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Malditos fumadores

En exclusiva primicia, ofrecemos a nuestros lectores un extracto del manifiesto del Gobierno que seguro es de interés general:

"Bajo el mandato del insigne Rodríguez Zapatero, se ha conseguido uno de los avances sociales más relevantes de los últimos siglos en este país, antes llamado España.

El consumo del tabaco mengua y mengua, gracias a la legislación que se ha promulgado.

Los estanqueros apenas venden. Los bares de menos de 100 metros cuadrados que tenían la potestad, graciosamente concedida de optar entre dejar fumar o prohibírselo a sus clientes, han decidido apostar por un ambiente sano, sano.

Los fumadores recalcitrantes han muerto por las toxinas inhaladas. Y los pocos que quedaban que no militaban en la derecha reaccionaria, se han convertido, como se les exigía.

Por eso, en este segundo año triunfal en el que celebramos la victoria frente a las hordas de la carcundia, no podemos por menos que mirar al horizonte y jactarnos de que el futuro es de nuestros jóvenes, musculosos y sanos, altos y altas que crecen en un Estado que tiene como uno de sus fines, el de proteger a los ciudadanos de si mismos.

Esta tarea es francamente difícil. Pero, sin duda, estimulante. Y como todo esfuerzo es preciso para seguir en este empeño, se ha tomado la determinación de castigar a los que contaminan a sus hijos con el humo del tabaco.

Esa gentuza deberá pagar por semejante crueldad intolerable, equiparable al maltrato.

A partir de hoy, quien fume delante de sus hijos, perderá la patria potestad. Directamente, su cónyuge/cónyuga estará obligado a divorciarse de su pareja/parejo y obtendrá la custodia de sus hijos/hijas para evitar que la polución alcance a los pulmones infantiles.

Nos congratulamos de una medida que no dudamos que obtendrá el apoyo de todos los ciudadanos/as que habitan en esta Tercera República…

Por la paz y el socialismo

Firmado, Rodríguez Zapatero"

Les rogamos comuniquen a sus amigos y familiares esta buena nueva que desde aquí suscribimos, palabra por palabra porque la salud prima sobre la libertad. ¿O no?

Ética y convencimiento

La ética es un conjunto de normas sociales de comportamiento universales, simétricas y funcionales. Una vez conocidos sus principios básicos, el derecho de propiedad y los contratos (equivalentes al principio de no agresión) cabe preguntarse por las motivaciones para su cumplimiento. ¿Por qué respetar la propiedad ajena y cumplir con los compromisos contractuales? ¿Por qué no robar, asesinar, violar, estafar?

"Por tu propio bien", responderán algunos; una respuesta paternalista, simple y problemática. El subjetivismo indica que el bien es percibido individualmente, no hay recetas objetivas detalladas que garanticen la satisfacción de todos y es el propio actor quien mejor conoce sus deseos y capacidades. Un sabio puede indicarle a otra persona que le conviene cumplir alguna norma para no arrepentirse en el futuro de su incumplimiento, pero nunca podrá asegurar dicho arrepentimiento. Tal vez el delincuente no teme a la justicia, o al ejército enemigo o al repudio de los demás porque se cree más astuto, más fuerte o más independiente (y tal vez lo sea) y no hay que recordarle las posibles consecuencias y represalias porque ya las ha tenido en cuenta. Hay personas o grupos organizados más fuertes que los demás, y puede merecerles la pena agredir, depredar o parasitar a los débiles desorganizados: la historia de la humanidad está repleta de situaciones de dominación. Tal vez soy mejor guerrero o estafador que productor o comerciante, y no me interesan las normas universales y simétricas, yo quiero estar por encima, y la cosa puede funcionar mientras que no me quede sin riquezas ajenas que saquear.

"Por el bien de los otros" es otra respuesta insatisfactoria. Tal vez los otros no me importan, o tal vez no sé cómo hacerles el bien. Quizás me interesen unos pocos y conozca bien a los más próximos, pero esto no es en absoluto universal. "Para no hacer el mal a otros" es algo más satisfactorio, ya que el principio básico de la ética es éste, y es posible y fácil no agredir a nadie, pero de nuevo tal vez carezco de escrúpulos y el mal ajeno me es indiferente o no me atañe lo suficiente si con ello consigo mi bienestar.

La ética no es lo mismo que la moral, la cual manipula los sentimientos íntimos personales para influir sobre la conducta, tanto para la felicidad individual (evita las tentaciones, piensa a largo plazo) como para la coordinación social (recuerda que vives en un grupo, que a los demás les afectan tus acciones, que la imagen que tienen de ti es importante). La moral es una herramienta de manipulación (lo cual no implica que sea necesariamente nociva), no un ejercicio de racionalización, y no suele ser universal ni simétrica (a menudo se usa para camuflar la opresión); a veces es funcional pero a menudo es disfuncional.

El conocimiento ético permite al menos razonar, argumentar y desmontar múltiples patrañas políticamente correctas cuya difusión y aceptación permiten el mantenimiento de privilegios de unos a costa de otros: la fachada de respetabilidad democrática de la coacción política se desmorona; los grupos de interés parasitarios quedan expuestos como hipócritas que insisten en que todo es por el bien ajeno; las víctimas descubren que defenderse es perfectamente legítimo, y que no deben a nada a nadie; los presuntos e intocables derechos humanos (interpretados en clave socialista) aparecen como supercherías colectivistas para mayor gloria del estado.

Quienes no respetan el derecho de propiedad pueden ser personas que no están dispuestos a tratar a todos en pie de igualdad (quieren leyes especiales para ellos, impuestas mediante la violencia o el engaño), o ignorantes bienintencionados de quienes conviene alejarse y protegerse si se niegan a aprender. Las personas honestas y productivas que comprenden la ética pueden utilizar sus normas para organizarse socialmente de forma justa y eficiente, evitando parásitos y agresores, con sistemas de policía, justicia y defensa merecedores de esos nombres, que disuadan a potenciales criminales y no se utilicen para mantener sistemas de dominación o utopías irrealizables.

¿Quién debería ahorrar agua?

Uno de los aspectos que más me ha llamado la atención de las democracias con fuerte carga estatal es el reparto de culpa. Resumiendo, cualquiera de nosotros, como entidad que forma parte de la sociedad, tenemos culpa de todos los males que la afectan menos de los que producimos nosotros mismos. De esos, por supuesto, la tienen los demás. Así, el delincuente no es culpable del delito, sino la sociedad que no ha sabido dotarle de los medios y recursos suficientes para impedir que los perpetre. En lo medioambiental, este curiosa filosofía también está vigente aunque con ciertos matices. La culpa es de todos salvo de los que luchan por un medio ambiente más saludable y esa lucha se mantiene dentro de los parámetros que manejan las organizaciones ecologistas.

A finales del verano, la sequía debería ser algo que entre dentro de la normalidad, sobre todo si este es el segundo o tercer año que la padecemos. Que los pantanos estén en límites preocupantes no debería sernos extraño pero nos lo venden como una catástrofe y lo peor de todo, nos aseguran que somos los culpables de la situación ¡porque desperdiciamos agua! Este tipo de generalizaciones es ante todo insultante pero responde a la lógica de lo políticamente correcto por dos razones, una de carácter moral y otra de carácter económico.

La primera es la típica moral anticapitalista, el desarrollo en el que nos hemos embarcado es totalmente insostenible y por tanto llenar piscinas privadas, regar hectáreas de campos de golf, bañarnos en vez de ducharnos, hasta usar el retrete como papelera improvisada es algo inadmisible, es un derroche que estamos pagando ahora y en el futuro. Este sencillo mensaje ha calado y no solo en los ciudadanos sino en los políticos que nos gobiernan lo que es mucho más peligroso. La segunda razón, de carácter económico, es la ausencia del libre mercado. Al no existir, surge el concepto del despilfarro. El precio del agua se establece desde las administraciones, la gestión es pública o semipública y se prohíbe o dificulta la actividad empresarial que no se controle gubernamentalmente por lo que se impide que se desarrollen nuevos o alternativos sistemas de transporte de agua y sobre todo un mercado del agua que nos permita ahorrar de forma voluntaria, igual que ahorramos en la cesta de la compra sin que nadie nos obligue, cuando suben los precios y gastar más, si lo deseamos, cuando bajan. Así que como por definición las Administraciones Públicas no pueden equivocarse, salvo puntual e infrecuentemente, debe ser el administrado el que no cumple con parte de su contrato social.

Pero lo cierto es que las Administraciones Públicas despilfarran y mucho. Según datos de 2003 del Ministerio de Medio Ambiente, el 77% del agua usada en España lo hace la agricultura, el 18% el consumo urbano y el 5% restante la industria. Además, y según datos del INE, las redes públicas de distribución perdieron ese año el 18,7% del agua disponible en fugas, roturas, etc. Es decir, que las Administraciones Públicas, de las que depende directa o indirectamente la gestión de las redes de abastecimiento en la que se pierde casi el 19% de lo que vierte a la red, nos dicen que somos culpables de la sequía y de la situación insostenible.

Pero esto puede ser aún más irónico: los ayuntamientos se vanaglorian de sus parques públicos. No hace mucho, en el madrileño municipio de Leganés se instaló un sistema "inteligente" que permitía el riego ahorrando un 40% de agua. Situado al sur de Madrid, esta población soporta un tórrido verano, por lo que el sistema tendría su lógica si no fuera porque se aplica a unas praderas que no son precisamente plantas que necesiten poco agua. ¿No sería mejor plantar otras especies vegetales más adecuadas al clima, ahorrándonos el sistema de riego? ¿O es que las praderas son únicamente inmorales cuando lo que se riega es un campo de golf?

Pero lo más sangrante es el uso agrícola del agua. En España, el 77% del agua lo consume la agricultura. Sólo subvencionando la agricultura se consigue que ciertos productos sean "rentables" y sin esas ayudas el agua que se utiliza para sacar adelante todas esas producciones se podría usar en otras cosas. El problema se multiplica si observamos que, precisamente por la ayuda pública, muchos agricultores no invierten en el ahorro de costes y desperdician esta agua con sistemas ineficientes de riego, intensificando el problema de la sequía. De forma directa o indirecta, el Estado es uno de los mayores despilfarradores de agua y, no contento con ello, ahora mismo varias autonomías han creado nuevas tasas que se adelanten a la nueva Directiva Marco del Agua, que estará vigente en 2010, dentro de poco más de tres años. Y luego dicen que somos nosotros los que desperdiciamos agua.

Un bosque de mentiras

Las cenizas alcanzaron desafiantes la desembocadura del río Miño, treinta o más kilómetros desde el origen del incendio, empujadas por la brisa del mar y la desidia pública generalizada. Quien estuvo allí lo pudo comprobar. Las llamas lo inundaron todo. La fachada atlántica de Galicia fue durante diez largos días de agosto una brasa permanente, una confusión de humo y errores. El suceso ha sido ciertamente lamentable y con secuelas difíciles de reparar. Ahora, después del desastre, queda todo lo demás; es decir, comenzar casi desde cero: los paisajes, la propiedad, las mentalidades, el futuro.

Los incendios en Galicia recuerdan a la tragedia de los comunes, pero, al contrario que estos últimos, los montes gallegos sí tienen propietarios con derecho a excluir a terceros de su disfrute así como a utilizar los recursos forestales simultáneamente. Numerosas montañas de Galicia pertenecen a comunidades de vecinos, agrupaciones de precaria identidad entre lo particular y el Estado, de eficacia limitadísima ante las crisis, que no poseen (ni quizá poseerán) el apasionamiento en defensa de lo propio que los bienes privados llevan implícitamente consigo, ni fuerza coercitiva estatal alguna. En ocasiones, estas etéreas comunidades de montes son plataforma de intereses entre sus directivos además de opaca fuente de recursos económicos para éstos. Las comunidades seguirán fallando ante contingencias de cierta magnitud.

Llama poderosamente la atención la falta de reflejos de los dirigentes españoles en paliar los efectos de esta clase de calamidades, acercándose a los ciudadanos que más sufren la devastación, comprendiendo de primera mano las claves de la desesperanza. El gobierno Aznar también se bloqueó inicialmente en el incidente del Prestige (y pagó un precio político por ello), pero la inoperancia del actual jefe regional gallego ante los fuegos de agosto alcanzó cotas inimaginables. Él mismo justifica su pusilánime actuación en un discurso televisado que da razón al título de este comentario. El anterior presidente Fraga consideraba los incendios como un ataque contra su persona: su mensaje fue creíble, atenuó las quemas y obtuvo réditos electorales durante largo tiempo. "¿Por qué nos hacen esto a nosotros?", se habrán preguntado compungidos en la reciente mayoría legislativa gallega. Los profesores universitarios de izquierdas en Galicia achacan los fuegos a una conspiración innominada, una especie de santa compaña derechista contra el árbol. Andan desorientados –gobierno, intelligentsia progre, medios afines– y no saben dónde disparar su receta de agravios.

En cualquier caso, más allá del juego político, algo hay que hacer. Fijar la propiedad con la máxima precisión posible, disolver los entramados comunitarios en claroscuro, elevar los años de prisión para derrumbar psicológicamente a los pirómanos, espolear a una opinión pública demasiado tiempo instalada en el cinismo, alentar las iniciativas emprendedoras atrayentes en el entorno rural, someter a subasta o concurso público los terrenos comunales que agonizan con aseguramiento de obligaciones y derechos para todos, urbanizar de una vez por todas el campo que anda siempre sobrado de maleza y con falta de personas que den cuenta cada día del deleite de la naturaleza que les toca ver y vivir.

Pero, ¿hay un voto útil?

Con frecuencia los defensores de ideas liberales nos encontramos ante la disyuntiva democrática de a quién confiar nuestro voto. Cuando todo el mundo es más o menos de izquierdas, los partidos políticos acomodan su mensaje a ese sector del espectro político, cada vez más amplio, de ahí que resulte un tanto absurdo –quizás opere aquí un cierto autoengaño– buscar entre la oferta política un producto que, de antemano, sabemos ya adulterado.

La mayoría de liberales españoles depositan su confianza en el Partido Popular, no porque defienda nítidamente un ideario compartido por sus electores, sino por la razón de que es menos socialista que los partidos de izquierda y el único con posibilidades de obtener una mayoría suficiente para gobernar. Pero la esencia del voto en democracia no es castigar a la opción enemiga, sino confiar la elección individual a aquel partido que defiende nuestros principios. Se da la paradoja, por tanto, de que cuanta mayor es la participación en elecciones especialmente reñidas –y todas las siguientes hasta las próximas generales lo van a ser–, más se desvirtúa el mecanismo democrático a efectos de representatividad. Si una porción notable de votantes del Partido Popular no se siente representada por sus políticos en temas tan sensibles como la educación, el aborto, el estado del bienestar, las subvenciones a la cultura, etc., con su insistencia electoral no hacen sino confirmar a los políticos de ese partido en su rumbo socialdemócrata.

En caso de que no aparezca un partido liberal-conservador, que defienda nítidamente la libertad civil frente al estatismo en todos sus ámbitos, lo único presentable en términos intelectuales es practicar la abstención. Se trata de enviar a los políticos sedicentemente liberales el mensaje de que hay una bolsa de posibles votantes que no acepta su doble juego. La abstención se convierte, así, en una forma de participación activa en el proceso democrático.

En realidad no hay nada más liberal que negarse a legitimar con el voto a una clase política que ha hecho de la socialdemocracia –una simple ideología, organizada con materiales de derribo del marxismo–, un régimen en el cual ninguno de los actores está dispuesto a salirse del papel previamente establecido.

La abstención es una forma de voto, y en las circunstancias actuales el más útil. Por lo demás, resulta mucho más productivo y a la vez gratificante, emplear el propio esfuerzo en difundir nuestras ideas entre la sociedad que intentar cambiar la mentalidad de los políticos, cuyos intereses y horizonte temporal son diametralmente distintos a los nuestros. Por otra parte, ¿no sería precioso poder ver a Gallardón pegándose de una vez el batacazo del siglo?

No Turning Back

In the West, the idea of having the state act as a central economic planner gained enormous prestige after winning World War II. It didn’t seem to matter the defeated powers had used this same method of socialist warfare with terrible results.  With the United Kingdom leading the way, developed nations launched themselves down the social-democratic path.

Each time the socialists conquered some new “social” right, the conservatives accepted it as an unassailable minimum, part of an “inevitable tendency.” And so, each new social change always went in the same direction. Things might change, but only in the direction of more socialism and less liberty, there was no turning back. Sir Keith Joseph called it the “ratchet effect,” because there was only room for movement in one direction.

In the United States, President Nixon, a supposed conservative, went as far as to claim: “Now we are all Keynesians.”

Abandoning economic freedom, however, did not redistribute progress and wealth, but only inefficiency and misery. And while the British suffered the consequences of an economy increasingly similar to the Marxist nightmare, West Germany was living out the opposite experience.

It is said Germany enjoyed an “economic miracle” because, as everyone knows, the Teutons are disciplined, efficient and hard-working.  But on the other side of the Wall, East Germans were stuck in complete economic stagnation.

In fact, the miracle had an explanation. Ludwig Erhard, named Director of Economic Affairs by the Allies, ignored what they told him and made the surprise announcement that he was eliminating all price controls. By de-regulating the economy, Erhard allowed the free market to rebuild Germany. All it took was a simple signature to eliminate the breaks oppressing the German economy. And everything started working in the right direction again.

On the other hand, the United Kingdom discarded economic common sense to such an extreme that in 1967 Herman Kahn predicted the U.K. would share last place in European standard of living with Albania come the year 2000. And, unlike Paul Ehrlich, one cannot say Kahn is known for his fatalism.

But they didn’t have to wait that long. Just eleven years later, the British Isles descended into what was called the “Winter of Discontent.” Ambulances were on strike. Cleaning services were on strike. Even grave diggers were on strike. Conservatives did nothing more than retreat further into their inferiority complex, but the unions were never satisfied. Meanwhile, the economy drowned in misery.

Faced with such an embarrassing situation, the British elected an admirer of Hayek to be Prime Minister. Thatcher didn’t simple slow the socialist advance but, with heavy blows, she stopped it cold.  And she designed machines that worked in the opposite direction than what was then the norm. For example, she privatized more than a quarter of a million government subsidized housing units. She privatized the gas, coal, oil and telephone industries. And she did it by putting them in the hands of millions of small shareholders. That way, if one day the socialists want to renationalize them, they wouldn’t be able to meet with four multi-millionaires and present the proposal as a win for the poor against the economic elite. They will have to go house to house, eliminating the stock and real estate savings of millions of individual owners.

It is a shame that today we are back where we started, surrendering to a group of people whose ideas were already refuted a century ago. Defeating them, as Thatcher and Erhard, among others, demonstrated, is easier than it seems.

Estar de moda

En estadística se llama moda al valor más frecuente que adopta una variable aleatoria. En economía, la moda está relacionada con las maldades del capitalismo: esclaviza a la población y elimina la soberanía del consumidor.

El individuo ya no es libre porque no elige por sí mismo, sino que su comportamiento depende de las grandes tendencias estéticas marcadas por las multinacionales. El corolario es que el consumidor sólo será libre cuando destruya el sistema económico que lo esclaviza; o como diría Galbraith, "no se puede abogar por la producción como instrumento para satisfacer las necesidades si esa misma producción es la que crea las necesidades".

En realidad, existe una profunda incomprensión sobre el significado y el papel que las modas juegan en nuestra sociedad. Lejos de cercenar la libertad del hombre, la moda le permite participar y aprovecharse de un fantástico mecanismo de coordinación social.

Recordemos la definición estadística de moda: el valor más frecuente que toma una variable aleatoria. O dicho de otro modo, si no supiéramos nada sobre las condiciones que rodean una variable, el resultado más probable sería la moda.

Trasladando este esquema a las relaciones humanas, nos daremos cuenta de qué forma las modas facilitan nuestra vida. Sólo necesitamos conocer cuál es la moda en cada ámbito concreto (vestimenta, aficiones, deportes…) para maximizar nuestras probabilidades de relacionarnos con otras personas; es decir, sé que la moda será la manera por la que agradaré a un mayor número de personas. Por ejemplo, si queremos regalar una flor a alguien que no conocemos de nada (o a alguien cuyos gustos sobre flores no conocemos), seguramente optemos antes por una rosa fresca que por una marchita, porque la mayoría de la gente las prefiere así.

Cuando se critica que los niños tengan que vestir una determina marca para integrarse en la sociedad lo que se critica es que los niños incrementen sus posibilidades de relacionarse con el mayor número de niños.

En ausencia de modas (es decir, si cada persona fuera completamente distinta a otro), tendríamos que desarrollar un ingente proceso de investigación individualizado para conocer los gustos de cada una de las personas con las que potencialmente queramos tener algún tipo de relación futura.

En muchos casos, de hecho, sería imposible mantener relaciones sociales sin las modas. Por ejemplo, el individuo X cree que el individuo Y podría ser un buen amigo suyo, por lo que desea trabar contacto para conocerlo mejor. Pero para ello necesitará, ya de entrada, una mínima afinidad que no impulse a Y a rechazar cualquier transmisión de información. Tenemos un claro círculo vicioso: Y sólo contacta con aquellas personas que le causen una buena impresión, pero para causar esa inicial buena impresión X necesitará una cierta información sobre Y que sólo puede lograr después de haberse relacionado con él.

La moda permite solucionar el problema anterior: si X sigue la moda, maximiza su probabilidad de causar una buena impresión inicial a Y con la que poder conocerlo mejor posteriormente.

De hecho, dentro de cada colectivo social encontramos modas propias. Muchos individuos que dicen rechazar las modas, sólo están siguiendo la moda de un determinado ámbito. La indumentaria de las llamadas "tribus urbanas" es un claro ejemplo: si quiero agradar a los punks llevaré crestas y ropa ajustada, si quiero mezclarme con los hippies optaré por los colores alegres y las flores, y para introducirme entre los heavies me dejaré el pelo largo y me pondré la chupa de cuero con camisetas negras de mis grupos preferidos.

Por supuesto, habrá punks, hippies y heavies que no sigan estos cánones, pero en ese caso tardarán más tiempo en convencer a otros punks, hippies y heavies de que son especímenes auténticos; habrán de acreditar sus conocimientos y sus gustos de manera individualizada, lo cual consumirá mucho más tiempo que llevar simplemente los "signos distintivos".

Y quien habla de tribus urbanas puede referirse a cualquier otro segmento social. Cuando, verbigracia, se habla de "escritores de cabecera" de la derecha o de la izquierda, sólo se hace referencia al escritor de moda. Quien quiera agradar a sus conmilitones sólo tendrá que leer, o normalmente exhibir, una de sus obras para obtener el deseado reconocimiento.

Por último, la moda no impide el ejercicio de la función empresarial en el ámbito de los gustos humanos. Los individuos pueden rasgar el velo de la moda para tratar de conocer los gustos particulares de una persona muy concreta. La moda es como una tarjeta de presentación en un club social que nos permite evitar un examen de acceso cada vez que queramos entrar en el club.

Con todo, la moda no asegura el éxito de las relaciones sociales; sólo sirve para la toma de contacto, no para las ulteriores. El núcleo duro de las relaciones humanas requiere un ejercicio más preciso de la función empresarial; hay que averiguar los gustos concretos de esas personas de manera mucho más detalla a la generalidad que nos ofrece la moda.

En este ejercicio de la función empresarial –la planificación de maneras de agradar a nuestras personas más queridas– está el germen de nuevas modas: cuando nos desviamos de la moda, otras personas pueden observar ese cambio y adaptarlo a sus vidas, dando lugar a una nueva moda. En cierto sentido, podemos decir que estos creadores de nuevas modas son los líderes de la sociedad, los que consciente o inconscientemente generalizan los comportamientos más exitosos para los seres humanos.

Pero la génesis de las modas y el papel del capitalismo en su extensión y difusión lo estudiaremos en otro artículo.

From the Green Revolution to the GM Revolution

Scientist Norman Borlaug is known, though not enough, as “the man who fed the world.” During the 1950s and 60s, he made innovations in agricultural production that were dubbed the “green revolution,” increasing the amount of food per planted hectare. Borlaug developed new strains of various cereals that germinated earlier, grew faster and were more resistant to disease and drought ensuring harvests survived in adverse climates. This allowed many areas to produce two or three harvests a year, when before they were lucky to get one.

The Green Revolution also incorporated other elements, like water management and the use of fertilizers and pesticides. In 1960, for example, insects consumed almost a third of rice harvests in Asia. Since that time, rice production per hectare has increased 122 percent, corn production 159 percent and wheat 229 percent. The same land is now able to feed many more people. Naturally, environmentalists hate this.

Borlaug’s work destroyed radical environmentalist groups like Greenpeace or Friends of the Earth’s (not of man) most beloved catastrophic predictions. The great famines that were to reduce world population never happened; it wasn’t even necessary to increase the amount of cultivated land, which has grown less than 2 percent since 1950. Any sensible person would think this was good news, but not environmentalists. They criticized the evils of pesticides and fertilizers, as if the minuscule percentage of deaths linked to them weren’t ridiculous compared to the lives the Green Revolution saved, estimated at 1 billion.

Borlaug now defends genetically modified food as a natural extension of his work since they create new variations faster and with greater precision. His methods, “based on hybridization and selection, were much slower and more primitive: Along with the beneficial gene many others, including some that could have negative effects, slipped in too.” Biotechnology doesn’t have this problem.

For Borlaug, environmentalists’ criticism of these new methods has a clear origin: “They say this because their stomachs are full. Environmentalist opposition to biotechnology is elitist and conservative. As usual, the critics come from the most privileged backgrounds: they live in comfort in Western societies, those that have never known famine up close.” He knows this well: his efforts to introduce in Africa the innovations that had saved so many lives in Asia did not receive the necessary funding because of “environmental” concerns. In other words, foundations that had invested in his work were scared off by the threat of environmental activists’ criticism.

By imposing the self-contradictory precaution principle on the commercialization and production of genetically modified foods, the European Union has bolstered the hysterical screams of environmentalists. People who do not produce a single gram of food want to control how it should be done. These busy-bodies want to ensure their prophecies of mass starvation are realized in the future by banning the tools human creativity has developed to avoid it. And there are still those who praise “their good intentions.”

Las siete marcas de la compasión

Marvin Olasky es uno de los pocos autores que se sabe que haya influido en la forma de pensar de George W. Bush. Pero, claro, es algo más importante que eso. Es uno de los grandes autores sobre la caridad privada. Tiene una obra, The Tragedy of American Compassion, que hace, desde la erudición y el sentido común a toneladas, un repaso a la caridad privada en la historia de los Estados Unidos, desde la época colonial hasta la década de los 80’ del pasado siglo. Uno de sus capítulos, extrañamente colocado en el centro del libro, expone el núcleo de su pensamiento en "siete marcas de la compasión", que lo son en realidad de la marcha desde la pobreza a la autosuficiencia.

1. Afiliación. La pertenencia a la familia, en el grado que fuere, o del vecindario, de la comunidad. Lo primero que preguntaban los trabajadores de la caridad privada, nos dice Olasky, es "¿quién tiene que ayudar a esta persona?". Pero no es ya que se considere bueno que sea alguien que le conoce quien le ayude, sino que "la ayuda ofrecida sin referencia de las amistades y los vecinos deviene en una pérdida moral". Los individuos aislados no tienen la constricción de las normas morales, las fuerzas condicionantes de la aceptación, de la vergüenza, de la propia dignidad. Aislados, todo da más igual. Siendo parte de una familia o una comunidad, nos importa ser aceptados, y para ello tenemos que hacer lo correcto para salir adelante.

2. Relación con los voluntarios. Los trabajadores sociales del XIX no eran funcionarios, sino personas que dedicaban su devoción al bienestar de otros. Como las personas, las familias, son distintas unas de otras pese a las marcas comunes de la naturaleza humana, se necesita un buen conocimiento de las personas a que se quiere ayudar, y de sus circunstancias, para tomar las decisiones correctas. La perseverancia, la devoción, la constancia, son necesarias para una empresa tan compleja como la de cambiar la vida de los demás. La Sociedad de Filadelfia para la Organización de la Ayuda Caritativa declaraba que los voluntarios tendrían "experiencias desalentadoras", pese a lo cual tendrían que mantener "la mayor paciencia, la firmeza más decidida, y una amabilidad sin fondo".

3. Categorización. A diferencia del Estado de Bienestar, la caridad mira individualmente a cada persona, con sus circunstancias, sus inclinaciones y sus posibilidades. Las organizaciones caritativas consideraban merecedores de ayuda a quienes estaban en la pobreza sin haber sido ellos mismos causa de su situación miserable: huérfanos, lisiados, viejos, enfermos sin cura, y que no tuvieran a nadie que les pudiera atender (a quien, por tanto, falte la afiliación). Por otro lado estaban los desempleados de forma temporal, para quienes las necesidades no le dan el respiro suficiente como para dejar de atenderlas hasta el próximo trabajo. Y por último, los no merecedores de ayuda. Los indolentes, los mendicantes sin voluntad de cambio, pero con la posibilidad de salir adelante con un cambio de voluntad. Los que tienen comportamientos que desordenan su conducta, como el consumo de alcohol o drogas (no se crea que fueron un invento de los 60). A todos se les hacía pasar por un test: el del trabajo. Sin voluntad de salir adelante por los propios medios, la ayuda se dirigía a quien sí mostraba ese ímpetu.

4. Discernimiento. El voluntario de las organizaciones de la caridad necesitan de un básico conocimiento de la naturaleza humana. No se sorprendían de que hubiera entre los pobres quien "prefiere su condición, o incluso intenta sacar partido de ella" a salir adelante. Tenían que aprender que "la interferencia bien intencionada, sin acompañar por el conocimiento personal de todas las circunstancias, a menudo hace más daño y se convierte en una tentación en lugar de una ayuda". Y es que "nada es más desmoralizador para el pobre que lucha por salir adelante que el éxito de los indolentes o los viciosos".

5. Empleo. Para generar una renta, si no se cuenta con propiedad, es necesario trabajar. Llevar una vida independiente exige realizar un trabajo con el que generar una renta suficiente. La primera sociedad que desarrolló un sistema de ayudas a los más necesitados es la judía. La tradición talmúdica, si bien se toma muy en serio la tradición del descanso en sábado, consideraba que desengancharse de la dependencia de la ayuda de otros es más importante, por lo que se permitía o favorecía el trabajo en sábado, si era necesario.

6. Libertad. Tanto la labor de las organizaciones caritativas como el trabajo de los más necesitados necesitan actuar en un entorno institucional liberado de las perniciosas interferencias del Gobierno, nos dice Marvin Olavsky. En sus palabras, esa libertad de trabajar "era la oportunidad de conducir un tren sin la necesidad de pagar coimas, la de cortar el pelo sin la necesidad de acudir a una escuela de peluquería". La libertad "era la oportunidad de que una familia se escapara de la lacerante pobreza, teniendo un padre de familia que trabajara muchas horas, y una madre que puede coser en casa". Olasky concluye que "Las imágenes de abyecta pobreza podrían mostrar unas condiciones horribles, pero aquellos que perseveraran protagonizaban una película de movilidad en ascenso".

7. Dios. "La verdadera filantropía ha de tener en cuenta las necesidades espirituales tanto como las materiales", proponía una organización caritativa, y Olasky hace suya la frase. Las concepciones religiosas ayudaron tanto a voluntarios como a los necesitados a conseguir eliminar la pobreza. Los católicos insistían en el sentido literal de la compasión. Los judíos, en la rectitud y la muestra de amabilidad. Pero la referencia a Dios ha movido y mueve a un número sin cuento de personas a actuar por los demás, y a otro tanto a salir adelante.

La última marca de la compasión no ha quedado impresa en todas las personas, pero para aquellos a quienes no les sirve de ayuda tampoco les perjudicará. Las siete enseñanzas del estudio de Marvin Olavsky de la caridad privada están llenas de un profundo conocimiento histórico de la pobreza y de una comprensión cabal de la naturaleza humana. Dadas la vuelta, cada una de ellas son un alegato en contra de la intervención del Estado en la empresa de luchar contra la pobreza ajena.

La responsabilidad estatal en los incendios forestales

En poco más de una semana, en Galicia se ha quemado una superficie que varía desde las 71.828 hectáreas que asegura el Ministerio de Medio Ambiente (MMA) a las 180.000 que denuncia el Partido Popular, pasando por las 77.000 que dice la Xunta de Galicia, las 86.000 de la Unión Europea o las 92.000 del CSIC, organismo de naturaleza pública que se dedica a la investigación. Hasta la fecha y según el MMA, el fuego ha arrasado en España algo más de 123.000 hectáreas, lejos de las casi 96.500 del año pasado, de las 75.500 de 2004 e incluso por encima de las 109.592 de 2003, peor año de la última década hasta este.

España es un país proclive a los incendios forestales. Fundamentalmente de clima mediterráneo, también tienen cabida el atlántico, en la Cornisa Cantábrica y en Galicia, el subtropical en las Islas Canarias, el de alta montaña en diferentes cordilleras que atraviesan los territorios españoles e incluso el semidesértico, en ciertas zonas de la costa mediterránea y del interior. Tal variedad ha propiciado una gran cantidad de ecosistemas y una biodiversidad nada desdeñable. Precisamente, la sequedad de los veranos y las altas temperaturas incrementan el riesgo de incendio y la tendencia aumenta por la actividad humana que ha sustituido en muchos casos variedades más adaptadas al fuego por otras más cercanas a sus necesidades y deseos.

En estas circunstancias es deseable un buen sistema de prevención y extinción que, en virtud de lo acaecido en las últimas semanas, esta claro que no tenemos. Vaya por delante que no estoy poniendo en duda la profesionalidad de los que se juegan su vida por apagar un incendio forestal sino que pongo en duda la viabilidad del sistema que existe en la actualidad, sistema que es creado y gestionado en última instancia por las Administraciones Públicas y que demuestra continuamente su tremenda vulnerabilidad, su naturaleza pública.

Para los gallegos que lo hayan perdido todo, este baile de cifras es cuanto menos de mal gusto pero es un buen ejemplo de una de las razones de la ineficacia del sistema, las rivalidades políticas entre partidos o incluso entre Administraciones, algunas de ellas gobernadas por el mismo grupo político. La cercanía de las elecciones municipales y autonómicas –se celebrarán en primavera del próximo año– conlleva una carga política muy elevada lo que supone dos comportamientos, la minimización de los efectos de cualquier catástrofe desde el poder y la denuncia desaforada y en algunos casos lejana a la realidad por parte de la oposición política. Se vio en el hundimiento del Prestige y se ha visto en los grandes fuegos forestales. En julio del año pasado en el incendio de Guadalajara, la Comunidad de Castilla-La Mancha rechazó ayuda de otras Comunidades Autónomas, entre ellas la de Madrid y la de la Comunidad Valenciana, ambas gobernadas por sus rivales políticos del PP. El resultado, más de 12.000 hectáreas arrasadas y 11 muertos, es un ejemplo extremo de las consecuencias de este enfrentamiento institucional.

Una de las primeras denuncias que se formularon, ante la magnitud de la catástrofe, fue la del PP, ahora en la oposición. Según este partido, el nuevo gobierno de PSOE y BNG, partido nacionalista e independentista gallego, habría desmantelado el anterior equipo técnico pero sin tomar la precaución de organizar otro. Además, entre las peticiones nacionalistas se incluía la demostración, a través del certificado público correspondiente, del conocimiento del gallego, lo que dejó sin contrato temporal a multitud de trabajadores que en temporadas anteriores habían trabajado en estas labores y que en la mayoría de los casos poseían conocimientos más que aceptables del idioma. Todo ello, aunque desmentido por los acusados, tiene pinta de verosimilitud. El sacrificio de la eficacia ante el dios de la burocracia se practica más de lo deseable, sobre todo si este responde a políticas más o menos utópicas, en este caso nacionalistas.

Varios colectivos han acusado a la Administración de no haber hecho nada para salvar sus pertenencias, de no tener los medios necesarios para apagar los fuegos y lo cierto es que aunque ha habido momentos donde la magnitud de la catástrofe ha desbordado todo lo desplazado a la zona, lo cierto es que en muchos casos las llamas han sido combatidas exclusivamente por los vecinos, que han tenido que convertirse en bomberos heroicos, pagándolo en algún caso con su propia vida.

El Estado, en este caso en forma de Comunidad Autónoma, garante único y exclusivo de la seguridad del monte, ni ha podido ni ha querido ni ha sabido cumplir con sus obligaciones y ahora pretende delegar sus propias responsabilidades en forma de tramas virtuales, conspiraciones inimaginables y fotos que pretenden dar la falsa sensación de que se está haciendo algo, de que se ha hecho algo. Y lo cierto es que las condiciones que se dan en España son muy propicias para que las empresas acometan la extinción y sobre todo la prevención de incendios a través de la contratación directa de las mismas, o mediante seguros que cubran estos riesgos. Sin embargo, es la Administración la que desincentiva esta actividad empresarial, no tanto porque la prohíba sino porque asume un servicio que es incapaz de dar, o que lo hace de manera ineficaz. A ello contribuye la visión, muy española, de que el medio ambiente es un asunto que sólo se trabaja desde la iniciativa pública, nunca desde la iniciativa privada y nunca desde la responsabilidad personal de cuidar nuestras pertenencias. Y de esos polvos, estos lodos.