Ir al contenido principal

Vota y calla

Si el Estado fuese una empresa privada acumularía cientos o miles de naves industriales de denuncias de sus clientes por continua violación de contrato, uso de información privilegiada, abusos, corrupción, extorsión y falta de transparencia. Sin embargo, pese a las numerosas promesas incumplidas de los políticos legislatura tras legislatura, el creciente poder estatal contra la libertad y propiedad privada y la máxima ineficiencia de los servicios estatales, el Estado omnipotente aún tiene el plebiscito del ciudadano medio. Tal vez la cuestión no radique aquí sino, como decía el Premio Nobel James Buchanan, en que el hombre medio cuando vota no lo hace por un partido, sino contra el otro.

Este tipo de actuación explica muy bien el llamado voto útil, y es que realmente es muy difícil que el programa de un partido político se adapte a las necesidades reales del individuo. El problema del voto útil es que sólo perpetúa el mismo modelo de estado omnipotente. Si un partido se abandera el salvador de su oponente (I, II, III, etc.), y siempre suele ser así ya que los programas de los partidos mayoritarios son prácticamente iguales, puede conseguir movilizar a un gran número de indecisos o desencantados. Es más fácil atacar al corazón del votante que discutir los contenidos del programa.

El votante útil se enfrenta a una gran contradicción, y es que al dejarse llevar por el odio y el corazón en realidad no está haciendo más que dar su soporte a aquello que detesta. ¿Es que tiene sentido que un liberal vote al PP? Ninguno, es absurdo. El PP –y cualquier otro partido español– es un partido abiertamente antiliberal; incluso en ocasiones se ha mostrado más socialista que el propio PSOE en temas como la vivienda o la Ley de Dependencia. Un partido liberal sólo puede ser un partido revolucionario, de ruptura total que instale un laissez faire. Las terceras vías no son más que eufemismos para denominar lo que siempre se ha llamado socialismo y tiranía.

Tal vez ahora, como muestra el nivel de abstención de voto en casi todos los países occidentales, las personas se están dando cuenta que da igual qué partido tome el poder porque todos tienen el mismo modelo tiránico: usurpación masiva de la libertad individual y de la propiedad privada. Como dijera el poeta cubano independentista José Martí y Pérez: "cambiar de amos no es ser libre". Si tuviésemos que escoger entre dos partidos como el maoísta y el estalinista, por más voto útil que intentásemos aplicar el resultado sería igual de nefasto ganase quien ganase. Bueno, quizá el programa del partido maoísta no contaría con deportar a nuestras familias, pero su victoria no nos haría mucho bien.

Aquel que cree en la libertad no puede apoyar unas instituciones que parecen odiar la iniciativa privada, el libre mercado, la libertad individual y la libertad de elección. Los fines actuales de tales instituciones son profundamente tiránicos y antisociales, favorecen al político, al funcionario y grupos de presión y, por tanto, deprimen contundentemente el bienestar del individuo. Seguimos viviendo en una sociedad de oligarcas y privilegiados públicos (consumidor de impuestos). Si en el terreno particular alguien se muestra hostil a nuestra iniciativa el primer paso evidente es prescindir de él, no hacerle caso y no contar con su nefasta colaboración. Si actuamos así en lo personal, ¿por qué el trato (forzoso) con el Estado ha de ser una excepción? La libertad no puede ser impuesta por ningún político, sino que ha de ser aceptada por cada individuo.

Para sentirse libre el primer paso es actuar con libertad uno mismo, y en el marco actual, eso significa vivir de espaldas al estado y evitar toda su maquinaria agresora que atenta contra la libertad individual; eso, evidentemente, significa no votar a aquellos que cuando lleguen al poder seguirán luchando contra nosotros, nuestras familias y la sociedad. No hay ningún partido político que pueda garantizarnos la libertad, y aunque de corazón lo quisieran, al tomar el poder se verían obligados a ceder ante los grupos de presión sociales, económicos y políticos. La compra de votos, los favores, el amiguismo y la corrupción forman una dinámica intrínseca e inevitable de los medios políticos y gobierno. Si vendemos nuestra libertad por el miedo que nos inculcan los políticos como la seguridad, los daños ecológicos que los propios políticos han creado, el vaticinio de catástrofes productivas que jamás se cumplen, los salvadores de nuestra libertad y la propia oposición sólo conseguiremos ser cada vez más dependientes de sus promesas incumplidas, más pobres y menos libres. Votar es el peor voto útil, la indiferencia absoluta hacia el estado y toda su maquinaria de coerción es el primer paso a una libertad individual real.

El Estado ya lleva demasiado tiempo diciéndonos lo bueno y humanitario que es, y así nos insta a que le votemos, nos callemos, y le dejemos en paz durante cuatros años, pero ellos son incapaces de dejarnos en paz y en libertad. Sus acciones chocan frontalmente con sus palabras, sólo nos quieren para su bienestar y para tomar la maquinaria de la fuerza y el poder. Va siendo hora que seamos nosotros quienes les digamos a esos burócratas que quienes se han de callar son ellos, y que lo mejor que pueden hacer teniendo en cuenta su máxima bondad auto–atribuida es dejar sus puestos de planificadores sociales y dictadores de la producción para empezar a trabajar de verdad para la gente en empresas privadas. Qué planifiquen sus vidas, no las nuestras.

La cesión de la libertad

La mitología que acompaña al proceso democrático es un poderoso tranquilizante que se administra a los ciudadanos desde los poderes públicos y que, como excelente ejercicio de marketing, tiene un éxito sin precedentes. La evolución de la democracia en Europa y en España en particular, es un proceso aceptado y voluntario de cesión de nuestra libertad a cambio de una sensación de estabilidad que no es tal, pero que así se percibe.

Desde el pasado 1 de noviembre, fecha de las elecciones autonómicas en Cataluña, hasta la primavera de 2008 cuando se celebren las Elecciones Generales, si no se produce ningún adelanto, España vivirá en una campaña electoral continua donde los partidos políticos y sus preclaros representantes nos prometerán que si les votamos viviremos mucho mejor. Las elecciones autonómicas, municipales y generales se han convertido en tedioso procesos donde reina la promesa y cuya única finalidad es asegurarnos que lo que debería solucionar nuestra responsabilidad personal, el uso responsable de nuestra libertad, será cubierto por un Estado cada vez más hipertrofiado.

La comparativa de los programas electorales suele ser decepcionante, pues la coincidencia en los elementos clave es un hecho. Sus promesas en sanidad, educación, atención social, infraestructuras son copias donde las variaciones son simples detalles que, más allá de las polémicas políticas o mediáticas, seguirán siendo irrelevantes. Todos construirán nuevos medios de transporte público, todos favorecerán los colegios y los institutos públicos, todos construirán algún que otro hospital. A lo sumo, alguno implicará a la empresa privada un poco más que el otro.

Cedemos nuestra libertad al no elegir una educación adecuada para nuestros hijos, cogiendo sin criticar la que nos ofrecen, cedemos nuestra libertad al no elegir la mejor atención sanitaria que nos permitan nuestros recursos para nosotros y para los nuestros, cedemos nuestra libertad al dejar que los poderes públicos atiendan a colectivos mal llamados desfavorecidos, algunos de los cuales que terminan convirtiéndose en receptores de prestaciones públicas que viven en una ilegal, y hasta cierto punto lógica, economía sumergida. Cedemos nuestra libertad cuando pensamos que nuestras necesidades básicas están resueltas.

Porque esa parte del contrato social que parece llevar unido el simple depósito de un voto en una urna, es seguramente la falacia más aceptada por la ciudadanía pero también la más refutable. Nuestra libertad, nuestra responsabilidad se convierte en moneda de cambio en todo proceso electoral y la democracia deriva hacia el populismo. Pero este populismo es muy peligroso pues nuestros dirigentes se encargan de legitimarlo con la peregrina pero muy aceptada idea de que el proceso electoral les avala y que pasado cierto tiempo el ciudadano elector tendrá oportunidad de cambiar de voto. Pero un voto no es cheque en blanco que permite al político elegido hacer lo que desee. Si todos tenemos responsabilidades, las suyas deben ser mucho mayores y más vigiladas.

Resulta extraño que hasta ahora nadie se haya planteado verificar el porcentaje de cumplimiento del programa electoral de cualquier partido con responsabilidad de gobierno. Es imposible que el Estado cubra todas nuestras necesidades, pero no ya sólo porque esto sea económicamente inviable, no porque sea moralmente discutible, sino porque estas son cada vez mayores, porque sistemas y procedimientos que hace unos años no existían o eran muy costosos y exclusivos, hoy se incorporan a nuestra vida encareciendo el sistema.

Sin embargo, la cesión es un hecho aceptado y defendido por buena parte de la ciudadanía y esto no debería desecharse. Una educación pública y unos medios de comunicación controlados a través de licencias y cercanos al poder son poderosas máquinas que generan ideas vacuas pero potentes. Solidaridad, sostenibilidad, responsabilidad social, medio ambiente, alianza de civilizaciones son algunos de los más frecuentes que funcionan a modo de justificaciones.

Que, en palabras de Churchill, la democracia sea la peor forma de gobierno excepto todas esas otras formas que han sido probadas de vez en cuando, no le confiere el don de la infalibilidad. Es nuestro deber vigilar y denunciar con cualquier medio a nuestro alcance. El acto responsable no es introducir un voto en una urna sino la continua vigilancia, la petición continua de responsabilidades a este simple gestor de ciertos intereses, un papel muy diferente al del iluminado director de nuestro futuro en el que ha terminado mutando el dirigente público. No es por tanto extraño que desde posiciones liberales se pida, no sólo el control de lo público, sino su reducción o incluso su desaparición, en definitiva, la devolución de nuestra libertad.

La guerra de Corea o cómo se expande el comunismo

El 25 de junio de 1950 el ejército de Corea del Norte cruzó por sorpresa la frontera del paralelo 38, línea que los aliados habían fijado tras la guerra para delimitar las áreas de ocupación soviética y americana. La idea de los aliados occidentales era reunificar el país después de que se celebrasen elecciones libres, pero eso no entraba en los planes de Stalin. Muy al contrario, lo que rondaba por la cabeza del tirano soviético era enquistar el conflicto reproduciendo el mismo patrón que en Alemania: una nación, dos estados, dos sistemas y la determinación de rendir al oponente tomando ventaja de las oportunidades que las democracias ofrecen siempre a los que no creen en ellas, como es el caso de los comunistas.

La idea de Stalin era que Kim Il Sung, un partisano sanguinario que había pasado la guerra exiliado en Moscú, hostigase a sus vecinos sin enredarse en un conflicto abierto que probablemente tenía perdido de antemano. De esta manera, poniendo a los norcoreanos comunistas en pie de guerra, el Kremlin fijaba con cola la frontera coreana y apartaba de la mente de Truman la idea de unificar Corea desde Seúl, donde, en 1948, unas elecciones habían dado la victoria al partido prooccidental.

Kim Il Sung, sin embargo, no era de esa opinión. Fanático y engreído como pocos dictadores del siglo XX lo fueron, desató una campaña relámpago al estilo de las de la Wehrmacht en la guerra mundial. En pocas semanas ocupó Seúl y buena parte de la península ensanchando de este modo las fronteras de su República Popular. Como obsequio a sus vecinos, pasó a cuchillo a todos los opositores al comunismo que encontró con vida. A Washington la ofensiva de Kim Il Sung le cogió con el pie cambiado y en pleno repliegue de tropas. Truman había ordenado una retirada ordenada de Corea tras las elecciones, y en esas estaban los militares americanos cuando sobrevino la invasión.

La guerra había sido buscada a propósito por Corea del Norte saltándose las normas más elementales normas de Derecho Internacional y sin apoyo popular alguno. Si los coreanos habían decidido ser libres, Kim Il Sung les iba a demostrar que vivían en el error, que su destino ineluctable era el comunismo aunque fuese por la fuerza de las armas y a través del asesinato masivo de civiles. Sólo en Corea del Sur perecieron un millón, lo que unido a los dos que se dejaron la vida en la república norteña, hizo de esta guerra una de las más letales de la historia para la población civil.

La reacción norteamericana fue fulgurante. Apoyado sobre una ONU que aún le era propicia, Truman envió al general MacArthur para que estrangulase la acometida comunista cortando su retaguardia. El laureado general desembarcó en Inchón y, en pocos meses masacró al entusiasta ejército de Kim Il Sung forzando su retirada más allá del paralelo de la discordia. En este punto la guerra se le había ido de las manos a Stalin y al propio Kim Il Sung, que no había medido adecuadamente la reacción de los Estados Unidos. Para Mao, en cambio, la de Corea era una buena oportunidad de convertirse en una potencia militar de fuste, independiente de la URSS y preparada mental y materialmente para mirarse cara a cara con los norteamericanos.

Esto tampoco lo había previsto Stalin. Accedió a la intervención china convencido de que, si los chinos ponían los muertos –un millón en menos de tres años–, él podría capitalizar la inversión mutando el vasallaje chino en una relación privilegiada con Moscú que impidiese que China y Estados Unidos llegasen alguna vez a entenderse. La realidad fue muy distinta. China aprovechó el conflicto para formar y entrenar un espléndido ejército y armarse hasta los dientes con la tecnología que el gobierno soviético le puso en bandeja a coste cero.

En el verano de 1953 se firmó el armisticio, que no el tratado de paz. La guerra de Corea, al menos oficialmente, no ha terminado. La frustración de los norteamericanos fue intensa porque no habían conseguido nada práctico en la refriega y su ejército había perdido a 34.000 de sus mejores hombres. Una minucia insignificante en comparación con la de chinos y coreanos, pero cantidad suficiente como para replantearse toda su política asiática. Stalin no llegó a ver el final pero naufragaron sus planes de anexionar toda Corea al bloque socialista. Su miopía estratégica ayudó al alumbramiento del gigante militar chino, único beneficiado por la guerra que, en poco más de diez años, rompió formalmente con su padrino.

Con todo, la consecuencia más visible de aquella absurda y cruenta guerra fue el inicio del rearme a gran escala que no se frenaría hasta el colapso de la Unión soviética en los años 90. Stalin, en uno de sus juegos macabros, había partido el mundo en dos y lo había convertido en un polvorín.

Para Corea fue una tragedia humana de dimensiones incalculables. Millones de muertos, cientos de miles de mutilados y desplazados. Un país en ruinas y dividido de por vida. La herida fue tan profunda que hoy, 56 años después, sigue abierta en el corazón de la península coreana, uno de los pocos lugares del mundo donde la guerra fría aún no ha concluido.

Masoquismo socialista

Tras apreciar que en el mundo actual, el Islam predica la ablación, la tortura a las mujeres y la jihad, no podíamos esperar que el PSOE se lanzara con frenesí a la difusión de la religión de Mahoma, creando "el Grupo Federal Árabe Socialista con la intención de abrir un espacio de reflexión sobre la realidad de esta cultura y de fomentar el entendimiento y el conocimiento mutuo".

Semejante descubrimiento ha hecho dudar de la erudición del gran Kuenhelt-Leddhin, quien halló que el padre del socialismo actual es el Marqués de Sade, porque, más que sadismo, que fue la forma de actuar del comunismo mundial, ahora, lo que parece caracterizar a la izquierda es el masoquismo.

Sobre todo, cuando Zapatero se ha definido como feminista radical avant la lettre. Seguro que cuando lo dijo, no tenía en mente la Azora IV, versículo 3 del Corán que reza así: "Los hombres están por encima de las mujeres. A aquellas cuya desobediencia temáis, amonestadlas, golpeadlas."

Lo trágico del caso no es que este Partido, aun sosteniendo que el 11-M fue cosa de islamistas radicales, cobije a la religión genocida, sino que para hacerlo asegure, a través de Zerolo, que a su partido "le preocupan igual los condenados a muerte en Estados Unidos que las lapidaciones de mujeres en Irán". Si a alguien le quedaba alguna duda de que todavía hay gente que dice llamarse demócrata pero que desprecia los derechos individuales, aquí tiene una buena prueba de este tipo de pensamiento testicular.

Es preocupante que los Estados Unidos sean para el partido del Gobierno un país más infame que el propio Irán, al que, por cierto, el representante especial de Rodríguez Zapatero en la "Alianza de Civilizaciones" ha tenido a bien apoyar en su carrera nuclear.

Con esta revolución de los valores, la lectura del Corán tiene que ser un verdadero placer para los homosexuales, a los que el mismo Zerolo parece despreciar cuando dice tener empatía por los "reclusos gays de El Cairo" igual que "por los presos de Guantánamo". Este símil es tan asqueroso como mostrar la misma tristeza por la muerte de un etarra cuando estaba colocando una bomba que por el asesinato de Miguel Ángel Blanco.

Aún más grave que estas depravadas comparaciones se encuentra el inmenso desprecio con que Zerolo trata a los que, por ser homosexuales como él, son castigados en los países musulmanes con penas que van desde los 100 latigazos a la lapidación.

En un reportaje sensacional, Libertad Digital cuenta este y otros detalles que seguro que serán obviados por el ricitos de ébano de la izquierda caviar, aunque cite copiosamente un informe de Amnistía Internacional que reconoce que en los 24 países de la Liga Árabe, los homosexuales son continuamente mancillados y vejados, cuando no abiertamente asesinados por sus Gobiernos.

Para estos "hermanos", no existe "entendimiento". Para estas personas, el olvido es la moneda de cambio.

Este el socialismo que, al margen de sus injerencias en la propiedad y en la libertad empresarial, ha optado por bendecir el salvajismo sin pudor. ¿Seguirá llamándose socialismo con rostro humano?

Reexaminando la crisis de los 70

Tras tres décadas de pensamiento único keynesiano, la crisis de los años 70, que trajo a la vez paro y subida desbocada de precios, sumió en la confusión a los apóstoles de la macroeconomía de la inflación. Según la macroeconomía keynesiana, las causas de las crisis y del paro eran la demanda insuficiente de bienes y el atesoramiento excesivo. Contemplar a la vez el paro y la inflación en el doble dígito no les cuadraba.

Aunque hubo bastantes deserciones en las filas keynesianas, los inflacionistas más pertinaces se sacaron curiosísimas explicaciones para explicar lo que ellos habían reputado imposible. Aparecieron diversos chivos expiatorios: los árabes y el petróleo, las políticas de rentas y los trabajadores que querían aumentos de salarios para compensar la depreciación monetaria o los siempre denostados especuladores que “hacían subir los precios”. Se habló de “inflación de costes” (de una nueva naturaleza) y de no sé cuántos pretextos más.

Eso sí, han mantenido silencios culpables con relación al definitivo cierre de la ventanilla del oro al que condujeron tres décadas de keynesianismo inflacionista, sobre la naturaleza del sistema monetario instaurado a partir de entonces y, en definitiva, sobre la mayor o menor confianza que el papel moneda gubernamental suscitaba entre los particulares.

Sin embargo, si nos paramos a pensar un poco, los grandes mercados alcistas en materias primas del siglo XX –1907-1920, 1933-1953, 1968-1981– han coincidido y, no por casualidad, con largos periodos de inflación monetaria. Han sido éstas épocas de turbulencias asociadas a un gasto y a unos déficit públicos desbocados, y a conflictos armados (la Primera Guerra Mundial; la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Corea; la Guerra de Vietnam y el desorden monetario de los 70). En tales entornos, la práctica totalidad de las materias primas, ya se traten de productos agrícolas, metales o fuentes de energía, aparecen como refugios alternativos bastante más idóneos para la conservación de los patrimonios que el dinero de curso legal y los activos financieros en él denominados.

El sistema monetario actual se compone así de un amplio abanico de activos –un popurrí de divisas, toda clase de activos financieros e inclusive un número significativo de materias primas en épocas de inflación e incertidumbre– susceptibles de ser utilizados como instrumentos monetarios según conveniencias de tiempo, espacio o legislación. El gran problema de todo ello es que la piedra angular de este nuevo sistema, las divisas nacionales (que no son otra cosa que el pasivo de los diversos bancos centrales nacionales en forma papel moneda inconvertible) carecen de las propiedades que un buen dinero debe poseer.

Algunos pueden considerar paradójico que durante casi veinte años la misión de dar estabilidad al dólar haya recaído en Alan Greenspan, un declarado partidario del patrón oro, discípulo además de Ayn Rand, una de las más ilustres defensoras del libre mercado en el siglo XX. Sin embargo, la designación de Greenspan en EE.UU., igual que la apuesta por la ortodoxia en las cuentas públicas del Tratado de la UE en Maastrich, muestra, antes que nada, un intento casi desesperado por parte de los gobiernos de dar credibilidad a su papel moneda y evitar una huida seguramente devastadora. Estas son las características del nuevo sistema donde, más que nunca, la cantidad ha dejado paso a la cualidad y donde una buena parte de la clave para comprender las idas y venidas en los precios de las materias primas y de las distintas monedas nacionales hay que buscarla en la utilización alternativa por parte del mercado de variados instrumentos para llevar a cabo las funciones monetarias.

Todo el periodo de la crisis de los 70 nos dejó una valiosa enseñanza que Carl Menger ya había explicado un siglo antes. El dinero no es una cantidad que pueda generarse o imprimirse a partir de la nada y por decreto, sino una cualidad –la liquidez– que el mercado descubre en los bienes y en los activos. La liquidez consiste en no sufrir pérdidas de valor (o pérdidas de tiempo) al desprenderse de cantidades incluso enormes de un bien. Ora el dinero mercancía, ora los activos monetizables, han de ser aquellos que constituyen o representan los bienes más deseados por el mercado. Aquellos con una demanda más amplia, estable y permanentemente insatisfecha. Inexorablemente, la violación de esta ley significa tener que pagar el precio de las recesiones. Que sean “deflacionarias” o “inflacionarias” sólo dependerá del activo que tomemos como referencia para expresar los precios.

Observando a los medios

El pasado 17 de octubre el Instituto Juan de Mariana presentó el primer estudio del Observatorio de Medios. Nuestra finalidad es que en un breve período de tiempo el Observatorio se convierta en un verdadero fiscal contra el sesgo antiliberal que impera en los medios de comunicación españoles y en la mayoría de los profesionales del periodismo. Pero el OM pretende ser mucho más que esto. La idea es que las palabras de nuestros venerados políticos no caigan en el saco del olvido; que una institución ajena a los medios de comunicación recopile todas las promesas en defensa de la libertad y las vuelva a sacar a la luz cuando sean incumplidas, así como recordar sus desvaríos y disparates liberticidas a los que tan acostumbrados nos tienen cuando sus consecuencias sean obvias para la población.

En el primer estudio del OM se ha realizado un seguimiento del Ministerio de Medio Ambiente y las noticias medioambientales en los medios de comunicación. Las principales conclusiones son que la mayoría de las informaciones en este campo son creadas por las propias administraciones públicas (46,24%) seguidas por los grupos ecologistas (18,04%). En general las noticias están concebidas para ayudar a las primeras a poner en marcha medidas administrativas y organismos de difícil justificación sin la aparición de estas noticias y, presumiblemente, para justificar mayores niveles de gasto en las administraciones y mayor afluencia de fondos hacia las organizaciones ecologistas.

Además, el carácter de urgencia de la mayor parte de las noticias juega a favor del objetivo común a estos dos tipos de organizaciones: reducir el ámbito de las libertades individuales en este campo logrando poderes de gestión propios de una sociedad donde la idea de libertad ha sido devorada por la de democracia y el ejercicio de los derechos individuales queda circunscrito al movimiento de muñeca con el que participamos en la elección de nuestros amos y señores. Para conseguirlo se sirven del alarmismo más descarado y cuentan con la colaboración pasiva –y en ocasiones incluso activa– de la mayoría de los medios de comunicación, que raramente analizan de forma crítica la veracidad o el grado de soporte científico de estas informaciones.

De hecho, el momento del lanzamiento de este primer informe sobre medio ambiente no podía ser más oportuno. Pocos días después, WWF/Adena reavivó el catastrofismo más rancio de los años 70 y anunció en la presentación de su informe Living Planet 2006, como ocurriera en Los Límites del Crecimiento del Club de Roma, que en menos de 45 años habremos acabado con el planeta Tierra. El anuncio fue recogido por todos los medios de comunicación generalistas sin el más mínimo comentario crítico. La organización ecologista aprovechó para pedir un urgente cambio de estilo de vida y, cómo no, de modelo de sociedad. No hay duda de cuál es el patrón que todos deberíamos de seguir en opinión de estos enemigos acérrimos del capitalismo porque, según el propio informe, sólo hay un país en el mundo en el que se cumplen los criterios de desarrollo sostenible. Ese paraíso no es otro que Cuba, la isla cárcel de Fidel Castro en la que lo único sostenible es el régimen de terror.

Así mismo, dos semanas después de presentar nuestro informe, la ministra de Medio Ambiente propuso limitar el consumo de agua para uso doméstico bajo el pretexto de que se trata de un bien muy escaso de primera necesidad que se nos agota. Esta señora es una absoluta demagoga que oculta que el 80% del agua se emplea en un sistema agrícola de planificación central en el que el agua está subvencionada. Pero eso ya lo sabíamos. Quizá es más importante recordar que si contásemos con un mercado y un precio libre para el agua, no tendríamos los problemas de carestía que tenemos.

Sería interesante ver qué hubiese sido de ciudades como Phoenix (Arizona) si hubiesen tenido una Narbona a principios de siglo XX. Lo que es seguro es que hoy no habría pasado de ser un pequeño pueblo en medio del desierto. La libertad de mercado y el precio libre del agua es lo que permitieron que los empresarios llevaran el agua al desierto para crear una de las ciudades más prósperas de EE.UU. Narbona merece que alguien le recuerde esta propuesta el día que la prensa no se acuerde de sus estupideces. En sólo un año los medios olvidaron que prometió que el coste de Kyoto nunca superaría los 85 millones de euros anuales así que cabe esperar que su nueva criatura intelectual sea olvidada antes de la próxima Navidad. Trataremos de que el Observatorio de Medios esté aquí mucho más tiempo para recordarle a ella y a toda la clase política sus promesas y sus desvaríos.

Queda mucho trabajo por delante en esta y en otras áreas, pero el hecho de que un instituto independiente que defiende las libertades individuales haya emprendido una empresa como esta es en sí mismo un motivo para mirar el futuro con más optimismo.

Bolígrafos para la democracia

No me refiero a una ONG inspirada por Robert Dahl, ni tampoco pretendo hacer una reflexión sobre el republicanismo de los Discorsi de Maquiavelo. Mi objetivo es más modesto: ilustrar la utilidad de los métodos cuantitativos y experimentales en las ciencias sociales pese a sus críticos.

El sociólogo marxista Bourdieu, cuya aportación al conocimiento es indirectamente proporcional a su fama, es el autor de una de las críticas más cacareadas a los métodos cuantitativos. En particular, el francés despreciaba los estudios de opinión pública, en su opinión estructuralmente sesgados porque sus objetivos no eran otros que perpetuar el statu quo y reproducir y legitimar los valores de la clase opresora.

Es cierto que la opinión pública es más que una encuesta, y que con relativa frecuencia los investigadores realizan un juicio a priori sobre lo que preocupa a los ciudadanos, dejando fuera de su investigación temas relevantes. No obstante, otras veces los sondeos ayudan a desmontar el discurso de la élite y dan la voz al pueblo en asuntos fundamentales. Precisamente eso ocurrió en Nicaragua tras las elecciones presidenciales de 1990, las primeras libres tras la dictadura de Daniel Ortega.

La sorprendente victoria de Violeta Chamorro, quien aventajó al socialista en 14 puntos porcentuales, es para muchos un misterio, pues las encuestas previas dieron ganador al líder sandinista. Sin embargo, un experimento posterior demostró que más que un problema técnico, el fallo se debió al miedo.

Los investigadores diseñaron tres muestras homogéneas de la población, dos experimentales y una de control. El tratamiento consistió en el bolígrafo de los encuestadores: un grupo llevaba uno en el que se leía "Ortega presidente", otro exhibía el nombre de la coalición opositora, "UNO". Los encuestadores del grupo de control no portaban ningún signo partidista. La pregunta era bien sencilla: "¿A quién votó en las presidenciales?".

Los resultados fueron tan llamativos como la comparación entre las encuestas preelectorales y la votación real. La muestra de encuestadores aparentemente sandinistas dio la victoria a Daniel Ortega con el 62% de los votos, casi el doble del porcentaje que el dictador había obtenido en las elecciones. El grupo de control también se mostró favorable a los sandinistas, mientras que los encuestadores presuntamente chamorristas consiguieron unos resultados casi idénticos a los reales (Bischoping & Schuman, American Journal of Political Science, 1992: 331-351). Es decir, que todo lo que quedó de la experiencia socialista en Nicaragua, además del colapso económico, la guerra y el genocidio de los indios misquitos, fue un inmenso terror. Triste legado y sin duda motivo de vergüenza y bochorno para los progres europeos y norteamericanos que durante los años del FSLN se aficionaron al turismo político. Los testimonios de arrepentimiento son escasos, y en casi todos los casos, incompletos. El a menudo plagiado y raramente reconocido Pareto ya había advertido en su Manual de Economía Política que la religión jacobino-socialista fomentaba una piedad morbosa de cuya fe sería muy difícil abjurar.

Infelizmente, la democracia no ha conseguido desterrar ni la corrupción ni la oligarquización de la política nicaragüense. Si a esto le sumamos la división en el campo liberal-democrático y la labor conjunta de zapa de somocistas y sandinistas, el panorama político de Nicaragua tras las elecciones generales del cinco de noviembre no puede ser peor: mayoría sandinista en el legislativo y nueva presidencia de Daniel Ortega, aunque tal vez esto pueda ser evitado si se produce una segunda vuelta en la elección presidencial.

El etnocentrismo, la arrogancia y el cinismo llevan en ocasiones a considerar que algunos países no tienen remedio, mientras que aquí todos son iguales. En efecto, la diferencia entre unos y otros puede en algunos casos limitarse a unos cuantos grados de intervencionismo y clientelismo. Pero existe otra, cualitativa y fundamental, que desde la abulia de las sociedades ricas es difícil de percibir: el derecho al pataleo, mínima expresión de la irrenunciable libertad de expresión que unos permitirán y otros se afanarán por reprimir.

Entre el business as usual (el salvadoreño Francisco Flores es la excepción que confirma la regla) y la nueva revolución, no cabe la displicente neutralidad del libero-pijo de Primer Mundo, quien contempla el mundo desde su cómoda torre de marfil, o que víctima de cierto elitismo pseudoleninista (el radical chic también es transversal) se imagina una Arcadia surgida necesariamente tras la hecatombe. Muchos ecuatorianos y nicaragüenses les responderían que en estos momentos más vale dejar la revolución para otro día.

Bolígrafos para la libertad y gafas para la miopía. También la nuestra.

Liberalismo, humanidades y ciencias naturales

El liberalismo es fundamentalmente filosofía política, un cuerpo de conocimiento ético y económico acerca de la convivencia social de los seres humanos. Muchos de sus defensores son humanistas (gente de letras, economistas, juristas, filósofos, historiadores), aunque desgraciadamente no todos los humanistas son liberales.

Muchos de los críticos del liberalismo (obviamente no los únicos) son gente de ciencias, estudiosos de la naturaleza (físicos, biólogos), ingenieros. Sus ámbitos se caracterizan por el rigor del formalismo matemático y la comprobación empírica controlada. Han tenido grandes éxitos en la comprensión y la manipulación de sistemas simples, y erróneamente extrapolan sus métodos epistemológicos al ámbito de las sociedades humanas, órdenes espontáneos hipercomplejos no diseñables intencionalmente ni planificables de forma centralizada y coactiva. No entienden que la ingeniería social no funciona (el orden no viene de la orden), y no saben apenas nada de economía y ética, lo cual además comparten con la gran mayoría de quienes se consideran expertos en economía y ética (esos humanistas que no son liberales).

Muchos liberales (reales y presuntos) son ignorantes en los ámbitos de las ciencias naturales. Pero algunos (desconocidos o famosos) de forma temeraria critican algunas de las teorías científicas más sólidas, como la relatividad, la mecánica cuántica y la evolución biológica; lo hacen patéticamente, quedando en ridículo intelectual, a menudo por referencias de segunda mano a escritores marginales que se creen genios cuando son locos equivocados. Parecen creer que el ser humano tiene un alma mágica sobrenatural que fundamenta su consciencia y su libre albedrío, y que el bien y el mal son decididos y sancionados por la divinidad. Defienden a sus memes religiosos antes que reconocer la verdad de la realidad: y es posible explicar científicamente por qué lo hacen, aunque no suele servir de nada contárselo (también esto es predecible).

El subjetivismo es perfectamente compatible con el naturalismo. La acción y la elección están integradas en la biología humana como mecanismos de supervivencia. La ciencia cognitiva y la psicología evolucionista explican cómo la mente humana es muy sofisticada pero no requiere milagros para sentir emociones y sentimientos morales, tomar decisiones, preferir, elegir, actuar. No son necesarios imposibles espíritus incausados para dirigir la conducta. La mente no es un misterio insondable, no surge de la nada, es la descripción funcional a alto nivel de la actividad del cerebro. Los seres vivos son agentes autónomos, y los seres humanos son agentes autónomos intencionales (capaces de planificar, de preparar el futuro y no simplemente reaccionar ante el presente). Cada persona toma decisiones particulares por la interacción entre su sistema cognitivo (único en sus detalles, resultado de sus genes y su historia ambiental pasada) y la información percibida de las circunstancias de su entorno (realidad objetiva).

No nos quedemos sólo en las humanidades desconectados del mundo físico, biológico y psicológico. El materialismo naturalista reduccionista es cierto y funciona; no es ningún prejuicio metafísico. Las ciencias naturales sirven de fundamento profundo del liberalismo y es un completo disparate ir en su contra en lo que tienen de correcto. No parece acertado renunciar al conocimiento científico (provisional, revisable, criticable, pero también abundante, preciso, consistente y explicativo) a favor de la superstición. Los liberales somos pocos y sabemos que la mayoría (socialistas y conservadores) están equivocados (o son deshonestos) respecto a la organización social. Pero la analogía no vale en las ciencias naturales: no nos pasemos de listos con nuestra pose rebelde negando lo que ya se sabe; así la gente inteligente no nos tomará en serio y nos hará aun menos caso (si es que eso es posible).

Leer más

En el nombre de la derecha

El próximo 7 de Noviembre los norteamericanos renovarán la Cámara de Representantes y consolidarán o pondrán fin con su voto a la actual hegemonía republicana. Las elecciones al Congreso dictaminarán además el cenit o el ocaso de la presidencia de George W. Bush. Sabremos si la guerra de Irak ha lisiado al GOP, si la hipocresía íntima (caso Foley) o la política económica errática de la era Bush tumbaron definitivamente al partido de Lincoln y Reagan. Extrapolando la iluminadora conclusión que reflejan John Micklethwait y Adrian Wooldridge, analistas de The Economist, en su último libro (Una nación conservadora. El poder de la derecha en Estados Unidos) no debería existir duda alguna acerca de lo que pasará en las legislativas: Norteamérica es y seguirá siendo conservadora. Lo cual no quiere decir, como aclaran los autores, que sea técnicamente republicana. Los candidatos demócratas transversales, con ganas de balón y sin desgaste, podrían heredar el legado de la derecha. Bill Clinton, sin ir más lejos, fue el precursor: torcido hijo dilecto de la causa moderada, sin radicalismos, al gusto de muchos; habría ganado en 2000 su segunda reelección si la ley no lo impidiese.

El poder del conservadurismo estadounidense procede, para Micklethwait y Wooldridge, de Dios, los negocios y la geografía. La libertad religiosa inyectó competitividad entre los clérigos e hizo de la religión un factor dinámico en la vida americana. La empresarialidad propició las economías de escala, la expansión tecnológica y la filantropía (Carnegie: "el hombre que muere rico, muere deshonrado") La holgura de Estados Unidos –el cuarto país más extenso del mundo, dos tercios habitables– animó el espíritu de frontera y los sueños particulares.

Hoy la derecha goza de buena salud y es propietaria de un poderoso mercado de ideas. El New Deal de Franklin Roosevelt –que arrinconó a la derecha durante décadas– queda lejos. Libertarios y conservadores sociales son las dos grandes tendencias que lideran el republicanismo; depuran entre sí sus exageraciones y ponen a raya a la izquierda. El equilibrio entre anarcos e intervencionistas no es fácil aunque prevalece el provecho de convivir juntos pero no revueltos. "Hacia la unión por la separación" sería su lema.

Para los autores, el futuro del partido republicano pasa por atender las expectativas de los profesionales independientes, dejarse de mangoneos tipo Enron, olvidarse para siempre de capitales como San Francisco –darlas por imposibles– y por el contrario cuidar a los contribuyentes que habitan en las urbanizaciones de las ciudades medias. El objetivo primordial es conquistar el interés de la madre negra que prefiere que el gobierno le ofrezca un cheque escolar para sus hijos, hastiada de la violencia en las escuelas de la acción afirmativa. Se trata de acercarse a las preocupaciones de la gente, sabedora ésta que los burócratas ya no lo pueden todo. Los riesgos de una derecha caviar ajena a la vida se vislumbran y la siguiente observación resulta significativa:

El otro gran peligro para la rive droite es la introversión. La gente que se pasa la vida entre grupos de expertos tiende a hacerse adicta al radicalismo por el radicalismo. Preguntarle a un miembro de tales equipos si necesitas o no una solución drástica para un problema es como preguntarle a un peluquero si te hace falta un corte de pelo. Estudios que preconizan llevar la libre empresa al espacio exterior, abolir los departamentos del gobierno o derrocar el régimen de Arabia Saudí atraen más atención que garantizar los servicios educativos, sanitarios y gubernamentales. La intelligentsia de izquierdas perdió su pegada en los años sesenta por quedarse anclada en Vietnam y no darse cuenta de lo que estaba ocurriendo en las calles estadounidenses. Lo mismo podría ocurrir con la actual fascinación de la intelligentsia de derechas con Oriente Próximo.

The Right Nation de Micklethwait y Wooldridge es una historia bien contada sobre el universo del republicanismo, sus logros y caídas, la mezcla de tradición y modernidad, los filósofos y la base social que le acompañan, la piedra de toque del 11-S y la generalizada incomprensión europea hacia Estados Unidos; una crónica sugerente que ofrece numerosas claves para entender los acontecimientos que están por llegar.

La Rule of Law adulterada

La Rule of Law es uno de los logros más importantes del sistema político anglosajón para conseguir la seguridad jurídica y proteger la libertad del hombre frente a interferencias de terceros, y muy especialmente del gobierno.

Se podría traducir como el imperio o la soberanía de la Ley frente a las arbitrariedades o caprichos del gobernante y fue, en sus inicios, una conquista de la tradición jurídica y política británica en su esforzada lucha contra las prerrogativas del Parlamento y de la Corona. La filosofía inspiradora de la Rule of Law se propagó por la Commonwealth y se trasvasó luego al continente europeo mediante el concepto del “Estado de Derecho” (Rechtsstaat o état de droit).

Podríamos diseccionar la Rule of Law, en cuatro conceptos o principios básicos interrelacionados que permiten hablar de la grandeza del imperio de la ley, sin los cuales no podría hablarse de la existencia de la misma en un ordenamiento jurídico:

  1. Principio de generalidad: La ley no debe saber de antemano a quién va a afectar. Si se supiera, no sería garantía de objetividad. La ley debe, ante todo, ser neutral.
  2. Principio de igualdad: Todos somos iguales ante la ley y, por tanto, esperamos un tratamiento de las normas igual para todos sin que se tome en consideración nuestras posesiones, alcurnia, poder, facultades o cualquier otra circunstancia personal.
  3. Principio de certeza: Debe haber una uniformidad de las leyes a lo largo del tiempo (esto es así, sobre todo, con las leyes no escritas del Common law) para que sean conocidas e interiorizadas. La interpretación de los jueces reforzaría su certeza y sus destinatarios preverían con bastante exactitud las consecuencias futuras de su aplicación. El “Estado de Derecho” continental se separa radicalmente en este punto de la Rule of Law anglosajona en que la certeza es atributo exclusivo de ley escrita y publicada. En los estados europeos continentales la certeza de la ley es sinónima de norma publicada en un diario o boletín oficial.
  4. Principio de que la acción de gobierno puede ser recurrida ante tribunales independientes: toda acción de gobierno que afecte a los derechos fundamentales del hombre (incluida su propiedad) estaría sometida a juicio independiente en caso de ser recurrida por los afectados (el barón de Montesquieu quedó fascinado por este contrapeso de poderes propio de la Rule of Law durante sus tres años de estancia en Inglaterra).

Me es difícil resaltar el grado de importancia de la Rule of Law y de su mantenimiento para evitar que los gobiernos de las modernas democracias occidentales no sigan perdiendo legitimidad a manos llenas, ante una permanente y sutil adulteración de dichos principios conformadores de la Rule of Law o del Estado de Derecho con la justificación de existir un baluarte seguro “protector”: una mayoría democrática legitimadora de toda acción por parte del gobierno. Veamos las adulteraciones que se han producido:

  1. Principio adulterado de generalidad: Es una pena ver en los boletines oficiales repetidas leyes y decretos pensados para favorecer o impedir situaciones concretas y contingentes que destilan intereses partidistas.
  2. Principio adulterado de igualdad: Hay evidentes situaciones de discriminación gravosa ante la ley como la aberrante progresividad de los impuestos directos. También conocemos las pretensiones exitosas de minorías de todo tipo por imponer su diferencia como fuente de derecho (discriminaciones “positivas”, reconocimiento de “multiculturalismos” “derechos históricos”…); el apetito diferenciador produce, en estos casos, buenos réditos a sus beneficiarios en detrimento del principio de igualdad frente a la ley.
  3. Principio adulterado de certeza: la inflación legislativa, que acertadamente denunciaba el turinés Bruno Leoni, implica que lo que hoy es válido, no tendrá validez en un corto (a veces cortísimo) plazo. El poder legislativo y ejecutivo actual todo lo quiere regular y a todas horas en su afán intervencionista y arrogante pretensión de “corregir” el mercado. Ello es, a la postre, fuente de inseguridad jurídica, agravado con los cambios y derogaciones normativos de la mano del gobierno tras las contiendas electorales y sus consabidos bandazos legislativos.
  4. Principio adulterado de que la acción de gobierno puede ser recurrida ante tribunales independientes: El establecimiento de descaradas cuotas políticas para el nombramiento de altos cargos de la magistratura y de otros organismos públicos de control hace que el juicio contra las acciones del gobierno sea llevado a cabo, en última instancia, por personas dependientes del poder legislativo y/o ejecutivo. ¿Qué clase de control es ese?

Esta tendencia a desvirtuar los principios de la Rule of Law también ha alcanzado de lleno, por desgracia, a las democracias anglosajonas, no sólo a las europeas continentales. Los principios de la Rule of Law se han vaciado de contenido. Podríamos muy bien designarla ahora como la “Rule of many” y al Estado de Derecho continental como el “Estado de Permanente Legislación”; eso sí, todo ello muy exquisita y apisonadoramente democrático.

Nuestras actuales democracias son meramente formales; nuestra seguridad jurídica y la protección de nuestras libertades son más aparentes que reales.