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¿Es moralmente correcto permitir el sufrimiento ajeno?

La mente del hombre es su herramienta básica de supervivencia. La vida se le da, la supervivencia no. Su cuerpo se le da, el sustento de éste no. Para permanecer vivo ha de actuar, y antes de poder actuar tiene que conocer la naturaleza y el propósito de su acción. No puede obtener su alimento sin un conocimiento de lo que es alimento y de la manera de obtenerlo. Para permanecer vivo, tiene que pensar.

Todo lo que es apropiado para la vida de un ser racional es lo bueno; todo lo que la destruye es lo malo.

Fragmento del Discurso de Galt en La Rebelión de Atlas

La moralidad objetivista

Para el objetivismo, la moralidad comienza con la vida como el estándar último de valor. El propósito moral del hombre es actual racionalmente para preservar su propia vida y lograr la felicidad, ya que cada hombre es un fin en sí mismo y existe para sí mismo.

Ayn Rand escribió:

El hombre debe vivir para su propio beneficio, sin sacrificarse a sí mismo por otros, ni sacrificar a otros para sí mismo

Ayn Rand. La virtud del egoísmo

Esto no significa ignorar a los demás ni causar sufrimiento, pero sí implica que nadie tiene el derecho de exigir sacrificios por parte de otros. 

La moralidad objetivista es un código de valores basado en la razón, cuyo propósito es permitir que el individuo viva y prospere. No implica subordinar la vida de uno al bienestar de los demás, sino actuar en interés propio de manera racional, respetando los derechos y libertades de los demás.

Rand critica duramente el altruismo, entendido como la idea de que el sacrificio por los demás es la esencia de la moralidad. El altruismo niega el valor intrínseco del individuo, convirtiendo a las personas en medios para los fines de otros y como dijo Rand, no puede haber nada más inmoral que eso: “No puede haber algo más inmoral que pedir a un hombre que se sacrifique por otro” (La Virtud del Egoísmo).

La moral altruista

Los sistemas colectivistas (de moral altruista) utilizan el sufrimiento como justificación para intervenir coercitivamente en la vida de los individuos. El altruismo obligatorio lleva al uso de la fuerza y a la violación de los derechos, lo que destruye tanto la libertad como la prosperidad. Esto puede verse en países con sistemas de bienestar coercitivo.

Por ejemplo, en algunos estados europeos, los altos impuestos redistributivos han desincentivado la productividad, ya que los más talentosos o trabajadores se ven obligados a sostener a quienes no contribuyen, reduciendo así la motivación para innovar y trabajar más y haciendo que muchos emprendedores y empresas innovadoras decidan instalarse en países que no les penalicen tanto, lo que ha generado una masiva fuga de talentos y de capital de países europeos a países con más libertad como Estados Unidos.

Esto conecta directamente con los gobiernos socialdemócratas, que son mayoría hoy en el mundo, los cuales justifican las políticas de redistribución de riqueza como un medio para reducir el sufrimiento. Sin embargo, al obligar a unos a sacrificar los frutos de su trabajo para beneficio de otros, se viola el principio de intercambio voluntario y el derecho a la propiedad privada.

Robarle el fruto de su trabajo a quien se lo ha ganado para dárselo a quien no se lo ha ganado, en lugar de aliviar el sufrimiento generan nuevos problemas como resentimiento y falta de seguridad jurídica de una parte y falta de incentivos y dependencia de la otra parte. Esto desemboca en una disminución del bienestar general. Esto puede observarse en países como Argentina, donde los subsidios sociales han generado generaciones dependientes del Estado en lugar de fomentar la autosuficiencia. Lo que demuestra que intentar aliviar el sufrimiento mediante coerción no solo es inmoral, sino que a menudo empeora la situación para todos.

Cuando se fuerza al hombre a actuar sin recompensa, se lo convierte en un esclavo; y cuando se recompensa a alguien sin esfuerzo, se lo convierte en un parásito.

Ayn Rand. La virtud del egoísmo

¿Debemos permitir el sufrimiento?

Como han concluido muchos filósofos en la historia, la vida es sufrimiento. El sufrimiento, en mayor o menor medida, es intrínseco a la vida humana y, por tanto, sólo podemos esperar no volver a sufrir nunca más cuando estemos muertos. 

Aceptar que las personas a nuestro alrededor van a sufrir es reconocer una realidad objetiva. Teniendo esto en cuenta, es irracional pensar que vamos a poder eliminar el sufrimiento humano del mundo. Como dice Ayn Rand en La Rebelión de Atlas: “El hombre no puede escapar de la realidad; puede ignorarla, pero no puede ignorar las consecuencias de ignorarla.” Esta cita subraya que es irracional esperar que el sufrimiento desaparezca por completo, ya que forma parte de la existencia humana.

Los intentos de eliminar el sufrimiento de la sociedad sólo nos pueden conducir a sistemas colectivistas de “altruismo coercitivo” donde los derechos individuales son sacrificados en nombre del “bien común”. 

En estas sociedades la libertad es sustituida por la fuerza con el objetivo de eliminar el sufrimiento; pero como este es un objetivo irracional e imposible el resultado termina siendo una sociedad sin derechos individuales, sin libertad y en la que paradójicamente habrá más sufrimiento que antes; ya que al sufrimiento intrínseco a la vida humana habrá que sumar ahora el causado por la pérdida de libertades y derechos. 

Paternalismo

Un ejemplo reciente de este fenómeno es la expansión de políticas paternalistas por algunos gobiernos que prohíben actividades supuestamente “dañinas” como consumir alimentos azucarados, fumar en lugares privados o se limita fuertemente la libertad de expresión en redes sociales. Aunque justificadas como medidas para proteger a la población, estas restricciones eliminan la autonomía personal y crean resentimiento, demostrando que la “protección” puede convertirse en una forma de opresión.

Cuando esto sucede, los gobernantes (apoyados por la masa irracional) lejos de darse cuenta de su error y recapacitar, redoblan sus esfuerzos. Argumentando que se necesita más de la misma medicina para poder ayudar a los necesitados. Eliminan más derechos individuales y libertades para supuestamente ayudar a los que están sufriendo. Esto genera una espiral descendente en la que cada vez hay más cosas prohibidas y se pierden más derechos, mientras que el sufrimiento de “los necesitados” nunca se reduce.

Y es que no es posible que deje de haber necesitados; en cualquier sociedad que imaginemos siempre habrá gente que sean considerados “los necesitados” porque estas valoraciones se dan por comparación con el resto de la sociedad.  De este modo hay necesitados en países pobres como Sudán o Burundi, pero también los hay en los países más ricos de la tierra como Noruega o Suiza. Obviamente, los pobres de Suiza viven no ya mucho mejor que los pobres de Sudán, sino mucho mejor que las clases altas de Sudán. Del mismo modo que una persona de clase baja hoy en España tiene un nivel de vida muy superior al de los reyes de hace 200 años.

Conclusión

El objetivismo no niega la posibilidad de ayudar a otros, pero insiste en que la ayuda debe ser un acto voluntario. Permitir el sufrimiento ajeno no es inmoral si se respeta el derecho de cada individuo a ser responsable de su propia vida. Intentar eliminar el sufrimiento de manera coercitiva, en cambio, sí que es inmoral, ya que implica el uso de la fuerza y convierte a unas personas en medios para los fines de otros.

La virtud no consiste en sacrificarse por los demás, sino en vivir de manera racional y productiva para el beneficio propio.

Ayn Rand. La virtud del egoísmo
Ver también

El sufrimiento como coartada. (José Antonio Baonza Díaz).

Casuística ética y liberalismo. (Francisco Capella).

¿Hablaron los austriacos de economía ambiental?

Si hay una crítica que ha calado fuerte entre los economistas austriacos a lo largo de los últimos años, ha sido la relacionada con que no exista una teoría austriaca homogénea sobre la economía ambiental. Cabe resaltar, llegados a este punto, como ya he hecho en otras ocasiones, que no me considero un economista austriaco, aunque comparta ciertas visiones de la economía con esta escuela.

Lo que sí considero es el hecho de que, aunque comparta con la crítica que no existe una teoría austriaca homogénea de la economía ambiental, sí disponemos de suficientes elementos teóricos en la literatura austriaca para describir lo que sería una visión austriaca de la economía ambiental, sobre todo en lo relacionado con teorías de las externalidades, como es la contaminación ambiental. Para ello es necesario explicar la economía ambiental, en primer lugar, para después analizar cómo encajan algunas premisas y teorías de la escuela austriaca con las principales cuestiones de que trata esta rama de la economía.

La economía ambiental surge dentro de la economía neoclásica a partir de las teorías de la eficiencia y las teorías pigouvianas de la economía del bienestar, sobre todo en lo referente a las externalidades y sus costes. En muchas ocasiones hemos escuchado y leído críticas de la escuela austriaca a ciertos elementos de estas teorías, sobre todo en lo referente a las políticas públicas que se proponían a partir de ellas.

Externalidades y medio ambiente

Tal y como hemos comentado, la economía ambiental se desarrolla a partir de las teorías de las externalidades, poniendo el foco en la maximización de la eficiencia de la utilización de recursos ambientales, cuyo grado máximo se alcanzaría, hipotéticamente, por la asignación de recursos obtenida a través del punto de equilibrio general en un mercado competitivo en el que la totalidad de los costes sean internalizados. Las ineficiencias ocurrirían cuando los costes sociales asociados a los efectos externos de ciertas actividades de consumo o producción fueran plenamente incorporados al coste o precio de la producción o consumo de dicho bien, respectivamente, como podría ser el caso de la contaminación del agua o del aire.

Por lo tanto, partiendo de esta hipótesis, el valor total de la producción para la sociedad puede verse incrementado estabilizando el nivel de producción y consumo de los bienes contaminantes al nivel en el que se hallaría si el coste de las externalidades se viera plenamente reflejado en el precio (por ejemplo, aplicando un impuesto extraordinario a los carburantes contaminantes equivalente al coste de la contaminación generada por estos). En este escenario, por lo tanto, la reasignación de recursos se tornaría eficiente, de tal manera que se produciría o consumiría una menor cantidad de bienes contaminantes y más de los que no lo son, debido a su menor coste proporcional.

La Escuela Austríaca

Sin embargo, la Escuela Austriaca no comparte esta manera de verlo, ni mucho menos las recomendaciones de políticas públicas que surgen de ella por varios motivos. En primer lugar, la Escuela austriaca considera que la eficiencia es praxeológica, es decir, es un objetivo individual y no un problema de maximización, como tradicionalmente se ha tratado en economía. (No comparto la visión de los austriacos aquí, ya que nos cambiaría absolutamente todo lo que sabemos sobre productividad, pero eso es otro tema). Para los austriacos, por lo tanto, desde el punto de vista de las políticas públicas, la eficiencia social se debe entender como el nivel al que las instituciones legales y políticas facilitan la consistencia y cohesión entre los objetivos que los actores individuales persiguen y los medios que consideran óptimos para lograrlos.

Por otro lado, vuelve la sempiterna discusión sobre costes sociales y valor. Para los austriacos, como bien sabemos, los costes y el valor son puramente subjetivos, por lo que los costes sociales y el valor social de algo no se puede calcular de manera agregada. En cambio, en la economía neoclásica, el enfoque tradicional se basa en identificar situaciones donde el beneficio marginal privado de una actividad es superior a su coste marginal social y viceversa, para potenciar un tipo de situaciones y desincentivar las otras. Claramente, este enfoque neoclásico requiere de comparaciones de utilidad interpersonales y agregación de preferencias o juicios valorativos individuales, lo cual los austriacos consideran metodológicamente incorrecto y, por lo tanto, inductor de conclusiones y recomendaciones inválidas.

Contra la economía neoclásica

En tercer lugar, otro debate en el que los austriacos siempre están enfrentados a la economía neoclásica y que se halla en el núcleo de la economía ambiental es el de la eficiencia de Pareto, que deriva de la posibilidad, en la economía neoclásica, de que exista un equilibrio general competitivo, pero que para los austriacos es simplemente una construcción teórica sin respaldo e irrelevante como baremo de análisis para fenómenos reales.

Tal y como conocemos a través de los escritos de Mises, la acción humana se prolonga en el tiempo, con acumulación de conocimiento y generando oferta y demanda constantes y permanentemente cambiantes, por lo que el equilibrio de Pareto en un instante determinado del tiempo resultaría irrelevante. Por ello, manteniéndose fieles a la teoría del valor y coste subjetivos, los austriacos rechazan de frente emplear el equilibrio-eficiencia de Pareto en cualquier análisis, torpedeando la base de flotación teórica de gran parte de la economía ambiental moderna.

Por lo tanto, aunque está claro que no existe una teoría unificada y homogénea de la economía ambiental por parte de la escuela austriaca, sí que existen unos principios, sobre todo metodológicos, que consolidan su oposición a la visión al respecto de la economía neoclásica y, por lo tanto, a la mayoría del policy making actual sobre la cuestión.

Ver también

La deshumanización del medio ambiente. (Adriá Pérez Martí).

Sólo el libre mercado protegerá al medio ambiente. (Daniel Lacalle).

Propiedad privada y medio ambiente. (Juan José Mora Villalón)

Clara Campoamor

La trayectoria de Clara Campoamor (1888-1972), la “sufragista española”, simboliza como pocas esa primavera de la esperanza, pronto mutada en invierno de la desesperación, que fue la IIª República española (1931-1936). Ella misma, uno de los personajes menos y peor tratados por la historiografía política del siglo XX, resulta inclasificable en ese experimento de ilusiones defraudadas que terminó siendo la IIª República española. Más liberal que izquierdista para las izquierdas y demasiado republicana para las derechas, la figura de Clara Campoamor, se alza solitaria, casi aislada, como era inevitable que le sucediese, en el complejo siglo XX español, a quien fue demócrata y liberal consecuente a lo largo de su vida.

Como recoge Luis Español en la semblanza hecha en su introducción a La Revolución Española vista por una republicana, Clara Campoamor tuvo que afrontar una niñez y adolescencia difíciles. En 1898 murió su padre y tuvo que ayudar a su madre a sostener las cargas familiares, desempeñando desde los trece años varios oficios.

Posteriormente, desde 1909, se abrió camino a través del funcionariado, primero del Cuerpo de Correos y Telégrafos del Ministerio de la Gobernación (en San Sebastián) y, en 1914, retornó a Madrid como profesora especial de taquigrafía y mecanografía en las Escuelas de Adultos. Trabajó, además, como auxiliar mecanógrafa en el Servicio de Construcciones Civiles del Ministerio de Instrucción y fue secretaria de Salvador Cánovas, director del conservador La Tribuna, iniciando sus colaboraciones en la prensa, como en el Nuevo Heraldo, El Sol y El Tiempo.

El Ateneo

De vuelta a Madrid, se abrió ante sus ojos un mundo nuevo. El funcionariado le daba una posición económica modesta, pero segura, en el tiempo en el que Europa se debatía en la Primera Guerra Mundial y, en España, se asistía a la progresiva descomposición de la Restauración. En 1916 comenzó a asistir al Ateneo de Madrid. Fueron para ella años de gran actividad, participando en la vida ateneísta en una época paulatinamente convulsa, tanto en la Docta Casa, como en España.

En el Ateneo tomó contacto con otras feministas, como Carmen de Burgos y, entre 1921 y 1924, formó parte de la mesa de la Sección de Pedagogía. En el Ateneo, descubriría además su interés por la literatura, las artes y las ciencias… Y en el Ateneo llegó a ser la primera mujer en ocupar un puesto en su Junta de Gobierno, al ser elegida en la candidatura encabezada por Gregorio Marañón, en marzo de 1930.

En 1921 se matriculó en bachillerato, título que obtuvo en 1922. A continuación, se matriculó en la Facultad de Derecho, licenciatura que concluyó en 1924. En 1925 ingresó en el Ilustre Colegio de Abogados de Madrid y fue la primera mujer que defendió una causa ante el Tribunal Supremo. En ese mismo año ingresó también en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

Para Clara Campoamor, el advenimiento de la República, en 1931, significó la posibilidad no solo de formular sueños y promesas, sino de alcanzar también realidades. A su juicio, y al de muchos españoles, la república había abierto las ventanas de la nación al porvenir. Veía la República como una gran oportunidad histórica para España y la apoyó con entusiasmo sincero, al igual que otros muchos.

Ciudadana antes que mujer

En junio de 1931, se celebraron las elecciones a Cortes Constituyentes de la República, que redactarían la Constitución republicana. Un buen número de directivos del Ateneo fueron elegidos diputados, como Manuel Azaña. Clara Campoamor también había sido elegida, pero no como candidata del partido de Azaña, del que había formado parte desde sus inicios, sino por el Partido Radical, ya que Azaña no quiso que fuese candidata por su partido. La exclusión de Clara Campoamor por Azaña en junio de 1930, en la candidatura que le hizo presidente ateneista, volvía a producirse en junio de 1931, pero esta vez en las candidaturas a Cortes Constituyentes.

En España, ella fue y sigue siendo la más célebre defensora de los derechos de la mujer desde planteamientos liberales. Durante la IIª República Española se afilió al Partido Radical (Alejandro Lerroux) y fue diputada en las Cortes Constituyentes de 1931. Allí desempeñó un papel trascendental para la aprobación del sufragio femenino, con su presentación y defensa. Su propuesta, muy debatida, topó con la oposición de otros partidos, incluido el suyo, aunque ninguno de los conservadores. Argumentó que la igualdad era un principio liberal básico y que el sufragio femenino era crucial para garantizar la igualdad de derechos y oportunidades para las mujeres. Su defensa apasionada del sufragio femenino -“Señores diputados: yo, antes que mujer soy ciudadano”- resulto imprescindible para su aprobación en la legislación española.

El voto para las mujeres

La defensa del voto de la mujer en el proyecto de Constitución de la IIª República española, constituyó su mayor éxito, personal y político a la vez: había alcanzado fama nacional y se había ganado la simpatía de la opinión pública. También fue protagonista de la Ley de Divorcio (1932) y la abogada de divorcios muy sonados, como el de Valle Inclán. Mientras mantenía su actividad política, se unió a la masonería en 1932, en la Logia Reivindicación de Madrid (logia femenina). Se desconoce la fecha de su iniciación, pero constan testimonios documentales en el expediente abierto durante el franquismo en el Tribunal de Represión del Comunismo y la Masonería, que la impidió regresar de su exilio.

Su actuación política no se limitó a la consecución del voto de la mujer. También tuvo ocasión de participar en la acción de los gobiernos republicanos, entre 1933 y 1935, como directora general de Beneficencia (Ministerio del Interior). Y fue, además, autora de una ingente obra periodística, como articulista de prensa, luego recogida en diferentes volúmenes, así como de una amplia obra ensayística de muy variada temática. En todos estos escritos se muestra Clara Campoamor como se definió a sí misma siempre: humanista, liberal y feminista.

¿Encasillar a Clara Campoamor?

La fama y el éxito le dieron popularidad, pero también enemigos. En las elecciones de 1933 no fue reelegida. No obstante, el republicano histórico Alejandro Lerroux, que dominaba entonces la política española, la nombró directora general de Beneficencia (Ministerio del Interior). Pese a la dedicación con la que se ocupó de esos cometidos, dimitiría en noviembre de 1934, por la represión de la Revolución de Asturias. La campaña propagandística desarrollada por las izquierdas sobre las represiones causó una conmoción a la que no fue ajena. Su dimisión la completó con la baja en el Partido Radical, en 1935. Ese mismo año, con la mediación de Santiago Casares Quiroga, intentó unirse a Izquierda Republicana, nuevo partido de Azaña. Se denegó su admisión. Azaña, en 1935, volvió a excluir a Clara Campoamor, esta vez de Izquierda Republicana.

¿Cuál fue el pensamiento político de Clara Campoamor? Si se repara en las fuerzas políticas que más la reivindican hoy, parecería que su ideología estaría muy próxima al socialismo y, en todo caso, no hay duda de que, entre el gran público, se tiende a considerarla izquierdista. Así, quien consiguió el voto femenino en España ha terminado alcanzando un pedestal construido por la izquierda socialista.

Algo posible sólo por el escaso conocimiento y desinterés general sobre sus obras y sobre su trayectoria. Por eso es pertinente preguntarse si su adscripción izquierdista es real, o si su reciente reivindicación por la izquierda es una falsificación (una más), casi un secuestro de su figura, al calificarla de persona izquierdista o próxima al socialismo. Como se ha dicho, ni las izquierdas por liberal, ni las derechas por republicana, tuvieron nunca mucha estima por Clara Campoamor.

Democracia, ley y libertad

Fue en el liberal Ateneo fue donde surgió y se desarrolló su conciencia política, participando activamente en la vida ateneísta y ocupando posiciones preminentes en la Docta Casa, como integrante de la Mesa de la Sección de Pedagogía (1920) y, en marzo de 1930, como primera mujer elegida para la Junta de Gobierno del Ateneo. Ella misma se definió liberal y acabó representando y defendiendo las aportaciones y valores del liberalismo, las instituciones democráticas y el respeto a la ley, así como la educación e instrucción pública para la promoción social por el mérito, manteniendo siempre sus convicciones republicanas.

Su intransigente defensa del derecho al voto de la mujer, pese a la oposición de la izquierda y hasta de muchos de su propio partido, logró implantar en España el sufragio universal, para hombres y mujeres, a partir de 1931. A cambio, pagó un elevado precio por ello, como su progresivo aislamiento y soledad en la IIª República. En 1933, las izquierdas la culparon de su derrota electoral: era la primera vez que las españolas votaban a Cortes y habían ganado las derechas.

Era una acusación insostenible, pero la siguieron culpando de la derrota de 1933. Incluso, cuando en las elecciones de febrero de 1936, votaron de nuevo las mujeres, y los resultados, pese a los fraudes denunciados (y recientemente acreditados), dieron una mayoría inicial al Frente Popular, lo que desmentía totalmente que el voto femenino fuese derechista y clerical. Había suscitado la inquina de muchos izquierdistas que la miraban con rencor.

El Partido Radical

A partir de 1935, año en el que abandonó el partido Radical y se le denegó el ingreso en la recién creada Izquierda Republicana de Azaña, Campoamor se convirtió en una republicana sin partido. Su citado El voto femenino y yo: mi pecado mortal, lo escribió como defensa y reivindicación de su actuación y de su lucha en las Cortes Constituyentes de 1931, en favor de los derechos de la mujer. Pero también constituye un desolador retrato de la soledad política en la que había quedado. Soledad que ya no la abandonaría nunca, pues proseguiría durante la guerra civil, primero, y durante su posterior exilio en Argentina y Suiza, después.

La secuencia revolucionaria iniciada por el Frente Popular tras las elecciones del 16 de febrero de 1936, y su creciente aislamiento político, terminaron de desengañarla de la República que tantas esperanzas le suscitó en 1931. La primavera de 1936 la sorprendió en Madrid, donde asistió como testigo más que cualificada y progresivamente alarmada, a los prolegómenos y las primeras manifestaciones sangrientas de la violencia de lo que ella denominó “la Revolución Española. En el verano de 1936, mientras se organizaban los frentes de batalla, en la retaguardia de la zona del Frente Popular se producían toda clase violencias y crímenes izquierdistas contra cualquier posible adversario, real o imaginario, lo que relató con detalle en su citada obra La Revolución Española vista por una republicana.

Huyendo del Madrid republicano

El estallido de la guerra civil española, en julio de 1936, y el ambiente revolucionario de Madrid, donde sabía que contaba con enemigos izquierdistas poderosos, como los socialistas Indalecio Prieto y Margarita Nelken, la llevaron a escapar de la capital para evitar represalias del Frente Popular. Consiguió hacerlo, logrando llegar hasta Lausana (Suiza), tras un azaroso viaje en el que estuvo a punto de ser asesinada. En Lausana, apartada de los grupos de exiliados españoles y sus disputas, mantuvo una vida de expatriada hasta su muerte, en 1972.

Clara Campoamor huyó de Madrid, en septiembre de 1936, a Suiza, como se ha dicho. El exilio de la guerra civil española (1936-1939) no sucedió en 1939, al final de la contienda. El exilio español comenzó en 1936, y seguiría en 1937 y 1938, en constante goteo. A finales de 1936, ya había una larga lista de intelectuales españoles exiliados en el extranjero, huidos del terror del Frente Popular. Un exilio que se incrementaría en 1939.

Españoles eminentes

Ver también

Administración Trump/Elon. ¿El inicio del ‘effective accelerationism’?

En unos días comienza la presidencia de Trump y podemos predecir que no va a seguir unos patrones normales. A Donald le acompañará esta

vez un vicepresidente que tiene un ideario muy claro y poco convencional en el partido republicano. Pero también se ha rodeado de una serie de personajes exitosos del mundo de la tecnología, cuyo mayor exponente es Elon Musk.

Desde que Elon compró Twitter, su influencia en la política de EE.UU. y, por extensión, de todo occidente, no ha hecho más que crecer. Pero es muy fácil quedarse en los memes y los atracones de post que lanza cada vez que se interesa por un tema, y pasar por alto lo importante: todo lo que hace tiene un propósito que se fundamenta en su visión del mundo.

Una forma de aproximarse a esta visión es analizando el manifiesto publicado a finales de 2023 por Marc Andreessen, fundador de Netscape Communications y gran inversor, que ha decidido, como muchos otros, subirse al carro de Trump después de años de apoyar al partido Demócrata.

El manifiesto tecno optimista es un documento con una fuerza excepcional. En él se van desgranando las bases del effective accelerationism. Una filosofía que promueve el desarrollo tecnológico como forma de resolver los problemas a los que se enfrenta la humanidad. Puede parecer simple optimismo, pero hay mucho más.

Manifiesto de Andreessen

Si algo ha marcado la década de 2010 ha sido el cinismo. Me imagino que por eso Andreessen empieza su manifiesto con esta cita de Walker Percy:

You live in a deranged age — more deranged than usual, because despite great scientific and technological advances, man has not the faintest idea of who he is or what he is doing.

Todo el progreso económico y tecnológico no vale nada si la sociedad no percibe un propósito detrás de él. Y la desconexión entre estos avances y lo que las personas perciben como importante es un problema enorme.

Para corregirlo empieza por explicar las dos herramientas más poderosas que tiene el ser humano a su disposición: la tecnología y el mercado.

La tecnología es la que nos permite crecer. Sin ella la población se habría quedado estancada en unas docenas de millones de personas.  Y sin ella no habríamos podido acceder al 90% de los recursos de nuestro planeta.

El mercado es el sistema que permite que el ser humano se organice. Se cita a David Friedman para explicar que las personas actuamos por tres razones: amor, dinero y fuerza. El amor no escala, y la fuerza ha fracasado a la hora de crear sociedades ricas y funcionales. Solo nos queda avanzar en el camino del dinero. Es la única forma que ha demostrado ser exitosa para conseguir que las personas se preocupen por otras personas a las que no conocen.

La máquina tecno-capital

Una vez introducidas las dos herramientas, nos habla de cómo trabajan juntas: the Techno-Capital Machine.

The techno-capital machine makes natural selection work for us in the realm of ideas. The best and most productive ideas win, and are combined and generate even better ideas. Those ideas materialize in the real world as technologically enabled goods and services that never would have emerged de novo.

Su tesis central es dejar a esta máquina trabajar liberándola de todas las ataduras que tiene actualmente. Tenemos a nuestro alcance acceder a una fuente enorme de inteligencia, por medio del desarrollo de la IA, y para ello podemos hacer uso de una fuente de energía que dominamos, pero que no se ha podido desarrollar en todo su potencial: la fisión nuclear.

El desarrollo de ambas podría llevar a una época de abundancia, que sería la base de nuevos desarrollos tecnológicos que eclipsaran a los que disponemos ahora.

Como puede parecer demasiado utópico, aclara lo siguiente:

However, we are not Utopians.

We are adherents to what Thomas Sowell calls the Constrained Vision.

We believe the Constrained Vision – contra the Unconstrained Vision of Utopia, Communism, and Expertise – means taking people as they are, testing ideas empirically, and liberating people to make their own choices.

Esto es de vital importancia. La máquina tecno capitalista no es un ente central y ajeno a la sociedad. Es la sociedad trabajando de forma libre. Nada que no sirva a las personas puede sobrevivir sin coacción central.

Tecno optimismo

Y como todo representante de la libertad, tiene sus mismos enemigos. En el manifiesto aparecen listados, pero podemos reducirlos tal como hizo Ayn Rand: aquellos que no producen nada, pero que aspiran a dirigir la vida de los que sí lo hacen.

Como hemos visto, el tecno optimismo es una forma de liberalismo enfocada en el potencial de la humanidad para alcanzar nuevas cumbres si progresa con libertad y un propósito claro.

Se podría argumentar que la libertad es un fin, no un medio para otro propósito. Pero lo cierto es que los individuos trabajan mejor juntos si tienen un propósito común. Que este sea el avance tecnológico de nuestra especie dentro de un sistema que respete la libertad de cada individuo parece un buen equilibro. Por otro lado, el liberalismo siempre va a ir de la mano del progreso económico. Si la tarta deja de crecer, la sociedad pasa a jugar un juego de suma cero, y ahí los colectivistas siempre van a llevarse el gato al agua.

En fin, veremos cuánto de esta filosofía está presente en la nueva administración estadounidense. Pero siendo un observador europeo, uno no puede más que sentir una sana envidia. Esperemos que con el ejemplo de Estado Unidos las cosas empiecen a cambiar por aquí y podamos unirnos a ellos en un futuro.

Como dice Andreessen, es tiempo de ser optimistas. Es tiempo de construir.

Ver también

La importancia (liberal) de crear valor para los demás. (Ignacio Moncada).

Papá, ¡quiero ser como Peter Thiel, no como Stuart Mill! (Raquél Merino Jara).

En defensa de la desigualdad. (Pablo Martínez Bernal).

Argentina es un ejemplo de libro de por qué el control de los alquileres es una mala idea

Por Ryan Bourne. El artículo Argentina es un ejemplo de libro de por qué el control de los alquileres es una mala idea fue publicado originalmente en CapX.

En su ascenso a la presidencia de Argentina, Javier Milei se distinguió no sólo por su ideología libertaria, sino también por su enfoque pedagógico de la economía. En la campaña electoral, solía enunciar los principios básicos de la economía de mercado.

Ahora, en el Gobierno, la «terapia de choque» del ardiente libertario está convirtiendo esas lecciones en duros estudios de casos. En el marco del Decreto 70/2023, traducido como «Bases para la Reconstrucción de la Economía Argentina», Milei utilizó su motosierra para controlar los alquileres y otras normativas sobre arrendamientos. El resultado ha confirmado la teoría económica: la oferta de viviendas de alquiler está aumentando y los alquileres se han desplomado.

En 2020 se introdujo en Argentina una forma de control de los alquileres, y a muchos progresistas británicos y estadounidenses les gustaría hacer lo mismo. La duración mínima de los contratos de alquiler era de tres años y los aumentos anuales permitidos se limitaban a una media ponderada de la inflación y el crecimiento salarial. Ambas medidas pretendían proporcionar a los inquilinos una mayor «seguridad» económica. Los propietarios seguían teniendo libertad para ajustar las tarifas entre contratos, pero era básicamente imposible poner fin a los arrendamientos prematuramente. Las fianzas se limitaron y los alquileres se pagaron en pesos.

La teoría económica

La teoría económica nos permite hacer predicciones sobre estas normativas. El control de los alquileres y la duración de los contratos imponen a los propietarios un mayor riesgo de obtener alquileres inferiores a los del mercado y de quedarse atrapados durante tres años con inquilinos problemáticos. Al margen, esto hace que sea más lucrativo vender propiedades para que las ocupe el propietario, incluirlas en sitios web de alquiler a corto plazo excluidos, como AirBnB, o incluso simplemente dejarlas vacías. Al reducir la oferta de viviendas de alquiler tradicionales, aumenta el nivel medio de los alquileres, incluso si su crecimiento está limitado por contratos de arrendamiento de duración mínima.

Un entorno de inflación elevada agrava estos riesgos para los propietarios. Con el aumento de los precios, tiene sentido cambiar los niveles de alquiler con más regularidad. Esto permite a inquilinos y propietarios encontrar disposiciones contractuales que garanticen que los alquileres reflejan tanto la realidad del mercado como la capacidad de pago de los inquilinos (ya que el crecimiento salarial suele ir por detrás de la inflación). Sin embargo, esta normativa sólo permitía ajustar los alquileres una vez al año (o dos a partir de octubre de 2023). Por tanto, una inflación elevada y volátil interactúa con estas normativas para aumentar el riesgo de alquiler y el riesgo de desocupación (dados los bruscos saltos en los alquileres). Por ello, los propietarios podrían protegerse contra la inflación cobrando en otra moneda, como el dólar. Pero esto también estaba prohibido.

Un resultado previsto

Los resultados de todo esto eran previsibles. En torno a la introducción de la política, se estima que el 45% de los propietarios dejaron de alquilar para vender sus propiedades, entre otras cosas porque la mayoría de las ventas de viviendas se hacían en dólares. Muchos propietarios también cambiaron a alquileres a corto plazo en AirBnB. En 2019, Buenos Aires tenía 10.000 propiedades listadas en AirBnB; ahora son más de 29.500. Por lo tanto, no han cesado las historias sobre una crisis de vivienda de alquiler, con inquilinos incapaces de encontrar alojamiento de alquiler, a pesar de que el Financial Times informó a finales del año pasado que el uso de energía implica que «uno de cada siete hogares» en Buenos Aires, la capital, se quedó vacío.

Esta escasez de oferta provocó un aumento de los alquileres. Bloomberg informó que los alquileres subieron bruscamente después de que se anunciaran los controles de los alquileres de arrendamiento, ya que los propietarios optaron por salir del mercado o anticiparon los aumentos de los alquileres para protegerse contra la inflación. Después de haber estado cayendo en términos reales durante 2018 y 2019, y siguiendo la inflación durante la mayor parte de la década anterior, los alquileres en Buenos Aires crecieron a 1,7 veces el ritmo de la inflación en 2020, siguieron ampliamente la inflación en 2021 y 2022, y luego se aceleraron mucho más rápido que la inflación de nuevo en 2023, ya que la tasa a la que los alquileres podrían aumentar dentro de los contratos de arrendamiento se ajustó aún más al menor de los crecimientos salariales o la inflación.

Efectos a largo plazo

Como resultado, el alquiler promedio de un departamento de dos dormitorios en Buenos Aires se ha disparado de 18.000 pesos por mes a fines de 2019 a 334.000 pesos en la actualidad, muy por encima de los 210.000 pesos si los precios simplemente hubieran seguido la inflación general, como solía suceder. Esta suba de precios relativos obviamente perjudica más a los pobres, porque no pueden pagar fácilmente depósitos para comprar viviendas, o alquileres más caros en dólares a más corto plazo.

Los controles sobre los alquileres dentro de los arrendamientos también agriaron las relaciones entre propietarios e inquilinos, incentivando a los propietarios a renunciar a un mantenimiento costoso (permitiendo así que el valor de la propiedad cayera hacia su precio regulado o animando a los inquilinos a marcharse). La mala distribución de las propiedades era moneda corriente. Los informes de Buenos Aires describían a amigos que tenían que compartir pisos más alejados del centro de la ciudad, lo que implicaba condiciones de hacinamiento y desplazamientos más largos. Con estos controles, las personas que disfrutan de alquileres inferiores a los del mercado se ven incentivadas a permanecer en propiedades inadecuadas para ellas, mientras que otras deben abandonar prematuramente propiedades que pueden permitirse cuando los alquileres se ajustan bruscamente antes de que aumenten sus salarios.

La reforma de Milei

Uno de los primeros actos de Milei en su decreto suprimió estas normas perjudiciales para todos los nuevos contratos. A partir de ahora, los alquileres se decidirán en la negociación libre del contrato, lo que significa que se acabaron los índices del banco central que limitan los aumentos de los alquileres. También ha eliminado la duración mínima de tres años de los contratos y ha legalizado el pago de los alquileres en divisas (es decir, dólares), lo que ofrece a los propietarios una protección contra la inflación.

La reducción de los riesgos para los arrendadores ya está provocando un repunte de la oferta de alquiler. La correduría Soledad Balayan ha registrado un aumento del 50% en los anuncios de alquileres tradicionales desde la entrada en vigor del decreto. Otras fuentes, como la Cámara Inmobiliaria Argentina, han confirmado grandes saltos en la oferta. Como era de esperar, los informes muestran una caída de los precios de los alquileres nuevos de entre el 20 y el 30% hasta la fecha.

Los economistas han advertido con frecuencia contra los controles de alquiler tradicionales que aplican límites a los alquileres dentro de un mismo contrato y entre contratos. Pero en los últimos años ha surgido una nueva corriente que aboga por ofrecer más seguridad a los inquilinos, controlando los alquileres dentro de contratos más largos y seguros. La experiencia de Argentina es un ejemplo de cómo esta política puede resultar contraproducente, y una fuente más de información para Milei.

Ver también

El conservadurismo de Scruton reconsiderado

Por Daniel J. Mahoney. El artículo El conservadurismo de Scruton reconsiderado fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Sir Roger Scruton falleció poco antes de cumplir 76 años, el 12 de enero de 2020, tras una corta, pero valiente lucha contra el cáncer. Para muchos de nosotros, fue un modelo de integridad personal e intelectual, un pensador y escritor valiente cuyo rotundo «¡No!» a la cultura del repudio, como él fue el primero en llamarla acertadamente hace cincuenta años o más, iba siempre acompañado de una afirmación humana y generosa de todo lo que merecía ser elegido en la herencia civilizada que nos legaron nuestros antepasados.

A medida que se acerca el quinto aniversario de su muerte, es oportuno prestar renovada atención al elevado (y elevador) conservadurismo de Scruton, a su elocuente defensa de la belleza y la alta cultura, así como a su feroz oposición al cientificismo, al totalitarismo y a todo esfuerzo ideológico por negar la persona humana dotada de alma.

El significado del conservadurismo

Sin embargo, el conservadurismo de Scruton fue mucho más que una oposición, y nunca fue meramente estético, aunque diera un lugar de honor a la defensa de las cosas bellas que nunca están simplemente en el ojo del espectador. Su conservadurismo informaba su concepción profundamente contracultural del patriotismo y de la lealtad nacional humana, mientras que, al mismo tiempo, su patriotismo informaba su conservadurismo y le confería una notable amplitud y profundidad.

El hecho de que Scruton escribiera tan bien, como un fino dibujante del alma humana y de las insinuaciones de trascendencia, le ayudó enormemente en su tarea de transmitir toda la gama de la experiencia humana ocluida por las ideologías de moda, ya sean utópicas o cínicas y nihilistas, que no tienen lugar para lo más importante: el sujeto humano o la persona responsable ante sí misma, ante la sociedad y ante una ley moral que no es obra suya.

Scruton se convirtió en un conservador de pleno derecho en la década de 1970, y su primer esfuerzo por ofrecer una articulación exhaustiva de esa filosofía fue su obra de 1980 The Meaning of Conservatism (El significado del conservadurismo). Esa obra estaba influida por el no historicista Hegel (autor de La filosofía del derecho), que enraizaba la libertad y la vida ética en una concepción de la «pertenencia» equidistante del «polvo y el polvo» de la individualidad pura (como la llamaba Edmund Burke) y de todo esfuerzo colectivista por suprimir la libertad tal y como se había vislumbrado en el mundo moderno.

Una invitación a una gran tradición

Esa obra está llena de joyas, aunque carezca de toda la claridad y finura de sus escritos posteriores. En esta primera encarnación, Scruton era más rotundamente antiprogresista, rechazando todo el edificio de la filosofía política progresista moderna con un filo polémico ausente en gran medida de sus escritos de madurez.

El enfoque que Scruton da al conservadurismo en su último libro sobre el tema, Conservatism: An Invitation to the Great Tradition, publicado en 2018, es más dialéctico, más dispuesto a subrayar ciertas afinidades entre el conservadurismo y el liberalismo que pretende moderar y corregir. En páginas maravillosamente lúcidas, Scruton revela la dependencia del orden liberal de ciertas realidades no liberales y señala que el deseo del liberalismo filosófico de liberar al individuo de restricciones indebidas acaba desembocando en el nihilismo y el desorden moral si olvida las venerables costumbres e instituciones que permiten que florezca un régimen de libertad en primer lugar.

El conservadurismo, como Scruton llegó a comprender, ofrece un «sí, pero…» a las pretensiones del liberalismo clásico. En el mejor de los casos y políticamente más responsable, el conservadurismo pretende salvar al liberalismo de sí mismo. Al mismo tiempo, sólo puede llevar a cabo esa saludable tarea si no es cómplice de los presupuestos liberales autodestructivos. Se trata de una operación delicada.

Salvar al liberalismo de sí mismo

El conservadurismo de tipo scrutoniano debe apreciar los logros reales de la teoría y la práctica liberales tal y como han surgido en el mundo moderno y tardomoderno. El Estado de derecho, la paz cívica, la tolerancia religiosa y la prosperidad y abundancia que ha hecho posible la economía de mercado son bienes preciosos que han sido fomentados y sostenidos por el orden liberal moderno. La justicia exige que sean reconocidos y defendidos. Pero ese orden también se ve acechado por patologías y tentaciones como una fe desmesurada en el progreso y una valoración insuficiente de la imperfección humana innata. No se trata de «bichos» pasajeros, sino de patologías coextensivas con la Ilustración. Hay algo de Sísifo en la tarea del conservadurismo.

Así, frente a las insistentes llamadas a la innovación radical y al fetichismo por el «progreso» que las acompaña, el conservadurismo, tal y como lo entiende Scruton, defiende la continuidad y, en contraste con el «énfasis único en la libertad y la igualdad», toma nota de las cruciales condiciones morales y culturales premodernas de la libertad ordenada. Coincide con el liberalismo clásico al oponerse a los mezquinos dictados de un Estado gerencial y a los monstruosos totalitarismos del siglo XX, pero lo hace con argumentos y recursos filosófica y espiritualmente más profundos.

Sin la crítica parcial que proporciona el conservadurismo, el liberalismo tiende a consumirse a sí mismo, a seguir la lógica de la liberación y la emancipación hasta conclusiones contraproducentes. En la interpretación de Scruton, el conservadurismo es propiamente ambivalente respecto a la Ilustración: ni se opone rotundamente a ella ni respalda todas sus premisas y conclusiones. Se esfuerza por salvar la libertad moderna de sí misma, al tiempo que resiste la tentación de socavar el Bien, identificándolo unilateralmente con un pasado cuyos logros están irremediablemente idealizados. El Bien, aunque esquivo, es más sustancial.

Las raíces del conservadurismo

Scruton también es admirablemente sensible a las raíces «clásicas» del conservadurismo moderno. Más que una defensa de la tradición (que sin duda lo es), el conservadurismo es un enfoque de la vida y la política que aprecia las verdades perdurables sobre la naturaleza humana. El conservadurismo bien entendido «recurre a aspectos de la condición humana que pueden observarse en todas las civilizaciones y en todos los periodos de la historia». La defensa que Scruton hace de la moderación, el constitucionalismo y las virtudes cardinales (valor, prudencia, justicia y templanza) debe mucho a Aristóteles, por ejemplo. El conservadurismo de Scruton también es ampliamente aristotélico en su reconocimiento de que los seres humanos son animales sociales y políticos «que viven naturalmente en comunidades, unidos por la confianza».

Por lo tanto, Scruton se opone a la opinión de que «el orden político se basa en un contrato». El estado de naturaleza es una quimera, una invención de los filósofos políticos modernos que habían olvidado la realidad primigenia de la deuda y la gratitud hacia nuestros predecesores, y esas innumerables obligaciones que no son exigidas, pero que siguen siendo vinculantes para los seres humanos moralmente serios. Esta ficción, tan central en el liberalismo filosófico, oculta el hecho de que la pertenencia a una comunidad, con sus deberes y obligaciones, es una condición previa para una libertad significativa. No existe la «libertad absoluta»; de hecho, tal malentendido de la libertad atenta contra el orden civilizado y el saludable autocontrol, que son las condiciones y el complemento de la libertad.

Membresía frente a contrato

Para Scruton, la nación es la forma política que garantiza la pertenencia y el autogobierno en el mundo moderno, una forma de lealtad y apego a lo propio que deja atrás las estrechas e indebidamente exclusivas formas de identificación familiar, tribal y sectaria. Pero estar apegado al propio hogar en la forma de lo que él llamó «democracia territorial» no es hacer de la nación un ídolo. Aunque la nación es, en efecto, una forma de jurisdicción secular, encuentra fácilmente un lugar para el amor cristiano al prójimo, en lugar del humanitarismo abstracto que socava las obligaciones concretas del ciudadano y del creyente.

Por otra parte, Scruton no nos deja con una falsa elección entre la pertenencia nacional y los vínculos y lealtades locales. Ambos son cruciales para nuestro sentido del hogar, y ambos son elementos integrales del autogobierno correctamente entendido. Juntos, se resisten al atractivo de lo «global», una abstracción que sustituye las lealtades concretas por efusiones sentimentales de humanitarismo y por la dominación burocrática de arriba abajo en la práctica.

A menudo comparado con Edmund Burke, Scruton no es exactamente un burkeano en el sentido de que sus premisas filosóficas deben más a Aristóteles, Kant y Hegel. Sin embargo, admira profundamente al gran estadista y filósofo político angloirlandés. Su Burke opera en la intersección del liberalismo y el conservadurismo y no es en absoluto reaccionario. Es partidario de la moderación y la prudencia y el mayor crítico moderno del pensamiento ideológico. En sus Reflexiones sobre la Revolución en Francia (1790), Burke vio «el corazón de las cosas» y anticipó el Terror revolucionario antes de que se hubiera revelado por completo. Aunque apoyó la Revolución estadounidense, vio a través de la «cábala literaria» que impuso el fanatismo al pueblo francés.

Cómo se hizo conservador

Para Burke, reforma y conservación formaban un díptico indispensable: no podía haber una sin la otra. Puede que Burke exagerara las perspectivas de reforma del antiguo régimen en Francia, pero veía el nihilismo en el corazón de la política de la tabula rasa: el deseo de empezar todo de nuevo en algún «Año Cero» ideológico.

En contra de la idea liberal del contrato social, Burke pensaba que la sociedad implicaba una «tutela» que conectaba a los vivos, los muertos y los que aún no habían nacido. Defensor de los «pequeños pelotones» que conforman los afectos de los ciudadanos, Burke era también partidario de la nación orgullosa e independiente que era Gran Bretaña. Intentó mantener el equilibrio entre el individuo libre y una comunidad ordenada que respetara la herencia moral que es la civilización occidental y cristiana.

Burke sigue siendo importante para el conservadurismo porque, como dice Scruton en su incomparable capítulo «Cómo me hice conservador» de sus memorias de 2005, Gentle Regrets, vio más allá de los fatuos «gritos de liberación» modernos y rechazó cualquier noción de «progreso» que no tuviera lugar para los muertos y los que aún no han nacido y para las obligaciones morales que definen al hombre como hombre.

En palabras de Scruton, Burke renovó la llamada platónica a una política que fuera también una forma de «crianza» y «tutela»: el «cuidado del alma» que es también necesariamente «cuidado de las generaciones ausentes». Burke no era simplemente un tradicionalista ni un viejo whig, sino un prudente y sabio proveedor de viejas y duraderas verdades a un mundo en proceso de dramáticas transformaciones.

La lealtad nacional humana y el caso estadounidense

Scruton entendía la lealtad nacional humana en contradicción tanto con el nacionalismo autoafirmativo como con el cosmopolitismo fácil y antipolítico. No hay nada estrecho, mezquino o xenófobo en la defensa que Scruton hace de Inglaterra y en su comprensión de lo que requiere una auténtica pertenencia política y social. Scruton se sentía como en casa en Francia (admiraba al patriota conservador De Gaulle -que también era un hombre de letras- aunque rechazaba rotundamente a los revolucionarios soixante-huitards que denunciaban al gran estadista francés como «el viejo fascista»), amaba al pueblo checo (al que ayudó durante el periodo de cautiverio comunista y cuyas pruebas bajo el totalitarismo ideológico relató en su cautivadora novela de 2015 Notes From Underground) y era un verdadero amigo de Estados Unidos. Este patriota británico y «buen europeo» conocía bien las cosas americanas.

Pero, ¿no se fundó Estados Unidos sobre la idea del contrato social y, por tanto, sobre la ilusión modernista de que la política es puro artificio y, por tanto, está lejos de estar arraigada en las fuentes más profundas de la naturaleza humana? Sí, y no. Como escribió Scruton tan luminosamente en su capítulo sobre «El contrato social» de su libro The West and the Rest (2003), la decisión estadounidense de «adoptar una constitución y hacer una jurisdicción ab initio» en 1787 todavía presuponía un pueblo preexistente («Nosotros, el pueblo») conformado por la herencia occidental, la religión cristiana, las tradiciones de libertad republicana antiguas y modernas, «los descubrimientos modernos en ciencia política» y la experiencia colonial de autogobierno.

Las místicas cuerdas de la memoria

Los lazos de pertenencia estadounidenses presuponen toda la «red de obligaciones no contractuales» a la que se adhieren todos los pueblos civilizados, así como un pueblo y una nación cuyas deudas, obligaciones y lealtades perduran en el tiempo. Basta con leer a Lincoln hablar de «las místicas cuerdas de la memoria» en su primer Discurso Inaugural para apreciar esta profunda verdad de que el contrato sólo puede vincular cuando da expresión a la «pertenencia» existente y a los recuerdos y obligaciones que la informan.

Los lazos de pertenencia y los recuerdos y lealtades de un pueblo autónomo trascienden lo que se elige en un momento dado o lo que se establece en un contrato original. Con ello vienen los deberes a los que uno está obligado por honor, y no sólo los derechos a hacer lo que uno quiera. Sin duda, Scruton valoraba los derechos dentro de su esfera legítima.

El imperio de la ley, no el legalismo desalmado, era un principio sacrosanto para él, y estaba en el corazón de la libertad inglesa que amaba. Pero él sólo veía una disminución brutal de la vida moral y política bajo la nueva «ideología de los derechos humanos», como él la llamaba, una comprensión disminuida de la «autonomía» que está despojada del deber moral y cívico y, por tanto, de la responsabilidad mutua que define a las personas que viven en comunidades políticas libres y legales.

La tarea del conservadurismo hoy

Al final de Conservatism: An Invitation to the Great Tradition, Scruton recapitula la trayectoria que tan sugestivamente trazó en sus páginas: «El conservadurismo moderno comenzó como una defensa de la tradición contra los llamamientos a la soberanía popular; se convirtió en un llamamiento en nombre de la religión y la alta cultura contra la doctrina materialista del progreso, antes de unir sus fuerzas a las de los liberales clásicos en la lucha contra el socialismo». Esta es una recapitulación perfecta del argumento hasta donde llega. Scruton procede entonces a argumentar que el conservadurismo hoy se ve mejor como un campeón de la civilización occidental contra sus despreciadores cultos, los defensores de la «corrección política» que ven a Occidente como el único culpable entre todos los pueblos y civilizaciones, y contra el «extremismo religioso», especialmente en forma de islamismo militante.

La última formulación sugiere una ambigüedad en la autopresentación de Scruton. Unas veces se presenta como defensor de la herencia cristiana, otras como defensor del Estado laico frente a las formas religiosas de pertenencia. Por supuesto, ambas afirmaciones no son necesariamente incompatibles. Sin embargo, de vez en cuando y sólo de vez en cuando, parece sugerir que el islam revela algo esencial sobre la naturaleza de la religión como tal. (Mucho más a menudo se identifica con la llamada cristiana al arrepentimiento y al perdón, a «volver la espada hacia dentro» en lugar de seguir el camino del fanatismo y el imperio religioso). Uno se siente tentado a decir que la legítima repulsión de Scruton contra el fanatismo islamista le llevó a acentuar su énfasis en el secularismo como ingrediente crucial de la libertad moderna.

Su libro más político

Pero, como siempre, el enfoque de Scruton resulta ser dialéctico, en el sentido rico-no-marxista del término. Como lo expresó en su libro de 2017, Where We Are: The State of Britain Now, en el plano político se conformaba con los «hábitos cotidianos de vecindad» que persisten en una democracia territorial no indebidamente distorsionada por efusiones ideológicas y fanatismos políticos. «Pertenecer», sugería, es el hecho político básico, y tendría que bastar, sobre todo porque el pueblo británico “carece esencialmente de creencias religiosas, aunque conserva un núcleo de sentimiento cristiano”. Orwell había argumentado de forma convincente más o menos lo mismo en su gran ensayo de 1940 El león y el unicornio. Scruton sólo pudo añadir que la desacralización de la vida británica había avanzado a buen ritmo durante los ochenta años transcurridos desde que Orwell escribiera su poderoso relato y defensa de la «inglesidad».

Apertura a la luz del alma

Pero como filósofo y ser humano, Scruton no podía conformarse con una pertenencia política despojada incluso de un respeto residual por el anhelo de lo trascendente, lo sagrado y lo eterno que define al hombre como hombre y que es tan crucial para su dignidad y su realización. Los lectores de Gentle Regrets saben que Scruton hacía tiempo que había dejado atrás su autodenominado «aprendizaje ateo», digan lo que digan los insistentes (e inenseñables) críticos contemporáneos.

Scruton había llegado a ver en fenómenos tan dispares como la cultura del repudio, la pornografía degradante y el asalto totalitario a los cuerpos y las almas de los seres humanos, actos de «profanación», asaltos nihilistas al rostro de Dios porque asaltos al alma humana que lleva en sí la chispa de lo divino (sobre estos temas, véase su libro de 2012 The Face of God: The Gifford Lectures). Escribiendo en la intersección de la filosofía política, la teología y la antropología filosófica, siempre con impresionante cuidado, elegancia y lucidez, Scruton se embarcó en un gran acto de recuperación antropológica, un acto de recuperación difundido a través de su obra posterior.

Llegó a creer que los seres humanos libres y responsables no pueden escapar a «su conciencia de conciencia», «su conciencia de la luz que brilla en el centro de su ser». «La responsabilidad mutua de las personas» -del “yo” al “yo”- apunta a una relación más fundamental entre las personas con alma y “el yo de Dios, en el que todos somos juzgados y del que fluyen el amor y la libertad”, por citar un texto de 2008 sobre “El retorno de la religión” de The Roger Scruton Reader editado por Mark Dooley.

Intuiciones del infinito

En este retorno a la fe racional, la filosofía sólo podía llevarnos hasta cierto punto. Pero podría permanecer abierta al encuentro del alma con lo sagrado, y a esos misteriosos puntos de encuentro entre lo sagrado y lo profano, iluminados en el arte, la literatura, la música y los textos sagrados, donde el tiempo se encuentra con la eternidad y el alma encuentra lo Verdadero, lo Bueno y lo Bello de formas que sólo pueden verse «como a través de un cristal oscuro».

Como filósofo sensible a lo que él llamaba «Intuiciones del Infinito», Scruton hizo todo lo que estuvo en su mano para demostrar que el cientificismo, al igual que el totalitarismo, privaba a los seres humanos de aquellas experiencias que fluyen del reconocimiento inicial de la luz de la autoconciencia dentro del alma. Toda la «mantequilla de nada» del mundo, los diversos reduccionismos que tan dogmáticamente explican lo alto a la luz de lo bajo (como reducir la mente al funcionamiento del cerebro), sólo sirven para despojar a los seres humanos de nuestra dignidad como personas moralmente responsables.

El lugar de la religión

Si la religión ha de recuperar el lugar que le corresponde en la vida humana, entonces la luz del centro del alma (una luz que apunta fuera y por encima de sí misma) debe volver a informar al «Nosotros» de la vida social y política, un «Nosotros» constituido por personas libres y mutuamente responsables, y no juguetes de diversas fuerzas deterministas postuladas por las ideologías de moda.

Al redescubrir esta luz y llamar la atención sobre ella, Roger Scruton contribuyó en gran medida a recuperar los fundamentos metafísicos del conservadurismo. A su manera inimitable, recuperó la conexión perenne entre la ciudad y el alma, el «cuidado del alma» en el corazón de cualquier polis auténtica. Agradecidos al modelo de su vida, debemos continuar la labor de recuperación filosófica y antropológica que Scruton inició de forma tan impresionante.

Ver también

Roger Scruton, el conservador convencido. (José Ruiz Vicioso).

El escándalo Scruton. (José Carlos Rodríguez).

¿Qué pensaría Roger Scruton de las ciudades de 15 minutos? (Samuel Hughes).

Murray Rothbard, propiedad intelectual y “fronteras electrónicas”

La propiedad intelectual ha sido uno de los temas más debatidos en la era digital, especialmente con la aparición de Internet y la distribución masiva de contenido. Esta cuestión plantea tensiones entre el control sobre las creaciones y la libre circulación de ideas, un dilema que ya había sido explorado por pensadores como Murray Rothbard. Aunque Rothbard no presenció el auge de la era digital, sus ideas sobre contratos, derechos de autor y patentes, pero, sobre todo, sus estudios sobre libre mercado y anarquía ofrecen buenas bases para comprender la red. En paralelo, figuras como John Perry Barlow, con su manifiesto “Vender vino sin botellas”, reinterpretaron estas tensiones en el contexto de Internet.

Los planteamientos de Murray N. Rothbard se basan en los principios de la libertad individual y el libre mercado, por lo que cuestionaba la necesidad de la intervención gubernamental en cualquier materia, incluyendo los monopolios gubernamentales que suponen las leyes de patentes, a las que ofrece una alternativa que es mediante los acuerdos en las compraventas.

Murray N. Rothbard murió el 7 de enero de 1995, sólo cuatro años después de la propuesta formal de Berners-Lee sobre la World Wide Web. Pero su influencia ha hecho que la evolución de Internet sea más anárquica que lo que se podría esperar de su origen militar.

Contratos de distribución

En su obra La ética de la libertad, Murray Rothbard plantea una crítica fundamental a la idea de la propiedad intelectual tal como la conocemos. Para él, los derechos de autor y las patentes no son propiedades en el sentido tradicional porque no cumplen con el principio de escasez física. Argumenta que las ideas, al no ser bienes tangibles, no pueden ser apropiadas ni monopolizadas sin recurrir a la coacción estatal.

Pero Rothbard argumentaba que las restricciones a la copia podían ser legítimas si se basaban en acuerdos contractuales voluntarios entre las partes. Defendía la idea de que un autor o inventor podía establecer condiciones contractuales que prohibieran la reproducción o venta de su obra sin permiso  «cuando han sido obtenidos de alguien a título de propiedad condicional, no de propiedad absoluta», es decir, si el contrato de compraventa estipula que hay restricciones de uso. Y lo ilustra con este ejemplo:

Supongamos que Rojo permite la entrada en su casa a Moreno y le enseña un invento que hasta ahora ha mantenido en el más estricto secreto, pero con la condición de que no comente con nadie esta noticia. En este caso, Rojo no concede a Moreno la propiedad absoluta del conocimiento de su invento, sino una propiedad condicional, puesto que se reserva el derecho de la difusión. Y si Moreno lo comenta con otros, viola la propiedad que se ha reservado Rojo y se convierte, en este sentido, en ladrón.

Tenemos un caso parecido de quebrantamiento de contrato (y de robo de propiedad) en la violación de los derechos de autor o de las patentes de invención. Supongamos que Rojo fabrica ratoneras de excelente calidad y que vende muchas unidades, que llevan estampado el «copyright Sr. Rojo». Lo que está haciendo, al proceder así, es advertir que no vende todos los derechos de propiedad de cada ratonera, sino sólo el derecho a hacer con ella lo que se quiera, excepto venderla o fabricar —y vender— copias enteramente iguales. Rojo se reserva a perpetuidad el derecho de venta de estas ratoneras. Por tanto, si Moreno compra una de ellas y fabrica y vende modelos idénticos, viola los términos del contrato y el derecho de propiedad de Rojo y se le puede demandar ante los tribunales por robo. Nuestra teoría de los derechos de propiedad ampara también la inviolabilidad del copyright contractual.

Idea que también desarrolla en Hombre, economía y estado:

Una persona escribe un li­bro o compone una obra musical. Al publicar el libro o la partitura, hace imprimir en la primera página la expresión “copyright”. Esta in­dica que cualquier persona adquirente del producto presta también su acuerdo, como formando parte de la operación de intercambio, a no copiar ni reproducir la obra para que sea vendida. Ya que el com­prador no adquiere la propiedad total, sino sujeta a la condición mencionada, toda violación del contrato por su parte, o por la de un ulterior adquirente, constituye robo implícito y será tratada en el mer­cado libre como corresponde. El derecho de autor es, pues, dentro del mercado libre, un derivado lógico del derecho de propiedad.

El problema de las patentes

Continúa en Hombre, economía y estado:

Parte de la protección que hoy acuerdan las patentes a un inventor podría obtenerse en el mercado libre mediante una especie de protección del derecho de autor. Ahora, los inventores tienen que marcar sus máquinas, indicando que se encuentran patentadas. La marca pone a los compradores sobre aviso de que el invento está patentado y de que no pueden vender ese artículo. Pero lo mismo podría hacerse ampliando el sistema de derecho de autor, y sin patente. En el mercado completamente libre, el inventor podría marcar como “copyright” su máquina, y en ese caso, todo adquirente de la máquina la comprará con la condición de que no habrá de reproducirla ni venderla para obtener ganancias.

La patente es incompatible con el mercado libre, precisamente en cuanto va más allá de un derecho de autor. La persona que no ha comprado una máquina, y que llega al mismo invento en forma independiente, en el mercado libre, podrá perfectamente proceder a utilizar su invención. Las patentes impiden que una persona haga uso de su propio invento, aun cuando sea suyo todo derecho de propiedad al respecto y no haya robado la idea, ni explícita ni implícitamente, al primer inventor. Por eso, las patentes constituyen privilegios de monopolio exclusivo, otorgados por parte del estado, que invaden los derechos de propiedad dentro del mercado. La distinción fundamental entre patente y derecho de autor no obedece, pues, a que una sea mecánica y el otro literario. El hecho de que se hayan aplicado en esa forma es un accidente histórico y no revela la diferencia básica que existe entre ambas instituciones. Tal diferencia fundamental está en que el derecho de autor es atributo lógico del derecho de propiedad, dentro del mercado libre, en tanto que la patente es una invasión sobre tal derecho.

Rothbard, la New Left y Woodstock ’69

En la década de 1960, Rothbard comenzó a cuestionar la alianza entre los libertarios y los conservadores, especialmente debido a sus diferencias sobre la Guerra de Vietnam y otros temas de política exterior. Rothbard concluyó que el libertarismo tenía sus raíces en la izquierda política y que los libertarios del Old Right estarían mejor alineados con el creciente anti-autoritarismo de la New Left. Esta alianza se basaba en una oposición común al militarismo, el corporativismo y la intervención estatal en la vida privada de los ciudadanos.

Rothbard colaboró con figuras prominentes de la New Left y participó en la fundación de la revista “Left and Right: A Journal of Libertarian Thought” en 1965. Esta publicación buscaba trascender las categorías políticas tradicionales y promover una visión coherente de la libertad que incluía elementos tanto de la izquierda como de la derecha contemporáneas.

El movimiento hippie de los años 60, con su énfasis en la paz, el amor y la libertad personal, compartía varios valores con el libertarismo de Rothbard. El festival de Woodstock, celebrado en agosto de 1969, se convirtió en un símbolo de esta contracultura. Aunque Rothbard no estuvo directamente involucrado en el festival, su filosofía libertaria resonaba con muchos de los ideales del movimiento hippie.

Woodstock no solo representó un festival de música, sino también una expresión de rechazo a las estructuras tradicionales de poder. Este espíritu anárquico se alineó con la visión de un mercado libre y no intervenido, una de las bases del pensamiento de Rothbard. Aunque las conexiones no sean evidentes, el contexto cultural de la época preparó el terreno para que ideas libertarias influyeran indirectamente en la forma en que comunidades y redes emergentes abordaron temas como la propiedad y la creatividad.

Aunque Rothbard y el movimiento hippie compartían una visión crítica del estado y una defensa de la libertad individual, también había diferencias significativas. Rothbard era un académico y teórico, mientras que el movimiento hippie era más práctico y cultural. Además, mientras que Rothbard defendía un mercado libre sin intervención estatal, muchos hippies eran críticos del capitalismo y buscaban formas alternativas de organización económica.

A pesar de estas diferencias, la interacción entre el libertarismo de Rothbard y la contracultura de los años 60 muestra cómo diferentes movimientos pueden encontrar puntos en común, especialmente cuando se comparten enemigos. Un ejemplo de esta conjunción es John Perry Barlow.

John Perry Barlow, de letrista de Grateful Dead, a vender vino sin botellas

John Perry Barlow es una figura que ha dejado una huella indeleble en múltiples campos, desde la música hasta la ciberseguridad. Conocido principalmente como letrista de la legendaria banda de rock Grateful Dead, Barlow también fue un pionero en la defensa de los derechos digitales y la libertad en Internet.

Nacido en 1947 en Wyoming, Barlow creció en un entorno rural y asistió a la Universidad de Wesleyan, donde se graduó en 1969. Su conexión con The Grateful Dead comenzó en 1971, cuando empezó a colaborar con Bob Weir, uno de los miembros fundadores de la banda. Juntos, escribieron algunas de las canciones más emblemáticas del grupo, como “Cassidy” y “Mexicali Blues”. La colaboración de Barlow con Grateful Dead continuó hasta la disolución de la banda en 1995.

A mediados de los años 90, Barlow se adentró en el mundo de la tecnología y la ciberseguridad. En 1990, cofundó la Electronic Frontier Foundation (EFF), una organización dedicada a defender la libertad de expresión y la privacidad en el ámbito digital. Su interés por la economía digital lo llevó a escribir el influyente ensayo “Selling Wine Without Bottles: The Economy of Mind on the Global Net” en 1994. En este ensayo, Barlow exploraba cómo la economía de la información y las ideas difería de la economía de los bienes físicos, utilizando la metáfora de vender vino sin botellas para ilustrar cómo las ideas podían ser compartidas y distribuidas sin las restricciones físicas tradicionales:

La legislación de propiedad intelectual no se puede remendar, adaptar o expandir para que contenga los gases de la expresión digitalizada, de la misma manera que tampoco se puede revisar la ley de bienes inmuebles para que cubra la asignación del espectro de la radiodifusión. (Lo que, de hecho, se parece mucho a lo que se intenta hacer aquí.) Tendremos que desarrollar un conjunto completamente nuevo de métodos acorde con este conjunto enteramente nuevo de circunstancias.

La mayoría de la gente que crea software -programadores, hackers y navegantes de la Red- ya lo sabe. Por desgracia, ni las compañías para las que trabajan ni los abogados que estas compañías contratan tienen la suficiente experiencia directa con bienes inmateriales como para entender por qué son tan problemáticos. Actúan como si se pudiera lograr que las viejas leyes funcionasen, bien mediante una grotesca expansión o por la fuerza. Se equivocan.

La fuente de este acertijo es tan simple como compleja su resolución. La tecnología digital está separando la información del plano físico, donde la ley de propiedad de todo tipo siempre se ha definido con nitidez.

A lo largo de la historia del copyright y las patentes, los pensadores han reivindicado la propiedad no de sus ideas sino de la expresión de las mismas. Las ideas, así como los hechos relativos a los fenómenos del mundo, se consideraban propiedad colectiva de la humanidad. En el caso del copyright se podía reivindicar la franquicia del giro exacto de una frase para transmitir una idea concreta o del orden de exposición de los hechos.

La franquicia se imponía en el preciso momento en que «la palabra se hacía carne» al abandonar la mente de su creador y penetrar en algún objeto físico, ya fuera un libro o cualquier artilugio. La posterior llegada de otros medios de comunicación comerciales distintos del libro no alteró la importancia legal de ese momento. La ley protegía la expresión y con pocas (y recientes) excepciones, expresar equivalía a convertir algo en un hecho.

Proteger la expresión física tenía a su favor la fuerza de la comodidad. El copyright funcionaba bien porque, a pesar de Gutemberg, era difícil hacer un libro. Es más, los libros dejaban a sus contenidos en una condición estática cuya alteración suponía un desafío tan grande como su reproducción. Falsificar o distribuir volúmenes falsificados eran actividades obvias y visibles, era muy fácil pillar a alguien. Por último, a diferencia de palabras o imágenes sin encuadernar, los libros tenían superficies materiales donde se podían incluir avisos de copyright, marcas de editor y etiquetas con el precio.

Aún era más apremiante patentar la conversión de lo mental a lo físico. Hasta hace poco, una patente era o bien una descripción de la forma que había que dar a los materiales para cumplir un determinado propósito, o una descripción de cómo se llevaba a cabo este proceso. En cualquiera de los dos casos, el quid conceptual de la patente era el resultado material. Si alguna limitación material impedía obtener un objeto con sentido, la patente se rechazaba. No se podía patentar una botella Klein ni una pala hecha de seda. Tenía que ser una cosa y la cosa tenía que funcionar.

De este modo, los derechos de la invención y de la autoría se vinculaban a actividades del mundo físico. No se pagaban las ideas, sino la capacidad de volcarlas en la realidad. A efectos prácticos, el valor estaba en la transmisión y no en el pensamiento transmitido.

En otras palabras, se protegía la botella y no el vino.

Barlow fue un visionario que entendió el potencial transformador de Internet mucho antes de que se convirtiera en una parte integral de nuestras vidas. Su trabajo con la EFF y sus escritos sobre la economía digital han influido en la forma en que entendemos y protegemos nuestros derechos en el ciberespacio.

John Perry Barlow falleció en 2018, pero su legado musical con Grateful Dead sigue vivo, inspirando a nuevas generaciones de músicos y fans, al igual que sus planteamientos sobre el ciberespacio.

La visión de Rothbard y de John Perry Barlow sobre la propiedad intelectual

Aunque ambos compartían una visión crítica sobre la intervención gubernamental, sus enfoques y argumentos sobre la propiedad intelectual difieren significativamente.

Como hemos visto, según Rothbard, un autor o inventor podía establecer condiciones contractuales que prohibieran la reproducción o venta de su obra sin permiso, y estos acuerdos serían una extensión natural de los derechos de propiedad y la libertad contractual y que la verdadera protección de la propiedad intelectual debía surgir de acuerdos privados y no de la coerción estatal.

Pero Rothbard no llegó a ver el potencial de Internet. Falleció en la fase incipiente de la red. No conoció Napster, creado en 1999, ni vio como millones de personas cooperan voluntariamente  compartiendo su conocimiento en Wikipedia, lanzada en 2001 o en GitHub, lanzado en 2008.

Tampoco pudo conocer “La declaración de independencia del ciberespacio” que presentó John Perry Barlow en Davos como respuesta a la Telecommunications Act, pero seguro que firmaría sus principales propuestas:

Gobiernos del Mundo Industrial,  […] no sois bienvenidos entre nosotros. No ejercéis ninguna soberanía sobre el lugar donde nos reunimos. No hemos elegido ningún gobierno, ni pretendemos tenerlo, así que me dirijo a vosotros sin más autoridad que aquélla con la que la libertad siempre habla. […] Proclamáis que hay problemas entre nosotros que necesitáis resolver. Usáis esto como una excusa para invadir nuestros límites. Muchos de estos problemas no existen. Donde haya verdaderos conflictos, donde haya errores, los identificaremos y resolveremos por nuestros propios medios.

Como planteaba John Perry Barlow, la red ha resuelto de forma espontánea las nuevas demandas que se han ido generando. Y, como planteaba Rothbard, la solución son los contratos o las licencias de uso. Como en el Software Libre, máximo exponente actual de la anarquía y libre mercado, donde la GPL le da un marco contractual a la cooperación entre las partes implicadas.

Ver también

Cuatro siglos de propiedad intelectual. (Antonio José Chinchetru).

Marcas, reputación y fraude. (Albert Esplugas).

Por un mercado libre de ideas. (Albert Esplugas).

El secreto de la Coca-Cola, Google e Inditex. (Manuel Llamas).

Copiar no es robar. (Albert Esplugas).

Competencia fiscal: el terror de los socialistas

Cierra el año 2024, y este pasado noviembre la Asamblea General de la ONU votó a favor de avanzar en el diseño de una convención sobre cooperación fiscal internacional y el Impuesto Mínimo Global del 15% a las multinacionales. Como siempre, los pretextos y fundamentos son reducir la evasión fiscal, reducir las desigualdades, y promover la justicia fiscal. Vaya a saber uno que significa con exactitud esto último, pero suena muy bien. El presidente del Comité de Coordinación de la GATJ (Global Alliance Tax Justice) dijo «La votación es un paso adelante hacia la creación de un sistema fiscal justo y progresivo que apoye el bienestar de todas las personas y el planeta»

En el campo fiscal nunca algo puede ser justo y progresivo al mismo tiempo. La progresividad de los sistemas fiscales penaliza a aquellas personas que más han sabido satisfacer las necesidades y deseos de los consumidores, puesto que de otra forma es imposible concebir el nivel de ingresos exteriorizados. Progresividad es castigar con un gravamen mayor al que más tiene, para darle a quien el burócrata de turno considere, y en el medio quedarse con una porción.

Cualquier persona que bregue por un estado reducido y eficiente, no puede estar de acuerdo con el Impuesto Mínimo Global, sea del 15% o del porcentaje que sea. Ese suelo fiscal lo único que produce es reducir la competencia entre países por tasas corporativas. ¿Acaso olvidamos lo importante que significa la competencia?

Un impuesto mínimo global, con vocación ascendente

En materia fiscal, la historia es siempre bien parecida. Hoy es un 15% (para los feligreses estatolatras es demasiado bajo) y para empresas multinacionales que facturen más de 750 millones de dólares. Sin embargo, con el tiempo, ese 15 pasará a un 20, y esos 750 descenderán a 500 y así sucesivamente.

Amén de esta realidad en materia fiscal, donde todo lo temporal se convierte en permanente y donde el ahogo ocurre de manera lenta y progresiva, lo peor resulta ser la eliminación de la competencia fiscal.

Es la competencia, sin lugar a dudas, en un libre mercado, lo que hace que las empresas busquen la mejor manera de hacer las cosas. De ofrecer mejores productos y servicios, de mejor calidad y a mejor precio. En resumen, es la competencia la que permite acercarnos a la eficiencia de medios y recursos que, por definición económica, son escasos. Es siempre la competencia la que lleva al ser humano a ir siempre más allá, de los límites concebibles. El mejor ejemplo son los Juegos Olímpicos. Basta elegir una disciplina y mirar los JJOO de 1924 y los de 2024, y observar cómo el ser humano cada vez ha logrado hazañas más increíbles. La competencia es aquello que nos hace superarnos.

Al eliminar la competencia para los estados con esta cartelización (que tanto se critica y persigue cuando la realizan los del sector privado) no estamos haciendo más que quitar de raíz un importante (sino el mayor) incentivo para hacer las cosas de manera eficiente. Por lo tanto, los estados no tendrán razones para ser más eficientes y/o gastar menos porque la empresa quedará rehén o cautiva del nuevo sistema mundial.

El impuesto mínimo global es el muro de Berlín del siglo XXI

Es un muro virtual, levantado por países socialistas, con el objeto de que no haya hacia dónde correr. Diseñado por aquellos que, en lugar de trabajar para lograr el mejor output posible operando con lo irreductible, prefieren acordar un suelo mínimo de ingresos para dormir tranquilos y asegurarse el porvenir.

Los socialistas que desean apurar el IMG observan con pánico las reformas del presidente Javier Milei, quien con su plan motosierra vino a eliminar gasto público innecesario, despedir empleados públicos y eliminar ministerios sin utilidad alguna. El próximo paso será la reducción de la absurda carga impositiva que soportan los ciudadanos. El objetivo subyacente es: respetar la esencia real de la propiedad privada y promover la inversión. Veremos qué países se suman a esta sana competencia y cuáles se esconden en la cartelización.

Por último, y para reflexionar este fin de año, en el seno de la OCDE se ponen nerviosos cuando se utiliza la terminología “paraíso fiscal”, la cual quieren que se deje de utilizar inmediatamente y han erradicado de todos sus documentos. ¿Por qué se les ha dejado de llamar paraíso fiscal a los paraísos fiscales? Ahora les dicen, jurisdicciones no cooperantes.

En gran parte, gracias a las redes sociales, la ciudadanía ya está empezando a comprender que más impuestos y más estado no solucionan ningún tipo de problema; al contrario. Tampoco erradican la pobreza. Entre el infierno y el paraíso, cualquier persona en su sano juicio elige vivir en este último.

El lenguaje económico (XLVII): Población

Fue el agudo y original Rothbard (2012: 380) quien apuntó esta idea: «Fue [Josiah Tucker] también un mercantilista típico al instar al gobierno a fomentar el aumento de la población». Hoy veremos los errores del mercantilismo demográfico, a saber, la pretensión gubernamental de controlar —incrementar, mantener o reducir— la población.

Mercantilismo demográfico

Mercantilismo e intervencionismo son sinónimos. Ambas doctrinas afirman que el gobierno debe interferir el libre comercio para beneficiar a la nación, protegiendo y/o favoreciendo específicas industrias nacionales. El mito mercantilista por excelencia es la «balanza comercial favorable»: la equivocada creencia de que una nación mejora cuando las exportaciones exceden a las importaciones. Richard Cantillon fue el primero en exponer que el aumento de dinero en un país eleva los precios internos y fomenta las importaciones, acabando de este modo con la balanza de pagos favorable (Rothbard, 2012: 401).

España vaciada

Esta expresión se refiere a aquellos territorios —municipios, pedanías, aldeas, caseríos— que van perdiendo habitantes, pudiendo llegar a un completo despoblamiento. La población en España aumenta, pero hay un trasvase poblacional del campo a la ciudad. Los motivos de esta preferencia son evidentes: el hombre obtiene ventajas de la concentración humana. Los mercantilistas demográficos, cual enemigos de la realidad, desean revertir este proceso social mediante la coacción estatal, es decir, a golpe de subsidios (vivienda, transporte, dinero). Todo ello se hará a expensas del contribuyente urbano, que verá reducido su nivel de vida. Lo que nadie puede lograr es convencer a los empresarios para que abran negocios —sucursales bancarias, farmacias, gasolineras y otros comercios— en las zonas más despobladas y sufran pérdidas.

Reto demográfico

Tenemos en España un ministerio para la transición ecológica y el reto demográfico, pero nadie nos aclara a qué «reto» (en singular) nos enfrentamos: ¿superpoblación? ¿infrapoblación?, ¿inmigración?, ¿envejecimiento?, ¿sistema de pensiones?, etc. La literatura política al respecto es un repertorio de frases huecas, mantras progresistas e imposturas diversas: riesgo demográfico, cohesión territorial, sostenibilidad ambiental, habitabilidad humana, etc. Lo único claro es la creciente diferencia poblacional entre zonas urbanas y rurales, algo que viene sucediendo desde el origen de los tiempos. El gobierno considera que este «desequilibrio» poblacional es nocivo (para la nación) en términos de equidad y de igualdad de oportunidades, pero ¿por qué motivo debería estar la población equilibrada? El hombre actúa porque está insatisfecho (Mises, 2011: 985) y se desplaza de unas zonas a otras buscando «mejores» oportunidades, si deseara tener las «mismas» oportunidades, no haría nada.

Igualdad de oportunidades: una imposibilidad

La naturaleza es diversa. Los hombres son distintos entre sí, tienen diferentes aptitudes y actitudes, viven en ambientes —geográficos, culturales, familiares— también distintos. Esta diversidad natural ofrece a las personas diferentes oportunidades, que pueden ser o no aprovechadas. Afirmar que todos «deberían tener» las mismas oportunidades es un deseo irreal y, por tanto, debe ser rechazado. Decía Ortega (1921: 127): «Toda sentencia como deben ser las cosas presupone la devota observación de la realidad». Pretender una sociedad demográficamente igualitaria, no solo es imposible, sino que supone un triple error: a) Racional: ignora la realidad y pretende suplantarla por un nirvana socialista; b) Ético: utiliza la coacción estatal para alcanzar los fines igualitarios; y c) Económico: provoca un empobrecimiento general de la sociedad.

Sobrepoblación e infrapoblación

Algunos se quejan de que hay demasiada población y otros de lo contrario. Lamentarse o criticar las diferentes densidades poblacionales es un juicio de valor porque no existe una cifra objetiva o un óptimo demográfico para cada territorio. Los ingenieros sociales son muy peligrosos, por ejemplo, el gobierno chino estableció, entre 1980 y 2015, la política el hijo único, de funestos resultados: abortos forzosos, infanticidio, desproporción entre el número de hombres y mujeres, etc. Otros gobiernos hacen lo contario y fomentan la natalidad otorgando subsidios de diversa naturaleza. En ambos casos, el gobierno altera la libertad humana para tener más o menos hijos o para cambiar el lugar de residencia.

La trampa malthusiana

Según Malthus (1846), a medida que aumenta la disponibilidad de alimentos en una sociedad, la población crece hasta agotar los excedentes, retrocediendo de nuevo a la situación inicial, ya sea por hambrunas, guerras o enfermedades. Este ciclo pesimista podría darse eventualmente en una sociedad primitiva (agraria o de cazadores-recolectores), sin embargo, en una sociedad capitalista tanto la población como su nivel de vida crecen debido al aumento del capital disponible. Solo una mayor tasa de capitalización (no la voluntad política) permite un progreso material generalizado.

Vertebrar el territorio

Se trata de una metáfora orgánica que nadie ha definido. Ortega y Gasset (1921), en la «España invertebrada», hacía alusión al problema secesionista de Cataluña y País Vasco, así como a los particularismos regionales y a la desunión social. Podemos inferir que una España «vertebrada» sería aquella donde sus gobiernos territoriales —autonomías, provincias y municipios— y sus gentes estuvieran cohesionados, unidos y cooperaran socialmente dentro de un proyecto común de convivencia. Sin embargo, es el Estado, con su manía redistributiva, el que genera tensiones entre
regiones ricas y pobres.

Bibliografía

Malthus, T. (1846). Ensayo sobre el principio de la población. Madrid: Establecimiento Literario y Tipográfico de D. Lucas González y Compañía.

Mises, L. (2011): La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Ortega, J. (1921). España invertebrada. Madrid: Calpe.

Rothbard, M. (2012). Historia del pensamiento económico. Madrid: Unión Editorial.

Serie ‘El lenguaje económico’

Del legado de Alberdi a la revolución liberal de Milei

La consolidación del Estado nacional en América Latina en el siglo XIX enfrentó enormes desafíos. Argentina, en particular, experimentó un período de inestabilidad política marcado por la polarización entre federalistas y unitarios, lo que dificultó la implementación de una estructura estatal estable. En este contexto, Juan Bautista Alberdi, joven jurista y miembro de la llamada Generación de 1837, emerge como figura central al presentar soluciones pragmáticas alineadas con las corrientes liberales europeas para reorganizar el país.

La obra “Bases y Puntos de Partida para la Organización Política de la República Argentina”, escrita en 1852, se convirtió en la principal guía para la redacción de la Constitución de 1853, en la que se incorporaron muchas de sus ideas. Alberdi defendió la necesidad de establecer reglas claras y escritas en forma de constitución para limitar los poderes del Estado y garantizar el equilibrio entre las fuerzas políticas. Desde su perspectiva, el poder estatal debe ser contenido a través de mecanismos institucionales que aseguren la libertad individual, la protección de la propiedad privada y la separación de poderes. Por lo tanto, la constitución no era sólo un documento legal, sino una herramienta esencial para prevenir abusos por parte de gobiernos autoritarios y promover la estabilidad política.

Además, Alberdi propuso un modelo que buscaba conciliar el conflicto entre federalismo y centralismo, identificando el federalismo mixto como la solución a la diversidad territorial y política de Argentina. Para él, el federalismo debe ser funcional y pragmático, garantizando autonomía a las provincias, pero bajo un gobierno central fuerte que pueda asegurar la unidad y el progreso nacional. Por otro lado, Alberdi criticó a la Confederación como un sistema demasiado frágil e ineficaz para hacer frente a disputas regionales y amenazas externas. Desde su perspectiva, la confederación representaba una forma de organización precaria, incapaz de establecer la estabilidad necesaria para un país en formación.

La influencia de Alberdi y la Constitución de 1853 trascendió el siglo XIX y sigue resonando en el actual Estado argentino. La Carta Magna, al otorgar al jefe del Poder Ejecutivo la capacidad de implementar cambios prácticos en la sociedad, consolidó un sistema presidencial que combina eficiencia en la toma de decisiones y flexibilidad institucional. Esta estructura permite al gobierno federal liderar reformas y políticas públicas de manera centralizada, respetando el pacto federal con las provincias. Este modelo refleja la visión pragmática de Alberdi, que entendía la necesidad de un poder ejecutivo fuerte para promover el progreso material y social, especialmente en un país vasto y en desarrollo.

Este legado histórico alberdiano cobra nueva relevancia bajo el actual gobierno argentino, presidido por Javier Gerardo Milei, economista austriaco y defensor del liberalismo clásico y el minarquismo. Inspirándose en los principios económicos del laissez-faire, Milei impulsó, en apenas 12 meses, la implementación directa de leyes económicas basadas exclusivamente en el capitalismo liberal. Estas profundas reformas sacaron al país de la pobreza y lo colocaron una vez más en el centro del interés global, atrayendo inversores y capitalistas de todo el mundo. La rápida y eficiente transformación de la economía argentina bajo su liderazgo convirtió a Milei en una leyenda contemporánea, demostrando la viabilidad del liberalismo económico como motor del desarrollo y la prosperidad nacional.

Este artículo explora la influencia alberdiana en la formulación del Estado argentino, centrándose en su visión sobre la necesidad de una constitución como instrumento para limitar el poder estatal, la conciliación entre federalismo y centralismo, el estímulo a la inmigración europea y el impacto continuo de su ideas sobre la organización política y los aspectos sociales del país, culminando en su relevancia en el contexto argentino actual.

El pensamiento político de Juan Bautista Alberdi

La formación del Estado nacional argentino después de la independencia de la corona española enfrentó importantes obstáculos sociales, económicos y políticos. Si bien la emancipación fue un hito importante, Argentina heredó un sistema colonial debilitado, con instituciones incipientes, una economía desarticulada y grandes áreas de territorio prácticamente despoblado. La falta de cohesión nacional y los conflictos entre federalistas y unitarios empeoraron la inestabilidad, generando disputas regionales y fragmentación política. Este escenario se agravó aún más durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, quien tomó el poder con mano de hierro y se convirtió en un símbolo del autoritarismo en el país.

Rosas, al centralizar el poder y gobernar como un dictador, demostró aversión a la idea de una constitución escrita que limitara sus prerrogativas. Desde su perspectiva, el ejercicio absoluto del poder era necesario para garantizar el orden y el control del país, pero tal postura sólo perpetuó el atraso socioeconómico de Argentina. Bajo su régimen, se frenó el desarrollo económico, se debilitó la propiedad privada y se oprimió a la sociedad civil, con frecuentes persecuciones políticas contra quienes se oponían a su gobierno.

En este contexto, Juan Bautista Alberdi surgió como una de las principales voces críticas contra el régimen rosista. Alberdi, representante de la Generación de 1837 –grupo intelectual que defendía la modernización e institucionalización del país– vio en el liberalismo europeo, especialmente las ideas de la Ilustración y los modelos norteamericanos, una salida a la crisis argentina. Su visión iba en contra del autoritarismo de Rosas, lo que lo convirtió en blanco de persecución política. Alberdi se vio obligado a autoexiliarse, refugiándose en Uruguay y, posteriormente, en Chile, donde desarrolló la obra que se convertiría en la base del Estado argentino: “Bases y Puntos de Partida para la Organización Política de la República Argentina”.

Alberdi creía que construir un país moderno y próspero requería instituciones fuertes y una constitución que limitara los poderes del Estado y garantizara los derechos individuales, especialmente la libertad económica y la protección de la propiedad privada. Para él, el atraso socioeconómico de Argentina resultó no sólo del legado colonial y las disputas internas, sino también de la ausencia de reglas claras y estables, que impidieron la consolidación de un orden político efectivo y un entorno propicio para el desarrollo.

Gobernar es poblar

Como solución, Alberdi presentó el principio central de su pensamiento: “Gobernar es poblar”. Creía que la vasta extensión territorial de la Argentina, combinada con su baja densidad de población, era uno de los principales obstáculos al progreso. Para superar esta situación, propuso la inmigración europea como medio para promover el crecimiento demográfico y, en consecuencia, el desarrollo económico. Según Alberdi, inmigrantes de países industrializados no sólo poblarían el territorio, sino que también traerían consigo valores culturales, habilidades técnicas y prácticas económicas avanzadas que impulsarían a la Argentina hacia el progreso material y la modernidad.

El principio de Alberdi, “Gobernar es hacer pueblo”, sigue reflejándose en las marcadas diferencias entre Argentina y otros países latinoamericanos, incluido Brasil y otras naciones de habla hispana. Este fenómeno es visible hasta el día de hoy, especialmente en las grandes disparidades entre Argentina y sus vecinos en términos de arquitectura, cultura y comportamiento político. La valentía argentina para romper con el error ideológico no debería sorprender, incluso si tal ruptura es diametralmente opuesta a todo lo que se había intentado anteriormente, en términos de modelos de gobierno político socialista.

La inmigración europea, promovida por Alberdi, moldeó significativamente la identidad argentina. Mientras que otras naciones latinoamericanas pueden haber estado más influenciadas por colonizaciones masivas o dinámicas poblacionales internas más complejas, Argentina se benefició de una afluencia de inmigrantes europeos que trajeron consigo no sólo mano de obra sino también valores culturales, ideales democráticos y una herencia de sofisticación y organización social. . Esto se refleja en una arquitectura urbana, más parecida a la de las grandes ciudades europeas, y en una cultura política que, históricamente, se distingue por el fuerte aprecio de una clase intelectual y el valor atribuido a la educación, el arte y el debate.

Esta “aristocracia latinoamericana”, como se la puede caracterizar, convierte a Argentina en un ejemplo de nación con una élite culturalmente más refinada y políticamente más comprometida, lo que la pone en contraste con otros países de la región, donde la falta de una base poblacional homogénea y culturalmente más europeizado resultó en una mayor diversidad y, en ocasiones, inestabilidad política. De esta manera, Argentina sigue siendo un reflejo del proyecto de Alberdi, donde la inmigración europea fue la clave para establecer una nación centrada en la modernidad y la sofisticación en el contexto latinoamericano.

La república posible y el federalismo mixto

Alberdi reconoció que la inestabilidad política, exacerbada por los enfrentamientos entre unitarios y federalistas, hacía inviable la implementación de un modelo puramente centralizado o confederativo. Para resolver este impasse, propuso la idea de la “República Posible”, un modelo pragmático de organización estatal basado en el federalismo mixto. Inspirándose en el modelo norteamericano, Alberdi buscó combinar la autonomía de las provincias con un gobierno central lo suficientemente fuerte como para garantizar la unidad nacional y la estabilidad política.

En contraste con el modelo confederativo, que consideraba frágil e ineficaz para hacer frente a disputas internas y amenazas externas, el federalismo albertiano ofrecía una solución equilibrada. Defendió la creación de instituciones representativas y eficientes, con una clara división de poderes y una constitución que sirviera de instrumento de control sobre el poder ejecutivo, garantizando el funcionamiento armonioso del país.

De esta manera, las propuestas de Juan Bautista Alberdi surgieron como una respuesta al atraso socioeconómico del país, agravado por la herencia colonial, el autoritarismo de Rosas y la ausencia de una constitución. Su obra, escrita en el exilio, no sólo sentó las bases de la Constitución de 1853, sino que también propuso soluciones que apuntaban a estabilizar el país y ponerlo en la senda del desarrollo económico y político.

La influencia de Juan Bautista Alberdi y la Constitución de 1853 sigue presente en la estructura política y económica de la Argentina contemporánea. Alberdi, al redactar las bases de la Constitución argentina, enfatizó la necesidad de un poder ejecutivo fuerte que permita que el papel del Presidente de la República haga posibles cambios drásticos sin una mayoría en el parlamento. Este hecho es de tal importancia que resalta las diferencias entre los porteños y los tupiniquins. Un rápido vistazo a lo que sucede en su vecino, Brasil, donde cualquier presidente de la República es de hecho una pieza ornamental en la conducta política del país, subordinado a ministros del Supremo Tribunal Federal y al chantaje del legislativo.

Bajo la presidencia de Javier Milei, electo en diciembre de 2023, Argentina implementó reformas económicas alineadas con los principios de libertad económica y reducción de la intervención estatal, características del liberalismo defendido por Alberdi. Milei impulsó importantes recortes en el gasto público, desmanteló ministerios e implementó políticas de libre mercado, con el objetivo de reducir la inflación y estimular el crecimiento económico. Estas medidas reflejan la búsqueda de un Estado limitado y la promoción de la libre empresa, tal como propugna Alberdi.

Consecuencias inmediatas e impacto de la influencia alberdiana

La promulgación de la Constitución de 1853 representó un hito en la organización del Estado argentino. La incorporación de las ideas de Alberdi permitió la implementación de políticas migratorias que, aunque con limitaciones prácticas, la inmigración europea contribuyó al crecimiento poblacional y al dinamismo económico del país. Otro resultado de las ideas de Alberdi fue la estructuración institucional, que desencadenó la creación del federalismo mixto y la división de poderes, que ayudó a estabilizar el gobierno y contener las disputas regionales. Como resultado de un sistema de gobierno estructurado y con reglas claras, la recién nacida República Argentina logró el progreso económico. Como predijo y planeó Alberdi, las bases legales y políticas establecidas allanaron el camino para inversiones en infraestructura y desarrollo económico, aunque de manera desigual entre la costa y el interior.

Sin embargo, quizás el mayor resultado de las políticas de Alberdi se produjo mucho después de su muerte. El primer año de gobierno de Milei trajo resultados sorprendentes en la lucha contra la pobreza en Argentina, a pesar del contexto crítico heredado de gobiernos anteriores. Al asumir el cargo, Milei se enfrentaba a una alarmante tasa de pobreza del 45,2% y una tasa de indigencia del 14,6%, consecuencias directas de décadas de políticas intervencionistas y desequilibrio económico estructural.

Utilizando las mismas consideraciones prácticas que Alberdi, el presidente Milei implementó, en los primeros meses de 2024, medidas de ajuste y liberalización, como la estabilización fiscal y el control de la inflación. Toda acción y medida económica tiene un plazo. En los primeros meses de gobierno, las reacciones económicas del gobierno anterior se hicieron presentes, provocando que los índices de pobreza aumentaran temporalmente hasta que las acciones implementadas por Milei pudieran comenzar a surtir efecto. Así, a partir del segundo trimestre la trayectoria comenzó a revertirse y las cifras de pobreza e indigencia mostraron una mejora continua. En octubre de 2024, la tasa de pobreza ya había caído al 44,6%, mientras que la indigencia cayó al 11,6%, cifras inferiores a las que dejó el gobierno anterior.

Este avance se produjo gracias a la implementación de políticas económicas basadas en el capitalismo de laissez-faire y la drástica reducción de los déficits fiscales. La firme decisión de Milei de estabilizar la moneda, recortar el gasto excesivo y desregular sectores fundamentales promovió las condiciones para el crecimiento económico y la recuperación gradual del poder adquisitivo de la población, reflejándose positivamente en los índices sociales.

Obviamente, los medios socialistas, en su mayor parte, ignoraron estas hazañas históricas. En lugar de reconocer la reducción efectiva de la pobreza y la mejora de los indicadores sociales, se centraron en las dificultades iniciales derivadas de los ajustes necesarios para corregir los desequilibrios económicos heredados. Esta omisión deja de lado que, en apenas un año, Milei logró alejar al país del riesgo de hiperinflación y default, estabilizar la economía y allanar el camino hacia un futuro de crecimiento sostenible.

El gobierno de Milei no sólo rescató a Argentina de una profunda crisis, sino que también demostró que las políticas liberales, cuando se aplican con seriedad y responsabilidad, pueden transformar la realidad socioeconómica de un país en poco tiempo. El impacto de estas reformas ya ha colocado a Argentina en el radar de los principales inversores globales, consolidando a Milei como una figura histórica y un ejemplo de liderazgo económico eficaz. En resumen, la continuidad de las ideas de Alberdi en la Constitución de 1853 y su aplicación en las políticas actuales de Milei demuestran la persistencia de un modelo que busca conciliar un poder ejecutivo fuerte con la promoción de la libertad económica, apuntando al desarrollo y la modernización de Argentina.

Conclusión

El aporte de Juan Bautista Alberdi a la formación del Estado argentino en el siglo XIX fue decisivo para sentar las bases de un país moderno, basado en instituciones sólidas, un federalismo pragmático y libertad económica. Su visión cristalizó en la Constitución de 1853, que buscaba limitar los poderes del Estado, garantizar los derechos individuales y crear condiciones para el progreso material y social de la Argentina. Sin embargo, este legado liberal a menudo se ha distorsionado o abandonado a lo largo de los años, lo que ha dejado al país frente a crisis económicas, inestabilidad política y pobreza generalizada.

Bajo el gobierno de Javier Gerardo Milei, este mismo legado encuentra su aplicación más fiel en el siglo XXI. Sentado sobre los hombros de gigantes de la Escuela Austriaca, como Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, Milei se ha convertido en una referencia histórica mundial, al implementar firmemente los principios del capitalismo de laissez-faire y la doctrina minarquista liberal. Su gobierno, en sólo un año, alejó a Argentina del camino de la hiperinflación, estabilizó la economía, redujo la pobreza y devolvió al país la prominencia como destino atractivo para los inversionistas y capitalistas globales.

Milei, inspirado en el legado del primer gran liberal argentino, Juan Bautista Alberdi, demuestra al mundo que la doctrina liberal es, de hecho, el único camino viable hacia la prosperidad general y la paz entre los pueblos. Su éxito sirve como un rayo de esperanza para todas las naciones que, oprimidas por décadas de políticas intervencionistas y estatistas, buscan un futuro de libertad y progreso económico.

Para Brasil, esta transformación histórica en Argentina deja un mensaje claro: el ejemplo del país vecino debe servir de inspiración para que el pueblo brasileño, mirando hacia el sur, se dé cuenta de que cambiar de rumbo es también la única opción viable. Sólo abrazando los principios del liberalismo clásico Brasil dejará de ser el eterno “país del futuro” y finalmente entrará en el presente y alcanzará la prosperidad que le corresponde.

Bibliografía

ALBERDI, Juan Bautista. Bases y Puntos de Partida para la Organización Política de la República Argentina. Buenos Aires: La Cultura Argentina, 1915.

FERNÁNDEZ, Daniel. Milei, año 1: Desinflación, presupone estabilidad y recuperación económica. Instituto Juan de Mariana & UFM Reform Watch, 2024.

MARANGONI, Jonás Barradas. Gobernar es Pueblo: La influencia alberdiana en la organización del Estado argentino a mediados del siglo XIX. Tesis de Maestría. Universidade Estadual Paulista “Júlio de Mesquita Filho”, 2007.

MILEI, Javier Gerardo. Discurso de investidura presidencial. Buenos Aires, 10 de diciembre de 2023.

Mises, Ludwig von. Las seis lecciones. São Paulo: Instituto Ludwig von Mises Brasil, 2012.

HAYEK, Friedrich A. El camino de la servidumbre. São Paulo: Instituto Ludwig von Mises Brasil, 2013.

Ver también