Ir al contenido principal

Wendell Holmes Jr. estaba equivocado, Thoreau siempre tuvo razón

En la fachada del edificio del IRS (Internal Revenue Service, la agencia tributaria estadounidense) puede leerse bajo relieve inmortalizada la famosa frase de Oliver Wendell Holmes Jr. «los impuestos son el precio que pagamos por vivir en civilización». Así suele traducirse, aunque, la frase en inglés realmente no dice la palabra precio, sino: «Taxes are what we pay for a civilized society».

Impuestos y estado

Sin embargo, esto no solo no es cierto, sino que es una vil artimaña. Y a razón de los lamentables y tristes eventos que han acaecido recientemente, ello ha quedado en cabal evidencia. Solo alguien que, o tiene un interés particular por formar parte del estado, o quien repite sin saber por haber sido adoctrinado (desde las escuelas públicas y a veces privadas también) puede seguir pronunciando esa frase tan dañina.

Pronunciar expresiones como esas, en el caso de los primeros, resulta lógico porque el estado no es más que un conjunto de personas con cierto grado de permanencia temporal que busca maximizar su beneficio particular. El estado desde luego no existe como se quiere que lo concibamos. No tiene existencia ontológica. Tampoco es una entidad abstracta con interés propio. Ni mucho menos brega por el bien o interés común, dado que esto último tampoco existe.

Más allá de Weber y otras conocidas definiciones, mi definición es que el estado es una simple, pero enraizada creencia y resulta necesario «desenquistarla» para que la civilización humana pueda despegar y aprovechar su máximo potencial creativo. Es la creencia de delegación en una entidad sobrehumana o cuasi divina. La natural tendencia de seres humanos, en fase inmadura o irresponsable, que desean aliviar la carga de sus hombros en este ente que no son ellos, pero que al mismo tiempo «somos todos». Es realmente contradictorio. Por esta razón, para este tipo de gente la única solución posible es dar mayor poder al estado. 

Lo único cierto es que el mundo está constituido por iguales seres humanos. Personas de carne y hueso con los mismos misterios, angustias, y preguntas existenciales como denominador común. Sin embargo, como bien lo sintetiza Thoreau en su Desobediencia Civil, el estado es como un «fusil de madera», que su mera, pero inútil tenencia alivia la angustia de muchos y tranquiliza a otros.

La verdad es que el estado “no tiene ni la vitalidad ni la fuerza de un solo hombre, ya que un solo hombre puede plegarlo a su voluntad” (Thoreau, 1849).

Cuando por diversas razones como ser: alcanzar determinado nivel de bienestar material, paz espiritual, o riqueza intelectual, la gente comienza a hacerse preguntas y a percatarse de lo estéril que es el estado. Allí comienzan a temblar los cimientos de una creencia que puede desmoronarse. Es entonces cuando quienes forman parte de él y ven peligrar su estilo y forma de vida, (mantener el statu quo), recurren al manual de procedimientos y emergencias y por ello se desatan determinadas acciones.

En general pueden ser o, estrategias de polarización o amenazas que buscan la unión cuando se trata del entorno mundial. En cualquier caso, resultan efectivas dependiendo del contexto y situación de partida. La polarización resulta más sencilla de ver: izquierda-derecha, ricos-pobres, empresarios-trabajadores, hombres-mujeres, etc. Pero hay otro mecanismo, no necesariamente excluyente, que toma relevancia en un contexto donde una élite pretende allanar el camino a un orden mundial hiper centralizado. La justificación estatal (como si de una religión se tratase) buscará acción coordinada y centralizada frente a un enemigo común.

Hace 20 años fue la amenaza de armas químicas que nunca se encontraron, grandes guerras, etc. Sucede que, con las tecnologías actuales se hace más difícil este tipo de artimañas que involucran grandes objetos o ejércitos enemigos. Por eso, más reciente, la supuesta y orquestada pandemia del Coronavirus. Ello hace, a todas luces, que el enemigo debe ser necesariamente invisible. Ahora sin lugar a dudas la estrella elegida es el cambio climático. Sin ser broma, como el delirio y ansias de poder es cada vez mayor, en esta línea, lo próximo debería ser una inminente invasión extraterrestre.

Sin entrar en detalle de cómo es que se orquesta cada cuestión, no cabe dudas que la propaganda y los medios de comunicación son parte esencial del problema. Herramienta de los gobiernos para repetir mensajes sin sentido como “el cambio climático mata”. De ahí también la desesperación de los políticos por controlar las redes sociales porque son un “peligro y atentan contra la democracia”. Pero, ¿peligro para quién? Para ellos. Es gracias a las redes sociales y a la Libertad de expresión que la sociedad civil pudo y puede organizarse eficiente y espontáneamente frente a catástrofes.

Lo cierto es que detrás de toda la parafernalia existe, por un lado, la coacción para extraer recursos de los ciudadanos, sean o no feligreses del estado. Y por otro lado el permanente bombardeo de imágenes y relatos de un mundo caótico sin la existencia de un estado que pueda resolver aquellos problemas, que en primera instancia el estado mismo genera.

En la antigüedad, los jefes y caciques de las tribus junto a los brujos o sacerdotes (hoy serían los científicos o comités de expertos), eran los transmisores de la palabra del «Dios», quienes podían interpretar las manifestaciones de la naturaleza al lego y así explicar fenómenos e impartir justicia. Explicaciones que hoy nos parecerían ridículas pero que los mantenían en el poder. En pleno Siglo XXI, los políticos reemplazan a Dios por el estado. El cuento es el mismo, la entidad salvadora es otra. Para nuestros descendientes dentro de 1000 años las justificaciones actuales del estado les sonarán igual de absurdas que a nosotros creer en el Dios trueno.

El problema es que al final de la vida de cada ser humano con igual misterio y dudas existenciales, quienes habremos pasado por el mundo terrenal siendo expoliados somos los pagadores de impuestos netos. (aquí cabe aclarar que ningún funcionario es pagador de impuestos, da igual si es del poder ejecutivo, legislativo o judicial). 

En definitiva, quienes pagan impuestos son los perdedores. Esto no debe sorprendernos, y aunque no muchos lo saben, el derecho tributario deriva del derecho de guerra. Somos los que hemos perdido o estamos perdiendo, los expoliados con este sistema de violencia estatal. Donde un grupo goza vidas de lujo y otro grupo constituye la neoesclavitud. Al final del juego, la única realidad es que unos vivieron a expensas del tiempo y de la energía de otros.

No siempre el robo fue tan magnánimo y sistemático. Hubo otra época

Hace aproximadamente dos Siglos atrás, la brutal realidad tributaria actual era inconcebible. (tomado del Museo Nacional de Historia Estadounidense – Smithsonian – Washington DC):

Poco después de que Andrew Oliver fuera nombrado distribuidor de sellos -recaudador de impuestos- para Massachusetts en 1765, una turba enojada que esperaba forzar su renuncia colgó su efigie de la rama de un olmo en Boston. Al mismo tiempo, la figura de un diablo con una bota que colgaba de la otra rama representaba a Lord Bute, el influyente consejero del rey que abogaba por imponer impuestos a las colonias. Multitudes en otras colonias trataron de intimidar a los agentes fiscales colgando sus efigies de árboles similares de la “Libertad”, y pasaron a utilizar alquitrán y plumas a los agentes que no renunciaban

La gente de bien se manifestaba de manera activa en contra de que le quiten lo que naturalmente les era propio. Y no existía el impuesto a la renta.  Ahora, los impuestos se han normalizado de tal manera que nos parece absolutamente natural que se pague la ridícula suma 25% (por lo bajo, en circunstancias llega al 48% y más). Pero se paga con un absurdo convencimiento y con la cabeza baja.

La verdadera naturaleza del estado

Para finalizar, el verdadero deber del estado (verdadero en el sentido que es congruente con la naturaleza de su existencia) es insuflar de miedo a la sociedad. Ya decía Henry Miller en 1946,

La falsa idea de que el Estado existe para protegernos se ha desintegrado mil veces. Sin embargo, mientras el hombre carezca de seguridad y confianza en sí mismo el Estado prosperará. Él puede existir gracias al miedo y a la incertidumbre de cada uno de sus miembros.

Cuando la realidad a todas luces es que el estado no puede vivir sin su huésped.

Hay otros que dirán que el estado existe para redistribuir la riqueza porque el mundo es desigual y por lo tanto injusto. Otro disparate más. Un absurdo. Para ser justos con el señor Holmes Wendell Jr. de quien solo me limito a decir que su citada frase es errónea, traigo su opinión respecto de este asunto: “No tengo ningún respeto por la pasión de la igualdad, que me parece más que idealizar la envidia

Dado que una pregunta mal planteada o que nada importa, nunca resuelve el problema. Cabe decir que gracias a Dios existe la desigualdad. Pero a los efectos del problema, la desigualdad es totalmente irrelevante. El problema a resolver es la pobreza. Y la pregunta es ¿cómo generar riqueza? la respuesta siempre es: con más Libertad.

Hasta tanto la sociedad no entienda esto último, seguiremos con los problemas actuales (guerras, hambre, pobreza, inflación, catástrofes y una lista interminable) y no podremos dar el siguiente salto como civilización. Cuando logremos superar ese primer obstáculo -el de ver la realidad, abrir los ojos- recién ahí podremos volcar la infinita capacidad creativa del ser humano para imaginar las formas que hoy resultan inconcebibles. Pero, si ante cada inconveniente la respuesta es más estado más impuestos, estamos perdidos.

En algún momento, la existencia del estado será tan solo una diminuta mancha en la inmensa historia de la civilización humana.

El pensamiento de Azaña

Manuel Azaña (1880-1940) es el político español del siglo XX del que más se ha escrito, con excepción de Franco (1892-1975). Su protagonismo en la IIª República española coincidió con los años más trágicos de la historia española del siglo XX. Líder republicano indiscutible entonces, no es sencillo conocer su pensamiento, incluso el político, porque, en general, siempre ha resultado difícil separar al personaje de su trayectoria durante la República (1931-1936) y la Guerra Civil (1936-1939). Sucede con casi todos los estudios sobre él, incluso biografías, que habitualmente lo estudian en función de su faceta de gobernante republicano, casi en exclusiva, sin profundizar mucho en su trayectoria, ideas y pensamiento.

Intelectual, ¿liberal?, burgués

Alguna vez Azaña se autodefinió como “un intelectual, un liberal y un burgués”. Y fue un intelectual y sin duda un burgués. Sin embargo, hay dudas de que alguien con un temperamento tan dominante fuese un liberal. Temperamento mostrado en los modos empleados en su acción de gobierno (1931- 1933), o en su oposición durante el bienio radical-cedista (1933-1935), o en su segundo y terrible mandato como Primer Ministro, entre febrero y mayo de 1936 y, después, como presidente de la República (1936-1939). En lo relativo a su pensamiento, tampoco puede decirse que fuese un liberal, como otros de su generación. Y no fue un teórico político que dejase textos doctrinales, expresivos de su ideología y pensamiento.

Doctor en Derecho, se dedicó a la Función Pública, desde 1910, en el entonces Ministerio de Gracia y Justicia, mas su gran vocación fue la de escribir. Como escritor, aunque poseyó talento, tuvo muy poco éxito. Le faltó quizá genio creador. A cambio, fue un gran narrador de hechos y situaciones de su época. Sus Diarios personales, sobre los acontecimientos de su vida en la República y la Guerra Civil, es su obra más célebre. En ellos, el autor se muestra brillante y mordaz, con un estilo sobrio y ameno que conforma el más notable dietario político de cualquier personaje destacado del siglo XX, español o extranjero. Pero, igual que sus discursos políticos, no son obras literarias exactamente y no los concibió como tales.

Esa fama de sus Diarios, facilita también estudiar a Azaña en función sólo de su trayectoria política en el periodo republicano. Su pensamiento no está principalmente ahí. Está más en algunas otras obras que, además, en lo literario, superan a los Diarios. Se trata de las quizá mejores obras de Azaña: Vida y obra de D. Juan Valera (1926), con la que ganó el Premio Nacional de Ensayo de 1926, el discurso Tres Generaciones del Ateneo (1930), y La Velada en Benicarló (1939). Las tres poseen también intencionalidad política y, una de ellas, Tres Generaciones del Ateneo, el discurso con el que inauguró el curso ateneista 1930-1931, cuando fue presidente de esa Docta Casa (1930-1932), es quizá su texto más leído.  

El papel de Joaquín Costa

Joaquín Costa (1846-1911), gran teórico del regeneracionismo, tuvo mucha influencia en la generación intelectual de Azaña, la Generación de 1914 (en la que también figuran Ortega y Gasset y Madariaga), orientando su pensamiento político y su visión de España. Costa ejerció una notable influencia en él, especialmente en su pensamiento político y en su concepción de España. El regeneracionismo también lo compartieron los noventayochistas, y hasta los conservadores (Maura, Primo de Rivera y Franco) y muchos otros tras el desastre del 98. Era el dolor profundo por “la patria muerta”, el “patriotismo del dolor” que decía Ortega, ante el desengaño ante la decadencia, la derrota y la corrupción.

La influencia de Costa en Azaña requeriría precisiones y matices, pues reelaboró el costismo desde su propia experiencia y su particular visión del mundo. Ateneista desde 1900, Azaña coincidió allí con Costa en 1900 y 1901, cuando éste preparó y publicó su Oligarquía y caciquismo (1901). Costa, ya en el republicanismo, desarrollaba entonces sus últimas campañas políticas. Azaña tomó de él su crítica a la Restauración, su denuncia del caciquismo y la oligarquía, y su desconfianza hacia las élites políticas y su dudosa capacidad para mejorar el país. También su preocupación por la educación (“escuela y despensa”) como instrumento para regenerar España. Y, asimismo, tomó también el “Cirujano de Hierro”, que practicase la necesaria cirugía férrea para “modernizar” España, con una intervención radical para eliminar cualquier obstáculo. Un cirujano que quizá soñó con ser él.

La influencia de Francia

La segunda influencia, quizá la más importante, fue Francia. Entre 1911 y 1912, estuvo becado un año en París por la Junta de Ampliación de Estudios, viaje que influyó mucho en su formación. En esa primera visita, le impresionaron profundamente la historia, la literatura y las instituciones francesas: Azaña siempre consideró la cultura francesa como el “hogar común” y la “casa materna” de las personas cultas de raza latina, y la IIIª República Francesa un modelo de estado a imitar. Al iniciarse la Iª Guerra Mundial (1914), lideró las campañas a favor de los aliados y fue corresponsal de guerra en Francia, visitándola de nuevo. Contactó entonces con el radicalismo republicano francés, liderado por Clemenceau (1841-1929). Y, entre 1919 y 1920, junto con Cipriano Rivas Cherif, residió en París unos meses.

Azaña creyó encontrar en Francia el gran referente cultural, histórico y político, para orientar el impulso regeneracionista hispano y abordar la terea de modernizar la “caduca”, “atrasada” y “enferma” España. Francia representaba, el éxito en la modernidad en la que España había fracasado. Más aún, consideró a España y a su trayectoria en la modernidad un fracaso y hasta un error históricos.

En 1913, retornado de Francia, firmó junto con, entre otros, Ortega y Gasset, Salvador de Madariaga, Fernando de los Ríos, Luis de Zulueta o Américo Castro, el Prospecto de la Liga para la Educación Política. Fue una iniciativa del “posibilista” Partido Reformista de Melquiades Álvarez (1864-1936), al que Azaña se afilió ese año, igual que Ortega y Gasset o Madariaga. Azaña permaneció en el Partido Reformista hasta su pase al republicanismo, durante la Dictadura de Primo de Rivera. También, entre 1913 y 1920, fue Secretario Primero del Ateneo, donde se hizo notar por su más que enérgico carácter.

Su pensamiento se fundó en el regeneracionismo y en un “afrancesamiento” frecuente en España desde el siglo XVIII. Doble visión negativa de España y su historia y sobre las dificultades para la modernización nacional. Esas tesis negativas se difundieron mucho tras el desastre del 98. Entonces, Costa propuso echar doble llave al sepulcro del Cid; en 1920, Valle Inclán (1866-1936), en su célebre drama Luces de bohemia, dice que la historia de España era una “grotesca deformación de la civilización europea”. En 1922, Ortega y Gasset publicó su España Invertebrada, ensayo de éxito que contiene afirmaciones, arriesgadas y algunas muy erróneas, sobre aspectos esenciales de la historia hispana, para fundamentar sus tesis sobre la debilidad tradicional de las élites españolas. Y, en 1923, Primo de Rivera quiso ejercer de cirujano férreo.      

Un pesimismo español

Pocos intelectuales han expresado mejor la visión negativa de España como Azaña. Lo hizo en varias ocasiones, pero de modo rotundo en noviembre de 1930, en Tres Generaciones del Ateneo que, pese a su título y aunque se refiera a él, no versa sobre el Ateneo. Es una reflexión sobre España y su historia, anticipada en Vida y Obra de D. Juan Valera, en la que anunció el programa que aplicaría si llegaba al poder. Un discurso importante, tanto por lo que dijo, como por quién lo dijo y desde dónde lo hizo: en el casi centenario Ateneo, a un mes de la sublevación republicana de Jaca (diciembre de 1930) y a cinco meses de la proclamación de la IIª República (abril de 1931).

En su discurso, Azaña impugnó al Ateneo liberal y las dos primeras generaciones ateneístas (1835-1900), análogamente a cómo impugnó la Restauración y toda la trayectoria seguida por España en el siglo XIX, que singularizaba en la del Ateneo liberal. Pero su impugnación iba más lejos del rechazo de la Restauración, para conformar una auténtica impugnación, en su conjunto, de España y de su historia, casi desde los Reyes Católicos. A su juicio, la España surgida a finales del siglo XV había sido un “error histórico” a suprimir, pues no era posible corregirlo: así, dijo que “En el estado presente de la sociedad española, nada puede hacerse de útil y valedero sin emanciparnos de la historia”, por ser nuestra tradición, sobre todo el catolicismo, incompatible con la modernidad.

Azaña también condenó el siglo XIX español, la dinastía Borbón y los reyes Austrias y, ya en el paroxismo, condenó toda la tradición española. Para Azaña, la historia de España era esa grotesca deformación de la cultura europea que denunciaba Valle Inclán. Condena que extendía a los liberales del XIX y a la generación de la Restauración (la segunda generación del Ateneo), a la que acusó de pusilánime e inconsecuente, por “resignarse” a tolerar los restos del Antiguo Régimen, heredados de la tradición, y por su renuncia a conducir la “revolución burguesa” a sus últimas consecuencias. Descalificación que ya había lanzado en Vida y Obra de D. Juan Valera.

Así, afirmó que “Hace un siglo, los revolucionarios liberales se empeñaron en demostrar que su revolución restauraba instituciones arcaicas: Toreno, Argüelles, Martínez de la Rosa, el propio Martínez Marina y otros expositores del liberalismo español, torturan la tradición para autorizar su obra política” (la Constitución de 1812 y el desarrollo liberal del siglo XIX). Una situación que, a juicio de Azaña, no había mejorado nada en el XIX pues, en referencia a Costa, añadió que “En tiempos modernos, un apóstol, casi un mártir de la regeneración española, estaba también poseído del mismo afán. (…). (…) el morbo histórico estraga (…) a la sociedad española.

Y concluyó diciendo: “si me preguntan cómo será el mañana, respondo que lo ignoro; además, no me importa. Tan sólo que el presente y su médula podrida se destruyan”. Es decir, consideraba que el tema principal de su tiempo era destruir toda la tradición hispana, política y cultural, y hasta la propia herencia liberal del siglo XIX que, para él, eran elementos, no sólo prescindibles, sino los principales lastres que impedían la modernización nacional. No siendo corregibles, su eliminación requeriría seguramente la “cirugía de hierro” propuesta por Costa.

Un sueño de destrucción y regeneración

Azaña estaba convencido de que el principal objetivo de la IIª República no era establecer un régimen político estable y aceptable en términos democráticos, culminación del liberalismo seguido desde 1812. No; su principal prioridad fue acabar de raíz con la España de su tiempo y con toda su tradición (cultural, política y religiosa), pues eso, para él, era el mayor obstáculo para modernizar el país. Le sucedía como lo que se achacó al líder radical francés Clemenceau, que amaba mucho a Francia, pero aborrecía a la gran mayoría de los franceses. Azaña pudo haber sido un liberal, como Madariaga, pero nunca lo practicó o, como se ha dicho, quizá lo daba por supuesto (¡!), aunque nunca lo ejerciese.

Sus afanes de “regeneración nacional” le inspiraron, en 1931, un intento de recreación de la revolución francesa, adaptada a la España de su tiempo, mediante la IIª República. De ahí su empeño, con premuras reformadoras (reforma militar, agraria, educativa, religiosa, etc.), sin concesiones y con modos autoritarios (Ley de Defensa de la República), en hacer tabla rasa del pasado para “reconstruir” desde cero una nueva España, “liberada”, al fin, del pesado lastre de sus prescindibles historia y tradición. Aunque debe decirse que muchos de los proyectos de Azaña estuvieron bien concebidos y Franco los utilizaría después en su largo mandato. Por ejemplo, los Nuevos Ministerios de Madrid, las reformas educativa y agraria, planes hidrológicos, etc.

Años después, revisaría su actitud, entre la auto-reivindicación y el desengaño, en La Velada en Benicarló (1939). También revisó ahí la trayectoria republicana seguida desde el 14 de abril de 1931 y, muy especialmente, la seguida durante la guerra civil. Lo hizo en tonos amargos y muy críticos, aunque nunca para sí mismo, al igual que sucede en sus Diarios.  

La Blitzkrieg de Trump y la desincronización social

La sucesión de acontecimientos que llevamos vividos desde el 20 de enero no tienen precedentes en la historia reciente de occidente. Desde que Trump fue investido presidente el foco mediático no ha hecho más que cambiar: Panamá, Canadá, Colombia, Venezuela, México, Sudáfrica y Gaza han sufrido la ofensiva diplomática del presidente de Estados Unidos. Pero eso no ha impedido una batería de medidas en política interna igualmente abrumadora: indultos, criptomonedas, leyes sobre el género, cambio de 180 grados sobre inmigración… y por encima todo, un departamento de eficiencia gubernamental (DOGE) que está destapando al Estado en la sombra (deepstate) que muchos habían denunciado, pero que nadie había podido destapar.

Donald J. Trump no es un hombre joven. Nació en 1946 y casi toda su vida ha estado vinculada a dos negocios que no pueden estar más ligados al siglo XX: los bienes raíces y la televisión. Ser un outsider de la política le permitió emplear muchas tácticas novedosas en 2016, pero lo que está haciendo ahora va bastante más allá. En estos primeros días de presidencia ha ejecutado un plan perfectamente organizado para atacar a cada uno de los poderes (nacionales e internacionales) a los que se enfrenta. Y para planificar algo así hay que haber escapado previamente del marco mental del siglo XX, y haberse integrado completamente en el siglo XXI.

El siglo de internet. El siglo de la descentralización (o desincronización)

Y eso es algo cuya importancia está escapando a la mayoría de los analistas. Los políticos occidentales se preocupan por dos cosas: de cómo se habla de ellos en la prensa (lo que leen otros políticos) y cuántos minutos ocupan en televisión (lo que ve la masa). Esta obsesión se arrastra desde mediados del siglo XX, época donde la TV reinaba ya en todos los hogares, lo que permitió que la sociedad estuviera sincronizada. Paul Graham lo definió así en un artículo en 2016:

Ahora cuesta imaginarlo, pero todas las noches decenas de millones de personas se sentaban juntas frente al televisor para ver el mismo programa, a la misma hora, al igual que sus vecinos. Lo que pasa ahora con la Super Bowl ocurría todas las noches. Estábamos literalmente sincronizados.

El poder de la TV no se ha esfumado de golpe. Desde la popularización de internet han tenido que pasar muchos años para que ese reinado esté llegando a su fin. Pero está llegando, y estamos asistiendo a su ocaso.

Contra los legacy media

Trump lo ha entendido perfectamente. Sigue dando ruedas de prensa y concediendo entrevistas a Fox News, pero también ha sido el primer candidato en someterse a podcasters en plena campaña electoral. Menosprecia a los legacy media siempre que puede, y quiere introducir a outsiders en las ruedas de prensa de la Casa Blanca.

Pero la batalla contra los legacy media es solo una pata de una guerra mayor. Para explicar su alcance hay que entender en qué bandos se divide la contienda. Para ello es útil basarse en la explicación que da Balaji Srinivasan en su libro The Network State: How To Start a New Country.

Balaji divide esta guerra en tres bandos:

  • Capitalismo Woke: es la ideología de la clase dirigente de Estados Unidos (y por tanto del mundo occidental) cuyo órgano central son los legacy media.
  • CCP: es el Partido Comunista Chino basado en: leninismo, confucianismo, capitalismo y nacionalismo.
  • Redes internacionales descentralizadas (networks) : son movimientos que están radicados en internet y congregan a personas de todas las nacionalidades que se organizan en torno a fines comunes. Ejemplos de esto podría ser la red de Bitcoin, pero también grupos como los libertarios o la derecha alternativa anti globalismo.

En 2016 Trump se ayudó de las redes sociales para ganar la presidencia. Y siguió usándolas para contrarrestar a sus oponentes. Pero ha sido ahora cuando de verdad se ha integrado en el bando de las networks. Muchas de sus órdenes ejecutivas han sido promesas a diferentes aliados en estas redes: bitcoiners (posible reserva nacional y desregulación), libertarios (indulto a Ross Ulbricht), nombramiento de Robert F. Kennedy Jr. (MAHA), etc.

Oponerse a la centralización

Pero lo que más vincula a Trump a la descentralización es su oposición a la centralización. Sus enemigos son el establishment occidental y el rival de la supremacía americana en el mundo: China. Con este marco tripolar del mundo podemos entender mejor cuál es el objetivo de esta guerra relámpago de órdenes ejecutivas. Para debilitar al capitalismo woke no basta con estar en la Casa Blanca, hay que erosionar sus cimientos. Y esos son dos:

  • Instituciones estatales o financiadas por el Estado que son siempre dirigidas con una visión progresista (USAID es el mejor ejemplo, pero hay docenas más).
  • Instituciones supranacionales cuya función es que se mantenga la inercia de determinadas políticas, independientemente del resultado de las elecciones en los países que las forman.

Sobre China, todo parece indicar que Trump ha decidido forzar a países de su entorno a escoger bando por medio de los aranceles y, en casos más urgentes, la ostentación de su poder militar (peace through strength). Seguramente haya opciones mejores, pero ha escogido esta y de momento no parece estar funcionando mal.

Pero no solo estamos ante una ofensiva, sino que también hay medidas defensivas. Y estas son las más interesantes. Se trata de una gran desregulación cuyo fin es llevar a los Estados Unidos a una nueva época dorada.

Su apuesta por las criptomonedas, la inteligencia artificial y la generación de energía por todos los medios disponibles son a todas luces bazas ganadoras. Nadie conoce el futuro, pero es difícil imaginarse el mundo en 2050 sin que estas tres piezas sean vitales en él.

Combinar el ataque a tus enemigos, sobre todo cuando son tan formidables, con un crecimiento exponencial de tu economía, es la táctica correcta. De hecho, es la única táctica viable para ganarle la partida a expertos en juegos de suma cero.

Estamos muy al principio de esta confrontación. Pero entender qué fichas hay en el tablero y cómo están posicionadas nos va a ayudar a entender lo que va a venir. No tiene sentido seguir sincronizado en un mundo que se está desincronizando. Y eso es más importante aún en un país como España, donde la información sobre Estados Unidos es ridículamente homogénea. Empezar a leer a autores como Balaji Srinivasan, que son un buen primer paso para corregir este problema.

Lo que Elon Musk puede aprender de Ronald Reagan

Por Matthew Bowles. El artículo Lo que Elon Musk puede aprender de Ronald Reagan fue publicado originalmente en CapX.

Desde su toma de posesión como presidente de Estados Unidos, Donald Trump no ha perdido el tiempo en alterar el orden del día. En cuestión de días, la ayuda federal se había pausado para garantizar que el gasto se ajustaba a la agenda de la administración. Otras medidas incluyen la congelación de la contratación de empleados federales y la creación del Departamento de Eficiencia Gubernamental, también conocido por sus siglas, DOGE.

Estas políticas son increíblemente populares entre la base de Trump; sin embargo, no hace falta ser un partidario de Trump para ver los argumentos a favor del recorte de gastos. En 2024, Estados Unidos registró un déficit de 1,8 billones de dólares, lo que contribuyó a una deuda nacional de más de 36 billones de dólares. Según Elon Musk, el magnate de la tecnología contratado para dirigir DOGE, esto incluye un potencial de 50.000 millones de dólares al año de pagos fraudulentos de derechos dentro del Departamento del Tesoro.

En el Reino Unido, muchos comentaristas de la derecha se han apresurado a apoyar estas medidas debido a la creencia de que una revisión radical del Estado resolverá el malestar económico observado desde la crisis financiera de 2007-2008.

Recorta despacio, que tengo prisa

Aunque está claro que es necesario un enfoque diferente, actuar demasiado rápido sin tener en cuenta todas las implicaciones no conducirá a resultados positivos. Una mirada retrospectiva a la carrera política de Ronald Reagan puede resultar instructiva como ejemplo de cómo los planes ambiciosos pueden prometer mucho pero cumplir poco.

Como Gobernador de California, Reagan creó un organismo privado financiado y dotado de personal, la Encuesta del Gobernador sobre Eficiencia y Control de Costes. Las recomendaciones se basaban en prestar los servicios públicos «de la forma más eficaz, rápida y económica». En este punto, Reagan había completado su viaje de autodenominado «New Dealer» a ardiente republicano, decidido a intentar reducir el tamaño del gobierno.

Un resultado indeseado

Sin embargo, los resultados de la reducción del gasto fueron desiguales. Un caso paradigmático fue la Ley Lanterman-Petris-Short, que abolía la hospitalización involuntaria salvo en casos extremos. A principios de la década de 1970, casi todos los enfermos mentales de California eran retirados de los hospitales estatales, con pocas probabilidades de volver al hospital si el paciente recaía.

Estos pacientes acabaron en residencias para enfermos mentales propiedad de cadenas con ánimo de lucro y agrupadas en zonas urbanas degradadas. California fue el primer estado en registrar un aumento del número de personas sin hogar y un incremento del encarcelamiento y la delincuencia como consecuencia directa de la desinstitucionalización. Este es un factor importante que contribuye a la crisis de personas sin hogar a la que se enfrenta California hoy en día.

Más adelante, Reagan también intentó un recorte de gastos similar, pero a escala nacional. Pero a escala nacional. Poco después de convertirse en Presidente, Reagan anunció su plan de recortes fiscales y de gastos. Se creó entonces la Comisión Grace, un organismo del sector privado centrado en la reforma de la burocracia federal y el control del gasto. Se ha comparado con el grupo consultivo de nueva creación, el DOGE. La Comisión Grace presentó más de 2.500 recomendaciones durante sus dos años de mandato, pero sólo el 27% de ellas podían aplicarse por la autoridad presidencial. El 73% restante requería la intervención del Congreso.

El DOGE

Es probable que el DOGE se enfrente a problemas similares. Los juristas se han apresurado a señalar que ni la Constitución ni la legislación estadounidense permiten que el ejecutivo actúe en solitario para anular lo que el Congreso ha autorizado y financiado.

Durante la presidencia de Reagan, el gobierno federal creció mucho. El empleo federal total aumentó en unos 400.000 puestos de trabajo. El déficit casi se duplicó, pasando de 79.000 millones de dólares a 155.000 millones, debido en parte a que el gasto público también casi se duplicó, pasando de 599.000 millones de dólares a algo menos de 1,1 billones.

La misión del DOGE, recortar el gasto federal, sólo puede lograrse recortando los gastos de seguridad social, defensa, Medicaid o Medicare. El gasto fuera de estas cuatro «grandes partidas» no ha sido inferior en porcentaje del PIB desde hace más de 40 años. Los ejemplos de «despilfarro y fraude» son un mero escaparate y no producirán los resultados esperados.

Abordar la regulación puede ser una forma mucho más fructífera de revitalizar la economía estadounidense. El ejecutivo tiene poder para cambiar gran parte de esta situación. Aunque la idea de reducir el tamaño del Gobierno es loable, la presidencia de Trump debe tener cuidado de no prometer demasiado y aprender de los errores del pasado.

Pierre Poilievre, el próximo presidente libertario de Canadá

Por Patrick Carroll. El artículo Pierre Poilievre, el próximo presidente libertario de Canadá, fue publicado originalmente en FEE.

Con la dimisión de Justin Trudeau, Canadá se adentra en una turbulenta temporada política. El Parlamento ha sido prorrogado hasta el 24 de marzo, lo que da tiempo al Partido Liberal de Trudeau a elegir un nuevo líder. El nuevo líder se convertirá en primer ministro como líder del partido en el gobierno, pero entonces es probable que pierda una moción de censura en la Cámara de los Comunes, lo que desencadenaría unas elecciones. Dado que los conservadores llevan actualmente la delantera en las encuestas, se espera que el líder conservador, Pierre Poilievre, gane las elecciones y se convierta en primer ministro.

Ante esta situación, aumenta la curiosidad por saber quién es Poilievre y qué defiende. ¿Cuál es su visión de Canadá y cómo podría configurar el futuro de este país?

¿Un primer ministro libertario?

Nacido en Calgary, Alberta, en 1979, Pierre Poilievre ha estado implicado en política casi toda su vida. Tras licenciarse en Relaciones Internacionales por la Universidad de Calgary, se convirtió en diputado conservador en 2004, a la edad de 25 años. Ha trabajado como parlamentario desde entonces, escalando poco a poco en el partido hasta convertirse en líder en 2022.

La filosofía política de Poilievre es esencialmente conservadora, pero lo que le hace inusual es que también tiene una considerable vena libertaria, una cualidad poco común en las altas esferas de la política canadiense.

En su adolescencia leyó Capitalismo y Libertad, de Milton Friedman, un libro que más tarde calificó de «fundamental» para su pensamiento político. En 1999, siendo estudiante de segundo curso, quedó finalista en el concurso nacional de redacción «Como primer ministro, yo haría…», y ganó 10.000 dólares y un período de prácticas de cuatro meses en Magna International. Su ensayo, «Construir Canadá a través de la libertad», expone sus principios -y sus ambiciones- en términos inequívocos:

Por lo tanto, como primer ministro, lo que haría para mejorar el nivel de vida no es tan importante como lo que no haría. Como primer ministro, cedería a los ciudadanos la mayor parte posible de mi control social, político y económico, dejando que la gente cultive su propia prosperidad personal y gobierne sus propios asuntos tan directamente como sea posible.

Su interés por la libertad ha continuado a lo largo de su carrera. Se describió a sí mismo como «de mentalidad libertaria» ante los medios de comunicación cuando se convirtió en diputado por primera vez en 2004, y es criticado regularmente por la izquierda por ver con buenos ojos el libre mercado y con recelo la intervención gubernamental. «Todas las tendencias políticas tienen villanos, que suelen encajar con nuestras visiones preestablecidas del mundo», escribió Kofi Hope para el Toronto Star en 2022. «Poilievre como [sic] libertario, así que el gobierno es el villano».

Las credenciales de Poilievre a favor de la libertad quedaron aún más de manifiesto cuando fue entrevistado en el podcast de Robert Breedlove en 2022. Durante su conversación, Poilievre dijo a Breedlove que era un oyente habitual y un fan del programa. Esto en sí mismo es revelador: Breedlove es un Bitcoiner, un autodenominado «maximalista de la libertad» y una figura influyente en el movimiento libertario moderno.

Poilievre pasó a referirse a «uno de mis economistas favoritos, Thomas Sowell», y citó específicamente la famosa cita de Sowell de la «primera lección»: «La primera lección de economía es la escasez: Nunca hay suficiente de nada para satisfacer a todos los que lo quieren. La primera lección de la política es ignorar la primera lección de la economía».

Canadá en una encrucijada

El ascenso de Poilievre llega en un momento en que Canadá se enfrenta a una crisis de identidad. Durante casi diez años, el Canadá de Trudeau ha sido la Central del Despertar: progresista en casi todos los sentidos de la palabra, y orgullosa de ello. Poilievre se ha opuesto frontalmente a este enfoque, no sólo en sus aspectos económicos, sino también en el frente cultural.

Pero también hay otra cara de Canadá, que se manifiesta en movimientos como el convoy de camioneros. Es el lado que aún mantiene cierta conexión con los ideales liberales clásicos, un lado que cree (al menos relativamente) en la libertad de expresión, el libre mercado y la responsabilidad fiscal. Aunque este grupo es algo ecléctico y nunca ha sido completamente dominante, su influencia pudo sentirse en el gobierno de Harper (2006-2015) y en el de Chrétien (1993-2003).

También hay un segmento creciente de la población canadiense compuesto por inmigrantes recientes, muchos de los cuales siguen preocupándose principalmente por las cuestiones políticas de los países de los que proceden. Es difícil exagerar lo multicultural que se ha vuelto Canadá, y el volumen de la inmigración reciente se ha convertido en un punto álgido del debate político. La postura de Poilievre sobre el tema de la inmigración se sitúa en algún punto en el centro y, como es habitual en los políticos, parece fluctuar dependiendo de con quién hable.

Con la marcha de Trudeau, los canadienses nos preguntamos, realmente por primera vez en una década, si nos gusta la identidad nacional progresista que hemos adoptado o si es hora de cambiar. Sabemos cómo era el Canadá de Justin Trudeau y lo que representaba. Está mucho menos claro lo que Canadá representará en 2025.

Poilievre está aprovechando el lado liberal clásico de la identidad canadiense. Se ha centrado especialmente en su plan de «suprimir el impuesto sobre el carbono», en referencia al divisivo programa de impuestos y descuentos sobre el carbono introducido por los liberales en 2019 como parte de su agenda climática.

Pero, aunque es probable que consiga reducir el impuesto sobre el carbono, hay motivos para dudar de que sea capaz de introducir cambios importantes a favor de la libertad.

El despotismo de la opinión pública

Puede que Poilievre sea libertario de corazón, pero la mayoría de los votantes canadienses no lo son. Por tanto, si quiere salir elegido, tiene que presentar a los canadienses una versión considerablemente moderada de sus ideas, y eso es exactamente lo que ha estado haciendo. En su mente, presumiblemente, es mejor ser elegido con una plataforma moderada que hacer campaña sobre lo que realmente cree y perder por goleada.

Desgraciadamente, aunque esta estrategia funcione y se convierta en primer ministro, su capacidad para introducir cambios significativos será muy limitada, porque es casi seguro que será expulsado del poder si alguna vez lo intenta.

Hay aquí una lección interesante sobre el poder. Aunque es fácil pensar que la persona al mando puede hacer lo que quiera dentro de los límites constitucionales, lo cierto es que siempre está en deuda con la voluntad de la mayoría. Y como sostenía Ludwig von Mises -haciéndose eco de Étienne de la Boétie y David Hume- esto no sólo es cierto en las democracias, sino en todos los sistemas de gobierno. El «poder» político siempre se basa, no en la fuerza, sino en la opinión. Si un gobernante no ejerce el poder de forma acorde con la opinión pública, es rápidamente sustituido por alguien que sí lo haga, violentamente si es necesario.

Mises explica esta sorprendente implicación en su libro de 1957 Teoría e Historia:

Si la opinión pública es responsable en última instancia de la estructura del gobierno, también es el organismo que determina si hay libertad o esclavitud. Prácticamente, sólo hay un factor que tiene el poder de hacer que la gente no sea libre: la opinión pública tiránica. La lucha por la libertad no es, en última instancia, resistencia a autócratas u oligarcas, sino resistencia al despotismo de la opinión pública.

Puede que Poilievre quiera llevar a Canadá en una dirección liberal clásica de libre mercado. Puede que tenga grandes intenciones de eliminar las regulaciones gubernamentales tanto en la esfera económica como en la social. Pero el problema es que la opinión pública canadiense sigue siendo totalmente estatista.

Por ejemplo, la sanidad está controlada en gran medida por el gobierno, y a muchos canadienses les gusta que sea así. En un estudio realizado en 2023 en el que se preguntaba a la gente su opinión sobre la sanidad privada, los encuestados se dividían en tres grupos: el 39% eran «puristas de la sanidad pública», el 33% eran «curiosos pero reticentes» y el 28% eran «partidarios de la sanidad privada». Esta última cohorte puede sonar alentadora para quienes desearían más opciones de mercado, pero hay que tener en cuenta que la gran mayoría de ellos están simplemente interesados en un modelo híbrido público-privado. El apoyo a un planteamiento de laissez-faire total en la sanidad es sin duda inferior al 1%. Incluso Poilievre, con toda su retórica de libre mercado, probablemente se resistiría a tal sugerencia.

Así pues, aunque la era Poilievre será probablemente mejor que la era Trudeau (un listón muy bajo si los hay), no debemos hacernos ilusiones sobre un cambio radical del país. Mientras la opinión pública mantenga los mismos fundamentos estatistas, lo único políticamente factible serán ajustes marginales. Y los ajustes marginales sólo conducirán a resultados marginalmente mejores.

Sería estupendo eliminar el impuesto sobre el carbono, pero Canadá necesita algo más que el hacha de Poilievre: necesita la motosierra de Milei.

La corrupción institucional como instrumento geopolítico

“Gran corrupción” o corrupción a gran esca­la, definida por Transparencia Internacional como “actos cometidos en los niveles más altos del gobierno que involucran la distor­sión de políticas o de funciones centrales del Estado, y que permiten a los líderes benefi­ciarse del bien común”.

Transparencia Internacional

En el actual escenario internacional de confrontación geopolítica y geoeconómica, el cual hemos abordado en los últimos años desde diversas perspectivas tanto comerciales, como económicas y políticas, se ha venido enraizando desde ya hace tal vez más de dos décadas, pero en especial en los últimos 10 años,  una serie de prácticas corruptas manejadas e incentivadas por algunos gobiernos, como un mecanismo de expansión geopolítica y geoeconómica a nivel internacional, que ha violado la transparencia de las prácticas del libre mercado global de bienes y servicios, como de la contratación y captación de inversiones extranjeras directas en algunos países, en especial en las naciones en vías de desarrollo.

Fundamentos de la libre competencia.

El orden económico mundial derivado de lo que se conoce como el Orden Liberal Internacional (OLI) fue cimentado, a pesar de los procesos de crisis que ha confrontado en el pasado reciente, en un sistema que a grandes rasgos se fundó en una economía de libre mercado, sustentada en un marco jurídico-económico de  procedimientos y políticas que promueven la eficiencia, mediante el otorgamiento de recompensas a los agentes económicos que demuestran eficacia en la gestión de sus recursos y castigos a los oferentes que evidencian un desempeño improductivo, sin una intervención estatal significativa  que favorezca a ningún agente económico en particular.

Dentro del marco de una economía de mercado, la política de competencia, es el soporte más relevante del sistema de economía de mercado enunciado. Estas políticas se estructuran con el ánimo de favorecer el ejercicio económico en espacios de transparencia, en clara protección de las libertades de los consumidores y del mercado. Siendo, por ende, una política que tiene como objetivo la creación de un entorno de garantías de la oferta y la demanda, con el fin de evitar y corregir todos aquellos comportamientos con capacidad de desfigurar el hábitat competitivo, con prácticas como:  la competencia desleal a través de subsidios e intervenciones estatales, y prácticas corruptas entre otras.

Concepto de corrupción internacional

Según el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), el término corrupción abarca este conjunto de acciones: “Acción y efecto de corromper o corromperse, deterioro de valores, usos o costumbres.  Y en las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización indebida o ilícita de las funciones de aquellas en provecho de sus gestores”.

Para los efectos del presente ensayo, por corrupción internacional, entenderemos sin menoscabar los aspectos en el ya citado concepto de la (DRAE). Como el abuso del poder público en favor de un privado o de una entidad estatal, sea nacional o internacional, a través, de empresas, sean públicas o privadas de ese mismo ente extranjero.  Nos referiremos por ende a una conducta de abu­so que es llevada a cabo por un sujeto de derecho internacional público, como Estado-nación,  que posee poder de decisión en su sector público o privado,  con el fin de influir en la toma de decisiones de otro Estado-nación como sujeto de derecho internacional público, con el objetivo de conseguir ventajas para sus inversiones e inversionistas nacionales, sean públicos o privados, por medio de  sobornos, tráfico de influencias,  y abuso de poder, en un país determinado, en beneficio de sus proyectos de expansión geopolíticas y geoeconómicas, violando las prácticas de transparencia  internacionales y nacionales de la libre competencia respectivamente.

La corrupción internacional en la lucha geopolítica global

Es frecuente encon­trar empresas transnacionales y multinacionales, utilizando prácticas corruptas y desleales respaldada por sus respectivos gobiernos para posicionarse tanto como inversores extranjeros en contratos de licitación de obras internacionales, o en la adquisición de concesiones de diferente naturaleza en especial en la explotación de materias primas con alto valor estratégico, como el cobalto, el litio, las tierras raras, y los hidrocarburos, entre otros recursos.  Entre estos países se encuentra la China comunista, Rusia e Irán, pero en grados muy inferiores a estos dos últimos. Esos Estados han basado sus estrategias de expansión geoeconómicas y políticas en patrones generalizados de corrupción y sobornos, en países en vías de desarrollo, principalmente, y en especial en África e Hispanoamérica.

Estos gobiernos y regímenes, han encontrado en América Latina un terreno fértil para sus estrategias desleales de competencia y penetración económica y política, debido fundamentalmente a la cultura de corrupción sociopolítica e institucional con un fuerte raigambre histórico. Los regímenes autoritarios como el venezolano, y demás países de los círculos izquierdistas latinoamericanos, que han demostrado, desprecio de las normas democráticas sobre el terreno, han facilitado que este club de países se afiance en América Latina, en especial China.

 Mucho se ha tratado el caso de China, con sus prácticas ambientales, laborales y de corrupción, en sus estrategias de inversiones más allá de sus fronteras. Ciertos organismos de control internacionales, como algunos gobiernos occidentales, en especial los EE.UU., consideran que las empresas chinas están entre las menos transparentes del mundo. Destacando desde hace tiempo la renuencia de Beijing a procesar a las empresas o personas chinas acusadas de soborno en relación con contratos extranjeros. Así como los proyectos referentes a los de la “Franja y la Ruta” de China en todo el mundo, los cuales han estado marcados por problemas ambientales, laborales y de corrupción en sus procesos de implementación.

Casos emblemáticos de prácticas corruptas internacionales

Entre los casos de corrupción internacional más emblemáticos en el continente americanos de los últimos 10 años se encuentran:  El caso de corrupción de la empresa brasileña Odebrecht, el cual estalló en el 2016, cuando el Departamento de Justicia de Esta­dos Unidos publicó una investigación sobre el grupo Odebrecht, revelando que había so­bornado durante años con un valor total de 439 millones de dólares a funcionarios de los gobiernos una docena de naciones  latinoamericanas, del caribe y africanas con el fin el objetivo de obtener contrataciones públicas en estos países (Angola, Argentina, Colombia, Ecuador, Guatemala, México, Mo­zambique, Panamá, Perú, República Domini­cana y Venezuela). De esta manera,  la citada empresa brasilera logró obtener aproximadamente 100 proyectos en múltiples países, a través, de su División de Ope­raciones Estructuradas, y una Caja B llamada “Sector de Relaciones Estratégicas”. En estos casos, el gobierno de Lula Da Silva siempre favoreció la presencia de Odebrecht en ciertos países como Venezuela gracias a sus vínculos cercanos con el gobierno de este país.

Otro caso representativo que a título de ejemplo podemos mencionar, fue el referente a la empresa alemana Siemens a.g., que en 2008 reconoció sobornos de millones de dólares a funcionarios de múltiples países, debido a que según la empresa era imposible mantener la competitividad de la empresa en el extranjero. Estando establecido este sistema de mercado, muchas de las grandes empresas acaban sucumbiendo para no renunciar a su competitividad y perder así grandes oportunidades de negocios internacionales frente a sus competidores chinos, principalmente.  Aunque este caso no fue el producto de una política del Estado alemán en favor de una empresa privada alemana, fue la secuela de este esquema de competencia desleal a escala global.

Los casos chinos en Hispanoamérica

 La inversión China y sus prácticas pocos transparentes ha sido más fácil en los países en los cuales han gobernado y aún gobiernan regímenes populistas de tendencia izquierdistas y autoritarias, y donde el Estado de derecho, la libertad de expresión han sido socavadas durante mucho tiempo, casos como el de Argentina durante el kichnerismo, el de Bolivia y Venezuela son los ejemplos más emblemáticos en el ámbito latinoamericano. Sin dejar de mencionar el caso de Ecuador bajo la presidencia de Rafael Correa y el de Panamá.

En el caso boliviano bajo el mandato de Evo Morales, las compañías chinas lograron un importante punto de apoyo en sectores clave de la economía boliviana, que se ha traducido en un monopolio sobre la industria del litio en ese país.

En la Argentina, bajo la era de los gobiernos Kichneristas, la presencia de empresas chinas se arraigó tanto a nivel local, en las provincias y en todas las regiones del país suramericano. Donde los gobernadores feudales habilitaron una sofisticada red de corrupción que China aparentemente utilizó para invertir en todo, desde plantas nucleares, la construcción de plantas de baterías de litio, hasta la instalación de una estación terrestre de seguimiento de satélites, así como plantas hidroeléctricas, entre otras actividades.

El caso de Venezuela, ha sido el más emblemático y representativo de muchas de estas prácticas corruptas, pues este país concentra el 50% de toda la inversión y préstamos que ha realizado China en toda Latinoamérica. En Venezuela las empresas chinas han obtenido acceso a materias primas tanto del área minera, en especial el mineral de hierro como del sector petrolero, a precios muy inferiores a los de los mercados internacionales. En especial el del mineral de hierro a un precio 75% por debajo del mercado.  Sin contar, con los planes de financiamiento depredadores chinos, que terminaron dejando a esta nación sudamericana con una deuda catastrófica de decenas de miles de millones de dólares, bajo condiciones leoninas que aún son totalmente desconocidas.

Y por último, es relevante a la luz del actual conflicto en ciernes entre los Estados Unidos bajo la recién estrenada administración Trump, por el tema de la presencia china en los predios del Canal de Panamá y por las pretensiones de la administración estadounidense sobre esta vía acuática.  Hacer referencia al caso de Panamá, país que ha sido el centro de escándalos internacionales de corrupción en los últimos años, en los cuales se han visto   involucrados dos de sus expresidentes.

Durante la administración del presidente panameño, Juan Carlos Varela, se cancelaron concesiones portuarias de una manera irregular a favor de una empresa china. De igual forma, en el gobierno del presidente Cortizo se otorgaron según fuentes panameñas concesiones a empresas chinas en el área de la construcción de una forma poco transparente, que han sido objeto de críticas y graves acusaciones en este país centro americano por algunos personajes de la vida civil y política del mismo.

Efectos de las prácticas corruptas internacionales

Esta situación ha estado aten­tando, contra la seguridad nacional de muchos países, por un lado, y contra el sistema de mercado libre a escala mundial por el otro. En este sentido, la distorsión de la competencia ge­nerada por la corrupción internacional, ha generado en primer lugar, un esquema de comptencia desleal e injusto. En segundo orden, ha afectado la imagen internacional y reputación de los paises en el que han producido estos hechos de irregulares, y por último ha degradado la confiabilidad de los gobiernos que han incurrido en estas prácticas, frente a sus propios ciudadanos y otros países, generando en algunos casos roces o conflictos diplomáticos entre los mismos.

Otro elemento a destacar es el de la seguridad nacional de los gobiernos que han colaborado con estas prácticas corruptas, pues los mismos terminan siendo rehenes de sus corruptores. Debido al manejo de información delicada y clasificada de sus actividades ilícitas, por parte de estos, que los hace vulnerables al escarnio público y legal, no solo en sus respectivos países, sino a nivel internacional. Lo que los termina convirtiendo en una especie de títeres de naciones como China y Rusia, principalmente dentro de sus proyectos de expansión geopolítica, vulnerando así su independencia y soberanía nacional.

Convenios internacionales de prevención y lucha contra la corrupción

 Han sido varios los convenios internacionales que han sido firmados en diferentes ámbitos geográficos internacionales como nacionales para el combate de esta práctica desleal en los mercados internacionales. Entre los cuales destacaremos solo a título informativo los siguientes: Convención Interamericana contra la corrupción (1996) de la Organización de Estados Americanos, (OEA), El Convenio relativo a la lucha contra los actos de corrupción en los que estén implicados funcionarios de las Comunidades Europeas o de los Estados miembros de la hoy Unión Europea de (1997), Convenio de lucha contra la corrupción de agentes públicos extranjeros en las transacciones comerciales internacionales de 1997,  aprobado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en el año 1997.

El Convenio penal sobre la corrupción y Convenio civil sobre la corrupción (1999). Creado por el Consejo de Europa como un instrumento dual de lucha contra la corrup­ción: uno desde la perspectiva penal, y otro, desde la perspectiva ci­vil, El Convenio para la prevención y lucha contra la corrupción (Unión Africana -2003), Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción del año (2003). 

Es importante destacar, la Foreing Corrupt Practices Act. de los Estados Unidos: la ley contra las prácticas corruptas en el extranjero. La (FCPA) de Estados Unidos, pues esta ley tiene un alcance extrate­rritorial y de responsabilidad penal de la persona jurídica, y legislaciones internas de algunos países. Lo que la convierte en un instrumento importante con el que cuentan los EE.UU. para enfrentar estas prácticas desleales que han afectado a sus empresas a nivel internacional.

No obstante, es importante recalcar que algunos de estos convenios han sido prácticamente letra muerta, principalmente en Latinoamérica y el Caribe, por las razones arriba mencionadas, como en algunos países del continente africano.  Los mismos solo han tenido cierto efecto en el ámbito europeo y en los Estados Unidos por la disposición de sus respectivos gobiernos y estructuras judiciales de combatir las prácticas corruptas a escala internacional.

Conclusiones

Todo este escenario ha terminado de configurar un juego de competencia desleal (unfair competition) frente a otros actores que poseen limitaciones de tipo jurídicas en el ámbito de sus respectivos países como ya lo hemos mencionado, y que les impiden incurrir en estas prácticas corruptas en los mercados globales de inversión, so pena de responsabilidades penales y financieras para sus respectivas empresas. Lo cual los coloca en una posición de desventaja frente a sus competidores chinos, en especial, y rusos.

De igual forma, es relevante destacar que la corrupción en el sector privado lesiona gravemente la competencia. Pues cuando una empresa consigue un contrato por medio de un soborno, supone un caso de competencia desleal respecto a sus competidores, que de igual manera perjudica a toda la sociedad, en la medida en que la competencia tiene una función social que resulta frustrada, como es la de ofrecer el mejor servicio o bien según sea el caso con la mejor relación precio-calidad.

Pues los sobornos son costos ocultos que al final son pagados por la sociedad en cuestión de manera directa, no solo en términos de recursos económicos mal empleados, sino en términos ambientales, laborales y de imagen del país en cuanto a su reputación política-institucional a nivel internacional.

Frente a esta grave amenaza internacional que ha estado minando todo el esquema de la libre competencia a escala internacional, promovida por potencias como China, Rusia y otros países menos relevantes. Se debería de conformar un régimen internacional tanto político como jurídico más eficiente que los antes señalados, liderado por los EE.UU. la Unión Europea y los aliados asiáticos en especial Japón y Corea del Sur, para enfrentar y neutralizar estas prácticas desleales y poco transparente a nivel mundial llevadas a cabo principalmente por el gigante asiático en su expansión geoeconómica y política a nivel mundial.  

El lenguaje económico (XLVIII): Sobre las cosas «gratis»

En los estados democráticos actuales, la competencia entre los partidos políticos por ganarse el favor de los votantes ha desembocado en una oferta creciente de servicios públicos gratuitos. Es verdaderamente lamentable que una mayoría de votantes, bien por interés personal en las dádivas, bien por falta de perspicacia o bien por ingenuidad, se muestren favorables o anuentes ante estas ofertas. Mediante un sencillo análisis praxeológico podemos identificar sus efectos nocivos y también, cualitativamente, quienes —individuos o grupos— salen beneficiados y perjudicados con las medidas.

Nada es gratis

A excepción del aire que respiramos, nada de lo que consumimos es gratis.[1] Todos los servicios públicos —sanidad, educación, seguridad, defensa, justicia, alumbrado, mantenimiento de carreteras, recogida de residuos, limpieza viaria, etc.— son bienes económicos (escasos) que deben ser producidos y sufragados por alguien. La desconexión existente entre el consumo y el pago de los bienes públicos crea inevitablemente dos grupos económicos: ganadores y perdedores. Unos, reciben más de lo que pagan y otros, al revés. Bajo este sistema asistencialista, consistente en el reparto del botín fiscal, el empobrecimiento material y moral de la sociedad es inevitable.

Demanda ilimitada de las cosas «gratis»

Un efecto perverso de los bienes gratis es su ilimitada demanda. En el caso del transporte, los vehículos van saturados de viajeros e inevitablemente aparecen colas y listas de espera. Otro ejemplo: en el caso de los medicamentos, se consumen y acopian en exceso, se dejan caducar, se reenvían a familiares residentes en otros países o incluso se venden en el mercado negro.

Servicios «gratis» de ocio, bienestar y salud

Este es otro ámbito donde la oferta de servicios gratis se ha disparado en los últimos años. En julio de 2013, siete municipios[2] españoles pusieron en marcha el proyecto “Fifty-Fifty“, de 15 meses de duración, cuyo objeto era fomentar hábitos de vida saludables en los adultos para combatir la obesidad y el sedentarismo. Con este tipo de proyectos, los ciudadanos que se cuidan por sí mismos y sufragan los costes con su peculio, tienen también que costear —mediante sus impuestos— la burocracia y los monitores municipales que imparten clases «gratis».

Esta injusta transferencia está presente en todos los programas asistenciales por bondadosos y útiles que aparenten ser. A medida que lo público (subsidiado o gratis) aumenta, lo privado se restringe debido al efecto expulsión. Los negocios marginales no pueden soportar la competencia estatal y quiebran; sus empleados serán eventualmente contratados por el mismo ente público que los mandó al paro. Esta sustitución paulatina del mercado por el Estado no es otra cosa que un «Camino de servidumbre», tal y como se titula el famoso libro de F. A. Hayek (1944).

Transporte «gratis»

Otra figura destacada de lo «gratis» es el transporte colectivo. Todos los gobiernos —central, autonómicos y locales—, utilizando sus empresas públicas, vienen ofreciendo gratis sus medios —trenes, tranvías, metros, autobuses— a diferentes colectivos —desempleados, jubilados, estudiantes— y en determinados tiempos. Sería muy prolijo enumerar todos los casos por lo que solo expondremos uno muy curioso, bautizado el «Camello taxi». El ayuntamiento de Los Realejos (Tenerife), esta pasada Navidad, ha vuelto a ofrecer (9ª edición) un servicio gratis de taxi compartido para promover las compras en el comercio local. Los taxistas del municipio harán su particular agosto en Navidad porque el ayuntamiento pagará sus servicios «gratis».

¿Quiénes ganan?: a) Los taxistas, que incrementan la facturación porque la demanda de bienes «gratis» es ilimitada. b) Los comerciantes locales, que tienen una mayor afluencia de clientes y, eventualmente, aumentan sus ventas. c) Los pasajeros agraciados, que viajan gratis. d) El equipo de gobierno municipal, que gana votos de los tres grupos anteriores y de otros votantes que aplauden la medida. ¿Quiénes pierden? a) Los usuarios del taxi que se dirigen a otros destinos, que ven restringida la oferta. b) Los comerciantes ubicados en otras zonas, que eventualmente ven reducidas las visitas y la facturación. c) La inmensa mayoría de vecinos, que pagan la fiesta con sus impuestos, sin recibir nada a cambio.


[1] El aire no es un bien económico porque no es escaso.

[2] Barcelona, Cambrils (Tarragona), Guadix (granada), Manresa (Barcelona), Molina de Segura (murcia), San Fernando de Henares (Madrid) y Villanueva de la Cañada (Madrid).

Trump ha malinterpretado la historia de los EE.UU.: todos pagaremos las consecuencias

Por Daniel Freeman. El artículo Trump ha malinterpretado la historia de los EE.UU.: todos pagaremos las consecuencias fue publicado originalmente en CapX.

Estados Unidos ha impuesto un arancel del 10% a los productos chinos y dentro de un mes entrará en vigor un gravamen del 25% a los productos mexicanos y canadienses. También están en proyecto aranceles a la UE con un porcentaje aún por determinar. Los gobiernos de los países afectados están planeando aranceles de represalia contra EE.UU., que probablemente tendrán un efecto similar al de dar un puñetazo a un camión que acaba de atropellarte el pie: una breve satisfacción seguida rápidamente de un dolor considerable.

Independientemente de su política, los economistas dirán que las guerras comerciales empobrecen a todo el mundo; de hecho, es casi lo único en lo que se puede conseguir que los economistas estén de acuerdo, excepto quizá en que el control del alquiler es una idea estúpida. Los argumentos están bien ensayados: los aranceles aumentan los costes para los propios consumidores y las industrias que utilizan insumos extranjeros, inhiben la especialización y redistribuyen el trabajo, la tierra y el capital de usos más eficientes a otros menos eficientes.

Entonces, ¿por qué la nueva administración de Donald Trump está impulsando los aranceles de forma tan agresiva? Evidentemente, no es una reacción contra la política de la administración anterior, que era bastante proteccionista. El equipo de Joe Biden, por ejemplo, ignoró las resoluciones de la Organización Mundial del Comercio para mantener los aranceles sobre el acero, e incluso aumentó los aranceles sobre los productos madereros canadienses.

Donald Trump, historiador

Las declaraciones de Trump sobre el tema difieren de las de Biden en lo mucho que se apoya en su interpretación de la historia económica estadounidense, en particular durante el periodo comprendido entre el final de la Guerra Civil y el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Los aranceles, afirma, permitieron a la industria estadounidense desarrollarse más rápidamente de lo que hubiera podido hacerlo de otro modo, al tiempo que proporcionaron una fuente de ingresos que financió en gran medida al Gobierno Federal hasta la introducción del impuesto sobre la renta.

En su entrevista con Joe Rogan en octubre del año pasado, incluso respondió positivamente a la idea de sustituir el impuesto sobre la renta por aranceles. Esto podría considerarse una bravata de campaña, pero una vez que Trump llegó a la Casa Blanca, quedó cada vez más claro hasta qué punto este análisis de la historia de Estados Unidos afectaría a su segundo mandato.

William McKinley

Uno de sus primeros actos como presidente fue rebautizar la montaña más alta de Norteamérica con el nombre de William McKinley, cuyo compromiso con los aranceles fue mencionado por Trump en la correspondiente orden ejecutiva:

Bajo su liderazgo, Estados Unidos disfrutó de un rápido crecimiento económico y prosperidad, incluyendo una expansión de las ganancias territoriales de la Nación. El presidente McKinley defendió los aranceles para proteger la fabricación estadounidense, impulsar la producción nacional y llevar la industrialización y el alcance mundial de Estados Unidos a nuevas cotas.

Por un lado, es agradable que los líderes mundiales se interesen por un periodo tan fascinante de la historia económica. Por otro, es una pena que Trump haya acabado con una versión tan tergiversada de lo que ocurrió, sobre todo en lo que se refiere a la relación entre aranceles y crecimiento. Para empezar, mientras McKinley era un ardiente proteccionista en el Congreso, como presidente se mostró cada vez más partidario de reducir el muro arancelario estadounidense a cambio de acuerdos recíprocos de otros países.

Pero a un nivel más fundamental, todo el argumento de que porque EE.UU. se industrializó en un contexto de aranceles elevados, lo hizo debido a los aranceles, es seriamente erróneo. En primer lugar, como ha señalado Douglas Irwin, a finales del siglo XIX, la productividad de la industria manufacturera protegida por aranceles creció mucho más lentamente que la de los sectores no comercializados, como los servicios y los servicios públicos, lo que sugiere que la fortaleza de la economía de la Edad Dorada no dependía principalmente de la protección de la industria naciente.

Sectores beneficiados por no estar “protegidos”

Pero incluso dentro del sector manufacturero, las industrias con menor protección arancelaria tendían a experimentar un crecimiento de la productividad más rápido que las más protegidas, como han señalado Alexander Klein y Christopher Meisner en su excelente análisis de la producción manufacturera estadounidense entre 1870 y 1909. Las industrias con aranceles más altos se enfrentaban a menos competencia y, por tanto, podían imponer precios más altos. Sin embargo, eran menos productivas y solían emplear a más trabajadores. Este último punto puede parecer positivo, pero en esencia equivalía a una reasignación de trabajadores desde industrias más competitivas hacia empresas que sólo podían sobrevivir en un contexto de precios artificialmente altos – el coste de todo esto lo soportaba el consumidor estadounidense.

A finales del siglo XIX, Estados Unidos tenía enormes ventajas económicas que le ayudaron a convertirse en un gigante industrial, pero éstas tenían poco que ver con los aranceles. Entre otros factores, la industria estadounidense tenía acceso a abundantes tierras, un suministro constante de mano de obra procedente de la inmigración del viejo mundo, recursos naturales de fácil acceso (por ejemplo, mineral de hierro cerca de los Grandes Lagos o petróleo en el oeste), una amplia y eficiente red de transportes que podía trasladarlos a bajo coste allí donde se necesitaban y crédito fácilmente disponible que los industriales podían invertir en bienes de capital.

Teniendo esto en cuenta, parece muy probable que si EE.UU. no hubiera forzado la mala asignación de mano de obra y capital mediante el uso de aranceles, se habría convertido antes en la primera economía mundial, como ha argumentado Klein en una entrevista reciente.

Es cierto que EE.UU. se industrializó en un contexto de aranceles elevados. También es cierto que algunos jóvenes de 16 años aprueban el bachillerato en un contexto de borracheras. Esto no significa que una cosa haya llevado a la otra y, desde luego, no significa que en la madurez debas pasar las tardes bebiendo grandes cantidades de sidra barata en un parque para mejorar tus perspectivas profesionales o que una economía avanzada como la estadounidense se beneficie de un resurgimiento del proteccionismo.

Desgraciadamente, parece que Estados Unidos va a tener que volver a aprender esta lección por las malas, y tanto él como el resto del mundo sufrirán las consecuencias económicas.

La campaña de Manuel Ayau por la libertad

No puedo dejar de soñar que algún día Guatemala y todo su pueblo prosperarán en paz y libertad.

– Manuel F. Ayau

En la década de 1960, la ciudad de Nueva York era un centro vibrante para artistas e intelectuales, y la Grand Central Terminal, rebosante de energía y movimiento, encarnaba este espíritu dinámico. Ahí, podrías cruzarte con Jane Jacobs debatiendo sobre planificación urbana, Hannah Arendt reflexionando sobre derechos humanos o Lenny Bruce explorando nuevas formas de ejercer su libertad de expresión. Una tarde en particular, en medio de las bulliciosas multitudes de la explanada principal, también podrías haberte encontrado con dos jóvenes guatemaltecos, con tickets en la mano, embarcándose en un viaje para transformar su país y las vidas de millones de personas.

Su destino no era ni las Naciones Unidas ni Wall Street, sino un lugar posiblemente más impactante. Sus billetes de tren decían «Irvington-on-Hudson», una pintoresca ciudad a orillas del río Hudson, a solo 40 minutos del centro de Manhattan. En sus manos tenían una carta con una dirección: «30 South Broadway». Después de subir una empinada colina desde la estación, llegaron a su destino: la sede de la Fundación para la Educación Económica (FEE).

Se llamaban Manuel Ayau y Ulysses Dent, dos emprendedores decididos a descubrir las causas fundamentales de la pobreza en Guatemala y trazar un camino hacia la prosperidad para su país. Su visita a FEE no fue ni un hecho fortuito ni un acontecimiento preestablecido. Fue uno de esos momentos afortunados que a menudo surgen cuando los héroes se proponen cambiar el mundo. Tocan el timbre, se abre la puerta y comienza un nuevo capítulo en la historia de la libertad.

Próximo destino: Prosperidad a través de la libertad

Los grandes viajes a menudo comienzan con una pregunta, y para estos dos jóvenes, este viaje no fue una excepción. En 1958, Ayau y un grupo de amigos con ideas afines, frustrados por el lento progreso de Guatemala e insatisfechos con las soluciones de los llamados «expertos», formaron un grupo de estudio para abordar una pregunta aparentemente simple: «¿Por qué Guatemala es pobre?». Esto condujo naturalmente a una segunda pregunta, más ambiciosa: «¿Cómo podemos crear prosperidad para todos?». Decididos a descubrir las causas fundamentales de la pobreza y trazar un camino hacia un futuro mejor, buscaron respuestas significativas. Como ingenieros y empresarios, se mostraban escépticos ante las explicaciones enrevesadas y a menudo contradictorias ofrecidas por los economistas y autoproclamados expertos de la época. Su búsqueda de claridad y soluciones prácticas marcó el comienzo de un viaje transformador.

Todo cambió unos meses después, cuando un miembro del grupo conoció a Agustín Navarro, un empresario mexicano y cofundador del Instituto de Investigaciones Sociales y Económicas. Tras embarcarse en una búsqueda similar en México, Navarro ofreció inmediatamente su apoyo a su causa. Compartió un folleto de FEE, la organización que había inspirado la fundación de su centro. El artículo, de Ludwig von Mises sobre la economía de los salarios, fue una revelación para Ayau y sus compañeros. Reconociendo su visión compartida, Navarro también se ofreció a ponerlos en contacto con FEE.

El descubrimiento tanto de los liberales clásicos mexicanos como de FEE despertó una nueva energía y dirección para el grupo. No pasó mucho tiempo antes de que decidieran formalizar sus esfuerzos. El 18 de noviembre de 1959, lanzaron oficialmente el Centro de Estudios Económico-Sociales (CEES), un grupo de expertos dedicado a promover la libertad económica en Guatemala.

FEE: Un centro para la libertad

La misma semana, Bettina Bien Greaves, de la Fundación para la Educación Económica, escribió desde Nueva York, ofreciendo apoyo, recursos y aliento a Ayau. Esta carta marcó el comienzo de una asociación duradera entre el grupo de Ayau y FEE. Lo que comenzó como un simple intercambio de ideas se convirtió en una colaboración profunda y duradera, que dio forma a su visión y sentó las bases intelectuales para promover la libertad en Guatemala.

A través de esta asociación, conocieron al fundador de FEE, Leonard Read, y a pensadores influyentes como Ludwig von Mises, F. A. Hayek y Milton Friedman, participaron en seminarios de verano donde conocieron a otros empresarios intelectuales, e incluso fueron invitados a reuniones de la prestigiosa Sociedad Mont Pelerin, todas experiencias que impulsaron sus esfuerzos por llevar la prosperidad a Guatemala.

Desde el principio, su búsqueda de una sociedad libre los convirtió en idealistas, soñadores o radicales. Sin embargo, fue su inquebrantable coherencia, tanto en palabras como en hechos, lo que finalmente les valió el respeto y la admiración. En todos sus esfuerzos, el apoyo de FEE resultó crucial, no solo intelectual y estratégicamente, sino también a través de una verdadera amistad y un cálido aliento. Con el tiempo, CEES creció hasta convertirse en un faro de libertad en la región, y este viaje condujo más tarde a la fundación de la Universidad Francisco Marroquín, que sigue siendo uno de los logros más famosos y duraderos de este grupo de empresarios.

Hoy en día, la relación entre FEE, CEES y UFM sigue siendo tan vibrante como siempre. Durante los 65 años transcurridos desde que se envió esa primera carta, FEE ha servido como un centro donde los emprendedores intelectuales de nuestro país encuentran ideas transformadoras y construyen amistades duraderas. Las sucesivas cohortes de liberales clásicos en América Latina se han formado gracias a esta conexión duradera. Desde directores hasta estudiantes de primer año, el legado de este intercambio intelectual sigue prosperando, más relevante e impactante que nunca.

Un viaje impulsado por las ideas, la amistad y la esperanza

Por un golpe de suerte, hace unas semanas, volví a Irvington, más de una década después de asistir a uno de los últimos seminarios de verano que se celebraron allí. Mientras viajaba en tren, no pude evitar reflexionar sobre cuántos luchadores por la libertad, como Ayau y Dent, habían viajado por esas mismas vías, cuántas amistades se forjaron en el camino y cuántos libros, llenos de ideas transformadoras, llevaban en su equipaje.

Para mí está claro que cada viajero, independientemente de su origen, estaba unido por una esperanza compartida: la creencia de que la libertad podría hacer del mundo un lugar mejor. Aunque la sede de FEE ya no está en Irvington, su misión perdura. Ya sea en Atlanta, México o Madrid, quienes participan en los eventos de FEE siguen descubriendo el mismo tesoro de ideas, la calidez de la verdadera amistad y un sueño compartido de construir un mundo más libre y próspero.

Este año se cumple el centenario del nacimiento de Manuel Ayau. Al celebrar su extraordinaria vida y legado, espero que su inquebrantable optimismo, su esperanza radical y sus incansables esfuerzos por llevar la libertad y la prosperidad a todos inspiren a muchos a continuar este viaje y mantener vivo el sueño para las generaciones venideras.

¡Que viva la libertad!

Sobre el anarcocapitalismo (I): Rothbard como historiador de la derecha americana

Se cumplen este mes treinta años del prematuro fallecimiento de Murray Rothbard y el año próximo, el centenario de su nacimiento, por lo que entiendo que es de justicia contribuir a conocer un poco mejor su obra y entender cuáles fueron el contexto en el que se originó el moderno anarcocapitalismo. En este texto me gustaría abordar una faceta del autor que normalmente no es muy destacada: la de historiador de las ideas y movimientos políticos, frente a la más conocida de estudioso de la historia del pensamiento económico.

La tradición de la derecha estadounidense

En concreto, me gustaría comentar uno de sus libros póstumos, The betrayal of the american right, traducido al castellano por el Instituto Mises como La traición de la derecha estadounidense, fácilmente descargable desde su página de internet. La razón de escoger este libro no reside solamente en que es uno de los que mejor explica los orígenes del movimiento, sino porque ayuda a comprender también el origen de la polémica entre Hoppe y Milei. El libro es parte de una historia intelectual del movimiento libertario norteamericano y parte una autobiografía del propio Rothbard, en la que detalla desde dentro las líneas de actuación y las divisiones y traiciones dentro del mismo.

Lo primero que podemos ver es que el autor, anarcocapitalista, confeso desde su juventud, no renuncia para nada a la batalla política. Uno de los debates que dividen a los libertarios actuales es el de si participar o no en la política convencional, para intentar cambiar desde dentro el sistema. Rothbard parece pensar que sí es conveniente y buena parte del texto es un relato autobiográfico de las aventuras y desventuras del profesor Rothbard en el seno de las facciones políticas de la derecha americana, hasta su desencanto y giro a la izquierda política y su vuelta final al mundo de la derecha.

La clave está en la política exterior

Otro aspecto que cabría destacar es que Rothbard distingue entre el ámbito de la teoría, en el cual muestra una gran coherencia a lo largo de su vida, y el de la acción política, en el que se mueve más por aspectos coyunturales. Escoge en cada momento la opción política que le parece menos mala entre las existentes, pues como el lector del libro observará, ninguna le parece del todo satisfactoria.

El factor que definiría para nuestro autor es principalmente uno: la mayor o menor propensión del político a apoyar guerras de los Estados Unidos en el exterior y el mayor o menor intervencionismo en política internacional sea influyendo en organismo internacionales, aunque sea con ayudas a otros países como el plan Marshall. La cooperación, o bien con los mecanismos de guerra económica, sanciones o embargos, que la potencia norteamericana ha aplicado durante todo el siglo XX.

Aspectos como el mayor o menor intervencionismo económico o las guerras culturales, si bien no juegan un papel menor en su definición política, no son el factor principal que lo define como anarcocapitalista, sino la política exterior. Ni siquiera la mayor o menor defensa de los principios de la escuela austríaca, que Rothbard declara haber conocido una vez finalizada su tesis doctoral, entendidos como defensa de la propiedad y los mercados libres, son el eje sobre el que gira su visión del anarcocapitalismo.

La vieja derecha

Recordemos que la influencia antiestatista de Rothbard parte de las ideas de lo que él denomina como Old Right, o derecha vieja norteamericana. Los principios de esta escuela son básicamente dos, y por este orden, primero la oposición radical al imperio norteamericano, que había comenzado a fraguarse a fines del siglo XIX con la conquista de Hawái y la guerra con España en 1898 y a la intervención militar en el exterior, principalmente la orientada a influir en la política europea. El segundo es la oposición a las políticas del progresismo americano, cuya apoteosis son las medidas intervencionistas del llamado New Deal, llevadas a cabo durante la gran depresión de los años 30.

El primer punto no es en principio anarcocapitalista en su discurso, pero sí en las consecuencias de aplicar este discurso. Los líderes de la vieja derecha se alinearon alrededor de plataformas contrarias a la intervención en las guerras mundiales del siglo XX. En especial contra la primera, pero sin cuestionar en principio ni la propia existencia del estado ni el ejercicio de sus funciones consideradas nucleares, la justicia y la seguridad. Pero se opusieron a la intervención en conflictos que, según ellos entendían, no tenían nada que ver con la seguridad de los americanos.

Pero de hacer caso a algunos de sus principales exponentes como Randolph Bourne o Albert Jay Nock la intromisión por medios violentos en los asuntos de otros territorios es la principal causa de que los estados se refuercen y expandan a su alcance. No intervenir implicaría quitar a los estados la principal justificación para subir impuestos, regular la economía o regimentar a la población.

La guerra es la salud del Estado

La guerra sería la salud del estado, como se pudo comprobar después de cada una de las guerras mundiales y las que vinieron a continuación. En ellas se subieron los impuestos, se regularon precios, se dirigió la producción, creándose organismos de planificación de la economía, antes nunca vistos en la economía norteamericana. También se introdujeron sistemas de recluta obligatoria para los jóvenes en edad militar y se estableció una retórica en la cual todo, incluidas las libertades más básicas, deberían estar subordinadas al esfuerzo bélico. Cualquiera que se opusiese a estas medidas sería visto como una especie de traidor al esfuerzo colectivo.

Y, en efecto, en buena medida se consiguió. Una vez declarada la guerra, el discurso crítico con el poder del estado fue visto con sospecha, como bien intuyeron los viejos derechistas. Y pronto pasó a la casi marginación al ser expulsados quienes expresaban tales posturas de los medios de comunicación mainstream y relegados, en el mejor de los casos, a medios casi marginales.

La lucha contra las derivas estatistas retrocedió varios decenios. Y, lo que es peor, fue suplantada en el seno de la derecha por visiones más intervencionistas y mucho menos libertarias como las de los neoconservadores de Irving Kristol o las de la nueva derecha conservadora (y por lo que se afirma en el libro financiadas por los servicios de inteligencia norteamericanos) de la National Review de William F. Buckley.

Una derecha que pronto relegó también su defensa de la propiedad privada y la no intervención en economía. Esto es, si se abandonan los principios políticos de no intervención en lo que es más grave, la guerra y la intervención en los asuntos de otros países, el siguiente paso es abandonar también los principios de no intervención en la economía y los mercados.

El papel del anticomunismo

Recordemos que en la visión anarcocapitalista de Rothbard y sus primeros seguidores la economía es sólo una parte del orden social; muy importante, sí, pero no necesariamente la principal. La lucha por eliminar la intervención en ella sería sólo una parte de la lucha general contra la intromisión del estado en la vida de las personas. Y esta no se circunscribe exclusivamente a los aspectos económicos. En esto consistió la traición de la derecha para Rothbard, el abandono de los principios que la hicieron grande hasta quedar desdibujada en un ideario inconexo, consistente en una genérica defensa de los valores occidentales y un feroz anticomunismo.

Anticomunismo que acabaría justificando medidas colectivistas en nombre del combate al colectivismo. La evolución de los escritos teóricos en las principales revistas y publicaciones de la derecha lo probaría. Se llenaron de antiguos comunistas resentidos, muchos de ellos antiguos trotskistas como Irving Kristol o James Burnham, que sólo abandonaron parte sus viejos esquemas de pensamiento para dedicarse a combatir a sus viejos enemigos los estalinistas al frente de los principales estados comunistas de la época, si no que justificaban, a diferencia de sus antepasados, medidas sociales e intervencionistas en economía y educación.

Contra el intervencionismo

Conviene recordar que la otra gran pata de la lucha de la vieja derecha vieja fue la oposición a las medidas sociales primero de los progresistas y luego de Roosevelt, en especial la imposición de los sistemas de seguridad social de reparto, que acabarían con el tiempo derivando en la dependencia de millones de americanos de las prestaciones sociales que les garantizaría el estado. Bismarck acertó al decir que los sistemas de pensiones públicas harían dependientes a los ciudadanos, de tal forma que se garantizaría la existencia de una gran masa de población que estaría interesada en la conservación del estado, no sólo en sus entonces reducidas dimensiones sino en unas mucho mayores.

También se opusieron ferozmente a las regulaciones laborales o a confiscaciones como la del oro decretadas por el gobierno. Pero se oponían no porque no las considerasen eficientes o porque tuviesen consecuencias negativas no previstas en otros sectores, como enseña la escuela austríaca, sino porque reforzaban el poder del estado, algo que muchos economistas libertarios de hoy no acostumbran a tener en cuenta en sus análisis.

El legado de la nueva derecha

La nueva derecha traicionó este legado, y Rothbard no se cansó nunca de recordarlo, y al debilitar las defensas contra el estado no sólo no impidieron su crecimiento, sino que contribuyeron a transformarlo en aquello que supuestamente querían evitar. De ahí que presidentes de “derecha” como Richard Nixon puntúen entre los más intervencionistas de la historia del país en ámbitos económicos (sus controles de precios causaron consecuencias devastadoras) y haya tenido el dudoso mérito de apartar al dólar, y por consecuencia al resto de las monedas mundiales, de cualquier vinculación con el oro. Estas serían las consecuencias de abandonar los viejos principios, por otros más oportunistas y adecuados a la coyuntura. Espero que hayamos aprendido algo de la historia de la derecha americana para que sus errores no vuelvan a repetirse.