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¿Quién teme a la deflación?

Seguramente les han contado de pequeños el cuento anónimo de los tres cerditos, en el que cada uno de los hermanos se hace una casa empleando paja, ramas y ladrillos para protegerse de la amenaza persistente del hambriento lobo feroz. Los dos primeros terminan antes y pueden jugar y divertirse, mofándose del tercero, que tiene que seguir trabajando duro para terminar su casa de ladrillo. Sin embargo, la endeblez de los materiales empleados se vuelve en su contra, ya que no resisten los soplidos del lobo. Pues bien, que me perdonen las autoridades monetarias por identificarlas con un animal tan ibérico, pero la actuación en la crisis de la Reserva Federal (Fed), el Banco de Japón (BoJ) y el Banco Central Europeo (BCE), y las críticas a este último, recuerdan a los tres cerditos del popular cuento de hadas.

Y es que no son pocas las críticas vertidas contra la política de Mario Draghi, que se resiste, afortunadamente para los ciudadanos europeos, a aflojar el grifo de la creación de dinero para impulsar un falso crecimiento. Políticos, economistas e incluso desde el Fondo Monetario Internacional (FMI), le afean a la autoridad monetaria europea su renuencia a atajar el camino de la recuperación por la vía fácil de la impresión de billetes –entiéndase en sentido figurado y no literal–. Y lo hacen acusándole de arriesgar el meter a la economía del Viejo Continente en una espiral deflacionaria. Como en la fábula, nos dicen, “miren a Estados Unidos y a Japón, que gracias a sus políticas monetarias agresivamente expansivas ya están creciendo”. Pero obvian el hecho de que el cuento aún no ha terminado.

Es cierto que gracias a una postura, siquiera marginalmente, más responsable del BCE frente a sus pares americanos o japoneses, son más visibles las tensiones deflacionistas en la economía europea. En efecto, las fuerzas espontáneas del mercado que presionan a la baja los precios en general no están siendo hoy contrarrestadas en Europa por una política monetaria tan agresiva como en Estados Unidos o Japón. No obstante, y como tuve ocasión de comentar en el debate en El Confidencial con Víctor Alvargonzález, no tengan duda de que el BCE, que no deja de ser una institución política, abandonará la senda de responsabilidad en cuanto el IPC comunitario baje de cero en algún trimestre. De ahí que la deflación en Europa no sea una amenaza real.

La liquidación de las malas inversiones –incluyendo el reconocimiento de las insolvencias–, el desendeudamiento paulatino de familias y empresas y la restricción del crédito bancario son el resultado natural del proceso de depuración de los excesos cometidos durante la fiesta del crédito anterior. Por ello, no es una novedad que se constate una cierta presión a la baja del nivel general de precios. En realidad, esta ha estado presente desde el principio de la crisis y forma parte de la propia recuperación. Sin embargo, hasta ahora, debido a la fobia a la deflación la Fed, el BoJ y, en menor medida, el BCE han inflado durante los últimos años un enorme globo de liquidez que, aun a costa de distorsionar la economía, ha contrarrestado esta tendencia natural.

No en vano, a finales del 2013, entre billetes y monedas y depósitos a la vista –verdadera medida del dinero real en circulación–, la oferta monetaria asciende a 5,4 billones de euros, creciendo a un ritmo superior al 6% anual, muy por encima del crecimiento del IPC, y un billón y medio más que al inicio de la crisis. Si todo ese dinero que se ha creado de la nada no se ha traducido en un incremento de los precios de los productos monitorizados por el IPC, es porque se ha canalizado en buena medida hacia activos financieros que no forman parte del cálculo de ese indicador.

Pero ¿por qué hemos de abortar ese proceso con intervenciones que, aparte de inútiles, son contraproducentes, ya que generan el riesgo de meternos en otra burbuja, como parece estar ocurriendo en los mercados de renta fija y bolsa? ¿De verdad hay que temer tanto a la deflación?

Para responder esta pregunta, deben distinguirse antes tres tipos de deflación –aunque podríamos incluir la desinflación brusca–, con diferentes orígenes y consecuencias. (1) La primera de ellas es la que induce el Gobierno o la autoridad monetaria al restringir de forma severa y abrupta la oferta de dinero y crédito. Es poco frecuente, pero se ha dado alguna vez en la historia, quizás la más reciente fue el plan de Collor de Mello en Brasil en 1990 para combatir la hiperinflación que asolaba el país. Este tipo de intervención es tan perniciosa como innecesaria, como bien saben los brasileños, que vieron congelados, para nada, el 80% de sus ahorros. Este es el tipo de deflación a evitar.

El segundo tipo corresponde a (2) la deflación de precios que se produce por un incremento de la producción gracias al ahorro y la inversión previa–. Es la forma más sana de crecimiento y, por tanto, más beneficiosa para los hogares, que ven incrementada su capacidad adquisitiva sin que se produzcan tasas elevadas de desempleo. El caso más destacable es el de la época dorada de Estados Unidos a finales del siglo XIX y hasta que se creó la Fed, donde se experimentaron cotas de crecimiento de más del 7% con caídas de precios del 5% anual. Este es un tipo de deflación deseable y del que disfrutaríamos en un contexto de libertad monetaria y avances tecnológicos.

Finalmente, tenemos (3) la deflación –o desinflación si se quiere–, que es consecuencia de los procesos de ajuste posteriores al pinchazo de una burbuja, donde se combinan factores beneficiosos para los hogares, que ven incrementada su capacidad adquisitiva en una época de dificultades, con otros elementos más perjudiciales, como son el desempleo o la reducción de salarios. Este es el escenario en el que, como saben, nos desenvolvemos y un tipo de deflación que no deberíamos tratar de evitar.

La liquidación de las malas inversiones –incluyendo el reconocimiento de las insolvencias–, el desendeudamiento paulatino de familias y empresas y la restricción del crédito bancario son el resultado natural del proceso de depuración de los excesos cometidos durante la fiesta del crédito anterior

En este tercer escenario, el argumento más frecuente a favor de combatir la deflación es el que aduce el riesgo de entrada en un círculo vicioso: caen los precios, luego cae el beneficio de las empresas, luego despiden trabajadores, luego cae la demanda agregada, luego caen los precios y vuelta empezar. Sin embargo, tengan en cuenta que la deflación no produce efectos acumulativos, siendo posible para las empresas obtener beneficios aun en un entorno de caída de precios si reducen los costes sustituyendo mano de obra por equipo capital, lo cual genera empleo en los sectores productores de maquinaria, más alejados del consumo.

Todo proceso de ajuste es, desde luego, duro –y, además, hemos optado por hacerlo de forma lenta, alargando innecesariamente un proceso que, por definición ha de ser doloroso pero necesario–. Piensen que veníamos de una estructura productiva absolutamente dislocada y que ha de reordenarse como, en efecto, está ocurriendo en España y ya empezamos a ver, poco a poco, sus frutos. Todo ello gracias al esfuerzo privado de trabajadores y empresarios y teniendo enfrente a un Gobierno empeñado en poner palos fiscales en las ruedas de la recuperación –y luego colgarse la medalla–, con sus excesos recaudatorios, como lo fue la última perla de la subida de las cotizaciones con nocturnidad de la pasada Navidad.

Piensen que el crecimiento actual, por exiguo e insuficiente que les parezca, es mucho más sano que el que experimentábamos en la época de alegrías y, desde luego, que la falsa ilusión de prosperidad que viviríamos con políticas monetarias más expansivas. Valoren si no la efectividad de las primeras medidas de estímulo fiscal y monetario tomadas al inicio de la crisis hace ya más de cinco años. ¿Cuáles de los tres cerditos creen que es más sensato, el de la casa de ladrillo o los de la casa de paja y de madera?

No teman pues a la deflación, y sí al lobo disfrazado de cordero del Gobierno y los bancos centrales, cuyos arsenales de intervenciones rebosan de medidas inflacionistas y generadoras de deuda que no sólo retrasan la recuperación, sino que crean, además, nuevos riesgos macroeconómicos.

En defensa de Bitcoin

Uno, que siempre se tuvo por clásico defensor de un dinero tan tradicional y confiable como el oro, ha terminado recalando en la defensa de una criptomoneda como Bitcoin. No porque considere que Bitcoin ya es un buen dinero, ni siquiera porque pronostique que vaya a terminar siéndolo, sino porque tiene propiedades monetarias bastante buenas para serlo y, sobre todo, porque sería una magnífica noticia para nuestras libertades que lo fuere.

En los últimos días, empero, la prensa se ha llenado de titulares sobre el colapso de Bitcoin. Se nos asegura que la divisa ha perdido más del 90% de su valor y que, en consecuencia, este experimento monetario se ha saldado con un rotundo fracaso. Debate cerrado. Sayonara Bitcoin. Pues no.

Bitcoin no colapsa, Mtgox sí

Lo primero es aclarar qué ha sucedido: Bitcoin no se ha depreciado más de un 90% desde máximos, sino alrededor de un 50%. No es que con ello pretenda minorar la magnitud de lo acaecido, pero el motivo de la confusión sí es profundo e importante: lo que se ha depreciado un 90% desde los máximos alcanzados en diciembre no es Bitcoin, sino los Bitcoin que se encuadraban dentro de Mtgox.

¿Qué es Mtgox? Un exchange de Bitcoins: uno puede obtener Bitcoins o minándolas, o intercambiándolas con alguien que posea Bitcoins, o comprándoselas a un intermediario (que a su vez debería habérselas comprado a alguien que posea Bitcoins). Un exchange es justo eso: un mercado donde comprar o vender Bitcoins contra otras divisas. Para operar en un exchange es necesario abrirse una cartera con la cual uno realiza las transacciones de compraventa de moneda. En el fondo, podemos ver el exchange como un banco y la cartera como una cuenta corriente multidivisa. Y, precisamente por ello, mientras nuestras Bitcoins (u otras divisas) sigan dentro de la cartera del exchange, lo único que poseemos realmente es un derecho de cobro contra el exchange (lo mismo que sucede con una cuenta corriente en el banco): un derecho de cobro que el exchange puede cumplir o incumplir.

Mtgox fue el primer exchange de Bitcoin y seguía siendo uno de los más importantes. Aparentemente, a mediados de 2011 sufrieron un robo masivo debido a la vulnerabilidad de su plataforma (no a la vulnerabilidad de Bitcoin: es como si averiguan las contraseñas de nuestro banco virtual y nos vacían la cuenta), lo que les generó un agujero colosal en su balance (a día de hoy, estimado en unos 400 millones de dólares). Pese a ello, siguieron operando en lo que algunos han llamado “régimen de reserva fraccionaria” (pero no deberíamos denominarlo así, pues el problema de Mtgox no era la reserva fraccionaria, sino que eran insolventes después del robo), por lo que las sombras de la duda pesaban sobre Mtgox hasta el punto de que sus obligaciones de pago en Bitcoins ya cotizaban con descuento desde hacía meses (lo que indicaba una creciente desconfianza en su capacidad de repago). Las últimas semanas, sin embargo, resultaron críticas: conforme sus clientes fueron sacando Bitcoins de sus carteras en Mtgox (el equivalente a un bank run no acelerado pero sí continuado), el intermediario se asfixió y este martes tuvo que suspender sus operaciones (el equivalente a unas vacaciones bancarias).

En ese sentido, lo que se ha depreciado un 90% desde los máximos de diciembre han sido las promesas de pago de Mtgox en Bitcoins (llamadas ahora goxcoins), no Bitcoin: sería como afirmar que el euro se depreció un 47% cuando los depositantes chipriotas sufrieron una quita del 47% en sus depósitos. Bitcoin ha caído un 50% desde máximos, aunque sólo la mitad de esa caída es atribuible al efecto colapso Mtgox (obviamente, la bancarrota de uno de los principales intermediarios de Bitcoin también afecta a su cotización). De hecho, desde el cierre del martes, Bitcoin ya ha subido cerca de un 10% (e incluso un 50% desde los mínimos intradiarios del martes). Es más, si midiéramos el aumento de precios en el último año (momento en el que los mismos que acusan ahora a Bitcoin de ser una burbuja ya decían que era una burbuja), la revalorización asciende al 1.800% aun después de la crisis Mtgox: curiosa burbuja ésa que, habiendo pinchado, todavía arroja unas ganancias de casi 20 veces la inversión inicial y que, de hecho, lejos de hundirse de valor debido a su presunta inutilidad monetaria, vuelve a tomar vuelo poco tiempo después del vociferado colapso (éste ni es el primer crash de Bitcoin ni probablemente será el último).

Bitcoin: un debate mal enfocado

Sucede que el debate está muy mal enfocado. Bitcoin no es un activo financiero cuya rentabilidad haya que maximizar. Bitcoin, en cambio, es un activo que aspira a convertirse en dinero, esto es, en un bien económico con un valor muy estable que diversos agentes económicos deciden incorporar en sus saldos de tesorería como reserva última de su liquidez. Mal hacemos en apuntar un tanto a los defensores de Bitcoin cuando su precio sube y en arrebatárselo cuando su precio baja: el objetivo de Bitcoin es estabilizar sus fluctuaciones de valor frente a aquellos bienes y servicios que sus tenedores desean adquirir con Bitcoin (es decir, el objetivo de Bitcoin es adquirir la propiedad de la liquidez).

Evidentemente, si Bitcoin va siendo progresivamente más usado como dinero por un mayor número de personas, su precio seguirá subiendo (a más demanda, mayor precio) y si, en cambio, la gente se desprende en masa de Bitcoin, su precio se hundirá (a menor demanda, menor precio): pero su viabilidad a medio plazo depende de que logre estabilizar su valor. Por esto último, dicho sea de paso, es incorrecto calificar a Bitcoin de burbuja: Bitcoin carece de valor fundamental (no tiene retorno como activo) y, por tanto, nunca está caro o barato con respecto a un valor fundamental que no existe. Bitcoin podrá subir o bajar de precio, pero no por ello cabrá calificarlo de burbuja: las Playstation 4 también se depreciarán en los próximos años y a nadie se le ocurriría calificar su precio actual de burbuja. Con Bitcoin pasa lo mismo: uno puede pronosticar que no se usará como divisa en el futuro y que, por tanto, su precio actual resultará insostenible en el futuro, pero esa afirmación —que si Bitcoin fracasa como divisa, se depreciará— resulta compatible con cualquier precio que alcance Bitcoin (es decir, si Bitcoin no se usa como divisa, el único valor fundamental al que tenderá es cero).

En ese sentido, esta criptomoneda todavía está muy en pañales: aunque es habitual en todo proceso de monetización de un activo con una base de clientes todavía reducida, su volatilidad sigue siendo muy alta (hoy sería imposible llevar una contabilidad en Bitcoin que nos blindara de consumir nuestro capital sin darnos cuenta) y fiascos como el de Mtgox no ayudan a mejorar su reputación (aun cuando, en puridad, no debería). Pero Bitcoin sigue en pie y lo sucedido con este exchange no altera significamente sus probabilidades de triunfar o de fracasar en el futuro.

Tómese esto no como una recomendación de compra de Bitcoin sino como la esperanzadora constatación de que la puerta de Bitcoin sigue abierta: Bitcoin es una especie de start-up monetaria tremendamente arriesgada y nadie debería inmovilizar porciones significativas de su patrimonio en proyectos de alto riesgo si, para más inri, no lo entiende. Pero al igual que tantas otras start-ups —monetarias o no monetarias— cuyo adecuado desarrollo promete cambiarnos a mejor la vida, ojalá Bitcoin termine triunfando: los mismos motivos que llevan a los estatistas a temerla deberían llevarnos a todos los demás a desear su exitosa implantación, hayamos invertido o no hayamos invertido desde el comienzo en ella. Una cosa es no pronosticar su éxito y otra muy distinta desear y alegrarse de su fracaso. De momento, por fortuna, Bitcoin está lejos de haber fracasado, aunque también de cantar victoria.

El nacionalismo canario de siempre

Este domingo publicó ABC una entrevista a Juan Manuel García Ramos, presidente del Partido Nacionalista Canario. En ella se le preguntó «¿a qué se atribuye que el nacionalismo isleño sea tan intervencionista?».

A lo que respondió: «Las islas son espacios limitados y hay que desarrollar una sensibilidad jurídica especial para no agotar lo que la naturaleza nos ha concedido. Todos los esfuerzos por controlar y racionalizar el crecimiento son pocos». Es curioso que alguien que comienza su entrevista diciendo que «el nacionalismo es la defensa de un territorio, de una sociedad y una cultura» no niegue que defiende el intervencionismo, o lo que es lo mismo, que está en contra del mercado, la propiedad privada, la libre empresa, el comercio y, en conclusión, a favor de «una sensibilidad jurídica especial», es decir, de eliminar la libertad de los canarios para conseguir sus tan «nobles» objetivos.

La realidad es que la falta de apego por la libertad de la mayoría de los nacionalistas no es algo nuevo. Por lo general, el nacionalismo, que cometió grandes atrocidades en el siglo XX, lo que busca es precisamente el control total de las sociedades que ellos supuestamente defienden, pues no creen que los sujetos de derecho sean las personas, sino los territorios.

No les oiremos nunca pedir la independencia de las familias o los individuos de un determinado lugar, sino más bien lo contrario, pues lo que buscan es el control de la sociedad, como tan bien explica el señor García Ramos.

El remate viene al afirmar que «todos los esfuerzos por racionalizar o controlar el crecimiento son pocos». Es decir, que cuando los distintos individuos de la sociedad intercambian libremente bienes y servicios creando riqueza lo hacen de forma equivocada porque sus preferencias temporales son incorrectas e irracionales. Sin embargo, un gobierno nacionalista sí va a saber qué es lo que hay que hacer para crecer económicamente de forma racional. ¡Claro!

Pero como esto no era suficiente, no tiene ningún reparo en afirmar que hay que controlar el crecimiento o, lo que es lo mismo, que está contra el crecimiento, pues sus ideales políticos, además de ser contrarios a la libertad de los canarios, lo que pretenden es que Canarias no pueda crecer, sino más bien lo contrario.

Con estas declaraciones parece que el presidente del Partido Nacionalista Canario tenía que haber afirmado que «el nacionalismo consiste en la eliminación de la libertad de la sociedad que habita en un territorio y la imposición de una cultura por parte de un grupo organizado de poder conocido como nacionalista».

Derecho, legislación y reptilianos

La primera entrega de Viajando con Chester, la nueva aventura televisiva del siempre polémico Risto Mejide, quedó este domingo inaugurada con una no-entrevista a José Luis Rodríguez Zapatero. El propio presentador se encargó de fijar los términos del programa advirtiendo a su ilustre invitado de que no iba a realizarle una interviú al uso, sino que aquello iba a ser una conversación descarnada en la que Mejide le iba a poner en aprietos haciendo honor a su trayectoria por todos conocida. Sin embargo, el resultado fue una entrevista todavía más anodina de lo que suele ser habitual cuando el protagonista es un político de relumbrón, como sin duda todavía lo sigue siendo el gran ZP.

Mejide recibió a Zapatero con gafas de sol y un par de andanadas de inicio, pero fueron sólo fuegos de artificio para cumplir con su personaje porque, en el fondo, Risto es muy de ZP. En realidad esa es la prueba involuntaria del perfil iconoclasta de Mejide, pues a estas alturas ya nadie se identifica con Zapatero, ni siquiera dentro de su partido o lo que todavía queda de él.

La entrevista tuvo no obstante momentos de gran interés, porque la ventaja de llevar a un programa al expresidente socialista es que lo dejas hablar y él solo se encarga de dar espectáculo. Es asombroso escuchar a Zapatero valorar su mandato al frente del Gobierno de España y comprobar su incapacidad para atisbar siquiera las grandes catástrofes provocadas por su gestión directa en los casi ocho años que estuvo en el poder. No es que niegue su responsabilidad; es que todavía no ha entendido de qué se le acusa. La negociación con la banda terrorista ha sido un éxito absoluto, su gestión de la crisis económica la correcta y el separatismo catalán un problema creado por el Tribunal Constitucional, que decidió matizar su deseo de que se aprobara el proyecto remitido por el parlamento regional catalán sin cambiar una coma. En todos los casos Risto no podía estar más de acuerdo con él, como dejó claro con sus apostillas, lo que dice mucho de los dos.  

Mejide sólo se vino arriba y puso en algún aprieto a Zapatero cuando le reprochó su absoluto desconocimiento del idioma inglés, una cuestión que, comparada con las demás carencias del personaje, a estas alturas no pasa de ser una anécdota. Pero Zapatero no se dejó impresionar por el argumento y contraatacó con una nueva teoría, de las muchas que el expresidente ha brindado a la ciencia política durante su larga carrera, según la cual la meritocracia es contraria a la democracia porque, si pedimos un cierto nivel para ejercer la representación política, los hijos de los obreros no podrían llegar nunca a presidentes del Gobierno y, lo que es peor, él tampoco habría alcanzado tan alta magistratura. Que esto lo diga un dirigente socialista después de 30 años mangoneando la educación para evitar precisamente esos agravios de origen, esmalta perfectamente cuál es la opinión que los progresistas tienen sobre el resultado de sus operaciones de ingeniería social y la farsa sentimental de tan baja estofa a la que tienen que recurrir para ocultar su fracaso. La falta de preparación, la carencia de estudios y la ausencia de un bagaje profesional es, según ZP, un triunfo de la Democracia, y quien insinúe lo contrario, como el pobre Mejide, un reaccionario. Si un triunfito con acné hubiera aducido su incapacidad para el canto como una conquista democrática el Mejide de otros tiempos lo hubiera agredido físicamente, pero el tiempo pasa y uno se acomoda, sobre todo si está en una cadena de mucho progreso y tiene al fundador del nuevo progresismo patrio sentado junto a él en el sofá.

Zapatero quiso hacerse pasar por un estadista y no le salió. Mejide intentó convertirse en la versión malafollá de Jordi Évole y el resultado fue incluso peor. Además, al escritor y experto en comunicación se le escapó un solemne "de motu propio" (que el procesador de texto se empeña en sustituir por la expresión correcta), con lo que quedó claro que anoche Zapatero encontró, por fin, alguien a su altura. Como dúo es difícil que volvamos a verlos reunidos en la pantalla, ni siquiera para presentar las campanadas de Nochevieja en cualquiera de las cadenas de Berlusconi.

Zapatero encuentra por fin un entrevistador a su altura

Desafortunadamente, la semana informativa ha estado de nuevo teñida de violencia y sangre, ofreciendo imágenes de muertes de civiles, torturas, detenciones infundadas y todo tipo de atropellos por parte de los responsables en el poder. Una de las cuestiones que quienes no quieren ver, o quienes están a favor del gobierno oficial, ponen encima de la mesa a quienes clamamos por la sangre derramada es el tema del cumplimiento de las leyes.

Derecho y legislación no son lo mismo

Porque resulta que a Maduro lo eligieron los venezolanos, y no puede ser que hubiera fraude. Simplemente Jimmy Carter es infalible y de ver algo raro en esas votaciones no lo habría consentido. Porque resulta que hay unas leyes que deben ser respetadas o, de lo contrario, los demócratas deberíamos defender que se reforzara ese cumplimiento y se penalizara a los infractores. Y parece que las cosas están al revés. Desde el punto de vista de algunos, Maduro es el representante legítimo que debe cumplir y hacer cumplir las leyes. Y ese es el punto clave.

¿Siempre hay que cumplir las leyes?

Este es un tema que abordó Friedrich von Hayek, entre otros, distinguiendo entre derecho y legislación. Esa distinción es importante porque cuando se habla del "estado de derecho" hablamos del derecho, pero cuando nos referimos al cumplimiento de las leyes como normas de derecho positivo, en realidad hablamos de la legislación. La diferencia es que uno está fundamentado en principios sólidos y la otra en normas positivas contingentes, que dependen de quien las establece, que es quien las diseña. Así, no matar no es una norma que haya sido diseñada por un legislador, es una norma de derecho. Pero la prohibición de salir a la calle a partir de las seis de la tarde, pertenece a la legislación, es una norma positiva. Lo que los gobiernos de Ucrania y Venezuela están haciendo es aprovecharse de la confusión que reina en nuestros días a este respecto.

La defensa propia y la violencia civil

El escolástico y fundador de la Escuela de Salamanca, Juan de Mariana, consideraba que un individuo estaba legitimado para acabar con la vida del tirano si éste estaba atentando contra su pueblo. Un pueblo masacrado tiene derecho a defenderse, y si un ciudadano toma la decisión de asumir la defensa de todos, para el padre Mariana, ese acto de violencia es legítimo. Eso sí, el jesuita definió de manera precisa a qué llamaba tirano, de forma que no hubiera dudas a quién y cuándo.

Las cosas han cambiado y los tiranos se han amoldado a los nuevos modos de jugar a la política como el agua al vaso. Supuestamente se someten a las reglas del juego democrático, pero ocultan lo que hacen bajo cuerda para que los observadores internacionales sonrían y certifiquen. No sabemos cuánto de miedo había en el ciudadano que votó en un sentido o en otro. No sabemos la violencia civil en las calles de Caracas o de cualquier otra ciudad, debido al reparto de armas entre los hampones por Chávez y Maduro. No sabemos nada.

Lo que sí conocemos son los signos económicos de colapso, el desabastecimiento de productos básicos, la inseguridad ciudadana y la indignación de la ciudadanía que sale a las calles, no solamente en Venezuela sino en Ucrania también, donde las bajas se cuentan por cientos. Independientemente de la legitimidad de esa defensa propia de los ciudadanos y de la libertad de expresar su descontento, es necesario, para no repetir ambos casos, detenerse a pensar cuándo empezó todo. 

No empezó hace un par de semanas. Tampoco empezó cuando cada uno de los pueblos se acercó a votar, coaccionados o no. Todo empezó cuando alguien uso su sillón parlamentario para su propio beneficio y no hicimos nada. Empezó cuando aceptamos la terrible excusa de consentir el mal menor y justificamos una "pequeña" falta de nuestros gobernantes. Y empezó cuando los gobernantes pasaron a ser nuestros "responsables" políticos, cuando les cedimos demasiada responsabilidad.

Está claro que no hemos establecido mecanismos de contrapeso, monitorización y vigilancia de esos poderosos. Eso lo sabemos por la parsimonia y falta de pudor con que miran a cámara mientras roban, agreden y mienten. Pero, a esos tiranos hay que unir aquellos que miran a otro lado mientras se completa el abuso, esos gobiernos que dirigen su atención a otro lado, esos políticos que distraen a la opinión pública aludiendo a los oscuros intereses que hay tras los estudiantes venezolanos. La conspiración siempre vende muy bien. La existencia de una raza de reptilianos en la Tierra que solamente unos pocos pueden ver también. En un caso y en otro, alguien gana dinero a costa de la ingenuidad de la gente. Pero en el primero, los que se esconden tras esa idea son cómplices de muertes y abusos.

Me quedo con los reptilianos.

Maduro y los cubanos

¿Qué hará Nicolás Maduro? Heinz Dieterich, el marxista alemán que parió la loca utopía del socialismo del siglo XXI, suscrita por Hugo Chávez en algunos de sus delirios orales más agudos, le recomendó que creara un gobierno de salvación nacional que incluyera a Henrique Capriles. Lo dijo por CNN desde su refugio académico mexicano.

Tonterías. Maduro hará lo que le recomiende La Habana. Lo escribió con toda claridad la periodista Cecilia Valenzuela en El Comercio de Lima. Es un hombre de Cuba. No tiene otro apoyo que los cubanos. No es militar. No es político. No es intelectual. Habla con los pajaritos. Ve a Chávez en las paredes. Se le traba la lengua y multiplica los penes y los disparates. Es un desastre. Una mala imitación de Hugo Chávez. Pero tiene a los cubanos de su parte.

¿Qué le recomendará La Habana a su pupilo? Obviamente, lo que le ha permitido a la dictadura cubana sobrevivir durante 55 años: mano dura. Matar, golpear, encarcelar, intimidar. Someter a la sociedad mediante el terror hasta que se convierta en un coro afinado de súbditos que aplauden sus propias desventuras. Como sucede en Cuba o en Corea del Norte.

Cuanta más crueldad y fiereza, mejor para ellos. Los venezolanos saben que pueden reprimir impunemente. Se protegen bajo un manto retórico totalmente impermeable. Los enemigos son fascistas y nazis que quieren entregar el país al imperialismo. Leopoldo y María Corina son asesinos. Es la burguesía pagada y entrenada por Estados Unidos. Quieren quitar a los pobres el poco pan que se llevan a la boca.

Ellos defienden la democracia frente a los embates de las mafias. Lo dice el chavismo y lo repite sin pudor la izquierda procomunista en todas las latitudes. La revolución es así. Un chorro turbio de palabras pronunciadas para ocultar la sangre derramada.

Los demócratas, salvo unos pocos, en cambio, callan. También han sido intimidados. Contra tanta ignominia protestan los sospechosos habituales: Óscar Arias, Luis Alberto Lacalle, Mario Vargas Llosa. Los de siempre. Unas pocas docenas. Los que no temen ser acusados de ser agentes de la CIA. Insulza, como los tres monos de la fábula, se tapa la boca, los ojos y los oídos. La OEA es una vergüenza pública.

No me creo, sin embargo, la historia de los batallones de policías cubanos, las tropas de avispas negras trasladados a Venezuela para matar demócratas. ¿Para qué? Si algo sobra en Venezuela son asesinos locales. Los cubanos están en Venezuela para asesorar, para dirigir el control social, para espiar masivamente, no para el trabajo sucio y menudo de la calle. Ése lo hacen en la Isla.

Están allí para sostener un poder dócil que continúe alimentándolos. El negocio de ellos es mantener viva la vaca lechera de la que extraen todos los años trece mil millones de dólares en subsidios. Raúl Castro ya no cree en el colectivismo, pero sí cree en mantenerse en el poder a cualquier precio. Luchará hasta el último venezolano.

A mi juicio, esa noticia, la de los avispas, forma parte de las operaciones sicológicas encaminadas a aterrorizar a los venezolanos. Durante la Guerra de las Malvinas los ingleses lo hicieron astutamente. Difundieron el rumor de que en la expedición iban los gurkas nepalíes, unos crueles guerreros que desorejaban y sodomizaban a los prisioneros antes de degollarlos. García Márquez hasta llegó a escribir una nota sobre la crueldad infinita de estos diablos orientales contra los pobres argentinos. Tras el fin de la guerra se supo que nunca desembarcaron gurkas en el remoto archipiélago. La mentira era un arma psicológica.

¿Por qué el poder venezolano –Maduro, Cabello, los militares– está en las manos de los cubanos? Porque ellos, fragmentados en pequeñas tribus, también tienen miedo, y Cuba es la única autoridad externa que sujeta los pedazos. Es el extraño poder de los albaceas en medio de las familias rotas por las desavenencias.

Los chavistas venezolanos temen a los informes de inteligencia, a las escuchas telefónicas, a los tentáculos de la policía política cubana. A la DEA, porque algunos de los militares y políticos están metidos hasta las cejas en el narcotráfico. Antes se reunían para conspirar. Ahora no lo hacen por miedo a una delación.

Menos mal que también hay cubanos nobles. Me conmovió que Leopoldo López diera su discurso final a los pies de la estatua de José Martí. Ése era de los buenos. Los avispas le hubieran disparado a la cabeza.

elblogdemontaner.com

En recuerdo de David Taguas

David Taguas no dejaba indiferente a nadie, ni a extraños ni, especialmente, a propios. Los propios no entendían sus ideas y muchos de los extraños las rechazaban por esa simple filiación sectaria de oponerte a todo aquello que no venga de dentro de tu grupo. A mí, no adscribiéndome ni a unos ni a otros pero sí hallándome muy alejado ideológicamente, siempre me cautivó su capacidad, habilidad y acierto a la hora de defender durante esta crisis la verdad. Una verdad tan sencilla como generalmente ignorada, a saber: que el ahorro es la base de toda prosperidad, especialmente para una economía que, como la española, tiene completamente abierto el grifo del déficit a la vez que la bañera de nuestra deuda se halla a punto de rebosar (por emplear una de sus más felices expresiones).

Taguas jamás se cansó de reclamar al sector público que cambiara radicalmente de rumbo e hiciera lo poco bueno que podía hacer para no entorpecer nuestra recuperación: dejar de deglutir y de machacar fiscalmente el magro ahorro que conseguíamos amasar. A la postre, nuestra economía sigue adoleciendo de dos problemas fundamentales que están lejos de haberse solucionado y que, mientras sigan enquistados, nos mantendrán colgando del filo de la navaja japonesa: un excesivo endeudamiento público y privado, y un esclerótico modelo productivo que, pese a su mejorada competitividad, es completamente incapaz de reabsorber a varios millones de parados.

Para ambos problemas –para amortizar nuestra deuda y para incrementar nuestra inversión– necesitamos de ahorro. Taguas fue de los pocos que se atrevió a cuantificar la magnitud del capital requerido: 11 puntos adicionales del PIB, hasta lograr que el ahorro nacional represente el 30% de toda nuestra producción anual. No era una cifra que se sacara de la chistera, sino del cráneo de su sentido común: su propósito era amortizar unos 4 puntos anuales de deuda exterior (para dejarla dentro de una década en un nivel todavía alto pero manejable: el 50% del PIB) y aumentar la inversión interna desde el 18% actual al 25%. Sólo de ese modo, amortizando deuda e invirtiendo, tendría España margen de maniobra para despejar definitivamente las dudas sobre su solvencia y para transformar su hoy colapsado aparato productivo.

Mas el objetivo, por razonable que suene, no resulta nada fácil de alcanzar. España no ha conseguido ahorrar desde 1980 más del 23% del PIB y Taguas pedía que, en medio de esta profunda depresión, llegáramos al 30%. ¿Cómo? Por un lado, reduciendo el gasto público en 5 puntos del PIB (de manera que el Estado dejara de dilapidar esa parte de nuestro ahorro privado); por otro, mejorando la tributación sobre el ahorro con el objetivo de que las familias dispusieran de incentivos para ahorrar el equivalente a 6 puntos más del PIB.

Imprescindible y razonable programa de saneamiento el de Taguas, pero tremendamente impopular para una sociedad que, como la española, ha caído presa de la poligámica adicción a la sopa boba del gasto público, a la preferencia cortoplacista del consumo sobre el ahorro, a la oposición visceral a cualquier ajuste salarial y, en general, a vivir de prestado enchufados al crédito barato. Cuatro bodas que no sólo nos han conducido al inexorable funeral del hiperendeudamiento y del desempleo masivo, sino que amenazan con complicarnos un divorcio que, en el fondo, seguimos convencidos de no precisar.

Por eso la rota y apasionada voz de Taguas era tan necesaria: porque para vencer primero hay que convencer. Y Taguas convencía, y convencía para bien. Esta semana no sólo hemos lamentado lo esencial –la pérdida personal– sino lo no menos esencial en una coyuntura tan crítica como la actual —la pérdida de un intelectual que remaba en la dirección correcta: a contracorriente—. Descanse en paz.

Juan Manuel López Zafra: “Somos esclavos de la deuda que nos han dejado”

El oro vuelve a estar de moda. Más allá de la fluctuaciones en el precio del metal, la crisis financiera ha desatado el furor por las cuestiones monetarias: las QE de la Fed, bitcoin, Abenomics… Todos ellos tienen su sitio en el debate en la red. Y cuando se habla de dinero, de monedas, de inflación o de reservas, el oro sigue siendo el rey. Pocas cuestiones desatan tantas pasiones entre economistas, académicos y público en general.

Juan Manuel López Zafra irrumpe estos días en esta controversia con Retorno al patrón oro (Deusto), un libro de divulgación en el que asegura que es posible recuperar lo que hace ochenta años John Maynard Keynes despreció como una "bárbara reliquia". El volumen es corto y claro. Perfecto para el aficionado a la materia, pero también para aquél que se acerque a ella por primera vez.

Libre Mercado habló con el autor este jueves, y le preguntamos si realmente piensa que es posible que todos los billetes que utilicemos estén respaldados por un lingote del metal dorado. López Zafra está convencido de que sí. 

– Hasta hace poco, nadie hablaba del patrón oro. Parecía un debate superado. De hecho, el otro día, ojeando el libro, pensaba que hace veinte años un libro así hubiera sido impensable.

– Estaba fuera del debate político. De hecho, éste es el primer libro divulgativo en español (aparte de Huerta de Soto, que toca el tema aunque no escribe sólo sobre patrón oro) desde hace muchos años. Yo no he encontrado otro, ni siquiera en Sudamérica. Artículos científicos sí, pero libros en español, en los últimos 40-50 años, creo que no.

– Es cierto. Sin embargo, ahora no suena raro. Hay mucho debate en las redes sociales, artículos en los medios, monedas virtuales, discusiones sobre el papel de los bancos centrales… ¿el patrón oro vuelve a estar de moda?

– Hay un gráfico en el libro que incluye la evolución de las solicitudes en Google de "gold standard". Es brutal ver cómo ha crecido en el último año la búsqueda de estos términos. La política de la Reserva Federal ha inflado la moneda a unos niveles insostenibles. La gente se plantea qué va a ocurrir con sus ahorros y su futuro, qué puede ocurrir en el momento de la jubilación.

Nos preocupamos, porque tenemos sentido común. Ni yo ni ningún español vivo se ha criado bajo un patrón oro. Pero el otro día en Twitter me preguntaban, "¿me quiere usted decir que los billetes que emite el Banco de España no están respaldados por unas reservas de oro?" Pues no. La gente sigue pensando que detrás de los billetes hay valor.

– De hecho, el ciudadano corriente actúa como si hubiera patrón oro. A lo mejor es consciente de que no existe un patrón oro de verdad, pero cuando abre una cuenta o reclama su dinero en el banco, lo hace como si hubiera un respaldo.

– Eso es. La gente va al banco y dice: "Yo he dejado aquí mi dinero y mi dinero está aquí, ¿verdad?". "Pues no mire. Su dinero lo hemos prestado entero". Esto ocurre ahora y ha ocurrido en los últimos cien años, desde el momento en el que el coeficiente de caja se reventó.

La gente va al banco y trata de recuperar su dinero. No pasa nada siempre que no haya una crisis de confianza. Lo que plantea Bernanke es que tenemos una crisis de confianza, pero ésta es una consecuencia, no una causa.

¿Por qué hay una crisis de confianza? Porque la política de expansión del crédito ha sido tal que hay muchas personas con una cierta influencia (menos de las que deberían ser) que en los últimos cinco o diez años piensan que estamos cruzando una serie de líneas rojas peligrosas.

Entonces, te planteas, ¿tiene sentido seguir inflando la burbuja de crédito y no basar el crecimiento en el ahorro? Y que el consumo no sea un objetivo sino una consecuencia; que puedas decidir qué hacer con tu dinero, si invertir a uno o tres años o consumir; si ahorrar y no gastar… ¿Por qué tienes que consumir? Y, sobre todo, ¿con qué estás consumiendo? Estás consumiendo con una promesa de pago, no con otra cosa.

– Usted inicia el capítulo 2 con una cita de Antal Feteke: "A menos que el dinero fiduciario se estabilice al volver al patrón oro, se derrumbará después de haber causado mucho daño". ¿No es un poco exagerado? El capitalismo ha demostrado una fuerza enorme para superar dificultades.

– La fuerza del capitalismo se respalda en el ahorro y la inversión, no en el consumo. ¿Puede derrumbarse el capitalismo? Pues se están poniendo todos los medios para que ocurra.

En Venezuela la gente está saliendo con carteles de "Queremos capitalismo". La gente es consciente de que la propiedad privada y los ahorros están ahí para acumular una riqueza que va en beneficio de uno mismo y de los demás. Hay una parte de los economistas que están denigrando eso desde hace años. El capitalismo como tal, entendiéndolo como respeto a la propiedad privada, ahorro e inversión, sobrevivirá. El capitalismo actual es un capitalismo un tanto extraño. Este sistema es el que tiene problemas de mantenimiento. Por eso cada vez nos piden más control: tasa a las transacciones extranjeras, control de los depósitos en el BCE…

Si regulamos toda la actividad económica y a eso le llamamos neoliberalismo estamos confundiendo el mensaje. Esto no es la URSS, no hay una economía planificada; pero en economías como la española o la francesa, con el 50 o el 57% del PIB en manos del Estado, llamar a eso capitalismo es algo arriesgado.

– Respecto a la actuación de la Fed o el Banco Central Europeo, incluso personas que pueden no creer en el patrón oro o que no son seguidores de la Escuela Austriaca están muy preocupadas sobre la bomba de relojería que se ha creado con las sucesivas emisiones de los últimos años. ¿Cómo vamos a salir de ésta?

– El problema es que hemos acostumbrado al sistema financiero al crédito fácil. Quiebras como la de Lehman Brothers son excepcionales. El sistema sabe que van a acudir a su rescate. Por lo tanto, introducimos un factor de riesgo moral enorme.

Un peluquero sabe que si lo hace mal va a quebrar. Pero si alcanzas un determinado volumen, jamás quebrarás. En el sector de la producción, el Estado dirá que eres un "sector estratégico". Cada vez que el Estado usa el término "estratégico" es para subir los impuestos. En el sistema financiero, pasa exactamente igual. Si tomo demasiados riesgos y luego el Estado me salva, no tengo incentivos para hacer las cosas bien. Eso la gente lo sabe y protesta.

Estamos gastando (no invirtiendo) ingentes cantidades de dinero en equilibrar un sistema financiero que los gobiernos se han dedicado a minar en la base. No estamos purgando las inversiones que han salido mal.

– ¿Y es posible drenar todo ese dinero que se ha inyectado en el sistema?

– Sí, no sólo es posible, sino que es muy necesario.

– ¿Cuáles serían las consecuencias? ¿Nos esperan dos décadas de estancamiento?

– Haber cebado una bomba como la que hemos cebado no nos garantiza que no vaya a haber dos décadas de estancamiento. Una situación como la que hemos vivido hasta hace seis años no se va a volver a repetir. No lo vamos a ver nosotros y no lo verán nuestros hijos. Haber cebado el crédito como la Reserva Federal, el Banco de Inglaterra o el Banco de Japón y haber premiado a los que lo están haciendo mal no nos va a llevar a una recuperación.

Vamos a una forma de L, con picos en momentos, pero con una situación muy delicada durante muchos años. ¿Veinte? Pues estamos en el 2014, al menos hasta 2025-2030 calculo que estaremos en una situación complicada. El ahorro no está generando inversión. Es complicado que eso vaya a generar empleo.

– Sobre el rescate a los bancos. La gente protesta mucho, pero en realidad lo que se ha hecho ha sido rescatar a los depositantes e inversores para que no perdieran lo que habrían perdido si hubieran sido acreedores de una empresa normal.

– No debemos pensar sólo en el plazo inmediato. Cuáles son los efectos y el mensaje que se manda cuando se rescata a un sistema financiero, a un banco o a una caja. Se manda un mensaje que es "usted no se preocupe, que sus ahorros están garantizados". Pero por otro lado, se lanza un mensaje al sistema diciendo "no os preocupéis. Si pasa cualquier cosa, aquí estamos".

Es complicado valorar las consecuencias a corto plazo de una medida tan nefasta como rescatar a una entidad financiera que lo ha hecho mal.

– Volviendo al patrón oro. Muchas personas se preguntan, incluso estando de acuerdo, ¿es posible volver? ¿se puede hacer la transición?

– Sí, se puede hacer. En el libro hay un epígrafe entero dedicado a la transición. No es algo que se pueda hacer en un plazo breve. Requiere de tiempo, hay que readaptar todo el sistema financiero a esa realidad. A las empresas y las entidades bancarias no les puedes pasar de un sistema basado en el crédito a un sistema basado en el ahorro. Eso requiere tiempo y un acuerdo internacional.

Un país en la actualidad, hoy por hoy, no podría permitirse decir "respaldo mi moneda en oro". Tiene que haber un acuerdo. ¿Y es posible que haya ese acuerdo? Pues creo que sí, lo vamos a ver, aunque no mañana ni pasado. Yo no he planteado el libro como una utopía.

– ¿Seguro? Porque lo que parece imposible es que los políticos acepten un sistema que les limita tanto.

– Hay dos prismas: el del político y la economía financiera (por un lado) y el del ciudadano y la economía no financiera (por el otro). La economía financiera ha crecido en los últimos años con un sistema basado exclusivamente en el crédito. Y el político no va a poder regalar autopistas ni trenes. Se va a tener que apretar el cinturón a lo que tiene realmente en las reservas y a una deuda muy limitada.

El oro es el principal extintor de deuda. Que no puedas endeudar a generaciones futuras, a un político le tiene que costar. No puede haber una subasta de trenes, hospitales, colegios… Porque si hago ese tipo de políticas, el oro va a salir de mi país.

– Y, sin embargo, ¿me dice que aunque sea tan malo para los políticos, tiene esperanza de que éstos cambien el sistema?

– Es posible si hay un acuerdo. Al final, hay una serie de políticos que intentan traer un mensaje de ahorro y racionalidad. Y hay algunos financieros que también. La gente se va a dar cuenta de que no podemos utilizar el euro, porque puede llegar a tener el mismo valor que un billete de Monopoly.

Esperemos que no ocurra, porque puede ser grave. Pero es necesario absolutamente que haya una transición ordenada a un sistema de respaldo de moneda. No se puede esperar que la economía siga creciendo a base de emitir deuda y moneda, endeudando a las generaciones futuras. No puede estar naciendo un niño en España con más de 20.000 euros de deuda a sus espaldas. Es denigrante. Somos esclavos de la deuda que nos han dejado los demás. La gente va a tratar, en algún momento, de romper esas cadenas.

La ‘anti-fórmula’ de la felicidad laboral

 "Those who believe in Abenomics are suffering from Amnesia. This is nothing new" Yasunari Ueno (Mitzuho)

Hace unos meses comentaba en esta columna que la política que ha implementado Japón para combatir la deflación no es ninguna novedad, y como tal no iba a cumplir las expectativas milagrosas que el consenso de la amnesia histórica otorga a las supuestas soluciones mágicas. Y así ha sido. En mi post “Japón y el manga monetario” explicaba que el país nipón ha llevado a cabo enormes estímulos desde mediados de los 90 y políticas expansivas desde 2001 sin salir del estancamiento.

Es curioso que se defienda la política monetarista como social y redistributiva, hasta el punto de inventar cifras de creación de empleo, en Estados Unidos por ejemplo, que ni la oficina de relaciones públicas del partido demócrata se atrevería a pronunciar. Sin embargo, de social no tiene nada. Marc Faber lo explicaba claramente: “Imprimir dinero no beneficia más que a los que tienen acceso a esos fondos, es decir, al sector financiero, al gobierno endeudado y a las clases altas, nunca a los trabajadores”.

Ahora tras un año de Abenomics -la política del gobierno japonés de multiplicar la masa monetaria y volver a estimular la economía-,  se pueden comprobar las falacias que se usan para justificar estas medidas:

  • Genera crecimiento mágico

“Japón va a crecer al 4%” decían los economistas de consenso. Pues no. Alguien debería pedir perdón por equivocarse sólo en un 70% en sus estimaciones. El gráfico superior, cortesía de Juan Rallo, muestra el impacto casi nulo de la política expansiva.

Y conviene resaltar los decepcionantes datos publicados. La economía japonesa crecía un 1% anualizado en el cuarto trimestre, frente al 2,8% esperado, y no alcanzaba a compensar la desaceleración del tercer trimestre. Japón crece al mismo ritmo que… España.

En 2014 el Fondo Monetario Internacional (FMI) estima un crecimiento de la economía nipona del 1,7%, mientras que espera un 1,1% para la Eurozona. Es decir, con el Banco de Japón aumentando la masa monetaria a máximos –lo que vulgarmente se llama imprimiendo dinero, vean el gráfico inferior –, se espera un crecimiento muy modesto, mientras que en Europa se genera un crecimiento similar a la vez que el Banco Central Europeo (BCE) reduce su balance un 20%.

  • Imprimir moneda reduce la deuda

Aumentando la masa monetaria más que Estados Unidos, la deuda pública de Japón alcanzó el volumen récord histórico de 1.018 billones (trillones americanos) de yenes a finales de diciembre de 2013Quince ceros de deuda. Unos 7,3 billones de euros, más de siete veces el Producto Interior Bruto (PIB) de España, después de seis planes de estímulo desde los 90.

La cantidad supera los 1.011 billones de yenes de septiembre y es más del doble que su PIB nominal. No sólo crece la deuda en términos absolutos, sino también en relación a dicho PIB. Y ustedes me podrán decir que “hay que darle tiempo”, total solo son 25 años de experimento keynesiano de “no se hizo suficiente”. Pues bien, el Ministerio de Finanzas estima que el volumen de deuda alcanzará 1.039 billones de yenes en marzo.

La deuda japonesa la compran… los japoneses. Un 85%. Diligentemente, y probablemente no conscientemente, metida en sus planes de pensiones. A pesar de pagar un 0,6% de interés por sus bonos a diez años, Japón gasta un 22% de su presupuesto anual en pagar intereses de deuda. Un dato a recordarles a los economistas como Stiglitz, que dicen que no importa el volumen, sino que el coste sea bajo. Krugman tiene la desfachatez de decir en su columna que “ese 22% incluye repago de principal”…. ¡Cuando solo aumentan las necesidades netas de financiación! Es decir, no se repaga, se refinancia y emite más.

No sólo aumenta la deuda, sino que el déficit comercial –la diferencia entre lo que exportan e importan- se ha disparado hasta alcanzar un nivel inaceptable.

Algunos intentan justificarlo por el efecto del accidente de Fukushima y el coste de reconstruir Tohoku tras el terremoto. Pero es la típica excusa keynesiana cuando algo no funciona. Tohoku es un coste anual de 1 billón de yenes (2013) y el déficit comercial supera los 11,4 billones de yenes, el  agujero más grande desde 1979. Fukushima y el cierre de las plantas nucleares es un evento de marzo de 2011, y hasta que se implementó Abenomics el déficit comercial era asumible. Desde entonces, se ha triplicado. Devaluar hace que el coste de las importaciones se dispare más que el efecto placebo de exportar más.


Imprimir moneda combate la deflación

Aquí viene el truco de agregar. Los que defienden crear inflación se ponen muy contentos porque ha llegado al 1,6% y va camino del objetivo del gobierno del 2%. Ya saben ustedes que “inflation is taxation without legislation” (“la inflación es un impuesto sin pasar una ley”, Milton Friedman). El impuesto silencioso. Sólo que tiene un truco.

La inflación en Japón sube por los costes energéticos y de los bienes importados, no porque crezcan los salarios o mejoren de manera relevante los otros conceptos. De hecho, la inflación, excluyendo alimentación y energía, es muy baja, casi nula.  El mantra “si se genera inflación, los japoneses consumirán más” no ocurre. No se incentiva al consumo ni acelera la actividad económica… Porque se cercena la renta disponible y los salarios. Sólo se saca dinero del ahorrador. 

Ante un impuesto sobre las ventas esperado en 2014, lo que ocurre es que la renta disponible y el poder de compra de los ciudadanos se resiente enormemente. Los salarios reales en Japón han caído al nivel más bajo de los últimos veinte años.

El dinero se va, como en los QE americano y británico, a los activos financieros de riesgo. Y encima, que suba la bolsa es irrelevante para la riqueza de los japoneses, que tienen menos de un 8,5% de sus activos financieros en renta variable, comparado con un 32,7% en Estados Unidos.

  • Imprimir moneda crea empleo

Japón siempre ha tenido un desempleo bajísimo, y ese efecto placebo del índice de desempleo maquillado de Estados Unidos que comentábamos en el post “Empleo Zombi” es relativamente similar en Japón. 

El desempleo del 3,7%, una cifra envidiable para nosotros, no es por las políticas monetarias, es por un tejido empresarial espectacular, activos en todo el mundo y una cultura del trabajo y sacrificio mundialmente reconocida. Y un efecto demográfico importante. Desde máximos de 2007, con 128 millones de habitantes, la población ha caído a razón de casi un millón anual. En 2013, otras 244.000 personas. Esto ha creado un déficit de trabajo… Y un superávit brutal de pensionistas (el 23% de la población tiene más de 65 años) con un coste para el estado que hasta el gobierno japonés considera “inasumible”.

Imprimir moneda no crea empleo. Si no, los países que lo hacen tendrían pleno empleo desde hace años. Pero aun así merece la pena resaltar que el índice de participación laboral en Japón también se ha desplomado, repuntando ligeramente cuando han bajado los salarios reales –en especial los de las mujeres- a niveles de 1994.

Japón, al contrario que Estados Unidos, tiene un déficit de trabajadores por el efecto de la baja natalidad (1,4 hijos por cada mujer) y el envejecimiento de la población. Y a pesar de todo, quitado el efecto pensionistas, casi 17 millones de personas en edad de trabajar están “fuera de las listas” del paro.

En fin, aunque nos lo quieran vender como un triunfo, no sé de qué, un año de Abenomics no puede haber arrojado un resultado peor y, sobre todo, más lejos de sus promesas. Atroz.

Eso sí, no lo duden ustedes: cuando Abenomics o su equivalente número 35 siga generando crecimiento pedestre, deuda y más agujeros en los bolsillos de los ciudadanos, nos dirán aquello de “hubiera sido peor”, “no se hizo suficiente” y “hay que repetir”. Y los errores se justificarán con un velo social que ni usted ni los ciudadanos japoneses verán. Pero les repetirán “hay que tener paciencia, el año que viene mejora”, mientras sienten una mano en su bolsillo escarbando un poco más. 

PD: Descanse en paz David Taguas. Un buen amigo y un gran economista.

‘Abenomics’ y el timo de la estampita

  • El 62% de los trabajadores españoles estaría dispuesto a perder parte de su salario a cambio de asegurar su posición en la empresa. De los 32 países incluidos en el WorkMonitor de la primavera de 2013 de Randstad, sólo en India este porcentaje era superior.
  • En 2012, el 40% de los licenciados universitarios de la promoción 2005-06 tenían un puesto de trabajo de inferior cualificación a su formación, según datos del informe Datos y Cifras del sistema universitario español 2014 que se conoció la semana pasada. Y apenas un 56% de ellos tenía un empleo indefinido a jornada completa.
  • Según Eurostat, de los 28 países de la UE, España es el segundo en porcentaje de "temporalidad no deseada": más del 90% de los trabajadores temporales querrían un contrato indefinido (en Austria no llegan al 10%; allí los que aceptan un empleo sólo por tres meses es porque quieren).
  • Y algo parecido ocurre con los empleos a tiempo parcial. Más del 60% de los españoles en esa situación querrían trabajar ocho horas al día, pero no pueden. De nuevo, la comparación con Austria es dolorosa. En aquel país, este porcentaje cae al 10% (ver aquí, gráficos 6 y 8).

Todos estos datos apuntan en la misma dirección. El problema de España no reside sólo en sus casi seis millones de parados, un 26% de la población activa. Es que además, muchos de los ocupados tienen un trabajo que no les gusta, pero que no pueden dejar, fundamentalmente por miedo al desempleo.

Desde el punto de vista de los nuevos trabajadores, esos jóvenes con más de un 55% de tasa de paro, se dibuja un panorama desolador. Salvo que tengan mucha fortuna o una excelente formación, al entrar en el mercado laboral saben que les espera como mínimo una década de contratos temporales y paro. Y en muchos casos la proporción de cada uno de estos ingredientes dependerá más del sector o la empresa que de su propia valía. Con este panorama, las probabilidades de labrarse un buen currículo, consolidar su carrera o lograr unos ingresos razonables en un período corto de tiempo son mínimas.

Por todo ello, no sorprende que exista esa obsesión por el contrato fijo. El objetivo deja de ser cumplir una vocación, emprender nuevos retos o incluso mejorar salarialmente. La meta es tener un contrato indefinido. El sistema ha consolidado un modelo dual, con un grueso de trabajadores en teoría muy protegidos (los fijos) y otro grupo con mínimas opciones de subirse al tren en marcha. Sus defensores hablan de un régimen "garantista" y desde la perspectiva de un indefinido podría parecer que una cosa compensa la otra. 

Pues bien, según la misma encuesta de Randstad, el 91% de los españoles no cree que viva en un país con "seguridad laboral". Incluso los fijos, que deberían sentirse seguros con su situación, tienen tanto miedo a las consecuencias de quedarse en el paro (básicamente, un reingreso costosísimo al mercado) que ni siquiera ellos están contentos con la situación.

El caso Coca-Cola

Hasta aquí, las cifras hablan desde el punto de vista del trabajador. Tampoco las empresas parecen mucho más felices. En los últimos días, el conflicto que más comentarios ha generado ha sido el que ha enfrentado a la embotelladora de Coca-Cola en España con sus empleados por el plan de cierre de cuatro de sus plantas. La secuencia de los hechos es la siguiente (una explicación más precisa en el excelente artículo de S. McCoy del viernes en El Confidencial):

  • La compañía presenta un plan para un ERE que afecta a más de 1.250 empleados
  • Los trabajadores se movilizan
  • Las administraciones apoyan a los sindicatos
  • Se presiona a la empresa (y a la marca estadounidense), incluyendo una campaña de boicot a sus productos
  • Coca-Cola Iberian Partners mejora las condiciones que ofrece a sus empleados, "hasta llegar a una oferta excepcional para bajas voluntarias (10.000 lineales más 45 días por año con límite de 42 mensualidades), prejubilaciones (80% del sueldo neto desde los 56 hasta los 63 años, revalorización anual del 1% y Seguridad Social a cargo de la empresa) y recolocaciones (15.000 euros upfront más ayuda mensual de 500 euros para vivienda durante 24 meses para el 70% que cambiaría de residencia)".

Ni siquiera con estas cifras es seguro que se alcance un acuerdo. El viernes, los sindicatos se negaban a aceptar incluso este tipo de condiciones.

Pero supongamos que al final se llega a un pacto. Si es así, se saludará con alboroto en medios de comunicación y partidos políticos. Hay un acuerdo, se preservan los empleos y no hay despidos, sino bajas voluntarias. ¿Todos contentos? Aparentemente sí, pero a medio plazo, las consecuencias quizás no sean tan positivas. Podría decirse que se lanza un triple mensaje:

  • Si vas a abrir una fábrica en Europa, mejor que no sea en España, porque cuando tengas que hacer ajustes de plantilla te saldrá carísimo (y los medios te masacrarán por destruir empleo).
  • Si no tienes más remedio que tener centros en España, ficha todos los temporales que puedas. Así, cuando caiga la producción o necesites recortar plantilla, podrás tirar de estos. Simplemente no les renuevas el contrato y ya está.
  • Cuando tengas que despedir -por una caída en la facturación, la reestrucutración de una planta o cualquier otra causa- despide a los temporales, o lo que es lo mismo, no les renueves. Incluso aunque alguno de ellos sea más productivos que alguno de los indefinidos que se quedan en la planta. Te saldrá más barato y no te buscas problemas.

Miedo

Para la empresa, un temporal con estas condiciones es un trabajador al que sólo se pueden confiar tareas de poco valor añadido y en el que no merece la pena gastarse dinero en formación. Para el empleado temporal, la empresa es sólo un medio de ganarse la vida durante unos meses; no le importa su futuro, ni sus beneficios, ni cómo funciona por dentro y los incentivos para aprender son mínimos. No puede haber una relación laboral fundada en peores términos.

¿Cuáles son las consecuencias? Pues que España tiene empresas temerosas de contratar y aún más de hacerlo con contrato indefinido; empleados fijos temerosos de cambiar de trabajo, incluso aunque estén asqueados del que ahora tienen; jóvenes temerosos de no encontrar nunca un trabajo; y temporales temerosos de no alcanzar nunca un puesto fijo. Todo el mundo tiene miedo.

Dicen que sólo dos personas conocen la fórmula de la Coca-Cola y que no se les permite viajar juntos. Quizás es sólo una leyenda urbana, pero en cierto sentido sería lógico que fuera así. La compañía norteamericana teme perder la clave de su prosperidad. La fórmula del 26% de paro es mucho más conocida. Está delante de todos, en la legislación laboral vigente. Y hay decenas de propuestas bien encaminadas para su solución: contrato único, mochila austriaca, descentralización de la negociación colectiva, reducción de las cotizaciones,… ¿Por qué no se hace nada? Probablemente por la misma razón que guía la actuación, en el día a día, de empresas y trabajadores (y de Coca-Cola): miedo.