Ir al contenido principal

Etiqueta: Recursos energía y medio ambiente

Demagogia Gore

En el lado de la ciencia podemos comprobar que IPCC reconoce que, en el informe de 2001, la influencia humana estaba sobreestimada y admite que, como decían los escépticos, la Antártica no está perdiendo hielo. Y es que nuestro conocimiento de la influencia sobre el clima de factores como el vapor de agua o la actividad solar es todavía muy limitado, al igual que lo son los modelos informáticos de predicción climática que preveían fuertes calentamientos en los dos polos.

De todo eso no nos habla Gore, porque la ciencia no parece interesarle tanto como el catastrofismo que otorgue carta blanca al intervencionismo político. Después de todo, eligió como asesor científico a un alarmista llamado Paul Ehrlich, que aseguró que, "antes del año 2000, unos 65 millones de norteamericanos" perecerían por inanición debido al sistema capitalista.

Gore intenta ocultar que existe un interesantísimo debate científico sobre el futuro del clima en la Tierra y las causas de sus cambios. Y, como no podía ser menos, ZP se ha apresurado a poner las mentes de nuestros escolares sobre el altar del fanatismo ecologista y adoctrinarles con el vídeo del ex vicepresidente. Lo cierto es que, más allá del importante debate científico, el mayor coste del Protocolo de Kioto está siendo el empobrecimiento de buena parte del Tercer Mundo, donde los recursos malgastados en Kioto perjudicarán el desarrollo energético en vez de paliar problemas como el sida o la malaria, que matan hoy a millones de personas.

¿De verdad alguien piensa que una posible subida del nivel del mar de 40 centímetros en cien años es más importante que producir energía en los países subdesarrollados o erradicar grandes lacras? En España, sólo el coste directo de los derechos de emisión supone, según Medio Ambiente, 1.953 millones de euros, 4,7 veces más del coste máximo prometido por Narbona para acallar las críticas a la aplicación del Protocolo. Eso sin contar con las distorsiones productivas que está provocando.

Y toda esta sinrazón, ¿para qué? Pues para casi nada, porque Naciones Unidas admite que, aunque todos los países cumplieran, la reducción de temperaturas que podría lograrse sería de tan sólo 0,07 grados centígrados. El colmo es escuchar a Eduardo Zaplana decir con orgullo que fue el Gobierno del PP el que firmó un irracional acuerdo de racionamiento que pone el techo de emisión por habitante en nuestro país en la mitad de países como Irlanda. Y es que la demagogia no sabe de partidos políticos.

El ecocomunismo llega a España

El ministro de Industria, Joan Clos, ya forma parte del selecto club social integrado por mandatarios de la talla de Hugo Chávez (Venezuela), Evo Morales (Bolivia), Fidel Castro (Cuba) o Robert Mugabe (Zimbabwe), entre muchos otros. Únicamente existe un requisito para poder ingresar en este exquisito grupo de visionarios: abrazar con firmeza y convicción las exitosas políticas derivadas de la nacionalización de recursos.

Los grupos ecolojetas, entre los que ya se puede incluir sin reparos al Ministerio de Medio Ambiente, prosiguen su fervorosa e incansable misión de alertar acerca del Apocalipsis que se avecina en caso de que los ciudadanos mantengan su abusivo, irracional e, incluso, inmoral consumo de recursos naturales. Los mensajes alarmistas no tardan en surtir efecto en las privilegiadas mentes de nuestros políticos que, raudos y veloces, corren a poner en práctica las medidas necesarias que nos pondrán a salvo de la terrible venganza de la Madre Naturaleza por nuestros irresponsables actos.

Así, el Gobierno baraja, entre sus muchas opciones legislativas, dado el enorme margen de maniobra que ofrece a nuestra clase dirigente el marco estatal, prohibir que los vehículos particulares circulen por el centro de las ciudades; imponer tasas fiscales más elevadas para gravar específicamente la compra de vehículos todoterreno y de gran cilindrada; crear artificiales mercados para la compra y venta de CO2 (ese gas tan peligroso, causante del cambio climático que sufre el plantea y que, sin embargo, expiramos a cada instante tras cada bocanada de aire. ¿Podría vender yo el mío?); expropiar cientos de kilómetros de costa para evitar la terrible especulación urbanística que azota, sin distinción, a todos los municipios del país y que, durante los años 60 y 70, posibilitó el nacimiento y posterior auge del turismo de sol y playa. Un sector muy poco productivo y de escaso peso en el conjunto de la economía española, como bien saben nuestros bien informados políticos, y cuya etiqueta aún arrastramos con indignación por el mundo adelante.

Y qué decir de la protección de nuestras especies. Todo esfuerzo es poco para no perturbar el hábitat de algunos privilegiados peces o aves migratorias. El temible impacto ecológico se ha convertido en una herramienta eficaz a la hora de evaluar la validez y corrección de importantes inversiones en capital o tejido empresarial. Véase sino el último episodio acaecido en Galicia, en donde Pescanova (empresa gallega, por cierto) se disponía a invertir más de cien millones de euros para levantar una de las piscifactorías más importantes y punteras del mundo. ¡Ah, no! Cómo permitir tal osadía, y convertir la hermosa Costa da Morte en algo más que rocas y agua… ¡En todo un centro industrial, ni más ni menos! "Que se vayan a Portugal". Y se fueron.

El último episodio de esta delirante tragicomedia es protagonizada por otro recurso natural, en este caso, vital para la vida misma: el agua. España tiene sed. Según la ministra verde, Cristina Narbona, el país sufre, por tercer año consecutivo, "la sequía más grave" de su historia. La reserva hídrica nacional se sitúa en torno al 55% de su capacidad, pese a haber vivido el otoño más lluvioso de los últimos diez años. Hay, pues, que hacer algo. Las iniciativas son diversas: subir el precio de las tarifas (intervenidas y extremamente reguladas, por cierto); fomentar, o más bien imponer a través de cuotas y sanciones fiscales, un consumo "racional" de los recursos hídricos. Pero, ¿qué es racional?, se preguntan algunos ciudadanos ingenuos. Pues lo que dicte como tal el Gobierno, quién si no. También impulsará el reciclaje y la desalinización del agua marina…

Pero eso no es suficiente. El Estado es un ente hambriento difícil de satisfacer. El Ministerio de Industria ha sido contagiado ante el cúmulo de exitosas iniciativas puestas en marcha en el ámbito de la gestión de recursos naturales y, puesto que el agua es un derecho del hombre, según la propia ONU, es demasiado valiosa para quedar en manos de la terrible propiedad privada. "Nacionalicemos", pues. Y dicho y hecho, el anteproyecto que estudia el Gobierno prevé confiscar la explotación privada de los manantiales. El sector del agua mineral se ha convertido en la nueva víctima de este modo de concebir la política.

Pero, ¿por qué alarmarse? Sí, es cierto que, de llevarse a cabo, el precio del agua embotellada se encarecerá… a lo mejor se pierden algunos miles de empleos, se reduce la inversión o decrece la calidad del producto. Pero, ¿qué implican tales nimiedades frente a la garantía que nos ofrece el Estado, dado que el agua subterránea y mineral pasa a formar parte de la exitosa propiedad pública? "Es de todos", alegrémonos pues.

Y si no, pregunten ustedes lo contentos y felices que están los cubanos, venezolanos, bolivianos, y tantos millones de ciudadanos en el mundo que ya han probado en sus carnes el dulce sabor de la nacionalización de recursos… En Bolivia y Zimbabwe fueron las tierras, en Venezuela, primero el petróleo y las minas, aunque pronto será el resto de la industria, en Cuba… todo lo demás, excepto el alma quizás. En España, el agua mineral, puesto que las cuencas hidrográficas ya son de titularidad pública. Bienvenidos, pues, al club de los nacionalizadores y expropiadores forzosos. ¡Enhorabuena! A veces, me congratulo de vivir en este país. Gracias Joan.

Películas Gore de vísceras climáticas

Los climatólogos predicen, con sus todavía limitados datos y modelos, que la temperatura media del planeta puede aumentar en torno a dos grados en los próximos cien años, debido en parte al crecimiento de la concentración atmosférica de gases de efecto invernadero por el uso de combustibles como petróleo, carbón y gas natural (además de cambios de usos del terreno y otras variables naturales como la actividad solar o los volcanes). Las predicciones de mayores incrementos no son realistas, pero se enfatizan para llamar la atención. Los climas locales pueden variar de formas diversas, pero el efecto general es que el incremento principal de la temperatura se produce en las zonas y momentos más fríos (latitudes altas, en invierno y de noche). Seguramente habrá más olas de calor, pero también disminuirán las olas de frío (¿por qué será que esto no se menciona mucho?) y se alargarán las temporadas útiles para la agricultura.

Se habla mucho de la temperatura, pero es un factor al que el ser humano se adapta con facilidad, como muestran las estaciones y los viajes entre lugares con climas distintos. Más importante es el régimen de precipitaciones, que tenderán a aumentar (más calor, más evaporación, más lluvias), aunque localmente puedan empeorar las sequías. El problema del agua, sin embargo, no es que no llueva, sino la falta de derechos de propiedad y un mercado para ella, que es lo que provoca el despilfarro agrícola y las peleas entre comunidades por recibir agua gratis o fuertemente subsidiada.

La incertidumbre es alta respecto a la incidencia sobre los fenómenos climáticos extremos (huracanes, inundaciones). Las aseguradoras alertan de los incrementos de los pagos por daños, pero estos se producen principalmente porque cada vez hay más riqueza asegurada. El crecimiento del nivel del mar será de unos pocos milímetros por año, sobre todo por expansión térmica (dilatación), y no tanto por fusión de hielo. No importa que el Ártico se derrita porque es hielo flotante: Groenlandia no está cambiando mucho y la Antártida tampoco. Un proceso tan lento y suave no es una amenaza terrible para la especie humana. Nada que ver con un tsunami.

Los ecologistas intervencionistas no parecen aceptar que el cambio climático puede tener efectos positivos. Los problemas los tienen las personas según sus circunstancias y valoraciones particulares, y algunos preferirán más calor y otros más frío. Si tuviéramos el poder de decidir el clima, ¿cómo debería ser? ¿Debería ser un delito alterarlo? ¿No hay agresiones más directas y serias?

Los progresistas suelen hablar de cambio y revolución, pero respecto al clima se transforman en reaccionarios: parece que casualmente vivíamos en un óptimo climático que no debemos alterar por ningún motivo, no importa el coste. A no ser que ese precio sea emplear la demonizada e incomprendida energía nuclear, momento en el que a muchos les puede la fobia e insisten en el viento (que sopla cuando quiere y no precisamente cuando hace falta) y el sol (que nos da mucha energía pero muy difusa) como fuentes de energía del futuro. Pero vivimos en el presente y aunque son técnicamente factibles aún son mucho más caras.

Para intentar cubrir el flanco económico recientemente se ha publicado el informe Stern, que ahora los ecolojetas repiten como un mantra: "1% de costes, 20% de beneficios". Se trata de un encargo político cuyo resultado final se consigue manipulando datos y modelos, o sea, haciendo trampas: exagerando los daños, minimizando los beneficios, minusvalorando la capacidad espontánea de adaptación (la no dirigida por los políticos) y, sobre todo, falseando las preferencias temporales de los individuos (preocuparse más por el presente que por el futuro lejano).

El ecologista escéptico Bjorn Lomborg (con quien Gore y muchos otros no se atreven a debatir) ya elaboró hace pocos años su proyecto de Consenso de Copenhague, en el cual prestigiosos científicos y economistas indicaron que evitar el cambio climático era el objetivo colectivo menos inteligente a intentar debido a sus enormes costes e inciertos y escasos resultados. Hay posibilidades más serias para ayudar a la humanidad como las enfermedades (malaria, sida), la pobreza, el agua potable, el hambre…

Los críticos de la moda ecologista solemos ser acusados de mercenarios a sueldo de oscuros intereses (tan negros como el petróleo y el carbón). Aparte de que es casi siempre falso, que fuera cierto no eliminaría la necesidad de rebatir los argumentos. Y conviene no olvidar que en esta campaña contra el cambio climático no sólo hay ingenuos moralistas empeñados en decirles a los demás cómo vivir (siempre consumiendo menos), también abundan los desvergonzados cazadores de rentas (subsidios a las energías renovables, regulaciones que dañen a la competencia, etc.).

Según Gore, "tenemos que preguntarnos cómo queremos que nos recuerde la historia. Si como los que fallamos y destruimos el planeta o como una generación grande que tuvo valor para hacer cambios difíciles". Megalómano como es, asume que la historia va a recordarle y vive para ello. Pero alterar el planeta no es sinónimo de destruirlo, que es bastante más difícil de lo que parece. Ya que menciona al futuro (nuestros hijos y nietos dan el toque emocional adecuado), conviene pensar que el crecimiento de la riqueza es tal que las generaciones futuras serán mucho más ricas que nosotros y les costará entender cómo tanta gente quería que los pobres actuales se sacrificaran en favor de los ricos del futuro.

También para el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, el cambio climático es "el reto más importante de la humanidad". Una lumbrera. Ya han propuesto a Al Gore para el Nobel de la Paz y el Príncipe de Asturias. Qué bajo han caído algunos galardones.

Los ordenadores siguen sin predecir el calentamiento

Sin embargo, los males que nos anuncian y que han sido aceptados acríticamente por los medios de comunicación, de izquierda y de derecha, no parece que estén sostenidos por el borrador del informe completo, puesto que lo que se ha publicado hace unos días no es más que el resumen para políticos hecho por políticos.

Pero, sobre todo, me preocupa como columnista en esta sección de Intenet el mal nombre que puede recibir la informática por el mal uso de los modelos computerizados como bola de cristal. Como ya indiqué hace cuatro años y medio en estas mismas páginas web (hay que ver cómo pasa el tiempo), los ordenadores no pueden predecir el calentamiento global. No piensan solos, por más que pueda parecer que están continuamente pergeñando formas de arruinarle a uno el día. Se limitan a realizar cálculos empleando los datos con los que se le alimenta en fórmulas matemáticas que se le han programado. Si los datos o las fórmulas son incorrectos, el resultado también lo será. Como es el caso de los modelos climáticos.

La climatología es una ciencia harto compleja, porque debe estudiar cientos de variables que interactúan entre sí de formas que desconocemos. Por ejemplo, el efecto directo del CO2 en la temperatura está más que estudiado y es algo en lo que no hay científico que yo conozca que esté en desacuerdo. Es bastante poco. Lo que sucede es que ese aumento en su concentración puede afectar a otros factores de múltiples maneras y no sabemos realmente cómo. De modo que se hacen modelos climáticos para simular "qué pasaría si" las hipótesis que tenemos son correctas. Si metemos los datos que tenemos y esas hipótesis y nos dice que el año que viene la temperatura media va a ser de -15ºC deduciremos que lo hemos hecho mal. Lo mismo si nos da 50ºC, a no ser que uno sea activista de Greenpeace. Pero, claro, los modelos de los que merece la pena hablar dan resultados más o menos plausibles. Y, sin embargo, fallan, porque no son más que hipótesis.

Tomemos, por ejemplo, los modelos con los que nos asustó la ONU en el año 2001. Predecían que en 2006 la cosa se habría calentado ya algo. Y resulta que no, que el aumento de temperatura ha sido de 0,03º, dentro del rango de error estadístico o, lo que es lo mismo, no puede decirse que haya subido. Tampoco predecían el enfriamiento que han sufrido los océanos desde 2003 y aseguraban que el nivel de los mares iba a crecer mucho más de lo que las mediciones muestran. Ni que la concentración en la atmósfera del metano, otro de los gases de efecto invernadero, iba a frenar su crecimiento a partir de 2001. Dicho de otro modo, los mejores modelos de hace seis años han fallado cual escopeta de feria. Pero no por culpa de los ordenadores, pobres.

Habrá que ver si los seis modelos del informe de este año superan la prueba. Los dos más catastróficos, y que por tanto son los que se emplean para los titulares de prensa, pueden darse ya por fallidos. Suponen que en 2100 seremos 15.000 millones de personas, un extremo que desmiente la misma ONU, cuyos demógrafos estiman que llegaremos como mucho a los 10.000 dentro de 40 años y luego la población empezará a descender. Pero fallan especialmente al no tener en cuenta lo más importante. Nadie sabe cómo será la ciencia y la tecnología en el año 2100. Lo más probable es que se rían de nuestra preocupación con el CO2 como nos reímos ahora de la honda preocupación que a principios del siglo XX se tenía con el aumento de los excrementos de caballo en las ciudades y sus posibles consecuencias en el 2000. Eso, se lo digo yo ya, no se puede predecir con ningún modelo informático.

¡A la rica naranja…!

La Unión Europea es una hidra socialista por múltiples motivos; uno de ellos, y de los más significativos, es la Política Agraria Común, la PAC, que suena como el CAC pero que, en lugar de censurar a los díscolos anticatalanes, se dedica a expoliar a los contribuyentes, sablear a los consumidores y arruinar al Tercer Mundo, para mayor gloria de nuestros cerdos, nuestras vacas, nuestros tomates, nuestras remolachas y nuestra naranjas. No nos olvidemos de la naranja, producto típicamente nacional y orgullo patrio desde que Naranjito nos representara, con inimitable clase y estilo propio, ante el resto del mundo.

Por fortuna para las naranjas, los naranjos, los naranjeros y alguna que otra plaga de gusanos, los muy honorables presidentes de Valencia y Murcia se reunieron en fechas recientes en Alicante para adelantar a Zapatero por la izquierda. ¿Qué digo por la izquierda? ¡Por la extrema izquierda! Preocupados por los excedentes de cítricos, Francisco Camps y Ramón Luis Valcárcel solicitaron a ZP que propusiera ante las autoridades comunitarias la prohibición de plantar nuevos cítricos en la UE.

Vamos, que estos melones pretenden prohibirle plantar un naranjo en su huerto porque les sale de las pepitas. No lo dicen así, claro; dicen que el mercado está saturado, que hay que reconvertirlo, racionalizarlo y reestructurarlo.

¿Pero qué mercado? ¡Si esto es peor que los planes quinquenales soviéticos! Es más, ¿cómo van a reestructurar lo que no entienden? ¿Dejaría usted que Camps o Valcárcel le hicieran una operación a corazón abierto? Entonces, ¿por qué dejar que nos gestionen la cartera y nos aren el huerto?

Si la gente está ansiosa por plantar más y más naranjos, eso quiere decir que el cultivo de naranjas sigue siendo rentable. ¿Cómo puede ser, se preguntará alguno, si el mercado está saturado y desbordado por una oferta que la demanda no puede absorber?

Bueno, pueden esgrimirse dos explicaciones: 1) que la gente es tan estúpida que no se da cuenta de que el mercado está a punto de saltar en pedazos; 2) que lo que los agricultores pierden en el mercado lo recuperan sobradamente gracias al Estado, esto es, a las ayudas directas, los precios mínimos garantizados, la destrucción de excedentes, los aranceles y las cuotas.

A pesar de que la gente no quiere más naranjas, el Estado es perfectamente capaz de exprimir nuestros ahorros para inyectárnoslas en vena. En lugar de permitir que los precios caigan a medida que aumente la producción, los políticos de la UE han apostado por los precios mínimos, medida que ha hecho que cada vez sean más, y no menos, los productores de ese bien.

Los políticos del PP y del PSOE, en España y en Europa, no entienden, no aprecian, no toleran el capitalismo. Viven a costa de los empresarios, de los trabajadores y de los inversores; sin pegar un palo al agua pero, eso sí, a nuestra costa.

¿Puede haber un espectáculo más bochornoso que subvencionar un cultivo para luego impedir que caigan los precios mediante la destrucción de los excedentes mientras parte de los habitantes del Tercer Mundo se muere de hambre porque, entre otras cosas, es prácticamente imposible exportar a Europa desde esa zona del mundo? Sí, ver a dos populistas brindando con zumo de naranja para pedir que se impida la plantación de naranjos. Defendamos, pues, la lectura quemando libros.

Si la saturación del mercado del cítrico les preocupara realmente, Camps y Valcárcel sólo tendrían que exigir el desmantelamiento de la PAC, para no tener que resolver ningún otro problema de desajustes productivos. Aunque quizá ésa sea la clave: si los burócratas no tuvieran problemas que solucionar, se quedarían sin trabajo.

Como buenos populistas, recurren a la demagogia provinciana, a la defensa de los intereses regionales, para tratar de arañar algún voto. Si Carod Rovira se envuelve en la cuatribarrada, éstos parecen vestirse con hojas de naranjo levantino. Pero no se engañen, el juego es el mismo.  

Lo ideal sería mandarlos a freír espárragos… o a que se bebieran el excedente de naranjas que ellos mismos han contribuido a crear defendiendo la PAC. Entre tanto, y antes de que se lo impidan, y aunque sólo sea por incordiar, ponga un naranjo en su vida…

Así en España como en Venezuela

Ese día la vicepresidenta De la Vega anunciaba nada menos que la nacionalización de los manantiales naturales de agua, convirtiendo en meras concesiones públicas por 60 años lo que era propiedad privada en toda regla. Es como si fuera a su casa y le dijera que a partir de ese momento pasa a ser del Estado, pero que no se preocupe, porque se la cede generosamente durante seis décadas.

Imagínense lo que supone este precedente. El Gobierno considera que un determinado tipo de recurso es “bien público” y que en consecuencia (como si una cosa implicara la otra) la hace suya. Puesto que no hay criterios objetivos para decir qué es un “bien público” y si los hubiera el Gobierno no se atendría a ellos (como es el caso del agua), el Ejecutivo puede declarar “bien público” a prácticamente cualquier cosa. Una vez dado ese paso, poniendo su decisión arbitraria como argumento, puede apropiárselo sin más. Es decir, que en cierto sentido la propiedad privada lo es hasta que el Gobierno decida todo lo contrario, prácticamente sin limitación alguna.

Es una decisión extraña, porque hay empresas que llevan más de cien años explotando privadamente sus fuentes de este mineral y distribuyéndolo a los consumidores de forma eficiente. ¿Qué necesidad hay de nacionalizarlas?

La función de la propiedad sobre la tierra o los recursos minerales es tan sencilla que es fácil olvidarse de ella o despreciarla, pero tiene una enorme importancia. Se trata de decidir cuál es el destino económico más conveniente, esto es: qué uso es el más adecuado, qué ritmo de extracción es necesario y qué precio refleja mejor el sentimiento del mercado.

Con la nacionalización de los manantiales nos acercamos un poco a Venezuela; a su calidad democrática y económica. Esperemos que el Gobierno no se sienta animado a lo Evo Morales, y no lleve la tentación nacionalizadora más lejos.

E.On, fascismo y campeones nacionales

Traducido al nacionalista paladino, el fascismo en economía se cifra en la expresión "campeón nacional". El asalto a Endesa comenzó como el intento de crear un campeón nacional catalán, controlado por la Generalidad desde La Caixa. El Gobierno de Zapatero apoyó la operación por compromiso político con el tripartito, aunque eso le obligara a incluir como ministro a Montilla. Claro, que Montilla venía con una deuda con La Caixa que el partido socialista no había tenido a bien pagar.

Desde el Gobierno se ha hecho de todo para sacar adelante la entrega de Endesa a La Caixa, vía Gas Natural, "como sea". Aún reunirse con Durao Barroso o saltarse a la torera las leyes que vienen "desde el corazón de Europa", como diría el cursi de ZP. Es claro que la aparición de E.On cambió el guión por completo, porque con la eléctrica alemana entraba un competidor con dinero en el bolsillo. Zapatero y Carod volvieron a presumir de su concepción nacional-fascista destacando el carácter español o catalán de Gas Natural, según uno u otro: la nueva empresa debía tener "matriz española" o la aparición de un competidor era "catalanofobia empresarial".

A la gente de a pie, que a diferencia de los políticos no puede manosear a las grandes empresas, lo único que le interesa es contar con empresas que hagan un buen servicio al mejor precio, y poder elegir una compañía rival si cree que va a mejorar. Es decir, lo que le conviene es la libre competencia sin que la política se inmiscuya. Por lo que se refiere al resultado final de las opas sobre Endesa, y viendo lo que hay, podemos decir que tenemos suerte de que E.On se haya llevado el premio, aunque haya tenido que pagar un buen precio, y es que el poder de este u otro Gobierno español sobre la empresa será mucho menor que sobre el fracasado "campeón nacional". Eso que hemos ganado.

Cosas del calentamiento global

Al Gore, por ejemplo, ha contribuido a la causa haciendo una película sobre este asunto en la que paradójicamente no aparece Mónica Lewinsky, la becaria de su ex jefe, que en materia de calentamiento es toda una autoridad.

Estos días se está haciendo más patente que nunca en la península el peligro evidente de esa "realidad científica" que es el aumento de la temperatura del planeta. Hoy he salido de casa bien temprano y nada más darme el airecillo mañanero en el rostro me he dicho aterrado, "coño con el calentamiento terráqueo, ya está aquí". Lo que pasa es que es un calentamiento digamos negativo, para que nos confiemos antes de la lluvia de fuego y el desbordamiento de los mares predicho por los centinelas de la Diosa Gaia.

El científico que más sabe de climatología por estos pagos, demuestra con datos que nada, o casi nada, de lo que nos cuentan los medios de comunicación sobre el cambio climático tiene una base real. Por ejemplo, con estos días cálidos que hemos disfrutado en enero, la tropa de agoreros ha visto demostrada su tesis de que el planeta se calienta. Sin embargo, la realidad es justamente la contraria, pues lo cierto es que desde 1990 la temperatura media invernal no ha hecho otra cosa que disminuir. Entre 1965 y 1990, en cambio, sí que se apreció un cierto incremento de las temperaturas mínimas en Europa y Siberia, pero entonces la izquierda estaba ocupada en buscar la playa debajo de los adoquines, leer el libro rojo de Mao y hacer la revolución sexual, con lo que la tragedia climática le pasó desapercibida.

A los que con la edad nos vamos volviendo un poco frioleros, nos vendría muy bien que el planeta se calentara un poquito. También iría muy bien para disminuir las enfermedades respiratorias durante los inviernos y para aumentar las cosechas en los veranos, como ocurrió en la fase cálida ocurrida en Europa durante la Edad Media. Quizás también un par de grados más de temperatura contribuyera a paliar la glaciación mental de los que se empeñan en que volvamos a las cavernas, aunque esto último no es seguro; hay hielos que se fosilizan y ya no hay quien los cambie de estado físico.

El gran salto de Julian Simon

Observo un gráfico que representa, a lo largo del último millón de años, la esperanza de vida de nuestra especie y sus antecedentes. El aspecto del mismo no es una curva, sino el de un perfecto ángulo de noventa grados, en que una línea horizontal, en torno a los 25 años, y otra vertical, hasta los 70, se cruzan en un punto que es prácticamente indistinguible del final del gráfico: el que marca el día de hoy. Es una imagen sorprendente, pero veo varias otras casi con el mismo aspecto. Con una perspectiva temporal mucho más cercana, pero aún amplia, de los últimos mil años, el volumen de la población mundial aumenta muy lentamente hasta el entorno del 1700, cuando la curva se empina casi con violencia. Si nos vamos a 20.000 años y a la tasa de crecimiento de esa población, nos encontramos con una curva que recuerda el primer gráfico descrito.

El punto de inflexión de estas y otras curvas que observo en el libro de Julian Simon The great breakthrough and it cause (renta per cápita, urbanización, productividad, densidad de población, número de revistas científicas, velocidad del transporte…) es siempre el mismo, un segmento del nuestra historia que se encuentra en el entorno de los siglos XVII y XVIII. Esta aceleración de la historia económica es lo que Simon llama The great breakthrough, que a falta de un mejor término traduciré como "el gran salto", y a cuyo estudio dedica este ensayo, editado póstumamente.

La tesis central de su ensayo es que "unas densidades de población mayores y una población total más amplia, en sociedades individuales y en el conjunto de la Tierra, fueron la condición necesaria para el progreso. La medida en que fueron condiciones suficientes dependía en el pasado en la naturaleza de las sociedades en aquél momento". En realidad es una tesis más amplia, ya que toma en consideración la combinación de tres elementos básicos: el total de la población, el acervo del conocimiento y en "nivel de vida", una expresión que, explicada más adelante por el autor resulta ser la riqueza o más bien el capital acumulado.

Simon reconoce que, a corto plazo y en una economía de subsistencia, el esquema de Malthus es válido. Pero que a medida que nos alejamos en la perspectiva temporal (y este ensayo lo hace hasta donde alcanza la historia y prehistoria humanas) y que nos encontramos en una sociedad más compleja (con una mayor población y división del trabajo) y con más capital, Malthus se hace más y más obsoleto. En la perspectiva de muy largo plazo, la población aparece, a entender de Simon, como "la única variable exógena" o la menos endógena del "gran salto", por delante de "la tradición, la estructura del Derecho y otras instituciones son variables endógenas en este modelo, junto con el nivel de vida, la tecnología y el subsiguiente crecimiento en la población".

En un primer momento, cuando la organización social es más primitiva y sencilla (en una tribu), el devenir depende sobremanera de las condiciones ecológicas. Pero a medida que el grupo social se hace más numeroso y complejo, van adquiriendo peso las instituciones sociales y el capital. De éste, Julian Simon considera que, pese a que está siempre acumulado sobre el que se heredó anteriormente, pero "el deterioro y la depreciación tiene lugar de un modo suficientemente rápido como para que lo acumulado pueda considerarse poco importante en el largo plazo. En consecuencia, no hay razones para creer que el stock de capital físico imponga una condición perdurable sobre el progreso futuro."

Lo que queda como principal acicate del desarrollo es la población, que llega a una masa crítica, en la que se produce el "gran salto" que es el objeto de estudio de este ensayo. Hasta el momento (entre los siglos XVII y XVIII), se produce un crecimiento principalmente extensivo, con episodios de ensayo de amplia división del trabajo, que logra aumentar de forma paulatina la población, hasta alcanzar ese punto en que su tamaño permite la gran transformación. En realidad, no es en sí y por sí la población, sino su combinación con el uso y la distribución eficaz del conocimiento y de la tecnología, nos dice el autor, pero siempre con el volumen social como principal determinante.

Por supuesto que, episódicamente y como parte de los avatares históricos, el armazón institucional hace que en ciertas sociedades (Cuba, Zimbabue, Corea del Norte…) el crecimiento se detenga o que se destruya riqueza. Pero la introducción de cambios políticos e institucionales es una cuestión contingente, que llevará a pasos adelante y atrás, mientras que el contexto en que se producen estos cambios, que es la de una población muy numerosa y una división del trabajo muy amplia y profunda, no tiene vuelta atrás. Y, pues los países que vuelven a las instituciones liberales recuperan con prontitud su tendencia al crecimiento, en cierto sentido el progreso económico y social está "garantizado", así, entre comillas, como lo escribe el propio Simon.

El libro está muy bien armado tanto estadísticamente (hablamos de Simon) como teóricamente. Se enfrenta al problema difícilmente resoluble de tratar con causas que son a su vez efectos de sus efectos, pero está al menos bien abordado. Nadie mejor que él era consciente de las limitaciones de su análisis, para el que se preparó toda su vida, pero que no pudo completar por esa limitación temporal que nos condiciona a todos. Pero su ensayo supone una enorme contribución aunque fuera simplemente por el planteamiento del problema. La filosofía, al fin, consiste más en hacerse preguntas que en responderlas.

Cómase a Dolly… si quiere

Como suele suceder, la izquierda siente cierto vértigo cuando deja de controlar la vida de las personas. Dado que su modelo de sociedad es la organización castrense –sumisión a un mando centralizado–, no puede aceptar que la gente tenga libertad para elegir si quiere consumir o no carne clonada. Pero, al mismo tiempo, esa misma izquierda militarista quiere transmitir una imagen de tolerancia hippie alejada de su autoritarismo y su moralismo característicos. Sus pasteleos progresistas no casan bien con la represión y mano dura en que se basa necesariamente su ideología, de ahí que traten de maquillar el pequeño Duce que llevan dentro con toda clase de argumentos aparentemente bienintencionados.

Por ejemplo, Juan López de Uralde, director general de Greenpeace España, asegura que la medida empobrece la biodiversidad para beneficiar sólo a las "grandes corporaciones", y que, afortunadamente, Europa tiene una mayor concienciación en temas de seguridad alimentaria, por lo que no permitirá su comercialización.

Lo cierto es que sólo se me ocurren dos maneras de que una empresa, sea grande o no, pueda obtener grandes beneficios sin satisfacer y mejorar la vida de sus clientes. Una es la subvención pública; la otra es el fraude. En las demás circunstancias todo intercambio es mutuamente provechoso, y no puede sostenerse que las ventajas de la comercialización de la carne clonada sean patrimonio exclusivo de las empresas.

Por supuesto, los intervencionistas tratan de convencernos de que los consumidores, a pesar de que ven ampliada su libertad de elección, saldrán perjudicados, ya que, por un lado, el 64% de los estadounidenses rechaza el consumo de animales clonados y, por otro, el etiquetado no distinguirá entre carne natural y clonada. De nuevo, con este tipo de razonamientos sólo denotan una profunda ignorancia del funcionamiento de la economía.

Pongámonos en el supuesto extremo de que el 100% de la población estadounidense se negara a consumir carne clonada; es más, que mostrara una absoluta repugnancia por la simple idea de deglutirla. ¿Sería necesario prohibirla? Para los socialistas, desde luego, ya que el pueblo soberano se habría manifestado unánimemente en su contra. Ahora bien, ¿para qué prohibir algo que nadie está dispuesto a comprar? Las empresas que, en ese contexto, intentaran vender carne clonada desaparecerían del mercado.

Hoy no existen empresas que fabriquen neumáticos cuadrados, agendas con el calendario revolucionario francés o libros escritos en espiral. ¿Por qué? ¿Porque está prohibida la venta de esos productos? No, simplemente porque prácticamente el 100% de los españoles se niega a pagar por ellos, pues los juzga inútiles. Si el rechazo a la carne clonada es tan mayoritario, ¿por qué no dejar que sus productores se arruinen?

Y aquí llegamos a otra estrafalaria excusa de los prohibicionistas: las etiquetas no distinguirán entre carne natural y carne clonada. En realidad, lo que quieren decir es que las etiquetas no deberán distinguir obligatoriamente entre carne natural y carne clonada. Pero pensemos un poco: si es cierto que más del 60% de los estadounidenses no quiere probar un estafado de carne clonada de ninguna de las maneras, ¿qué sería lo primero que usted haría si fuera distribuidor de productos procedentes de carne natural? ¡Obviamente, anunciarlo con letras bien grandes!

Claro que podemos darle una vuelta al argumento socialista y decir que las empresas venderán sólo carne clonada, ya que les resultará más barato. Entonces, plantéeselo de este modo: si el 60% de los consumidores estadounidenses estuviera deseoso de comprar carne natural, ¿qué sería lo primero que haría usted para convertirse en millonario? Efectivamente: vender carne natural y anunciarlo.

Pues bien, si esto nos resulta tan evidente a usted y a mí, ¿no lo van a entender también millones de estadounidenses? Otra cosa, bastante más probable, es que la oposición de los estadounidenses a la carne clonada sea mucho menor de lo que nos cuentan los medios y, a la hora de la verdad, muy pocos estén dispuestos a pagar un mayor precio por la carne natural.

Eso sí, los gobiernos europeos, para el prohombre de Greenpeace, son mucho más sensatos y no permitirán la venta de carne clonada. Ya se sabe qué entiende la izquierda por sensatez: prohibición, regulación, control, principio de precaución y planificación central. El que se mueva no sale en la foto, y lo que no agrada al líder no llega a las tiendas. Será que la sensatez del Gobierno pasa por considerar a los individuos unos completos insensatos que no saben tomar decisiones; lástima que los políticos apliquen siempre esa lógica… salvo cuando se trata de cosechar buenos resultados electorales.

Es evidente, en definitiva, que las críticas de estos neoinquisidores merecen poca atención intelectual, ya que se asientan en prejuicios contra la libertad y el bienestar de las personas. Con todo, la decisión de la FDA sí debe ser criticada desde un punto de vista liberal, precisamente por venir de donde viene.

Ninguna agencia gubernamental debería tener el poder para autorizar o restringir la venta de un producto. No somos libres porque el Gobierno nos lo permita: la libertad no es una licencia política, sino un derecho del individuo frente al poder político. Los individuos han interiorizado de tal manera el mensaje de que el Estado es la fuente de toda autoridad, incluso moral, que parece que, tras la decisión de la FDA, el consumo de carne clonada tiene que ser necesariamente seguro.

Pero los gobiernos también pueden equivocarse; de hecho, lo hacen a menudo. El problema es que sus grandes errores no conllevan su desaparición, al contrario de lo que sucede en el mundo empresarial. Al crecer y desarrollarse sobre el expolio y la mentira, los estados se convierten en frenos a la experimentación y el progreso.

La decisión sobre si un alimento es sano o no debería corresponder a agencias de calificación privadas en régimen de competencia, de la misma manera que Moody’s y Standard & Poor’s tratan de valorar los riesgos de las empresas desde hace prácticamente cien años. Estas empresas de calificación de seguridad alimentaria concederían notas según la salubridad de los productos, para que los consumidores decidieran si quieren pagar una prima por los alimentos más sanos o, en cambio, prefieren otros productos más baratos pero con un riesgo ligeramente superior.

Dado que estas agencias se basarían exclusivamente en su credibilidad, y que los errores en la calificación socavarían su principal activo, destinarían grandes recursos para mejorar sus métodos y reducir las calificaciones equivocadas. De esta manera, los consumidores tendrían acceso a una información fidedigna y podrían decidir qué relación calidad-precio les interesa más.

El modelo actual es una pantomima en la que el Gobierno se arroga toda la sapiencia decisoria y niega al consumidor toda capacidad para decidir qué riesgos asumir. La gente sigue encandilada por la propaganda política y cree que todos los productos autorizados por el Gobierno son necesariamente sanos. Sin embargo, no hay una calificación del riesgo, y los controles, como quedó patente en la crisis de las vacas locas, no son fiables.

Esta ficción estatista ha hecho que las empresas de alimentación se preocupen sólo por pasar los controles públicos y no estén dispuestas a pagar tarifa alguna para que se evalúe la salubridad de sus productos, como sí ocurre con las empresas que quieren obtener financiación y necesitan exhibir a sus potenciales prestamistas el rating de Moody’s o S&P.

El socialismo bloquea la función empresarial allí donde se establece, petrifica el fracaso y convierte a los individuos en irresponsables. Podemos celebrar que el Gobierno de EEUU permita la comercialización de carne clonada, pero no vayamos a creernos que ésta es un producto sano porque lo diga el Estado. Precisamente por ello, todas estas agencias gubernamentales que pretenden evadir a los individuos de la realidad sobran: ni el contribuyente ni el consumidor merecen soportar semejante lacra.