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Juego político en torno a Muface

Muface es el sistema mediante el cual el Estado gestiona las prestaciones sociales para determinados funcionarios. Entre estas prestaciones se encuentra la sanidad, que es la que nos atañe. Esta prestación del servicio sanitario, en el caso de 1,6 millones de funcionarios, se otorga a través de la sanidad privada y de una serie de aseguradoras.

Este último año se ha generado un conflicto entre el gobierno y las aseguradoras, ya que estas últimas solicitaban un aumento del 40% en los pagos del gobierno en el concurso público que se realiza para decidir qué empresas prestan el servicio sanitario. El gobierno se niega a aumentar este presupuesto en los términos solicitados por las aseguradoras y ha aprobado un aumento del 17%, a pesar de que las aseguradoras indicaron que un 25% sería “insuficiente”. Tras la postura del gobierno, las empresas amenazaron con no presentarse al concurso, y por lo tanto, dejarían de dar el servicio. Esta amenaza surge después de años en los que han otorgado el servicio con pérdidas millonarias y ante la oposición del gobierno a aumentar la oferta en la licitación.

En estos días hemos sabido que ni Adeslas, ni Asisa, ni DKV se han presentado al concurso abierto por Muface. Esto provoca que el concurso quede desierto y, por tanto, existen altas probabilidades de que el servicio deje de ser otorgado por Muface. Esta situación llevaría a que los funcionarios que reciben el servicio sanitario a través de aseguradoras privadas (asociadas a Muface) dejen de recibirlo y deban acudir a la sanidad pública.

No voy a analizar la situación que se produciría si los funcionarios empezaran a recurrir a la sanidad pública “de golpe”; en cambio, plantearé la posible jugada política que el gobierno podría estar desarrollando con esta maniobra.

El juego

Si en algo destaca Pedro Sánchez y su gobierno, es en establecer relatos rápidamente. Nada me hace pensar que esta acción, que no es solo económica, no esté destinada a reforzar y crear nuevos relatos. El primer paso que podría seguir el gobierno es afirmar que ha aumentado el presupuesto de Muface y, por tanto, que ha intentado contentar a las aseguradoras, “protegiendo” los intereses de los funcionarios y, al mismo tiempo, sin ceder a los intereses de las aseguradoras.

El segundo paso, tras el rechazo de ese aumento por parte de las aseguradoras, sería decir que lo único que buscan las empresas es obtener mayores beneficios a través de este servicio para los funcionarios. Desde un punto de vista liberal, esto no es algo negativo, ya que los funcionarios acceden voluntariamente a este servicio, que no es más que un beneficio adicional otorgado por su condición. Sin embargo, este segundo paso es perfecto para consolidar aún más el relato anti empresarial promovido desde buena parte de la clase política española.

Tercer paso: se permite que las aseguradoras abandonen el concurso y se fuerza a Muface a dejar de otorgar el servicio, de modo que los funcionarios tendrán que integrarse en la sanidad pública. Este paso podría incrementar la presión sobre el sistema sanitario, al sumar prácticamente un millón y medio de pacientes. La sanidad es competencia de las autonomías y, en la mayoría de España, está en manos del Partido Popular.

Caos en el sistema público

Este sistema sanitario público muestra, en muchos casos, problemas con las listas de espera, un asunto por el que tanto el gobierno como buena parte de sus seguidores claman más recursos destinados a la sanidad. Si los funcionarios dejan de recibir el privilegio, que el estado se ha comprometido a concederles, estos se añadirán a estas listas de espera en los casos que sean necesarios. Pero no solo eso, sino que la demanda por médico aumentará más aún, además de todo el equipamiento necesario, y, por tanto, un posible aumento del caos en los centros sanitarios públicos.

Este paso del gobierno, crearía el caldo de cultivo perfecto para acusar a las autonomías (y, por tanto, al PP) de no invertir lo suficiente en sanidad, tener a los funcionarios descontentos con el sistema sanitario y empeorar aún más la opinión de la población en general en cuanto a la gestión de este. Por supuesto, en ningún caso el relato implicaría al gobierno, sino que sería del PP por “no invertir en la sanidad pública”.

Cuarto y quinto paso

Cuarto paso: una vez han aumentado la presión y comienzan a aumentar las listas de espera y desperfectos del sistema, se comienzan a utilizar organizaciones y sindicatos afines al gobierno para reclamar más inversión en la sanidad pública. De forma más que posible, regresarían las manifestaciones por la sanidad, quizá con más afluencia aún, pues sería mayor el número de damnificados. Estas manifestaciones podrían ser perfectamente utilizadas para hacer olvidar el recorte del servicio a los funcionarios que otorgaba Muface (recordemos que la memoria democrática suele ser a corto plazo), y de esta manera poder utilizar las manifestaciones para ocultar otros escándalos que surgieran.

Quinto paso: podría resumirlo en, de nuevo, la ‘heroicidad’ del gobierno de la nación. Visto que el Partido Popular no podría hacer frente a tal impacto en tan poco tiempo, el gobierno renegocia con las aseguradoras la vuelta de la sanidad privada a Muface. Bastante alta sería la posibilidad de que esta negociación se realizaría de forma que el gobierno saliera beneficiado y no se supieran grandes detalles de esta. Una vez negociado, el gobierno argumenta que ellos han hecho todo lo posible por los funcionarios, mientras que si fuera por el Partido Popular, seguirían esperando por sus consultas y operaciones. En este último paso, por supuesto, la maquinaria social y comunicativa del gobierno haría olvidar que el origen del problema es del propio gobierno.

Conclusión

Quiero terminar haciendo hincapié en que esto es solo una teoría, que son posibilidades y que nada de esto tiene por qué ocurrir tal como lo cuento. Sin embargo, creo que estaría fundamentado viendo las acciones que realiza este gobierno y como se va desarrollando todo este asunto.

Así mismo, esta situación no perjudica a las grandes empresas sanitarias. Los grandes damnificados de esto, son las pequeñas clínicas y autónomos a las que las aseguradoras derivan su servicio, haciendo función de intermediarias con estos pacientes que acuden desde Muface. Además, los ciudadanos, usuarios de Muface o no, sufrirán de nuevo las consecuencias de una batalla política al más puro estilo maquiavélico, donde se juega con su salud y su dinero.

Ver también

Ideas sueltas sobre la ‘marea blanca’. (Fernando Parrilla).

Perro no come perro

De todos los descréditos a lo que Pedro Sánchez ha sometido el Estado de derecho, las instituciones o el mero poder estatal con tal de mantenerse en el poder, sin ninguna duda aquel que ha sido llevado al límite es el Tribunal Constitucional. No es que Radio Televisión Espantosa, la Universidad Complutense, Renfe o el Tribunal de Cuentas, por citar algunos, no hayan quedado a los pies de los caballos y vayan a necesitar décadas para empezar a volver a ser algo medio decente. Lo que decimos es que este Tribunal Constitucional ha llegado a un nivel de vileza del que es muy difícil que la institución pueda recobrarse.

En sus orígenes, la propia existencia de un Tribunal Constitucional, o de garantías constitucionales, es algo anómalo. En teoría, dicho tribunal, elegido enteramente por los políticos, tiene la noble causa de garantizar que los tribunales ordinarios no tengan la tentación de no cuidar los derechos constitucionales de los ciudadanos. Vamos: lo que viene siendo poner a la zorra a cuidar de las gallinas. Nos tenemos que creer que, después de tantos recursos, los jueces han dejado de lado los derechos fundamentales de los acusados y tiene que venir un grupo de magistrados muy obedientes al poder político para hacer que las reglas de juego se cumplan.

La suerte de tener una máquina borradora de delitos

Desde la última renovación del Tribunal Constitucional, la cuestión ha llegado, como decimos, a unos límites tan explicables como la propia existencia del tribunal, toda vez que se entiende para qué se creó. Con una ponencia de Inmaculada Montalbán, juez premiada por José Antonio Griñán en su día, el Tribunal Constitucional borró parcialmente los delitos de los expresidentes José Antonio Griñán, Manuel Chaves y Magdalena Álvarez.

El premio no puede ser más goloso: una causa que pasó por las manos de cuarenta jueces y en la que todos vieron prevaricación, los magistrados puestos a dedo por los políticos les exoneran de cualquier responsabilidad en el uso ilegítimo de fondos públicos en el denominado Caso ERE, esto es, el desvío de más de mil millones de euros para comprar una base electoral sólida en la que mantenerse en el poder.

La razón, como abducen los magistrados en la sentencia, estriba en que el Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía tenía capacidad legal para cambiar el presupuesto sin tener que volver a pasar por el legislativo autonómico. Esto se desprende de una ley previa que así lo establecía y, dado que la oposición, esto es el PP, que siempre está para echar una mano y no precisamente para hacer el bien, no elevó un recurso de inconstitucionalidad por esta norma, se entiende que la norma es totalmente válida.

Restringir derechos no es suspenderlos, así que muy bien

Pero esto no es nada en comparación con el esperpento vivido recientemente, con un cambio en el criterio que estableció como ilegales los estados de alarma de 2020 y 2021. En una resolución que debería haber hecho caer al gobierno, el Tribunal Constitucional estimó parcialmente un recurso de Vox contra estos decretos que suspendían derechos fundamentales sin el paraguas legal para hacerlo. Pues bien, en otro recurso presentado también por Vox, sólo que esta vez contra una norma autonómica de Núñez Feijóo que obligaba a los no inoculados a permanecer en casa, entre otras situaciones.

El caso es que el Tribunal Constitucional, de forma absolutamente nueva y rompedora, ha creído conveniente cambiar una sentencia previa, pese a que en esta ocasión se tenía que pronunciar sobre otra situación distinta. Ahora dicen Conde-Pumpido y sus acólitos, que algún día recibirán un premio porque no ha habido gente más obediente en este país desde que Cortés tomó el Imperio Azteca en nombre de Carlos I, que restringir los derechos hasta el extremo es eso mismo, restringir, pero no suspenderlos, tal y como había señalado en la sentencia anterior.

Desde luego, con la presidencia de Cándido Conde-Pumpido en el Tribunal Constitucional, la seguridad jurídica en España ha alcanzado su clímax. La cuestión judicial más importante en este momento y que terminará por poner otro clavo en el ya fallecido Régimen del 78, la Ley de Amnistía, tiene una resolución judicial a nivel nacional, ya veremos a nivel europeo, que no admite duda ninguna: constitucional. No se puede negar, en ese sentido, que Conde-Pumpido no realiza más su trabajo. Ya se sabe: perro no come perro.

Ver también

Los planes de un pícaro. (José Antonio Baonza Díaz).

Anatomía del sanchismo. (Cristóbal Matarán).

Cinco casos que confirman que Sánchez gobierna a base de improvisación. (Antonio José Chinchetru).

Rolos care´chimba y la COP16: El cuento de la biodiversidad y los mesías de la moral global

Desde mediados de octubre de 2024, Cali, la capital de departamento del Valle del Cauca, en Colombia, comenzó a llenarse de personajes curiosos. Cruzando la ciudad por la calle Quinta, mientras los caleños corrían a cumplir con sus labores diarias bajo un sol que amenaza con derretir hasta la paciencia más templada, estos extraños caminaban sin rumbo definido, envueltos en uniformes de telas naturales y patrones florales. Los caleños, testigos involuntarios de esta invasión, no podían evitar dirigir miradas curiosas —y a veces de abierta incredulidad— hacia estos grupos, equipados con sus “boho bags” y sus sonrisas que combinaban perfectamente con el desprecio implícito en sus comentarios: “¿Por qué tantas motos?”, “¿Por qué no todos usan bicicleta?”, “¡Qué calor tan insoportable!”

“Rolos care´chimba”, sentenció un taxista, entre quejas sobre el tráfico y lamentos sobre la invasión de esta nueva tribu urbana. Para quienes no estén familiarizados con la jerga local, un “rolo” es un habitante de Bogotá, hogar natural del enorme aparato estatal colombiano y su incalculable número de agencias, conocido por su amor a la formalidad y un peculiar desdén hacia todo lo que no encaje en su clima perennemente frío y nublado. El complemento, “cara de chimba”, es más flexible: puede usarse para admirar un estilo extravagante o, como en este caso, para señalar con ironía una actitud entre insolente y altanera.

Una autoproclamada élite

Resulta que el desfile de personajes por las calles de Cali no era fruto del azar: estaban aquí para la 16ª Conferencia de las Partes (COP16), una reunión global en torno al marco de biodiversidad de Kunming-Montreal. El objetivo declarado: “detener y revertir la pérdida de biodiversidad”. Suena noble, ¿no? Pero tras el maquillaje de palabras como “conservación”, “uso sostenible” y “participación equitativa” subyace una narrativa más inquietante: la arrogancia de una élite que presume saber, mejor que nadie, cómo deben usarse los recursos del planeta.

En el fondo, la lógica es sencilla: los individuos comunes, vulgares agentes del mercado, son demasiado ignorantes para tomar decisiones acertadas sobre recursos naturales. Según esta narrativa, solo los iluminados que desfilan en camisones coloridos y portan mochilas étnicas están calificados para decidir el destino de un lago, un colibrí o una parcela de tierra. Y claro, respaldados por el monopolio del Estado, tienen todo el derecho de imponer estas decisiones, incluso si eso significa pisotear la propiedad privada o las aspiraciones de desarrollo económico de las comunidades locales.

La paradoja del ambientalismo estatal

Aquí entra la deliciosa ironía. Los recursos naturales, entregados al Estado para su “conservación”, terminan siendo gestionados de forma arbitraria e ineficiente. ¿Por qué? Porque el Estado no participa en el mercado. Sin precios que transmitan información sobre costos y beneficios, no hay forma de asignar recursos de manera que realmente satisfagan las necesidades de la gente. En el mejor de los casos, esta gestión estatal conduce al malgasto de recursos. En el peor, al agotamiento acelerado de aquello que se pretendía preservar.

Y hay más. La democracia, con su horizonte de corto plazo —cuatro o cinco años en el poder—, fomenta la explotación inmediata. ¿Qué gobernante va a sacrificar popularidad, dejando de entregar medios en subsidios y de consumir hoy para que su sucesor coseche los beneficios mañana? Así, la COP16 y sus fervorosos seguidores no solo ignoran las leyes económicas básicas, sino que, paradójicamente, socavan sus propios objetivos conservacionistas.

El hombre común frente al mesías ambientalista

En una economía de mercado, los recursos se asignan según la propiedad privada y las señales transmitidas por los precios. Si alguien encuentra un uso mejor para un recurso, puede adquirirlo, generando un sistema dinámico que equilibra oferta y demanda. Pero esto no es suficiente para los autoproclamados salvadores del planeta, que desprecian la acción privada y prefieren imponer su voluntad mediante regulaciones y prohibiciones.

Al final del día, el verdadero rostro del ambientalismo que representan los asistentes de la COP16 no es uno de conservación, sino de control. El control de cómo vivimos, qué comemos, cómo nos desplazamos y qué sueños podemos perseguir. Porque, para ellos, el hombre común no puede ser confiado con algo tan importante como un árbol o un pájaro.

Mientras reflexionaba sobre todo esto, no podía evitar recordar al taxista. Su queja, aunque cargada de sarcasmo, contenía una verdad fundamental: estos “rolos care´ chimba”, que para estos efectos no solo cobija a los amigos del estado bogotano, sino también a los alemanes, suecos y angoleses empleados pro el supraestado de la ONU, con su aire de superioridad moral y sus mochilas de diseño artesanal, no solo son un espectáculo pintoresco en las calles de Cali, sino un recordatorio de la constante lucha entre el individuo y las élites que creen saber mejor qué es bueno para todos.

Lo más gracioso —y trágico— de todo esto es que, en su afán por “proteger” el medio ambiente, estas élites terminan perjudicando precisamente aquello que dicen defender. Una prueba más de que, muchas veces, los mayores problemas vienen de aquellos que intentan resolverlos con la soberbia de quien cree tener todas las respuestas.

Ver también

¿Es necesaria la biodiversidad? (Alberto Illán Oviedo).

¿Cómo preservamos la biodiversidad? (I): el modelo público. (Alberto Illán Oviedo).

¿Cómo preservamos la biodiversidad? (II): el modelo privado. (Alberto Illán Oviedo).

El Mar Negro (II): el impacto soviético. (Alberto Illán Oviedo).

Greenpeace tiene razón. (Fernando Parrilla).

Las contradicciones de Trump (y su mejor escenario)

Es evidente que Donald Trump no es un ideólogo ni un hombre de ideas claras y consistentes. Más bien, es un estadounidense promedio con experiencia empresarial que, pese a ello, exhibe una visión política y económica llena de los típicos sesgos antimercado, antiextranjeros y proempleo.

Ya sea por la expectativa de mayores tensiones geopolíticas, un crecimiento económico acelerado o por anticipar las contradicciones inherentes de Donald Trump, el mercado de bonos prevé un repunte de la inflación en los próximos meses, sugiriendo que la actual tendencia de desaceleración no perdurará.

Su principal contradicción: el dólar y la inflación

Si el programa de Trump comienza con reducciones de impuestos, incrementos de aranceles, aislacionismo comercial y políticas antimigratorias que incluyen deportaciones y afectan negativamente a los empleos de baja cualificación y remuneración, entonces la economía estadounidense experimentará una subida de precios y un mayor endeudamiento.

Es difícil, por no decir imposible, que los aumentos de aranceles compensen las reducciones de impuestos, ni siquiera recortando el gasto público superficial o las partidas internacionales. Del mismo modo, es poco probable que una mayor inversión en el mercado nacional y un menor encarecimiento de la energía y el petróleo contrarresten el alza en los costos de los productos importados y de la mano de obra.

Además, debemos sumar la preferencia de Trump por tipos de interés bajos y un dólar débil en un período de temores inflacionarios, donde el mercado está escéptico y preparado para castigar con fuerza cualquier intento de crecimiento engañoso y deterioro del balance.

Otro factor que ha alimentado el engaño es la respuesta del S&P, el Russell, bitcoin y el dólar ante la victoria de Donald Trump. El relato inmediato es: “hay confianza en que Trump lo hará bien y los mercados se anticipan a un nuevo periodo de crecimiento”, y en paralelo, “es evidente que una victoria de Kamala y los demócratas habría castigado al mercado”.

Las reacciones del mercado a la victoria de Trump

Sin embargo, esto no es necesariamente cierto. El fortalecimiento del dólar y de las compañías norteamericanas puede deberse simplemente a un ajuste en las carteras de los inversores, quienes asumen la victoria de Trump como una señal de que es mejor estar invertido en EE. UU. que en el resto del mundo, el cual tendrá que pagar caro los ajustes de Trump.

El alza de bitcoin y el Russell podría ser una respuesta a una rotación temporal hacia activos de riesgo, algo que podría representar tanto el inicio de un nuevo ciclo alcista como los últimos estertores de uno que está por terminar. Esto se debe a que bitcoin parece funcionar en el corto plazo como activo de riesgo y, a largo plazo, como reserva de valor. Estas rotaciones hacia mayor riesgo al final de los ciclos alcistas ocurren también dentro del mercado cripto: cuando bitcoin alcanza nuevos máximos, se produce una rotación hacia las altcoins, que logran sus picos después de bitcoin, para luego caer ambos.

Si finalmente Trump inicia una reserva nacional de bitcoin, esto desencadenaría una competencia global por la acumulación temprana de este nuevo activo de reserva. La rivalidad entre bitcoin y el oro podría intensificarse si los bancos centrales buscan anticipar un ganador, o sus cotizaciones podrían converger si los bancos centrales a nivel global apuestan por ambos. En cualquier caso, el precio de bitcoin se dispararía enormemente. Sin embargo, no debemos descartar que, antes de iniciar una reserva en bitcoin, se orqueste una maniobra para inducir FUD (miedo, incertidumbre y duda) entre los inversores más vulnerables del mercado.        

Donald Trump y la natalidad

Elon Musk está muy interesado en aplicar políticas de desregulación y liberalización, pero ha dejado claro en sus redes sociales que uno de los temas que más le preocupa es el descenso de la natalidad. Sobre esto vale la pena mencionar que la natalidad es una variable particularmente difícil de manipular, especialmente de aumentar. Paradójicamente, el proyecto de Trump podría tener consecuencias negativas no deseadas sobre la natalidad que Musk tanto desea impulsar.

En primer lugar, la migración no solo compensa parcialmente las caídas en la natalidad, sino que los inmigrantes de regiones con altas tasas de natalidad pueden mantener esa tendencia en el corto plazo, lo que podría incentivar una mayor natalidad en la población local. Las razones para especular sobre un efecto de contagio desde los inmigrantes hacia la población autóctona aplican tanto para lo bueno como para lo malo. Si aumentan o mantienen la demanda de servicios para niños, la población local encontrará mayores facilidades y motivación para tener hijos.

En segundo lugar, el retraso de la maternidad, los elevados costos asociados a la crianza y las dificultades para conciliar la vida laboral y familiar podrían verse negativamente afectados por el encarecimiento de los salarios y la escasez de personal de baja remuneración o cualificación, que en Estados Unidos son mayormente inmigrantes. Los inmigrantes, en particular las mujeres, ofrecen servicios esenciales que facilitan la maternidad de la población local, especialmente de las clases medias, haciendo más accesibles los servicios de limpieza del hogar, cuidado de los niños y educación preescolar y básica. Sin este apoyo, las barreras para tener hijos podrían incrementarse aún más.

Las mejores opciones con Donald Trump

Alex Tabarrok, en su artículo, nos comparte cuál podría ser el mejor escenario para Trump: básicamente, que solo ejecute las partes “buenas” o más liberales de todo lo que ha prometido en su campaña. Por ejemplo, fortalecer las fronteras, pero limitar las deportaciones a los inmigrantes llegados en los últimos cuatro años.

Sería muy optimista asumir que Trump va a moderar su discurso o que mantendrá su retórica exagerada—caracterizada por frases como “aranceles a todo”—mientras en la práctica hace una selección estratégica, tanto económica como política, de los aranceles. Esto podría funcionar porque el votante es más manipulable por el discurso que por los hechos, pero requeriría de un político muy sabio y pragmático, un perfil que claramente no encaja con Trump.

Menos es mejor

Los problemas estructurales y reales de la economía estadounidense son el endeudamiento, la pérdida de valor de la moneda, la desaparición de la clase media y las regulaciones que aniquilan las soluciones de mercado en sectores como la salud, la educación, la vivienda o las infraestructuras. Pero entre las propuestas de Donald Trump, lo más cercano a una solución para estos problemas es el famoso Departamento de Desregulación (DOGE), que solo funciona como un departamento asesor en un gobierno que, a diferencia del de Milei, no cuenta con una cabeza que crea genuinamente en las soluciones liberales.

En este sentido, aunque también muy improbable, el mejor de todos los escenarios sería que Trump no pudiera hacer mucho; es decir, que sus acciones quedasen significativamente restringidas y eso mitigara sus políticas que presionarán el dólar a la baja y los precios al alza. Pero esto no es un fenómeno exclusivo del próximo gobierno de Trump; a excepción de gobiernos como el de Milei, lo mejor que podría pasar en la mayoría de los gobiernos actuales alrededor del mundo es que sus políticos no pudiesen aprobar presupuestos, nuevas leyes o hacer reformas radicales, porque la mayoría de los proyectos políticos van en la dirección contraria a la que realmente hace falta.

Conclusión

Donald Trump no es significativamente peor que los políticos del resto de América o Europa; sus contradicciones no son muy diferentes a las de los socialdemócratas europeos, quienes buscan imponer energías y políticas verdes que encarecen los precios, mientras afirman defender a las clases bajas que necesitan energía, productos, transporte y vivienda accesibles. Sin embargo, Trump está teniendo acercamientos con el liberalismo, y es imprescindible que expongamos constantemente que sus planes son inconsistentes y contraproducentes. Podemos apoyar su política exterior por ser relativamente mejor que la de sus aliados u opositores, pero el verdadero trabajo pendiente es superar, con propuestas y resultados concretos, los sesgos antimercado que persisten entre los políticos y los votantes.

Ver también

Es el mundo de Donald Trump y tenemos que vivir en él. (Steve Davies).

Trump: el antiliberal por excelencia. (Andrés Ureña Rodríguez).

Propuestas de Trump en favor de la libertad. (Daniel Morena Vitón).

Las consecuencias económicas de los aranceles de Trump. (Holly Jean Soto).

Wendell Holmes Jr. estaba equivocado, Thoreau siempre tuvo razón

En la fachada del edificio del IRS (Internal Revenue Service, la agencia tributaria estadounidense) puede leerse bajo relieve, inmortalizada, la famosa frase de Oliver Wendell Holmes Jr. «los impuestos son el precio que pagamos por vivir en civilización». Así suele traducirse, aunque, la frase en inglés realmente no dice la palabra precio, sino: «Taxes are what we pay for a civilized society».

Sin embargo, esto no solo no es cierto, sino que es una vil artimaña. Y a razón de los lamentables y tristes eventos que han acaecido recientemente, ello ha quedado en cabal evidencia. Solo alguien que, o tiene un interés particular por formar parte del estado, o quien repite sin saber por haber sido adoctrinado (desde las escuelas públicas y a veces privadas también) puede seguir pronunciando esa frase tan dañina.

Pronunciar expresiones como esas, en el caso de los primeros, resulta lógico porque el estado no es más que un conjunto de personas con cierto grado de permanencia temporal que busca maximizar su beneficio particular. El estado desde luego no existe como se quiere que lo concibamos. No tiene existencia ontológica. Tampoco es una entidad abstracta con interés propio. Ni mucho menos brega por el bien o interés común, dado que esto último tampoco existe.

Impuestos y Estado

Más allá de Weber y otras conocidas definiciones, mi definición es que el estado es una simple, pero enraizada creencia y resulta necesario «desenquistarla» para que la civilización humana pueda despegar y aprovechar su máximo potencial creativo. Es la creencia de delegación en una entidad sobrehumana o cuasi divina. La natural tendencia de seres humanos, en fase inmadura o irresponsable, que desean aliviar la carga de sus hombros en este ente que no son ellos, pero que al mismo tiempo «somos todos». Es realmente contradictorio. Por esta razón, para este tipo de gente la única solución posible es dar mayor poder al estado. 

Lo único cierto es que el mundo está constituido por iguales seres humanos. Personas de carne y hueso con los mismos misterios, angustias, y preguntas existenciales como denominador común. Sin embargo, como bien lo sintetiza Thoreau en su Desobediencia Civil, el estado es como un «fusil de madera», que su mera, pero inútil tenencia alivia la angustia de muchos y tranquiliza a otros.

La verdad es que el estado “no tiene ni la vitalidad ni la fuerza de un solo hombre, ya que un solo hombre puede plegarlo a su voluntad” (Thoreau, 1849).

Cuando por diversas razones como ser: alcanzar determinado nivel de bienestar material, paz espiritual, o riqueza intelectual, la gente comienza a hacerse preguntas y a percatarse de lo estéril que es el estado. Allí comienzan a temblar los cimientos de una creencia que puede desmoronarse. Es entonces cuando quienes forman parte de él y ven peligrar su estilo y forma de vida, (mantener el statu quo), recurren al manual de procedimientos y emergencias y por ello se desatan determinadas acciones.

En general pueden ser o, estrategias de polarización o amenazas que buscan la unión cuando se trata del entorno mundial. En cualquier caso, resultan efectivas dependiendo del contexto y situación de partida. La polarización resulta más sencilla de ver: izquierda-derecha, ricos-pobres, empresarios-trabajadores, hombres-mujeres, etc. Pero hay otro mecanismo, no necesariamente excluyente, que toma relevancia en un contexto donde una élite pretende allanar el camino a un orden mundial hipercentralizado. La justificación estatal (como si de una religión se tratase) buscará acción coordinada y centralizada frente a un enemigo común.

Hace 20 años fue la amenaza de armas químicas que nunca se encontraron, grandes guerras, etc. Sucede que, con las tecnologías actuales, se hace más difícil este tipo de artimañas que involucran grandes objetos o ejércitos enemigos. Por eso, más reciente, la supuesta y orquestada pandemia del Coronavirus. Ello hace, a todas luces, que el enemigo debe ser necesariamente invisible. Ahora, sin lugar a dudas, la estrella elegida es el cambio climático. Sin ser broma, como el delirio y ansias de poder es cada vez mayor, en esta línea, lo próximo debería ser una inminente invasión extraterrestre.

Sin entrar en detalle de cómo es que se orquesta cada cuestión, no cabe dudas que la propaganda y los medios de comunicación son parte esencial del problema. Herramienta de los gobiernos para repetir mensajes sin sentido como “el cambio climático mata”. De ahí también la desesperación de los políticos por controlar las redes sociales porque son un “peligro y atentan contra la democracia”. Pero, ¿peligro para quién? Para ellos. Es gracias a las redes sociales y a la Libertad de expresión que la sociedad civil pudo y puede organizarse eficiente y espontáneamente frente a catástrofes.

Lo cierto es que detrás de toda la parafernalia existe, por un lado, la coacción para extraer recursos de los ciudadanos, sean o no feligreses del estado. Y, por otro lado, el permanente bombardeo de imágenes y relatos de un mundo caótico sin la existencia de un estado que pueda resolver aquellos problemas, que en primera instancia el estado mismo genera.

En la antigüedad, los jefes y caciques de las tribus junto a los brujos o sacerdotes (hoy serían los científicos o comités de expertos), eran los transmisores de la palabra del «Dios», quienes podían interpretar las manifestaciones de la naturaleza al lego y así explicar fenómenos e impartir justicia. Explicaciones que hoy nos parecerían ridículas, pero que los mantenían en el poder. En pleno Siglo XXI, los políticos reemplazan a Dios por el estado. El cuento es el mismo, la entidad salvadora es otra. Para nuestros descendientes, dentro de 1000 años las justificaciones actuales del estado les sonarán igual de absurdas que a nosotros creer en el Dios trueno.

El problema es que al final de la vida de cada ser humano, con igual misterio y dudas existenciales, quienes habremos pasado por el mundo terrenal siendo expoliados somos los pagadores de impuestos netos. (aquí cabe aclarar que ningún funcionario es pagador de impuestos, da igual si es del poder ejecutivo, legislativo o judicial). 

En definitiva, quienes pagan impuestos son los perdedores. Esto no debe sorprendernos, y aunque no muchos lo saben, el derecho tributario deriva del derecho de guerra. Somos los que hemos perdido o estamos perdiendo, los expoliados con este sistema de violencia estatal. Donde un grupo goza vidas de lujo y otro grupo constituye la neoesclavitud. Al final del juego, la única realidad es que unos vivieron a expensas del tiempo y de la energía de otros.

No siempre el robo fue tan magnánimo y sistemático; hubo otra época

Hace aproximadamente dos siglos, la brutal realidad tributaria actual era inconcebible.

Poco después de que Andrew Oliver fuera nombrado distribuidor de sellos -recaudador de impuestos- para Massachusetts en 1765, una turba enojada que esperaba forzar su renuncia colgó su efigie de la rama de un olmo en Boston. Al mismo tiempo, la figura de un diablo con una bota que colgaba de la otra rama representaba a Lord Bute, el influyente consejero del rey que abogaba por imponer impuestos a las colonias. Multitudes en otras colonias trataron de intimidar a los agentes fiscales colgando sus efigies de árboles similares de la “Libertad”, y pasaron a utilizar alquitrán y plumas a los agentes que no renunciaban…

(tomado del Museo Nacional de Historia Estadounidense – Smithsonian – Washington DC).

La gente de bien se manifestaba de manera activa en contra de que le quiten lo que naturalmente les era propio. Y no existía el impuesto a la renta.  Ahora, los impuestos se han normalizado de tal manera que nos parece absolutamente natural que se pague la ridícula suma 25% (por lo bajo, en circunstancias llega al 48% y más). Pero se paga con un absurdo convencimiento y con la cabeza baja.

La verdadera naturaleza del estado

Para finalizar, el verdadero deber del estado (verdadero en el sentido que es congruente con la naturaleza de su existencia) es insuflar de miedo a la sociedad. Ya decía Henry Miller en 1946,

La falsa idea de que el Estado existe para protegernos se ha desintegrado mil veces. Sin embargo, mientras el hombre carezca de seguridad y confianza en sí mismo, el Estado prosperará. Él puede existir gracias al miedo y a la incertidumbre de cada uno de sus miembros.

Cuando la realidad a todas luces es que el estado no puede vivir sin su huésped.

Hay otros que dirán que el estado existe para redistribuir la riqueza porque el mundo es desigual y, por lo tanto, injusto. Otro disparate más. Un absurdo. Para ser justos con el señor Holmes Wendell Jr. de quien solo me limito a decir que su citada frase es errónea, traigo su opinión respecto de este asunto:

No tengo ningún respeto por la pasión de la igualdad, que me parece más que idealizar la envidia

Dado que una pregunta mal planteada o que nada importa, nunca resuelve el problema. Cabe decir que gracias a Dios existe la desigualdad. Pero a los efectos del problema, la desigualdad es totalmente irrelevante. El problema a resolver es la pobreza. Y la pregunta es ¿cómo generar riqueza? la respuesta siempre es: con más Libertad.

Hasta tanto la sociedad no entienda esto último, seguiremos con los problemas actuales (guerras, hambre, pobreza, inflación, catástrofes y una lista interminable) y no podremos dar el siguiente salto como civilización. Cuando logremos superar ese primer obstáculo -el de ver la realidad, abrir los ojos- recién ahí podremos volcar la infinita capacidad creativa del ser humano para imaginar las formas que hoy resultan inconcebibles. Pero, si ante cada inconveniente la respuesta es más estado, más impuestos, estamos perdidos.

En algún momento, la existencia del estado será tan solo una diminuta mancha en la inmensa historia de la civilización humana.

Sólo el libre mercado puede hacer que la pobreza sea historia

Por Melissa Hussain. El artículo Sólo el libre mercado puede hacer que la pobreza sea historia fue publicado originalmente en CapX.

Soy el orgulloso fundador de Anti-Poverty Conservatives, una nueva organización dedicada a reafirmar la arraigada compasión que se encuentra en el corazón de los valores conservadores. Los miembros del Partido Conservador han respondido con entusiasmo, acogiendo a menudo nuestros esfuerzos como un ejemplo de «conservadurismo compasivo». Sin embargo, la etiqueta de «conservador compasivo» implica una distinción preocupante: que la compasión no es inherente a todos los conservadores. Se trata de un concepto erróneo que debemos erradicar.

El conservadurismo, tal y como lo concibieron sus antepasados intelectuales como Edmund Burke, Michael Oakeshott y, más recientemente, Roger Scruton y Russell Kirk, siempre ha contenido en su interior las semillas de la compasión, el deber y la responsabilidad hacia los menos afortunados. Scruton sostenía que la creencia primordial del conservadurismo es conservar lo que es bueno, y ¿cómo puede ser buena una sociedad si desatiende a sus miembros más débiles? Kirk, cuya profunda comprensión de la tradición y el orden moral informa gran parte del pensamiento conservador moderno, creía igualmente que la sociedad debe ser ordenada y justa, reconociendo que la dignidad de cada individuo es primordial. No se trata de una rama del conservadurismo, sino de su núcleo.

Mercados libres y prosperidad para todos: la tradición conservadora

Para algunos, el término «conservador contra la pobreza» puede parecer paradójico. Al fin y al cabo, a menudo se culpa al libre mercado de impulsar la desigualdad y dejar atrás a algunos miembros de la sociedad. Sin embargo, este argumento se basa en un profundo malentendido tanto de los principios del libre mercado como de la filosofía conservadora. Es precisamente a través del libre mercado, junto con una gobernanza pragmática y unas instituciones sólidas, como podemos crear una sociedad en la que todos tengan la oportunidad de prosperar.

Desde los tiempos de Margaret Thatcher, el Partido Conservador ha promovido políticas económicas que -cuando se aplican correctamente- potencian a las personas, las sacan de la pobreza y amplían las oportunidades. La creencia de Thatcher en el «capitalismo popular» no estaba impulsada por un frío utilitarismo, sino por la convicción moral de que facultar a las personas para poseer viviendas, crear empresas y participar en la economía como agentes libres beneficiaría a muchos, no sólo a unos pocos. Entendía que los mercados libres, debidamente regulados, generan riqueza que beneficia a todos, creando la base impositiva que financia los servicios públicos y las redes de seguridad social.

Compasión conservadora en acción

George Osborne, durante su etapa como Canciller, introdujo políticas como el aumento de la asignación personal del impuesto sobre la renta. Al elevar el umbral a partir del cual las personas empiezan a pagar impuestos, Osborne se aseguró de que los trabajadores con rentas más bajas conservaran una mayor parte de sus ingresos. Esta reforma no era un mero ajuste fiscal; era una expresión de la compasión conservadora en acción, diseñada para recompensar el trabajo, reducir la dependencia y empoderar a los individuos, dándoles un mayor control sobre su destino financiero. Esta política benefició a millones de trabajadores, sacando a muchos del impuesto sobre la renta y demostrando que el libre mercado y las reformas fiscales pueden aliviar la pobreza y fomentar la confianza en uno mismo.

Es fácil para los críticos afirmar que la izquierda tiene la razón moral en materia de pobreza porque defiende la intervención del Estado. Lo que los conservadores han entendido desde hace mucho tiempo -y lo que los Conservadores contra la Pobreza tratan de reafirmar- es que el gran gobierno y los amplios programas de bienestar a menudo hacen más mal que bien. Pueden crear una cultura de dependencia, minar la iniciativa individual y atrapar a la gente en ciclos de pobreza. La izquierda mide con demasiada frecuencia el éxito por la cantidad de dinero gastado, mientras que los conservadores se fijan en los resultados: mejoras reales en la vida de las personas, sustentadas en la libertad y la responsabilidad personales.

Una historia de la compasión conservadora

La tradición del Partido Conservador ofrece algunos de los mejores ejemplos de cómo el libre mercado y un enfoque compasivo de la gobernanza pueden ir de la mano en la lucha contra la pobreza. Disraeli, con su idea del conservadurismo de «una nación», reconoció los peligros de una sociedad dividida y comprendió que la estabilidad y el crecimiento económicos debían beneficiar a todos los sectores de la sociedad. Sus reformas fueron más allá de la prosperidad económica y abarcaron el bienestar social, la vivienda y la educación.

Winston Churchill, durante su mandato como Ministro de Trabajo, introdujo medidas para mejorar las condiciones de trabajo, limitar el desempleo y sentar las bases de un Estado del bienestar que apoyara -no reprimiera- la empresa individual. En una ocasión afirmó: «El vicio inherente al capitalismo es el reparto desigual de las bendiciones; la virtud inherente al socialismo es el reparto igualitario de las miserias». El ingenio de Churchill encierra una profunda verdad conservadora: los mercados crean prosperidad, pero es una sociedad moral la que garantiza que la prosperidad se comparta ampliamente.

La situación de un hombre es el preceptor de su deber

Más recientemente, el Gobierno de David Cameron adoptó el espíritu de la «Gran Sociedad», cuyo objetivo era capacitar a las comunidades para que tomaran el control de los servicios locales, un modelo de descentralización que defendía la sociedad civil frente al Estado burocrático. Al redistribuir el poder a las comunidades locales, los conservadores de Cameron aprovecharon el papel vital de la familia, los barrios y las organizaciones benéficas en la mitigación de la pobreza, poniendo de relieve una vez más que las fuerzas del mercado y la compasión cívica no son fuerzas mutuamente excluyentes, sino complementarias para el bien.

Conservadores contra la Pobreza no pretende crear un grupo disidente de conservadores bienintencionados. Por el contrario, pretendemos recordar a nuestros conciudadanos y a los responsables políticos que el conservadurismo siempre ha contenido las herramientas para construir una sociedad más equitativa. El pragmatismo, la responsabilidad fiscal y el patriotismo no son antitéticos a la hora de abordar la pobreza, sino que son esenciales.

Una sociedad sana debe equilibrar el libre mercado con la responsabilidad social, y este equilibrio está en el corazón del conservadurismo. Como tan sabiamente observó Burke, «la situación de un hombre es el preceptor de su deber». Es nuestro deber -nuestro deber conservador- tender la mano a los necesitados, no mediante posturas ideológicas, sino mediante políticas prácticas y eficaces arraigadas en nuestra tradición.

Los conservadores no son indiferentes a los pobres; buscamos crear las condiciones en las que todos los individuos puedan prosperar. En última instancia, es el camino conservador -basado en la sabiduría de nuestros antepasados, el poder de los mercados y un profundo sentido del deber- el que ofrece la mejor esperanza para una sociedad próspera y justa.

Ver también

¿Qué fue antes, la desigualdad o la pobreza? (María García Carrión).

Riqueza y pobreza. (José Hernández Cabrera).

La pobreza. (José Carlos Rodríguez).

Pobreza y moral. (José Carlos Rodríguez).

Círculos viciosos de la pobreza. (José Carlos Rodríguez).

Riqueza y pobreza en una lección. (José Carlos Rodríguez).

¿Qué pasaría si los EE.UU. eliminan el Departamento de Educación?

Por Kerry McDonald. El artículo ¿Qué pasaría si los EE.UU. eliminan el Departamento de Educación? fue publicado originalmente en FEE.

Tras la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de la semana pasada, los eternos llamamientos para acabar con el Departamento de Educación de Estados Unidos se hicieron más fuertes. Con los republicanos haciéndose con el control del Senado estadounidense, y posiblemente manteniendo también el control de la Cámara de Representantes, la perspectiva de eliminar el departamento se hizo más plausible.

Pero no contenga la respiración.

Cuando Trump ganó la presidencia en 2016, los republicanos también controlaban ambas cámaras del Congreso y el Departamento de Educación permaneció sólidamente intacto, a pesar de las propuestas legislativas para abolirlo.

Eso no quiere decir que los legisladores no deban intentarlo. No hay un papel constitucional para el gobierno federal en la educación, y todas las políticas relacionadas con la educación deben hacerse a nivel estatal y local. Si los votantes de Massachusetts (entre los que me incluyo) quieren eliminar los exámenes estandarizados de alto nivel en las escuelas públicas, deberíamos poder hacerlo sin que Washington DC diga ni pío. Del mismo modo, si los ciudadanos de Oklahoma apoyan el estudio de la Biblia en las escuelas públicas, deberían ser capaces de negociar esa política entre ellos, sin que el gobierno federal intervenga.

Más descentralizado es mejor

Un sistema educativo descentralizado es mucho más capaz de reflejar y responder a las diversas necesidades y preferencias de una sociedad pluralista que uno controlado desde arriba.

Aunque improbable, el cierre del Departamento de Educación no sería el fin del mundo. Abolir el departamento puede sonar extremo, pero es importante recordar que el Departamento de Educación federal es una instalación relativamente nueva, creada como cargo a nivel de gabinete por el Presidente Jimmy Carter en 1979 y que abrió sus puertas un año después. Antes de eso, existía una Oficina Federal de Educación desde 1867 que era relativamente pequeña e intrascendente. La educación era gestionada en gran medida por los estados y los distritos escolares locales, como debía ser.

Casi tan pronto como se creó el departamento hubo llamamientos para eliminarlo. En 1980, Ronald Reagan hizo campaña con esta idea; pero cuando ganó la presidencia, fue incapaz de cumplir su promesa y, de hecho, pidió al Congreso que aumentara el presupuesto del departamento. Aun así, sólo alrededor del 11% del casi billón de dólares que los contribuyentes estadounidenses gastan hoy cada año en educación pública procede del Gobierno federal, aunque ese porcentaje ha aumentado en los últimos años.

Trump como peligro y la descentralización como solución

Trump ha pedido cambios de gran alcance en la educación estadounidense. Desde la promoción de la oración en la escuela hasta la promulgación de la educación patriótica obligatoria. Cualquiera que esté preocupado por cómo la administración Trump podría afectar a la política educativa debería apoyar incondicionalmente la eliminación del Departamento de Educación de Estados Unidos.

Del mismo modo, cualquier persona preocupada por las políticas educativas que la administración Biden promocionó, desde el alivio de la deuda universitaria hasta el DEI, también debería apoyar la eliminación de este departamento. Un papel federal débil en la política educativa no es sólo lo que previeron los redactores de la Constitución; es también lo que garantizará que cada estado y distrito escolar pueda promulgar las políticas que sus ciudadanos desean, sin que los burócratas de Washington DC se interpongan en el camino.

Ver también

Cambios en el Departamento de Educación en los Estados Unidos. (Fernando González San Francisco).

Make America free again. (Adolfo Lozano).

Policías en los colegios públicos de los Estados Unidos. (Fernando González San Francisco).

La economía a través del tiempo (XXI): Adam Smith, Grecia y la economía de la guerra

La importancia de Grecia para el pensamiento económico se vuelve a hacer evidente en Adam Smith. El escocés invoca de nuevo, igual que los autores ya mencionados, los antiguos modelos en su obra magna La riqueza de las naciones. En el caso que se analiza en este texto, el autor escocés utiliza a los griegos para estudiar los cambios económicos del ejército, es decir, las diferencias existentes entre los Estados modernos y las comunidades antiguas a la hora de proveer defensa. Smith, en general, considera que la civilización profesionaliza al militar, pudiendo tener estas afirmaciones varias consecuencias, algunas no necesariamente acertadas.

En el Libro V, Smith (1805) comienza a elaborar su análisis explicativo sobre las razones que diferencian el ejército moderno al antiguo en términos económicos:

El número de los que pueden ir a la guerra con respecto al de las demás gentes del pueblo es necesariamente mucho menor en el estado civilizado y culto de una sociedad, que en el inculto y grosero. Como en una Sociedad civilizada los soldados se mantienen enteramente por el trabajo de los que no lo son, es necesario que el número de los primeros no exceda de lo que pueden los segundos cómodamente mantener, después de sustentar conforme al estado de cada uno tanto a sí mismos como a los oficiales públicos del Gobierno civil y político, a quienes están igualmente obligados a sostener (pp. 8-9).

Economía y Ejército en Grecia

Así, como parece lógico, el sector privado debe de generar suficiente como para su propia supervivencia, la del resto de funcionarios del Estado y, para que haya un ejército; debe de sobrar el suficiente monto como para mantenerlo. En cambio, según el pensador, en Grecia la cuestión era diferente:

En los distritos agrarios de la Antigua Grecia, se consideraban soldados, y aún solían, según se dice, salir a la campaña hasta una cuarta o una quinta parte de todo el cuerpo del pueblo. Pero, entre las Naciones civilizadas de Europa, está computado, generalmente, el número de soldados que cada una puede emplear sin arruinar el país que les mantiene, en una centésima parte de todos sus habitantes (p. 9).

En ese sentido, lo que Smith quiere decir es que, de forma irremediable, la civilización, la riqueza y el desarrollo social y económico conducen a liberar a la población de preocupaciones relacionadas con la defensa, la guerra y el ejército. Antes, según sostiene, la responsabilidad defensiva recaía sobre toda la sociedad. Pero los Estados modernos ayudaron a eliminar tal situación:

En todas las repúblicas de la Antigua Grecia era una parte necesaria de la educación impuesta por el Estado a todo ciudadano libre, el aprender ejercicios militares. En toda ciudad había un campo público en que, bajo la inspección de un magistrado civil, se enseñaba a la juventud por varios maestros sus diferentes ejercicios. (…) Y en este establecimiento público consistía todo el gasto que una República griega hacía para preparar a sus ciudadanos para la guerra (pp. 9-10).

El adanismo de Adán

Sin embargo, estas afirmaciones, que relacionan a Grecia con estado primitivo (“inculto y grosero”, les llega incluso a denominar a aquellas comunidades) que obliga por las circunstancias de la producción y de las necesidades económicas a involucrar activamente al pueblo en la guerra, pueden contrastarse hoy con el desarrollo de los Estados modernos, los cuales, en numerosas ocasiones, han creado servicios militares obligatorios para todos los ciudadanos. En España, la mili era obligatoria hasta bien entrada la democracia. En Suiza, lo sigue siendo. Y en dictaduras comunistas, como Corea del Norte, lo mismo.

Por tanto, el análisis de Smith sobre la diferencia entre la profesionalización del ejército dependiendo del grado de avance económico y civilizatorio cae en cierto adanismo, y el tiempo, sobre todo el siglo XX, ha ido invalidándolo. Más bien pareciera que existen dos vertientes en la defensa de los Estados: uno que es, efectivamente, una profesionalización a través del avance tecnológico y la especialización. Otro, que contradice a Smith, que es el relato nacional bajo el que se construyen los Estados modernos, un relato que involucra directamente a todo ciudadano en la protección y defensa de la comunidad política.

Bibliografía

Smith, A. (1805) Investigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (Vol. 4). Valladolid: en la Oficina de la viuda e hijos de Santander.

Serie La economía a través del tiempo

El tropiezo del dictador

Hace unas semanas fue noticia en todo el mundo la XVI Cumbre de los BRICS (acrónimo en referencia a las iniciales de Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica), celebrada en la ciudad rusa de Kazán. El ruido incómodo que se produjo a propósito del acto se debió a una razón más pueril que anecdótica, la marginación del dictador Nicolás Maduro.

El tirano, pensándose fuerte a lado de aquellos a quienes puede considerar sus compañeros de viaje, aterrizó en la exótica ciudad rusa con una comitiva completa a su servicio para asegurarse un sitio privilegiado en el evento de países ‘no alineados’: tres aviones de la aerolínea estatal Conviasa –esposa incluida– a su disposición. El objetivo de semejante despliegue era su blanqueamiento en un contexto en el que su denostada imagen internacional busca sobrevivir tras el fraude electoral perpetrado por su gobierno en julio pasado.  

Como antesala orquestada para abonar el terreno días antes de su desembarco, había aterrizado en la misma ciudad Delcy Rodríguez, vicepresidenta de gobierno y una de las operarias más sanguinarias del régimen con la misión de convencer a los miembros de la organización de que Nicolás Maduro es un socio confiable, que la economía venezolana muestra signos de estabilidad y crecimiento, que lo que había ocurrido en julio tras las elecciones era cosa del pasado y que la persecución política registrada a día de hoy como consecuencia de aquel acontecimiento es solo una represalia menor que no amerita mayor discusión.

La estrategia del dictador

Para el dictador bolivariano formar parte de la alianza suponía una vía posible para sortear las sanciones internacionales, suscribir acuerdos de financiamiento que pudieran paliar el colapso económico de su país y emanciparse del lastre que arrastra tras su desvergonzado fraude y las consecuencias políticas suscitadas a propósito de ello: el mantra de las sanciones irá in crescendo sobrevolando su cabeza, padecerá las presiones regionales porque la migración no cejará, y su economía penderá de los hilos que se tejen en los sitios que él defenestra –el precio del petróleo lo marca el mercado imperialista–. Atrás quedaron los días de gloria del comandante.  

Maduro se había propuesto ingresar por la puerta grande y terminó sucumbiendo en una orfandad desangelada en su viaje de regreso a Caracas. Sin duda, se trata de un golpe duro para el dictador, que consideraba que podía salirse una vez más con la suya en un contexto, más bien, amigable donde la resonancia alrededor de la retórica putinesca cobra especial importancia y es el centro de atención.  

La alianza de los BRICS se concibió en sus inicios (2006) con la idea de que sus miembros fomenten entre sí acuerdos económicos y de comercio internacional. Se haría bajo el paraguas de una estrategia geopolítica: ejercer de contrapeso frente a un Occidente extenuante representado por el G7, y ser la fuente de referencia de lo que se ha definido como el ‘Sur Global’ para aquellos países que estiman que la actual arquitectura institucional multilateral no les toma en consideración.

No todos anti occidentales

El tufo autocrático se percibió en los pasillos de la Cumbre orquestada por el Kremlin. Pero sería un error pensar que esta organización se creó con el fin último de representar el anhelo anti-occidental de algunos. De Rusia, China e Irán cabe predicar antagonismo a Occidente. En cambio, para otros, como India como potencia al frente del bloque dialogante, se resiste cualquier encajonamiento ‘conmigo o contra mí’. El país del abrazador Narendra Modi es ‘no-occidental’, no ‘anti-occidental’.

La autoconfianza puede ser peligrosa cuando no se evalúa posibles daños colaterales, pues quizás lo más duro de canalizar en el fuero interno del dictador caribeño fue el veto tajante y explícito de Brasil a la propuesta de su gobierno para su adhesión a los BRICS. Es probable que, de no haber resultado esta adhesión por otras razones, se hubiese contado el resultado como una anécdota más del caudillo a quien los pájaros hablan. Pero el hecho de que fuese el país ‘amigo’ aquel que suplantó sus pretensiones eleva el coste político de sus consecuencias y ratifica el hecho de que el gobierno de Maduro carece de legitimidad, incluso entre quienes un día asumieron su defensa.

El aislamiento

El aislamiento no es un problema para los dictadores cuando se produce. Puede operarse a través de sanciones internacionales impuestas para frenar su comercio e intercambio, o por medio de su marginación de los grandes eventos de la política internacional y su influencia en ellos. El motivo es que Maduro emana hostilidad allí donde va. No puede considerarse un referente ideológico (nunca lo fue) ni práctico de una izquierda latinoamericana que busca a ciegas un soporte donde reclinar la cabeza, y que la repulsa que genera es solo una parte sustancial de lo que en fondo representa: uno de los autoritarismos más rancios del continente.

Su soledad se extenderá a lo largo del tiempo de forma indefinida. Maduro fue derrotado en las urnas y, a pesar no existe certeza alguna de lo que pueda ocurrir el 10 de enero, si insiste en asumir una presidencia ilegítima agudizará su persecución, lidiará con una crisis económica afligida por el intervencionismo, aceptando un destino labrado por él mismo y el séquito del hampa latinoamericano: Caracas se parecerá cada vez más a La Habana, a costa de la vida y la supervivencia de los venezolanos.

Ver también

Crisis en Venezuela. (Miguel Anxo Bastos).

No, Maduro no se hizo capitalista cuando convirtió en dictador. (Marcos Falcone).

Nicolás Maduro suma al menos 726 muertos en su balance como dictador. (Antonio José Chinchetru).

La representación política del bloque libertario

Los liberales tienden a ser extremadamente prácticos. Aunque la teoría liberal es amplia, sigue siendo menos compleja que la teoría en otras doctrinas como podrían ser el comunismo y, en consecuencia, el intervencionismo en casi todas sus formas. En parte, por las contradicciones en las que estas dos últimas incurren, lo que les hace ampliar el horizonte de actuación y, por tanto, de variables a estudiar. La doctrina liberal simplifica gran parte de su contenido, y permite que la espontaneidad forme parte de la ecuación para estudiar pruebas empíricas y corregir la propia teoría.

La economía, pese a no ser una ciencia pura, se comporta como tal cuando tiene que encerrar definiciones basándose en tendencias y comportamientos. En este punto, también me atrevo a decir que los liberales suelen ser sinceros sobre el funcionamiento de los mecanismos políticos y económicos que nos gobiernan, y suelen aportar una visión objetiva y libre de sentimentalismos en temas de cierta controversia.

Discrepancias en la influencia política

Sin embargo, existen grandes discrepancias sobre cuál es el mejor camino para influir en la opinión pública y en el funcionamiento del país. Esto lleva a pensar a muchos que la divulgación es la única opción viable, e incluso honorable, para librar la batalla cultural. En otras palabras, no todos están convencidos de que la política sea el medio adecuado para transformar la política misma y, en consecuencia, la vida de las personas. Los liberales más respetados sostienen que, en un mundo ideal, no debería existir un partido político liberal. Las políticas que defienden deberían formar parte del propio mecanismo de gestión del país, sin necesidad de un partido específico para representarlas.

El punto principal es que, hoy en día, existen ideologías completamente opuestas al liberalismo que están integradas en las instituciones, lo que dificulta que medidas libertarias puedan tener cabida en ciertas formas de gobierno. Concretamente, las políticas de corte libertario resultan difícilmente compatibles con la ideología de extrema izquierda que actualmente forma parte del Gobierno en España.

El Espacio del liberalismo: entre el centro y la derecha

Por tanto, podría decirse que el espacio del liberalismo se sitúa entre el centro y la derecha. Aunque el libertarismo absoluto no sea una realidad factible, algunas medidas, como la limitación del gasto público en aras del crecimiento económico, pueden encontrar espacio en distintos tipos de gobiernos, salvo en el mencionado anteriormente. Sin embargo, al proponer políticas más radicalmente liberales, como la privatización de servicios públicos, el margen de acción libertario se reduce considerablemente en el contexto de la política actual.

Bajo este resumen tan simplificado podemos medir el nivel de influencia que podrían tener unas ideas libertarias en un gobierno, aumentando en el centro derecha y viéndose mermado en ideas extremas, tanto del lado socialista como del lado derechista.

Dicho esto, si nos centramos en el escenario con mayor capacidad de atraer a la ciudadanía, es decir, el centro-derecha conservador (aunque algunas figuras visibles provengan del progresismo), cabe preguntarse: ¿cuánto de socialdemócrata y cuánto de liberal existe realmente en este perfil? O, planteado de otra manera, si hubiera dos partidos con la misma probabilidad de gobernar, ¿hacia dónde se inclinaría la balanza?

La Falta de representación del bloque liberal: la necesidad de diversidad

España está llena de liberales que ni siquiera son conscientes de que lo son. No tienen una verdadera alternativa política. Son personas profundamente convencidas de la necesidad de reducir el gasto público, adelgazar la administración, frenar el derroche de recursos, fomentar el ahorro y priorizar el crecimiento económico. Además, sienten un profundo hartazgo hacia la política; en el mejor de los casos, votan al Partido Popular o a Ciudadanos, y en el peor, que es el más común, ni siquiera ejercen el voto. Esto deja al bloque liberal sin representación efectiva y sumido en un constante enfrentamiento interno, con escaso impacto en la política, tanto nacional como municipal.

¿Por qué no permitir, por una vez, que sean los liberales quienes abracen una mayor diversidad de ideas y caigan en sus propias contradicciones? ¿Por qué no son ellos quienes incluyan a votantes conservadores preocupados porque el partido no amplíe su intervención en asuntos de Estado, en lugar de ser siempre los libertarios los que alerten sobre el poder excesivo del mismo? En otras palabras, ¿por qué no es el liberal el que cede terreno, a modo e inversión, para atraer a más gente?

Desde mi punto de vista, la solución pasa por reconocer de manera genuina que la coalición es necesaria. Las ideas liberales absolutas no son realistas en el contexto actual, y sería necesario construir un bloque liberal que participe en el debate público bajo las mismas reglas con las que juegan el resto de los partidos.

El papel secundario del Partido Libertario

En el caso del Partido Libertario, si desea crecer de forma exponencial en lugar de proporcional, debe abrir sus puertas a votantes conservadores, tanto del Partido Popular como de Vox. Es bien sabido que en sus filas no se permite desviaciones en esta dirección, heredado (o comandado) por Juan Pina, y no hay espacio para el debate en cuestiones que preocupan a la derecha convencional, como la inmigración o el tema de Cataluña en el pasado reciente. Esta situación deja a los votantes conservadores ansiosos por cambiar su voto, pero sin encontrar un acceso abierto en este partido.

Salvando las distancias culturales y situacionales entre Argentina y España, un semejante de Javier Milei probablemente conseguiría representación en el escenario político español. Sin embargo, el Partido Libertario y ciertas asociaciones liberales han optado por mantener una postura cautelosa hacia Milei, quien ni siquiera es recibido oficialmente por ellos; esa distinción recae en Vox, un partido que, aunque poco tiene de libertario, ha sabido aprovechar la notoriedad internacional de Milei para atraer votantes en España. En lugar de colaborar, han señalado las contradicciones que surgen al intentar implementar ideas libertarias en un país de 46 millones de habitantes y sumido en la desesperación. Esta situación ha acentuado la división entre los pocos libertarios que aún consideran la política como un medio viable para llevar sus ideas al gobierno.

Un círculo vicioso: esperando un cambio

En resumen, con el Partido Libertario en contra de subirse a la ola de Milei, y muchos de los libertarios más influyentes promoviendo la idea de no votar, lo único que nos queda es esperar a que Iván Espinosa de los Monteros forme su propio grupo político con tintes libertarios, solo por un momento ilusionante hasta que la primera medida intervencionista sea tomada como una traición hacia el movimiento libertario, y volvamos a empezar en este círculo vicioso, tan alejado de esa practicidad de la que tanto se presume, y que lo único que ha conseguido es alejar al posible votante de un interés por la política y por cambiar el escenario nacional desde una perspectiva objetiva y realista.

Ver también

David Boaz (1953-2024). (Diogo Costa).

Apología libertaria del voto. (Adolfo Lozano).

¿Es Rand Paul realmente libertario? (Adolfo Lozano).