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Aranceles: una receta infalible para el empobrecimiento

Adam Smith escribió que «el interés de la inmensa mayoría de la población es y debe ser siempre comprar lo que necesita a quien vende más barato. […] Es tan evidente, que esforzarnos en demostrarlo podría parecer ridículo; nunca habría sido puesto en duda si las interesadas falacias de mercaderes y fabricantes no hubieran perturbado el sentido común de la humanidad».

Lamentablemente, el libre comercio nunca ha tenido tanto predicamento entre políticos como entre economistas. Para el político, es más fácil vender remedios proteccionistas que esperar a que las impersonales bondades del libre comercio le generen réditos políticos. Los gobernantes tienden a anteponer su propia popularidad al bienestar de la población, y si para ello tienen que predicar ideas erróneas e implementar medidas empobrecedoras, no dudan en hacerlo.

Donald Trump, recién reinstalado en la Casa Blanca, ha anunciado una extensa batería de aranceles: 25% para Canadá y México, 20% para China, 25% para el acero y aluminio, y diversos aranceles a productos agrícolas. Estas medidas se justifican en nombre del interés de la nación, pero siempre terminan empobreciéndola.

Los aranceles son un impuesto especial sobre los bienes importados cuyas consecuencias no entrañan ningún misterio a quien haya pasado por un curso de economía básica.

El efecto más visible es la transferencia de recursos de los consumidores nacionales y los productores extranjeros hacia los productores nacionales (en forma de menor competencia y mayores precios) y al Estado (en forma de recaudación arancelaria). Esta suele ser la motivación de fondo del proteccionismo: concentrar beneficios en unos grupos de presión nacionales bien organizados, a costa de los desorganizados consumidores. Y los gobernantes, como es habitual, también sacan tajada por los servicios prestados.

Pero aún más importante que esta redistribución de riqueza son las consecuencias que no se ven a simple vista. En primer lugar, los aranceles provocan una destrucción de riqueza neta al impedir que se realicen intercambios que habrían sido mutuamente beneficiosos en ausencia de aranceles. Al subir el precio de los bienes sujetos al arancel, se reduce artificialmente el consumo de dichos bienes: muchas transacciones dejan de tener lugar y, en consecuencia, se produce una pérdida neta de producción.

Y en segundo lugar, también se destruye riqueza neta por la sustitución de formas de producción más eficientes por otras más ineficientes. El uso de procesos productivos que necesitan un mayor uso de recursos provoca el despilfarro de estos recursos, que podrían haberse utilizado en la producción de otros bienes y servicios.

Henry Hazlitt explicaba que esta destrucción de riqueza no sólo perjudica a los consumidores, sino también a todos los demás productores nacionales. Los consumidores, al verse obligados a gastar una mayor parte de su renta en bienes artificialmente encarecidos, pasan a tener menor renta disponible para adquirir otros productos o para realizar inversiones. Por ejemplo, si un arancel encarece los coches importados, las familias tendrán que destinar más dinero a comprar cada vehículo, y tendrán que recortar su consumo en teléfonos móviles, ropa o alimentos, perjudicando a los productores de estos bienes. 

Estas serían las consecuencias si los aranceles solo se aplicaran sobre bienes de consumo. Pero cuando se aplican a factores productivos, el impacto negativo se extiende en oleadas que alcanzan la totalidad de la economía. Por ejemplo, un arancel al acero hace más ineficiente la fabricación de automóviles, la construcción de viviendas o la producción de un sinfín de productos que emplean acero como factor productivo. Estos bienes tenderán a encarecerse, a producirse en menor medida y a afectar la producción de otros productos, desatando una espiral empobrecedora generalizada.

Pero hay algo aún peor: las medidas proteccionistas nunca vienen solas, sino que siempre generan represalias y desembocan en una absurda guerra comercial. Si EE.UU. impone aranceles a China, México, Canadá o Europa, es esperable que sus gobiernos respondan con sus propias medidas proteccionistas contra productos estadounidenses. Esto multiplica el daño económico para todas las partes y garantiza que nadie quede libre de la catástrofe del proteccionismo. En un mundo tan interconectado como el actual, en el que las cadenas de valor se distribuyen entre múltiples países en función de su ventaja comparativa y tienden a maximizar la eficiencia productiva, los aranceles tiene el demoledor efecto de desintegrar esta enriquecedora división internacional del trabajo. El resultado es un mundo más pobre.

Es evidente que, en parte, los aranceles anunciados por Trump son una herramienta de negociación. Trump busca presionar a otros países para obtener de ellos medidas de control de fronteras, reducciones de sus propios aranceles o de otras barreras comerciales encubiertas. Si el resultado final fuera una mayor libertad comercial, bienvenida sea. Pero la experiencia de su primera legislatura nos dice que no tiene por qué acabar así: incluso planteados como estrategia negociadora, buena parte de estos aranceles terminan quedándose.

Pero incluso si la estrategia de Trump lograra reducir aranceles a largo plazo, aún tendría un efecto perverso: estaría librando la batalla de las ideas a la inversa; estaría evangelizando sobre las bondades del proteccionismo y, por tanto, socavando la esencial batalla de las ideas en favor del libre comercio y el mercado libre. En la primera legislatura de Trump, las ideas proteccionistas calaron en la población lo suficiente para que su sucesor, Joe Biden, terminara por consolidar, y en algunos casos incrementar, medidas contrarias al libre comercio.

En conclusión, subir aranceles es siempre una política económica desastrosa. El proteccionismo solo sirve para alimentar el ego de gobernantes que pretenden venderse como mesiánicos defensores de los intereses nacionales. Pero el precio a pagar es el empobrecimiento de la nación.

De nuevo, Mises no comprendió a Menger (V): La escasez

A diferencia de lo que podría parecer, las teorías del valor de Menger y de Mises no son exactamente iguales, y tampoco se podría decir que la teoría de Mises, por ser posterior, elabora en mayor detalle la de Menger. Sobre la cuestión de la escasez, Mises adopta un enfoque mucho más simple que el de Menger.

En principio si la simplificación es pertinente y correcta debería ser más que bienvenida, pues como norma general se puede considerar superior sobre las demás aquella teoría que pueda explicar la realidad de forma más general y/o más simple.

Sin embargo, en este caso la simplificación de Mises parece más bien un retroceso que un avance. Mises se refiere a los bienes económicos como medios para alcanzar un fin. Y en ese sentido, sostiene que los medios son escasos o no lo son, sin detenerse demasiado en matices intermedios. Su enfoque es dicotómico: una vez el hombre percibe que un bien es escaso, lo valora subjetivamente, guiado por su preferencia o deseo. Es, por tanto, un planteamiento cualitativo y genérico del valor, que tiende a considerar los bienes económicos “en bloque”, donde el grado de escasez tiene muy poco protagonismo en la teoría.

Menger, por el contrario, es mucho más minucioso y detallado. Su análisis es cuantitativo y totalmente enfocado en la relación concreta entre la cantidad necesitada y la cantidad disponible. Para Menger, la condición de bien económico (o “medio”, en la terminología de Mises) no es una cuestión de escasez percibida o tácita, sino que está determinada por la magnitud específica de esa relación. Cuanto mayor sea la diferencia entre cantidad necesaria y disponible, mayor será el grado de escasez y, por ende, el valor económico del bien. Menger aporta así un enfoque más granular, que permite graduar la valoración según la intensidad de la escasez. 

Este grado de escasez no es otra cosa que la base matemática de la curva de utilidad marginal. Cuantas menos vacas tiene el ganadero de Menger, mayor valor tiene la vaca marginal.

Por ejemplo, si Crusoe cuantifica que necesita dos litros de agua al día para beber y también cuantifica que puede disponer de más de diez al día sin ningún esfuerzo significativo, para Crusoe el agua no sería escasa y no tendría ningún valor, y esto sería así como consecuencia de este cálculo cuantitativo y no como consecuencia de ninguna “preferencia subjetiva” entendida en su sentido más literal de mero deseo o gusto. A Crusoe no le ha dejado de gustar el agua, ni tampoco ha dejado de necesitar agua.

Por el contrario, si Crusoe estima que solo dispone de un litro de agua fácilmente accesible y necesita dos, ya existe un grado de escasez perfectamente cuantificable: le falta un litro al día, y deberá dedicar tiempo y recursos para obtenerlo. Es razonable pensar que, si la necesidad diaria queda establecida en dos litros, el factor determinante del valor del agua no será el deseo, sino la cantidad disponible. 

Queda demostrado, entonces, que sin modificar un ápice la preferencia subjetiva, el valor puede cambiar radicalmente en función de la cantidad disponible. La teoría de Mises, al conceder un peso desproporcionado a la preferencia subjetiva sobre la escasez, desdibuja —a mi juicio— el núcleo esencial de la revolución marginalista.

Con esto no queremos afirmar en absoluto que la teoría de Menger sea puramente cuantitativa. Nada de eso. Pero su enfoque acota mucho mejor la subjetividad entendida como simple preferencia (o incluso capricho). En Menger “subjetivo” significa sobre todo cuánta cantidad necesita el sujeto, y de cuanta cantidad dispone el sujeto.

Y la preferencia subjetiva se refleja cardinalmente en el cálculo de la cantidad necesitada, como ilustra en su ejemplo del tabaco. Si ya nadie deseara fumar, la cantidad necesitada de tabaco sería cero. Aplicando esto al caso de Crusoe, es también razonable pensar que, si Crusoe valora mucho más que otros la posibilidad de asearse, estimará una necesidad de agua mayor que la que calcularía otra persona en sus mismas circunstancias.

Fijémonos que al final se acaba cuantificando una cantidad necesitada. Es decir, la preferencia subjetiva se puede plasmar perfectamente en una cantidad cardinal concreta, sin importar lo más mínimo que esa preferencia nos pueda parecer racional o irracional.

Por tanto, no resulta realista ni parece ofrecer una buena explicación de la realidad el enfoque de Mises, donde se estima más valioso aquél que se prefiere sobre otro, sin posibilidad alguna de cuantificar cuánto más valioso.

Es mucho más realista el enfoque de Menger, donde se cuantifican las cantidades necesitadas y disponibles, y a partir de ahí pueden obtenerse estimaciones cardinales del grado de escasez de unos bienes frente a otros. Por ejemplo, tras evaluar las cantidades necesitadas y disponibles de agua y comida, puedo estimar que en esta isla la comida es cuatro veces más escasa que el agua, y tiene pleno sentido que planifique mi tiempo y recursos según esa proporción, aunque sea aproximadamente.

Más aún, las cantidades necesitadas pueden ajustarse en función del tiempo y recursos disponibles para llegar a una planificación óptima, renunciando, por ejemplo, a alguna unidad de comida. Y todo ello constituye un cálculo cardinal, no distinto del que se realiza en el ámbito de los precios, pero aquí circunscrito al valor.

Respecto a esto último, como hemos insistido en entregas anteriores de esta serie, conviene recordar que para cuantificar cardinalmente el valor no es necesaria una exactitud total, ni una unidad de medida absoluta o constante. El valor de un bien puede expresarse en términos de otro, como hace Menger de forma sencilla en su ejemplo de las vacas y los caballos.

Sin restarle importancia a la satisfacción de una necesidad en lo que respecta al valor —independientemente de las cantidades disponibles— no debemos olvidar que la revolución marginalista consistió precisamente en identificar la escasez como elemento esencial del valor, popularmente ilustrado con la paradoja del agua (abundante) y los diamantes (escasos). Y la escasez no es otra cosa que la relación cuantitativa y cardinal entre cantidad necesitada y cantidad disponible.

Serie De nuevo, Mises no comprendió a Menger

(I) Ordinal vs. cardinal

(II) Tampoco Hayek

(III) Unidad de medida

(VI) La escala de Mohs

Serie Mises no comprendió a Menger

IIIIIIIV

Clemenceau y el radicalismo francés, ¿fueron liberales?

Georges Clemenceau (1841-1929), es uno de los políticos franceses más singulares de los dos últimos siglos. Izquierdista declarado, aunque demasiado defensor de la propiedad privada y del mercado para ser bien acogido por el izquierdismo y, a la vez, demasiado anticlerical y estatista, como para ser bien recibido entre conservadores y liberales. Su patriotismo, sentido con ardor jacobino, constituyó un impulso para su carrera política, aunque, como alguien dijo, amó a Francia, sí, pero odió a casi todos los franceses de todas las épocas.

Protagonista del Affaire Dreyfus, que conmocionó y dividió a Francia en 1894 (siguió dividida hasta 1958), Clemenceau fundó el Partido Radical francés (1901), partido fundamental en la Francia del siglo XX. Liberal en lo económico y jacobina en lo político, defendía la propiedad privada y el mercado, aunque era muy estatista, y también defendía la libertad, salvo para los católicos, en la católica Francia. El nombre “radical” procede de la prohibición de la palabra “republicano”, por Luis Felipe de Orleans durante su reinado (1830-1848). Para eludirla, inventaron el nombre de “radical”, que adoptarían los republicanos franceses.

Nació Clemenceau en una familia republicana y jacobina de La Vendeè, región de mayoría conservadora y legitimista durante la Gran Revolución. El País de los Chuanes, los guerrilleros legitimistas que se enfrentaron a la revolución, en 1793-1795, novelados por Balzac. Su padre le educó en un republicanismo y anticlericalismo extremados y le introdujo en la masonería. Clemenceau es muy representativo del radicalismo francés[1] y tuvo mucha influencia en España, como en Alejandro Lerroux -fundador en 1908 del Partido Radical español- y Manuel Azaña.

Un francés en Nueva York

Licenciado en medicina, viajó en 1865 a USA. No ejerció la medicina, pues escribió crónicas del final de la Guerra de Secesión USA (1861-1865), para el Paris Temps. La experiencia americana fue trascendental en su formación política. Paseó por Nueva York en los meses finales de la Guerra Civil, y vivió la conmoción general ante el asesinato de Lincoln, entonces el gran apóstol de la libertad. Al terminar la guerra civil, y para mejorar sus rentas, fue profesor de francés.

Al igual que Tocqueville treinta años antes, Clemenceau admiró la pujanza y el bienestar de América, en relación con Europa. Y, como Tocqueville, creyó que el secreto de ese bienestar eran la libertad y la democracia, que permitían a los individuos desarrollar sus opciones vitales sin las trabas de las sociedades europeas y sus rastros y restos del Antiguo Régimen.

Retorno a Francia

Vuelto a Francia, en 1869, su vocación política le llevó pronto a París. Era una gran ocasión: la crisis final del IIº Imperio francés. En julio de 1870 Napoleón III había declarado la guerra a Prusia, pero el 1 de septiembre de 1870, el ejército francés fue derrotado en Sedán y el emperador cayó prisionero. Fue el fin de Napoleón III: el 4 de septiembre de 1870, León Gambetta (1838-1882) proclamó la República.

Desde el primer momento, Clemenceau se unió a la agitación a favor de la República. En ese año fue elegido Alcalde del XVIIIº Distrito de París (Montmartre) y, en febrero de 1871, diputado en la Asamblea Nacional. En ella, se opuso a la paz impuesta por Bismarck, que anexionó Alsacia y Lorena a Alemania.

Regresó a Paris en marzo de 1871 y vio la “Revolución de la Comuna”. Igual que otros republicanos, como Gambetta, intentó la mediación entre el gobierno y los revolucionarios, lo que rechazó el gobierno de Thiers (1797-1877). Al no conseguirlo, renunció a su escaño en la Asamblea Nacional, igual que Gambetta. Los Comunards (comuneros) fueron vencidos por Thiers, en mayo de 1871. Cinco años después, en 1876, Clemenceau volvió a ser elegido diputado y, poco a poco, fue ganando el liderazgo de los entonces dispersos republicanos.

La herencia política de León Gambetta

León Gambetta fue uno de los Padres de la IIIª República francesa y del radicalismo francés: el autor del Programa de Belleville (1869), evangelio del radicalismo francés de la IIIª República. De inspiración jacobina, fue intransigente en los derechos individuales y el sufragio universal.

También incorporó una fuerte orientación anti-católica, especialmente en materia educativa, en la que el radical Jules Ferry (1832-1893), durante sus gobiernos (1879-1885), creó el sistema de educación pública y laica en Francia, centrado en la promoción por el mérito. Al morir Gambetta, el republicanismo radical quedó huérfano.

Mas, en la última década del XIX y la primera del XX, los republicanos fundaron el “Partido Republicano Radical y Radical-Socialista”, el 23 de junio de 1901. Fue el comienzo de la época de esplendor del radicalismo francés, que dio a Francia políticos de fuste, entre los que destacó Clemenceau, líder del radicalismo, por su aura de Héroe del Affaire Dreyfus.

El espíritu radical

¿Qué representó el radicalismo? En los debates habidos entre 1889 y 1891, a propósito del Primer Centenario de la Gran Revolución (1789-1889) y, ante las voces críticas que surgieron entonces sobre los excesos revolucionarios, Clemenceau acuño una expresión que se ha mantenido vigente como la posición “progresista” tópica para enjuiciar la obra revolucionaria de 1789: la revolución es un “bloque” del que se acepta todo (incluido el Terror), o todo se rechaza (incluida la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano), y no caben opciones intermedias. Una argumentación utilizada todavía hoy.

En sus relaciones con los políticos, incluido su propio partido, se le fue creando un mote que le acompañaría siempre: el Tigre. Clemenceau era temido por su ironía y su contundencia en la calificación (o descalificación) de sus rivales. La agresiva mordacidad que utilizó con profusión desde los primeros momentos de su entrada en política, contribuyó a su fama, especialmente de “tumba-gobiernos”, pero también le granjeó muchos enemigos.

Su protagonismo en el Caso Dreyfus (1894-1902), el oficial judío acusado falsamente de espiar para Alemania, elevó la fama de Clemenceau a cotas sólo superadas en 1918, tras la victoria en la Iª Guerra Mundial. Fue en el diario de Clemenceau, L´Aurore, donde Zola publicó su célebre artículo “J´acusse”, el 13 de enero de 1898; el mismo título del artículo fue sugerido por él. La exitosa defensa de Dreyfus le valió el más general reconocimiento. El caso Dreyfus sirvió a los radicales de justificación para dictar su dura e incivil legislación anti-católica de 1905 (Combès) y de 1907-1909 (Clemenceau), en un país de abrumadora mayoría católica. Una legislación que envenenó la política francesa de la primera mitad del siglo XX, y que se resolvería a partir de 1958, ya en la Vª República, con la “solución” del gaullista y judío Michel Debré: la República era laica, pero Francia era católica, y ambas realidades debían respetarse.

Un debutante veterano

A partir de 1902, los radicales accederían al gobierno, tras la victoria electoral del Bloque de Izquierdas que encabezaban. Clemenceau fue uno de los primeros ministros radicales de Francia. Un partido de izquierda con tendencias socializantes, pero no obrerista, ni marxista, lo que le facilitó una posición central para dirigir los destinos de la IIIª República francesa, pues podía coaligarse con la izquierda o la derecha, sin problemas.

En febrero de 1906, cayó el Gobierno de Combès, que fue sustituido por el también radical Sarrien. Este nombró a Clemenceau ministro del Interior. Tenía entonces 65 años, pero su energía fue desbordante en su enfrentamiento con el sindicalismo de la CGT. La CGT era un sindicato revolucionario que utilizó entonces con profusión la huelga general, y hasta el atentado terrorista, para subvertir el orden republicano. Cemenceau, tras fracasar sus intentos de acuerdo con la CGT, defendió el orden frente a los disturbios y se ganó el mote de “rompe-huelgas”. No ilegalizó a la CGT, por entender sagrada la libertad de asociación, si bien debía arrestarse y juzgarse a los dirigentes promotores de los desórdenes. Sarrien dudó en mantenerle ante la envergadura de las protestas.

En octubre de 1906, Sarrien dejó el gobierno, mas la defensa que hizo Clemenceau de su política le llevó a ser primer ministro en sustitución de Sarrien, y se mantuvo de “premier” hasta 1909. Después, continuó desempeñando cargos ministeriales hasta 1913. Tras el estallido de la Primera Guerra Mundial, volvió a ser un crítico feroz: fustigó la incompetencia del mando militar, las decisiones equivocadas, el sacrificio inútil de miles de vidas… pero Clemenceau no era un pacifista, sus denuncias eran las de un activo propagandista de la victoria.

El Gobierno de la Victoria

En noviembre de 1917 la situación militar de Francia era dramática y la derrota se vio como posible. Clemenceau, con 76 años, fue entonces nombrado de nuevo primer ministro y configuró un gobierno de su confianza llamado “el Gobierno de la Victoria”. Clemenceau fue rotundo al explicar su política ante la Asamblea Nacional: “En política económica, el objetivo de mi gobierno es ganar la guerra; en política interior, el objetivo de mi gobierno es ganar la guerra; en política exterior, el objetivo de mi gobierno es ganar la guerra; y en política educativa, judicial, de finanzas o laboral, el objetivo de mi gobierno es ganar la guerra”.

En la Segunda Batalla del Marne (julio de 1918), cuando pareció que los alemanes tomarían París, Clemenceau se dirigió a la nación y al mundo desde la capital: “Lucharemos delante de París, lucharemos en París y lucharemos detrás de París (…), nunca nos rendiremos”. Seguro que Churchill leyó ese discurso, pues lo copió para sus vibrantes alocuciones en las horas más difíciles de Inglaterra en la IIª Guerra Mundial. Clemenceau desplegó una gran actividad: visitó los frentes, confraternizó con la tropa, elevó la moral de retaguardia y combatió el derrotismo. Y logró alguno de sus objetivos militares: la creación del Mando Supremo Aliado unificado.

El 11 de noviembre de 1918 Alemania pidió el alto el fuego: era la victoria, y él, “le Père de la Victoire”. Ningún estadista francés ha sido tan popular como lo fue Clemenceau en los días siguientes a la victoria. Pero él no era un diplomático. Su intransigencia en las negociaciones de paz, en Versalles, le valdrá un nuevo mote, “le perdre de la victoire” (perdedor de la victoria). La durísima actitud de Clemenceau en las negociaciones de paz se ha considerado siempre una de las causas de la IIª Guerra Mundial.

La retirada

La popularidad ganada con la victoria le facilitó acceder a Academie Française (1919), pero no duró mucho. En 1919, anunció su candidatura a la Presidencia de la República. Entonces le pasaron factura sus viejos enemigos y se recordó su historial de crítico feroz. En enero de 1920, retiró su candidatura por falta de apoyos. Fue una gran decepción: dimitió de primer ministro y abandonó la política activa.

Hasta su muerte, en 1929, vivió años amargos, pero lúcidos y fecundos, en los que escribió tres interesantes obras: Demóstenes, que rescató del olvido al último defensor de la democracia ateniense antigua, Grandezas y Miserias de una Victoria, defensa de su actuación en la Iª Guerra Mundial, ante los ataques recibidos del General Foch en sus memorias, y también Au Soir de la Pensée (en el ocaso del pensamiento).

Notas

[1] El radicalismo dominó la política de la IIIª República francesa, entre 1902 y 1940. Fundamental en la resistencia anti-alemana (1940-1945), siguió siendo importante en la IVª República (1945-1958), aunque dejó de ser la principal fuerza de la izquierda. Durante la Vª República, desde 1958, se acentuó su declive, aunque conoció un momento postrero de brillo cuando Jean-Jacques Servan-Schreiber (1924-2006), último gran líder radical, intentó darle un giro liberal, entre los años 1969 y 1972.

En 1972, el radicalismo se escindió con la aparición de la llamada “izquierda radical” y el partido continuó su declinar hasta hoy que, reunificado, aún existe, pero ya con muy escasa influencia. Y queda una duda: ¿fue el radicalismo liberal?   

Te mintieron. Los impuestos no son para sanidad y educación, son para USAID

Tu ne cede malis, sed contra audentior ito era la frase predilecta de Ludwig von Mises. Los impuestos son un robo y, como tal, un mal (innecesario) y más que nunca, debemos repetir esta verdad y luchar contra ellos. El asunto de la USAID vino a destapar una cuestión subterránea. Un asunto que afronta cada vez más debate, y que la sociedad debe tratarlo con urgencia. Los impuestos.

La Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés) creada en su momento por la administración Kennedy en 1961, fue el centro de atención días atrás debido al destape propiciado por Musk como cabeza del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE).

El escándalo, para nada, es su cierre (que de hecho no sucedió), como quieren hacernos creer determinados sectores del más rancio estatismo. Tampoco lo es el despido de casi diez mil empleados públicos. El verdadero escándalo es cómo es que se permitió durante tanto tiempo un funcionamiento tan absurdo como fraudulento. La toma de conocimiento sobre el destino de los fondos y verdaderos programas que se financiaban salieron a la luz luego de la auditoría de Elon Musk.

Muchos medios de comunicación se rasgaban las vestiduras con titulares amarillistas con frases como que el recorte de fondos “sacude a Latinoamérica” o “deja importantes programas sociales” afuera, etc. (nótese como siempre la palabra -social- aparece cuando los buenistas intervienen).

Muchos programas tenían nombres pomposos, altruistas o de aparente importancia. Y muchos otros nombres directamente lo que realmente eran, sin ningún tipo de reparo o pudor alguno. La realidad era que muchos de esos programas a los que se les destinaba millones de dólares que las familias estadounidenses pagaban con el sudor de su frente eran:

Programas que financiaba la USAID con los dólares de los ciudadanos estadounidenses

Circuncisiones “gratis” alrededor del mundo (no era gratis, la estaba financiando un trabajador en el estado de Iowa o un granjero en Minnesota). Programas DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión, por sus siglas en inglés) que ya todos saben lo perniciosos que son y cómo atentan contra el verdadero mérito. De estos últimos estaba lleno. 20 millones para emitir “Plaza Sésamo” en Iraq. Musicales DEI en Irlanda. Una ópera transgénero en Colombia. Entrenamiento de género a periodistas en Sri Lanka. Cirugías de cambio de sexo en Guatemala. Programas LGTB en Serbia. 4 millones de dólares para que Ben Stiller se saque fotos con Zelenski (muy importante para el desarrollo). 50 millones de dólares para el envío de condones a Mozambique. La lista es casi interminable, y la mayoría de los programas, basura ideológica.

En conclusión: se usaban millones de dólares, dinero de los estadounidenses, para financiar agendas ideológicas en el extranjero. Nadie puede explicar, de manera razonable, por qué un trabajador o empresario estadounidense tiene que pagarle los profilácticos a un sujeto del otro lado del mundo. (Aplica para cualquier país de origen y destino del recurso).

Irwin Schiff, activista y escritor estadounidense, expresaba que, si quieres que los políticos irresponsables gasten menos, entonces debes darles menos para que gasten. Le asiste la razón.

Pero yendo un poco más allá, incluso si aquellos programas de asistencia para el desarrollo internacional fuesen más coherentes con el pretendido desarrollo, como podría ser la obra de infraestructura hídrica en algún país de África (cuestión que también es rechazable). Así y todo, no deja de ser totalmente injusto. No es justo para el pagador de impuestos y al mismo tiempo no es efectivo para el país receptor de esas supuestas ayudas. A mayor abundamiento, cabe remitirse al artículo de Peter Bauer titulado Ayudas que Matan. Tema que puede quedar para otro artículo.

No se trata de corrupción. El problema son los impuestos en sí mismos.

Muchas veces solemos leer o escuchar que el problema no son los impuestos, sino el mal uso del dinero de los ciudadanos (el dinero público no existe) o la corrupción de los gobernantes. Esto es también un error.

El problema raíz de todo esto es que parece que olvidamos la definición de los impuestos. Exacción pecuniaria -sin contraprestación alguna-. Es decir, si nos basamos estrictamente en la definición, es: te robo dinero a cambio de nada. Luego podrá venir otro sin fin de justificaciones más o menos altruistas y que tengan mayor o menor aceptación en la ciudadanía. Pero esa es otra historia. La realidad es que estas justificaciones se usan para que el robo sea más sencillo y menos resistido.

Todo va a una gran bolsa de dinero que discrecional y arbitrariamente el gobierno de turno hace uso de esos fondos para lo que se le antoja. Esto es indistinto de si se vota o no el presupuesto estatal.

A diferencia del precio que se paga por un bien o un servicio, en el caso de los impuestos, no es posible establecer de manera alguna un nexo causal preciso entre el impuesto pagado y el bien público recibido. Tal es así, y esto es tan cierto, que gobernantes y estatistas de todos los colores se esfuerzan permanentemente en repetir y repetir que los impuestos los pagamos para tener salud, educación, carreteras, y seguridad. Curioso es que estos conceptos representan los menores porcentajes de gastos en los presupuestos públicos.

Frank Chodorov lo dice muy claro: “No es verdad que los servicios serían imposibles sin los impuestos. Esa afirmación viene negada por el hecho de que los servicios aparecen antes de que se introduzcan los impuestos … No es el costo de los servicios lo que obliga a los impuestos, es el costo del mantenimiento del poder político”.

Es el hecho de mantener una casta política, y un enorme ejército de funcionarios y agentes en tareas y funciones que, de vivir en una sociedad sin coacción, basada en relaciones y vínculos voluntarios (proceso de mercado) no existirían en esos roles, o no tendrían tales tareas. En definitiva, observamos en la sociedad una enorme cantidad de gente que vive del fruto y esfuerzo de otros.

La inexistencia de ese nexo causal es el segundo grado de injusticia e ineficiencia de los impuestos. Sin embargo, en círculos de tributaristas, la pregunta salvadora y solucionadora de problemas siempre gira en torno a lo mismo: ¿y si ahora gravamos a los superricos? ¿Y si inventamos el IVA personalizado así, el sistema es más “justo”? ¿Y si establecemos otro impuesto verde? Siempre es igual porque lo observan desde el paradigma equivocado.

Sucede muchas veces también que los “académicos” que más propugnan estas cuestiones son de estirpe de funcionarios. Entonces, resulta lógico, según su perspectiva, que defiendan la existencia de impuestos a capa y espada porque constituyen su fuente de vida y se desgarran las vestiduras cuando detectan evasión fiscal, porque para ellos, es lo peor que puede pasar en una sociedad.

Afirmar hoy en pleno 2025 -con el alcance al conocimiento que tenemos- la dañina frase Wendelliana “Los impuestos son el precio que pagamos por vivir en una sociedad civilizada” Puede ser porque se es muy ignorante, o muy estúpido, o bien por conveniencia (vivir de lo que producen otros, es decir de impuestos) Muchas veces es una combinación de las tres.

Volviendo a la cuestión de la USAID, de las ayudas y el financiamiento de programas en el exterior, siempre es muy sencillo ser generoso y solidario con el dinero ajeno. Son siempre los mismos quienes se suben al pedestal moral para hacer filantropía con los dólares del vecino. Eso sí, el dinero propio es sagrado.

Zona especial Elon

Ante el éxito de DOGE en controlar el despilfarro en el gasto público, el Partido Demócrata ha lanzado una campaña centrada en el lema I didn’t vote for Elon Musk. No ha tenido el éxito que esperaban, ya que ha sido aprovechada por multitud de personas, que no eran votantes tradicionales del Partido Republicano, para remarcar que su voto sí ha sido motivado por la promesa de Trump de dar a Elon un papel principal en su administración.

Y es que Elon Musk no es un empresario convencional. Mucha gente ya se está percatando de ello, pero seguramente estemos lejos de ser conscientes del papel trascendental que puede interpretar en los próximos años. Y no solo en su influencia en el actual gobierno de Estado Unidos, sino por proyectos tan interesantes como Starbase. El proyecto de ciudad del espacio de SpaceX en Texas, que busca establecer un municipio autosuficiente cerca de Boca Chica para empleados y familias, enfocado en el desarrollo del cohete Starship, con viviendas, escuelas y servicios esenciales, respaldado por una gran inversión en infraestructura tecnológica.

Fundar una ciudad vinculada a una empresa no es algo nuevo. De hecho, era habitual en otros tiempos, donde la industria era intensiva en mano de obra, y era común que una sola empresa necesitará un ejército de obreros lo suficientemente grande como para formar su propia población. Pero Starbase no solo va a ser una ciudad para albergar a los trabajadores de SpaceX, sino que va a ser una población donde la filosofía del mejor empresario del mundo va a estar presente en cada detalle.

Por desgracia, esto no quiere decir que vaya a escapar de la regulación estatal y federal. Starbase estará supeditada a los burocratas de Texas y de Washington, así que habrá que ver si la filosofía que ha hecho que sus empresas sean exitosas sobrevive a su filtro. Como dijo una vez Ronald Reagan:

Me he preguntado muchas veces cómo serían los Diez Mandamientos si Moisés hubiera tenido que pasarlos por el Congreso de los Estados Unidos.

Para evitar esto, Balaji Srinivasan propuso hace unos días crear la Special Elon Zone (SEZ). Consistiría en dotar a Starbase (o un territorio mayor) de soberanía plena respecto a su regulación. ¿Por qué iba a hacer Texas o Estados Unidos algo así? Por China. El país asiatico está aventajando a Estados Unidos en varios campos. Es una tendencia clara que todos podemos ver, pero que nadie sabe muy bien cómo revertir. La administración Trump está desplegando una política que ataca por dos frentes: guerra comercial y desregulación de sectores claves como la inteligencia artificial, los cripto activos y la energía.

La estrategia tiene dos problemas:

El primero es claro: una guerra comercial puede ser atractiva cuando eres un país tan poderoso como Estados Unidos y compras la filosofía de ser una República, no un Imperio. Incluso puede salir bien a corto plazo cuando te enfrentas a unos líderes mundiales tan mediocres como los canadienses, mexicanos o europeos. Pero no deja de ser una guerra, y en ellas todo el mundo pierde. Por no hablar de las consecuencias imprevisibles que puede traer.

El segundo problema es que aún cuando tus medidas vayan en la buena dirección, si tu enemigo te saca demasiada ventaja, no va a ser suficiente. La capacidad de producción de China no tiene rival. Occidente hace mucho que perdió la batalla, como Alemania va a demostrar en los próximos años. La única forma de revertir la situación es tomar medidas excepcionales. ¿Y qué hay más excepcional que dotar a tus mejores empresarios de libertad plena para hacer aquello que mejor saben hacer?

A mucha gente le puede parecer ciencia ficción, pero cada vez hay más movimientos que apuntan a crear este tipo de zonas. En 2019 se inició el proyecto de Regulación Cero en el estado de Idaho, bajo la dirección del gobernador Brad Little, con el objetivo de reducir la carga regulatoria y fomentar un entorno más favorable para los negocios y los ciudadanos. De momento está siendo un éxito a la hora de atraer población y negocios a su territorio. Si nos vamos un poco más lejos, en Egipto se está impulsando con fondos privados el proyecto Ras el-Hekma, que busca transformar la costa norte de Egipto en una ciudad moderna, con hoteles, resorts, escuelas, hospitales y un aeropuerto internacional.

Nótese que aquí estamos ante algo más excepcional: un país (Emiratos Árabes Unidos) al que le sobra liquidez, acordando con otro país con problemas financieros, el alquiler de un territorio con una inmejorable localización para crear una zona especial de negocios. Egipto mantiene la soberanía, pero Emiratos podrá tener una gran fuente de ingresos explotando la privilegiada costa mediterránea egipcia al estilo de Abu Dabi.

A muchas personas esto les parecerá horrible. Para los estados nación la soberanía de su territorio no es negociable, pero la realidad se empeña en dejar obsoletos los sistemas rígidos que el hombre edifica. Y esta no va a ser una excepción. Adaptarse o desaparecer. Esa ha sido siempre la regla que la naturaleza nos impone. Y, como le gusta decir a Elon Musk: la única regla son las leyes de la física. Todo lo demás es una recomendación.

No más billetes dorados a España

Por Mark Nayler. El articulo No más billetes dorados a España fue publicado originalmente por FEE.

La iniciativa española Visado de Oro, que concede la residencia en España (y en la UE) a los extranjeros que adquieran una propiedad por valor de al menos 500.000 euros (524.000 dólares), finalizará el 3 de abril. El régimen fue introducido por el Gobierno conservador de Mariano Rajoy en 2013 para fomentar la inversión extranjera, pero según el presidente socialista del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha convertido el mercado inmobiliario español en una sucursal de la Bolsa.

Sánchez pretende atajar una crisis inmobiliaria que ha visto aumentar los precios de los alquileres un 80% en la última década. Al anunciar la prohibición de los Visados de Oro el pasado mes de abril, afirmó que «la vivienda es un derecho, no un negocio especulativo», en referencia a la Constitución española, que establece que «todos los españoles tienen derecho a una vivienda digna y adecuada.» Sánchez afirmó que el 94% de los Visados de Oro concedidos en España están «vinculados a la inversión» en lugares como Valencia, Barcelona, Madrid, Málaga, Alicante y Baleares, donde es «casi imposible encontrar una vivienda digna para quienes viven y trabajan y pagan impuestos.» Pero es poco probable que prohibir este sistema de residencia por inversión mejore la situación de la vivienda en España: al igual que una reciente propuesta de Sánchez que castigaría a los compradores de segunda vivienda, es un diagnóstico erróneo del problema.

El Gobierno español da la impresión de que los titulares del Visado de Oro, en su mayoría rusos, chinos o iraníes, están arrebatando a los españoles grandes cantidades de propiedades. Pero las propiedades adquiridas al amparo de este régimen son inasequibles para la mayoría de los hogares españoles de clase media, por no hablar de los jóvenes españoles que luchan por permitirse unos alquileres en alza. Francisco Iñareta, portavoz del portal inmobiliario Idealista, afirma que menos del 0,1% de los 4,5 millones de viviendas vendidas entre 2013 y 2022 lo fueron a través del programa Golden Visa, y que por tanto su eliminación no tendrá «ningún impacto en el mercado inmobiliario [español].»

Otras estadísticas avalan el argumento de Iñareta. De las 87.000 compras de inmuebles por extranjeros en 2023 (aproximadamente el 14% del total de ventas de inmuebles en España ese año), sólo unos 4.200 eran extracomunitarios que adquirieron casas de 500.000 euros o más. En otras palabras, sólo el 0,7% de todas las transacciones inmobiliarias en España en 2023 estaban vinculadas al régimen Golden Visa.

En enero de este año, Sánchez anunció otra medida destinada a ahuyentar a los compradores extranjeros: un impuesto del 100% a los no comunitarios que compren segundas residencias en España. Esta propuesta está lejos de convertirse en ley, pero si lo hiciera, equivaldría a una prohibición para todos los compradores excepto los más ricos. Eso es exactamente lo que ha pedido la alianza de izquierdas Sumar, el socio de coalición menor de los socialistas: una prohibición de la compra de viviendas que no vayan a ser habitadas, similar a la que se ha extendido recientemente en Canadá.

Esta medida no sólo afectaría a los compradores extranjeros, sino también a millones de españoles: El 14% de los hogares españoles posee una segunda vivienda, la tasa más alta de la UE. Los inversores españoles que compran propiedades en zonas turísticas y las convierten en alquileres vacacionales también han escapado, por alguna razón, al escrutinio del Gobierno, pero si tales inversiones están disparando el precio de la vivienda, como afirma Sánchez, tienen tanta culpa como los compradores extranjeros.

El impuesto del 100% propuesto para las segundas residencias y la prohibición de los Visados de Oro parecen diseñados para disuadir a los grandes patrimonios extranjeros de invertir en España, pero, irónicamente, este grupo de compradores será el menos afectado. En el primer caso, serían los únicos que podrían permitirse un impuesto tan punitivo; y en el segundo, la revocación de la residencia automática para la compra de propiedades de alto standing sólo elimina algo que de todos modos no interesa a los inversores extranjeros. Los inversores extracomunitarios que no tienen intención de trasladarse a España, pero que compran allí para beneficiarse de la distancia, no se verán disuadidos por la prohibición de los Golden Visas.

Un tipo específico de solicitantes de Visado de Oro podría verse desalentado por la prohibición: los que realmente quieren vivir en España, en lugar de especular o adquirir la residencia en la UE, y que esperaban eludir la vía normal para obtener la residencia. Si siguen empeñados en España, ahora tendrán que pasar por el mismo proceso que todos los demás para obtener la residencia: la prohibición servirá como prueba de su compromiso. Pero no es creíble sugerir que este grupo específico de compradores extranjeros esté provocando la crisis inmobiliaria española. Como dice Iñareta, «el problema de la vivienda en España -tanto en venta como en alquiler- no está causado por los Vosados de Oro, sino por la creciente falta de oferta y el aumento exponencial de la demanda».

Según un estudio reciente, en España deberían construirse 200.000 nuevas viviendas al año para satisfacer la demanda, aproximadamente el doble del ritmo de construcción actual. Entre los obstáculos para lograrlo figuran la falta de suelo edificable, un gran parque de viviendas sobrantes de la crisis financiera de 2008-13 (la mayoría de las cuales necesitan ahora ser rehabilitadas o demolidas) y unos procedimientos administrativos largos y complicados. Sánchez ha creado recientemente un organismo llamado Empresa Pública de Vivienda, a través del cual ha prometido construir miles de viviendas asequibles más, pero está buscando la solución en el lugar equivocado. Las 200.000 viviendas anuales necesarias tendrían muchas más posibilidades de construirse si el Gobierno se centrara en reducir las barreras normativas a la promoción.

Los compradores extranjeros que no estén interesados en España, sino que sólo quieran una segunda residencia al sol y/o la residencia en la UE -y con ella la libertad de viajar dentro de la zona Schengen sin fronteras- empezarán a buscar en otra parte. En respuesta a las preocupaciones de seguridad de la UE, especialmente tras la invasión rusa de Ucrania, Irlanda, los Países Bajos y Portugal han puesto fin recientemente a sus programas de Golden Visa. Quedan cinco vías de inversión para obtener la residencia en la UE, tres de las cuales ofrecen opciones inmobiliarias.

Grecia ya ha aumentado su popularidad entre quienes buscan un Golden Visa de la UE, especialmente en Estados Unidos: el número de solicitantes estadounidenses pasó de 302 al mes cuando Sánchez anunció la prohibición de España el pasado abril a 383 en noviembre. A cambio de una inversión de 250.000 euros en inmuebles griegos, los solicitantes obtienen la residencia durante cinco años.

Chipre concede la residencia permanente por una inversión inmobiliaria de al menos 300.000 euros, aunque recientemente ha despojado a varios magnates rusos de sus Golden Visas. En Malta, la compra de un inmueble por el mismo valor también garantiza la residencia permanente, mientras que el pasaporte maltés puede obtenerse con una inversión inmobiliaria de 700.000 euros y una donación de 10.000 euros a una organización benéfica nacional.

Hungría relanzó su programa Golden Visa en julio del año pasado, tras suprimirlo en 2017. La nueva versión recompensaba originalmente una inversión inmobiliaria de 500.000 euros con un permiso de residencia de diez años, pero se suprimió en enero. Quedan dos opciones: una inversión de 250.000 euros en un fondo inmobiliario o una donación de un millón de euros al sector educativo. El programa italiano tampoco ofrece opciones inmobiliarias. En su lugar, una inversión de al menos 2 millones de euros en bonos del Estado, 500.000 euros en bonos de empresas (que se reduce a 250.000 euros para las startups), o una donación de 1 millón de euros a proyectos públicos asegura la residencia durante cinco años.

La puerta trasera de los HNWI a la UE sigue abierta. Todo lo que ha hecho Sánchez es enviar un mensaje hostil a los compradores e inversores extranjeros sin aportar ninguna mejora significativa a la situación de la vivienda en España. La prohibición de los Visados de Oro tendrá el mismo impacto en el mercado inmobiliario español que el propio régimen: ninguno.

40 años de ‘El club de los cinco’, de John Hughes

Por Bradley J. Birzer. El artículo 40 años de ‘El club de los cinco’, de John Hughes fue publicado originalmente en Law & liberty.

Uno de los héroes más importantes, pero menos reconocidos de la era Reagan fue el cineasta John Hughes. Hughes, amigo íntimo de P. J. O’Rourke, escribió, dirigió y/o produjo un montón de películas, entre ellas Dieciséis velas, Ferris Bueller’s Day Off y Pretty in Pink. Nacido en Lansing, Michigan, y criado durante su adolescencia en un suburbio del norte de Chicago, la carrera de Hughes comenzó escribiendo chistes para cómicos famosos, así como escribiendo regularmente para National Lampoon.

No sería exagerado afirmar que Hughes dio a conocer al mundo las carreras cinematográficas de Michael Keating, Molly Ringwald, Anthony Michael Hall y Macaulay Culkin. Otros, como Kevin Bacon, John Candy y Steve Martin, también se beneficiaron enormemente. Hughes también escribió varios guiones bajo seudónimos, especialmente bajo el nombre de Edmond Dantes, y sería imposible exagerar su influencia en Hollywood desde 1982 hasta 1993. Después de 1993, Hughes se convirtió en una especie de J. D. Salinger y se centró casi exclusivamente en su papel de marido y padre. Murió relativamente joven de un ataque al corazón en 2009.

Pero Hughes hizo algo más que grandes películas: expresó un espíritu de época. «Nunca volveremos a ver a alguien como él», dijo a la muerte del director el economista y cómico Ben Stein, otro amigo íntimo. «Era el Wordsworth de la generación de posguerra de los suburbios estadounidenses. Era un gran, gran, gran genio y tan amigo y gran padre de familia como poeta». Verdaderamente, Hughes definió la clase media de la América de Reagan.

Sin embargo, de todas sus películas, su mayor logro fue El club de los cinco, de 1985. Tenía 17 años cuando la vi por primera vez en el cine. Recuerdo que salí del cine completamente asombrado de que un adulto -como Hughes- pudiera definir y entender tan bien a mi generación. A día de hoy, cuarenta años después, la película me sigue afectando al nivel más profundo imaginable. Es cierto que crecí en un pueblo no muy diferente de Shermer, Illinois (el escenario ficticio de la película), y crecí en una familia disfuncional.

También es cierto que tenía la misma edad que los personajes de la película y que me parecía mucho a Brian, el friki que no podía hacer correctamente el proyecto de su taller. Así que, con todas estas «concesiones», la película cuarenta años después me parece profundamente autobiográfica. Es cierto que nunca probé drogas ilícitas e ilegales en el instituto ni en la universidad, pero todo lo demás parece fiel a mi experiencia. Afirmaré tan rotundamente en 2025 como lo hice en 1985 que ningún adulto entendió a mi generación, la Generación X, mejor que John Hughes. Captó a la perfección el desprecio que sentíamos por los Baby Boomers.

Criado en un hogar de clase media, las películas de Hughes describían a menudo -a veces de forma positiva y a veces negativa- las complejidades de clase en el Medio Oeste estadounidense y, sobre todo, como decía Stein, en la América suburbana. Algunos han criticado y otros han elogiado a Hughes por proyectar una visión reaganesca de la experiencia estadounidense. Aunque O’Rourke, un republicano de tendencia libertaria, admitió que él y Hughes nunca habían hablado de política, lo más probable es que Hughes fuera en gran medida apolítico al estilo conservador. Quizá de forma un tanto célebre y algo displicente, Ferris Buller dice lo que Hughes probablemente sentía:

No es que apruebe el fascismo… o cualquier -ismo. En mi opinión, los ismos no son buenos. Una persona no debería creer en un ismo. Debería creer en sí mismo. Cito a John Lennon. No creo en los Beatles, sólo creo en mí’. Buena observación. Después de todo, él era la morsa.

Sin embargo, no es sorprendente que lo que más marcó a Hughes en su cine fueran los conflictos culturales y de clase, no los políticos. Algunas de sus películas eran absurdas y pueriles, como «Dieciséis velas», mientras que otras eran profundamente emotivas y clásicas, como su remake de «Milagro en la calle 34». Algunas eran meditaciones tontas sobre la rebelión adolescente, como Ferris Bueller’s Day Off, mientras que otras, como Pretty in Pink, eran meditaciones serias sobre lo mismo.

Como he tenido ocasión de escribir en otro lugar,

Sus películas eran a partes iguales perspicaces visiones de la condición humana, burlas de la autoridad inmerecida e inmerecida, comedia slapstick, introducciones a lo mejor de la música popular, exámenes de estrechas amistades y desarrollo de personajes completos. Además de estos rasgos y temas, Hughes casi siempre escribió sus historias en torno a personas creativas atenazadas por la presión de grupo y los deseos sociales de conformidad. Sus películas terminan felizmente, pero no sin grandes luchas.

Permítanme explicar por qué este punto de vista hughesiano expresaba el espíritu de la Generación X con cierto detalle y matiz. No odiábamos a todos los adultos, y no odiábamos toda la autoridad adulta, pero despreciábamos desesperadamente la autoridad falsa e inmerecida. Los primeros Baby Boomers eran ricos y decadentes, y habían pasado sus años universitarios predicando sobre el amor mientras marchaban contra la conscripción. Sin embargo, a la hora de la verdad, eran meros autoritarios en las aulas. Puedo decir honestamente que siempre he odiado el liberalismo moderno. Para mí -y para muchos de mi generación- los liberales eran los que predicaban las virtudes de Jesús pero practicaban las burlas del diablo. Eran los peores hipócritas y los más abyectos autoritarios. Proclamaban el individualismo, pero exigían conformidad.

Brillantemente, El club de los cinco gira sólo en torno a siete personajes: Brian (el cerebrito), John (el delincuente), Andrew (el deportista), Allison (el caso perdido), Claire (la reina del baile), el Sr. Vernon (el profesor) y Carl (el conserje). Al principio y al final de la película, vemos también a varios padres (y a unos cuantos hermanos), pero en realidad los padres sólo sirven para mostrar que la generación adulta está desvinculada o rota. Toda la historia transcurre entre las 6:56 de la mañana y poco después de las 4:00 de la tarde del 24 de marzo de 1984, en el suburbio ficticio de Shermer, Illinois, en Chicago. La película, estrenada un año después, narra presumiblemente los hechos desde la perspectiva de un curso académico futuro.

El escenario en sí es una brillante paradoja. El edificio del instituto, Shermer High School, es una monstruosidad al estilo de Stalin: unos enormes bloques de hormigón y unas pocas ventanas macizas. Sin embargo, la biblioteca del instituto, en la que los alumnos se ven obligados a cumplir su castigo, es moderna pero bastante hermosa, llena de largas mesas de trabajo, libros, revistas, plantas y estatuas.

La trama es bastante sencilla. Cinco estudiantes se castigan (bueno, una acude al castigo porque no tiene nada mejor que hacer ese día) un sábado. Dos de los estudiantes se conocen entre sí, pero el resto son desconocidos. Casi de inmediato se ven sorprendidos por un brutal e indiferente profesor, el Sr. Vernon -supuestamente el subdirector, aunque esto nunca se dice explícitamente en la película-, que los vigila durante el sábado. Aunque normalmente los cinco estudiantes habrían estado enfrentados entre sí -cada uno representando un aspecto diferente de la vida en el instituto-, la sorprendente bravuconería y autoridad machista de Vernon los une en oposición. Lenta y orgánicamente, los cinco se unen en un grupo cohesionado al final de la película. Sin embargo, nunca se unieron fácilmente, sino, a veces, muy a su pesar. A lo largo del día, empiezan a ver la vida desde la perspectiva de los demás. Al final, sin embargo, los cinco están unidos en su oposición a Vernon, y se nombran a sí mismos El Club de los cinco.

Querido Sr. Vernon, aceptamos el hecho de que hayamos tenido que sacrificar un sábado entero en detención por lo que sea que hayamos hecho mal. Pero creemos que está loco al hacernos escribir una redacción diciéndole quiénes creemos que somos. Nos ves como quieres vernos, en los términos más simples, con las definiciones más convenientes. Pero lo que hemos descubierto es que cada uno de nosotros es un cerebro, y un atleta, y un caso perdido, una princesa y un criminal. ¿Responde eso a tu pregunta? Atentamente, El club de los cinco.

Aunque Vernon se presenta al principio como Harry el Sucio, un policía duro, los alumnos lo desaniman al instante burlándose de su ropa. Vernon nunca se recupera de esta reacción inicial. En casi todos los sentidos, Vernor representa lo peor de la generación del Baby Boomer. No sólo su ladrido autoritario es exagerado, sino que a lo largo de la película descubrimos que es espeluznante, hurgando en los archivos privados de otros profesores. Verdaderamente, no es Harry el Sucio.

La película termina con una leve relectura de esta carta, los alumnos se marchan -prometiendo reconocerse el lunes siguiente como amigos- y el criminal, Judd Nelson, levanta el puño en señal de victoria mientras cruza el campo de fútbol con la canción «Don’t You Forget About Me», interpretada por Simple Minds, sonando por encima de todo, y aparecen los créditos.

Aunque hay momentos tontos en la película -como cuando los cinco estudiantes se ponen a bailar espontáneamente-, la mayor parte de la película es profundamente intensa, pasando de una revelación dramática a otra. Hughes ha sido elogiado con razón, no sólo por un servidor, sino por numerosos críticos que reconocen que comprendió de forma única la perspectiva de la Generación X. Pero la gran lección de la película es la siguiente: la verdadera amistad nace de la vulnerabilidad de unos ante otros.

Nada de esto debe sugerir, sin embargo, que Hughes estuviera exento de críticas negativas. El New York Times criticó la película en el momento de su estreno, tachando el guión de inverosímil y la evolución de los personajes de poco creíble. El Wall Street Journal coincidió con el Times, afirmando que las obras de teatro no deberían ser películas y las películas no deberían ser obras de teatro.

Desde entonces han surgido críticas negativas desde todos los rincones de la cultura pop. Muchos tachan sus películas de demasiado blancas, demasiado homófobas y, en ocasiones, descaradamente racistas. De todos los críticos, el más interesante es Molly Ringwald, la estrella de cine que Hughes hizo famosa. En el New Yorker y otros medios, Ringwald ha escrito y hablado sobre lo posesivo que podía llegar a ser Hughes en su relación, lo necesitado que estaba y el terrible rencor que guardaba. Ringwald también cree que gran parte de El club de los cinco es misógina. Afirma:

Pero ahora no pienso en el hombre, sino en las películas que ha dejado. Películas de las que me siento orgulloso en muchos sentidos. Películas que, como sus escritos anteriores, aunque en mucho menor grado, también podrían considerarse racistas, misóginas y, en ocasiones, homófobas. Las palabras «maricón» y «maricona» se usan con desenfreno; el personaje de Long Duk Dong, en «Dieciséis velas», es un estereotipo grotesco, como otros escritores han detallado mucho más elocuentemente de lo que yo podría hacerlo.

Sin embargo, lo que estos críticos pasan por alto es el ingenio de Hughes y su determinación de permitir que la Generación X hable por sí misma. Casi todos los héroes de las películas de Hughes son marginados, aunque sean de clase media, blancos y heterosexuales. Los críticos también pasan por alto (o desprecian) que Hughes sabía exactamente lo hipócritas que podían ser los radicales de los Baby Boomers, especialmente en su autoritarismo hippy y su conformismo. No era progresista.

Sean cuales sean las críticas, sin embargo, el legado de Hughes permanece intacto. Como P. J. O’Rourke y Ben Stein, contemplamos maravillados el arte que creó. Hughes fue para el mundo artístico lo que Reagan fue para el mundo político. ¿Era perfecto? Por supuesto que no. ¿Era un genio? Por supuesto. Ambos perdurarán.

Chips, inteligencia artificial, y la politización de los mercados

El libre comercio es un enfoque económico que defiende la eliminación de las trabas a la actividad económica de los agentes económicos. En el interior de una nación, se traduce en libertad de empresa con mercado libre y una intervención estatal muy limitada. En el exterior, implica el libre intercambio de bienes y servicios con mínimas o inexistentes barreras al comercio internacional y al desplazamiento de los factores de producción en aras de una optimización eficiente de la producción y distribución, beneficiando a los consumidores globales en términos de calidad y precios de bienes y servicios.

La libertad económica, por ende, ha sido un motor trascendental en la creación de riqueza, bienestar social y desarrollo tecnológico de la humanidad. Sin embargo, siempre ha tenido que enfrentarse o acompañarse de diversos grados de intervención estatal, no solo a escala nacional sino también internacional.

No obstante, es importante resaltar, de cara al actual escenario geoeconómico global, la reflexión de Andrew McAfee, citado anteriormente, según la cual la batalla por la supremacía en los semiconductores no solo es vital geopolíticamente, sino también económicamente para la prosperidad de las naciones. Esta reflexión lleva implícita una fuerte intervención estatal, pues los imperativos geopolíticos y de seguridad nacional mencionados por McAfee anteceden en su reflexión como condición previa para alcanzar la prosperidad económica de las naciones, en especial de las grandes potencias, según nuestra interpretación. Esto conlleva implícitamente un contenido mercantilista y de intervencionismo estatal.

El cálculo estratégico, el desarrollo de la IA y la guerra de los chips

El cálculo estratégico podría concebirse como un proceso en el cual un gobierno u organización privada o pública de cualquier género evalúa la efectividad de un plan para alcanzar sus objetivos, sean de naturaleza política, económica, empresarial o social, entre otros. Dicho plan estaría conformado por un conjunto de decisiones condicionales que definirían los actos o pasos a ejecutar en función de los objetivos perseguidos y de las circunstancias susceptibles de presentarse en el futuro.

El desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA) y su incidencia en la evolución de una nueva generación de chips de alta capacidad han creado una relación simbótica en la que ambas tecnologías se retroalimentan en un frenesí de avances. Las implicaciones de esta relación no solo se han limitado al ámbito empresarial y tecnológico, sino que también han impactado ámbitos como la economía civil, la seguridad nacional, la ciberseguridad y el sector militar.

Por ende, el cálculo estratégico de los actores gubernamentales y empresariales que han desarrollado estas dos industrias posiblemente no previeron la multiplicidad de efectos ambivalentes en las áreas mencionadas, así como el impacto que estas industrias tendrían en los conflictos geopolíticos y geoeconómicos a escala global. Como prueba irrefutable de este escenario, podemos mencionar la guerra comercial entre China y EE. UU., cuyas secuelas acumuladas en los últimos seis años han incrementado el riesgo geopolítico e introducido mayor incertidumbre en el comercio internacional y en las cadenas de suministro globales. En este contexto, la seguridad nacional se ha impuesto sobre el crecimiento económico y se ha convertido en el principal riesgo en los flujos de capital, acciones, bonos, divisas y materias primas.

La fabricación de estos chips también ha planteado desafíos logísticos y estratégicos significativos. La producción de semiconductores de alta tecnología requiere materiales raros y procesos de fabricación complejos, lo que implica una cadena de suministro global sometida al estrés de los enfrentamientos geopolíticos y económicos internacionales. En este escenario, los países poseedores de tierras raras vitales para la fabricación de estos dispositivos comienzan a ser considerados objetivos de alto valor estratégico en la lucha por la supremacía tecnológica mundial.

Conclusiones

Todo el escenario descrito y sus respectivas secuelas han comenzado a delinear un nuevo orden internacional donde la incertidumbre política, motorizada principalmente por la intervención de las grandes potencias económicas y militares bajo imperativos netamente geopolíticos y de seguridad nacional, ha terminado por politizar el libre desempeño de los mercados globales, en especial en las líneas de producción de microchips.

Este conjunto de políticas parece tener una tendencia difícilmente reversible, que está llevando al surgimiento de un nuevo orden geopolítico y geoeconómico internacional compartimentado en tres bloques principales: el chino, el estadounidense y el europeo. Aún está por definirse el rol que desempeñarán Japón y Corea del Sur, ambos gigantes tecnológicos a escala global.

Lo que sí es cierto e irrefutable es que todas las ventajas en términos de calidad, precios e innovación en la producción de bienes y servicios a escala global, promovidas por la globalización económica bajo el Orden Económico Liberal posterior a la Segunda Guerra Mundial, han comenzado a perderse de manera gradual y escalonada debido a la alta politización de los mercados, en especial el de los microchips y la inteligencia artificial.

¿Será posible que los altos niveles de interdependencia económica inherentes a la globalización puedan servir como contención ante esta creciente tendencia intervencionista, proteccionista y de compartimentalización global? Por ahora, el cálculo estratégico de los actores inmersos en esta nueva guerra fría apunta a la prevalencia de los criterios geopolíticos y de seguridad nacional sobre las políticas de libre mercado.

La época de Jrushchov ya está aquí

Hace un año establecí un paralelismo entre el estancamiento de Europa y el de la Unión Soviética bajo Leonid Brézhnev. Debía de tener cierta validez, ya que Niall Ferguson estableció recientemente un paralelismo entre la extinta Unión Soviética y el estado actual de Occidente. Lamentablemente, un año después, la metáfora sigue vigente: Europa sigue estancada, pero disfruta de un nivel de vida envidiable y de una relativa calma política. Sin embargo, las señales de los problemas están en las portadas de todos los periódicos importantes, y la UE también está sintiendo la presión del cambio.

Una de las razones por las que ha surgido esta repentina necesidad de transformación es el drástico cambio que se ha producido en Estados Unidos. Tras la reelección de Donald Trump, Estados Unidos se encuentra en una nueva era que guarda un asombroso paralelismo con la época de Jrushchov.

La época de Jrushchov

Jrushchov se convirtió en el líder supremo de la Unión Soviética tras la muerte de Stalin. Stalin dejó un legado terrible, a pesar del glorioso triunfo en la Segunda Guerra Mundial, la expansión de la Unión Soviética y la creación de un imperio que incluía una serie de estados satélites en Europa Central y Oriental. La Unión Soviética estaba al borde del colapso. La legitimidad del Estado del terror dependía de la temible presencia de Stalin. El nivel de vida era muy bajo y la escasez hacía la vida difícil. Jrushchov, que era uno de los secuaces de Stalin, sabía que el imperio necesitaba reformas para evitar el colapso.

Jrushchov era consciente de que la reforma no sería fácil. El legado estalinista estaba custodiado por una maquinaria de poder sólida, formada por burócratas, la policía secreta y una arraigada creencia en la grandeza de Stalin. Su estrategia consistió en exponer al público algunos de los atroces crímenes de Stalin y sus trágicas consecuencias, que se cobraron millones de vidas. El gran acontecimiento fue la profanación de Stalin en el XX Congreso del Partido Comunista. El discurso secreto se filtró y pronto se dio a conocer en todo el mundo. Causó conmoción entre los comunistas, mientras que quienes odiaban y temían al régimen sintieron que la historia les daba la razón. Pero sirvió al objetivo de Jrushchov: debilitó mortalmente a la facción estalinista y permitió emprender un gran programa de reformas del régimen socialista.

Jrushchov no era un anarcocapitalista rothbardiano. No quería desmantelar el imperio soviético ni acabar con la propiedad estatal de los medios de producción y la planificación estatal. Simplemente, buscaba una versión más sostenible y reformada del socialismo, con la esperanza de que algunas reformas limitadas orientadas al mercado y un menor uso del terror permitieran un mayor dinamismo interno y mejores niveles de vida. Su reforma también consistía en reducir las tensiones internacionales y el gasto militar. Sin embargo, Jrushchov no quería renunciar a todo el imperio soviético. Mientras buscaba un entendimiento con Occidente sobre Austria y firmaba la paz con la Yugoslavia de Tito, aplastaba la Revolución Húngara de 1956.

Sus reformas fueron bastante exitosas. La Unión Soviética evitó el colapso y el imperio reformado duró otros 30 años. Sin embargo, las reformas mucho más profundas de Deng Xiaoping tras la muerte de Mao demostraron que las tímidas reformas de Jrushchov solo bastaban para prolongar la vida de un sistema inviable, pero no para dar paso a un rejuvenecimiento dinámico. Gorbachov se dio cuenta y lanzó una nueva ronda de reformas a mediados de los años ochenta. Esta vez, el plan de reformas más audaz de Gorbachov pretendía copiar el exitoso modelo chino. Pero ya era demasiado tarde: el rígido sistema soviético se había podrido tanto durante los años de estancamiento brezhneviano que los nuevos esfuerzos reformistas condujeron al colapso del imperio.

Trump 2.0: La era de la reforma jrushchoviana

Trump ganó la campaña de 2024 contra todo pronóstico. El Estado profundo, liderado por Biden, intentó frenarle mediante una guerra legal; la campaña de Harris contaba con más recursos económicos, y la prensa dominante estaba en su contra. A pesar de ello, ganó tanto el voto electoral como el popular, lo que le otorga una legitimidad que le fue esquiva en 2016.

Trump regresó tras cuatro años de guerra constante contra la maquinaria de la administración de Biden. Volvió lleno de ira y odio, con la firme determinación de debilitar la maquinaria del Estado dominada por el Partido Demócrata. Su objetivo es devolver el país a un estado anterior, libre de “infestaciones”. También prometió un programa de reformas económicas para evitar la debilidad causada por la deuda creciente y la desindustrialización. En cuanto a los objetivos de política exterior, Trump se presentó como el candidato de la paz que pondría fin a la era de las guerras perpetuas iniciada por la facción neoconservadora que ha dominado el aparato del Estado desde la presidencia de Bush II.

Una verdadera era de reformas jrushchovianas. El objetivo es devolver al país un período anterior de grandeza. «Hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande» es una señal de que hubo una época en el pasado en la que el país era la mayor potencia económica y militar, y estaba orgulloso de sí mismo. Trump espera que el país vuelva al futuro.

Para lograr su objetivo, debe destruir la maquinaria del Estado dominada por el Partido Demócrata y la facción neoconservadora, así como la compleja burocracia que alimenta el círculo más amplio de ONG y medios de comunicación que sirven a sus intereses. Una tarea jrushchoviana. Las revelaciones sobre el gasto de la USAID no solo deslegitiman las prácticas de la maquinaria demócrata, sino que sin duda debilitan la imagen internacional de Estados Unidos. Como ocurrió con la campaña de profanación de Jrushchov.

Pero Trump, al igual que Jrushchov, no es un radical anarcocapitalista rothbardiano. Tampoco es un Milei con un programa de reformas claro y bien fundamentado. Sus reformas políticas, dirigidas a revertir el giro extremista woke, son un cambio bienvenido, pero su programa de reformas económicas es una mezcla incoherente. Recortar impuestos, reducir la regulación y la burocracia gubernamental, y eliminar el gasto políticamente motivado o corrupto es importante para reducir el papel manipulador del Estado. Sin embargo, el nacionalismo económico podría tener consecuencias negativas importantes.

¿Cuál será el desenlace? ¿Jrushchov, Deng, Gorbachov o FDR al revés?

Trump comenzó su presidencia como un reformista al estilo de Jrushchov, que quiere destruir el legado de sus predecesores y construir un país más fuerte. Su huella en la historia dependerá de lo audaces que sean sus reformas para reducir el papel del Estado y aumentar el de la coordinación del mercado.

Pero las reformas promercado en un solo país no bastan para reequilibrar el mundo, y el nacionalismo económico de Trump podría tener consecuencias peligrosas. La economía mundial funciona con un patrón dólar puro. Pretender eliminar la balanza comercial negativa de EE. UU. podría provocar una escasez de dólares y una crisis económica global.

Para evitar el caos, se necesita una gran conferencia internacional, como lo fue Bretton Woods en 1944. Sin embargo, para lograr esa cooperación, es necesario poner fin a las guerras actuales. Solo cuando cesen los conflictos en Ucrania y Oriente Medio, habrá espacio para la cooperación entre las grandes potencias.

¿Debemos defender el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo?

Cuando se trata del matrimonio entre personas del mismo sexo, muchos libertarios lo consideran un derecho incuestionable. Desde que el PSOE lo aprobó en España en 2005, y el Tribunal Constitucional lo confirmó en 2012, prácticamente no ha habido oposición liberal ni libertaria. ¿Pero tienen razón o se equivocan? ¿La mayoría de las naciones que no lo han aprobado están violando sistemáticamente los derechos de las personas con tendencias homosexuales? La respuesta no es sencilla.

Libertarios a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo

Stephan Kinsella es uno de los libertarios que se han pronunciado a favor del matrimonio igualitario. Sus argumentos se basan en la idea de que, en un orden jurídico privado, las uniones con derechos y obligaciones, incluidas las entre personas del mismo sexo, serían reconocidas de manera gradual. Esto es cierto. Sin embargo, también sostiene que, mientras el Estado monopolice el matrimonio y controle asuntos como la copropiedad, la tutela de menores o la custodia, debe permitir también los matrimonios entre personas del mismo sexo. Según él: “¿Viola el matrimonio gay los derechos de alguien? No. No es un acto de agresión. ¿Viola los derechos de las personas homosexuales al impedirles que, debido al monopolio estatal del sistema legal, sus relaciones tengan efecto jurídico? Sí.”

El orden espontáneo y el matrimonio entre personas del mismo sexo

El principal problema del matrimonio entre personas del mismo sexo no es que viole derechos, sino que las élites están promoviendo la distorsión de la institución del matrimonio. ¿Por qué esto debería sonar problemático para aquel que defienda el principio de no agresión?

Según César Martínez Meseguer, la ley surge mediante un proceso de evolución a través de larguísimos periodos de acumulación inconsciente de conocimiento, a través de procesos de prueba y error. Esto no quiere indicar que toda ley surgida bajo este proceso (lo contrario sería un mandato) sea buena por definición y no se deba revisar racionalmente. Pero sí es un argumento a favor de cierta prudencia en el momento de aceptar nuevas leyes. Friedrich Hayek argumenta que la carga de la prueba se sitúa en quienes surgieren revisar una norma arraigada que ha sido generalmente considerada como positiva.

El matrimonio como institución representa la perfección del individuo, uniendo al hombre y a la mujer en su complementariedad natural, dando lugar a la familia, donde se conciben y educan nuevas generaciones. ¿Y qué ocurre cuando se acepta el matrimonio entre personas del mismo sexo? Sin entrar ahora en si es una verdadera ley o un mandato impuesto desde las élites, pasa a indicar que el matrimonio que da apertura a la vida está al mismo nivel de parejas que, sin entrar en su validez moral, no pueden contribuir de la misma manera a la civilización, es decir, disuelve el matrimonio tradicional. No cabe concebir por este motivo un rechazo al matrimonio entre personas de diferente sexo que sean estériles, debido a que la ley se caracteriza por su generalidad y no es lo mismo excluir a B y C de una acción que solo B y C pueden realizar por definición que excluir a C y C de realizar esa acción.

Por tanto, Kinsella y otros libertarios tienen razón en afirmar que no viola ningún derecho, pero olvidan que disuelve el significado de una institución (el matrimonio tradicional, entendido como el matrimonio entre personas de diferente sexo) fundamental para la civilización.

El libertarismo y el matrimonio entre personas del mismo sexo

Personalmente, creo que muchos libertarios no escribieron sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo en los años 70 simplemente porque era un tema inaceptable en aquella época. No formaba parte del debate público. En realidad, es un concepto nuevo promovido por élites progresistas e igualitarias en las naciones occidentales.

Kinsella, continuando con su argumento, admite que podría aceptar llamar al matrimonio entre personas del mismo sexo unión civil: “Ahora, si el Estado simplemente dijera: ‘llámalo una ‘unión civil’ y lo reconoceremos,’ (…) Si ‘matrimonio’ es la única clasificación legal para la cual el Estado reconocerá efectos civiles de una relación, entonces el Estado debe permitir que las relaciones homosexuales (o cualquier tipo de relación: amigos, hermanas solteras, lo que sea) califiquen también para ‘matrimonio.’”

Personalmente, considero que la cuestión etimológica es fundamental. En primer lugar, la cuestión aquí no trata sobre derechos individuales, como dice Thomas Sowell: “Lo que los activistas buscan es la aprobación social oficial de su estilo de vida… La retórica de los ‘derechos iguales’ se ha convertido en el camino para obtener privilegios especiales para todo tipo de grupos.”

Como continúa explicando sobre los activistas a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo: “Algunos se conforman con desviar parte del dinero de los contribuyentes hacia sí mismos. Otros, sin embargo, quieren desmantelar parte de la estructura de valores que hace viable a una sociedad.”

Curiosamente, cuando Zapatero aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo en España en 2005, Rajoy propuso llamarlo unión civil y votar a favor, con exactamente los mismos privilegios legales, pero Zapatero se opuso. ¿Por qué? Porque hay una clara intencionalidad ideológica. La realidad es que no había en esa época una demanda social, ya que, la mayoría de las parejas homosexuales no pretendían casarse. Esto deja entrever que quizá no sea una ley en el sentido hayekiano, que busque la generalidad y la abstracción, sino un mandato impuesto por ingenieros sociales con la intención de modificar el comportamiento humano.

No obstante, ¿debería un libertario abogar por la existencia de una unión civil para garantizar derechos civiles equivalentes al matrimonio para las parejas del mismo sexo? No necesariamente, aunque la gravedad no sea la misma. Como explica Lew Rockwell:

A veces se argumenta que, dado que los libertarios quieren que el Estado salga del negocio del matrimonio —como debería salir de todos los negocios—, el Estado debería ser neutral entre el matrimonio convencional y el matrimonio entre personas del mismo sexo. Es decir, si el Estado otorga licencias de matrimonio, que no debería, entonces debería concederlas indiscriminadamente a todos los que las soliciten. De manera similar, mientras exista un ejército nacional, se argumenta, las mujeres y los homosexuales deberían ser admitidos en el servicio en los mismos términos que los hombres. El Estado, se dice, no puede discriminar. Pero esto no se deduce en absoluto. El libertarismo es una teoría sobre cómo deberían ser los derechos de las personas. Excluye al Estado; y, en la desafortunada medida en que el Estado exista, los libertarios sostienen que el Estado debe, en la mayor medida posible, abstenerse de violar los derechos de las personas. Más allá de esto, el libertarismo no le impone nada al Estado. Los libertarios no tienen por qué sostener que el Estado debe otorgar licencias de matrimonio a parejas del mismo sexo.

Conclusión

Los argumentos libertarios a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo en la situación actual se dividen en dos puntos: el primero es que no viola ningún derecho. Esto es cierto. Sin embargo, el problema, como he explicado anteriormente, es que dilapida el matrimonio entre personas de diferente sexo y su importancia social. Esta nueva definición de matrimonio es promovida por élites igualitarias y relativistas que buscan modificar el comportamiento humano para sus intereses.

El segundo argumento es que no permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo viola la adquisición de derechos civiles relacionados con el matrimonio por parte de los homosexuales. Sin embargo, esto no implica que el Estado deba reconocer repentinamente cualquier tipo de unión. Esto no se deduce de ninguna manera. Sowell lo deja claro al señalar que las leyes distinguen entre diferentes tipos de comportamientos. La analogía que utiliza es la siguiente: “Las leyes que prohíben a las bicicletas circular por autopistas obviamente tienen un efecto diferente en las personas que tienen bicicletas, pero no coches. Pero esto no es discriminación contra una persona. El ciclista que sube a un coche es tan libre de conducir por la autopista como cualquier otra persona.”

Como reconoce Rockwell, mientras el Estado exista, debería violar los derechos de sus ciudadanos lo menos posible. Pero esto no significa que deba emitir licencias de matrimonio para todo tipo de parejas bajo una lógica igualitaria, ¿también habría que permitir la poligamia que deshumaniza a la mujer?

Cuando Murray Rothbard comenzó a escribir sobre ideas libertarias en los años 70, el matrimonio entre personas del mismo sexo no era una lucha libertaria ni un tema de debate público. ¿Por qué debería convertirse ahora en una lucha libertaria, especialmente después de haber sido promovido por las élites estatales con las que queremos acabar durante los últimos 30 años?