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Los partidos se alternan, los sistemas se reemplazan

En Costa Rica la segunda vuelta será entre dos variantes de la socialdemocracia. El profesor y diplomático Luis Guillermo Solís, a la cabeza del Partido de Acción Ciudadana (PAC), se enfrentará al ingeniero Johnny Araya, exalcalde de San José, líder del Partido de Liberación Nacional (Liberación). El PAC es un desprendimiento de Liberación.

Solís parece ser un keynesiano –más Estado para solucionar los problemas del país–, mientras se supone que Araya sostiene una fórmula cercana al mercado. Cualquiera de los dos que gane respetará la ley. Lo que está en juego es la administración del Gobierno y no el modelo político o el sistema económico. En eso fue contundente la sociedad costarricense. Más del 80% rechazó decididamente al Frente Amplio, expresión local de la ruptura marxista con la democracia liberal.

En El Salvador, en cambio, ocurrió algo muy diferente. Se disputarán el poder el maestro Salvador Sánchez Cerén, comunista y excomandante de la guerrilla, quien casi obtuvo el 50% de los votos representando al FMLN, y el dentista Norman Quijano, anticomunista y candidato de la Alianza Republicana Nacionalista (Arena). Los dos partidos fueron gestados durante la sangrienta etapa de la Guerra Fría. 

Pero hay algunas diferencias. Sánchez Cerén fue una figura destacada en el conflicto (lo acusan de ser el responsable directo o indirecto de cientos de asesinatos), mientras Quijano no empuñó las armas y se dedicó al deporte, al ejercicio de su profesión de dentista y, llegado el momento, a la política municipal.

Sánchez Cerén aventajó a Quijano en diez puntos en la primera vuelta, pero hay dos circunstancias que mantienen viva la esperanza de Arena: un tercer partido de derecha, el del expresidente Tony Saca, obtuvo el 11% de los votos, mientras se abstuvo de sufragar el 48% de los electores. Quijano piensa que, si logra que los salvadoreños voten, puede ganarle al FMLN. En todo caso, es una tarea enormemente difícil, aunque no imposible.

No obstante, las diferencias entre estas dos figuras son abismales. Si Quijano gana, intentará frenar la inmensa violencia de las marasreducir la pobreza y aumentar sustancialmente las inversiones privadas para lograr más y mejores empleos, de manera que cientos de miles de salvadoreños pasen a engrosar las clases medias. En el trayecto, como sucede en los países más prósperos del planeta, numerosos empresarios se enriquecerán, pero a Quijano no le importa que haya más ricos. Él es un reformista que desea perfeccionar el sistema. Lo que quiere es que haya menos pobres.

Si gana Sánchez Cerén la historia será otra. Actuará como un marxista convencido de la maldad intrínseca de un sistema de explotación basado en la propiedad privada, en el que los capitalistas se apropian de la plusvalía de los trabajadores, y optará por una economía planificada, dirigida por los bienintencionados burócratas de su cuerda política, en detrimento de un mercado que, según Marx y él, conduce al enriquecimiento de los poderosos y a la progresiva depauperación y alienación de los trabajadores. Ser rico es malo. La propiedad es un robo.

Para lograr el reino de la justicia marxista, Sánchez Cerén, aunque le tome cierto tiempo, tendrá que recurrir a la violencia y a la dictadura del proletariado, algo que moralmente justifican todos los revolucionarios que en el mundo han sido. ¿Qué importan unas cuantas vidas sacrificadas cuando está en juego el destino glorioso de la humanidad? Pregúntenle a Stalin, a Mao, a Castro, a Pol Pot.

¿Cómo lo hará? Seguirá los pasos del socialismo del siglo XXI, como han hecho Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Ecuador. Cambiará la Constitución, prorrogará sine die el mandato presidencial, controlará todos los poderes y se hará cargo progresivamente del aparato productivo. El guión es muy conocido.

Como postulan los comunistas serios, y Sánchez Cerén es uno de ellos, las revoluciones no se llevan a cabo para revocarlas luego en unas ridículas elecciones burguesas. ¿A quién se le puede ocurrir semejante estupidez?

La alternancia en el poder es entre partidos de una misma familia política, no entre sistemas diferentes. Los partidos se alternan, los sistemas se reemplazan. Una sociedad no puede mudar de piel cada cinco años. El viejo símil es cierto: una pecera se puede convertir en una sopa de pescado. Una sopa de pescado no se puede convertir en una pecera.

elblogdemontaner.com

¿Peligra el modelo exportador español?

It’s no use trying to export without having something that’s unusual and better” James Dyson           

Esta semana comentaban en un seminario en la City la increíble transformación de la economía española, de un modelo equivocado de demanda interna que ha creado burbuja inmobiliaria y sobrecapacidad en casi todos los sectores productivos, a un modelo exportador y sostenible. Es admirable ver cómo las empresas han reaccionado encontrando nuevos mercados y reduciendo el déficit comercial que nos ahogaba, en un año y pocos meses, hasta alcanzar superávit. El fin del modelo de aeropuertos, puentes, carreteras y estatuas decorativas. 

El modelo exportador es mucho más sostenible. Y el riesgo no es un euro fuerte. España exporta cerca del 50% dentro de la Eurozona, con efecto moneda inexistente, y cerca del 10% a otros países de la Unión Europea, aumentando las exportaciones a Reino Unido a pesar del mantra de “un euro fuerte destroza nuestra competitividad”. Si devaluar fuese la panacea, Argentina y Venezuela serían los reyes de las exportaciones globales.

En 2014, las exportaciones españolas alcanzarán casi el 35% del PIB, creciendo entre un 4,5% y un 5,1% a pesar de dicho euro fuerte.

Los empresarios que han llevado a cabo esa transformación se encuentran ahora con varios retos que merece la pena tener en cuenta.

  • Para un país como España, que exporta bienes de equipo industrial, alimentos, automóviles y química, sobre todo, la decisión de la Unión Europea esta semana de acelerar la retirada de algunos derechos de emisión de dióxido de carbono (CO2) gratuitos es muy importante. Porque la Unión Europea es un 50% de nuestras exportaciones. La subida del coste de CO2, ese impuesto escondido, que ya es del 23% en 2014, llevará de nuevo –como ha ocurrido desde 2006- a menor crecimiento industrial y deslocalización, y menores compras, porque las empresas no pueden asumir más costes tras las constantes subidas de impuestos y tasas. La Unión Europea se las había visto muy felices creando una carga adicional, bajo la supuesta buena voluntad de reducir las emisiones. Ya en diciembre de 2009 escribía yo en Cotizalia “el problema es que se dieron cuenta de que lo que esperaban, CO2 a 40-50 euros por tonelada, no ocurrió, dado que, cuando los mercados trabajan suelen reflejar la dinámica de oferta y demanda y los precios caen. Y el plan no acepta caídas, necesita generar inflación de precio”. Actualmente, el CO2 cotiza a 6,7 euros por tonelada y los costes adicionales de esta nueva medida intervencionista serán un enorme lastre, de nuevo, para el crecimiento, y una nueva fuente de verdadera pérdida de competitividad comparado con Estados Unidos o China, que no implementan estas veleidades de politburó soviético. Curiosamente, Estados Unidos reduce sus emisiones más rápido que Europa, pero sin destruir la economía real ni hundir el crecimiento.

  • Hace ya varias semanas que hablamos del riesgo en mercados emergentes y la transición de China de un modelo de deuda y construcción intensivo a un modelo de crecimiento más moderado.  La ralentización es lenta, pero la tendencia parece clara. Ojo, porque en el mercado de exportaciones si la moderación en el crecimiento es generalizada, la erosión de volúmenes y márgenes en los vendedores suele ser mayor a lo que parecería inicialmente. Por ejemplo, una reducción del crecimiento de China, acompañada de mayores importaciones del resto del mundo, tiene un bajo impacto, pero una moderación global tiene un efecto dominó. Caen las ventas, suben los inventarios en almacenes, bajan los márgenes, sube el capital circulante… Erosión de fortaleza financiera.  Todo esto es relevante para España, aunque el peso de mercados emergentes y China en nuestras  exportaciones no llegue a un 20%.
  • El desplome del comercio internacional. El Índice de contratación de fletes marítimos, el Baltic Dry Index, lleva una caída del 50% en lo que va de año, anulando casi toda la subida de finales de 2013. Las razones son variadas, como explicaba en un post reciente, pero se pueden resumir en que las importaciones de mineral de hierro de China se han reducido de manera muy importante, al tener los almacenes de los puertos a niveles máximos de catorce meses (85 millones de toneladas), y los costes de fletar barcos en los distintos segmentos se han desplomado entre un 7% y un 48% por la ralentización del comercio mundial. Por supuesto, existe un efecto cíclico y de sobrecapacidad de barcos construidos, pero las importaciones de carbón, mineral de hierro y crudo han ido desacelerándose desde hace ya unos meses.

Las importaciones de acero de China no han recuperado los niveles de 2009, a pesar de un crecimiento muy relevante del producto interior bruto.

Tendríamos que ver tres factores para desdeñar estos riesgos que he mencionado en nuestras exportaciones:

  • Un aumento de al menos el 7% en la demanda interna en Alemania y Reino Unido para compensar el efecto en demanda industrial en el resto de Europa por el aumento del CO2. O comprobar que la actividad industrial en Europa repunta a pesar de dicho coste adicional. El hecho de que en España, Italia y Francia la demanda eléctrica y de gas siga cayendo en enero de 2014 entre un 1% y un 2% no es esperanzador. Pero hay que analizarlo a medida que transcurra el año.
  • Un repunte del Baltic Dry Index de al menos el 25%. Es difícil que recupere niveles de septiembre porque una parte de ese índice, los barcos que importan crudo a Estados Unidos, no va a mejorar, ya que los estadounidenses están reduciendo masivamente sus necesidades de petróleo importado gracias a la revolución del fracking.  Eso sí, los que conocen este indicador saben que cuando corrige al alza, lo hace en muy poco tiempo.
  • Que los déficits comerciales de los países emergentes más arriesgados se estabilicen, o, en su defecto, el efecto de parada en seco creado por la Reserva Federal lo supla el Banco de Japón, que seguirá haciendo el hara-kiri monetario que les va a llevar a crecer un triste 1,7% en 2014, destruyendo su balanza comercial y aumentando su ya desproporcionada deuda, elevando la masa monetaria un 40%.

¿Por qué importa el comercio internacional y el transporte de barcos? Porque la correlación con el PIB mundial es altísima, como muestra el grafico inferior, y las expectativas de crecimiento global pueden desinflarse si la ralentización no es estacional como indican algunos analistas, que esperan que repunte de manera agresiva en el cuarto trimestre de 2014. Y eso es lo que a mí al menos me preocupa, que los alcistas fíen toda la recuperación al cuarto trimestre… Y dentro de ese periodo, el 90% a China e India. Puedo darle el beneficio de la duda, pero hay que mantener mucha cautela, tanto por la curva de expectativas como el sorprendente aumento esperado en los últimos meses del año comparado con un consenso que sigue viendo desaceleración hasta mitad de año.

Si persiste la debilidad de las monedas en países emergentes y tienen que intentar controlar la salida de capitales con aumento de tipos de interés de emergencia, el efecto se va acumulando sobre el comercio real, creándose una bola de incertidumbre que retrasa decisiones de inversión. Jamás se han acelerado las inversiones productivas en un entorno de desplome de moneda y aumento de los tipos de interés.

A pesar de todo, creo que 2014 seguirá siendo un buen año para las empresas españolas en el exterior y que el modelo exportador se consolidará. Las empresas que seguimos, que suponen el 38% de las exportaciones del país, tienen su libro de pedidos completo hasta mitad de año. En Europa se está notando un repunte de la inversión productiva, con las compañías francesas y alemanas anunciando aumentos del gasto del 7%, aunque la enorme mayoría es fuera de la Unión Europea.

Aun así, hay que estar alerta. Conocer y no menospreciar los riesgos para, de nuevo, demostrar que las empresas españolas crecen y venden más en las condiciones más complejas, sin necesidad de acudir a soluciones mágicas. Ya saben, cuando lo hacemos bien, en España nos salimos.

Vamos a hacerle pasar un mal rato al Financial Times y a los países que nos dicen que el modelo exportador no funciona, que hay que volver a “estimular la demanda interna”. Que hagan puentes inútiles ellos, nosotros se los diseñaremos y construiremos gustosamente.

El dedo incorrupto de Rajoy

Finalmente, el gozo de aquellos que esperaban que Mario Draghi anunciara este jueves un paquete de medidas inflacionistas para contrarrestar el “riesgo” de deflación en la Eurozona ha terminado hundiéndose en un pozo. Al menos, por el momento. El presidente de la institución aclara que no ve deflación en el horizonte, sino “inflación baja” y que ello no es necesariamente algo negativo que haya que contrarrestar mediante el activismo monetario de la institución.

La decepción entre periodistas y analistas sólo ha encontrado un cierto sosiego espiritual ante la expectativa de que en marzo, cuando el BCE presente sus previsiones de PIB e IPC, termine llegando el festín monetario. A muchos les resulta incomprensible que, con la deflación acechando las murallas de la Eurozona, el banco central se mantenga por ahora de brazos cruzados, esperando a que el Viejo Continente se infeste de la enfermedad japonesa. Muchos sienten auténtico pánico hacia la perspectiva de una deflación, pero ¿por qué?

¿Por qué hay inflación y deflación?

La inflación o la deflación (entendidas como alzas o caídas generalizadas de precios) acaecen cuando la oferta de bienes y servicios de una economía es inferior o superior —respectivamente— al poder adquisitivo de sus medios de pago. Si, en términos de valor, hay menos bienes que medios de pago, habrá inflación; si hay más bienes que medios de pago, habrá deflación. Por expresarlo de un modo algo más gráfico: la inflación son medios de pago persiguiendo bienes y la deflación son bienes persiguiendo medios de pago.

Las inflaciones y deflaciones primitivas estaban ligadas a la sobreabundancia o carestía del dinero que se usaba como moneda: si súbitamente se descubría una mina de oro, los precios de los bienes subían; si durante mucho tiempo no había ningún descubrimiento minero y la producción de mercancías seguía aumentando, se extendía una tendencia hacia la minoración de precios. Se trataba de ajustes que, aun cuando podían implicar sus complicaciones, terminaban siendo bastante inocuos para la coordinación económica. En las economías modernas, sin embargo, las inflaciones y deflaciones ya no dependen esencialmente de la producción relativa de “dinero base” con respecto al resto de mercancías, sino de un factor potencialmente mucho más devastador: el crédito.

El crédito permite a los agentes económicos hacer un uso presente de su renta futura: básicamente, comprar hoy y pagar mañana. Como tal, es una poderosa herramienta que facilita la coordinación y la división del trabajo pero, si se abusa de él, puede acarrear efectos muy dañinos sobre la sociedad. Por ello, muchos creemos que el crédito debe mantenerse dentro de unas sanas proporciones que vienen limitadas por la disponibilidad de renta real dentro de esa sociedad. Es decir, para que alguien haga uso de su renta futura, alguien tiene que renunciar temporalmente a su renta presente (ahorro).

En este sentido, la inflación y la deflación modernas son síntomas de un cierto abuso social del crédito: la inflación indica que estamos comprando demasiadas mercancías presentes con cargo a la renta futura (que estamos comprando mucho hoy con la promesa de pagarlo mañana) y la deflación que estamos usando parte de nuestra renta presente para pagar parte de nuestras compras pasadas (es decir, que destinamos parte de la producción presente a honrar las promesas que hicimos ayer).

El crédito sano no genera ni inflación ni deflación: al contrario, contribuye a estabilizar el poder adquisitivo del dinero y, por tanto, el nivel general de precios. El crédito insano genera primero inflación y luego deflación. No es que la primera sea buena y la segunda mala ni a la inversa, sino que son dos síntomas de insalubridad previa: primero inflamos la burbuja del crédito abusivo y luego ésta se desinfla. Primero nos sobreapalancamos —con las consabidas subidas de precios— y luego no desapalancamos —con los consabidos retrocesos de los precios—. Por desgracia, muchos se niegan a aceptar la dura pero necesaria medicina deflacionista como vía para desandar los pasos en falso previos, de modo que proponen huir hacia adelante: nada más huelen la deflación (aunque sea en forma de baja inflación), corren prestos a reclamar al banco central o al Gobierno que vuelva a expandir insanamente el crédito, esto es, que vuelva a fomentar el crecimiento de la deuda por encima de la disponibilidad real de bienes. Su argumento es sencillo: las caídas de precios son devastadoras para una economía y hay que combatirlas a toda costa, aunque sea fomentando una nueva ronda de sobreapalancamiento generalizado. Pero, ¿tan peligrosa es la deflación como para no poder desengancharnos de la droga de la deuda barata?

Los posibles problemas de la deflación

Conviene dejar claro desde un principio que la deflación —entendida como caída generalizada de precios— es un síntoma de nuestros más hondos problemas (el hiperapalancamiento) y no su causa. Nuestras dificultades vienen de que el sistema ha llegado a un punto de saturación de deuda en relación con su capacidad real para amortizarla y resulta necesario reorganizar nuestras estructuras productivas y financieras para corregir semejante acumulación de errores. Esta reorganización no debería —y a estas alturas probablemente ni se pueda— efectuarse huyendo hacia adelante, esto es, fomentando un mayor endeudamiento social con tal de seguir implementando planes de negocio burbujísticos o de muy bajo rendimiento. De ahí que la salida inflacionista sería en todo caso una salida en falso —como la burbuja inmobiliaria fue una salida en falso de la burbuja de las puntocom—.

Ahora, nada de lo anterior significa que la deflación de precios derivada de una contracción crediticia no conlleve en sí misma dificultad alguna para una economía. Por más que se trata de dificultades inexorables en la salida de una crisis provocada por la sobredosis inflacionista de deuda, es cierto que una caída generalizada de precios —al igual que una subida generalizada— resulta potencialmente distorsionadora en dos ámbitos: la coordinación productiva y la coordinación financiera.

Por lo que respecta a la coordinación productiva, la deflación puede implicar caídas desiguales de precios: dado que todos los precios no son igualmente flexibles —ni al alza ni a la baja—, el reajuste de éstos puede implicar cambios en la estructura de precios relativos que acarreen mermas de rentabilidad en ciertos sectores. Dos casos resultan paradigmáticos: el primero, que los precios de las mercancías caigan más que los salarios, de modo que el margen de ganancias de muchos empresarios termina erosionándose; el segundo, que los precios del resto de divisas extranjeras con respecto a la nacional desciendan más rápidamente que los precios internos (es decir, que nuestro tipo de cambio se aprecie más de lo que se abaratan nuestras mercancías interiores), de modo que el margen de ganancias de nuestra industria exportadora también termina deteriorándose.

Por lo que respecta a la coordinación financiera, sabido es desde Irving Fisher que las caídas de precios aumentan el saldo real de las deudas: dado que los ingresos nominales se reducen, pero el saldo nominal de las deudas no lo hace, las dificultades para hacer frente a nuestros pasivos son crecientes con la deflación (lo que eventualmente podría terminar condenando a algunas de esas compañías a la bancarrota).

Nótese, por cierto, que entre los riesgos de la caída de precios no he colocado ese tan mentado como irrelevante diferimiento del consumo ante la expectativa de menores precios futuros: y no lo hago porque, al contrario de lo que se asume, una reducción del consumo resulta positiva para resolver los problemas de coordinación que sí suele acarrear la deflación.

Y es que la forma de paliar las posibles descoordinaciones a que den lugar las reducciones de precios es volviéndonos más adaptables ante los cambios: a saber, disponer de mercados más libre y flexibles (donde precios y costes puedan ajustarse con mucha más fluidez que ahora) y aumentar nuestro ahorro (tanto para amortizar las deudas y volver escasamente relevante el efecto de su encarecimiento en términos reales cuanto para acumular más capital y volvernos más productivos y competitivos a pesar de la apreciación de nuestro tipo de cambio). En el fondo, pues, la manera de contrarrestar aquellos problemas que puedan surgir de la deflación de precios es justo la misma que tenemos para solucionar las causas últimas por las que la deflación hace su aparición: necesitamos mercados más libres y más ahorro público y privado.

En suma, no existen recetas mágicas ni caminos sencillos. Tampoco la estrategia inflacionista lo es, por mucho que los aduladores del envilecimiento monetario insistan en alabar su plétora de virtudes sin contraindicaciones (virtudes que nos han conducido a la crítica situación actual). En el fondo, pues, el debate puede reducirse a términos relativamente asequibles: ¿queremos un crecimiento basado en el ahorro o uno basado en el endeudamiento? ¿Aspiramos a deshacer los entuertos pasados o confiamos en legárselos, corregidos y aumentados, a la generación venidera? Mi elección la tengo clara: el problema es que, me temo, el BCE también y no para bien.

Deflación: ¿más ahorro o más deuda?

En el Partido Popular andaluz todo el mundo espera la designación del nuevo líder que lleve al partido al poder autonómico. Después de 35 años de progresismo ruinoso, descamisao y trincón, parece que ya toca enviar a los socialistas a la oposición a hacer recuento de todo lo recaudado, tarea que llevará su tiempo, y eso que la juez Alaya está echando una mano haciéndoles una auditoría externa.

El sabio manejo de los tiempos de Rajoy y la peculiar interpretación del concepto de democracia interna en el PP están dilatando innecesariamente una decisión que debería haberse adoptado mucho tiempo atrás, cuando el escandalazo de los trinques sindicales ya se había sumado al no menos salvaje de los ERE y Susana Díaz todavía no había eclosionado como secretaria general de la ONU ibérica para solucionar los conflictos tribales de la península.

La situación de interinidad en el PP andaluz ha impedido una oposición eficaz que rentabilice electoralmente el descomunal fracaso socialista y sus agudos perfiles delictivos, permitiendo a la sustituta de Griñán ejercer de embajadora plenipotenciaria, a la que ya sólo le falta viajar a Oriente Próximo a mediar en el conflicto palestino- israelí para que moros, cristianos y judíos estén más a gustito.

Con el congreso regional exprés anunciado para marzo, el Partido Popular puede empezar a hacer oposición, aunque sea con dos años de retraso. Solo falta que Mariano señale con su dedo incorrupto de toda gürtelidad a la persona elegida: tú eres fulanito y sobre ti edificaré mi partido en la tierra de María Santísima. A ver si esta vez ya sí.

La sanidad sí debe ser un negocio libre y lucrativo

Es común escuchar que la sanidad no puede privatizarse por tratarse de un servicio demasiado importante en nuestras vidas; que la sanidad no ha de ser un negocio sino un servicio público y, por tanto, no debería moverse por el ánimo de lucro, sino en la preocupación por las necesidades del paciente. Algunos incluso llegan al extremo de afirmar que la sanidad pública por fuerza ha de ser más barata que la privada, en tanto nos ahorramos el margen de beneficios. Sin embargo, ninguna de estas afirmaciones tiene demasiado fundamento: y es que, justamente por ser la sanidad tan importante, deberíamos permitir una pujante experimentación descentralizada entre distintos modelos organizativos (libertad en el lado de la oferta) que fueran validados o rechazados por un cliente con capacidad real de decisión (libertad en el lado de la demanda).

La sanidad, un negocio

A la postre, un negocio es tan sólo eso: una forma de organizar los factores productivos para ofrecerle al cliente un conjunto de servicios a un determinado precio. Si los costes asociados a esa organización de los factores son inferiores al valor que les atribuye el cliente, entonces ese modelo de negocio obtendrá ganancias, lo que indicará que, hasta el momento, ha sido una organización acertada; si, en cambio, el coste de la organización es superior al valor que le atribuyen los clientes, acumulará pérdidas, lo que indicará que debe reinventarse. A su vez, si un determinado modelo de negocio obtuviera ganancias gigantescas y extraordinarias (esto es, si fuera capaz de producir un servicio muy valioso a un coste muchísimo más bajo que la competencia), estaría señalizando a sus rivales que ésa es la manera óptima de proveer el servicio, procediendo éstos a emularla en un movimiento que tendería a mejorar la calidad del servicio y a abaratar su coste. No en vano, allí donde predomina la libre competencia entre proveedores sanitarios, los resultados en términos de rebaja de costes y de mejora de la calidad son simplemente espectaculares.

Que la sanidad española no sea un sector abierto a la competencia —o, mejor dicho, que sólo esté muy limitadamente abierto a la competencia para aquellos clientes con renta disponible suficiente para pagarse un centro privado después de soportar la mordida fiscal— no modifica que siga requiriendo de un modelo organizativo que busque mejorar el servicio y abaratar el coste. Tan sólo destroza los incentivos y los mecanismos de realimentación con los que sí cuenta un sistema abierto, descentralizado y competitivo frente a uno cerrado, centralizado y monopolizado. En la sanidad pública no son los empresarios con buenas ideas los que se estrujan los sesos para montar una clínica o un hospital que encaje bien con las exigencias de servicios y de coste de sus clientes, sino que es el burócrata de turno —rodeado de decenas de grupos de presión, cada cual con sus intereses regulatorios particulares— quien de manera solipsista debe organizar todo el sistema sanitario para imponer sus gustos y sus preferencias particulares sobre las de los usuarios finales. A saber, el usuario de la sanidad es el último mono a la hora de decidir cómo organizarla: éste sólo tiene la opción de pagar y callar, aceptando estoicamente la gestión arbitraria que el burócrata efectúa con el dinero que le extrae forzosamente.

La implicación de todo ello es obvia: ¿qué incentivos posee un burócrata sanitario en reducir costes alterando un modelo organizativo que incluso él mismo puede juzgar como caduco? ¿Qué presión siente a buscarse problemas batallando con los lobbies que se lucran de una particular organización del sistema —personal, proveedores, cargos intermedios, competidores, etc.— cuando puede vivir plácida y cómodamente manteniendo el modelo en su forma actual e incluso incrementando el gasto público en beneficio de todos los lobbies y en perjuicio del contribuyente? Ninguno: el sistema público se mueve por la inercia de los intereses creados, no por la soberanía del usuario. Al final, pues, la cuestión es sencilla: ¿queremos un sistema sanitario (público) al servicio de burócratas y grupos de presión o un sistema sanitario (privado) al servicio del paciente?

Por supuesto son muchos quienes sostienen que la competencia en materia sanitaria nos abocaría a un sistema controlado por grandes grupos empresariales cuyo único propósito sería el de recortar la calidad del servicio para encarecer su precio. Un escenario catastrófico que no sólo es mucho más probable que se reproduzca dentro de un sistema público (élites extractivas que viven a costa del usuario), sino que paradójicamente no sucede en aquellos tramos del mercado sanitario que sí exhiben una cierta libertad (libertad de entrada para el proveedor y libertad de elección del proveedor para el paciente): son pocos los que seguramente se atreverán a sostener seriamente que los oftalmólogos privados o que los dentistas (servicio sanitario privatizado en un 97% en España) se han asociado oligopolísticamente para imponernos tarifas desproporcionadas por servicios deficientes. Es más, aquellos pocos que se atrevieran a articular semejante razonamiento estarían siendo engañados por la nula visibilidad de los costes del sistema sanitario público: por ejemplo, en los últimos 15 años el gasto por paciente en la sanidad pública se ha incrementado a un ritmo que casi duplica el aumento del gasto por usuario en los dentistas. Somos conscientes de lo que nos cuesta lo segundo (hay precios de mercado), pero no lo somos de cuánto nos cuesta lo primero (no hay precios de mercado): y sin embargo pagamos ambos servicios (uno voluntariamente, otro coactivamente).

Los beneficios de la sanidad privada

De hecho, el argumento de que la sanidad pública por necesidad ha de ser más barata que la privada en tanto en cuanto nos ahorramos el margen de beneficios del proveedor no resiste el más mínimo análisis crítico. Primero porque es deshonesto obviar que en la sanidad pública también existe ánimo de lucro: el lucro que de ella obtienen las élites extractivas —burócratas y lobbies— a costa de los paganos contribuyentes. Cuando el personal sanitario protesta por una rebaja del 5% de su sueldo, está exhibiendo un más que flagrante ánimo de lucro salarial; cuando el político de turno promete aumentar el gasto en sanidad, está exhibiendo un populista ánimo de lucro electoral. En ambos casos, el coste de su lucro se descarga coactivamente sobre el contribuyente.

Pero, segundo y principal, por ignorar el concepto de beneficio económico. Todo beneficio está integrado por dos categorías: la remuneración del capitalista que ha financiado la inversión empresarial y las ganancias extraordinarias derivadas de ofrecer un servicio superior al de la competencia (mejor al mismo precio o más barato con la misma calidad). Es obvio que la existencia de ganancias extraordinarias no encarece sino que abarata el servicio sanitario: un proveedor gana más dinero porque descubre un modelo organizativo con el que maximiza calidad minimizando costes. Es precisamente esta rivalidad dinámica entre oferentes lo que consigue de manera proactiva impulsar la innovación empresarial y tecnológica. Por tanto, el único componente que podría encarecer la sanidad privada frente a la pública es la remuneración exigida por el capitalista para financiar la inversión inicial y la reinversión de su capital.

Sucede que en España la función de capitalistas financiadores se ha socializado entre todos los contribuyentes: somos todos los que, habiéndosenos arrebatado un capital que alternativamente podríamos haber ahorrado y rentabilizado, hemos tenido que sufragar la construcción de hospitales o clínicas. Dado que no estamos percibiendo una remuneración específica por ese capital —lo tenemos inmovilizado y no nos renta nada—, no es que la sanidad pública rebaje el coste, sino que se lo impone al contribuyente. Dicho de otro modo: si forzáramos a los médicos a trabajar gratis, ¿estaríamos abaratando la sanidad o estaríamos trasladándoles casi por entero su coste a los médicos?

Huelga reiterar lo obvio: que un mercado sanitario libre sólo puede funcionar correctamente si es un mercado libre. Y los mercados libres requieren de libertad tanto por el lado de la demanda como por el lado de la oferta: requieren libertad para que sea el paciente quien gestione su gasto (en lugar de que lo gestione el político) y requieren libertad para que cualquiera pueda presentar ante los usuarios su propuesta de valor. Por eso, modelos sanitarios muy parcialmente libres como el de EEUU (donde, debido a los perversos incentivos fiscales, el gasto sanitario está socializado en un 90%: el 45% lo maneja el Estado y el 45% las aseguradoras) o un modelo europeo de concesiones administrativas (donde no es el consumidor el que elige a su proveedor sanitario, sino que el burócrata de turno le sigue quitando su dinero para otorgárselo discrecionalmente al lobby de turno) pueden fracasar estrepitosamente (la demanda no disciplina a la oferta, sino que ésta se sigue imponiendo sobre la demanda).

La sanidad española debería privatizarse completamente; no a través de concesiones administrativas, sino suprimiendo al menos el 80% del gasto sanitario público para así poder rebajar los impuestos en al menos 50.000 millones de euros actuales (el equivalente a, por ejemplo, eliminar el IVA): la inmensa mayoría de ciudadanos podrían costearse su propia sanidad y aquellos sin recursos incluso podrían verse protegidos por una red de asistencia estatal que, verbigracia, permitiría atender al 20% de los ciudadanos en caso de que su renta fuera insuficiente (con una reforma más amplia del Estado de Bienestar, ni siquiera esta red sería probablemente necesaria, tal como explicaré en mi próximo libro Una revolución liberal para España). Es verdad que, por desgracia, la transición a este nuevo modelo no podría ser inmediata y su completitud tomaría varios lustros, pero no hay motivos para no emprenderla de inmediato con valentía. Por desgracia, nadie en el PP y en el PSOE posee los principios, las convicciones y el aplomo para ello. Prefieren seguir medrando a nuestra costa.

El informe anti-corrupción y el efecto vampiro

La Unión Europea acaba de publicar su informe acerca de la corrupción en los veintiocho países que la componemos. 120.000 millones de euros son los que se cuelan por las goteras de la corrupción cada año en la UE. Una cifra bastante respetable que debería llevar a reflexionar cuántos de esos miles de millones se despistan anualmente en nuestro país. 

La mirada al ombligo

Pero en este país, las portadas están dedicadas a los culebrones en los medios escritos, si la infanta Cristina bajará la cuesta de los juzgados a lomos de un corcel, en coche o a la pata coja, y la Convención del Partido Popular y las reacciones a favor o en contra de los demás partidos políticos. No toca mirarse al ombligo de la corrupción, a pesar de que es un tema que desafortunadamente va adquiriendo ya una consistencia en la percepción de los españoles bastante preocupante. Solamente los griegos tienen una percepción más alta de la difusión de la "infección" y son los que creen que la corrupción les afecta en su vida diaria en mayor proporción.

A pesar de ello, la semana pasada tuve que aguantar que una subdirectora de un periódico (que no es éste, entiéndase) se indignara y cuestionara la politización de la justicia y me acusara de que mis argumentos son conspiranoicos contra los políticos (los pobrecitos políticos). También tuve que ver cómo un político regional my conocido y amigo mío decía en una tertulia de televisión que, bueno, corrupción hay pero como en todos los países. Claro, no vaya a ser que tengamos que tomar medidas.

Los consejos de higiene anti corrupción

En el informe de la Unión Europea, se insta a España a tener cuidado en determinados aspectos como el control del gasto autonómico y local, la financiación de los partidos políticos y la independencia de los órganos que vigilan la corrupción, como la Oficina de Conflictos e Intereses. De momento, esas tres recomendaciones son las de siempre, las de toda la vida. Es como si te dicen que para evitar una plaga que asola nuestra civilización occidental, la solución pasa por lavarse las manos antes de comer o el cepillado dental tres veces al día. ¿No eran esas medidas de las que nos enseñan nuestras madres y en el colegio, de esos hábitos que se suponen tan habituales en nuestra avanzada sociedad que la repetimos inconscientemente?

Lo normal es que la mente humana nos juegue una mala pasada y al leerlo pasemos por encima de ese párrafo con un "Ah, lo de siempre". Pero cuando nos lo recomiendan es porque no lo hacemos.

Otra miradita al ombligo nos lleva a comprobar otros consejos del Informe: vigilar de la financiación de los partidos políticos, establecer códigos éticos exhaustivos, verificar los datos patrimoniales que se publican, mejorar la contratación pública… Y, sinceramente, no puedo sino pasmarme ante estas recomendaciones. ¿Es que hasta ahora no hemos denunciado muchas personas desde los medios de comunicación acerca de estas puertas abiertas a la corrupción política? Sí, y muchos de nosotros hemos sido acusados de exagerados, radicales, cenizos y conspiranoicos. Lo que sea con tal de no tener que tomar medida.

El efecto vampiro y la gangrena

Y no me queda claro si es peor lo que nos muestra el espejo o el hecho de que no lo vemos. Como si nuestros defectos, bajo un sorprendente ‘efecto vampiro’, fueran invisibles a nuestros ojos cuando miramos en el espejo. La corrupción sirve para hacer campaña electoral y tirar a la cara del otro partido el caso de turno que esté en los tribunales.

Por desgracia, los movimientos ciudadanos que supuestamente trataban de denunciar esta corrupción política han sido fagocitados por los propios partidos, especialmente de izquierdas. Y, por otro lado, la corrupción ha sido enarbolada como bandera por pequeños partidos de nuevo cuño que tratan de aprovechar los votos una población hastiada y preocupada por la corrupción política. No se sabe qué pasaría si tuvieran más poder, pero lamento expresar mi más absoluta desconfianza en este sentido, sin excepciones,

Lo que se nos olvida es que este mal es tan nocivo como la gangrena. Puedes no mirar, y es probable que, cuanto peor esté el miembro afectado, llegue un momento que ni te duela. Pero avanza y te pudre la carne hasta que la única solución es cortar por lo sano.

Cada vez que oigo palabras huecas como "regeneración" o "transparencia" proclamadas por nuestros candidatos, recuerdo la famosa frase de la película Blade Runner, y me doy cuenta de que la credibilidad de estos políticos que las pronuncian se diluye… como lágrimas en la lluvia. Pero a la velocidad de la gangrena aguda.

No lloro por ti, Argentina

Argentina –y su camarada Venezuela– avanza sin frenos hacia el caos económico y social apenas doce años después de protagonizar la mayor quiebra soberana de la historia reciente. Con una inflación extraoficial que supera el 60% interanual y una constante e intensa devaluación monetaria, los argentinos sufren las consecuencias del empobrecimiento generalizado que, tarde o temprano, acaba aflorando con el populismo. El infructuoso intento de aproximarse a una economía de libre mercado en la década de los 90, con el también peronista Carlos Menem en la Presidencia, fue un mero espejismo debido a la timidez e inconsistencia de las reformas emprendidas. Fue entonces cuando el país se enfrentó a su particular dilema.

El firme anclaje al dólar, con la consiguiente imposibilidad de imprimir billetes, tan sólo dejaba dos opciones posibles a su Gobierno: liberalizar al máximo su economía, abrazar la apertura comercial (globalización) y reducir de forma drástica el gasto público y los impuestos, o bien suspender pagos, abandonar el dólar y recuperar la plena autonomía monetaria para devaluar a placer. La elección ya es conocida por todos, especialmente por los argentinos que vieron atrapados sus ahorros y cuentas bancarias en el inefable corralito. El Estado se declaró en quiebra, entre vítores y aplausos de los socialistas de medio mundo, incluidos muchos argentinos, que veían en la deuda externa y el plan de ajuste impuesto por los organismos internacionales una condena injusta cuyo cumplimiento debían evitar. ¡Y vaya si lo evitaron! A finales de 2001 el Gobierno argentino repudió una deuda próxima a 100.000 millones de dólares. Sus prestamistas, inversores y ahorradores (jubilados inclusive) de Europa, Estados Unidos y América Latina perdieron cerca de 84.000 millones. La quiebra fue adoptada de forma unilateral, sin negociación previa, de modo que los afectados iniciaron un largo y complejo periplo en los tribunales internacionales para intentar recuperar parte de su dinero. Desde entonces, Argentina tiene cerrado el grifo de la financiación internacional –su deuda pasó de representar el 20% del mercado de bonos emergentes antes del default a apenas el 2% actual–. Su desbocado gasto público es financiado a través de su Banco Central, siempre dispuesto a comprar la deuda basura de los Kirchner.

Pese a ello, el socialismo alabó la deriva escogida por Argentina, hasta el punto de convertirse en un auténtico referente para algunos conocidos economistas, como, por ejemplo, el Nobel Paul Krugman. El fuerte crecimiento registrado tras la quiebra constituía, en teoría, la prueba irrefutable de su éxito, según alegaban los keynesianos de todos los partidos. Olvidaban, sin embargo, que dicho rebote se produjo después de un brusco e histórico hundimiento económico que sumió en la más absoluta pobreza (renta inferior a los dos dólares diarios) a más del 30% de la población, además de espolear, como es lógico, la emigración masiva de los argentinos más formados y con más recursos económicos. De hecho, y pese al intenso crecimiento de los últimos años, Argentina tiene hoy más gente viviendo en la miseria que antes del default

El populismo se impuso, una vez más, en el particular dilema que afrontó el país en 2001, y desde entonces el kirchnerismo controla a su antojo el poder. Los resultados de aquella elección saltan a la vista. Apenas doce años después, Argentina avanza de nuevo hacia la quiebra y el caos, azotada por la hiperinflación, el estancamiento del PIB, el proteccionismo comercial, el cepo cambiario, un férreo control de capitales y una corrupción y un nepotismo generalizados. Un paraíso socialista, sin duda, caracterizado por el empobrecimiento económico y la degradación social. Por desgracia, este fenómeno no es nuevo. Su decadencia se remonta décadas atrás, cuando el peronismo, un movimiento fascista de perfil bajo, conquistó el poder político tras la Segunda Guerra Mundial.

Su incesante guerra contra el capitalismo, a base de nacionalizar industrias, intervenir mercados y glorificar al todopoderoso Estado, ha desembocado en uno de los mayores deterioros económicos de la historia de la democracia contemporánea en tiempos de paz. Argentina era uno de los 10 países más ricos del planeta en los años 20, con una renta per cápita superior a la de la mayoría de los países europeos, similar a la de Francia o Alemania y mayor que la de Italia o Japón. En la actualidad, por el contrario, ocupa el puesto 59 –y bajando–, a la altura de México, el Líbano o Gabón, y muy próxima a Venezuela (puesto 64). Su renta per cápita, en términos de poder de compra (descontando inflación), apenas superaba los 15.500 dólares en 2010, un 70% menos que EEUU, un 60% inferior a la de Japón o Alemania y la mitad que la de Francia o Italia, según el Banco Mundial. Argentina ocupa el puesto 166 en el último Índice de Libertad Económica elaborado por la Fundación Heritage, a la cola del ránking mundial, pues, y ha protagonizado, junto a Venezuela, la mayor pérdida de libertad económica desde que se empezó a publicar este índice, en 1995.

¿Cómo ha sido posible? ¿Es culpa de sus políticos? ¿De la corrupción, quizás? ¿Acaso es otra víctima del pérfido imperialismo estadounidense, que les ha cogido manía? No, no y mil veces no. Los únicos responsables de la lamentable situación de Argentina son, única y exclusivamente, los propios argentinos, por consentir, apoyar y alentar un estatismo exacerbado vestido bajo el ropaje de la "justicia social" y el populismo más execrable. Tienen justo lo que desean, no hay más. De ahí, precisamente, que no haya que llorar por su triste destino, aunque sí compadecerse de su errónea elección. Lo tenían todo, pero, voluntariamente, optaron por perderlo.

La deriva de Argentina debería servir de ejemplo sobre lo que no se debe hacer. España, Italia, Grecia y Portugal afrontan hoy un dilema muy similar al que afrontó Argentina en 2001, y deberán escoger, en última instancia, uno u otro camino. De sus ciudadanos depende, de nadie más

El Estado proxeneta

Los 33 presidentes y dignatarios que visitaron La Habana se quedaron maravillados. Ninguno sabía cómo, aunque fuera muy precariamente, con los edificios en ruina y al filo de la catástrofe, Cuba conseguía sostenerse. Acaso con la excepción de Nicolás Maduro, que tiene dotes de vidente y un diálogo permanente con los pájaros, lo que lo mantiene plenamente informado.

Ninguno ignoraba que la bicentenaria industria azucarera había sido liquidada y desguazada por la incapacidad feroz de la dirigencia. Todos conocían que las marcas de tabaco y rones fueron vendidas a multinacionales europeas hace mucho tiempo. Era evidente que la flota pesquera no existía desde los años noventa. No obstante, la Isla, a trancas y barrancas, importaba el 80 por ciento de todos los insumos que esa sociedad necesitaba, incluidos los alimentos, la medicina y una parte sustancial de la energía.

¿Cómo lo hacía? ¿Dónde estaba el truco? ¿De dónde sacaba la plata? 

Se lo escuché por primera vez a un diplomático europeo que había vivido en Cuba. Luego se ha popularizado. El modelo creado por los Castro es el Estado proxeneta. El proxenetismo es una conducta delictiva que consiste en obtener beneficios de otra persona a la que se obliga a trabajar mediante coacciones o el suministro de protección. Generalmente se aplica a la prostitución, pero no sólo a ella. Familiarmente también se le conoce como chulería.

Es una denominación incómoda, pero ajustada a la realidad que circula en voz baja entre los cubanos de la Isla. El Gobierno se ha especializado en la extorsión de sus propios ciudadanos o de los aliados a los que les brinda servicios de espionaje y control social, sus dos únicas especialidades o "ventajas comparativas", como suelen decir en la jerga económica. Cincuenta y cinco años después de implantada la dictadura, casi todas las fuentes significativas de ingreso que sostienen al país provienen de oscuros negocios realizados en el exterior.

– El subsidio venezolano. Calculado en 13.000 millones de dólares anuales por el profesor Carmelo Mesa Lago, decano de los economistas cubanos en esta materia. Eso incluye más de 100.000 barriles diarios de petróleo, de los cuales la mitad se reexportan a y venden en España. Otros 30.000 parece que van a Petrocaribe y da origen a una doble corrupción de apoyo político y enriquecimiento ilícito. La fuente pública de esta información es el experto Pedro Mantellini, uno de los grandes conocedores del tema petrolero venezolano. Lo explicó en Miami en el programa de María Elvira Salazar en CNN Latino. Caracas compra influencia internacional a base de petróleo, pero comparte con sus cómplices cubanos la gestión de esas dádivas. Cuba, al fin y al cabo, es la metrópolis.

– La trata de médicos y personal sanitario. Alcanza la cifra de 7.500 millones de dólares anuales. La especialista María Werlau, directora de Cuba Archive, ha descrito la actividad en The Miami Herald. Es muy fácil llegar al artículo por medio de Google. El Gobierno cubano alquila y cobra por el arrendamiento de sus profesionales de la salud. Confisca a sus protegidos el 95% de los salarios. Angola paga hasta 60.000 dólares anuales por cada facultativo. Ni siquiera la ayuda a Haití se escapa de este esquema de solidaridad tarifada. Los servicios prestados en el devastado país se los abonan a buen precio a La Habana los organismos internacionales. Brasil, que paga por muchos servicios, es el último gran socio de Cuba en esta oscura actividad del proxenetismo sanitario internacional. Dilma no quiere tanto beneficiar a sus pobres como a sus amigos cubanos. Raúl, además, tiene un gran dominio del oficio. Es una práctica conocida por los negreros cubanos desde el siglo XIX. Mientras duró la esclavitud (hasta 1886), los amos solían arrendar a sus esclavos cuando no los necesitaban. La zona más rentable del negocio de alquilar negros eran las pobres muchachas que entregaban a los burdeles. Sus amos cobraban por los servicios que ellas prestaban. Eran empresarios-proxenetas. Ahora, simplemente, se trata de un Estado-proxeneta.

– Otros alquileres, otros negocios. Pero ahí no termina la explotación. El Gobierno cubano arrienda otros profesionales a empresas privadas. Los antiguos griegos se referían a los esclavos como "herramientas parlantes". No creo que Raúl conozca a los clásicos, pero entiende perfectamente el significado último de la expresión. Hay universidades latinoamericanas o de habla portuguesa que contratan con el Gobierno de La Habana los servicios de buenos profesores cubanos de matemáticas o física a precios de saldo. Hay salas de fiesta y cabarets que contratan músicos o teatros que se sirven de los bailarines cubanos, incluido el magnífico ballet de Alicia Alonso. Existen compañías europeas y latinoamericanas que explotan a técnicos en informática procedentes de la Isla. El régimen de los Castro sabe que un cubano bien instruido es totalmente improductivo dentro de Cuba, dado el demencial sistema económico de la Isla, pero es una fuente potencial de riqueza una vez colocado en el exterior. Objetivamente, ese Gobierno es una gigantesca e implacable empresa de subcontratación laboral que viola todas las reglas de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). De eso y para eso vive.

– Las remesas de los exiliados. Emilio Morales, el gran conocedor del tema, escapado de Cuba hace relativamente poco tiempo, sitúa esa fuente de ingresos (2012) en algo más de 5.000 millones de dólares. La mitad, grosso modo, es remitida en efectivo y el resto en mercancías. Crece al ritmo del 13% anual. Cada vez que escapa un balsero, el régimen, de dientes afuera, gime por la fuga, pero sabe que, al cabo de un tiempo, fluyen los dólares hacia la necesitada familia dejada en la Isla. En Cuba, aunque fuera con mendrugos, había que alimentarlo. Una vez en el exilio, es una fuente gratis y constante de recursos.

De ahí sale el dinero para pagar por las importaciones. ¿Hasta cuándo podrá Raúl Castro sostener a una sociedad casi totalmente improductiva mediante actividades que rondan o incurren directamente en el delito? No se sabe. Los proxenetas suelen tener larga vida. Hay mucha gente que se sirve de su intermediación para acceder a diversas formas de placer, incluido el disfrute del poder.

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La eutanasia burbujística del rentista

 El ínclito Nobel Krugman reivindicaba hace unos días la admonición deJohn Maynard Keynes de aniquilar financieramente a los rentistas. Sabido es que el economista inglés pronosticó en 1936 que, conforme las sociedades occidentales fueran enriqueciéndose y acumulando capital, la rentabilidad de los ahorradores si iría desmoronando hasta desaparecer: es lo que él llamaba la eutanasia del rentista.

Ciertamente, el tiempo no le ha terminado dando la razón: no fue la natural evolución del sistema capitalista sino el innatural auge del keynesianismo a partir de los años 30 lo que contribuyó a machacar a los tenedores de renta fija. A saber, la destrucción de la estabilidad monetaria y la manipulación de los tipos de interés por parte de la monopolística banca central sí han machacado a los tenedores de bonos a largo plazo, por cuanto ha hundido el valor de sus principales. Jeremy Siegel, por ejemplo, estima que entre 1926 y 1997 la rentabilidad de la deuda pública a largo plazo fue del 2%, menos de la mitad que en la época anterior a Keynes. Mas esta eutanasia de la renta fija no ha ido acompañada por una eutanasia de los tenedores de activos de renta variable, quienes han vivido uno de los períodos más prósperos de los últimos dos siglos. Esos rentistas, lejos de haber sido barridos por la plaga de los bajos tipos de interés que pronosticara Keynes, han cosechado durante los últimos 30 años unas plusvalías extraordinarias, sólo empañadas por la voracidad fiscal de nuestros Estados.

Una divergente evolución que en absoluto es casual: la eutanasia de la renta fija por parte de nuestro keynesiano sistema de moneda fiat y de banca central inflacionista equivale a haber anulado los costes financieros de familias y empresas, maximizando en consecuencia su margen de beneficios. El bajo coste de la deuda (la eutanasia del rentista fijo) ha incentivado el hiperendeudamiento de familias y empresas dirigido a incrementar su retorno sobre fondos propios, y ese extraordinario retorno sobre fondos propios –edificado, en parte, en el sobreapalancamiento previo– ha impulsado el auge bursátil. Dicho de otro modo, la enorme riqueza que se ha creado durante las últimas décadas a pesar del intervencionismo estatal apenas ha afluido a los tenedores de renta fija y se ha concentrado en los tenedores de renta variable por obra y gracia del keynesianismo: ¿eso es aniquilar al rentista o desnivelar los rendimientos de los distintos activos para promover el sobreapalancamiento de los agentes? 

A este respecto, la situación presente –sobre la que reflexiona Krguman– no es muy distinta a la que se ha dado en las últimas décadas, salvo porque los muy bajos tipos de interés actuales están más relacionados con la situación de depresión de las economías occidentales (Occidente puja ahora mismo por desapalancarse, no por apalancarse más, y eso repercute en una nula demanda agregada de crédito y, por tanto, en un muy bajo precio del crédito) que con una injerencia directa de los bancos centrales en su configuración. Pero los efectos sobre la posición relativa de los rentistas no cambian: los márgenes de beneficios de las empresas cotizadas de EEUU se hallan en máximos históricos gracias, en parte, a sus bajos costes financieros. A saber, la eutanasia del rentista fijo ha dado alas a la pujanza del rentista variable.

Yerra Krugman, pues, cuando sugiere que quienes defendemos una política monetaria más ortodoxa que la implementada por Bernanke estemos sirviendo los oscuros intereses de unos rentistas que se resisten a morir. Primero, porque, como digo, los rentistas con activos bursátiles se han dado un auténtico festín en los últimos años. Y segundo, porque lo peor de la política monetaria de Bernanke no ha sido ratificar los bajos tipos de interés que igualmente habrían prevalecido en un mercado libre, sino sus flexibilizaciones cuantitativas, que no sólo han contribuido a extender la plaga del crédito laxo hacia las economías emergentes, sino que han constituido un rescate en toda regla… a algunos tenedores de activos de renta fija (en concreto, a aquellos bancos cuya deuda hipotecaria de pésima calidad ha sido adquirida por la Fed). ¿En qué sentido los defensores de la ortodoxia monetaria somos un lobby a favor de los rentistas cuando la heterodoxa política monetaria desarrollada en los últimos años se ha dirigido a rescatar a los rentistas en contra de los tenedores de la moneda estadounidense?

No, lo que algunos pedimos no son tipos de interés altos o bajos, sino libres. Tipos de interés que no estén manipulados ni por la moneda fiat inconvertible ni por la política alocada de un monopolio monetario. Reclamamos un sistema monetario y financiero libre de cargas y de privilegios que no se dirija a aniquilar a unos rentistas en favor de otros rentistas, ni a rescatar a los unos en perjuicio de terceros no rentistas. O dicho de otro modo, reclamamos unos tipos de interés que se limiten a reflejar fidedignamente las preferencias de los ahorradores e inversores en lugar de a promover el sobreapalancamiento de los agentes económicos con el propósito de generar nuevas burbujas que "estimulen" la economía tal como la cocaína "estimula" al drogadicto. Esas burbujas financieras, por cierto, tan del gusto de keynesianos pro-eutanasia del rentista como Paul Krugman o Larry Summers.

Mercados emergentes y ‘sumergentes’: una brecha complicada

“You are picking up pennies in front of the train when you invest in certain kinds of emerging markets” Tina Vandersteel

Esta semana he tenido el honor de dar una charla en el Trading Week coincidiendo con inversores de Italia, México, Bolivia, Marruecos y por supuesto España, y uno de los temas más comentados ha sido la debacle de las monedas emergentes.

En lo que va de año, se han registrado salidas de capital de bolsa en mercados emergentes de 12.200 millones de dolares (un 1,6% de los activos bajo gestión), comparado con salidas de 15.000 millones durante todo 2013. En bonos emergentes se ha visto una retirada de fondos de 5.000 millones de dolares, comparado con 14.300 millones que se retiraron en todo 2013.

El colapso del peso argentino, tras años de política intervencionista neokeynesiana, inflación desbocada y destrozo de la balanza por cuenta corriente, debería ser señal de alarma y hacer reflexionar a los partidarios de aplicar las mismas medidas, imprimir y aumentar el gasto público, para España. Sin embargo, como no podía ser de otra manera, el Club de la Impresora se ha lanzado a decir que "es un caso aislado", que la inflación del 27% es una especie de casualidad, un ovni que cayó de Marte, y… ese clásico de la Hermandad del Unicornio: "la devaluación se debe a un ataque especulativo". Claro, aumentar la masa monetaria, ya lo saben ustedes, "no crea inflación" como aseguraba Axel Kiciloff… Y cuando la inflación se dispara entre un 20 y un 30%… Es culpa "de los mercados", no de aumentar la masa monetaria un 30% para sostener un sector público hipertrofiado y creciente, un gasto muy superior a los ingresos fiscales, a pesar de contar con riqueza y recursos naturales abundantes, hundiendo las reservas del banco central. Les recomiendo el capítulo "No llores por mí, Argentina" de mi libro Viaje a la Libertad Económica, donde se analiza con detalle el agujero creado por el mal llamado ‘modelo inclusivo’, que en realidad lo que supone es el empobrecimiento de todos. Con subidas de precios del 30% en un solo día.

La locura del Keynesianismo selectivo, como lo llamo yo. Que solo hace caso a Keynes para gastar, no para ahorrar y bajar impuestos.

Comentábamos en esta columna en agosto el riesgo de complacencia de algunos países emergentes ante el exceso de liquidez. Los bancos centrales de esos países siempre asumen que el exceso de líquidez es fundamental y, cuando se reduce, entran en fase de pánico. Subidas de tipos de interés agresivas. Pero esas medidas llegan tarde y mal… Estamos repitiendo la crísis del 97-98 casi punto por punto. Y el riesgo de ‘parada en seco’ que mencionaba en verano aquí ya es una realidad.

Durante la crisis de mercados emergentes de Asia-Rusia-Brasil de 1997-98 vimos un efecto similar. La combinación de inflación descontrolada, déficits por cuenta corriente muy pronunciados y pérdidas de reservas en los bancos centrales llevaron a enormes salidas de capital, caídas de las bolsas del 30, 40 y 90% respectivamente en India, Brasil y Rusia y desplomes del Producto Interior Bruto (PIB) hacia territorio recesivo. La enorme liquidez inyectada en los mercados en los años anteriores se había asumido como ‘normal’ y un ‘nuevo paradigma’. Las primas de riesgo y rentabilidades exigidas se reducían agresivamente porque lo justificaban "los altos crecimientos esperados"… Y cuando la música paró, ese riesgo salió a la luz. En vez de entender que la liquidez extrema era una anomalía, los estados y bancos centrales se endeudaron y entregaron a la euforia… Y cuando reaccionaron, como ocurre ahora, generan un ligero efecto rebote que se usa para acelerar la salida… y una nueva ola de pánico vendedor.

En estos últimos años ha ocurrido lo mismo: la política monetaria expansiva salvaje de Estados Unidos, Reino Unido, Japón y otros 20 bancos centrales expandiendo masa monetaria y bajando tipos ha nublado la percepción de riesgo, y la busqueda de ‘crecimiento’ ha hecho que el capital aceptase cada vez más riesgo por menor rentabilidad.

El Club de la Impresora, por supuesto, dice que lo que está pasando en los mercados emergentes no tiene nada que ver con la reducción de los estímulos monetarios de la Reserva Federal, que ha bajado sus compras otros 10.000 millones de dólares mensuales, pero hasta el gobernador del Banco Central de India alertaba sobre las consecuencias… Sin reconocer lo rápida y cómodamente que se habían ‘acostumbrado’ a los excesos de dinero fácil.

"Esta vez es diferente"

¿Saben cuántas veces he leído esa frase estas dos semanas? Doce, en distintos informes.

Les he comentado en muchas ocasiones que el proceso de endeudamiento masivo y liquidez injustificada es una carrera a ver quién pierde primero. Y cuando los países caen en la trampa de entregarse a la complacencia, y caen… el capital se refugia en el "activo percibido de menor riesgo". Estados Unidos, Reino Unido y Japón, aunque tengan importantes desequilibrios. Esa trampa de caer en el error de copiar a los líderes en lo malo, imprimir y endeudar, pero no en lo bueno, flexibilidad, atracción de capital y seguridad, es lo que lleva a las naciones emergentes a no emerger.

Volvamos a 1997-98…. A pesar de la debacle mencionada, Estados Unidos siguió generando un crecimiento anual real del 4-5% del PIB hasta 2000, y la bolsa cayó un 10% en julio de 1998 para subir año tras año después. La trampa del correcaminos. El coyote (los países que se entregan a copiar a Estados Unidos en lo malo, lo fácil) persigue al correcaminos, Estados Unidos, y de repente ve que no hay terreno bajo sus pies.

Pero algo ha cambiado. El peso de los países emergentes en el PIB global ha subido desde un 35% al 50%, y el porcentaje de ventas de las empresas multinacionales europeas y norteamericanas en dichos países ha crecido hasta llegar al 33% de los ingresos.

Este ciclo expansivo del ‘timo de la estampita’ no ha ayudado a las economías emergentes. La política agresiva de los bancos centrales en los dos últimos años ha reducido la percepción de riesgo financiero, pero no ha creado crecimiento superior. Y muchos países han caído en la trampa, manteniendo los desequilibrios en vez de aprovechar para reformar. Prueba de ello es que los indicadores de economía real se han ralentizado, revisando a la baja las estimaciones de crecimiento de consenso en un 25% en 2012 y en un 27% en 2013, según Barclays.

"Fed policy was encouraging (another) round of credit mis-pricing.  Consequently, EM debt yields continued to fall even as currencies, economies and equities weakened" (Minack Advisors). La política de la Reserva Federal ha incentivado otra ronda de mala valoración de bonos y renta fija. Las primas de riesgo de los países emergentes han caido mientras sus monedas, economías y bolsas se debilitaban.

Una combinación letal. Complacencia, liquidez excesiva y políticas intervencionistas.

Hay enormes diferencias. por ejemplo, Latinoamérica se ha dividido en dos continentes. Los países de políticas más intervencionistas (Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador, Venezuela…) y los abiertos (Chile, Colombia, Uruguay, Honduras, México…). Brasil ha visto un deterioro de su balance por cuenta corriente hasta un déficit del 3,7%, que hubiera sido impensable en un entorno menos intervenido y controlado. En Asia ocurre lo mismo.

Impacto sobre Europa y EEUU

De momento, el riesgo por exposición a los países con los mayores desequilibrios (India, Turquía, Argentina) es muy bajo. Ninguno de ellos es un gran socio comercial. A menos que el problema se extienda a China, como comentábamos en mi post "China, el Plan E con Esteroides".

Europa y Estados Unidos son beneficiarios de la salida de capital de las economías emergentes. El aumento de fondos enviados a Europa ha sido casi equivalente a la salida de emergentes (9.000 millones de dolares en lo que va de año). Mientras tanto, las economías emergentes deben entender que la fiesta de la liquidez excesiva y los tipos bajos artificiales no es eterna y que cuando termina lo hace muy rápido… Y eso nos los tenemos que aplicar en Europa y España también.

No debemos caer en la autocomplacencia de pensar que el riesgo está controlado o no va a afectar. Los países emergentes suponen el 50% del PIB mundial y tenemos un sistema financiero global que ha estado buscando ‘rentabilidad’ cada vez más lejos y con mayor volatilidad, por lo tanto debemos siempre recordar que repetir 1997-98 lleva a mayores problemas… como ocurrió en 2000-2001. Que este ‘susto’ nos llega con una deuda total en la OCDE de más del 400% del PIB. El sistema es muy frágil y no hay grandes márgenes de maniobra. Esconder la cabeza solo lleva a mayores problemas después.