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Un panorama tenebroso

A lo largo de sus mandatos encumbrado en el poder máximo en España por sucesivas carambolas, a las que se añadió la providencial (para él) epidemia del Covid-19 como ensayo de cleptocracia autocrática, diversos analistas preocupados por las consecuencias del advenimiento de un régimen tiránico, a la medida y servicio de un pícaro con pintas, atisbábamos un arquetipo de selección negativa característica de la lucha política partidista.

La circunstancia de cultivar un credo socialista, a la vez mesiánico e hipocritón, le hacía todavía más peligroso. Con un historial plagado de desmanes y corrupción, el PSOE, liderado ahora por este caudillo, báscula entre una secta religiosa y un partido de disciplinados intransigentes con una fuerte pulsión autoritaria, dispuestos a desplegar todo tipo de tretas para monopolizar el poder del Estado.

Muchos han visto en el partido actual, que le distingue del moldeado por Felipe González Márquez y Alfonso Guerra González en su largo periodo de gobierno, una impronta posmoderna insuflada por José Luis Rodríguez Zapatero, quién, asimismo, aprovechando sus contactos previos como presidente del gobierno, parece haber tejido una red de intereses y negocios compartidos con partidos de la izquierda neocomunista y populista iberoamericana – incluidos los chavistas de Venezuela, peronistas de Argentina y Podemos de España – amalgamados junto al PSOE en el llamado Grupo de Puebla.

La supremacía del PSOE

Para explicarse la supremacía de un partido que asfixia la libertad y sabotea la prosperidad económica por sus clichés ideológicos y su estatismo y, sobre todo, su permanencia en el gobierno, combinando alianzas con los extremos y una menguante, aunque relativamente alta base electoral[1], cabe indicar de que dispone, de momento, de lo que podríamos llamar dominio (más que hegemonía) político y cultural en España.

En efecto, coincido con quiénes constatan que su estudiada colonización de la sociedad y el sistemático uso de la agitación y propaganda le han permitido hasta ahora marcar el paradigma del debate político, modelar el marco mental y cimentar, en definitiva, la aquiescencia de una mayoría del pueblo español[2]. Por la mínima.

La concentración de poder

En este sentido, resulta fascinante observar cómo el mismo personaje que es abucheado y vilipendiado espontáneamente por ciudadanos asqueados de sus políticas en los puntos más diversos de la geografía española – con el colofón de la ira desatada por su presencia en Paiporta después de una calculada inacción ante las inundaciones en la provincia de Valencia – haya conseguido muñir una coalición con los nacionalistas periféricos que buscan la destrucción de la comunidad política que, digamos, dirige. Acaso por carencias de su teórica oposición, el PSOE compite y coopera con ellos, como muestra su presencia en los gobiernos autónomos vasco y catalán.

Lo destacable es que, además de no contar con leyes anuales de presupuestos, derrotas como la sufrida ayer en el Congreso de los Diputados, donde se rechazaron dos de los tres decretos leyes que el gobierno quería convalidar, no se produzcan a diario. Ciertamente, Pedro Sánchez Pérez-Castejón y sus adláteres no han inventado nada nuevo. Sus movimientos parar concentrar poder en sus manos en regímenes democráticos endebles por falta de respeto al imperio de la Ley, guardan reminiscencias con déspotas y tiranos muy diversos.

Ahora bien, todos los anteriores elementos comunes a otros tiranos palidecen ante el instinto tribal que ha puesto de manifiesto los casos de corrupción hasta ahora conocidos[3].

Contra la justicia

Los desmanes cometidos han llegado tan lejos, que, con planes anteriores o sin ellos, la camarilla que detenta el poder ejecutivo en España dirige el grueso principal de su actuación a destruir las escasas, pero muy valiosas, instituciones jurídicas españolas que permiten sostener un andamiaje de contrapesos al poder irrestricto del gobierno tras años de evolución real del sistema constitucional de 1978.

De ahí la premura por anular a la oposición con el ejecutor fiscal general del Estado, censurar la libertad de expresión de los medios de comunicación, los influencers y ciudadanos en general; vaciar de contenido las reglas más elementales establecidas en la Constitución para garantizar la independencia del poder judicial y laminar la intervención de los ciudadanos en el ejercicio de la acción penal (popular) que contribuye a investigar la corrupción sistémica.

Sin lugar a dudas, en este recién estrenado año nuevo se van a librar batallas cruciales para la supervivencia de la libertad en España. De momento, si no se suman más fuerzas contra el gobierno, el panorama se vislumbra tenebroso.

Notas

[1] Nada menos que alrededor de un 30 por ciento de la población española con derecho a sufragio parece estar dispuesta a continuar votando al PSOE, según diferentes encuestas.  https://electomania.es/category/sondeos/sondeosesp/

[2] Siguiendo la tesis principal de Étienne de La Boétie en el Discurso de la servidumbre voluntaria, sostengo que la servidumbre es voluntaria y procede exclusivamente del consentimiento de aquellos sobre quienes se ejerce el poder. Ahora bien, me atrevo a decir que el consentimiento está viciado por el engaño.

[3] Con independencia del acotamiento de las responsabilidades penales de los casos de corrupción que le afectan a él y a su parentela, llama poderosamente la codicia de estos sujetos por enriquecerse por todos los medios ilegales al alcance de quién detenta un poder político casi absoluto.

La causa última de la riqueza de las naciones: reinterpretando a Adam Smith

Eduardo Blasco, en su serie de notas sobre Substack, publicó un breve comentario sobre Smith y Menger (Carl Menger vs. Adam Smith). Afirmó que Carl Menger critica erróneamente a Adam Smith al hablar del crecimiento económico. Blasco argumentó que Smith postulaba que la causa última de la riqueza de las naciones era la división del trabajo. Menger, sin embargo, criticó erróneamente a Smith al afirmar que la extensión del conocimiento es la causa última de la riqueza de las naciones, mientras que la división del trabajo es sólo uno de los muchos factores que contribuían al progreso, pero no el último.

Blasco malinterpretó a Smith y, en consecuencia, a Menger. De hecho, como demostraré, Adam Smith, Carl Menger y Eduardo Blasco comparten la misma opinión sobre la causa última de la riqueza de las naciones.

El significado de la riqueza de las naciones

Adam Smith sostenía que una nación puede considerarse rica cuando su capital se acumula continuamente y los salarios aumentan. Para él, la verdadera medida de la riqueza de una nación es el grado de bienestar del mayor número posible de sus miembros. La gran obra económica de Adam Smith, Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, se dedicó a descubrir cómo alcanzar este objetivo.

Adam Smith comienza su libro afirmando que la mayor parte del progreso de la capacidad productiva del trabajo parece deberse a la división del trabajo (p. 33). Para ilustrar esta afirmación, analizó diferentes formas de fabricación de alfileres y observó que un obrero sin formación en la fabricación de alfileres apenas podría producir un alfiler al día. Sin embargo, una fábrica con diez empleados puede producir 48 000 alfileres al día, es decir, 4800 por persona. Para concluir la descripción, reiteró su afirmación inicial y declaró que

la separación de los diversos trabajos y oficios, una separación que es asimismo desarrollada con más profundidad en aquellos países que disfrutan de un grado más elevado de laboriosidad y progreso.

Smith argumentó que el gran aumento de la productividad es consecuencia de la división del trabajo, ya que la especialización propicia mejoras en cuatro ámbitos:

1) El aumento de la destreza de cada trabajador, ya que aprende a realizar mejor una tarea especializada y limitada.

2) El ahorro de tiempo que de otro modo se perdería al pasar de un tipo de trabajo a otro en la producción no especializada.

3) La invención de numerosas máquinas (p. 38).

4) La especialización permite concentrar la producción en fábricas cada vez más grandes. Cuanto mayor es el establecimiento manufacturero, más mentes se dedican a inventar la maquinaria más adecuada para cada tarea. En consecuencia, es más probable que se produzcan innovaciones (p. 136).

Muchos lectores de Adam Smith dejarán aquí su lectura, afirmando que Smith creía que la división del trabajo era la causa última de la riqueza de las naciones.

Sin embargo, Smith continuó investigando la causa última de la riqueza.  En el segundo capítulo de su libro, argumentó que la división del trabajo es una consecuencia y, por tanto, no es la causa última de la riqueza de las naciones. La división del trabajo surge del trueque y el intercambio. El intercambio es lo que permite la división del trabajo, y no al revés (p. 44).

Sin embargo, ni siquiera la capacidad humana de intercambiar y hacer trueques es la causa última de la riqueza de las naciones.

En el Libro Segundo, dedicado a la naturaleza del capital, Smith explica que la acumulación de capital debe producirse primero para permitir la especialización y la explotación de las oportunidades comerciales. La especialización y la división del trabajo solo pueden comenzar cuando un productor «posee existencias suficientes para mantenerse durante meses o años», hasta que el nuevo producto especializado genere ingresos suficientes para mantener al productor y reponer el capital.  En la naturaleza de las cosas, la acumulación del capital debe preceder a la división del trabajo.  El trabajo puede dividirse más solo en proporción a que el capital haya sido previamente acumulado (p. 356).

Sin embargo, Smith aún no ha llegado a la causa última de la riqueza de las naciones.

En el capítulo 7 del libro I, encontramos la causa última de la riqueza de las naciones según Smith. En este capítulo, explica que la invención y la innovación permiten la acumulación de capital.

Así pues, la causa última de la riqueza de las naciones es la capacidad innata del ser humano para inventar nuevos productos o descubrir nuevos mercados, es decir, la innovación, que hace posible la acumulación de capital, la especialización, el comercio y la división del trabajo.

Smith ya había insinuado esta solución en el capítulo I, donde elogiaba la división del trabajo. En ese célebre capítulo sobre la fabricación de alfileres, escribió sobre un niño que construyó una máquina para aliviar su carga de trabajo y utilizó este ejemplo para destacar la importancia de la división del trabajo en la creación de riqueza. De hecho, muchos lectores de Smith han repetido esta pequeña historia para apoyar la afirmación de que la división del trabajo es la fuente última de la riqueza de las naciones, ya que fomenta la innovación incremental. No obstante, Smith aclara en las frases siguientes que los inventos y las innovaciones pueden inducir a la especialización por sí mismos y no solo pueden ser consecuencia de la división del trabajo:

No todos los avances en la maquinaria, sin embargo, han sido invenciones de aquellos que las utilizaban. Muchos han provenido del ingenio de sus fabricantes … Y otros han derivado de aquellos que son llamados filósofos o personas dedicadas a la especulación, y cuyo oficio es no hacer nada, pero observarlo todo; por eso mismo, son a menudo capaces de combinar las capacidades de objetos muy lejanos y diferentes.

Adam Smith. La riqueza de las naciones, p 40.

En el capítulo 7, Smith amplía el argumento explicando cómo la inventiva conduce a la acumulación de capital. Distingue dos tipos de tasas de beneficios: extraordinario y corriente o medio. El beneficio extraordinario surge cuando se es el primero en introducir un invento en el mercado o en descubrir un nuevo mercado. Smith pone como ejemplo un tintorero para ilustrar la importancia de la innovación. Este tintorero, que inventó la posibilidad de producir un color determinado con materiales que costaban la mitad que los habituales, pudo disfrutar del beneficio extraordinario gracias a una buena gestión (p. 103).

El innovador disfruta de beneficios extraordinarios hasta que los competidores detectan la oportunidad de obtener beneficios, lo que provoca la aparición de la competencia y reduce los beneficios a niveles habituales o medios. Una característica del beneficio extraordinario es que su magnitud no puede determinarse mediante la investigación científica, sino que depende del éxito del producto innovador. Sin embargo, Smith postuló que la tasa de beneficio corriente es una magnitud que puede determinarse mediante la investigación científica. La tasa media de beneficio corriente es similar al tipo de interés. Ambos están relacionados con la cantidad de capital invertido, pero la tasa de beneficio corriente tiende a ser superior a la tasa de interés (p. 148).

Teóricamente, era difícil determinar la magnitud exacta de la tasa de beneficio, pero sugirió que el tipo de interés podía servir como indicador de la posible tasa media de beneficio. No obstante, un beneficio razonable debería ser suficiente para compensar las pérdidas ocasionales. Basándose en los informes de los comerciantes, Smith estableció que una tasa de beneficio doble de la tasa de interés se consideraba una ganancia buena, moderada o razonable, que representaba la tasa de beneficio normal o corriente en Gran Bretaña (p. 150).

En el capítulo 8 del Libro I queda claro que el beneficio extraordinario resultante de la acción innovadora conduce a la acumulación de capital. En este capítulo, primero se explica que una economía carente de invenciones es una economía estacionaria caracterizada por el estancamiento del beneficio medio y de los salarios, y se utiliza China como ejemplo. Smith describió una economía estacionaria como miserable, regresiva y melancólica, acompañada de una pobreza generalizada (p. 129). Por el contrario, subraya que los inventos y su aplicación con éxito son los motores últimos de la acumulación de capital, la especialización, el comercio y la división del trabajo, todo lo cual fomenta nuevos inventos e innovaciones.

La acumulación de capital y los beneficios extraordinarios no podrían existir por sí solos, sino que fomentan la competencia por los trabajadores. Smith explica que, para obtener beneficios extraordinarios, el empresario debe contratar nuevos empleados. La competencia por los trabajadores aumenta los salarios y mejora sus condiciones de vida. Smith hizo especial hincapié en que la rentabilidad extraordinaria fue la causa principal del aumento de los salarios y de las mejoras en las condiciones de vida de los trabajadores. Subrayó que la acumulación de capital crea una demanda adicional de mano de obra y que es la causa del aumento de los salarios.

Al demostrar la relación entre beneficios extraordinarios y salarios más altos, Smith llegó a un circulus angelicus: la esperanza de obtener beneficios extraordinarios impulsa a las personas con actitud empresarial a convertirse en proyectistas. La realización de sus ideas induce la competencia por la mano de obra y causa a una subida de los salarios. Los beneficios extraordinarios permiten la especialización y la expansión de la empresa y fomentan la ampliación del mercado. Sin embargo, una nueva oleada de empresarios copia la idea original y reduce el beneficio extraordinario a un nivel normal. Esta caída de la rentabilidad lleva a nuevas innovaciones para restablecer el nivel de beneficio extraordinario. Esta mejora continua conduce a una mejora de las condiciones de vida de los trabajadores y a la creación de riqueza en las naciones.

Menger: la causa última del progreso de la civilización

Menger utilizó el término «progreso de la civilización» para describir lo que Smith quería decir con «riqueza de la nación». Asimismo, Menger criticó la idea de que la división del trabajo es la causa última del progreso de la civilización y, siguiendo su propia lógica, llegó a la misma conclusión que Adam Smith. Es decir, que la causa última del progreso de la civilización es la inventiva humana y la capacidad de innovar. Menger no utilizó las palabras «invenciones» e «innovaciones», pero expresó lo mismo de forma circunspecta: los seres humanos son capaces de investigar y realizar procesos causales entre los bienes para producir nuevos bienes de consumo.  El progreso de la civilización solo está limitado por el alcance del conocimiento humano de las conexiones causales entre las cosas y por el alcance del control humano sobre ellas. 

En cuanto al incentivo relacionado con la inventiva y la innovación, Menger también describió un proceso de obtención de beneficios similar al que conceptualizó Adam Smith. Al hablar del monopolio, Menger argumentó que la primera persona que introduce un nuevo servicio o producto obtiene un beneficio extraordinariamente alto, como un monopolista. Sin embargo, en el caso del mercado libre, la entrada de nuevos competidores que producen el mismo bien reduce el beneficio al nivel más bajo posible.

Por último, Menger sostenía que todos los seres humanos tienen un rasgo empresarial inherente, pero para convertirse en empresarios hay que tener dominio sobre el capital. Además, sostenía que, cuando no se dispone de capital, el crédito ofrece la oportunidad de que las personas emprendedoras se conviertan en verdaderos empresarios y tomen el control del capital para hacer realidad sus ideas:  Cuanto mayor es el crédito, mayores son las posibilidades de que las personas emprendedoras puedan hacerse con el control del capital y hacer realidad sus ideas.

Menger, al discutir el papel del comercio, argumentó que el comercio y el trueque son consecuencia del descubrimiento de cómo satisfacer mejor los deseos humanos, lo que a su vez es consecuencia de la inventiva y no un rasgo inherente al ser humano. Este argumento profundizó la observación de Smith y dejó claro que incluso el comercio y el trueque son fruto de la inventiva humana.

Blasco: la causa última del progreso del crecimiento sostenible

Eduardo utilizó el término «crecimiento sostenible» para describir lo que Smith quería decir con la expresión «riqueza de la nación», o Menger con la expresión «progreso de la civilización».

En su nota de Substack, Eduardo argumentó que lo que permite el crecimiento sostenible es la creación de capital intangible, que es el “extensión del conocimiento” en el lenguaje técnico de la economía dominante.

Conclusión: a pesar de todas las alegaciones, Smith, Menger y Blasco piensan lo mismo.

¿Cuál es la lección de esta reinterpretación basada en una cuidadosa lectura de los economistas más importantes, como Smith y Menger?

La lección más importante es que, a pesar de las lecturas erróneas ocasionales o superficiales, existe una línea principal de economía, como sostienen Michells y Boettke (2017). Los representantes de esta línea principal tienen una visión unificadora de los procesos económicos, a pesar de sus enfoques diferentes de la economía, sus diferencias, interpretaciones erróneas y términos distintos. Esta visión se centra en la firme creencia en el ingenio humano y en su capacidad para superar los retos mediante el uso del pensamiento, la inventiva y las innovaciones. La libertad es la condición clave para aprovechar el potencial del conocimiento humano.

Libertad personal para actuar y libertad de comercio. Una vez que se dan estas dos libertades, los seres humanos crean las instituciones necesarias a través de ensayos y errores, como los mercados, para promover su interés, que, como postuló Adam Smith, fomenta el interés de todos, no solo el de personas especialmente dotadas o codiciosas. La competencia de los mercados empuja a las personas con talento e inventiva empresarial a trabajar no solo en su propio interés, sino también del sociedad. Como expresó Smith: “No es la benevolencia del carnicero, el cervecero, o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio.”

Bibliografía

Menger, C. (1871) Principles of Economics. New York: New York University Press.

Mitchell, M.D. and Boettke, P.J. (2017) Applied mainline economics: bridging the gap between theory and public policy. Arlington, Virginia: Mercatus Center, George Mason University (Advanced studies in political economy).

Smith, A (1776) La Riqueza de las naciones. 1994. Edición. Alianza Editorial: Madrid.

Ver también

Adam Smith, los austríacos y el crecimiento económico. (José Carlos Rodríguez).

Un economista francés en las pampas

Por Alejandro A. Chafuen y Leonidas Zelmanovitz

Cuando Javier Milei asumió la Presidencia de Argentina en diciembre de 2023, el país estaba en bancarrota. Llegó al cargo con el apoyo de más del 56 por ciento de los votantes, ofreciendo una visión de política económica libertaria, encarnada en la promesa de dolarizar la economía, algo que la mayoría que lo votó entendía y esperaba.

Sin embargo, la administración de Milei no eligió el camino de la dolarización, al menos no hasta ahora. En cambio, Milei nombró como ministro de Economía a Luis Caputo, un economista de la corriente ortodoxa, ex operador financiero y funcionario del banco central, que aplicó un plan económico muy conservador, centrado en una rígida austeridad fiscal y un estricto control monetario cuantitativo.

Esto sorprendió a muchos, ya que Milei es percibido como un economista influido por la Escuela Austríaca de Economía. La mayoría de los economistas austríacos actuales elegiría una política monetaria de libre competencia de divisas y una política económica liberal.

En nuestra opinión, existen tanto razones políticas como económicas (prácticas y teóricas) para determinar el camino elegido por el presidente Milei, y argumentaremos que el marco teórico que mejor ayuda a interpretar las elecciones de Milei es el enfoque económico propuesto por primera vez por el economista francés Jacques Rueff.

Un desafío abrumador

Es importante no subestimar la gravedad de los problemas que afrontaba Milei cuando asumió el cargo. La inflación anualizada estaba fuera de control, acercándose a la hiperinflación. El banco central tenía obligaciones a corto plazo a tasas de interés estratosféricas que triplicaban la base monetaria. Además, el gobierno nacional registraba un déficit de aproximadamente el 5% del PBI. El riesgo país estaba 2.500 puntos por sobre los bonos del Tesoro estadounidense, y la Argentina se encontraba de facto en situación de impago, con reservas netas negativas de divisas en el banco central. Ni siquiera las importaciones se habían pagado en los meses anteriores, lo que provocó un desabastecimiento de combustible y medicamentos.

La irracionalidad de las medidas económicas argentinas es extensa, con un mercado laboral completamente rígido y una serie de otros males: precios relativos en completo desorden debido a los controles de precios y a una moneda sobrevaluada; un sector público ineficiente que representa más del 40 por ciento del PBI, un porcentaje excepcionalmente alto para una sociedad de ingresos medios. La economía era y sigue siendo cuasi-autárquica, con aranceles a las importaciones extremadamente altos y todo tipo de protecciones a la industria nacional, controles de capital y un sistema fiscal basado en impuestos tarifarios sobre las exportaciones agrícolas y otros recursos naturales como los minerales, uno de los pocos sectores de la economía que aún pueden competir internacionalmente.

Las dificultades políticas a las que se enfrenta el gobierno de Milei son igualmente enormes. La coalición, que tuvo que hacer con un partido centrista, le permite ocupar menos de un tercio de los escaños del Congreso argentino. En el poder judicial, la última palabra la tiene un tribunal supremo compuesto por jueces designados políticamente, y amplios sectores de la burocracia y gobiernos provinciales y locales que son hostiles a cualquier intento de cambiar el statu quo. Dadas estas realidades, podemos afirmar que el plan que está implementando Milei no es el que soñaba aplicar.

Aunque la causa inmediata de la inflación es siempre monetaria, la causa real es siempre fiscal

A pesar de todo lo antedicho, lo está intentando. Las reformas propuestas que requerían aprobación legislativa están en su mayoría estancadas en el Congreso, pero el 28 de junio de 2024 se aprobó una «Ley de Bases» suavizada, que incluye algunas reformas microeconómicas bienvenidas pero insuficientes para atraer la inversión extranjera. Debemos reconocer que la inversión extranjera es difícil debido a la incertidumbre macroeconómica. Muchas de sus propuestas, que fueron objeto de un «decreto de emergencia», fueron declaradas inconstitucionales por los tribunales.

Su administración se quedó con instrumentos muy básicos y limitados para reformar la economía: los impuestos a las exportaciones, la retención del gasto discrecional por parte del gobierno nacional y la manipulación de los tipos de cambio y de interés por parte del banco central. Estas son realmente sus únicas herramientas. Como el personaje televisivo de ficción MacGyver, Milei tuvo que desarmar una bomba de tiempo nuclear con un clip.

Si Milei hubiera tenido más apoyo en el parlamento, las reformas microeconómicas centradas en la oferta y las privatizaciones, podrían haber reducido la recesión causada por la fuerte reducción del gasto discrecional. A falta de ello, las altísimas tasas de interés, medidas en dólares estadounidenses (como hace todo el mundo en la Argentina), y la escasez de pesos en la economía, redujeron drásticamente la demanda interna.

En anticipación a una posible dolarización, la primera medida práctica fue la de suspender en diciembre de 2023 el canje de dólares a la paridad oficial de 400 pesos por dólar. Desde entonces, el precio del dólar oficial es de 800 pesos por dólar más una paridad rastrera del 2% mensual, llevando el dólar oficial nueve meses después (en septiembre de 2024), a 963 pesos por dólar. Aún a este precio la demanda no ha sido saciada, ni siquiera en medio de una sequía total de pesos.

Si se liberaran los mercados de divisas – poniendo fin al «cepo» – para permitir la dolarización de la economía, la demanda de pesos se reduciría significativamente, y la hiperinflación seguiría siendo muy probable.

Muchos argentinos están preocupados por la política económica de Caputo. Desde la devaluación de diciembre, la inflación ha reducido el poder adquisitivo real del dólar. El índice Big Mac recogido por The Economist es la prueba más prosaica de ello: en enero, inmediatamente después de la devaluación, era posible comprar un Big Mac en Argentina por 3,83 dólares, mientras que en Estados Unidos el precio era de 5,69 dólares, con una subvaluación implícita del 33 por ciento. Siete meses después, en julio de 2024, el precio del Big Mac en dólares en Argentina subió a 6,55 USD, con una sobrevaluación implícita de la moneda local de alrededor del 15 por ciento.

Sin embargo, hay consenso en que la prioridad del Gobierno es reducir la inflación. El Banco Central ya no financia al Tesoro. Desde junio se ha impuesto un estricto control cuantitativo y no se emiten nuevos pesos ni siquiera para comprar divisas. Con ello, la inflación se ha desplomado del 25 por ciento mensual en diciembre de 2023 al 4 por ciento mensual desde mayo, a pesar de una recuperación significativa (aunque insuficiente) de algunos precios controlados de la economía, como la energía, las telecomunicaciones, el transporte público y similares.

La interpretación más benigna del plan de Caputo es que el Gobierno apuesta a llevar la inflación a un nivel cercano a cero en 2024 para que la paridad móvil del 2 por ciento comience a devaluar gradualmente la moneda en 2025 antes de empezar a liberar los controles de capital. Esto revitalizaría al sector exportador y a la economía a tiempo para ayudar al gobierno a obtener la mayoría en las elecciones de finales del año entrante.

Supongamos que el gobierno pueda llegar a un acuerdo con la oposición en la legislatura o conseguir apoyo financiero del FMI. En ese caso, el objetivo de inflación cero y tipo de cambio neutro podría alcanzarse sin deflación, sin reducir aún más el gasto público ni expulsar a los prestatarios privados debido a los altos tipos de interés y la represión financiera. Si eso no ocurriera, hay que tomarse el trago amargo, sin azúcar.

Muchos cuestionan la conveniencia de forzar ese trago amargo: la baja de precios reales antes de permitir la flotación cambiaria. Ludwig von Mises, en su seminario, «comparaba a menudo tal proceso con un conductor de automóvil que, habiendo atropellado a una persona, trata de remediar la situación dando marcha atrás, volviendo a pisar a la víctima.»

Un nuevo paradigma

Llegamos así al marco teórico propuesto por Jacques Rueff, que puede ayudarnos a explicar las políticas de la administración Milei. Sostenemos que, lejos de contradecir cualquier lección de la economía austríaca, las ideas de Rueff pueden entenderse como un refinamiento del pensamiento cataláctico, que tiene en cuenta elementos que normalmente quedan fuera del análisis.

Durante el periodo de entreguerras, Rueff fue un economista y funcionario muy respetado en Francia. Durante el gobierno Vichy, Rueff se refugió en una pequeña ciudad del sur de Francia. A pesar de su ascendencia judía, el gobierno del mariscal Petain, padrino de su boda, no lo molestó en absoluto.

Rueff recopiló entonces su obra magna, «El orden social», con algunos textos que había escrito sobre el equilibrio estático en los años 20 y 30, y redactó una nueva hipótesis sobre el equilibrio económico «dinámico». Su enfoque dinámico de la economía se basaba en la aplicación de los derechos de propiedad privada para explicar el valor del dinero y su función central en el mantenimiento del orden social.

Rueff considera que, en la actividad económica regular, la creación de nueva riqueza, ya sea de bienes o servicios, surge a través de la compra a un precio determinado, o sea cuando es reconocida por los demás miembros de la sociedad al comprarla. Esto es lo que «acredita» a los productores de esta riqueza con «verdaderos derechos» que les permite disponer de ellos para la venta en la sociedad.

Por el contrario, a través del proceso presupuestario, el Estado puede crear «derechos ficticios» emitiendo deuda o dinero cuando excedan su capacidad de pagar esas obligaciones con el flujo de ingresos existente. Un tipo de cambio realista (el precio del dinero nacional comparado con el precio de todos los demás dineros) y la tasa de interés (el precio pagado por tener dinero ahora dada nuestra preferencia temporal) son los dos precios más importantes de la economía.

Rueff ve una clara relación entre la disponibilidad de bienes y servicios del lado «real» de la economía y la creación de derechos «verdaderos» y «falsos» sobre esos bienes del lado «abstracto» o «financiero» de la economía. Los desequilibrios en esta relación, causados por la introducción de derechos «falsos», explican la inflación y otras instancias en las que las expectativas de que un crédito contra el gobierno sea honrado a un determinado poder adquisitivo, se ven parcial o totalmente frustradas.

En definitiva, aunque la causa inmediata de la inflación es siempre monetaria, la causa última es fiscal. El gobierno infla los medios de circulación para crear «falsos» derechos sobre los bienes y servicios existentes, que se utilizarán con fines políticos, ya sea para hacer la guerra, pagar a los jubilados, a los funcionarios o a cualquier otro beneficiario de la generosidad gubernamental.

Milei utiliza el término «señoreaje» para describir los ingresos obtenidos por el gobierno nacional a través de los abusos de sus prerrogativas monetarias. Sin embargo, la transferencia al gobierno de bienes reales mediante la manipulación de la oferta monetaria es lo mismo que los «falsos derechos» de Rueff. Darse cuenta de esa verdad fundamental llevó a Milei y Caputo a confiar en la austeridad fiscal para restaurar el orden en Argentina.

Ese marco ayuda a explicar la insensatez de intentar «dolarizar» la economía a un tipo de cambio que no sea el tipo de cambio de «indiferencia» (entre tener pesos o dólares). También ayuda a explicar por qué, muy probablemente, alcanzar un tipo de cambio de indiferencia desencadenaría un proceso hiperinflacionario.

Como en cualquier otro mercado, existe un precio de «equilibrio» para el tipo de cambio. Dado que los bienes que se intercambian en este mercado son dinero, si el mercado funciona a un tipo de cambio distinto del tipo de indiferencia, observamos un desequilibrio monetario. Permitir que el mercado encuentre el tipo de equilibrio provocaría un cambio significativo en los precios relativos; el gobierno perdería ingresos a corto plazo, y los gastos aumentarían significativamente. Es dudoso que el gobierno nacional pueda hacer frente a sus obligaciones sin imprimir dinero. Además, es dudoso que la inercia inflacionista pueda eliminarse sin un plan como el Plan Real brasileño de 1994.

Por supuesto, consideramos que la «dolarización» es «competencia en dinero» y que el gobierno argentino no dejaría de emitir pesos. Argentina sólo podría adoptar una «dolarización» con la eliminación del peso, si tuviera los dólares para comprar todo el M1, si no más, cosa que no tiene. En Hong Kong, por ejemplo, la junta monetaria tiene reservas de más de cinco veces el dinero en circulación.

Por último, aunque la hiperinflación se pueda evitar mediante una combinación de tipos de interés elevados, apoyo del FMI y represión financiera, sin equilibrio fiscal sería sólo cuestión de tiempo hasta que el país vuelva a quebrar, como a finales de los noventa, y la camisa de fuerza monetaria sería abandonada en desgracia.

Rueff vio con sus propios ojos, basándose en su aguda comprensión de los fenómenos fiscales y monetarios, cómo los nazis fueron capaces de recaudar, directa e indirectamente, a través de sus regímenes títere como Vichy, recursos reales de Francia y otros países ocupados para alimentar su maquinaria de guerra. Esto provenía de una población – podemos suponer – que no estaba ávida de pagarles impuestos.

Como por lo general no podía contar con la colaboración de la población de los países que invadía, la Alemania nazi, se vio obligada a emitir «falsos» reclamos sobre los bienes existentes para arrancárselos a quienes los producían.

No estamos insinuando que el nivel de ilegitimidad de un régimen meramente «peronista» sea comparable con la Alemania nazi. El punto es simplemente que Rueff, en Vichy, Francia, fue capaz de ver la mecánica de la extracción de riqueza real de la población por medios monetarios en su forma más cruda. La teoría que desarrolló en este contexto ayuda a explicar por qué, con las limitadas opciones a su disposición, Milei ha empezado a reconstruir una economía liberal en Argentina sobre una base de austeridad fiscal.

Supongamos que consigue llevar la inflación a cero manteniendo un presupuesto equilibrado sin financiación monetaria. En ese caso, podría alcanzarse un tipo de cambio neutro sin desencadenar la hiperinflación y permitiendo la competencia monetaria.

Sin embargo, como muchos, dudamos de la sensatez de la actual política «deflacionista» de represión financiera mediante un tipo de cambio fijo y controles de capital. En eso, Milei y Caputo divergen de la lección más famosa del «conservador monetario» Jacques Rueff. Un tipo de cambio realista (el precio del dinero nacional comparado con el precio de todos los demás dineros) y el tipo de interés (el precio pagado por tener dinero ahora dada nuestra preferencia temporal) son los dos precios más importantes de la economía.

Cuando el gobierno manipula el tipo de cambio y la tasa de interés, se producen distorsiones aún mayores. Véanse los diferentes resultados obtenidos por Francia en 1926, que volvió al patrón oro tras una devaluación del 80%, y los obtenidos por el Reino Unido, que volvió al patrón oro en 1925 a la misma paridad que antes de la Primera Guerra Mundial a pesar de la inflación del 100% durante la guerra.

Al igual que los franceses, Milei puede verse obligado a una segunda ronda de devaluación antes de alcanzar un precio de indiferencia para el tipo de cambio y permitir la dolarización «endógena» poniendo fin a los controles de capital. Puede ser que haya un camino estrecho por delante para justificar todo el dolor económico impuesto a los argentinos sin desperdiciar los resultados positivos ya conseguidos.

¿Es eso lo que Milei quería hacer cuando llegó al poder? Lo dudamos. Sin embargo, como se entiende desde la época de los romanos, «Sator Arepo Tenet Opera Rotas» (el agricultor Arepo necesita arar con el arado que tiene). En una economía cerrada como la argentina, la restricción de recursos es real, y este problema se manifiesta en desequilibrios fiscales que son la verdadera causa de la irracionalidad monetaria. Si las dificultades actuales abren el camino a un reconocimiento más amplio de que los desequilibrios fiscales son la causa fundamental de la inflación, pueden ser una herramienta providencial para ayudarle a salir adelante.

Ver también

Nazis, aquéllos nuevos ilustrados

Si hay un consenso del que aún hoy podemos disfrutar es el de que el nazismo es uno de los episodios más trágicos de nuestra historia reciente. No es de extrañar, siendo así, que hayamos convertido a Hitler, desde diversos sectores del espectro político, en una pelota que poder pasarnos los unos a los otros para evitarnos la vergüenza de ser relacionados con los nazis. El problema de jugar con un balón tal es la dificultad que trae consigo analizar un movimiento sin la distancia emocional necesaria como para actuar con desafección, y ello embarra cualquier tipo de debate que, aún encima, se suele dar ya por zanjado, como si la historia del conocimiento no se construyera sobre las ruinas de consensos rotos.

Dada mi tendencia romántica a lo disruptivo, tengo la costumbre, no sé si buena, de llevar la contraria a la mayoría siempre que tengo ocasión de ello y, cuando vi que el viejo debate marginal sobre la taxonomía ideológica de los nazis aparecía en las discusiones públicas por las declaraciones de Alice Weidel, me vi seducido a entrar en el tema. Sin duda, decir que Hitler era comunista suena, más que osado, ridículo, y soy demasiado dado a la procrastinación como para molestarme en hacer piruetas mentales defendiendo tal cosa, pero algo más de interés suscita comprobar hasta qué punto se pueda decir, como todos parecen haberle reprochado a la alemana, que Hitler era de derechas.

Hitler, referencia de la izquierda

Recuerdo como si fuera ayer aquella clase de Historia Contemporánea en la que, la profesora, cuestionó horrorizada una afirmación semejante a la de Weidel con la siguiente pregunta: “¿Cómo va a ser Hitler de izquierdas si mataba gente?”. Pasando por alto el evidente sesgo, el episodio es llamativo por ejemplificar la cercanía emocional con que el grueso de la gente toca estos asuntos políticos, y no es algo exclusivo de la izquierda. En 1974, Eric Kuehnelt-Leddihn publica Leftism: from Sade and Marx to Hitler and Marcuse, obra en la que identifica la izquierda política con la esclavitud[1].

De usted, lector, espero algo más y confío en que sepa que ni el asesinato es característico de la derecha ni la esclavitud lo es de la izquierda, máxime cuando el asesinato en cuestión consiste en emplear los avances en biología, tecnología y medicina para la depuración y mejora de una raza en aras de la construcción de un nuevo mundo, con un proyecto futuro claro. Ciertamente, habrá que buscar criterios menos sesgados para llegar a una conclusión.

En la ya mencionada obra de Kuehnelt-Leddhin, el erudito hace la siguiente apreciación sobre la relación entre nazis y derecha:

In Germany after World War I, most unfortunately, the National Socialists were seated on the extreme right because to simpleminded people nationalists were rightists, if not conservatives-a grotesque idea when one remembers how antinationalistic Metternich, the monarchical families, and Europe’s ultraconservatives had been in the past. Nationalism, indeed, has been a by-product of the French Revolution (no less so than militarism).[2]

Erik Kuehnelt-Leddhin. Leftism. From Sade and Marx to Hitler and Marcuse.

Como abiertamente conservador, Kuehnelt-Leddihn escribe desde el genuino complejo de ser relacionado con aquellas ideas que lo desagradan, pero hay una lógica nada desdeñable detrás de sus palabras. Hoy en día, el nacionalismo parece ser dominio de lo que entendemos por derecha política, pero no hay que olvidar cuál fue su origen. Realmente, no es difícil entender cómo pudo surgir el nacionalismo de la Revolución Francesa.

La nación, como sujeto político puro es una mera abstracción. Por lo pronto, la nación será mucho más que un cuerpo electoral, que un conjunto de individuos que hacen plebiscitos, aunque sean cotidianos. Los plebiscitos cotidianos, entre otras cosas, solo podrán ser llevados a cabo cuando el pueblo tenga un lenguaje común, y, por tanto, una historia propia, con costumbres, ceremoniales y artes característicos.[3]

Gustavo Bueno. El mito de la cultura.

Democracia y nación

Siendo de tal forma, está claro que la creación de una identidad nacional fue una aspiración lógica para quienes tratasen de instaurar nuevos regímenes democráticos alejados de las viejas costumbres e instituciones tradicionales. No fue diferente en el caso alemán, aunque ya antes del auge del nacionalsocialismo hubo una apr opiación de la causa nacional por parte de la derecha.

Si hubo gente reacia a la unificación alemana, fueron los junkers y conservadores, pero algo sucedió durante la Gran Guerra que cambió la orientación política en torno a la nación. Así cuenta Peter Fritzsche, en “De Alemanes a Nazis”, como antes de la Gran Guerra las celebraciones oficiales se basaban más en los logros de los Hohenzollern y en escenificar la fidelidad de los príncipes alemanes que en cualquier tipo de expresión nacional. Es más, para el tercer día de las manifestaciones patrióticas por la guerra, el propio emperador, molesto, exhortó a la multitud a dispersarse[4].

Pero si fue el inicio de la guerra lo que convirtió el sentimiento nacional alemán en una realidad para todo un país dividido por viejas lealtades y religiones, fue el final de la misma el que terminó por convertir el nacionalismo en una causa para los conservadores. Hubo, tras la abdicación de Guillermo II “una convicción generalizada entre los ciudadanos liberales e incluso conservadores de que no tenía sentido volver atrás[5] y el martes 12 de noviembre, el periódico conservador Kruez-Zeitung cambió de sus portadas el “Adelante con Dios, por el Rey y la Patria” por “Por el Pueblo Alemán”.

Contra las religiones tradicionales

Está claro que, para la aparición de Hitler en la escena pública, el nacionalismo ya era un rasgo común en los partidos de la derecha alemana y no sorprende, por tanto, que lo asociasen con ella. Más allá del nacionalismo, autores como Isaiah Berlin, vieron cierta filiación entre los fascistas y los primeros conservadores como Maistre, pero tanto él, como Bonald y otros conservadores clásicos, se centraban en el problema de la legitimidad, siendo que, de no ser un anacronismo, se podrían considerar, incluso, antifascistas[6]. El conservadurismo siempre trató sobre la diferencia entre el autoritarismo legitimista y la tiranía totalitaria, que se distinguen por el origen de las instituciones en que se concentra la autoridad.

Cuando tratamos de ver la relación que había entre los nazis y los viejos valores e instituciones, lo primero de lo que nos daremos cuenta es de la tremenda heterogeneidad dentro del movimiento. Es verdad, los nazis repudiaban la falta de valores en la que había caído la sociedad en que les tocó vivir, pero no es menos cierto que los valores a los que aspiraban tenían poco de históricos, apelando más a una suerte de abstracción mitológica que a las instituciones tradicionales de Alemania -Iglesia o monarquía, por ejemplo-.

Es más, Hitler se preocupó bastante por deslegitimar las religiones tradicionales, tal como se desprende, por ejemplo, de un discurso dado en Nuremberg en 1938:

Nosotros no necesitamos lugares de retiro religioso, sino estadios y canchas de deportes, y el rasgo que caracteriza a nuestros lugares de reunión no es la penumbra mística de una catedral, sino el brillo y la luz de una habitación o de una sala donde la belleza se combine con la buena forma física con un propósito[7].

Una nueva religión

De esta actitud se podría incluso sacar el mismo ánimo con el que los revolucionarios franceses trataron de sacralizar la política para sustituir los viejos cultos por una nueva religión articulada en torno al estado y con la nación como nuevo numen. Así, Anthony Stevens, vio como el nazismo logró imitar todos los aspectos de una religión:

Así, el nazismo tenía su Mesías (Hitler), su libro sagrado (Mein Kampf), su cruz (la esvástica), sus procesiones (las concentraciones de Núremberg), su ritual (el desfile conmemorativo del golpe de Estado del Beer Hall), su elite ungida (las SS), sus himnos (el «Horst Wessel Lied»), su excomunión de los herejes (los campos de concentración), sus demonios (los judíos), su promesa milenarista (el Reich de los mil años) y su tierra prometida (oriente)[8].

Así que, si bien es cierto que el nacionalismo extremo ya era, para la época de la República de Weimar, un rasgo típicamente conservador para la población alemana, este tampoco es un principio fundamental de la derecha y el poco apego de los nazis por las viejas instituciones complica mucho cualquier tipo de aproximación taxonómica con la derecha. Claro que los nazis iban más allá de la simple afinidad por unos valores políticos u otros y muchos gustan de categorizarlo en función de su política económica.

Muchas veces se recurre al fácil argumento de señalar la palabra “socialista” de “nacionalsocialista”, pero seria demasiado ingenuo quedarse tan solo con la nomenclatura. No hay que olvidar que muchos regímenes gustan de usar palabras como “popular” o “democrático” sin que ellas atiendan a una realidad, pero ello tampoco lo hace cuestión trivial. “debemos […] conceder a los mitos su justa importancia, menos por la verdad que encierran que por la fuerza que poseen”[9] escribió Lord Acton.

El socialismo más allá de Karl Marx

Aquí surge un problema: hay más socialismo más allá de Karl Marx. El socialismo es un constructo político, una idea en la cabeza de muchas personas a lo largo de la historia y establecer una definición concreta es menos sencillo de lo que muchos parecen creer. Desde Saint Simon, que jamás se opuso a la propiedad privada, hasta Fourier, individualista y religioso, los socialistas han sido tantos y tan heterogéneos que, como señaló Gregory Claeys, “contraponer individualismo, o laissez faire, a socialismo o cualquier tipo de intervención liderada por el estado como tal induce a error”[10]. Así que, si bien es cierto que, como mucha gente reprocha, los nazis no llegaron a abolir la propiedad ni siguieron a rajatabla el ideario marxista, no se puede decir que aquellos a los que dentro de la academia se consideran socialistas hayan propuesto lo propio a lo largo de la historia.

De esa forma, volviendo a la obra de Frietzsche, vemos cómo la cooperación económica, las redes de solidaridad dentro del partido y su discurso a favor de planes de economía social fueron grandes atractivos del movimiento nazi para el grueso de votantes[11]. Sin embargo, así como sería ciego negar el carácter socialista de un movimiento por no adherirse a políticas específicas, también sería ingenuo quedarse tan solo con unas ideas concretas sin analizar el fondo teórico del que estas salen. Así como socialismos hay muchos, también hay movimientos no socialistas que han defendido más o menos intervención estatal.

Contra el capitalismo

Lo que es evidente es que la política nazi distó mucho de ser favorable al mercado, como ya en su momento observó Lionel Robbins pocos años después de la Gran Depresión:

En realidad, se puede decir que el poder político de los partidos socialistas en muchas partes del mundo está en descenso. Pero sus contrincantes, dictadores y reaccionarios, se inspiran en las mismas ideas. Es un completo error suponer que la victoria de los nazis y los fascistas supone la derrota de las fuerzas que tratan de destruir lo que viene llamándose capitalismo[12].

Pese a ello, no parece que dichas ideas anticapitalistas sean tanto un elemento central y esencial de una ideología nazi bien vertebrada, como fruto de un arbitrario pragmatismo del fhurer a la hora de escoger qué política le sirve mejor para su objetivo último. Así lo vio Schumpeter al escribir que

no hay que olvidar que el credo del nacionalsocialismo no era primaria ni esencialmente económico, por lo que era compatible no sólo con todos los tipos de economía técnica, sino también con la defensa de políticas muy discrepantes.[13]

Sé que hasta ahora no he podido darle muchas respuestas, pero es que el asunto, como ya fui advirtiendo, no es simple, nunca lo es en lo que a las disciplinas de la acción humana se refiere, pero no se preocupe que, después de exponer aquellas razones que no considero lo suficientemente concluyentes como para categorizar el nazismo, toca entrar en aquella que, a mi parecer, es la que más satisfactoriamente me ha servido para salir de dudas.

El final de la historia

Si bien es cierto que el proceso lógico de “medidas intervencionistas>ideología socialista>izquierda” no debería aplicarse al nazismo, no hay que negar el ánimo revolucionario con que dichas medidas se propusieron. Fritsche expone muy bien cómo los partidos tradicionales de izquierda en la República de Weimar fueron tomando actitudes más corporativistas y de “casta” que poca simpatía causaban en el votante obrero al que se suponía que debían representar. Hitler, más que un conservador reaccionario, fue un profeta político que llegó con la idea de regenerar la política alemana y sustituir a los viejos partidos que ya llevaban tiempo en declive[14].

En “Modernismo y Fascismo”, Griffin desarrolla con brillantez cómo tras el nacionalsocialismo había una intención clara de iniciar un nuevo momento histórico, la culminación de un acto demiúrgico de creación de un “nuevo hombre” destinado a liderar un “nuevo mundo” y que las referencias a un pasado mítico hay que tomarlas como un proceso de  “reconexión hacia delante”[15].

Así como los ilustrados abogaban por una autosuperación del individuo a través de una ideología progresiva en donde la historia culmina en la emancipación del hombre, también los nazis buscaban alcanzar el final de la historia a través de la raza, y para ello se valieron de los mismos métodos de sacralización política y las mismas herramientas de legitimidad para construir un estado völkisch.

La Ilustración

De momento, y dado lo azaroso que es el campo de la política por su dinamismo histórico, creo que esa conciencia revolucionaria es la principal prueba de que jamás hubo en Hitler una intención de salvaguardar un “viejo orden” o unas “tradiciones” concretas, sino que el objetivo del nacionalismo siempre fue la construcción de un nuevo futuro, rasgo, este sí, intrínsecamente ligado a la izquierda.

Retrocedamos un poco a 1784, cuando Friedrich Zöllner publica un artículo titulado “Was ist Aufklärung?”, ¿Qué es la Ilustración? Nada más plantear la pregunta, algunos de los más notables filósofos alemanes fueron dando sus propias respuestas. De todas ellas, la más universalizada sería la de Kant “La ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad”. Lo que aquí defiendo es que el sentido con que el régimen nacionalsocialista llevó a cabo su ideario fue precisamente con el de emancipar las razas originarias, en plural, porque aunque el discurso aplicado del nazismo fuese nacional, el proyecto era internacionalista en tanto que es a través de todas aquellas razas que presenten “originalidad” que la humanidad ejercerá el papel al que está destinada.[16]

Notas

[1] KUEHNELT-LEDDIHN, Erik. Leftism: from Sade and Marx to Hitler and Marcuse. Arlington House, 1974. p 43

[2] Ibid., p. 37

[3] BUENO, Gustavo. El Mito de la Cultura. 10 Ed. Oviedo: Pentalfa, 2016. p. 211

[4] FRIEZTSCHE, Peter. De Alemanes a Nazis. Titivillus, 2015. p. 25

[5] Ibid., p. 79

[6] WILSON, Bee. “ El Pensamiento Contrarrevolucionario” en STEDMAN JONES, Gareth. CLAEYS, Gregory (EDS.). Historia del Pensamiento Político del Siglo XIX. Madrid: Ediciones Akal. 2021. p. 25

[7] citado en GRIFFIN, Roger. Modernismo y Fascismo la sensación de comienzo bajo Musolini y Hitler. Madrid: Ediciones Akal. 2010. p. 363

[8] citado en Ibid., p. 383

[9] ACTON, John. Ensayos Sobre la Libertad y el Poder. 2 Ed. Madrid: Unión Editorial. 2016. p. 267

[10] CLAEYS, Gregory. “ El Socialismo no Marxista” en STEDMAN JONES, Gareth. CLAEYS, Gregory (EDS.). Historia del Pensamiento Político del Siglo XIX. Madrid: Ediciones Akal. 2021. p. 543

[11] FRIEZTSCHE op. cit., pp 97-146

[12] ROBBINS, Lionel. La Gran Depresión del Siglo XX. Madrid: Ediciones Aosta. 2018. p. 285

[13] SCHUMPETER, Joseph Alois. Historia del Análisis Económico. 2 Ed. Barcelona: Ariel Economía. 2019. p. 1252

[14] FRIEZSCHE op. cit., pp. 97-146

[15] GRIFFIN op. cit., pp. 358-359

[16] BREA GARCÍA, Sergio. “Volksgemeinschaft dürch volkwerdung. Ingeniería social nacionalsocialista para una sociedad sin clases”. Ekasia Revista de Filosofía. (Enero 2015). pp. 323-360. p. 327.

Ver también

Por qué Hitler adoraba la justicia social. (Jon Miltimore).

Hitler, ¿un revolucionario anticapitalista? (Stephan Beig).

Nacional socialistas de ayer y hoy. (José Carlos Rodríguez).

Moral, cultura e instituciones en la cooperación y la competencia

En un artículo anterior propuse que estudiar interdisciplinariamente los procesos de cooperación y competencia como estrategias sociobiológicas universales—combinando la teoría de la evolución biológica y cultural, la psicología y la praxeología—nos puede dotar de herramientas efectivas para analizar los procesos políticos, económicos y sociales en distintos ambientes, culturas y épocas.

El caso de la moral

La relación entre moralidad y cooperación se ha estudiado ampliamente. La premisa fundamental es que la moralidad no es un mero constructo cultural arbitrario, sino que ha evolucionado porque favorece la cooperación dentro de los grupos humanos. Las normas morales ayudan a coordinar acciones y generar confianza, lo que permite una mayor cohesión social y beneficios mutuos.

Esto no significa que la moralidad se reduzca únicamente a sanciones para minimizar conflictos o evitar parasitismos. Nociones más abstractas como la justicia, la equidad o los derechos pueden servir para gestionar conflictos de interés y promover la estabilidad social. Los tabúes y las normas sobre lo que es bien visto o mal visto funcionan como instrumentos morales tanto para fomentar la cooperación y la filiación a través de la reputación y el prestigio, como para competir y generar división social (amigo-enemigo, endogrupo-exogrupo).

¿Cómo podemos evaluar instituciones y culturas?

La noción de selección biológica y cultural no es intrínsecamente teleológica, es decir, no implica que las instituciones evolucionen con un propósito o fin determinado. Sin embargo, sí contradice la idea de que son meros procesos arbitrarios o simples subproductos de las dinámicas de poder (oprimido-opresor). Las instituciones emergen y se transforman en respuesta a las presiones del entorno, lo que significa que pueden volverse circunstancialmente inadaptativas. Por ello, es posible hablar de “mejores” o “peores” culturas e instituciones según su capacidad de adaptación

Si bien la calidad de una institución o cultura depende de las características de la especie y el entorno, algunas instituciones solo pueden surgir y sostenerse en condiciones extraordinarias, como el aislamiento social o una dictadura. En términos generales, las instituciones deben facilitar la cooperación, evitar la autodestrucción, reducir conflictos, generar confianza y reputación, y sostener la tensión del sistema entre fuerzas opuestas: disrupción y estabilidad, orden y caos, apertura y fronteras, entre otras. Cuando estas fuerzas se desequilibran, la adaptabilidad del sistema se ve comprometida, poniendo en riesgo la funcionalidad de las instituciones.

¿Cómo sabemos qué prácticas culturales eliminar o conservar si algunas pueden tener un valor oculto?

Es posible que existan instituciones o prácticas culturales cuya función no sea evidente a simple vista y que estemos cometiendo un error al intentar modificarlas o eliminarlas. Un ejemplo de esto es el cortejo tradicional, una práctica cultural que suele requerir ambientes sociales y formas de interacción únicas que permiten a los pretendientes conocerse, evaluarse y construir confianza. Si concluimos que “el cortejo tradicional es machista, opresor y misógino” y decidimos atacarlo y eliminarlo, podríamos encontrarnos con el indeseado escenario de que las personas enfrenten dificultades para formar pareja porque el marco cultural que rodeaba el cortejo se ha destruido.

En este tipo de casos, hablamos de cómo la evolución cultural da lugar a prácticas funcionales a partir de un conocimiento social acumulado que no siempre es fácil de descifrar a simple vista. Otro ejemplo de esto es la higiene personal, como el hábito de lavarse las manos, que los humanos practicaban mucho antes de conocer la existencia de virus, bacterias o parásitos.

Otras prácticas sociales, como los matrimonios arreglados, pudieron haber sido soluciones relativamente efectivas en ciertos contextos pasados, ya sea para garantizar la supervivencia, forjar alianzas estratégicas o incluso proteger a las mujeres de las vulnerabilidades de la soltería (como la exclusión o el abuso). Sin embargo, es evidente que esta institución sería contraproducente en la mayoría de los entornos actuales. Cuando una institución que restringe las libertades individuales deja de ser necesaria, las presiones adaptativas de libertad y los principios morales de equidad, libertad y justicia incentivan a los individuos a deshacerla.

El caso de la desatención cultural a las familias jóvenes

En el entorno actual de abundancia material, independencia y seguridad, una práctica cultural tan rígida y liberticida (como los matrimonios arreglados/forzados) resulta ineficiente. No obstante, desatender culturalmente el cortejo y la formación de parejas y familias también es un error. Por ejemplo, la mayoría de los hombres y mujeres sin hijos que habrían querido tenerlos no los tuvieron debido a dificultades para encontrar y mantener una pareja adecuada durante sus años fértiles. Este grupo —las personas sin hijos— es el que más ha contribuido a la drástica caída reciente de la natalidad, ya que el fenómeno no se explica porque las parejas con hijos tengan menos hijos, sino por la creciente cantidad de personas que no llegan a tenerlos.

En mi opinión, es evidente que las generaciones mayores desatendieron culturalmente los asuntos relacionados con la formación temprana de parejas, incentivando en sus hijos una focalización en su vida profesional. Esto rompió el equilibrio cultural entre orden, control y represión, por un lado, y libertad, disrupción y creatividad, por otro. El desafío radica en que la caída de la natalidad no tiene consecuencias inmediatas, lo que limita el mecanismo de corrección dentro del proceso de evolución cultural.        

¿Hay algún patrón que tengan las mejores instituciones políticas, económicas y culturales?

Idealmente, las instituciones que conforman un sistema social deben compartir ciertas cualidades fundamentales. Su forma puede variar, pero, por convergencia, su funcionalidad tiende a ser similar.

  • Maximización de la libertad: Es común que un sistema acumule progresivamente restricciones a la libertad (ya sea por miedo, sometimiento o moral igualitarista). Por ello, las instituciones que la protegen son esenciales. La libertad permite a cada agente incorporar, crear y transmitir la información que considera útil, aumentando la posibilidad de que haya más información valiosa en el sistema en beneficio de todos.
  • Cooperación y competencia voluntaria: La voluntariedad en ambos procesos es esencial. Si se obliga a un agente a cooperar (ejemplo: bienes públicos) o a competir (ejemplo: Estado de bienestar), las estrategias en cuestión pierden parte de su capacidad para generar riqueza y conocimiento.
  • Reducción de conflictos: Cuando se restringen las libertades y se fuerza a los agentes a cooperar o competir en situaciones que no habrían elegido voluntariamente, se generan conflictos innecesarios. Además, provocar conflictos (ejemplo: okupación) o dificultar su resolución (ejemplo: sistemas judiciales lentos) deteriora la capacidad del sistema para adaptarse y mejorar.
  • No totalitarias: el sistema debe contar con instituciones que protejan ciertas burbujas, de modo que no sean absorbidas por el modelo mayoritario. Ejemplos de estas burbujas son los homeschoolers, las escuelas privadas extranjeras con menor regulación, comunidades como los Amish o grupos aborígenes. Estos espacios permiten la conservación o la innovación cultural, funcionando en paralelo con el resto del sistema.
  • Cambios progresivos, emergencia y espontaneidad: La red de instituciones, en su conjunto, debe permitir que los cambios ocurran cuando sean necesarios, de manera espontánea y sin generar caos.

Concepto de convergencia

El concepto de convergencia evolutiva se refiere al proceso por el cual organismos que no están estrechamente relacionados evolutivamente desarrollan características similares debido a la adaptación a entornos o presiones selectivas similares. Esto ocurre porque ciertas formas o funciones resultan óptimas para un determinado nicho ecológico, lo que lleva a que diferentes linajes evolucionen estructuras análogas de manera independiente.

Un ejemplo clásico es el de los tiburones y los delfines. A pesar de que los tiburones son peces cartilaginosos y los delfines son mamíferos, ambos han desarrollado cuerpos hidrodinámicos, aletas dorsales y colas similares, ya que estas características mejoran la eficiencia de nadar en el medio acuático. Sin embargo, cada uno mantiene rasgos heredados de sus respectivos linajes: los tiburones tienen branquias, mientras que los delfines poseen pulmones y deben salir a la superficie para respirar.

De manera análoga, la convergencia evolutiva en la evolución cultural ocurre cuando sociedades distintas desarrollan soluciones similares ante problemas similares. Así como en la biología, la selección natural favorece ciertas formas y comportamientos en organismos no relacionados, en la cultura, la lógica adaptativa y la selección social pueden llevar a la aparición de instituciones, tecnologías o costumbres similares en civilizaciones separadas. No obstante, las sociedades, al igual que los organismos, arrastran aspectos heredados de sus formas culturales previas.

Más que liberalismo, buscamos instituciones liberales

En consecuencia, el éxito radica en alcanzar instituciones que, en esencia, cumplan con los principios mencionados, sin importar si se trata de microestados monárquicos, democracias liberales o comunidades tradicionales, siempre y cuando permitan que la información útil—obtenida a través de la libre experimentación y adaptación—sea creada y transmitida dentro del sistema.

La evolución nos muestra que, partiendo de orígenes distintos, es posible converger hacia soluciones similares. Tiburones y delfines, al igual que murciélagos y aves, han logrado sobrevivir en entornos similares porque han desarrollado respuestas funcionalmente equivalentes que son objetivamente eficaces. Del mismo modo, cualquier país puede encontrar su propio camino hacia un sistema de instituciones liberales sin necesidad de romper completamente con sus aspectos culturales heredado.

Ver también

Estudio interdisciplinario de la cooperación y la competencia. (Miguél Solís).

Robert Kennedy, un lunático dirigiendo el manicomio

Por Harrison Griffiths. El artículo Robert Kennedy, un lunático dirigiendo el manicomio fue publicado originalmente en CapX.

Donald Trump ha vuelto. Dependiendo de su disposición, esa frase puede llenarle de sentimientos de pavor o de triunfo. Las implicaciones del regreso de Trump sobre la inmigración, la economía, la guerra en Ucrania y una miríada de otras cuestiones son altamente impredecibles debido al temperamento variable del presidente y a su posicionamiento político. Pero una cosa está clara: la reelección de Trump estableció inequívocamente la falacia naturalista como una de las principales influencias en la formulación de políticas estadounidenses.

La falacia naturalista (similar pero distinta de la famosa distinción «Es-debería» de David Hume) es un amplio conjunto de ideas que tienen en común la creencia de que los productos naturales son inherentemente superiores a los producidos por el diseño humano. Las manifestaciones pueden ir desde la relativamente inofensiva elección personal de consumir verduras orgánicas en lugar de las cultivadas con pesticidas, hasta cruzadas mucho más dañinas como el intento del Unabomber de aterrorizar a la sociedad para que se desindustrialice.

Robert Kennedy

Esta visión del mundo se califica de falacia porque es empíricamente falsa. La agricultura industrial y la producción de alimentos, por ejemplo, han ayudado a sacar de la subsistencia a miles de millones de personas, algo que nunca podrían conseguir las huertas y huertos comunales. El mundo está ganando poco a poco la guerra contra el cáncer gracias a productos farmacéuticos revolucionarios con nombres químicos aterradores, no gracias a las infusiones. Criticar la falacia naturalista no es una cruzada contra los productos naturales ni un apoyo a la planificación «racional» de la sociedad humana con métodos «científicos». Simplemente pone de relieve que los productos naturales no son intrínsecamente superiores por ser naturales, ni los productos artificiales son intrínsecamente inferiores por no serlo.

Sin embargo, el nombramiento por parte de Trump de Robert Kennedy Jr. como Secretario de Salud y Servicios Humanos es una confirmación de que una visión errónea del mundo se ha abierto camino en las más altas esferas de la administración estadounidense entrante y de la derecha estadounidense en general.

Robert Kennedy, que se presentó a las elecciones presidenciales como demócrata e independiente antes de apoyar a Trump, ha difundido algunas de las informaciones erróneas más escandalosas sobre las vacunas. Entre otras cosas, ha afirmado que el Gobierno y los medios de comunicación estadounidenses conspiran para ocultar la verdad en torno a las afirmaciones pseudocientíficas de una relación entre las vacunas y el autismo, y ha defendido la idea de que las vacunas Covid-19 fueron «selectivas desde el punto de vista étnico» para proteger a los chinos y a los judíos asquenazíes de sus supuestos efectos nocivos, aunque afirma que estos comentarios se sacaron de contexto.

Antivacunas

La postura antivacunas de RFK forma parte de una filosofía más amplia que considera que la tecnología avanzada es intrínsecamente peligrosa, mientras que promueve las alternativas naturales como intrínsecamente superiores. Kennedy, un ecologista rabioso, afirma que la energía nuclear es peligrosa a pesar de las claras pruebas de que es uno de los medios más seguros y potentes de generación de energía de que disponemos. En su lugar, argumenta, como hace con las vacunas, que la defensa de la energía nuclear forma parte de una gran conspiración iniciada por grupos de presión nefastos y sin rostro.

De hecho, su ferviente ecologismo es una de las cosas que deberían hacer que encaje incómodamente con la administración Trump y los votantes republicanos. Durante toda su carrera, Robert Kennedy ha defendido causas tradicionalmente asociadas a la izquierda estadounidense, como el ecologismo, la lucha contra la desigualdad de la riqueza mediante la redistribución gubernamental y el apoyo a los candidatos del Partido Demócrata. En 2016, describió a Trump y al movimiento MAGA como «una amenaza para la democracia» y los comparó con Hitler y los nazis. Durante toda su vida ha sido demócrata, al igual que sus familiares más consumados.

Lo único que RFK tiene en común con el movimiento MAGA es su mentalidad conspiranoica. Además de las vacunas y la energía nuclear, las conspiraciones impregnan sus opiniones sobre la invasión rusa de Ucrania.

La falacia naturalista

Abrazar la falacia naturalista es parte de esa visión conspirativa del mundo. Cuando tu creencia previa de que los productos fabricados por el hombre son intrínsecamente peligrosos se enfrenta a la evidencia científica y económica, debes recurrir a las teorías conspirativas para explicar por qué tantos de estos productos se utilizan ampliamente, con resultados aparentemente positivos.

La teoría de la conspiración y la falacia naturalista no son exclusivas de ningún grupo político en particular. Antes de Trump, las conspiraciones sobre el poder nuclear, las guerras extranjeras y las vacunas se asociaban tradicionalmente con la extrema izquierda estadounidense. Muchos de los alineados con algunas de las ideas radicales de Kennedy en el Reino Unido son centristas, con buena educación, en lugar de maniáticos de izquierda o derecha. Las afirmaciones de Kennedy sobre la comida son los ejemplos más claros.

Cuando se trata de alimentos, vemos una clara síntesis de las visiones naturalista y conspirativa del mundo de Kennedy. Afirma que los «alimentos ultraprocesados» (UPF) -un término muy nebuloso que abarca desde el chocolate y los dulces hasta el pan integral y el hummus- están «envenenando» a los niños estadounidenses. Señala con razón que el elevado consumo de jarabe de maíz rico en fructosa, sal y grasas saturadas hace que los estadounidenses sean menos sanos. Pero entre sus otros objetivos están los aceites de semillas y los colorantes alimentarios, que relaciona con el cáncer, las cardiopatías y una serie de enfermedades crónicas.

Semillas y colorantes

Contrariamente a las afirmaciones de Robert Kennedy, la mayoría de la literatura empírica no encuentra nada malo en los aceites de semillas como parte de una dieta equilibrada. Tienen un alto contenido en grasas insaturadas, que son mejores para la salud del corazón que las grasas saturadas. Una revisión sistemática descubrió que el consumo de los denostados ácidos grasos Omega-3 y Omega-6 que suelen encontrarse en los aceites de semillas no está asociado a una inflamación elevada que pueda desencadenar enfermedades crónicas.

El desdén de Kennedy por ciertos colorantes alimentarios sintéticos se basa en la afirmación de que causan cáncer y problemas de comportamiento en los niños. El popular cereal para el desayuno Froot Loops es un objetivo frecuente de su ira, a causa de su alto contenido de colorantes. Gran parte de la cruzada contra Froot Loops se basa en un estudio de la Universidad de Southampton de 2007 que afirmó demostrar un vínculo entre ciertos colorantes alimentarios (incluidos los colores ‘Amarillo 5’, ‘Amarillo 6’ y ‘Rojo 40’ presentes en Froot Loops) y la hiperactividad en niños. Sin embargo, este estudio tenía innumerables fallos, incluyendo un tamaño de muestra pequeño, la incapacidad de separar adecuadamente los diferentes ingredientes probados y depender de evaluaciones subjetivas de la ‘hiperactividad’.

Conspiranoia y naturalismo

A pesar de estos fallos, el estudio de Southampton y otras investigaciones similares han influido en las regulaciones del Reino Unido, la Unión Europea y Australia, que prohíben o restringen en gran medida el uso de estos colorantes. En contraste, los reguladores estadounidenses generalmente insisten en evidencias mucho más sólidas sobre los daños a la salud de los aditivos alimentarios antes de prohibirlos y restringir las opciones para los consumidores. Es posible, e incluso probable, que algunos sean más riesgosos de lo que sugieren las pruebas actuales. Pero la carga de la prueba debería recaer en aquellos que quieren restringir la elección del consumidor; investigaciones inconclusas y sesgos naturalistas no cumplen con esa carga.

La conspiranoia y el naturalismo, ya se propague por charlatanes en línea o por expertos en salud pública, son inofensivos por sí mismos. Pero cuando existe una posibilidad real de que se traduzcan en políticas, los costos los paga toda la sociedad a través de precios más altos, menos opciones y una menor innovación. Es ciertamente cierto que algunos productos fabricados por el hombre que consumimos conllevan riesgos para la salud.

En el poder

Robert Kennedy ha ascendido a una posición peligrosamente poderosa porque su visión del mundo, arraigada en teorías conspirativas y la falacia naturalista encaja perfectamente con la base política de Donald Trump. Afortunadamente, el Reino Unido no tiene un movimiento similarmente influyente. Pero eso ciertamente no nos hace inmunes. Los intentos de extender impuestos y restricciones sobre los ‘alimentos ultraprocesados’, el pánico por las importaciones de pollo clorado post-Brexit y las regulaciones excepcionalmente gravosas del Reino Unido sobre la construcción de nueva capacidad nuclear son solo algunos ejemplos.

Las personas de todo el espectro ideológico deben estar alerta para garantizar que estas malas ideas no infecten nuestra política como lo han hecho al otro lado del Atlántico.

Ver también

Trump 2.0: la incertidumbre contraataca. (Andrés Ureña).

Tribunal Supremo de los Estados Unidos: caso sobreseído

Por Paul Moreno. El artículo Tribunal Supremo de los Estados Unidos: caso sobreseído fue publicado originalmente en Law & Liberty.

El nuevo libro del profesor de Derecho de la UCLA Stuart Banner, The Most Powerful Court in the World: A History of the Supreme Court of the United States, es impresionantemente erudito, profundamente investigado y admirablemente escrito. Este libro destaca por su reconstrucción del funcionamiento cotidiano del Tribunal, especialmente por su densa descripción. Banner proporciona todo tipo de detalles sobre el trabajo de los primeros taquígrafos de tribunales, cómo evolucionó la presentación de informes, las cargas de la equitación de circuito del siglo XIX, la arquitectura y la decoración de la antigua cámara del Senado (el lector llega inevitablemente a la historia del ático del tribunal de baloncesto como «el más alto tribunal del país») y la evolución de la secretaría del Tribunal.

A pesar de estas características encomiables, El tribunal más poderoso del mundo se queda corto debido al enfoque erróneo de su autor a la hora de emitir juicios históricos. Banner afirma desde el principio que su objetivo es «comprender al Tribunal más que alabarlo o criticarlo», e incluso insiste en que su «libro no tiene héroes ni villanos». Se adhiere a esta norma con asiduidad; es decir, hasta que llega al Tribunal John Roberts.

Todo lo que la evidencia obliga a decir

Pero esta falta de prejuicios hace que el lector se pregunte por qué debería importarle el tema a alguien. Un historiador debe ser lo más objetivo posible, pero en última instancia necesita emitir juicios críticos. Como me enseñaron, el historiador debe decir todo lo que la evidencia le permite decir y todo lo que le obliga a decir. Banner no considera lo que debería ser la cuestión primordial de cualquier historia del Tribunal Supremo: ¿cuál es el papel adecuado de esta institución en nuestra república constitucional y en qué medida lo ha cumplido?

Por ejemplo, Banner no ofrece ninguna conclusión sobre la muy debatida cuestión de la «Era Lochner»: si el Tribunal tomó partido activamente en el conflicto socioeconómico de la era 1890-1937 del lado del capital y en contra del trabajo. Durante una generación o más, los historiadores y profesores de derecho progresistas insistieron en que sí lo había hecho, mientras que en los últimos años ha surgido una escuela revisionista que afirma que no fue así. Banner dice que las interpretaciones progresista y revisionista son cada una «cierta a su manera».

Tampoco ofrece ninguna evaluación del papel del Tribunal en la instauración de Jim Crow tras la Reconstrucción, ni trata de explicar su dramático giro de 180 grados tras la propuesta de FDR en 1937 de «empaquetar» el Tribunal. (Señala que los nombramientos de Hoover lo explican, pero todo el mundo puede verlo. La cuestión no es quién cambió, sino por qué cambió).

Todos tienen razón

La negativa de Banner a emitir un juicio resta mucha vida al libro. Me recordó a Thomas Hobbes, que observó:

Un hombre que no tiene una gran pasión por ninguna de estas cosas, sino que es, como los hombres lo llaman, indiferente, aunque pueda ser tan buen hombre como para no ofender, no puede tener ni una gran fantasía ni mucho juicio.

O, en el lenguaje más reciente y conciso de Louis Jordan: «¡Jack, estás muerto!».

El planteamiento de Banner recuerda la historia de los dos hombres que llevan una disputa financiera a su rabino. El rabino escuchó el caso del primer hombre y dijo: «Tienes razón». Luego escuchó el del segundo hombre y dijo: «También tienes razón». El asistente del rabino dijo entonces: «Rabi, no pueden tener razón los dos». Pensó un momento y concluyó: «¡Tú también tienes razón!».

Banner se abre a la acusación formulada contra Louis D. Brandeis cuando fue nombrado miembro del Tribunal en 1916. Cuando Woodrow Wilson nominó al icono progresista para el Tribunal, los conservadores lanzaron una campaña sin precedentes para derrotarlo. Los opositores se centraron en la conducta de Brandeis como abogado, en particular, en que no cumplía la norma profesional de anteponer los intereses de sus clientes a sus opiniones sociológicas o políticas sobre cuál debía ser el resultado de un caso. En palabras de Brandeis, se consideraba «abogado de la situación» más que de un cliente concreto. Irónicamente, Brandeis tenía demasiado temperamento judicial.

Poner el acento en lo importante

Banner no reconoce la importancia de los cambios en la interpretación constitucional que relata. El Tribunal anterior a 1937, dice, seguía comprometido con la idea de que las legislaturas tenían que limitarse a un interés genuinamente público, mientras que después de 1937 el Tribunal aceptó la legislación de grupos de interés o «de clase». Se trata de un cambio moral y político de lo más profundo, y, sin embargo, lo pasa por alto con naturalidad. No ofrece casi nada con respecto a la teoría constitucional, sin hacer referencia a escuelas de interpretación que van desde el historicismo, la jurisprudencia sociológica, el realismo jurídico y otras similares.

Complots de asesinato

En la medida en que Banner ofrece una tesis, parece ser que la extrema politización actual del Tribunal no es nada nuevo. No hubo «buenos tiempos» en los que el Tribunal se ciñera a la ley y evitara la política. Pero es difícil mirar la historia del Tribunal y negar que la politización anterior y posterior a Warren es tan diferente en grado como para ser una diferencia en especie.

Antes de Warren, se produjeron enfrentamientos y crisis ocasionales -entre el presidente Marshall y los presidentes Jefferson y Jackson, en Dred Scott y la Reconstrucción, en la revuelta populista de la década de 1890-, pero se disiparon con bastante rapidez y el Tribunal reanudó su función sin menoscabo significativo de su legitimidad. Antes de la década de 1960, las vacantes en el Tribunal Supremo rara vez eran impugnadas; ahora, cada una de ellas da lugar a una batalla política que implica la difamación de personajes e incluso verdaderos complot de asesinato. Los jueces (aparte del peculiar caso de Stephen Field) no necesitaban guardaespaldas y podían salir a cenar sin ser molestados.

Emergen los prejuicios del autor

Nada en la era anterior a la Corte de Warren puede compararse a lo que la Corte dijo de sí misma en Cooper v. Aaron (1958) -que la interpretación de la Constitución por parte de la Corte era la Constitución, y, por tanto, la ley suprema del país- o en Casey (1992) -que el constitucionalismo estadounidense dependía de la deferencia popular a la interpretación de la Corte, por errónea que fuera-. Banner no hace referencia a ninguna de las asombrosas afirmaciones del Tribunal en esta época. Esto es decepcionante, especialmente porque deshacer estas tomas de poder ha sido el objetivo del movimiento originalista, y quizás uno de los desarrollos más importantes en la historia reciente del Tribunal Supremo.

Así, en sus últimos capítulos, reprocha al Tribunal Roberts (en realidad, al Tribunal Trump) un activismo que en realidad es un intento de deshacer el activismo de los años de los tribunales Warren y Burger. En su lugar, hace aspersiones sin fundamento de que el Tribunal Roberts transformó la libertad de expresión en una herramienta de los poderosos, la cláusula de igualdad de protección en una ayuda para los blancos, y «reinterpretó la Ley de Derecho al Voto para facilitar la supresión del voto de las minorías.»

El desnudo ideológico

El desnudo ideológico de Banner tenía que quebrarse en algún momento. Los «juicios de valor» están incorporados al lenguaje que utilizamos. Casi al final de su historia, Banner afirma que antes del Tribunal de Warren «el Tribunal siempre bloqueaba el cambio social en lugar de fomentarlo», y «el Tribunal ha sido una institución conservadora durante la mayor parte de su historia». Pero, ¿fue «conservadora» la Corte de Marshall, en su protección de los derechos de propiedad y fomento del desarrollo económico? ¿No deberíamos considerar a los jeffersonianos, a quienes disgustaba la llegada del capitalismo moderno, la facción más conservadora? Y a finales de siglo, los populistas bryanistas frustrados por el Tribunal del «laissez-faire» eran los conservadores.

Estas complicaciones revelan cómo Banner utiliza el término «conservador» en un sentido post-progresista (en realidad, post-Taft Court). Del mismo modo, su afirmación de que el Tribunal posterior al New Deal estaba «preocupado por defender a los débiles frente a los fuertes» es dudosa. ¿Son los acusados de delitos penales, o sus víctimas, los débiles? ¿Son los abortistas más débiles que los no nacidos? ¿Los gigantes de los medios de comunicación o las «figuras públicas» a las que difaman? ¿Los pornógrafos?

El sesgo

The Most Powerful Court está bastante sesgado, dando un tratamiento desproporcionado a los recientes desarrollos constitucionales y escamoteando los primeros años. (Y, sin embargo, el libro no contiene prácticamente ningún tratamiento del papel del Tribunal en el auge del Estado administrativo, quizá el rasgo constitucional más significativo de la era moderna). Banner debe haber optado deliberadamente por evitar términos como «debido proceso sustantivo» o «incorporación» de la Carta de Derechos por ser demasiado especializados o técnicos.

Pero este intento de hacer el libro más accesible imposibilita la comprensión de cosas como la incoherencia de las decisiones sobre libertad religiosa de la Primera Enmienda del Tribunal. «Es fácil decir, en abstracto, que el Tribunal exige que el gobierno se mantenga neutral con respecto a la religión», afirma. La Primera Enmienda no dice nada de eso. El lector general no tendrá ni idea de cómo hemos pasado de «el Congreso no promulgará ninguna ley» a la prohibición de la oración en las escuelas públicas.

El papel de una élite brahmática

Aunque Banner no hace esta conexión, uno de los puntos más irónicos de la historia del Tribunal ha sido la relación inversa entre los antecedentes políticos de los jueces y su actividad política una vez en el Tribunal. Banner hace un buen trabajo describiendo el auge del complejo universidad-escuela de derecho-empleado del Tribunal. Hoy en día, los jueces son casi siempre el producto de instituciones de élite de educación superior con experiencia en la facultad de derecho y en tribunales inferiores.

Este no era el caso en el siglo XIX. Muchos abogados y jueces no asistieron a la universidad ni a la facultad de Derecho (incluso en la década de 1940). Los jueces no tuvieron secretarios hasta que Horace Gray contrató a uno por su cuenta en 1882. Muchos jueces habían sido elegidos por sus cualificaciones partidistas y geográficas. Pero eran modestos en sus intentos de legislar desde el estrado. La sensación de ser una élite brahmánica, productos proféticos de la meritocracia de posguerra, la «conciencia de la nación» desde Brown, se les subió a la cabeza a esta rama del establishment.

Proporcionó amplio material para el ingenio mordaz de Antonin Scalia cuando disentía de opiniones inanes escritas por charlatanes fatuos como Anthony Kennedy. Es esta pretensión supremacista judicial de finales del siglo XX lo que el Tribunal Roberts está tratando de desinflar. En última instancia, sólo una mayor humildad judicial despolitizará el Tribunal, y aunque eso puede llevar tiempo, sigue siendo posible.

Ver también

La defensa del “hombre olvidado” por el Tribunal Supremo. (John Mc Ginnins).

Cómo podría el Tribunal Supremo de los Estados Unidos acabar con internet. (Elijah Gullett).

La economía a través del tiempo (XXIII): La Ilíada y el poder del más fuerte

Hasta este momento, se ha analizado de forma soslayada la importancia de los griegos para el pensamiento económico histórico. Lo cierto es que prácticamente cualquier pensador se detiene en esta época, pues es donde nace el pensamiento sistemático y elaborado y los textos más complejos. Uno de ellos es La Ilíada, una de las primeras obras de la Antigua Grecia, escrita alrededor del S. VIII. Si bien es verdad que Homero no pretende realizar un análisis económico en este relato, también lo es que pueden extraerse elementos interesantes y útiles para entender ciertos elementos económicos. Uno de ellos aparece al principio de la obra.

La narración comienza describiendo el secuestro de la hija de Crises (Criseida). Este, ingenuamente, trata de negociar con los aqueos, el grupo de secuestradores. El objetivo es cambiar a su hija por un rescate, algo que los aqueos aceptan de buena gana (Homero, 1995, 3-4). Sin embargo, Agamenón se vio ofendido por dicho pacto e intervino:

No te encuentre, ¡oh anciano!, otra vez en mis cóncavas naves, ni porque permanezcas aquí, ni porque aquí retornes, no podrían valerte ni el cetro del dios ni sus ínfulas. No la quiero entregar. La tendré en mi palacio de Argos hasta que, de su patria alejada, en mi casa envejezca manejando un telar y, además, compartiendo mi lecho, Vete ya; no me irrites, si quieres partir sano y salvo (Homero, 1995, 4).

Agamenón en la Ilíada

En este sentido, si se hace una traslación a lo económico, vemos cómo dos partes han llegado a un acuerdo (la hija por la recompensa) y, sin embargo, existe un elemento externo, en este caso Agamenón, que lo rechaza y decide intervenir. El caso es que la intervención, y lo que deshace el acuerdo entre las partes, se realiza desde la amenaza violenta de quien en ese momento es una figura de autoridad, aunque sus intenciones no sean más que quedarse con la hija para hacerla concubina.

Para llevar a cabo esta intervención, Agamenón no emplea la violencia de forma directa. Meabe (s.f.) explica que “el primer elemento de la estructura interna del Mandato de Agamenón se configura como una dicotomía compuesta por el par ordenado orden><advertencia (p.2)”. Y este monólogo va tomando forma hacia lo agresivo:

La fórmula de la orden en principio aparenta solo una advertencia y toda la primera secuencia, que corresponde a los versos 26-29, se insinúa en esa dirección, pero a medida que Agamenón precisa sus intenciones pone en descubierto su poder y este define al final, en el verso 32 la contracara de la advertencia al ordenarle al sacerdote que no lo provoque (Meabe, s.f., 2).

Ese poder que muestra Agamenón se ve en la referencia a las “cóncavas naves”, pues revela de la capacidad operativa de guerra del caudillo. Así, lo que para el lector moderno puede parecer algo sutil, para el griego de la época, corresponde con una clara advertencia o, más bien, como una forma de dominación:

Ante todo, la dominación normativa tiene como contrapartida, en la estructura interna del mandato de Agamenón, la apropiación física del más débil que se sostiene bajo la forma de una proposición afirmativa y enfática (Meabe, s.f., 4)

Por tanto, Agamenón ejerce esa capacidad de dominación sobre un acuerdo entre partes, algo que, trasladándolo a tiempos más modernos, difiere con el respeto a los pactos que predican las filosofías adscritas al libre mercado. Este caso muestra, también, como es plenamente posible la ruptura violenta de un acuerdo por parte de un agente no gubernamental o estatal, pues el héroe tan sólo ha tenido que hacer ver su capacidad de dominio.

Bibliografía

Homero (1995) Ilíada. RBA

Meabe, J. E. Materiales y notas para la Historia de la Teoría del Derecho Natural del Más Fuerte en la Ilíada de Homero. Instituto de Teoría General del Derecho

Serie La economía a través del tiempo

El conocimiento y la función empresarial en Jovellanos

Recientemente, salía en la prensa cómo nuestro ínclito presidente aprovechaba un acto en el Museo del Ferrocarril para criticar “la ideología neoliberal”. Precisamente en un museo sobre el ferrocarril, impulsado en nuestro país, entre otros, por el Marqués de Salamanca, cuyas labores de financiación -y especulación- fueron determinantes para el desarrollo en España de ese medio de transporte. “Se miró a otro lado, se desreguló, se frenó la construcción de viviendas públicas”, dicen que dijo el inimitable prócer.

Como si la sociedad civil, el libre mercado y la función empresarial desarrollada por propietarios libres no fuesen capaces de cubrir una necesidad como la de la vivienda. Ya a finales del XVIII algunos pensadores españoles eran conscientes del papel de esa sociedad civil y de los estorbos impuestos por la regulación y las decisiones políticas en la economía. Un ejemplo de ello fue Jovellanos, pensador asturiano al que deberían acudir nuestros políticos entre mitin y mitin.

Y es que Jovellanos, en 1795, escribió una obra, su famoso Informe de Ley Agraria, en la que trataba de concretar los principales males que aquejaban a la agricultura de finales del S. XVIII. Resulta llamativo que dividiese esos males -o “estorbos”, como él los llamaba- en tres grandes grupos: i) estorbos políticos o derivados de la legislación; b) estorbos morales o derivados de la opinión y c) estorbos físicos o derivados de la Naturaleza).

Resultaría muy fácil, creo, criticar los planteamientos de nuestro presidente, en relación con la vivienda, a partir de los argumentos que daba Jovellanos hace ya más de doscientos años, y explicar cómo la legislación y los políticos, a través de una sobrerregulación y falta de liberalización, entre otras cosas, del suelo, son precisamente el estorbo que impide que exista una mayor oferta de vivienda y más barata.

“Estorbos morales o derivados de la opinión”

En este artículo, sin embargo, siguiendo lo que apuntábamos en nuestro artículo de diciembre, queremos profundizar en la “función empresarial” y la importancia de la información, según la entienden los economistas de la Escuela Austríaca, relacionándolas precisamente con lo que decía el economista y pensador asturiano en su Informe, al hablar de los estorbos morales. Pero lo que decía Jovellanos a este respecto también debería interesar a nuestros políticos, y mejor nos iría a nosotros si lo hicieran.

Y es que, con el título de “estorbos morales o derivados de la opinión”, el prócer asturiano se estaba refiriendo a la poca importancia que en su sociedad, en general, y en el sector agrícola, en particular, se le daba a un tipo de conocimiento -el que él propugna- que, como pretendemos mostrar en el presente trabajo, tiene, en esencia, los mismas rasgos característicos que destacan, casi dos siglos después, los autores de la Escuela Austriaca al hablar del conocimiento propio de la función empresarial.

Pero incluyendo, además, algunos de los matices en los que, al hablar de “capital intelectual”, se centran los seguidores de esta otra perspectiva (conocida como “Enfoque del Capital Intelectual”), y apuntando también a algunas de las ideas a partir de las que centran sus análisis los seguidores de la “Teoría de la Elección Pública” (o “Public choice”), sobre todo en relación con la información y los incentivos y su importancia (en el artículo de Noviembre hicimos referencia, precisamente, al análisis que de los incentivos hace dicha Escuela, si bien no nos centramos tanto en la cuestión de la “información”).

Conocimiento y función empresarial desde la perspectiva de la Escuela Austriaca

Para los teóricos de la Escuela Austríaca, la idea de la Ciencia Económica parte de un estudio sistemático de la acción humana[1], en el que se buscan las “leyes” de la economía, un conocimiento que pueda indicarnos algo sobre los efectos que pueden esperarse de la aplicación de determinadas medidas o actuaciones.

Así, los problemas económicos (o “catalácticos”, en terminología de Mises) quedan enmarcados en una ciencia más general, de forma que la economía es una parte, si bien la más elaborada hasta ahora, de una ciencia más universal, la praxeología, o teoría general de la acción humana (Mises, Acción Humana, 1966)[2], que no consiste en una ciencia histórica, sino teórica y sistemática, cuyas enseñanzas son de orden puramente formal y general y que aspira a formular teorías que resulten válidas en cualquier caso en el que efectivamente concurran aquellas circunstancias implícitas en sus supuestos y restricciones, constituyendo obligado presupuesto para la aprensión intelectual de los sucesos históricos.

De ahí que, para autores como Mises: “sus afirmaciones y proposiciones no derivan del conocimiento experimental. Como los de la lógica y la matemática, son a priori. Su veracidad o falsedad no puede ser contrastada mediante el recurso a acontecimientos ni experiencias” (Mises, Acción Humana, 1966).  Como consecuencia de todo lo anterior,  la praxeología no puede ser elaborada ni por los métodos del positivismo lógico, ni del historicismo, del institucionalismo, ni por la historia económica, o por la estadística, ya que dichos métodos se ocupan siempre del pasado y, por tanto, no proporcionan, en palabras de Mises, conocimiento referente a una regularidad que se manifieste también en el futuro (Mises, Problemas Epistemológicos de Economía, 1933).[3]

En definitiva, la Economía, como parte de la ciencia de la acción humana, no es sino la encargada de elaborar una teoría en torno a la ejecución de operaciones de cambio, en las que los objetos que están a disposición de la acción se emplean de manera que, dadas las circunstancias, garanticen el máximo de bienestar, renunciándose a satisfacer necesidades menos apremiantes para satisfacer otras más urgentes (Mises, El Socialismo, 1922). Así, se entiende por empresario[4] al sujeto que actúa para modificar las circunstancias del presente y conseguir sus propios y personales objetivos o fines, a través de los medios escasos que subjetivamente considera más adecuados, de acuerdo con un plan y desarrollando su acción en el tiempo.

Pero para entender la naturaleza de dicha función empresarial es imprescindible tener presente el papel esencial que juega la información o conocimiento que posee el actor; una información que le sirve, en primer lugar, para percibir o darse cuenta de nuevos fines y medios, y que, por otra parte, modifica los esquemas mentales o de conocimiento que posee el propio sujeto.

De esta forma, si, como señala Hayek, el problema económico de la sociedad se concreta, principalmente, en la pronta adaptación a los cambios según las circunstancias particulares de tiempo y lugar -para poder alcanzar, cada vez, situaciones menos insatisfactoria para el individuo, de acuerdo con la evolución de sus fines y la distinta utilidad subjetiva que se les reconoce a los medios escasos disponibles-, las decisiones empresariales tendrán, en principio, más éxito si son ejecutadas por quienes están familiarizados con estas circunstancias, es decir, por quienes conocen de primera mano los cambios pertinentes y los recursos disponibles de inmediato para satisfacerlos  (Hayek, El uso del conocimiento en la sociedad, 1945).

Vemos, por tanto, que se hace imprescindible un conocimiento subjetivo y práctico, centrado en las circunstancias subjetivas particulares de tiempo y espacio, y que verse, como decíamos, tanto sobre los fines que pretende el actor y que él cree que persiguen el resto de actores, como sobre los medios que el actor cree tener a su alcance para lograr los citados fines. Un conocimiento, por tanto, que no es teórico, sino práctico, y que, en consecuencia, es de carácter privativo y disperso[5], que no es algo “dado” que se encuentre disponible para todo el mundo, sino que se encuentra “diseminado” en la mente de todos y cada uno de los hombres y mujeres que actúan y que constituyen la humanidad (Huerta de Soto, 1992).

Se trata, por tanto, de un planteamiento radicalmente distinto al neoclásico[6]. Ello no obstante, tal y como señala Hayek, “es difícil que haya algo de lo que ocurre en el mundo que no influya en la decisión que debe tomar” el empresario; aun así, para llevar a cabo acciones empresariales no se necesita conocer todas las circunstancias y acontecimientos, ni tampoco todos sus efectos (Hayek, El uso del conocimiento en la sociedad, 1945)[7].

Por otra parte, y en una visión muy compatible con la perspectiva de la Escuela Austriaca que acabamos de explicar, nos encontramos con el Enfoque de Capital Intelectual, expuesto entre otros por Christian Stam (Stam, 2006), y que entiende el conocimiento como aquel recurso intangible, originado en el factor humano, que puede crear valor, siendo la manera de integrar el conocimiento tácito y privativo en la empresa uno  de los aspectos fundamentales en los que se centra este enfoque. Así, el “capital intelectual” no es sino una “metáfora” que describe la importancia de los recursos intangibles y se refiere no sólo al conocimiento en sentido estricto, sino a las habilidades y capacidades humanas en sentido general.

Los estorbos morales, o derivados de la opinión, según Gaspar de Jovellanos

Tal y como resume Guillermo Carnero (Carnero, 1998), el Consejo de Castilla inició un Expediente de Ley Agraria en los años 60 del Siglo XVIII, pidiendo a los intendentes informes sobre la situación del agro en sus demarcaciones y sobre eventuales reformas. Se reunió así gran cantidad de información que fue remitida, en 1777, a la Real Sociedad Económica Matritense para su examen e informe por la sección de Agricultura.

El asunto –debido a su carácter técnico, a su envergadura política y a su enorme amplitud- fue objeto de una gestión lenta y poco ágil. En 1783 hubo de constituirse una comisión de Ley Agraria, formada por catorce miembros, uno de los cuales era Jovellanos. A petición de la misma se imprimió al año siguiente el Memorial ajustado que organizaba y refundía la documentación de 1977, con la finalidad de facilitar su manejo. En 1787, la Sociedad y la comisión delegaron en Jovellanos, que tardó otros siete años en concluir el Informe.

Así, en 1795 apareció, impreso por la Real Sociedad Económica Matritense, el “Informe de la Sociedad Económica[8] de esta Corte al Real y Supremo Consejo de Castilla en el Expediente de Ley Agraria, extendido por su individuo de número, El Sr. D. Gaspar Melchor de Jovellanos, a nombre de la Junta encargada de su formación, y con arreglo a sus opiniones[9]” y que comienza con un resumen histórico de la evolución de la agricultura en nuestro país hasta su época, para repasar después, de manera esquemática, los males tradicionales de la agricultura española, vigentes aún en la época, dividiéndolos en tres clases de trabas u “obstáculos”: políticos, morales y físicos.

De los tres tipos de obstáculos, los que a nosotros nos interesan en éste momento son los obstáculos morales, que Jovellanos divide fundamentalmente en dos:

  1. La falta de conciencia de que la agricultura es la actividad económica primordial y de la que realmente depende la prosperidad de un país, rebatiendo la que él pensaba que era la idea predominante en su época, según la cual la prosperidad dependía de la industria, el comercio y la navegación[10]. Eso llevaba, según él, a una economía que dependía del extranjero para subsistir, con los avatares de las coyunturas políticas y los cambios político-comerciales y de hábitos de consumo de otros países.
  2. La falta de reconocimiento y consideración con que se trata a las ciencias[11] exactas, físicas, naturales y experimentales[12], especialmente las aplicables a la mejora de las técnicas de cultivo[13]. En opinión de Jovellanos, dicho cambio de mentalidad no se podía esperar de la Universidad española, anquilosada y escolástica[14], ni debía orientarse hacia las disquisiciones puramente teóricas, sino hacia aplicaciones prácticas y a personas directamente dedicadas y/o interesadas en la agricultura (propietarios y campesinos principalmente)[15]. Para ello recomendaba la creación, en ciudades y villas de importancia, de centros semejantes a su Instituto Asturiano de Gijón (y no a las Universidades de la época) en los que pudiesen formarse los propietarios[16], así como de una enseñanza primaria, para que los campesinos aprendan a “leer, escribir y contar”, a fin de que puedan “perfeccionar las facultades de su razón y de su alma” y percibir las sublimes verdades “sencillas y palpables de la física, que conducen a la perfección de sus artes”. Dentro de su plan, estaba utilizar al clero secular[17] para para aplicar sus planteamientos, dado que estaba ya diseminado y establecido en el medio rural, gozando de audiencia y credibilidad, y con un coste nulo para el Estado. No sólo eso. En opinión del patricio asturiano, tanto los propietarios como los campesinos y los párrocos debían disponer de publicaciones de fácil comprensión[18], elaboradas por las Sociedades de Amigos del País, que los formaran en técnicas de preparación de la tierra y siembra, así como en el uso de mejores y más modernos instrumentos de cultivo.

Conclusiones

Como se puede ver a partir del resumen que hemos hecho de la segunda parte del Informe, el planteamiento que Jovellanos desarrolla en la obra da una gran importancia al conocimiento, pero entendido en un sentido amplio, sin limitarlo a la mera información teórica, pero reconociéndole a la física, a las matemáticas y a las ciencias experimentales en general, su importancia; acentuando la necesidad de que se fije en la resolución de los problemas prácticos, pero sin olvidar los teóricos.

Reconociendo implícitamente que no es necesario que se conozcan todas las circunstancias, todos los acontecimientos, todos los efectos, aunque sí unos mínimos; un conocimiento dirigido a las personas directamente relacionadas con el sector en el que se va a aplicar y, por supuesto, siempre  atento a las innovaciones y mejoras, permanentes y dispersas, que se van descubriendo (en otras zonas o por otras personas), a fin de poder incorporarlas inmediatamente al proceso productivo, en un proceso que se retroalimenta.

 En definitiva, un conocimiento que tiene los mismos rasgos y las mismas características que destacan los autores de la Escuela Austriaca al hablar del conocimiento propio de la función empresarial, y que, si bien Jovellanos no lo refiere a la “empresa” como estructura creadora y aglutinadora, sí lo entiende como un “intangible” (estorbo “moral o de la opinión”, lo denomina él), que va más allá del mero conocimiento intelectual, en sentido estricto, y que incluye otras muchas habilidades del ser humano.

Un conocimiento, en definitiva, ignorado por la Escuela Neoclásica y por nuestro querido Presidente, para quien nada bueno parece que puede haber en el mundo si no es él o su gobierno quien lo fomenta.

Bibliografía

Carnero, G. (1998). Introducción. En G. Jovellanos, & Cátedra (Ed.), Informe sobre la Ley Agraria (1998 ed.). Real Sociedad Económica Matritense.

Carrera Pujal, J. (1945). Historia de la Economía Española (Vol. Tomo IV). Barcelona: Bosch.

Hayek, F. (1945). El uso del conocimiento en la sociedad. American Economic Review XXXV Nº 4.

Hayek, F. (s.f.). El Uso del conocimiento en la Sociedad.

Huerta de Soto, J. (1992). Socialismo, Cálculo Económico y Función Empresarial. Madrid: Unión Editorial.

Jovellanos, G. (1795). Informe de Ley Agraria. Madrid: Sociedad Económica de Madrid.

Llombart, V. (2011). El pensamiento económico de Jovellanos y sus intérpretes. En d. L.-V. Fernández Sarasola, Jovellanos, el valor de la razón (1811-2011). (págs. 75-105). Gijón: Instituto Feijó de Estudios del Siglo XVIII.

Mises, L. (1912). La Teoría del Dinero y del Crédito (1997 ed.). Madrid: Unión Editorial.

Mises, L. (1922). El Socialismo (2000 ed.). (U. Editorial, Ed.)

Mises, L. (1933). Problemas Epistemológicos de Economía (2013 ed.). (U. Editorial, Ed.)

Mises, L. (1966). Acción Humana (2001 ed.). (U. Editorial, Ed.) Nueva York.

Sarrailh, J. (1954). La España ilustrada en la segunda mitad del Siglo XVIII (1979 ed.). (F. d. Económica, Ed.)

Stam, C. (2006). The Intellectual Capital Perspective. Sustainable Program on Intellectual Capital Education. Centre for Research in Intellectual Capital INHOLLAND University of Professional Education.

Vicens Vives, J. (1958). Historia Económica de España (1987 ed.). Barcelona: Editorial Vicens Vives.

Zanotti. (2003). Estudio Preliminar. En L. Mises, Teoría e Historia. Madrid: Unidad Editorial.

Zanotti, G. (2011). Conocimiento Versos información. Madrid: Unión Editorial.

Notas

[1]Los elementos constitutivos de la acción humana, imprescindibles para un correcto estudio de la misma, y que no son siempre tenidos en cuenta por otras Escuelas Económicas son: los objetivos perseguidos por el sujeto, el valor que se asigna a los mismos, los medios escasos disponibles –y la utilidad o apreciación subjetiva, también cambiante, que se les da a esos medios-, el plan de acción y el tiempo requerido por la acción.

[2] Págs. 3-4. El propio Mises señala, en la página 11 de la misma obra, que “en el estado actual del pensamiento económico y de los estudios políticos referentes a las cuestiones fundamentales de la organización social, ya no es posible considerar aisladamente el problema cataláctico propiamente dicho. Estos problemas no son más que un sector de la ciencia general de la acción humana, y como tal deben abordarse”.

[3] Para una crítica de la postura metodológica misiana, es interesante la crítica que hace el profesor Zanotti (Zanotti, 2003).

[4] En un sentido que, como señala el profesor Huerta de Soto (Huerta de Soto, 1992) puede parecer demasiado amplio “y no acorde con los usos lingüísticos actuales”, pero que “responde a una concepción de empresarialidad cada vez más elaborada y estudiada por la ciencia económica”.

[5] En este sentido, es interesante recordar lo señalado por el profesor Huerta de Soto (Huerta de Soto, 1992):“el conocimiento generado en el proceso social, relevante a efectos empresariales, seguirá siempre siendo un conocimiento de tipo tácito y disperso, y, por tanto no transmisible a ningún centro director, y el futuro desarrollo de los sistemas informáticos y de los ordenadores incrementará aún más el grado de complejidad del problema para el órgano director, pues el conocimiento práctico general con la ayuda de tales sistemas se hará progresivamente más complejo, voluminoso y rico”.

[6] Las diferencias, por tanto, entre el planteamiento austriaco que seguimos y el de los neoclásicos,  a los que nos referíamos al inicio, es, por tanto clara. Mientras que los segundos se basan en modelos de competencia perfecta que suponen un conocimiento perfecto, los economistas austriacos, con Hayek y Mises a la cabeza, enfatizan que la información de los agentes económicos es limitada.

Así, mientras aquéllos parten de la hipótesis del conocimiento perfecto como núcleo central de la teoría y luego agregan como hipótesis  posterior, la de información incompleta en sus modelos,  los austriacos parten de que el conocimiento es incompleto, imperfecto, disperso, limitado (ese es el núcleo central de la teoría) y luego tienen en cuenta la posibilidad del aprendizaje como mecanismo que corrige, al menos en parte, la limitación de dicho conocimiento. En este sentido, es muy interesante analizar lo manifestado por el profesor Zanotti (Zanotti G. , 2011) en las páginas  60-61 de la obra que citamos.

[7] “No le importa la razón por la que un determinado momento se necesiten más tornillos de un tamaño que de otro, ni por qué las bolsas de papel se consigue más fácilmente que las de tela, ni porqué sea más difícil conseguir trabajadores especializados o una máquina determinada. Todo lo que le importa es determinar cuán difícil de obtener se han vuelto estos  productos en comparación con otros que también le interesan, o el grado de urgencia con que se necesitan los productos alternativos que produce o usa” (Hayek, El uso del conocimiento en la sociedad, 1945).

[8] Las Sociedades Económicas de Amigos del País son reuniones de hombres “generosos y competentes que, a la manera de academias locales, se van constituyendo en las ciudades importantes de España, en cada capital de provincia en general, a partir de tertulias de amigos, y que tienen como único objetivo la prosperidad del país, y cuyos programas de trabajo tienden invariablemente a resultados prácticos, precisos y útiles. Dichas sociedades parecen creadas a imitación de otras corporaciones extranjeras en que alienta el mismo afán de prosperidad nacional, y cuya historia y actividad fue estudiada por algunos españoles (Sarrailh, 1954).

Para Vicens Vives (Vicens Vives, 1958), el influjo de las Sociedades Económicas se hizo patente en muchas direcciones: captando las simpatía de los poderosos, dando ejemplo de nuevas prácticas (en 1807 la Sociedad Económica de Valladolid instaló a este efecto una Huerta del Rey), etc. Sin embargo, el principal objetivo de los innovadores fue la conquista de las palancas de poder.

[9] Es importante tener en cuenta que, al redactarlo, Jovellanos no actuó como quien expresa sin limitaciones su pensamiento en el ámbito de la teoría, sino que se vio obligado a subordinar ese pensamiento a dos consideraciones: Una de índole corporativa, ya que escribía y publicaba en nombre de la Sociedad Matritense, de su “clase” o “sección” de agricultura y de su comisión de Ley Agraria; y la otra de índole práctica y política, que le obligaba a descartar lo que, aun siendo preferible desde un punto de vista teórico, fuere inaplicable a la realidad que él conocía, y a temer que la proposición de medidas demasiado radicales diera al traste con la posibilidad de efectuar reformas cuya efectividad descansaba en la moderación y la transacción (Carnero, 1998).

[10] Los Gobiernos “han aspirado a establecer su poder sobre la extensión del comercio, y desde entonces la balanza de la protección se inclinó hacia él” (Jovellanos, 1795).

[11] Tal y como señala Sarrailh (Sarrailh, 1954), la masa rural de la España de la segunda mitad del S. XVIII, sufre una miseria espiritual más temible aún que su estrechez económica, y que hace aún más trágico su destino, “en todas partes reinan la ignorancia, la creencia en lo maravilloso y las supersticiones de toda índole”.

Los españoles ilustrados reclaman a grandes voces la fundación de escuelas y  las Sociedades económicas multiplican sus esfuerzos generosos para instruir a los campesinos y a sus hijos, precisamente porque el pueblo carece de los conocimientos más elementales. Como expresamente señala Sarrailh, “es enorme el número de analfabetos” (Sarrailh, 1954).

Lo llamativo de Jovellanos, sin embargo, en comparación con sus contemporáneos, es el protagonismo que le da a dicha ignorancia, el tipo de saber –entendido en sentido amplio- que considera necesario para el desarrollo y mejora de la agricultura, y las medidas que pretende instaurar para su solución.

[12] “Para que los institutos propuestos sean verdaderamente útiles convendrá formar unos buenos elementos, así de ciencias matemáticas como de ciencias físicas, y singularmente de éstas últimas; unos elementos que, al mismo tiempo, reúnan cuantas verdades y conocimientos puedan ser provechosos y aplicables a los usos de la vida civil y doméstica” (Jovellanos, 1795).

[13] “Dígnese, pues, V.A. de restaurarlas en su antigua estima; dígnese de promoverlas de nuevo, y la agricultura correrá a su perfección. Las ciencias exactas perfeccionarán sus instrumentos, sus máquinas, su economía y sus cálculos, y los abrirán además la puerta para entrar al estudio de la naturaleza (…). La historia natural, presentándole las producciones de todo el globo, le mostrará nuevas semillas, nuevos frutos, nuevas plantas y hierbas que cultivar y acomodar a él, y nuevos individuos del reino animal que domiciliar en su recinto.

Con estos auxilios descubrirá nuevos modos de mezclar, abonar y preparar la tierra, y nuevos métodos de romperla y sazonarla. Los desmontes, los desagües, los riesgos, la conservación y el beneficio de los frutos, la construcción de trojes y bodegas, de molinos, de lagares y prensas, en una palabra, la inmensa variedad de artes subalternas y auxiliares del arte grande de la agricultura, fiadas ahora a prácticas absurdas y viciosas, se perfeccionarán a la luz de estos conocimientos, que no por otra causa se llaman útiles que por el gran provecho que puede sacar el hombre de su aplicación y socorro de sus necesidades” (Jovellanos, 1795).

[14] “Tampoco propondrá la Sociedad que se agregue esta especie de enseñanza al plan de nuestras universidades. Mientras sean lo que son y lo que han sido hasta aquí; mientras estén dominadas por el espíritu escolástico, jamás prevalecerán en ellas las ciencias experimentales (…) tantas cátedras, en fin, que sólo sirven para hacer que superabunden los capellanes, los frailes, los médicos, los letrados, los escribanos y sacristanes mientras escasean los arrieros, los marineros, los artesanos y los labradores, ¿no estaría mejor suprimirlas, y aplicada su dotación a esta enseñanza provechosa?” (Jovellanos, 1795).

[15] “La agricultura no necesita discípulos adoctrinados en los bancos de las aulas, ni doctores que enseñen desde las cátedras, o asentados en derredor de una mesa. Necesita de hombres prácticos y pacientes, que sepan estercolar, arar, sembrar, coger, limpiar las mieses, conservar y beneficiar los frutos, cosas que distan demasiado del espíritu de las escuelas, y que no pueden ser enseñadas con el aparato científico” (Jovellanos, 1795).

[16]“Sólo propondrá a V.A. que multiplique los institutos de útil enseñanza en todas las ciudades y villas de alguna consideración, esto es, en aquéllas que sea numerosa y acomodada la clase propietaria” (Jovellanos, 1795).

[17] “La Sociedad mira como tan importante esta función que quisiera verla unida a las del ministerio eclesiástico. Lejos de ser ajena de él, le parece conforme a la mansedumbre y caridad que forman el carácter de nuestro clero, y a la obligación de instruir a los pueblos que es tan inseparable de su estado. Cuando se halle reparo en agregar esta pensión a los párrocos, un eclesiástico en cada pueblo y en cada feligresía, por pequeña que sea, dotado sobre aquella parte de diezmos que pertenece a los prelados, mesas capitulares y beneficios simples, podría desempeñar la enseñanza a la vista y bajo la dirección de los párrocos y jueces locales.

¿Qué objeto más recomendable se puede presentar al celo de los reverendos obispos ni al de los magistrados civiles, y qué perfección no pudiera reunirse a ella la del dogma y de los principios de moral religiosa y política?” (Jovellanos, 1795).

[18] “Cree la Sociedad que el medio más sencillo de comunicar y propagar los resultados de las ciencias útiles entre los labradores sería el de formar unas cartillas técnicas, que en estilo llano y acomodado a la comprensión de un labriego, explicasen los mejores métodos de preparar las tierras y las semillas, de sembrar, recoger, escardar, trillas y aventar los granos, de guardar y conservar los frutos y reducirlos a caldos o a harinas; que describiesen sencillamente los instrumentos y máquinas de cultivo, y su más fácil y provechoso uso” (Jovellanos, 1795).

Ver también

No sólo tuvimos a los de la Escuela de Salamanca. (Jaime Juárez).

Breve aproximación al liberalismo en España. (Mateo Rosales).

A Rothbard le agradezco: la imaginación

¿Qué podría escribir sobre Murray N. Rothbard? Falleció el 7 de enero de 1995, antes de cumplir 70 años, en un momento de mi vida en el que aún estaba en el colegio y desconocía completamente su existencia. Sólo lo conozco de manera indirecta, a través de anécdotas escuchadas en conferencias de otros autores. Uno de ellos, Hans-Hermann Hoppe, quien merece mi mayor respeto y puede considerarse uno de sus estudiantes más rigurosos en continuar su legado, describe cómo Rothbard llevó una existencia “marginal” en el ámbito académico. Esta circunstancia es testimonio de su grandeza intelectual.

En gran medida, Rothbard fue relegado al ostracismo por las instituciones académicas tradicionales en los Estados Unidos, lo que lo llevó a ganarse la vida durante una etapa significativa como empleado a medio tiempo en instituciones de menor renombre, como el Instituto Politécnico de Brooklyn. Allí no existía un departamento de economía; lo más cercano era un departamento de ciencias sociales, que Rothbard calificó como predominantemente marxista.

Sin embargo, aprovechó el tiempo libre que esta situación le ofrecía para trabajar en su obra, logrando, a través de sus escritos, atraer a un amplio número de estudiantes y seguidores. Así, se convirtió en el creador y uno de los principales impulsores del movimiento libertario contemporáneo. Desde 1986 hasta su fallecimiento, Rothbard mantuvo un puesto en la Universidad de Nevada, Las Vegas (UNLV), donde continuó dejando su huella intelectual.

Insaciable curiosidad

Como evidencia adicional de su carácter, recuerdo un evento en el Instituto Ludwig von Mises donde un conferencista relató al auditorio cómo Rothbard, en conferencias sobre los avances más recientes de la Escuela Austriaca de Economía o sobre política libertaria, no podía contener su entusiasmo y se movía casi incontrolablemente en su silla, emocionado por las ideas que tanto lo apasionaban. Allí, entre semejantes, disfrutaba discutiendo las ideas que más lo hacían feliz.

También recuerdo otra anécdota, compartida por un expositor, que describía cómo Rothbard seguía con interés los últimos marcadores de los torneos de baloncesto, mostrando un lado mundano y afable. Además, se mencionó que tenía la costumbre de asistir a conferencias sobre temas y disciplinas ajenas a la economía o la teoría política, algo que no representaba un obstáculo para él. Solía escuchar un par de ponencias, tomar todos los textos que se estuvieran discutiendo y llevarlos a casa para leerlos con detenimiento. Este comportamiento refleja su insaciable curiosidad y su constante búsqueda de conocimiento, características que definieron tanto su personalidad como su legado intelectual.

Tomando cerveza

Todo esto nos revela el carácter de Rothbard: un hombre con gustos mundanos, posiblemente similares a los nuestros, dispuesto a compartirlos entre risas y chistes, tomándose con nosotros una cerveza, relatando anécdotas llenas de espontaneidad y calidez. Sin embargo, también era capaz de transformarse en un combativo pugilista intelectual, dispuesto a desplegar argumentos de la más alta fineza y rigor, sin reservas, para erradicar, como si usara un lanzallamas, cualquier confusión o error conceptual. Rothbard encarnaba al profesor ideal, el mentor que habría querido tener, pero que el destino no me permitió conocer.

Siendo que solo lo conozco indirectamente, mal hacía dedicándole este breve texto a su carácter. Le dejaré eso a quienes tuvieron el privilegio de haberlo conocido directamente como amigo, colega o profesor. Me resta, entonces, dedicarle este esfuerzo a su obra y, concretamente, a lo que ha significado para mí.

Reflexión malagradecida

La obra de Rothbard, compuesta por cientos de artículos y más de 20 libros sobre teoría política, economía e historia, es difícil de resumir brevemente debido a su magnitud y profundidad. Personalmente, gran parte de su producción ha sido de una relevancia excepcional para mí. Con Man, Economy, and State, avancé y profundicé mis conocimientos adquiridos al leer Acción Humana de Ludwig von Mises, un libro que releo constantemente. Power and Market es una referencia clave que utilizo como guía en mi curso de Derecho Económico. Por medio de The Ethics of Liberty, descubrí una ética basada en principios libertarios y en el derecho natural, lo que me llevó a adoptar el libertarismo y, en particular, el anarco-capitalismo.

Con What Has Government Done to Our Money?, entendí la naturaleza maliciosa de la expansión artificial y fraudulenta de la oferta monetaria promovida por los bancos centrales. Finalmente, gracias a An Austrian Perspective on the History of Economic Thought, me encontré con el mejor recuento histórico del pensamiento económico que jamás haya leído. Esta obra moldeó mi interpretación de la ciencia económica como una lucha entre dos escuelas de pensamiento opuestas: la Escuela Austriaca de Economía y el resto.

Un profundo agradecimiento

Al hacer este recuento de su obra y mencionar brevemente la influencia que ha tenido en mí, surge en primer lugar el impulso de reflexionar sobre algunas discusiones que Rothbard pudo haber avanzado, pero que, al no darles prioridad, privó al mundo —y a todos nosotros, sus hijos intelectuales— de contar con su perspectiva sobre ciertos temas. Si me permitiera entretener esta idea, caprichosa y quizá injusta, podría señalar el retraso que representó su limitada atención a una teoría de la firma esencialmente austriaca, habiéndose enfocado únicamente en discutir los límites de las empresas como un problema derivado del cálculo económico. Del mismo modo, ese impulso me llevaría a reprocharle su reticencia a desarrollar una teoría robusta de eficiencia dentro del marco austriaco.

Pero no haré nada de esto en esta ocasión. En cambio, haré algo que nunca he hecho antes: expresar mi más profundo agradecimiento. Las enseñanzas que podemos extraer de la obra que nos legó Rothbard, junto con los testimonios sobre su carácter —que nos hacen lamentar no haber tenido el privilegio de conocerlo personalmente—, deben ser vistas como un gran beneficio externo, una verdadera externalidad positiva.

Gracias por la imaginación, profesor

No los tomamos como fallos del mercado —porque estos no existen—, sino como obsequios que Rothbard dejó a la humanidad, trabajando incansablemente, muchas veces en el silencio de la noche, en su búsqueda de la verdad en cada página que escribió. En particular, aprovecho esta oportunidad para agradecerle por algo en lo que he caído en cuenta recientemente —y estoy seguro de que no soy el único. A Murray N. Rothbard le agradezco profundamente por la constante exhortación, presente en toda su obra, a imaginar un mundo libre.

Como estudiante de Derecho, pronto me di cuenta de la constante intervención del Estado y todas sus agencias en la sociedad. Se me enseñaba que fuera de los límites del Estado solo existían monstruos furiosos, dispuestos a destruir la vida en todas sus formas y, especialmente, la civilización humana. Dentro del Estado todo, fuera de él nada, excepto oscuridad y ridiculización.

El decubrimiento de Murray N. Rothbard

A medida que avanzaba en la carrera, los profesores que encontraba reforzaban la idea de que la única fuente de orden y prosperidad era el Estado. Y ridiculizaban cualquier alternativa al estatismo. En ese momento, no tenía las herramientas teóricas ni el marco conceptual para sostener mi intuición de que algo no estaba bien. Sin embargo, tras leer The Ethics of Liberty, me encontré con su otro libro, For a New Liberty, donde Rothbard expone de manera clara y sencilla los principios del libertarismo y propone una alternativa radical al Estado y sus políticas coercitivas.

Lejos de conceder un ápice a posiciones conservadoras o estatistas, Rothbard aprovechó la única oportunidad de su vida para ofrecernos el paquete completo del libertarismo en su máxima expresión. Con esta obra, nos presenta no la reducción del Estado, ni la eliminación parcial de algunas de sus agencias, sino su eliminación total y desde la raíz. No nos propone un enfoque de asignación de derechos de propiedad con fines de eficiencia, sino la devolución al mercado libre de toda la producción, incluida la de los servicios de defensa de la propiedad. Y no aboga por reducir el Estado de bienestar, sino por su total eliminación. Con For a New Liberty, y con toda su obra en general, Rothbard no nos ofrece soluciones transicionales ni medidas intermedias, sino que nos presenta una visión de lo que podría ser la libertad, mostrando cómo se vería un mundo verdaderamente libre.

La justicia

Una de las grandes obsesiones de mi vida ha sido la producción privada del servicio de justicia. Y, en este ámbito, Rothbard ofrece una descripción fascinante de un sistema judicial en una sociedad libertaria. En su visión, las cortes son entidades privadas y competitivas, libres del monopolio estatal. Bajo este modelo, las disputas se resuelven de manera voluntaria, con las partes en conflicto eligiendo de mutuo acuerdo una corte o un árbitro para decidir el caso, fundamentándose en el consentimiento y evitando cualquier forma de coerción. Estas cortes aplican normas y principios jurídicos aceptados por la comunidad, alineados con los derechos de propiedad y la libertad individual, centrándose principalmente en la restitución a la víctima en lugar de imponer castigos estatales.

La competencia entre múltiples cortes no sólo fomenta la eficiencia y la calidad en la prestación de servicios judiciales, sino que también elimina los incentivos para el abuso de poder y promueve la innovación en la resolución de conflictos. Permite a los individuos elegir y cambiar de proveedor si consideran que una corte no es imparcial o adecuada. Este enfoque, profundamente arraigado en los principios libertarios, ofrece una alternativa revolucionaria a los sistemas tradicionales de justicia estatal.

Una visión de un mundo libre

Rothbard, a partir de su profunda y clara comprensión de los principios del libertarismo, solo puede ofrecernos una imagen de lo que podría ser el resultado del concierto de acciones libres de los individuos. Esto se debe a que nadie puede predecir con precisión cómo funcionaría el mercado libre en la producción de cualquier bien o servicio, ya sea pan, decisiones judiciales o el uso legítimo de la fuerza. Esa labor corresponde al empresario, quien, guiado por la información transmitida por el sistema de precios, ejerce su juicio, asume riesgos y enfrenta la posibilidad de pérdidas o ganancias.

Aunque eso es lo único que Rothbard puede hacer, al igual que cualquiera de nosotros, su logro radica en brindarnos una visión de un mundo libre a través de lo que imaginó sería dicho mundo. Esa imaginación, aunque sólidamente fundamentada en primeros principios y en un sistema de intercambios voluntarios, no deja de ser una proyección idealista que nos entrega a través de su obra, invitándonos a reflexionar sobre el potencial de la libertad.

Ciencia, no ficción, sobre una realidad posible

La ciencia ficción se distingue por ofrecernos imágenes de posibilidades que, aunque científicas y prácticamente plausibles, aún no se han materializado debido a la ausencia de las condiciones necesarias. De manera similar, lo que imaginó Julio Verne en De la Tierra a la Luna se convirtió en una idea que la mente humana utilizó para moldear el mundo, transformando lo imaginado en los viajes espaciales que hoy conocemos, como los proyectos de Elon Musk. Del mismo modo, aunque el trabajo de Rothbard está lejos de ser ciencia ficción, sus visiones podrían llegar a ser la base sobre la cual la humanidad, utilizando la razón y la acción libre, transforme lo dado en lo que sería un mundo verdaderamente libre.

Por esta razón, estoy profundamente agradecido con Rothbard: por haber sembrado en mi mente la imagen de un mundo libre y haber encendido en mí el afán de construir y proponer continuamente ideas para dar forma a esa visión. Él no solo nos dejó un conjunto de principios y argumentos sólidos, sino también una invitación constante a imaginar lo que la humanidad puede alcanzar cuando se guía por la libertad. Estas propuestas, aunque sujetas a las preferencias y decisiones de los hombres libres en el futuro, tienen el poder de transformar el mundo tal como lo conocemos.

Rothbard no solo fue un pensador, sino un soñador que, con su obra, nos legó una hoja de ruta para explorar los vastos horizontes de la libertad. Al terminar estas reflexiones, solo puedo agradecerle por recordarnos que la verdadera transformación comienza con la imaginación de lo posible, y que cada uno de nosotros tiene el poder de contribuir a esa visión, paso a paso, en la construcción de un mundo realmente libre.

Ver también

Polémicas sobre Rothbard: historia, epistemología, órdenes espontáneos, dinero, ética y sectarismo. (Adrián Ravier).

10 mitos sobre Murray Rothbard. (Adolfo Lozano).

Rothbard: anatomía del Estado. (Daniel Monena Vitón).