entre las asociaciones patronales, los sindicatos y el Estado.

Cada pilar cubría las necesidades sociales de sus miembros con una serie de instituciones como sindicatos, sociedades de ayuda mutua, cooperativas de consumo, clubes deportivos y de ocio, a veces sus propias instituciones educativas, agencias de asistencia sanitaria, medios de comunicación impresos y redes de televisión, y otras organizaciones. Esto condujo a una coexistencia más o menos pacífica entre los grupos segmentados a través de pilares sociales apoyados por el Estado (Slomp 2011, p.278).

1.2 La formación de clases marxista

En el esquema marxista, la historia de todas las sociedades existentes es la historia de la lucha de clases. La causa de la lucha de clases es que las clases dominantes han explotado a las clases trabajadoras a lo largo de la historia de las civilizaciones humanas. La revolución burguesa no ha abolido los privilegios de las clases dominantes ni ha puesto fin a la explotación de las masas.

Al contrario, decía Marx, la opulencia de la burguesía se basa en la explotación de la clase obrera. Lo que es único en el capitalismo es que la explotación de los trabajadores por el capital está oculta y es inobservable frente al feudalismo o la sociedad esclavista. Marx pensaba que su mayor logro era el descubrimiento de este mecanismo de explotación oculto del sistema de producción capitalista. Marx con su teoría de la explotación quería demostrar que la explotación no surgía de situaciones individuales de forma ocasional y accidental, sino que resultaba de la propia lógica del sistema capitalista, inevitable e independientemente de cualquier intención individual (Schumpeter 1943, 26). 

En el Manifiesto Comunista, Marx y Engels preveían que, con el progreso del capitalismo, el trabajador se hundía cada vez más y se convertía en un pobre miserable. Opinaban que la miseria masiva, la opresión, la esclavitud asalariada, la degradación y la explotación conducirán a una revolución inevitable, que destruirá el sistema capitalista y liberará a la humanidad de la explotación y la opresión del capital.

Con este mensaje profético, Marx pretendía enfrentar a los trabajadores al capitalismo y al Estado burgués para poder llevar a cabo la revolución socialista, en lugar de impulsar su integración en el tejido social del capitalismo industrial. Así pues, el marxismo en su esencia era un programa revolucionario y profético. De hecho, aunque muchos afirman que el héroe nominal de Marx fue Prometeo (Kolakowski 1978, vol. I. 412-413), en nuestra opinión su verdadero héroe bien podría haber sido Moisés, que trajo la libertad y la redención a su pueblo elegido. De hecho, Schumpeter (1943) también caracterizó a Marx como profeta.

El propio Marx participó activamente en la I. Internacional para persuadir a otros líderes de movimientos obreras de que siguieran la línea teórica revolucionario marxista y se organizaran en partidos políticos para poder alcanzar el poder (Przeworski 1985,8., Musto 2018, 426-7). Karl Kautsky (1899, 26), el principal marxista ortodoxo alemán opinaba que “la tarea del partido obrero socialista es moldear la lucha de clases del proletariado en la forma más adecuada, e inculcarle la comprensión más clara posible de sus objetivos“.

Así, el concepto marxista no se limita a esperar el curso inevitable de los acontecimientos, sino que asigna el papel de agente a la formación de la clase obrera. El líder profético ilumina a las masas en cuanto a su verdadero interés propio, y cuando están iluminadas son capaces de organizarse y escapar de la libertad hipócrita, que en realidad es esclavitud, a la que habían estado sometidas (Engels 1844, 379, Marx 1867, 747). Marx y Engels trabajaron incansablemente para hacer de este concepto el programa político de todos los partidos y organizaciones obreras, incluidos los sindicatos, y para no buscar ningún consenso con el orden burgués, sino dirigir una lucha de clases consciente contra el capitalismo y el orden burgués.

1.3 La diferencia entre la pilarización y la formación de la clase obrera

Resumiendo, las diferencias entre la pilarización y la formación de la clase obrera, mi argumento es que la formación del pilar obrero, basada en el modelo holandés de pilarización, facilitó la integración de los obreros industriales urbanos cualificados y sus familias en la emergente sociedad capitalista y el orden político a través de la lucha sindical, los compromisos y la negociación.

La formación del pilar obrero se basó en parte en la cultura, los rituales y las prácticas de la sociedad tradicional del anterior orden feudal, y en parte desarrolló nuevas instituciones, como los sindicatos, adaptadas a las condiciones de las economías de mercado industrializadas para garantizar una estabilidad y un bienestar considerados justos por los obreros mismos. La creación de instituciones también facilitó la consolidación de una cultura y una comunidad diferenciadas que englobaban a los trabajadores cualificados y a sus familias en un “pilar”. 

El proyecto político marxista de construcción de clase, por el contrario, pretendía bloquear la integración de los trabajadores en el sistema capitalista mediante la inoculación de la conciencia de clase y un programa revolucionario. Marx vinculó su crítica teórica del sistema capitalista y de los mecanismos de explotación con un programa político que debían adoptar los partidos revolucionarios marxistas. La formación de la clase obrera en este sentido es un proceso político, durante el cual los trabajadores adquieren conciencia de clase, se unen y aprenden a actuar juntos.

El concepto marxista de clase es una categoría sociológica más amplia de lo que era el pilar obrero inicial. El concepto marxista incluía a todos los trabajadores, especialmente a los proletarios, que no están cualificados, son pobres y realizan un trabajo repetitivo como apéndice de las máquinas. Mientras que el pilar obrero, especialmente al principio de su formación, estaba compuesto por trabajadores cualificados altamente formados, casi artesanos, cuya autopercepción estaba moldeada por las tradiciones gremiales y su posición relativamente segura y acomodada dentro de la sociedad urbana.

El proceso de formación de pilares obreros precedió a la formación de la clase obrera. Sin embargo, ambos procesos se interrelacionaron fuertemente a medida que las ideas marxistas conquistaron el pilar obrero, proceso que se describirá y analizará en el próximo artículo.

(Escrito con la colaboración de Joseph B. Juhász)

Literatura

Engels, F. (1844) ‘The Condition of the Working-Class in England. From Personal Observation and Authentic Sources’, in Marx and Engels Collected Works vol. 4. 2010th edn. Electric Book: Lawrence & Wishart, pp. 295–583.

Katznelson, Ira. (1986). Working Class Formation: Constructing Cases and Comparisons. In. Katznelson and Zolberg (Eds.), Working Class Formation: Nineteenth-Century Patterns in Western Europe and United States (pp. 3-44.).

Kautsky, K. (1899) The Class Struggle. New York: Labor News Company.

Kolakowski, L. (1978) Main Currents of Marxism: Its Rise, Growth, and Dissolution. New York: Oxford University Press.

Lenin, V.I. (1902) What is to be Done? Marxists Internet Archive. https://www.marxists.org/archive/lenin/works/download/what-itd.pdf

Marx, K. (1867) ‘Capital. Vol.I.’, in Marx-Engels Collected Works. Vol. 35. 2010th edn. Electric Book: Lawrence & Wishart.

Marx, K. and Engels, F. (1848) ‘Manifesto of the Communist Party’, in Marx Engels Collected Works. Vol. 6. 2010th edn, pp. 477–519.

Musto, M. (2018) Another Marx. London and New York: Bloomsbury Academic.

Orlow, D. (2009). The lure of fascism in western Europe: German Nazis, Dutch and French fascists, 1933–1939. Basingstoke: Palgrave Macmillan.

Otjes, S. and Rasmussen, A. (2017). The Legacy of Pillarization. Trade Union Confederations and Political Parties in the Netherlands. In. Allern and Bale (Eds.), Left-of-Centre Parties and Trade Unions in the Twenty-First Century (pp. 186-205). Oxford: Oxford University Press.

Przeworski, A. (1985) Capitalism and social democracy. Cambridge: Cambridge University Press.

Schumpeter, Joseph (1943) ‘Capitalism in the postwar world’’, in Postwar Economic Problems. S.E. Harris (ed.). New York and London: McGraw-Hill Book Company.

Slomp, H. (2011). Europe. A Political Profile, An American Companion to European Politics. Vol. 1. Santa Barbara: ABC-CLIO.

Serie sobre el pilar obrero

I La formación del ‘pilar obrero’ y la creación de la clase obrera

II Integración del pilar obrero en el nuevo mundo del capitalismo industrial

El impacto práctico de las dos teorías de Marx

Marx escribió dos teorías para explicar la manera en que los capitalistas obtienen beneficios. La principal teoría es la explotación del trabajador según la cual, el trabajador gana en media jornada laboral el salario que asegura su supervivencia dedicando la otra mitad del tiempo de trabajo a producir los beneficios para el capitalista. Es una explotación invisible, tan invisible que ni siquiera los propios capitalistas saben lo que produce sus riquezas. Aunque esta teoría sólo funcione en condiciones irreales basadas en las suposiciones de Marx, como hemos mostrado en el primer artículo y analizado en el tercero de esta serie, ha llegado ser el lema de los movimientos socialistas y la causa de la lucha de clases.

Marx ya había insinuado en El Capital que su teoría no era aplicable a las condiciones del capitalismo industrial, algo que más tarde fue abiertamente reconocido por Engels. Por eso, como hemos analizado en el segundo artículo, Marx desarrolló una segunda teoría que explica cómo los capitalistas obtienen beneficios al intensificar la producción y al invertir en maquinaria para las fábricas. Aunque las dos teorías se contradicen entre sí, Marx encubrió su contradicción con una hábil tapadera.

Marx escribió El Capital con la intención de construir “del más terrible misil que se ha disparado jamás contra las cabezas de la burguesía (terratenientes incluidos).”[1] La carga emocional de El Capital es unos de más importantes mensajes de metacomunicación del libro, lo que ayuda a los lectores simpatizantes a identificarse con el texto evitando así que encontraran las posibles contradicciones. Por eso, El Capital llegó a ser una fuente de ideas para la interpretación del mundo capitalista y la construcción del posterior socialismo.

La primera teoría: revolución

Para los seguidores de Marx que creen en su primera teoría sobre la explotación, la única vía de escape del capitalismo es la revolución socialista llevada a cabo por los obreros y la creación del estado socialista. El mercado sólo produce miseria. La eliminación del mercado y los capitalistas solucionaría todos los problemas del mundo porque no tienen ninguna función útil. Así, tal y como imaginó Lenin en El Estado y Revolución[2], la economía funcionaría como un reloj o como una oficina de correos.

Así, no sorprende que todos los intentos por establecer el socialismo hayan resultado un fracaso. Como sabemos, la economía no funciona como un reloj ni como una oficina de correos: el sistema económico planificado por los estados socialistas no ha podido cumplir los sueños de Marx, crear más abundancia para los obreros que en los países capitalistas. La comparación de la Alemania socialista con Alemania occidental, Corea Norte con Corea Sur, Austria con Chequia (que antes de 1918 era la parte más desarrollada de imperio austriaco) muestra muy claramente que el socialismo no ha conseguido crear ningún paraíso terrestre porque se ha levantado sobre una tesis científica mal construida.

Incluso es muy claro que entre las economías socialistas los países que tuvieron más éxito relativo fueron los que abandonaron el plan original marxista y dejaron, por lo menos, algún espacio al mercado. El “socialismo goulash” de János Kádár en Hungría y las reformas de Deng Xiaoping en China fueron los programas más exitosos dentro del marco socialista porque estas reformas pro-mercados hicieron crecer el nivel de vida del trabajador. La transición hacia las reformas pro-mercados tuvo consecuencias incluso más importantes, como la disminución de la política del terror de Estado provocada por la necesidad de alcanzar determinadas metas económicas.

La segunda teoría: socialdemocracia

La segunda teoría del Marx habla de la explotación a través de la intensificación de la producción. Esta teoría acepta, entre líneas y de mala gana, la importancia de los capitalistas para hacer una producción más eficiente y los efectos positivos que el aumento de la productividad tiene en el trabajador. [3]

Es esta segunda teoría la que anima a los partidos socialdemócratas de la actualidad. El giro copernicano de la socialdemocracia moderna, que renuncia al programa revolucionario marxista (comunista), tiene su origen en la obra de Eduard Bernstein, un socialdemócrata alemán moderado que formuló su programa político reformista para la socialdemocracia a finales del siglo XIX.

Eduard Bernstein argumentaba en 1893[4] que la profecía de Marx no se había cumplido: no sólo había aumentado el peso de la clase media, sino que una parte de los obreros había podido incorporarse a la clase media. La democracia permitía hacer políticas que favorecen a los obreros. El programa revolucionario de Marx no había resultado apto en los tiempos de creciente abundancia del capitalismo del siglo XIX. Bernstein predijo que el llamamiento de Marx a la dictatura del proletariado sería un fracaso.

La socialdemocracia que sigue las pautas de Bernstein ha abogado por una economía mixta dentro del marco democrático; acepta la necesidad de la economía del mercado y acepta el papel de los capitalistas, pero aboga por dar un papel importante al Estado para balancear el poder de los capitalistas y crear más igualdad. El arte de gobernar es encontrar el difícil camino entre competitividad e intervención estatal.

Para nosotros, con la experiencia del fracaso del socialismo, es vital ver el lado positivo del funcionamiento de los mercados y apreciar el poder innovador de los empresarios y capitalistas. Tenemos que apreciar el poder de la innovación incluso más de lo que la segunda teoría de Marx nos permite apreciar.

El Capital de Marx se publicó casi simultáneamente con Los Principios de la Economía de Menger (1871).[5] Marx y Menger leyeron a los mismos autores, pero Menger, a diferencia de Marx, reconoció las deficiencias del pensamiento de Smith y fue capaz de situar el pensamiento económico sobre una nueva base con la ayuda de las ideas de Condillac, que había sido rechazado por Marx. De esta manera, evitó la laboriosa tarea del engaño y subterfugio que encubría las contradicciones de una teoría mal fundamentada. A cambio, podría dedicar todas sus energías a construir una teoría que funcionara realmente bien, libre de contradicciones.

La teoría de Menger puso de relieve la característica más importante del capitalismo o del libre mercado que Marx se había negado a ver[6]: la posibilidad de innovación, de que personas con ideas y tendencias emprendedoras descubran y pongan en práctica sus ideas para mejorar sus vidas y, por ende, el mundo. Como resultado, los países que han aplicado las ideas de Adam Smith sobre el libre comercio y la libertad personal han alcanzado niveles de vida antes inimaginables.

Así, la lectura más importante no es Marx ni El Capital. Las obras imprescindibles son las de Menger y sus discípulos, Mises, Hayek y Schumpeter, que proporcionan el verdadero apoyo para que la humanidad alcance el resultado que Marx imaginó: el mejor nivel de vida posible y la libertad personal para todos, también para los trabajadores y no sólo para la élite, ya sea económica o política.


[1] Marx, K. (1867) ‘Letter to Johann Philip Becker, 1867. 04. 17.’, in MECW vol. 42. 2010th edn. Electric Book: Lawrence & Wishart, p. 358.

[2] V.I. Lenin: El Estado y el revolución. Fundacion Federico Engels, 1997. pag. 72-3.

[3] “Del propio plusproducto creciente de éstos (los capitalistas – TA), crecientemente transformado a pluscapital, fluye hacia ellos (a los trabajadores – TA) una parte mayor bajo la forma de medios de pago, de manera que pueden ampliar el circulo de sus disfrutes, dotar mejor su fondo de consumo de vestimenta, mobiliario, etc, y formar una pequena fondo de reserva en dinero” (Marx, K. (1867) El Capital. Libro I. 2009 ed. Madrid: Siglo XXI., p. 766-7).

[4] Bernstein, E. (1899) Preconditions of Socialism. Cambridge: Cambridge University Press.

[5] Menger, C. (1871) Principles of economics. 2007th edn. Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute.

[6] „La lucha de la competencia se libra mediante el abaratamiento de las mercancías” (Marx, K. (1867) El Capital. Libro I. 2009 ed. Madrid: Siglo XXI., p. 778).

Marx y el dinero (I)

El pensamiento monetario de Karl Marx es muy interesante y lleno de sorpresas. Para empezar, Marx seguía la teoría clásica del dinero (Glasner 2000) y era un gran crítico de la teoría cuantitativa del dinero, por lo que muchos teóricos monetarios todavía adheridos a esta incorrecta interpretación del dinero pueden aprender de Marx. Además, Marx era afín a la Escuela Bancaria, citando extensamente a Thomas Tooke y a John Fullarton, principalmente por su oposición a la teoría cuantitativa del dinero, aunque tenía ciertas discrepancias con estos (Lapavitsas 1994).

Marx analiza el dinero desde una visión general según su función y características. El interés del pensador sobre el área recae en que el dinero funciona como una parte esencial del sistema capitalista, es el engranaje que explica los procesos mediante los que los procesos productivos se ajustan y desacoplan entre el lado real de la economía y el lado monetario. Es decir, pensando en la ecuación cuantitativista del dinero, entre M (oferta monetaria) y V (velocidad de la circulación del dinero) con P (nivel de precios) y Q (nivel de producción). Estas relaciones sirven para explicar los cíclos económicos.

Marx inicia su estudio del dinero en la primera parte del primer volumen del capital donde realiza un análisis de este en términos generales, sin concretar cómo opera o qué papel tiene en una estructura capitalista de producción, para luego profundizar más sobre el dinero en un sistema capitalista. Marx decía que lo importante era en primer lugar entender el dinero en términos generales y la demanda de atesorarlo, para poder entender posteriormente el crédito, propio de un sistema capitalista. Marx (1978, 192) afirma que “este es el curso que ha tomado la historia: el dinero a crédito no jugó ningún papel, o al menos no uno significativo, en el período inicial de la producción capitalista.” Por esto Marx llega a criticar a Tooke y Fullarton, porque “ellos vacilan constantemente entre las formas abstractas del dinero que lo distinguen de la mercancía y aquellas formas bajo las que se ocultan relaciones concretas, como el capital, los ingresos, etc.” (Marx 1904, 191).

Marx explicando la circulación del dinero metálico como punto de parte de lo que es el origen de mercancías que funcionen como dinero. Marx enumera una serie de características físicas de los bienes, similares a las que menta Carl Menger (2009), como la divisibilidad y la homogeneidad de sus partes. Marx hace una reflexión muy cercana a la teoría orgánica mengeriana sobre el origen del dinero al afirmar que:

Los metales preciosos destacan por estas cualidades. Al no ser el dinero el resultado de un esquema o acuerdo, sino que se ha producido instintivamente en el proceso de intercambio, una gran variedad de mercancías más o menos más o menos inadecuadas han desempeñado sucesivamente sus funciones. (Marx 1904, 32)

De ahí que Marx considere que es el oro la mercancía que sirve para jugar el papel de dinero en relación con otras mercancías porque ya ha jugado el papel de mercancía en relación con estas.

Marx no solo en esto coincidía con Menger, sino también en su entendimiento del dinero en línea con la teoría clásica del dinero. Marx defendía que el movimiento de mercancías ocurre fuera de la esfera monetaria y que el movimiento de dinero en la mayoría de los casos venía determinado por los movimientos de las mercancías. Es decir, la demanda de dinero era un factor exógeno, determinado por los bienes en circulación, no endógeno y dependiente de la oferta de dinero como defiende la teoría cuantitativa del dinero. La oferta monetaria, para Marx, era un componente endógeno del sistema, porque esta se ajusta para satisfacer la ecuación cuantitativa. Además, Marx rechazaba la pretensión de los defensores de la neutralidad del dinero de que V sea constante. Que el dinero sea neutral implica que un aumento en la oferta monetaria altera los precios sin afectar a la economía real. No obstante, defender este concepto implica rechazar el funcionamiento de V como velocidad del dinero o, lo que es lo mismo, como la inversa de la demanda del dinero. Un aumento de M puede acarrear uno de V. Como vemos, Marx acepta y emplea la ecuación cuantitativa del dinero como una herramienta analítica, rechazando la teoría cuantitativa del dinero.

Otra semejanza entre Marx y los economistas de escuela austríaca es la manera que tiene de conectar la microeconomía y la macroeconomía. Por un lado, Marx conecta la microeconomía y la macroeconomía a través del comportamiento del dinero porque, según él, la existencia de dinero y la posibilidad de acaparamiento son condiciones previas para una crisis general de sobreproducción en una economía capitalista. Marx no hace distinciones entre los términos teóricos en los que discute la reproducción de bienes capitales particulares de los que discute la reproducción del sistema capitalista en su conjunto. Para Marx el análisis de cualquier nivel es fundamental estudiar cómo opera el dinero y qué movimiento sigue y resaltar la importancia de la calidad de este. Por otro lado, la escuela austríaca de economía también sigue un tratamiento similar de las distorsiones macroeconómicas que genera el dinero. Como dije Steven Horwitz:

Las perturbaciones de la oferta de dinero de dinero tendrán efectos sistemáticos de distorsión en todo el conjunto de los precios monetarios relativos, la “macroeconomía” puede entenderse como el intento de comprender las causas y las consecuencias de esos patrones sistemáticos, en toda la economía de distorsiones de precios y descoordinación microeconómica. […] Entender por qué las economías están están sujetas a fluctuaciones agregadas como las recesiones y la inflación requiere que busquemos un culpable sistemático de esos problemas “macroeconómicos” de toda la economía. Las explicaciones se encontrarán en la forma en que la picaresca monetaria distorsiona el proceso microeconómico de coordinación de precios. Este es el legítimo de la macroeconomía austriaca. (Horwitz 2020, 105)

Lo que hace que una mercancía llegue a ser dinero es que se considere socialmente válida como mercancía de equivalencia entre mercancías. Como para Marx el valor lo marca las horas de trabajo socialmente incorporadas en la producción de un bien, el dinero podría verse como un simple registro de los derechos adquiridos a cambio del tiempo de trabajo generado para la producción de otras mercancías. Para Marx, como para Menger, el dinero es una mercancía más, con la peculiaridad de que sus características le permiten cumplir mejor que otras las funciones del dinero. Por lo que será una mercancía más, pero una distinta del resto.

Estas funciones características del dinero según Marx son tres. En primer lugar, tenemos la función del dinero como una medida de valor. Siguiendo lo que se explica anteriormente de la relación del oro con el resto de las mercancías, Marx afirma que:

El oro se convierte en una medida del valor porque el valor de intercambio de todas las mercancías se mide en oro, expresada en la relación entre una cantidad de oro y una definida cantidad de una mercancía que incorpore las mismas horas de trabajo. (Marx 1904, 42)

Las mercancías entran en circulación con un precio y el dinero con un valor. El dinero se tiene que producir como una mercancía anteriormente. De tal forma, si el valor del oro (el tiempo socialmente incorporado en su producción) cambia mientras que el valor del resto de las mercancías se mantiene igual, entonces el nivel general de precios cambia. Si el tiempo de trabajo necesario para producir una cantidad de oro se dobla, el precio monetario de las cosas se reducirá a la mitad. Como medida de valor, el dinero tiene fines complementarios. Darle al oro un valor fijo sería igual a arrebatarle sus funciones monetarias como las de unidad de valor, su naturaleza como mercancía y especular ya que careceremos de la mercancía sobre la que todo el resto de las mercancías se miden. Si, por el contrario, tuviese precio en otra mercancía, el oro se convertiría en una mercancía más y perdería su carácter general como medio de valor. Marx critica a Ricardo porque para este es la invariabilidad del patrón monetario el que determina la naturaleza monetaria de una mercancía. Con esto y lo dicho anteriormente sobre la teoría marxiana del origen del dinero, podemos intuir que Marx sería también crítico con el cartalismo.

Cuando una mercancía funciona como unidad de valor, una específica cantidad determinada de esa mercancía o “precio monetario” empieza a funcionar como unidad de cuenta.

En el próximo artículo se analizará las dos otras funciones que cumple el dinero: el de ser un medio de circulación y un instrumento de atesoramiento.

Referencias

Glasner, David. 2000. “Classical Monetary Theory and the Quantity Theory.” History of Political Economy 32 (1): 39–59.

Horwitz, Steven. 2020. Austrian Economics: An Introduction. Cato Institute.

Lapavitsas, Costas. 1994. “The Banking School and the Monetary Thought of Karl Marx.” Cambridge Journal of Economics 18 (5): 447–61.

Marx, Karl. 1904. A Contribution to the Critique of Political Economy. Chicago, Estados Unidos: Charles H. Kerr & Company.

———. 1978. Capital: A Critique of Political Economy. Volume 2. Londres, Reino Unido: Penguin Books.

Menger, Carl. 2009. On The Origins of Money. Auburn, Estados Unidos: Ludwig von Mises Institute.

Las dos teorías de Marx sobre los beneficios (II): ganancia en el capitalismo industrial (plusvalor relativo y extra)

En el primer artículo de esta serie hemos demostrado que la principal teoría sobre la ganancia de los capitalistas de Marx en El Capital I1 era una propuesta irreal. La teoría de explotación fue creada postulando unas condiciones irreales. Era tan clara la diferencia entre el mundo irreal de Marx y el mundo real, que incluso el propio Marx se vio forzado a admitir la contradicción en la que había incurrido. Es decir, en realidad la ganancia no está relacionada con el capital variante, lo que sería equivalente al capital gastado en mano de obra, sino con el capital invertido. Marx evitó el colapso inminente de su teoría prometiendo engañosamente la solución a este problema en el tercer libro del Capital. Engañosamente, porque sabía de antemano que no había solución ya que el manuscrito – en el que no resuelve el problema – ya había sido escrito entre 1863 y 1865, dos años antes de la publicación de El Capital I. Ahora se entiende por qué Marx no tenía muchos deseos de publicarlo.

Marx también sabía que la teoría de ganancia basada en la plusvalía del trabajo es tan incorrecta que si solo hubiese basado su teoría política, económica y social en esta hipótesis no podría haber dado una explicación al éxito del capitalismo industrial y tendría que haber terminado su obra después de las primeras trescientas paginas del Libro I. El mismo Marx insinúa en algunas frases que su famosa teoría principal sobre la explotación era apta solo en un periodo histórico anterior al capitalismo industrial. Así Marx ya presagiaba la conclusión2 3 que habría de sacar Engels en 1895 como respuesta a las críticas de Böhm-Bawerk en la que decía que la principal teoría de explotación de Marx era válida solo hasta el siglo XV, periodo en que la economía se basaba en el trabajo manual, pero no en el capitalismo industrial. 4

El problema de Marx era que no podría seguir escribiendo El Capital después de llegar a la conclusión de que la ganancia es la consecuencia de la explotación de los trabajadores porque su principal teoría no hubiese podido explicar por qué los capitalistas invierten en máquinas y fábricas. Según dicha teoría la ganancia es proporcional al capital invertido en la mano de obra. Por esta razón, la ganancia debería disminuir si el capitalista incrementa el capital invertido en máquinas reduciendo el capital invertido en mano de obra. Tampoco hubiese podido explicar por qué se empeñan los capitalistas en reducir el coste de mano de obra al hacer cada vez más eficiente la producción. Marx estaba seguro de que los capitalistas eran malevolentes, pero, por supuesto, sabía que no eran tontos y estaba seguro de que, al invertir dinero, no tenían la intención de ganar cada vez menos y menos. ¡Al contrario! El motor de los capitalistas era ganar cada vez más y más. 5 “¡Acumulad! ¡Acumulad!” es el himno de capitalista según Marx, con un toque antisemita,6 y no “¡Empobreced! ¡Empobreced!”

Para poder seguir escribiendo sobre capitalismo industrial, Marx tuvo que introducir una segunda teoría sobre ganancia, una que funcionase en las condiciones reales del capitalismo y no solo en el mundo inexistente, que era la fantasía de Marx.  Esta segunda teoría es la teoría del plusvalor relativo y el plusvalor extra,7 introducida en la cuarta sección de El Capital I. 8 El plusvalor relativo y extra nace cuando un capitalista obtiene beneficio a costa de otros capitalistas abaratando el producto invirtiendo en máquinas más eficientes y organizando mejor la producción. 9

La teoría de plusvalor relativo y extra intenta dar una explicación al aumento de las fábricas y a la inversión creciente en máquinas en el mundo real. En el mundo real nadie puede estar seguro de que está invirtiendo su dinero en una producción cuyo producto final va a poder ser vendido con seguridad al precio previsto, que va a cubrir todos los gastos y que obtendrá una ganancia adecuada.  Este mundo real del capitalismo es opuesta al mundo irreal de los primeros capítulos, donde Marx analizó una economía circular. En la economía circular de Marx el capitalista no tiene que preocuparse de nada, y esta segurísimo de que el producto se podrá vender por el precio previsto y no tiene que preocuparse por si hay otro capitalista en el ámbito económico que en cualquier momento podría inundar el mercado con un producto parecido, pero más barato.

 El nuevo mundo marxista que ya retrata una realidad más cercana al capitalismo es analizado desde la cuarta sección. En estas nuevas condiciones, el capitalista puede ganar plusvalía extra o relativa abaratando el producto respecto a los demás capitalistas gracias a una mejor y más eficiente organización de la producción o mediante la introducción de fábricas mecanizadas. 

El compromiso con la realidad fuerza a Marx a jugar con las palabras para evitar tener que confesar que no solo el trabajo de los trabajadores tiene el poder mágico de producir ganancia. 

El primer problema es que el argumento nuevo de Marx claramente contradice al texto anterior de El Capital. Anteriormente, Marx había sostenido que el único modo de obtener ganancia es la explotación de los trabajadores. Pero, desde el capítulo cuatro explica que un capitalista podría tener ganancia abaratando sus productos en comparación con el resto de los capitalistas. Las dos explicaciones no pueden ser válidas al mismo tiempo. Para un doctor en Filosofía tenía que estar clara esta contradicción de la lógica. Para evitar esta contradicción Marx crea un puente entre la teoría del plusvalor relativo y su principal teoría; con ella, podrá seguir reafirmando la existencia de la explotación de los trabajadores. El nuevo argumento plantea una dualidad en cuanto al sujeto de ganancia. Por una parte, existe un ingreso individual que se adquiere mediante la teoría del plusvalor relativo; por otra parte, según Marx, la clase capitalista obtiene una ganancia colectiva al abaratar los productos necesarios para la supervivencia de los obreros, ya que, de esta manera, en la jornada laboral se incrementaría el tiempo en que los obreros están produciendo beneficios. 10 No obstante, el nuevo argumento de Marx contradice los argumentos de las secciones anteriores de El Capital; anteriormente, Marx analizaba de una manera muy clara cómo un capitalista obtenía beneficios, pero no mencionó nunca la clase capitalista. Evidentemente, esta solución es un juego de palabras por parte de Marx para no admitir que ambas teorías eran contradictorias y excluyentes.

Más adelante el nuevo argumento de Marx fue debilitado por él mismo, cuando admite que la plusvalía extra puede ser ganada incluso por capitalistas que no producen productos comprados por los obreros. 11 Antes su argumento había sido que la clase de los capitalistas obtienen beneficios porque las innovaciones de las capitalistas abaratan la mano de obra al abaratar los productos consumidos por los obreros. Pero, si más tarde acepta que se puede obtener beneficios produciendo productos no consumido por los obreros, ya no puede afirmar que la única fuente de ganancia es el abaratamiento de la mano de obra. Según su nuevo argumento existe otra fuente de ganancia, que es independiente del abaratamiento del mano de obra. 

El próximo campo de minas en los nuevos argumentos de Marx, es el intento de explicación de cómo la instalación de máquinas puede ser una fuente de ganancias. Hasta este momento, confirmaba que las máquinas no pueden ser fuentes de ganancia porque solo trasladan sus valores de cambio, es decir, el precio de venta o construcción.12 En este punto tampoco puede negar directamente su postura anterior. Por eso, para evitar que no se descubra que su teoría anterior es insostenible a la luz de su nueva teoría, tiene que jugar con las palabras. En El Capital I, Marx ofrece tres explicaciones que contradicen su teoría principal. Marx parece haber jugado con las soluciones, pero no se atrevió a teorizar ninguna de las hipótesis, por lo que se trata más bien de un desfile de ideas con el fin de buscar una salida a la trampa que él mismo se había tendido.

El primero intento de dar una explicación al motivo por el que los capitalistas invierten en máquinas lo encontramos en la pagina 472. Marx propone que las máquinas, después de transmitir sus valores de cambio al producto, siguen produciendo valores gratuitamente. “cuanto mayor sea el ámbito de acción productivo de la maquinaria en comparación con el de la herramienta, tanto mayor será la entidad de su servicio gratuito”. Usando las categorías de Marx, el trabajo gratuito de una máquina es el mismo mecanismo que el trabajo gratuito del trabajador. Hubiese sido lógico que Marx aceptara que las máquinas también crean plusvalor produciendo gratuitamente tras trasladar su valor de cambio.  Pero Marx evitó esta conclusión, pues no le convenía, porque admitirlo hubiera minado su postulado según el cual únicamente el esfuerzo laboral tiene la peculiar característica de producir plusvalor. Marx no fue el primero en darse cuenta de que el uso de las máquinas produce más beneficios que su coste. J. B. Say, cincuemta años antes de Marx, ya se había dado cuenta de este fenómeno al explicar que la gratuita producción de las máquinas genera beneficios.  Marx refutó a Say con otro juego de palabras siguiendo las pautas de Ricardo: la gratuita producción de las máquinas hay que tratarla como un regalo de la naturaleza y por eso, no se trata ahora de hablar de ganancias, a pesar de que produzcan más valor que sus valores de cambio y que eso revolucione la economía. Un juego de palabras para evitar el hecho de que se trata del mismo fenómeno de la supuesta explotación del gratuito trabajo de los empleados. 

El segundo intento de Marx para explicar la inversión de los capitalistas en máquinas se halla en pagina 476-9; el uso de la maquinaria abarata el producto siempre y cuando haya costado menos trabajo producir la maquinaria que la cantidad de trabajo desplazado por el empleo de esa máquina. 13 Esta solución abre un espacio a nuevas contradicciones porque si realmente funcionase así, el capitalista tendría que calcular si el empleo de una máquina en concreto es rentable o no. Esto es contradictorio porque anteriormente Marx había presentado al capitalista como un saco de dinero, que no contribuye en nada al proceso de trabajo. Pero en este caso, el capitalista no solo sería un saco de dinero, sino que tendría un papel muy importante: pensar en las posibles innovaciones, calcular los efectos de la inversión y tomar decisiones sobre la inversión. Si calcula bien, estos cálculos podrían ser una fuente de ganancia. En términos de Marx esto significaría que el capitalista tiene un uso de valor: un trabajo que representa una importante contribución al proceso de producción y que puede ser fuente de ganancia. Claro, que Marx no llega a admitir estas conclusiones lógicas, que derribarían su principal teoría de ganancia según la cual solo el trabajo de los trabajadores es la fuente de ganancias que son fruto de una explotación injusta del trabajador sin ninguna contribución productiva por parte del capitalista.

Finalmente, su tercer intento se halla en pagina 495 de El Capital I en donde Marx propone que, mediante la introducción de una nueva maquinaria en el ámbito de producción, se puede otorgar un monopolio temporal al capitalista que primero la emplee.  El capitalista tiene una ganancia excepcional gracias a este monopolio temporal: “La máquina produce plusvalor relativo … porque en su primera introducción esporádica transforma el trabajo empleado por el poseedor de máquinas en trabajo potenciado, eleva el valor social del producto de la máquina por encima de su valor individualDe ahí que las ganancias sean extraordinarias durante este período de transición en que la industria fundada en la maquinaria sigue siendo una especie de monopolio, y el capitalista procura explotar de la manera más concienzuda ese “tiempo primero del amor juvenil” mediante la mayor prolongación posible de la jornada laboral. La magnitud de la ganancia acicatea el hambre canina de más ganancia.” Esta solución de Marx precede a la teoría de Carl Menger según el cual, la ganancia es una motivación de las innovaciones. Las innovaciones aseguran un monopolio temporal para el innovador hasta que la competencia no llegue a emplear la misma innovación o, en el caso, más fructífero a mejorarla. 14 Por parte de Marx, la admisión de que una innovación en forma de una máquina más eficiente pueda ser fuente de ganancia, mina de nuevo su posición teorética de que una máquina no puede dar más valor de uso que su valor de cambio. Esta solución también desacreditaría su posición respecto a la contribución de los capitalistas al proceso de producción.  Llegar a tener un monopolio temporal gracias a la innovación que significa el empleo de una nueva máquina no es un proceso automático. Para poder llegar a este punto de monopolio temporal exitoso es necesario el trabajo del capitalista o emprendedor que tiene la idea innovadora, hace los cálculos y toma la decisión arriesgada de invertir. Finalmente, el capitalista es quien maneja o supervisa la implantación de la innovación, que a menudo es un proceso muy complicado. Esto implica que el verdadero actor crucial es el capitalista o emprendedor y no la máquina. Claro, que Marx otra vez no ha llegado a re-pensar el papel del capitalista/emprendedor, porque una re-evaluación le hubiese forzado a admitir que el capitalista tiene una contribución importante y su esfuerzo puede ser fuente de ganancia. Marx niega categóricamente que los capitalistas trabajen y que sus intervenciones puedan ser fuente de la ganancia.  Para justificar su posición, vuelve a los juegos de palabras. En esta ocasión, habla como si fuera el capital el que actúa, organiza y decide y no el capitalista. 15

Marx escribió El Capital con el fin de demostrar que la fuente de los beneficios de los capitalistas es el trabajo de los trabajadores manuales sin remuneración, y que los capitalistas no tienen ningún papel más que embolsar el dinero ganado por la explotación invisible de los trabajadores al final de la jornada laboral, ignorando la contribución de los capitalistas en el proceso de trabajo. No es de extrañar, que Marx no hable de los emprendedores en el Capital I y siempre use la palabra capitalista.16 Marx siempre ha buscado el lado negro del capitalismo, poniendo especial énfasis en la supuesta explotación y vulnerabilidad de los trabajadores. Por eso su actor es el capitalista, retratado como un simple saco de dinero, que no hace nada, o todavía peor, que está presionando a los trabajadores para abaratar la producción y ganar más. El “capitalista” que nos retrata Marx es una diana fácil de envidia y odio.

Todo esto a pesar de que Marx sabía perfectamente que la vida es diferente y que los primeros emprendedores de la era de la revolución industrial eran obreros o artesanos con rasgos de emprendedor, quienes precisamente por tener ideas innovadoras llegaron a ser fabricantes.17 Ellos se convirtieron en capitalistas al poner en práctica sus ideas de mecanización y sus innovaciones iniciaron el proceso que ahora llamamos revolución industrial. A mi juicio, Marx cerró su mente y no quiso ver el lado positivo del capitalismo, un sistema abierto que abre las puertas a cualquier persona que tenga rasgo de emprendedor, con ideas innovadores para llegar a crear algo con valor y que, finalmente, tiene éxito en el mercado.

Finalmente, Marx no llega a hablar de una tercera posible fuente de la ganancia; los productos en el mercado no tienen el mismo uso de valor que describe Marx, sino que dependen de la demanda que exista ante el producto. Marx nunca hubiese podido explicar basándose en su teoría, el éxito de compañías como Apple, Zara, Microsoft, etc. frente a las marcas que producen productos parecidos. El éxito y las ganancias extraordinarias de estas compañías se debe al valor superior de uso de sus productos en relación con sus cualidades. El capitalismo industrial no solo abarata la producción con una organización de trabajo más eficiente y la mecanización de la producción. Con el capitalismo industrial ha empezado una nueva época en la historia de la humanidad en la que cada vez nuevos y mejores productos aparecen en el mercado día a día. Esta avalancha de productos ha mejorado considerablemente la vida de los obreros. No obstante, El Capital (pág. 193.) es el testigo de que Marx conocía la teoría de valor de Condillac, el celebre pensador francés de la Ilustración. Condillac sostuvo que el valor de las cosas está relacionado con nuestras necesidades. No obstante, Marx puso más energía en refutar a Condillac que en reelaborar su teoría del valor y buscar una solución a las graves contradicciones de su teoría. Fue Menger quien refutó la teoría de valor del trabajo de Smith y Ricardo con la ayuda de las teorías de pensadores franceses como Condillac y Say.  No obstante, el joven Marx, en 1848, cuando escribía el Manifestó Comunista ya sabía que la burguesía era „la que primero ha probado lo que puede realizar la actividad humana: ha creado maravillas muy superiores a las pirámides egipcias, a los acueductos romanos y a las catedrales góticas…”. 18 Pero, Marx cuando escribió El Capital ya no quería hablar del lado positivo del capitalismo para poder pintar su cuento negro basado en explotación y la miseria. Porque el objetivo de Marx era crear un argumento científico que subrayara su profecía política sin usar la lógica o buscar soluciones. Lo que era importante para él era llegar a una teoría creíble que demostrase que la fuente de ganancia de los capitalistas es solo el trabajo de los trabajadores injustamente expropiado y que los capitalistas solo son sacos de dinero y explotadoras sin ningún valor útil.

En la siguiente parte de la serie vamos a evaluar la principal teoría sobre la explotación de Marx en luz de la segunda sobre plusvalor relativo y extra.

1 Vease: Karl Marx: El Capital. Libro Primero. Madrid: Siglo XXI, 2010.

2 La transformación del modo de producción mismo por medio de la subordinación del trabajo al capital, sólo puede acontecer más tarde y es por ello que no habremos de analizarla sino más adelante. „ (pag. 224),

3 „Hasta aquí, a la parte de la jornada laboral que no produce más que un equivalente del valor de la fuerza de trabajo pagado por el capital, la hemos considerado como una magnitud constante, y lo es en efecto bajo determinadas condiciones de producción, en determinado estadio del desarrollo económico de la sociedad.” (pag. 379).

4 Engels, F. (1895). Supplement to Capital Volume Three. Law of Value and Rate of Profit. In Die Neue Zeit. 1895-9.Bd. 1. No.1. edition: Marx and Engels Collected Works. Vol. 37. (Vol. 37, pp. 873–900).

5 Frente al modo de operar de la vieja aristocracia … para la economía burguesa era decisivamente importante poner de relieve que el evangelio de la nueva sociedad, o sea la acumulación del capital” (pag. 726).

6 „¡Acumulad, acumulad! ¡He ahí a Moisés y los profe­tas!” (pag. 735).

7 Marx usa en el titulo de capitulo IV el termino plusvalor relativo, pero en algunas veces en el texto de El Capital usa el termino plusvalor extra con el mismo sentido. Por eso, yo voy a usar los dos términos como términos alternativos representando el mismo fenómeno.

8 Sección cuarta. La producción del plusvalor relativo (pag. 379).

9 „El capitalista que emplea el modo de pro­ducción perfeccionado, pues, anexa al plustrabajo una parte mayor de la jornada laboral que los demás capita­ listas en la misma industria” (pag. 387).

10 “Para abatir el valor de la fuerza de trabajo, el acrecen­tamiento de la fuerza productiva tiene que hacer presa en los ramos industriales cuyos productos determinan el valor de la fuerza de trabajo, y que por tanto pertenecen al ámbito de los medios de subsistencia habituales o pueden sustituirlos.” (pag. 383).

11 „Este incremento del plusvalor se operará para él (para el capitalista – AT), pertenezca ó no su mercancía al ámbito de los medios de subsistencia imprescindibles y, por tanto, forme parte determinante o no en el valor gene­ral de la fuerza de trabajo.” (pag. 385-6).

12 Por ejemplo en pag 471: „La maquinaria, al igual que cualquier otra parte componente del capital constante, no crea ningún valor, sino que transfiere su propio valor al producto para cuya fabricación ella sirve.”

13 „Considerada exclusivamente como medio para el aba­ ratamiento del producto, el límite para el uso de la maquinaria está dado por el hecho de que su propia pro­ ducción cueste menos trabajo que el trabajo sustituido por su empleo.” (pag. 478).

14 Vease: Menger, Carl, Principles de Economics, section 3a. The origin of competition, p. 216. Auburn: Ludwig Von Mises Institute, 2007. https://mises.org/library/principles-economics

15 „Por lo demás, la cooperación entre los asalariados no es nada más que un efecto del capital que los emplea simultáneamente. La conexión entre sus funciones, su unidad como cuerpo produc­tivo global, radican fuera de ellos, en el capital, que los reúne y los mantiene cohesionados.” (pag. 403).

16 El termino emprendedor aparece una vez en versión español de La Capital, en una nota, cuando Marx habla de los vendedores de opio (pag. 486).

17 „relojero Watt hubo inventado la má­quina de vapor, el barbero Arkwright el telar continuo, y el orfebre Fulton el barco de vapor” (pag, 595).

18 Carlos Marx y Federico Engels: Manifiesto Comunista, Ediciones elaleph.com, 2000. pag.30.

Las dos teorías sobre los mecanismos para obtener beneficios de Marx y sus consecuencias (I)

Este es el primer artículo de una tríada de textos en los que se analizarán las contradicciones existentes en el El Capital de Marx sobre la ganancia y sus consecuencias. El primer artículo trata la teoría principal de Marx, en el que explica que la ganancia es el fruto de la explotación de los trabajadores. Dado que en esta primera teoría Marx se tuvo que alejar de las condiciones reales socioeconómicas, más adelante escribe su segunda teoría de la ganancia, ya más ligada a la realidad. En el segundo artículo llevaré a cabo un análisis de esta segunda teoría de Marx y cómo esta contradice a la anterior. El tercer artículo de la tríada va a examinar la naturaleza de las dos teorías a la hora de la aplicación en el ámbito político y sus consecuencias en la sociedad, política y economía. En ese artículo se verá como las dos teorías de Marx presentan como consecuencia alternativas políticas no solo diferentes, sino que incluso opuestas.

  1. La teoría principal: La propuesta irreal en condiciones irreales

Böhm-Bawerk hace más de un siglo ya demostró que la teoría de Marx está alejada de la realidad. Gracias a su trabajo se sabe que la teoría de explotación y ganancia de Marx es falsa y, por ende, su libro más importante, El Capital, está lleno de graves contradicciones. De hecho, el mismo Marx era consciente de la contradicción más grave que más adelante recibió el nombre de problema de transformación. Muchos teóricos marxistas han intentado solventar el problema de transformación, pero sin ningún especial éxito. Otros pensadores marxistas evitan directamente las teorías de Marx que tratan en concreto la explotación y ganancia. Sin embargo, a pesar de esto, continúan trabajando con la noción de explotación y siguen manteniendo el odio de Marx hacia el capitalismo y la estructura social que crea.

En El Capital Marx desarrolla su teoría de ganancia.1 El primer libro publicado en 1867 tiene como fin explicar, desde un punto de vista científico, el mecanismo de explotación presente en el capitalismo, el cual ya había sido anunciado en el Manifiesto Comunista en 1848. Para Marx era fundamental demostrar científicamente la existencia de un mecanismo de explotación en el sistema capitalista, pues este hecho proporcionaba la base teórica para sus aspiraciones políticas y su profecía respecto al socialismo.2

La teoría de Marx dice que hay una explotación invisible en el proceso de producción capitalista, y que la ganancia es fruto de esta explotación invisible. La ganancia es la plusvalía que nace en el proceso de trabajo. La plusvalía es el fruto del trabajo del trabajador, que es adquirida por el capitalista sin compensación al trabajador. Esto es posible porque, según Marx, la fuerza de trabajo es una mercancía peculiar. El valor de uso del trabajo es que produce más valor que su valor de cambio durante el proceso de producción capitalista.3 El valor de cambio del trabajo es la suma necesaria para asegurarse la sobrevivencia del trabajador.4 El valor del uso de trabajo es que el trabajador trabaja más horas que el valor del cambio de su esfuerzo, y este trabajo extra produce la plusvalía, es decir, los frutos del trabajo sin compensación del trabajador son la ganancia de la capitalista.5

Según Marx, sólo el trabajo tiene esta mágica propiedad: su valor de uso es más grande que su valor de cambio. Todos los demás factores de producción no añaden más valor al nuevo producto, solo transmiten sus valores de cambio.6

Para Marx el valor de uso sólo significa que hay demanda por el producto. Por ejemplo, para Marx en el caso de la producción de botines, la única fuente de ganancia, que añade plusvalor es la plusvalía del trabajo de los trabajadores haciendo botines. La idea del botín o diseño especial del botín no añade más valor o valor nuevo al producto.7 En el análisis de Marx, las máquinas también solamente transmiten el mismo valor que costaba construirlas o comprarlas, lo que es el valor de cambio de una maquina.8 Finalmente, entonces, el capitalista no hace nada. El capitalista es solo un saco de dinero,9 que invierte el capital y después del proceso de producción se queda las ganancias, y no añade ningún valor al producto; llega a hacer una broma sobre cómo mientras el capitalista presume de su labor e importancia en el proceso de producción, la dirección de la empresa encoge sus hombros irónicamente.10

Pero, ¡ojo! pues la teoría de Marx se desarrolla en una realidad creada por él mismo, la cual no tiene en cuenta ciertos factores de la estructura económica que no le convenían. De esta forma escribe una realidad contradictoria a la vida real.

¿Cómo puede ser que las ideas innovadoras no añadan ningún valor a los productos y no sean fuente de ganancia? Siguiendo la lógica de la teoría de Marx las grandes ganancias de Apple y el colapso de sus competidores, como Blackberry y Nokia, quienes dominaban el mercado de los móviles antes de la aparición del Iphone, no fueron consecuencia de las ideas innovadoras de Apple que revolucionaban el concepto del teléfono. Del mismo modo, los grandes innovadores como Henry Ford, Thomas Alva Edison, o Steve Jobs no añadieron ningún valor adicional y, por tanto, no son fuentes de ganancia. Según la teoría del Marx, estos grandes innovadores serían solo sacos de dinero que no han contribuido al tremendo éxito de sus compañías, y sus riquezas son solo consecuencia del fruto del trabajo de los trabajadores trabajando en las cadenas de montaje.

Continuando con este razonamiento, ¿cómo se puede afirmar que las maquinas no añaden más valor del que cuesta comprarlas o producirlas? Según la teoría de Marx, todos los pescadores del mundo están locos por usar redes en vez de intentar pescar los peces con sus manos, al igual que los molineros que usan molinos en lugar de moler el trigo con dos piedras. ¿Cómo que no vale de nada inventar y emplear máquinas más eficientes porque afirmando que no añaden ningún valor adicional y que no pueden ser fuentes ganancia? Según el sentido común y la experiencia humana es una tontería y una idea falsa.

Por otra parte, la teoría sobre la ganancia de Marx fue creada en un ámbito teórico que se alejaba completamente de la realidad socioeconómica. Marx asume que todo lo que es producido es vendido, y siempre por su valor, al precio previsto y calculado, como si se tratase de una economía circular sin competencia en donde nada cambia y todo avanza según los planes previstos sin ningún problema. Así, al capitalista no tiene que preocuparle en qué invertir su dinero, ni cómo debe reaccionar su negocio ante los cambios que se producen en el mercado.11 Marx también admite que su análisis sobre la plusvalía no cuenta con la posibilidad de intensificar de producción.12

Marx crea este mundo irreal y contrario al sentido común para así poder demostrar que la única fuente de ganancia es la cantidad de trabajo de los trabajadores. Pero sabía que su teoría contradice la realidad pues por alguna razón, los capitalistas seguían invirtiendo dinero en la construcción de fábricas y máquinas a pesar de la gran revelación marxista.

Según la teoría de Marx, invertir en máquinas deteriora la rentabilidad del capital invertido, porque la ganancia sólo está relacionada con el capital usado para pagar los salarios de los trabajadores. Pero Marx sabía que su teoría no funciona en la realidad. En su libro habla de una fábrica textil que emplea muchas máquinas y poca fuerza humana. Luego, escribe sobre una panadería en la que se usan pocas máquinas, pero mucha fuerza de trabajo. Según su propia teoría el panadero debería tener muchos más beneficios que el dueño de la fábrica textil, pero, tal y como escribe el propio Marx, en la vida real esto no sería verdad.13

Aquí se halla el arte del engaño de Marx. Él mismo señala de El Capital I, que su teoría de ganancia no encaja en la realidad y la ganancia de los capitalistas no está relacionada con el capital variante, que es el capital invertido en emplear trabajadores y tratar el capital invertido en máquinas como si fuese inexistente.14 Marx prometió proporcionar una solución a esta contradicción en el tercer libro de El Capital y que se publicaría pronto en la página 259. El engaño es que, en realidad, Marx ya escrito los manuscritos de la tercera libro de El Capital entre 1863 y 1865, dos años antes de publicar El Capital I y era consciente de que no podía dar una solución. Por eso evitó publicar los manuscritos de este libro en vida y los encerró en el cajón de su mesa de trabajo. Su compañero de vida, Engels, después publicar el tercer libro, se vio obligado a admitir que la teoría de ganancia de Marx era apta en los tiempos históricos pre-capitalistas, en Mesopotamia, pero no era valida en el capitalismo.15 ¡Qué paradoja! La teoría que fue creada para quitarle el velo al capitalismo industrial resultó no ser apta para explicar el capitalismo industrial. Los dos grandes fundadores del socialismo moderno olvidaron decir a sus seguidores que la teoría por la que lucharon y luchan, no es más que una manipulación política camuflada como ciencia.

En el siguiente artículo se analizará cómo Marx hizo en El Capital I un compromiso parcial con la realidad para poder dar un toque de validez y credibilidad a su análisis.

1 Vease: Karl Marx: El Capital. Libro Primero. Madrid: Siglo XXI, 2010.

2 Marx como profeta, vease Schumpeter, Joseph Alois (1943): Capitalismo, socialismo, y democracia, Página Indómita: Barcelona. 2015.

3 “Una mercancia cuyo valor de uso poseyera la peculiar propiedad de ser fuente de valor, cuyo consumo efectivo mismo, pues, fuera objetivación de trabajo, y por tanto creación de valor” (pag. 203)

4 “El valor de los medios de subsistencia físicamente indispensables” (pag. 210).

5 “El proceso de consumo de la fuerza de trabajo es al mismo tiempo el proceso de producción de la mercancía y del plusvalor” (pag. 213). “El plusvalor surge únicamente en virtud de un excedente cuanatativo de trabajo, en virtud de haberse prolongado la duración del mismo proceso laboral” (pag. 239).

6 “El obrero incorpora al objeto de trabajo un nuevo valor mediante la adición de una cantidad determinada de trabajo, sin que interesen aquí el contenido concreto, el objetivo y la naturaleza técnica de su trabajo. Por otra parte, los valores de los medios de producción consumidos los reencontramos como partes constitutivas del valor del producto; por ejemplo, los valores del algodón y el huso en el valor del hilado. El valor del medio de producción, pues, se conserva por su transferencia al producto” (pag. 241).

7 “El poseedor de mercancías puede crear valores por medio de su trabajo, pero no valores que se autovaloricen. Puede aumentar el valor de una mercancía al agregar al valor existente nuevo valor por medio de un trabajo nuevo, por ejemplo haciendo botines con el cuero. El mismo material tiene ahora más valor, porque contiene una cantidad mayor de trabajo. El botín, pues, tiene más valor que el cuero, pero el valor del cuero se ha mantenido igual que antes. No se ha valorizado, durante la fabricación de los botines no se ha anexado un plusvalor.” (pag. 201)

8 “Es cierto que, como hemos visto, todo medio de trabajo o instrumento de producción verdadero ingresa siempre totalmente en el proceso de trabajo y sólo de un modo parcial, proporcionalmente a su desgaste diario me dio, en el proceso de valorización.” (pag 471)

9 El traducción Español usa una palabra más neutral: poseedor de dinero (pag. 203). Vease para Moneybags pag. 177 en Karl Marx: Capital I. in.: Marx Engels Collected Works. Vol. 35. Electric Book: Lawrence & Wishart. 2010.

10 „Nuestro amigo, pese a su altanero espíritu de capitalista, adopta súbitamente la actitud modesta de su propio obrero. ¿Acaso no ha trabajado él mismo?, ¿no ha efectuado el trabajo de vigilar, de dirigir al hilandero? ¿Este trabajo suyo no forma valor? Su propio overlooker [capataz] y su manager [gerente] se encogen de hombros.” (pag. 234).

11 Schumpeter, Joseph Alois (1943): Capitalismo, socialismo, y democracia, Página Indómita: Barcelona. 2015.

12 „Al analizar el plusvalor absoluto tomábamos en consideración, primordialmente, la magnitud del trabajo en cuanto a su extensión, mientras que el grado de su intensidad estaba presupuesto como dado.” (Pag. 498).

13 „Esta ley contradice abiertamente toda la experiencia fundada en las apariencias. Todo el mundo sabe que el dueño de una hilandería de algodón que, si nos atenemos a los porcentajes del capital total empleado, utiliza proporcionalmente mucho capital constante y poco capital variable, no por ello obtiene una ganancia o plusvalor menor que un panadero, quien comparativamente pone en movi- miento mucho capital variable y poco capital constante.” (pag. 372).

14 „También es indiferente el valor de dicha materia. Debe existir en una masa suficiente como para poder absorber la cantidad de trabajo que habrá de gastarse en el proceso de producción. Una vez dada esa masa, por más que su valor aumente o dismi- nuya o aquélla carezca de todo valor, como en el caso de la tierra y el mar, esas circunstancias no habrán de afectar el proceso de creación y variación del valor.”(pag. 259).

15 Engels, F. (1895). Supplement to Capital Volume Three. Law of Value and Rate of Profit. In Die Neue Zeit. 1895-9.Bd. 1. No.1. edition: Marx and Engels Collected Works. Vol. 37. (Vol. 37, pp. 873–900).