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El gran salto de Julian Simon

Observo un gráfico que representa, a lo largo del último millón de años, la esperanza de vida de nuestra especie y sus antecedentes. El aspecto del mismo no es una curva, sino el de un perfecto ángulo de noventa grados, en que una línea horizontal, en torno a los 25 años, y otra vertical, hasta los 70, se cruzan en un punto que es prácticamente indistinguible del final del gráfico: el que marca el día de hoy. Es una imagen sorprendente, pero veo varias otras casi con el mismo aspecto. Con una perspectiva temporal mucho más cercana, pero aún amplia, de los últimos mil años, el volumen de la población mundial aumenta muy lentamente hasta el entorno del 1700, cuando la curva se empina casi con violencia. Si nos vamos a 20.000 años y a la tasa de crecimiento de esa población, nos encontramos con una curva que recuerda el primer gráfico descrito.

El punto de inflexión de estas y otras curvas que observo en el libro de Julian Simon The great breakthrough and it cause (renta per cápita, urbanización, productividad, densidad de población, número de revistas científicas, velocidad del transporte…) es siempre el mismo, un segmento del nuestra historia que se encuentra en el entorno de los siglos XVII y XVIII. Esta aceleración de la historia económica es lo que Simon llama The great breakthrough, que a falta de un mejor término traduciré como "el gran salto", y a cuyo estudio dedica este ensayo, editado póstumamente.

La tesis central de su ensayo es que "unas densidades de población mayores y una población total más amplia, en sociedades individuales y en el conjunto de la Tierra, fueron la condición necesaria para el progreso. La medida en que fueron condiciones suficientes dependía en el pasado en la naturaleza de las sociedades en aquél momento". En realidad es una tesis más amplia, ya que toma en consideración la combinación de tres elementos básicos: el total de la población, el acervo del conocimiento y en "nivel de vida", una expresión que, explicada más adelante por el autor resulta ser la riqueza o más bien el capital acumulado.

Simon reconoce que, a corto plazo y en una economía de subsistencia, el esquema de Malthus es válido. Pero que a medida que nos alejamos en la perspectiva temporal (y este ensayo lo hace hasta donde alcanza la historia y prehistoria humanas) y que nos encontramos en una sociedad más compleja (con una mayor población y división del trabajo) y con más capital, Malthus se hace más y más obsoleto. En la perspectiva de muy largo plazo, la población aparece, a entender de Simon, como "la única variable exógena" o la menos endógena del "gran salto", por delante de "la tradición, la estructura del Derecho y otras instituciones son variables endógenas en este modelo, junto con el nivel de vida, la tecnología y el subsiguiente crecimiento en la población".

En un primer momento, cuando la organización social es más primitiva y sencilla (en una tribu), el devenir depende sobremanera de las condiciones ecológicas. Pero a medida que el grupo social se hace más numeroso y complejo, van adquiriendo peso las instituciones sociales y el capital. De éste, Julian Simon considera que, pese a que está siempre acumulado sobre el que se heredó anteriormente, pero "el deterioro y la depreciación tiene lugar de un modo suficientemente rápido como para que lo acumulado pueda considerarse poco importante en el largo plazo. En consecuencia, no hay razones para creer que el stock de capital físico imponga una condición perdurable sobre el progreso futuro."

Lo que queda como principal acicate del desarrollo es la población, que llega a una masa crítica, en la que se produce el "gran salto" que es el objeto de estudio de este ensayo. Hasta el momento (entre los siglos XVII y XVIII), se produce un crecimiento principalmente extensivo, con episodios de ensayo de amplia división del trabajo, que logra aumentar de forma paulatina la población, hasta alcanzar ese punto en que su tamaño permite la gran transformación. En realidad, no es en sí y por sí la población, sino su combinación con el uso y la distribución eficaz del conocimiento y de la tecnología, nos dice el autor, pero siempre con el volumen social como principal determinante.

Por supuesto que, episódicamente y como parte de los avatares históricos, el armazón institucional hace que en ciertas sociedades (Cuba, Zimbabue, Corea del Norte…) el crecimiento se detenga o que se destruya riqueza. Pero la introducción de cambios políticos e institucionales es una cuestión contingente, que llevará a pasos adelante y atrás, mientras que el contexto en que se producen estos cambios, que es la de una población muy numerosa y una división del trabajo muy amplia y profunda, no tiene vuelta atrás. Y, pues los países que vuelven a las instituciones liberales recuperan con prontitud su tendencia al crecimiento, en cierto sentido el progreso económico y social está "garantizado", así, entre comillas, como lo escribe el propio Simon.

El libro está muy bien armado tanto estadísticamente (hablamos de Simon) como teóricamente. Se enfrenta al problema difícilmente resoluble de tratar con causas que son a su vez efectos de sus efectos, pero está al menos bien abordado. Nadie mejor que él era consciente de las limitaciones de su análisis, para el que se preparó toda su vida, pero que no pudo completar por esa limitación temporal que nos condiciona a todos. Pero su ensayo supone una enorme contribución aunque fuera simplemente por el planteamiento del problema. La filosofía, al fin, consiste más en hacerse preguntas que en responderlas.

Occidente acabó con la esclavitud

Cuando pensamos en el término esclavitud lo más probable es que acudan a nuestra mente imágenes de plantaciones del sur de Estados Unidos y negros cantando sus penas mientras recogen el algodón, incitados por el chasquido del látigo de su capataz. Es decir, los malvados occidentales, es más, los malvados norteamericanos esclavizaron a los pobres negros africanos. Lo cual es indudablemente cierto. Sin embargo, semejante escena es casi una nota al pie dentro de la historia de la esclavitud, una institución que ha acompañado a la humanidad desde su nacimiento hasta hace muy poco tiempo. Lo realmente excepcional de Occidente es que fue la civilización que acabó con ella. Es esa historia la que cuenta Thomas Sowell en uno de los ensayos contenidos en Black Rednecks and White Liberals.

Para hacernos una idea de lo poco que se sabe de la historia real de la esclavitud, basta recordar que la misma palabra "esclavo" proviene de "eslavo" en infinidad de lenguas, entre ellas la nuestra… y el árabe, por ejemplo. No fue el racismo lo que movió la esclavitud; los europeos esclavizaron a los habitantes de los Balcanes seis siglos antes de que el primer negro llegara a América, los asiáticos esclavizaron a otros asiáticos, los africanos a otros africanos, los indios americanos a otros indios, etc. La razón por la que África fue la principal fuente de esclavos para América y Europa al final de la era de la esclavitud es que carecían de sociedades que les permitieran defenderse y por las presiones de la Iglesia Católica para no esclavizar a otros cristianos. Sin embargo, no existía ningún movimiento ni pensador importante que, en palabras de Lincoln, creyera que "si la esclavitud no está mal, es que nada está mal". Incluso la utopía de Tomás Moro incluía esclavos. Era algo que existía, que había existido siempre en todas las sociedades del mundo, y sobre lo que no se reflexionaba demasiado.

El primer movimiento antiesclavista nació en Gran Bretaña en 1787, con una reunión de doce personas "profundamente religiosas", en una época en que el imperio británico lideraba el comercio de esclavos. Liderados por cristianos y financiados por empresarios conservadores, empezaron un debate que nunca antes había existido, pero décadas más tarde lograron que el parlamento prohibiera primero el tráfico de esclavos, más tarde la esclavitud y, finalmente, que un imperio británico en su apogeo impusiera esas prohibiciones al resto del mundo.

Sin embargo, aunque poco a poco los demás países occidentales fueron prohibiendo la esclavitud, fuera de Occidente la abolición se impuso a sangre y fuego, aprovechando la enorme superioridad tecnológica y militar de la que disponían. El imperialismo, especialmente el imperialismo británico, fue la herramienta que sirvió para destruir el comercio de esclavos y reducir la prevalencia del esclavismo en todo el mundo. Barcos británicos entraban en aguas de Brasil para hundir barcos de esclavistas y se amenazó al imperio otomano con hacer lo mismo con los suyos si no aceptaban la prohibición. Años después, los norteamericanos erradicarían la esclavitud de Filipinas, los holandeses de Indonesia, los rusos de Asia Central y los franceses en sus colonias africanas y caribeñas.

Y es que, fuera de Occidente, no había nadie que entendiera muy bien esa manía que tenían contra el esclavismo. En el imperio otomano afirmaban que era una institución crucial para la vida y los hábitos de todos sus habitantes. Los maoríes lo veían como algo sin importancia, una más de sus costumbres. En Zanzíbar, su gobernante se negó a prohibir el esclavismo por miedo a perder la lealtad de sus súbditos. Si en Brasil, el último país occidental en abolir la esclavitud, hubo grandes demostraciones de alegría en las calles el día de la emancipación, en muchas zonas del imperio otomano hubo una revolución cuando el sultán prohibió el tráfico, que no la posesión, de esclavos.

Generalmente, los multiculturalistas afirman que se debe tratar a todas las culturas por igual, porque carecemos de un marco objetivo que nos permita evaluarlas, aunque en la práctica eso les sirve de excusa para denigrar a la civilización occidental y exaltar a todas las demás. Una de las herramientas a las que más recurren es a la historia de la esclavitud o, más exactamente, a la escasa "memoria histórica" de la gente, que sólo recuerda la de Estados Unidos porque es la que aparece en las películas. Sin embargo, si algo hay que muestre la enorme superioridad de la cultura occidental sobre las demás es precisamente la historia del fin de la esclavitud, una imposición de Occidente al resto del mundo.

José Antonio Marina y la educación fracasada

Uno de los libros que recientemente he terminado y del que he disfrutado mucho es La Inteligencia Fracasada de José Antonio Marina. Desde hace un tiempo, este autor ha adquirido cierta relevancia a nivel popular, en especial por sus opiniones e iniciativas relativas a la educación en los colegios.

Sin embargo, el propio autor cae, como en la profecía auto cumplidora, en el mismo mal que señala. Apunta, en el libro citado, que hay personas con una inteligencia fracasada: son aquellos que, a pesar de tener una alta inteligencia computacional, padecen carencias en la capacidad de encaminar sus acciones. Las tres causas principales de este fracaso son, para Marina: la introducción de módulos mentales inadecuados, la ineficiencia de la inteligencia ejecutiva y una equivocada jerarquía de los marcos, es decir, de los ámbitos en los que nos movemos. Para él, la sublimación, el logro máximo de la inteligencia es la ética, que ha conseguido que de animales listos pasemos a ser animales con dignidad.

Pero al lado de estas ideas tan claramente expuestas, considera que los logros más notables de nuestra inteligencia son "la invención de los derechos humanos, los sistemas de protección social, la dignidad o la justicia". Tal cual, todo revuelto.

Además, cuando haciendo caso de su idea según la cual la suprema inteligencia te lleva a la acción, uno se asoma a su proyecto educativo, de nuevo, observa esta mezcolanza terrible de grano y paja que, en realidad, explica gran parte de su predicamento en nuestros días. Frases como "para educar a un niño hace falta la tribu entera" llevan a una terrible confusión. Porque es verdad que los niños son el futuro y que los miembros de cada sociedad deberían preocuparse por ellos. Y, en concreto, en la nuestra, es importante que nos demos cuenta de lo importante que es educar en valores, no desentenderse. Pero de ahí, no se sigue todo lo demás. Y todo lo demás es una propuesta para la futura asignatura "Educación para la ciudadanía" en la que se pretende enseñar los valores éticos y morales de todos a los niños. Y por si alguien piensa que no todos tenemos los mismos valores afirma:

Quienes defienden esa irresponsabilidad se centran en dos o tres temas, sin duda conflictivos, como si fueran los únicos que tienen relevancia ética: el aborto, la ingeniería genética, la homosexualidad y la familia. Durante muchos años los intelectuales de izquierda defendieron con la misma contundencia que los únicos problemas éticos afectaban a la propiedad y al reparto de bienes.

Como si los problemas éticos que cita, además de conflictivos, no estuvieran relacionados con el tema supremo de la propiedad. Como si detrás de la visión ética de la familia no hubiera implícito un modelo de sociedad, un sistema ético, los valores de los que habla.

La pregunta que flota en el aire es "Pero, ¿quién es la tribu?". Si somos todos, ya sabemos que, al menos desde Marx, "todos" somos el Estado… Si usted es marxista, ¡adelante!, como sus hijos según la ley, son de su propiedad, en cierta medida, ya que tiene la patria potestad sobre ellos, deje que los eduque la tribu estatal. Los míos no. Para mí, la tribu inicial del niño es la familia. Y ese es el punto de partida.

¿Cuál es el problema a mi entender? La jerarquía de los marcos es errónea. Primero está el individuo, y después la sociedad. No deciden todos sobre mis hijos, no decide el Estado, ni el colegio, ni mis parientes. Decido yo, que tengo la patria potestad. Señor Marina, me da que, diga lo que diga, esto va a ser un problema de propiedad…

Plusvalía marxista y descubrimiento empresarial

Se arguye con frecuencia que si un empleador obtiene beneficios es porque da a sus trabajadores menos de lo que éstos producen. Así, de acuerdo con el concepto marxista de la plusvalía, los beneficios empresariales serían aquella parte de la producción de los trabajadores que los capitalistas, valiéndose de su propiedad sobre los medios de producción, retienen para sí. El problema es que el concepto de la plusvalía, que da a entender que los beneficios emanan en exclusividad de la labor de los trabajadores (y pertenecen a ellos en justicia), no tiene en cuenta la condición de "prestamista" del empresario y, más importante, su papel como descubridor de oportunidades.

En primer lugar, si el trabajador quiere percibir hoy unos ingresos, alguien deberá avanzarle un salario con cargo a su capital, pues de lo contrario el trabajador tendrá que esperar hasta haber producido y vendido el bien para cobrar directamente de los consumidores (con lo cual la espera será aún más larga en el caso de los bienes de capital alejados de la etapa del consumo). Quien le avance dicho salario lo hará a cambio de que lo que obtenga en el futuro sea más de lo que hoy le ha anticipado, pues nadie es indiferente entre pagar 100 a cambio de algo ahora y pagar 100 a cambio de lo mismo al cabo de unos años. Si el vendedor quiere hacernos esperar, pedimos un descuento; si queremos que el empresario nos avance un salario, porque no estamos dispuestos a esperar, nos aplica un descuento. En este sentido podríamos decir que el empresario tiene visos de prestamista: presta un salario a cambio de unos bienes futuros de mayor valor.

En segundo lugar, el empresario no es un mero rentista pasivo como se infiere del concepto de la plusvalía. El empresario no avanza simplemente unos salarios a los trabajadores de forma que si estos dispusieran de capital suficiente podrían gestionar la empresa sin el lastre de su patrón. El empresario les avanza unos salarios para que lleven a cabo un proyecto concreto; el empresario no solo les da una alforja, también les indica el camino que deben seguir. La función del empresario es la de orientar los recursos (entre ellos el factor trabajo) hacia los usos que cree que satisfarán mejor las necesidades de los consumidores y le reportarán mayores beneficios. El empresario es el que hace frente a la incertidumbre que le envuelve e intenta prever el futuro con más acierto que los demás buscando oportunidades de ganancia. La función básica del empresario es, en suma, el descubrimiento y aprovechamiento de oportunidades de ganancia. De este modo, no hay un beneficio que se extraiga de los salarios como si los salarios fueran la fuente original de renta. La fuente original de renta son los beneficios fruto del descubrimiento empresarial, de dónde se descuentan los salarios.

En otras palabras, lo que se queda el empresario no es una plusvalía, una parte de lo que producen los trabajadores, una renta "no-ganada", sino una parte de lo que ha descubierto él. La oportunidad de ganancia la ha descubierto él, no los trabajadores. Es el empresario el que se ha enfrentado a la incertidumbre anticipando una determinada demanda (intentando prever que los ingresos que obtendrá de la venta de su producto excederán los gastos en los que ha incurrido al producirlo). Es el empresario, no los trabajadores, el que emprende la acción de anticipar y aprovechar un diferencial de precios (ingresos menos costes) positivo, obteniendo beneficios cuando acierta en su previsión y sufriendo pérdidas cuando se equivoca.

Por tanto, no cabe alegar que los beneficios son un expolio del trabajo de los empleados, pues sin esa anticipación inicial del empresario, sin esa idea previa acerca de lo que podría ser demandado por otros productores o consumidores, ningún trabajador estaría generando ingresos. El trabajo en sí mismo no tiene ningún valor, es el trabajo útil, dirigido acertadamente a satisfacer necesidades de los consumidores, el que tiene valor. Y es el empresario el que anticipa cuál es el uso más valioso del factor trabajo y lo dirige a tal fin, el que descubre el modo de darle la máxima utilidad. En definitiva, los beneficios no son una renta inmerecida, no-ganada, sino la "retribución" que obtiene el empresario por descubrir la mejor manera de satisfacer las apetencias de los consumidores.

Hasta el BCE lo admite: con el euro somos más pobres

Un reciente informe de la Comisión Europea muestra que el 93% de los europeos asocia la introducción del euro con un aumento de los precios. Esta afirmación también la han apuntado los ciudadanos de los países de la ampliación, donde el 45% de las personas confirma que con la divisa paneuropea los precios han subido. ¿Pero es una realidad o una falsa percepción?

El propio Banco Central Europeo (BCE) ha reconocido este efecto euro, es decir, la pérdida de poder adquisitivo, aunque como siempre se ha presentado como el salvador de la situación que ellos mismos han creado, minimizando además el impacto negativo de la moneda en nuestras vidas. Este negativo golpe no sólo se ha producido en España, sino en toda Eurolandia, pero nuestro país ha sido junto a Francia el más castigado.

De entrada, los servicios y productos que más consumimos –que viene a representar un 40% de nuestro gasto total– se han encarecido de media un 60% según la Confederación Española de Organizaciones de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios (CEACCU). Según los análisis, la barra de pan y la cerveza han doblado su precio, un café con leche ha subido un 80%, la peluquería y la tintorería un 20 y 21% respectivamente y bienes como la vivienda han subido un 156% desde 2001 (último año con pesetas). ¿Y los salarios? Sólo han subido un 13,5%. Así pues, es evidente que somos más pobres.

La razón, en parte, de esta pérdida de poder adquisitivo ha sido la excesiva emisión de agregados monetarios por parte del BCE. Este fenómeno no es nuevo. Desde la monopolización del dinero por parte del Estado los aumentos inflacionistas son constantes, creando ciclos y crisis. Uno de las variables más seguidas para ver la evolución de la inflación es el agregado M3, o masa monetaria, que es uno de los componentes de la llamada oferta monetaria, que en España se ha mantenido en crecimientos de alrededor del 8% según el Banco de España cuando, antes del euro, oscilaba alrededor del 6% (que ya era alto). Si se inyecta más dinero a la economía (o lo que es lo mismo, crece la oferta monetaria y con ella la M3) y la producción se mantiene constante esto se traduce en inflación, que no hay que confundir con la diferencia de precios relativos de los productos, que en sí no es nociva porque este aumento relativo ya incorpora un incremento de los salarios adaptándose a todo el conjunto de la estructura productiva del país o zona geográfica concreta.

Tanto el BCE y la prensa, que se cree y no analiza todo lo que le dice el regulador, siguen echando la culpa de este encarecimiento al redondeo, pero tal explicación es absurda. Primero porque si efectivamente hubiese sido una subida inflada de los precios "sin razón" por parte de los empresarios habría existido una contracción de la demanda reequilibrándolos otra vez: es un principio de economía básico. Si no llegamos a final de mes, dejamos de gastar, lo que acaba produciendo una contracción de los precios. Sin embargo, ha ocurrido lo contrario con el euro. A pesar de la pérdida de poder adquisitivo aún hemos gastado más, esto es, nos hemos endeudado más porque la gran cantidad de liquidez nos lo ha permitido. Esta liquidez nos ha dado la sensación de riqueza, cuando en realidad sólo hemos tenido un envilecimiento de la moneda que nos ha traído menos poder de compra.

También es absurdo pensar que el gran aumento en el precio de la vivienda (156%) haya sido por el redondeo. Aquel que lo aumenta el precio de 20.000 en 20.000 euros no está redondeando, sino subiéndolo sin más. Culpar a los empresarios de semejantes "manipulaciones" no es más que un intento del BCE para exonerarse de la nefasta "estabilización de precios" que practica. Con estas excusas insulta a los consumidores, dando a entender que somos tan bobos que sólo gastamos como robots sin seguir nuestras cuentas personales, pero si así fuera el sentido de competencia entre empresas no tendría sentido, y todos los productos, servicios, comisiones, etc. serían los mismos en todas las empresas. Además, ya no tendríamos dinero tras los primeros meses de la entrada del euro porque nos lo habríamos gastado todo.

Desgraciadamente el futuro a corto plazo no pinta muy bien viendo la evolución de la M3 a la que antes aludíamos ya que, según el mismo BCE, ha aumentado un 9,3% y ningún banco central es amigo de mantener tipos de interés altos por la poca popularidad política que tienen. La actitud del BCE no parece la más adecuada para solucionar el problema que ha creado.

La inflación crediticia no es el único factor que nos ha hecho aumentar los precios. El expansionismo regulatorio, el incremento continuo de la presión fiscal y el resto de abusos del Estado sobre el mercado han contribuido a la desastrosa situación en la que nos encontramos y nos espera.

La planificación central no sirve ni en la mal llamada "economía productiva", ni en la financiera, ni en la monetaria. No es más que socialismo y, por tanto, pobreza. Los burócratas de Maastricht tendrían que dejar de manipular tanto nuestros ahorros, gastos e inversiones con el manejo fraudulento del dinero e implementar un sistema monetario sano y eficiente como ya fue, por ejemplo, el patrón oro, para eliminar también esa corte de funcionarios del BCE que, como ya hemos visto, sólo sirven para empeorar nuestras vidas.

El vaciamiento del derecho de propiedad

A menudo, cuando se nos pregunta a los liberales cuáles son los principios sobre los que descansan nuestras ideas, contestamos que la defensa de la libertad, el derecho de propiedad privada y el cumplimiento de los contratos, que, a su vez, garantizan la cooperación pacífica entre los seres humanos en un orden extenso.

Para observar hasta que punto nos hallamos lejos de ese ideal, quiero trazar un esquema de la situación concreta del derecho de propiedad en la España de estos primeros años del siglo XXI. A pesar de que desde muy antiguo se hubiera reconocido en los derechos civiles españoles como una pieza fundamental para garantizar la independencia y la libertad del individuo, tanto frente al Señor o el Rey como frente a los demás individuos, los redactores del artículo 348 del Código Civil, publicado por Real Decreto de 24 de julio de 1889, definieron de forma parca lo que se entendía por tal derecho.

Por otro lado, frente a la regulación de los artículos 544 y 545 del Código Civil francés, supuesto modelo, que alude al derecho de gozar y disponer las cosas "del modo más absoluto", los legisladores españoles optaron por suprimir esa locución adverbial, si bien se abstuvieron de declarar que los reglamentos pudieran limitar el derecho de propiedad. Lamentablemente, la evolución de la legislación posterior convertiría este último freno al intervencionismo en irrelevante.

El paradigma político en los estertores del franquismo, fruto de la interacción de elementos socialdemócratas y democristianos que habían tomado las riendas del poder bajo la égida del general Franco y de aquellos otros que procedían de la oposición política, delimitó un campo de discusión muy estrecho. La legislación franquista había socavado gradualmente el derecho de propiedad –en contraposición a los drásticos y cruentos expolios y colectivizaciones forzosas que sacudieron al país durante la guerra civil– con la promulgación de las leyes de arrendamientos, expropiación forzosa, del suelo, los legendarios planes de desarrollo y otras tantas leyes que regulaban las denominadas propiedades especiales (montes, minas, etc.).

Por lo tanto, la clase política redujo entonces las alternativas respecto al reconocimiento y las garantías del derecho de propiedad privada bien a la continuación de las medidas intervencionistas que lo limitaban y cercenaban, o bien a la proclamación de su abolición y la nacionalización de los medios de producción, que formaba parte de los programas de socialistas y comunistas. Ese panorama trajo la transacción confusa y contradictoria que se plasmó en la Constitución Española de 1978.

Si bien el apartado primero de su artículo 33 de esta Constitución parecía una réplica a los puntos primero y tercero del Manifiesto Comunista, muy pronto pudo comprobarse que, a pesar de que ese artículo se hallaba ubicado dentro de lo que la propia Constitución definía como derechos y libertades fundamentales y debía gozar de la garantía de ser regulado solo por Ley, que respetaría en todo caso "su contenido esencial" (artículo 53.1), el Tribunal Constitucional [STC 111/1983 de 2 de diciembre (Caso Rumasa) y STC 37/1987, de 14 de abril (Caso de la Ley andaluza de reforma agraria)] interpretó el contenido del derecho de propiedad privada reconocido en la Constitución en consonancia con los presupuestos políticos que habían alumbrado la transición política a la democracia. Es decir, lo dejó sin un contenido real desde el momento que aceptó que el gobierno pudiera eliminarlo mediante un decreto-ley (caso Rumasa) y que profundizó en la ideología socialista que subyacía en la famosa "función social" de ese derecho, al relacionar su delimitación con el artículo 128 de la Constitución, que, ciertamente, junto al 131, no hubieran desentonado en absoluto dentro de una constitución nacionalsocialista o soviética.

En un tiempo que una mayoría parlamentaria exigua subvierte los elementos del Estado de Derecho y que contemplamos una evolución hacia un desaforado intervencionismo, se hace necesario proponer el debate sobre una reforma constitucional que defina el derecho de propiedad privada, lo incluya entre los susceptibles de amparo ante el Tribunal Constitucional y deje claro que su "función social" deriva de que incentiva a los individuos para desarrollar su libertad dentro de una economía de mercado, ya que permite el cálculo económico entre las distintas posibilidades de inversión. Ese nuevo marco constitucional constituye un presupuesto para la viabilidad de alternativas al Estado de Bienestar como, por ejemplo, la sociedad de propietarios, propuesta por este Instituto.

Adam Smith, los austríacos y el crecimiento económico

Carl Menger, cuando se refiere a Adam Smith en sus Principios de Economía Política, suele hacerlo en tono crítico. Una de las críticas se refiere a la teoría del crecimiento de Smith, que es central en el famoso libro del escocés, ya que el problema que se planteó era precisamente la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. Menger cita los capítulos 2 y 3 de La Riqueza de las Naciones de Adam Smith, en los que éste explica que "el gran aumento de los productos introducido por la división del trabajo en las más diversas industrias produce en una sociedad bien regida aquel bienestar que se extiende hasta las capas más humildes de la población".

Basándose en esa cita, Menger dice que "así pues, Adam Smith hacía de la creciente división del trabajo el punto cardinal del progreso económico de los hombres", que es "sólo una de las causas del creciente bienestar de los hombres". El otro pilar, ausente en Smith según el austriaco, es "la progresiva utilización de bienes de órdenes superiores", es decir, la acumulación de capital.

Ludwig von Mises vio a Smith como parte de la gran corriente de "los economistas" dentro de la cual se engarza la escuela austriaca. Y no señaló una clara oposición entre su visión del crecimiento económico, según la cual éste depende en última instancia de la acumulación de capital, y la del escocés. El Smith que encontramos en las obras de Hayek está más centrado en la división del trabajo, pero también aparece dentro de la tradición clásica que ofrece un papel preponderante al capital como determinante del crecimiento. Murray Rothbard, en su polémico capítulo sobre el economista, hizo más una crítica liberal a Adam Smith que una explicación de su pensamiento. En su historieta del pensamiento económico, Mark Skousen señala, sin enlazarlos, los dos aspectos de la teoría de crecimiento en el autor, la división del trabajo y la acumulación del capital. Para los austriacos es esta la causa última, si resultara forzoso elegir una, del progreso económico.

Pero, ¿cuál es, sucintamente expresada, la idea que tenía Smith de los determinantes del desarrollo? Para el economista hay dos causas inmediatas de la riqueza de las naciones: la productividad del trabajo y la proporción entre trabajo productivo y trabajo improductivo. Esta última depende de la cantidad de capital que tenga una nación, de modo que cuanto mayor sea, el espacio ocupado por el trabajo improductivo será menor.

Pero ¿cuál es el determinante último de la productividad del trabajo? Efectivamente, la división del trabajo a la que Smith le dio tanta importancia. Pero no sería la causa última, ya que esta dependía por un lado de la extensión del mercado y de la acumulación de capital. Y la extensión del mercado está limitada, también, por la acumulación de capital. De este modo, la causa mediata del desarrollo, el fenómeno que posibilita y fomenta el resto de factores que son causa inmediata del mismo, es el capital. No cabe duda de que la idea que tenía Adam Smith del proceso capitalista era muy sencilla y no podía satisfacer a los lectores de Menger, pero también lo es que la concepción básica de cómo se desarrolla una sociedad de Adam Smith sólo ha sido ampliada y mejor explicada por los austriacos.

Pesadilla infantil

La imagen de niños en fábricas en las que trabajan para multinacionales ansiosas de explotarles es uno de los principales motivos para que muchos den su espalda al capitalismo.

Si el libre mercado permite semejantes injusticias, alegan, es culpa de esas empresas sin moral y de gobiernos dispuestos a todo con tal de captar inversiones. En un mundo darwinista como éste, los estados se pliegan a la voluntad de los poderosos, deseando acumular más y más, mientras millones de seres humanos viven sin apenas comida para subsistir.

Es difícil luchar contra estas convicciones del pensamiento popular. Es aún más complicado explicar que no hay explotación laboral cuando no se obliga a los trabajadores a trabajar contra su voluntad. Sostener a la contra que, sin globalización, esos menores de edad tendrían que arar el campo, recoger la siembra, cuidar a los animales y hacer de animales de carga, cuando no dedicarse a la prostitución, se tacha de demagogia.

Pero los datos confirman que desde 1980 el trabajo infantil no ha crecido exponencialmente como parecen sugerir los adalides de la anti-globalización, sino todo lo contrario. Concretamente, los niños entre 10 y 14 años que trabajan en los países emergentes, se ha reducido del 23 al 12% entre 1980 y 2000. En Vietnam, en 10 años, más de 2,2 millones de niños han abandonado el trabajo infantil para ir a la escuela.

La tendencia es que, a medida que los padres ganan más dinero, los niños no tienen necesidad de trabajar. De hecho, la mejor forma que tienen los padres de retirar a sus hijos del penoso trabajo es ser contratados por una multinacional porque, como explica la revista The Economist, aquellas habitualmente pagan aproximadamente el doble que los empresarios locales en los países del Tercer Mundo.

UNICEF, por su parte, confirma este hecho en su estudio "Lo que Funciona para los Niños Trabajadores". En el documento se señala que para los niños el trabajo en la industria de textiles en Bangladesh, era "menos arriesgado, financieramente más lucrativo, y con mayores perspectivas de mejora que casi cualquiera de las otras formas de empleo disponibles."

Desde que los anti-globalización criticaron en 1995 a Nike y a Reebok por contratar a menores de edad en fábricas pakistaníes, estas multinacionales decidieron dejar el país. El efecto dominó que provocaron las compañías provocó la reducción del sueldo medio en un 20% y el desempleo para miles de paquistaníes.

Ejemplos como este indican que, aunque la conciencia occidental se escandalice por la situación en que viven millones de niños en el tercer mundo, lo peor que podemos hacer es exportar nuestra legislación a países que antes de poder permitírsela tienen que pasar por su propia Revolución Industrial.

Nuestros bisabuelos y tatarabuelos trabajaron desde muy jóvenes la tierra. Se levantaban antes de que saliera al sol y se acostaban cuando ya era de noche. Durante muchos años, la escena era habitual en los campos. Pero gracias a que el capitalismo ha podido implantarse en países como el nuestro los jóvenes pueden estudiar en lugar de trabajar.

El efecto de aplicar nuestras ideas, moldeadas por la cultura en la que vivimos, a otros países, a veces, puede ser terrible. Más bien, una pesadilla para esos niños que ocupan las esquinas de ciertas calles ofreciendo sus cuerpos por unos míseros dólares, mientras sueñan con factorías en las que trabajar pero que ya son historia gracias a la solidaridad de sus hermanos europeos y norteamericanos.

Creer que el mundo es como una pequeña comunidad donde se conocen todas las circunstancias que permiten valorar y establecer una solución perfecta para cada problema es peligroso. Estamos hablando de personas. Personas con vidas a quienes decimos querer salvar pero a quienes realmente ponemos en un brete con nuestras ideas.

Las ideas tienen consecuencias, recordaba el escritor norteamericano Richard Weaver. A veces, incluso genocidas.

Lo pequeño (a veces) es hermoso

Cada día resulta más difícil que la presentación de un informe sobre propuestas de reforma en un sector sorprenda al auditorio que lo recibe. La monotonía de estos estudios suele ser absoluta: que si hace falta un mayor compromiso político, que si hay que ampliar la financiación, que si hay que multiplicar las infraestructuras, que si hay que racionalizar la producción, que si hay que conducir la demanda con controles de precios o, por poner otro ejemplo típico, que si hay que concienciar a la población del verdadero valor de las cosas con gigantes campañas de información pública. Así que, para hacerse notar, los responsables de estos informes se apuntan a una carrera inflacionista de intervenciones y faraónicos proyectos estatales. ¿Y qué hay del elevado coste de estas medidas? Les da igual. Pocos serán los que identifiquen los problemas futuros con la deuda fruto de la financiación del sinfín de modernos mausoleos, puentes y calzadas imperiales. En cambio, todo el mundo identificará las inmensas pirámides con el político de turno que las erigió. Gallardón sabe bien de qué estoy hablando.

En este contexto, se puede explicar que la reciente presentación un informe sobre los problemas del transporte en el Reino Unido y las medidas de política económica necesarias para solucionarlos haya provocado un maremoto político que ha sacado a todos del muermo que sufríamos en estos eventos. El informe, liderado por Sir Rod Eddington, ex director ejecutivo de British Airways, reconoce los problemas de congestión en el transporte público británico pero rechaza frontalmente las soluciones que consisten en aprobar oceánicos gastos con cargo al contribuyente. En lugar de estas soluciones "a la francesa", Sir Rod asegura que las pequeñas mejoras de la infraestructura ya existente en aquellos puntos concretos en donde se satura es la vía correcta para las reformas de las redes de transporte comunicación.

A los políticos no suele gustarles este tipo de recomendaciones. Con pequeñas mejoras es difícil salir en la televisión y más complicado aún ponerse la medalla de redentor y político omnipotente. Por eso, esta clase de conclusiones en un informe oficial es de una especie en vías de extinción. Para perplejidad de propios y extraños, la segunda recomendación de este sensato caballero consiste en que las infraestructuras se paguen cuando se usen y en función de su escasez relativa. Esta idea tan de sentido común ha dejado outside a políticos y comentaristas del sector de transporte y las comunicaciones. De aplicarse estas dos ideas que acercan los transportes públicos al funcionamiento del mercado y sacan al Estado de los grandes proyectos majestuosos, la privatización de un buen número de servicios e infraestructuras de transporte podrían estar a la vuelta de la esquina, mientras que la iniciativa de mega proyectos como el Eurotúnel quedarían definitivamente en el reino de la propiedad privada y la responsabilidad de quien invierte su propio dinero en la empresa.

Hace 20 años Margaret Thatcher privatizó el sector ferroviario y el resultado ha sido el incremento espectacular del número de pasajeros y las toneladas de carga transportadas gracias a medidas de mejora incremental. Las nuevas recomendaciones de Sir Rod podrían facilitar la extensión de la filosofía thatcheriana y sus parabienes al resto del sector gracias a explicar que lo pequeño es hermoso. Al menos cuando se trata de la intromisión del estado en un sector como el transporte y las infraestructuras.

Hans Kelsen y sus “impurezas”

Hans Kelsen es tenido por el mayor teórico del Derecho del siglo XX. Fue el representante más refinado del moderno positivismo jurídico, corriente ésta que surgió en el siglo XIX como reacción frente a la vasta tradición secular y variopinta del llamado iusnaturalismo. Puso todo su empeño en desprestigiar el Derecho natural como algo irracional y caduco frente a la superioridad del Derecho positivo. El interés principal kelseniano fue delimitar el conocimiento del Derecho como un fenómeno autónomo de cualquier otra consideración psicológica, sociológica, moral (tachada de ilusión) o extra-legal y, así, hacerlo "puro".

En 1934 publicó su contribución más granada y libro fundamental para la filosofía del Derecho: Teoría Pura del Derecho. En ella se afirmaba que la validez de las normas vendría dada por el modo de producción de las mismas y no por su contenido. La teoría kelseniana del escalonamiento normativo implica que toda norma jurídica tiene su validez en otra norma superior hasta llegar a una norma ficticia fundamental (Grundnorm). El problema es que la referida Grundnorm, en la que descansa todo su ordenamiento positivo, no pudo nunca definirse por Kelsen al no poder encontrarle, a su vez, un fundamento último de su validez formal. Una importante carencia aparece, con ello, en el intento de crear una teoría del Derecho completamente formal (“pura”).

Kelsen no concebía más Derecho que el del Estado, que era el emanado de la voluntad del legislador. Con su metodología jurídica, además, vino a equiparar lisa y llanamente el Estado con el Derecho. La barra libre que suponía este poder del Estado tiene mucho que ver con el concepto de soberanía que inspira a casi todos los positivistas jurídicos, que no pueden imaginarse que el legislador tenga límites a su actuación (sobre todo si están legitimados por una mayoría democrática; el lema kelseniano aplicable sería más o menos éste: son muchas las áreas pendientes de ser normativizadas con la legitimidad que dan las urnas).

Ante los excesos eventuales de un poder arbitrario, Kelsen proponía como panacea su estricto y "muy científico" formalismo jurídico que serviría, según nuestro eximio jurista, de límite o freno a cualquier arbitrio político (¡eso sí que era una ilusión!). Las primeras críticas a la Teoría Pura de Kelsen vinieron especialmente tras la llegada democrática al poder del huracán nazi y los subsiguientes efectos devastadores de su actuar. Se pudo constatar entonces que las normas nazis fueron, por desgracia, también actos jurídicamente correctos según los postulados de Kelsen.

Se supo que el iuspositivismo exacerbado podía dar cobertura a fenómenos monstruosos como el nazismo o el estalinismo (estatismos radicales, en suma). Se hizo entonces patente para muchos (no así para Kelsen) la necesidad de repensar las posturas uisnaturalistas tradicionales. La nuez del problema seguía siendo la decantación del criterio válido según el cual podría considerarse una norma justa (o, al menos, no injusta) y adecuada a la naturaleza del hombre. Eso tenía que ver con el contenido de la misma, más que con el modo de producirse. El Derecho natural, al menos en su versión más depurada y actual, tiene, por tanto, todavía algo que decir (1,2, 3, 4).

Por cierto, la Teoría general del empleo, el interés y el dinero de John M. Keynes fue publicada dos años después de la Teoría Pura del Derecho de Kelsen. Ambas supusieron un soporte ideológico muy conveniente para "los socialistas de todos los partidos", especialmente tras la Segunda Guerra Mundial. Lord Keynes, por un lado, dio cobertura a la política económica intervencionista y de crecientes déficits públicos y Hans Kelsen proporcionó, por su parte, la teoría jurídica necesaria para llevar esto a cabo. El Derecho y la Economía política contemporáneos se han venido retroalimentando mutuamente desde entonces.

Kelsen, además, estuvo convencido de que el único medio para alcanzar soluciones a los problemas sociales era controlar, a través de mayorías parlamentarias, las libertades económicas (meras ideologías burguesas, según él), creyendo erróneamente, que lo esencial era mantener las libertades políticas. Así pues su positivismo jurídico se presenta, a la postre, como una ideología socialista.

Hans Kelsen, que quería apartar al Derecho de toda ideología o moral, resultó ser al final un ideólogo activo de la comunitaria moral socialista. Como se ve, el pensamiento kelseniano, a pesar de sus pretensiones, tuvo muchas "impurezas".

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