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La Ley de Mercados Digitales ante el declive de las Big Tech

Tras varios años de intenso debate y actividad burocrática, hace un par de meses ha entrado en vigor la llamada Ley de Mercados Digitales o DMA (siglas de su nombre en inglés, “Digital Market Act”) como la conocemos los que hemos seguido el debate desde sus orígenes, y como la voy a denominar en este artículo.

La DMA pretende evitar que determinados agentes de Internet utilicen su supuesto poder de mercado para forzar condiciones injustas a sus clientes y, en consecuencia, a sus usuarios. Distingo clientes de usuarios, porque los referidos agentes de Internet suelen tener la consideración de plataforma, en que una serie de usuarios de la plataforma, sus clientes, la utilizan para vender o dar a conocer su producto a los usuarios de la misma. Por ejemplo, todos somos usuarios del buscador de Google; sin embargo, no pagamos (al menos no con dinero) por este servicio; son los anunciantes clientes de Google los que pagan por el mismo a cambio de poder llevar información a los usuarios. Algo parecido ocurre con Meta-Facebook, en este caso por el uso de las redes sociales. Más complicados pueden ser los casos de Amazon o Apple, pero la idea es básicamente la misma.

Para conseguir su objetivo, la DMA define la figura del Guardián de Acceso o Gatekeeper (usaré también el término en inglés para que no parezca esto un capítulo de Dragones y Mazmorras) y establece en qué condiciones un proveedor de servicios digitales tiene esta consideración para inmediatamente sacudirle con una retahíla de obligaciones, hasta 23, muchas veces de difícil comprensión e interpretación.

Cualquiera que estudie la norma, a poco que sea crítico, se dará cuenta de que está dirigida a sujetos específicos, no es una norma “ciega” como las que exige la “Rule of Law”, por mucho que se disfrace de tal. Es obvio que los Gatekeepers son Microsoft, Google, Apple, Facebook-Meta y Amazon, aunque quizá se cuele algún despistado más en la definición (¿Netflix?).

Tampoco las obligaciones que se imponen están justificadas en consensos teóricos de los economistas. Son las que los funcionarios de la Comisión Europea y de los Estados Miembros, junto con los Europarlamentarios, trabajando codo con codo, han considerado que había que imponerles. Simplemente porque ellos creen que eso es lo bueno para Europa y los europeos, pero sin análisis científico alguno que lo demuestre. Porque hoy es hoy, como decía el anuncio.

Con este instrumento, la Comisión Europea pretende domeñar el poder de mercado de los salvajes Big Tech y evitar así que perjudiquen no solo a los consumidores europeos, sino también al tejido industrial de la Unión. Para los orgullosos burócratas europeos, la DMA es un ejemplo a seguir por el resto del mundo, como también lo constituye otra de sus obras maestras, el inefable RGPD (Reglamento General de Protección de Datos)[1].

Esos mismos burócratas, o al menos aquellos que aún se asoman a la realidad desde su torre de cristal, se habrán quedado atónitos al observar la pérdida de valor que han sufrido en Bolsa durante este año los causantes de sus desvelos. Y supongo que la boca aún no se les habrá podido cerrar al constatar que tal pérdida de valor va seguida de reajustes en sus estructuras, esto es, de despidos masivos por todo el mundo.

¿Cómo es posible que empresas con tamaño poder de mercado tengan que ajustarse de esta forma? ¿Acaso no son capaces de desenvolverse con independencia de clientes, proveedores y ciudadanos? ¿O va a resultar que no tenían tal poder de mercado?

Quizá algún burócrata hará la lectura de que esa pérdida de valor se debe precisamente al “éxito” que anticipan los analistas para la DMA. A este optimista habrá que recordarle que cuando ha ocurrido el descalabro aún no estaba en vigor y de hecho faltan bastantes meses para que se implemente, no digamos para que sus efectos se noten; pero, sobre todo, habrá que recordarle que el negocio de los Big Tech es global, y Europa solo supone una parte, no mínima pero sí decreciente, del mismo.

Los demás usaremos el sentido común y algún conocimiento de teoría económica para explicar tal suceso de una forma más racional. Y es que el poder de mercado que aducen los reguladores para justificar sus intervenciones en el mercado, es un mito. Al menos, es un mito en los mercados no regulados. Por supuesto, si los Gobiernos deciden crear monopolios u oligopolios legales, o dar privilegios a las empresas de sus amigos, aparece poder de mercado.

Pero no es así como los Big Tech han llegado a conquistar el mercado. No consta en la historia de Google, o en la de Meta, o en la de Microsoft, o en la de Amazon, o en la de Apple, que el gobierno de los EEUU les concediera un monopolio legal para su actividad. No. Estas empresas han llegado donde han llegado porque eran sobresalientes en la satisfacción de las necesidades de la gente, porque nadie lo hacía mejor que ellos. Su supuesto “poder de mercado” está sujeto a las vicisitudes de las preferencias de sus clientes, de las que nadie les protege. Realmente, ese “poder de mercado” es poder de sus usuarios y de sus clientes, a los que tienen que servir para mantener su posición y sus beneficios.

La pérdida de valor en Bolsa que han sufrido durante este año no se puede explicar fácilmente, y quizá sea solo coyuntural. En todo caso, una pérdida de valor es un desajuste real o anticipado en la capacidad de satisfacer a los clientes. Los inversores les han dicho a las Big Tech que lo que estaban haciendo no es lo que ellos creen que van a querer sus clientes en el futuro. Y a las Big Tech, con todo su supuesto poder, no les queda otra que reestructurarse para tratar de acertar con esas preferencias. En ello están.

Volvamos con la DMA. Ya hemos visto que su construcción, además de arbitraria per se, se ha basado en un mito, cuya falacia se ha constatado justo antes de su entrada en vigor. Si realmente estas empresas no tienen poder de mercado, no hacía falta la DMA para nada. Y ahora que lo tenemos, ¿qué podemos esperar e de él? ¿Ayudará al proceso de ajuste a las preferencias de los ciudadanos que se está exigiendo a los Big Tech?

Esa pregunta equivale a analizar si las obligaciones (23, no se olvide) que se imponen a los Gatekeepers, son realmente cosas que quieren sus clientes y usuarios. Si fuera así, lo cierto es que no hubiera hecho falta obligarles a hacerlas, porque al actuar en un mercado no intervenido se tienen que ajustar a las preferencias de los usuarios para sobrevivir.

Ergo, tiene pinta de que no es el caso, así que lo único que harán dichas obligaciones es entorpecer el proceso de ajuste que estos agentes requieren, forzándoles a dedicar recursos allá donde no son valorados por la sociedad, empezando posiblemente por todos los abogados y consultores que van a hacer su agosto a costa de estas empresas con la implementación de la DMA en Europa.

Así que lo que nos espera en los próximos años a los europeos es la degradación del servicio excelente que hasta ahora nos venían dando. Por un lado, tienen el reto que les propone el mercado de adaptarse a las nuevas demandas; por otro, tendrán que desperdiciar recursos en cumplir lo que quieren los funcionarios y políticos europeos, recursos que no se podrán dedicar a dichas nuevas demandas, sean cuales sean.

Eso sí, la Unión Europea se mantendrá como líder cada vez más destacado en regulación y ejemplo a seguir para el resto del mundo, que esta “empresa” jamás baja en Bolsa.


[1] A cuya loa ya dediqué unas líneas en este mismo foro.

Ver: https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/el-reglamento-de-proteccion-de-datos-enterrando-recursos-de-los-europeos-en-la-economia-improductiva/

Bitcoin es una mercancía (II)

Hace unos días mi compañero en este medio Joel Serrano escribió una crítica a mi serie de artículos “Mises no comprendió a Menger”, en donde explico las diferencias entre la teoría de mercancía de Menger, y el uso que hace Mises del término mercancía. Quiero agradecer desde aquí el tiempo que le ha dedicado, y también de paso confirmar que, efectivamente, el título de mi serie de artículos es puro clickbait.

Serrano centra una buena parte de su artículo en negar rotundamente la equivalencia que propongo entre el concepto de mercancía de Menger y los medios de cambio. En primer lugar, quiero dejar muy claro que cuando me refiero a medios de cambio no me refiero a medios de cambio indirecto, sino a medios de cambio en general. En segundo lugar, la mera existencia en la literatura económica de calificar algunos medios de cambio como “indirectos”, ya demuestra que existen los medios de cambio directos (o simplemente “medios de cambio”), que son los que se utilizan en el intercambio directo o trueque, y esos medios son mercancías para el vendedor y bienes de uso o consumo para el comprador. Y en tercer y último lugar, Menger explicó lo siguiente en El Dinero (p. 97):

La expresión “intermediario del intercambio” para designar la función de intermediación del dinero en el intercambio de bienes es incomparablemente más exacta que la de “medio de cambio“, que en alemán se utiliza también para dar a entender cualquier otro bien destinado al intercambio.

Carl Menger

Y en su libro Principios de Economía Política Menger aporta la siguiente definición científica de mercancía: “De ahí que un gran número de economistas, sobre todo germano-parlantes, entienda por mercancías los bienes (económicos) de todo tipo destinados al intercambio“. Creo que sobra ningún comentario adicional por mi parte. Solo me queda añadir que esta equiparación mercancía – medio de cambio es accesoria a mi argumento de que Bitcoin pudo valorarse como mercancía sin ningún valor de uso. Y por tanto, aunque estoy plenamente convencido de que Serrano está equivocado en su interpretación de Menger, por despejar el debate renuncio a usar el término “medio de cambio” y me limitaré a usar el término “mercancía” para referirme al estatus inicial de Bitcoin. Y quisiera recalcar que mi argumento no es tanto el hecho histórico de que Bitcoin se demandara como mercancía sin ningún valor de uso, sino la posibilidad de que pudiera valorarse de esta manera.   

Este argumento central ya lo expuse en este otro artículo, y hoy lo voy a desarrollar un poco más para dar respuesta a las críticas de Serrano.  Dice Serrano que Bitcoin no cumple la segunda parte de la cuarta condición que establece Menger para que una cosa sea un bien. Es curioso que Serrano parece utilizar el texto de la segunda edición de Principios de Economía Política donde Menger añade la palabra “anticipación” en la primera condición, pero no parece utilizar esta segunda edición para citar la cuarta condición donde Menger añade: “aunque sea una necesidad futura y solo con la ayuda de otros bienes”.

En la segunda edición, Menger deja ya meridianamente claro que la necesidad puede ser futura, no tiene que ser presente. De todos modos, la redacción de la primera edición ya rezaba lo siguiente: “Poder de disposición sobre la cosa, de tal modo que pueda ser utilizada de hecho para la satisfacción de la mencionada necesidad”. Aquí no cabe interpretar que esa necesidad tenga que existir obligatoriamente en el presente. Y además esto debe ser cuestión pacífica en el debate cuando el propio Serrano ya reconoce, en virtud de la primera condición, que la necesidad puede ser anticipada, y en las cuatro condiciones de Menger estamos hablando de una misma necesidad.

Y es que además no podía ser de otra manera, pues toda acción humana está enfocada al futuro por definición. Tanto el valor de uso como el valor de cambio, son contingentes, especulativos y más o menos inciertos. Si Bitcoin no cumpliera la segunda parte de la cuarta condición de Menger por razón de no poder ser utilizada en el presente de forma inmediata a voluntad de su propietario, entonces ninguna otra mercancía sería un bien económico. Porque para poder materializar el valor de cambio de una mercancía necesitas que otra persona te la compre (igual sucede con los medios de cambio, ¡que curioso!”), y esa transacción de compra solo puede suceder en el futuro y nada garantiza que se produzca, menos aún cuando se trata de bienes totalmente nuevos. 

También es muy relevante el concepto de escasez. Para que una cosa sea un bien económico la oferta disponible no puede ser mayor que la demandada. Satoshi no preminó, diseñó el sistema de manera que desde el inicio fuera necesario realizar intercambios autísticos para obtener unidades de Bitcoin. Es decir, si Satoshi demandaba más unidades del stock existente, debía realizar un intercambio entregando al sistema un hash válido para el siguiente bloque y recibir a cambio la recompensa correspondiente. 

Por otro lado, Serrano no expone correctamente mi argumento sobre la causa del valor de los medios de cambio. La causa originaria no es que permitan incorporar a las partes el valor añadido del intercambio sino que son herramientas que, gracias a sus cualidades para ello, facilitan o ayudan a intermediar los intercambios. De la misma manera que un coche, gracias a sus cualidades, facilita el transporte.

Cuando un intermediario facilita o posibilita (abarata) una transacción entre dos partes y se le paga una comisión por ese servicio, es porque su servicio de intermediación es valioso. A nadie se le ocurre hablar aquí de circularidad. Sus contactos, su habilidad, conocimiento y sus medios son la causa del valor de sus servicios. Pues pasa exactamente lo mismo cuando el intermediario de la transacción es una cosa en lugar de una persona. Las cualidades de la cosa para intermediar el intercambio son la causa del valor de esa cosa. No es casual que Menger enfatizara la mayor precisión del término “intermediarios del intercambio” para referirse a los medios de intercambio. Esto ni siquiera lo disputa Mises en la cita que expuse en el IV artículo de mi serie donde afirma que los servicios monetarios son capaces de generar valor, que Serrano parece que no leyó pues la aporta como novedad en su crítica. He de decir que estoy totalmente de acuerdo con lo que dice Mises en esa cita, y añado que ahí contradice de pleno su propio teorema de regresión, pues si el servicio monetario puede generar valor por sí mismo, entonces no hay razón alguna para negar que podamos anticipar que una cosa pueda proporcionar ese servicio en el futuro, y por tanto demandarla sin que todavía hoy lo proporcione, lucrándonos gracias a dicha anticipación, tal y como explica Menger cuando describe la manera de actuar de los agentes más perspicaces en los procesos de monetización.  

La circularidad que veían los críticos de la teoría del valor subjetivo al aplicarla al dinero y que Mises erróneamente aceptó para intentar refutarla con su teorema ad-hoc, simplemente no existe. No existió nunca. Esta circularidad de que demandamos el dinero por la expectativa de que otros la demanden ya la refutó Menger en El Dinero tal y como expuse en este artículo.  Vuelvo a traer la cita de Menger:

Wagner, en su excelente Sozialökonomische Theorie des Geldes (1909,pp. 110 s.) indagando en torno a la función del dinero como medio de cambio, se deja guiar, al igual que muchos teóricos anteriores, por la idea de que el dinero-mercancía es aceptado como contravalor solo por la confianza que esa mercancía suscita por sí misma en que el resto de las personas que acuden al mercado la aceptarán, a su vez, también basadas en esa misma confianza de poder cambiarla luego por otros bienes. Según estos estudiosos, ese factor de confianza que se refiere a la psicología individual y luego —una vez convertido en costumbre consolidada— a la psicología de masas, es esencial y decisivo para comprender la función de medios de cambio del dinero. Esta concepción se basa en un prejuicio que sigue esclavizando de diversas maneras a los estudiosos de la teoría monetaria: es decir, que el dinero —al contrario que el resto de los bienes— es aceptado por nosotros como equivalente a los bienes que cedemos a cambio solo bajo la perspectiva de que, a su vez, también nosotros podremos entregarlo a cambio de otras mercancías en razón de la confianza que también le otorgan las demás personas. Pero aquí se olvida el hecho de que esta no es, en absoluto, una característica peculiar del dinero. También el comerciante, el especulador, etc., adquieren los bienes que luego ponen en venta, únicamente en la «confianza» de que estarán después en condiciones de cederlos a otros, y para ellos es absolutamente indiferente (en el aspecto que es aquí decisivo) el que quienes en el futuro adquieran sus mercancías se propongan luego consumirlas o revenderlas. Lo mismo sucede con el dinero, que nosotros, precisamente como hace el comerciante con su mercancía, lo adquirimos (por lo general y no excepcionalmente) solo a causa de su valor de cambio; es decir, para poder cederlo de nuevo a otros.

La auténtica peculiaridad del dinero respecto a otras mercancías no consiste, pues, en una «confianza» que se manifiesta solo en el caso del dinero, debido al amparo de las normas estatales que lo regulan, sino en su negociabilidad relativa superior al resto de las mercancías

Carl Menger

El dinero no se demanda por su poder adquisitivo, sino por su mayor negociabilidad, y la causa de la mayor negociabilidad se encuentra en la evaluación de sus cualidades (duradero, transportable, divisible, fungible, etc.), que Menger enumeró de manera exhaustiva en El Origen del Dinero, y que, al contrario de lo que parece insinuar Serrano, Menger no afirma que la amplia demanda de una mercancía tenga que venir porque además tenga valor de uso, e incluso si así fuera (que no lo es), tampoco afirma que sea una característica obligatoria.

Con respecto al texto de Menger en el que se refiere a Oppenheimer, la conozco muy bien y la traducción al castellano omite la palabra “cantidades”. Este texto termina de la siguiente manera en el escrito original: “wenn der Charakter der Geldstücke, als Quantitäten von Nutzmetall, verloren ginge.” Que en la versión en inglés está traducido con mayor fidelidad que en castellano: “if the character of coins as quantities of industrial raw materials were lost.” Menger se está refiriendo a que la cantidad de metal (oro o plata) desaparezca, es decir, al envilecimiento de la moneda. 

También trae Serrano otra cita donde Menger se refiere a mercancías donde dice: “además de ser empleadas para fines útiles”. En primer lugar, el adverbio “además” ya denota un carácter accesorio o accidental (no esencial).  Y en segundo lugar, nadie niega que una mercancía pueda demandarse por su valor de uso. Al contrario, la gran mayoría de las mercancías se acaban demandando por su valor de uso al finalizar la cadena de producción y distribución.  Para Menger lo esencial es el valor de cambio, y que una propiedad sea esencial en absoluto implica que la mercancía no pueda poseer propiedades accidentales distintas a sus propiedades esenciales, como sería algún valor de uso.

Con estas citas Serrano pretende llevarse a Menger a su interpretación, sin dar réplica expresa a las múltiples referencias de Menger a que la esencia del concepto de mercancía es su valor de cambio. Cosa que por cierto no es nada particular suyo, sino la definición habitual entre los economistas. El raro es Mises al utilizar el significado de “valor de uso”. La propia wikipedia, que no tiene por qué ser muestra de ningún rigor científico (de eso ya va Menger más que sobrado) pero sí de popularidad de una definición, también incide en exactamente lo mismo que Menger:

“Mercancía o mercadería​ es todo aquello que se puede vender o comprar [..] En el concepto de mercancía está implícito que esta es a su vez intercambiable por otra cosa. Clasificar algo como mercancía supone a su vez reconocer a otros objetos también como mercancías, dado su valor de cambiabilidad.”

Wikipedia

Con mayor o menor rigor, la popular wikipedia se centra en lo mismo que Menger: La intercambiabilidad, el valor de cambio. No se habla de valor de uso o consumo.

Con respecto a la teoría evolutiva del dinero de Menger, dice Serrano “que nadie puede crear medios de intercambio ni crear dinero, porque estos se instituyen socialmente”. Lo que se establece o descubre es el dinero como institución social en sentido abstracto, que no es lo mismo que las distintas manifestaciones particulares de dinero (ganado, sal, plata, fiat, Bitcoin). Una cosa es que individualmente sea históricamente muy improbable, más bien virtualmente imposible, inventar algo tan abstracto como el dinero de forma individual, y otra muy distinta que una vez descubierto espontáneamente y sobre el soporte de los bienes con valor de uso, cualquiera pueda intentar lanzar, de manera expresa y exclusiva, un bien cuya finalidad sea únicamente servir como medio de intercambio. 

Esta fue claramente la intención de los cypherpunks desde la década de los 80 del siglo pasado, que Friedman veía venir con toda claridad, también es clara la intención de Satoshi viendo el título de su whitepaper, o la intención de todo aquel que esté trabajando hoy en diseñar una moneda totalmente independiente trust minimized sin vinculación a ningún activo que por ejemplo sea más estable que Bitcoin por la vía de adaptar algorítmicamente la oferta a la demanda. Que dicha invención no tenga ningún valor de uso no monetario que genere un primer precio, o que dicha invención acabe por fracasar, en absoluto impide que el promotor la lance y que uno o más individuos consideren que puede funcionar como medio de cambio adquiriendo las primeras unidades al precio que voluntariamente acuerden las partes y generando así un primer valor de cambio basado única y exclusivamente en la expectativa de utilidad monetaria.

Serrano no parece darse cuenta que no solo el dinero, sino que cualquier mercancía con o sin valor de uso es un bien red. Y que como tales necesitan de la participación de al menos dos individuos para que pueda materializarse su valor en un precio. Y exigir que el motivo de demandar del primer demandante no pueda ser el mismo que el del segundo hasta que éste último por fin lo demande no tiene ningún sentido. Sería como sostener que la demanda del inventor del teléfono sólo puede existir como demanda de satisfacer la necesidad de comunicarse por voz remotamente si, y sólo si, aparece otra persona que también necesite comunicarse y quiera hacerlo a través de un teléfono. Como si la necesidad insatisfecha de comunicarse remotamente no fuera una necesidad. No, las necesidades se pueden satisfacer o no. Que no se satisfagan no quiere decir en absoluto que no sean necesidades o que la necesidad insatisfecha sea de naturaleza distinta cuando se satisface y cuando no. La “mera esperanza” de que un bien pueda servir para satisfacer la necesidad de comunicarse, es demandar el bien por el motivo de satisfacer la necesidad de comunicarse. Punto. No hay que elucubrar con otras necesidades.  De la misma manera, la mera esperanza de que un bien pueda satisfacer la necesidad de intercambiar, ya es demanda por utilidad monetaria.

Con respecto al Teorema de Regresión, la argumentación de Serrano es confusa y contradictoria en general. Me deja totalmente perplejo que Serrano califique como valor de uso la demanda especulativa por la posibilidad de que la cosa en cuestión pueda tener valor de cambio en el futuro. Es evidente que en la demanda especulativa lo único relevante es el valor de cambio. Entonces, ¿El valor de cambio futuro es un valor de uso presente?. No tiene sentido. O que también defienda que la diferenciación entre valor de uso y valor de cambio es innecesaria y al mismo tiempo defienda el Teorema de Regresión. Más que defenderlo parece vaciarlo de contenido o incluso refutarlo.

La imposibilidad que él observa de que Bitcoin pudiera tener valor de cambio desde el primer momento (ser mercancía) sin ningún valor de uso previo, se debe a una falta de comprensión de las mercancías en relación a las condiciones de Menger para que una cosa sea un bien. Como decíamos, los bienes que son mercancías siempre implican a un individuo y potencialmente a otro individuo adicional. Uno de ellos tiene que valorarlo como mercancía, y el potencial lo puede valorar como mercancía o como bien de uso. Aunque Serrano habla de medios de intercambio y utilidad monetaria, su argumentación no podría ser distinta si estuviera hablando de mercancías en general en el sentido de bienes que tienen valor de cambio con o sin valor de uso. El concepto de mercancía lleva implícito que su propietario pretende anticipar en el tiempo las necesidades de los demás individuos, de manera que es totalmente normal que sea el único que anticipa la necesidad si se trata de un invento novedoso, y por tanto el único demandante. Y también es muy habitual que incluso el carácter de mercancía tenga el objetivo de crear o incrementar la necesidad en otros individuos (imagen de marca, embalajes o presentación muy vistosa, etc).

Volviendo a Bitcoin, carece de toda lógica negar que por el hecho de que un bien se demande hoy por una expectativa de valor de cambio que aún no se ha materializado, no se esté demandando hoy por razón de esa misma expectativa, y que tiene que demandarse obligatoriamente por cualquier otra razón peregrina (¿satisfacción intelectual?, ¡¡por favor!!) menos la que se está esperando en el caso de que esta fuese la expectativa concreta de servir como medio de intercambio. Además, cuando hablamos de demanda única y exclusivamente por expectativa de valor de cambio de una cosa (demanda especulativa), poner como condición obligatoria precisamente para este caso que la cosa ha de tener un poder adquisitivo previo es totalmente absurdo e irracional. En este caso la inexistencia de poder adquisitivo previo no solo no imposibilita nada sino que incentiva a lo que el propio Satoshi dijo en bitcointalk en Agosto de 2010 hablando sobre el teorema de regresión: “I would definitely want some”.

Al propietario que demanda especulativamente un bien lo que le importa es el valor de cambio en el futuro. Que la cosa no tuviera ningún poder adquisitivo en el pasado ni lo tenga en el presente no solo no es ningún impedimento, ¡¡todo lo contrario!!, una vez que el propietario tiene esa expectativa de valor futuro, acertada o no, es una razón para demandar y acaparar la mayor cantidad posible de esa cosa.

¿Que la expectativa de que ese valor de cambio se materialice en el futuro no depende del propietario, sino de los demás agentes, y que si se equivoca se comerá la cosa con patatas?   Sin ninguna duda. Así es la especulación. Y esto es así para absolutamente cualquier bien económico con el que se pretenda especular, nada especial de las mercancías o el dinero.

Brasil: el autoritarismo llama de nuevo a la puerta

Parece que ya es costumbre que a principios de enero diferentes parlamentos o congresos sean invadidos por hordas de fanáticos políticos, de estrambóticos líderes nacionalpopulistas. El último de estos episodios fue la invasión del Congreso de Brasil el 8 de enero por un enorme grupo de seguidores de Jair Bolsonaro, quienes traspasaron la barrera policial e irrumpieron en la sede de la soberanía popular brasileña.

Al ver dichas imágenes, a muchos nos vino a la cabeza el recuerdo del asalto al Capitolio de los EE. UU. el 6 de enero de 2021, durante el cual centenares de seguidores de Donald Trump rechazaban la derrota de este en las elecciones presidenciales y pretendían tomar el poder por la fuerza.  A pesar de los disturbios que se pudieran generar, por el bien de la democracia, el resultado final en ambos casos fue el mismo: las fuerzas de seguridad lograron tomar el control y expulsaron a los extremistas del interior de ambos edificios. El Estado de Derecho prevaleció una vez más.

A pesar de las muchas similitudes que puedan existir entre el asalto al Capitolio americano en 2021 y lo vivido el pasado 8 de enero, existen algunas diferencias que merece la pena resaltar si pretendemos hacer un análisis político sólido de los hechos.

De un 6 de enero a un 8 de enero

En primer lugar, mientras que durante el asalto al Capitolio, Donald Trump seguía siendo presidente de los EE. UU. (aunque ya se había confirmado su derrota en las elecciones), Bolsonaro no solo había sido derrotado, sino que había aceptado el resultado de las elecciones (cosa que Trump no hizo) y abandonado el poder a su debido tiempo, hallándose en Florida durante el asalto al Congreso brasileño. De hecho, mientras se puede interpretar que Trump alentó a muchos de sus seguidores a negar el resultado de las elecciones presidenciales y a revolverse contra ello, Bolsonaro en ningún momento trató de negar la victoria de Lula, ni tampoco alentó a sus seguidores a montar una revolución contra el actual presidente brasileño.

Aún así, esto no significa que la derecha nacionalpopulista haya perdido fuerza en Brasil o que no suponga un gran riesgo para la estabilidad política del país, unido a la radicalidad de muchas de las políticas de su actual presidente, Lula da Silva. Muchos analistas han llegado incluso a afirmar que la inestabilidad política que puede surgir de los conflictos acaecidos en Brasil sería mayor que la de las semanas y meses posteriores al asalto al Capitolio, a pesar de que el protagonista indirecto (Bolsonaro) haya jugado un papel mucho menor en ello que Donald Trump en su momento.

No es ninguna locura afirmar que la insurrección brasileña tuvo una mayor extensión que la americana, ya que los asaltantes fanáticos de Jair Bolsonaro no se limitaron únicamente al Congreso, sino que trataron de irrumpir asimismo en el palacio presidencial y el Tribunal Supremo, encontrándose todos estos edificios en una gran plaza.

Otro motivo de enorme preocupación es el funcionamiento de los mecanismos de acción de las fuerzas de seguridad brasileñas. Es decir, tras ver las actuaciones de algunos policías el 8 de enero, mucha gente ha comenzado a dudar de su lealtad al actual presidente y de que estuvieran dispuestos a parar un intento de golpe de estado a escala nacional en caso de que este se produjese. Por poner a los lectores de la presente columna en contexto, cabe recordar que a algunos policías se les vio grabando videos y sacándose fotos con algunos radicales que estaban en esos momentos rompiendo cristales y/o vallas para acceder a los edificios institucionales anteriormente listados. Además, si trazamos el origen de dicha insurrección radical, no cuesta demasiado situarlo en las múltiples semanas de protestas que se llevan produciendo por parte de seguidores extremistas de Bolsonaro, quienes montaron asentamientos a la entrada de bases militares, alentando durante varios días a las fuerzas armadas a dar un golpe de estado.

El funcionamiento de las instituciones

A pesar del duro golpe para la democracia brasileña que supusieron estos eventos, la gran mayoría de contrapesos institucionales y las propias instituciones se mostraron robustos y fueron capaces de sostener el Estado de Derecho. La respuesta de Lula a estos eventos, de hecho, fue bastante mesurada ya que lo que hizo fue ordenar a la policía federal que tomara el control de la seguridad de la capital brasileña y pidió que a los asaltantes se les juzgara con toda la ley, pero solo con la ley. Una de las primeras respuestas en este sentido vino por parte del Tribunal Supremo, que ordenó que el gobernador de Brasilia fuera destituido por permitir y alentar la insurrección, y envió a la policía a desmantelar los campamentos que los bolsonaristas habían montado frente a los cuarteles militares.

Precisamente, una de las instituciones que más sólida se mantuvo fue el ejército, que en ningún momento dio la más mínima seña de levantarse contra el vigente presidente, sino que colaboró en todo lo necesario para reestablecer el orden público y garantizar la seguridad en las calles. Esto ha sido una muestra más del relevante papel que han jugado las FFAA en Brasil durante las últimas dos décadas, ya que su firmeza frente a intentos de golpe de estado ha sido la más valiosa defensa de la constitución.

Para concluir, no sobra decir que lo que se vivió el pasado domingo en Brasil es una muestra más del peligro que suponen los movimientos nacionalpopulistas para la salud democrática de los países. Bolsonaro y Trump son hijos ideológicos de Steve Bannon, y como tal actúan, pero al igual que ellos, hay muchos más políticos (incluso gobernando) dispuestos a socavar las reglas democráticas para perpetuarse en el poder desde ambos extremos del espectro ideológico. En definitiva, de nuevo se vuelve a constatar la importancia de las fuerzas políticas liberales y moderadas para traer de vuelta la estabilidad política cuando esta es más importante que nunca.

Macarena Olona; la importancia de la sociedad civil

Para aquellos que no tenemos vocación de intelectual, las ideas que más satisfacción nos causan son las que menos sustento racional tienen, pero que tienden a demostrarse ciertas a lo largo de los años una y otra vez. Es la mezcla de saber que nuestro instinto funciona correctamente junto con la incomprensión de aquellos que no entienden cómo es posible que una tesis que no tenía una Excel detrás pueda resultar acertada.

Una de esas ideas es la desconfianza más absoluta contra cualquier político que provenga de la Abogacía del Estado. ¿Por qué? Pues podría escribir varias páginas intentando explicar la psicología e incentivos que comparten la mayoría de las personas que acceden a este cuerpo estatal y, especialmente, de aquellos que lo abandonan temporalmente para probar suerte en cualquier partido político que les reclute. Pero creo que es más sincero decir que hay un patrón que solo nuestro inconsciente puede percibir y al que nos negamos a escuchar.

Abogados… del Estado

Empezamos la legislatura con tres Abogados del Estado que despertaban las simpatías de la derecha social española. Cada uno en un partido: Almeida del PP, Olona de VOX y Edmundo Bal de Ciudadanos. Con distintos grados, ninguno de estos tres políticos mantiene ya ningún prestigio entre sus votantes.

Es especialmente llamativo el caso de Macarena Olona, ya que VOX, por su propia naturaleza, debería atraer a políticos que estuvieran firmemente comprometidos con ciertos valores, por los cuales pagan un precio social relativamente alto. Así que sus recientes declaraciones sobre la violencia machista podrían ser incompresibles al contradecir el núcleo central del ideario del que era su partido hasta hace pocos meses.

Pero lo cierto es que estamos ante algo normal. Simplemente, ha pasado lo que lleva pasando desde siempre: los políticos profesionales (y los Abogados del Estado son su principal cantera) dicen lo que les toca decir, cuando les toca decirlo. Hay mucha gente, ya sea por juventud o por llevar muchos años alejados de la política, que han recibido la llegada de VOX a las instituciones como algo revolucionario. Y ciertamente tiene su importancia, pero no la suficiente como para cambiar las reglas por las que se mueven los políticos.

De ahí la importancia de que las ideas se defienden desde la sociedad civil y no delegarlas a la política. VOX sigue oponiéndose a las políticas de género, ¿pero por cuánto tiempo? El PP y Ciudadanos ya se bajaron de ese carro hace mucho, y las declaraciones de Macarena Olona demuestran que incluso en VOX hay personas que podrían abogar en esa dirección algún día. Sería el enésimo robo de cartera que sufre la derecha social por su costumbre en subcontratar aquello que solo puede hacer ella misma: defender sus valores todos los días del año.

La vida de un viejo whig impenitente

Samuel Gregg. Este artículo ha sido publicado originalmente en Law & Liberty.

Una característica definitoria del siglo XX fue el desplazamiento de la economía de la periferia de la vida académica al centro del discurso político. Esta evolución fue personificada por el economista más famoso del siglo XX, John Maynard Keynes. Acontecimientos como la Gran Depresión contribuyeron al ascenso a la fama de Keynes, pero también lo hizo la fuerza de las ideas económicas a medida que los gobiernos trataban de hacer frente a problemas como el desempleo masivo y la inflación galopante, a menudo en un contexto de radicalización política.

Parte del atractivo de Keynes era su promesa de que los gobiernos podrían gestionar las economías capitalistas mediante una combinación de políticas macroeconómicas e intervenciones oportunas. Sin embargo, bajo el programa de Keynes había otra serie de preocupaciones. Keynes siempre se consideró un liberal y un defensor de la civilización liberal frente a socialistas, nacionalistas y fascistas. Una convicción similar impulsaba al hombre cuyas ideas llegaron a simbolizar la oposición a Keynes y a la revolución keynesiana en economía.

Se han escrito varias biografías de Friedrich August von Hayek (1899-1991). Hasta ahora, ninguna se había acercado a la biografía en tres volúmenes de Robert Skidelsky sobre Keynes. La publicación de Hayek: A Life, 1899-1950 (2022), de la que son coautores dos distinguidos historiadores del pensamiento económico, Bruce Caldwell y Hansjoerg Klausinger, rectifica esa situación. Como escribe el propio Skidelsky: “Este es el Hayek definitivo para nuestros tiempos”.

Aunque Caldwell y Klausinger admiran a Hayek, su biografía -la primera de una obra proyectada en dos volúmenes- no es una hagiografía. El Hayek que se desprende de este texto es en cierto modo un solitario encantador que mantenía las distancias consigo mismo, salvo con un pequeño número de personas. Según su hija Christine, Hayek era bastante despistado como padre y marido. También cometió errores en su vida profesional y personal, a menudo por malinterpretar situaciones y personas. Sin embargo, también nos encontramos con un hombre cuya profunda curiosidad por el mundo iba acompañada de un valor y una integridad intelectual considerables.

La plenitud de la imagen que Caldwell y Klausinger ofrecen de la vida y las ideas de Hayek se debe en gran medida a su exhaustivo estudio de las fuentes primarias. Es difícil exagerar lo impresionante que resulta. Las fuentes incluyen extensas entrevistas con el propio Hayek y con su hijo y su hija, así como muchas fuentes de archivo hasta ahora no examinadas, correspondencia personal, familiar y profesional, revistas, diarios, tarjetas de notas, listas de lectura y documentos inéditos. Este material se ha cruzado cuidadosamente para acercarse lo más posible a la verdad sobre el hombre. Este proceso, afirman Caldwell y Klausinger, puede “parecer una pedantería, pero tal cuidado es particularmente importante cuando el tema de uno es alguien como Friedrich Hayek, que fue, es y seguirá siendo una figura controvertida”.

Traumas vieneses

La controversia va siempre unida a la complejidad. En el caso de Hayek, se debe en parte a sus orígenes sociales en la Viena finisecular de clase media alta, entonces capital del multiétnico Imperio de los Habsburgo. Su padre, August von Hayek, y su madre, Felicitas von Juraschek, procedían de la baja nobleza y compartían formación académica. Agnósticos en cuestiones religiosas, los padres de Hayek habían crecido en la estela del “imperio liberal”: un periodo de las décadas de 1860 y 1870 durante el cual los reinos de Habsburgo experimentaron reformas dirigidas por políticos liberales de habla alemana.

La liberalización había llegado a su fin en la década de 1890. Para entonces, el imperio bullía de tensiones económicas, políticas, sociales, étnicas y religiosas. Su minoría alemana dominante se sentía cada vez más asediada por húngaros, checos y polacos. En Viena, era la creciente importancia de los judíos en la vida política, económica y académica, lo que molestaba a muchos alemanes étnicos.

El auge de las expresiones raciales del antisemitismo afectó a muchas familias alemanas vienesas. Entre ellas se encontraban el padre, la madre y al menos uno de los tres hermanos de Hayek. Su padre, médico y botánico aficionado, se unió a una organización médica alemana que estaba “comprometida con ‘la defensa de los médicos no judíos contra los judíos'”. Uno de sus hermanos, Heinz, se unió a las SA (la organización paramilitar del partido nazi) en 1933 y se afilió al partido nazi en 1938. Un “antisemitismo tácito”, observó Hayek retrospectivamente, estaba presente en el hogar familiar. El propio Hayek, demuestran Caldwell y Klausinger, rechazó sistemáticamente estas asociaciones. Tras un coqueteo con el socialismo a su regreso de la guerra en 1918, Hayek mantuvo sus opiniones liberales clásicas y no abrazó posiciones antisemitas ni etnonacionalistas. Eso provocó crecientes tensiones con su madre y su hermano a lo largo de la década de 1930, a la luz del apoyo de éstos a los nacionalistas de extrema derecha y luego al régimen nazi tras el Anschluss de marzo de 1938.

Para entonces, Hayek vivía en Gran Bretaña y era una de las estrellas de la London School of Economics, para la que había sido reclutado por el entonces principal crítico económico de Keynes, Lionel Robbins. Pero Austria seguía siendo un punto de referencia constante para Hayek. Allí había encontrado muchas de las ideas fundamentales que le guiarían, los lugares donde se sentía en paz y la mujer que sería el amor de su vida.

El rompecabezas

Esto, sin embargo, es adelantarse a los acontecimientos. Dividida en seis partes, la biografía de Caldwell y Klausinger lleva al lector a través de la historia familiar, la infancia y la escolarización de Hayek (era un estudiante brillante pero perezoso), su servicio en la guerra, sus estudios en la Universidad de Viena en los años veinte y su posterior formación como economista, su eventual traslado a Inglaterra, sus batallas intelectuales con Keynes a lo largo de los años treinta y la experiencia de la Segunda Guerra Mundial. Concluye con su traslado a Estados Unidos tras un complicado divorcio, un triste asunto en el que Hayek no aparece bajo una luz favorable.

A medida que Caldwell y Klausinger recorren las décadas, nos llevan a través de las convulsiones políticas y económicas del periodo y de las reacciones de Hayek a lo que estaba ocurriendo en Occidente. Desde el punto de vista intelectual, sugieren que Hayek era un “rompecabezas”, “alguien que volvía y repensaba una serie de afirmaciones, añadiendo nuevas ideas por el camino”.

Según ellos, el motivo principal fue que Hayek no dejaba de enfrentarse a los “mismos argumentos de siempre” sobre política y economía. Por profundas y amplias que fueran las pruebas que ilustraban, por ejemplo, las locuras de una amplia intervención económica gubernamental, Hayek descubrió que la realidad era -y es- que siempre habrá gente que quiera creer que, por ejemplo, la política industrial funcionará de algún modo si se dan las condiciones adecuadas o si se les pone al mando. El destino de los liberales de mercado, al parecer, es ilustrar las falacias de tales esquemas y soportar el oprobio que ello conlleva.

Keynes como Némesis

Hayek se encontró en este papel más o menos desde el momento en que fue invitado a dar una conferencia en la LSE. “Me siento como una Casandra”, dijo a Robbins en 1931. Aunque gran parte de su trabajo se centraba en la teoría de los precios y del capital, Hayek había sido traído a Inglaterra para combatir la creciente influencia de Keynes entre los economistas. Caldwell y Klausinger señalan que, curiosamente, Keynes y Hayek eran bastante parecidos. Ambos pertenecían más o menos a la misma clase social, estaban dotados académicamente, eran productos de sus respectivos medios intelectuales (Cambridge y Viena), agnósticos, religiosos e inclinados a recordar la Gran Bretaña de finales del siglo XIX como una edad de oro liberal. Incluso compartían intereses intelectuales ajenos a la economía, como la historia de las ideas. Estas cosas, además de un grado de tolerancia menos evidente en la vida académica contemporánea, explican las buenas relaciones entre los dos hombres, a pesar de sus formas de pensar a menudo diferentes.

Ahí radica uno de los temas más importantes que se desprenden del estudio de Caldwell y Klausinger sobre la vida de Hayek. Más allá de los tecnicismos de sus disputas, que comenzaron con la enérgica crítica de Hayek al Tratado sobre el dinero (1930) de Keynes, las disputas más profundas entre los dos hombres giraron en torno a dos cuestiones.

Una era sobre la propia economía. Puede que Keynes y Hayek discutieran sobre temas tan especializados como el tipo de interés natural, pero lo que realmente estaba en juego era la ambición emergente de Keynes de replantear la economía de modo que la “acción” teórica, por así decirlo, se alejara de un enfoque centrado en los precios y en el reajuste constante de los factores de producción y distribución en respuesta al funcionamiento de los precios libres, y se dirigiera hacia un método de pensamiento en agregados: una teoría general por la que la atención se dirigiera principalmente hacia una anticipación constante de una deficiencia en la demanda global que la política económica gubernamental debe estar dispuesta a rectificar para preservar el pleno empleo. La segunda disputa se refería al liberalismo del siglo XX. A pesar de toda su admiración por la Inglaterra liberal del siglo XIX, ni Hayek ni Keynes veían posibilidad alguna de volver a esa época. El liberalismo, creían ambos, debía replantearse a la luz de los desafíos del siglo XX.

Ambas cuestiones estaban, como muestran Caldwell y Klausinger, interrelacionadas, y convergieron gradualmente en el papel del gobierno en la economía. La tendencia de Keynes a cambiar de opinión en muchas cuestiones políticas complicó el debate. Esto convirtió a Keynes en un blanco móvil para Hayek. Otro problema era que Hayek seguía comprometido con la importancia de desarrollar una teoría económica sólida, especialmente como forma de contrarrestar a los maniáticos y a quienes pretendían hacer mucho daño en nombre de la conveniencia. En cambio, Keynes se centraba más en los retos políticos inmediatos. Ambas perspectivas desempeñan un papel en el pensamiento económico, pero de la exposición de Caldwell y Klausinger se desprende claramente que, en ciertos aspectos, Hayek y Keynes acabaron hablando más de la cuenta.

Camino de servidumbre

El gran misterio del enfrentamiento Keynes-Hayek es por qué Hayek nunca escribió una crítica de la Teoría General de Keynes. Esto es tanto más desconcertante cuanto que, en 1936, Hayek y Robbins estaban perdiendo su guerra contra Keynes. La continua huida de economistas y estudiantes de economía hacia Keynes y su revolución económica dejó cada vez más abandonados a los liberales de mercado.

Las explicaciones de Hayek sobre esta laguna en su vida posterior fueron un tanto poco convincentes. Iban desde el cansancio de las interminables disputas hasta su temor a que Keynes volviera a cambiar de opinión. Caldwell y Klausinger especulan con que Hayek vaciló porque A.C. Pigou -heredero del gran economista de Cambridge Alfred Marshall y principal representante de la economía clásica atacada por la Teoría General de Keynes- escribió una crítica tan devastadora e “inusualmente desenfrenada” del libro en Economica que Hayek “no quería dar la impresión de estar atacando”. No todo el mundo lo encontrará convincente. Pero sea cual sea la verdad, la decisión de Hayek de no reseñar el libro, afirman Caldwell y Klausinger, “fue, como mínimo, un error de cálculo”.

Por aquel entonces, Hayek estaba inmerso en la redacción de un tomo muy técnico, La teoría pura del capital (1941), en el que trataba de desarrollar una explicación más exhaustiva de la estructura del capital de una economía. Puede que Hayek fuera reacio a distraerse de ello metiéndose en otro combate de boxeo con Keynes. Pero Caldwell y Klausinger muestran que el propio Hayek se estaba alejando simultáneamente de la economía técnica. Al igual que otros destacados liberales clásicos de la década de 1930 -Wilhelm Röpke, Walter Eucken, Jacques Rueff, etc.-, Hayek se sentía atraído por la exploración de las raíces más profundas del colapso de la civilización liberal en el siglo XX. Hayek creía que esa autopsia era un requisito previo para revivir un liberalismo preparado para el siglo XX.

Aquí radican las raíces del libro más famoso de Hayek, Camino de servidumbre (1944). El texto surgió de una investigación mucho más amplia de Hayek sobre el auge de las ideas colectivistas y el atractivo de la planificación gubernamental. Debía adoptar la forma de una obra en dos volúmenes titulada “El abuso y la decadencia de la razón”. Este proyecto nunca llegó a completarse. No obstante, dio frutos considerables. Desde la devastadora crítica de Hayek al cientificismo hasta su evaluación, en gran medida negativa, de John Stuart Mill. También incluyó el artículo seminal de Hayek en la American Economic Review “The Use of Knowledge in Society” (1945).

Pero Camino de servidumbre fue el producto más famoso de este proyecto, y Caldwell y Klausinger nos adentran en los detalles más sutiles de su composición, publicación y secuelas. Aunque concebido y presentado como un libro de política popular, Camino de servidumbre era también una obra de economía política en la medida en que aunaba la economía con la historia y la filosofía para explicar cómo la planificación económica puede llevar a una nación a la servidumbre. En este sentido, el libro subraya el desacuerdo de Hayek con la dirección de la investigación económica de posguerra, que ya estaba siendo impulsada por las matemáticas y los modelos por los keynesianos y otros con un grave caso de envidia de la ciencia.

Viaje a América

La popularidad de Camino de servidumbre en Estados Unidos superó con creces su acogida en Gran Bretaña. “Prácticamente”, escribió Hayek más tarde, “todos los contactos que me llevaron a visitas posteriores y que finalmente hicieron posible mi traslado a Chicago se hicieron” durante un viaje a Estados Unidos en 1945 para promocionar Camino de servidumbre. Pero el libro resultó ventajoso para Hayek de otras dos maneras. En primer lugar, contribuyó a crear el impulso necesario para que Hayek consiguiera financiación estadounidense para la primera reunión de lo que llegó a llamarse la Sociedad Mont Pèlerin: un grupo internacional de pensadores liberales clásicos que sentaría las bases de una oposición a largo plazo contra el keynesianismo y la planificación económica.

América, sin embargo, resultó tener otro significado para Hayek. Aquí llegamos a lo que Caldwell y Klausinger denominan la mayor crisis de la vida de Hayek. Nunca antes se había contado la historia completa.

Caldwell y Klausinger cuentan que a principios de los años veinte Hayek se enamoró de una prima lejana, Helene (“Lenerl”) Bitterlich. En virtud de varios factores, como unas intenciones insuficientemente declaradas, la desconfianza natural de Hayek y malentendidos mutuos, ella acabó casándose con otro. Hayek se casó entonces con Helena (“Hella”) von Fritsch y tuvo dos hijos. Sin embargo, nunca superó su gran amor. A principios de los años 30, él y Lenerl decidieron que algún día estarían juntos. Hella, comprensiblemente, se mostró contrariada y se negó a acceder a la petición de divorcio de Hayek. Entonces llegó la guerra. Fritz estaba en Londres. Lenerl se quedó en Viena.

Después de la guerra, Hayek buscó activamente el divorcio de su mujer. Hella, sin embargo, no tenía intención de seguirle el juego. Los detalles de los acontecimientos posteriores son dolorosos de leer. Cuando Hayek abandonó el hogar familiar el 28 de diciembre de 1949, Hella se dirigió a su hija y “le dijo simplemente: ‘No va a volver'”. El resultado final fue una despedida profundamente enconada, la dimisión de Hayek de la LSE, complicadas negociaciones financieras y procedimientos legales en Arkansas de divorcio rápido. Lionel Robbins estaba tan horrorizado por el trato que Hayek daba a su mujer que puso fin a su amistad. Finalmente, Hayek consiguió un puesto en la Universidad de Chicago (aunque, como dato revelador, en el Comité de Pensamiento Social y no en el departamento de economía) y se trasladó a Estados Unidos con Lenerl.

Hayek terminó así la primera mitad de su vida casado con la mujer que amaba, pero alejado de viejos amigos, viviendo en un país donde nunca se sentiría a gusto, en la penuria económica, cada vez más olvidado como economista y en desacuerdo con la dirección que estaba tomando la economía como disciplina. El tipo de economía que perseguía Hayek, que se basaba en argumentos en prosa, era considerado anticuado por la mayoría de los economistas, para quienes la modelización matemática se convirtió en un artículo de fe que el propio Keynes nunca habría abrazado. A la larga, se llegaría a una situación en la que era más importante para las carreras de los economistas producir modelos econométricos elegantes y cargados de fórmulas que resultaron ser totalmente erróneos en sus predicciones que argumentos escritos sobre la lógica de las relaciones económicas que, aunque menos cargados matemáticamente, tenían mucho mejor poder predictivo.

La pizarra para Hayek, concluyen Caldwell y Klausinger, había sido así borrada, aunque dolorosamente. No auguraba un futuro prominente para Hayek. La historia de cómo no fue así se contará en el próximo volumen. Si está tan bien escrito e investigado como el primero, aprenderemos aún más sobre una de las mentes económicas y pensadores liberales clásicos más importantes del siglo XX.

¿Baja la inflación en Argentina?

El monitor macroeconómico argentino al cierre de 2022 ofrece luces rojas por doquier, con un desequilibrio fiscal, monetario y cambiario de dimensiones preocupantes que dejan a la Argentina al borde de una nueva crisis económica.

En este contexto el oficialismo busca con desesperación noticias favorables a su gestión que le brinden alguna oportunidad en el año electoral que se avecina. En los últimos días, el gobierno ha destacado el dato de inflación mensual, que se redujo de 6.3 % en octubre a 4.9 % en noviembre, lo que podría implicar una desaceleración.

Concretamente, el dato de noviembre nos dice que en lo que va del año se ha acumulado un 85,3 %, y si agregamos el dato de diciembre de 2021, el dato anual sería de 92,4%.

¿Baja entonces la inflación? La primera respuesta nos dice que sí, si sólo miramos el dato mensual de noviembre frente al dato mensual de octubre. La segunda respuesta, sin embargo, nos dice que no, pues la inflación de 2022 cerrará arriba del 90 %, cuando el año anterior cerró apenas arriba del 50 %.

Pero analicemos un poco más los determinantes de esta “baja” en la inflación, pues aquí juega un rol central la “inflación reprimida”, es decir, aquella que se contiene con controles de precios y medidas complementarias de corto plazo y con efecto transitorio.

Podrá defenderse el oficialismo señalando que en este dato de noviembre el tipo de bienes que más aumentó fue precisamente el que tiene que ver con viviendas y servicios básicos, y que precisamente esto obedece a que se reconocieron subas de tarifas por la segmentación que tuvo lugar en todo el país.

Indice de Precios al consumidor. Nivel general en todo el país. Noviembre de 2022

Sin embargo, el concepto de inflación reprimida va más allá de las tarifas y el precio del combustible. Se trata del fenómeno monetario, y en concreto de los pasivos del banco central.

La práctica de estirilizar la oferta monetaria en Argentina tiene su antigüedad, sin embargo, las Lebacs primero, y las Leliqs y pases después, se convirtieron en la nueva forma de inflación reprimida, que a veces los expertos deciden ignorar.

Lo cierto es que la respuesta a la pregunta de esta nota, no la vamos a encontrar en un IPC mensual, ni tampoco en un IPC acumulado o anualizado, ni tampoco agregando el negativo efecto de los controles de precios. Se requiere analizar la dinámica de los pasivos monetarios del BCRA. El siguiente gráfico es un buen punto de partida.

Evolución semanal de los pasivos no monetarios del BCRA.

Un complemento lo podemos encontrar en este gráfico tomado del informe diario del BCRA del 19 de diciembre de 2022, donde se observa que si bien la base monetaria está relativamente estable, los otros pasivos siguen escalando.

Principales pasivos en pesos del BCRA

¿Por qué esta situación no explota hoy? Porque el oficialismo hace una jugada audaz para contener los pasivos del BCRA fuera del mercado, con atractivas y crecientes tasas de interés.

Informe monetario diario al 19 de diciembre de 2022

 

Este es el verdadero factor que muestra que lejos de bajar la inflación, esta sube, y no sólo porque el dato de 2022 es récord desde la hiperinflación de 1989-1991, sino porque además se alimenta con una inflación reprimida que pronto habrá que reconocer.

‘The west and the rest’ (I)

Decir “Occidente y el resto” no tiene el carácter eufónico que sí le proporciona el inglés, West and the rest. Muchos podrán intuir que no es inventiva propia, sino que, esta frase la saqué al inmiscuirme en la obra de uno de mis filósofos de cabecera, el señor Roger Scruton. En su libro (2003) planteaba la cuestión desde una perspectiva de coche de civilizaciones (me recordó al célebre libro del politólogo Huntington) entre los valores occidentales y los islámicos, poniendo énfasis en la crisis moral que estamos viviendo en nuestros países.

Pero, más allá de cuestiones filosóficas, quien ha hecho una de las aportaciones más interesantes al tema que se desarrollará aquí es Niall Ferguson (2011) el cual no tuvo problema alguno en copiarle el título a Scruton. De hecho, es sorprendente que, a lo largo del libro, solo lo cite en dos ocasiones (la primera en una nota a pie de página, y segunda en la bibliografía). Sea como fuere, resolver porqué Occidente creció más que el resto es uno de los debates que más tinta ha derramado y, parece mentira a estas alturas, pero siguen floreciendo disquisiciones sobre la temática.  

Una de las cuestiones más obviadas en el debate político hodierno es la problemática de la desigualdad. Curiosamente, los precursores de la ciencia económica intentaban discernir cómo se había generado la riqueza. No es para nada extraño, dado que, la condición del ser humano a lo largo de la historia se ha caracterizado, para el 99,99% de la población, por la miseria, la agonía y un modus vivendi paupérrimo. Ergo, la riqueza es un hecho insólito, que merece, a mi juicio, mayor atención. En la Figura 1 se muestra el PIB per cápita mundial a lo largo de dos mil años, el llamado “Hockey Stick Growth”

Ya es mala suerte, para los detractores de la economía de mercado, que el crecimiento se diere en aquellos momentos en los que la Revolución industrial comenzó (mediados del s.XVIII), llegando a consolidarse un siglo después. De hecho, antes de 1800, el nivel de renta de las economías preindustriales (es decir, agrarias) aumentaba de forma muy tenue, y en caso de darse un crecimiento económico, no era ni acumulativo ni estable en el tiempo. Fue durante el s.XIX cuando el proceso de industrialización, las economías de escala y la producción en masa se fue difundiendo desde Gran Bretaña al resto de los países occidentales, para acabar desembocando en Norteamérica y Japón. Llegando así al punto donde, a mitad del s.XX, los tigres asiáticos, China, India o Brasil, se sumaron al crecimiento económico postindustrial hasta consolidarse, como los conocemos hoy, en economías emergentes.

Los agoreros del progreso tienden a focalizarse única y exclusivamente en el problema de la desigualdad, cuando esta es, simple y llanamente, la superación de la pauperización de la gran mayoría de personas. Puede haber desigualdad económica en tanto en cuanto haya una generación de riqueza. Como se muestra en la Figura 2, a través del cálculo de la distribución del coeficiente de Gini, la muestra engloba desde las sociedades del 10000 aC hasta el presente.

Los valores que usa el Gini son desde 0 (siendo esto la perfección en términos de igualdad), hasta 1 (siendo esto el grado superlativo de desigualdad). A veces viene representado como un múltiplo de 100, así el coeficiente de 0.5 es el equivalente del 50. El caso es que, donde había una perfección en cuanto a igualdad se refiere era en las sociedades cazadoras recolectoras (teniendo en cuenta que, de media, vivían aproximadamente 30 años). El máximo de desigualdad posible para que una sociedad sea viable desde un punto de vista puramente nutricional debería proporcionar a su población, el ingreso mínimo para subsistir, de ahí que en el Imperio Romano, el Gini fuere de alrededor del 0.55, y que, en las economías modernas de Europa o América del Norte, este esté entre el 0.97-0.98.

El principio detrás del coeficiente de Gini queda ilustrado gráficamente en la Figura 2, en su eje horizontal, el cual mide el porcentaje de economía doméstica en la población clasificada de acuerdo con sus ingresos (de menos a más) y en el eje vertical, la acumulación total, en términos porcentuales, de los ingresos. La línea recta representa el caso de la igualdad perfecta, en la cual, 10 unidades familiares adquieren el 10% de los ingresos (y así sucesivamente). Estas sociedades que se encuentran en los percentiles de igualdad absoluta serían sociedades sin estratificación social (o al menos, poco pronunciada), y con un acceso común al uso de recursos. Ergo, son aquellas sociedades donde la economía es de subsistencia donde puede darse el paraíso igualitario que algunos propugnan, desean los fines sin entender los medios (Persson, 2010, págs. 208-209).

Así pues, volvamos al s.XIX. Ya en 1820, existían diferencias de ingresos per cápita entre Europa y otras partes del mundo, pero ¿cuándo se distanció el Viejo Mundo de otros continentes, como Asia? Los economistas clásicos, especialmente Smith, habían defendido que, antes de la Revolución industrial, Europa ya había conseguido unos niveles de renta superiores a los que existían en Asia, una visión generalmente compartida por los historiadores económicos actuales.

La célebre escuela de California ha cuestionado este planteamiento, según el cual, a principios del siglo XIX, Europa ya disfrutaba de unos niveles de vida más altos que los logrados en Asia. De acuerdo con estos autores, hacia 1800 los ingresos y la productividad eran similares en las zonas más desarrolladas de Europa y Asia, y los mercados y las instituciones mostraban un nivel de desarrollo comparable en estas dos partes del mundo. En otras palabras, antes del siglo XIX el crecimiento europeo y el asiático habrían sido similares, y estas concomitancias se mantuvieron hasta la víspera de la revolución industrial. Sería después de 1800 cuando se produjo el sorpaso europeo que daría lugar a la “Gran Divergencia” entre Europa y el resto, cosa que habría dado pie a la desigualdad en los niveles de renta observada en la actualidad.

Esta polémica historiográfica ha dado lugar en la última década a una serie de investigaciones que apuntan en una dirección contraria, es decir, a favor de la idea previamente descrita por Adam Smith, según la cual las diferencias en los niveles de vida entre Europa y Asia ya eran sustanciales a finales del siglo XVIII (Broadberry y Gupta, 2006; Allen y otros, 2011). Según esta visión, la gran divergencia ya estaba en marcha antes de 1800. Aun así, el recurso a las cifras del PIB per cápita con objeto de evaluar los niveles de vida anteriores a 1800 resulta bastante problemático. Por un lado, la fiabilidad de las estimaciones para el período anterior al siglo XIX se reduce considerablemente (incluso hay disputas sobre los datos de 1820). Además, puede resultar arriesgado tomar como referencia el ingreso medio en el contexto de unas sociedades preindustriales que en muchos casos eran fuertemente desiguales

Cómo la censura, la propaganda y el miedo implantaron la pseudociencia de las mascarillas

Era el 4 de marzo de 2020 cuando la autoridad reguladora de publicidad en Reino Unido, la ASA, prohibió dos anuncios de fabricantes de máscaras por decir que prevenían la propagación de virus. En efecto, es lo que decía toda la ciencia y evidencia existentes, pues uno tras otro todos los estudios controlados sobre gripe y virus respiratorios habían fracasado siempre en hallar utilidad a llevar una máscara (ver 1 y 2 artículos detallados). En 2013 la OMS en su Twitter oficial confirmaba que no eran útiles contra gripe y otros virus, e incluso fue más allá afirmando que “su mal uso podría aumentar el riesgo”.

Recientemente, el Dr Jha, asesor sanitario de la Casa Blanca reconocía que no hay estudio que muestre que las máscaras -refiriéndose a las de tela y quirúrgicas- funcionan contra virus, y veremos más adelante cómo el primer estudio controlado de máscara quirúrgica vs FPP2 frente a covid no halló diferencias estadísticas. También recientemente vimos cómo las muchedumbres de fans sin máscaras en el Mundial de Qatar indignaron a los chinos, igual que aquí pasaba unos meses antes, y eso sin embargo a que de nuevo no hay correlación: Qatar durante y tras el mundial tuvo contagios a la baja sin usar máscaras, al mismo tiempo que la enmascarada al 100% Hong Kong experimentó un ascenso de los mismos de modo semejante a Corea del Norte. Otro pretendido argumento curioso (por lo simple que es desmontar) es que en 2021 la gripe se desvaneció por el uso de máscaras, argumento chocante al menos por dos razones evidentes:

  • ¿Si tan útiles eran esas máscaras por qué hubo en 2021 diversos repuntes de contagios de covid y niveles de transmisión importantes?
  • ¿Si tan buenas eran esas máscaras contra la gripe por qué en 2021 tampoco hubo gripe en los países que no usaron máscaras? Veamos cómo Suecia, el país sin máscaras, vio desvanecerse la gripe al mismo tiempo que EEUU y poco después de por ejemplo Australia en el otro hemisferio.

Como más de dos años nos han mostrado, todas las olas y repuntes en todo el mundo observando regiones, estados, condados, países van y vienen sin la más mínima influencia del uso o no de máscaras.

A pesar de la evidencia, por desgracia sigue habiendo autoridades que la niegan como el departamento de salud del estado de Colorado, aunque incluso sus propios datos muestran nula diferencia entre condados con y sin máscaras. El nivel de negación de la realidad puede ser realmente preocupante por las propias autoridades sanitarias que se presumen informadas.

Rastreando el punto en que se empezó a negar la evidencia y crearse una ciencia creencia paralela, todo cambió en algún punto entre marzo y abril de 2020. En marzo de 2020, Anthony Fauci en EEUU decía en público que las máscaras no tenían sentido para el común de la población (aquí en el programa de máxima audiencia 60 Minutes), lo mismo que decía Fernando Simón en España. Es más, el propio Fauci reconocía que las máscaras no tenían utilidad cuando el 31 de marzo de 2020 dijo en correos electrónicos -revelados tiempo después- a gente de su confianza y departamento que no la usaran en su vida diaria. Era lo que en efecto decía la evidencia.

Antes de regresar a Fauci y su cambiante opinión, merece la pena saber que en verano de 2022 se publicó el probablemente mejor estudio observacional sobre máscaras y covid. Probablemente el mejor porque compara durante meses dos distritos escolares cercanos en Dakota del Norte con una política y uso real de máscaras diametralmente opuestas en escuelas, con casi idéntica población escolar (12.000 estudiantes por distrito) y misma distribución socio-económica y racial-cultural (80% blancos, 80% clase media y alta), incluso mismos alumnos promedio por clase (entre 19 y 23 según el curso). Hablamos de los distritos de Fargo y West Fargo. Es más, todas las demás posibles ‘medidas covid’ fueron idénticas en cuanto a tests, limpieza, reuniones y aglomeraciones, ventilación, cuarentenas…etc La única variable distinta, y radicalmente distinta, fue el uso de máscaras. En un distrito los escolares estaban obligados a usarlas, en el otro no. La Dra Tracy Hoeg y el profesor de políticas de salud pública Neeraj Stood de la U. de California del Sur junto con el analista de datos Josh Stevenson establecieron el uso real de máscaras por prácticamente el 100% en el distrito con obligación y no superior al 5% en el distrito sin obligación, entre inicio septiembre 2021 y final enero 2022. Recordemos que toda medida fue idéntica en distritos escolares perfectamente intercambiables, excepto el uso de máscaras. Parece el estudio observacional definitivo sobre máscaras ¿Cuál fue la diferencia entre que el 100% la usara versus que el 95% como mínimo nunca la usara? Éstos son los resultados brutos gráficamente.

En números acumulados totales, en un distrito hubo un 12,9% de contagios entre escolares, en otro un 13,0%. Es casi imposible números más iguales. Podemos ir un paso más allá que corrobora de nuevo el impacto e influencia cero de usar o no máscaras a la hora de contagiarse o no. A finales de enero el distrito escolar con máscaras obligatorias dejó de hacerla obligatoria. ¿Qué ocurrió? Pues los contagios empezaron a caer, exactamente igual que cayeron también en el distrito que nunca uso máscaras. Los autores, en las conclusiones, afirman: “Esto es consistente con la literatura científica”.

Así es, pues de hecho Journal of Infection publica en diciembre de 2022 un estudio sobre la ausencia de correlación entre uso de máscaras en escuelas y contagios. Más gráficamente aún, vemos incluso como en promedio todos los distritos escolares con máscaras obligatorias en EEUU tuvieron más contagios en 2020 y 2021, y no menos según la recopilación de datos de la doctora en economía Emily Oster de la Universidad de Brown.

En noviembre de 2022 se publicó otro estudio, éste de referencia al ser controlado y el primero que se hizo de este tipo sobre efectividad de máscaras FPP2/N95 versus máscaras quirúrgicas frente al covid.  Se intentó refrendar con un estudio de la mayor calidad posible en la vida real la creencia de que las FPP2 aportan una protección significativa superior a las quirúrgicas, tal como numerosas autoridades desde 2021 especialmente han asegurado. Aparecido en el Annals of Internal Medicine, el estudio llevado a cabo en 29 centros sanitarios de países como Canadá, Israel o Egipto entrenó a sanitarios para llevar o bien sólo y constantemente una máscara quirúrgica o bien sólo y constantemente una FPP2 perfectamente ajustada, controlándose cada grupo de sujetos durante 10 semanas con tests rutinarios de covid para evaluar incidencias de contagios. En total se controlaron a unos 500 sujetos con máscara quirúrgica y a unos 500 con FPP2. ¿El resultado final? 47 versus 52 contagios, es decir, ‘sin diferencia estadística’. En realidad, el resultado no debería sorprender ya que los mandatos de máscaras FFP2 que hubo en Baviera en Alemania y en Austria durante 2020-2021 nunca produjeron niveles de transmisión/contagios inferiores a regiones vecinas. Tampoco debería sorprendernos cuando al menos un estudio controlado en enfermeras halló incluso que no había diferencias de contagios de gripe entre usar FFP2 ajustada o no ajustada. Esto es, el ajuste es importante cuando el dispositivo puede filtrar virus, pero una FFP2 no puede hacerlo.

Volviendo a Fauci, recordábamos que afirmaba la inutilidad de las máscaras el 31 de marzo de 2020. Pues bien, la primera recomendación de Fauci para el enmascaramiento fue el 3 de abril, 72 horas después de decir lo contrario a gente de su entorno. ¿Qué cambió en esos 3 días? Precisamente el 23 de noviembre de 2022 Fauci testificó a puerta cerrada durante 7 horas en un caso abierto en los tribunales por los fiscales generales de los estados de Missouri y Luisiana a cuenta de la colisión de las tecnológicas como correas de transmisión de la administración Biden para suprimir la libertad de expresión. Y digo precisamente porque, aun siendo a puerta cerrada, tenemos la transcripción del testimonio de Fauci donde se le pregunta también sobre la política de máscaras.

Específicamente en el interrogatorio se le pregunta sobre su cambio de 180 grados con las máscaras casi en horas. Dice que habló con distintas personas. Pero no recuerda con quién. Se le pregunta si algún estudio le hizo cambiar de opinión. No puede citar ningún estudio en la respuesta. Ninguno. En este testimonio judicial Fauci estaba obligado a no mentir. Uno de los fiscales remarca el hecho de que no es capaz de citar ni un estudio para acabar recomendando a la gente a usar máscaras, y de que EEUU empezó luego a obligar a su uso sin un estudio claro de su utilidad. Aún más irracional todo, el 5 de abril de 2020, dos días después de iniciar su apoyo público a las máscaras, seguía recomendando no usarlas a su entorno, pues ese día se lo dijo por email a Sylvia Burwell, ex secretaria de Salud con Obama, información que hoy sabemos gracias a la desclasificación de sus mails en 2021. En una aún no censurada entrevista en Bloomberg meses antes, en 2019, Fauci afirmó sin dudarlo que usar máscaras no evita enfermedades de transmisión viral, y dijo literalmente: “hay que evitar estas cosas paranoicas” (aquí el extracto).

Para entender la inoculación en la sociedad de la post-verdad de las máscaras hay que entender el escenario de censura y miedo que se propició y alentó desde las instituciones.

En diciembre de 2022, la prestigiosa revista liberal-conservadora británica The Spectator publicó un artículo de investigación de alcance sobre Matt Hancock, el secretario de Salud de Reino Unido en marzo de 2020, que ha llegado a ser de los artículos recientes más leídos de esta revista. En él se expone negro sobre blanco cómo la imposición de máscaras fue una decisión exclusivamente política, nunca científica. Literalmente dice: “La gente tenía que llevar máscaras porque Cummings (asesor político de Boris Johnson) estaba obsesionado con ellas; porque a Nicola Sturgeon (ministra de Escocia) estaba a favor; y por encima de todo por el simbolismo que daba de una emergencia pública”. En febrero, se dijo a los ministros británicos que las máscaras no eran útiles y en abril de 2020 el Nervtag, un grupo asesor sobre virus respiratorios, les reiteraba lo mismo sin modificar semanas después dicho consejo científico. Como desvela The Spectator, fue la obsesión enfermiza del estratega de confianza de Boris Johnson, Cummings, quien logró inicialmente imponer su uso en espacios hospitalarios y posteriormente en locales cerrados. Incluso Chris Whitty, epidemiólogo en jefe del gobierno británico, seguía a final de primavera reiterándole en comunicaciones privadas al secretario de Salud Hancock que no tenía sentido obligar a todo el mundo a ponerse una máscara. La respuesta de Hancock fue francamente reveladora e inquietante: “No veo razón para no usar la fuerza del Estado para obligarla”.

Como en 2021 reveló el diario de referencia The Telegraph, la imposición de máscaras fue, según denunciaron decenas de psicólogos, parte de una estrategia de inoculación de miedo y pánico a la población para manipular su comportamiento e incrementar su obediencia a normas y restricciones. Como hizo público este diario en esa pieza, a final de marzo de 2020, el SPI-B, un grupo británico asesor sobre respuesta al covid escribió en un informe: “Un substancial número de personas no se sienten suficientemente amenazadas…necesitamos incrementar la sensación de amenaza entre aquellos que aún siguen relajados usando mensajes agresivamente emocionales.” Un miembro anónimo del SAGE (Grupo Científico Asesor para Emergencias del gobierno anglosajón) admitió al diario: “Los británicos han sido sometidos a un experimento psicológico no evaluado sin decírselo. Todo ha tratado sobre manipular el comportamiento en la dirección que unas élites han decidido, en lugar de decidir primero si eso era o no lo correcto”. Gary Sidley, psicólogo clínico retirado del británico Servicio Nacional de Salud, escribió junto con 46 colegas a la Bristish Phsychological Society preocupados por “las actividades de psicólogos contratados por el gobierno con la misión de obtener obediencia social”.

Que los noticieros y telediarios durante literalmente meses y meses ocuparan más del 70% de su tiempo con noticias del covid con imágenes y mensajes cada día más tremendos, más aterradores y con más camas y UCIs que curiosamente nunca habíamos visto por ejemplo para los miles de fallecidos de gripe cada año parece que no fue algo precisamente espontáneo de los medios, sino parte de una estrategia de comunicación pretendida por las instituciones y poderes políticos y fácticos. Hoy por ejemplo también sabemos gracias a la compra de Twitter por Elon Musk que esta red social censuró y bloqueó a médicos y doctores expresamente señalados por el gobierno de EEUU por no adherirse a una narrativa concreta respecto al covid. Es más, el gobierno llegó a pagar millones de dólares a las redes sociales para hacer efectiva dicha censura. Relea la última frase porque por impensable que parezca así fue.

En España, la ex portavoz parlamentaria de Sanidad en tiempos de Julio Anguita Ángeles Maestro en 2021 reveló cómo el Comité Asesor liderado por Fernando Simón fue desde marzo de 2020 informado que el carácter de toda decisión sobre el covid en España sería política antes que científica.

Hoy, gracias a la acción legal de ciudadanos, se han desvelado informaciones y datos también por ejemplo de las autoridades canadienses a la hora de imponer en 2020 el uso de máscaras. El grueso del debate interno entre los burócratas canadienses fue entre el 11 de abril y el 16 de mayo. Lo más llamativo de ese debate, ya no debería ser sorpresa, es que éste no trató de ciencia ni evidencias, sino fue puramente político. Barbara Raymond confirmó en abril de 2020 en mails con miembros del gobierno canadiense que “la evidencia sobre el uso de máscaras en espacios no hospitalarios es limitada en calidad y cantidad”. Es francamente difícil exagerar lo pseudocientífico, o podríamos decir más propiamente anticientífico, del uso de máscaras frente a virus. Lo más preocupante no es ya el hecho en sí de la imposición social y psicológica de estos artilugios sino la capacidad de la imposición de cualquier imaginable cosa por falsa o absurda que sea mediante el uso de la propaganda, la censura y el miedo.

Un libro para el día de reyes: ‘Bejamin Constant. Teórico y político liberal’

Ángel Rivero es profesor de Teoría Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Sus publicaciones, muchas y muy variadas, se han sumergido en ese campo a medio camino entre la Filosofía y la Ciencia Política, abriendo debates y reflexionando sobre el populismo, el nacionalismo y la calidad de la democracia en nuestros días. Además, muchos de sus trabajos han ido dirigidos a conocer las raíces filosófico-políticas del liberalismo, aprovechando para ello el análisis y estudio de alguna de las grandes figuras que han dado forma al edificio de la Libertad a lo largo de la Historia. Es a uno de estos trabajos que quiero dedicar esta breve columna. El mismo sale a la luz hace unos meses, gracias a la Fundación FAES. El libro forma parte de la Colección de Biografías Intelectuales que dicha casa posee y lleva por título Benjamin Constant. Teórico y político liberal.

El francés (o suizo), conocido por su famoso discurso en el Ateneo de París «Sobre la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos» fue un político e intelectual marcado por una vida ajetreada y como señala el profesor Rivero, intensa. Se trata de una persona sin duda romántica, que desafortunadamente tuvo -y todavía tiene en determinados ambientes- fama de incoherente y aún más grave, de inmoral.

Escurridizo ante las etiquetas

El profesor Rivero muestra a lo largo de las páginas del libro los principales hitos de la vida de Constant; también las luces y sombras de su carrera y, por supuesto, el compromiso que el escritor y político francés mostró con la defensa de la libertad y de un sistema político alejado del despotismo y asociado al desarrollo de una monarquía parlamentaria de carácter liberal. El autor está más vivo que nunca, y eso a pesar de que Constant es difícil de clasificar en un mundo que vive para y por las etiquetas. Ángel Rivero señala, parafraseando a Raynaud, que:

Constant era de izquierdas durante todo el tiempo posterior a las revoluciones liberales de Estados Unidos (1775) y Francia (1789), porque era un firme enemigo del privilegio y de la teocracia; y un partidario de la igualdad civil y de la libertad individual. Pero el desarrollo del Estado social tras la Segunda Guerra Mundial, liberal democrático al tiempo, ha hecho que, tal como señaló Norberto Bobbio, la «derecha» se defina por su preferencia por la «libertad»; y la «izquierda» por la de la «igualdad», y es esta nueva perspectiva la que hace que Benjamin Constant, y también Alexis de Tocqueville, se hayan convertido en figuras de la derecha.

Ángel Rivero

Teniendo lo anterior presente y siendo consciente de las limitaciones que este tipo de análisis poseen, Constant fue sobre todo un liberal. Una persona que dedicó su vida a la defensa de la libertad de expresión, de asociación, de movimiento; y eso a pesar de sufrir mucho en lo personal y de ser perseguido y muchas veces difamado por sus adversarios políticos.

Un espíritu liberal

Se trata de un autor al que se le ha dedicado poco tiempo en el espacio de divulgación liberal existente en España. Constant no trabajó en el campo de la Teoría Económica, se desempeñó en la literatura y sobre todo en la política, sumergido durante años en el fango de la batalla parlamentaria y en los viajes dirigidos a promover su candidatura como Diputado, divulgando el mensaje de la libertad a lo largo y ancho del territorio francés. No hablamos de un economista liberal, hablamos de un político liberal. Una persona que escribía y reflexionaba, pero a la que también le gustaba la acción.

Es importante acercarse a la figura de Benjamin Constant. Se trata de un ser humano comprometido con aquello que consideraba correcto. Una persona que iba por libre y que tenía un proyecto liberal para su país, Francia, a pesar de haber nacido en Suiza.

En definitiva, todos aquellos que deseen conocer la vida y el aporte intelectual de uno de los grandes liberales del siglo XIX, encontrarán en el trabajo del profesor Ángel Rivero un documento excelente, de lectura accesible y muy bien documentado. Disfrutarán y aprenderán mucho con su lectura. Aquellos que sienten una pasión irreductible por la libertad, encontrarán en el viejo Constant a uno de los suyos.

El lenguaje económico (XXIII): Los fenómenos naturales

Los fenómenos naturales son utilizados frecuentemente para idear metáforas económicas: «tsunami» financiero, «terremoto» bursátil, «tormenta» económica, etc. Esta práctica forma parte del lenguaje periodístico —hiperbólico, sensacionalista— y, en general, no ocasiona un grave perjuicio al entendimiento; sin embargo, debemos exponer una importante distinción entre los fenómenos naturales y la economía: la naturaleza carece de propósito mientras que la acción humana es teleológica, es decir, persigue fines de forma consciente y deliberada. Este hecho, a su vez, tiene un corolario: las regularidades naturales y las sociales son distintas. Por ejemplo, el ciclo lunar y el ciclo económico no son fenómenos equiparables: el primero es un fenómeno simple, mientras que el segundo encierra una enorme complejidad.

Por otra parte, las regularidades naturales tampoco son homogéneas; por ejemplo, las predicciones de físicos y astrónomos relativas a la mecánica celeste —órbitas, ciclos, eclipses— exhiben una precisión matemática (cuantitativa); en cambio, las predicciones climáticas y atmosféricas solo son aproximadas; por último, determinados fenómenos geológicos —terremotos, tsunamis— son prácticamente impredecibles. En definitiva, en el lenguaje económico, las metáforas y analogías procedentes de los fenómenos naturales pueden resultar inapropiadas.

«Terremoto» político y económico

Analicemos este titular: «Liz Truss, víctima de un terremoto político que ha tenido como epicentro un fallido plan fiscal»[1]. Esta analogía sísmica es engañosa, pues presenta a la premier británica como «víctima» y no como responsable de su propio error. En efecto, presentar un programa económico donde, por una parte, se reduce el ingreso fiscal, y por otra, se aumenta el gasto público, no es una catástrofe natural, sino un fallo político perfectamente evitable. No está a nuestro alcance soslayar los terremotos, tsunamis y tormentas, pero sí los errores debidos a la ignorancia o a la falta de juicio. La reacción de los mercados (caída de la cotización de la libra esterlina) ante un nefasto plan fiscal (implicaba más inflación y más deuda pública) era muy previsible y en nada se parece a un terremoto.

El «ciclo» económico

«El uso de metáforas es un recurso frecuentemente utilizado por los economistas para ilustrar los ciclos y las crisis económicas» (San Julián y Zabalza, 2022: 1). Aunque su finalidad es didáctica, ya hemos visto que frecuentemente conduce a errores y distorsiones del conocimiento. Por ejemplo, se dice que los productos tienen un «ciclo de vida», o que determinado mercado está «maduro». Algunos de estos tropos biológicos ya fueron analizados en la entrega V (julio, 2021)— de esta serie; pero centrémonos ahora en el llamado «ciclo económico». Los estudiosos de la historia han observado una regularidad económica: cada cierto tiempo se produce un auge seguido de una recesión. También se creyó erróneamente que este fenómeno era endógeno del sistema capitalista y, por tanto, inevitable. Como veremos, la metáfora del ciclo económico es problemática porque no existe un paralelismo entre las regularidades naturales y las humanas. Idéntico error es suponer periodicidad en la aparición de guerras, revoluciones, hambrunas o pandemias.

La génesis de las crisis económicas es bien conocida: la expansión monetaria que ocasionan los bancos centrales y/o la expansión crediticia que provoca la banca con reserva fraccionaria. De su evolución, únicamente podemos realizar una predicción cualitativa: el auge provoca una mala asignación del capital y el inevitable ajuste de la economía en forma de recesión. Esta relación causal no implica la existencia de regularidad o periodicidad en el fenómeno. Tampoco resulta plausible pensar que los errores de los gobiernos —causantes de las crisis— sean, a su vez, cíclicos. La mejor prueba de que el ciclo económico no es recurrente reside en su evitabilidad. Para erradicarlo bastaría con someter la institución del dinero al Derecho: primero, suprimiendo la «falsificación» de dinero a cargo de la Banca Central; y segundo, ilegalizando el fraude que supone el contrato de depósito bancario con reserva fraccionaria (Huerta de Soto, 2020: 126).

Bibliografía

Huerta de Soto, J. (2020). Dinero, crédito bancario y ciclos económicos. Madrid: Unión Editorial.

San Julián, F. J. y Zabalza, J. (2022). «El uso de metáforas y analogías como instrumento para ilustrar las diferencias entre las diversas teorías de los ciclos y las crisis económicas». Recuperado de: https://congresosaehe.es/wp-content/uploads/ 2021/05/San-Julian-Zabalza-sesi%C3%B3n-4.pdf


[1] https://www.cronicabalear.es/2022/liz-truss-victima-de-un-terremoto-politico-que-ha-tenido-como-epicentro-un-fallido-plan-fiscal/

Serie ‘El lenguaje económico’

(XXII) El turismo

(XXI) Sobre el consumo local

(XX) Sobre el poder

(XIX) El principio de Peter

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas