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Elecciones presidenciales en Polonia

El próximo domingo 18 de mayo, los polacos están convocados para votar en (la que puede ser) primera vuelta de las elecciones para elegir a un nuevo presidente de la República, después de dos mandatos consecutivos, que suman diez años, del saliente Andrzej Duda[1]. A estas elecciones se presentan 13 candidatos, quienes previamente tuvieron que presentar más de 100.000 firmas de respaldo ante la junta electoral nacional, tal como prescribe la Constitución polaca (Art.127.3) para postularse para el cargo.

Siguiendo la estela del imperfecto bipartidismo de los últimos veinte años[2], la última encuesta augura que los candidatos con más probabilidades de pasar a la segunda vuelta – pues parece improbable que alguno obtenga más de la mitad de los votos válidos en la primera, art.  127.4 – son el alcalde actual de Varsovia, Rafał Trzaskowski  – con un 30’80 %, apoyado por la Coalición Ciudadana/KO del primer ministro Donald Tusk[3]– y Karol Nawrocki – con un 25’50 %, apoyado por el partido Derecho y Justicia/PiS.

La preselección de ambos candidatos adoptó distintas formas. Por una parte, en noviembre del año pasado la KO eligió a Trzaskowski en un proceso de primarias frente al ministro de asuntos exteriores, Radosław Sikorski. En cambio, el desconocido Karol Nawrocki[4] fue elegido por un comité ciudadano formado por académicos afines, a quien el PiS, por boca del omnipresente Kaczyński, anunció su apoyo en una “Convención Ciudadana” celebrada en Cracovia pocos días después.

En cualquier caso, este sistema de elección a doble vuelta permite la postulación de numerosos candidatos, incluidos los independientes, que suscitan variados puntos de vista. En algunos casos incluso se enfrentan políticos pertenecientes a la misma coalición. Es el caso de Szymon Hołownia, quién compagina el cargo de presidente de la Sejm (o cámara baja) con el liderazgo de Polska 2050, uno de los partidos del gobierno; O el de Sławomir Mentzen y Grzegorz Braun, ambos de la constelación de partidos nacionalistas y tradicionalistas, con algunos tintes liberales en economía, que articulan la Confederación Libertad e Independencia.[5] Por su parte, la izquierda canónica presenta dos caras: Magdalena Biejat del partido Izquierda Nueva, integrante del gobierno, y Adrian Zandberg del partido Razem (Juntos) acampado en una oposición marginal, pero influyente en ciertos medios de comunicación convencionales.

Entre los independientes destaca el periodista Krzysztof Stanowski. Promotor y presentador del Canal Zero, albergado en YouTube desde febrero del año pasado, ha conseguido más de millón y medio de suscriptores. Logró inscribirse como candidato con el propósito de burlarse de los aspectos más absurdos de la democracia[6], con un programa electoral medio en serio[7]. Al mismo tiempo que hace campaña electoral se desdobla como entrevistador de los candidatos que no hacen ascos a visitar su propio canal. En cierto sentido, un seguidor práctico de Bryan Caplan.

Sin embargo, a salvo de sorpresas de última hora, los candidatos respaldados por los partidos políticos parten con ventaja, frente a los independientes que prueban suerte o se promocionan socialmente. Aunque unas elecciones democráticas incitan al debate sobre los temas más diversos, conviene perfilar someramente qué funciones desempeña el presidente de la República polaca, para calibrar la trascendencia de estos comicios.

En este sentido, la Constitución le atribuye unas competencias que hacen del ejecutivo polaco un poder casi bicéfalo, en el que, pese a la preeminencia del primer ministro elegido en la Cámara baja (Sejm) se mezclan elementos del sistema presidencialista francés (la doble vuelta en elección directa) con otros característicos del alemán o el italiano – más simbólicos y protocolarios – y notas del norteamericano como la prolongada campaña electoral.  

En general, el presidente ostenta la Jefatura del Estado y del Ejército, la representación del estado en las relaciones internacionales, y mantiene una cancillería adjunta con una estructura administrativa a su servicio (Art 143). Modera las potestades tanto del Parlamento bicameral como del Primer ministro, quien dirige la acción política del gobierno y comparte con el presidente la iniciativa legislativa de proponer leyes al Parlamento (Art. 144.3 CP)

De este modo, el presidente goza de una potestad de veto sobre las leyes enteras (no sobre aspectos concretos) aprobadas por el Parlamento. Esta suspensión puede alzarse si el Congreso  vuelve a aprobar en segunda lectura la ley dada por una mayoría de 3/5 de los diputados (Art. 122.5 CP) Asimismo, puede plantear recurso ante el Tribunal Constitucional (art. 122.3 CP) contra las leyes aprobadas por el parlamento antes de firmarlas. Con el consentimiento del Senado, puede convocar referendos (art. 125.2 CP) y dispone también del derecho de gracia (Ar. 139) En asuntos de particular importancia, el presidente puede convocar al Consejo de Gabinete. Este Consejo se forma por el Consejo de Ministros reunido bajo su presidencia. El consejo de gabinete no tiene las competencias del Consejo de Ministros. (Art 141).

Algunos actos del presidente deben refrendarse por el primer ministro, pero el artículo 144.3 de la Constitución desglosa una significativa lista de actos para los cuales el presidente no precisa de ningún tipo de autorización. Nos encontramos, pues, ante un contrapoder. O, dicho de otra manera, ante una faceta del poder ejecutivo que emana directamente del voto popular frente al poder indirecto del primer ministro, que otorga la mayoría parlamentaria.

En cualquier caso, desde que Donald Tusk obtuvo la investidura como primer ministro en diciembre de 2023, se ha producido una suerte de cohabitación con el presidente Andrzej Duda, por la necesidad que tienen ambos cargos de cooperar en la acción política. Aunque el jefe del Estado ha mantenido una distancia calculada y, como presidentes anteriores, abandonó la militancia del partido que le aupó al cargo, los lazos ideológicos no han desaparecido ni mucho menos.

Recientemente, el candidato Trzaskowski ha reconocido algo particularmente obvio. En las relaciones exteriores y la política de defensa de Polonia, ambas fuerzas políticas (KO y PiS) sostienen posiciones parecidas. En algunos aspectos, como el mantenimiento de un gasto militar equivalente al 5 por ciento del PIB, ese consenso se fraguó con antelación. En otros, como el despliegue de una valla de contención y fuerzas de control a lo largo de la frontera con Bielorrusia para impedir la llegada irregular de inmigrantes procedentes de países terceros,[8] el cambio de postura provino de los dirigentes de KO, que en un momento determinado entendieron, como sus aliados de izquierda, que las dificultades evidentes de sostener tamaños despliegues sin infringir los derechos humanos en algún caso se podrían aprovechar electoralmente. Lo cierto es que la pequeña polémica desapareció de las agendas de los partidos ante la abrumadora preocupación que provocó la invasión rusa de Ucrania.

Es en relación con el vecino país invadido, donde el medido apoyo de los gobiernos polacos de ambos partidos, que ha ido mellándose por la prolongación del conflicto frente a los momentos iniciales de solidaridad, ha desembocado en un consenso más evidente. Incluso un cerrado proteccionismo frente a las importaciones agrícolas ucranianas. De forma alarmante, el candidato Trzaskowski también se ufana de sus conversaciones con el presidente francés para perfilar una minoría de bloqueo contra el Acuerdo firmado entre la Comisión Europea y los países del Mercosur.

La acogida de los desplazados ucranianos, oportunamente liberados de obtener cualquier tipo de permiso de trabajo o residencia para establecerse en los países de la Unión Europea, ha supuesto el reforzamiento de un proceso que venía produciéndose por motivos económicos anteriormente. A la facilidad de integración de los trabajadores ucranianos en un país muy cercano culturalmente y que precisa de inmigrantes para puestos de muy diversa categoría y cualificación, se han sumado empresas ucranianas o mixtas de servicios, en tiempos especialmente propicios por la interconexión digital. El aumento de la población real ha producido beneficios obvios, pero también ha tensionado los servicios públicos básicos y ha disparado aún más la demanda de vivienda en las grandes ciudades.

Tal vez por esta razón, los candidatos de los dos grandes partidos subrayen con distintas expresiones que, por ejemplo, el subsidio de 800 zlotis por hijo menor de edad solo se mantendrá para los ucranianos que residan y trabajen en Polonia.

Por último, las diferencias estriban, entre otras, a cuestiones como la reversión de la legislación que los gobiernos del PiS, con el apoyo relativo del presidente Andrzej Duda, aprobaron, vulnerando principios básicos del Estado de derecho; la despenalización del aborto o la idoneidad del Pacto verde europeo, que los partidos de derecha consideran como el principal responsable de las dificultades de supervivencia de las explotaciones agrícolas y ganaderas.

Notas

[1] Presentado por el partido Derecho y Justicia – Prawo i Sprawiedliwość (PiS).- por primera en 2015, revalidó en doble vuelta su mandato en unas elecciones aplazadas por la pandemia del Covid-19 al 28 de junio y 12 de julio de 2020. Según el art. 127.2 de la Constitución de 1997, el presidente de la República solo puede reelegirse una vez.

[2] Muchos comentaristas hablan de un “duopolio” que puede resumirse en el hecho de que el actual primer ministro Donald Tusk ya se enfrentó a Lech Kaczyński (gemelo de Jarosław, presidente del PiS) en las elecciones presidenciales de 2005.

[3] Tusk dirige, a su vez, un gobierno fruto de un pacto poselectoral de su Coalición Ciudadana, la coalición preelectoral Tercera Vía y el minoritario partido de la Nueva Izquierda.

[4] Este doctor en Historia por la Universidad de Gdańsk , quién desempeña la presidencia del Instituto de la Memoria Nacional (IPN, por sus siglas en polaco) desde el año 2021, no está formalmente afiliado a ningún partido.

[5] A esta coalición pertenece la eurodiputada Ewa Zajączkowska-Hernik, quién se hizo célebre por la implacable diatriba contra Ursula von der Leyen en la sesión del Parlamento Europeo del 18 de julio del año pasado. El vídeo se hizo viral.

[6] Por eso propone un subsidio de 500 zlotis por cada cerdo, así como para toda persona que se identifique como cerdo.

[7] El tono del programa se refleja en lamentos como que ”los políticos polacos no hayan sido capaces de construir una sola central nuclear durante años y en su lugar malgasten tiempo y energía polémicas estériles y refriegas políticas”.

[8] Comenzados por el gobierno de Mateusz Morawiecki al tiempo que, junto a otros países vecinos de la UE como Lituania y Letonia, acusaban al régimen de Aleksander Lukashenko de utilizar estas incursiones masivas como elementos de guerra híbrida.

Enemigo del pueblo

Cuando los bolcheviques se hicieron con el poder en octubre (noviembre para nosotros) de 1917 rodeando con piezas de artillería el Palacio de Táuride, sede de la naciente Asamblea Constituyente, su primera medida legislativa en cuanto a partidos políticos fue declarar el Partido Liberal-Constitucionalista (kadetes por sus siglas en ruso) ilegales como “enemigos del pueblo”. Esto fue un prólogo en el que los bolcheviques fueron paulatinamente ilegalizando los partidos de la oposición hasta hacerse totalmente con el poder tras derrocar al partido ganador por goleada de las elecciones, el Partido Social-Revolucionario, o eseristas según sus siglas.

Este apelativo como enemigo “del pueblo”, “de la patria” o de cierta clase social ha sido revivido este mes por la vicepresidente segunda del gobierno, ministra de hacienda y secretaria general del PSOE-A en sus ratos libres, pero con el objetivo de las universidades privadas, donde algunos trabajamos. Montero dijo que las universidades privadas, aquellas que se financian con las aportaciones voluntarias de sus alumnos y donantes, pero no con impuestos, son “enemigas de la clase trabajadora”. ¡Vaya por Dios”. La ministra de hacienda que nos ha subido noventa y siete impuestos, con una recaudación récord de 85.000 millones MÁS que cuando llegó al cargo, nos dice que los que nos hacen la vida más difícil son las universidades privadas, no ella misma. No queremos ni imaginar lo que pensará la ministra de los que trabajamos no en una, no en dos, sino en tres de esas organizaciones tan enemigas de la “clase trabajadora”.

Además, la ministra coronó su intervención afirmando que los alumnos de las universidades privadas “compran el título”. Obviamente, lo que los alumnos de las universidades privadas compran no es el título, ahí tenemos unas tasas de abandono similares, sino el derecho a evaluación. En este es exactamente igual que los alumnos de las universidades públicas. La diferencia es que los segundos pagan un precio subvencionado en torno al 80%, mientras que los primeros asumen el coste íntegro.

La apertura de nuevas universidades privadas, por lo tanto, es vista en muchos lugares y por muchas personas como poco menos que un acto de crimen contra la humanidad. Comisiones Obreras en Asturias, ante la adquisición de la Universidad Europea de un solar en Gijón con la intención de crear una Facultad de Medicina, ha manifestado que esto supondría implantar en la región el “modelo Ayuso”. ¡Acabáramos! Una región con un PIB per cápita de 28.130€, un 9,2% por debajo de la media nacional imitando lo que hace otra región con el mismo dato en 42.198€, un 36,6% de por encima de la media nacional.

Por su parte, los sindicatos educativos, para sorpresa de nadie, también se han manifestado en contra de la apertura de universidades privadas en suelo asturiano. Han llegado a afirmar que esta iniciativa empresarial “mercantiliza la educación”. ¡Como la comida o el vestido! Por favor, que a nadie se le ocurra buscar beneficios en la educación superior, que siga funcionando como los cultivos durante el comunismo de guerra, con sus consabidos resultados.

El último en sumarse a esta fiesta contra la competencia ha sido el rector de la Universidad de Oviedo, Ignacio Villaverde, afirmando que la llegada de un competidor privado supondría una “algarabía”. La anarquía en la producción de la que nos hablaba Marx, la apertura y cierre de empresas privadas de forma constante buscando la satisfacción de los consumidores, algo a lo que el sector estatal nunca tiene que enfrentarse, visto como una rémora y no como una bendición. A lo mejor lo mejor es dejar abiertas instituciones o empresas que pierden dinero a espuertas, el que con tanto ahínco nos arranca MJ Montero. O puede que el rector esté preocupado porque un competidor que no tiene subvencionado el 80% del precio de su producto le vaya a destrozar, lo cual dice mucho del producto en sí.

El jefe de la pluriempleada Montero no se quedó atrás. Pedro Sánchez tachó de “chiringuitos eduativos” o “máquinas de expender títulos” a este tipo de negocios. ¡Qué forma más ingrata de llamar a una institución en la que Su Sanchidad se doctoró! No olvidemos esto: Sánchez defendió su tesis doctoral en economía en el Centro Universitario María Cristina, entonces un centro privado adscrito a la Universidad Complutense de Madrid, hoy a la Universidad San Pablo-CEU. Puede que nos cuente si su tesis doctoral efectivamente cumple estos requisitos de compra o si de verdad le costó su esfuerzo.

Además, el término “chiringuito” ha quedado en el español como forma despectiva de referirse a cualquier tipo de empresa que se sustenta de forma poco ética o formal. Esto, obviamente, es muy injusto. Los chiringuitos están atendidos por gente muy capaz que nos sirve las bebidas bien fresquitas en la playa durante nuestras vacaciones.

Sánchez, si quería poner el ejemplo de una empresa que funciona de forma poco ética, bien podría haber puesto los ejemplos de Tragsa o Ineco, empresas públicas del gobierno que preside y que contrataron a la prostituta del entonces ministro Ábalos para cobrar sin dar ni golpe (laboral, del otro no sabemos). O el de Correos, una empresa que, en la era de las compras por Internet y la paquetería, lleva unas pérdidas acumuladas en los tres últimos años de 436 millones de euros. O de Paradores, una empresa de hoteles en la que se organizan fiestas (vamos a llamarlas así) con furgonetas de prostitutas traídas por el escolta de un ministro. Pues no, los que hacemos peor la vida de la gente somos los que trabajamos en las universidades privadas que, por cierto, sí que somos clase trabajadora.

La economía a través del tiempo (XXVI): La edad de oro

Uno de los conceptos más discutidos en la historia del pensamiento, ya sea económico o no, es la escasez. La escasez es la que provoca la necesidad de llevar a cabo una distribución. Aquellas cosas no escasas, como el aire en términos generales, no son susceptibles de ser distribuidas. Sin embargo, aquello que es más limitado, como la comida o la vestimenta, se debe de someter a algún tipo de repartición, siguiendo algún criterio. No es de extrañar, por tanto, que el Ser Humano haya aspirado constantemente a un mundo sin escasez. En el contexto mitológico griego, esto es la Edad de Oro.

En la mitología griega, la Edad de Oro es la primera y más perfecta de las cinco edades de la humanidad. Estas edades fueron mencionadas y descritas por primera vez por Hesíodo (2006, 70) en su obra Trabajos y días. Este periodo está caracterizado como una era ideal, cuando los seres humanos vivían en total armonía con los dioses y la naturaleza bajo el reinado de Cronos, el titán que gobernaba antes de ser derrocado por Zeus. Durante esta época, los hombres no experimentaban sufrimiento, enfermedades, vejez ni necesidad de trabajar, ya que la tierra producía de manera espontánea todo lo necesario para su subsistencia. No había escasez.

En el texto actual, Hesíodo (2006) comienza asegurando que la abundancia de la Edad de Oro demostraba un mismo origen del Ser Humano y los dioses: “Ahora si quieres te contaré brevemente otro relato, aunque sabiendo bien (…) cómo los dioses y los hombres mortales tuvieron un mismo origen” (p.70). Sin embargo, algunos autores (García Calvo, 1955, 219) defienden que el último verso fue un añadido posterior, puesto que no se menciona en ningún otro momento una separación entre dioses y humanos.

Sea como sea, la idea de que existió un tiempo de abundancia, sin los padecimientos ocasionados por la escasez, es la que prima en el concepto de una remota Edad de Oro:

Al principio, los Inmortales que habitan mansiones olímpicas crearon una dorada estirpe de hombres mortales. Existieron aquellos en tiempos de Cronos, cuando reinaba en el cielo; vivían como dioses, con el corazón libre de preocupaciones, sin fatiga ni miseria; y no se cernía sobre ellos la vejez despreciable, sino que, siempre con igual vitalidad en piernas y brazos, se recreaban con fiestas, ajenos a todo tipo de males. Morían como sumidos en un sueño; poseían toda clase de alegrías, y el campo fértil producía espontáneamente abundantes y excelentes frutos (Hesíodo, 2006, 70).

Así, la muerte no era violenta ni traumática, sino que llegaba como un sueño plácido. La conexión entre humanos y dioses era cercana y benevolente, y los hombres disfrutaban del favor divino constantemente. Además, no era necesario el trabajo: “Eran ricos en rebaños” (Hesíodo, 2006, 71).

Sin embargo, esta era terminó con la llegada de las edades posteriores, marcando el inicio de una progresiva decadencia. Al finalizar la Edad de Oro, los hombres de este periodo fueron transformados en daimones, espíritus benévolos encargados de guiar y proteger a los mortales en las épocas venideras. Hesíodo describe esta etapa como un tiempo de plenitud que contrasta con la Edad de Hierro, la época corrupta y difícil en la que vive la humanidad actual.

La idea de un pasado en el que el hombre no tenía obligación de trabajar por vivir en un estado de abundancia que se acabó con un proceso de decadencia está presente en numerosas culturas, también en el judaísmo y en el cristianismo. En el hinduismo, existe el satia-iuga, que vendría a ser la primera y más virtuosa de cuatro eras cósmicas, caracterizada por la verdad, la rectitud, la pureza espiritual y la perfecta armonía entre los seres humanos y el universo.

En el cristianismo, la abundancia era propia del Jardín del Edén, lugar en el que el hombre aún no habría tenido la obligación de trabajar ni de sufrir la escasez material. Con todo, existen grandes diferencias entre las distintas tradiciones, aunque el punto en común es la existencia de un pasado remoto perfecto y la posterior decadencia. La idea de la utopía, independientemente de si esta se dio en tiempos pretéritos o si es una aspiración de cara al futuro, es constante en la historia humana.

Bibliografía
  • García Calvo, A. (1955). Frutos de lectura de Trabajos y días. De Emérita [Separata], (23), 215-218
  • Hesíodo (2006). Teogonía. Biblioteca Gredos
Serie La economía a través del tiempo

De la Gran Guerra a la Guerra de Ucrania: la desarticulación del sistema de cooperación internacional

Son muchos quienes en los últimos días han venido vinculando los famosos “aranceles de Trump”, con la Ley de Aranceles de 1930, también conocida como Ley Smoot-Hawley, a la que, según algunos, debe responsabilizarse de “agudizar la Gran Depresión de 1929, que afectó a múltiples países, se prolongó por una década, ocasionó una fuerte caída del producto interior bruto (PIB) y dejó a millones sin trabajo” (BBC, 2025). Pero creo que fijarse sólo en las medidas arancelarias de entonces y de ahora es quedarse en la superficie. Hay similitudes más profundas que nos pueden ayudar a entender mejor lo que pasó y lo que puede pasar.

El patrón oro antes y después de la Gran Guerra

Son muchos los economistas que se han planteado por qué un sistema, el del “patrón oro” o “Gold Standard”, que tan buenos resultados dio antes de la Primera Guerra Mundial, se volvió un sistema tan inestable en el período de entreguerras. El argumento que dan muchos “austriacos”, siguiendo las tesis de Murray Rothbard en su “La Gran Depresión” (Rothbard, 1963 [2013]), no es otro que la implementación, tras la Gran Guerra, de un sistema adulterado, que ya no movía a la disciplina crediticia y monetaria, y en el que los bancos centrales de Alemania o Francia, en lugar de acumular oro como reserva, atesoraban pasivos del Banco de Inglaterra, en lo que se vino a llamar el “patrón-divisa oro”.

Y dado que Inglaterra expandió de manera excesiva el crédito, adoptando medidas internas (limitar la posibilidad de sus ciudadanos de pedir reembolsos en oro) y externas (presionar a Francia y Alemania para que continuasen atesorando libras, en lugar de convertirlas en oro) que le permitiesen esa expansión sin ataduras, la consiguiente burbuja de crédito se convirtió en realidad, sobre todo cuando explotó.

Otros autores, como Kindleberger (Kindleberger, 1973 [1986]), señalan que la estabilidad del sistema del patrón oro anterior a la Primera Guerra Mundial se debió a una correcta gestión, por parte de Gran Bretaña, de su papel de líder mundial, fundamentalmente a través de su “agente” el Banco de Inglaterra, que se encargaba de ser el prestamista internacional cuando la actividad económica se resentía, dulcificando, en lugar de agravando, los ciclos económicos internacionales. Tras la Gran Guerra, sin embargo, Inglaterra, según Kindleberger, fue ya demasiado débil para estabilizar el sistema y Estados Unidos no estaba todavía preparado para ejercer dicha función. La estabilidad mundial, en definitiva, se garantizaba en la medida en la que hubiese un poder económico dominante o hegemónico preparado y deseoso de realizar esas labores estabilizadoras.

Barry Eichengreen (Eichengreen, 1992 [1995]), por otro lado, pone el acento no sólo en cuestiones económicas, sino también en otras estrictamente políticas, e incluso ideológicas, ya que todos los actores del sistema compartían un mismo marco conceptual. Y es que, para este autor, el patrón oro previo a 1914 fue estable principalmente por dos razones, la “credibilidad” de los actores principales y la “cooperación” entre ellos: así, Eichengreen entiende por “credibilidad” la confianza generalizada en el compromiso de los países centrales del sistema (Gran Bretaña, Francia y Alemania) con el citado sistema de patrón oro; y por “cooperación” la intervención y ayuda efectiva de los bancos centrales de esos países al país cuya paridad se estuviese viendo amenazada, generalmente prestando oro o adquiriendo su divisa.

Así, señala Eichengreen, no sólo el Banco de Inglaterra estaba dispuesto a mandar oro a los Estados Unidos, o a ayudar a los bancos alemanes y el Reichsbank cuando estos lo necesitasen, sino que el Banco de Francia lo estaba, igualmente, para prestarle ese oro al Banco de Inglaterra, o al de Alemania, cuando fuese necesario, al igual que lo estuvieron el Reichsbank o el gobierno ruso cuando la paridad de la divisa del “hegemon” -Inglaterra- se encontraba sometida a excesiva tensión.

Pero esa “credibilidad” generalizada, esa confianza de los actores del mercado en el compromiso oficial de intervenir, si fuese necesario, para mantener el sistema, hacía que la intervención real de los bancos centrales no fuese necesaria sino en situaciones excepcionales, ya que los capitales privados, señala Eichengreen, fluían rápidamente al país en problemas, en la confianza de que los bancos centrales del resto de países acudirían a su rescate, de manera que la denigrada “especulación” actuaba como estabilizador del sistema aún antes de que lo hiciesen las “autoridades”.

Pero las cosas cambiaron tras la Gran Guerra, y la política doméstica de los países entró en juego, alterando el sistema de dos maneras: por un lado, influyendo en el grado de colaboración efectiva real, de los distintos gobiernos y sus bancos centrales, y, en segundo lugar, y derivada de la anterior, minando la confianza de los actores privados en que produjese esa intervención de las autoridades.

Y no es sólo que las reparaciones acordadas tras la Guerra abrieron heridas entre los miembros del sistema que impedían, o dificultaban sobremanera, esa colaboración, sino que la mentalidad general, del público y de los gobiernos, cambió: antes de 1914, la gente no vinculaba el desempleo con la fluctuación de los tipos de interés o las condiciones monetarias; los economistas no tenían articuladas teorías sobre la relación entre la oferta de dinero y el crédito como herramientas para manipular y estabilizar la producción o reducir el desempleo.

Tras la Primera Guerra Mundial eso cambió, y Keynes y sus teorías son un claro ejemplo. Y si a ese cambio de “mentalidad económica” se le añade que tras la Guerra los sindicatos y los partidos “laboristas” alcanzaron una influencia de la que antes no disponían, en un público y en unos dirigentes influidos por los nuevos planteamientos económicos, la ruptura de los anteriores equilibrios estaba servida: rota esa “credibilidad” y esa “cooperación”, ni las autoridades, ni los capitales privados ejercieron las funciones estabilizadoras necesarias para mantener el sistema.

Tras la guerra de Ucrania

Y es ahí, en esas explicaciones sobre lo que ocurrió hace casi cien años, donde, creo, deberíamos aprender para entender los riesgos que una eventual guerra arancelaria y de divisas pueda generar, y, en ambos casos, y quizás por casualidad, después de una guerra con la que se abren, o aumentan, las heridas entre los principales actores de la arena económica.

Ya en los años sesenta, Richard Cooper planteaba el dilema al que se enfrentaban los países que querían seguir beneficiándose del libre intercambio comercial y pretendían, a su vez, preservar la máxima libertad de cada país para perseguir sus objetivos económicos particulares  (Cooper, 1968). La solución que él daba es que los beneficios económicos de la interdependencia comercial eran tan importantes que había que renunciar a las políticas soberanas; así, si los estados reconocían que su verdadero interés, en el largo plazo, pasaba por la integración completa de sus economías, los beneficios que se obtendrían superarían sobradamente los costes de esa “pérdida” de soberanía. Pero el mismo Cooper reconocía que la voluntad política necesaria para llegar a ese punto era improbable que se llegase a dar.

Es cierto que Estados Unidos se enfrenta a grandes retos: un déficit fiscal importante; una deuda pública mastodóntica; un déficit comercial crónico, apoyado en un dólar “fuerte”, moneda internacional de reserva defendida por un ejército costoso; deslocalización de su industria, en parte, según algunos, por todo lo anterior; la amenaza china a su hegemonía económica y militar, siendo China su principal “socio” comercial y segundo mayor tenedor extranjero de su deuda… y varios billones (“trillions” americanos) de deuda que tiene que refinanciar en los próximos meses, en los que vencen más de 6 billones de Treasury Bills (Senate Joint Economic Committee, 2025).

El problema no es ya si Trump es capaz de solucionarlo todo por sí solo apoyándose en el poder económico y militar hegemónico de Estados Unidos, sino si al intentar hacerlo no va a saltar por los aires el sistema tal y como está organizado: No es ya sólo que a la barra libre de crédito barato de las últimas décadas, ya de por sí una bomba de relojería, se le pueda sumar una guerra comercial que desarticule el comercio global tal y como lo conocemos, rompiendo los flujos de bienes y servicios y destruyendo las cadenas de producción, sino que, además, la desconfianza entre los diferentes actores -públicos y privados- se generalice, y con ella, la falta de cooperación para conseguir objetivos comunes -o buscar soluciones al desastre- en el medio y largo plazo.

Decía Stephen Miran en su famosísimo “paper” de noviembre del año pasado, del que todo el mundo habla últimamente  (Miran, November 2024), que una solución unilateral a los problemas del país norteamericano, en su objetivo de redefinir el sistema del comercio global para alinearlo con sus intereses nacionales, tendría, con más probabilidad, “efectos secundarios indeseados, entre ellos la volatilidad de los mercados”, si bien la solución multilateral –“con menos volatilidad”- lleva aparejada la dificultad de convencer a los socios comerciales para que se suban al carro de la reforma[1]. No tengo tan claro que los “undesired side effects, like market volatility”, de los que habla Miran, sean exactamente los mismos a los que realmente nos enfrentamos.

Bibliografía

BBC, News (6 de abril de 2025). Cómo la ley que EE.UU. aprobó para subir aranceles en 1930 terminó por devastar su economía y agravar la Gran Depresión. Recuperado el 15 de abril de 2025, de https://www.bbc.com/mundo/articles/c20dr1y81d2o

Cooper, R. (1968). The Economics of Interdependence: Economic Policy in the Atlantic Community. Nueva York: Council on Foreign Relations – McGraw Hill.

Eichengreen, B. (1992 [1995]). Golden Fetters. The Gold Standard and The Great Depression 1919-1939. Nueva York: Oxford University Press, Inc.

Kindleberger, C. P. (1973 [1986]). The World in Depression, 1929-1939. Berkeley: University of California Press.

Miran, S. (November 2024). A User´s Guide to Restructurin the Global Trading System. Hudson Bay Capital. Obtenido de https://www.hudsonbaycapital.com/documents/FG/hudsonbay/research/638199_A_Users_Guide_to_Restructuring_the_Global_Trading_System.pdf

Rothbard, M. N. (1963 [2013]). La Gran Depresión. (I. Carrino, Trad.) Madrid: Unión Editorial.

Senate Joint Economic Committee, USA (2025). Recuperado el 15 de abril de 2025, de https://www.jec.senate.gov/public/vendor/_accounts/JEC-R/debt/Monthly%20Debt%20Update.html


[1] “Unilateral solutions are more likely to have undesired side effects, like market volatility. Multilateral solutions may have less volatility, but entail the difficulty of getting trading partners onboard, which curtails the size of the potential gains from reshaping the system” (Miran, November 2024, pág. 11).

Ver también

Estatismo y egoísmo

A menudo, especialmente por sectores del estatismo de izquierdas, aunque también en el de derechas, escuchamos afirmaciones contra los liberales como: ‘no seas egoísta, los impuestos son necesarios para mantener los servicios públicos’ o ‘quién no contribuye al Estado muestra su poca solidaridad’. Estas afirmaciones no pueden estar más lejos de la realidad; sin embargo, plantearse la solidaridad del Estado acarrea un problema moral a sus defensores, principalmente porque con casi total seguridad encontrarán contradicción en ello.

También he observado que se suele afirmar que el sistema cada vez es más ‘individualista’. Bueno, afirmar eso sí que se trata de un error, el término correcto sería decir egoísta y aislacionista. Y no, no hablo de aislacionismo económico, hablo de un aislacionismo social, promovido directamente desde el Estado y que pretende destruir toda relación social para sustituirla por él. A lo largo de este artículo trataré de demostrarlo con unos ejemplos históricos y que estoy seguro de que todo el mundo entenderá e incluso habrá vivido.

La falsa solidaridad

Si nos ceñimos por el significado que otorga la RAE a solidaridad, ‘adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros’, podría interpretarse que el Estado es esa adhesión a la causa de otros. Pero hay que hacer hincapié en una parte de la definición, y es la de circunstancial. Sinónimos de circunstancial son ocasional, eventual, accidental o anecdóticos. Por tanto, hemos de entender que la solidaridad es un acto que se da de una manera no perpetua en el tiempo. El Estado nos mantiene en esa ‘solidaridad’ desde que nacemos, hasta después de muertos, pues al nacer los impuestos que se derivan de nuestra actividad vital son pagados por nuestros progenitores y después de morir el Estado seguirá buscando recibir dinero de la propiedad que nosotros hemos dejado en herencia, véase el impuesto de sucesiones.

Pero hay algo donde la gente que suele afirmar que el Estado es solidaridad, prefiere no entrar. Éticamente, la solidaridad es un acto voluntario y donde no se espera recompensa a cambio. Yo sé, que ni usted ni yo pagamos impuestos de manera voluntaria, y de hacerlo, tampoco me dejan elegir la cantidad y a qué quiero dedicarlo. De hecho, posiblemente, si usted confía en el Estado, estará esperando ansioso su recompensa por su inmensa solidaridad, ¿o es que usted cotiza para renunciar a su pensión? ¿No pretende ser atendido en un hospital público? De hecho, a menudo se suele hablar de sanidad pública y gratuita, si le cobrarán a usted por ir de forma directa (porque cobrarle ya le cobran), pero a otra persona que recibe sus impuestos no, se quejaría, ¿verdad? ¿Estaría usted de acuerdo en que los voluntarios de organizaciones de solidaridad cobraran cuando es voluntario y un acto de solidaridad? Quiero imaginar que usted ha respondido que no, por tanto, ¿por qué debe cobrar un funcionario? Si supuestamente pertenece a una organización de solidaridad.

Algo debemos tener claro: el Estado no es una forma de solidaridad, pues no es voluntaria, no se adhiere a la causa de otro, de forma consciente y se espera una compensación, o al menos no se les pasa por la cabeza a los ‘solidarios’ renunciar a ella. De hecho, tampoco contiene el componente de la empatía, pues no se sabe a quién llega ese dinero y, por tanto, uno no puede ponerse en la posición del otro. Me aventuro a decir, no solo que el Estado no es solidaridad, sino que este es un elemento que la destruye, un obstáculo y el mayor ejemplo de egoísmo o, por lo menos, de infantilización.

La destrucción de la solidaridad y las relaciones sociales

Algo a destacar de la forma de contribución al Estado, es la absoluta despersonalización que se hace la forma de recaudación es cobrarle a un simple número (ciudadano) y gastar ese dinero de forma indiscriminada sin capacidad de saber de manera exacta quién recibe ese dinero extraído y para qué. A partir de eso, comienza todo el proceso.

Se me podrá tachar de malpensado, pero creo que la situación no es para menos. Ya mencioné en algún artículo anterior que me gusta hablar con ejemplos, en este caso será breve pero muy claro. El Estado es la novia tóxica, esa que poco a poco va ocupando más tiempo en tu vida y te incita a abandonar a tus amigos. ¿Qué cómo lo consigue? Pues de manera muy sencilla: va supliendo esas necesidades que podrías sentir en tus amigos y poco a poco va diciendo que son todos malísimos.

El Estado, poco a poco, va acaparando más espacios. Con la premisa de un bienestar social, en realidad hay camuflada una intención de control absoluto y desarraigo a todo grupo al que pertenezcamos o, al menos, minusvalorarlos. No se trata de una casualidad que los modelos de construcción de vivienda cada vez se hagan más desalmados, con escasez de comercio, zonas comunes y centrándose en modelos de baja densidad. Mucha gente culpa al mercado, pero se nos olvida que quienes realizan los planes de expansión urbanística son los burócratas del Estado, sí, esos pertenecientes a la red de solidaridad, pero que viven a cuerpo rey.

Otro ejemplo más, aparte de los modelos de vivienda, es el desarraigo a la familia y la comunidad local. Un ejemplo puede ser esa despersonalización de la verdadera solidaridad. En un caso de necesidad médica, en un tiempo pasado podríamos acudir a nuestros vecinos o familiares en primera instancia para solicitar esa ayuda económica. Pero no me quedo solo en la alternativa de vecinos o familiares, recordemos aquellas sociedades de ayuda mutua, o los propios sindicatos. Ambas alternativas han quedado totalmente arrasadas por el Estado, mediante una solidaridad, que no es solidaridad, que es extracción forzada de recursos y una distribución dictatorial de los bienes.

Quien niegue que los sindicatos o las sociedades de ayuda mutua aportan o han aportado a la solidaridad, creo que no puedo hacer más que mandarle a comienzos del siglo XX, donde estas entidades, mucho más cercanas a la persona y, sobre todo, voluntarias, eran capaces de sacar a miles de personas de apuros, servir como forma de cooperación. Ahora los sindicatos están comprados por los gobiernos o los burócratas. Quién niegue esto, creo que no tiene nada más que ver quienes dan mítines junto a ellos, cuando protestan o para qué protestan. Ya ni hablar de las sociedades de ayuda mutua, totalmente desaparecidas y sustituidas por Organizaciones No Gubernamentales, que resultan ser más gubernamentales que el propio gobierno.

El Estado no sólo entra en eliminar la necesidad económica, sino en cualquier otra. Si quieres educarte, tus padres dan igual, ya está el Estado para imponer mediante un modelo de titulaciones su modelo y su educación. Si quieres realizar una donación, ya está el Estado para cobrarte un impuesto y desincentivar, ¿solidaridad verdadera? ¡Bah!, puras cosas capitalistas y neoliberales. Si quieres ayudar a la sociedad con la creación de medicamentos, quieto parao, no vayas a hacer algo que optimice los recursos, haga más barato el acceso a un tratamiento y el Estado deje de tener ese endiosamiento. Pero sí, que el Estado ostente prácticamente el monopolio sanitario a través de los permisos, gestión pública y patentes, es darle el papel que tenía Dios hace 200 años, rezarle para curarnos, aceptar el robo si quieres vivir.

Cuidado, que algo me dirá que, si no me gusta esta solidaridad, me vaya. Claro, si me quiero ir, tendré que ir a otra entidad de solidaridad donde, quizá, en vez de gastarlo en prostitutas y cocaína o unas pensiones insostenibles, se gaste en armar a la gente hasta los dientes para causar las mayores muertes posibles. Porque como todos sabemos, el Estado no solo es solidario, sino una máquina de matar, pero eh, solidariamente. Se me olvidaba de añadir que, para irme; aun así, tendré que hacer un último aporte a su infinita solidaridad.

¿Egoísmo? El suyo

Termino con una reflexión. Cuando un niño pequeño le roba a otro niño un balón, lo hace porque tiene una necesidad y normalmente se le dice que devuelva el balón y que simplemente le pida que se lo preste, apelando al otro niño a que lo haga. Debe ser que, cuando cumplimos cierta edad, nos convertimos en niños a los que hay que obligar a compartir.

Si de verdad todos los que se llenan la boca de que hay que ser solidarios, lo fueran de verdad, no necesitaríamos de un Estado para aportar una sanidad, educación o prestaciones a los más desfavorecidos. El problema es que verdaderamente esas personas son egoístas. Y como dice el refrán, cree el ladrón que todos son de su condición.

Llegará un momento en que el Estado cree un plan para caminar, no sepamos hacerlo porque se lo haya atribuido él y nuestros padres sean menospreciados por enseñarnos y digamos que el Estado es solidario por enseñarnos a caminar.

Dios y la Iglesia representaban un nicho donde sentirse acompañado o acudir cuando las cosas iban mal. Ahora ese Dios, es el Estado para una gran parte de la sociedad. Pero me equivoco al definirlo como Dios. Es ese maligno que destruye familias, ese maligno que extermina a aquel que quiere escapar a su poder, ese maligno que quiere hacerte dependiente de él, haciéndote creer que es el único y bondadoso. Ese maligno que es ineficaz, como se vió en Valencia y al cuál podemos derrotar, volviendo a lo que durante mucho tiempo practicaron nuestros antepasados y funcionó: el acto voluntario de la caridad y el amor al prójimo.

Historia económica (V): la propiedad y la explotación de la tierra

Los señoríos eran territorios sobre los que un señor ejercía un complejo conjunto de prerrogativas, que iban desde las facultades jurisdiccionales hasta los diferentes derechos de propiedad, pasando por otras de origen feudal. Había una enorme variedad de señoríos:

  • Señoríos territoriales: El señor es propietario de la tierra
  • Señoríos jurisdiccionales: El señor no es propietario de la tierra, sólo tiene el poder jurisdiccional.
  • Señoríos mixtos: Propiedad y jurisdicción se daban a la par.
  • Infantazgos: Señoríos de los hijos del rey
  • Señoríos eclesiásticos: Señoríos propiedad de la iglesia.
  • Señoríos de realengo: Señoríos propiedad del Rey.
  • Señoríos de behetrías: Señoríos donde los campesinos elegían a su señor.
  • Señoríos de órdenes militares: Señoríos propiedad de órdenes militares.

El señorío actúa como una organización social y económica que otorga poderes jurisdiccionales a un grupo reducido de personas, que en ocasiones son propietarios de la tierra y de los medios de producción (terminología marxista). Esta propiedad de los medios de producción conlleva la apropiación en forma de rentas de una parte de la producción campesina.

El señorío inglés tenía algunas particularidades con respecto a los señoríos continentales. La herencia medieval había limitado sus capacidades jurisdiccionales, existía una especie de tribunales señoriales que variaban de un señorío a otro. En la práctica, las jurisdicciones y el gobierno local en el mundo inglés estaban en manos de funcionarios. Hasta 1922 no fue abolido el poder jurisdiccional de los nobles. En esta Inglaterra nos encontraríamos, además de este tipo de señoríos en manos de la alta nobleza, una baja nobleza. La baja nobleza no tendría señoríos, sino una serie de propiedades y de rentas provenientes del comercio.

En cuanto al señorío continental, la alta nobleza europea, a excepción de Suecia, tenía la total jurisprudencia en sus señoríos. Perdieron lo relacionado con los crímenes de lesa majestad, siendo las monarquías las que rescatan ese poder. Globalmente pierde, en la mayoría de los casos, todo lo relacionado con las penas de muerte, siendo la justicia real la que impondría ese tipo de penas. Ligado a esto aparece otra novedad, la posibilidad de apelar a los tribunales reales por determinadas causas. También hay que tener en cuenta que las facultades jurisdiccionales reportan una serie de rentas, como penas judiciales, multas, la pecha ordinaria, los servicios o los presentes. Derivados de esta jurisdicción aparecen algunos derechos de monopolio. Es lo que en España se conoce como regalías.

Lo que se conoce como servidumbre a lo largo del Antiguo régimen fue desapareciendo en Europa occidental. Los campesinos fueron recuperando la libertad de movimiento a cambio de pagos en dinero o en especie. Los señores se van a reservar una serie de tierras y edificios que van a poseer con propiedad absoluta, lo que se denomina en Francia como reserva y en España como tierras alodiales. Estas tierras alodiales eran explotadas directamente por el señor. El resto de las tierras quedan sometidas a la figura jurídica de la enfiteusis, una propiedad compartida en la que el señor se reserva el dominio directo y entrega el dominio útil al campesino. En virtud de ese derecho superior que tiene el señor, va a poder exigir una mayor gama de tributos en dinero o en especie. Además de estas obligaciones, la cesión del dominio útil le reporta al señor una serie de pagos irregulares del producto de las transmisiones patrimoniales por causa de muerte, por transmisión entre vivos y otra serie de conceptos. Los señores también tenían monopolios señoriales, que consistían en el control por el señor sobre ciertos servicios como los molinos, por los que se cobraba una tasa.

Además, existe otra forma de explotación, la aparcería. En este caso, el propietario proporciona el capital fijo (tierra, plantaciones y edificios) y el aparcero aporta su fuerza de campo y el capital operativo (ganado, semillas y abono). Se puede dar la circunstancia de que ese capital operativo se reparta entre el propietario y el aparcero. ¿Por qué utilizar la aparcería y no el arrendamiento? La razón para el aparcero es que, en caso de malas cosechas, no tiene que pagar un arrendamiento fijo. Además, el contrato de aparcería se renovaba anualmente, no se consiguen tantos beneficios, pero se reducen los riesgos.

Serie Historia económica

‘Inúndalo todo de m*erda’: la guía de Steve Bannon para influir

Por Justin Hempson-Jones. El artículo ‘Inúndalo todo de m*erda: la guía de Steve Bannon para influir‘ fue publicado originalmente en CapX.

Las sociedades libres no sólo dependen de los mercados libres de bienes y servicios, sino también de mercados libres y funcionales de información. La democracia liberal parte de la base de que, si se tiene acceso a datos precisos, puntos de vista diversos y un debate abierto, la verdad triunfará. Pero, ¿qué ocurre cuando se rompe el mercado de la información, cuando la atención, y no la exactitud, se convierte en la moneda de cambio? ¿Cuándo la visibilidad sustituye a la credibilidad?

Esta es la crisis a la que nos enfrentamos ahora: un colapso del mercado de la verdad, o de lo más parecido a ella. Y los regímenes autoritarios se están aprovechando de ello.

Líderes como Donald Trump, Viktor Orbán, Recep Tayyip Erdoğan y Narendra Modi han descubierto una versión de la censura del siglo XXI: no prohibiendo ideas, sino inundando el sistema de ruido. En lugar de suprimir la disidencia, la abruman, explotando nuestra psicología y convirtiendo las plataformas digitales en motores de confusión.

El ascenso al poder de Trump en 2016 no se basó en la persuasión tradicional, sino en una comprensión intuitiva de la economía digital de la atención. Su infame estrategia de «inundar la zona de mierda», en palabras de su antiguo asesor Steve Bannon, equivalía a una guerra de información. Si puedes saturar el entorno con mensajes contradictorios y cargados de emoción, destruyes el valor de la credibilidad. Cuando todo se pone en duda, recurrimos por defecto a lo que ya creemos y en quienes confiamos instintivamente: nuestros iguales más cercanos y quienes lideran nuestros grupos de pertenencia.

Los efectos van mucho más allá de Trump. En la India, el gobierno de Modi presiona a las plataformas tecnológicas para suprimir la disidencia e impulsar las narrativas nacionalistas. En Turquía, Erdoğan combina las detenciones con la manipulación online. En Hungría, Orbán ha nacionalizado gran parte de los medios de comunicación, desplazando al periodismo independiente. Lo que une a estos líderes es un manual común: manipular la plaza pública digital para distorsionar la percepción, no sólo para controlar la expresión.

Estas tácticas funcionan porque explotan la forma en que los seres humanos procesamos la información. No sopesamos racionalmente cada hecho. Nos basamos en atajos: reputación, emoción y consenso social, por ejemplo. Pero plataformas como Twitter, YouTube y Facebook, impulsadas por algoritmos de interacción, explotan esos atajos. Dan prioridad a los contenidos que provocan ira y miedo. Cuanto más emotivo, más visible. En este contexto, la verdad puede convertirse en una señal más, perdida en el ruido.

En un mercado que funciona, los malos productos fracasan. Pero la economía de la atención digital no recompensa la fiabilidad, sino la viralidad. Esta perversa estructura de incentivos permite que prospere la desinformación. Las plataformas tecnológicas -intencionadamente o no- se han convertido en infraestructuras de influencia, utilizadas por los hombres fuertes para eludir a los guardianes tradicionales y ahogar las críticas.

El resultado es un ecosistema epistémico roto. Si todo el mundo vive en una burbuja de información personalizada, no existe una base compartida para el debate público. La gente se siente abrumada y cínica. El compromiso de los votantes disminuye. Aumenta la polarización. Y los demagogos llenan el vacío con relatos simplistas y chivos expiatorios.

No se trata sólo de un problema político, sino también económico. Las democracias dependen de ciudadanos informados que toman decisiones razonadas, al igual que los mercados dependen de consumidores informados que toman decisiones racionales. Pero en ambos casos, la asimetría de la información y la distorsión de los incentivos conducen al fracaso. El mercado de la verdad ya no se autocorrige.

¿Qué se puede hacer?

En primer lugar, los incentivos deben cambiar. Las plataformas de medios sociales tienen que enfrentarse a una presión real -normativa, de reputación o competitiva- para dar prioridad a la integridad sobre la viralidad. Eso no significa censura. Significa aumentar la visibilidad de las fuentes creíbles, etiquetar los contenidos sintéticos o manipuladores y reducir el alcance de la desinformación coordinada.

En segundo lugar, hay que reconstruir la infraestructura cívica. La alfabetización mediática, las herramientas de verificación de hechos y el periodismo independiente son esenciales si queremos un mercado de ideas que funcione. Al igual que los mercados necesitan árbitros de confianza, las democracias necesitan instituciones que defiendan una base fáctica compartida.

Por último, debemos dejar de considerar la democracia como un mero sistema político: también es un sistema de conocimiento. La libertad de elección sólo tiene sentido cuando las personas pueden acceder a información precisa. Sin ella, el liberalismo degenera en teatro, y las elecciones se convierten en concursos de popularidad gobernados por la distorsión algorítmica en lugar del debate razonado.

Los mercados libres dependen de la transparencia, la responsabilidad y la competencia leal. Lo mismo ocurre con las sociedades libres. Si no arreglamos el mercado de la verdad, los autoritarios no necesitarán silenciar a sus críticos, simplemente los enterrarán en ruido.

Severance: someterse a la cultura del cubículo

Por Joseph Holmes. El artículo Severance: someterse a la cultura del cubículo fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Todo el mundo parece estar loco por Severance. Una de las primeras series en mucho tiempo que se ha convertido en un verdadero «programa de agua fría», cuenta con un 96% de los críticos en Rotten Tomatoes y un 76% de la audiencia. Ha dado lugar a toda una industria casera de detectives en YouTube que teorizan sobre cada pista que la serie da sobre su misterio. Incluso ha traspasado las fronteras políticas: desde Eileen Jones, de Jacobin, hasta Ben Shapiro, del Daily Wire, la han calificado de «la mejor serie de televisión».

Es fácil entender por qué la gente la adora. Severance es un clásico épico con héroes, villanos e intrigas románticas. Aborda cuestiones universales y preocupaciones muy actuales sobre cómo el trabajo y las estructuras de nuestras vidas contribuyen a nuestra sensación de falta de sentido. Además, su atención al detalle y el misterio siempre presente dan a la gente muchas oportunidades de teorizar sobre lo que ocurrirá a continuación. (Spoilers de las dos temporadas de Severance a continuación.)

La serie sigue a un hombre llamado Mark Scout (Adam Scott) que trabaja para una oscura empresa llamada Lumon, donde todos los empleados de la planta de Mark -incluido él- se someten a un proceso de «separación». Esto significa que cuando están fuera del trabajo no recuerdan haber estado dentro. Y cuando están dentro, no saben nada de sus vidas e identidades en el exterior. Aunque Lumon cuenta a las dos versiones de Mark lo que supuestamente ocurre con el otro Mark (incluido el proceso de separación), cada vez está más claro que Lumon no es de fiar. Así que ambas versiones de Mark empiezan a investigar en secreto a la empresa. La segunda temporada retoma la historia iniciada en la primera, en la que Mark descubre tanto por dentro (su «interior») como por fuera (su «exterior») que su mujer está viva. En ambas encarnaciones trabaja para debilitar a Lumon y rescatarla.

Una de las ideas más importantes que trata Severance es la «alienación». Karl Marx desarrolló una teoría de la alienación según la cual el mundo moderno -y el capitalismo en particular- nos aliena de nosotros mismos y de nuestro trabajo. Según Marx, lo que hacemos con nuestro trabajo es esencial para nuestra identidad. Pero el capitalismo nos aliena primero exigiéndonos un alto grado de especialización en el trabajo que realizamos y luego alejándonos del fruto de nuestro trabajo. Ya no fabricamos zapatos para regalárselos a un hijo o vendérselos a un vecino. En su lugar, fabricamos la goma de la suela, la enviamos a otra persona y nunca vemos a la persona que lleva los zapatos. Tampoco nos pagan directamente por los zapatos que hacemos. Nos pagan un salario por nuestro tiempo y otro se lleva el beneficio del zapato.

La alienación está presente en Severance. El hogar y el trabajo de los personajes están literalmente separados. Cada versión de sí mismo es profundamente incompleta. Mark y Dylan, su compañero de trabajo, son consumidores y holgazanes sin rumbo en sus vidas externas, carentes de un trabajo que les dé un propósito. Mientras tanto, los innies no tienen nada más que trabajo, incapaces de desarrollar relaciones reales con nadie porque ellos y sus compañeros pueden ser despedidos en cualquier momento. Tampoco pueden encontrar satisfacción en el propio trabajo porque también es alienante. Se pasan el día moviendo números alrededor de una pantalla, sin tener conciencia de los grandes objetivos a los que aparentemente sirve este trabajo. El programa hace que los espectadores tengan esa misma sensación de alienación al mantenerlos desorientados y aferrados a una trama. Se saltan secciones importantes de tiempo entre los innies y los outies, dejando a los espectadores sin un sentido claro de contexto o continuidad. Lumon intenta compensar este sinsentido con constantes recordatorios de que Lumon es una familia y una religión -hay una especie de culto a su fundador, Kier, y el lugar está lleno de libros sagrados, refranes, pinturas y usos silenciosos y reverentes de su nombre y su ejemplo-, pero esto suena vacío, ya que los innies saben que pueden ser descartados en cualquier momento. (Como dice el meme: «Si murieras esta noche, tu jefe ocuparía tu puesto el lunes»).

Dado que el innie y el outie de cada trabajador carecen de un propósito compartido, empiezan a desarrollar propósitos individuales que los ponen en desacuerdo entre sí, con múltiples personajes engañando a sus compañeros outie con innies. Esto culmina en un brillante debate entre Mark y su innie sobre mensajes grabados, en el que su innie no ayuda a Mark a salvar a su mujer porque Mark tiene a otra persona a la que ama en el piso de Severed.

No hace falta ser marxista, ni anhelar una conexión personal con los zapatos, para que la sensación de soledad y falta de sentido de Severance resuene. El trabajo está en gran medida desconectado de las relaciones o de un sentido más amplio del propósito. Las relaciones que se establecen son superficiales y frágiles, porque cualquiera puede desaparecer mañana por razones que nunca entenderemos. El anonimato de la vida nos permite llevar máscaras que nos alejan de los demás. Este aumento de la soledad es una de las principales causas del aumento de la depresión, como documentan Jean Twenge en Generations y Jonathan Haidt en The Anxious Generation.

Nadie quiere eliminar las partes buenas del capitalismo, como el aumento dinámico del nivel de vida y el descenso mundial de la pobreza y la mortalidad infantil. Y alternativas como el comunismo o el socialismo, que intentan aprovechar el poder de creación de riqueza de la Revolución Industrial, no resuelven el problema de la alienación. Cuando la gente recibe nuevos ingresos, opta por actividades de ocio en lugar de actividades prosociales como el compromiso con la comunidad o el cuidado de los demás.

Puede que falten bromuros liberales contra el capitalismo, pero los conservadores también luchan por abordar el problema de la alienación. Este año, estalló una pelea entre conservadores sobre el empleo y una vida con sentido cuando el activista conservador Christopher Rufo argumentó que una solución al declive del empleo y el matrimonio es que los hombres jóvenes, especialmente, estén dispuestos a conseguir un trabajo en Panda Express o Chipotle. Podrían ganar 70.000 dólares como ayudante de gerente y llegar a ganar 100.000 como gerente de tienda. Ese tipo de empleo estable también les haría candidatos matrimoniales más atractivos.

La sugerencia de Rufo provocó un aluvión de respuestas airadas, en las que muchos le acusaban de condenar a la gente a toda una vida de trabajos que odiarán (¿quién sueña con trabajar en Panda Express para siempre?) en lugar de solucionar los problemas sistémicos que limitan los empleos masculinos a esas opciones. (Por ejemplo, algunos se quejan de que las escuelas están sesgadas a favor de los estilos de aprendizaje de las chicas, y los profesores están sesgados en sus calificaciones en contra de los chicos). Como señaló el crítico cultural Aaron Renn, esto tampoco resolverá totalmente el problema del matrimonio, ya que las mujeres también están superando a los hombres en títulos universitarios, y la mayoría de esas mujeres no querrán casarse con un hombre sin uno.

Sin embargo, todos estos puntos importantes pasan por alto el verdadero problema. La mayoría de los estadounidenses están más satisfechos con su trabajo que hace décadas. Pero siguen más deprimidos que nunca. Los jóvenes abandonan el mercado laboral porque, a diferencia de sus padres y abuelos, no encuentran sentido a tener un trabajo sin satisfacción intrínseca. Cuando la sociedad no comparte una metahistoria y carecemos de vínculos profundos con los demás, no existe un refuerzo positivo que haga que la monotonía del trabajo sea importante. Richard Reeves escribió sobre las experiencias de los hombres jóvenes en Of Boys and Men y llegó a la conclusión de que esta falta de motivación era uno de los mayores obstáculos para los hombres. Cuando incluso los hombres de éxito se sienten a menudo como los personajes de Severance, ¿quién puede culparles?

Roger Eggers, director de The Northman y Nosferatu, habló una vez con nostálgica envidia de lo que debía de ser ser artista en épocas anteriores, cuando la vida parecía tener un sentido más intrínseco.

Creo que es difícil hacer este tipo de trabajo creativo en una sociedad secular moderna porque se convierte todo en tu ego y en ti mismo. Y siento envidia -ésta es la parte horrible- de los artesanos medievales que trabajan para Dios. Y eso se convierte en una forma… [de] ser creativo para celebrar otra cosa. Y también, te estás censurando a ti mismo porque no se trata de como yo, yo, yo, yo, yo. Así que dices: «Oh, tengo que frenar eso porque este retablo no tiene que ser así». Cualquier visión del mundo en la que todo lo que les rodea esté lleno de significado es emocionante para mí, porque ahora vivimos en una cultura tan cansina, cutre y comercial.

Lo que los hombres y las mujeres necesitan es que las piezas de sus vidas se «reintegren», por utilizar un término de Severence. La gente es más feliz cuando sus historias y actividades se integran en un todo con sentido. Por eso las personas que iban a la iglesia durante la pandemia fueron el único grupo cuya salud mental mejoró: La religión conecta a las personas en una metahistoria que las vincula a personas reales y explica el significado de todas las partes de sus vidas. Como señala Twenge juguetonamente, no hay crisis de salud mental entre los amish.

Esta es una de las razones por las que Jordan Peterson ha sido tan eficaz a la hora de atraer a los jóvenes. Porque es capaz de tomar las cosas aburridas de la vida («limpia tu habitación») y convertirlas en una épica historia de aventuras. «Tienes una mujer que encontrar, un jardín que pisar, una familia que criar, un arca que construir, una tierra que conquistar, una escalera al cielo que construir, y la catástrofe total de la vida que afrontar, de verdad, entregado al amor y sin miedo».

También necesitamos conectar nuestras vidas laborales, familiares y sociales de alguna manera real. Si un joven va a la iglesia y entabla allí relaciones reales con su comunidad, tendrá más gente que le preste ayuda práctica para conseguir un trabajo, y más satisfacción en el trabajo que consiga por la gente que le apoya.

La verdad es que el tipo de significado que Eggers envidia está disponible en el mundo moderno, pero la mayoría de la gente elige alejarse de él. Es como los desgarradores momentos finales de la segunda temporada de Severance, donde (spoilers) el innie de Mark decide quedarse con su amor innie en lugar de unirse a su mujer. Elige su vida de alienación antes que su vida de integración.

Como escribió el filósofo francés Gilles Lipovetsky en Tiempos hipermodernos, la verdadera culpable de la alienación es la libertad humana. Los reformadores de la Ilustración debilitaron todas las instituciones humanas que nos unían para dar a los humanos la máxima libertad. La libertad religiosa significaba que podías elegir tu iglesia. La democracia significa que puedes elegir tu gobierno. El capitalismo significaba que podías elegir tu trabajo y dónde comprar. La tecnología y la riqueza que se desarrollaron rápidamente a partir de esto significaron que era más fácil que nunca viajar y elegir tu comunidad. ¿Y qué hicimos con esta libertad? Elegimos alejarnos unos de otros, ver a nuestras familias sólo en Navidad y Semana Santa e ir menos a la iglesia. Como señala Jonathan Haidt en La generación ansiosa, una vez que desarrollamos las redes sociales, utilizamos esa libertad para dar prioridad a las relaciones virtuales sobre las reales.

No debemos eliminar la libertad humana. Por el contrario, debemos aprender a tomar las decisiones que realmente nos hagan felices. Aunque eso signifique que otras personas a las que queremos -como Mark- a veces se alejen y elijan la alienación en su lugar.

Competencia Fiscal (III): Oportunidad histórica para Argentina

La República Argentina cuenta con una oportunidad única. En el discurso presidencial que dio inicio a las sesiones legislativas pronunciado este marzo de 2025, el señor presidente Javier Milei deslizó sus intenciones de promover la competencia fiscal entre provincias.

Concretamente expresó: “El estado nacional establecerá un piso mínimo para cada impuesto, sustancialmente inferior al total actual, y luego las provincias podrán elevarlo a su criterio, lo que indudablemente generará una competencia fiscal entre las provincias que dinamizará así sus economías”

La Argentina es un país interesante por donde se lo mire. La desigualdad inherente entre sus provincias propicia una oportunidad que debe ser aprovechada. Incluso, los diferentes niveles de desarrollo en infraestructura y servicios constituyen al mismo tiempo una ventaja en lo que respecta al estímulo competitivo.

En mayor o en menor medida las personas conocen alguna historia de cómo en algún tiempo pasado un determinado pueblo se volvió fantasma cuando la última empresa cerró sus puertas. Los impuestos desalientan la producción y en no pocos casos terminan por asfixiar a las empresas hasta llevarlas a la muerte. Las personas a la hora de invertir y establecer una empresa observan con atención la presión tributaria a la que deberán someterse, cuestión muchas veces definitoria.

Muchos tributaristas dedican años e investigaciones enteras en buscar la justicia, su punto o su grado, en los impuestos. Todos ellos cometen el error de olvidar -o desconocer- que no hay nada neutro en los impuestos ni mucho menos justo. Lo único justo sería la inexistencia de los impuestos. Existe un frenesí por diseñar el modelo fiscal ideal u óptimo. Sin embargo, en el esquema actual y en el punto de la historia de la humanidad en la que nos encontramos, los impuestos aún existen. Dicho esto, lo mejor que puede hacerse es reducirlos al mínimo posible y fomentar la competencia fiscal entre jurisdicciones.

A mayor abundamiento sobre estos aspectos se encuentran publicados en este Instituto otras dos publicaciones de mi autoría sobre el tema. (Competencia fiscal: el terror de los socialistas; y Competencia Fiscal: la terquedad perversa y primitiva de la OCDE)

Política Fiscal, caso Argentina

En Argentina existe un régimen de coparticipación fiscal que no es nada más ni menos que un mecanismo de distribución de recursos entre Nación y Provincias. Su esencia es el denominado federalismo fiscal, que se apoya en las siguientes ideas:

La ya mencionada desigualdad entre provincias. La coparticipación se defiende bajo la idea de que no todas las provincias tienen la misma capacidad para generar ingresos. Y que sin coparticipación algunas serían más ricas que otras. En primer lugar, esto es falso, y la curva de Laffer lo explica perfectamente. Un esquema competitivo y atractivo para las inversiones (que no castigue a quien quiera producir) es un imán para inversores y empresarios, elevando así los ingresos tributarios de las provincias. En segundo lugar, no hay nada nocivo ni injusto en la desigualdad. Incluso en la desigualdad de riqueza.

Otro argumento sobre el que se apoya la coparticipación es que permite unificar el sistema tributario aplicable y por lo tanto redunda en una recaudación fiscal más eficiente. Este argumento es endeble. La eficiencia no viene dada de la unificación de tener un sistema o muchos, sino de la simplicidad de los mismos, la transparencia y la seguridad jurídica. Pueden existir muchos sistemas y muy sencillos o un único sistema complejo, ineficiente y descoordinado.

Un último argumento que suele esgrimirse es el de la solidaridad y la equidad fiscal, que busca garantizar servicios públicos esenciales en todo el territorio nacional. En cuanto a la solidaridad, este concepto también está mal aplicado al ámbito fiscal. La solidaridad es voluntaria o no lo es. No existe solidaridad a punta de pistola. Dado que los impuestos son violencia en esencia, no puede calificarse de solidario el acto de pagar impuestos. Respecto de la equidad y la justicia caben los mismos contra argumentos antes comentados.

El fracaso de la coparticipación y los frutos de la competencia

En conclusión, suele decirse que la coparticipación ayuda a la unidad de Argentina y a su cohesión. La realidad es muy diferente. La coparticipación es el eterno debate entre gobernadores provinciales y gobierno nacional. La coparticipación, además de ser un problema irresoluble, es tierra fértil para el clientelismo político. Para la desidia y para la ineficiencia de los recursos escasos.

La realidad es que la mejor posibilidad que tiene una provincia con menor desarrollo económico y menor riqueza es, justamente, ser atractiva, cuidadosa y respetuosa del dinero de sus actuales ciudadanos y potenciales inversores. Y, además, ser eficiente en la utilización de ese dinero que no es propio (no es del estado). Deberá también brindar los mejores servicios posibles y garantizar el respeto a la propiedad privada. Siendo este el caso, una provincia A (podría ser el caso de Chaco) cuya riqueza y desarrollo económico es menor al de la provincia B (ejemplo, Buenos Aires), tiene posibilidades de atraer capitales foráneos y que nuevas y más empresas se instalen en su territorio. De esta manera, podría así obtener más recursos, empleos y en definitiva comenzar a dar pasos hacia adelante en cuestiones de desarrollo. El desarrollo económico es un camino que debe transitarse, no puede considerarse dado, y las supuestas ayudas en la práctica poco resuelven.

Al mismo tiempo, la acaudalada provincia B, se va a ver obligada a brindar mejores servicios con el esquema de ingresos actuales, con el objeto de que valga realmente la pena ese nivel de presión fiscal. O, disminuir su presión tributaria y evitar la deslocalización de empresas o que nuevas elijan A por sobre B. Impedir la competencia fiscal es privar a las provincias más pobres de una herramienta genuina, poderosa y justa para incentivar su desarrollo.

Como siempre, es muy sencillo ser solidario con dinero ajeno. La excusa del federalismo y la unión nacional son solo bonitas palabras que en la práctica no resuelven nada. La competencia fiscal es la única herramienta poderosa y justa -en un marco de Libertad- que permitiría a las provincias prosperar según el tiempo, energía y esfuerzo de sus habitantes. Al mismo tiempo presiona fuertemente a la casta política para ser cada vez más eficientes en el uso de los recursos que no les son propios. No solo se trata de la presión tributaria directa, sino también la indirecta, que es la inestimable cantidad de tiempo que los ciudadanos dedican a pagar sus tributos, llenando decenas de aplicativos y formularios, muchas veces repetitivos y complejos.

Por último, y como si esto fuera poco, además permite a los habitantes votar con los pies. Esto es sencillamente un verdadero acto de justicia y Libertad que todo ciudadano debe poder realizar. Sistemas fiscales o barreras físicas que impidan esto, y que eviten la competencia para comodidad de una casta política gobernante no es en absoluto deseable y nada bueno puede aportar. La construcción del Muro de Berlín en 1961 ya nos enseñó qué sucede cuando se intenta evitar que la gente vote con sus pies, es decir, decida huir hacia mejores condiciones.

Serie competencia fiscal
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Cómo los aranceles trumpistas empobrecerán al mundo

La política comercial de Estados Unidos ha cruzado una línea que durante décadas se consideró impensable, incluso entre sus críticos. No es que el proteccionismo sea nuevo -la historia económica estadounidense tiene historias de aranceles para regalar-, pero lo que está ocurriendo ahora no es una medida temporal, ni una respuesta puntual a una crisis sectorial. Es, directamente, la reinvención de la guerra comercial como estrategia política permanente, sin matices, sin disimulo y, lo que es peor, sin fundamento.

Donald Trump ha puesto sobre la mesa un nuevo esquema arancelario que no distingue entre aliados, rivales o socios estratégicos. Todo país que tenga superávit comercial con EE. UU. es, por definición, sospechoso. Y todo déficit bilateral es tratado como evidencia de abuso. No hay una investigación técnica, ni análisis de cadena de valor, ni contexto histórico. Solo una ecuación: déficit comercial dividido por importaciones. Resultado en mano, se asigna un porcentaje de castigo.

Así se llega, sin rubor, a tarifas del 104 % para China, 49 % para Camboya, 46 % para Vietnam, 32 % para Indonesia y Taiwán, 26 % para India, 20 % para la Unión Europea y 10 % para el Reino Unido. Un escenario digno de una parodia económica, pero que hoy se considera seria política de Estado.

El trasfondo ideológico de esta fórmula es tan rudimentario como inquietante: en un mundo justo, supuestamente todas las balanzas comerciales bilaterales deberían estar equilibradas. Si un país le vende a EE. UU. más de lo que le compra, entonces lo está explotando. Como si el comercio internacional fuera una suma cero, donde todo excedente ajeno implica una pérdida propia. Esta es la base de la ofensiva arancelaria, repetida en mítines, entrevistas y documentos oficiales, con la naturalidad de quien no sabe -o no quiere saber- que está pisoteando siglos de pensamiento económico.

Porque el comercio no es contabilidad, o no solo eso. El déficit exterior de EE. UU. no es el resultado de acuerdos mal negociados, sino de una economía estructuralmente consumista, con moneda fuerte, poder adquisitivo elevado y una economía cada vez más terciarizada. El superávit de otros países con EE. UU. no es una trampa: es, en buena parte, la consecuencia natural de un país que importa porque puede.

El problema no es solo conceptual. Es práctico. La imposición generalizada de aranceles altos afectará inevitablemente a los precios domésticos, desde la ropa hasta los microchips. Las empresas estadounidenses, muchas de las cuales dependen de insumos extranjeros -o tienen producción deslocalizada-, enfrentarán un dilema: absorber el golpe o trasladarlo al consumidor. Sorpresa: el consumidor siempre paga.

Además, ningún país se queda de brazos cruzados. La historia reciente ya demostró que los aranceles provocan represalias, desequilibrios y roturas en las cadenas de suministro y fricciones diplomáticas innecesarias. Y en un mundo donde las economías están interconectadas por miles de contratos, tratados y flujos financieros, cada decisión unilateral genera ondas de choque. Lo que empieza como una promesa de proteger al trabajador americano termina, en la práctica, socavando las bases del crecimiento global y aumentando la incertidumbre para todos.

Pero… ¿funcionará esta estrategia para reducir el déficit? La respuesta corta es no. La larga, tampoco. La evidencia empírica -y los casos históricos- muestran que los aranceles pueden reducir las importaciones, sí, pero también tienden a reducir las exportaciones. Un país que se cierra pierde competitividad, dinamismo y acceso a mercados. Además, el déficit externo no se resuelve desde la aduana, sino desde el equilibrio macroeconómico interno: gasto público, ahorro privado y política monetaria. Ninguna de esas variables se verá enormemente afectada con un arancel del 46 % a Vietnam.

Lo que sí logrará esta política es distorsionar el comercio, encarecer la vida cotidiana, sembrar tensión diplomática con socios clave y debilitar la credibilidad institucional de Estados Unidos en los foros multilaterales. No es poco daño para una decisión basada en meros sentimientos de opresión comercial inexistente.

Lo más preocupante de esta nueva doctrina arancelaria no es su impacto económico inmediato, sino lo que revela a nivel sistémico. Durante décadas, EE. UU. lideró el diseño de un modelo comercial global basado en reglas claras, reciprocidad negociada, resolución de disputas por vías legales y apertura progresiva. Ese modelo, con todos sus defectos, permitió expandir el comercio, integrar economías emergentes y reducir conflictos.

Hoy, ese andamiaje está siendo dinamitado desde dentro. No por enemigos externos, sino por una administración que ve en el multilateralismo una amenaza y en la autonomía comercial absoluta una virtud. La ironía es que EE. UU. ya no se presenta como víctima de un sistema mal diseñado, sino como mártir de un sistema que ellos mismos impusieron al resto del mundo.

La pregunta que queda es si esta política comercial tiene algún propósito real o si es, simplemente, una extensión de la campaña permanente. Todo apunta a lo segundo. Los aranceles, en este contexto, no son medidas correctivas: son banderas electorales. Sirven para agitar a sus votantes, construir enemigos imaginarios y reforzar una narrativa de declive provocado por terceros. Un eslogan convertido en política de Estado.

Pero incluso los relatos más sólidos chocan tarde o temprano con la realidad. Y cuando el efecto de los aranceles empiece a notarse en el bolsillo del votante medio, cuando los sectores productivos se rebelen y las alianzas internacionales empiecen a erosionarse, quizá alguien en Washington empiece a preguntarse si valía la pena sacrificar el liderazgo global a cambio de unos puntos en las encuestas.

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