Ir al contenido principal

Cuando un liberal clásico se enfrentó al terror nazi

Samuel Gregg. Este artículo ha sido originalmente en Law & Liberty.

Hace noventa años, Adolf Hitler juró su cargo como Canciller de Alemania. El 30 de enero de 1933 sería considerado por los nacionalsocialistas alemanes como el Machtergreifung: el día en que los nazis tomaron el poder y empezaron a enviar a la República de Weimar a la tumba.

Hitler nunca ocultó su intención de atacar a quienes consideraba sus enemigos una vez consolidado su control del poder. Así, un joven profesor de economía alemán pronunció una conferencia pública en Fráncfort del Meno, tan sólo ocho días después de que Hitler asumiera el poder, en la que dejó clara su oposición al nuevo gobierno.

Wilhelm Röpke ya era conocido como un abierto crítico del nazismo. Incluso había hecho campaña personalmente contra el Partido Nazi. “Seréis cómplices”, escribió en un panfleto electoral de 1930, “si votáis nazi o a un partido que no tiene reservas en formar gobierno con los nazis”. Ese “o” punzante era un disparo a las élites políticas y militares conservadoras que, tres años más tarde, permitirían a Hitler llegar al poder con la ilusión de que podían controlarle.

A Röpke no le habría resultado difícil adaptarse a las realidades políticas alemanas posteriores a enero de 1933. Para empezar, no era judío. Además, Röpke era un veterano de combate condecorado que había servido con distinción en las trincheras del Frente Occidental. Joven y atlético, incluso parecía el übermensch ario ensalzado por la ideología nazi. A los 24 años, Röpke se había convertido en el catedrático más joven de Alemania y en 1933 su fama como economista se había extendido por toda Europa. Si Röpke hubiera estado dispuesto a transigir, podría haber llegado lejos bajo el nuevo régimen. Sin embargo, la conferencia de Röpke de febrero de 1933 indicó que no iba a ceder. A partir de ese momento, no tuvo futuro en el Tercer Reich.

Fin de los tiempos

Cuando los nazis accedieron al poder en 1933, el efecto no fue de consternación masiva por parte de los que tenían recelos. Incluso el grupo representativo judío alemán más importante, la Asociación Central de Ciudadanos Alemanes de Fe Judía, sostenía que, a pesar del feroz antisemitismo de los nazis, “nadie se atrevería a tocar [sus] derechos constitucionales”.

En su conferencia del 8 de febrero, Röpke demostró que no se hacía tales ilusiones. Titulada “Epochenwende” (Fin de una era), la conferencia de Röpke explicaba con precisión por qué la entrada de Hitler en la Cancillería representaba algo totalmente distinto a un cambio normal de gobierno. El triunfo del nacionalsocialismo constituyó, afirmó Röpke, una derrota de la razón y la libertad. El movimiento nazi, dijo a su audiencia, con su desnuda apelación a los “estados de ánimo y las emociones” y su constante invocación al “mito”, la “sangre” y el “alma primordial”, no dejaba espacio para tales cosas.

Röpke insistía en que no sólo se inculcaban “la estupidez y el estupor” de un modo que no tiene descripción; “todo acto inmoral y brutal”, observaba, “está justificado por la santidad del fin político” para los nazis. Las amenazas de destruir grupos enteros – “judíos en Alemania” y “enemigos hereditarios de todo tipo”- no eran, argumentaba Röpke, mera retórica diseñada para azuzar el resentimiento populista que se archivaría discretamente una vez que los nazis tomaran el poder. Röpke sabía que formaba parte integrante de todo el proyecto nacionalsocialista.

El liberalismo como civilización

La conferencia de Röpke, sin embargo, fue más allá de enumerar todos los problemas profundos del movimiento nazi. También trató de identificar la esencia de lo que los movimientos altamente ideológicos de derecha e izquierda que entonces luchaban por el poder en toda Europa querían aniquilar. Aquí llegamos a la segunda dimensión de la conferencia de Röpke: su defensa del liberalismo.

Por liberalismo, Röpke no entendía los partidos liberales de la Alemania de Weimar que habían sido expulsados por los comunistas alemanes a su izquierda y los nacionalsocialistas a su derecha. Tampoco pensaba en los pensadores y movimientos liberales que ejercieron una influencia considerable en la Europa del siglo XIX. “La rebelión actual contra el liberalismo”, declaró Röpke, “no es una mera rebelión contra los ideales y modos de pensamiento perecederos del siglo XIX”. El liberalismo “no debe equipararse al liberalismo político o económico de ese siglo”. Con esto, Röpke tenía en mente el capitalismo industrial y figuras como el primer ministro liberal británico, William Gladstone.

En cambio, el liberalismo servía en la conferencia de Röpke como sinónimo de la integración de las ideas, la cultura y las instituciones grecorromanas, judías y cristianas y de la Ilustración que, en su opinión, constituían la civilización de Occidente. Röpke sostenía que el nazismo -y el bolchevismo- debía reconocerse como una insurrección contra ese particular conjunto de conceptos, expectativas e instituciones.

Como distinguido economista del libre mercado, Röpke era muy consciente del papel desempeñado por la hiperinflación que había socavado económicamente y radicalizado políticamente a parte de la clase media alemana a principios de la década de 1920, así como de la Gran Depresión en la propulsión del Partido Nazi al poder. “La actual crisis mundial”, dijo, “supera todos los estándares del pasado”. La recesión económica que comenzó en 1929 había conducido a Alemania al abismo político al hacer añicos la relativa estabilidad que Weimar había alcanzado en 1926.

Sin embargo, Röpke no era ni un determinista económico ni un materialista filosófico. La situación política en la que se encontraba Alemania no debía entenderse, según él, como la entrada del país en “una nueva era histórica” del tipo predicho por la dialéctica marxista.

La causa más profunda de que muchos alemanes abrazaran a los nazis, en opinión de Röpke, era el vuelco de los que él llamaba “las masas”, pero también de un buen número de profesores, contra valores muy específicos en nombre del “despertar de Alemania” y de la “purificación del alma alemana”. Los delicados y sofisticados acuerdos del capitalismo y el constitucionalismo liberal, argumentaba Röpke, se basaban en algunos fundamentos decididamente no materialistas que muchos alemanes habían sido persuadidos a rechazar o nunca habían interiorizado realmente.

Individualidad, libertad y razón

Una de las premisas del liberalismo a la que Röpke prestó especial atención en su conferencia fue la individualidad de cada persona. El liberalismo, dijo, implica una creencia en “la dignidad humana de cada individuo” y “la profunda convicción de que el hombre nunca debe ser degradado a un objeto”. Por eso, decía Röpke, el liberalismo rechazaba la opresión de las personas por su raza o religión. Era imposible una concepción coherente de la tolerancia sin una afirmación de principio de la dignidad inherente a cada individuo, sobre todo porque excluía tratar a los oponentes políticos como “enemigos” que pertenecían a un grupo diferente y que, en última instancia, tendrían que ser reducidos a la condición de no ciudadanos o expulsados del cuerpo político.

No era casualidad, argumentaba Röpke, que los nacionalsocialistas lo sumergieran todo en la Volksgemeinschaft (“comunidad popular”, “comunidad folclórica” o “comunidad racial”). Para los nazis, lo importante era el grupo: en su caso, el colectivo racial.

En cierto modo, ésta era la alternativa nazi al énfasis de los comunistas alemanes en la propia clase por encima de todo. No era por ociosidad que los miembros del partido nazi se dirigían unos a otros como “camarada”. Sin embargo, del mismo modo que la obsesión por la identidad de clase del marxismo pulverizaba cualquier preocupación por el individuo, la fijación nazi por la raza desechaba el concepto del valor intrínseco de cada persona como palabrería burguesa.

Para Röpke, la defensa del individuo estaba ligada a otras dos ideas que el liberalismo, tal y como él lo entendía, enfatizaba. Una era la prioridad de la libertad. Por libertad, Röpke entendía algo más que “estar libre de algo”. La libertad también implicaba ser “libre para algo”. Ese “algo”, decía, era nada menos que la “civilización”, “el aire mismo” sin el cual “no podemos respirar”.

Así pues, la libertad en este sentido iba unida a lo que Röpke llamaba la creencia en la razón. Y la razón bien entendida, para Röpke, iba mucho más allá de la racionalidad empírica y los cálculos de utilidad. En última instancia, la razón se refería a “la búsqueda absoluta de la verdad”. Si las sociedades querían ser libres, añadía, tenían que “aceptar la razón como denominador común”. Porque la razón, combinada con el respeto a la libertad y a la dignidad de cada individuo, era indispensable para el constitucionalismo liberal y el Estado de derecho que inhibían el tipo de poder arbitrario que los nazis llevarían a nuevos niveles. Violar el Estado de derecho, subrayó Röpke, era comportarse de un modo intrínsecamente irrazonable, entre otras cosas porque implicaba invariablemente optar por tratar a los individuos como cosas y aplastar su libertad. Ahí estaba el camino hacia el “servilismo” y el “Estado total”.

Pero, ¿dónde situó Röpke en última instancia las raíces de estas ideas liberales? Es significativo que Röpke no apuntara inmediatamente a la filosofía kantiana, tan influyente entre los pensadores liberales alemanes de su época. En su lugar, instó a su audiencia a mirar, en primer lugar, a “la Stoa griega y romana” (filósofos estoicos), luego “el cristianismo”, el posterior desarrollo de la “ley natural” y, finalmente, el pensamiento de la Ilustración, todos los cuales, en conjunto, rechazaron “el principio de violencia en favor del principio de razón”. Desde este punto de vista, explicó Röpke, “el liberalismo tiene al menos dos mil años de antigüedad”. Uno sospecha que Röpke había estado leyendo a Lord Acton.

Aquí encontramos, argumentaba Röpke, “la esencia de la civilización”. Es lo que da origen “al concepto de la civis, el ciudadano, y sirve para hacer posible la civitas, la comunidad, la convivencia”. Tal sentido civilizatorio, afirmaba Röpke, tenía que conformar “el sentimiento natural” que “llamamos amor a nuestro país”. El verdadero patriota alemán no podía pretender que la alta cultura alemana, de la que el propio Röpke era un producto ejemplar, pudiera de algún modo desvincularse de unas raíces que “llegan hasta Atenas, Roma y Jerusalén”. Del mismo modo que “el nacionalismo económico conduce al empobrecimiento material”, sugería Röpke, “el nacionalismo cultural conduce tan ineludiblemente al provincianismo”.

Exilio y reivindicación

Todo esto era un anatema para los hombres que juraron su cargo ante el Presidente Paul von Hindenburg en enero de 1933. A los nacionalsocialistas no les interesaban ni la razón ni el individuo, y mucho menos la libertad tal y como la entendía Röpke. Personificaban lo que Röpke denominó el “antiliberalismo imperante”, caracterizado por “la palabrería, los eslóganes . . la glorificación de la acción directa, la violencia en el trato con todos los que tienen opiniones diferentes, el chusmerío en todos los ámbitos, la retórica vacía y los efectos escénicos engañosos”. Tal antiliberalismo, dijo, “pisotearía el jardín de la civilización europea”. Eso fue, finalmente, lo que hizo el nacionalsocialismo, personificado por el intento del régimen de borrar al pueblo judío de la faz de la tierra.

Esta oscuridad, sin embargo, estaba en el futuro. El problema inmediato de Röpke en 1933 fue la determinación del nuevo gobierno de actuar contra quienes todavía estaban dispuestos a expresar una oposición abierta al nazismo.

En el caso de Röpke, las autoridades universitarias no tardaron en actuar. Más del 50% de la ciudad de Marburgo había votado a los nazis, superando la media nacional en un 16,1%. La mayoría de los estudiantes de la universidad de Röpke apoyaban fervientemente al partido nazi. El 7 de abril de 1933, el rector de la Universidad de Marburgo invitó a dimitir a los miembros del claustro universitario conocidos por su apoyo a la República de Weimar. Era claramente un mensaje para Röpke. A continuación, un miembro nazi del Landtag prusiano, Hans Krawielitski, escribió directamente al nuevo ministro de Educación, denunciando a Röpke por su “actitud antinacional” y como “peligro para los jóvenes académicos alemanes”. Krawielitski también pidió el boicot de las clases de Röpke y su despido inmediato. Ya no se le podía considerar “un profesor alemán”.

Inicialmente, Röpke fue suspendido de la docencia. Después, a pesar de los esfuerzos de sus amigos en las altas esferas por protegerle, Röpke fue jubilado a la fuerza el 28 de septiembre de 1933, en virtud del artículo 4 de la nueva ley de reorganización de las instituciones estatales. Röpke había partido al exilio varios meses antes. Pero la ruptura entre Röpke y la nueva Alemania se había consumado.

Quince años después, Röpke se encontraba en una posición privilegiada para reorientar la economía alemana y alejarla del corporativismo duro y del intervencionismo generalizado al que la había conducido el régimen nazi. Pero junto a su insistencia en la necesidad de adoptar una economía de mercado, Röpke invirtió el mismo tiempo en explicar por qué su país y Occidente (en general) debían adoptar el liberalismo basado en la civilización que había defendido en su conferencia de febrero de 1933. Röpke creía claramente que eso era esencial para que la era que prevaleció en Alemania entre 1933 y 1945 no volviera a ver la luz del día y para resistir la amenaza comunista.

En nuestra época de servilismo rastrero, wokeísmo, amiguismo desenfrenado, políticas de identidad, maniqueísmo amigo-enemigo y, en algunos casos, nihilismo absoluto en todo el espectro político, es sin duda un mensaje que merece la pena considerar hoy.

¿Avanzamos por fin hacia un debate abierto y objetivo sobre la identidad de género en las escuelas?

Mark Lehain. Este artículo fue originalmente publicado en CapX.

Teniendo en cuenta lo acalorados que pueden llegar a ser los debates en torno a las cuestiones trans, fue refrescante ver cuán tranquilas y ponderadas que fueron las preguntas sobre el tema en la Cámara de los Lores la semana pasada.

El asunto en cuestión eran las directrices para las escuelas sobre la identidad trans que está elaborando actualmente el Departamento de Educación (DfE). Anunciadas la pasada primavera, las directrices debían publicarse originalmente para su consulta en otoño, pero, dados los recientes tejemanejes ministeriales, es comprensible que estén tardando en ver la luz.

Acuerdos y desacuerdos

Como ilustran las preguntas de los Lores, hay mucho en juego en este documento. Hay todo tipo de puntos de vista sobre cómo estos temas sensibles deben ser tratados por los profesores. La mayoría de esos puntos de vista provienen de un lugar de compasión y cuidado, pero muchos de ellos están completamente en desacuerdo entre sí.

Va a ser muy difícil producir algo con lo que todo el mundo esté de acuerdo, así que probablemente merezca la pena revisar cómo hemos llegado a este punto y qué es lo que probablemente salga del departamento en algún momento de esta primavera.

Un documento

Lo primero que hay que tener en cuenta es que la sugerencia de que era necesaria una guía no vino del Gobierno, sino del Presidente de la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos. La Comisión ha recibido un flujo constante de preguntas de profesores, familias y otras personas sobre lo que las escuelas deben y no deben enseñar sobre la identidad de género, o lo que deben hacer para apoyar a los alumnos que cuestionan su género. Era evidente la necesidad de contar con un resumen objetivo de las cosas, ya que, a falta de orientaciones oficiales del Gobierno, varias organizaciones habían creado las suyas propias, muchas de las cuales chocaban entre sí, e interpretaban la ley y su aplicación de maneras muy diferentes.

El entonces Secretario de Educación, Nadhim Zahawi, ministro del Gabinete responsable de la infancia y la escuela, aceptó la sugerencia de la EHRC y encargó a los funcionarios que elaboraran un documento lo más definitivo y objetivo posible. Como era de esperar, el anuncio se trató como un gran problema, y varias personas de todos los bandos del debate exigieron que se ordenara a las escuelas que hicieran lo que creyeran que debían hacer, y no necesariamente lo que exigía la ley.

Algunos incluso argumentaron que la identidad de género no era una cuestión que debiera tratarse en las escuelas, o que la orientación debería basarse en lo que las escuelas ya hacían.

Un tiro errado

Sin embargo, esto era más bien errar el tiro. El rápido aumento de niños que cuestionan su género es un fenómeno reciente en la sociedad, por lo que no es de extrañar que la gente no esté segura de cuál es la mejor manera de hacer las cosas. Los profesores son expertos en enseñanza, aprendizaje y apoyo pastoral en general, pero no son profesionales de la medicina ni están cualificados para realizar diagnósticos.

Es un panorama complejo, pero afortunadamente, en lo que respecta a las escuelas, hay algunas cosas que sustentan e informan lo que hacen los profesores, que “guían la orientación”, si se quiere. Lo primero y más importante, y absolutamente innegociable, es el requisito de mantener la seguridad de los alumnos. Después, hay requisitos como la imparcialidad política y el derecho de las familias a participar en la educación de sus hijos en la medida de lo posible.

También hay tres pilares importantes y claros de la ley y la práctica en los que se basará y reflejará la orientación: la ley, en particular la Ley de Igualdad; la práctica de la igualdad, guiada por la EHRC; y la Revisión Cass de los servicios de identidad de género para los jóvenes. Como dijo la baronesa Barran en el debate de la semana pasada, las orientaciones no crearán nuevas leyes ni responsabilidades. Se limitará a explicar, claramente y en un solo lugar, lo que significan las implicaciones de estos tres pilares a la hora de educar y cuidar a los niños.

Los profesores, entre los activistas y las familias

Cuando se piensa en la gama de cosas que se ven afectadas por la aparición de la identidad de género como una cuestión, la claridad no puede llegar lo suficientemente pronto. Ya se trate de las políticas de admisión, el acceso a instalaciones para un solo sexo, los equipos deportivos, las clases de educación física, los internados, los pronombres de los alumnos, la transición social -e incluso cómo enseñar la propia identidad de género a los alumnos-, sé por lo que he hablado con profesores de todo el país que andan con pies de plomo, atrapados entre activistas y familias, desesperados por hacer lo correcto y preocupados por si se equivocan.

Aunque confío en que la mayoría de los centros educativos están haciendo las cosas bien, he visto y oído bastantes casos en los que no es así. Por eso son tan necesarias estas orientaciones. Necesitamos saber, por ejemplo, si está bien enseñar a los escolares que el modelo de identidad del pan de jengibre es un hecho, en lugar de una idea. O si las escuelas deben afirmar que un adolescente es “no binario” sin que lo diga un médico. O si pueden hacerlo sin informar a los padres.

Un debate transparente

Por supuesto, no podrá dar respuestas definitivas a todo. Seguirá habiendo zonas grises, sobre todo porque, como ha señalado el informe Cass, las cuestiones de identidad de género no se han abordado de forma tan abierta o coherente como otras. Sin embargo, cuando las directrices vean la luz, espero que disipen gran parte de la polémica. No satisfará a todo el mundo, pero por fin habrá un lenguaje común y un entendimiento sobre cómo deben abordarlo las escuelas.

Y lo que es más importante, será transparente y estará a disposición de todos, que podrán verlo y comentarlo. Esto es mucho mejor que la situación actual, en la que las decisiones se han tomado a puerta cerrada y se ha dejado que las escuelas se las arreglen sobre la marcha y esperen lo mejor. Incluso podría ayudarnos a mantener discusiones tan tranquilas y educadas como el debate de la semana pasada en la Cámara de los Lores, ¡y eso sería maravilloso!

España, 1984

Para comprender la profundidad del lavado de cerebro al que pretenden someter a los españoles sus gobernantes, conviene hacer un ejercicio de distanciamiento temporal y espacial a un tiempo no muy lejano.

El 28 de diciembre estaba reservado para los graciosos. Antes de que apareciese el programa televisivo homónimo, el día de los Inocentes era en España el pretexto para gastar bromas, de mejor o peor gusto, entre amigos y compañeros, así como para que los medios de comunicación preparasen mentirijillas, más o menos ingeniosas. En las largas Navidades tradicionales acontecía como un irreverente aldabonazo en el camino hacia el desenfreno general de la Nochevieja y el Año Nuevo.

En la España del “sanchismo”, la mueca de disimulado desdén con que personalmente escuchaba el ritual de las inocentadas se tornó el año pasado en turbación, mezclada con el asco. La televisión pública, lejos de contar ese día una pequeña trola para solaz de los telespectadores, se presentaba como una máquina de propaganda, transmisora de una interminable sarta de mentiras, consignas y marcos mentales para mayor gloria del émulo del Gran Hermano[1] que ocupa el Palacio de La Moncloa.

Tras una introducción en la que se había aludido a los asesinatos de mujeres perpetrados esos días “por sus parejas o exparejas”, la locutora de la edición del telediario de las 15:00 horas de RTVE 1 de ese miércoles 28 de diciembre, se despachaba (minuto 4:00) de la siguiente guisa:

  • “ Y este repunte de casos en diciembre ha obligado al gobierno a convocar al primer comité de crisis contra la violencia de género. Creen que la situación es de extrema gravedad y recuerdan que los crímenes se multiplican, Rocío Merchán, en los días festivos”.
  • (La interpelada, tomando la palabra frente a la sede del ministerio de igualdad en la calle de Alcalá de Madrid) “Así es. En la reunión han estado presentes los ministerios de igualdad, justicia e Interior, además de algunas CC.AA. Durante tres horas han analizado los crímenes machistas que se han producido en el último mes y han estudiado los casos en los que había denuncia previa. El ministerio de igualdad ha apuntado al aumento de la convivencia y a los días festivos como uno de los motivos para este repunte de crímenes. Piden extremar las precauciones, así como la colaboración ciudadana e institucional para evitar nuevos asesinatos. Diciembre, como decís, con 8 casos de violencia de género confirmados y 2 en investigación, es ya el peor mes del año”.

A continuación daban la palabra a la Secretaria de Estado Ángela Rodríguez Martínez (quién se hace llamar “Pam”): “Un 75 % de los casos que hemos estado analizando en el comité de crisis se han dado en días festivos. No es una cifra casual. Queremos pedirle, por favor, a la sociedad que extreme la precaución, que extremen la alerta. No menospreciemos cualquier indicio que podamos tener a nuestro alrededor.

La pieza proseguía con los testimonios de dos “expertos” – Marisa Soleto Ávila[2] y Miguel Lorente Acosta[3] – cuyo cita ahorraré al lector. Se pueden escuchar.

Nótese la enormidad de que el gobierno se había visto forzado a convocar “un comité de crisis” por una serie de ocho crímenes todavía en fase de investigación. No se trataba de hacer frente al ataque de un grupo coordinado contra la población, que requiriese el empleo de medios especiales bajo el mando del gobierno, sino de reunirse después de la comisión de unos delitos irrepetibles para no hacer nada. Porque nada se puede hacer, fuera de las personas concernidas, ante la imprevisibilidad de asesinatos dispersos. Un estado que respete la libertad y los derechos fundamentales no puede colocar un policía debajo de la cama de cada víctima potencial de un asesinato. Puede y debe mantener un sistema penal creíble, capaz de disuadir a los criminales mostrándoles las tremendas responsabilidades que asumen por sus actos.

Ahora bien, el objetivo principal de toda esta febril y paranoica agitación contra un tipo de asesinato o de violencia determinada por el sexo de la víctima no es protegerla de potenciales criminales. El sensacionalismo en las portadas de los medios de comunicación forma parte de un proyecto más amplio. Se trata de un intento de apadrinar la desgracia para trabar una red de intereses dependientes de la financiación del gobierno. Como afirmó con su particular osadía el ínclito orate que lo preside frente a las críticas por las reducciones de penas de su ley de garantía de la libertad sexual: Este gobierno “ha destinado la mayor partida de la historia a la lucha contra la violencia de género”.

Cuando se observa que los resultados de todo ese dispendio no cumplen los fines señalados, se toca a rebato para que los mandarines finjan preocupación.


[1] Me refiero a la novela distópica “1984” de George Orwell. No a la telebasura.

[2] Directora de la Fundación Mujer y miembro del Observatorio Estatal contra la violencia de Género en representación de la misma desde el año 2006.

[3] Exdelegado del gobierno para la violencia de género nombrado por el gobierno de Jose Luís Rodríguez Zapatero (2008-2011)

Bye, bye, Jacinda

El pasado 19 de enero, la primera ministra neozelandesa, Jacinda Arden, dimitió de su cargo como jefa del gobierno de forma sorpresiva y sin previo avisa. Por supuesto, raudos y veloces los adláteres de la izquierda patria salieron raudos y veloces a lamentar la decisión. Carmen Calvo, Íñigo Errejón, Yolanda Díaz y un largo etcétera no dudaron en culpar al machismo estructural, al patriarcado o a Darth Vader por haber privado al mundo de una líder mundial de semejante pelaje.

La líder del Partido Laborista había llegado al cargo en 2017 a los treinta y siete años, convirtiéndose así en la jefa de gobierno más joven en ese momento. Por supuesto, Arden se ha definido siempre con la combinación de sobra conocida: feminista, progresista, verde y republicana. Pese a no obtener la mayoría del respaldo electoral en las elecciones de 2017, en las que obtuvo 46 escaños frente a los 56 del Partido Nacional (centroderecha y bastante liberales en el ámbito económico), fue capaz de articular una mayoría parlamentaria suficiente pactando un gobierno con los verdes y el partido Nueva Zelanda Primero, que, como podemos suponer, se trata de una formación con un fuerte componente antiinmigración.

Cuando llegó la pandemia de la COVID-19, Nueva Zelanda no fue un país que destacase precisamente por una respuesta a la desesperada y sin base científica. Por ejemplo, las mascarillas únicamente empezaron siendo obligatorias en los centros sanitarios. El gobierno únicamente se limitó a una recomendación genérica en espacios cerrados y, sobre todo, a personas con mayor riesgo. La propia Arden se declaró radicalmente contraria a la vacunación obligatoria.

Pero todo esto cambió fue cambiando poco a poco y sin motivo aparente. Cuando la mayor parte del planeta ya había superado cualquier restricción o medida sanitaria, Arden cambió de opinión respecto a la vacunación obligatoria, expulsó a los científicos del comité asesor (aquí y aquí) y llamó “terroristas” a todo aquel que se atreviese a dar una versión u opinión contraria a la oficial del gobierno. Por supuesto, Arden es una abortista confesa (lo llamó “derecho humano fundamental”), pero su argumento en favor de la libertad de elección no llega hasta aquí. El grado de locura llegó a tal punto que se prohibió recuperar una pelota que hubiera caído en el patio vecino. Arden hablaba de prohibir trabajar, consumir en un establecimiento de hostelería o cortarse el pelo en una peluquería a aquellos que se negasen a vacunarse. Se llegó al punto de querer retirar las ayudas sociales a las madres solteras que no pasasen por el aro vacunal, todo ello con un gobierno verde y feminista en el poder desde las elecciones de octubre de 2020.

Con una sociedad totalmente partida en dos, a partir de febrero pasado la situación se agravó a raíz de unas manifestaciones en la que los peligrosos manifestantes pedían libertad, especialmente en lo relativo a la vacunación de niños, objetivo en ese momento del gobierno. Con una tasa de vacunación del 90% entre los adultos, el gobierno implantó el requisito del llamado “pase vacunal” (lo que aquí sería el pasaporte COVID) para formar parte de un equipo deportivo, algo que resultada obligatorio a partir de los 12 años y 3 meses. Sin dicho pase, los niños no podrían participar en actividades extraescolares grupales.

Durante todo 2022, la situación del gobierno laborista no sólo ha ido empeorando por estos motivos, sino ya electoralmente. Las encuestas para las elecciones de 2024 y que Arden anunció que se adelantarán a octubre cuando dimitió, sitúan en los laboristas cinco puntos por debajo del centroderecha, con un fuerte desgaste de su electorado. La dimisión de Arden, más que centrarse en cuestiones patriarcales, parece estar más enfocada al previsible descalabro electoral de su partido este año. Pero ese posible argumento no vende.

Un buen día para la libertad el día que Arden anunció que se largaba.

Fuente 1. https://www.reuters.com/world/asia-pacific/thousands-protest-covid-19-rules-new-zealand-marks-90-vaccine-rates-2021-12-16/

El sistema de pérdidas y ganancias en el mercado y su vinculación con la incertidumbre: su impacto en el sistema político

El objetivo de Carl Menger era descubrir leyes en el campo de la economía y, basándose en su descubrimiento, establecer qué arreglo económico contribuiría mejor a que las personas puedan satisfacer sus necesidades siempre y cuando las condiciones económicas así lo permitieran. Afirmó claramente que su mayor preocupación era la solución de los problemas del bienestar humano, que es un interés público de la mayor importancia (1871, 46). Este empeño mengeriano es similar a la preocupación de Adam Smith, que también buscaba asegurar la “riqueza de las naciones” (1776) en lugar de dar consejos empresariales sobre cómo enriquecerse a unos pocos elegidos.

El principal punto de partida de Menger para realizar su análisis económico era que, en el ámbito de la economía, la característica fundamental inherente al ser humano es la capacidad de pensar, de descubrir nuevas conexiones y de poner en práctica novedosos descubrimientos para, mediante su trabajo, garantizar la disponibilidad de los requisitos materiales que se consideran necesarios para la vida. Así lo expuso en el capítulo “Las causas del progreso del bienestar humano” (1871, 71-73).

La tesis de los ‘Principios’

La tesis implícita más importante de los Principios de Economía es que los mercados libres competitivos son el mejor entorno institucional para garantizar los bienes considerados necesarios. La escasez en un contexto de incertidumbre y las leyes del mercado obligan a los individuos a descubrir cómo economizar e innovar, con el objetivo de satisfacer sus necesidades y deseos de la mejor manera posible con bienes, si es que estos se consideran que necesarios para su bienestar. Las leyes de los mercados son consecuencias de las acciones, los deseos y las limitaciones humanas. Las leyes económicas recompensan a quienes inventan y producen bienes que son adquiridos por los consumidores, impulsando así el progreso del bienestar humano y el avance de la civilización. La recompensa por aplicar un descubrimiento o introducir elementos innovadores y por economizar es una ganancia inusualmente alta.

La ganancia es la consecuencia de una posición de monopolio temporal del primero en mover ficha en un nicho de mercado, siempre que ofrezca bienes buscados por los consumidores. En esta cadena de causalidad, Menger no necesitó invocar el factor de la incertidumbre como razón de la recompensa empresarial, como hicieron los pensadores económicos anteriores a Menger, como Richard Cantillon o Anne Robert Jacques Turgot, o después de Menger, como Frank Knight.

No obstante, sostengo que la incertidumbre es un factor subyacente importante si se tiene en cuenta el impacto social y político más amplio del sistema de beneficios y pérdidas de los mercados y su conexión con el monopolio.

Menger, incertidumbre y escasez

Menger no discutió las implicaciones políticas de sus teorías. Siguió la tradición de la economía política británica e investigó la vida económica “pura” y las motivaciones económicas “puras” (Sobre la tradición del análisis económico puro véase: Bagehot, 1885). Menger rara vez se aventuró a hacer observaciones sobre la aplicación práctica de sus teorías y no discutió las acciones extraeconómicas de los seres humanos para garantizar sus necesidades de bienes.

En la próxima sección, partiendo de la teoría mengeriana sobre el monopolio y su relación con la ganancia, demostraré cómo la interacción entre la incertidumbre y las acciones extraeconómicas dan forma a nuestros sistemas sociales y políticos.

Para Menger, la incertidumbre y la escasez son las condiciones clave que configuran la acción económica humana con la fuerza de una ley exacta. La incertidumbre tiene dos fuentes. Una es el conocimiento imperfecto; la otra son los acontecimientos externos impredecibles, incluidas las acciones de otros seres humanos.

Incertidumbre e innovación

Una de las principales consecuencias de la incertidumbre es el esfuerzo constante de los agentes económicos por perfeccionar sus conocimientos y reducir su incertidumbre. La paradoja es que la ampliación de los conocimientos y los descubrimientos (invención e innovación) también provocan nuevas incertidumbres, y no sólo eliminan las antiguas. Traducir este efecto paradójico en la acción empresarial significa que, mientras los empresarios de éxito obtienen beneficios extraordinarios por resolver un problema, otras empresas establecidas en los nichos de mercado afectados sufren pérdidas o incluso se enfrentan a la quiebra. Así, paradójicamente, para las empresas establecidas, una de las mayores causas de incertidumbre es el descubrimiento empresarial y la consiguiente entrada de un competidor o competidores inesperados.

Así pues, un sistema económico basado en el mercado no solo permite obtener beneficios a los empresarios de éxito, sino también un sistema de pérdidas y ganancias, como señaló sucintamente Ludwig von Mises (1949). Como consecuencia, la competencia equivale a destrucción para quienes sufren la disminución de beneficios, o incluso la quiebra.

Destrucción creativa en el libre mercado

La naturaleza de doble cara de la competencia fue bien captada por el famoso término de Schumpeter “destrucción creativa“, que es el proceso incesantemente revolucionario de invención e innovación que destruye la antigua estructura económica, al tiempo que crea una nueva (Schumpeter 1943). La incertidumbre provocada por la competencia y la innovación no sólo pone en peligro a las empresas establecidas, sino también a sus empleados, a sus proveedores y a sus trabajadores, afectando así al sustento de muchas familias.

Así, mientras que una economía de libre mercado es el entorno institucional más propicio para la aparición constante de empresarios con ideas innovadoras, para las empresas establecidas la mayor fuente de incertidumbre es la innovación empresarial basada en nuevas invenciones.

En el contexto de la incertidumbre provocada por la destrucción creativa en el libre mercado, la idea mengeriana de la obtención de beneficios basada en el monopolio, conduce a la consecuencia práctica de por qué se desarrolla una interacción entre los agentes económicos y el intervencionismo estatal (o regulación comunitaria) en la vida económica: para limitar la competencia y garantizar la estabilidad y la seguridad “tradicional”. Así, una forma crucial de reducir o eliminar la incertidumbre debida a la competencia es limitar la competencia asegurando un monopolio permanente de un orden bien regulado en lugar del monopolio temporal de los mercados competitivos.

Gremios y monopolistas

Menger tenía muchos ejemplos de este tipo de acciones de limitación de la competencia en los Principios de Economía en nombre de las empresas establecidas para minimizar la incertidumbre derivada de la competencia. Señaló que es común que un monopolista defienda “su posición contra la entrada de un competidor de la manera más beligerante”. Pero, una vez que el competidor ha establecido su posición, también es habitual que intenten llegar a un entendimiento entre ellos para seguir una política monopolística modificada, repartiéndose el mercado entre ellos (1871, 221).

De forma similar, señaló a los gremios como organizaciones monopolísticas de productores locales, cuya intención es limitar la competencia en parte mediante la regulación interna de la producción por parte de sus miembros y, al mismo tiempo, impedir la entrada de nuevos competidores en el mercado (1871, 215). También mencionó que la compulsión legal puede limitar la entrada de competidores mediante la concesión de monopolios legales, la regulación de los derechos de autor y las marcas registradas (1871, 55).

Regulación y monopolio

El objetivo del monopolio regulador es proteger de la competencia a las empresas establecidas (1871, 216). En la práctica, la regulación garantiza el monopolio permanente y el flujo ininterrumpido de la posición de monopolio y del beneficio monopolístico para el empresario o grupos de empresarios privilegiados, limitando o bloqueando el acceso de nuevos empresarios con nuevas ideas en los nichos de mercado monopolizados.

Por lo tanto, existe un incentivo y, de hecho, un esfuerzo constante por parte de las empresas establecidas para limitar la competencia tanto como sea posible a través de la regulación comunitaria o estatal y para dificultar o bloquear por completo la entrada de nuevos empresarios en un nicho de mercado, y de esta manera garantizar una seguridad permanente y sin perturbaciones y el beneficio del monopolio para las empresas existentes.

Karl Polanyi

Karl Polanyi en La gran transformación (1944) argumentó que el capitalismo industrial de libre mercado del siglo XIX provocó el surgimiento de contra-movimientos populares protectores en variadas formas de varias capas de sociedad contra las fuerzas destructivas y la inseguridad del capitalismo, que destruye las comunidades humanas. Los contra-movimientos, junto con el intervencionismo estatal, pretendían limitar el libre comercio para garantizar la seguridad frente a las fuerzas destructivas de los mercados.

Basándome en las ideas mengerianas, sostengo que los movimientos populares no solo surgen de una dirección que pretende lograr el proteccionismo y el control del mercado como planteaba Polanyi. En mi opinión, por lo que se refiere a la regulación de los mercados, hay dos contra-movimientos opuestos que compiten en cualquier sociedad. Uno por menos regulación, a favor de una mayor libertad, por una entrada más libre en los mercados; otro por más regulación, por la limitación de los mercados y a favor de una mayor restricción del libre comercio y, en su forma más radical, por la eliminación completa de los mercados en forma de socialismo marxista.

La razón de estos dos movimientos contrarios en pugna es la consecuencia económica y social de los dos tipos de monopolio existentes, tal como los describió Menger, en el contexto de escasez e incertidumbre.

Los riesgos del monopolio regulador

Menger sostenía que la posición de monopolio regulador o permanente garantiza la seguridad, pero también tiene desventajas. En una economía monopolizada, que carece de competencia, el productor monopolista no está interesado en la innovación tecnológica, ni en la invención de nuevos productos. Tampoco está interesado en economizar la producción, haciéndola más eficiente y producir más bienes a un precio más barato.

Su beneficio monopolístico está asegurado y no hay ninguna razón de peso para que el monopolista se esfuerce por satisfacer todas las necesidades. El elevado precio fijado en un mercado no competitivo significa que los consumidores de los estratos de renta más bajos no pueden permitirse comprar los bienes monopolizados. Los consumidores compiten por los bienes escasos, y el productor monopolista disfruta de una posición privilegiada y de unos beneficios inusualmente altos.

La consecuencia negativa más importante de la red de monopolios es la escasez generalizada, el bajo nivel de consumo muy por debajo de las necesidades, el estancamiento tecnológico y social y el arraigo de élites oligárquicas explotadoras, mientras que el resto de la población es pobre o más pobre de lo que podría ser en caso de una economía de mercado abierta y competitiva.

Mercado libre

Por otra parte, un mercado libre hace posible la entrada de competidores en cualquier nicho de mercado, lo que garantiza una economía de mercado dinámica y el progreso económico. La competencia fomenta tanto la invención y la innovación como la reducción de los residuos al forzar una producción cada vez más eficiente. La competencia obliga a las empresas a bajar sus precios, reducir sus beneficios y aumentar la producción. De este modo, permite que las personas de los estratos de renta más bajos puedan consumir aquellos bienes que antes solo consumía una reducida élite. Esto garantiza la mejor satisfacción posible de las necesidades humanas individuales y de la sociedad en general, en la medida en que el bienestar puede garantizarse con una oferta de bienes.

Sin embargo, la consecuencia negativa de los mercados libres es la falta de estabilidad y seguridad, la incertidumbre y la destrucción, según la expresión de Schumpeter.

Así pues, los mercados libres y los mercados cerrados ofrecen ventajas y desventajas. En consecuencia, hay movimientos populares tanto a favor como en contra del libre mercado y del proteccionismo.

Siempre hay personas con rasgos empresariales que están a favor de la libre entrada en los mercados; gente que quiere libertad, vivir mejor, que quiere hacer realidad sus ideas y sus sueños. Pero todo orden regulado y estancado limita la prosperidad. Hay, además, personas insatisfechas que culpan de su miseria al orden oligárquico que explota los frutos de su trabajo. Incluso las propias élites atrincheradas pueden tener interés en un mercado más libre para tener acceso a lujos producidos en otros lugares y de obtener ingresos extra para cubrir sus necesidades de consumo.

Por otro lado, siempre hay personas y empresas establecidas que quieren más seguridad, orden, ingresos estables y estabilidad limitando la competencia y asegurándose una especie de posición de monopolio. Pugnan por la regulación comunitaria o la intervención estatal para limitar el caos, las injusticias del libre mercado y el poder de los capitalistas, y crear una especie de sociedad monopolizada y jerarquizada, con un orden bien establecido y con las menores perturbaciones posibles en la vida económica.

La posición de las élites

La influencia relativa de los movimientos populares promercado y proteccionistas en liza se decide en función de la posición de las élites políticas gobernantes que dominan la maquinaria estatal con su inmenso poder sobre la sociedad. Si no se alcanza un compromiso entre ambos, existe la posibilidad de que se produzca un golpe de Estado o una revolución, y de que uno de los dos se imponga al otro.

Las élites políticas están tan divididas como la propia sociedad en cuanto a adoptar un orden proteccionista, jerárquico y oligárquico u optar por un orden más libre y dinámico, que perturbe las jerarquías y la estabilidad tradicionales.

Por un lado, los gobernantes pugnan por la estabilidad del orden interno y jerárquico, que garantice un sistema oligárquico con una influencia política imperturbable. Esto empuja a la élite política a adoptar estrategias a favor de la creación de monopolios y la limitación del libre comercio y los mercados. No es de extrañar que las sociedades humanas hayan vivido en un orden social casi estático en diversas civilizaciones a lo largo de miles de años. No obstante, estos imperios fueron capaces de desarrollar fantásticos logros culturales y tuvieron algunos cambios y progresos parciales, aunque lentos y controlados por élites políticas que pugnaban por la estabilidad.

Pero los Estados no existen en el vacío. El dinamismo económico y social, el avance tecnológico y la creciente riqueza creada por una economía más libre se traducen en ventajas militares. Debido a la competencia geopolítica, ningún Estado puede permitirse permanecer congelado en el estancamiento si tiene un oponente militarmente superior por su economía dinámica y sus ventajas tecnológicas.

De ahí el dilema de todas las élites políticas, especialmente desde el siglo XVII cuando en Inglaterra se aceleró la transición hacia un mercado más libre. El dilema es si liberalizar los mercados o bien optar por la protección y la limitación mediante la creación de un orden oligárquico atrincherado sustentado por monopolios.

Se trata de saber equilibrar los diferentes aspectos de las necesidades de poder de la élite política: la mercantilización, que responde a los retos del presente en términos de geopolítica, o el mantenimiento de situaciones monopolizadas, que garantizan la estabilidad del poder y aseguran los ingresos de la élite política con el posible peligro de ser colonizados o semi-colonizados por un poder superior.

Franz Oppenheimer

La existencia de contra-movimientos pro-mercantilización y pro-proteccionistas, cada uno de los cuales incluye a sectores de las élites empresariales y goza de un amplio apoyo social, arroja una nueva luz sobre una dicotomía ampliamente empleada en la literatura libertaria. El pensamiento de la literatura libertaria a través de Murray Rothbard estuvo muy influido por el libro de Franz Oppenheimer sobre el Estado, publicado en 1905. Oppenheimer argumentaba que uno podía adquirir los bienes deseados por “medios políticos” y por “medios económicos“. Los medios económicos son el trabajo y el intercambio de los frutos del trabajo, mientras que los medios políticos son la apropiación de los frutos del trabajo de otros.

Oppenheimer opinaba que la historia del mundo, desde los tiempos primitivos, puede describirse como “una contienda… entre los medios económicos y los medios políticos“.  Para Oppenheimer, el Estado es la encarnación institucionalizada de los medios políticos. La clase política es una clase de barones ladrones, que obtienen su riqueza mediante la expropiación coactiva del fruto del trabajo de los productores. Esta perspectiva es similar a la de los pensadores franceses de principios del siglo XIX, redescubierta por Ralph Raico. Los pensadores franceses sostenían que la clase política gobernante se apropia del fruto del trabajo a través de los impuestos de los productores (Blanqui, id by Raico, 187) y que la clase de los burócratas estatales solo existe sobre los productos de la clase industriosa (Comte, id by Raico 196.).

De las ideas embrionarias de Menger podemos deducir un panorama mucho más complicado: una sociedad profundamente dividida bajo las limitaciones de la escasez, la incertidumbre y la competencia geopolítica. En cada sociedad (estado), uno de los conflictos políticos y sociales clave es si se opta por la estabilidad, la jerarquía, el orden bien establecido no basado en el mercado (o que sólo permite un papel mínimo o secundario papel a los mercados), que tarde o temprano se convierte en un orden tradicional y bien arraigado sancionado con la bendición de los dioses o la opinión de los expertos; la segunda opción es decantarse por la economía de mercado dinámica que desata la destrucción creativa y socava la posición bien arraigada de las capas de vida tradicional de los productores y de fuentes de poder de las élites oligárquicas.

Estabilidad institucional

Las sociedades humanas vivieron durante miles de años bajo el yugo de una pequeña élite en sociedades estables, jerarquizadas y explotadoras y los productores, en una pobreza inimaginables y bajo el régimen de la servidumbre. Sin embargo, estas sociedades eran muy estables. El antiguo Egipto no se derrumbó por la revuelta de los constructores de pirámides, el imperio romano sobrevivo fácilmente a las revueltas ocasionales y locales de los esclavos; las sociedades feudales europeas florecieron durante cientos de años y el campesinado sólo se rebelaba en raros años de cosechas inusualmente malas.

Pero una vez que se produjo la transición a una economía de mercado dinámica, primero en Inglaterra, no fue posible mantener las sociedades jerárquicas cerradas tradicionales sin correr el peligro de ser colonizadas o explotadas por las potencias militares superiores de los estados “capitalistas”. Pero la transición a los mercados no sólo tuvo que ver con la potencia bélica.

La transición a la economía de mercado dinámica también trajo consigo un auge nunca experimentado de las condiciones de vida. Friedrich von Gentz, asesor del canciller conservador austriaco Metternich, que tradujo al alemán los escritos de Burke, escribió que la nueva era que comenzó con la transformación inglesa, demostraba que la anterior era un lugar de barbarie, degradación, esclavitud y mil miserias. A diferencia del pasado, la nueva era significaba el amanecer de la justicia y la libertad. 

Menger, aunque señalaba que la incertidumbre es una condición siempre presente en la vida humana, tenía una visión optimista; pensaba que la inventiva y el ingenio humanos superan las crisis causadas por acontecimientos externos. Mises también compartía su punto de vista: a pesar de que los beneficios van acompañados de pérdidas para otros, en una economía creciente, la plenitud de los bienes y la riqueza van en aumento y, en consecuencia, la suma total de los beneficios es mayor que la de las pérdidas (Mises 1949).

Capitalismo: evolución y progreso

En una línea similar, Schumpeter argumentó que el capitalismo, por su naturaleza, es un sistema económico preparado para tener un carácter evolutivo y un progreso, desarrollo y crecimiento cada vez mayores. El impulso fundamental es la innovación empresarial en las áreas de los nuevos bienes de consumo, los nuevos métodos de producción o transporte, los nuevos mercados y las nuevas formas de organización industrial (Schumpeter 1943). La metáfora de la “destrucción creativa” es engañosa: implica igualdad de creatividad y destrucción.

En la vida real, sin embargo, los beneficios de la creatividad son mayores que los impactos destructivos de una nueva idea. No obstante, también tenemos que preguntarnos si una idea de negocio puede ser más destructiva que una política gubernamental equivocada que prometa orden y certidumbre. De hecho, Mises fue el primero de los principales economistas austriacos que advirtió que, la confianza en el poder omnipotente de los gobiernos conduce a resultados contrarios a las grandes promesas.

Las guerras, las persecuciones de las minorías, el hambre, las destrucciones más devastadoras de la vida humana, todas fueron consecuencias de acciones gubernamentales omnipotentes, equivocadas. Por ello, Mises nos advirtió de que, mientras que en el discurso público la principal preocupación es la incertidumbre y el caos de los mercados en los discursos populistas, el verdadero peligro para la vida humana es el gobierno omnipotente, que hace caso omiso de las preocupaciones humanas y reordena la economía y la sociedad de acuerdo con el plan maestro del super-planificador, ya sea un dictador megalómano o un planificador tecnocrático altamente educado y bienintencionado.

Cómo entienden la cultura la izquierda y la derecha

Desde una perspectiva de derecha en ciencias sociales, la cultura es una fuente de identidad y pertenencia, así como una institución dinámica formada por diversos mecanismos desarrollados evolutivamente con finalidad de proteger al grupo y facilitar la adaptación, la coordinación y la cooperación. Para la izquierda, la cultura también es fuente de identidad, pero consideran que responde a estructuras de poder, de modo que su función principal es perpetuar el poder de la clase burguesa, masculina, heterosexual o blanca. La cultura contendría los pilares que sostienen la explotación, la violación y el machismo.

Ante un encuentro intercultural, ambos marcos de interpretación detectan problemas diferentes:

  • Para la derecha, el encuentro entre culturas puede poner en riesgo la sensación de identidad y pertenencia de sus miembros y puede conducir a incorporar nuevos mecanismo menos eficientes o incluso contraproducentes para la coordinación, cooperación o unidad del grupo. Desde este punto de vista, se puede suscitar una resistencia inicial – difícil de sostener por mucho tiempo – que progresivamente de paso a una aculturación mutua donde las costumbres más funcionales e identitariamente más fuertes tiendan a prevalecer.  

Para la derecha, el dialogo se produce entre las tradiciones o aquellos que ha venido funcionando y las nuevas necesidades ambientales. Por ejemplo, una pregunta de estudio sería ¿Cuáles son los roles de género preindustriales y postindustriales que debemos adoptar? ¿Qué elementos culturales podemos cambiar o desechar sin poner en riesgo a la familia o las tradiciones?

  • Para la interpretación izquierdista, en la que la sociedad se define por sus luchas de poder, el encuentro entre culturas suele entenderse del mismo modo que los intercambios de mercado, como juegos de suma cero. Una cultura dominante roba o destruye a la cultura oprimida (apropiación cultural). Sin embargo, al haber luchas de poder intraculturales e interculturales, a la nueva izquierda le aparece y reaparece paradojas al promover multiculturalismos, ya que consiguen en parte mantener intacta la cultura «oprimida» (generalmente autóctona, originaria o alternativa a la europea o norteamericana), a costa de mantener intactas las dinámicas tradicionales opresivas dentro de esa cultura.

Para la izquierda, los conflictos denunciados se luchan en el campo cultural con el fin de alcanzar la hegemonía. La función de la cultura no es facilitar la adaptación a nuestro entorno, sino responder a las luchas sociales universales. Por ejemplo, una pregunta de estudio sería ¿Cuáles son los roles de genero justos e iguales independientemente del contexto y la época? ¿Qué elementos culturales representan la lucha por la resistencia de un grupo oprimido?

Las ventajas competitivas

Es bien sabido que para la izquierda no hay coherencia en la noción de cultura y sus aplicaciones prácticas y políticas. Ciertas culturas como la europea, la estadounidense, la católica o la burguesa deben ser moldeables como la arcilla húmeda, mientras que todas las demás deben recluirse para permanecer intactas. Del mismo modo, las culturas «dominantes» no pueden vincularse en ningún caso a una raza o etnia  (un alemán necesariamente blanco), pero las «oprimidas» deben responder a un linaje casi perfecto ( solo se es indígena por herencia). En otras palabras, un negro de las costas caribeñas puede identificarse sin remordimientos como estadounidense tras un fin de semana en Nueva York, pero a un estadounidense blanco no puede osar a identificarse con la cultura afrocaribeña a pesar de haber vivido durante años en un país como Jamaica.

Incluso esta noción errada, conflictuada y conflictiva de la cultura ha llegado a los negros e indígenas en Iberoamérica, quienes llevan a cabo campañas de protección de su cultura de la apropiación por parte de los blancos nacionales y extranjeros. Sin embargo, el problema revela un conflicto entre aquellos que viven o generan ingresos a partir de vender su cultura y aquellos que no necesitan de ese recurso y solo quieren que permanezca inalterado. Un ejemplo de ello ha sido la polémica en torno de si las mujeres blancas pueden usar el cabello entrenzado de la forma que lo han popularizado las mujeres negras. Lo interesante del caso fue la defensa de su trabajo y sus clientes por parte de mujeres negras que trabajaban de forma autónoma haciendo las trenzas en las playas y otros sitios turísticos, frente a los «guerreros de la justicia social» dispuestos a quitarles sus trabajos para ayudarles.     

Aunque cueste aceptarlo, en el sector del turismo las culturas se venden porque son parte de la experiencia y agregan valor a los sitios. Lo que destruye una cultura no son los intercambios ni las «apropiaciones» sino su aislamiento y fosilización. De hecho, si las culturas no son incluidas como un sazonador a las experiencias, el mercado desarrolla ofertas donde quedan anuladas por completo. Por ejemplo, podemos visitar sitios como Cusco donde las costumbres locales permean toda la experiencia haciéndola única, o podemos visitar sitios como Tulum en donde los empresarios han enfocado sus inversiones en construir una experiencia cultural sincrética y genérica.  

El afán por conservar las culturas e ir en contra de sus intercambios de mercado perjudica enormemente a quienes pueden obtener, por sus particularidades culturales, una ventaja competitiva. La globalización y las cadenas de hoteles o cruceros nos permiten disfrutar de comida y servicios internacionales en cualquier parte del mundo; por lo que, para competir con estas cadenas, los locales deben ofrecer buena comida, buen servicio y una experiencia cultural inmersiva e intensa. De hecho, deben explotar a tal punto su cultura que incluso los hoteles quieran invertir en ellas, en cuyo caso, el mercado no tiende a la desaparición de la diversidad cultural sino a su revalorización.

Si el futuro que nos espera traerá la automatización de muchos trabajos, abundancia material y alimentos cultivados de forma automatizada y sin grandes restricciones climáticas, no tiene sentido que se espere que los pobladores rurales vivan de la agricultura, pero sí que vivan del turismo y su oferta cultural. Muchos lugareños han tomado conciencia de esta tendencia del mercado, siendo más rentable convertir la casa frente al mar en una posada que dedicarse a la pesca o cultivar ayahuasca para los rituales que se han popularizado entre los turistas que cultivar alimentos para ellos.

El caso del mundial en Catar

Es difícil comprender plenamente los motivos de los políticos cataríes para acoger la Copa del Mundo de 2022. Pero está claro que la promoción de su cultura formaba parte del programa. Es posible que se dieran cuenta de la importancia de desarrollar una fuerte identidad cultural para abrirse camino política y comercialmente en el mundo y alcanzar un mayor grado de influencia.

 A efectos de política interior, la cultura crea el mito o la narrativa que facilita la cooperación, un sentimiento de unión que puede utilizarse tanto para bien como para mal. A efectos de política exterior, una fuerte identidad cultural proporciona cierto blindaje a la estructura política nacional frente a las narrativas extranjeras que pueden colarse y debilitarla. Y, por último, en términos de mercado, forzar o reforzar la identidad cultural abre nuevos nichos de mercado en asuntos relacionados con el deporte, la gastronomía o las artes.

Hasta ahora, todo parece indicar que, en términos de promoción de la cultura musulmana-catarí, la Copa del Mundo fue un éxito. Los visitantes pudieron visitar museos, mercados, instituciones públicas y comprobar de primera mano la riqueza y el «éxito» político de Catar como nación. Las redes sociales se llenaron de vídeos de aficionados disfrutando del evento y adquiriendo costumbres religiosas locales, por lo que es posible que se hayan desarrollado asociaciones muy positivas hacia el islam y la cultura musulmana. Una semilla que puede cosecharse en el futuro.

Conclusión

En los últimos años, la identidad cultural ha cobrado protagonismo en el mundo académico, la política, los mercados y el arte. Los políticos conocen el poder de la identidad e invierten en potenciarla porque pretenden rentabilizarla política y electoralmente, y aunque a algunos nos gustaría pasar un poco de los identitarismos actuales, esto no es posible porque los individuos responden fuertemente a estas señales y discursos. No obstante, quienes partimos de una visión antropológica basada en la cooperación y no en el conflicto, podemos entender con otro paradigma los asuntos culturales y explorar el papel del mercado como una poderosa herramienta para revalorizar las culturas teniendo en cuenta su inherente dinamismo.

Anarcocapitalismo y anarco-comunismo, las diferencias fundamentales

El anarquismo, como filosofía política, es un movimiento que se remonta a la antigüedad. Las reflexiones más antiguas se pueden remontar al filósofo chino Lao Tsé. Por supuesto, esa filosofía apareció en la Antigua Grecia con pensadores como Hipias de Elis o Alcidamas de Elea. En todos los periodos históricos el anarquismo ha tenido su presencia en los círculos intelectuales y filosóficos. Pero es en la segunda mitad del S.XIX cuando podemos marcar el origen del anarquismo moderno.

Durante la celebración de la Primera Internacional Obrera en 1864 se produjo un distanciamiento entre los defensores de las tesis de Bakunin y los partidarios de Marx, las discrepancias se basaban en la concepción del Estado: la visión marxista del estatismo autoritario, de la dictadura del proletariado, frente a la inmediata destrucción del Estado que defendía Bakunin. Esto llevó a estos dos movimientos por sendas diferentes.

La mayoría de la población ve en el anarquismo un movimiento homogéneo, vinculado a manifestaciones antisistema; un pensamiento que defiende que volvamos a la “ley de la selva” y al “caos”. La primera imagen que se le pasa por la cabeza a cualquier persona cuando le mencionas la palabra anarquismo son disturbios en manifestaciones o incluso atentados. Pero nada más lejos de la realidad; el anarquismo, como filosofía política, es un movimiento con un gran recorrido histórico, distintas visiones, autores, definiciones y concepciones.

Anarcosindicalismo

Seguramente, en nuestro país, la deriva anarquista que más repercusión tuvo fue el anarcosindicalismo durante la Revolución social española de 1936, uno de los pocos momentos y lugares en la Historia donde el anarquismo fue llevado a la práctica. Aunque tenemos diversas corrientes como el anarquismo individualista de Max Stirner, el mutualismo de Pierre-Joseph Proudhon, o nuevos movimientos como el anarquismo ecologista o el anarcofeminismo, hoy nos centraremos en lo que seguramente son las dos concepciones más diferentes entre sí, se trata del anarco-comunismo y la anarquía de propiedad privada o anarcocapitalismo.

Comencemos primero por las similitudes, ambos movimientos establecen una crítica similar al Estado, están en contra de la imposición estatal porque lo consideran como un ente ilegítimo que oprime al individuo. Realmente esta es la única similitud total entre ambos movimientos, su visión del Estado, porque posteriormente tendríamos “similitudes parciales”.

Anarcocapitalismo

Es bien sabido que el anarcocapitalismo defiende el derecho del individuo por encima del colectivo, pero repasando la literatura anarcocomunista también vemos como hablan de manera continuada del derecho individual de las personas, aunque posteriormente en la práctica el individuo sea subyugado por el colectivo. Es decir, sobre el papel sería una similitud, en la práctica una diferencia radical.

Ahora vayamos con las diferencias, en primer lugar, tenemos que decir que, como es evidente, el anarcocomunismo es anticapitalista, ya que considera que el capitalismo es un elemento más del sistema que explota al individuo, creen que el Estado, el capitalismo y la autoridad de la Iglesia son los elementos centrales que oprimen al ser humano. Por supuesto, opta por la abolición de la propiedad de los medios de producción, y la colectivización de recursos y sectores estratégicos, respetando únicamente el concepto de uso, al igual que el marxismo. Por el contrario, el anarcocapitalismo ve en el libre mercado y la asociación voluntaria la solución a todos los problemas, problemas creados por la intervención estatal.

Anarcocomunismo

El anarcocomunismo no es marxista en sí, ya que rechaza el elemento principal de la teoría de Carl Marx, que es la teoría del valor trabajo. Pero ello no les lleva a abrazar la teoría subjetivista del valor, sino que tienen una tercera vía: No aceptan ningún valor numerario del precio o el salario, por lo que rechazan utilización del dinero. En España, durante la guerra civil, el dinero llegó a ser eliminado, siendo reemplazado por vales sellados por los respectivos comités.

Otro elemento fundamental es que el anarcocomunismo no es que rechace cualquier tipo de Estado, sino que rechaza, y esta es la clave de su fracaso, cualquier tipo de autoridad o jerarquía. Es por ello por lo que el matiz anticlerical es esencial, ya que ve en la Iglesia una autoridad ilegítima: “Ni Dios ni amo”, aunque ha habido ejemplos de anarquistas cristianos como Leon Tolstoi, llegando incluso a crear su propia doctrina: el movimiento tolstoiano.

Es tal el fanatismo antijerárquico del anarcocomunismo que incluso llega a defender la destrucción de la familia como sistema de autoridad. A mi juicio, esto es ir en contra ya no sólo de la naturaleza, sino de la realidad, pues las jerarquías son inevitables dentro de las relaciones humanas, y no necesariamente tienen que ser negativas si son libres y voluntarias, por no hablar de la autoridad, como explicó ya Max Weber, la autoridad puede ser de distintos tipos: tradicional, racional-legal y carismática, algunas de ellas no sólo inevitables sino, a mi parecer, deseables.

Anarquismo no revolucionario

El anarquismo individualista o de propiedad privada nunca fue, al contrario que el anarcocomunismo o el anarcosindicalismo, un movimiento de masas. Se redujo a un cómputo de ideas filosóficas y literarias encuadradas en círculos académicos muy concretos y minoritarios. Además, ambos movimientos tienen una concepción de la toma del poder, el anarcocomunismo opta por la revolución, en un sentido amplio, tomar por la fuerza el poder y destruir el Estado para eliminar la propiedad privada y todo tipo de autoridad y jerarquía preexistente, tabula rasa, cómo vemos no parece muy coherente con la idea de libertad individual.

En cambio, el anarcocapitalismo, no es revolucionario, respeta el derecho de no agresión y la propiedad privada, en palabras de Miguel Anxo Bastos: “El anarcocapitalismo llegará cuando la gente pida anarcocapitalismo”, esta concepción es pacífica y, si me permiten la expresión, casi mesiánica, pero por lo menos es coherente con las ideas que defiende.

Por lo tanto, tenemos dos movimientos anarquistas con pequeñas similitudes y enormes diferencias, uno con una larga historia detrás y otro como un movimiento relativamente reciente al que le queda mucho por explorar y teorizar. Lo realmente necesario es que se siga estudiando el anarquismo en un sentido amplio, que la población sepa de la heterogeneidad del movimiento y se deje de prejuicios y estigmatizaciones.

Lo que aporta la humanidad

John O. McGinnis. Este artículo ha sido publicado originalmente en Law & Liberty.

ChatGPT se ha vuelto omnipresente. En mi primera reunión de profesores de este semestre se planteó el problema de los estudiantes de Derecho que utilizan esta tecnología para dar respuestas a preguntas de examen o redactar trabajos. Dos profesores de Derecho han publicado un artículo en el que demuestran que con ChatGPT ya se podrían aprobar dos partes del examen de acceso a la abogacía (las secciones de agravios y pruebas). Una empresa ofreció la semana pasada un millón de dólares para que un abogado se pusiera unos auriculares y repitiera las respuestas del Chat a las preguntas de un argumento oral en el Tribunal Supremo. Esto último es, sin duda, un truco de marketing. Ningún abogado lo haría, aunque fuera legal, y ChatGPT aún no está listo para el prime time del Tribunal Supremo. No obstante, la empresa del truco ofrecerá sus servicios en el tribunal de tráfico el mes que viene.

Y estos son sólo algunos de los avances en el único campo del derecho. Dado que ChatGPT se ofrece ahora como servicio gratuito, millones de personas ya lo han utilizado tanto por trabajo como por placer, mucho más que Google y Facebook en sus periodos iniciales. Un divertido juego de salón consiste en pedirle que escriba en el estilo de un autor favorito, como Hemingway, o que explique asuntos bajo diferentes restricciones, como escribir un soneto en pentámetro yámbico explicando la teoría de la disuasión de Thomas Schelling. El último resultado no estuvo mal, sobre todo teniendo en cuenta su formulación instantánea.

Puntos fuertes, limitaciones y avances futuros

ChatGPT (más formalmente Chat Generative Pre-Trained Transformer) es un chatbot avanzado. Se entrena a partir de una gran cantidad de texto, utilizando los últimos avances en el campo computacional de las redes neuronales. Las redes neuronales son una versión en silicio de las neuronas del cerebro y, al igual que éste, pueden adoptar pesos positivos o negativos para ayudar a predecir futuros estados del mundo. El chat utiliza estas redes neuronales para predecir qué palabras y frases deberían aparecer a continuación, en función de las instrucciones que le dé el usuario, como “escribe una defensa de quinientas palabras de Citizens United contra FEC”. Es una versión mucho más potente de lo que hace Outlook cuando nos sugiere completar nuestras frases en el correo electrónico. El Chat también puede fusionar dos redes diferentes para formar una tercera cuando su pregunta es “escribe una defensa de Citizens United al estilo de Henry James”.

Las capacidades del sistema son sorprendentes: tiene una fluidez extremadamente rápida y gramaticalmente impecable sobre cualquier tema. Sin embargo, sigue teniendo algunos fallos y puntos débiles. Comete errores: Cuando le di la indicación de Citizens United, cuatro de sus cinco defensas eran excelentes y probablemente las mismas cuatro con las que yo habría empezado, pero también afirmó erróneamente que el caso exigía que las contribuciones a las campañas electorales se hicieran públicas. En su lugar, la mayoría afirmó únicamente que los poderes legislativos podían exigir dicha publicidad. Y a veces alucina o inventa completamente. Cuando un colega le pidió que escribiera un artículo académico sobre un tema jurídico, insertó el apoyo de artículos que nunca se han escrito, ¡aunque los autores de estos artículos fantasma son de hecho expertos en la materia!

Y teóricamente, existe una limitación: ChatGPT sólo está conectado a las palabras que la gente ha escrito sobre el mundo, no al mundo en sí. Flota en el vasto mar de verborrea que hemos creado y no está conectado directamente al mar real ni a nada más sobre el mundo fuera de nuestras representaciones del mismo.

Pero los modelos GPT mejorarán de muchas maneras. En primer lugar, a medida que los equipos informáticos sean más potentes, siguiendo la ley de Moore, los modelos serán más capaces. En segundo lugar, se especializarán más al combinar la formación lingüística general con la formación que enfatiza y da más peso a tipos específicos de textos. Open AI, el productor de ChatGPT, ya está contemplando su ampliación jurídica con formación específica en textos de derecho. Suponiendo que esta innovación tenga más éxito a la hora de generar textos jurídicos que el modelo de lenguaje general, este avance tiene importancia jurisprudencial, pues demuestra que el Derecho tiene un lenguaje especializado que no puede reducirse al lenguaje ordinario. Los estudiantes de Derecho están aprendiendo a hablar como abogados en un sentido más que metafórico.

En tercer lugar, ChatGPT ampliará su alcance, evaluando otros textos y no sólo redactando los suyos propios. Por ejemplo, será capaz de destacar las cláusulas no estándar de un contrato y, al cruzarlas con otras capacidades computacionales, decirnos cómo les fue a esas distintas cláusulas en los tribunales.

En cuarto lugar, mejorará a medida que los humanos interactúen con él, corrigiéndolo en sus conversaciones con el chatbot. Por eso ChatGPT es gratis de momento; los millones de interacciones diarias mejoran su precisión y, por tanto, valen más que vender sus servicios inmediatamente. Eso cambiará con el tiempo, y ChatGPT será un gran negocio por sí solo y en conjunción con otros programas. En quinto lugar, y de forma ligeramente más especulativa, ChatGPT se combinará con otros tipos de programas informáticos que realizarán funciones de comprobación de hechos y lógica, reduciendo los errores. Como resultado de estos avances, ChatGPT, al igual que otras máquinas inteligentes, no tendrá un efecto puntual en la sociedad, sino una transformación continua.

Educar para añadir valor

Aunque los debates iniciales en las instituciones educativas, incluida mi propia escuela, se han centrado en el problema de las trampas en exámenes y trabajos, las implicaciones para la educación, en particular la profesional, son mucho más profundas. Los estudiantes se prepararán para trabajar en un mundo de máquinas cada vez más inteligentes. No se les pagará por lo que el ChatGPT y sus sucesores puedan hacer, sino sólo por el valor que añadan al trabajo de esas máquinas.

Así pues, la formación profesional debe integrar las máquinas inteligentes en su programa. En primer lugar, los estudiantes deben aprender a utilizar las máquinas de la forma más eficaz para complementar sus propias habilidades. Utilizar las máquinas sigue siendo un arte, no sólo una ciencia. Por ejemplo, ChatGPT da mejores respuestas cuando se le da una indicación mejor, y la indicación es responsabilidad del profesional, al menos por ahora.

Pero al crear un plan de estudios para los estudiantes, una escuela profesional debe proyectar lo que los ordenadores no pueden hacer, no sólo ahora, sino en la próxima década, ya que las máquinas seguirán ganando terreno. Sólo con esa predicción podremos determinar las especialidades y habilidades que nuestros profesionales del Derecho (y los de otras disciplinas) deben cultivar y que es improbable que las máquinas usurpen.

En derecho, es posible hacer algunas generalizaciones sobre el abogado de éxito del mañana. En primer lugar, a las máquinas les resultará más fácil colonizar áreas del derecho que son muy estables, como el fideicomiso y el patrimonio, que aquellas que cambian rápidamente, como el derecho bancario u otro derecho que se ha adaptado rápidamente a los avances tecnológicos o a los cambios políticos. Un abogado debería especializarse en el derecho más mutante, al igual que las facultades de Derecho. El derecho tecnológico, como el que rodea a las criptomonedas, también tendrá menos plantillas de máquinas. Un abogado de hoy es sabio si se mantiene al día de los últimos cambios legales impulsados por la tecnología. Las habilidades altamente conceptuales, como establecer analogías entre áreas jurídicas que antes parecían dispares, también pueden ser relativamente impermeables a las máquinas. Esto sugiere que la formación profesional debería ser aún más conceptual y menos orientada a la información de lo que es ahora. Las normas jurídicas se conocerán fácilmente.

Pero mientras que la ley, en general, puede conocerse fácilmente, desarrollar los hechos específicos de cada caso es una tarea única, para la que el pasado es una guía imperfecta. Este es un ámbito en el que los seres humanos pueden aportar un valor añadido. Algunos asuntos jurídicos, como la negociación y la persuasión de los jurados, requieren emoción y lógica, y comunicación oral y escrita. También es probable que sean el último reducto de los abogados. Las habilidades más suaves pueden llegar a ser más demandadas que la proverbial mente de acero, y las facultades de Derecho deberían programar en consecuencia.

La necesidad de reorientar la formación jurídica exige necesariamente cambiar la parte del plan de estudios que se centra en el desarrollo de competencias jurídicas independientes. Los estudiantes tienen que dominarlas para proporcionar buenas indicaciones y añadir valor en los casos más punteros. Pero para estar preparados para la práctica, necesitan integrar los avances en inteligencia artificial. Y lo que es cierto para el Derecho también lo es para el resto de la formación profesional.

La política del valor añadido

Los expertos ya se preocupan por el efecto de ChatGTP, que facilitará el cabildeo legislativo y la influencia en los organismos administrativos con una avalancha de comentarios generados por ordenador. Pero el llamado “astroturf lobbying” -la simulación de apoyo público mediante una avalancha de comunicaciones fabricadas- es ya un arte avanzado. La perspectiva mucho más inquietante es la forma en que ChatGPT y otras herramientas de IA potenciadas por el continuo aumento exponencial de la computación pueden desestabilizar nuestra política cambiando continuamente el valor que nuestros ciudadanos añaden al trabajo.

Se ha argumentado de forma plausible y empírica que el libre comercio (con China en particular) tuvo un efecto desestabilizador porque algunos trabajadores nacionales ya no podían añadir ningún valor una vez deslocalizados sus puestos de trabajo. Pero estos efectos se limitaron a industrias y lugares concretos. El cambio provocado por la IA tendrá un alcance mucho mayor.

Sin duda, muchos obreros son los que menos tienen que temer. La IA no va a sustituir a los fontaneros a corto plazo. Uno de los efectos positivos del auge de la inteligencia artificial puede ser el restablecimiento del respeto por el trabajo manual, porque por ahora forma parte del valor añadido de ser humano. Pero Occidente es ahora una economía predominantemente de cuello blanco y las máquinas inteligentes sustituirán a gran parte de lo que han hecho los trabajadores de cuello blanco. Eso no significa que los empleos de cuello blanco vayan a desaparecer. Los humanos pueden seguir complementando a las máquinas, pero los empleos cambiarán rápidamente y, en algunos casos, de forma muy sustancial.

Así pues, la IA generará problemas políticos, además de textos fluidos. ¿Cómo puede surgir una sociedad en la que los trabajadores necesiten formación continua y redistribución para añadir valor a la última oleada de máquinas inteligentes? ¿Cómo pueden reformularse el seguro de desempleo y otros elementos de la red de seguridad social para sostener a los trabajadores sin crear dependencia y fomentar la ociosidad? Con el auge de las máquinas inteligentes aumentarán las peticiones de una renta garantizada, pero los programas de renta garantizada desalientan el trabajo que da sentido a casi todas las vidas.

Significado para el hombre

Más allá de su alteración del trabajo, es probable que las nuevas máquinas inteligentes desafíen la imagen que el hombre tiene de sí mismo de formas más profundas. No es nada nuevo: la ciencia y la tecnología llevan quinientos años transformándola. El triunfo del heliocentrismo destronó al hombre del centro del universo. La evolución planteó interrogantes que socavaron su imagen de criatura selecta en contacto con lo divino, en lugar de uno de tantos simios inteligentes. Pero aun así, el cerebro humano que ideó tales teorías científicas siguió diferenciándonos. Aunque el GPS por chat no está haciendo por sí mismo estos descubrimientos, los resumirá mejor que casi cualquiera de nosotros, y otros avances en IA podrían ser pronto responsables de descubrimientos científicos reales.

Pero en un ámbito, el hombre conserva una ventaja: la moralidad. Las máquinas no han sustituido a nuestra conciencia y no parece que estén a punto de hacerlo. Por ejemplo, ChatGPT no se ruborizó cuando redactó un artículo con citas totalmente falsas. El compromiso con la verdad forma parte de nuestra conciencia.

Sin duda, las máquinas inteligentes pueden hacer una lista de los costes y beneficios de las decisiones, pero la ponderación de esos costes y beneficios seguirá siendo discutible, al igual que las cuestiones más amplias de hasta qué punto debemos ser consecuencialistas en lugar de deontológicos en nuestros juicios. Immanuel Kant decía que había dos cosas que le maravillaban: el cielo estrellado y la conciencia moral. Y esta última sensación de asombro permanece intacta con los avances actuales de la IA.

Reconocer nuestro sentido moral como nuestra verdadera aportación al valor del mundo puede hacer maravillas también para la sociedad. Aunque el capitalismo y otras ciencias modernas crean una gran riqueza y alivian la pobreza, siguen siendo bienes instrumentales. Y como cualquier instrumento, estos sistemas -y la IA- deben ser guiados por individuos que toman decisiones morales, decidiendo por sí mismos cuestiones como qué debe venderse en el mercado y qué debe dejarse a otras formas de interacción humana. El auge de la IA puede recordarnos que la moralidad es la medida última del hombre y que, por tanto, podría incluso convertirse en una fuerza de regeneración social.

Gran Bretaña ya está contabilizando el coste del cambio climático, así que ¿por qué no tenemos un plan de adaptación?

Daisy Powell-Chandler. Este artículo ha sido publicado originalmente en CapX.

En el Reino Unido, la ansiedad por el clima es ya un deporte mayoritario: alrededor del 90% de los adultos británicos están preocupados por él, y tres quintas partes afirman que el cambio climático es uno de los problemas más acuciantes a los que se enfrenta el país, o el único; el 70% espera que haga más frecuentes las inundaciones y los incendios. Los sondeos y grupos de discusión realizados por mi empresa Public First, dejan claro que un número cada vez mayor de votantes ya está experimentando el impacto físico del cambio climático.

Que la gente esté preocupada no es una gran sorpresa, dado que el año pasado fue el más caluroso jamás registrado; más de 3.000 personas murieron en la ola de calor del verano pasado y las proyecciones sugieren que esa cifra se habrá más que duplicado para 2050. Para los políticos, no estar a la altura de esta realidad cambiante significará sin duda una pérdida de votos.

Hasta ahora, el debate político sobre el cambio climático se ha centrado en cómo impedirlo. Esto es importante, porque las proyecciones actuales siguen mostrando una gran diferencia entre el mejor y el peor de los escenarios. Pero también tenemos que hablar más abiertamente de la gestión de sus efectos, no sólo de evitar que empeoren. Cuando el 66% de los votantes del Muro Rojo piensa que el cambio climático será responsable de inundaciones e incendios (como ya ocurre en algunas zonas), ningún político inteligente debería admitir que no se ha preparado para esa eventualidad.

Las inundaciones son quizá el mayor riesgo para nuestros hogares e infraestructuras: El nivel medio del mar en el Reino Unido ha subido unos 17 cm desde 1900, mientras que las precipitaciones invernales han aumentado, haciendo más frecuentes las inundaciones. Las precipitaciones estivales se han vuelto más concentradas y repentinas, lo que significa que nos enfrentamos a la doble amenaza de sequías e inundaciones repentinas en el sureste de Inglaterra. Según algunas estimaciones, los costes de las grandes inundaciones aumentarán en miles de millones de libras de aquí a 2050, y las comunidades costeras y las situadas en llanuras aluviales sufrirán las consecuencias tanto en el aumento de los pagos del seguro como en sus propias facturas de reparación, ya que los costes directos para los propietarios de viviendas casi se duplican.

Por otra parte, es probable que el aumento de las muertes por calor se concentre en las comunidades urbanas, especialmente en las que carecen de infraestructuras verdes como parques y árboles en las calles.

La concentración geográfica tanto de las inundaciones como de las muertes por calor las convierte en potentes temas para las batallas por los escaños marginales en todo el país. Además, la combinación del deshielo de las carreteras y las vías férreas con las inundaciones repentinas hace saltar las alarmas en Hacienda. Una vez más, esto sugiere que los responsables políticos deberían pensar seriamente en la adaptación al cambio climático, así como en la prevención.

¿Por qué no estamos haciendo más por la adaptación al cambio climático? Hay tres razones principales: negación, distracciones y aburridos problemas de “maquinaria gubernamental”. Desgraciadamente, no hay margen para seguir dando largas al asunto. Negociar el Brexit y luchar contra la pandemia pueden haber sido las tareas urgentes de la última década, pero el cambio climático será el contexto de cada decisión durante el próximo siglo, y ahora debemos hacer preparativos serios para aumentar la resiliencia nacional.

Eso incluye la seguridad alimentaria, que ya estaba subiendo en la agenda tras el Brexit. Los cambios meteorológicos ya están causando estragos entre los agricultores. No hay más que ver la batalla anual sobre los pesticidas neonicotinoides. Estos productos químicos fueron prohibidos debido a la preocupación por su impacto en las abejas, pero debido a una serie de inviernos cada vez más cálidos, el Gobierno ha tenido que dar recientemente una autorización de emergencia para que los agricultores los utilicen, o se enfrentan a perder cultivos británicos clave.

Nada de esto se basa en la creencia de que el cambio climático es obra del hombre. Seguro que hasta los más radicales de la brigada anti-net zero apoyan los esfuerzos por salvar pueblos que se hunden y ancianitas que mueren de insolación.

Pero lo cierto es que en el Gobierno no hay ningún adalid de la adaptación: como área política, depende del Ministerio de Medio Ambiente, Alimentación y Asuntos Rurales (Defra), lo que significa que nadie le presta atención. Pero ahora está claro que no se trata sólo de una cuestión rural, sino de seguridad nacional. En lugar de depender de uno de los departamentos gubernamentales más pequeños, necesitamos un ministro dedicado a la adaptación climática, con un grupo de trabajo interdepartamental formado por el Tesoro, DLUHC, BEIS, Defra y el Ministerio de Defensa.

Como dejan claro nuestras encuestas, desde la pandemia los ciudadanos esperan que los políticos y los responsables políticos den prioridad a la resistencia nacional. Esto debería abarcar claramente las amenazas del cambio climático, así como las enfermedades mortales y las guerras. Los políticos tienen que demostrar a los votantes que se ocupan de ello.

El caos supremo de Brasil

Leonidas Zelmanovitz. Este artículo ha sido publicado originalmente en Law & Liberty.

A pesar de algunas diferencias obvias, Brasil y Estados Unidos tienen mucho en común. Ambos son naciones forjadas a partir de colonias europeas en el Nuevo Mundo; tienen grandes territorios, poblaciones y economías. También tienen en común una historia manchada de esclavitud, aunque ambos son ahora repúblicas federales multiétnicas donde, supuestamente, el Estado de derecho es la ley del país. Y de vez en cuando, sus sistemas políticos sufren los efectos nefastos del populismo, aunque la reciente violencia en Brasil tuvo otras causas distintas a la instigación de un líder populista.

Una diferencia significativa, sin embargo, es la longevidad constitucional. Mientras que Estados Unidos ha funcionado -al menos nominalmente- con la misma Constitución durante más de 200 años, Brasil ha tenido hasta ahora seis constituciones (1824, 1891, 1934,1945, 1967 y 1988). Todas menos la última fueron fruto de revoluciones o golpes militares.

El régimen militar que derrocó al gobierno en 1964 permaneció en el poder hasta 1985, cuando devolvió la autoridad a un gobierno civil que reinstitucionalizó el país con la constitución de 1988.

Nótese el mal momento: la actual Constitución brasileña fue redactada por una convención constitucional que se tambaleaba tras más de veinte años de una dictadura militar supuestamente de derechas. Además, el documento se terminó antes de la caída del Muro de Berlín. Eso explica la mayor parte de las tendencias de centro-izquierda, nacionalistas y socialistas de la actual carta brasileña. Dicho esto, también es la piedra angular del Estado de Derecho en Brasil, con una forma de gobierno federal, una separación de poderes bien definida, un gobierno limitado por los derechos individuales, un poder judicial independiente responsable de la celebración de elecciones justas y, por último pero no menos importante, el control civil sobre el ejército.

Me gusta bromear diciendo que la asamblea constituyente estableció controles y equilibrios efectivos, aunque lo hicieran involuntariamente. De hecho, desde la redemocratización del país, dos presidentes han sido destituidos (Fernando Collor de Mello y Dilma Rousseff) y un presidente (Luis Ignacio “Lula” da Silva) fue encarcelado por corrupción. Dudo que se pueda afirmar con más rotundidad el poder de los poderes legislativo y judicial.

Cuando Lula fue encarcelado en abril de 2018 (tras haber sido condenado por sobornos que, entre él y sus cómplices, alcanzaron los miles de millones de dólares) muchos brasileños lo vieron como la confirmación de que, por fin, el Estado de derecho estaba firmemente establecido en Brasil.

Tanto Sergio Moro, el juez que condenó por primera vez a Lula, como el grupo de fiscales que iniciaron las causas contra él, habían participado en programas del Departamento de Justicia de Estados Unidos para formar a los brasileños en la administración de justicia al estilo estadounidense. Para algunos, eso indicaba que por fin estaban haciendo las cosas bien. Para los abogados de Lula, significaba que su procesamiento era de mano dura, y que el juez Moro era un “agente de la CIA”.

Casi al mismo tiempo (enero de 2019), un candidato de centro-derecha, Jair Bolsonaro, fue elegido presidente. Bolsonaro se presentó con una plataforma “populista”, pero no está tan claro hasta qué punto apeló al impulso populista. Prometió respeto a la propiedad privada, un tema de bandera para la agroindustria. Prometió frenar la violencia urbana, una bandera de la clase media. Prometió defender los valores sociales conservadores, bandera de la cuarta parte de los brasileños que son evangélicos. Y lo que es más importante, se presentó como candidato contra la corrupción con la que se identificó al Partido Laborista (PT) de Lula, una bandera para todos los brasileños que no se habían beneficiado de los escándalos de corrupción durante los 13 años que el PT estuvo en el poder, primero con Lula y después con su sucesora, Dilma Rousseff. Bolsonaro fue el primer presidente de centro-derecha elegido desde la redemocratización del país, lo que resultó en la primera transmisión real del poder a un partido ideológicamente distinto, otra marca alta para la democracia brasileña.

A partir de ahí, las cosas fueron cuesta abajo.

Bolsonaro fue elegido sin mayoría en el Congreso y su aparente campaña “anticorrupción”, prometiendo meter en la cárcel a la mayoría del Congreso, alienó comprensiblemente a esa misma mayoría que necesitaba para gobernar con eficacia.

Además, en uno de los errores políticos más flagrantes de su carrera política, Bolsonaro nombró Secretario de Justicia en su gabinete al juez Moro como “prueba A” de que su campaña “anticorrupción” iba en serio. Esto alienó aún más a la clase política y dio cierto crédito (injustificado) a las acusaciones de que las sentencias contra Lula tenían motivaciones políticas.

Finalmente, a mediados de su mandato, Bolsonaro llegó a un modus vivendi con la mayoría del Congreso. Eso le permitió cumplir algunos de sus compromisos de campaña. Pero su mal desempeño como jefe del Ejecutivo debido a la falta de apoyo en el Congreso, las acusaciones de que había cedido ante la clase política corrupta cuando finalmente consiguió hacer algo, y las limitaciones de un país de renta media sin red de seguridad social que se enfrenta a la pandemia, alejaron a muchos de sus partidarios. Por lo tanto, su coalición se enfrentó a las elecciones de 2022 más debilitada de lo que estaba en 2018.

Mientras tanto, Lula movía todos los resortes a su alcance para salir de la cárcel y recuperar sus derechos políticos. En una controvertida decisión en noviembre de 2019, el Tribunal Supremo invirtió sus propios precedentes y dejó a Lula en libertad, poniéndolo efectivamente fuera del alcance de nuevos veredictos de culpabilidad. El Tribunal anuló su condena por motivos jurisdiccionales y declaró que los procedimientos contra él debían reiniciarse en un tribunal diferente. Pero para entonces, el delito ya había prescrito, por lo que no podía seguir adelante ningún otro proceso.

Una de las pocas reformas legislativas que Bolsonaro consiguió obtener del Congreso fue una reforma parcial de las leyes electorales que establecía que las urnas electrónicas tendrían que emitir recibos impresos (como hacen aquí en mi estado, Indiana). Sin embargo, esa victoria duró poco. El Tribunal Supremo, el mismo que liberó a Lula de la cárcel, declaró inconstitucional dicha reforma en septiembre de 2020 basándose en el endeble argumento de que imprimir los votos pondría en riesgo el secreto y la libertad de voto. Con ello, las elecciones en Brasil siguieron siendo imposibles de auditar.

Esperemos que los contrapesos institucionales, las normas de comportamiento aceptable en las disputas políticas y la conciencia de la opinión pública, tanto en Brasil como en Estados Unidos, sean lo suficientemente fuertes como para defender el Estado de Derecho.

Verán, el recuento final de las elecciones lo computa un tribunal electoral ad hoc (TSE) controlado por miembros del Tribunal Supremo. A falta de cualquier instrumento posible para realizar una auditoría, lo que ellos digan que es el resultado no puede ser impugnado. Su decisión de invalidar una ley que haría posible dicha auditoría aumentó drásticamente la percepción de que el tribunal no era imparcial.

En agosto de 2022, el magistrado del Tribunal Supremo Alexandre de Moraes fue nombrado presidente del Tribunal Electoral (TSE), justo a tiempo para presidir las elecciones del año pasado. El juez Moraes es una figura controvertida en el país.

Bajo Moraes, el Tribunal Electoral se extralimitó en sus funciones constitucionales y frenó el discurso de los partidarios de Bolsonaro, al tiempo que frenaba sólo las calumnias más escandalosas contra Bolsonaro (como las acusaciones vertidas contra él por los partidarios de Lula en los medios tradicionales de que Bolsonaro era un caníbal).

Cuando el Tribunal Electoral anunció que Lula había ganado la segunda vuelta por un margen de aproximadamente el 1% de los votos, no es de extrañar que muchos de los casi 50% de los votantes que votaron por Bolsonaro rechazaran los resultados de las elecciones por considerarlos ilegítimos.

Eso sí, la percepción de ilegitimidad no resulta del hecho de que sea imposible auditar la elección. Comienza con el hecho mismo de que Lula pudo presentarse después de haber sido condenado en tres instancias judiciales (el juez singular que recibió el caso y dos tribunales de apelación, uno regional y otro nacional), y nunca absuelto.

Bolsonaro nunca reconoció la derrota, pero dio instrucciones a su gobierno para que procediera a la transmisión del poder a la nueva administración, que tuvo lugar el día de Año Nuevo.

Entre la segunda vuelta de las elecciones, a principios de noviembre, y la toma de posesión de Lula, el Tribunal Electoral rechazó las impugnaciones legales contra el resultado de los comicios. Al mismo tiempo, Bolsonaro rechazó los llamamientos populares para invocar los poderes de emergencia y abandonó el país en vísperas de la toma de posesión de Lulas.

Sin embargo, decenas de miles de sus partidarios permanecieron frente a los cuarteles militares de todo el país pidiendo que las fuerzas armadas intervinieran en lo que percibían como unas elecciones robadas.

Así llegamos a los acontecimientos del domingo 8 de enero. Ese día, miles de partidarios de Bolsonaro superaron las insuficientes barreras establecidas por la policía e invadieron el palacio presidencial, el Congreso y el palacio del Tribunal Supremo en la capital nacional, Brasilia, antes de ser expulsados de ellos por la noche y 1.500 de ellos detenidos.

Hay algo más que una fugaz similitud entre lo que ocurrió en Brasilia ese día y lo que ocurrió en Washington, DC, el 6 de enero de 2020.

La violencia injustificada estuvo motivada por la percepción no tanto de que las elecciones fueron robadas, sino de que no se aplicaron medidas de sentido común para evitar que fueran robadas y, por lo tanto, es imposible afirmar lo negativo, es decir, que no fueron robadas. La narrativa unilateral de los medios de comunicación tradicionales, el freno unilateral en las redes sociales de cualquier discurso que se identificara con posiciones de derechas, también se sumaron a los agravios de las turbas invasoras. Por supuesto, el silencio de los líderes políticos o las condenas a medias tampoco ayudaron.

Aquí, creo, pueden terminar los paralelismos entre ambos episodios.

Queda por ver hasta qué punto lo ocurrido el 8 de enero en Brasil servirá de pretexto al gobierno de Lula y a un Tribunal Supremo complaciente para reprimir a toda la oposición, y no sólo a los alborotadores. Algo así nunca ocurriría en Estados Unidos, ¿verdad?

Lula no ha ayudado a rebajar la temperatura acusando a las fuerzas armadas de negligencia, en el mejor de los casos, y de connivencia con los alborotadores, en el peor. Bolsonaro abandonó el ejército como capitán antes de convertirse en político durante 27 años. Dejó el ejército porque no fue ascendido en la ventana requerida para algo más que una baja honorable. Eso, creo, dice todo lo que necesitas saber sobre la opinión de los altos mandos sobre el hombre.

El ejército, además, dejó el poder al final del régimen militar tras haberse quemado con la experiencia, y aunque es cierto que han ejercido cierto poder “moderador” hasta ese momento de la historia, después de eso, tal “prerrogativa” ha pasado al Tribunal Supremo, como he argumentado aquí. En consecuencia, es improbable que la comunidad de inteligencia brasileña se vuelva renegada y tome partido en una disputa política. ¿Podemos decir lo mismo de Estados Unidos?

Esperemos que los controles y equilibrios institucionales, las normas de comportamiento aceptable en las disputas políticas y la conciencia de la opinión pública, tanto en Brasil como en Estados Unidos, sean lo suficientemente fuertes como para defender el Estado de Derecho, para que podamos seguir disfrutando durante generaciones de “la peor forma de gobierno -exceptuando todas las demás que se han probado”.