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Guerra comercial: debacle económica y política asegurada

Si algo quedó claro tras el primer mandato de Donald Trump en la Casa Blanca es que hay que tomar su programa electoral de forma literal y, en especial, lo referente a política económica y comercial. Además, tras la elección de dirigentes para los diferentes departamentos, podemos observar como el Trump de 2025 va a ser un Trump mucho más reforzado en sus ideas y dispuesto a llevar a cabo las áreas más radicales de su programa.

Dentro de dicho programa, la política comercial siempre ha sido una de las áreas focales principales de Trump y el proteccionismo una de sus principales banderas, tal y como demostró durante su primer mandato. En este sentido, como bien sabrán la mayoría de los lectores de esta columna, la principal propuesta en política comercial de Trump para la nueva legislatura es la imposición de un arancel mínimo del 60% sobre todos los bienes y servicios procedentes de China y uno de entre el 10% y 20% para el resto de los países del mundo.

Con ello, Trump cree que logrará acabar con uno de sus mayores fantasmas: el déficit de la balanza comercial. Sin embargo, lo más probable es no solo que no consiga dicho cometido, sino que, además, dispare la inflación, comience un conflicto con la Fed e incluso pueda hacer que disminuya la confianza en el dólar como reserva de valor global.

Balanza comercial y ahorros

Vayamos por partes. Si algo está claro es que los productos que exporta EE.UU. requieren de multitud de insumos que, en la gran mayoría de los casos, proceden de terceros. Por lo tanto, unos aranceles masivos como los propuestos solo causarán que el primer efecto sea un encarecimiento de la producción norteamericana y la consecuente reducción de sus exportaciones que, al tener una demanda de carácter mucho más elástico que sus importaciones, contribuirá probablemente a un empeoramiento del déficit de la balanza comercial.

Más en profundidad, para entender de manera un poco más precisa los efectos que tendría sobre la balanza comercial, conviene conocer las dinámicas propias de esta. En cualquier curso de macroeconomía enseñan una básica que es que la balanza comercial es igual a los ingresos agregados de un país menos el gasto total, o lo que sería su equivalente matemático, el ahorro menos la inversión agregados de un país durante un determinado periodo de tiempo. Tomando estas ecuaciones como ciertas, cabe resaltar que, durante la mayor parte de las últimas décadas, EE.UU. ha registrado un gasto total mucho mayor que sus ingresos. La oferta agregada de ahorro extranjero durante los últimos 3 años ha promediado un 3.9% del PIB, lo que, tal y como muestra la ecuación de la balanza comercial, significa que la economía nacional debe haber registrado déficits muy significativos.

Más gastos, menos impuestos

Lo que llama la atención, llegados a este punto, es que si miramos los datos de empresas y familias, veremos que, en dicho periodo de tiempo, las familias registraron un superávit de ahorro sobre gasto/inversión del 2.3% del PIB y las empresas del 0.5%. Por lo tanto, la explicación del déficit comercial americano se encuentra en el gigante déficit público que, en ese mismo tiempo, promedió un 6.7% del PIB, siendo muy superior al superávit de ahorro de empresas y familias y siendo el factor principal de la situación actual de la balanza comercial norteamericana. Por lo tanto, si se desea mejorar la balanza comercial norteamericana, el primer paso que se debe dar es hacia la estabilización fiscal a través de un incremento del ahorro y una reducción significativa del gasto público.

La principal política fiscal de Trump se centra en una reducción significativa de impuestos (incremento de deducciones para impuestos estatales y locales, reducción del impuesto de sociedades, etc.) y un mantenimiento e incluso incremento de las principales partidas de gasto público, contribuyendo de manera clara y directa a un incremento del déficit público (como ya se demostró de hecho en su pasado mandato).

El incremento masivo de aranceles y déficit público será probablemente una bomba inflacionaria en EE.UU., ya que contribuirá a una reducción de la oferta agregada acompañada de un incremento similar de la demanda agregada. En este escenario, si la Fed se ve en necesidad de subir los tipos para frenar la tendencia inflacionaria, esto podría generar una gran tensión entre el gobierno americano y el banco central, algo nada bueno para la estabilidad económica global.

Efectos sobre la balanza comercial

Queda claro, por lo tanto, que la política de Trump de imponer un arancel mínimo del 60% sobre las importaciones chinas y de un 10-20% sobre el resto de países, unido a su política fiscal, no solo contribuiría a no eliminar el déficit de la balanza comercial, sino incluso a incrementarlo. De hecho, estos aranceles ni siquiera pararían las importaciones de China, ya que estos productos se exportarían desde otros países con barreras arancelarias menores o se modificarían las cadenas de ensamblaje para clasificar de otra manera.

Si bien es cierto, Trump y su equipo han propuesto introducir un mayor número de reglas de origen a la hora de imponer aranceles, pero diseñar tantas que aplicaran a todas las posibles casuísticas resultaría casi imposible, porque por algún agujero se terminarían colando las importaciones. Todo ello, sin contar con la retaliación asegurada por parte de muchos socios comerciales de EE.UU., contribuyendo a empeorar el tablero del comercio internacional.

Algunas principales estimaciones como la del NIESR de Reino Unido señalan que los efectos de la política comercial de Trump podrían dejar el PIB americano hasta un 4% por debajo del PIB potencial correspondiente al final de su mandato. Todo ello, además, sin contar con el resto de efectos posibles de la descrita política fiscal y sin ni siquiera lograr la reducción del déficit de la balanza comercial. Por lo tanto, lo único que posiblemente traiga sea una debacle económica y política.

Platón y el totalitarismo

Para muchos, siempre ha resultado desconcertante la inclusión de Platón entre los “padres del totalitarismo”, junto con Hegel y Marx, en la famosa obra de Popper (1902-1994) La Sociedad abierta y sus enemigos (1947). Una inclusión sorprendente y que llama la atención por muchos motivos, como el de poner al ateniense, una de las más altas cimas teóricas de la humanidad, en tan dudosas compañías.

Casi siempre es un error aplicar calificaciones modernas o actuales a los antiguos. Quizá, a veces, sean útiles para facilitar una primera comprensión, pero a cambio desnaturalizan mucho, tanto a la propia calificación, como a lo calificado por términos extemporáneos aplicados de modo retrospectivo. La calificación de “totalitario”, de “idealista” u otras, son de creación demasiado posterior al mundo helénico como para poder ser significativas en él, y resultan muy difíciles de aplicar a la filosofía clásica. En el caso de Platón, el error se aproximaría peligrosamente al disparate.

Las fantasías hegelianas… y las popperianas

No es que sea aceptable ponerlo en relación con Hegel, el justamente denominado “filósofo de la fantasía” (frente a Kant, el “filósofo de la imaginación”), porque no es Platón autor de ilusiones como las hegelianas. Comparar la política de Platón con la de Hegel, como hizo Popper, casi iguala las fantasías hegelianas. Pero siempre parece peor relacionarlo con Marx, a esos mismos efectos. Platón es un gigante, y Marx un autor muy menor, cuya relevancia no se debe a su biografía ni a su obra, sino a la Revolución Rusa (1917) y a Lenin: sin ellos, Marx no pasaría de figurar en alguna nota a pie de página en alguna historia muy erudita de la economía o de la sociología. Comparar al ateniense con Marx es un exceso de Popper.

Platón posee un papel fundante en la filosofía. Hasta él, la filosofía nacida de los primeros pensadores helénicos (sofoi=sabios), o sus sucesores, los sofistes (sofista=sabio), denominación que quiso ser ilustre y terminó siendo infamante, no había pasado de sus prolegómenos. Platón formuló un método y una disciplina, probablemente en su integridad. Por eso se ha dicho, y no sin razón, que la Historia de la Filosofía toda no es sino un largo y siempre inacabado comentario de la obra de Platón.

Contra la democracia

De ahí el desconcierto ante la consideración del ateniense como un inspirador, y el primero además, del pensamiento totalitario, tal como Popper propuso en su obra. Porque sería, más que desconcertante, decepcionante, concluir que un pensador de la entidad de Platón, creador de la filosofía, una de las cimas intelectuales de nuestra cultura, etc., fuese un apologista de tiranías, autocracias y despotismos, incluso de los más terribles. Por eso resulta tan perturbadora esa inclusión entre los padres del totalitarismo.

Aunque sea cierto que algunas de las ideas platónicas se hayan usado para fundamentar prácticas autoritarias, es importante evitar una aproximación simplista a su obra. Platón sigue siendo un autor fundamental para entender la historia del pensamiento, especialmente el político, y su legado sigue siendo objeto de debate y reflexión, y no por sus posibles inclinaciones despóticas. Porque Platón, más que un pensador autoritario, partidario entusiasta de tiranías, autocracias y despotismos, fue un crítico radical de la democracia ateniense, a la que consideró inestable, injusta y corrupta, sobre todo tras la condena y ejecución de Sócrates, que él presenció.   

Politeia, obra más conocida como La República o El Estado, fue el texto platónico en que Popper basó su acusación. Pero al actuar así, Popper hizo girar el pensamiento político de Platón en torno a ella, olvidando el hecho de que su pensamiento político no está solo, ni quizá fundamentalmente, en La República. Se ha de completar con otros diálogos más tardíos, como El Político y, sobre todo, Las Leyes (texto éste que ocupa, él solo, una quinta parte de su obra escrita), sin olvidar su Carta VII. Quizá el afinamiento teórico efectuado en el pensamiento político platónico por sus otras obras, después de La República, tuviese que ver con la relación con su muy aventajado discípulo por 20 años, Aristóteles.

Aristóteles, platónico

Aristóteles fue un gran platónico, quizá el más grande de todos. Encontró en Platón un guía al que admiraba por sus enseñanzas y su hondura metafísica. También es lógico que finalmente abandonase la Academia. Aristóteles no era ateniense, y su origen semibárbaro (tracio de Estagira) y el dogmatismo platónico que dominó los años de la Academia que siguieron a la muerte de Platón, le llevaron a orientarse hacia otras latitudes intelectuales y a fundar el Liceo, como alternativa a la compleja y contradictoria deriva de la Academia platónica.          

Tampoco se suele entender bien la relación de Platón con Aristóteles, pues éste es mucho más platónico de lo que se reconoce, igual que Platón es mucho más aristotélico de lo imaginable. La relación de Aristóteles con Platón no es una contraposición de opuestos, sino un diálogo constante del discípulo con su maestro. Incluso cuando Aristóteles se apartó de algunos postulados de Platón, lo hizo siempre sobre sus fundamentos. Por ejemplo, su crítica a la teoría de las Ideas de Platón no es un rechazo, sino una reformulación. Al igual que sucede con la distinción entre “materia” y “forma”, o entre “sustancia” y “accidente”, nociones básicas en la metafísica de Aristóteles, pero directamente platónicas.

Invertir el platonismo

Pocos autores tan importantes y tan comentados como Platón son de tan difícil comprensión. A Platón se le ha usado para casi todo. También desconcierta, en la obra del ateniense, advertir que nunca se sabe bien cuál sea realmente la tesis platónica y si Sócrates representa o no los puntos de vista de Platón en el conjunto de los Diálogos. Aunque quizá sea La República uno de los diálogos en que Sócrates representa, con seguridad, los puntos de vista de Platón. Sin embargo, en el diálogo Las Leyes no interviene Sócrates, un diálogo en el que también figura la clasificación y valoración de las formas de gobierno que recogió Aristóteles en su Política. Ambas obras, La República y Las Leyes, estudian y comparan los sistemas de gobierno de Atenas y Esparta, la primera más crítica con Atenas y la segunda más constructiva.

Platón triunfó en el Renacimiento, pero fue rechazado o ignorado por la Ilustración y la filosofía que la ha seguido hasta hoy, hasta su disolución en la filosofía posmoderna. Nietzsche, uno de los más mordaces críticos del platonismo, postuló que la filosofía del futuro tendría que “invertir” el platonismo, es decir, eliminar la dualidad platónica entre el “mundo de las esencias” y el “mundo de las apariencias”. O sea, la abolición de la dualidad de la “esencia” frente a la “apariencia”, para reivindicar ésta (el fenómeno). Pero el intento de “invertir del platonismo” deja fuera de visión la motivación metodológica de Platón para establecer esa dualidad.

Indagación

La dialéctica de Platón construyó un procedimiento de indagación, basado en la diferenciación que permite distinguir entre las “cosas” mismas y las imágenes con las que éstas aparecen en el mundo. Platón buscaba fijar, en los objetos reales, lo que de ellos participa en el ideal de cada uno de ellos, para seleccionarlo a efectos de su concepto. Para ello, separó el “original” (o modelo ideal) de las “copias” (los objetos sensibles percibidos).

De ese modo, se distinguen los modelos ideales de sus diferentes representaciones en la realidad y, sobre todo, permite distinguirlos y separarlos de sus falsas representaciones. Platón buscaba determinar líneas de ascendencia que conectasen las copias con sus modelos ideales, para seleccionar las copias que más se asemejan esos modelos ideales. En el diálogo El Político, define a éste como “pastor de hombres”, pero surgen otros como el médico, el educador, el mercader, etc., que también lo reclaman para sí, pero ¿cuál de esos pretendientes puede reclamarlo para sí verdaderamente?

La selección consiste en revisar las aspiraciones de los pretendientes, para distinguir y separar lo auténtico de lo falso, lo puro de lo impuro, la verdad del error, el bien del mal, etc. Es la prueba crucial de una dialéctica que somete al juicio de la razón a los diferentes pretendientes. Así, se pueden separar los que “participan” del ideal, pues se aproximan al modelo, de los falsos pretendientes, que no pasan de meros “simulacros”, fantasmas del modelo. El platonismo es la Odisea del Espíritu, en la que, al igual que la Penélope homérica, debe descubrir al verdadero pretendiente (Ulises) y rechazar a los falsos que la acechan, debe el filósofo descartar lo falso y erróneo para alcanzar lo auténtico y verdadero.

Platón parte de la experiencia

Platón hace una primera determinación al distinguir la “esencia” de la “apariencia”, la idea de sus imágenes. La distinción se desplaza así a la realidad sensible, en la que se selecciona entre dos clases de imágenes: las “copias” (verdaderas) y los “simulacros” (falsos). El platonismo aspira a seleccionar al verdadero pretendiente para, de modo similar a como en La Odisea de Homero, Ulises triunfa sobre los falsos pretendientes, tratar de asegurar la selección de las “copias” y rechazar los “simulacros”, encadenándolos fuera del dominio del saber.

La dualidad en verdad trascendente para Platón no es, pues, la que separa el “ideal” de sus “imágenes”, sino la que asegura la distinción entre las imágenes del mundo sensible: las “copias” y los “simulacros”. El platonismo no define modelos ideales para juzgar desde ellos las representaciones sensibles, empíricas de cada uno, como muchos creen. El procedimiento es justamente el inverso. El método platónico no rechaza ni excluye la comprobación empírica, al contrario, arranca de ella, como se ve en todos sus Diálogos.

Mediante ese proceso, Platón elaboró en La República lo que consideró el “modelo ideal” de Estado. Un modelo ideal, con sus demiurgos (comerciantes y trabajadores), sus guardianes (soldados) y sus gobernantes filósofos. Los pretendientes son los regímenes de Esparta (la copia) y Atenas (el simulacro). Aunque ya figura en La República la clasificación y la crítica de las formas de gobierno (monarquía, aristocracia y democracia), que reiterará en Las Leyes y que son fundamentales en La Política de Aristóteles. Además, el presunto “comunismo” platónico, está limitado a la clase de “los guardianes”, no al conjunto de la sociedad y del Estado. Pero el modelo fracasó, en la práctica y de modo completo, al tratar de instaurarlo en Siracusa: fallaron sobre todo los hombres que debían llevarlo a cabo.

Popper… en 1947

Quizá la cuestión planteada por Popper sobre la conceptuación de Platón como teórico del totalitarismo nos ayude, más que a cualquier otra cosa, a comprender. Pero no a comprender a Platón, sino más bien al Popper de 1947, cuando el comunismo estalinista era más fuerte y su amenaza fue mayor. Popper, como otros muchos, tropezó con el gran problema que ofrece el platonismo a sus críticos: que siempre es capaz de asumir e incorporar a su universo intelectual todas las objeciones, incluso las más serias y sólidas, como simples momentos del siempre complejo proceso de búsqueda de la verdad, de la justicia, del bien y de la belleza.

Platón intentó definir un sistema político “ideal” en su obra La República, que luego modularía mucho en Las Leyes. Entre ambas obras, realizó sus famosos viajes a Siracusa, donde no encontró el modo de llevar a la práctica el modelo de gobierno “ideal” definido, en lo que no pasó de ser un “simulacro” siniestro hasta para él (fue vendido como esclavo). De ahí que en Las Leyes limitase sus aspiraciones a cómo salvar, en lo posible, a través de las leyes, la paz civil, la justicia, la libertad, el bien común, etc., en cualquier régimen político, apuntando a una primera formulación de la Ley Natural, que desarrollarían luego los estoicos con el primer iusnaturalismo.

El recuerdo de los viajes y sinsabores padecidos en Siracusa coadyuvó seguramente a que Platón dejase constancia escrita expresa en su Carta VII de por qué se apartó de la actividad política para abrazar el camino de la “verdadera filosofía”. Calificarle, como hizo Popper, de “pensador totalitario” resulta por todo ello tan desconcertante como alejado de la realidad.

Thomas Sowell y la España de 50 millones de habitantes

El pasado mes de noviembre, el Instituto Nacional de Estadística (INE) publicó los datos provisionales de población a 1 de octubre de este año. España cuenta ya con 49 millones de habitantes. Lo que supone un aumento de un millón de personas en dos años. Si la tendencia continúa, España alcanzará los 50 millones de habitantes en octubre de 2026. Todo un hito para nuestro país.

Yo nací en el año 81, así que la primera cifra que vi en mis libros de texto del colegio sobre la población española fue de 37 millones. En algún momento de mi adolescencia supe que habíamos superado la barrera de los 40 millones. Y más tarde, durante el fin del boom económico de la burbuja inmobiliaria, la cifra de 45 millones copó los titulares. Ya entonces muchos teníamos claro que no estábamos ante un mero incremento de población. La inmigración pasó a ser un tema importante de debate social, pero duró poco tiempo porque la burbuja estalló y con ella el flujo migratorio.

Desde entonces, 44 millones de habitantes es la cifra que ha quedado congelada en el imaginario colectivo. Han sido muchos años estancados en ese número y eso, unido a la pésima información que recibe el ciudadano medio, hace que muchas personas no conozcan la situación actual.

La España de los 50 millones es muy distinta a la España de los 40 millones que conocí en mi juventud, pero también supone un cambio importante respecto a la España de 2014. La inmigración ha pasado de ser un fenómeno social más que hay que considerar, al factor principal en los cambios sociales que se van a dar en la próxima década.

La mitad de los nacimientos son de madre española

Hay 9 millones de personas que habitan España que no han nacido en nuestro suelo. Solo el 50% de los nacimientos de niños son de madre española. Y la tendencia va a profundizar esta situación.

Así las cosas, habría que empezar a asumir la realidad y dotarnos de herramientas que nos permitan navegar en este mar. Una de estas herramientas debería ser el libro de Thomas Sowell, recientemente traducido por Deusto: Discriminación y disparidades: ¿Por qué hay personas, grupos sociales y países con mayor progreso económico que otros?

Una de las citas que se recogen al principio del séptimo capítulo refleja bastante bien la actitud con la que se debe abordar este tema:

Las cosas son como son, y sus consecuencias serán las que sean. ¿Por qué, entonces, deberíamos engañarnos a nosotros mismos?

Wiston Churchill

La inmigración hace correr ríos de tinta, pero por desgracia casi nadie atiende a la realidad, sino que repiten dogmas que les hacen sentirse bien y les unifica a sus respectivos grupos. Por suerte, la gran capacidad de análisis de Sowell nos permite centrarnos en lo importante.

España va a enfrentarse a la convivencia de diferentes grupos sociales, con culturas dispares y desigualdad económica creciente. Va a ser el caldo de cultivo de muchos conflictos si no sabemos afrontar la situación correctamente. Y hay que asumir que no vamos a ser capaces de hacerlo.

La raza no, pero la cultura sí

Por tanto, hay que agarrarse a las pocas certezas que tenemos. Y Sowell nos las da en su libro:

  • La raza de los inmigrantes no es un factor determinante en su conducta. Por suerte, España no arrastra la rémora del racismo más allá de cuatro elementos aislados, y cierta juventud a la que le gusta escandalizar a las ursulinas del sistema público soltando barbaridades.
  • La cultura de los inmigrantes sí es un factor importante en su conducta. Las sociedades prosperan o fracasan por varios factores, no por mera suerte. El capital social es tan importante o más que el económico. Como dijo Antonio Escohotado:

Un país no es rico porque tenga petróleo; un país es rico cuando tiene educación. Educación significa que, aunque tú puedas robar, no robas […] En definitiva, la riqueza es conocimiento y respeto ilimitado por los demás.

Antonio Escohotado.
  • La imagen de un grupo social se ve afectada por el comportamiento de sus elementos más conflictos. Esto siempre ha sido así, e ignorarlo no va a servir para nada.

La España de los 50 millones

Nuestros antepasados lo tenían muy presente, tal como explica Sowell:

El miedo a la regresión social debido a la llegada de miembros menos aculturados del propio grupo no era exclusivo de los afroamericanos ni de Estados Unidos. Cuando los refugiados judíos de Europa intentaron llegar a Australia después de la Segunda Guerra Mundial, la Sociedad para el Bienestar de los Judíos de Australia expresó su oposición a la admisión de «hordas» de refugiados al país, y aquellos que al final pudieron quedarse en la isla recibían unas tarjetas de esta organización en las que se leía: Los judíos como colectivo son juzgados por lo que hacen personas concretas. Tú tienes personalmente una gran responsabilidad.

Thomas Sowell
  • El Estado de bienestar y la justicia social son perjudiciales a la hora de integrar a grupos dispares en una sociedad. Los datos que da Sowell sobre la población negra en Estados Unidos antes y después de los años 60 así lo atestiguan. Su conclusión no puede ser más contundente:

Podríamos imaginar que liberar a las personas de las cargas y las presiones asociadas a tener que proporcionar continuamente alimento, vivienda y otras necesidades a sí mismas y a quienes dependen de ellas iba a liberarlas de gran parte de su ansiedad vital y les permitiría perseguir otros objetivos al tener la cabeza más tranquila. Pero lo que ha ocurrido, en realidad, entre las personas despojadas de cualquier responsabilidad personal y un verdadero propósito en sus vidas, resulta muy descorazonador, en el mejor de los casos.

Nuestro país va a pasar por unos cambios sociales que estamos lejos de imaginar. Las ideas dominantes durante este cambio serán determinantes para afrontar el desafío. De momento, podríamos conformarnos si la población empieza a ser consciente de que va a vivir en un país muy distinto al que conoció en su niñez o juventud. La España de los 50 millones ya está aquí, e ignorarla no va a servir de nada. Como ya nos advirtió Ayn Rand:

Podemos ignorar la realidad. Lo que no podemos es ignorar las consecuencias de ignorar la realidad

Ayn Rand
Ver también

Inmigración y ultraderecha. (José Carlos Rodríguez).

Liberales contra la inmigración. (José Carlos Rodríguez).

Inmigración, dependencia, e intereses creados. (José Antonio Baonza Díez).

La muerte asistida: a favor y en contra

Por Chris Snowdon y Daniel Freeman. El artículo La muerte asistida, a favor y en contra fue publicado originalmente en el IEA.

A favor. Por el director de Lifestyle Economics, Chris Snowdon

Últimamente, oímos hablar mucho de la pendiente resbaladiza. Aunque los argumentos de la pendiente resbaladiza son técnicamente una falacia, a menudo se puede observar el efecto dominó de la regulación (o, menos comúnmente, de la desregulación). Se empieza con una idea aparentemente razonable y, antes de que uno se dé cuenta, se ha llevado a extremos lunáticos. Tomemos el concepto de incitación al odio, por ejemplo, o la tecnología de línea de gol. Mario Rizzo y Glen Whitman han realizado un excelente trabajo explicando la lógica y la mecánica de la pendiente resbaladiza. En mi propio ámbito de investigación -el paternalismo del «Estado niñera»- hay presiones constantes para aplicar a la comida, el alcohol y el juego políticas que se introdujeron para combatir el problema supuestamente único del tabaquismo.

Si, en lugar de utilizar el término «pendiente resbaladiza», decimos «sentar un precedente» o «cruzar el Rubicón», la fría lógica se hace evidente. En el caso de la muerte asistida, una vez que aceptamos una premisa -que el Estado puede matar a las personas si lo solicitan-, el peligro es que abrimos la puerta a un abanico de posibilidades que antes eran impensables. Está claro que es más probable que el NHS mate a personas que están deprimidas si permitimos que el NHS mate a personas que tienen un cáncer terminal, del mismo modo que la legalización del suicidio en 1961 hizo políticamente factible la introducción de la muerte asistida en la actualidad.

¿Una pendiente resbaladiza?

Sin embargo, es una falacia suponer que estas pendientes resbaladizas son inevitables. La legalización de los matrimonios entre personas del mismo sexo no ha llevado a la legalización de la poligamia o de los matrimonios entre especies, como algunos opositores afirmaron en su momento. Al menos en el Reino Unido, la legalización del aborto no ha llevado a la legalización de los abortos a término, y mucho menos al infanticidio (al contrario, el límite del aborto se ha reducido de 28 a 24 semanas desde 1967). La legalización del cannabis en varios países no ha llevado a la legalización de la heroína o la cocaína.

La premisa en la que se basa la muerte asistida es extremadamente importante y merece más tiempo parlamentario del que se ha dedicado al proyecto de ley de Kim Leadbeater. En mi opinión, debería haber sido un compromiso manifiesto y no un favor a Esther Rantzen. Pero dejando a un lado la política, estoy a favor del principio: si el paciente lo desea, los médicos deberían poder acabar con su sufrimiento. Solían hacerlo con generosas dosis de morfina y algunos todavía lo hacen, pero a raíz de Harold Shipman, se convirtió en algo más de lo que valía su trabajo.

El único argumento

La preocupación por la pendiente resbaladiza no debe descartarse, pero debe ser sólo un argumento entre muchos otros. El debate sobre la muerte asistida es inusual en el sentido de que los temores sobre la pendiente resbaladiza son más o menos el único argumento que tienen los oponentes. Sospecho que esto se debe a que les resulta muy difícil argumentar que a las personas que están atrapadas en su propio cuerpo con una enfermedad neuronal motora, o una afección similar, y se enfrentan a una muerte lenta, dolorosa e indigna, se les debería impedir poner fin a sus propias vidas.

Éstas son las personas a las que la ley de Leadbeater pretende ayudar, y la ley, tal y como está redactada, no iría más allá. Descarta explícitamente los problemas de salud mental y la discapacidad como justificaciones para la muerte asistida y exige que dos médicos concluyan que a la persona le quedan menos de seis meses de vida. Si el Parlamento quiere flexibilizar estas condiciones en el futuro, es su prerrogativa, pero cualquier cambio de este tipo sería fundamental y suscitaría un debate público similar al que hemos visto en las últimas semanas.

Personalmente, me parece bien que la pendiente de la muerte asistida sea bastante resbaladiza. No veo ninguna razón, en principio, por la que alguien que desee morir no pueda pagar a un profesional para que haga el trabajo correctamente, en lugar de arriesgarse a saltar delante de un tren (con gran inconveniente para los viajeros). Pero esto me sitúa en la franja libertaria. Los que se oponen a la muerte asistida pueden estar seguros de que mi voz será ignorada, como de costumbre.

Muerte asistida: el proyecto de ley Leadbeater

La cuestión es que la legislación propuesta traza una línea firme que tiene sentido para la mayoría de la gente y que cualquier cambio supondría un gran trastorno. No hay nada ni remotamente inevitable en pasar de lo que está en el proyecto de ley Leadbeater a alguna forma de eutanasia involuntaria. No ha habido pendiente resbaladiza en la mayoría de los países que han asistido a la muerte y, aunque los canadienses no han ayudado a la causa ampliando el alcance de forma significativa, eso fue el resultado del activismo judicial más que de una acción política directa. Se ha afirmado que algo similar podría ocurrir en el Reino Unido como resultado del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Esto es dudoso, pero aunque fuera cierto sería una razón más para abandonar el CEDH.

El otro argumento en contra de la muerte asistida -aunque uno que se basa en el argumento de la pendiente resbaladiza para su fuerza- es que la gente se sentirá presionada por sus familiares para poner fin a su propia vida cuando, de lo contrario, recibirían cuidados paliativos. Me parece un argumento que los liberales de cualquier tendencia no deberían aceptar. Confiamos en que las personas tomen decisiones racionales en su propio interés durante toda su vida adulta, así que ¿por qué tratarlas de forma diferente en sus últimos seis meses? Sólo puedo hacerme eco de Nick Boles al sugerir que si uno no quiere morir no debería decir «sí» cuando un médico le pregunta si está interesado en la muerte asistida.

Lo noble, lo malo y lo inhumano

En general, la gente quiere que sus padres y cónyuges vivan el mayor tiempo posible. Si mantienen la conversación sobre la muerte asistida, probablemente es porque quieren evitarles sufrimientos innecesarios y no porque quieran quitárselos de en medio. No se puede negar que a veces hay consideraciones económicas, pero ¿desde cuándo los liberales clásicos piensan que las consideraciones económicas no deben desempeñar ningún papel en las decisiones de las personas? Matthew Parris fue duramente criticado por hacer esta afirmación en The Times a principios de este año, pero es perfectamente razonable que los enfermos terminales no quieran ser una carga y que quieran tener algo de dinero para dárselo a sus hijos cuando mueran.

No hay nada noble en el sufrimiento y no hay nada intrínsecamente malo en el suicidio. Es inhumano impedir que las personas que no pueden acabar físicamente con su propia vida reciban ayuda para hacerlo. Estos son los casos difíciles, pero no debemos suponer que serán una mala ley.

En contra. Por el redactor jefe, Daniel Freeman

Los liberales deberían pensárselo dos veces antes de apoyar el proyecto de ley de suicidio asistido que se tramita actualmente en el Parlamento por tres razones principales.

En primer lugar, al igual que en otros países que han adoptado el suicidio asistido, es probable que su alcance y aplicación se amplíen con el tiempo y posiblemente de forma bastante dramática.

Aunque el argumento de la pendiente resbaladiza es a menudo ridiculizado como una falacia lógica cuando se trata de la formulación de políticas, es un hecho empírico. Por poner un ejemplo, se prohibió fumar en las oficinas antes que en los bares, y cuando se prohibió en los bares los partidarios de la prohibición se burlaron de la idea de que esto acabaría llevando a prohibir fumar a los adultos, que es justo lo que estamos consiguiendo con la prohibición generacional de fumar.

En lo que respecta al suicidio asistido, espero que la pendiente sea extremadamente resbaladiza, tanto por lo que sus partidarios ya están defendiendo como porque la experiencia de otros países así lo sugiere. Incluso en Oregón, que Kim Leadbeater pone como modelo, ahora que el programa MAiD de Canadá se ha convertido en un oscuro meme, la lista de condiciones elegibles para la muerte asistida se ha ampliado constantemente a través de casos judiciales y decisiones administrativas (sin ningún cambio en la legislación) para incluir condiciones de salud mental como la depresión y la anorexia.

¿Ayuda o extinción?

Estas enfermedades mentales graves son un área difícil para los liberales, en el sentido de que permitir que las personas cumplan sus deseos en tales circunstancias puede no favorecer sus intereses o su libertad a largo plazo. Impedir que alguien en estado de psicosis se corte una pierna es, en cierto sentido, una restricción de la libertad de elección, pero no es algo a lo que los liberales estén obligados a oponerse (aunque reconozco que las opiniones difieren sobre este tema). Del mismo modo, yo argumentaría que dar a alguien con depresión severa los medios para suicidarse no es una expansión de la libertad, sino permitir que una enfermedad la extinga.

En segundo lugar, el proyecto de ley de Leadbeater no propone simplemente eliminar una restricción estatal, sino que exige que el dinero de los contribuyentes se utilice para proporcionar el suicidio como un servicio en el NHS. Aunque las personas que trabajan en grandes burocracias como el NHS son tan bienintencionadas como el resto de nosotros, existe un gran interés institucional en animar a la gente a seguir un tratamiento más barato. Como el cóctel de fármacos que mata en pocas horas siempre será más barato que atender a alguien con una enfermedad de larga duración, no debería sorprendernos que pacientes y médicos reciban presiones insidiosas en esta dirección.

No es una distopía

No se trata de una visión distópica del futuro, ya ha ocurrido con numerosos escándalos en torno al Liverpool Care Pathway y el uso de órdenes de no resucitar sin el debido consentimiento de los pacientes. El suicidio asistido simplemente ofrecerá otro ángulo desde el que los intereses institucionales del NHS pueden primar sobre la atención a los pacientes.

También habrá importantes presiones sociales que empujen a la gente en la misma dirección. Es un tópico afirmar que «Nuestro NHS» es lo más parecido que tiene el Reino Unido a una religión de Estado. Pero, como la mayoría de los tópicos, contiene una gran parte de verdad. Si un antropólogo observara el ritual de aplausos semanales al NHS durante los años de la pandemia o el «regalo de cumpleaños» de 20.000 millones de libras anuales de financiación extra que le dio el Gobierno en 2018, no es difícil darse cuenta de que verían algo de culto en la relación de la nación con la burocracia sanitaria estatal. En este contexto, no hará falta una campaña del tipo «Mátate para salvar el NHS» para que la idea se instale en el fondo de muchas mentes.

Pero incluso dejando de lado nuestra extraña relación parasocial con el NHS, hay un punto más fundamental que debería hacer reflexionar a los liberales a la hora de considerar el proyecto de ley de Leadbeater.

Restringir las opciones a cero

Aunque la elección es importante, el propósito del liberalismo no es simplemente reducir a cero el número de opciones restringidas por la ley. A un nivel obvio, podemos pensar en acciones que afectan directamente a otros: restringir mi derecho a quemar la casa de mi vecino, disparar a su perro o comerciar con esclavos reduce el número de elecciones que puedo hacer, pero una sociedad que tiene leyes contra esto no es menos liberal que otra que no las tiene.

Pero los liberales clásicos también reconocen desde hace tiempo que, en algunos casos, incluso las actividades que no afectan directamente a los demás deben restringirse porque la propia naturaleza de la elección destruye la libertad.

Los defensores del suicidio asistido invocan a veces el principio del daño de John Stuart Mill. Sin embargo, en On Liberty, Mill sostiene que hay circunstancias en las que se puede restringir la elección, aunque no afecte a otros.

On liberty, de John Stuart Mill

Por ejemplo, sostiene que un contrato para venderse como esclavo sería ilegítimo, ya que eliminaría toda elección futura,

No sólo no se obliga a las personas a compromisos que violenten los derechos de terceros, sino que a veces se considera una razón suficiente para liberarlas de un compromiso, que éste sea perjudicial para ellas mismas. En éste y en la mayoría de los países civilizados, por ejemplo, un compromiso por el cual una persona se vendiera a sí misma, o permitiera ser vendida, como esclavo, sería nulo y sin valor; ni la ley ni la opinión lo harían cumplir… al venderse a sí mismo como esclavo, abdica de su libertad; renuncia a cualquier uso futuro de ella, más allá de ese único acto… El principio de libertad no puede exigir que sea libre de no ser libre. No es libertad, que se le permita enajenar su libertad.

John Stuart Mill. On liberty.

Pocos argumentarían que los liberales estarían obligados a apoyar un proyecto de ley que introdujera contratos de esclavitud, incluso si algunas personas desearan realmente ser esclavizadas. Pero si es así, el mismo argumento se aplica con más fuerza aún para suscribir un acuerdo para que el Estado te mate. Digo que es más contundente porque incluso al convertirte en esclavo conservas cierta libertad de acción: puedes optar por huir aunque tus posibilidades de escapar sean escasas, tu amo puede tener un ataque de conciencia y liberarte del contrato; a nivel práctico, aunque sigas siendo esclavo para siempre, seguirás disponiendo de alguna elección rudimentaria (tu amo no puede ordenarte qué pensar o recordar). Con la muerte, la capacidad de elección desaparece de forma mucho más completa e irreversible que con la esclavitud.

La elección es, por supuesto, enormemente importante, pero la palabra no debe actuar como profilaxis contra el pensamiento. Elegir la muerte no es equivalente a elegir a qué partido votamos o si vamos al pub después del trabajo, y los liberales deben considerar seriamente las implicaciones prácticas y filosóficas del proyecto de ley.

Ver también

La venganza de Milton Friedman

Por Iain Murray. El artículo La venganza de Milton Friedman fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Se está convirtiendo rápidamente en la sabiduría recibida que una razón importante por la que el presidente Trump ganó las elecciones de 2024 fue porque la inflación importa. Demasiadas familias trabajadoras habían visto cómo se reducían sus presupuestos domésticos, incluso cuando el gobierno federal continuaba con niveles récord de gasto. Al hacerlo, la administración Biden ignoró la sabiduría del difunto Milton Friedman de que los banqueros centrales siempre corrigen en exceso a la señal de contracción económica. El presidente Biden incluso hizo explícita la conexión: «Milton Friedman ya no dirige el espectáculo». Pero resulta que Friedman tenía razón: aumentar el gasto e imprimir dinero es una receta para la inflación, y los votantes odian la inflación.

Hace tiempo que Milton Friedman está fuera de juego. No es nada nuevo que la izquierda se burle de él: como joven conservador en el Reino Unido en los años 80, a menudo era atacado como «monetarista» por gente que no tenía ni idea de lo que era la política monetaria, tal era su supuesta influencia sobre Margaret Thatcher. Los izquierdistas siguen lanzando duras andanadas contra su memoria. Sin embargo, recientemente, incluso los autoproclamados conservadores lo han relegado a la historia en términos tan severos como Joe Biden.

“No necesitamos a Rand o a Friedman; necesitamos a San Agustín”

El senador Josh Hawley, por ejemplo, dijo en la conferencia National Conservatism de este año: «Ahora no necesitamos la ideología de Rand o Mill o Milton Friedman, sino la perspicacia de Agustín». Rusty Reno, editor de First Things, lo critica en su libro Return of the Strong Gods. Yoram Hazony invoca la libertad de elección de Friedman en La virtud del nacionalismo, para criticarlo. Y el editor de Compact, Sohrab Ahmari, comentó: «Voz quejumbrosa: Pero, pero, pero, ¿qué diría Milton Friedman?», cuando el gobierno húngaro instituyó controles de precios, a lo que Ross Douthat, del New York Times, respondió: «Diría que esto no funcionará como se pretende, presumiblemente». (Spoiler: no, no funcionó.)

Otro consejo de Milton Friedman también ha sido rechazado en los últimos años por la izquierda y la derecha, y, sin embargo, su validación puede haber contribuido a la victoria de Trump. Se conoce como la Doctrina Friedman, la norma según la cual la responsabilidad social de las empresas es aumentar los beneficios. Friedman expuso su teoría en el New York Times Magazine en 1970, en respuesta a un creciente número de empresarios que sugerían que las empresas tenían responsabilidades con la comunidad en general. Friedman respondió: «Los empresarios que hablan así son marionetas involuntarias de las fuerzas intelectuales que han estado socavando las bases de una sociedad libre en las últimas décadas».

La ‘Doctrina Friedman’

Era un viejo debate resucitado. En la década de 1930, el exponente del New Deal A. A. Berle y el profesor de Derecho de Harvard Merrick Dodd mantuvieron un debate público sobre exactamente esta cuestión, en el que Berle parecía salir victorioso en su afirmación de que los intereses de los accionistas debían estar «subordinados a una serie de reivindicaciones de los trabajadores, de los clientes y patrocinadores, de la comunidad» frente a la tesis de Dodd de que las empresas sólo debían atender a los intereses de los accionistas. En 1970, sin embargo, crecía la preocupación de que este énfasis en lo que se conoció como intereses de las «partes interesadas» hubiera conducido al corporativismo, con las empresas ejerciendo demasiado poder sobre la política pública.

La aceptación generalizada de la Doctrina Friedman que siguió al artículo de Milton Friedman cambió la situación durante un tiempo, pero no por mucho tiempo. A mediados de la década de 1990, las empresas estaban cada vez más presionadas para «hacer el bien», sobre todo en relación con el medio ambiente. Lo que el difunto economista David Henderson llamó un sentido de «salvacionismo global» se convirtió en un importante motivador del comportamiento empresarial. Se trataba de la idea de que formaba parte del sentido corporativo de ayudar a cambiar el mundo.

Ya desde el New Deal

Esta vez, las nuevas profesiones de los teóricos de la gestión y la contabilidad entraron en escena. Conceptos como la «triple cuenta de resultados» y la «responsabilidad social de las empresas» se infiltraron en la formación empresarial y los cursos de ética. Mientras que bajo la Doctrina Friedman, la mera existencia como empresa, que proporciona bienes o servicios, puestos de trabajo y beneficios, se consideraba el papel adecuado de la empresa en el tejido social, se convirtió en un lugar común afirmar que las empresas tenían que «devolver» a la comunidad. Las empresas debían destinar sus beneficios a actividades comunitarias, algo que Milton Friedman tachó de socialismo.

De hecho, lo que era diferente de la versión del New Deal de la teoría de los grupos de interés era que la ética conservadora básica de cumplir los contratos y no perjudicar explícitamente a terceros fue sustituida por la ética progresista de ayudar activamente a diversos grupos de intereses especiales definidos por activistas de izquierdas. Los grupos de interés ya no eran grupos como los empleados y los proveedores, sino ideas más nebulosas como «el medio ambiente mundial», que permitían a los grupos de presión de izquierdas erigirse como si fueran el Lorax y afirmar que hablaban en su nombre.

ESG + DEI = ataque a la libertad de empresa

Tras la crisis financiera de 2008, este cambio de marcha se aceleró. Ya no se trataba simplemente del gasto de las empresas, sino de cómo se comportaban internamente. Esto evolucionó hacia lo que se conoce como ESG (Environmental, Social, Governance), que actúa como un conjunto de normas corporativas sobre cómo operan las empresas. Por ejemplo, al describir el aspecto social, IBM afirma que las normas se refieren «al impacto que la organización tiene en las personas, la cultura y las comunidades, y examina el impacto social de la diversidad, la inclusión, los derechos humanos y las cadenas de suministro». Esto va claramente mucho más allá de la comunidad local y refleja, en cambio, los principios del salvacionismo global.

Y entonces estalló otra polémica en Estados Unidos sobre lo que se percibía como una actuación policial con sesgo racial. Esa preocupación culminó en el movimiento Black Lives Matter (Las vidas de los negros importan), y se adoptó ampliamente otro conjunto de principios. La diversidad, la equidad y la inclusión (DEI, por sus siglas en inglés) tenían como objetivo inicial ofrecer una mayor igualdad de oportunidades. Sin embargo, pronto se transformó en una política del lenguaje -o incluso del pensamiento- y en sesiones de lucha empresarial.

Razas con himnos

Este doble conjunto de políticas pronto pasó de las prácticas internas a las externas. Las empresas tenían que exportar estos valores a sus clientes. Así, la Liga Nacional de Fútbol tocaba dos himnos nacionales (el himno nacional real y el «himno nacional negro», «Lift Every Voice and Sing») en cada partido. La Guerra de las Galaxias de Disney exploró la idea de que los Caballeros Jedi eran malvados. Los personajes de los videojuegos se hicieron menos atractivos para los jóvenes por miedo a satisfacer la «mirada masculina». Los restaurantes dejaron de ofrecer pajitas de plástico en favor de las empapadas pajitas de papel. Y las empresas empezaron a exigir a sus proveedores que adoptaran las mismas normas y prácticas.

Mientras tanto, los gobiernos se sumaron a la iniciativa. La Comisión del Mercado de Valores promovió normas para que las empresas que cotizan en bolsa promulguen normas ESG. La Comisión para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo amplió sus esfuerzos para promover la IOE. Todos los esfuerzos empresariales y gubernamentales, al parecer, estaban dirigidos a empujar la actividad empresarial hacia lo políticamente correcto.

Por desgracia para ellas, un grupo parecía recelar de lo que estaba ocurriendo: los consumidores. Las audiencias de la NFL cayeron. El servicio de streaming de Disney pasó apuros en medio de acusaciones de una agenda «woke». Los videojuegos se convirtieron en un campo de batalla cultural. Famosamente, las ventas de Bud Light se desplomaron tras su intento de utilizar a un influencer trans como portavoz. Empresas como Lowes, John Deere, Ford e incluso Meta abandonaron sus posturas políticas en respuesta a la presión de los consumidores.

El negocio de las empresas es el negocio

La reacción de los consumidores tuvo un efecto político. El fin de semana anterior a las elecciones, el New York Times admitió sobre estas prácticas radicales que «la breve era de su incuestionable dominio está llegando a su fin». Los hombres jóvenes en particular, un grupo cuyas preferencias eran el blanco de muchos de estos cambios, salieron a votar a los republicanos en una inversión de las tendencias anteriores.

Aún no disponemos de datos que demuestren el efecto electoral, pero el comportamiento corporativo ha sido uno de los principales objetivos de los defensores culturales de los jóvenes como Ben Shapiro y Jordan Peterson. Sin embargo, ahora debería ser obvio que atender a las partes interesadas percibidas (a menudo en realidad sólo más intereses especiales, como el movimiento ecologista) por encima de los clientes es una mala decisión empresarial.

Los líderes empresariales hicieron una mala apuesta al apostar por las iniciativas ESG/DEI. Les ha perjudicado financiera y reputacionalmente. Ahora se enfrentarán a una administración que dará un giro de 180 grados a estas políticas, cuestionando e investigando lo que antes fomentaba.

Es hora de que vuelva la Doctrina Friedman. El negocio de las empresas es el negocio, y eso es lo que ayuda a los consumidores y a la sociedad civil a prosperar, diga lo que diga la Harvard Business School.

Ver también

La doctrina Milei. (Patrick Carroll).

Daniel Waldenström: “En Occidente no va más la desigualdad, de hecho somos más ricos y más iguales”

El destacado académico sueco, Daniel Waldenström, ha visitado Madrid para presentar sus investigaciones sobre la evolución de la riqueza y la desigualdad en Occidente. Reconocido por sus trabajos innovadores, el escandinavo es conocido a nivel internacional por su capacidad de abordar el debate de las diferencias económicas desde un prisma alejado del socialismo que impregna muchos de los debates académicos sobre la materia.

Miembro del Instituto de Investigación de Economía Industrial IFN de Estocolmo, ha visitado Madrid para impartir una charla en la Fundación Ramón Areces y, coincidiendo con esta ocasión, se ha entrevistado con Libre Mercado y el Instituto Juan de Mariana, en una entrevista con Diego Sánchez de la Cruz que ha servido para desgranar los mensajes más destacados de su última obra, Richer and more equal (Polity, 2024).

Más ricos y más iguales

Diego Sánchez de la Cruz: ¿Ha ido a más la desigualdad, como defienden autores como Piketty?

Daniel Waldenström: En el ámbito académico y, por extensión, en el debate económico que luego llega a la sociedad y a los medios, a menudo prevalece una mirada pesimista sobre la manera en que ha evolucionado la desigualdad. La idea central, recogida en la obra de autores como Thomas Piketty, es que los ricos son cada vez más ricos y que el resto de la ciudadanía se va empobreciendo. Yo he estudiado esta cuestión extensivamente y creo que ese discurso es equivocado.

Diego Sánchez de la Cruz: En su opinión, el problema no está solamente en cómo se mide la desigualdad, sino también en cómo se interpreta la riqueza.

Daniel Waldenström: Además de los errores en los que han incurrido muchos de quienes han evaluado la cuestión de la desigualdad, creo efectivamente que en este debate hay otro problema de fondo, en la medida en que predomina una mirada pesimista de la riqueza. Yo creo que esto es negativo, porque el hecho de que alguien pueda enriquecerse a base de crear más crecimiento, más empleo y más innovación no solamente no es algo malo, sino que es bueno.

Guerra y desigualdad

Diego Sánchez de la Cruz: Algunos académicos de cabecera en la conversación sobre la desigualdad defienden que las guerras tuvieron un efecto positivo al reducir la concentración de riqueza o favorecer impuestos muy altos.

Daniel Waldenström: En efecto, en algunos de los escritos que han marcado el debate sobre la desigualdad, se defiende por ejemplo que solamente las guerras y la tributación confiscatoria han erosionado significativamente la riqueza de las élites. Esa mirada es conflictiva, porque ignora que la guerra no enriquece a nadie, nos empobrece a todos, y la tributación confiscatoria no es inocua desde el punto de vista de la eficiencia económica, puesto que conduce a menos ahorro, menos inversión y menos crecimiento y generación de empleo.

Diego Sánchez de la Cruz: ¿Qué ideas centrales ha formado a partir de su estudio de estas cuestiones, a las que ha dedicado tantos años de investigación?

Daniel Waldenström: A raíz de mis investigaciones he constatado que la igualdad ha ido a más esencialmente por la parte de abajo, porque más y más gente ha tenido acceso a distintas formas de riqueza que, a comienzos del siglo XX, no estaban al alcance de cualquiera. Esto no es algo malo, es algo bueno. Es el resultado de un mundo en el hay que más democracia y mejores instituciones, más innovación y más economía de mercado, más oportunidades en materia de educación y salud, etc. Gracias a todo eso, la gente ha mejorado su nivel de vida y, al mismo tiempo, las diferencias entre las élites y el resto han ido a menos.

Riqueza inmobiliaria y financiera

Diego Sánchez de la Cruz: ¿Cuáles son las cifras más relevantes para entender mejor ese escenario de mayor igualdad que plantea en su obra?

Daniel Waldenström: Hace ahora cien años, la riqueza neta de las principales sociedades de Occidente estaba, en un 75%, en manos del 10% de mayor patrimonio. Desde entonces, la riqueza media se ha multiplicado por siete, pero el reparto de esa tarta creciente se ha alterado notablemente y, hoy en día, en torno al 25% de la riqueza está en manos del 10% de mayor patrimonio. En cambio, el 90% de la población ha pasado de amasar apenas un 25% de la riqueza total a comienzos del siglo XX a aproximadamente un 75% en la actualidad. Así pues, nuestras sociedades son siete veces más ricas – y el peso relativo de la riqueza acumulada por el 90% de la ciudadanía se ha multiplicado por tres.

Diego Sánchez de la Cruz: Somos más ricos, pero ¿a través de qué tipo de activos?

Daniel Waldenström: Esa riqueza popular se expresa esencialmente por dos vías: la propiedad inmobiliaria y la tenencia de productos financieros de ahorro. El ser dueños de una casa y el tener dinero en el banco o invertido en los mercados han hecho que, en el agregado, los niveles de riqueza se eleven para el grueso de la ciudadanía.

El caso de Suecia

Diego Sánchez de la Cruz: La experiencia de su país, Suecia, es ilustrativa sobre la evolución de la riqueza bajo distintos modelos de política económica.

Daniel Waldenström: Sin duda. Mi país, Suecia, aplicó políticas muy intervencionistas en los años 50, 60, 70… Se veía con desconfianza a los ricos y se promovía un modelo igualitarista que, siendo justos, funcionó cada vez peor, hasta hundir los niveles de crecimiento y disparar las cotas de inflación. Desde los años 80 y, sobre todo, los 90, Suecia adoptó reformas de mercado que trajeron consigo más propiedad de activos inmobiliarios y financieros entre la ciudadanía, de modo que esa desregulación elevó la igualdad de riqueza, que no la desigualdad.

Diego Sánchez de la Cruz: En sus trabajos plantea también que ese paradigma de más igualdad y más riqueza es coherente con la convergencia a mejor que han arrojado distintos indicadores de desarrollo.

Daniel Waldenström: Creo que no es correcto dar por bueno que el progreso en materia de igualdad se mide solamente con referencia a estos datos. Si nos fijamos en los datos, vemos que la esperanza de vida, el acceso a bienes básicos como la educación y la salud, la capacidad de comprar bienes y servicios de consumo que hacen nuestra vida más fácil… En todas esas métricas, hoy vivimos en sociedades con mayor prosperidad y abundancia.

El papel de los empresarios innovadores

Diego Sánchez de la Cruz: Muchos de los debates sobre la desigualdad dan por buenos los datos de las listas mediáticas que nos hablan de los ciudadanos más ricos del país, pero su perspectiva es más escéptica.

Daniel Waldenström: Yo creo que hay que ser cautelosos. El caso de Robert Maxwell fue muy llamativo. Era descrito a menudo como un magnate de la prensa y la comunicación que amasaba una de las mayores fortunas del mundo, pero a su muerte salieron a la luz muchas deudas que no eran de dominio público y que, en la práctica, anulaban buena parte del patrimonio que se le imputaba. Por lo tanto, no hay que dar por buenas esas publicaciones, sin más. La realidad es más compleja y no debemos guiar el debate sobre la desigualdad en base a tales rankings.

Diego Sánchez de la Cruz: Antes me decía que se habla de “los ricos” de forma acrítica, sin pararse a pensar en las muchas aportaciones positivas que pueden hacer esas élites económicas a nuestra sociedad.

Daniel Waldenström: Cuando se habla de los “ricos”, a menudo se hace demonizando sin más a personas de gran patrimonio, ignorando que, en muchos casos, parte importante de los bienes y servicios que disfrutamos se deben a innovaciones que han creado empresarios muy innovadores que han sido capaces de brindar bienes y servicios compitiendo en el mercado, generando valor y aportando riqueza. Ir contra quienes han liderado ese proceso es un grave error.

Ricos hoy, pobres mañana

Diego Sánchez de la Cruz: Además, los ricos de hoy… pueden no ser ricos mañana.

Daniel Waldenström: La economía es algo dinámico. En 2022, el stock de Tesla se redujo un 65%. ¿Debíamos alegrarnos, pues, de que Elon Musk experimentase esa caída en su patrimonio? ¿En qué medida hizo que los demás estuviésemos en una situación más favorable? Creo que tenemos que pensar de forma más serena sobre el papel positivo que a menudo juega la riqueza en la economía y la sociedad.

Diego Sánchez de la Cruz: Sin embargo, los estudiosos de la desigualdad suelen comparar a las élites de hoy con las de ayer como si fuesen un grupo homogéneo de personas que siempre son las mismas y se colocan en cabeza de un modelo inmovilista.

Daniel Waldenström: La competencia en el mercado es una realidad innegable. Los ricos de hoy no son necesariamente los mismos de hace 100 o 50 años. Por eso, comparar al 10% más rico de 2024 con las élites económicas de 1924 o de 1974 no tiene tanto sentido como a veces tendemos a pensar, principalmente por dos razones: por un lado, porque la economía ha cambiado y, por ejemplo, hoy podemos vender bienes y servicios a nivel global con muchas más facilidades que antaño; por otro lado, porque las personas que figuran entre el 10% más acaudalado no son las mismas, sino que han sido relevadas, en muchos casos, por otros individuos que han superado sus niveles de patrimonio.

La clave de la desigualdad está en los más pobres

Diego Sánchez de la Cruz: Vd. argumenta que una sociedad con más oportunidad no se consigue quitando patrimonio a los ricos a golpe de impuestos, sino facilitando el enriquecimiento de todos.

Daniel Waldenström: Es crucial entender que la movilidad social y la igualdad de oportunidades son aspectos positivos con los que muchas personas están de acuerdo, porque son algo positivo. Hay sociedades en las que no hay ricos y, francamente, son sociedades muy pobres. Para tener desarrollo, debemos cultivar una economía de mercado combinada con un sistema de instituciones plurales y democráticas. Pues bien, si queremos sociedades con más oportunidad, tenemos que promover una educación de calidad que sea accesible para todos y que contribuya a generar valor, cultivar un mercado laboral que funcione bien y facilite el desarrollo profesional, asegurar un modelo de mercado competitivo y dinámico…

En cambio, a menudo se intenta revertir la desigualdad a base de imponer la igualdad de resultados, lo que suele hacerse aplicando impuestos sobre la riqueza y la propiedad, que apenas generan impacto recaudatorio, pero desincentivan por completo la inversión, la productividad y el crecimiento. Son soluciones que no necesariamente reducen la desigualdad, porque al final este es un debate que abarca muchas cuestiones, pero que sin duda suelen conducirnos a economías menos dinámicas.

Impuesto sobre el patrimonio

Diego Sánchez de la Cruz: España es el segundo país de la OCDE con más gravámenes sobre el patrimonio y la riqueza de sus contribuyentes…

Daniel Waldenström: Históricamente, muchas de las economías de Occidente han tendido a tener impuestos muy elevados sobre el capital y la riqueza, que a priori se justificaban para financiar servicios básicos y una red pública que garantice el acceso a la educación, la sanidad, etc. Eso está bien sobre el papel, pero con el tiempo se fue comprobando que estos gravámenes tienen un impacto negativo sobre el crecimiento, de modo que, al final, su resultado era el de destruir riqueza, golpear el emprendimiento y, al final, generar una reducción en los niveles de recaudación fiscal potencial.

Además, con estos impuestos se complica la captación de inversión, la transferencia de negocios, etc. Es un error aplicar estos tributos y, especialmente, es peligroso hacerlo de una manera que introduzca escenarios de doble o triple tributación o, peor aún, con gravámenes sobre ganancias del capital teóricas y no realizadas, como se propuso recientemente en Estados Unidos por parte de la izquierda. Con el tiempo, hemos descubierto que estos impuestos son muy contraproducentes. España se está equivocando.

Thomas Piketty

Diego Sánchez de la Cruz: Fue compañero de Thomas Piketty. ¿Qué opina de la fama que cobró con El capital en el siglo XXI y de las ideas que ha defendido a raíz de su exitoso best seller?

Daniel Waldenström: Académicamente, creo que Piketty ha planteado algunas preguntas interesantes, ha recabado datos de largo trazo que ayudan a discutir sobre estos temas con datos duros, ha lanzado algunas teorías llamativos. Creo que le preocupa genuinamente que la desigualdad vaya a más y se ha esforzado por animar ese debate. Como dices, fuimos compañeros de trabajo en París y mi trato con él siempre fue bueno en lo personal. Con todo, he de decir que, al igual que con muchas personas cuya ideología es más de izquierdas, Piketty parece estar cerrado a aceptar datos e interpretaciones que cuestionen su relato sobre la desigualdad.

Es algo habitual entre muchos académicos de este tema con un prisma más socialista: a menudo, se resienten a aceptar los argumentos que ponen en tela de juicio su discurso. Pero también la derecha tiene parte de culpa en todo esto, porque no ha querido entrar en este debate y ha permitido que Piketty y sus seguidores dominen por completo la conversación, asentando en ella afirmaciones y propuestas que, en mi opinión, no son correctas. Creo que ha habido poca contestación, que se ha posicionado un debate muy unilateral y que ahora debemos ampliar la conversación y hacerla más rica y plural.

Hacia un sistema privado de pensiones, vía Piketty

Diego Sánchez de la Cruz: Siempre he dicho que, si Piketty cree que el capital ganará peso al trabajo, entonces tenemos razones de sobra para avanzar hacia modelos de capitalización de las pensiones. En su país han dado algunos pasos importantes en ese sentido…

Daniel Waldenström: En el sistema de pensiones sueco hemos incorporado desde hace ya dos décadas las aportaciones a planes privados, facilitando un modelo de capitalización y ahorro que invierte el ahorro privado de los trabajadores, de forma profesional y con carteras diversificadas. En base a los resultados de rentabilidad, es evidente que el modelo arroja buenos resultados. Creo que esto genera un sistema más transparente, que ayuda a gestionar la transición demográfica, que facilita el acceso a la riqueza para las masas y que democratiza las finanzas de una manera que contribuye también a reducir la desigualdad.

Es inteligente apostar por esos modelos de ahorro, que son una forma fantástica de innovar para promover el ahorro, reducir el riesgo y despolitizar la cuestión de los ahorros para la jubilación. Además, creo que generar más riqueza privada es porque nos ayuda a financiar préstamos, financiar inversiones, financiar una vida mejor.

La propiedad de la vivienda en España

Diego Sánchez de la Cruz: En España se ha demonizado el modelo de vivienda en propiedad, pero ahora que los precios suben muchas familias respiran aliviadas porque son dueñas de la casa en la que residen. Eso reduce sus problemas económicos y genera riqueza entre las clases medias.

Daniel Waldenström: Tener casa en propiedad no es algo malo. Los países con mayor stock de vivienda en propiedad tienden a tener menos desigualdad de riqueza entre sus ciudadanos, como vemos por ejemplo si comparamos los resultados de Alemania, donde el porcentaje de vivienda en propiedad ronda el 45%, con España, donde ese indicador es aproximadamente 30 puntos mayor.

Pues bien, la desigualdad de riqueza es menor en España. Y, en gran medida, favorecer una sociedad de propietarios ha sido clave para provocar esta circunstancia de mayor equidad patrimonial. De modo que las políticas fiscales o regulatorias que facilitan el acceso a la vivienda deben tomarse en cuenta como aspectos positivos que ayudan a enriquecer a las masas sin empobrecer a las élites. Traen como resultado último una sociedad más igual en términos de riqueza y desarrollo.

Ver también

Economías circulares de bitcoin

Bitcoin entre el globalismo y el patriotismo abre otra vía para explorar otras formas políticas; a pesar de aspirar a ser una moneda global, no va con el primero, pues no depende de terceros; y por afectar en gran medida a los Estados, tampoco va contra el segundo porque obligará a los Gobiernos a encauzarse.

La filosofía de Bitcoin

Como ya comentaba en La filosofía de Bitcoin, Bitcoin no es ni globalista ni nacionalista, sino que permite explorar nuevos fenómenos económicos, sociales y políticos a raíz de conectar lo local con lo global sin pasar por los Estados. Un magnífico libro sobre ello es Economías Circulares de Bitcoin, donde se analiza cómo Bitcoin está transformando comunidades locales al conectarlas con las cadenas de valor globales. El principal ejemplo es El Zonte y, a raíz de su éxito, su Estado, El Salvador, tiende a imitarlo.

Lo local y lo global

Estamos viviendo un cambio de era, donde lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer. Estamos viviendo el fin de la era industrial, de la época donde la prosperidad surgía principalmente de las fábricas y las ciudades que las alimentaban de trabajadores. Los Estados tenían un papel esencial ahí, daban acceso a las materias primas, a las fábricas, garantizaban las rutas comerciales y las infraestructuras para sus mercancías y mantenían controlados al movimiento obrero. A cambio, las fábricas, gracias a su producción a escala, abastecían los mercados y se podían permitir pagar su cuota correspondiente a los Estados en forma de impuestos por todo ello.

Ahora estamos en plena transición a la era de la información, donde ya no manda la escala, sino la personalización. Gracias a Internet podemos agregar demanda y conectar con una oferta a media, eso nos permite producir o prestar servicios muy específicos y aportar valor de una manera impresionante. Ya no hace falta producir a escala para llenar los grandes expositores de coches, ahora encargas el coche como tú lo quieres en una página web. La personalización está reconfigurando las relaciones económicas, y con ello el mundo.

Unirse a las cadenas globales de valor

Con el éxito de la era industrial se desarrollaron los grandes centros financieros, y las regiones del mundo que estaban al margen de esos procesos quedaron literalmente abandonadas, ajenas a las cadenas de valor del mundo, desbancarizadas, sin acceso a productos y servicios. Pero gracias a Internet, cada vez más regiones salen de ese aislamiento, y gracias a Bitcoin empiezan a salir también de esa desconexión económico-financiera.

Muchas de esas regiones vivían de las remesas que enviaban sus familiares en el extranjero y con las que los intermediarios hacían un gran negocio por no haber alternativas. Sin inversión, sin capital, sin propiedad efectiva de calidad, sin conexión a las cadenas de valor globales, sin posibilidad de industrializarse, esas regiones estaban condenadas a la pobreza y la marginación.

Desde Bitcoin, junto a Internet, más de 1.800 millones de personas tienen a su alcance unirse por primera vez a las cadenas globales de valor, en una era en la que justo lo que más valor aporta es la personalización y la autenticidad. El Estado se empieza a difuminar, pasando a un lugar secundario. Mientras que lo local se une a lo global, y lo global descubre la autenticidad y personalidad de lo local. Bitcoin e Internet permiten a cualquiera con acceso a un teléfono móvil unirse a esa conversación global de bits, mostrarse en el escaparate del mundo y unirse a las cadenas de valor globales.

El papel de Bitcoin

En esta nueva era están renaciendo las comunidades que es que se habían quedado aisladas en la era industrial, ahora pueden prestar servicios, pueden enseñar al mundo lo que son y lo que hacen y sumarse al valor del intercambio. La personalidad de lo local atrae a los que sienten curiosidad o quieren vivir esa experiencia. Las comunidades personalizadas que se están desarrollando como economías circulares de Bitcoin son el mejor ejemplo de ello, y son la semilla del futuro.

Bitcoin se entiende mucho mejor cuando lo entendemos como un sistema global de derechos de propiedad absolutos, con un activo real subyacente que se asemeja mucho a una especie de oro digital. Cuando lo vemos así nos damos cuenta de que se ha instaurado el derecho de propiedad privada en todo el mundo y cualquiera puede poseer y transmitir valor, sin que ningún otro lo pueda parar, ni impedir, incluso ni saber (con las medidas adecuadas). Esto no afecta solo a los pagos, afecta a las remesas, a las donaciones, al ahorro, a la herencia, a los contratos de garantías. De golpe, Bitcoin, gracias a moverse en un nuevo dominio que atraviesa y cubre todas las fronteras del mundo, el Ciberespacio, instaura una propiedad efectiva sin límites ni restricciones.

Lo global y lo local en las economías circulares

Esto necesariamente lleva a que aparezcan nuevas formas de relacionarse económicamente, de intercambiar valor. La conexión de lo local con lo global se produce precisamente ahí el nexo de las comunidades locales con Internet y Bitcoin no tiene límites. Las donaciones, los envíos de remesas, maneras de prestar servicios en todo el mundo, incluso teletrabajar, maneras de acoger ciudadanos, incluso de conceder permisos de residencia a cambio de depósitos en cuentas multifirma. ¡Hay todo un mundo por explorar qué se va a construir sobre Bitcoin y lo local!

Las economías circulares de Bitcoin precisamente demuestran esto: cómo Bitcoin, a pesar de ser global, no va con el globalismo, sino con conectar lo local con lo global. Su personalidad, frente a lo impersonal y homogeneizador de los Estados, conquista el nuevo dominio del ciberespacio. En estas historias de economías circulares de Bitcoin vemos precisamente las bases del futuro. El nacimiento de cómo millones de personas pueden incorporarse y ofrecer y prestar servicios a todo el mundo y pueden acoger a turistas y otro tipo de visitantes a que disfruten de sus comunidades y aprendan a vivir como ellos, o se incorporen a vivir esos estilos de vida fuera del mundo desenfrenado de la era industrial y financiera.

Siguientes pasos y errores que hay que evitar

Estas iniciativas están ganando mucho peso y popularidad, y cada vez emergerán nuevas maneras de vivir en diferentes Estados. Estas comunidades, a medida que crezcan, también tendrán que evolucionar hacia comunidades políticas. Y es fundamental que esta visión se adopte en ellas. El paso a convertirse en jurisdicciones personalizadas les dará un salto cualitativo inmenso para aportar valor al mundo de forma única. Esa será la garantía de poder mantener su autenticidad y su estilo de vida.

Los Estados son los primeros que deben estar interesados en promover este tipo de iniciativas, pues tan importante como fue en el siglo XX ser una potencia productiva, lo es ser capaz de atraer talento ofreciendo una jurisdicción amigable y un estilo de vida mejor que el que nos ofrece el mundo actual. La educación jugará un papel fundamental en todo este proceso, pues sembrará el terreno y lo abonará para que pueda prosperar. La influencia de estas comunidades en los Estados será muy beneficiosa para todos, como refleja la relación entre El Zonte y El Salvador que tantos frutos ha dado al país.

Economías circulares

El gran error que hay que evitar es ver en Bitcoin los cimientos de estas comunidades. Bitcoin es una herramienta, pero no el fundamento. Al igual que la pólvora hizo que dejásemos de vivir en ciudades amuralladas, pero no se construyeron las pólvora-city, tampoco se debe cometer ese error con Bitcoin. El fundamento de estas nuevas comunidades debe ser la autenticidad y la incesante búsqueda por ser mejores, por la virtud.

Sin lugar a dudas, las economías circulares de Bitcoin son un paso muy importante en la buena dirección, la de avanzar hacia jurisdicciones personalizadas que sean capaces de conectar lo local con lo global también de manera política y no solo económica. Ese es el gran reto del futuro. Estoy convencido de que estas historias servirán de inspiración para el mundo.

Bitcoin es la esperanza y el punto de apoyo para construir un mundo nuevo, que ya empieza a amanecer.

Serie ‘La filosofía de bitcoin’

(XIV) El valor del intercambio

(XIII) ‘Estado de Derecho’ es una contradicción en los términos

(XII) Filosofía de la economía

(XI) Por qué los economistas son los que peor entienden bitcoin

(X) ¿Un presidente pro-bitcoin en los Estados Unidos?

(IX) El fin de la era industrial

(VIII) Los retos que plantea bitcoin a la defensa: ¿software o sorftwar?

(VII) La transición a la era de la información (sobre ‘El individuo soberano’)

(VI) Correspondencia con Miguel Anxo Bastos

(V) La ruptura generacional y el nuevo contrato social (II)

(IV) La ruptura generacional y el nuevo contrato social (I)

(III) Bitcoin frente a los bienes inmuebles como vehículo del ahorro

(II) Bitcoin y la crisis de autoridad del Estado (II): las dos fracturas principales y el camino a las micrópolis

(I) Bitcoin y la crisis de autoridad del Estado (I): introducción

Teoría fiscal del nivel de precios (III): interacciones entre la política fiscal y la monetaria

En los dos artículos previos de esta serie, explicamos los elementos esenciales de la TFNP: cómo la política fiscal puede generar inflación, el papel de las expectativas en dicho proceso, así como el rol de los tipos de interés del banco central en ella, entre otros. Concretamente, en el artículo anterior concluimos que no solo que la política fiscal ha de ser tomada en cuenta en los modelos macroeconómicos, sino que la interacción de esta con la política monetaria arroja implicaciones muy relevantes sobre el nivel de precios. Dado que ya hemos podido desarrollar una comprensión de los modelos esenciales de la teoría, nos encontramos en condiciones de reflexionar de forma introductoria sobre las implicaciones de este modelo del nivel de precios sobre las políticas fiscal y monetaria.

Activos financieros, activos reales y patrones monetarios

En un patrón monetario constituido meramente por activos reales, el valor del dinero dependería del valor descontado de los servicios que se espera que dichos activos puedan proporcionar. Si se espera que el oro, verbigracia, vaya a devenir más líquido en el futuro –gracias a la mayor utilización derivada de los efectos red, verbigracia (Blasco, 2024)–, entonces su utilidad marginal de la unidad monetaria se incrementará. Este crecimiento del valor del activo real que actúa como dinero se verá reflejado en un nivel de precios inferior, y viceversa, puesto que el valor del dinero es la inversa del nivel de precios. 

Por el contrario, si un patrón monetario está entera o parcialmente constituido por activos financieros, el valor de estos activos monetarios no solo vendrá determinado por el de los activos a los que da derecho, sino también por las expectativas de repago del agente emisor de dicho pasivo. Dicho de otro modo, cuando los activos financieros devienen activos monetarios, la confianza que los agentes económicos tienen sobre el agente o agentes emisores jugará un papel fundamental (Rallo, 2019).

El papel de la moneda fiat

El patrón fiat se caracteriza, precisamente, por una moneda emitida por el Estado –la moneda fiat– que constituye la base del sistema monetario, a partir de la cual se emiten sustitutos monetarios pagaderos en última instancia por la moneda fiat. Como ya explicamos en el artículo introductorio a la TFNP, la moneda fiat es una deuda más del Estado: un activo financiero que da derecho a compensar deudas tributarias con esta entidad.

¿Por qué es tan necesaria esta distinción entre activos reales y financieros en el caso de la moneda fiat? Porque en un sistema constituido por las deudas de uno o más agentes –como en este caso–, la solvencia de los emisores es esencial para entender el valor del dinero y, por ende, el nivel de precios. En suma, el dinero se manifiesta a través de diferentes tipos de activos, cuya naturaleza afecta indefectiblemente a la determinación de su valor como activo monetario. En palabras de Carlos Bondone (2012):

Precisamente, no advertir esa diferencia crucial que existe entre moneda bien presente y moneda bien futuro es lo que llevó a todo el pensamiento económico previo a la TTE [Teoría del Tiempo Económico] a asignar al dinero-moneda (tratado como entidad única: en tanto es moneda todo lo que cumple la función de moneda) características especiales. Actitud que llevó también a generar teorías especiales (ad hoc), lo que constituyó todo un camino plagado de violaciones a los principios científicos de la economía (pg. 30).

La política fiscal y el valor de la moneda fiat

Si el oro o cualquier otro activo real ejerciera como la base del sistema y los sustitutos monetarios fueran emitidos de forma descentralizada –como sugiere el patrón monetario propuesto por los partidarios de la banca libre–, entonces no cabría abordar la solvencia esperada del Estado a la hora de explicar el valor del dinero, pues su credibilidad no afectaría ni a la circulación ni al valor de estos activos monetarios emitidos por entidades no estatales. 

Si volvemos al modelo intertemporal con el que concluimos el artículo anterior, observaremos que sus implicaciones son precisamente las mismas: el valor de la moneda fiat se ajusta al valor presente de los superávits futuros esperados. En este sentido, unas expectativas optimistas sobre la solvencia esperada del Estado generan una reacción inversa en el nivel de precios: si el flujo de superávits esperados aumenta, el nivel de precios tenderá a reducirse, y viceversa.

Diagrama, Esquemático

Descripción generada automáticamente

Dado que la TFNP es una teoría del valor de la moneda fiat, habremos de proveer un análisis completo de la política monetaria –puesto que sabemos que esta moneda se emite centralizadamente y, en consecuencia, esta emisión se convierte en una política pública– y de la política fiscal, pues ya hemos explicado que la capacidad esperada de repago del emisor, y las expectativas en su totalidad, son relevantes para construir una teoría completa sobre el valor de la moneda fiat.

La política monetaria no es omnipotente

Prescindir de la política fiscal es un error con graves consecuencias en el ámbito académico. En la actualidad, son numerosos los teóricos que relegan a la política fiscal a un plano subsidiario. Scott Sumner (2021), defensor del monetarismo de mercado y del NGDP targeting, explica en su libro:

Bajo un patrón monetario fiat, la tasa de inflación a largo plazo es la que el gobierno desea que sea […] Esto es, porque el gobierno tiene una habilidad esencialmente ilimitada de variar la tasa de crecimiento del papel moneda [traducción propia].

Lejos de querer hacer una caricatura de la visión de Sumner, lo cierto es que este tipo de aseveraciones se encuentran enraizadas en una concepción de la política monetaria que, a juicio de la TFNP, es absolutamente errónea. Como muchos otros economistas, Sumner se sirve de las tasas de variación de las diferentes variables de la ecuación cuantitativa del dinero:

Imagen que contiene objeto, reloj

Descripción generada automáticamente

Mediante una serie de regresiones, Sumner concluye que las tasas de crecimiento de la base monetaria y de inflación a largo plazo guardan una relación de causa y efecto, afirmando que la política monetaria determina la inflación a largo plazo (Sumner, 2021). Sin embargo, que la inflación a largo plazo esté influenciada por las tasas de crecimiento de la base monetaria no implica que la política monetaria por sí sola afecte a esa variación del nivel de precios.

Esto es, porque un flujo de superávits inferior en el tiempo se traduce en una mayor demanda agregada (mayor M) o en una menor demanda monetaria (menor V), ya que los agentes económicos prefieren atesorar en el margen un pasivo de un Estado cuya solvencia no se encuentre en entredicho, tal y como explicamos en el artículo anterior de esta serie. No todo crecimiento en la base o en la demanda monetaria guarda causas exclusivamente monetarias.

La TFNP y la política monetaria

La política monetaria no es omnipotente, pero tampoco es estéril: objetivos de tipos de interés, reservas bancarias contra el banco central, operaciones de mercado abierto… Todos estos son ejemplos de políticas que ejecutan los bancos centrales en la actualidad, y que determinan parcialmente el nivel de precios. Tener la política fiscal en cuenta, empero, sugiere ciertas conclusiones que, de lo contrario, no podríamos alcanzar. Por ejemplo, cualquier macroeconomista afirmaría que unos mayores tipos de interés del banco central reducen la inflación mediante la contracción del crédito y del gasto agregado.

Con todo, estos tipos de interés superiores implican unos gastos en intereses superiores y, a igualdad de condiciones, un menor flujo de superávits en el futuro, que ya hemos visto que pueden afectar al nivel de precios a largo plazo. Esta es una de las formas –aunque no la única– de interpretar la ecuación de Fisher, donde i es el tipo de interés nominal, r el tipo de interés real y π es la inflación esperada:

El efecto que hemos explicado sugiere que unos mayores tipos de interés, en vez de traducirse en unos mayores tipos de interés reales, incrementan la inflación esperada en el futuro, por la política y las condiciones fiscales del Estado. El nivel de deuda, en la medida en que ha de pagar unos intereses a vencimiento, influye en la distribución de los cambios en el tipo de interés nominal sobre el real y la inflación esperada. En definitiva, la TFNP atribuye funciones económicas sustanciales a la política monetaria, lo que en futuros artículos desarrollaremos como la “Teoría Fiscal de la Política Monetaria”.

Política fiscal y nivel de precios

Que el nivel de precios puede ser estable con un objetivo de inflación –siguiendo la clásica regla de Taylor, por ejemplo– es una creencia muy extendida entre los macroeconomistas (Mishkin & Schmidt-Hebbel, 2007). En gran parte, tras esta creencia subyace la tendencia a asumir una política fiscal pasiva, es decir, aquella en la que se ajustan los superávits en proporción 1:1 con la inflación (Cochrane, 2023), de manera que toda desviación de la tendencia general del nivel de precios se les atribuye a las modificaciones de la política monetaria.

De encontrarnos en un régimen ricardiano, a saber, aquel en el que el gobierno respalda con mayores superávits cualquier crecimiento en los niveles nominales de deuda, no se produce, ceteris paribus, un incremento de la demanda agregada como consecuencia de la emisión de estos bonos. Si concibiéramos a la deuda estatal como una acción de cualquier empresa, este tipo de régimen sería equivalente a realizar una venta de acciones, pero prometiendo de forma creíble mayores dividendos en el futuro (Cochrane, 2005).

Contra las grandes inflaciones

Por contrapartida, cuando se llevan a cabo políticas no ricardianas –mayor volumen en la venta de deuda pública sin ninguna alteración en el flujo de superávits–, el nivel de precios se ajusta: el “efecto riqueza” derivado de obtener un bien normalmente líquido como es la deuda pública a corto plazo no se ve contrarrestado por un incremento de los superávits que contrarresten esta mayor demanda agregada. 

Además, cuando la política fiscal es activa, el nivel de precios puede verse fuertemente afectado tanto en el corto como en el largo plazo. En el primero, mediante un shock de política fiscal, y, en el segundo, cuando hay un cambio a largo plazo de esta, tal y como demuestra Thomas Sargent en su artículo The End of Four Big Inflations (1983), Christopher A. Sims (2011) en su análisis sobre el fin de la inflación de los setenta en John H. Cochrane en Fiscal Histories (2022), entre otros. Todos estos artículos hacen referencia a cómo inflaciones históricamente altas finalizaron gracias a una combinación óptima de las políticas fiscal y monetaria. Sin ánimo de querer transmitir una imagen no representativa al respecto, lo cierto es que existe evidencia empírica que respalda la tesis que estamos exponiendo en este artículo, por mucho que no sea mayoritaria.

Conclusiones

En el presente artículo hemos esbozado, aunque de manera sucinta, la concepción que guarda la TFNP de las interacciones entre las políticas monetaria y fiscal, así como las razones detrás de incluir a esta última en los modelos sobre el nivel de precios, al ser esta un pasivo del gobierno o, análogamente, un derecho de los tenedores de moneda fiat a afrontar obligaciones tributarias por el valor nominal de la moneda fiat que atesoran (Rallo, 2017).

Las posibles interacciones entre las políticas monetaria y fiscal son muy numerosas, y dependerá del régimen y del marco institucional en el que cada economía se encuentre, pero hay razones suficientes –tanto desde el lado de la evidencia empírica como de la teórica– como para pensar que la política fiscal ha de ser tomada en cuenta, a pesar de que el grado de su importancia dependerá de la correlación de fuerzas entre el Tesoro y la institución encargada de la política monetaria (Cochrane, 2023). 

Bibliografía

Bondone, C. A. (2012). Teoría de la Moneda. Accedido desde <https://carlosbondone.com/wp-content/uploads/2024/05/Teoria_de_la_MonedaCarlos_Bondone.pdf>

Blasco, E. (2024). Los efectos red y la emergencia de nuevo dinero. Accedido desde <https://micajondesastre.substack.com/p/los-efectos-red-y-la-emergencia-de?utm_source=publication-search>

Cochrane, J. H. (2005). Money as stock. Journal of Monetary Economics, vol. 52(3), 501-528.

Cochrane, J. H. (2022). Fiscal Histories. The Journal of Economic Perspectives, 36(4), 125–146. https://www.jstor.org/stable/27171133

Cochrane, J.H. (2023). The Fiscal Theory of the Price Level. Princeton University Press.

Mishkin, F. S. & Schmidt-Hebbel, K. (2007). Does inflation targeting make a difference? (NBER Working Paper No. 12876). National Bureau of Economic Research. https://doi.org/10.3386/w12876

Rallo, J.R. (2017). Contra la Teoría Monetaria Moderna: Por qué imprimir dinero sí que genera inflación y por qué la deuda pública sí la pagan los ciudadanos. Ediciones Deusto.

Rallo, J.R. (2019). Una Crítica a la Teoría Monetaria de Mises. Unión Editorial.

Sargent, T. (1983). The Ends of Four Big Inflations. En R. Hall (Ed.), Inflation: Causes and Effects (pp. 41-98). University of Chicago Press. https://doi.org/10.7208/9780226313252-006

Sims, C.A. (2011). Stepping on a rake: the role of fiscal policy in the inflation if the 1970s. European Economic Review, 55(1), 48-56. https://doi.org/10.1016/j.euroecorev.2010.11.010Sumner, S. (2021). The Money Illusion: Market Monetarism, the Great Recession and the Future of Monetary Policy. University of Chicago Press.

Serie ‘Teoría fiscal del nivel de precios’

(II) El modelo intertemporal

(I) Introducción

El lenguaje económico (XLVI): eufemismos

Eufemismo es una «manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante». En el ámbito económico, los eufemismos se utilizan frecuentemente para disfrazar la coacción, sea estatal o privada; por ejemplo, el recaudador intenta disfrazar la naturaleza violenta del impuesto empleando verbos —aportar, colaborar, contribuir, dar, destinar, pagar, participar, prestar, sufragar— que infieren voluntariedad en su pago. Las organizaciones criminales privadas emplean esta misma técnica, por ejemplo, miren como E.T.A. se dirigía al abuelo de Santiago Abascal: «Sr. ABASCAL, hace algún tiempo recibió Vd. una carta nuestra en la que le hacíamos petición de 10 millones de pesetas como contribución económica a la lucha del Pueblo Vasco […]». Muchos eufemismos se han instalado en el habla cotidiana, pero nosotros llamaremos hoy a las cosas por su nombre:

Contribuyente

El impuesto no es una contribución genuina, sino un pago forzoso. El cobro de impuestos es un acto violento, mientras que la contribución —dinero, recursos, servicios— es un acto pacífico y voluntario. Por ejemplo, nadie llamaría «contribuyente» a la víctima de un atraco. Hasta 1990, también de forma eufemística, el actual impuesto de bienes inmuebles (IBI) se llamaba «contribución» urbana. En definitiva, sería más correcto decir «confiscado», en lugar de «contribuyente».

«Lo que das vuelve»

Este es el reciente eslogan publicitario del Ministerio de Hacienda cuya finalidad es reducir la natural resistencia de todo ser humano ante la confiscación de su propiedad. Es un burdo engaño hacer creer a la gente que el dinero sustraído retorna a la víctima en forma de servicios estatales: sanidad, educación, infraestructuras, etc. El primer eufemismo es que el dinero de los impuestos no se «da», sino que es arrebatado violentamente por el fisco. En segundo lugar, observamos en el lema una falacia informal llamada «abuso de imprecisión» (Vega, 2007: 196) porque no es posible comparar la utilidad de lo que «vuelve» con la desutilidad lo confiscado.

Nadie puede saber si lo recibido —en su naturaleza, cantidad y calidad— es mejor o peor que lo sustraído. Inexorablemente, unos —consumidores netos de impuestos— reciben más que lo que «dan» y otros —proveedores netos de impuestos— reciben menos. Por tanto, es falso que la sociedad en su conjunto salga beneficiada. Lo que sí sabemos es que bajo un vínculo hegemónico (Estado vs. ciudadano), el que ordena se beneficia a expensas del que obedece. Solo un vínculo contractual —mercado— proporciona utilidad a «todos» los que intercambian.

Pero supongamos (a efectos dialécticos) que el Estado devolviera al individuo un bien cuyo precio de mercado coincidiera 100% con el dinero confiscado, por ejemplo, «regalándole» un décimo de la lotería de Navidad, previa confiscación de su importe exacto (20 €) ¿supondría ello una utilidad para la sociedad? La respuesta es no. Ganarían los loteros y el propio Estado (mayor recaudación fiscal) y perderían todos aquellos que no deseaban adquirir lotería.

Pagar el sueldo a los políticos

No es cierto que los ciudadanos «paguen» el salario a los políticos o funcionarios. El proceso es éste: las haciendas confiscan el dinero a los ciudadanos y los políticos ordenan el abono de específicas cantidades de dinero (nóminas) en sus cuentas corrientes, cantidades estipuladas por los mismos mediante votación. 

Período «voluntario» de pago

El colmo del cinismo es denominar «voluntario» al período de pago (sin recargo) de ciertos tributos municipales: I.B.I., tasa de basura, impuesto de circulación, etc. 


El pago de impuestos nunca es voluntario, ni antes, ni después de la fecha límite establecida para el pago; por tanto, una denominación más correcta sería período «ordinario» de pago. 

Redistribución de la riqueza

En una economía de mercado no hay tal cosa como «redistribución». «Todos los bienes, desde un principio, son siempre propiedad de alguien. Si se quiere redistribuirlos es preciso proceder previamente a su confiscación» (Mises, 2011: 947). Hablando en román paladino: el Estado confisca la propiedad privada y luego reparte el botín. Políticos y funcionarios son los principales beneficiados.

Solidaridad

Otros eufemismos se observan en el uso indebido de los términos «solidario» y «solidaridad». Por ejemplo, «impuesto solidario» es un oxímoron, pues, al igual que la caridad, la solidaridad genuina siempre es voluntaria, y si se impone mediante la coacción legislativa, dejaría de serlo. Las leyes no pueden aumentar la bondad, su función es otra: disuasión del crimen y, en su caso, resarcir a la víctima del daño ocasionado. Según Gracía-Trevijano, la solidaridad tiene valor jurídico, moral y religioso, pero no político. Cuando se habla de «solidaridad entre las regiones», en realidad, asistimos a un mecanismo coactivo de redistribución de rentas. Y cuando, refiriéndonos al sistema de pensiones de reparto, hablamos de «solidaridad intergeneracional», estamos ante un fraude piramidal o esquema Ponzi.

Bibliografía

Constitución española de 1978.

Mises, L. (2011): La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Vega, L. (2007): Si de argumentar se trata. España: Montesinos.

Serie ‘El lenguaje económico’

Hitler, ¿un revolucionario anticapitalista?

Por Stefan Beig. El artículo Hitler, ¿un revolucionario anticapitalista? Fue publicado en el IEA.

A día de hoy, se considera que Hitler tenía una visión del mundo de extrema derecha. Ahora, décadas después de su publicación original, un libro que cuestiona la clasificación de la ideología política de Hitler despierta un interés creciente y está disponible en una nueva edición. El aclamado estudio de Rainer Zitelmann Hitler. Selbstverständnis eines Revolutionärs (en español: El nacionalsocialismo de Hitler) revela que Hitler no se identificaba ni con la derecha ni con la izquierda, sino más bien como un revolucionario anticapitalista que no sentía más que desprecio por los intereses burgueses y conservadores. Daba gran importancia a las cuestiones sociales y a la igualdad de oportunidades y, a medida que envejecía, llegó a expresar su admiración por la economía planificada soviética.

El libro es un «longseller», pues se ha vendido con éxito durante muchos años. Cuando fue publicado por primera vez por Berg-Verlag hace 37 años, atrajo principalmente a historiadores. En los últimos años, ha suscitado el interés de un público cada vez más amplio, ajeno al mundo especializado, tanto dentro como fuera del país. Hitler. Selbstverständnis eines Revolutionärs de Rainer Zitelmann es una exploración en profundidad del pensamiento y las creencias íntimas de Adolf Hitler. A través de un meticuloso análisis de los discursos y escritos de Hitler, la primera tesis doctoral de Zitelmann, que le valió el doctorado en Historia en 1986, se ha consolidado como un estudio definitivo sobre la visión del mundo del líder nazi.

Hasta la fecha se han publicado varias ediciones en alemán de la obra. El interés por la obra también crece a escala internacional: el estudio ya se ha publicado en inglés y recientemente se ha editado en ruso y checo. Actualmente, se están realizando traducciones al polaco, español, portugués e italiano, a las que seguirán otras en breve.

Un estudio matizado con conclusiones inesperadas

El libro de Zitelmann se distingue de las obras de otros historiadores en varios aspectos. En primer lugar, distingue muy cuidadosamente entre el Hitler de los años veinte, el de los treinta y el de los cuarenta. Otros autores tienden a adoptar un enfoque general de la visión del mundo de Hitler a partir de 1919, como si el líder del NSDAP tuviera una única visión coherente del mundo desde el principio. Esto no es cierto. Rainer Zitelmann identifica varios cambios y evoluciones en la forma de pensar de Hitler, hasta los últimos años de su vida.

En segundo lugar, la valoración que Zitelmann hace de Adolf Hitler es sobria y objetiva, sin emitir nunca juicios de valor. Por razones comprensibles, muchos estudiosos siguen teniendo dificultades para mantener una postura tan neutral y libre de prejuicios a la hora de evaluar a uno de los mayores criminales de la historia de la humanidad. Sin embargo, la clara separación entre el análisis de los hechos y la opinión personal refuerza el rigor académico del libro y evita caer en la misma trampa que otros biógrafos de Hitler, muchos de los cuales sacan conclusiones precipitadas basadas en juicios morales. Además, Zitelmann consigue en todo momento desvincular claramente su estudio de sus propias convicciones políticas (entonces de izquierdas). (En la actualidad, Zitelmann es miembro del Partido Demócrata Libre (FDP) alemán y partidario del liberalismo clásico).

En tercer lugar, las conclusiones del estudio son bastante sorprendentes: rebaten la categorización tradicional de Adolf Hitler a la derecha del espectro político. Según Zitelmann, Hitler era tanto un extremista de derechas como de izquierdas. Como líder del NSDAP, pretendía trascender esta dicotomía, «pero no en el “medio”, sino mediante un nuevo extremo en el que ambos se sublimaran». Además, Hitler se consideraba a sí mismo un revolucionario y tenía a los socialdemócratas y a los comunistas en mayor estima que a los conservadores, a la burguesía e incluso a sus aliados fascistas como Benito Mussolini y Francisco Franco. Inicialmente en el ala izquierda del espectro político, Hitler conservó muchas de sus convicciones hasta el final.

Socialistas y comunistas: ¿la verdadera fuerza opositora al nacionalsocialismo?

Según la valoración convencional de Hitler como político de extrema derecha, la izquierda habría sido la verdadera oposición política al nacionalsocialismo. A primera vista, este punto de vista parece plausible, sobre todo teniendo en cuenta la persecución generalizada de socialistas y comunistas en el Tercer Reich.

En conjunto… es incontestable que los comunistas y los socialdemócratas tuvieron que soportar los mayores sacrificios. Mientras ellos eran torturados y asesinados en los campos de concentración, los burgueses de derechas y las fuerzas capitalistas seguían ganando mucho dinero en el Tercer Reich.

Rainer Zitelmann

Adolf Hitler atacó públicamente al «bolchevismo judío» en varias ocasiones, y algunos estudiosos identifican esta animadversión como el principal catalizador de sus creencias antisemitas. Además, y esto es indiscutible, existe una contradicción fundamental (de la que el propio Hitler era muy consciente) entre el nacionalismo de Hitler y el internacionalismo del socialismo.

Para intelectuales de izquierdas como Max Horkheimer, el principal filósofo de la Escuela de Fráncfort, estaba por tanto claro: el nacionalsocialismo era fascismo, de acuerdo con la definición de fascismo proporcionada por Georgi Dimitrov, secretario general de la Internacional Comunista, que lo describía «como la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero».

Esta tesis profundamente ideológica persiste hasta nuestros días, a pesar de que hace tiempo que ha sido desmentida por la investigación histórica. No obstante, la reputación de la izquierda como verdadera antítesis del hitlerismo ha otorgado a menudo credibilidad a sus análisis del nacionalsocialismo. Sin embargo, Zitelmann, él mismo maoísta en su juventud, llega a una conclusión completamente diferente en su estudio. Llega a la conclusión de que Hitler tenía mucho más en común con la izquierda de lo que generalmente se supone.

¿Qué pensaba realmente?

El análisis de Rainer Zitelmann se basa principalmente en dos de los libros de Hitler -Mein Kampf (1925) y su Segundo Libro (1928), que no llegó a publicarse en vida- junto con innumerables discursos, artículos periodísticos y grabaciones de sus monólogos y conversaciones.

Como señala Zitelmann, los discursos públicos de Adolf Hitler deben leerse con precaución. Tomar sus palabras al pie de la letra puede llevar a conclusiones contradictorias, ya que el líder del NSDAP decía cosas diferentes según la ocasión, el momento y el público. Hitler era también un hábil populista, que adaptaba sus mensajes a los diferentes grupos destinatarios y a sus respectivos intereses. Era muy diferente dirigirse a campesinos, obreros o industriales. «En esto era un maestro de la demagogia y a menudo conseguía engañar tanto a sus partidarios como a sus oponentes sobre sus verdaderas opiniones e intenciones», subraya Zitelmann.

Como Hitler creía que las masas eran estúpidas, sus discursos seguían un patrón simple de «blanco/negro» y «bueno/malo». Sin embargo, sus declaraciones en privado demuestran que su pensamiento sobre ciertas cuestiones era mucho más matizado. En sus primeros discursos y artículos, así como en sus dos libros, Hitler expresó sus objetivos de política interior y exterior a largo plazo con una franqueza asombrosa, señala Zitelmann.

Ataques a Benito Mussolini y Francisco Franco

Para distinguir entre las declaraciones de Hitler motivadas tácticamente y las que deben tomarse en serio y al pie de la letra, Zitelmann las somete a tres «pruebas de coherencia». Compara las declaraciones públicas de Hitler con las que no estaban destinadas al público, las realizadas a puerta cerrada, registradas en actas y diarios de colaboradores cercanos. Este análisis revela disparidades significativas. Por ejemplo, Hitler criticó con frecuencia a Mussolini y más tarde al dictador español Franco en conversaciones privadas, algo que nunca hizo en la misma medida en público. Al mismo tiempo, Hitler mostraba admiración por socialistas y comunistas dentro de su círculo íntimo, mientras que no expresaba más que desprecio por los partidos burgueses y conservadores.

El partido empresarial DVP (Partido Popular Alemán), fue menospreciado por Hitler como un mero «hormigueo», con sus miembros considerados «inofensivos, sin importancia, políticamente sin fuerza; solo vegeta». El veredicto de Hitler sobre el liberal Partido Democrático Alemán (DDP) fue aún más mordaz. Lo llamó «una llaga apestosa dentro de la nación». En cambio, se mostró mucho más positivo hacia el Partido Socialdemócrata (SPD): «El pueblo alemán es racialmente más impecable y mejor convive en la socialdemocracia». Valoraba al SPD como un partido revolucionario y esperaba antes de la Primera Guerra Mundial que los socialdemócratas de Austria provocaran un «debilitamiento del régimen de los Habsburgo que tanto odiaba.» Según las propias notas de Hitler, el hecho de que se apartara de los socialdemócratas se debió a la influencia de los judíos dentro del partido.

Las ideas fijas de Hitler

Además, Zitelmann distingue entre las declaraciones realizadas por Hitler en momentos concretos o ante audiencias particulares, y las realizadas de forma sistemática a lo largo de su carrera política ante todas las audiencias. Las primeras tenían a menudo motivaciones tácticas, mientras que las segundas pueden considerarse un reflejo más fiel de las verdaderas convicciones de Hitler. Por ejemplo, a finales de la década de 1920, Adolf Hitler apeló a los votantes rurales con visiones románticas de la vida agraria, pero esta estrategia fue efímera y estuvo claramente motivada por consideraciones tácticas.

En tercer lugar, Zitelmann examina la coherencia de las declaraciones de Hitler, concretamente si ciertas afirmaciones contradicen las creencias que expresó en otros lugares. Es importante señalar que había temas coherentes en la ideología de Hitler, que servían como principios fundacionales de los que se podían derivar sus demás opiniones. El más importante de estos axiomas fundamentales era su concepto de la «lucha eterna», que para él se basaba en el darwinismo social: «Considero que la lucha es el destino de todas las criaturas».

Un revolucionario que une nacionalismo y socialismo

Zitelmann reconstruye y traza la evolución de la visión del mundo de Hitler con un gran número de citas, a veces sorprendentes. Según su análisis, el líder del NSDAP se veía a sí mismo como un revolucionario cuya misión era transformar la sociedad. Hitler creía que esta transformación sólo podía lograrse con una élite combatiente, un grupo que, en su opinión, sólo podía encontrarse en los márgenes del espectro político, entre comunistas y nacionalistas, y no entre los «colgados» pasivos del centro burgués.

Hitler admiraba el comunismo porque, a diferencia de las fuerzas burguesas, defendía «fanáticamente» una visión del mundo. Quería llevar a cabo su revolución con partidarios del campo comunista y nacionalista. En 1941, recordaba: «Mi partido en aquel momento estaba formado en un noventa por ciento por gente de izquierdas. Sólo podía utilizar a gente que hubiera luchado». (Es probable que el porcentaje sea una exageración).

Hitler: nacionalismo = socialismo

Para Hitler, «nacionalismo» y «socialismo» eran idénticos.

Toda idea verdaderamente nacional es social en última instancia, es decir, quien esté dispuesto a comprometerse con su nación tan completamente que realmente no tenga ningún ideal más elevado que sólo el bienestar de ésta, su nación, … es un socialista…

Cuanto más fanáticamente nacionales somos, más debemos tomarnos a pecho el bienestar de la comunidad nacional, eso significa que más fanáticamente socialistas nos volvemos.

Adolf Hitler

Al mismo tiempo, Hitler «rechazaba tajantemente el nacionalismo burgués porque identificaba los intereses egoístas de clase y de lucro con los intereses de la nación», y Hitler también quería trascenderlos. En palabras del propio Hitler: «el socialismo se convierte en nacionalismo, el nacionalismo en socialismo… No reconocemos el orgullo de estamento, tan poco como el orgullo de clase. Sólo conocemos un orgullo, el de ser servidores de un pueblo». Dentro de esta nación, Hitler quería llevar a cabo la igualdad buscada por el socialismo: «El socialismo sólo puede existir en el marco de mi nación» porque «sólo puede haber iguales aproximados dentro de un cuerpo nacional, en comunidades raciales más grandes, pero no fuera de ellas.»

Siempre fue anticapitalista, pero sólo esporádicamente antibolchevique

Contrariamente a lo que se ha supuesto durante mucho tiempo, las cuestiones sociales desempeñaron un papel importante en el pensamiento de Hitler. Estaba profundamente preocupado por promover la igualdad de oportunidades y eliminar las distinciones sociales y de clase. Al mismo tiempo, Hitler era un anticapitalista acérrimo. Una creencia que impregnaba su pensamiento de forma coherente, en lugar de ser una mera maniobra táctica, como sugirieron en la década de 1920 algunos marxistas y socialdemócratas, para quienes la retórica anticapitalista de Hitler planteaba un problema. Como demuestra Zitelmann, el anticapitalismo fue una característica definitoria del pensamiento de Hitler en todo momento. No hay contradicción aquí entre Hitler en público y Hitler en privado. El anticapitalismo fue un hilo conductor constante, desde el principio de la carrera política de Hitler hasta el final.

No puede decirse lo mismo de la actitud de Hitler hacia el «bolchevismo judío». Según Zitelmann, Hitler creía en esta ideología a principios de los años 20. A finales de los años 20, su convicción había empezado a flaquear. Y en los años 40 se limitó a defender de boquilla la tesis del bolchevismo judío, defendiéndola públicamente sin tomársela en serio.

El historiador Thomas Weber llegó a una conclusión similar hace unos años en su libro Becoming Hitler: The Making of a Nazi. Según Weber, Hitler no veía el bolchevismo como una amenaza distinta, sino más bien como una herramienta del capitalismo judío.

Sólo veía a los comunistas como rivales, aunque la oposición más peligrosa procedía de la derecha

Por tanto, quien interprete las declaraciones antibolcheviques de Hitler como prueba de un fascismo reaccionario y chovinista se equivoca. Sin embargo, el hecho de que Hitler persiguiera más a la izquierda que a las filas de la burguesía «no tiene nada que ver con la preferencia de Hitler por la derecha, sino todo lo contrario. Consideraba a las fuerzas derechistas y burguesas como cobardes, débiles, sin energía e incapaces de cualquier resistencia. Mientras, suponía que la izquierda tenía las fuerzas valientes, valerosas, decididas y, por lo tanto, peligrosas.» Hitler consideraba el nacionalsocialismo como un movimiento revolucionario en competencia con los comunistas. Por tanto, consideraba a los comunistas como sus únicos adversarios serios. 

Posiblemente se trataba de una suposición errónea. Como señala Zitelmann:

La única oposición efectiva a Hitler, en realidad, representada por fuerzas conservadoras y en parte también monárquicas como Ludwig Beck, Franz Halder, Hans Oster, Erwin von Witzleben, Carl Friedrich Goerdeler, Johannes Popitz, el conde Peter Yorck von Wartenburg y Ulrich von Hassell, se situaba a su derecha.

Sebastian Haffner

El renombrado periodista Sebastian Haffner expresó una opinión similar en 1979:

La única oposición que realmente podría haber llegado a ser peligrosa para Hitler procedía de la derecha. Desde su posición ventajosa, estaba a la izquierda. Esto nos hace pararnos a pensar. Hitler no puede clasificarse tan fácilmente en la extrema derecha del espectro político, como mucha gente tiene la costumbre de hacer.

Sebastian Haffner

El 24 de febrero de 1945, ante el fracaso total e irreversible del Tercer Reich, Hitler declaró: «Liquidamos a los luchadores de clase de izquierdas. Pero desgraciadamente olvidamos entretanto lanzar también el golpe contra la derecha. Ese es nuestro gran pecado de omisión». Intentaba encontrar una explicación a su inminente derrota. De hecho, como subraya Rainer Zitelmann, fue la adhesión de Hitler a sus creencias ideológicas lo que le impulsó a no actuar contra los oponentes de derechas que tanto despreciaba, y no un mero descuido.

El Estado necesitaba «espacio vital en el Este»

Las políticas económicas de Hitler estaban muy influidas por el célebre economista Thomas Robert Malthus. Malthus sugería que el crecimiento de la población superaría a la producción agrícola, lo que provocaría posibles hambrunas, malestar social e inflación. Él extendió esta teoría a la producción industrial, prediciendo que la demanda de recursos naturales superaría a la oferta. A diferencia de Malthus, Hitler creía que la solución a este problema residía en la expansión territorial. Sostenía que si un Estado carecía de recursos suficientes dentro de sus fronteras, debía adquirirlos de Estados vecinos, escasamente poblados y con abundantes tierras fértiles. Esta ideología alimentó su fijación por adquirir «espacio vital en el este».

Con esto en mente, el 23 de noviembre de 1939, Hitler declaró a sus comandantes en jefe:

El creciente número de nuestro pueblo requiere un mayor espacio vital. Mi objetivo es establecer un equilibrio racional entre el tamaño de la población y el espacio vital. Aquí es donde debe comenzar la lucha. Ninguna nación puede eludir este reto o, de lo contrario, deberá ceder y extinguirse gradualmente… He elegido un camino diferente: ajustar el espacio vital para acomodar a la población. Una constatación es importante: el Estado sólo tiene sentido si sirve para preservar la esencia de su pueblo. En nuestro caso, hablamos de 82 millones de personas … El eterno reto es adecuar el número de alemanes a la tierra disponible.

Adolf Hitler

El dictador, inspirado en Malthus

Por cierto, la suposición de Malthus era errónea. Las poblaciones en crecimiento también pueden alimentarse mediante el aumento de la productividad y el libre comercio. El hecho de que pequeños Estados como Suiza y Singapur se encuentren hoy entre los países más ricos del mundo habla por sí solo. Pero a Hitler no le interesaba el libre comercio y tenía una visión pesimista del futuro del comerciJoo mundial. Este sentimiento era compartido por muchos políticos de su época que, como él, abogaban por la autosuficiencia, pero sin dar prioridad a la expansión de sus propios territorios.

Su actitud hacia la propiedad privada de los activos productivos es algo más complicada. Prescindió de las nacionalizaciones totales. Pero sus políticas erosionaron los derechos de los propietarios al imponer un estricto control estatal sobre la producción y la inversión. Hitler creía que la propiedad privada sólo era permisible cuando servía al «bien común» y no al interés propio del empresario. Se exigía a los propietarios que alinearan sus acciones con los objetivos del Estado. De este modo, todo quedaba subordinado al Estado.

La admiración de Adolf Hitler por la economía soviética fue en aumento, sobre todo en los últimos años de su vida. Recibía informes del Frente Oriental en los que se destacaban los importantes avances logrados gracias a los esfuerzos de industrialización de Stalin. En su círculo íntimo, elogió explícitamente el sistema soviético de planificación estatal. E insinuó que debería convertirse en un componente de la economía de posguerra, en total consonancia con su nacionalsocialismo.

El libro de Zitelmann es muy recomendable para profundizar en las perspectivas políticas y económicas de Hitler. En los años transcurridos desde entonces, se han publicado cada vez más resultados de investigaciones que apoyan y validan las conclusiones originales de Zitelmann.

Ver también

Por qué Hitler adoraba la justicia social. (Jon Miltimore).

Hitler y Che Guevara, dos caras de la misma moneda. (Manuel Llamas).

Tener a Hitler para cenar. (Helen Dale).

Hitler, líder de la izquierda. (José Carlos Rodríguez).