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El fin de la inocencia

Reflexionar sobre el transcurrir de la historia, sus causas y efectos puede ser un ejercicio peligroso. En muchas ocasiones esta tarea se presenta como un reflejo o un fondo reconocible que todavía está presente en rasgos esporádicos en la monotonía de lo cotidiano. Y en algunos casos de forma imperceptible, como un gesto más del ecosistema en el que nos movemos naturalmente.

El Fin de la Inocencia de Stephen Koch, que este año editó Galaxia Gutenberg (Barcelona, enero, 2024) explora de forma genuina en aquella tentación que sedujo a grandes intelectuales de la época con el murmullo delirante del estalinismo. Miembros ciertamente reconocidos de una etapa de la historia. Intelectuales destacados. Una burguesía víctima de sus propias contradicciones y desvelos. Formaron parte articulada de un proyecto de poder absoluto con resultados sorprendentes cuyos efectos se extendieron en el tiempo y sobre los cuales, incluso hasta nuestros días, se sigue investigando y teorizando.

La estrategia fue parte intrínseca de un momento histórico. Fue, en síntesis, el resultado de una receta amalgamada a la perfección cuyos ingredientes partieron de una idea clave: la sospecha de un enemigo común y la respuesta favorable para conseguir un bien mayor. Para hacer esto posible era necesario claudicar a la virtud, recrear los valores y engañarse a uno mismo, eso sí, sin perder nunca los privilegios de los cuales gozaban sus portavoces. La inocencia de los inocentes o, más bien, de los ingenuos o los hipócritas.

Willi Münzenberg

Los primeros fueron aquellos a quienes se incorporó de forma abstracta a lo que Willi Münzenberg -director de facto de las operaciones clandestinas de propaganda de la Unión Soviética en Occidente- calificó como ‘el club de los inocentes’, a través del cual se desarrolló una de las más importantes ilusiones morales de aquella época (o la nuestra): la noción de que el principal escenario de la vida moral, el verdadero reino del bien y del mal era la política.

El ansia de justificación moral de las acciones de la vida personal es una de las necesidades humanas más profundas e inevitables, el éxito de aquella planificación fue crear un escenario donde los que la ejecutan fuesen los mismos que determinen las reglas de la escala axiológica sobre lo que es bueno y lo que no, la ‘política del bien’. En definitiva, el reemplazo de la virtud constituida por los nuevos valores artificiales.

Los hipócritas son menos sutiles y, por lo tanto, más evidentes. Fueron los que, como el propio Willi, siendo testigos de la barbarie, de la desoladora realidad que significaba el estalinismo en su única versión posible, ya sea a través de los juicios sumarios, los asesinatos en masa nunca esclarecidos o la muerte lenta de inocentes en los gulags, volvieron la vista atrás hacia la lúgubre tentación que los sustraía.

La mayor campaña de manipulación de la historia

Toda una estrategia orquestada con ambages y vaivenes con el objetivo de extender la influencia de la Unión Soviética en todo el mundo en un intento sutil de dominarlo. Entonces los ideólogos y operarios de Stalin entendieron que para este complejo cometido debían librar una batalla larga y extenuante, pero muy efectiva: el combate en el frente de la propaganda con un ejército clandestino de infiltrados, espías, precursores e inocentes. Todo un aparato al servicio de uno de los tiranos más sanguinarios que ha conocido la humanidad.

Fue Münzenberg, el hombre en las sombras, el responsable de pensar y ejecutar la campaña de manipulación de mayor envergadura de todos los tiempos, en favor de la Unión Soviética, su dictador y el sueño comunista. Este dirigente entendió que para el éxito de la Revolución era necesario contar no solo con un aparato de fieles y ganarse a las masas, sino con un ejército de ‘creadores de opinión’. De Hemingway y John Dos Passos, pasando por Bertolt Brecht o Romain Rolland, hasta llegar a personajes como Thomas Mann y André Gide, muchos fueron los que cayeron en los avatares de la tentación comunista o que en alguna medida y en una determinada circunstancia fueron influidos por el aparato de infiltración de este extraordinario sistema de incidencia.

Connivencia entre el socialismo real y el nacionalsocialismo

Pero no sólo las personas se constituyeron en instrumentos para la propaganda. Era necesario recrear una idea acerca de los motivos que mueven a las personas en su afán de buscar su propio sentido existencial. El sueño comunista encarneció el anhelo de mucha gente para la creación de una solución a la amenaza fascista. Sin embargo, y así lo sostienen Koch y otros autores que han investigado este fenómeno de aquellos años, el comunismo de Stalin y el fascismo de Hitler organizaron en más de una ocasión campañas conjuntas para su propio beneficio. Ambos tiranos en connivencia para favorecer su propia expansión.

Además del conocido Pacto Ribbentrop-Molotov de agosto de 1939, que dio lugar a la invasión de Polonia, el incendio del Reichstag fue otro escenario de complicidad articulada y premeditada. Según Koch, el acontecimiento de febrero de 1933 permitió a Hitler, que acababa de llegar a la cancillería, consolidarse en el poder mediante la persecución a los comunistas alemanes, la alianza con los sectores más extremistas de la sociedad y la defenestración de las SA de Ernst Röhm para fortalecer, en su lugar, a las recién creadas Waffen SS.

A Stalin, por su parte, le permitió poner en marcha una gran campaña internacional antifascista que le facilitó la penetración en las democracias europeas, germen de lo que serán luego los Frentes Populares. Según el autor, este acuerdo dio lugar al “movimiento antifascista patrocinado por los soviéticos, una de las principales fuerzas de la vida moral de este siglo y un invento que contó con la colaboración directa del mismísimo Hitler”.

La mentira se hace carne en política

Un ensayo fascinante que nos adentra en los entreveros que desplegó Willi junto a los adeptos y lacayos de Stalin en todo el mundo. Fueron los que perpetraron el fraude político más terrible y efectivo de la historia de la humanidad y coadyuvaron de forma indirecta en los horrores que el mundo conoció después bajo el nombre de Holodomor o los gulags. Y muchos de ellos corrieron la misma suerte acerca de las fatalidades que propicio el estalinismo. El mismo Willi padeció bajo un árbol con una soga en el cuello, víctima de su propio destino.

Hay trazos en este relato sobre la historia que nos interpelan y que, de forma asombrosa, nos refleja en un contexto cada vez más polarizado, donde las verdades ya no existen, sino los ideales pasajeros adaptados a lo que cada uno es capaz de construir para el propio modelo de vida que persigue. La mentira se hace carne en la política y reviste un hálito de desaliento. Se percibe, cada vez más, como un fin en sí mismo y no como una herramienta para mejorar la calidad de vida de la gente.

El mundo y sus democracias todavía sufren alteraciones promovidas por aquellos que quieren destruirlas, su propaganda y sus infiltrados. El fenómeno estalinista tuvo su máximo apogeo en el siglo pasado, pero sus efectos siguen y persiguen en nuestros días, en algunos casos de forma alarmante. Es un escándalo que exista la tentación de volver la vista atrás cuando delante hay gente a la que se le impone la soga al cuello solo por el hecho de pensar diferente.

Ver también

La historia no lo absolverá. (Carlos Alberto Montaner).

La manipulación de la historia. (José Antonio Baonza Díaz).

Por qué Hitler adoraba la justicia social

Por Jon Miltimore. El artículo Por qué Hitler adoraba la justicia social fue publicado originalmente en FEE.

En agosto de 1920, en Munich, un joven Adolf Hitler pronunció uno de sus primeros discursos públicos ante una multitud de unas 2.000 personas. Durante su discurso, que duró casi dos horas y fue interrumpido casi 60 veces por vítores, Hitler tocó un tema que repetiría en futuros discursos, afirmando que no creía que “jamás en la tierra pudiera sobrevivir un Estado con una salud interior continuada, si no se basaba en la justicia social interior”. Esta fue una de las primeras veces que Hitler habló públicamente de justicia social, quizá la primera.

En su reciente libro El nacionalsocialismo de Hitler, Rainer Zitelmann deja claro que la “justicia social” (soziale Gerechtigkeit) era fundamental para los objetivos sociales de Hitler. Lo que Hitler quería decir con “justicia social” no es fácil de entender, así que quizá sea mejor entender primero lo que Hitler no quería decir. A Hitler no le interesaba un Estado o una sociedad que simplemente tratara a las personas por igual, o un Estado que simplemente dejara en paz a los individuos.

“Justicia social” según Adolf Hitler

Esto no lograría el cambio social que él buscaba. Al igual que Karl Marx, Hitler veía el mundo a través de las estructuras de poder, y las estructuras de poder imperantes dificultaban demasiado, en su opinión, el ascenso de todos los alemanes.

Zitelmann deja claro que Hitler hablaba mucho de conceptos como movilidad social y meritocracia. Sus discursos contienen frases que hablan de un Estado alemán “en el que el nacimiento no es nada y los logros y la capacidad lo son todo”. Otto Dietrich, jefe de prensa de Hitler durante mucho tiempo, señaló que Hitler apoyaba “la abolición de todos los privilegios” y un estado “sin clases”.

Con este fin, Hitler expresó su deseo de “derribar todas las barreras sociales en Alemania sin reparos”, como explicó en una conversación de 1942 con el líder nacionalsocialista holandés Anton Mussert. En otras palabras, el privilegio estaba tan omnipresente en Alemania que Hitler lo erradicaría destruyendo toda la estructura de clases.

Si algo de esto le suena familiar, es porque debería ser así. La justicia social es una idea que los estadounidenses escuchan prácticamente a diario. Se alaba en las universidades y se defiende durante los partidos de la NFL. Oímos las palabras “justicia social” en boca de los políticos y en los anuncios de televisión.

Para que quede claro, no estoy sugiriendo que los defensores actuales de la justicia social sean nazis. No me cabe duda de que desprecian a Hitler y sus ideas, como deberíamos hacer todos. Pero estoy diciendo que los defensores de la justicia social de hoy comparten un rasgo importante con Hitler: una obsesión con la clase. Esto no debería sorprendernos. La clase es algo instrumental en prácticamente todas las diferentes corrientes del socialismo: comunismo, nacionalsocialismo, socialismo democrático, peronismo, etc.

“¡Derribad los muros que separan las clases!”

En la teoría marxista tradicional, la etapa capitalista de la historia consta principalmente de dos clases: la burguesía (los capitalistas, que poseen “los medios de producción”) y el proletariado (los trabajadores). Para Marx, el antagonismo de clases era la fuerza motriz de la historia, y sus discípulos comparten este punto de vista.

Definir la justicia social es un poco complicado, pero se puede ver en ella la noción de que hay que desarraigar las clases. Se explica en Wikipedia:

La justicia social es la justicia en relación con un equilibrio justo en la distribución de la riqueza, las oportunidades y los privilegios dentro de una sociedad en la que se reconocen y protegen los derechos de los individuos.

Parece razonable. Apela a nuestra creencia instintiva de que la sociedad debe ser justa. Después de todo, ¿a quién le gustan los “privilegios”? ¿Quién no quiere una sociedad más igualitaria? De hecho, esto es precisamente lo que Hitler enfatizaba en sus discursos: la creación de la “igualdad de oportunidades” en la sociedad. Consideremos estos comentarios del Führer de febrero de 1942:

Tres cosas son vitales en cualquier levantamiento: derribar los muros que separan a las clases entre sí para abrir el camino del progreso para todos; crear un nivel general de vida de tal manera que incluso los más pobres tengan el mínimo seguro para existir; finalmente, alcanzar el punto en el que todos puedan compartir las bendiciones de la cultura.

Un problema de medios y fines

En cierto sentido, no hay nada intrínsecamente malo en muchos de los fines que persiguen los defensores de la justicia social. No hay nada intrínsecamente bueno en el “privilegio” o en la concentración de riqueza. El principal problema son los medios. Los defensores de la justicia social -entonces y ahora- tienden a tratar de resolver lo que consideran desigualdades estructurales en la sociedad a través de medios no liberales y coercitivos. En su forma más básica, significa quitar a los que más tienen (los privilegiados) para dárselo a los que menos tienen.

Para Hitler, esto significaba confiscar la propiedad de los miembros más ricos (más privilegiados) de su sociedad: los judíos. La confiscación de la riqueza comenzó en serio después de que Hitler emitiera una orden (Decreto para la declaración de la propiedad judía) en abril de 1938 que exigía a los judíos registrar su riqueza ante el Estado. Los derechos de propiedad podían ser la base de la prosperidad humana, pero resultaron ser de poca utilidad para los judíos, que se encontraban con obstáculos en la búsqueda del Führer de lograr la justicia social en Alemania.

Esa política sería ilegal en Estados Unidos, por supuesto, y algo que pocos defensores de la justicia social apoyarían hoy en día. Sin embargo, muchos han mostrado su interés por utilizar el gobierno para “nivelar el terreno de juego” de formas más sutiles, incluida la asignación ilegal de subvenciones federales en función de la raza.

Friedrich A. Hayek

De hecho, quizá la característica más notable de la justicia social actual sean los medios antiliberales utilizados para promoverla. Hace más de medio siglo, el Premio Nobel de Economía F.A. Hayek observó la paradoja de la justicia social, que pretende crear una sociedad más igualitaria, tratando a las personas de forma desigual:

La exigencia clásica es que el Estado debe tratar a todas las personas por igual, a pesar de que son muy desiguales. No se puede deducir de ello que, como las personas son desiguales, haya que tratarlas de forma desigual para igualarlas. Y en eso consiste la justicia social. Es una exigencia de que el Estado trate a las personas de forma diferente para colocarlas en la misma posición…. Hacer de la igualdad de las personas un objetivo de la política gubernamental obligaría al gobierno a tratar a las personas de forma muy desigual.

F. A. Hayek, 1977.

Hitler: a la nación por la justicia social

Hayek creía que tratar a la gente de forma desigual era parte del pastel de la justicia social. Y los recientes acontecimientos históricos le han dado la razón. Dado que la justicia social era fundamental para los objetivos de Hitler, no podía tratar a los judíos, la burguesía y otras clases privilegiadas como a los demás. Sólo aboliendo los “privilegios” podría liberar al pueblo alemán y avanzar en el progreso social.

Si queremos construir una verdadera comunidad nacional, sólo podremos hacerlo sobre la base de la justicia social

Adolf Hitler, 1925.

Del mismo modo, los defensores de la justicia social del siglo XXI no pueden lograr el cambio social promoviendo la idea de que todas las personas deben recibir el mismo trato independientemente de su raza o sexo. Si leemos a Robin DiAngelo (autora de Fragilidad blanca) y también a Özlem Sensoy, coautores del libro Is Everyone Really Equal? An Introduction to Key Concepts in Social Justice Education, está claro que no les interesa tratar a la gente por igual.

A la justicia social por medio del racismo (y no es Hiter)

Para DiAngelo, la clase privilegiada en Estados Unidos son los blancos. Todos ellos han nacido “en una jerarquía racializada”; un sistema socioeconómico que es racista y debe ser desmantelado.

Este sistema de poder estructural privilegia, centraliza y eleva a los blancos como grupo.

Robin DiAngelo.

No está claro cómo se logrará la igualdad social. Pero es seguro que DiAngelo no cree que la marcha hacia la equidad se logre abrazando la idea de que todos los seres humanos son individuos únicos que merecen el mismo trato, o sin utilizar el poder del Estado.

El error que cometen DiAngelo y muchos otros defensores de la justicia social es común en los tiempos modernos. Dan prioridad a los fines que persiguen sobre los medios que utilizan.

Fines y medios

El filósofo y fundador de la FEE Leonard Read comprendió la insensatez de este planteamiento. Por eso, en su libro de 1969 Let Freedom Reign (Que reine la libertad), Read sostenía que una “mirada dura” a los medios que utilizamos es mucho más importante que los fines que buscamos:

Los fines, las metas, los objetivos no son más que la esperanza de lo que está por venir… no… la realidad… de la que se pueden extraer con seguridad las normas para una conducta correcta… Muchos de los actos más monstruosos de la historia de la humanidad se han perpetrado en nombre de hacer el bien, en pos de algún objetivo “noble”. Ilustran la falacia de que el fin justifica los medios.

Hitler, por supuesto, estaba en desacuerdo.

A él no le preocupaban los medios; estaban totalmente justificados (en su mente) por los fines que perseguía. Y su grandiosa visión de la “justicia social” en Alemania tenía una ventaja: le permitía utilizar el inmenso poder del Estado para “corregir” las desigualdades de la sociedad alemana, que se había convertido en un hervidero de resentimiento y decadencia tras la Primera Guerra Mundial y años de hiperinflación.

Ver también

Nacional socialistas de ayer y hoy. (José Carlos Rodríguez).

Cuando un liberal clásico se enfrentó al terror nazi. (Samuel Gregg).

Cinco razones por las que el nazifascismo es socialista. (David Lozano).

Hitler, líder de la izquierda. (José Carlos Rodríguez).

Hitler y Che Guevara, dos caras de la misma moneda. (Manuel Llamas).

Un profesor marxista no puede explicar cómo el socialismo crearía una PS5

Por Jon Miltimore. El artículo Un profesor marxista no puede explicar cómo el socialismo cearía una PS5 fue publicado originalmente por FEE.

Mi familia compró una PlayStation 5 hace unos años. Es una decisión de la que a veces me arrepiento porque a mi hijo pequeño, de 7 años, le gusta demasiado jugar con ella. (Y entonces es cuando la desenchufa y la guarda). Pero es fácil olvidar la maravilla moderna que es la PS5.

Cuando empecé a jugar a videojuegos a principios o mediados de los 80, Galaga era el juego más popular en el salón recreativo local, que consistía básicamente en unas cuantas máquinas recreativas en la caseta de calentamiento de la pista de patinaje sobre hielo. Gasté bolsillos llenos de monedas de 25 centavos para jugar a un juego que tenía este aspecto.

Cuando nos regalaron un sistema de juego Atari en 1984, pensé que era lo más asombroso del mundo, aunque mi juego favorito, Jungle Hunt, tenía mucho peor aspecto que Galaga. Atari sólo utilizaba 128 bytes de RAM y tenía una resolución máxima de 160 píxeles de alto y 192 píxeles de ancho. Si comparamos estos juegos con la experiencia que tienen hoy en día los usuarios de la PS5, que se puede comprar por menos de 500 euros (juego incluido), nos damos cuenta de lo bien que lo pasan los jugadores de hoy en día. (Las PS5 tienen 16 gigabytes de RAM, es decir, 16.000 millones de bytes).

La perplejidad de un profesor marxista

Traigo todo esto a colación en parte porque un vídeo que se está haciendo viral en las redes sociales revela que este maravilloso invento sólo podría producirse en un sistema capitalista. El clip, que ha acumulado cinco millones de visitas en X tras ser compartido por Dylan Allman, presenta al economista marxista Richard Wolff, que fue entrevistado por la cadena estadounidense Destiny en 2022.

En la entrevista, un oyente hace una pregunta provocadora a Wolff: “Con su sistema de cooperativas de trabajo asociado, ¿seguiría teniendo mi PlayStation 5?”.

Wolff, profesor emérito de Economía en la Universidad de Massachusetts Amherst, ofreció esta respuesta:

Por supuesto. Tendrías que luchar un poco para conseguirla. Tendrías que hablar con tus compañeros. Hablar de la distribución de los ingresos. Tendrías que comparar tu deseo de PlayStation con todos los demás intereses de todas las demás personas. No sería algo que resolvieras por tu cuenta con tu jefe particular, de ninguna manera. Tendría que ser una decisión democrática. Tendrías que aceptarlo de la misma manera que lo haces ahora con las decisiones democráticas en nuestra sociedad, en la medida en que las tenemos.

Richard Wolff

Es una respuesta larga, serpenteante y prácticamente incoherente. Wolff responde que sí, que habría un PS5, y luego procede a ilustrar todas las razones por las que no se crearía un PS5 en un sistema socialista.

https://www.youtube.com/watch?v=lg5nmkDKrZI&t=2s

De precios y consumidores

Cuando Wolff dice “Tendrías que comparar tu deseo de PlayStation con todos los demás intereses de todas las demás personas”, está pidiendo lo imposible. No hay forma de medir el deseo, como tampoco la hay de determinar el valor innato de algo.

El valor es subjetivo. A algunas personas les da igual tener una PS5, mientras que otras rompen a llorar de alegría cuando reciben una PS5 por Navidad. Y luego está la cuestión del contexto. Actualmente valoro mi PS5 mucho más que mis zapatos y el filete de 20 onzas que tengo en el congelador. Pero si no tuviera zapatos o apenas hubiera comido en días, eso podría cambiar muy rápido.

Por eso tenemos precios. En un mercado libre, los empresarios demuestran su demanda de recursos -capital, mano de obra, espacio, etc.- mediante el precio que están dispuestos a pagar por ellos, del mismo modo que los consumidores deciden si compran un producto a un precio determinado o emplean su dinero en otra cosa.

Los precios son un pilar de la economía de libre mercado. Son señales que indican la oferta y la demanda a compradores y vendedores por igual, y la mejor herramienta del universo para asignar eficientemente unos recursos escasos.

Wolff no menciona en absoluto los precios cuando habla de la construcción de una PS5, pero se nos deja creer que el oyente tendrá su videoconsola siempre que pueda convencer a sus compañeros de trabajo de que su deseo de tener una lo justifica cuando se compara con los intereses de “todas las demás personas”.

El consumidor es el soberano

Este es un pensamiento económico retrógrado, y llega a un punto importante que separa un sistema socialista de uno capitalista. Tradicionalmente, en el socialismo no han sido los empresarios y los consumidores quienes dictan lo que se produce, sino los planificadores centrales. Esto es lo contrario del capitalismo, donde los consumidores deciden en última instancia qué productos fracasan y cuáles tienen éxito. El economista Ludwig von Mises lo describió como soberanía del consumidor:

Los capitalistas, los empresarios y los agricultores tienen un papel decisivo en la dirección de los asuntos económicos. Están al timón y dirigen el barco. Pero no son libres de determinar su rumbo. No son supremos, son sólo timoneles, obligados a obedecer incondicionalmente las órdenes del capitán. El capitán es el consumidor.

Si lo dudan, basta con echar un vistazo a la historia de Atari.

Atari: Una breve historia

La videoconsola Atari 2600 apareció en escena a finales de los 70 y principios de los 80 como un monstruo. En pocos años, sus ingresos anuales pasaron de 75 millones de dólares a 2.000 millones. Atari fue fundada en 1972 por Nolan Bushnell y Ted Dabney, que vieron el potencial de mercado de la tecnología emergente de los videojuegos. En 1979, Atari, que había sido adquirida por Warner Communications en 1976 por 28 millones de dólares, vendió un millón de consolas domésticas. En 1982, ya vendía 10 millones.

Warner Communications, que había invertido grandes cantidades de capital en el desarrollo y la promoción de la nueva videoconsola de Atari, estaba recogiendo los frutos. “Los ingresos de Atari representaban un enorme 70% de los ingresos de Warner”, afirma Dagogo Altraide en un documental sobre Atari en ColdFusion.

Sin embargo, todo este éxito invitaba a la competencia. Todo el mundo quería entrar en el negocio de los videojuegos. Pronto, la Atari 2600 no sólo compitió con viejos rivales como la Magnavox Odyssey, la Intellivision de Mattel y la Bally Astrocade, sino también con otras videoconsolas de nuevo desarrollo como la ColecoVision, lanzada en agosto de 1982.

Las empresas estaban invirtiendo grandes cantidades de capital en sus propias consolas de videojuegos en un intento de destronar a Atari. Lo que siguió fue un acontecimiento que ha sido etiquetado como el Crash de los Videojuegos de 1983, “una recesión a gran escala en la industria de los videojuegos que se produjo entre 1983 y 1985”.

Muchos argumentarían que el crack fue el resultado de un “fallo del mercado”, pero esto pasa por alto el siguiente capítulo de la historia de los videojuegos. La “recesión” terminó con la llegada de una nueva y legendaria consola de videojuegos: la Nintendo Entertainment System (NES).

Destruir sin cesar lo viejo, crear sin cesar lo nuevo

El auge de la NES marcó el fin de la hegemonía de Atari en el sector de los videojuegos. Las estadísticas del sector muestran que, en 1987, la cuota de mercado de Atari en las consolas de videojuegos cayó del 80% al 24%.

Nintendo, por su parte, se enfrentó a la incesante presión de sus competidores. Se defendía de otros competidores, como Sega Genesis, lanzando consolas nuevas y mejoradas, como la Super Nintendo y la Nintendo 64. Con el tiempo, la Xbox de Microsoft y la Nintendo 64 de Sony se convirtieron en las nuevas consolas de Nintendo. Con el tiempo, la Xbox de Microsoft y la PlayStation de Sony destronarían a Nintendo, aunque la compañía regresaría en 2017 con su Nintendo Switch (en la que ahora se pueden jugar juegos clásicos de Sega Genesis).

Es este proceso continuo de creación, innovación y destrucción en la búsqueda de beneficios lo que el socialismo nunca podrá rivalizar. No es que los países socialistas no puedan producir videojuegos o videoconsolas. Pueden y han podido.

Consola soviética de videojuegos

Muchos olvidarán que los videojuegos eran bastante populares en la Unión Soviética a finales de los años setenta y ochenta, y que los soviéticos incluso vendían su propia consola de videojuegos. La Turnir fue una consola lanzada en 1978 por el Ministerio de la Industria Electrónica de la URSS. Su precio era de 150 rublos (unos 750 dólares de 2024) y se fabricó hasta 1982. La Turnir fue una de las pocas videoconsolas que surgieron en la URSS, pero lo que llama la atención es la ausencia de mejoras en estos modelos.

De hecho, la falta de innovación fue tan grave que, inmediatamente después de la caída de la Unión Soviética, la videoconsola más popular en Rusia y los antiguos estados soviéticos era la Dendy, una versión barata de imitación de la popular NES de Nintendo.

Las décadas de competición por la primacía de los videojuegos, en las que la NES sustituyó a Atari, la Xbox a Nintendo y la PS5 acabó sustituyéndolas a todas, aunque no definitivamente (lo siento, fans de la Xbox), no son una característica del socialismo. Es una característica del capitalismo.

La innovación persistente de los sistemas de juego para satisfacer los deseos de los consumidores es un ejemplo de libro de texto de lo que el economista Joseph Schumpeter describió como destrucción creativa, en la que la estructura económica se “revoluciona incesantemente… desde dentro, destruyendo incesantemente la antigua, creando incesantemente una nueva”.

Destrucción creativa

Este proceso de destrucción creativa, que Schumpeter veía con razón como el motor de la prosperidad y la innovación comercial, está notablemente ausente en los sistemas socialistas. Y por una buena razón: Marx y sus discípulos lo detestaban. Mientras que Schumpeter celebraba la destrucción creativa, Marx la veía como “aniquilación”:

La destrucción del capital a través de las crisis significa la depreciación de los valores que les impide renovar más tarde su proceso de reproducción como capital en la misma escala.

Karl Marx. El Capital.

Y continuaba:

Lo que uno pierde, lo gana el otro. A los valores utilizados como capital se les impide volver a actuar como capital en manos de la misma persona. Los viejos capitalistas quiebran. … Una gran parte del capital nominal de la sociedad, es decir, del valor de cambio del capital existente, se destruye de una vez por todas, aunque esta misma destrucción, al no afectar al valor de uso, puede acelerar mucho la nueva reproducción. Este es también el período durante el cual el interés monetario se enriquece a costa del interés industrial.

Karl Marx. El Capital.

Virtud para Schumpeter, defecto para Marx

De estas palabras (y de otras) se desprende que el mismo proceso que Schumpeter reconocía como el motor de la innovación y el dinamismo en una economía de mercado, Marx lo veía como un defecto inherente.

Wolff, al igual que Marx, parece desconocer por completo lo que impulsa la innovación en el mercado. Creer que una PS5 surgiría de un proceso en el que varios individuos que hablan entre sí sobre cuánto se les debería pagar y sopesan el interés propio por un sistema de juego frente a los intereses de compañeros de trabajo que lo que desean es otra cosa es ignorar tanto la historia como los fundamentos de la economía.

Pero quizás esto no debería sorprendernos. “Si los socialistas entendieran de economía”, bromeó una vez el Premio Nobel de Economía F. A. Hayek, “no serían socialistas”.

La economía a través del tiempo (XV): Grecia y la Economía como ciencia

Hasta el momento, todos los escritos presentes en esta serie de artículos contienen una serie de características generales. Como se ha mencionado anteriormente, las directrices económicas, que reflejaban el pensamiento de la época sobre esta disciplina, se camuflaban entre discursos morales (e incluso religiosos) y estaban cargados de elementos legendarios, posiblemente porque reflejaban una transmisión oral que se pudo dar antes de haber quedado fijados en un escrito. En Grecia todo cambia. El pensamiento económico empieza a desarrollarse, aunque sumergido y mezclado entre otras ciencias, en aquella civilización, según mantienen diversos autores académicos (Barrantes, 2012, p. 82).

Los albores del pensamiento económico

Barrantes defiende que los filósofos griegos fueron pioneros en el análisis de lo que hoy denominamos Economía. Las líneas abordadas por estos pensadores, en términos generales, vendrían a tener relación con la incipiente actividad comercial que influyó sobre el desarrollo de los siglos IV y III a.C. Así, Heródoto, Teuclides, Hesíodo y Jenofonte fueron los primeros en dedicarse al estudio de la primitiva Economía y Platón y Aristóteles crearon “conceptualizaciones más sistematizadas en relación con los aspectos económicos de la vida en la polis” (p.83).

No obstante, otros autores (Pérez, 2004) consideran que no existe un pensamiento económico como tal en los pensadores griegos, sino “indicios de un germen” (p. 67) de esta disciplina, especialmente en Aristóteles. Serán los lectores los que tomen la última palabra tras los análisis que se realizarán en las próximas entregas de esta columna.

Sea como sea, la palabra economía nace del griego (oikonomia). Según Pérez (2004), “oikonomia es una palabra compuesta, procedente del sustantivo oikos y del verbo nemo. Mientras que la traducción de este segundo término no presenta mayores problemas (nemo significa distribuir, administrar), el primero es un vocablo de difícil traducción al castellano” (p. 62).

Oikonomia

La autora mantiene que oikos viene a referirse a un término más amplio de lo que hoy se conoce como familia, es decir, se refiere a una comunidad humana básica, a la que se suman todas las propiedades, los espacios físicos y todos los elementos tanto materiales como inmateriales que la componen. Así, la Economía vendría a ser, siguiendo su significado original y su etimología, la administración del núcleo familiar, lo doméstico, las propiedades de la pequeña comunidad, del oikos. La primera vez en utilizar el término oikonomia o, más bien, oikonomikos, es, posiblemente, en el libro de Jenofonte (2016) que lleva el mismo título, escrito en el siglo IV a.C.

Ahí, el griego define el “hacerse cargo de una hacienda”, es decir, administrar (nemo) una hacienda (oiko), como ser capaz de “cubrir gastos, hacer economías y acrecentar la propiedad” (p. 214). Vemos, por tanto, pese a la posición anteriormente mencionada de Pérez (2004), que sí existe en Grecia un cierto sentido disciplinado de la Economía, centrada en la creación de riqueza, es decir, no sólo en el mantenimiento de la pequeña propiedad sino también de su expansión.

Economía en la ética

Es más, para Jenofonte (2016) una hacienda (oikos) está compuesta por “todo lo que uno posee, aunque ni siquiera esté en la misma ciudad que el poseedor”. Esto es, la Economía primitiva sería una especie de micromicroeconomía centrada en las finanzas personales, algo que, por otra parte, es uno de los temas más demandados por el público en general actual, sobre todo a partir del auge de las criptomonedas y los activos disponibles para la mayoría de la población.

Es difícil afirmar que el estudio de la administración de la propiedad personal no es susceptible de ser considerado como una disciplina. Los grandes modelos macroeconómicos nacen en la Modernidad, en un contexto mucho más complejo, con una tecnología mucho mayor y en un mundo mucho más interconectado. No obstante, aunque la escala es diferente por las circunstancias, la gestión de lo próximo y cercano también requiere de técnicas elaboradas y de desarrollos teóricos, especialmente en un momento tan temprano en el que no ha existido tal cosa todavía.

La Economía babilonia, arcadia o egipcia también se dedicaba a estas cuestiones, aunque, como se ha mencionado, también hacía referencia a medidas y políticas que se podían aplicar en reinos y comunidades más amplias. La diferencia en los griegos estriba en la profundización de los fenómenos económicos, algo que vino de la mano con la filosofía en general. Se verá, también, como los griegos no desapegan las cuestiones económicas de la ética, pues en sus textos dedicados a tal rama aparecerán numerosas referencias a la Economía.

Bibliografía

Barrantes, H. A. (2012). La historia de la economía desde Platón hasta los Romanos. Revista Logos Ciencia & Tecnología, 4(1), 82-95

Jenofonte (2016) Recuerdos de Sócrates, Económico, Banquete y Apología de Sócrates. Editorial Gredos

Pérez, M. D. M. (2004). Oikos y oikonomia: El análisis de las unidades domésticas de producción y reproducción en el estudio de la Economía antigua. gerión, 22(1), 61-79

Serie La economía a través del tiempo

Vivienda en propiedad: ¿qué plantea García-Gallardo?

Según el periódico El Mundo, parece ser que los datos indican que la tasa de propiedad en España en menores de 35 años es de un 31% cuando hace una década era del 70%. El vicepresidente de Castilla y León, Juan García-Gallardo, escribió en Twitter:

La derecha aburguesada y la izquierda posmoderna han traicionado a mi generación. Hay que facilitar una distribución equitativa y lo más amplia posible de la propiedad. Urge un cambio de rumbo en España.

Juan García-Gallardo

Como defensor de la libertad, estoy de primeras de acuerdo con él, y totalmente en desacuerdo con los medios de “derecha moderada” que le han llamado comunista o los liberales que han puesto comentarios tipo “Falange returns” solo por este tuit. Creo que verdaderamente las críticas deberían centrarse en los culpables de que solo el 31% de los menores de 35 sean propietarios, que han sido tanto el PP como el PSOE, evidentemente por detrás la Unión Europea y el euro, que nos han sometido a sus caprichos.

La propiedad privada es capitalista

Lo que critican es que García-Gallardo pida facilitar una distribución equitativa de la propiedad, supuestamente porque es comunista o falangista. Pues no, la propiedad privada es capitalista. ¿Acaso piden que la propiedad esté en pocas manos? ¿De verdad piden que la propiedad sea parte de unas élites y nosotros seamos esclavos que dependemos de los alquileres? Al final, un conservador a secas va a estar en el bando correcto.

Los críticos aquí se equivocan, la propiedad privada también da libertad. Y si está distribuida, más libertad. Curiosamente, los primeros que quieren acabar con la propiedad privada son Klaus Schwab y sus amigos de Davos, donde fomentan entre las élites llegar a una sociedad orwelliana dirigida y controlada por ellos bajo el lema: “no tendrás nada y serás feliz”.

Como no pretendo escribir una tesis en defensa de la propiedad, solamente voy a citar a Miguel Anxo Bastos. Seguramente muchos liberales que ahora desaprecian a García-Gallardo estuvieron presentes cuando recibió el Premio Juan de Mariana. Pero parece ser que no escucharon su discurso:

Si fuera un ministro o algo así, Dios no lo quiera, sólo pondría una ley: respetar la propiedad privada y punto. Y no es tener cosas, la propiedad es un elemento de civilización, trae paz, arraiga a la gente, hace que lleven vidas sensatas y piensen a largo plazo. Los Estados atacan la propiedad privada.

Miguel Anxo Bastos.

Convertir la propiedad en un usufructo

Evidentemente, Bastos atacó a los gobiernos, que convertían la propiedad privada en una especie de usufructo. Sí, como los que piden expropiar apartamentos en primera línea de la playa. Pero Bastos mencionó algo fundamental sobre la propiedad:

No sólo son las intervenciones del gobierno, es la cultura la que ataca todo eso… No todo lo que crea el mercado es bueno, puede ser algo subversivo. Siempre estamos viviendo a expensas de otro. No hay nada por lo que luchar. El territorio del que es uno. Mi coche es mi coche, me llevó a mi boda, ese coche lo quiero. Hay un vínculo con las cosas. Esto también es libertad.

Miguel Anxo Bastos

La propiedad bien distribuida es necesaria para que tengamos una sociedad capitalista, no consumista. Una sociedad que valore el ahorro y el trabajo es una sociedad moral y próspera. La cultura del Uber, de los alquileres y del pago a plazos es anticapitalista, repito, por eso es lo que buscan las élites que quieren que acabemos en 2030 en una distopía:

El ahorro tiene muy mala prensa. Todo culturalmente está en contra del ahorro. ¡Compre ahora y pague luego! Y el ahorro también es civilizador… No cometer excesos. ¿Un borracho es ahorrador? Es una lucha cultural. A mí no me educaron así, entonces, ¿por qué ahora la juventud sale así?

Miguel Anxo Bastos

Propiedad y tiranía

La propiedad no solo es civilizatoria, sino que además es lo que nos hace evitar la tiranía. ¿Qué vamos a defender si no tenemos arraigo de nada? ¿Qué vamos a hacer cuando todas nuestras propiedades dependen de unas pocas empresas que pueden ser fácilmente presionadas por un gobierno tiránico? Como decía Erik von Kuehnelt-Leddihn:

Me gusta que la gente tenga su propia vivienda, sus propios terrenos, sus propios criterios que les empujen a actuar de forma independiente. Temo a la manada: al 51 por ciento que votaron a Hitler y Hugenberg; a la turba estruendosa que apoyó El Terror en Francia.

Por tanto, García-Gallardo tiene razón, una distribución equitativa y lo más amplia posible de la propiedad es deseable. La única cuestión que se debe plantear es: ¿cómo piensa él y su partido hacerlo? Si fuese mediante la expropiación, estarían en el bando contrario. Pero la respuesta que dio fue:

Liberalización del suelo. Rebaja de impuestos y cargas en el proceso edificatorio. Construcción de vivienda social. Protección frente a la okupación.

Juan García-Gallardo

¿Qué camino elegirá García-Gallardo?

Personalmente, creo que es una respuesta bastante liberal. La liberalización del suelo sería deseable, y hay que recordar que ni el PP ni el PSOE la han llevado a cabo. Las rebajas de impuestos son siempre deseables y defenderse de los okupas es un acto de justicia. Estoy en desacuerdo con la construcción de vivienda social, pero si se liberalizase el suelo los beneficios serían mucho mayores que el coste de la vivienda social, lo que seguiría haciendo el programa deseable.

A su vez, encomiendo a García-Gallardo, si su partido quiere defender la propiedad privada y los valores civilizatorios basados en el ahorro y en el trabajo, que lea a Jesús Huerta de Soto o a Hans-Hermann Hoppe, ambos referentes de Milei, y pida una disminución masiva del gasto público (no solo político, que es una mínima parte) y acabar con el sistema monetario inflacionario, que destruye lentamente nuestros ahorros y, como dice Hoppe, fomenta el cortoplacismo y el hedonismo. Y que se sustituya por un patrón oro con encaje del 100%. No es algo descabellado, ya hubo un referéndum en Suiza y políticos en el Parlamento Europeo como Godfrey Bloom del UKIP lo han defendido, esperemos que su partido lo considere.

Ver también

Orgullosos propietarios: la función social de la propiedad de la vivienda. (José Carlos Rodríguez).

¿El capitalismo contra los trabajadores?

En septiembre de 2023, un conocido empresario australiano pronunció las siguientes palabras: Necesitamos recordarle a la gente que trabaja para un empleador, no al revés. Estas declaraciones se hicieron eco por parte de los voceros y representantes de ambos polos políticos. La izquierda, como de costumbre, no dudó en tachar al empresario de cacique y la derecha no tardó en salir en su defensa. Más allá de estas riñas en politiqués avanzado que no me interesan, mi planteamiento de hoy es el de desmenuzar un mito errado en su origen: el capitalismo trata de defender a las empresas a costa de sus empleados.

Como primera premisa errónea, el capitalismo de libre mercado no tiene como objetivo la defensa del empresario, simplemente porque el capitalismo no tiene ningún objetivo sobre una persona, colectivo o clase. Despojemos al capitalismo de algunas connotaciones desacertadas y arcaicas que arrastra desde del ocaso marxista. Como decía André Comte-Sponville en Le capitalisme est-il moral?, el capitalismo no es más que una tecnología social e impersonal que nos permite asignar recursos de manera eficiente. Frugalidad, ahorro y reinversión, son los ingredientes de esta anomalía histórica que nada tiene que ver con bigotes puntiagudos y fuerzas en la sombra.

El capitalismo no quiere ni puede defender a los empresarios

Dicho esto, la defensa a ultranza de las empresas en general o una empresa en particular es un error y supone un desconocimiento claro de las reglas del juego del capitalismo mismo. Defender a una empresa en detrimento de un trabajador implica antes de todo intervención e imponer el arbitrio de alguien que, con mejores o peores intenciones, pretende perturbar el orden espontáneo y libre que emerge de las interacciones sociales. Cabe entonces, hacernos la siguiente pregunta, ¿debemos defender a los empresarios? Y en ese caso, ¿cómo deberíamos hacerlo?

Sabemos, ya, que el capitalismo no cuenta con las herramientas coercitivas de carácter político, que nos permitirían intervenir y defender a un empresario. Entonces, quien sea que pretenda poner en uso alguna herramienta coercitiva contra la libre negociación entre empresario y el trabajador, no estará cumpliendo las reglas del juego del capitalismo. Sin regulaciones que defiendan al empresario o al trabajador, en el capitalismo existen empresas que quiebran porque no alcanzan a pagar salarios suficientemente altos, en la misma medida que existen trabajadores que no encuentran trabajo porque piden un salario demasiado alto.

Con estas reglas del juego, el mercado es un sistema dinámico donde los empresarios descubren nuevos medios para alcanzar nuevos fines. Siendo el arbitraje una condición inherente a dicho sistema, las relaciones de escasez entre factores de producción tienden al cambio del mismo modo que su precio. Si las curvas de oferta y de demanda varían y el factor trabajo escasea, su precio subirá y las exigencias de los trabajadores aumentarán hasta encontrar un estado de equilibrio donde todas las partes salgan beneficiadas.

Un camino, no una meta

Aquellas empresas que no puedan permitirse tales condiciones deberán dejar su lugar a aquellas que sí lo hagan. Las reglas son: no intervenir y respetar la propiedad privada. Solo son permitidas las relaciones horizontales, donde la vida a veces no es fácil y las empresas quiebran y los trabajadores pierden su trabajo, pero donde no se ejerce violencia y donde el tamaño de las empresas no es sinónimo de poder, sino más bien de responsabilidad y libertad. 

Ya poniéndonos más poéticos, me gusta hacer el paralelismo del capitalismo como un camino y no como un destino. El libre mercado capitalista no tiene un objetivo preciso, ni el éxito de una empresa, ni el derrumbe de un colectivo. A mí me gusta verlo como una ruta cambiante, sinuosa y a veces peligrosa, que muta continuamente basándose en las necesidades de los individuos y al ímpetu empresarial. Así que si algún empresario ondea la bandera equivocada y se queja de la excesiva remuneración de unos trabajadores o de las privilegiadas condiciones de otros, recuérdale que él no es el destino y que es con los trabajadores que se hace el camino.

Los trabajadores

Los trabajadores son una fuerza más del libre mercado. Su mercancía, en este caso su trabajo, está sujeta para bien y para mal a las leyes de la oferta y la demanda. Del mismo modo que nadie debería intervenir cuando el precio de las patatas sube por encima de las posibilidades de algunos consumidores, nadie debería intervenir tampoco cuando un trabajador reclama mejorar sus condiciones laborales. Recelemos, pues del que aparentemente defiende el sistema de libre mercado capitalista, pero solo pretende favorecerse de los tentáculos del Estado para imponer su proyecto de vida en detrimento del de los demás.

Christian Michel en su obra “Vivre ensemble” (2004), nos recuerda de qué manera el sistema de libre empresa capitalista reconcilia el tener (la avaricia) y el ser (ser capitalista o proletario) con el hacer (todos nosotros hacemos, todos modulamos la naturaleza y nos servimos del capital o los recursos naturales para desarrollar nuestros proyectos de vida). No importa entonces qué tienes o quién eres, en el capitalismo ser y tener se reconcilian en el hacer, porque hacer es insuflar ser en el tener.

Ver también

La formación del ‘pilar obrero’ y la formación de la clase obrera. (Andras Toth).

Integración del pilar obrero en el nuevo mundo del capitalismo industrial. (Andras Toth).

A vueltas con el positivismo jurídico (XI): fundamentos antropológicos de la organización social

Como puede deducirse de lo que hemos visto hasta ahora, y aunque suene perogrullesco decirlo, cualquier enfoque que se adopte en relación con la ley y la moral depende de la cosmovisión de la que partamos, y, dentro de ella, de la concepción del hombre que se tenga. Creo que, por ello, conviene recordar cómo han evolucionado las grandes concepciones antropológicas dominantes implícitas en el pensamiento de la mayoría de los autores desde el comienzo de la Modernidad para poder entender los planteamientos actuales.

Lutero, libre examen y autonomía absoluta de los príncipes

De hecho, es a partir de la Ilustración cuando se desarrollan dos corrientes, el individualismo y el colectivismo, con dos visiones del hombre aparentemente contrapuestas, pero mucho más cercanas entre sí de lo que a primera vista pueda parecer y, sobre todo, si se las compara con la visión que se tenía en el Antiguo régimen, habiéndose producido la ruptura un par de siglos antes.

En efecto, hasta el siglo XVI, Dios era considerado el creador indiscutible del hombre y del mundo, y era Él, con su Providencia, quien lo conservaba todo y, de alguna manera, lo dirigía. La denominada “cultura de la Modernidad” vino a romper con esa visión, y a partir de entonces, la libertad del hombre se concibió como absoluta y radical. De hecho, con Lutero y su principio del libre examen, se intenta romper con la posibilidad de que exista autoridad alguna en materia religiosa. Si bien Lutero restringió aquel principio sólo a los príncipes alemanes, quienes sí tenían una autonomía absoluta, como jefes de Estado, y no estaban sometidos a una norma superior. Así, en contraposición con lo que pasaba con el príncipe medieval, cuya legislación no podía contradecir la ley divina, se proclama la libertad de conciencia del príncipe moderno, con una autonomía, de su voluntad, plena y radical.

El hombre se erige en creador racional del Derecho

Los ilustrados, desde su racionalismo aparentemente radical, dan una vuelta de tuerca más, y aunque son muchas las corrientes que se dan en dicho movimiento, tienen una serie de rasgos comunes: la identificación del bienestar material y las riquezas con la libertad que constituye el fin del hombre. Ello constituye un utilitarismo que debe regir la conducta individual, centrada en la búsqueda del interés. Rechaza todo aquello que la razón humana no pueda conocer de modo material. Y somete, por tanto, la religión, a dicho racionalismo materialista. Confía ciegamente en el progreso, defiende el igualitarismo y, con él, rechaza los privilegios.

Y, sobre todo, y a los efectos que aquí nos interesan, se impone la idea de que el hombre está capacitado para dictarse sus propias leyes -la autonomía del hombre, en definitiva-. Ello obligaba a establecer nuevos principios morales, fundamentados no ya en leyes naturales, universales e inmutables, impresas por Dios en la realidad del hombre, sino en cuestiones sociológicas -realidades sociales concretas- que llevan a erigir al Estado como fuente de moralidad. Así, el derecho positivo sustituye al citado derecho natural. Con ello se produce un cambio no sólo de perspectiva, sino también de organización.

En efecto, la sociedad orgánica y corporativista del Antiguo Régimen se sustituyó por un sistema muy distinto. Un sistema justificado, al menos en principio, por un supuesto pacto social primigenio (defendido por autores como Hobbes y Locke), al que ya nos hemos referido también en anteriores entregas. Así, en el siglo XIX se desarrolló lo que algún autor denomina “ensayo del individualismo decimonónico”, si bien más adelante el intento de llevarlo a cabo degeneró, en algunos lugares, en regímenes colectivistas.

Liberalismo

Así, el sistema liberal implantado en el siglo XIX, hijo directo de la Modernidad y de la ideología liberal-progresista, se asentaba en una serie de presupuestos ideológicos, derivados de los señalados más arriba, y que podemos resumir en los siguientes: una visión del hombre que lo concibe como ser autónomo e independiente, que no recibe de nadie su naturaleza, ya que, siendo esencialmente libertad, se hace a sí mismo mediante la ejecución de actos libres, por lo que no procede admitir responsabilidades externas que frenen esa acción, una acción que le hace caminar indefectiblemente hacia el progreso de la Humanidad.

Vemos, por tanto, que las verdades universales e inmutables del régimen anterior se trastocan, gracias a una nueva concepción dialéctica, en la que la verdad sólo lo es de un modo coyuntural. Así, como señala René Remond[1]: “el liberalismo cree en el descubrimiento progresivo de la verdad por la razón individual. Profundamente racionalista, se opone al yugo de la autoridad, al respeto ciego, al pasado, al imperio del prejuicio, así como a los impulsos del instinto. La mente debe poder buscar la verdad por sí misma, sin trabas, y se desprenderá entonces, poco a poco, por la confrontación de pareceres, una verdad común”.

Colectivismo

Frente a la señalada concepción liberal-individualista, surgió, como reacción, el colectivismo, que entendió que no era posible una convivencia y un orden justos entre individuos radicalmente libres y pendientes de su propio bienestar. Así, se desarrolló una concepción del hombre en la que el individuo sólo se entiende si es considerado como la parte de un todo. El hombre-colectivo se realiza, no ya mediante la ejecución de actos libres, sino mediante la realización de un conjunto de obligaciones que debe asumir y que le vienen impuestas por la realidad del grupo al que pertenece.

Con ello se produce una clara anulación de la persona, pasando al primer lugar de análisis lo colectivo, ya sea la clase, la nación, la raza, el partido, o el Estado. Así, en la mesa del sacrificio que busca la tan ansiada unidad, arde en llamas el pluralismo. Y la búsqueda de la verdad dejó de ser la motivación principal, ya que aquella -la verdad inmanente- pasa a imponerse desde el poder.

Vemos, pues, cómo en el sistema colectivista, la norma antes trascendente, se trastoca en norma inmanente, de imperioso y obligado cumplimento, justificándose incluso la eliminación física del disidente que se niega a su cumplimiento, como partícula “asocial” prescindible que sólo impide el armónico crecimiento del colectivo.

Notas

[1] Citado por Javier Paredes, en el capítulo 1 -La ilustración y el liberalismo- de la Historia Universal Contemporánea, Ariel, 2011.

Serie ‘A vueltas con el positivismo jurídico

Historia de Aragón (IV): La conformación del Reino de Aragón

En torno al 808 encontramos en el Valle de Hecho al conde Aureolo. Apenas sabemos nada de él, pero sí tenemos constancia de que fue un funcionario de Carlomagno. Tras él vino el conde Aznar (812-820), quien posiblemente fuera otro funcionario designado por Carlomagno. El yerno de Aznar, García “el malo” se hizo con el condado tras un golpe de Estado, pero en el 830 dejaría paso a Galindo I Aznárez. La familia Galindo controlará el condado durante varios años, hasta el 924 encontramos a esta familia aristocrática que se asentará en el valle pirenaico.

En el 924 muere Galindo II sin descendientes varones; tuvo únicamente a su hija Andregoto. Las familias aristocráticas tenían siempre como objetivo no perder la casa, por lo que se creó la institución aragonesa del “casamiento en casa”. En caso de muerte del heredero, se otorgaba al cónyuge la prórroga del usufructo vital. Y en caso de que contrajera de nuevo matrimonio, tenía la posibilidad de trasladar el patrimonio a su nuevo cónyuge.

Una política matrimonial

El condado de Aragón no tenía capacidad para mantener un ejército y no tenía la capacidad militar para expandirse, por lo que recurrió a la política matrimonial. Galindo II se había casado con la hija del rey de Pamplona, y Andregoto se casará con el rey de Pamplona. Por lo que los herederos se convertirían en reyes de Pamplona y del condado de Aragón. Durante el siglo X el rey de Pamplona ostentará el título de conde de Aragón. Esta unión dinástica, que no política, entre Aragón y Pamplona, hace que el condado quede subsumido bajo el reino de Pamplona.

Nos encontramos con otra de las figuras clave, Sancho III, cuya misión era que su reino tuviera la primacía frente a León. El patrimonio no se podía dividir tras su muerte, pero sí los acaptos, es decir, territorios posteriormente conquistados. Sancho incorporó al reino de Pamplona y al condado de Aragón, los condados de Sobrarbe y Ribagorza, además del condado de Castilla. Tras su muerte, en 1035, dejó a su hijo mayor, García, el reino de Pamplona, a su hijo Fernando, Castilla, a su hijo Gonzalo, Sobrarbe y Ribagorza, y finalmente a Ramiro, Aragón.

Ramiro era un bastardo que Sancho tuvo con Sancha de Aibar. Se dice en las crónicas que los tres hijos legítimos de Sancho III se conjuraron contra Sancha; le acusaron de adulterio. Ramiro salió en defensa de su madre, y se hizo así con el condado de Aragón.

La consolidación del reino

Fernando I acabará siendo rey, tomando el reino de León en 1037. Ramiro I nunca se llamaría así mismo rey, sino como “casi por un rey” o “hijo del rey Sancho”. En 1044 fallecería su hermano Gonzalo, con lo que Ramiro se hizo con los condados de Sobrarbe y Ribagorza. Ramiro sabía que tenía que consolidar sus dominios y extender su poder, de modo que empieza a tejer alianzas con los magnates del reino. Conforma su propia curia regia. Lo más posible es que fueran terratenientes y propietarios herederos de las antiguas élites carolingias y visigodas. Este grupo de personas recibirá una serie de privilegios del rey a cambio de la prestación de un servicio militar.

Llegará un año clave, 1064, cuando un grupo de nobles se fijará como objetivo conquistar la ciudad musulmana de Barbastro. Aunque las cruzadas se decretarán por los papas a partir de 1095, previamente hubo algunos intentos o protocruzadas como la de Barbastro. En 1064 Aragón ya estaría consolidado como Reino, y llegaría al poder Sancho Ramírez, hijo de Ramiro I.

Serie ‘Historia de Aragón’

(I) Los pilares del Reino de Aragón

(II) Los orígenes del Reino de Aragón

(III) El pasado musulmán y la marca histórica

Stiglitz, un Nobel polemista

Por Samuel Gregg. El artículo Stiglitz, un Nobel polemista fue publicado originalmente por Law & Liberty.

No es frecuente que un distinguido académico aconseje a sus oyentes que sean cautos antes de asignar un peso excesivo a sus palabras. Sin embargo, eso es precisamente lo que hizo el economista F. A. Hayek en su discurso en el banquete de entrega del Premio Nobel de 1974. “El Premio Nobel”, informó Hayek a su audiencia, “confiere a un individuo una autoridad que en economía ningún hombre debería poseer”. Y añadió: “No hay ninguna razón por la que un hombre que ha hecho una contribución distintiva a la ciencia económica deba ser omnicompetente en todos los problemas de la sociedad, como la prensa tiende a tratarle hasta que al final él mismo puede convencerse de ello”.

Estas palabras me vinieron a la mente recientemente mientras leía un nuevo libro de otro economista galardonado con el Premio Nobel. En The Road to Freedom: Economics and the Good Society, Joseph E. Stiglitz, Premio Nobel 2001 y antiguo economista jefe del Banco Mundial, identifica a Hayek y a otro economista Nobel, Milton Friedman, como los principales proveedores intelectuales de las políticas neoliberales que, según Stiglitz, han pervertido la idea de libertad y generado profundas desigualdades y multitud de injusticias.

El mundo según Stiglitz

La palabra “neoliberal” tiene su propio pedigrí. Hoy, sin embargo, funciona como un epíteto utilizado por la izquierda -y ahora por la Nueva Derecha que puebla muchas instituciones conservadoras- para estigmatizar a personas e ideas. El uso de epítetos es habitual en las polémicas, y las polémicas no tienen que ver con el debate razonado o la discusión. Tampoco lo es el libro de Stiglitz, a pesar de las protestas en sentido contrario. De principio a fin, es una hipérbole.

“La libertad”, afirma Stiglitz al principio, “está en peligro”. El declive global de la libertad reflejado en el auge de los regímenes autoritarios, argumenta, también se ha manifestado en las sociedades democráticas liberales. Según Stiglitz, esto refleja fallos en las políticas económicas que reflejan “la concepción incorrecta de la libertad por parte de la derecha”.

“La derecha” como motor de la historia

La “derecha” funciona a lo largo de este libro como un cajón de sastre. Abarca grupos como el Partido Republicano y compañeros de cama tan improbables como los libertarios y Donald Trump. Detalles importantes, como la declaración de Trump de que “no es un conservador” o la innegable y profunda división en el movimiento conservador estadounidense entre nacionalistas económicos y librecambistas, quedan oscurecidos por la visión maniquea de la política de Stiglitz. La luz está del lado de los liberales modernos, los neokeynesianos y los socialdemócratas. La oscuridad envuelve todo lo demás.

Parte de esa oscuridad, según Stiglitz, se extiende a la fundación estadounidense. Sostiene, por ejemplo, que “la libertad que defendían los patriotas del país no era la libertad para todos, sino la libertad para sí mismos”. Stiglitz señala el mantenimiento posterior a la independencia de la institución de la esclavitud como prueba de su afirmación de que la Constitución fue producto de “las personas que la redactaron (en su inmensa mayoría, hombres blancos ricos, muchos de ellos esclavistas)”.

Hayek y Friedman

Esa afirmación contradice las pruebas meticulosamente reunidas por historiadores como Forrest McDonald en su We The People: The Economic Origins of the Constitution. Este demostró, en contra de Charles A. Beard y sus discípulos, que la mayoría de esos hombres blancos ricos que redactaron la Constitución apoyaron en realidad medidas constitucionales que no servían a sus intereses personales. Stiglitz tampoco comprende que las semillas de la caída de la esclavitud en Estados Unidos fueron puestas por la promesa de los Fundadores de “libertad y justicia para todos”. En ausencia de esa lógica interna y, para la época, radical, es más difícil entender por qué las furiosas disputas sobre la legitimidad básica de la esclavitud caracterizaron cada vez más el discurso político estadounidense a partir de la década de 1770.

Pero los culpables más inmediatos de las miserias infligidas por el neoliberalismo, sostiene Stiglitz, son los economistas del libre mercado como Hayek y Friedman. La libertad, dice, depende de normas y reglamentos que preserven cierto grado de igualdad, promuevan la justicia social y reflejen la realidad de las compensaciones en la vida. Estas cosas no tienen cabida, sostiene Stiglitz, en el nirvana del libre mercado de Hayek y Friedman. En el mundo de Stiglitz, “fueron los defensores más notables del capitalismo sin restricciones a mediados del siglo XX”. Y, como “sirvientes intelectuales de los capitalistas”, lideraron “una manada de economistas conservadores que han tratado de impedir debates significativos con el propio vocabulario que utilizan”. En opinión de Stiglitz, su concepción del “libre mercado” considera que “las normas y la regulación” dan lugar a “mercados no libres” y, por tanto, a enormes ineficiencias.

Pero ¿los ha leído?

Llegados a este punto, me pregunto cuánto ha leído realmente Stiglitz de Hayek y Friedman. No conozco ningún texto en el que aboguen por mercados sin reglas ni regulaciones. Significativamente, sólo hay una referencia en las notas a pie de página de Stiglitz a algo escrito por Hayek.

Sin embargo, basta con abrir libros como Los fundamentos de la libertad para encontrar a Hayek, por ejemplo, señalando que “una economía de mercado que funcione presupone ciertas actividades por parte del Estado”. En Camino de servidumbre, Hayek dice incluso que la “insistencia de Mill en… los principios del laissez-faire” hizo un daño inmenso a la causa liberal de mercado. Hasta aquí, pues, los mercados sin trabas.

En términos más generales, cualquiera que haya leído el corpus de la obra de Hayek sabe que escribió extensamente sobre las leyes y la legislación más adecuadas para las sociedades que se toman en serio la justicia y el Estado de derecho. Ese es el objetivo de la gigantesca obra de Hayek Derecho, legislación y libertad. El propio Stiglitz admite que libros como Camino de servidumbre demuestran que Hayek era “consciente de las externalidades” y de “la necesidad de la intervención gubernamental cuando hay externalidades”. Pero, ¿cómo puede Stiglitz cuadrar esta concesión con sus declaraciones de que Hayek estaba comprometido con los “mercados sin trabas”? La respuesta es: no puede.

De hecho, el debate entre liberales e intervencionistas no es sobre si debe haber regulación. La discusión es realmente sobre cuál es la mejor manera de regular los mercados.

Duda sobre Joseph Stiglitz: ¿sabe lo que está diciendo?

¿Es mediante una combinación de políticas macroeconómicas, intervenciones específicas en determinados sectores económicos, la aplicación de códigos reguladores de amplio alcance a las transacciones económicas y la redistribución continua de la riqueza a través de grandes Estados del bienestar y una fiscalidad progresiva? O bien: ¿están mejor regulados los mercados mediante la protección de los derechos de propiedad, la adhesión al Estado de Derecho, el cumplimiento de los contratos, unas normas sanitarias y de seguridad con sentido común, una red de seguridad básica, un dinero estable y la competencia dinámica que promueve la soberanía del consumidor frente a intereses creados como las empresas establecidas y sus aliados políticos? Esta es una disputa clave entre los dirigistas como Stiglitz y los que creen en los mercados, y la presentación que hace Stiglitz de la posición de estos últimos es una caricatura.

Esto, sin embargo, queda empequeñecido por la asombrosa afirmación de Stiglitz de que los “mercados libres y sin trabas defendidos por Hayek y Friedman y tantos en la derecha nos han puesto en el camino del fascismo”. Me cuesta creer que Stiglitz no sepa que los regímenes fascistas se han caracterizado históricamente por una regulación generalizada, un intervencionismo sin fin y el corporativismo: en resumen, lo contrario de las economías de libre mercado.

Fascista, pero no lo suficiente como para que lo apruebe Stiglitz

Como demostró el economista liberal de mercado alemán Wilhelm Röpke en su artículo en Economica del año 1934 Fascist Economics, las economías de regímenes fascistas reales como la Italia de Mussolini se distinguían por un “sistema monopolístico-intervencionista” aplicado por ejércitos de burócratas uniformados. Stiglitz, sin embargo, afirma que las condiciones económicas que precedieron a regímenes como la Alemania nazi se caracterizaron por una intervención demasiado escasa.

En realidad, la historia económica de la Alemania imperial y de la Alemania de Weimar es mucho más complicada. La Alemania imperial fue, después de todo, la cuna del moderno Estado del bienestar. En la década de 1890, los sectores clave de la economía alemana estaban muy cartelizados. También se utilizaron aranceles para intentar proteger de la competencia extranjera a determinados sectores, como la agricultura. Durante la Primera Guerra Mundial, esa misma economía fue objeto de una planificación masiva.

En cuanto a la Alemania de Weimar, la Sección V de la Parte 2 de su Constitución contenía catorce artículos que identificaban muchos derechos económicos que nadie describiría como reflejo de una visión liberal clásica de la vida. Muchos de esos derechos se plasmaron posteriormente en políticas que iban desde la ampliación de la seguridad social hasta la legislación de acuerdos de cogestión de los trabajadores.

Sin duda, algunos conservadores y liberales alemanes intentaron limitar el alcance de estas medidas. No obstante, entre 1870 y 1933 nunca reinó en Alemania el “mercado sin trabas”. La verdad es simplemente mucho más compleja que el retrato pintado por Stiglitz.

La vieja izquierda se encuentra con la nueva derecha

¿Qué quiere sustituir Stiglitz al neoliberalismo? Aquí, Stiglitz no es ambiguo. Quiere “algo en la línea de una socialdemocracia europea rejuvenecida o un nuevo capitalismo progresista estadounidense, una versión del siglo XXI de la socialdemocracia o del Estado del bienestar escandinavo”. Sin embargo, cuando nos fijamos en las medidas preferidas de Stiglitz, es difícil distinguirlas de las propuestas de la vieja izquierda.

La larga lista de Stiglitz de “políticas de capitalismo progresista” incluye lo siguiente: “regulación”, “impuestos correctivos”, “inversión gubernamental”, “políticas industriales”, “regulaciones financieras, tanto macro y micro”, “inversiones públicas”, “requisitos de divulgación”, “regulaciones (del consumidor, financieras, laborales)”, “leyes de responsabilidad que obliguen a las empresas a rendir cuentas”, “seguridad/protección social”, “programas de redes de seguridad”, “seguro de desempleo”, “programas de jubilación”, “seguro médico”, “préstamos contingentes en función de los ingresos”, “préstamos a pequeñas empresas”, “préstamos a empresas”, “, “préstamos a pequeñas empresas”, “financiación de bancos verdes”, “políticas antimonopolio” que “restrinjan las fusiones”, “restricciones a las prácticas abusivas”, “salarios mínimos”, “legislación laboral de apoyo”, “redistribución a través de los impuestos” y “programas de gasto público” en ámbitos como la educación y la sanidad. Todas estas medidas irán acompañadas de políticas fiscales y monetarias diseñadas para hacer frente a las fluctuaciones macroeconómicas.

Tres inorías

Cabe señalar aquí tres ironías. En primer lugar, la economía estadounidense ya cuenta con casi todas estas cosas, aunque en diversos grados. La vida económica estadounidense está plagada de los grandes programas gubernamentales legados por los progresistas, los New Dealers y los defensores de la Gran Sociedad, por no hablar de las burocracias arraigadas que los administran. Es posible que Stiglitz desee una mayor dotación de recursos gubernamentales y una codificación jurídica más profunda de estas políticas. Los intervencionistas convencidos no suelen creer que podamos tener suficiente de esas cosas. Sin embargo, Estados Unidos está mucho más cerca del modelo capitalista progresista de Stiglitz de lo que él admite.

Una segunda ironía se refiere a la repetida insistencia de Stiglitz en que quiere una economía más descentralizada. Sin embargo, todas las políticas enumeradas anteriormente requieren un gran gobierno que intervenga constantemente en la economía y desplace a las asociaciones de la sociedad civil que Stiglitz dice valorar.

La tercera ironía es que muchas de las propuestas del capitalismo progresista de Stiglitz reflejan las de destacados pensadores de la Nueva Derecha. No sólo apoyan muchas de las mismas políticas, sino que también se hacen eco de la retórica antineoliberal de Stiglitz y de su visión crítica de Hayek y Friedman. Ahí radica la fractura que caracteriza cada vez más a la política estadounidense: las preferencias económicas de la vieja izquierda de Stiglitz coinciden con las de algunos miembros de la derecha contra los que su libro arremete.

Libertad y arrogancia

A pesar de estos problemas con el libro de Stiglitz, hay un punto en el que estoy de acuerdo con él. La libertad se encuentra en un estado frágil. El verdadero debate gira en torno a la naturaleza de las amenazas.

Un elemento central del capitalismo progresista de Stiglitz es lo que él llama “su enfoque en la igualdad, la justicia social y la democracia”. Stiglitz entiende todo esto en términos inequívocamente socialdemócratas. En su opinión, en su conjunto dan a las personas la libertad de desarrollar su potencial.

La dificultad estriba en que la socialdemocracia socava invariablemente la libertad en aspectos importantes. Los mercados no facilitan la dependencia intergeneracional del bienestar, sino los amplios programas de bienestar. La socialdemocracia también crea una enorme diferencia de poder entre los ciudadanos de a pie y los tecnócratas que administran una plétora de programas y normativas estatales. Y si hay algo que hemos aprendido del incesante crecimiento del Estado administrativo, regulador y de bienestar en Estados Unidos, es que estos organismos se resisten notablemente a las exigencias de responsabilidad y transparencia democráticas.

Libertad virtuosa vs. moral burocratizada

Del mismo modo, la concepción redistribucionista de la justicia social de la socialdemocracia corroe constantemente algunas de las salvaguardias más seguras de la libertad, sobre todo la propiedad privada. Y lo que es igual de importante, daña el Estado de Derecho. Como observó Hayek en Camino de servidumbre, “para producir el mismo resultado para diferentes personas, es necesario tratarlas de forma diferente”. Si se utiliza el Estado para perseguir la igualdad sustancial, se compromete inevitablemente el Estado de Derecho, porque los gobiernos que tratan de lograr la igualdad sustancial renuncian necesariamente a su posición de imparcialidad hacia todos los ciudadanos.

Sobre todo, los socialdemócratas han socavado a menudo los medios por los que las sociedades cultivan los hábitos morales necesarios para sostener lo que John Adams llamaba “libertad virtuosa”. A lo largo de su libro, Stiglitz se refiere regularmente a la importancia de hábitos como la honestidad, la confianza y el comportamiento respetuoso con los demás para la cooperación social. Tiene razón al hacerlo. Pero los socialdemócratas han confiado tradicionalmente en el gobierno para configurar el orden social, no en la sociedad civil. El consiguiente aumento del poder del Estado y la burocratización de la sociedad subvierten la rica ecología de las familias y las comunidades y asociaciones ascendentes, en las que esos hábitos se enseñan e interiorizan mejor.

Una fe inquebrantable en el Estado

Ahí radica el problema más profundo del libro de Stiglitz. Al igual que muchos de sus compañeros de viaje de la izquierda y la nueva derecha, Stiglitz no cree que podamos confiar en que la gente corriente que opera en un contexto de Estado de derecho, gobierno constitucionalmente limitado, normas probadas y una sociedad civil rica tome sus propias decisiones como mejor le parezca. A pesar del deseo de Stiglitz de trazar un nuevo camino hacia la libertad, la agenda política que subyace en este libro no es la de la renovación o el rejuvenecimiento. Por el contrario, refleja una fe keynesiana anticuada en el Estado: una fe que siempre ha encajado mal en el experimento estadounidense de libertad del que Stiglitz es claramente escéptico.

Sí, las personas libres cometerán errores. Pero sus errores no serán tan devastadores para la sociedad como los cometidos por los dirigistas, desde Keynes a Stiglitz, que creen que pueden rediseñar un mundo mejor desde arriba y quieren el poder para hacerlo. Estos “hombres de sistema”, como los llamaba Adam Smith, tampoco están dispuestos a admitir el fracaso de sus ideas y políticas, y mucho menos a corregirlas. Ahí reside el significado eterno de la advertencia de Hayek sobre las tentaciones asociadas a los elogios, incluso por un trabajo realmente sobresaliente. Son el camino hacia la arrogancia, y las consecuencias para la libertad y la justicia de la falta de humildad son siempre nefastas.

Ver también

Joseph stiglitz. (Carlos Rodríguez Braun).

¡Menos mal que tenemos a Stiglitz! (María Blanco).

Paradojas Stiglitzianas. (José Carlos Rodríguez).

El rezo cristiano obligatorio no tiene cabida en la educación moderna

Por Stephen Evans. El artículo El rezo cristiano obligatorio no tiene cabida en la educación moderna fue publicado originalmente en CapX.

La reciente sentencia del Tribunal Supremo, que confirma la decisión de la Michaela Community School de restringir los rituales de oración de los alumnos musulmanes, pone en tela de juicio la obligación legal de todas las escuelas de ofrecer un culto cristiano. La ley que obliga a todas las escuelas públicas inglesas a celebrar actos colectivos diarios de culto “ampliamente cristiano” está en vigor desde hace 80 años. Existen leyes similares en Gales, Irlanda del Norte y Escocia. Debería ser obvio para todos que estas leyes arcaicas deben ser eliminadas.

A los responsables de la gestión de las escuelas les gustaría ver abolida la ley. Una nueva encuesta encargada por la National Secular Society ha revelado que más de dos de cada tres directores de escuelas públicas no apoyan una ley que exige actos diarios de culto colectivo en la escuela. Un notable 70% de los directores no está de acuerdo con una ley que están obligados a respetar.

Una norma que no se cumple

Esto probablemente explica la alta tasa de incumplimiento. En otra encuesta realizada por Teacher Tapp en 2022 a más de 7.600 profesores de centros públicos de Inglaterra, el 66% afirmó no celebrar actos de culto colectivo a diario. Entre las escuelas no religiosas, esta cifra se eleva al 79%, y al 84% entre las escuelas secundarias.

El incumplimiento no es nada nuevo. En 1994, el entonces Secretario de Educación, John Patten, lamentó “con profunda preocupación” que el culto no se celebrara “con la frecuencia requerida”. Patten publicó unas directrices para remediar la situación, que describió como un posible “punto de inflexión en la vida espiritual del país”.

Las directrices definen el culto como “la reverencia o veneración a un ser o poder divino” y aclaran la posición jurídica de que el culto debe ser “ampliamente cristiano”. Decía que “la simple asistencia pasiva” no era suficiente; la ley dice que los niños deben “participar”.

Esta orientación casi teocrática, que sigue vigente, fue controvertida en su momento. La Association of Teachers and Lecturers (Asociación de Profesores y Conferenciantes) se preguntó por qué “se utilizaban las directrices para promulgar las predilecciones personales de los ministros”. El sindicato NASUWT acusó al Gobierno de “imponer el cristianismo a todos los alumnos”.

La predicción de John Patten de un “punto de inflexión espiritual” resultó ser una mera ilusión. La creencia y la práctica cristianas siguieron disminuyendo. El cristianismo es ahora una religión minoritaria, con sólo un 0,9% de la población que acude a los servicios anglicanos un domingo normal. En este contexto, la ley parece más absurda que nunca.

Imponerse al criterio de los padres

Cuando se impone el culto, se usurpan los derechos de los padres y se socava la libertad de los niños para desarrollar sus propias creencias. La Ley de Igualdad debería haber puesto fin a la imposición del culto en 2010. Pero en lugar de que la Ley protegiera a los niños de ser presionados para rezar o participar en actividades religiosas, las iglesias obtuvieron exenciones legales, permitiendo que el culto continuara.

El comité de derechos del niño de la ONU comenzó a pedir al Reino Unido que aboliera el culto obligatorio en las escuelas en 2016. Pero como suele ocurrir cuando la religión y los derechos de los niños chocan, el Gobierno ha decidido que los derechos de los niños son secundarios frente a los intereses religiosos creados. Para un país al que le gusta considerarse un faro de la libertad de religión o creencia, las leyes que obligan al culto son un grave punto ciego.

Los laicistas que han planteado esta cuestión a funcionarios del Gobierno durante muchos años se han encontrado con una intransigencia total. Más recientemente, el ministro responsable de las escuelas religiosas respondió a nuestras pruebas de incumplimiento diciendo: “A pesar de los resultados de la encuesta, mantengo que el culto colectivo es una parte importante de la vida escolar”. Es como tratar con el dueño de la tienda de animales en el sketch del loro muerto de Monty Python.

Derecho de revocación (pin parental)

Los sucesivos ministros de Educación han insistido en que la ley es flexible, pero a las escuelas que desean sustituir el culto colectivo por asambleas laicas se les ha dicho que no pueden. Las escuelas pueden solicitar determinaciones para cambiar la naturaleza del culto, y cada vez lo hacen más, pero el Gobierno dice que “no es permisible que se conceda una exención” para sustituir el culto colectivo por “asambleas no religiosas”.

Existe el derecho paterno de revocación, pero pocos padres desean ejercer un derecho que avergüenza a sus hijos al señalarlos como diferentes. Sólo los alumnos mayores de 16 años pueden retirarse.

El próximo gobierno tiene que sacar la cabeza de la arena y considerar seriamente cómo nuestras escuelas pueden promover mejor la cohesión social y una visión de ciudadanía igualitaria y compartida en una democracia liberal. Un modelo educativo laico e inclusivo es el más justo y apropiado para una población con diversidad religiosa.

La obligación legal de que las escuelas impartan culto no es propia del siglo XXI. Reunir a la comunidad escolar en asambleas periódicas puede ser útil para transmitir valores sociales compartidos y considerar cuestiones morales. Pero obligar a las escuelas a celebrar actos de culto religioso no es útil ni deseable para lograr estos objetivos. Esta ley fosilizada no tiene base moral ni educativa. Los profesores no la apoyan y muchas escuelas la desobedecen. Es hora de que los legisladores reconozcan el carácter de letra muerta de esta legislación obsoleta y la deroguen.

Pin parental y libertad de los menores. (Juan Ramón Rallo).