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Etiqueta: Pensamiento liberal

El cambio

Toda idea alternativa al establishment siempre duda en cómo se llevará a la práctica el cambio del viejo sistema al nuevo. Todo tipo de pensamiento sólo puede establecer dos tipos de cambios: el progresivo y el radical.

El ejemplo más exagerado del cambio progresivo tal vez se encuentre en el fabismo, liderado por Sidney y Beatrice Webb, que abogaban por alcanzar el socialismo mediante recetas gradualistas y de cariz reformista. Aunque aparentemente los Webb llegaron a conseguir su objetivo más de 100 años después, la realidad es que los países que llegaron a ser puramente socialistas sólo alcanzaron ese objetivo mediante una revolución. No era el objetivo de los Webb instaurar el Estado del Bienestar, sino la transformación del sistema de producción capitalista por el socialista.

Una de las razones por las cuales la transición y el gradualismo gustan tanto a sus seguidores –ahora en todo el espectro ideológico– es debido a que se enmarca perfectamente en la estructura racional del hombre, el consecuencionalismo. Esta forma de pensar lineal, significa seguir la tendencia actual manteniendo la información como si fuese una constante. Esta forma de observar la realidad no comporta un carácter negativo en sí, porque lleva a acertar en algunos campos como, por ejemplo, el de los negocios. En ellos, el seguidor de tendencia suele tener más éxito que el rupturista. Es más fácil tener éxito al montar un bar que no inventar un nuevo combustible. Este sistema, sin embargo, no funciona en el mundo de las ideas. El porqué queda fuera del objetivo de este artículo.

¿Podría funcionar el método fabiano con el liberalismo? La idea es introducir poco a poco el libre mercado para que la gente vea su carácter positivo: individualidad, libertad, riqueza y bienestar. El problema, es que quién lo implementa son los políticos que no tienen interés alguno en otorgar liberad a la sociedad civil. Fijémonos en las privatizaciones de los años 90 por ejemplo. Éstas, sólo fueron una fuente de financiación rápida para el Estado que siguió manteniendo todo el control sobre el sector de las empresas privatizadas, de las propias compañías con acciones de oro, colocación de amigos en las cúpulas directivas o creación de órganos reguladores. ¿Qué nos hace pensar que si los políticos vuelven a tomar una política "liberal" la hagan correctamente? Nada. No tienen ningún interés en hacerlo. Si todo hombre sólo se mueve por maximizar su utilidad, eso no puede significar que una parte de ellos, los "escogidos", se muevan por leyes ajenas a la acción humana. El gran problema es creer que la sociedad se puede cambiar en una especie de Top–Down social. ¿Qué nos hace pensar que la gente olvidará como si nada las actuales políticas populistas, como ir regalando el dinero de los demás? Pensar así, no es más que una ilusión.

La política no es una causa de lo que es la sociedad, sino un efecto. La gente necesita estar preparada para los cambios, imponerlos sólo crea, primero, el rechazo y, después, la confusión. Observemos el presente otra vez. Cualquier hombre medio (socialista) no versado en el mundo de las ideas le dirá que el liberalismo está triunfando hoy día como muestran las políticas en todo occidente: las guerras, grandes empresas que mantienen el poder con el Gobierno, grupos de presión, intereses ocultos… A esto le llaman neoliberalismo, pero tal concepto sólo es la réplica del capitalismo de estado, del socialismo. Además, hemos creado el rechazo y hemos dado poder al burócrata para que maneje más aún nuestras vidas. Ese fue el error que cometieron los Ordoliberales en el siglo XX. Creían que con un liberalismo social, la libertad crecería. Las consecuencias corrieron en dirección opuesta.

La gente no actúa por buenos principios morales, sino por necesidades. No se puede esperar cambiar de un sistema del bienestar a otro más libre del día para la noche. Las ideas necesitan tiempo para luego irse deslizando muy poco a poco hacia la masa de la sociedad. Y la sociedad sólo actúa, no cuando una idea le deslumbra, sino cuando la anterior es insostenible. En ese momento las personas buscan las alternativas que hay vivas. En el siglo XX fueron los totalitarismos, y en este modelo político nos hemos quedado.

Es, como muchas cosas en la vida, un problema económico, de utilidad. Es más fácil seguir con un sistema conocido, por incómodo que nos resulte, que cambiar a otro incierto. Sólo cuando el día a día se vuelve insostenible hay un cambio rupturista, y sólo de aquí prosigue el gradualismo y el reformismo pero en el sentido inverso al régimen anterior. El gradualismo y el reformismo no son corrientes primarias, sino que las podemos calificar, como se dice en matemáticas, de ruido (tendencias dentro de otra tendencia).

Si perdemos los principios y las ideas, perderemos el fin buscado. La libertad necesita identificar a sus enemigos y derrocarlos para siempre, y estos sólo son aquellos que se creen y son de facto nuestros dueños. El Gobierno y todo lo que a su alrededor se perpetúa es el principal enemigo del hombre libre. Aliarse con él es rendirle sumisión. Si lo hacemos, será él quien nos cambie, como de hecho ya ocurre con aquellos que apoyan a partidos políticos como mal menor. Al final quien gobierna no son las ideas, sino los intereses de los políticos por medio de la fuerza.

Una oportunidad única

No es posible comprender el Instituto Juan de Mariana sin referirse al seminario de Jesús Huerta de Soto. Por él han pasado, además de su presidente, Gabriel Calzada, muchos otros de los investigadores de la institución, como Francisco Capella, José Carlos Rodríguez, Gorka Echevarría, Jorge Bolaños, Raquel Merino o un servidor. La gran noticia es que para el curso académico 2007-2008 se pone en marcha un Master de postgrado en Economía de la Escuela Austriaca completo con hasta cinco profesores impartiendo clases y tutelando a los doctorandos.

George Stigler –premio Nobel de Economía en 1982– escribía en su relato autobiográfico Memorias de un economista no regulado que tenía el convencimiento de que “al menos la mitad de lo que uno aprende en la universidad, lo aprende de los compañeros. Conviven juntos y discuten entre ellos con un vigor y un candor que se considera inapropiado en las discusiones con los profesores de la facultad. Si uno fuese capaz de atraer buenos estudiantes sin necesidad de disponer de un buen plantel académico, se podría llevar una gran universidad de una forma muy económica.”

Milton Friedman añadía a este respecto que “el papel de los profesores tiene que ser doble: atraer buenos estudiantes y proporcionarles el material para el debate y la investigación. Un buen profesor no sólo suministra buenos temas para el debate, sino también el suficiente contenido inicial para poner en marcha la discusión intensiva. Nosotros somos nuestros maestros, pero no existe diálogo socrático que pueda equiparase a las intensivas sesiones de discusión entre estudiantes consagrados seriamente al estudio de su materia.”

Efectivamente, es extraordinario el grado de ebullición intelectual que se puede llegar a alcanzar en estos seminarios. Joseph Schumpeter solía señalar que las universidades deberían acoger sólo a postgrados (licenciados realizando su especialización y tesis doctoral) e investigadores, pues ese era el auténtico ámbito de la educación superior.

Schumpeter sabía bien de lo que hablaba. En su juventud había sido miembro del Seminario Böhm-Bawerk en Viena. Repasando la lista de participantes descubrimos que un buen número de ellos tendrían un más que notable impacto en el devenir intelectual del siglo XX. El propio Schumpeter, además de efímero ministro de Hacienda de Austria, formuló una muy sugestiva teoría del desenvolvimiento capitalista y llegó a ser uno de los más importantes historiadores del pensamiento económico. Peter Drucker se convirtió en el mayor gurú del management y la teoría de la administración de empresas de todo el siglo. Ludwig von Mises siguió con la magnífica tradición de Carl Menger, Böhm-Bawerk y Wieser, rematando además la teoría del dinero y los ciclos capitalistas, denunciando la imposibilidad del cálculo en las economías socialistas e investigando toda una serie de cuestiones epistemológicas y de ámbito de la ciencia económica. Félix Somary destacó en el campo de la teoría y la práctica bancaria.

Asimismo, el seminario vio desfilar una panoplia de teóricos y futuros cabecillas socialistas que recalaron en el seminario para tratar de encontrar puntos débiles en la refutación de la teoría de la explotación del propio Böhm-Bawerk: Nikolai Bujarin (que tan importante papel desempeñaría en la puesta en marcha de la NEP), Otto Bauer (líder de los socialdemócratas austriacos y presidente del país tras la Primera Guerra Mundial), Rudolf Hilferding (afamado teórico socialista y Ministro en Weimar), Henryk Grossman (economista de referencia para el trotskysmo), Emil Lederer, etc.

Si el seminario de Böhm-Bawerk produjo tan distinguida hornada, el de su discípulo Mises no le anduvo a la zaga. Por el seminario de Viena desfilaron dos premios Nobel: F. A. Hayek, cuyas investigaciones destacaron en campos tan variados como la teoría del capital, la moneda, el carácter evolutivo de las instituciones o los desarreglos producidos por la ingeniería social, y Oskar Morgenstern, uno de los padres de la teoría de juegos. También fueron miembros regulares del seminario Lionel Robbins (a quien se debe la definición más comúnmente utilizada de economía como “ciencia que trata de la asignación de recursos escasos susceptibles de usos alternativos”), Gottfried Haberler (comercio internacional, efecto Haberler-Pigou), Ragnar Nurske, que tanta relevancia tendría –desgraciadamente– en la teoría del desarrollo merced a su hipótesis del círculo vicioso de la pobreza y del ensanchamiento de la brecha, o Fritz Machlup (crédito, bolsa y formación de capital).

El seminario de Nueva York vio florecer a Murray N. Rothbard (que reformuló la teoría del monopolio, propuso una ética anarco-capitalista y realizó una incansable labor de investigación histórica), George Reisman (autor del monumental Capitalism y crítico extraordinario de la doctrina ecologista), Israel Kirzner (empresarialidad, proceso dinámico del mercado) o el que ha sido seguramente el más famoso banquero central de la historia moderna, Alan Greenspan.

Con un poco de suerte y en un ámbito más reducido este nuevo Master tiene visos de convertirse en otro foco de ebullición investigadora que quien tenga la posibilidad y las ganas de aprovechar haría bien en no perderse.

El oasis de la libertad

La mayor parte del tiempo, los seres humanos han vivido en pequeños grupos en los que la supervivencia dependía de que la autoridad diseñara buenos planes y los miembros del clan repartieran lo poco que tenían ayudándose para no sucumbir a la continua amenaza de la escasez más absoluta de los recursos más básicos. Durante toda esa larga etapa en la historia del hombre la prosperidad era imperceptible a lo largo de la vida de una persona y cuando alguien mejoraba con rapidez solía ser en base a quitarle a los demás sus recursos.

Otro posible motivo podría residir en que muchos liberales han tratado de influir en el corto plazo o, lo que viene a ser lo mismo, sobre el poder político; ya sea en reyes, presidentes, ministros o príncipes. Esta actitud ha permitido dar algunos sonados pasos adelante seguidos con demasiada frecuencia de importantes reveses. Cuando la inmensa mayoría de los miembros de una sociedad no entiende por qué la prosperidad generalizada viene de la mano del respeto de la propiedad privada, los vínculos contractuales y la persecución de beneficio propio, las posibilidades de éxito de este tipo de estrategias son muy reducidas. Por otro lado, trabajar pensando en el largo plazo exige paciencia, perseverancia, optimismo, profundas convicciones y buenas teorías sobre la dinámica de los procesos sociales. Estas cualidades raramente se encuentran en una persona o pequeño grupo de personas y los liberales no son una excepción.

A pesar de los múltiples errores cometidos, hay ejemplos que avivan la esperanza. Entre estos destaca la marea internacional de think tanks dedicados a la elaboración y difusión de ideas o las plataformas digitales -formales o informales- de comunicación que han surgido gracias a Internet. Pero la iniciativa más ilusionante que he conocido es la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. En 1971 Manuel Ayau, ayudado por un reducido grupo de amigos liberales, se propuso convertir un pestilente barranco a las afueras de Ciudad de Guatemala en un oasis académico cuya misión fuese la enseñanza y difusión de los principios éticos, jurídicos y económicos de una sociedad de personas libres y responsables. Treinta y seis años después la UFM se ha convertido en una de las universidades más prestigiosas de Latinoamérica y forma a más de 2800 estudiantes en diversas disciplinas siguiendo los principios fundacionales de la Institución.

Quienes pasan por la “Marro”, como cariñosamente le llaman sus estudiantes, conocen de buenas fuentes la obra de autores como Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Milton Friedman, James Buchanan o Ayn Rand. La universidad ha logrado compatibilizar la participación activa en la vida social del país con el rechazo a las presiones intervencionistas y liberticidas gracias a un fabuloso campus selvático que crea una burbuja intelectual, al uso de las más modernas tecnologías de la información y al rechazo de subvenciones públicas para desarrollar este monumental proyecto. Detrás de este éxitos está, como siempre, la tarea de un héroe silencioso que, ayudado de un grupo de individuos extraordinarios ha sabido trabajar centrado en el largo plazo ayudado de una pasión por la libertad y unos conocimientos de la teoría de la liberad que han hecho su voluntad inquebrantable. Ojala que su ejemplo y el de quienes impulsan día tras día ese oasis de la libertad ayuden al surgimiento de proyectos similares en España y el resto del mundo.

Los arquitectos de Ayn Rand

El vínculo intelectual entre el liberalismo y los creadores suele ser infrecuente, al menos en Europa. Aún más: si atendemos a las diferentes corrientes liberales, la lista de innovadores adscritos al libertarianismo es probable que sea muy limitada. No obstante, en ocasiones, se atisban fecundas corrientes de admiración entre profesionales respecto de la filosofía preconizada, entre otros pensadores, por Ayn Rand. El arquitecto más veterano de España, Francisco Juan Barba Corsini, es un gratificante ejemplo de ello.

Barba Corsini, todavía en activo a sus noventa años, es renombrado por su Colección Pedrera (1955) que equipó la Casa Milá de Gaudí en Barcelona, el Edificio Mitre (1959), así como la construcción del moderno poblado pesquero de Binibeca en Menorca. Binibeca fue un hito en la edificación popular española, respetuoso del entorno y las tradiciones, lejos de la inacción ecologista y la elefantiasis al estilo marbellí. En una entrevista reciente, el maestro declaraba sin ambages que El Manantial, el film de King Vidor (1949) sobre la novela de Rand, cambió su vida. Ha llegado a decir: "La influencia de la película El manantial, fue indudable. Era un claro ejemplo de lo que es sentir la arquitectura y de la dignidad del arquitecto. Comprendí que hacer arquitectura es estudiar el problema humano, cómo se vive, y pasar horas, días, semanas o meses estudiando, hasta llegar a una buena solución. A partir de aquel momento comprendí que la arquitectura era una cosa sentida, una cosa viva, que había un cambio de tiempo, de materiales, de tecnología y un cambio de arte, y empezó la lucha, por mi parte, a favor de la arquitectura moderna."

Este arquitecto tarraconense rechazó el paradigma neoclásico en la edificación, simpatizó con Alvar Aalto y demás compañeros finlandeses en la búsqueda de materiales puros y simples frente a la penuria de la postguerra; Barba Corsini fue además discípulo de Richard Neutra, un colega vienés célebre por sus viviendas en contra de la ley de la gravedad.

 ¿Quién era a su vez Richard Neutra? Neutra (1892-1970) emigró a los EEUU más por voluntad de poner en práctica sus deseos libérrimos que por victimismo o necesidad. Con la Lovell Health House (1927), el edificio más vanguardista de Los Ángeles, se adelantó a Gropius y Mies Van der Rohe. Las residencias californianas que erigió se caracterizaban por desposeer paredes; las habitaciones, sostenidas por largas tiras de ventanas, se abrían en todas las direcciones, configurando un mundo casi irreal. Richard Neutra manifestaba gran interés por el clima, la naturaleza y el paisaje y alimentó una teoría de cuño propio denominada Realismo Biológico. Él consideraba que la ciencia, la técnica y la producción industrial no representan algo diferente a lo biológico, sino más bien una extensión de lo natural. Lo verdaderamente bueno no es el progreso en sí, sino lo que conviene a las personas, a las que definía con insistencia como consumidores: ideales que suscribió para siempre Francisco Juan Barba Corsini desde su inconformista juventud.

El singular austriaco asociaba a la arquitectura como tarea ética alejada de la tecnocracia; estimulaba un diseño que favoreciese al mismo tiempo de forma pragmática la utilidad y la belleza, la necesidad y el deseo. Neutra anticipó un derecho controvertido, o mejor dicho, la ausencia del mismo: "Ningún derecho de autor debe ser reclamado para el verdadero progreso y para los medios de uso contemporáneo."

Richard Neutra construyó numerosos edificios públicos, colegios, clínicas e iglesias, al mismo tiempo que sus representativas moradas particulares en California, entre las cuales destacaba la Casa Joseph Von Sternberg (1935), para el gran cineasta, en el Valle de San Fernando y que con posterioridad fue adquirida por Ayn Rand –¡precisamente ella!– y demolida en 1972. Observando la obra gráfica del vienés, y recordando la película ya citada, no es descabellado pensar que los planos que sostenía con pasión Gary Cooper interpretando a Howard Roark, fuesen los mismos o similares que trazaba Neutra, el mentor de Corsini.

El método de la ciencia económica y la predicción

El método siempre ha sido una de las grandes preocupaciones de la Escuela Austriaca, desde Carl Menger hasta Hans-Hermann Hoppe. En este sentido, la Escuela Austriaca siempre ha apostado por la metodología deductiva. Un científico económico sabe qué va a buscar. Sabe que el intercambio existe, que el hombre actúa o que los precios varían en el tiempo; pero no sabe por qué se producen. La metodología deductiva es la que nos va a dibujar este complejo mapa.

Por el contrario, la metodología inductiva nos sirve para descubrir aquello que no conocemos. Es el método de las ciencias naturales o físicas. Aplicada a la economía, no es una técnica de investigación acertada ya que no nos revela respuestas universales, necesarias ni atemporales. Todo y así, en ocasiones algunos autores de la Escuela Austriaca han ido demasiado lejos en la crítica al inductivismo. A modo de ejemplo, podemos ver las críticas que Murray Rothbard hizo en su gran libro Making Economic Sense (versión en formato tradicional) a la teoría del caos, la estadística matemática y, en otros ensayos, a diferentes sistemas alternativos de predicción financiera como el análisis técnico.

Hay dos conceptos que se han de distinguir. Una cosa es la ciencia económica y otra el arte de hacer buenos negocios. Lo que nos resulta útil en un caso, no suele serlo en el otro. Aunque a veces se parezcan, o así quieran mostrarlo sus creadores, las finalidades son diferentes. Veamos un ejemplo. Tomemos una de las teorías básicas del Análisis Técnico, la Teoría de Dow. Sus primeras conclusiones son que el mercado se mueve esencialmente en tres escenarios temporales diferentes.

En el primero, que podemos llamar de acumulación, es el producido después de una mala situación económica. En este momento los tipos de interés son bajos y esto estimula a las empresas a invertir, especialmente a aquellos negocios sensibles a los tipos como las eléctricas, empresas de autopistas y las denominadas, en líneas generales, utilities. La segunda, que es la fundamental, es aquella donde la economía avanza de forma uniforme, gradual y sostenida. Ahora las empresas se han podido financiar de forma sencilla gracias a los bajos tipos y crecen mediante inversiones, la bolsa sube. La tercera y última etapa es la especulativa, y es aquella que se produce cuando los tipos ya están subiendo (han dado la vuelta pues), la economía está en sus máximos y sólo suben y de forma muy acusada empresas de último nivel con fundamentales más que dudosos. En bolsa a estas empresas se las llama "chicarros" o "jaulas de oro" si son especialmente poco líquidas. En esta época, también, la economía es un desorden: afloran los bonos basura, se producen numerosas OPVs y OPSs, los instrumentos de apalancamiento aumentan en volumen, aumentan las ampliaciones de capital de empresas muy pequeñas, la inflación sube, hay "dinero para todos", etc. Después de las tres fases, vienen las crisis. En mayor o menor grado.

La Teoría de Dow es muy similar a la Austriaca en algunos puntos, pero su metodología y justificación son totalmente diferentes. La Teoría de Dow marca pautas, niveles de precios y casuísticas concretas del mercado. La Teoría de los Ciclos Austriaca, que sólo se concentra en las crisis, no hace tal cosa. La razón es porque no tiene el mismo objetivo que pudo tener el señor Dow.

Los que usan la Teoría de Dow, Elliot, Números de Fibonacci, Teoría de Gann, de Benner u otros sistemas de predicción como la Tabla de Hamilton (o Áreas de Hamilton también) basada en la Teoría del Caos, modelo Black Scholes, etc. no pretenden innovar en la ciencia económica, sólo usan estas herramientas para ganar dinero adelantándose al mercado, al resto de inversores y a sus competidores, al igual que puede hacer una empresa de ropa para mujeres pagando un estudio de marketing entre amas de casa para saber qué tipo de ropa confeccionar el año que viene. En los dos casos, el del inversor y la empresa de ropa, el fin es el mismo: adelantarse al mercado para extraer así una ventaja competitiva con el resto de actores (o "agentes" en la nomenclatura neoclásica) basada en la información.

Tanto las teorías económicas inductivas como los estudios de marketing o cualquier estratégica de management, no son universales, necesarios ni atemporales. Sólo sirven en un momento y espacio concreto y, por lo tanto, no siempre funcionan.

No toda metodología es mala o buena en sí. Todo responde a la finalidad deseada. Para el estudio de las ciencias sociales, como la ciencia económica o economía política, sólo nos será útil la metodología deductiva; sabemos qué vamos a buscar. Pero para el management financiero o empresarial, que nada tiene que ver con la ciencia económica, tendremos que usar sistemas de tipo normalmente inductivo que nos muestren aquello que desconocemos, como aproximaciones a precios futuros o a tendencias globales del mercado, pero no de la economía.

El deber

Una de las nociones éticas más importantes es el concepto de deber. Y desgraciadamente una de las peor comprendidas y utilizadas. Según la falacia naturalista, no se puede deducir lo que debe ser de lo que es. Pero esto es problemático: si con "lo que debe ser" se indica el contenido de las normas de conducta de las personas, es cierto que no basta con afirmar que todo "lo que es" (lo que alguien hace, o quizás una mayoría) es válido (no es lo mismo una descripción que una prescripción, las leyes son físicamente violables). Pero sí es posible investigar racionalmente qué normas son adecuadas para la convivencia social basándose en la naturaleza humana (lo que el ser humano es, con su racionalidad y sensibilidad limitadas) y en criterios de igualdad (universalidad, simetría) y funcionalidad (consecuencialismo). Y resulta que no hay deberes naturales: por defecto, nadie está obligado a nada simplemente por ser humano, solamente a respetar (de forma pasiva) los derechos de propiedad ajenos (principio de no agresión). Los deberes positivos legítimos (de hacer algo de forma activa) se obtienen mediante contratos, acuerdos legítimos mediante los cuales las partes se comprometen formalmente y que legitiman el uso de la fuerza más allá de la defensa propia y la justicia ante las agresiones delictivas.

El deber (u obligación) y la prohibición son nociones éticas complementarias que expresan que para la legitimidad de una acción la voluntad de la persona afectada es irrelevante: tiene que hacerlo o no puede hacerlo, independientemente de si quiere o no. Añadiendo la negación es posible relacionar estos dos conceptos: prohibido hacer algo es equivalente a es obligatorio no hacer ese algo; prohibido no hacer algo es equivalente a es obligatorio hacer ese algo. Pero cuidado: que algo no esté prohibido no implica que sea obligatorio, y que algo no sea obligatorio no implica que esté prohibido.

Algo diferente del concepto ético de deber es el sentimiento moral del deber o sentido del deber, la sensación mental subjetiva de incomodidad si no se hace algo que íntimamente se considera obligatorio y la correspondiente satisfacción del deber cumplido. Los sentimientos morales son evolutivamente adaptativos porque causan conductas que facilitan la cooperación y la solidaridad y cohesionan los grupos humanos. Pero los imperativos morales tienen ciertos peligros, sobre todo si son absolutos: sirven para manipular a las personas sin necesidad de darles órdenes directas (implantando en sus mentes esos imperativos que viven como valores propios incuestionables), pueden transformarse en obsesiones particulares autodestructivas, y pueden ser intolerantes y fomentar la violencia cuando una persona cree y siente intensamente que los demás deben compartir su idea del deber, indignándose si no es así.

Es inteligente reflexionar acerca de lo que uno hace simplemente porque cree que debe hacerlo: qué sentido tiene ese deber, qué resultados y costes tiene la acción que provoca, qué alternativas hay y por qué no se siguen. La conducta humana flexible no es la de un autómata simple irreflexivo que sólo sabe cumplir órdenes (externas o endógenas). No se trata de eliminar por completo el sentido del deber o vaciarlo de contenidos, sino de depurarlos, entenderlos y aprender a utilizarlos. Algunos deberes son simplemente la expresión de la necesidad técnica (tal vez desconocida) de un medio indispensable o necesario para alcanzar algún fin (quizás la supervivencia o la reproducción).

En la sociedad actual, colectivista e intervencionista, muchos hablan de forma abusiva del deber, mostrando su ignorancia o su falta de honradez e intentando restringir la libertad ajena. Muchos deseos particulares se camuflan como deberes impersonales ("hay que") u obligaciones colectivas ("tenemos que"): así parece que no son simplemente "yo quiero" (y además no admito que tú no lo quieras), o "yo ordeno", o "creo que esto es necesario" (pero en realidad no sé explicar por qué). Los políticos, gente habitualmente de escasos escrúpulos morales, afirman cumplir con su obligación y así se sienten moralmente superiores y ocultan su ambición de poder y control mediante la coacción.

Es perfectamente legítimo cuestionar y rechazar estas engañosas reclamaciones que sistemáticamente recibimos. Desgraciadamente la gente no suele hacerlo (o lo hace pero lanza otras a los demás), y por el contrario a menudo intenta escaquearse de los auténticos deberes: cumplir responsablemente con el trabajo o con los productos y servicios contratados.

Para el liberal, lo cortés no quita lo valiente

En estos tiempos de creciente polarización política –¿les suena la frase "no me hablo (u oso hablar de política) con fulano desde marzo de 2004"?– a veces cuesta trabajo creer que se pueda discutir o incluso disputar abierta y radicalmente de asuntos políticos con otros de forma productiva, o que las diferencias en la manera de ver el mundo puedan ser el sustento de una amistad.

Todos los que hayamos perdido o enfriado alguna relación de amistad, incumplido nuestras obligaciones maritales o sufrido el abandono por motivos político-ideológicos, deberíamos repasar la historia y aprender de algunas parejas "contra natura". No sugiero que dejemos de buscar afinidades y nos suscribamos a un chat socialista, neofascista o mariprogre (¿tal vez una copa con Miguel Sebastián?). Simplemente me gustaría recordar, y recordarme, que con frecuencia el contraste permite no sólo el aprendizaje, sino también la consolidación de las creencias propias. En otras palabras, que lo cortés no quita lo valiente.

En una misiva enviada a su amante Louise Colet, Flaubert dice a su compañera "Llegarás a la plenitud de tu talento despojando tu sexo, que ha de servirte como ciencia, y no como expansión. En George Sand, huele a flores blancas; rezuma, y la idea corre entre las palabras como entre los muslos sin músculos". Más allá de la deliciosa sensualidad del novelista, en esta cita destaca la gran admiración que Flaubert sentía hacia Sand. Sin embargo, poco tenían que ver estos dos autores en sus ideas políticas y morales más allá de compartir el desprecio por la hipocresía. De haber participado en alguna revolución, me temo que habrían estado en lados opuestos de la barricada.

Otro curioso ejemplo de amistad aux contraire lo proporcionan el progresista y anticlerical Benito Pérez Galdós y el conservador José María Pereda. No sólo profesaban ideologías opuestas, sino que la propia vida del canario, putero y manirroto, constituía una constante afrenta a la ética del cántabro. Sin embargo, su relación fue cordial y afectuosa, y alguna vez Pereda acudió en socorro de su desdichado amigo ofreciéndole apoyo económico y refugio cuando la disipación de Galdós lo colocaba al borde del precipicio.

Quizá un poco de flema británica nos ayudaría a la hora de enfrentarnos al dilema de convivir con el que persigue fines perniciosos para nuestros derechos. Es el caso de G.K. Chesterton y su amigo Holbrook Jackson, ambos críticos literarios e interesados en la figura del dramaturgo socialista George Bernard Shaw. Mientras que el primero se decantó por el catolicismo y lo que algunos jocosamente llamamos agro-liberalismo à la Sánchez-Dragó, el segundo optó por el fabianismo y el laicismo antirreligioso.

Sin embargo, eso no fue óbice para que Chesterton, a la hora de enjuiciar la monografía de Jackson sobre el "progre" Bernard Shaw, escribiera: "Podría haber escrito [Jackson] mejor filosofía si hubiera discutido con él [Bernard Shaw], pero ha escrito incluso mejor literatura defendiéndolo… el hecho de que el trabajo del señor Jackson mueva a la mente a reflexiones destructivas sólo prueba la espléndida sinceridad y simpatía intelectual que brilla a través de sus páginas."

En 1911, Hoolbrok Jackson envió a su amigo un ejemplar de su libro de aforismos titulado Platitudes (simplezas). Sobre él, Chesterton redactó en lápiz verde de punta gruesa una larga serie de anotaciones. La mayoría de ellas "deconstruye" de forma más o menos burlesca las ideas de Jackson, hasta el punto de que a veces es difícil imaginarse que quien las escribiera lo hiciera también desde el afecto. Sin embargo, así fue. Exceptuando el vituperio y la agresión, afrentas ante las que la mera tolerancia puede ser incluso más dañina que el entuerto cometido, la cercanía y la amable intimidad con el opuesto son posibles y aconsejables. El cómo hacerlo es otra historia, y en todo caso una cuestión puramente práctica. No obstante, no estaría de más dedicarle algún tiempo y unas cuantas neuronas. Les dejo con estas perlas de la dialéctica, cuyos autores ciertamente habrían estado poco complacidos con una presentación que con mucho ha rebasado los límites de la buena educación. Pido disculpas a ambos.

Jackson: La teología y la religión no son lo mismo. Cuando las iglesias están controladas por los teólogos, la gente se va.
Chesterton: La teología es simplemente la parte de la religión que requiere cerebro.

J: Todos los dogmas son correctos, pero es equivocado necesitarlos.
C: Todos, excepto los débiles mentales, los necesitamos.

J: Toda costumbre fue una vez una excentricidad; cada idea fue una vez absurda.
C: No, no. Algunas ideas han sido siempre absurdas. Ésa es una de ellas.

J: Sólo los ricos recomiendan a los pobres que se contenten.
C: Eso cuando no recomiendan el socialismo.

J: Las mayores cualidades del trabajador son su amor por el juego y su odio al intelecto. Estas virtudes le proporcionan un toque de paganismo que lo acerca a los dioses.
C: Lo que el trabajador detesta es el intelectualismo, la intelligentsia de Rusia. Yo también. La cabina del conductor del autobús está llena de intelecto.

J: La gran revolución del futuro será la rebelión de la naturaleza contra el hombre.
C:Espero que nadie vacile a la hora de disparar.

De neocones y liberales

La palabra "neoconservador" o "neocón" está de moda. Muchos izquierdistas la utilizan en un sentido peyorativo para calificar más o menos a todo aquél que no comulga con sus postulados. En la derecha los más impulsivos asumen orgullosos el término pensando que si para la izquierda es un insulto, pues tendrá que ser un piropo. Al final del día, sin embargo, ni unos ni otros saben definir lo que es el neoconservadurismo o qué es lo que caracteriza a un neoconservador. No hace falta calentarse la cabeza, dirán algunos, se trata de un neologismo inventado con el solo propósito de atacar al contrario. Si es así, parece irrelevante hacerse llamar a sí mismo neocón, pues no tiene más repercusión que la que queramos darle.

Pero el que se utilice como arma arrojadiza y sin conocimiento de causa no implica que no tenga, en realidad, un significado muy concreto. Lo tiene y nos remite a una corriente de pensamiento que está en buena medida en las antípodas del liberalismo y cuyos adherentes con conocimiento de causa gozan de influencia en los medios, en el Partido Republicano y en la Administración Bush. En este contexto el hecho de que un liberal asuma el apelativo de neocón sí puede tener repercusiones, ideológicas y estratégicas.

En otra ocasión me referí al anti-izquierdismo instintivo de los liberales de ascendencia conservadora, que demasiado a menudo les lleva a posicionarse mecánicamente como reacción a la izquierda, interiorizando así sus errores y rechazando sus aciertos sin detenerse a reflexionar. Como el enemigo de mi enemigo es mi amigo, algunos liberales ven en el gobierno de Bush, en el ejército de los USA… y en los neoconservadores (tan vilipendiados todos ellos por la izquierda) un aliado. No obstante vale la pena plantearse que a lo mejor son enemigos de la izquierda por las razones equivocadas desde un punto de vista liberal, y que por tanto deberían ser criticados desde el liberalismo por las buenas razones. Si escogemos nuestros compañeros de trinchera en función de a quién ataque la izquierda, entonces es en última instancia la izquierda la que escoge nuestros compañeros de trinchera (solo tiene que seleccionar bien su próxima diana). El resultado puede ser una jaula de grillos más que un frente unido contra algo. Tiene tanto sentido como aliarse en su momento con fascistas y nacionalsocialistas solo porque los comunistas les consideraban sus más mortales enemigos (o viceversa).

En mi opinión ser neocón a fuer de liberal plantea serias incompatibilidades. ¿Qué es el neoconservadurismo? El neoconservadurismo nace de la mano de progresistas desencantados con la candidez del Partido Demócrata durante la Guerra Fría, y junto a su anticomunismo militante (que se traduce en la exigencia de un mayor gasto en defensa y una política exterior más agresiva) encontramos una notable complacencia con el Estado del Bienestar. Puestos en relación con los conservadores tradicionales, los neocones se caracterizan por defender una política exterior más ambiciosa e idealista (ataques preventivos, exportación de democracia a golpe de bayoneta y nation-building), unas políticas sociales menos tradicionalistas (aunque eso no les impide coaligarse con la derecha religiosa) y un Estado del Bienestar a lo sumo más eficiente, pero sin excesivos cambios. El propio Irving Kristol, uno de los padres del movimiento, señalaba en su libro Reflections of a Neoconservative que "un Estado del Bienestar, adecuadamente concebido, puede ser una parte integral de una sociedad conservadora". A los neoconservadores, dice Kristol, el crecimiento del Estado en el pasado siglo no les produce alarma ni ansiedad, es visto como algo natural e inevitable. "Los ideales decimonónicos tan nítidamente expresados por Herbert Spencer en su The Man Versus the State son una excentricidad histórica".

El "neo" aplicado a "conservador" da a entender que se trata de nuevos conservadores, pero con una facilidad similar podríamos añadir el "neo" a "progresista" para definirlos. Al fin y al cabo la política exterior idealista neocón tiene sus raíces en el progresismo de la era Wilson, cuando, en palabras del historiador William Leuchtenburg, "pocas personas veían un conflicto entre las reformas sociales y democráticas en casa y la nueva misión imperialista. (…) Los progresistas creían (…) en un gobierno nacional que dirigiera los destinos de la nación en casa y en el exterior." En cuanto a su conformismo con el Estado del Bienestar, es sintomático de sus orígenes.

Al final, en lo único que sustancialmente se distinguen de sus antiguos compañeros del Partido Demócrata es en su defensa de una política exterior más agresiva y utópica, pero eso precisamente no les acerca sino que les aleja del liberalismo. El Estado es ineficiente y actúa movido por grupos de presión, lo mismo en política interior que en política exterior. La guerra es el programa estatal de mayor magnitud y un liberal no puede sino mostrarse, como mínimo, escéptico y cauto ante las promesas de traer seguridad, paz y democracia al mundo manu militari.

Como apuntaba al principio, autodenominarse neoconservador a fuer de liberal tiene repercusiones ideológicas y estratégicas. Si se hace sin conocimiento de causa como simple pasatiempo provocador o como muestra de una actitud reactiva, los principios liberales que uno originariamente sostiene no tienen por qué verse alterados. Pero se corre el riesgo de incorporar elementos de los supuestos compañeros de viaje si uno acaba creyendo que realmente son compañeros de viaje.

Por otro lado, al asumir la etiqueta de neocón uno se expone a que los demás lo vinculen con el neoconservadurismo de carne y hueso, sus autores, los gobiernos y las políticas que se inspiran en esta corriente. Conforme uno se hace llamar neocón con conocimiento de causa, más real es esta asociación con el neoconservadurismo y sus promotores, más extensa y deliberada es la influencia que recibe de sus ideas, y más contradicciones aparecen entre la identidad liberal y la identidad neocón. Antes de abrazar alegremente este término porque la izquierda lo pone de moda, deberíamos preguntarnos por su verdadero significado y sus implicaciones. O estaremos haciéndole el juego a los progres y un flaco favor a la causa liberal.

Política y competencia según Castillo de Bobadilla

Jerónimo Castillo de Bobadilla, uno de nuestros clásicos liberales de la Escuela de Salamanca, escribió en 1597 su obra principal en dos volúmenes, denominada Política para corregidores y señores de vassallos, en tiempos de paz y de guerra y para juezes eclesiásticos y seglares, juezes de comisión, regidores, abogados y otros oficiales públicos. Dicho tratado constituye una obra de referencia sobre la ciencia política y administrativa del Siglo de Oro español.

Su Política fue concebida con una finalidad eminentemente práctica, y se convirtió pronto en un clásico en donde se recogía numerosas observaciones y recomendaciones para el buen gobierno de los corregidores, jueces y otras autoridades municipales; todo ello tratado desde la propia experiencia profesional del autor. Si bien la obra sufrió ciertas amputaciones en 1640 a instancias de la Inquisición, se imprimieron numerosas ediciones de su Política hasta bien entrado el siglo XVIII.

Castillo de Bobadilla, sabedor de los desmanes de las autoridades municipales, denunciaba un hecho que, por desgracia, es hoy también de aplicación: “Pocos ayuntamientos hay donde no haya regidores aprovechando”; como se ve, todo un clásico. Ya por entonces nuestro jurista constató que el servicio público era en demasiadas ocasiones una mera plataforma para el lucro o promoción personal a expensas de los demás, siendo un sorprendente precursor del antirromanticismo político de la Escuela de la Elección Pública de J. Buchanan y G. Tullock, por lo menos a escala municipal.

En su haber de logros conceptuales, Castillo de Bobadilla en su Política para corregidores defendió la propiedad privada como refugio frente al poder, el principio de equidad para dar con sentencias justas, la costumbre como fuente de derecho jerárquicamente comparable a la ley escrita y, en ocasiones, superior a ella (acotando, pues, la autoridad del monarca) y pudo también expresar con nitidez sobresaliente –en el capítulo cuarto del segundo volumen de su Política– una de las leyes más universales que existen con respecto a la oferta: “Los precios de los productos bajarán con la abundancia, emulación y concurrencia de los vendedores”.

Éste fue uno más de los numerosos y atinados hallazgos de los miembros de la fructífera Escuela de Salamanca. El pensamiento liberal sabe bien que la competencia supone la movilización más eficiente de los recursos, capacidades y conocimientos de los vendedores/productores en beneficio del consumidor y de la sociedad entera. No obstante, la inaplicación de dicha ley tiene un claro origen: la intervención de los poderes públicos sobre el mercado.

Siguiendo el enunciado de esta ley de Bobadilla, podemos decir que los precios de los bienes y de los servicios no bajan todo lo que debieran –inflación y expansión crediticia aparte– porque existen:

  1. Impedimentos a la abundancia de vendedores: burocracia o abrumadoras regulaciones inhibidoras de la iniciativa empresarial, licencias o autorizaciones selectivas de actividad, tipos impositivos elevados que descapitalizan a empresas, aranceles o restricciones a la importación, clasificaciones y recalificaciones administrativas que impiden la competencia entre oferentes de suelo, etc.
  2. Restriccionesa la emulación de vendedores: leyes excesivamente protectoras de los derechos de propiedad intelectual o industrial, monopolios a la explotación de ideas, etc. y/o
  3. Ausencia de la concurrencia de vendedores: monopolios estatales, concesiones administrativas de explotaciones en exclusiva, cuotas al libre establecimiento empresarial, acciones de oro, etc.

Nadie debiera quejarse por la llegada de la competencia, ni siquiera el empresario (pese a hacerle la vida un poco más complicada) pues es un beneficio social evidente. De lo único que debe lamentarse un empresario es de no ser capaz de modificar su estructura productiva para adaptar sus procesos productivos a los permanentes cambios que se dan en el mercado, siempre dinámico. El consumidor debería, en estos casos, tener siempre a su disposición la respuesta adecuada a dicha incapacidad empresarial: irse a la competencia que mejore lo ofertado (pese a que sus queridas empresas nacionales o de su terruño se queden sin ingresos. Es pertinente traer a colación esta cita de Adam Smith en su Riqueza: “La máxima de cualquier padre de familia [léase también estado] es nunca intentar hacer en casa lo que le costaría más hacer que comprar”).

Las empresas de cierto fuste, incluidas las multinacionales, no temen seriamente a los gobiernos ni a los reguladores públicos (las más de las veces pueden, y de hecho llegan, a acuerdos con ellos). Lo que realmente temen es a la competencia. Ella es un freno eficaz a sus abusos y sirve de acicate real para aumentar su productividad y explorar nuevas vías de producción, dando, por tanto, lo mejor de sí mismas.

Cuando la competencia hace acto de presencia pueden tomarse básicamente dos caminos: o bien abortarla o bien mejorar los precios o calidad de los bienes/servicios ofrecidos mediante la reducción de costes o la introducción de innovaciones de todo tipo.

Es lamentable constatar que el freno a que surja la competencia es fácil de conseguir, pues los empresarios socialmente improductivos o, en el mejor de los casos, saboteadores de la libertad, dedicados a la búsqueda de blindajes, privilegios o de rentas ajenas tienen demasiado a mano el canal legitimador de la coacción pública (sobre todo si ésta adolece de gatillo fácil para legislar a cambio de financiación) para, con su inestimable colaboración, revertir exitosamente esta ley económica expresada por Bobadilla en su Política e impedir que bajen los precios en el mercado mediante el logro de la escasez de oferentes, la restricción a la emulación o la ausencia de concurrencia de vendedores.

En estos casos habrán intervenido fatalmente elementos exógenos a la institución del mercado, poniendo en cuarentena la deseable rivalidad entre empresarios.

La derecha sin remedio

Simple y llanamente, lo que le falta a la derecha es una filosofía individualista que estructure su pensamiento Hasta ahora, la derecha ha sido conquistada por una mezcolanza entre reacción al progreso y religiosidad llevada a la política, donde los grandes temas eran la oposición al aborto, a la eutanasia y a las células madre y la defensa de la familia. Normalmente, si bien se ha sostenido la importancia de la propiedad, se han aceptado infinitas concesiones en nombre del pomposo "bien común".

El conservadurismo como filosofía es claramente incapaz de oponer a la izquierda algo más que un miedo al experimento y una crítica del racionalismo extremo con que el socialismo quiere re-diseñar al hombre. Por ello, y dependiendo de las circunstancias ha tenido que asumir ideas de otros, normalmente de los liberales. De ahí que, a veces, se produzca una alianza liberal-conservadora en la que al final, la puñalada siempre la reciben los mismos: los amigos de la libertad.

Los conservadores, por su desdén hacia el individualismo, son incapaces de aceptar la necesidad de separar el Estado de la sociedad. El individualismo lo que plantea es algo muy sencillo, que el hombre cuenta con unos derechos y que el Estado debe respetarlos porque las personas tienen unos fines y, para cumplirlos, precisan una esfera de soberanía personal para decidir y actuar en consecuencia. Por eso, si un señor quiere drogarse o lanzarse por un precipicio, está en su derecho. Nadie, repito, nadie es quien para impedírselo.

Esta idea, aparentemente sencilla, no suele ser digerida con facilidad. Normalmente, se prohíben comportamientos porque así se protegerá a los menores y se evitarán males mayores. Pensar en estos términos impide que se produzca un verdadero cambio social. Si el propósito es acabar con la hegemonía de la izquierda, hay que ofrecer un ideario coherente basado en el sacrosanto principio del "déjeme en paz". Dicho de otra forma, vive y deja vivir.

Bajo este principio, se insiste en la responsabilidad individual y en los costes que para cada uno tienen sus decisiones. Si alguien desea predicar el anticapitalismo y las comunas hippies, adelante. Que consiga un terreno, unos cuantos amigos y se lance a ello. Que alguien quiere ser profundamente religioso, pues fantástico, que él y los suyos cumplan con lo que establece el credo que profesen. Pero en todos y cada uno de estos casos, por favor, que no nos digan cómo debemos comportarnos.

El que la derecha acabe asumiendo el individualismo, desgraciadamente, no es cuestión de tiempo. En sus genes se halla cierto espíritu colectivista, aunque todavía queda algún resabio de libertad. Que en sus venas corra más sangre liberal es algo sólo remotamente probable porque, como dijo Acton, "en cualquier época han sido pocos los amigos sinceros de la libertad, y sus triunfos se han debido a minorías, que han prevalecido por su asociación con otros, cuyos objetivos a menudo eran distintos a los propios; y esta asociación, que siempre es peligrosa, a veces ha sido desastrosa, al darle a los adversarios bases justas sobre las que oponerse, y por disputarse inocentemente el botín a la hora del éxito. Ningún obstáculo ha sido tan constante o tan difícil de superar como la incertidumbre y la confusión referidos a la naturaleza de la verdadera libertad."

Sin embargo, aún hay lugares como éste, donde el amor por esa libertad y por el respeto al individuo son tan grandes que, sólo por eso, merece la pena seguir creyendo en que algún día, una gran mayoría tengan el laissez faire por leit motiv.