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Etiqueta: Recursos energía y medio ambiente

Bragas de esparto

Yo soy más bien clasicote en esto del vestir, pero no descarto que alguna de estas locuras se acabe incorporando al uso general. ¿Quién puede estar en contra del progreso en la ropa, como en cualquier otro aspecto de la vida?

Pues los de siempre, claro está: los ecologistas. No hay avance que les parezca bien ni retroceso que les parezca suficiente. Lo último está en que recomiendan como lencería erótica bragas de esparto. Lo que quieren es poder compaginar el sexo y la sostenibilidad de nuestro planeta. Es decir, que no es ya que vayan contra todo lo que suene a inteligente y despotriquen contra la ocurrencia del MIT, es que quieren que hasta la ropa interior sea biodesagradable. ¿Qué no se lo cree? Lo cuenta este domingo el diario La Razón.

El interés ecologista por la sexualidad sostenible da con soluciones realmente eficaces. A las bragas de esparto como fino reclamo de lencería suma otra propuesta de lo más ecologista: en lugar de utilizar el látex, lo suyo es recurrir, nos dicen, a preservativos de tripa de cordero, que a diferencia de los otros se reintegran en el mundo natural que da gusto.

Que sean biodegradables no son las únicas ventajas que tienen. Cumplen su función de preservar al mundo de la venida de nuevos retoños, que ya sabe que para los verdes un nuevo hombre en la Tierra supone la llegada de un depredador más. Pero es que además no previenen la transmisión de enfermedades, lo que no deja de tener su aquél. Greenpeace cree que el hombre se ha extendido por el planeta como una plaga. Y ya sabe lo que hay que hacer con ellas…

Quizá propuestas como éstas quiera decir que los ecologistas están en ciertos aspectos en claro retroceso, porque tradicionalmente han sido más expeditivos. Paul Ehlich, entomólogo y santón del ecologismo, proponía "métodos coactivos" para el control de la población, si los voluntarios fallaban. Stewart M. Ogilvy, presidente de honor de Amigos de la Tierra, era incluso más claro: "Si los frenos menos estrictos sobre la procreación fallan, algún día quizá tener hijos merezca ser un crimen punible contra la sociedad, a no ser que los padres tengan una licencia del Gobierno. O quizás todos los padres potenciales deberán ser forzados a utilizar anticonceptivos químicos, con antídotos en manos del Gobierno para que elija quién puede tener hijos". Prefiero que se queden en propuestas como las bragas de esparto o los preservativos de tripa de cordero.

Malthus y la huella ecológica

La base de las protestas ecologistas es casi siempre malthusiana. Los hombres siempre estaríamos consumiendo más de lo posible, con consecuencias desastrosas. Si Thomas Malthus puso su atención en la producción de comida, que estaría siempre por debajo de las necesidades humanas y, por tanto, limitaría su crecimiento, los ecologistas modernos se han centrado en todo tipo de recursos, desde el petróleo hasta la tierra cultivable.

Una de las últimas modas consiste en hacer un test para averiguar nuestra "huella ecológica". Según uno de ellos, para mantener mi nivel de vida consumo 4,3 hectáreas (la media española sería de 4,7) y para que todos los habitantes de la Tierra pudieran vivir como yo harían falta 2,4 planetas. Está basado en una medida harto discutible que "traduce" todos los tipos de consumo a áreas, de modo que "ocupemos" no sólo la zona en la que vivimos, sino el terreno necesario para darnos de comer, los recursos energéticos que consumimos e incluso el área de bosque necesaria para absorber el CO2.

No voy a preocuparme en discutir si la medida es buena o mala; parece bastante admitido que no es más que una aproximación que, de hecho, no puede ser precisa. No deja de ser curioso, eso sí, como los ecologistas caigan y hagan caer en la gente una y otra vez en la misma falacia económica, negando la posibilidad de un cambio tecnológico que, de hecho, sucede continuamente. Por ejemplo, la "revolución verde" ha permitido multiplicar nuestra producción agrícola incrementando el suelo cultivado en sólo un 2% desde 1950. Sin embargo, si hubieran inventado esta medida de "huella ecológica" antes de los años 60, la producción alimenticia hubiera cubierto el número de hectáreas necesarias para darnos de comer con la tecnología agraria antigua. Hemos reducido de hecho nuestra huella en la alimentación desde entonces comiendo cada vez más; la tecnología lo ha hecho posible.

Lo mismo sucede con otros recursos como los energéticos. El enorme desarrollo que disfrutan China y la India ha producido, por ejemplo, un gran encarecimiento del petróleo. Eso ha provocado que se comiencen a emplear fuentes cuya extracción no era anteriormente rentable, como las arenas bituminosas de Canadá, y las compañías hayan buscado y encontrado otros lugares donde extraer petróleo.  Y es que, como argumentó Julian Simon, las "reservas conocidas" no son más que la cantidad total existente en las zonas que han sido estudiadas y parecen prometedoras con las técnicas de extracción actual. Así, Exxon asegura que el abastecimiento está asegurado hasta 2030 "y más allá".

Por último, hay que recordar que el precio es precisamente medida de, entre otras cosas, la escasez. En el momento en que cualquier recurso se hace relativamente escaso con respecto a la necesidad que tenemos de él se encarece, reduciendo automáticamente nuestro consumo y obligándonos a economizar. Se crea así un enorme incentivo para que inventores y empresarios pergeñen nuevos modos de hacer lo mismo empleando menos cantidad de ese recurso. Como dice el economista Jesús Huerta de Soto, "el descubrimiento, por ejemplo, de un carburador que duplique la eficiencia de los motores de explosión tiene el mismo efecto económico que una duplicación del total de reservas físicas de petróleo".

El concepto de huella ecológica se utiliza para atacar ideológicamente a las sociedades libres desde dos frentes distintos. Por un lado, olvidadas ya por absurdas las tesis marxistas de explotación del proletariado y las leninistas de explotación del Tercer Mundo (pues éste ya ha demostrado en Asia que puede enriquecerse haciéndose capitalista), ahora se impone el concepto de deuda ecológica; las sociedades prósperas estarían haciéndose ricas a costa del planeta y de los países pobres, a los que estaríamos esquilmando sus recursos. Por otro lado, intenta imponer la idea de que nuestro desarrollo es imposible de sostener porque la Tierra no da más de sí, facilitando la imposición de medidas que lo coarten.

Evidentemente, cada uno es libre de hacer el test de su huella ecológica, preocuparse y reducir su consumo. No veo motivo alguno para censurar esa actitud; los bienes y servicios que nuestra sociedad provee no son obligatorios, que se sepa. El problema está en que el ecologismo no sólo pretende concienciarnos para que cambiemos nuestro modo de actuar, sino utilizar el Estado para que nos obligue a hacerlo, como ejemplifica el protocolo de Kyoto. Es ahí donde conceptos como la "huella ecológica" dejan de ser entretenidos esfuerzos moralistas basados en un concepto del mundo estático e irreal para convertirse en un peligro para nuestras libertades más básicas.

Las tiranías del petróleo

Explicaba, además, cómo cada subida del precio del petróleo ha convertido a un simple demagogo en una fuerza destructora en el continente, y cómo a cada caída le ha seguido el recurso a la inflación y la expropiación para financiar sus crecientes gastos. Si el barril se mantiene por debajo de 40 dólares durante más de año y medio, seguía, Chávez lo tendría difícil para mantenerse en el poder.

En Washington han debido de hacer el mismo análisis, pero no tienen la paciencia de esperar a ver la evolución del crudo. Hace poco más de un año Bush ya hablaba acabar con la "adicción al petróleo" y ahora, en su visita a Iberoamérica, ha acordado con Lula desarrollar conjuntamente los biocombustibles como alternativa.

A corto plazo quizá sean convenientes este tipo de medidas, aunque yo tengo mis reservas. Pero a largo plazo no serán necesarias. Con el petróleo ocurre como con la mayoría de los bienes: a medida que corre el tiempo, su presencia en la economía es menor. Para que se hagan una idea, el peso de las materias primas en la economía estadounidense, de las que el petróleo es una parte, ha pasado del 50% en 1890 al 13% en 1957 y al 3,7% en 1988. Los países productores de petróleo tendrán cada vez menos peso en la economía mundial, si no dan el paso de transformarse en complejas economías capitalistas.

Para los dictadores vivir de una materia prima tiene una ventaja: no necesitan a su propio pueblo para alimentar las arcas del Estado, mientras que si se nutre de los impuestos tiene que tenerle en cuenta. Las tiranías del petróleo todavía tienen mecha, pero su era pasará a la historia.

Jane Goodall: experta en chimpancés, ignorante sobre humanos

La prestigiosa primatóloga Jane Goodall acaba de publicar Otra manera de vivir, donde propone una "revolución civil" contra la comida basura, el maltrato a los animales y el grave deterioro del medio ambiente. Suena muy bien no maltratar a los animales, y deteriorar el medio ambiente parece peligroso (cabe preguntarse si está sucediendo y qué hacer al respecto); no conozco en cambio a nadie que consuma comida basura, que es un término idiota con el cual algunos intolerantes se refieren despectivamente a lo que otros comen.

Goodall es una idealista que sueña con lograr que su proyecto educativo para concienciar a la gente joven sobre la conservación de la naturaleza se extienda por todo el mundo. Está convencida de que podemos aprender mucho analizando comportamientos que compartimos humanos y chimpancés, lo cual es cierto pero muy incompleto: tal vez podamos aprender mucho más estudiando las diferencias. Sus declaraciones muestran que es muy necia cuando se sale de su especialidad.

"Los chimpancés pueden ser muy agresivos, pero la diferencia es que ellos no destruyen su medio ambiente". Lo cual debe querer decir que los humanos destruimos nuestro medio ambiente. Es más correcto afirmar que lo transformamos, y toda modificación implica destruir algo y crear algo nuevo, recombinar elementos, construir. Si se destruye algo intencionalmente es porque compensa lo que se consigue a cambio. Naturalmente toda acción produce residuos o contaminantes, pero estos pueden tratarse adecuadamente utilizando adecuadamente los derechos de propiedad. Si los chimpancés no alteran más su medio ambiente es porque no pueden, porque su capacidad de actuación es muy limitada en comparación con la humana, y no porque sean sabios que mantienen conscientemente un equilibrio natural.

El problema es que somos inteligentes, pero hemos perdido la sabiduría. Es muy importante hacer esta distinción. La pregunta que debemos hacernos es: ¿cómo es posible que la criatura con el cerebro más sofisticado del planeta, que le ha permitido viajar a la Luna, construir catedrales y componer música bellísima, sea capaz de destruir el único hogar que poseemos? ¡No tenemos otro! El gran biólogo Ed Wilson dice que si todo el mundo adquiriese el nivel de vida de los países ricos, necesitaríamos tres o cuatro planetas nuevos. Pero evidentemente no los tenemos, sólo tenemos éste. ¿Qué pensarán nuestros tataranietos de nosotros si continuamos destruyendo todo, por culpa de nuestra insaciable avaricia y egoísmo?

¿Somos tan memos e insaciables que lo destruimos todo? ¿Lo que queda destruido luego lo redestruimos y así sucesivamente? Efectivamente Goodall misma muestra que ella ha perdido la sabiduría, o quizás no la ha tenido nunca. El principio de autoridad es epistemológicamente nulo, y las afirmaciones de Wilson muestra que él es también profundamente ignorante en cuestiones económicas. Muchos biólogos olvidan que el ser humano no es un simple depredador que consume lo que la naturaleza le da; los humanos producen de forma activa, hace tiempo que dejaron de ser recolectores y cazadores para hacerse agricultores y ganaderos. La riqueza no está dada, sino que se crea, y los precios en un mercado libre sirven para gestionar la escasez de recursos de forma coordinada. Nuestros tataranietos seguro que serán unos desagradecidos (la juventud siempre está peor que nunca) pero les habremos dejado tal acumulación de capital que serán mucho más ricos que nosotros.

Aunque Goodall reconoce que el buen salvaje es un mito, ella misma lo reproduce y desvaría cuando se pone sensible y mística. "Basta pensar en los pueblos indígenas que sí respetaban el medio ambiente y que sentían auténtica reverencia por la vida. Aunque cazaran para comer, rezaban una oración por el espíritu del animal. Lo que ocurre es que si tienes un cerebro tan sofisticado y astuto como el nuestro, pero lo desconectas del corazón –en el sentido literario del corazón como la sede del amor y la compasión–, entonces lo que surge es una criatura muy peligrosa. Y eso es lo que somos ahora mismo."

Goodall cree que podemos recuperar la capacidad para la solidaridad, porque conoce "a muchas personas que tienen esa sabiduría. Los movimientos que luchan contra las grandes corporaciones, que luchan para erradicar la pobreza, y para lograr una verdadera justicia ambiental." ¡Qué malignas son las grandes corporaciones! Normal, si están constituidas por peligrosos seres humanos. Lo de la justicia ambiental tendrá que aclararlo un poco más.

Los chimpancés no provocan una sobrepoblación de su entorno. Esto es muy importante, es uno de nuestros problemas más graves: el imparable crecimiento de la población humana. Es algo totalmente insostenible, al igual que la expansión económica sin frenos. Los chimpancés sólo tienen una cría cada cinco o seis años, así que no tienen problemas de sobrepoblación. En segundo lugar, aunque pueden ser muy violentos, también tienen una gran capacidad para el amor y la compasión, e intentan resolver sus problemas rápidamente. No les gusta la tensión, y se les da muy bien resolver sus conflictos. Pero quizás lo más importante que he aprendido de ellos es la importancia de tener una buena experiencia formativa en los primeros dos o tres años de la vida. Se ve muy claramente la diferencia entre los chimpancés que tuvieron buenas madres que les dieron mucho afecto y los que tuvieron madres ariscas y crueles. Al mismo tiempo, las cicatrices emocionales que puede dejar la pérdida de la madre, o una muy mala experiencia durante la infancia, se pueden percibir perfectamente en los chimpancés. Y esto es algo que también dicen los psicólogos sobre los niños humanos. Creo que hoy, especialmente en el mundo occidental, muchos niños no están recibiendo el cariño y afecto maternal que necesitan, debido a la incorporación de la mujer al mundo laboral y el deterioro de muchas familias.

Los chimpancés no se reproducen más porque no pueden, no porque planifiquen su procreación. El crecimiento de la población humana no es ningún problema (incrementa la extensión de la división del trabajo), y no sólo no es imparable sino que se está parando ya (la cultura, propia de los humanos, tiene mucho que ver). La población humana y el crecimiento económico son sostenibles si las instituciones sociales se basan en la libertad y no en la coacción colectivista. Y efectivamente la educación y las emociones son muy importantes: somos mamíferos familiares, hipersociales, afectivos y altriciales (muy dependientes al nacer).

Teniendo en cuenta que en la sociedad moderna, las mujeres tienen que trabajar, si queremos dar a los niños los cuidados que necesitan en los primeros años de su vida –algo crucial para el futuro de nuestra especie–, tenemos que buscar una buena alternativa. Una buena guardería no está mal, pero no es lo mismo que tener relaciones de afecto y confianza con unos pocos adultos. Me gusta más la idea de comunidades de vecinos que se organizan para cuidar de sus respectivos niños.

¿Qué es eso de que las mujeres tienen que trabajar? ¿Alguien las obliga por la fuerza? ¿O es que somos tan tontos que, aunque cada vez somos más ricos y productivos, no podemos permitirnos que las madres cuiden de sus hijos sin dedicarse a otras cosas? ¿No será el parasitismo estatal lo que hace que muchas familias necesiten dos sueldos para mantenerse? Al menos Goodall no pretende imponer ningún sistema de cuidado infantil, pero sus preferencias son algo ingenuas: ya no vivimos en tribus donde todo el mundo se conoce y se comparten tareas (la gente es libre de intentarlo pero no suele hacerlo).

"Yo sí creo en el alma, aunque no lo digo como un hecho científico, sino como algo que yo sentí cuando viví en la jungla de África. Pero no es algo exclusivo al ser humano; creo que todos los seres vivos tienen una chispa de vida, un poder misterioso que les permite estar aquí sobre la Tierra." Alguien debería explicarle a esta señora principios como lo autocatálisis, la autopoyesis, la autoorganización espontánea, que son complejos pero no tienen nada de misterioso. Queda muy poético lo de la chispa de la vida, pero ya suele utilizarlo una perversa gigantesca corporación del sector del refresco.

"En mi caso, mi trabajo con chimpancés ha supuesto una comprobación diaria de la teoría de la evolución, así que para mí no puede existir la más mínima duda sobre la validez de las ideas de Darwin. Pero al mismo tiempo, para mí esto nunca ha sido incompatible con la creencia en Dios, un Dios que no sé definir, pero que siento como un poder mayor que nosotros. Para mí, esto no es incompatible con la ciencia. Puedes asumir perfectamente que el Big Bang fue el origen del Universo, pero, al mismo tiempo, plantearte qué es lo que inició ese proceso." Es muy típico del misticismo creer en algo que no se sabe qué es, y es posible plantearse científicamente lo anterior al origen del Universo sin meter a ninguna divinidad poderosa por medio.

"Aunque los chimpancés comen carne, sólo constituye un 2% del total de su dieta, que es muy poco. Nosotros comemos demasiado y la queremos barata, lo cual explica en buena medida la epidemia de obesidad en el mundo occidental. Por otra parte, como explico en mi nuevo libro, el consumo elevado de carne es, probablemente, lo que más amenaza el futuro del planeta, porque cuanta más gente come carne, más zonas se deforestan para cultivar el grano que alimente al ganado." Si los chimpancés no comen más carne tal vez es porque no pueden, no porque se preocupen por seguir una dieta equilibrada. Conceptos como mercado, empresarialidad, beneficios, le son completamente ajenos, pero qué bien suena lo de criticar la deforestación sin aclarar por qué son preferibles los árboles a las gramíneas.

Si existiera la reencarnación, a Goodall le "encantaría volver a la vida transformada en un pájaro, porque siempre me ha parecido que ver el mundo volando libre desde las alturas debe ser una experiencia insuperable. Pero sólo me gustaría reencarnarme en un animal si el mundo cambiara primero, porque en estos momentos cualquiera de las criaturas que me gustaría ser probablemente lo pasaría muy mal, por culpa de la crueldad que sigue predominando." Hay que ver qué malos somos: avaros, egoístas, crueles, insaciables. Qué bonachona parece sin embargo esta bien intencionada señora: algo no encaja.

El futuro del chavismo

Habida cuenta de que la tercera parte de la renta nacional venezolana y alrededor de la mitad de los ingresos gubernamentales proceden del petróleo, no hace falta ser un lince para adivinar que la suerte de Hugo Chávez –como ocurrió con la de sus predecesores– está en manos del precio del crudo. Cuando Hugo Chávez llevó a cabo su primera intentona golpista (febrero del 92), el oro negro venía de perder el 50% de su cotización en poco menos de un año y medio. Cuando ganó las elecciones de 1.999, el barril de petróleo no alcanzaba los 15 dólares.

Desgraciadamente, desde que Chávez llegó al poder, el petróleo ha multiplicado su precio por cuatro. Tal aluvión de dólares ha convertido a lo que no hubiese pasado de ser un demagogo iluminado en un peligroso megalómano con recursos suficientes para influir decisivamente en toda América Latina. El grifo petrolero ha permitido en el último par de años sufragar las elecciones de Evo Morales en Bolivia, Daniel Ortega en Nicaragua y, recientemente, Rafael Correa en Ecuador, amén de haber estado a un paso de colocar a López Obrador y a Ollanta Humala como mandamases de Méjico y Perú, respectivamente; los petrodólares de este antiguo militar golpista engrasan una inmensa maquinaria de agit-prop por todo el mundo y hasta aspiran a prolongar el castrismo cuando el tiranosaurio ya ha enfilado el camino del cementerio.

El cuadruplicado precio del oro negro también ha permitido la política de “pan y circo” con la que apuntalar la base social y electoral del chavismo, costear las milicias roji-pardas “bolivarianas” y hasta dar viabilidad por un tiempo a los controles de precios que Chávez decretó en 2003 (subvencionando a productores, financiando importaciones…).

Pero Chávez es también esclavo de sus gastos. Cada vez que el petróleo baja de precio, las cuentas dejan de cuadrar. El gasto chavista pasa a financiarse con una mezcla de inflación monetaria y oleadas de expropiaciones. Hasta ahora tal cosa sólo ha ocurrido en contadas ocasiones. La primera caída significativa en el precio del petróleo coincidió –no por casualidad– con el apogeo de la rebelión cívica contra el chavismo (2001-2002). Chávez decreta el control de precios a principios de 2003 para aparentar “combatir” la inflación por él creada y de paso tener a quién culpar cuando los desabastecimientos se produzcan. Pero la imparable subida del petróleo a partir del 2003 llega en su auxilio. Chávez no sólo logra salvar la cabeza y tapar huecos, sino tener millones y millones que distribuir y despilfarrar.

La segunda corrección de importancia se ha producido en los últimos seis meses en los que el barril ha caído desde los 75 a los 50 dólares (adviértase que el gráfico incluye, asimismo, predicciones para la primera mitad del 2007 que el lector hará bien en pasar por alto, pues son poco más que un ejercicio de adivinatoria). De nuevo, se ha puesto en marcha la consabida combinación de envilecimiento monetario y zarpazos expropiadores. Chávez vuelve a estar en apuros y si el petróleo no llega en su ayuda nuevamente, sus políticas socialistas tan sólo servirán para acelerar el colapso completo de la economía.

¿Mi vaticinio? Hugo Chávez Frías difícilmente resistiría en el poder en el caso de que el barril de petróleo se mantuviese por debajo de los 40 dólares durante más de año y medio. Si tal cosa sucederá o no es algo que sólo el futuro nos aclarará.

El especismo, la última frontera de la estupidez

Hay una regla de oro en política que nunca falla: toda estupidez no sólo es susceptible de ser superada sino que, en la práctica, es siempre e inevitablemente superada. Lo vemos a menudo entre los que viven de ella, y si no van más allá es porque pisar el acelerador pondría en entredicho la paga del mes. Entre los que se dedican a teorizar en universidades y ONGs, en cambio, la cosa cambia. Si el discípulo no supera al maestro en desvarío y chifladura ni uno es discípulo ni el otro maestro.

Cuando creía haberlo visto todo en cuanto a servilismo, ideas descabelladas y modos de perder el tiempo a costa de los demás, me he encontrado con una corriente de "pensamiento" que deja en la cuneta todo lo que ha pasado delante de mis ojos en los últimos veinte años. Se trata del especismo, un "ismo" idiota a añadir a otros tantos, que, de puro extravagante que es, me ha llamado tanto la atención que me he informado de qué y contra quién va.

Fue creado por un psicólogo británico llamado Richard Ryder en la década de los setenta y consiste en la creencia de que todas las especies, bueno, no todas, sólo las animales, son iguales y están dotadas, por lo tanto, de los mismos derechos. Debidamente hilvanada la teoría sobre un principio tan absurdo, el psicólogo concluyó que los perros, los gatos o los chinches de los colchones son exactamente lo mismo que los seres humanos y como tal hay que considerarlos. Quien no comulgue con esto es algo parecido a un racista. Así de simple.

Sin entrar en cuestiones obvias, como que se debe tratar a casi todo el reino animal con respeto y del modo más humano posible, la especie (y nunca mejor traído un sustantivo) que Ryder y sus epígonos propagan es una soberana estupidez. Lo es porque la vida humana vale mucho más que la de cualquier animal, y en esto no creo necesario recurrir a teoría ni escuela de pensamiento alguna sino que al más elemental sentido común, que es de lo que andan ayunos los especistas.

Por desgracia, nuestro mundo no es un lugar donde la razón impere siempre. Los especistas se han hecho hueco y sus irracionales soflamas impregnan buena parte del movimiento ecologista. Pretenden, por ejemplo, que dejemos de comer carne (los que podemos, claro) para integrarnos en su dieta vegetariana o vegana, que es una variante pero absteniéndose hasta del queso. Hace unos años los especistas más bizarros, que se agrupan bajo una asociación cuyo nombre tiene ciertas connotaciones narcóticas: PETA, lanzaron una campaña que decía, textualmente, "Holocausto en su plato" haciendo referencia a la afición que muchos tenemos de comer pollo frito. No entro en la banalización del verdadero holocausto, pero sí en lo desmadrado del eslogan, propio de gente que no está bien de la cabeza.

Pretenden también proscribir la caza, la pesca y que dejen de criarse animales para consumo humano. No se plantean que muchas especies existen precisamente por eso, porque las consumimos, de ahí que tengan su supervivencia garantizada mientras la especie humana esté sobre la Tierra. Tampoco se plantean que una dieta rica debe ser completa y no sólo a base de vegetales. No tienen en cuenta que millones de personas viven de la industria alimentaria y gracias a la industria alimentaria. Y, por supuesto, en ningún momento piensan que cada uno come lo que le viene en gana cuando le viene en gana, siempre y cuando no termine en su plato un semejante, es decir, un ser humano. Porque esta es la madre del cordero. Los seres humanos no somos iguales que el resto de los animales. Estamos por encima en la escala evolutiva. Creo que eso debería ser suficiente, aunque lo reconozco, explicar algo tan básico a los de PETA puede ser tarea imposible.

La Contrarrevolución verde

"El mapa del hambre hoy corresponde al mapa de las ideologías erróneas".
M.S. Swaminathan

Desde hace más de 9.000 años, los hombres sedentarios han ido introduciendo, mediante continuos ensayos de cruzamiento y selección, mejoras en sus cultivos para que fueran lo más productivo y resistente posible a las plagas o las enfermedades. Pese a ello, las recurrentes hambrunas fueron, desgraciadamente, una constante en casi toda la historia de la humanidad. Sólo a partir de los tímidos avances de los siglos XVII y XVIII la hambruna generalizada fue progresivamente disminuyendo en Europa, lo cual permitió el aumento permanente de su población.

A partir de la segunda mitad del siglo XX se dio un salto cualitativo verdaderamente importante con la llamada "Revolución verde" que supuso la introducción de espectaculares mejoras en las variedades de semillas de importantes cultivos tradicionales, que son la base alimenticia de una buena parte de la humanidad (arroz, trigo, mijo, soja o maíz). En México destacaron las investigaciones del científico estadounidense Norman Borlaug, y en Asia fueron sin duda las del agrónomo M. S. Swaminathan. Con la puesta en práctica, no sin dificultades, de estos avances en las técnicas agrícolas se pudo alimentar y evitar la muerte por inanición de millones de seres humanos, especialmente en el llamado Tercer Mundo.

Esto contrasta vivamente con lo acaecido en China entre 1958 y 1962 durante el Gran Salto hacia… "Atrás": más de 30 millones de chinos perecieron de hambre por la brutal revolución agrícola planeada centralmente por Mao para mayor "gloria" del comunismo. Esta errónea decisión planificada provocó más de la mitad de víctimas de toda la Segunda Guerra Mundial. Los críticos del libre mercado deberían meditar bien sus palabras cuando hablan de la necesidad de frenar un supuesto "capitalismo salvaje" mediante "deseables" medidas coactivas adoptadas centralizadamante desde cualquier poder.

A diferencia de esta salvajada maoísta, la Revolución verde, pese a contar con el apoyo e iniciativa gubernamentales de numerosos Estados, fueron paulatinos cambios propuestos, nunca impuestos; es decir, los agricultores podían elegir entre cultivar o no esas nuevas semillas. Esta Revolución verde se topó, no obstante, con la creciente oposición de los llamados ecologistas "verdes" que empezaron a hacerse oír allá por los años 60 (sus primeros gurús fueron Rachel Carson o Paul Ehrlich) y que la acusaban de fomentar cultivos que necesitaban mayores cantidades de fertilizantes y pesticidas, de desplazar con sus innovaciones las variedades autóctonas y de dañar la biodiversidad. A esta Contrarrevolución verde se le unieron las protestas de comerciantes de semillas tradicionales y la resistencia de los agricultores habituados a sus prácticas ancestrales. Algunos gobernantes se dejaron convencer por estos verdes contrarrevolucionarios.

A la postre, la Revolución verde triunfó en aquellos lugares donde se dieron las mínimas condiciones favorables para que el agricultor pudiera obtener mayores beneficios por su esfuerzo en adoptar esas innovaciones, lo que supone un entorno pacífico y el respeto de la propiedad privada (en cualquiera de sus formas). Sólo hoy persiste el hambre en aquellos lugares donde se han impuesto utopías mortíferas de colectivización de la tierra (China de Mao, Etiopía, Tanzania, Ghana, Zimbabwe, Corea del Norte, etc.) o bien donde hay guerras incesantes y/o estados que han vampirizado la sociedad civil destruyendo la estructura productiva del país (Mozambique, Tanzania, Uganda, Somalia, Etiopía, Sudán, El Chad…).

Allí donde se dejó al agricultor obtener ganancias pacíficamente (tras años de uso de estas innovaciones, pese a sus opositores) el balance es de verdad contundente: se ha "revolucionado" la producción agrícola y se ha conseguido la seguridad alimentaria de crecientes poblaciones de países enteros (China actual, India, Pakistán, Indonesia, Filipinas, México, etc.).

Pero hay más: Borlaug y muchos otros genetistas están convencidos de la necesidad de una revolución permanente, precisamente para mantener el aumento constante de la población, no sólo con nuevos fitomejoramientos sino con las aportaciones de la biotecnología iniciadas en la década de los 80 mediante organismos genéticamente modificados (OGM) u organismos a los que se les ha añadido genes de otras especies (transgénicos). Lo que indefectiblemente se ha topado de nuevo con la Contra pertinaz de los verdes que intenta acrecentar los temores medioambientales y nutricionales que toda globalización del ingenio humano acarrea, logrando imponer (a través de su alianza con los estados) perjudiciales legislaciones restrictivas inspiradas en el paralizante principio de precaución. Hablemos claro, estos verdes no soportan que algunas multinacionales, como Monsanto, Aventis, Novartis, Basf o DuPont, hagan beneficios con los OGM por cubrir mejor las necesidades alimenticias de numerosas personas. Con estas innovaciones es ya viable el aumento exponencial de población. A pesar de esta buena noticia, el híbrido "ecomaltusiano" (o la "multitud anti-ciencia", según calificación del propio Borlaug) va a mantener una dura batalla ante este insospechado avance.

¿Por qué será que esta Contrarrevolución verde me suena ya a contiendas pasadas contra las semillas de Borlaug o de Swaminathan? Esperemos que, de nuevo, se gane finalmente esta batalla ideológica a los contras del progreso y del mercado. No es una broma, está en juego la supervivencia de muchos millones de seres humanos.

Cuando la ciencia es un invitado incómodo

Su llegada ha coincidido con la presentación del primer informe del IPCC de esta Cumbre del Clima. El primero de ellos es el resumen para políticos, escrito también por políticos: delegados de centenar y medio de países han escogido lo que más les interesaba del informe científico preliminar y con ello han elaborado su mensaje: "El calentamiento global es culpa del hombre, pero por fortuna estamos nosotros para salvarle y redimirle".

Lo característico del caso es que, según está previsto en el IPCC y ha ocurrido en las anteriores cumbres, está previsto que el informe científico definitivo, en lugar de recoger sólo las conclusiones de los científicos, se tenga que adaptar a las que se han escrito para el resumen. De este modo se da la paradoja de que los políticos dicen seguir las desinteresadas consideraciones de los científicos, cuando son éstos los que se tienen que adaptar a los primeros.

El problema está en que la ciencia no tiene una opinión unívoca sobre la medida en que se esté produciendo el calentamiento de nuestro planeta, y mucho menos sobre la medida en que el hombre esté contribuyendo a ella. Por ejemplo, en el borrador del informe científico, antes de que se adapte en su redacción final a los caprichos de los políticos, revoca lo dicho en el anterior, de 2001.

Las previsiones de subida del nivel del mar se han reducido a la mitad. Se reconoce que en el anterior informe se exageró el papel del hombre en el calentamiento en un tercio como mínimo. La Antártica no pierde hielo, de acuerdo con el informe, y en contra de lo afirmado en 2001.

Pero la política sigue su curso, imponiendo un esquema de racionamiento (Kioto) cuyo único efecto previsible es que nos hará más pobres. Ello dañará el mejor método que hemos encontrado para progresar y mejorar el medio ambiente al mismo tiempo: la apuesta por tecnologías a la vez más productivas y más limpias.

La ciencia al servicio de la política

El extraño mecanismo que ha servido para producir titulares alarmistas durante la última semana es digno de ser estudiado con más atención. El informe sobre el futuro del clima presentado en París no es un estudio científico sino un "resumen para políticos" que, desgraciadamente, también han hecho políticos. En concreto, los delegados de 150 países, que son los que han decidido qué entra y qué no entra en el mismo. Pero, eso sí, no esperen que los titulares de prensa y las noticias de la tele nos adviertan de ese pequeño detalle.

La mejor demostración de que el IPCC no es tanto un esfuerzo científico como político es el hecho de que lo primero en ser publicado es el resumen de y para políticos, basado en el segundo borrador del informe científico. Y la versión final del informe científico, según las propias reglas del IPCC, podrá ser cambiado ¡para ser consistente con el resumen político! O lo que es lo mismo, no importa lo que hayan podido decir los científicos, que es lo que decidan los políticos lo que finalmente va a misa. Nada nuevo bajo el sol de la ONU; pero precisamente porque la organización mundial funciona así, sus dictámenes deberían haber sido acogidos con un poco más de prevención.

Y es que no es la primera vez. Los científicos decían en el borrador del informe del IPCC de 1995 que "toda afirmación sobre la posible detección de un cambio significativo del clima permanecerá siendo controvertida hasta que las incertidumbres en la total variabilidad natural del sistema climático se hayan reducido". Y que "ningún estudio a la fecha ha establecido positivamente y atribuido todo, o parte del cambio de clima observado, a causas antropogénicas". Pero  el informe final, tras pasar por las manos de los políticos, concluyó que "el balance de las evidencias sugiere una discernible influencia humana sobre el clima".

Para defender las tesis del IPCC y acallar a los "escépticos" (sí, así, entre comillas; ser un científico que mantiene una actitud escéptica ha pasado ahora a ser pecado), los defensores del protocolo de Kyoto aducen que los científicos que están en desacuerdo con una parte grande o pequeña del IPCC lo hacen porque "están pagados" por las multinacionales, más en concreto ExxonMobil, que parece ser el origen de todos los males del universo, y de algunos más. Así pueden tranquilizar su conciencia sin tener que rebatir ni una sola de las objeciones científicas que éstos hacen.

Sin embargo, ya puestos en esa tesitura, ¿se creen acaso que los científicos que apoyan la teoría "estándar" del calentamiento trabajan gratis? Como afirma el socialista y físico francés Claude Allègre, detrás de los argumentos del IPCC hay mucho, muchísimo dinero; mucho más del que las "multinacionales" pondrán nunca sobre la mesa. Durante estos años, el alarmismo sobre el calentamiento global (ahora llamado cambio climático para poder echar la culpa al hombre también del frío) ha provocado una lluvia de millones sobre los climatólogos que, consecuentemente, han incidido en el alarmismo. Exagerar da dividendos. A no ser que caigamos en el absurdo de pensar que el dinero que proviene de unos altera necesariamente las conclusiones y el que viene de otros es imposible e impensable que produzca el mismo efecto. La ley del embudo aplicada al clima.

En todo caso, esto tampoco tendría tanta importancia si la excusa del calentamiento no se estuviera utilizando para, en palabras de Chirac, poner una primera piedra en la construcción de un gobierno mundial que restrinja nuestras libertades y las ponga a merced de los políticos. Si realmente fuera importante la concentración de CO2 en la atmósfera, se podría combatir con tecnologías ya existentes, como la energía nuclear, o con tecnologías en desarrollo, como las que permitirán extraer el dióxido de la atmósfera. Racionar el crecimiento económico no es el camino. Que se lo digan, si no, a Al Gore, que aún no nos ha detallado cuánto CO2 emiten los aviones en los que viaja por todo el mundo para exponer su evangelio.

No visitó la playa de Algeciras

Pero miren por donde, el asunto acabó gustándole al segundo de Clinton y al final ha hecho hasta una película y todo. No sólo eso; gracias a sus constantes desvelos por salvar al mundo, lleva una temporada siendo paseado bajo palio por medio planeta. La última escala ha sido en Madrid, donde su Alcalde le ha hecho los debidos honores. No importa que en el problema del calentamiento global no exista consenso científico sobre sus causas y, lo más importante, que no esté demostrada en absoluto la existencia de un origen antropogénico. Pero la realidad no importa. Si lo dicen los progres la derecha aplaude y contesta amén.

En la reciente huelga energética de cinco minutos para salvarnos de nosotros mismos, no fueron pocos los ayuntamientos e instituciones gobernadas por el Partido Popular que se sumaron a la fiesta apagando los ordenadores y las luces, con grave perjuicio para la actividad laboral de sus funcionarios, que a eso de las ocho de la tarde es prácticamente febril.

La ministra Narbona y ZP también están, faltaría más, encantados de escuchar los vaticinios apocalípticos del profeta clintoniano, y para ayudarle a sobrellevar su pesada carga han decidido comprar su película para enseñarla en los colegios (tendrán que arrancar a mis hijos de mis manos yertas si quieren que vayan a ver esa película de cine de terror).

Sin embargo no hay que comprar productos de Hollywood para despertar las conciencias infantiles. De hecho, tengo entendido que hay en Algeciras ahora mismo unos magníficos exteriores para rodar un documental sobre cómo resuelven las administraciones progresistas los desastres ecológicos, con un chapapote playero de lo más efectista. De forma incomprensible, a ese lugar no se acercan ni ZP, ni la ministra Calvo, ni la Narbona. Y luego querrán que los demás apoyemos el cine español.