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Los peligros de una relajación monetaria temprana

La evolución de los precios tras la salida de la crisis sanitaria de la Covid-19 y los errores de política monetaria cometidos en los años 70 deberían ser dos episodios de la historia contemporánea que sirvan para que los bancos centrales no se relajen en un entorno macroeconómico en el que empezamos a ver ligeras reducciones de la tasa de inflación. Antes de nada, es importante resaltar, aunque sea una perogrullada, que una reducción de la inflación no significa que los precios dejen de aumentar -ni mucho menos que disminuyan- sino que siguen creciendo, aunque a un ritmo ligeramente menor.

Los graves errores cometidos por los bancos centrales a la hora de estimar la variación del nivel de precios y actuar en consecuencia de manera anticipada ha redundado en un descontrol de la inflación a lo largo del último año. Por ello, aprender de episodios previos como la política monetaria durante la crisis de la Covid-19 o los años 70 deberían prevenir a los bancos centrales de frenar la subida de tipos y la retirada de estímulos demasiado pronto. Además, el peligro no solamente se encuentra en un repunte de la inflación en caso de que pare la subida de tipos demasiado pronto, sino sobre todo en el efecto que este tipo de movimientos por parte de los bancos centrales tendría sobre las expectativas de inflación futura, ya que un desanclaje de las mismas podría llevar a la temida espiral de precios-salarios, convirtiendo la inflación en un fenómeno estructural de las sociedades occidentales durante los próximos años.

Enorme aumento de la masa monetaria

Uno de los principales peligros para la inflación actual sigue siendo los balances de los bancos centrales y el enorme volumen de masa monetaria que sigue inundando los mercados, ya que, aunque se hayan detenido casi en su totalidad los programas de QE, la retirada de liquidez sigue siendo muy gradual. Desde hace muchos años se viene descartando el enorme incremento de la masa monetaria como una causa directa de la inflación en Europa y EEUU -en algunos casos con razón-, sin prestar demasiada atención a la inflación que dicho aumento de la masa monetaria podíra estar generando en mercados como el de renta fija y variable o el inmobiliario, generando en muchas ocasiones un falso efecto riqueza en los deciles más altos de la distribución de la renta (donde se concentra la mayoría de tenencia de activos).

Hace ya casi tres años, el economista de la London School of Economics Charles Goodhart avisó en varias columnas y artículos académicos del peligro que suponía la política monetaria que estaban llevando a cabo los bancos centrales en un posible escenario de inflación post-Covid. Sus análisis se basaban principalmente en los monetaristas de los años 80, y destacaban sobre todo un elemento: la importancia de prestar atención a la M2 de los bancos centrales como un indicador del nivel de precios futuro.

Una acelerada respuesta del nivel de precios

De hecho, muchos economistas defienden la idea de que el efecto de la masa monetaria sobre la inflación es mayor cuanto más elevada es esta última. Es decir, cuanto mayor es la tasa de inflación, más sensible se vuelve el nivel de precios a cambios en el volumen de masa monetaria en la economía. La principal explicación para este fenómeno la han dado economistas como Claudio Borio, explicando que cuanto más sensibles son los agentes económicos a la inflación mayor es el efecto sobre esta del exceso de masa monetaria en los balances de los bancos centrales. Uno de los principales canales sería el efecto sobre el consumo que tendría un aumento de la M2 en un contexto de elevada inflación, ya que podría causar un anticipo de compras en un contexto de un influjo de liquidez y ante la expectativa de un mayor nivel de precios en un futuro cercano, reforzando la espiral alcista de precios. Además, dicho efecto se vería incrementado si la masa monetaria adicional se emplea para monetizar déficits que surgen de nuevos programas de gastos o transferencias directas, como fue el caso durante el núcleo de la pandemia, en 2020, en la mayoría de países occidentales.

Es normal que en muchos aspectos dichas circunstancias nos hayan pillado desprevenidos, ya que difirieron muchísimo de la Gran Recesión del 2008. El resultado de la crisis financiera fue una reducción dramática de la creación de masa monetaria (reducción del influjo de crédito) por parte de los bancos comerciales, lo cual hasta cierta parte tuvo que ser compensando a partir de 2015 en el caso del BCE con la creación de nueva masa monetaria a través del QE. Esto contribuyó a reducir durante los primeros años del programa el efecto de la crisis económica, aunque generando ciertos efectos adversos que muchos países siguen pagando hoy en día.

Liquidez acumulada

En 2020, en cambio, la situación era bien distinta, ya que el crecimiento del crédito privado y la creación de masa monetaria por parte de los bancos centrales se encontraban en un momento álgido, en contraste con la ralentización del crecimiento de la M2 en 2008. En concreto, el crecimiento anual de la M2 en EEUU desde 2008 a 2019 se situó en un mero 6%, mientras entre 2020 y 2021 este fue del 27%, lo que unido a los programas de gasto extraordinario elevaron el nivel de deuda en más de un 20% entre 2020 y 2022. No hay duda de que todo ello contribuyó a reforzar la recuperación y lograr tasas de crecimiento más elevadas (aunque fuera inflando un globo que en algún momento explotaría), pero también fue artífice de un crecimiento del nivel de precios del 11,5% en EEUU en los dos años hasta 2022, muy por encima del objetivo asimétrico del 2% de la Fed.

Es cierto que en la actualidad la M2 se está reduciendo en EEUU, pero a un ritmo muchísimo menor de lo que se expandió en años anteriores. Concretamente, a finales del año pasado el nivel de M2 se encontraba tan solo un 2,5% por debajo del de marzo, cuando comenzó la reducción del balance de la Fed. Por lo tanto, todo ello, unido a los muy elevados niveles de inflación que seguimos observando en EEUU, muestran que el principal banco central del mundo no está ni cerca del momento de dejar de subir tipos o frenar la contracción de su balance.

La inflación sigue muy presente en nuestras economías y no deberíamos menospreciar sus efectos ni su duración pensando que se deben parar en seco las subidas de tipos o las reducciones de los balances de los bancos centrales. Proceder por dicha vía sería actualmente una irresponsabilidad que tendría serios riesgos de dar pie a una espiral inflacionista que haría que esta se tornara en aún más persistente.

Refutación del teorema de regresión de Mises

De nuevo un título pretencioso para mi artículo, considerando que no pertenezco al mundo académico y reconozco abiertamente desconocer la forma de elaborar una refutación formal tal y como supongo que se haría en el ámbito académico. En cualquier caso, aunque sea informalmente, hoy trataré de exponer de la manera más clara posible los argumentos que a mi modesto entender invalidan el teorema de regresión de Mises, que el autor expone así en La Acción Humana:

Ninguna mercancía puede emplearse como medio de intercambio si, antes de ser utilizada como tal, no tenía ya valor de cambio por razón de otros posibles empleos. Y todas las afirmaciones implícitas en el teorema regresivo se enuncian apodícticamente desde el apriorismo praxeológico. Las cosas deben suceder así. No es concebible ninguna otra situación en que las cosas sucederían de modo diferente. [..]

Tratándose del dinero, los juicios de valor sólo son posibles si se basan en la tasación de la moneda. La aparición de una nueva clase de dinero presupone que el objeto en que se materializa goce ya anteriormente de valor de cambio a causa de su utilidad para el consumo o la producción. Ni el comprador ni el vendedor pueden estimar determinada unidad monetaria si no conocen su valor de cambio —su poder adquisitivo— en el inmediato pasado.

Ludwig von Mises. La Acción Humana, capítulo XVII, sección 4.

La refutación express de este teorema es afirmar que el valor de cambio o la expectativa de valor de cambio es un valor de uso más, cosa con la que yo estoy totalmente de acuerdo. Pero entonces me quedo sin artículo porque tendría que terminar aquí. No va a ser ese mi argumento, aunque me sorprende sobremanera que algunos autores como George Pickering lo utilicen para defender el teorema diciendo que por valor de uso Mises se refiere a cualquier valoración subjetiva posible, y ahí estaría incluida la valoración por expectativa de utilidad monetaria.

Eso no es una defensa, sino una deshonesta interpretación de Ludwig von Mises que vacía totalmente de contenido su teorema. Igualmente, también lo vaciaría de contenido afirmar que si el objeto en cuestión consigue tener algún valor de cambio ha de ser obligatoriamente por una valoración subjetiva cualquiera, incluso trivial o peregrina, pero distinta de la monetaria, porque entonces el teorema caería en la falacia de la petición de principios, falacia en la que Mises no cae porque el sí explica por qué las cosas no podrían suceder de modo diferente. Y ese por qué es lo que voy a refutar.

En artículos anteriores ya expliqué que el problema de fondo del planteamiento de Ludwig von Mises es que parte de que el valor subjetivo del dinero viene determinado por su valor de cambio objetivo, su poder adquisitivo.  En lugar de adherirse a la teoría más general ya establecida por Carl Menger que no necesita hacer un caso especial para el dinero, y, por tanto, es una teoría superior, al explicar que el valor subjetivo de los medios de intercambio proviene, como la de cualquier otro bien, de sus cualidades para satisfacer una necesidad. En este caso, la necesidad de intercambiar gracias a sus cualidades como herramienta para facilitar los intercambios, y contribuir en consecuencia a incorporar el valor que aportan los intercambios a ambas partes. Pero en este artículo me voy a limitar a los argumentos que utiliza Mises como cimientos de su teorema de regresión para demostrar que no se sostienen y que no son compatibles con sus propias categorías de la acción y de la empresarialidad. Comenzamos

Por mera introspección, es muy sencillo demostrar que es posible especular que un objeto sin valor de uso ni precio previo pueda tener valor de cambio. El hecho de que yo mismo lo esté escribiendo ahora lo demuestra. Pero lo mío no tiene ningún mérito, si lo tiene, sin embargo, que Carlos Bondone en el contexto de criticar al teorema de regresión lo planteara allá por 2006, Milton Friedman en 1999, Wei Dai en su B-Money en 1998 o Nick Szabo con su BitGold también en 1998.  Y de la misma manera que no podemos afirmar con certeza que un individuo demandó un objeto por una razón concreta porque no estamos en su cabeza, tampoco podemos negar o excluir ninguna otra razón.  La propia categoría de bienes imaginarios de Menger ya nos avisa que cualquier cosa es posible, el único límite es la creatividad humana.

Mucho más aventurado aún sería afirmar que incluso aunque el individuo crea demandar un objeto por una razón, los economistas teóricos desde fuera le enmienden la plana y afirmen que en realidad lo está demandando por otra razón, aunque el pobre diablo ignorante no se de cuenta, porque como defensores de la teoría del valor subjetivo sabemos más que el propio sujeto que valora.

Recordemos, además, que para que un bien económico sea tal no tiene que satisfacer una necesidad presente, basta con que se anticipe que lo haga en el futuro. Esta idea no solo está presente en Menger, sino también en Böhm Bawerk y el propio Mises.  La mera noción de “bien futuro” implica la idea de una cosa que aun existiendo en el presente, su naturaleza económica está sujeta a eventos esperados en el futuro, y que con el correspondiente descuento tiene valor de cambio actual.  

Pero es que además, Mises no sostiene que especular con la posibilidad de un candidato a medio de intercambio sin ningún valor de uso sea imposible. No está ahí el problema. El problema concreto que identifica Mises es que aunque un individuo pretenda especular con un valor de cambio futuro, no va a poder calcularlo si para dicho candidato no se conoce ningún valor de cambio en el pasado. Este es el único “problema” que identifica Mises, veamos:

Pero sólo partiendo del poder adquisitivo del pasado inmediato puede el interesado formarse una idea del que en el futuro tendrá la moneda. Es este hecho el que diferencia radicalmente la determinación del poder adquisitivo del dinero de la determinación de las mutuas razones de intercambio que entre los demás bienes y servicios económicos puedan darse.

(Mises, 2011, p. 493)

Tratándose del dinero, los juicios de valor sólo son posibles si se basan en la tasación de la moneda. La aparición de una nueva clase de dinero presupone que el objeto en que se materializa goce ya anteriormente de valor de cambio a causa de su utilidad para el consumo o la producción. Ni el comprador ni el vendedor pueden estimar determinada unidad monetaria si no conocen su valor de cambio —su poder adquisitivo— en el inmediato pasado.

(Énfasis mío. Mises, 2011, p. 494)

Aquí Mises da un salto demasiado grande hasta el dinero. Pero en una interpretación generosa se puede entender que lo anterior aplicaría igualmente a cualquier otro bien que se espera pueda llegar a ser, de entrada, medio de intercambio no generalmente aceptado y quizá posteriormente, dinero. 

¡La verdad es que lejos de ser ningún “problema”, la falta de valor de cambio previo es de hecho todo lo contrario! ¡Es un incentivo! El escenario que nos plantea el propio Mises consiste en que el objeto en cuestión no tiene ningún valor de uso para nadie, y además no tiene precio porque nunca ha sido intercambiado.  Esto es una clara prueba de que aún no es un bien económico para todos los demás y, por tanto, no es necesario competir con nadie para obtener unidades de ese objeto. 

Si el individuo está observando las cualidades monetarias del objeto, es decir, que la cantidad de ese objeto es limitada, que es barato de almacenar, fácil de atesorar, etc. Entonces es razonable asumir que el sacrificio necesario para atesorar ese objeto es pequeño, y, por tanto, lo racional sería atesorar la mayor cantidad posible, pues, la ecuación coste/beneficio es extremadamente favorable, por muy bajas que sean las probabilidades de que su previsión se cumpla. Pero independientemente de la magnitud del sacrificio, lo relevante es que sea menor que el valor que se espera obtener en el futuro.

Una vez que el sujeto toma la decisión de atesorar ese objeto, tiene también el incentivo para demandar cualquier cantidad adicional que pueda crearse para generar escasez y así estimular su potencial valor de cambio, sobre todo si el coste de atesorar unidades adicionales sigue siendo muy bajo. Todo este atesoramiento tiene dos consecuencias. La primera es que el objeto en cuestión pasa a ser un bien económico, pues la demanda pasa a ser mayor que la cantidad disponible. Y la segunda es que se generan precios por la vía de intercambios autísticos, por lo que ya tendríamos precios pasados y, en consecuencia, queda resuelto el gran “problema” que tanto atormenta a Mises.

En la siguiente cita, Mises observa la oportunidad de anticiparse a que una mercancía sea mejor medio de intercambio que otras sin que los demás agentes se hayan dado cuenta, existiendo por ende una oportunidad de negocio: 

Quien mediante un cambio directo no puede procurarse aquello que desea, incrementa sus posibilidades de hallar posteriormente el bien apetecido si se procura mercancías de más fácil colocación en el mercado. [..] Los más perspicaces serían los primeros en advertir la conveniencia de recurrir a este procedimiento, imitando más tarde su conducta los de menores luces.

(Mises, 2011, p 488)

¿Por qué esta empresarialidad es posible cuando el precio proviene de un valor de uso, pero no cuando el coste de adquirir ese objeto (precio) es cero o cercano a cero? ¿No es la oportunidad de negocio muchísimo más clara en el segundo caso?

Por otro lado, el razonamiento que hace Mises sobre las mercancías anteriormente desconocidas con potencial valor de uso sirve igualmente para un objeto desconocido destinado única y exclusivamente al intercambio. Veamos el razonamiento:

Cuando una mercancía anteriormente desconocida aparece en venta — como sucedió, por ejemplo, con los aparatos de radio hace algunas décadas— el único problema que a la sazón se plantea es si el placer que el nuevo artefacto proporcionará resulta mayor o menor que el que se espera de aquellos otros bienes a los cuales hay que renunciar para adquirir el objeto en cuestión.

(Mises, 2011, p.494)

Pareciera que para Mises es absolutamente inconcebible que un individuo asuma el riesgo de hacer acopio de un potencial medio de intercambio, aunque pueda equivocarse en su expectativa, pero no tiene ningún problema en concebir que alguien pueda asumir el riesgo de adquirir un receptor de radio esperando que vaya a satisfacer su necesidad de escuchar música o de informarse y que luego esa expectativa no se cumpla porque el nuevo invento acabe por no funcionar, como por cierto pasa con la gran mayoría de los inventos (no caigamos en el sesgo de confirmación) ¿Dónde está la diferencia? ¿O es que la expectativa de un mayor placer se tiene que cumplir si o si?.  No tiene sentido.

Como hemos explicado más arriba, atesorar unidades de este nuevo objeto destinado únicamente al intercambio supone un sacrificio, y por ello, al igual que con el aparato de radio, basta con esperar que el valor del objeto sea mayor al de los bienes a los que el individuo tiene que renunciar para obtenerlo (precio autístico o intrapersonal), y el primer y el segundo demandante ya pueden utilizar el precio autístico inicial como tasación basándonos en la que acordar el primer precio interpersonal.

En el caso Bitcoin, para Satoshi y los demás mineros iniciales, sin que existiera ninguna referencia anterior del poder adquisitivo de Bitcoin, decidieron obtener unidades a cambio del coste de la electricidad que consumían sus ordenadores, los demás costes asociados como la conexión a Internet, o el deterioro del ordenador, y el coste de oportunidad de su tiempo que, por ejemplo, un profesional independiente lo suele valorar en una cantidad de dólares por hora.  Para estas personas, el valor de las unidades de Bitcoin que minaban era mayor que el del tiempo y los bienes a los que renunciaron, y procedieron, por tanto, a este intercambio autístico y generar un primer precio sin que existiera ningún otro antes.  Como decíamos al principio, nadie, ni siquiera los economistas, están en posición de asegurar con certeza que estos pioneros de Bitcoin no lo demandaban única y exclusivamente por la expectativa de que fuera a ser un medio de intercambio.

De hecho, el 5 de octubre de 2009, cuando aún no se conocía ningún intercambio de Bitcoin por ningún otro bien, es decir, nos enfrentábamos el gran problema que tanto incomoda a Mises, el mercado lo resolvió de manera trivial. New Liberty Standard, la primera plataforma de venta de Bitcoin, que lo publicitaba no como “reto intelectual” ni “coleccionable criptográfico chulo” o “rareza” sino como “moneda digital” y que animaba a utilizarlo para realizar pagos en Internet cuando, recordemos, nunca había sido intercambiado interpersonalmente aún, lo que hizo fue precisamente tomar como referencia el precio de los intercambios autísticos, que en aquel momento era básicamente el coste de la electricidad: 

Durante 2009, mi precio de referencia se calculó dividiendo 1 dólar por el consumo medio de electricidad requerida para mantener un ordenador funcionando a máxima capacidad de proceso durante un año, 1331.5 kWh, multiplicado por el coste medio de la electricidad en Estados Unidos durante al año anterior, $0,1136, dividido por 12 meses y por el número de bitcoins generados por mi ordenador durante los últimos 30 días.

(Traducción libre. Way Back Archive.)

El 12 de octubre de 2009, el día que se produjo el primer intercambio conocido de Bitcoin por dólares en esta plataforma, el precio estimado de estos intercambios autísticos era 0,0011 Dólares por Bitcoin, y esta primera transacción se produjo finalmente a 0,000994 dólares por Bitcoin. 

Este hecho anecdótico lo relato a efectos meramente ilustrativos para una mejor comprensión de mi argumento. Pero no pretendo falsar el teorema, sino refutarlo con argumentos. Y mi argumento se resume en los siguientes tres puntos:

  1. Las categorías de la acción y la empresarialidad no impiden en modo alguno que un sujeto atesore un nuevo objeto sin valor de uso ni precio previo esperando que gracias a sus cualidades pueda ser medio de intercambio y demandado por otros agentes que, al igual que él, también puedan concluir que tiene las cualidades para serlo.  
  1. Que la inexistencia de valor de uso ni valor de cambio previo, es decir, que hasta ese momento el objeto no era un bien económico para nadie, no solo no impide hacer acopio de un objeto sino que, todo lo contrario, si existe la expectativa descrita en el punto 1 lo incentiva.
  1. El mero hecho de hacer acopio del objeto con la única expectativa de que será un medio de intercambio en el futuro, ya genera un precio autístico y resolvería el gran problema que identifica Mises. Con respecto a este punto, creo que Mises no cayó en la cuenta de esta posibilidad para resolver su “problema”. 

Con respecto al punto 1, es importante notar que la demanda por parte de otros agentes en absoluto se trataría de ninguna profecía autocumplida, ni confianza de aceptación, ni creencia o alucinación social compartida. Nada de eso. Se trata de observar que el objeto tiene las cualidades apropiadas para satisfacer la necesidad de intermediar intercambios. A saber: Oferta limitada, duradero, fácil de atesorar, fácil de verificar, difícil de falsificar, etc. Igual que se puede observar que un receptor de radio tiene las cualidades para satisfacer la necesidad de escuchar música o informarse de la actualidad. 

Con respecto al punto 3, considero innecesario que haya que conocer los precios previos de ningún objeto, sea cual sea su utilidad esperada, para determinar un nuevo precio, ni autístico ni interpersonal. Para calcular un primer precio interpersonal basta con que comprador y vendedor acuerden cualquier razón de intercambio mediante un proceso de regateo o subasta. Cualquier precio voluntariamente acordado por las partes es válido. 

En conclusión, el problema que identifica Mises se reduce a la falta de valor de cambio previo, que según él impide realizar un proceso de tasación por parte del comprador y, por tanto, impide totalmente su demanda.  Pero la realidad es que en este escenario que describe Mises donde el objeto candidato a medio de intercambio es aún una simple cosa inservible para todo el mundo y solo tiene el carácter de bien económico para una o muy pocas personas, dicho proceso de tasación no sólo es perfectamente posible, sino que además es un escenario que incita a hacer el máximo acopio posible de dicho objeto. Este problema que trata de razonar Mises es, por tanto, claramente inexistente. Y si cae este razonamiento, cae todo su Teorema de Regresión.

Referencias

Bondone, Carlos (2006). Teoría de la Relatividad Económica. www.carlosbondone.com

Dai, Wei (1998), http://www.weidai.com/bmoney.txt 

Friedman, Milton (1999) https://www.youtube.com/watch?v=_YEotCxF48I

Mises, Ludwig von (2011)[1949] La acción humana. Unión Editorial, Madrid.

New Liberty Standard (2009). Página web archivada de en Wayback Machine 

Szabo, Nick (1998) https://unenumerated.blogspot.com/2005/12/bit-gold.html

No es gastar mucho; es gastar bien

A diferencia de lo que hacemos a la hora de analizar nuestros propios gastos personales, con nuestro propio dinero; los gobernantes, las administraciones públicas (o al menos buena parte de ellas) y por influencia suya, muchas veces nosotros, juzgamos si el gasto público ha sido bueno o malo, por la cuantía de este, no por sus resultados. Si se ha gastado mucho, se ha hecho bien, si se ha gastado poco, mal. Si el objetivo de dicho gasto se cumple es irrelevante.

El mejor ejemplo de esto seguramente lo encontremos en algo que está en boca de todos, el gasto en sanidad pública. Los autodenominados defensores de la sanidad pública se pasan la vida exigiendo mayores presupuestos públicos en sanidad, así como atacando a los escasos gobernantes que osan como mucho contener dichos gastos (por mucho que se escriban ríos de tinta sobre recortes sanitarios, a excepción de en el periodo 2010-2012, en mayor o menor medida el presupuesto en sanidad pública siempre ha crecido).

Y aquí es donde llegamos al fondo de la cuestión. ¿Por qué ponemos el foco en el gasto? ¿Más gasto significa mejor sanidad? Con los datos en la mano, podemos decir sin miedo a equivocarnos que no. Veámoslo con las distintas comunidades autónomas. Si comparamos el gasto en sanidad pública per cápita y el periodo medio de lista de espera para operarse por comunidades (datos del ministerio de sanidad), toda esta farsa de los vividores a costa de los contribuyentes, se viene abajo.

La primera podría cuadrar; el País Vasco es la comunidad autónoma que más gasta por habitante y que mejor sanidad tiene. Pero dejando a un lado los mundos de los conciertos económicos, que tanto favorecen, salta la sorpresa. Madrid, siendo una comunidad tan criticada por ser la última en inversión per cápita en sanidad pública, para desgracia de algunos, se lleva la medalla de plata en cuanto a calidad sanitaria. Cerrando el pódium por arriba, se encuentra Galicia seguida de Navarra y Murcia. Al leer el listado, alguno se habrá dado cuenta que las comunidades que lideran el ranking, son los principales feudos electorales de los en teoría “desvalijadores de la sanidad pública”. Por la cola en calidad sanitaria por el contrario, encontramos a Aragón, Cataluña, Cantabria y Extremadura por este orden. Sorprende teniendo en cuenta que los grandes “defensores del gasto público” llevan gobernando dichas comunidades durante décadas.

El caso de la capital además, tira por los suelos otra falacia mil veces dicha; que lo privado acaba con lo público. Madrid es la comunidad autónoma con el mayor sistema sanitario privado de España. Siendo la segunda mejor en lo público, se demuestra que lejos de perjudicarla, un potente sistema privado libera y descongestiona el sistema público, haciendo que ambos salgan beneficiados.

Puesto que los datos vencen al relato, únicamente se puede concluir que es un absurdo analizar cualquier medida o presupuesto por su tamaño. Lo primordial es ver si se han cumplido sus objetivos y habiéndose cumplido estos, cuanto menos se haya gastado mejor, más eficiente. Queda demostrado, lo importante no es gastar mucho, es gastar bien.

En la muerte de Juan Velarde

Este artículo se basa en la presentación de la conferencia sobre Gaspar Melchor de Jovellanos que dió Juan Velarde en el Ateneo de Madrid el 26 de noviembre de 2011, en un acto presidido por Pedro López Arriba.

Es para mí un honor tener la oportunidad de presentarles a Don Juan Velarde. Me permitirán comenzar por un apunte puramente personal. En mi casa comprábamos el ABC. Recordarán aquél ABC con páginas en huecograbado y sin apenas fotos. A mí me hacía especial ilusión, en fin de semana, el que traía un artículo de Don Juan Velarde. Había despertado por entonces mi interés por la economía y por la historia y los artículos de Don Juan nunca me decepcionaban y siempre me hacían saber un poco más en materia económica.

No les voy a repasar todo el curriculum del profesor Velarde porque nos llevaría muy lejos. Sí recordaré algunos datos básicos. Como el hecho de que nació en Salas, Asturias, en 1927. Un dato básico un día como hoy, que está dedicado a un asturiano universal como es Gaspar Melchor de Jovellanos, a quien recordamos con motivo de que muy pronto será el bicentenario de su muerte.

Jovellanos

Pero no es sólo el hecho de la coincidencia, digamos geográfica. Aunque el profesor Velarde es un madrileño de adopción, como lo son muchos, también es un asturiano ejerciente. Suya es, por ejemplo, una Historia de la economía asturiana que es referente en la materia. Y hay pocas personas en España que puedan hablar del ilustrado español con la propiedad con la que habla don Juan Velarde.

No quería dejar de resaltar el gran acierto de esta institución por dedicarle un espacio a Jovellanos. Aunque estoy tan expectante como ustedes sobre el contenido de la conferencia del profesor Velarde, es cada vez más claro para mí que Jovellanos ha formado parte de la inspiración de varias generaciones de intelectuales españoles, y que su influencia no se ha perdido con el tiempo. Por esa y por otras razones históricas, la figura de Jovellanos mantiene hoy toda su vigencia.

Curriculum

Don Juan Velarde se licenció en Economía en la primera promoción de estos estudios en España. Premio extraordinario de doctorado (1956). Por cierto, que optó por Economía frente a otras carreras, que también consideraba, por un absurdo problema de plazos de matrícula. Económicas comenzaba en enero, lo que le hacía más fácil matricularse, y esa razón es la que explica que tengamos un gran economista, y no un gran abogado o un gran médico. Entre sus maestros encontramos nombres tan prestigiosos como Perpiñá Grau, Manuel de Torres o Luis Olariaga.

Es miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Doctor Honoris Causa por varias Universidades (Oviedo, UNED, Comillas, Sevilla, Valladolid…)

Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales (1992)

Premio Jaime I de Economía (1996)

Premio Rey Juan Carlos de Economía (2002)

Premio Campomanes (2005)

Medalla al Mérito del Ministerio de Economía (2002)

Fructífera jubilación

Cuando recibió el Premio Príncipe de Asturias, se sintió reconfortado por el reconocimiento, como no podía ser menos. Pero también se le cruzó la idea de que había llegado como a lo alto de una colina y ya sólo podía ir cuesta abajo. En fin, han pasado 19 años, ha seguido publicando libros y artículos y sigue despertando el interés y la admiración de todos.

Nadie lo diría viéndole, pero Juan Velarde se jubiló como catedrático. Saben que hay una ley absurda que expulsa de la Universidad a los profesores a partir de la edad de jubilación. El profesor Velarde mantiene su magisterio por otros medios, pero ahora no voy a centrarme en eso. Pero sí quiero señalar que, cuando se jubiló, se editó un libro homenaje en tres tomos que contenía 119 ensayos. 119 ensayos. Piensen un momento en el número, porque deja a las claras que el profesor Velarde inspira un gran respeto por un gran número de personas y también despierta el cariño de quienes le conocen.

Historia económica de España

Áreas de investigación: Historia del pensamiento económico español. De forma destacada con su historia de las contribuciones de Flores de Lemus, aunque ha escrito otros libros y muchos artículos sobre el pensamiento español sobre la economía. Especialmente en el período en el que entra, de verdad, el análisis económico en el pensamientom español y que comprende al siglo pasado. El nacionalsindicalismo. El Estado del Bienestar, por el que el profesor Velarde ha mostrado un gran interés.

Y la propia historia económica de España. Es director del volumen 1900-2000, Historia de un esfuerzo colectivo. Y de una joya llamada Cien años de economía española, que reseñé para Libertad Digital. Ahí da cuenta de cómo nuestro país pasa de lo que él llama “el modelo castizo” a la globalización y la plena integración de nuestra economía en el concierto internacional.

Es un camino del cerrojo económico a la apertura al mundo, y del hambre, y una cierta mediocridad, a formar parte de los países más desarrollados. Una historia muy rica en aportaciones individuales y nada tiene de lineal. Da cuenta, por ejemplo, de drama que supuso para el franquismo el abandono del modelo castizo tras el Plan de Estabilización de 1959.

También expone lo que llama el modelo Aznar-Rato, una expresión que tiene visos de quedar fijada para el análisis histórico. Sobre ese modelo hay un interesante debate. ¿Lo comenzó el ministro Rato o ya venía del primer Solbes? ¿Vale como modelo para la situación actual, o estamos en una tesitura mucho más dura que entonces, y necesitamos un camino distinto hacia la recuperación?

Velarde, analista

Pero el profesor Velarde es también un analista de la coyuntura económica al que hay que escuchar. Les leeré extractos de una noticia, referida a una conferencia de Don Juan Velarde.

España avanza hacia una grave crisis de forma inevitable. / España corre el riesgo de ser expulsada del euro. / Reconoce que España crece a buen ritmo y sus indicadores señalan que su economía goza de buena salud. / Pero España está abocada a una grave crisis. / El problema es el modelo de ese crecimiento. / Está basado en la demanda interna sostenida sobre unos bajos tipos de interés y en una política fiscal más bien expansiva. / Todo ello convive con unos precios del consumo y de los bienes industriales muy altos, lo que lleva a la economía española a una grave pérdida de competitividad que se manifiesta en el déficit exterior. / Estamos acumulando un gran endeudamiento a corto plazo que cuando estalle repercutirá en la construcción, que se hundirá. / Hay países que están muy mal, como Italia, Portugal o Grecia. / Logroño, “II Foro Internacional de Economía Regional”. Mayo de 2006.

Es un ejemplo de los rare birds, o rara avis de los que habla Keynes. Que saben de teoría económica, pero también de historia económica y de la historia de su disciplina. Y de derecho. Y de matemáticas. Y de filosofía. Que comprende, en fin, un acervo de conocimientos que le sitúa la ciencia económica en un contexto social mucho más amplio.

Déjenme terminar con dos apuntes personales. El primero de ellos es el entusiasmo. ¿Cómo es don Juan Velarde? “Jóven”, me responde alguno de sus amigos. Efectivamente. Van a comprobar de inmediato su entusiasmo. Que es tal que incluso se lee desde las hojas inanimadas de un libro o un periódico.

Y para que no sea todo una relación de los éxitos y fortalezas de don Juan, les comentaré que tiene una debilidad por los dulces que le trae por el camino de la amargura.

Uno de los grandes economistas de dos siglos, maestro de varias generaciones de economistas, don Juan Velarde.

Madrid, 360º de alma estatal

Mi principal punto de fricción con el ala derecha de mi entorno social siempre ha sido mis reservas a que la planificación urbana de las últimas décadas haya girado en torno al vehículo privado. Me he criado en una ciudad donde ir andando al pueblo más cercano era una elección entre jugarse la vida caminando y cruzando carreteras, o ir campo a través por rutas enrevesadas.

Si nos paramos a pensarlo cinco minutos es simple, nuestros antepasados ya unían sus poblaciones con la mejor ruta posible. Esas rutas se asfaltaron y optimizaron para los vehículos a motor, como no podía ser de otra manera. Pero una vez que estos vehículos alcanzaron velocidades que les hacían incompatibles con otros tráficos más lentos, se expulsó al peatón para siempre de la capacidad de desplazarse, y a nadie se le ocurrió gastar dinero en una alternativa.

Dentro de las ciudades, especialmente en las grandes, el fenómeno ha sido parecido. Fue un proceso natural (aunque quizá sería interesante preguntarse si se hubiera producido en esa medida sin una planificación central tan aplastante). Así que, por ese lado, poco hay que criticar. Pero parece lógico que exista cierto movimiento a la recuperación de zonas para el peatón. Pero hasta aquí mis diferencias con el sector más pro vehículos, ya que hace muchos años que estoy vacunado y tengo claro que cualquier buena intención que se articule por el Estado está condenada a ser el mayor de los desastres.

Madrid 360

Así está pasando con el famoso Madrid Central, rebautizado por nuestro abogado del Estado más dicharachero como Madrid 360. No voy a entrar en detalle sobre el plan, porque ya ha sido criticado de la A a la Z en multitud de lugares. Me voy a centrar en un aspecto que al profano en el alma de la Administración le podrá parecer chocante, pero que no tiene nada de raro.

Cuando se decide restringir el tráfico privado en zonas tan pobladas hay un caso que surge a los pocos minutos por cualquier persona inteligente: ¿Qué ocurre con las personas de movilidad reducida? Nuestros políticos y burócratas no son las mejores personas del mundo, pero su humanidad, o en su defecto su instinto político, les llega para pensar en estas personas. Así que, ¿han planificado estos casos?

El ogro burocrático

Pues sí, lo han hecho. Y solo hay que ir a las redes sociales para ver qué no muy bien. Uno podría pensar que al existir una agencia estatal central que regula todos los vehículos y conductores (DGT), y que todas las personas con movilidad reducida disponen de una tarjeta que identifica al vehículo que le transporta como tal, y que incluso tiene validez a nivel europeo, este caso no sería muy difícil de implementar. Pues no.

Por lo que cuenta la pobre gente que se ha tenido que enfrentar al reto de cumplir con este trámite, su tarjeta de aparcamiento de movilidad reducida no vale por sí sola, hay que hacer al menos dos trámites más en el ayuntamiento para que no te lleguen las multas a casa. Y ojo, que, si tienes que desplazarte en otro vehículo que no sea el que tienes registrado, pese a que la tarjeta está a tu nombre, tienes que volver a empezar.

En este punto habría que hacerse una pregunta muy sencilla: ¿por qué el ayuntamiento hace esto? Vamos a ser claros, aunque existiera algo de picaresca, sería más lógico permitir a cualquier persona con movilidad reducida acreditada que pudiera desplazarse simplemente registrando online en algún sitio cuál es su matrícula. ¿Cuántos vehículos se podrían colar con un sistema así? ¿Un 0,1 % de los que circulaban antes de la normativa? ¿Por qué complicarle la vida a personas que bastante tienen con lo que tienen? Pues porque la Administración es así. No lo puede evitar. Es como el escorpión que picó a la rana que amablemente le transportaba por el río.

Más allá del color político

Es algo que mucha gente se niega a comprender. Te llaman exagerado y vuelven a su ilusión de que poniendo a “gente competente” arriba se soluciona el problema. Como todo conocimiento que solo llega después de años de estudiar algo, es imposible poder transmitirlo en unos párrafos o en una simple conversación.

Pero es así. Los burócratas del ayuntamiento de Madrid se encontraron con un problema: no podían leer las tarjetas de estacionamiento con sus cámaras de control. Tenían tres opciones, confiar en los ciudadanos con problemas de movilidad, evolucionar su sistema de control o, su favorita, pasarles el marrón a los ciudadanos por medio de engorrosos trámites.

El patrón se repite una y otra vez. Da igual la administración, el color político y la época. El alma del Estado no va a cambiar. Pero conocerla sirve para dejar de alimentarla, y eso, simplemente eso, ya sería un gran avance.

Entre el liberalismo y la democracia

El nuevo gobierno israelí ha propuesto una ley que limitaría el poder de su poder judicial no elegido. La reforma impediría al Tribunal Supremo anular leyes simplemente por ser “irrazonables”. Permitiría a la Knesset -el poder legislativo israelí- anular decisiones por mayoría de votos. Reformaría el actual proceso de selección judicial, en el que los jueces tienen mucho que decir a la hora de elegir a sus sucesores, y en su lugar permitiría a la Knesset una influencia mucho mayor en la selección.

No es de extrañar que estas propuestas hayan sido muy controvertidas, no sólo en el propio Israel, sino en todo el mundo. Pero quizá lo más sorprendente ha sido un estribillo constante: las propuestas son antidemocráticas. Incluso el Secretario de Estado de Estados Unidos lo insinuó en su última visita, expresando su preocupación por la “importancia fundamental de los principios e instituciones democráticos”. A primera vista, estas críticas parecen muy extrañas. Bajo la simple definición de democracia, estas propuestas parecen bastante democráticas, transfiriendo más poder a los representantes del pueblo de una oligarquía que se autoperpetúa. Y el despliegue de este tipo de crítica democrática incongruente no es exclusivo de Israel. Cuando Polonia reformó su poder judicial para dar más poder a sus ramas representativas, sus acciones fueron calificadas de antidemocráticas. Incluso la anulación de Roe contra Wade ha sido calificada de antidemocrática, aunque Dobbs devuelve la política del aborto a las decisiones de los ciudadanos de varios estados.

Quizá esta inversión lingüística pueda descartarse simplemente como la transformación de un concepto político en un epíteto. Fascista se utiliza a menudo como término de oprobio para atacar cualquier idea de derechas que disguste a un orador de izquierdas; quizá “antidemocrático” siga una trayectoria similar. Pero, en mi opinión, las razones son más complicadas. Lo que pasa por ser el ideal moderno de democracia en Occidente no es el gobierno puro del pueblo, que era lo que definía la democracia en la época clásica. En su lugar, la democracia actual es una abreviatura de la democracia liberal representativa. Y el problema es que el liberalismo está en tensión sustancial con la democracia porque pretende poner (algunas) libertades más allá de (algún) grado de control democrático. Por tanto, “antidemocrático” puede utilizarse para decir que las líneas trazadas entre liberalismo y democracia son incorrectas. Pero el concepto de democracia liberal en sí mismo no nos dice cuáles son las correctas y, por tanto, la crítica es indeterminada y siempre está disponible como ataque partidista.

¿Democracia liberal o democracia liberal?

Una forma de intentar que las líneas sean más determinantes es entender la democracia como el valor principal de la democracia liberal, siendo el liberalismo sólo un instrumento para promover la democracia. Así, a veces se dice que la libertad de expresión debería limitarse al discurso político porque sólo ese tipo de discurso es necesario para que la democracia funcione. John Hart Ely escribió un famoso libro, Democracy and Distrust (Democracia y desconfianza), en el que justificaba el liberalismo aparentemente expansivo del Tribunal Warren como un esfuerzo por perfeccionar la democracia protegiendo el derecho de voto y deshaciéndose de la legislación que se basaba en estereotipos y no en una verdadera deliberación democrática.

Pero no está claro hasta qué punto esto ayuda a que las líneas sean más determinantes. En primer lugar, muchas libertades pueden contribuir al florecimiento de la democracia, pero no obstante tienen costes que pueden motivar incluso a mayorías bienintencionadas a suprimirlas. El arte y la literatura, así como la expresión política, ayudan a la gente a imaginar futuros diferentes que contribuyen a las decisiones políticas. Pero estas amplias protecciones de la libertad de expresión también pueden proteger la indecencia y otros vicios que pueden hacer que la sociedad sea menos civilizada. Por lo tanto, es difícil trazar la línea a priori para determinar hasta dónde debe llegar la libertad de expresión para promover la democracia. Además, la propia democracia es un concepto controvertido. ¿Hasta dónde debemos preocuparnos por proteger la deliberación profunda a expensas de una lectura más cruda de las preferencias de la mayoría?

En su lugar, podríamos intentar trazar líneas que hagan de la democracia el instrumento de la libertad y no al revés. Históricamente, muchas sociedades se preocuparon por proteger las libertades frente a los gobernantes y recurrieron a la democracia porque era un mecanismo mejor que la monarquía y otras formas de gobierno que podían ejercerse fácilmente por decreto personal.

Esta visión de la relación entre democracia y libertad lleva naturalmente a los partidarios a sentirse más cómodos con las limitaciones del proceso democrático, ya que la protección de los derechos es primordial para empezar. Además, los mecanismos que ralentizan el proceso democrático (como el bicameralismo), o lo fragmentan (como el federalismo), ayudan a evitar que la democracia actúe por decreto de la mayoría, lo que no es tan diferente del gobierno personal que los defensores de la libertad consideran una amenaza.

Pero, de nuevo, no está muy claro dónde trazar los límites. Una vez que se reconoce que la elección democrática puede ser importante para proteger la libertad, hacer que la democracia sea demasiado rígida o proporcionar un conjunto de derechos demasiado detallado puede socavar tanto la democracia que provoque una reacción contra la libertad.

Una última opinión es que tanto la libertad como la democracia son bienes humanos importantes. Ninguno puede reducirse a ser el instrumento del otro. La capacidad de participar con otros en la gobernanza es parte de lo que nos permite florecer en sociedad: el hombre es un animal político y la democracia es, por tanto, tan propicia para su bienestar como el comer. Pero la libertad, es decir, la capacidad de llevar a cabo los proyectos que uno elija y de poseer los bienes que se ha ganado, también forma parte de lo que permite una vida floreciente.

Esta visión de la relación entre democracia y libertad tiene sus atractivos: Es intuitivamente plausible que una criatura que es social, pero que también tiene un fuerte sentido de sí misma, deba tener un orden político que respete tanto su naturaleza individual como social. Pero tal pluralismo de valores políticos hace aún menos obvio dónde trazar la línea entre el control democrático y la libertad individual.

La democracia liberal como régimen mixto

En cualquier caso, el liberalismo en la democracia liberal moderna es tan importante que, en los términos de la filosofía política clásica, transforma una democracia en un régimen mixto. En concreto, nuestro régimen mixto moderno mezcla elementos democráticos y oligárquicos. Por su naturaleza, los derechos otorgan poder a aquellos grupos de ciudadanos que pueden utilizarlos con éxito. Los derechos de propiedad, por ejemplo, dan más poder a los que tienen propiedades que a los demás; los derechos de libertad de expresión dan más poder que a los demás a la clase parlanchina que escribe y habla para ganarse la vida. Por tanto, estos grupos tienen un poder adicional al de la mayoría de los ciudadanos que se deriva directamente de las normas del régimen. Incluso la necesidad de una revisión judicial para resolver las complejidades de la democracia liberal y proteger los derechos recogidos en su constitución otorga poder a un grupo concreto: los abogados. Los abogados a veces median entre otras clases y a veces reflejan los intereses de unas más que de otras. Por ejemplo, a principios de la república, los abogados reflejaban sobre todo los intereses de la clase comercial propietaria. Hoy reflejan sobre todo los intereses de la clase intelectual.

Esto hace aún más difícil trazar la línea divisoria entre los elementos liberales y los elementos democráticos en la constitución de una sociedad. Hay que tener en cuenta los efectos dinámicos del poder creado por los distintos derechos porque los grupos con poder probablemente utilizarán sus derechos para intentar cambiar las reglas del régimen a su favor. Por desgracia, como no nos gusta admitir que nuestras sociedades son regímenes mixtos y no democracias, es difícil hablar abiertamente de esta dinámica.

Tradición y circunstancia

El análisis anterior sugiere que conseguir la combinación adecuada de elementos liberales y democráticos en la democracia liberal es muy difícil, independientemente de si se prioriza la democracia, la libertad o ninguna de las dos. También sugiere que es poco probable que haya una respuesta correcta para todas las sociedades. Las tradiciones y circunstancias de cada una afectarán sin duda a la necesidad de algunas líneas particulares y a los efectos dinámicos de la mezcla.

Por lo tanto, cualquier denuncia de los cambios propuestos por el gobierno israelí como antidemocráticos es una grandilocuencia simplista. La verdadera cuestión es si los cambios darán lugar a una democracia liberal mejor que la antigua.

Ciertamente, la autoridad de los jueces en Israel para invalidar la legislación por ser “irrazonable”, combinada con su poder para elegir a sus propios sucesores, sugiere que el poder judicial posee poderes arraigados y amplios de un tipo raramente visto en Occidente. Su alejamiento de las normas de revisión judicial y selección judicial debería hacernos sospechar de la sensatez de esta estructura.

Por otra parte, el propio Israel presenta ciertas características inusuales. Se encuentra continuamente bajo una amenaza existencial. Tiene una fuerte religión estatal en el judaísmo, pero sufre un grave conflicto entre judíos religiosos y judíos seculares, así como entre judíos y minorías religiosas. Esto hace que su política parlamentaria sea muy inestable. A diferencia de la mayoría de las democracias, su política no se centra principalmente en cuestiones distributivas: las religiosas y militares también importan en la toma de decisiones políticas cotidianas. Por ello, las coaliciones gobernantes tienen aún menos probabilidades que en otras naciones de formar mayorías democráticas coherentes sobre una cuestión concreta, lo que quizá haga más apropiada una mayor supervisión judicial. Aun así, para una persona ajena al país, el poder judicial en Israel parece muy extremo.

Independientemente de la suerte que corra la nueva legislación, Israel, como otros grandes países occidentales, seguirá siendo una mezcla incómoda y combustible de elementos democráticos y liberales.

Mascarillas: una afrenta a la ciencia y la evidencia

El ser humano prefiere la seguridad antes que la verdad

Mario Sabán, filósofo y psicólogo

Una mentira es como una bola de nieve, cuanto más rueda, más grande se vuelve

Martin Lutero

Si bien es cierto que la mayoría de la población ya ha advertido el engaño que han supuesto las máscaras, muchos aún siguen aferrándose a ellas a pesar de que estudio tras estudio fracasan (te invito a llegar al segundo apartado de este artículo para demostrarte lo rayano en inexistente de la evidencia, incluso sorprendente para quien haya leído todos mis artículos previos). Lo cual sólo puede explicarse de un modo: el orgullo que imposibilita reconocer haber estado equivocado; incluso profundamente equivocado.

Así pues, los autodenominados expertos que en 2023 siguen defendiendo las políticas públicas de máscaras (aquí un ejemplo) son sin sorpresa alguna los que no han reconocido ni una sola equivocación o error por su parte, por ingente que se haya acumulado ya evidencia sólida en contra. Para aún más sonrojo y sorpresa, la administración Biden está aún en 2023 litigando para reimponer las máscaras en el transporte tras meses sin ellas (desde mayo 2022), y por supuesto, a pesar de que no se ha mostrado evidencia en su favor en este tiempo. Y en 2023 distritos escolares en EEUU, todos muy progresistas, están reimponiéndosela a alumnos sin evidencia.

Durante los últimos meses he intentado hacer una exposición tan minuciosa como clara sobre lo que la ciencia y evidencia dicen (1 y 2), analizar y refutar estudios ‘basura’ diseñados para decir lo que los autores (o autoridades) querían (3), así como mostrar que la imposición de máscaras siempre fue por doquier una medida estrictamente política y nunca científica (4).

Cochrane cierra el debate científico

Durante varios años, y aún persiste el problema, querer debatir siquiera sobre la efectividad y utilidad de las máscaras ha sido perseguido y censurado del mismo e idéntico modo que parece prohibido poder debatir sobre el llamado ‘cambio climático’, las actuales leyes de género, el modelo del Bienestar del Estado o la Guerra Civil Española. Hay asuntos que parecen tabú someterlos al debate mismo, pues ha parecido imponerse sobre ellos una verdad oficial incuestionable. Las máscaras han sido triste y clamoroso ejemplo de ello.

Por si aún quedaban dudas, en enero de 2023 el Cochrane publica un meta-análisis (considerado el patrón oro de la medicina basada en evidencias) sobre el uso de máscaras para virus respiratorios, considerándose la más sólida revisión científica probablemente hasta la fecha sobre este tema. En total se analizaron 78 estudios seleccionados de alta calidad que acumularon más de 600.000 participantes desde 2009 hasta 2022. Para casos de gripe y covid confirmada en laboratorio, los autores concluyen:

El análisis sugiere que llevar una máscara médica/quirúrgica probablemente marca muy poca o ninguna diferencia respecto a no llevarla.

Respecto a los estudios con N95/FPP2, los autores concluyen:

El análisis sugiere que llevar una máscara N95/FFP2 probablemente marca muy poca o ninguna diferencia

En la nota oficial de prensa de Cochrane sobre su meta-análisis, se afirma: “No existe certeza de que llevar una máscara N95/FPP2 ayude a reducir la propagación de virus respiratorios”

El Dr Vinay Prasad, oncólogo y hematólogo profesor de Medicina en el Departamento de Epidemiología de la U. de San Francisco fue de los pocos que desde el mismo inicio de 2020 estuvo en lo correcto al decir que no iban a servir de nada las máscaras para un virus. El Dr Prasad comenta el cierre del debate final del Cochrane aquí.

Recordemos y tengamos muy en cuenta este hecho: ninguna autoridad pública nunca pudo presentar ni tampoco realizó ningún estudio controlado para avalar su política pública de máscaras. Cuando aún no se había distorsionado la realidad científica, por ejemplo aquí en 2003 en plena epidemia del coronavirus SARS en Oriente, el The Sidney Morning Herald de Australia reportaba como las autoridades multaban a los fabricantes de máscaras que exageraban su utilidad. Incluso el rotativo australiano cita a médicos y expertos que afirmaron que una máscara sólo cumple su función durante no más de 15-20 minutos ya que al hidratarse con la respiración deja de servir.

Mascarillas en salas de operaciones: un uso meramente teórico (sí, has leído bien)

Hasta ahora siempre hemos hablado de la ausencia de efectividad y evidencia para máscaras contra virus respiratorios. En resumen, no son capaces de filtrar el tamaño de un virus aunque fueran selladas a la cara con cemento armado. Las máscaras quirúrgicas adquieren su nombre precisamente porque son tradicionalmente de uso en la sala de operaciones. Su finalidad es evitar que caigan microgotas de nariz o boca sobre heridas abiertas y generen sepsis (nunca se han usado para evitar contagios virales). Veamos pues si este uso quirúrgico realmente tiene una evidencia sólida o es meramente un beneficio teórico (parecería razonable en un acto quirúrgico extremar las precauciones incluso de beneficio hipotético).

· Ritter y otros (1975), estudio, “llevar una máscara quirúrgica no tuvo efectos sobre la contaminación ambiental en las salas de operaciones”

· Ha’eri y Wiley (1980), estudio en el que en múltiples operaciones de modo repetido impregnaron con microesferas de albúminas el interior de las máscaras de cirujanos para evaluar si éstas evitaban que se transmitieran al paciente. Los autores concluyen (negrita mía) que “hubo contaminación de partículas en heridas del paciente en todos los experimentos”

· Laslet y Sabin (1989), estudio de 504 operaciones de cirugía cardíaca con o sin uso de máscaras. “No hubo infecciones en ningún paciente con independencia de que se usaran o no máscaras”. Años después, en 2002, Sjol y Kelbaek revisan aquel estudio y en su revisión concluyen: “el uso rutinario de gorros y máscaras quirúrgicas no parece tener un impacto beneficioso en la incidencia de infecciones durante la cateterización cardíaca”.

· Tunevall (1991), estudio que analiza 1.537 cirugías con uso protocolario de máscaras quirúrgicas versus 1.551 cirugías sin ningún uso de máscaras. Las infecciones totales y porcentuales fueron mayores en el grupo que usó máscaras (4,7%) frente a los cirujanos que no las usaron en absoluto (3,5%).

· Skinner y Sutton (2001), revisión de la literatura y evidencia científicas sobre el uso de máscaras en el acto quirúrgico. “La evidencia para eliminar el uso de máscaras quirúrgicas [durante operaciones] parece ser más fuerte que la evidencia disponible para mantener su uso”

· Lahme y otros (2001), análisis de 72 operaciones con uso de máscaras por pacientes durante la anestesia. “El uso de máscaras por los pacientes durante la anestesia no produjo efectos sobre la contaminación aérea de bacterias. Por tanto, su uso es prescindible”

· Figuereido y otros (2001), análisis de 5 años de diálisis peritoneal en clínica sin uso de máscaras. No se hayan diferencias en infecciones frente a clínicas que usan máscaras durante el procedimiento.

· Bahli (2009) hace una minuciosa revisión de la literatura científica desde 1966 hasta 2007 en PubMed, Cochrane, Google Scholar o Medline sobre uso de máscaras en salas de operaciones. El autor afirma que “existe una controversia científica” sobre la utilidad de llevar máscaras durante el acto quirúrgico. Concluye que “no hay diferencia significativa en la incidencia de infecciones post-quirúrgicas observadas entre cirujanos con máscaras y cirujanos que no usan máscaras”

En 2010, la mayor institución médico-hospitalaria de los países nórdicos, el Karolinska Institute de Estocolmo de hecho modificó sus protocolos haciendo no obligatorio el uso de máscaras para los anestesistas. En la publicación científica al respecto afirman que “la evidencia científica para esta práctica es débil e insuficiente” y dicen que “reconocemos la falta de una evidencia científica sólida”.

La cuestión aquí, si incluso en su uso tradicional quirúrgico -contra gotas y microgotas incluso que sí pueden atrapar las máscaras- existe una controversia científica real sobre sus beneficios, ¿en qué punto íbamos a esperar que las máscaras tuvieran algún beneficio contra virus microscópicos decenas de veces más pequeños que el filtro de cualquier máscara?

Mascarillas: pocos o nulos beneficios, y múltiples perjuicios

De dramático a trágico se convierte el tema cuando descubrimos que las máscaras no sólo no son útiles para la salud pública, sino que de facto pueden llegar a ser bastante perjudiciales. Sin ánimos de ser exhaustivos, podemos citar algunos hechos establecidos:

· En cuanto a bacterias y virus se sabe de su potencial para aumentar el riesgo de infección. En 2022 se denominó efecto Foegen, por el que una máscara por la condensación que crean en la boca impide la expulsión de virus contribuyendo a mayor infección. Ya en 2020 un modelo animal con hámsteres halló mayor carga viral en los animales que tenían máscaras.

· Las máscaras en sí mismas no son inocuas. En febrero de 2022, Nature publicó un artículo sobre la presencia de dióxido de titanio en muchas máscaras, el cual está clasificado como un carcinógeno B2. En dicho estudio, la máscara que analizan con menos nivel de dióxido de titanio supera 5 veces lo aceptable para la salud. Y en julio de 2022, Nature publica otro estudio en el que con un solo uso aparecen más de 1600 colonias de bacterias y hongos en las máscaras, varios de ellos patogénicos. Piensen en los niños (y ancianos) que han tenido que llevar durante meses durante más de 6 o 10 horas al día esto.

· El riesgo de acidosis por reinhalar tu CO₂ constantemente con una máscara siempre ha existido. Un estudio de abril de 2021 reporta efectos en el uso constante de máscaras como la reducción de oxigenación, dolores de cabeza, aumento de la temperatura medida en la respiración… y concluye que “el uso prolongado de máscaras por la población podría conducir a efectos relevantes y consecuencias en muchos campos clínicos”. La acidosis prolongada en el tiempo está asociada, recordemos a problemas cardiovasculares, deterioro neuronal y problemas inmunes y riesgo de cáncer.

En resumen, por desgracia, las mascarillas pasarán a la historia como una de las mayores afrentas e ignominias de las políticas de salud pública de la historia, sin ningún base; sin ciencia ni evidencia. La erosión de la confianza en unas autoridades públicas que han impuesto por decreto semejante pseudociencia es incalculable. Como Guadalupe Sánchez escribía al respecto:

Pero no hay relato capaz de ocultar que el uso obligatorio de las mascarillas en el transporte constituye una evidencia más de cómo este gobierno se ha excusado en la sanidad para obrar con arbitrariedad. La pandemia fue la ventana de oportunidad que les permitió testar la docilidad de la sociedad en situaciones de excepcionalidad: no hay injusticia que no podamos tragar si la presentan en forma de papilla avalada por «expertos». La alarma sanitaria habilitó a nuestro gobierno para usar las restricciones como el amo del perro tensa la correa para demostrarle al animal quien manda. Las mascarillas son un símbolo del rebaño que fuimos y que somos.

Guadapupe Sánchez

El lenguaje económico (XXIV): el juego

La Bolsa no es un juego. Quien «opera» —expresión más correcta— en Bolsa «ha de adaptar su conducta a las mudables condiciones del mercado y a sus propios juicios acerca del futuro desarrollo de los precios» (Mises, 2011: 125). La inversión bursátil requiere un conocimiento especializado, información actual e intuición sobre eventos futuros. Los sedicentes jugadores en bolsa, acusados con frecuencia de «malvados especuladores», no juegan temerariamente con el dinero de sus clientes, sino que toman decisiones basadas en un riguroso análisis de la situación de cada empresa, del sector, de la competencia, etc. Prueba de ello es que los legos delegan sus decisiones de inversión en expertos (fondos de inversión) o bien realizan compras sistemáticas (periódicas por un mismo importe nominal).

Los juegos de azar, en general, no precisan conocimiento alguno; por ejemplo, en la lotería, Warren Buffet y otro jugador cualquiera tienen la misma probabilidad de ganar. En la Bolsa, en cambio, solo gana quien posee específicas destrezas como especulador. Por desgracia, «la gente ve siempre algo deshonesto en la contratación bursátil […] Las ganancias especulativas se consideran producto del robo o del hurto practicado a costa del resto de la nación» (Mises, 2011: 619). Particularmente, cuando las bolsas se desploman, se culpa de ello a los especuladores y los gobiernos intervienen el mercado, tal y como sucedió en marzo de 2020 cuando la CNMV prohibió las posiciones cortas durante un mes. Algunos mitos sobre la Bolsa son clarificados por Daniel Lacalle (2013) en su libro Nosotros, los mercados: qué son, cómo funcionan y por qué resultan imprescindibles.

Apostamos por…

La economía no es un casino, ni tampoco una casa de apuestas. Veamos qué se esconde tras esta metáfora tan popular: «apostamos por…» las energías limpias, el turismo de calidad, la veracidad en Internet, la educación y sanidad públicas, la cultura europea, el empleo estable, el comercio local, etc. Stricto sensu, una apuesta es un acto lúdico.

El jugador que apuesta en las carreras de caballos lo hace libremente y con su propio dinero, sin embargo, en boca de políticos, sindicalistas, ingenieros sociales o lobistas; «apostamos por…» esconde, casi siempre, la intención de alcanzar ciertos objetivos bajo coacción; por ejemplo, el político que «apuesta» por el coche eléctrico lo subsidia transfiriendo dinero del contribuyente hacia fabricantes y/o compradores. Esta «apuesta» también consiste en prohibir o restringir el uso de vehículos con motores de combustión, privilegiando a unos conductores y perjudicando a otros. Hay quienes «apuestan» por la práctica del ajedrez en los colegios, pero lo que pretenden es su inclusión obligatoria en el currículo.

Estos falsos jugadores disfrazan sus aviesas intenciones con eufemismos. Por ejemplo: «apostar» por la cultura significa captar fondos públicos para financiar creaciones artísticas carentes de valor para los espectadores; «apostar» por la igualdad conduce a imponer cuotas y otras servidumbres que privilegian a unos a expensas de otros; «apostar» por el turismo de calidad sirve para establecer moratorias, prohibir la construcción de hoteles (excepto los de lujo) o que los particulares alquilen sus viviendas a los turistas; «apostar» por un taxi seguro y de calidad es la excusa para prohibir la competencia de empresas como UBER y Blablacar. En definitiva, detrás de cada «apostamos por…» (en plural) hay un saqueador que quiere tu dinero o un déspota que viola tu libertad.

Teoría de Juegos

Podemos definir la teoría de juegos como el «estudio matemático de las situaciones en que un individuo tiene que tomar una decisión teniendo en cuenta las elecciones que hacen otros» (Figueroba, 2017). Estas interacciones, denominadas «estratégicas», se producen dentro de una estructura formalizada de incentivos: el llamado «juego».

La Teoría de Juegos tiene su aplicación en la estrategia militar, pero también en la economía y en otros campos del saber. Sin embargo, ni la guerra, ni la economía son juegos: «En una sociedad de mercado no existe analogía alguna entre los juegos y los negocios» (Mises, 2011: 140). El profesor Bastos critica resumidamente esta Teoría así: «Con la economía no se juega».[1] La Teoría de Juegos es otro intento positivista de matematizar la economía, por ejemplo, buscando elecciones «óptimas», la racionalidad «perfecta» o estableciendo «modelos» predictivos sobre la conducta humana. La Teoría de Juegos, al igual que la Teoría de la Elección Racional, adolecen del mismo error positivista: «La ciencia es medición»; pero recordemos: «En el mundo de lo económico no hay relaciones constantes, por lo cual toda medición resulta imposible» (Mises, 2011: 67).

Bibliografía

Figueroba, A. (2017). «Teoría de juegos: ¿en qué consiste y en qué ámbitos se aplica?». Recuperado: https://psicologiaymente.com/social/teoria-de-juegos

Lacalle, D. (2013). Nosotros, los mercados: qué son, cómo funcionan y por qué resultan imprescindibles. Barcelona: Deusto (Kindle).  Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.


[1] https://www.youtube.com/watch?v=4Pn0l377Q0Y

Serie ‘El lenguaje económico’

(XXIII) Los fenómenos naturales

(XXII) El turismo

(XXI) Sobre el consumo local

(XX) Sobre el poder

(XIX) El principio de Peter

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

Algunas cuestiones no disputadas del anarcocapitalismo (LXXVII): Problemas de coordinación de la transición energética (II)

En el último artículo abordamos la cuestión de la falta de coordinación entre los distintos países a la hora de abordar la cuestión de la transición energética. En este pretendemos analizar cómo la planificación de esta transición y la ausencia total o parcial de precios y mecanismos de mercado lleva a la descooordinación de los factores precisos para llevarla a cabo, y cómo esta descoordinación puede tanto ralentizar su puesta en práctica como imposibilitarla total o parcialmente.

Nos centraremos especialmente en el caso de la transición en la movilidad, esto es pasar de usar transporte movido por carburantes fósiles a otros movidos por electricidad u otra forma de alimentación que no emita gases de efecto invernadero, como el CO2. También abordaremos problemas análogos referidos a la falta de coordinación a la hora de transitar del uso de una a otra fuente de energía.

Lo primero que debemos tener en cuenta a la hora de pretender usar transportes movidos por electricidad es, como es obvio, comprobar si disponemos o no de electricidad suficiente para mover con la misma capacidad de carga y prestaciones una flota de vehículos equivalente a la de que disponemos en la actualidad. Y esto por lo que parece no está claro que se haya aún conseguido o que se pueda conseguir en un plazo breve de tiempo. Desde el verano de 2022, los gobernantes han advertido de la necesidad de reducir sustancialmente el consumo eléctrico de la población, debido a la posible escasez derivada de la intermitencia en la producción de la misma, por una insuficiente producción de electricidad de origen renovable y también por la escasez de gas ocasionada por la guerra de Ucrania. Asunto, en el caso español, agravado por la casi ruptura de relaciones comerciales con Argelia.

No casa eso muy bien con la idea de crear un parque automovilístico de millones de autos eléctricos. Si ya sin ellos hay problema, no sabemos lo que podría pasar con un parque altamente electrificado en caso de existir algún problema de insuficiente generación de energía. Habría que determinar que tipo de consumo tendría prioridad en este caso, como en Suiza que ya decretó que en ese caso los autos eléctricos tendrían prohibida la recarga.

A la hora de coordinar factores, tampoco parece existir la previsión de que hacer en caso de algún cataclismo natural, como un huracán o un terremoto, y una subsiguiente evacuación masiva en el caso de no haber generación. Circunstancias más comunes, como una típica operación salida de vacaciones, puede transformarse en algo complicado de querer recargar millones de autos a la vez. Y no sólo por falta de energía, sino por el tiempo empleado en la recarga, que por rápida que sea no puede igualar a los tres o cuatro minutos que implica tal recarga en un auto de combustión. Cualquier matemático que sepa algo de teoría de colas entenderá a que me refiero.

Al igual que cuando se instauró el llamado comunismo de guerra en la vieja Unión Soviética hubo problemas de coordinación entre los bienes producidos y sus bienes complementarios, mucho me temo que en este caso, obviamente con una gravedad mucho menor, se pueden dar problemas análogos. No basta con poder producir la cantidad necesaria de autos electrificados en el breve plazo marcado por las directivas europeas (ago, por otro lado, difícil como veremos más adelante), sino que es necesario desarrollar en paralelo los bienes necesarios para que estos puedan operar. 

Para ello es necesario generar de la energía suficiente, y ello incluye la capacidad de adaptarse a los picos de consumo. O sea que debe ser, casi por fuerza, producida en un sistema capaz de modular la generación para adaptarla a las condiciones de la demanda en cada momento. Pero además es necesaria, por ejemplo, una infraestructura de recarga, a poder ser rápida como los supercargadores de una conocida marca, de tal forma que no nos eternicemos a la hora de “repostar” electricidad.

Esto puede implicar en algunos casos cambiar por completo el cableado de algunas zonas que no disponen aún de la red de la que ya disponen parcialmente algunas grandes ciudades. La red eléctrica de los distintos países europeos es desigual y precisa de adaptación a la recarga rápida en muchos territorios de Europa; algo relevante si nos queremos desplazar en un auto eléctrico más allá de las grandes urbes o a otro país, algo que ahora podemos hacer sin gran problema.

Todo ello sin contar con la necesidad de adaptar la red doméstica o sobre todo la de los grandes edificios y comunidades de vecinos. Obviamente que se puede hacer y de triunfar la opción del auto recargable seguro se hará, pero lleva tiempo y recursos hacerlo y, como vimos en otro artículo, tendrá que ser lentamente adaptado a la demanda. Recordemos que la transición de la tracción animal y del ferrocarril a los transportes de combustión interna llevó decenios y aún no está completada en muchas partes del mundo. Quizás acostumbrados a la relativamente rápida transición en otros ámbitos como el de la telefonía móvil o el internet, los gobernantes pensaron que esta también podría hacerse de forma veloz y sin gran coste, sólo con un par de directivas y un poco de concienciación.

Se olvidaron de que esas transiciones fueron mayormente sin plazo y en un entorno de relativo mercado libre y casi sin imposición legal. Y sobre todo porque las nuevas tecnologías eran percibidas como mejores por la mayoría de los consumidores, algo que de momento no se ve.

Otro aspecto no considerado a la hora de decretar la transición a la movilidad eléctrica es el de la necesidad de cambiar el mix energético antes de proceder al cambio. El cambio de movilidad se justifica básicamente en la necesidad de reducir emisiones de gases de invernadero como el CO₂, algo que se lograría con el uso de automóviles de cero emisiones como los eléctricos o los de hidrógeno verde (estos últimos aún por desarrollar comercialmente). Pero no se habla de las emisiones originadas en el proceso de generar la electricidad necesaria para cargarlos.

Si la generación de electricidad es neutra en gases, como ocurre por ejemplo en Noruega, el proceso de transición cumplirá sus objetivos de descarbonizar. Si, al contraio, la generación requiere del uso de carbón, fuel o gas, como en el caso de China, bien pudiera suceder que el auto eléctrico contaminase más que un auto de combustión de nueva generación y no serviría de nada la adaptación a la nueva tecnología. En otros casos, como el español, dependería de la forma de generación de cada día concreto para poder dilucidar si se da o no la reducción de emisiones. La transición al auto electrificado requerirá, pues, una coordinación previa con la transición a la producción de energía eléctrica para todos los usos, algo que por lo que se vé aún no está conseguido.

Es más, en este último año se está produciendo en Europa cierta regresión hacia formas más contaminantes de generación debido a las tensiones derivadas de la guerra de Ucrania, lo que a corto plazo bien pudiese conseguir que el esfuerzo sea en vano. Si a ello le sumamos el coste en CO₂ de achatarrar millones de vehículos y el de producir otros tantos millones de autos nuevo, algo que rara vez se considera, el beneficio para el planeta a corto plazo y, dada la urgencia de la necesidad del cambio, no parece que pueda ser muy grande.

A estos problemas de descoordinación hay que sumar otros dos. El primero es el de la falta de capacidad a día de hoy de suministro de los materiales necesarios para llevar a cabo una transición de tales dimensiones. Autores no precisamente muy próximos a ideas anarcocapitalistas, como Antonio Turiel o Alicia Valero, han expuesto en libros muy bien documentados la dificultad, por no decir imposibilidad, de extraer recursos naturales (litio, coltán, cobalto o tierras raras entre otros) en la cantidad necesaria como para poder sostener la transición y mucho menos en un plazo tan corto. Son necesarias nuevas minas, así como logística de transporte y transformación de esos materiales, en cantidades que a corto plazo son muy difíciles de obtener.

Es cierto que los mercados muestran una gran capacidad de adaptación, y muy probablemente con el tiempo podrían encontrar sustitutos o nuevas formas de producción que resolviesen el problema. Pero, como apuntamos, eso no se puede hacer por decreto. Hay que dejar funcionar el mecanismo de los precios y luego ver si es posible o no llevar a cabo la transición. Los mercados no son omnipotentes, puesto implicaría que las personas que los hacen funcionar lo son. De hecho, se abandonan todos los días muchos proyectos económicos por inviables con la tecnología o disposición de recursos disponibles en el momento de diseñarlos y se opta por otras soluciones o por mejorar las ya existentes.

Ahora parece que es posible técnicamente obtener energía a través de la fusión, pero para que esta posibilidad técnica se concrete en artefactos movidos por tal fuente es necesario desarrolar fábricas y proyectos que transformen esa posibilidad en algo concreto. Ya a veces no es rentable o no se puede a corto plazo.

Parece como si los planificadores, normalmente despectivos con las posibilidades de coordinación de los mercados, ahora confiasen en ellos más que los propios defensores del capitalismo de libre mercado. Un ejemplo de esto es la confianza que tienen en que estos componentes y los productos que de ellos derivan, como las baterías eléctricas de automoción, se abaratarán solos por el mero paso del tiempo. Los mercados no funcionan solos; necesitan de empresarios, trabajadores, materias primas y capitales para funcionar. Todo ello en un marco institucional libre de interferencias que no fijen objetivos por la fuerza.

Es previsible que las baterías se abaraten con el tiempo, peor no sabemos ni cuanto ni cómo, pues aún es necesario desarrollar tal industria a gran escala.

Porque, esta es otra, no es previsible que a corto plazo se den todos los beneficios de producción a escala que se dieron en otros sectores al estar a transición limitada de momentos a unas áreas geográficas concretas, Europa y en menor medida otros países occidentales. De no extenderse esta transición al resto de los automovilistas del mundo, algo improbable a corto plazo, los beneficios de escala no se aplicarán en toda su potencialidad, quedando reducida la movilidad eléctrica a un nicho relativamente reducido en el que no compense invertir las cantidades de capital necesarias para conseguir tales efectos. Bien pudiera ser que baterías y otros elementos como repuestos sigan siendo una especie de consumo de lujo para países ricos y, por tanto, no compense producirlos aún de forma barata.

Son estos problemas que cualquier estudioso de las economías planificas, aunque sea a escala reducida, conocen. Pero una vez más vemos como la arrogancia de los planificadores ocasiona más problemas de los que pretende resolver. Volveremos en el futuro a analizar estos temas que son una buena prueba del fracaso de la planificación. Eso sí, espero equivocarme y que estos problemas tratados puedan tener solución.

Democracia y totalitarismo no son excluyentes

A propósito de la reforma del CGPJ se está viviendo en España un debate sobre la legitimidad de los poderes estatales que no se organizan de manera estrictamente democrática. El argumento de los defensores de un mayor control del poder judicial por parte del legislativo es que todos los poderes del estado deben subordinarse a la soberanía nacional, es decir, deben ser democráticos y quedar al arbitrio de la mayoría. El principio que subyace a este argumento es que la democracia es intrínsecamente buena y que lo opuesto es tiranía y totalitarismo. Por ende, más democracia es siempre mejor.

No busco valorar aquí lo buenos o malos que pueden ser democracia y totalitarismo para el cuerpo social, sino meramente aclarar que este principio que en muchas instancias de nuestra sociedad se acepta acríticamente está muy lejos de ser cierto, que democracia y totalitarismo pueden darse conjuntamente y que, de hecho, existen ciertos discursos que, partiendo del dogma que identifica bien y democracia, conducen a sistemas totalitariamente democráticos

Este principio opera en dos ámbitos que a veces no se diferencian: por un lado, como estamos viendo con la reforma del CGPJ, dentro de la forma del estado, haciendo parecer que aquella forma que sea más puramente democrática será mejor (ilegitimando aquellos poderes independientes que no responden, al menos directamente, a la soberanía representada en el Parlamento). Refiriéndonos ya no a la forma del Estado, sino a la fisionomía de la comunidad política, este principio también sirve para legitimar las progresivas pero constantes ampliaciones del ámbito de decisión del Estado, dándole voz en ámbitos que antes se consideraban estrictamente privados por significar esto “más democracia”.

El principio totalitario

Con esta primera diferenciación entre la organización del estado y la más amplia organización de la comunidad política (de la sociedad en general) podemos ya entrever que totalitarismo y democracia podrían no ser excluyentes. Y esto ocurre precisamente porque cada uno se refiere a ámbitos distintos de la comunidad política. La democracia es una forma de elección del soberano, una de las formas que tiene el poder estatal de constituirse y legitimarse. Es, si se quiere, un método de prelación de los intereses individuales dentro de la “cosa pública” en ciertas materias que se consideran colectivamente decidibles. Pero solo se refiere a la forma de estado, en ningún caso va más allá del ámbito común de la comunidad política.

El totalitarismo, sin embargo, se refiere a la organización de la comunidad política completa. En concreto, el totalitario aboga por organizar la sociedad (que no solo el estado) de forma que el aparato estatal tenga un poder total para hacer y deshacer dentro de la sociedad, identificando a esta con aquel. Es decir, el totalitarismo es más que una forma de organización estatal: es una forma de estructuración social. Observemos, por tanto, que ambas definiciones se mueven, como antes decíamos, en terrenos distintos. Mientras la democracia es una visión determinada del estado, el totalitarismo da un paso más, adopta una visión más completa y se configura como una forma de concebir la comunidad política, la sociedad en su conjunto. Por todo ello no parece haber, aparentemente, nada en ninguna de las dos definiciones que las haga incompatibles.

Democracia totalitaria

De hecho, y como antes exponíamos, divinizar la democracia, identificándola con el bien y contraponiéndola absolutamente al totalitarismo, conduce, desde mi punto de vista, a una sociedad totalitariamente democrática. Si se considera que la democracia es absolutamente buena, se sigue que la mejor forma de gobierno es aquella donde todo es, al menos potencialmente, democráticamente elegible. Por tanto, se habilita a la mayoría a decidir sobre cualquier asunto, ampliando infinitamente el ámbito de decisión del estado. Estas ampliaciones, además, se justifican identificando lo democráticamente elegido con lo legítimamente imponible, considerando como bueno per se todo lo que se haya decidido democráticamente por el mero hecho de que se ha decidido por mayoría. Esta especie de fundamentalismo democrático que considera que la mayoría puede decidir sobre el ámbito que ella misma decida es totalitario en el sentido de que opera igual que el totalitarismo: identifica sociedad y estado al considerar como parte de la “res publica” todo aquello que el mismo estado desee considerar como ámbito de su competencia. Si todo entra (al menos potencialmente) dentro de la capacidad de decisión de la mayoría (y por ello dentro del ámbito estatal) entonces la diferencia entre lo público y lo privado se diluye, confundiéndose sociedad y estado (que es precisamente lo que hace el totalitarismo).

Sentada ya la compatibilidad del totalitarismo y la democracia, debe hacerse una pequeña mención al peligro que puede suponer para las libertades individuales el totalitarismo democrático. Cuando se refiere a la forma del estado porque sirve como concentrador del poder, eliminando contrapesos y haciendo al poder que se considera expresión de la voluntad de la mayoría cada vez más omnipotente. Así, permite que ese poder acrecentado pueda decidir arbitrariamente, incluso habilitándole a decidir, cuando sea lo suficientemente poderoso, dejar de ser democrático. Cuando se utiliza para legitimar la ampliación del ámbito de decisión estatal porque directamente desplaza el ejercicio de la soberanía del individuo al conjunto sin fundamento.

Con respecto a esto último, digo que se amplía el ámbito de decisión estatal sin fundamento porque el razonamiento utilizado no es consistente ni siquiera desde un punto de vista lógico. El estado no puede usar sus normas internas de validación para decidir su ámbito externo de decisión. Me explico: no vale decir “vamos a decidir que solución tomar en estos temas de manera democrática” y a la vez decir “los temas sobre los que decidimos democráticamente son todos estos porque democráticamente hemos decidido que todos estos temas le incumben a la mayoría”.

Fundamentalismo democrático

Esa primera elección de que temas le competen a la comunidad no tiene por qué seguir las mismas reglas de formación de la voluntad común. No tiene por qué seguirlas porque cabe la posibilidad de que existan fundamentos éticos o incluso ontológicos que no permitan al colectivo arrogarse la soberanía en lo que considere. Y si se obvia esto se está usando la norma de validación interna para fijar el ámbito de decisión de esa misma norma sin justificar porque esa norma tiene también validez para ese ámbito externo. Esto equivaldría a decir que como empleador y empleado han acordado que dentro de las 8 horas de trabajo el empleador puede dar órdenes al empleado, este le ordene durante su jornada laboral que a partir de ahora le puede dar órdenes durante las 24 horas del día.

Por ello, incluso si el fundamentalista democrático quiere defender que todo es susceptible de decisión por parte de la mayoría debe encontrar un principio externo que justifique que todo entra dentro del ámbito de decisión del estado democráticamente constituido. No vale simplemente argumentar que como nuestros estados son democráticos, todo debe ser democracia.

Puede que llegados a este punto no parezca tan descabellado afirmar que no siempre más democracia es mejor y que incluso prefiramos una democracia limitada (en el sentido de no omnipotente) a una absoluta. Si reflexionamos, los límites que ya existen a la democracia (en este caso, pero en realidad a cualquier forma estatal) y que deben ser cuidados son los derechos individuales. Reconocer estos no es más que afirmar que en determinados ámbitos de nuestra vida que decida la mayoría es tan tiránico e ilegítimo a que lo haga una casta sacerdotal o un estamento militar. Reconocer que el individuo es el único legitimado para decidir que dice, a quien reza o con quien se acuesta es menos democracia, y es mejor que dejar estos asuntos al colectivo.

La democracia podrá ser una forma de tratar (igual incluso la mejor) aquellos asuntos que por su naturaleza tengan que ser decididos conjuntamente, pero nada hay en ella que la haga contraria per se al totalitarismo. Lo único contrario al totalitarismo es un estado limitado que reconozca la soberanía individual. Por ello, parece mucho más importante hoy discutir hasta donde vamos a permitir que la “res publica” decida y que esferas de nuestra vida vamos a dejar a la única soberanía del individuo que perdernos en discursos vacíos sobre lo muy democráticas que deben ser nuestras sociedades.