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Estatalizando seríamos ricos

Hace unos días, el actor Carlos Bardem publicó un tuit que, por su sencillez, hizo las delicias de muchos socialistas patrios: "Imaginad si los beneficios de Telefónica, eléctricas, gas, etc. en vez de ir a accionistas privados fueran al Estado: seriamos ricos". La lógica es sencilla: Telefónica, Endesa, Iberdrola, Gas Natural o Repsol obtienen en la actualidad gigantescos beneficios anuales, de modo que, si no se hubieran privatizado en su momento, hoy los españoles seríamos todos multimillonarios. Desde luego suena bien. Maravillosamente bien, vaya. ¿No convendría acaso dar marcha atrás en las privatizaciones y regresar a ese Edén que nos fue arrebatado por el neoliberalismo salvaje? Bueno, echemos unas cuentas.

¿De verdad seríamos ricos?

Voy a limitarme al estudio de las cinco compañías antes mentadas para el año 2012 (dado que no tenemos todavía todos los resultados de 2013). Aunque no son, evidentemente, la totalidad de las empresas privatizadas hasta la fecha, sí son las más rentables y representativas. Pues bien, ¿cuáles fueron los beneficios totales de Telefónica, Endesa, Iberdrola, Gas Natural y Repsol en 2012? Telefónica ganó 3.928 millones de euros; Endesa, 2.034 millones; Iberdrola, 2.840 millones; Gas Natural, 1.441 millones; y Repsol, 2.060 millones: en total, 12.303 millones de euros.

Si añadiéramos los beneficios de otras antiguas ‘joyas de la corona’ como Altadis (por Tabacalera), BBVA (por Argentaria) e IAG (por Iberia), nos iríamos en torno a los 14.000 millones de resultado consolidado en 2012, pero dado que se trata de compañías fusionadas con otras donde es imposible aislar qué porción de las ganancias actuales se corresponde con los activos de las anteriores empresas estatales (y dado que la diferencia entre 12.303 millones y 14.000 no es muy abultada), vamos a omitirlas.

Así pues, 12.303 millones de euros que las arcas españolas podrían haberse embolsado de no haberse privatizado Telefónica, Endesa, Iberdrola, Gas Natural y Repsol. No está mal, pero pongamos la cifra en perspectiva: si esos 12.303 millones de euros en beneficios se repartieran entre los 46.163.000 ciudadanos españoles… tocaríamos a 266,5 euros por español. Hombre, es un buen pico, mas no creo que Carlos Bardem se atreva a calificar de ‘rica’ a una persona que perciba una renta adicional de 22,2 euros mensuales. Dicho de otro modo, yo —y quiero pensar que Bardem tampoco— no tildaría de multimillonario a un jubilado que cobre la pensión mínima de 633 euros, pese a que 633 euros son casi 30 veces más de lo que le tocaría de socializar los beneficios de las cinco anteriores empresas.

Acaso, sin embargo, el actor se estuviera refiriendo a que esos más de 12.000 millones de euros no deberían repartirse entre la población, sino que debería ser Montoro quien los gestionara directamente para prestar mejores servicios públicos a la población. En tal caso, también tengo malas noticias: los 12.303 millones de euros en beneficios de estas cinco grandes compañías apenas representan el 3,2% de los ingresos fiscales que manejó el Estado español en 2012. ¡El 3,2%! Si esos 12.303 millones de beneficios les parecen muchísimo dinero, imagínense cuánto más nos está arrebatando a todos los ciudadanos la voraz maquinaria del Estado, ésa que día tras día se queja de carestía de insuficientes ingresos.

Pero no nos desviemos del tema. Sucede que ni siquiera la cifra de 12.303 millones de euros resulta demasiado realista. A la postre, la mayor parte del negocio de estas empresas españolas se ubica fuera de España, y supongo que Bardem no pretenderá que estas compañías sean públicas y, al mismo tiempo, se lucren invirtiendo fuera de España: dentro del imaginario socialista de las nacionalizaciones, parece lógico que de la telefonía argentina se ocupe una empresa estatal de Argentina, de la electricidad boliviana, una empresa estatal de Bolivia y del gas brasileño, una empresa estatal de Brasil. ¿Qué sucedería, pues, con los beneficios de estas cinco multinacionales españolas si elimináramos las ganancias que obtienen allende nuestras fronteras? Aunque la mayoría de ellas no ofrece resultados netos específicos para España, sí podemos aproximarlos a partir de su volumen de actividad en nuestro país: serían unos 5.500 millones de euros en 2012.

Por consiguiente, la brutal riqueza que obtendríamos los españoles en caso de que estas cinco compañías siguieran siendo públicas sería de… 10 euros al mes por español. Y eso suponiendo que, por un lado, la gestión pública de estas empresas arrojara los mismos beneficios que la gestión privada; y, por otro lado, suponiendo también que el Estado optara por repartir el 100% de sus ganancias anuales, cosa poco habitual y recomendable, ya que parte de esos beneficios deben reinvertirse en ampliar la calidad del propio servicio o la red de abastecimiento. Por ejemplo, el porcentaje de dividendos que suelen repartir las compañías anteriores oscila entre el 50% y el 60% del total de beneficios, de manera que, al final, apenas tocaríamos a 6 euros al mes por español. Opulentos pequeñoburgueses, cáspita.

¿Y por qué deberían ser estatales?

Pese a las poco favorables cifras, tal vez pueda dársele una interpretación más generosa al tuit de Bardem. La cuestión de fondo a plantearse debería ser la siguiente: si todos estos antiguos monopolios eran propiedad del conjunto de los españoles, ¿por qué hubo que regalarlos a inversores privados? Bueno, de entrada el verbo regalar no es el más acertado: del conjunto de privatizaciones acometidas durante los gobiernos de PSOE y PP se obtuvieron unos 30.000 millones de euros de la época, que equivaldrían a unos 50.000 millones de euros actuales. Una donación desinteresada desde luego no fue: el Estado llenó sus arcas durante esos años. Que luego el Gobierno dilapidara todo ese dineral en lugar de seguir rentabilizándolo hasta el día de hoy ya es otra cantar (cantar que debería hacernos llevarnos a pensar por qué, en cambio, el Estado no dilapidaría hoy los beneficios de esas empresas públicas). Mas la cuestión de fondo sigue en pie: ¿por qué empresas privadas en lugar de estatales?

Al respecto, planteémonos simplemente dos cuestiones. Primera: ¿qué es preferible: que los propietarios de una empresa puedan vender su participación en la misma o que no puedan hacerlo? Yo diría que, claramente, es mejor que puedan hacerlo: si yo tengo un piso o un paquete de acciones y no puedo venderlos en cuanto tenga necesidad o crea que se hallan a buen precio, estaré en desventaja frente a un escenario en que sí pueda hacerlo. Segundo: ¿qué es preferible: que una compañía ostente un monopolio sectorial o que otras empresas puedan competir contra ella? De nuevo, diría que claramente el segundo escenario es superior, a saber, es preferible un sector en el que pueda entrar cualquier empresario con una buena idea para ofrecer un mejor o más barato servicio a los consumidores.

Por consiguiente, hemos llegado a la conclusión de que un sector con libertad de entrada y libre transmisibilidad de la propiedad sobre las empresas es mejor que un sector monopolístico y donde los accionistas están atrapados en su título de propiedad. El segundo tipo de organización sectorial —monopolio e imposibilidad de transferir la propiedad— es el típico de los monopolios estatales que parece defender Bardem: todos somos copropietarios de las empresas públicas pero nadie puede vender a un tercero su derecho de copropiedad. El primer tipo de organización —libre competencia y libre transmisibilidad de la propiedad— es el propio de los mercados libres a la que se opone Bardem y que los liberales defendemos.

Fijémonos que al segundo tipo organización —a los mercados libres— podemos llegar aun partiendo de empresas estatales. Gran parte de las privatizaciones en las antiguas repúblicas socialistas del este de Europa se efectuaron reconociéndoles a los ciudadanos derechos de propiedad sobre las compañías estatales y autorizándoles a vender esos derechos de propiedad. Por supuesto, toda privatización debe ir acompañada de su correspondiente liberalización (es decir, el Estado no debe privilegiar a ninguna empresa privada), que es lo que no ha sucedido en España. Pero, al margen de que nuestro país sea un ejemplo de liberticida corporativismo y no de libre mercado, sí ha de quedar claro que quien se opone por principio a los mercados libres no es que esté a favor de que todo sea de todos: es que está a favor de prohibir o que cualquier ciudadano pueda competir con las compañías ya asentadas ofreciendo un mejor servicio a los clientes, o de que los ciudadanos, en su calidad de copropietarios, puedan desprenderse de estos títulos de copropiedad. Represión por un lado o represión por el otro.

Al final, pues, con la ocurrencia de Bardem ni seríamos ricos ni seríamos libres. No es de extrañar: las sociedades y los mercados abiertos son el camino más seguro hacia la prosperidad y la libertad colectiva; el socialismo, en cambio, es el agujero negro hacia la pobreza y la explotación.

“Montoro fue comunista”

"¿Sabías que Montoro fue comunista?". De este modo tan rotundo se expresaba recientemente uno de los antiguos profesores universitarios del hoy ministro de Hacienda. Esto no significa que militase en el antiguo PC –como se ha llegado a afirmar– o que perteneciese a alguno de los dos grandes sindicatos (UGT y CCOO), puesto que ambos extremos han sido desmentidos por sus allegados, pero sí, al menos, que "simpatizó" durante su juventud con dicha ideología. Montoro fue uno de los primeros licenciados en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad Autónoma de Madrid, que, por entonces -primera mitad de los 70-, era uno de los principales referentes antifranquistas del país. En aquella época, y bajo la fuerte influencia que había dejado tras de sí el mayo del 68 en la vecina Francia, el comunismo campaba a sus anchas en el movimiento estudiantil español, sin necesidad de blandir carnet, especialmente en la Autónoma.

Desde este punto de vista, se podría decir, por tanto, que el joven Montoro no se diferenciaba en exceso del resto de su quinta, ya que casi todos los universitarios de dicho centro profesaban ideas de izquierda, y ésta, en la España de entonces, se identificaba, básicamente, con el comunismo. No en vano, el socialismo brillaba por su ausencia como movimiento organizado durante la dictadura. De hecho, cabe recordar que, una vez iniciada la Transición, el PSOE no renunció al marxismo como ideología oficial del partido hasta la celebración del congreso extraordinario de 1979.

Uno de sus compañeros de promoción ya señalaba en su día que Montoro era un estudiante "inquieto socialmente, rebelde ante todo", además de ser "crítico con la dictadura", pero sin protagonizar un "activismo llamativo". “Lo suyo era el estudio, la lectura, los planteamientos teóricos”. Es decir, comulgaba con dichas ideas, pero desde la trinchera, sin necesidad de sufrir las molestias y apuros propios de la lucha obrera en las calles, corriendo delante de los grises. Casualmente, su primera mujer, funcionaria del Estado, destacaba por profesar una profunda militancia de izquierdas. Hecho que, sin embargo, no le impidió aceptar el cargo de subidrectora general de Gestión Económica y Financiera del Ministerio de Justicia bajo el Gobierno de José María Aznar, del que formaba parte su marido. 

Mucho se ha hablado de los precedentes falangistas de destacados miembros de la izquierda española, pero no tanto de los antecedentes ideológicos de la actual cúpula del PP. En este sentido, el pasado izquierdista del hoy ministro de Hacienda no deja de ser una mera anécdota, salvo por el hecho de que su particular evolución política arroja, al menos, algo de luz sobre la sorprendente, y aún más dañina, estrategia fiscal desarrollada en los dos últimos años. Y es que, a diferencia de otros muchos excomunistas reconocidos, Montoro nunca superó la infección colectivista inoculada en sus tiempos de juventud, ya que transitó de cabeza hacia la socialdemocracia. Y ahí se quedó, para desgracia de los sufridos contribuyentes españoles. Rectificar es de sabios, pero perseverar en el error, aunque sea parcialmente, es síntoma de necedad.

Así, años más tarde congenió con el partido socialdemócrata que fundó Francisco Fernández Ordóñez, poco antes de unirse a la UCD de Adolfo Suárez. Hasta el propio Montoro admite en privado que fue un "rojo desteñido" en los tiempos de la Transición. "Desteñido", quizás, pero "rojo" al fin y al cabo. Por ello, su pensamiento político se caracteriza, sobre todo, por tener una "deriva social de primer orden", según señala su círculo más cercano. Montoro considera que “lo social ni es ni puede ser patrimonio exclusivo de los partidos de izquierda”. ¡Y tanto! Basta observar su desempeño al frente de Hacienda para percatarse de que el PP, gracias a él y a la inefable dirección de Rajoy, ha logrado adelantar por la izquierda tanto al PSOE como, incluso, a IU. Ni en sus sueños más húmedos habrían ideado los progres una confiscación tributaria como la orquestada por el ministro.

Así, mientras que el Gobierno del PSOE elevó la presión fiscal en 20.000 millones en 2010 y 2011, el PP la ha disparado en 31.000 millones entre 2012 y 2014. También ha sido el PP, no el PSOE, el que ha castigado a las empresas españolas con la mayor subida de impuestos de Europa; y a los trabajadores con el mayor aumento fiscal de la OCDE, hasta el punto de que los mileuristas españoles pagan ya más IRPF que alemanes y franceses; y a los autónomos los ha machacado con un histórico incremento del 20% en sus cuotas a la Seguridad Social. Por no hablar de los aberrantes abusos y la elevada inseguridad jurídica que ha propiciado Montoro en su guerra abierta contra el fraude fiscal. Su único objetivo al respecto ha sido recaudar lo máximo posible, al coste que sea necesario, sin importar el brutal daño infligido a familias y empresas. Todo con tal de mantener el sobredimensionado e insostenible aparato estatal en pie.

De ahí, precisamente, su rotundo fracaso a la hora de equilibrar las cuentas públicas. En esto, el PP tampoco se ha diferenciado un ápice del PSOE. España sigue registrando un déficit próximo al 7% del PIB, el mayor descuadre fiscal de la Zona Euro, mientras que la deuda pública ya supera el 94%, su nivel más alto desde 1909, y avanza sin remedio hacia el umbral del 100%. ¿Recortes? ¿Contención? ¿Ahorro?… ¿Dónde? Si el capital extranjero ha rebajado la tensión sobre el mercado de deuda española no ha sido gracias al ridículo plan de ajuste del Gobierno popular sino a la promesa lanzada por el presidente del BCE, Mario Draghi, a mediados de 2012, con su ya célebre "haré lo que sea necesario" para salvar el euro. Traducción: compraré toda la deuda española e italiana que haga falta para evitar la quiebra de ambos países.

Ahora, a la vista de su evolución ideológica, se entiende mucho mejor el antes y después de Montoro en materia de impuestos tras ser nombrado ministro de Hacienda. El auténtico Montoro, el de verdad, es el actual. El otro, el que defendía bajar impuestos y reducir gasto público para impulsar la recuperación, hablaba por boca del político obediente que asume a pies juntillas y sin rechistar el postulado que en cada momento convenga electoralmente a su partido. "Montoro, creo que te has convertido en un socialdemócrata", advertía Esperanza Aguirre para expresar su total rechazo a las numerosas y constantes subidas de impuestos aprobadas por el ministro. Se equivocaba usted, doña Esperanza: Montoro nunca ha dejado de ser un rojo descafeinado… o no tanto.

Parasitar a Google es más fácil que readaptarse

Los hubo –y, aún peor, los sigue habiendo– que a la desesperada buscaron justificar el sesgo marcadamente antiliberal de este gobierno apelando a las urgencias de la crisis: sí, el PP nos machaca a impuestos mientras mantiene unos niveles hipertrofiados de gasto público, pero lo hace para estabilizar la economía al tiempo que restablece la credibilidad exterior de España. Desde luego, como nos recordara Esopo en su fábula del lobo y el corderoquien busca hacer el mal siempre encuentra algún motivo: y el PP es experto en encontrarlos, por ridículos que puedan parecer.

El último ha venido de la mano de la nueva Ley de Propiedad Intelectual, la cual obligará a los agregadores de contenidos en internet a pasar por la infame caja de las entidades de gestión de derechos –tipo Cedro o Sgae– para repartir la mordida entre los generadores de contenidos. O por expresarlo de un modo más clarificador: el gobierno, valiéndose de un lobista grupo de publicanos privatizados, esquilmará a Google por tener éxito para así sanear a los deficitarios medios de comunicación tradicionales por no tenerlo.

De entrada, el mismo concepto de propiedad intelectual resulta harto discutible. La propiedad surge sobre aquellos recursos que son escasos y sobre los que, por tanto, no caben usos rivales; es decir, la propiedad privada es una norma dirigida a resolver los conflictos que naturalmente emergerían cuando dos o más individuos pretendieran emplear de maneras divergentes un mismo objeto ("el propietario del objeto lo puede usar y el resto de personas no, salvo que el propietario lo consienta"). Sobre las ideas caben multitud de usos simultáneos no excluyentes, de manera que emplear el sintagma propiedad intelectual no parece muy adecuado: más bien deberíamos respetar su naturaleza y sus orígenes históricos hablando de monopolio intelectual otorgado por el Estado (y cuya justificación pivota sobre el empíricamente inexistente incentivo que supone para la creación de nuevas ideas).

Mas no se trata de reflexionar aquí sobre la legitimidad y conveniencia de la mal llamada "propiedad intelectual". Al contrario, se trata de poner de manifiesto que, aun aceptando la validez de este constructo, la nueva legislación gubernamental supone todo un ataque contra las libertades individuales. A la postre, si uno fuera verdaderamente propietario de los contenidos que genera, lo único que tendría que hacer cuando aprecia una ilícita reproducción de los mismos por parte de Google News es negociar con Google (con o sin tribunales de por medio): si uno deseara que este muy visitado agregador de contenidos no multiplicara el tráfico de visitas de su información, tan sólo necesitaría solicitar a la compañía estadounidense que dejara de enlazarle.

Pero hete aquí que los medios de comunicación tradicionales no pretenden bajo ningún concepto que Google News deje de enlazarlos (al contrario, cuanto más destacados aparezcan sus enlaces, mejor): quieren que Google los enlace y que además les pague un canon por hacerlo. Es decir, no sólo desean parasitar a Google News aprovechándose del tráfico que éste les proporciona, sino que además desean cobrarle por ese valiosísimo servicio que gratuitamente les presta. ¿Se imaginan a un escritor exigiéndole una regalía al New York Times después de que su obra apareciera en la lista de libros más vendidos? Ridículo. Pues esto, justamente, es lo que venían reclamando desde hace tiempo los generadores de contenidos en España.

Y finalmente lo han conseguido de las manos de este liberticida gobierno: la nueva Ley de Propiedad Intelectual, lejos de permitir que Google News simplemente deje de enlazar aquellos contenidos que se sientan injustamente explotados por la multinacional americana, obliga a Google a pagar por ellos a las entidades de gestión. Aun cuando el propietario intelectual de alguno de esos contenidos deseara regalárselo a Google, no podría hacerlo. Maravillosa propiedad ésa sobre la que no puedo disponer.

Sucede que disponer de la propiedad intelectual no es el auténtico objetivo de la ley, sino asegurar el sangrado de Google en privativo beneficio de aquellos medios que no han sido capaces de adaptarse a los nuevos tiempos. Los medios de comunicación tradicionales provienen de una época donde la generación de información era una actividad de enorme valor añadido: había pocos productores y, por tanto, esos pocos se repartían cómodamente la tarta de los consumidores de información; tiempos felices donde las estructuras de costes disparatadas (por ejemplo, altas remuneraciones a ciertos periodistas y cuadros intermedios) eran respaldadas por los grandes beneficios que eran capaces de generar.

Pero internet ha comoditizado la información: los generadores de la misma han dejado de ser un restringido sanedrín alfabetizado para abarcar a casi toda la sociedad, de modo que los servicios que se han revalorizado en los últimos años son aquellos que se encargan de clasificar las variadísimas fuentes de información, esto es, los agregadores como Google News. Los agregadores ponen orden a la marabunta informativa de internet y permiten centralizar con flexibilidad –esto es, sin costosas estructuras contractuales y jerárquicas– todo el conocimiento que se produce dispersamente en la red. Gracias a ello, el periodista independiente no se halla en desventaja frente al periodista inserto en una redacción, pues de facto los agregadores permiten que el lector se componga dinámicamente sus propias redacciones de generadores de información (para el periodismo, Twitter es justamente eso).

En ese nuevo contexto, son obvias las dos cuestiones que deberían haberse planteado los medios de comunicación tradicionales: primera, ¿cuál es mi valor diferencial –mi ventaja competitiva– frente al resto de generadores de información?; segunda, ese valor diferencial, ¿es lo suficientemente grande como para compensar mi gigantesco diferencial en la estructura de costes? Y la respuesta en el caso de los medios españoles tradicionales siempre fue un gigantesco no. Reacios a readaptarse como sí han sabido hacer muchos digitales –ajustando costes y mejorando su calidad diferencial–, han preferido parasitar a la innovación disruptiva que supuso su puntilla: el agregador de Google News.

Los grupos organizados –los lobbies– vuelven a derrotar a los grupos desorganizados: los que han dejado de generar valor para el consumidor se apropiarán de parte de las rentas de aquellos que sí han sabido seguir generándolo. Una victoria de la coacción sobre la libertad, de la mediocridad sobre la excelencia, que habría resultado imposible sin el respaldo de un gobierno que jamás ha creído en el libre mercado y que siempre ha preferido chapotear en las corruptibles aguas del corporativismo pleistocénico. Google no será perseguido porque viole derecho de propiedad alguno de los generadores de información, sino simplemente porque, resumiendo la filosofía de todo atracador a lo Willie Sutton, "ahí es donde está el dinero"; el dinero que los inadaptados medios tradicionales necesitan para mantenerse en pie a costa del resto de la sociedad.

El dóberman y la Casa Blanca

Barack Obama quiere modificar la política de Estados Unidos hacia Cuba. No es una prioridad, así que no le dedicará demasiado esfuerzo, pero algo intentará hacer si no encuentra demasiada resistencia en el camino.

¿Qué se propone? Tal vez inaugurar un periodo de benigna negligencia. Ignorar lo que sucede en Cuba, incluidas las quejas de las víctimas, y cancelar toda muestra de hostilidad anticastrista. Al fin y al cabo, Obama ni siquiera había nacido cuando comenzó este disparate.

¿Persistirá Obama en el empeño? Probablemente descubrirá que no vale la pena. Los atropellos ocurren muy cerca de Estados Unidos para poder mirar en otra dirección. Antes lo intentaron Gerald Ford, Jimmy Carter y Bill Clinton, pero sin éxito. La conducta de la dictadura siempre acaba por impedirlo. La Habana no puede evitarlo. Es como los dóberman. Morder está en su naturaleza.

Ahora mismo, hay una feroz ola represiva que puede verse en YouTube gracias a los teléfonos celulares y a las denuncias de personas como Yoani Sánchez. Golpean salvajemente a los demócratas de la oposición que protestan, sean hombres, mujeres o niños. El legendario Jorge Luis García (Antúnez) ha recibido su enésima paliza y ha comenzado su enésima huelga de hambre. Al músico Gorki, que es valiente como las Pussy Riots, sin una Madonna que lo defienda, han vuelto a encarcelarlo por sus canciones irreverentes.

¿Cuáles son las medidas de gobierno que Obama quiere eliminar o modificar?

La política norteamericana hacia Cuba tiene tres pilares desde hace medio siglo: propaganda anticastrista, restricciones económicas (el embargo) y aislamiento diplomático. A partir de Lyndon B. Johnson la intención ya no era matar al dóberman, sino sujetarlo y ponerle un bozal.

Pero la URSS desapareció y el comunismo se desacreditó como forma de gobierno, aunque Cuba, Corea del Norte y otros enclaves indiferentes a la realidad se mantuvieron tercamente aferrados al error y al poder gracias a la autoridad ilimitada que ejercían sus caudillos.

En Cuba siguen las mismas caras, los mismos policías y los mismos calabozos. Sin embargo, la contención ante la Isla fue perdiendo fuelle poco a poco. Desde la perspectiva de Washington, el régimen de La Habana era un borroso anacronismo. Una reliquia absurda de la Guerra Fría que se iría desmoronando en la medida en que pasara el tiempo.

Desde la perspectiva cubana, la visión era otra. Para Raúl, la reliquia no era su régimen arcaico, sino la política norteamericana que lo adversaba. Quienes tenían que cambiar eran los norteamericanos, no ellos. Sólo que, para lograr modificar la conducta de Washington, era indispensable aparentar que el régimen se transformaba.

¿Cómo lo hicieron? Montaron una ofensiva en el mundillo académico y periodístico auxiliados por sus amigos de The Nation. Con la punta de lanza de Mariela Castro (la risueña hija sexóloga del dictador) y una hábil campaña a favor de los derechos de la comunidad LGBT (pese a la larga y cruel historia homofóbica de los Castro y su régimen), lograron forjar una alianza entre intereses económicos de la derecha, el sector más radical del partido demócrata y algunos thinktanks y departamentos universitarios de estudios latinoamericanos de esa cuerda. Todo fue secretamente orquestado por el aparato de inteligencia cubano y su departamento de medidas activas. Son grandes e incansables operadores políticos.

Simultáneamente, Raúl Castro anunció a bombo y platillo una serie de reformas que daban la falsa sensación de que la Isla se movía en dirección de la libertad. No era cierto. Raúl no quiere cambiar nada fundamental. Sólo trata de modificar el modo de producción para hacerlo menos irracional. Su propósito es mantener el mismo sistema de opresión. Es el mismo dóberman con distinto collar.

Más grave aún, mientras Raúl ensaya su expresión más inocente de reformista, sin dejar de apalear y encarcelar a la oposición, vende y exporta su modelo represivo a países como Venezuela, Bolivia y (en menor grado) Ecuador. La tutoría dictatorial para mantenerse en el poder indefinidamente es la única mercancía que le queda en sus tristes anaqueles al socialismo real cubano.

¿Logrará esta vez la dictadura cubana desarmar a Washington sin hacer concesiones? No lo creo.

Los tres senadores cubanoamericanos (el demócrata Bob Menéndez y los republicanos Marco Rubio y Ted Cruz) están de acuerdo en mantener las sanciones mientras la dictadura no respete los derechos humanos. Los cuatro congresistas de esa etnia coinciden (los republicanos Ileana Ros-Lehtinen y Mario Díaz Balart y los demócratas Joe García y Albio Sires).

Es difícil saltarse a un caucus bipartidista dotado de ese peso específico. Obama tirará la toalla.

elblogdemontaner.com

Que el de fuera nos pague los platos rotos

Carlos Rodríguez Braun escribió hace unos años que en democracias con un Estado "social y de derecho" como la nuestra la redistribución no se hacía de ricos a pobres, sino de grupos desorganizados a grupos organizados. Tenerlo en cuenta es clave para entender la inmensa mayoría de las decisiones que adopta este Gobierno y todos los anteriores. Medidas que atentan contra el sentido común, contra su supuesta ideología, contra sus votantes. Da igual. La presión organizada puede con casi todo.

En ese contexto es fácil de entender el anuncio que ha hecho el ministro Wert sobre el impuesto revolucionario que se va a cobrar a Google para subvencionarnos a los medios. El mecanismo es el siguiente. Los agregadores de noticias, un concepto cuya definición legal resulta, cuando menos, complicada, pagarán a CEDRO, y esta SGAE de las fotocopias repartirá como buenamente considere esos ingresos entre los editores. Si Libertad Digital quiere renunciar a esos ingresos nos dará lo mismo; Google pagará de todos modos por reproducir el contenido de este periódico, la ley nos impedirá negarnos a que lo haga y nuestra parte se la quedará CEDRO o la repartirá entre los demás editores.

Google News, el agregador de noticias contra el que apunta la norma, no hace nada que no haga Google en su buscador. También exhibe el titular, un fragmento y en ocasiones una fotografía muy pequeña de las noticias de los medios, y cuando pinchas se va a la página del periódico. La única diferencia es que tiene una portada que, de forma automática, sin criterio editorial, ordena las noticias de forma que a los editores se les hace similar a una portada de un diario digital. Pero no puedes leer ninguna noticia en Google News salvo que sea de agencia y ésta haya llegado a un acuerdo con el gigante de internet para publicarlas ahí y cobrar por ello. Se leen en los medios y éstos son los que se llevan los ingresos.

Pese al parecido entre Google y Google News, la ley está construida para que afecte exclusivamente a ésta última y a servicios que, para su desgracia, se le parezcan y la redacción de la ley no haya excluido de alguna manera. No se sabe, por ejemplo, si Menéame y las demás web que emplean un mecanismo similar estarán afectadas. Pero Google News no hace nada distinto de Google. Y las web indexadas en el buscador, que somos todas, podrían por la misma lógica exigirle compensación por usar esos mismos pequeños fragmentos de información en los resultados de las búsquedas. Es la misma información y los mismos derechos de autor. ¿Por qué no? Porque los editores son un grupo de presión organizado y quienes producimos contenido en internet, que somos casi todos los internautas españoles, no.

La ideíca de Wert, en definitiva, no tiene ninguna lógica detrás ni está justificada de ningún modo. Es resultado de que Google es una empresa extranjera sin demasiada influencia aquí y los grandes editores de prensa españoles, en cambio, sí tienen oídos atentos en el Gobierno. Querían que alguien les pagara para seguir manteniendo una industria obsoleta y lo han conseguido; una batalla en la que se destacó especialmente el defenestrado Pedro Jota, a quien posiblemente El Gobierno no quiso dar el gusto mientras seguía al frente de El Mundo.

Pero esta estúpida ley tendrá consecuencias, aunque quizá no las veamos. Por de pronto, Google podría decidir cerrar el servicio en España si no le compensa esta multa que se le quiere imponer por hacer su trabajo. Si no lo hace, procurará aumentar sus ingresos para compensarlo, por ejemplo, aumentando el porcentaje que recibe de los anuncios que aparecen en otras web, convirtiendo la internet española en un sistema en el que quienes no sean periódicos pagarán una mordida a los editores, con Google y CEDRO de intermediarios.

Pero aunque Google no hiciera ninguna de estas cosas, lo que está claro es que cualquier emprendedor español a quien se le pueda ocurrir una idea genial que la ley considere equivalente a Google News no podrá llevarla a cabo. Así que abandonará el proyecto o si se empeña tendrá que emigrar, no sé, a Silicon Valley, Tel Aviv o cualquier otro lugar donde no te prohíben inventar cosas nuevas. País.

Bitcoin: una saludable amenaza para los Estados

Rusia acaba de prohibir Bitcoin, China lo hizo hace unos meses y los gobiernos occidentales se lo están planteando seriamente. Todos apelan a la necesidad de combatir el contrabando, pero ninguno dice la verdad. A la postre, extraña tanta unanimidad en este asunto cuando todos estos países ni siquiera se ponen de acuerdo a la hora de definir, y respetar, un mínimo de derechos humanos.

Sucede que no son los derechos de sus súbditos los que Bitcoin pone en jaque, sino su propia autoridad. No en vano, uno de los monopolios esenciales para todo gobierno con pretensiones absolutistas es el de la moneda: controlando la moneda pueden controlar el gasto agregado y controlando el gasto agregado pueden controlar la estructura de producción, a saber, qué bienes y servicios se producen o se dejan de producir.

Ha tenido que ser un ex empleado de la Reserva Federal, Mark Williams, quien haya tenido que reconocer finalmente la verdad (o parte de ella) en el Financial Times: "Los gobiernos deberían ser cautos a la hora de permitir la existencia de divisas virtuales mientras no sean capaces de garantizar que los bancos centrales serán capaces de conservar su poder". El contrabando, acarreando ciertos riesgos, es un problema muy secundario para Williams. Por supuesto, el articulista tampoco se sincera hasta el extremo de ligar su apasionada defensa del monopolio de la banca central con la necesidad de que los Estados mantengan sus autocráticos poderes: la suya es una argumentación más pretendidamente tecnocrática; una donde la legitimidad de las relaciones de poder es irrelevante y donde solo entran en consideración cuestiones eminentemente técnicas.

Así, según este exempleado de la Fed, Bitcoin es peligrosa porque "demuestra que podemos organizarnos sin un dinero emitido por el Estado", cuando semejante pretensión no pasa de ilusoria en la medida en que los gobiernos —y en concreto sus brazos armados, los bancos centrales– deben ocuparse de manejar la oferta monetaria y los tipos de interés para garantizar cierta calma macroeconómica en forma de estabilidad de precios, pleno empleo y crecimiento. En este sentido, la política monetaria óptima de una economía requiere de una amplia plantilla de trabajadores dentro de cada banco central que se dediquen específicamente a la complejísima labor de modelizar, comprender y responder al fluctuante comportamiento y las expectativas de los agentes económicos. En opinión de Williams, todo este proceso de análisis previo no es automatizable mediante el algoritmo contenido en ninguna divisa virtual existente o que pueda llegar a existir. Es verdad que, según él mismo reconoce, los bancos centrales fueron incapaces de prevenir la crisis que estalló en 2008, pero a su juicio ahora estaríamos sumergidos en una devastadora depresión de no ser por su decidida actuación desde entonces. En suma, que la adopción de Bitcoin nos llevaría al caos.

El análisis de Williams podrá parecer convincente a fuer de desideologizado, pero lo cierto es que incurre en una serie de errores básicos. El fundamental —del que emanan los demás— es el de confundir dinero y deuda: aunque a día de hoy se suele considerar que los euros o los dólares son el “dinero base” de una economía —y que ese dinero base es creado por el banco central en régimen de monopolio—, lo cierto es que los euros o los dólares son pasivos del banco central. Por dinero en sentido estricto sólo deberíamos entender aquel activo monetario que no es pasivo de nadie más: el oro en su momento y acaso Bitcoin en el futuro. En este sentido, pues, el banco central no ocupa el negocio de la producción y gestión del dinero, sino de la gestión de una parte de la deuda mediante la que coordina una sociedad.

El matiz es importante porque justamente ataca el núcleo de la crítica de Williams: que la estabilidad macroeconómica requiere de una “gestión científica” de la cantidad de dinero. No es así: mientras la cantidad de dinero no sufra de bruscas fluctuaciones, la estabilidad macroeconómica puede lograrse mediante una correcta administración cuantitativa y cualitativa de la oferta de crédito. De hecho, ni la mejor gestión posible de los bancos centrales hubiese podido batir los resultados que se obtuvieron con el patrón oro. Pero, y he ahí el principal error intelectual de los bancos centrales, esa administración del crédito ni puede ni debe ser una administración centralizada, ya que cualquier agente económico disfruta de la capacidad de otorgar crédito a sus pares (siempre que diferimos el momento del pago, estamos otorgando crédito). Al contrario, la administración por necesidad será descentralizada y, por tanto, lo que resulta necesario es que esa administración descentralizada esté sometida a sanos incentivos y contrapesos que eviten una gestión abusiva del crédito.

El principal de esos sanos incentivos y contrapesos es que los acreedores puedan controlar a los deudores: si se instituye un sistema monetario donde se anula la capacidad de fiscalización de los acreedores, por necesidad los deudores tenderán a multiplicarse hasta extremos marcadamente imprudentes e insostenibles. Y, justamente, el mayor mecanismo con el que cuentan los acreedores para controlar a los deudores es poderles denegar el crédito (ya sea exigiendo el pago de las deudas vencidas o no extendiendo nuevo crédito), para lo cual ha de existir alguna forma de “dinero base” que no esté basada en la deuda. Como decíamos, el oro o Bitcoin pueden aspirar a desempeñar ese papel, pues son activos que no son, simultáneamente, el pasivo de nadie más. Pero el euro o el dólar no, porque son deuda del banco central que éste puede crear sin otro límite que el repudio por parte de sus tenedores (tampoco serviría, por cierto, una moneda estatal que no fuera deuda, pero cuya cantidad la decidiera discrecionalmente el Estado en cualquier momento): si el banco central goza de la potestad de refinanciar ilimitadamente a los deudores, es obvio que el poder de los acreedores termina siendo aniquilado y que no hay ninguna manera, salvo la torpe regulación estatal, de restringir el crecimiento explosivo de la deuda.

Por eso las críticas de Williams son falaces: porque el problema no es que la Fed no fuera capaz de evitar la crisis de 2008, sino que fue su autora o, al menos, una de sus principales cooperadoras necesarias. Sin la Fed (y otros bancos centrales), la acumulación de deuda jamás habría alcanzado los niveles que alcanzó y, por tanto, el riesgo de colapso deflacionista —en cuya resolución Williams basa gran parte de su defensa del monopolio de la banca central— ni siquiera hubiera existido. Es verdad que incluso con libertad monetaria y bancaria puede haber pánicos bancarios —incluso pánicos bancarios importantes—, pero son pánicos perfectamente solventables por la propia industria bancaria.

En suma, un triunfo de Bitcoin (o un restablecimiento del patrón oro) no eliminaría la necesidad de una correcta gestión del crédito (que es, en el fondo, en lo que Williams está pensando): únicamente permitiría descentralizarla mucho más y, sobre todo, someterla a los contrapesos necesarios para que pueda tratarse de una gestión verdaderamente racional. Irónicamente, la defensa que hace el exempleado de la Fed de su empleador es el motivo principal por el que habría que cerrarlo: porque la Fed —en tanto deudora de primera instancia— no está sometida al control disperso de sus acreedores (en tanto no pueden forzar el pago de esos pasivos al no ser convertibles en dinero), de modo que no sólo tiene capacidad para seguir cebando extraordinariamente la oferta de crédito (a costa de sus acreedores), sino que incluso carece de bases contables para conocer cuándo está concediendo demasiado crédito y cuándo demasiado poco. Sin someter la deuda al dinero, la política del banco central no es ciencia, sino nigromancia: una nigromancia dirigida a apuntalar el poder del Estado.

En defensa de Celia Villalobos

El voto de Celia Villalobos contra el criterio de su partido en la reforma de la Ley del Aborto es algo que todo el mundo daba por descontado. Lo sorprendente es que se hubiera equivocado de botón y hubiera votado a favor, pero veinticuatro años de servicios a estepaís desde su escaño en el Congreso de los Diputados propician el desarrollo de ciertas habilidades táctiles que evitan este tipo de confusiones. Celia es progre y como tal actúa; poco más cabe añadir.

Cabría reprochar a Villalobos cierta incoherencia en su decisión sobre el aborto, puesto que la reforma legal propuesta por su grupo parlamentario responde, en esencia, al recurso de inconstitucionalidad presentado por el PP contra la ley de Zapatero, que convertía el aborto nada menos que en un derecho. Su puesto de vicepresidenta primera del Parlamento debería quizás suponerle una servidumbre añadida a la hora de dar ejemplo, pero en un Congreso cuya Comisión Constitucional está presidida por el político que decretó la defunción de Montesquieu y la de Exteriores por un separatista que pone precio a la unidad de España la actitud de Villalobos no desentona en absoluto con el resto de la tropa de aforados.

De Villalobos dicen con una sonrisa en el PP que es un "verso suelto". Nada más lejos de la realidad. Doña Celia es una estrofa necesaria, sin la cual el soneto pepero pierde su esencia centro-reformisma. El ecumenismo del PP en busca de los votos centristas exige estos alardes progres por parte de sus dirigentes segundones, sobre todo cuando se ventilan cuestiones ideológicas que la izquierda ya ha sentenciado. El voto de la señora de Arriola, además, apoya la tesis central de su marido, según la cual el centro es la clave para ganar las elecciones, que es en última instancia de lo que se trata.

La existencia de listas cerradas y bloqueadas en nuestro sistema electoral permite estos agravios, contra los que el votante poco puede hacer para manifestar su asco hacia algún dirigente concreto. De eso se aprovecha Villalobos para seguir en el Congreso trabajando contra sus electores sin que le alcance la más mínima reprensión. Pero no sólo ella. También el PP es beneficiario de una supuesta traición interna que, en realidad, no es más que la reafirmación utilitarista de un partido progre vergonzante dispuesto a cualquier felonía antes que intentar ganar la batalla de las ideas. Si es que en Génova hay alguna, que es algo todavía por ver.

Uno de cada tres

El Frente Nacional es el partido preferido de los franceses. O, por ser más precisos, es el que concita más apoyos, frente a los demás. Según una última encuesta, conducida por TNS Sofres, el 34 por ciento de los franceses, uno de cada tres, señala al partido de Marine Le Pen como su opción favorita. O, por utilizar el titular del diario Le Monde: el 34 por ciento de los franceses “se adhieren a las ideas del Frente Nacional”. Pues en realidad eso es lo que dice la encuesta.

Se ha realizado con 1.021 encuestas personales, con una metodología de cuotas. Si ese es el resultado, con preguntas cara a cara, y teniendo en cuenta que es un partido demonizado por la prensa, no son malos resultados para Le Pen. Aunque la “demonización”, dice Le Monde, beneficia al Frente Nacional. Lo dice también el vespertino. Eso es muy interesante. La prensa ha perdido eficacia. Ha perdido credibilidad. Una porción creciente de los votantes cree que los mensajes que se señalan desde los medios como verdaderos e importantes, son falsos.

De ahí las respuestas: ¿Se siente en Francia como en casa? La “correcta” es “sí”, pero muchos responden “no”. ¿Se identifica con los valores tradicionales? Un país que se identificado con una revolución, la revolución, que fue una hoguera de las tradiciones; de un catolicismo que pactaba con los turcos contra otros católicos, responde“sí”. ¿Cree que hay que controlar la inmigración? Respuesta con características suizas. Si vienen, que sea a trabajar y aportar. Y así todo.

A mí no me miren, que yo disolvería el Estado como un azucarillo, entiendo que la libertad de migrar es la de comprar un billete de tren o de avión, y me siento cómodo en una vecindad cosmopolita, si la diferencia de origen no implica diferencias en el cumplimiento de las leyes. No se trata de mi, sino de un francés de cada tres.

¿Cómo es posible? Lo es, porque hay una pulsión natural en todos nosotros, que es la de formar parte de una comunidad, identificable y amable. Lo es, porque aunque la democracia es muy poco democrática, todavía premia señalar la realidad con el dedo, aunque esa realidad no encaje en según qué bosquejos ideológicos. Quienes se quejan del auge de la llamada ultra derecha no deberían haberle dado el privilegio de decir lo que la gente ve y la intelligentsia no se atreve a pronunciar. 

Balanzas fiscales, arma política en la nueva guerra de Montoro

La guerra de las balanzas fiscales acaba de estallar oficialmente entre las comunidades autónomas y el Gobierno, después de que el Ministerio de Hacienda filtrara esta semana un avance sobre su futura publicación, que, en principio, tendrá lugar el próximo marzo.

Tras varios meses de polémicos tiras y aflojas sobre la necesidad o no de desvelar las citadas balanzas, su puesta a disposición no ha calmado los ánimos y reivindicaciones de los distintos gobiernos regionales, ni mucho menos. Más bien al contrario, ya que las cifras parecen no contentar a nadie.

El Gobierno trabaja en un nuevo método para calcular el reparto de fondos públicos entre las distintas regiones, bajo el título "cuentas públicas regionalizadas", en donde también se incluirán las balanzas fiscales, y cuya elaboración ya ha levantado críticas entre algunos expertos.

Según el economista e investigador del CSIC Ángel de la Fuente, uno de los tres académicos que diseñan esta nueva metodologíaCataluña habría registrado un déficit próximo a 11.000 millones de euros en 2011 -último año disponible-, equivalente al 5% de su PIB y lejos, por tanto, del 8,5% (16.000 millones) que esgrimen los nacionalistas como prueba del "expolio fiscal" que ejerce el resto de España; la Comunidad de Madrid, por su parte, se queja de que las cuentas están cocinadas y exige transparencia al departamento de Cristóbal Montoro; Extremadura, por su parte, afirma que las balanzas están incompletas y advierte de que publicará su propia estimación para exigir la financiación que considera conveniente… Y así sucesivamente.

Balanza fiscal, un concepto muy polémico

El riesgo consiste, pues, en que cada región ponga encima de la mesa su particular balanza fiscal para reclamar más dinero al Estado, complicando aún más la tensa y difícil negociación sobre la financiación autonómica, cuya reforma se abordará, como pronto, en 2015.

El problema de fondo, por tanto, es que las balanzas fiscales se suelen emplear como arma arrojadiza por parte de las distintas autonomías y el Gobierno para sacar ventaja en el reparto de fondos e incluso reivindicar la separación de España como, últimamente, sucede en Cataluña. De ahí, precisamente, que este concepto haya estado siempre rodeado de controversia.

Pero, ¿qué es una balanza fiscal?

La "balanza fiscal" mide los ingresos que aportan los contribuyentes (personas y empresas) de una determinada comunidad autónoma al Gobierno central (impuestos recaudados) y los gastos e inversiones que el Gobierno destina a esa misma comunidad. Si la balanza es negativa, significa que los habitantes de esa región aportan al Estado más de lo que reciben, y al revés si es positiva (reciben más de lo que aportan a las arcas estatales).

¿Cómo se calcula?

Se trata de un cálculo complejo y no exento de polémica. De hecho, existen hasta cuatro métodos homologados para calcular el citado saldo fiscal.

  • Flujo Monetario: atribuye el ingreso al territorio donde se genera el hecho imponible, y el gasto al territorio donde se materializa.
  • Carga-Beneficio: atribuye el ingreso al territorio donde reside el individuo que soporta el tributo, y el gasto al territorio donde reside el beneficiario de dicho gasto.

Por ejemplo, con el método de Flujo Monetario, el IVA que paga un madrileño por una compra efectuada en un comercio catalán se computaría en Cataluña, mientras que con el método de Carga-Beneficio se computaría en Madrid; asimismo, con el método de Flujo Monetario solo se computan en la región los gastos e inversiones directamente efectuados por el Estado en esa autonomía, y no la parte alícuota de los gastos generales efectuados por el Estado por conceptos como la defensa, justicia, seguridad o relaciones exteriores, que, aunque no se efectúen directamente en ese territorio también la benefician y, por tanto, debieran ser cargadas proporcionalmente.

  • Neutralizado o no: los dos métodos previos pueden, a su vez, estar neutralizados o no por el ciclo económico. Como en caso de recesión lo normal es registrar déficit público, neutralizar la balanza fiscal significa descontar el impacto de la crisis en los presupuestos, bien contabilizando una recaudación fiscal extra ficticia para cuadrar el déficit, bien reduciendo de forma artificial los gastos.

¿Qué resultados arroja?

Dado que existen cuatro métodos, las balanzas fiscales arrojan también cuatro resultados muy distintos. Por ello, cada autonomía suele escoger la fórmula que más conviene a sus intereses.

Cataluña es el máximo exponente de dicha manipulación política. Según la Generalidad, el déficit fiscal de Cataluña rondó los 16.400 millones de euros en 2009, equivalente al 8,4% de su PIB, empleando el Flujo Monetario neutralizado. Ésta es la cifra que usan los nacionalistas para denunciar el supuesto "expolio fiscal" del resto de España. Pero esta cuantía se convierte en un superávit de más de 4.000 millones si se usa el método de Carga Beneficio sin neutralizar.

Engañosa arma política

En el fondo, se trata de un mecanismo político al servicio de los intereses de los gobiernos regionales. Así, lo mismo que reclaman las autonomías podrían alegar las provinciasBarcelona, por ejemplo, aporta mucho más en impuestos a la Generalidad de lo que recibe en inversiones.

Llevado este argumento hasta sus últimas consecuencias, lo mismo se podría decir de las ciudades, los barrios y, en última instancia, las personas y empresas, que son quienes realmente soportan la carga del Fisco. Los impuestos son sufragados por los contribuyentes, no por los territorios. Las rentas más altas pagan más impuestos independientemente de donde residan, y sus particulares balanzas fiscales son siempre negativas.

Las comunidades autónomas son más o menos ricas en función de la renta per cápita de su población y el número y tamaño de sus empresas, determinando con ello el nivel de recursos fiscales que aportan al Gobierno central -las regiones más ricas aportan más al sistema-.

Por ello, las balanzas fiscales poco o nada tienen que ver con la financiación autonómica y sí mucho con la renta per cápita de cada región. Aunque las autonomías las emplean como muestra de maltrato fiscal o escaso esfuerzo inversor por parte del Estado, presentar déficit no es señal de discriminación en la financiación autonómica, y viceversa. Ambos son conceptos diferentes. Por ejemplo, si el Estado aumenta la inversión pública en una región, se reduciría el saldo de su balanza fiscal sin que ello implique recursos extra para sufragar sus competencias autonómicas, como puede ser Sanidad o Educación.

Lo único que mide la balanza fiscal es el saldo entre lo que aportan los contribuyentes de una autonomía a los ingresos del Estado y los gastos que ejecuta dicha Administración en ese territorio, no si la financiación autonómica es suficiente o no para sostener adecuadamente los servicios públicos de titularidad autonómica. Es decir, no sirve para medir la denominada solidaridad interterritorial en sentido estricto, ya que responde a lógicas y variables muy diversas.

La futura financiación autonómica

Dada la polémica y confusión que generan las balanzas fiscales, los expertos designados por Hacienda trabajan en el diseño de un nuevo mecanismo, llamado "sistema de cuentas públicas territorializadas" (SCPT), para evaluar "la racionalidad y la equidad del reparto territorial del gasto público en nuestro país y el de los ingresos tributarios que lo financian", tal y como advierten en el documento que servirá de base a dicha metodología.

Así pues, este indicador permitirá estimar hasta qué punto lo que aportan vía impuestos los contribuyentes de una región es devuelto por el Estado en forma de servicios concretos a esa misma población. Su diseño permitiría introducir, por primera vez, en el sistema de financiación autonómica el denominado "principio de ordinalidad" que tanto vienen reclamando diversas autonomías, Cataluña incluida, así como el PSOE.

Su aplicación permitiría que una comunidad autónoma mantenga intacta su posición el ránking de ingresos y gastos per cápita tras realizar su correspondiente aportación a la "solidaridad interterritorial". Esto significa que seguirían existiendo transferencias entre comunidades autónomas, pero si en una comunidad se recauda más cantidad per cápita que en otra, el gasto estatal en esa región también sería mayor.

En todo caso, y aún aplicando dicho principio, en base a las nuevas balanzas fiscales que está elaborando el equipo que dirige Ángel de la Fuente, la reforma de la financiación autonómica en ningún caso aportaría o restaría los recursos que hoy recibe cualquier CCAA en al menos un 1% de su PIB regional. Dicho de otro modo, incluso introduciendo la "ordinalidad", Cataluña seguiría registrando un elevado déficit público, ya que apenas ingresaría un 0,5% extra de su PIB.

¿Cuál es el mandato del BCE?

Suele argumentarse que el Banco Central Europeo, a diferencia de la Reserva Federal, tan sólo posee el mandato de lograr la estabilidad de precios dentro de su territorio (la Eurozona). Sus estatutos, se dice, han conseguido mantener bajo control su monopolio monetario, gracias a lo cual sus mandamases no pueden aplicar políticas monetarias expansivas como las de sus colegas del resto del mundo.

Ciertamente, sería un completo éxito que la normativa hubiese logrado desterrar el inflacionismo crediticio del código genético del BCE. A la postre, todo banco central monopolístico se instituye para financiar de un modo artificial y privilegiadamente barato a gobiernos y bancos privados, perjudicando con ello al resto de los ciudadanos mediante mermas en el poder adquisitivo de la moneda y, sobre todo, mediante devastadores ciclos de sobreendeudamiento y malas inversiones generalizadas. De hecho, cuando se insta a un banco central a que estimule la creación de empleo se está hablando de eso: o bien de que compre deuda pública para que el Estado gaste en la obra pública más diversa e innecesaria, o bien de que financie de un modo más asequible a las entidades financieras para que éstas puedan incentivar una ronda de borrachera crediticia entre familias y empresas. Ése es el empleo que puede crear un banco central: el que resulta de la acumulación de mala deuda dentro del sistema económico.

Por consiguiente, si, tal como reza la leyenda urbana, la UE hubiese suprimido la capacidad del BCE para financiar burbujísticamente a gobiernos y entidades financieras, sin duda habríamos dado un paso en la buena dirección. Pero, por desgracia y como ahora vamos a comprobar, la ingeniería normativa por la que se rige el BCE ha sido diseñada para que, justamente, éste disponga de la suficiente discrecionalidad como para terminar haciendo y deshaciendo a su gusto, tanto a la hora de estimular el endeudamiento privado con la excusa de fomentar el empleo como a la de proporcionar financiación laxa a los gobiernos para que éstos sigan manteniendo sus infames burocracias. 

De entrada, es verdad que el artículo 2 de los estatutos del BCE dice que la estabilidad de precios es el objetivo primario de la entidad. Sin embargo, incluso ese propio artículo 2 ya habilita al BCE a que, alcanzada la estabilidad de precios, pueda coadyuvar en la consecución de los logros a los que aspira el Tratado de Maastricht en su artículo 3, a saber, la promoción del progreso económico y social sostenible y del pleno empleo. Por tanto, no es cierto que el BCE tenga un mandato único –la estabilidad de precios–, sino que sigue teniendo un mandato dual –estabilidad de precios y pleno empleo– pero articulado en dos niveles jerárquicos (la estabilidad de precios prima sobre el empleo).

Evidentemente, podría argüirse que la primacía de la estabilidad de precios sobre el fomento del empleo es un punto a favor del BCE frente a la Fed –que coloca ambas misiones en pie de igualdad–, pero a la hora de la verdad, y tras la nefasta experiencia de la estanflación de los 70, ningún banquero central actual se atrevería a seguir azuzando el expansionismo crediticio en una época de elevada inflación, ni siquiera con la búsqueda del pleno empleo en mente. Mucho más peligroso es lo que hacen los bancos centrales cuando, aparentemente, la estabilidad de precios no está en peligro: en esos momentos, erróneamente presuponen que "no hay tensiones subyacentes" y que pueden volcarse a espolear la deuda. Fue lo que sucedió durante la década de los 20, que condujo a la Gran Depresión, y lo que volvió a suceder a comienzos del s. XXI, hasta que se produjo la Gran Recesión actual: engañosos IPC bajos que conducen a crédito barato canalizado a activos (como la vivienda o los índices bursátiles) cuyos precios quedan fuera del IPC (de modo que no saltan las alarmas). En este sentido, la Fed y el BCE han cometido los mismos pecados –rebajar artificialmente los tipos de interés con el IPC estable– pese a sus diferencias estatutarias.

Mas podría pensarse que, al menos, los estatutos del BCE sí impiden que la entidad proceda a comprar masivamente deuda pública con la que financiar a los manirrotos gobiernos de turno; esto es, que en la Eurozona sería imposible algo así como los QE de Bernanke. Pues tampoco.

Es cierto que el artículo 21 de los estatutos del BCE remite al artículo 123 del Tratado de Maastricht, donde se prohíbe al banco central la adquisición directa de deuda pública en los mercados primarios, así como cualquiera otra facilidad crediticia para las administraciones públicas. Y es verdad que el Reglamento 3603/93 del Consejo Europeo especifica que por "cualquier otra facilidad crediticia" se refiere a toda financiación indirecta que el BCE pueda proporcionar a los Estados a través de los mercados secundarios. Pero el artículo 18 de los estatutos del BCE también habilita a la entidad a ejecutar operaciones crediticias (en general) dentro de los mercados financieros con el propósito de lograr su objetivo de la estabilidad de precios.

He ahí la madre del cordero. El BCE puede interpretar la normativa por la que se rige –y, de hecho, la está interpretando así– como una autorización a comprar deuda pública en los mercados secundarios siempre que esa adquisición tenga como propósito último no el de financiar a los gobiernos sino el de permitirle garantizar la estabilidad de precios. En estos momentos, el BCE podría perfectamente argumentar, siguiendo los preceptos de sus estatutos, que la estabilidad de precios corre peligro por el lado de la deflación (y no de la inflación, como suele ser habitual) y que, en tal caso, está habilitado para adquirir toda la deuda pública que sea necesaria para mantener a flote el IPC. Es lo que hizo cuando inició en 2010 con la ventanilla del SMP (con la que adquirió 220.000 millones de euros en deuda pública italiana, española, griega, lusa e irlandesa) y lo que ha prometido volver a hacer a través de la ventanilla de la OMT con la que Draghi le salvó la papeleta a Rajoy.

En última instancia, pues, que el BCE haya sido hasta ahora un poquitín más ortodoxo que la Fed o el Banco de Japón no se ha debido a unos estatutos que hayan conseguido atarle en corto, sino a que los hombres del Bundesbank siguen ejerciendo una notable influencia a la hora de pergeñar la política monetaria; o dicho de otro modo: si Bernanke hubiese sido presidente del BCE con el apoyo del Bundesbank, podría haberse comportado exactamente igual que lo hizo al frente de la Fed. No es el gobierno de las leyes lo que restringe al BCE, sino el gobierno de las personas. Y por eso la veleta del BCE se moverá según sople el viento de los intereses de esas personas o de quienes gobiernan a esas personas