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Nuestro persistente riesgo de iliquidez

Mientras el conjunto de españoles trata de esbozar una sonrisa ilusionada ante los mensajes alentadores de los mandamases europeos y de los locales, esas mismas autoridades nos instan con energía a que cuidemos los tres pilares dañados de nuestra economía: el déficit público, la mora bancaria y las infraestructuras.

El necesario vaso medio lleno

Tras años ya de apretarse el cinturón y gastar menos, la sociedad española verdaderamente necesitaba el espaldarazo de esta semana. Los vigilantes europeos, nuestros socios, desde el pasado día 23 de enero, cuando la banca española salió del programa de rescate europeo, no han escatimado en evaluaciones positivas y reconocimiento a las medidas aplicadas y la trayectoria de la política económica del gobierno de Mariano Rajoy. Independientemente del comportamiento de nuestra economía y de la oportunidad de los "vendajes" populares, para mí que la labor de Luis de Guindos tiene mucho que ver en este cambio de perspectiva. La urgencia con la que la población patria se agarra a estos mensajes de reconocimiento no hacen sino mostrar la necesidad de reafirmación y justificación del sacrificio de quienes llevamos recortando, pero de verdad, desde hace mucho: esta clase media empobrecida.

Sorprende un poco el viraje express de las opiniones vertidas en los medios y redes sociales de los ciudadanos desde que salieron los datos de empleo de la EPA, tan justamente criticados hasta hoy. Precisamente, esa rapidez y esa rotundidad en la manera de desfruncir el ceño y felicitarnos unos a otros por la palmadita en el hombro de los observadores internacionales, tanto en la cumbre europea de ministros, como en el foro global de Davos, son muy reveladoras. Lo que nos muestra es que psicológicamente hemos llegado al punto de saturación de malas noticias, crujir y rechinar de dientes. Así que cada gesto europeo nos sabe a maná caído del cielo, pero por méritos civiles propios, es decir, nos los atribuimos a nosotros mismos y, de hecho, es que nos los merecemos. No obstante, no hay que olvidar que ese pueblo que sufre es el mismo que elige presidente cada cuatro años y, por tanto, de alguna manera, el responsable en última instancia de lo que sucede hoy.

Pero eso, al igual que la medida objetiva en euros de nuestro empobrecimiento, sólo afecta parcialmente a nuestra sensación subjetiva de cómo nos va. Y como todas las sensaciones, ésta es cambiante, dinámica y sesgada. En nuestro caso, nos ponemos muy radicales, sobreactuados, tanto para bien como para mal. Somos los mejores y tenemos unos políticos que dejan mucho que desear. Y en ese juego esquizoide se nos olvidan las tres joyas de la corona: el déficit, la mora bancaria y las infraestructuras.

Progresamos adecuadamente y necesitamos mejorar

Para nuestros políticos, el vaso medio lleno se traducirá, probablemente, en una entrada de inversores que, añado yo, si retiramos el alambre de espino de la sobrecarga impositiva, virtualmente harán su apuesta por España y eso reactivará empleo y consumo. Pero lo que han dicho nuestros supervisores es que una vez finalizado el período de rescate bancario, estamos mejor que antes aunque (he aquí la palabra clave que desenmascara todo el sentido del mensaje europeo) tenemos que persistir y mejorar las infraestructuras, el déficit público y la mora bancaria. Y no se trata de tres detallitos sin importancia, son tres cuestiones muy importantes a tener en cuenta. La mora bancaria (aquellos préstamos impagados al menos en tres meses) no bajan y una tasa del 13% aproximadamente es muy alta, supone, de acuerdo con la apreciación de los expertos, un colapso bancario porque lleva subiendo demasiado tiempo. La incertidumbre que inyecta a la banca es enorme. Los bancos deben controlar los riesgos, y eso tiene un precio, que finalmente terminaremos pagando todos en forma de condiciones más duras para los créditos, etc.

Las infraestructuras han sido el tema estrella esta semana gracias a las declaraciones de Ana Pastor, quien afirmaba haber logrado que se redujeran los costes extra en la construcción de obra pública. A pesar de lo cual, la sombra de los AVES sin viajeros y el aeropuerto fantasma de Castellón revolotean sobre nuestras cabezas. Por último está el espinoso tema del déficit público. Nuestros socios europeos no tienen mucha confianza en que el gobierno de Rajoy sea capaz de cumplir el objetivo de déficit, ni siquiera después de que, a petición de nuestro gobierno, las autoridades de la troika bajaran un poquito el listón.

La importancia de este último punto implica controlar el flujo de ingresos y de gastos del Estado y las administradores públicas. Para conseguirlo, tanto el Estado central como los organismos dependientes del mismo, las Comunidades Autónomas y administraciones locales tendrían que racionalizar sus promesas a los votantes y admitir ponerse a una dieta rigurosa para no seguir pesando tanto en el bolsillo de los españoles. Y ahí es donde quiero ver la responsabilidad de los de la derecha, la izquierda, los de arriba y los de abajo.

La Celac, contra la Carta Democrática

El general Raúl Castro es el presidente pro tempore de la Celac y todos han ido a La Habana, como los ratones tras la flauta de Hamelin, a celebrar una segunda cumbre.

¿A qué juegan los gobiernos de América Latina? Aparentemente, el primer objetivo del organismo, según declararan en su documento fundacional, es

reafirmar que la preservación de la democracia y de los valores democráticos, la vigencia de las instituciones y el Estado de Derecho, el compromiso con el respeto y la plena vigencia de todos los derechos humanos para todos, son objetivos esenciales de nuestros países.

¿Qué entiende esta gente por democracia? Cuba, como corresponde a los países desovados por la extinta URSS, es una vieja dictadura unipartidista de más de medio siglo, en la que no existen libertades individuales ni se respetan los derechos humanos. Mientras se celebra la Celac, la policía política acosa y aporrea a las Damas de Blanco y a los demócratas de la oposición que se atreven a protestar. ¿Alguien lo ignora? 

Raúl y su tropa estalinista no lo ocultan. Son brutal y orgullosamente francos. Tienen coartadas legales para fusilar o encarcelar. Defienden paladinamente ese modo de estabular a la sociedad y afirman que se trata del sistema más abierto, democrático y solidario de la historia. Ni siquiera admiten que torturan a los disidentes. Los opositores no son personas: son gusanosescoria extirpable a culatazos por oponerse a la felicidad del pueblo y querer entregar el país al imperialismo yanqui.

No hay una violación flagrante de las reglas. Las reglas lo permiten. No hay que desaparecer a los enemigos. Se les machaca públicamente. La Constitución, calcada del modelo soviético, concede al Partido Comunista la facultad en exclusiva de organizar la sociedad a su antojo. Ese bodrio legal ha sido refrendado por la inmensa mayoría. Los cubanos, como los norcoreanos o cualquier ciudadano aterrorizado, votan lo que les pongan delante mientras sueñan con una balsa. Todo y todos se subordinan a los fines del marxismo-leninismo, y se prohíbe cualquier conducta que contradiga estos principios. El pasado, el presente y el futuro están atados y bien atados.

Y hay elecciones. Cada cierto tiempo, la dictadura, como sucedía en el Bloque del Este en Europa, realiza unos comicios muy controlados para legitimar en el poder a unas autoridades que sirven como correa de transmisión a las iniciativas del Castro que esté al frente del manicomio cubano. Son los apparatchiks. Es la nomenclatura obediente y memoriosa. Un orfeón asombrosamente afinado que canta a capella las consignas del Partido.

Como era evidente que los comunistas habían construido un modelo político distinto (el del totalitarismo marxista-leninista), y reclamaban el derecho a una denominación de origen diferente, los defensores de la democracia liberal definieron el sistema político que ellos proponían en un documento vinculante llamado Carta Democrática Interamericana, firmado en Lima el 11 de septiembre de 2001.

Ahí están todos los elementos de fondo para el ejercicio real de la democracia republicana: elecciones libres y plurales, separación de poderes, libertades individuales, incluidas la de prensa y asociación, transparencia, neutralidad del Estado de Derecho, respeto, tolerancia. Era exactamente la antítesis del modelo impuesto por los Castro en Cuba. Lo contrario a lo que hoy condona e ignora la Celac.

Pero a los políticos latinoamericanos les importa un bledo decir una cosa en la Carta Democrática Interamericana y hacer otra muy distinta en los aquelarres organizados por la Celac. Como en el famoso poema de Walt Whitman, repiten el "Me contradigo, y qué". Ahí estará en La Habana, incluso, el secretario gneral de la OEA, el señor José Miguel Insulza, quien debería ser el guardián de la Carta Democrática Interamericana, prueba viviente de que la esquizofrenia ideológica existe y es incurable.

Nada de esto, me temo, es nuevo. Uno de los rasgos más desagradables de muchos políticos latinoamericanos es la hipocresía. Tienen varios discursos. Varias caras. Dicen que son pragmáticos. No es verdad. Son cínicos. Durante décadas, los vecinos convivían en silencio con polvorientas dictaduras como las de Stroessner, Somoza o Trujillo. Ahora les importa muy poco lo que sucede en Cuba o Venezuela. Es el imperio de la inmundicia moral.

elblogdemontaner.com

Tres certezas y seis preguntas sobre la reforma fiscal que prepara Montoro

"Haremos la reforma fiscal para recaudar más". Cristóbal Montoro ya no se esconde. El ministro de Hacienda reconocía hace apenas unas semanas, en una entrevista en Cinco Días, que el objetivo de los cambios que prepara en el terreno recaudatorio es incrementar los ingresos del Estado.

El problema es que el Gobierno lleva unas semanas lanzando mensajes acerca de las bajadas de impuestos que se acercan. En teoría, la subida del IRPF aprobada en diciembre de 2011, nada más llegar a La Moncloa, iba a durar sólo dos años. Ahora sabemos que no es así y que al menos se alargará un ejercicio más, hasta 2015.

Y mientras tanto, se van filtrando avances sobre el trabajo de la comisión de expertos a la que el Gobierno le ha encargado un informe sobre esa reforma fiscal "integral y completa" que anunció el pasado mayo la vicepresidenta. Este miércoles, el diario Expansión publicaba uno de los documentos que los sabios está manejando. Y poco después, el propio Montoro desmentía que tenga intención de hacer algunas de las cosas que se supone que le pedirán. Fuentes cercanas a este grupo confirmaban a Libertad Digital que lo publicado no es más que un borrador de los muchos que hay y que la propuesta final será muy diferente en algunos aspectos. De hecho, El Economista publicaba lo que podría considerarse como una rectificación del trabajo de su competidor, citando lo que fuentes de Hacienda opinan sobre el trabajo del comité encabezado por Manuel Lagares. 

Con todo esto encima de la mesa, no es extraño que el ciudadano medio no se aclare. ¿Qué va a pasar a partir del próximo ejercicio? ¿Pagará más o menos impuestos? ¿Qué dirán los expertos? ¿Les hará caso el Gobierno? ¿A cuánto ascenderán los recortes en los tipos del IRPF? ¿Le compensará en el bolsillo todo ese movimiento? Por ahora, no hay una respuesta definitiva a ninguna de estas cuestiones. Pero sí hay pistas de hacia dónde nos dirigimos. Podríamos decir que hay tres certezas; pagaremos más (de media), nos intentarán vender que pagamos menos y las pocas rebajas no llegarán de forma inmediata. También hay seis preguntas, una por cada impuesto implicado.

El objetivo

Como explica Montoro, el objetivo de la reforma fiscal es "recaudar más". De hecho, ésta habría sido una de las líneas rojas que el Gobierno le ha impuesto a los expertos: sea como sea la propuesta, debe ir dirigida a aumentar los ingresos.

Para recaudar más hay dos opciones. La primera es aprobar reformas que relancen la actividad económica. En España hay seis millones de parados que, por su falta de ingresos, pagan muy pocos impuestos. Supongamos que una cuarta parte encuentra empleo. Así, sin hacer nada más, se dispararía la recaudación y subiría la presión fiscal de forma natural.

De hecho, numerosos economistas defienden que las bajadas de impuestos pueden incrementar la recaudación por esta vía. Es decir, primero se reducen los tributos y el efecto de empuje que este movimiento tiene sobre la actividad económica es tal que al final Hacienda acaba con más ingresos que antes. Es la famosa Curva de Laffer, que también podría ser la culpable de que las fuertes subidas de impuestos de los últimos años no se estén traduciendo en una mayor recaudación.

Pues bien. Esto no es lo que tiene en mente Montoro para llenar las arcas de Hacienda, entre otras cosas porque el crecimiento será modesto, no más allá del 1% del PIB, al menos los próximos dos años. El planteamiento del ministro es hacer una reforma fiscal que recaude más ya, en las actuales condiciones. Y podríamos decir que si se produjera esa recuperación de la economía de la que tanto se habla sería un efecto añadido a la reforma, pero no lo que se busca con la misma.

El Gobierno cree que el sistema fiscal español está muy mal diseñado y que hay que cambiarlo para obtener más ingresos. Por lo tanto, si el mismo número de contribuyentes paga una cantidad total mayor, eso quiere decir que el contribuyente medio pagará más. Como habrá muchos movimientos (IRPF, IVA, Sociedades, Sucesiones, Donaciones,…) no será fácil que cada uno haga sus sumas y restas. Pero el resultado final (medio) será negativo para el ciudadano. No hay más alternativas.

El mensaje

Desde que comenzó este proceso de reforma fiscal, los mensajes han ido en dos direcciones: que habría bajadas de impuestos y que todos los expertos exigen un nuevo diseño del sistema, que deberían traducirse en eliminar deducciones y bonificaciones a cambio de bajar los tipos. Lo primero ya hemos visto que no es cierto. Lo segundo tiene más miga.

Es cierto que la mayoría de los académicos que han estudiado los impuestos españoles han pedido una reforma en el sentido apuntado en el párrafo anterior. Y también es verdad que lo que prepara el Gobierno cumplirá ambas partes de la ecuación (bajarán algunos tipos y se eliminarán deducciones). Pero claro, en esta cuestión lo importante no es sólo la dirección, sino los metros recorridos.

Así, todo apunta a que en lo que respecta a los recortes de tipos nos encontraremos ante movimientos mínimos. Cada impuesto será una historia, pero por ejemplo, en IRPF no se espera ni siquiera volver a los niveles anteriores a la llegada de Mariano Rajoy a Moncloa. Al mismo tiempo, se eliminarán casi todas las deducciones (sobre todo las más importantes). Vamos, que el movimiento alcista (deducciones) será mucho más importante que el bajista (tipos). Habrá quien salga beneficiado o menos perjudicado, como aquellos contribuyentes que no tengan hipoteca, pero para la gran mayoría el sumatorio será negativo.

El calendario

En todo lo que tiene que ver con la reforma fiscal, es importante el cómo y el cuánto, pero también el cuándo. El Gobierno ya ha adelantado que los cambios empezarán a entrar en vigor a lo largo de 2015 y, luego, seguirán implementándose de forma paulatina entre 2016 y 2017.

El problema es que no es lo mismo cuándo se apruebe cada media. En el IRPF al menos, parece darse por seguro que la parte mala (la eliminación de las deducciones) llegará de forma inmediata. Y al mismo tiempo que la parte buena (la rebaja de los tipos) se irá aplicando poco a poco. Vamos, que el palo llegará a las primeras de cambio, pero el contribuyente no será capaz de alcanzar la zanahoria hasta mucho después.

Las preguntas

– IRPF: hace dos años subieron los tipos y se dijo que sería temporal. Ya sabemos que el calendario prometido no se cumplirá. Y la pregunta es: cuando se dice que habrá una bajada de tipos, ¿cuál es el nivel de referencia: el actual o el que había cuando el PP llegó a La Moncloa? Se supone que la subida de diciembre de 2011 era "temporal y extraordinaria" y desaparecería en dos años (bueno, ahora son tres). Por lo tanto, para cumplir su promesa la bajada del IRPF debería empezar por eliminar aquel movimiento y luego, tocar los tipos. Todo apunta a que no será así. Es decir, será una bajada que no compensará, ni de lejos, aquella subida.

– IRPF-Vivienda: los expertos tienen esta deducción en su punto de mira desde hace años. Probablemente la comisión de sabios proponga eliminarla, incluso con carácter retroactivo (esto no quiere decir que haya que pagar por años anteriores, sino que a los que ya se benefician se les quita esta ventaja a partir de 2015). El Gobierno asegura que no lo hará. Y la pregunta es ¿sobrevivirá esta deducción?

– Sociedades: en este tributo, la propuesta de los expertos irá por eliminar deducciones a cambio de bajar los tipos. Sobre la primera parte no hay duda: se hará. Sobre la segunda, hay más incertidumbre, ¿habrá realmente una reducción de los tipos? ¿compensará la eliminación de deducciones?

– IVA: el Gobierno lo tiene complicado con el IVA. Los expertos le pedirán probablemente que lo suba, a cambio de bajar más el IRPF. Pero el PP hizo hasta campaña contra la subida del IVA aprobada por Zapatero y se resistió a tocarlo hasta que la presión de Bruselas se hizo insoportable. De hecho, este miércoles, Montoro fue rotundo en este punto (otros los dejó más abiertos), tras la portada de Expansión. Parece claro, por lo tanto, que Moncloa se resistirá a subir los tipos, pero ¿habrá cambios en los productos de cada categoría? (porque esto también es subir impuestos, aunque no se diga).

– Especiales: en esto no hay duda. Va a haber más (ya sea en forma de impuestos o tasas) y los que ya existen serán elevados. La única cuestión que queda por resolver es ¿hasta dónde los subirán?

– Cotizaciones: son el gran misterio de la reforma. En realidad, cada vez que se plantean cambios en el modelo tributario español, se pide reducir la carga sobre el empleo. Cuando el Gobierno del PP aprobó la subida del IVA, la unió a una futura reducción en las cotizaciones. Pero aquella promesa se la llevó el viento. Los documentos que se filtran del comité de sabios no dicen nada sobre esta cuestión. Lo único que se ha hecho en los últimos meses es ampliar el concepto, para tener también en cuenta las retribuciones en especie. Llegados a este punto, la pregunta es ¿será éste por fin el momento en el que alguien se atreva a reducir las cotizaciones? No será fácil, porque además, la tensión sobre las cuentas de la Seguridad Social es creciente.

Empleo zombi y el dilema de la Fed

We are creating a part-time economy – Sara Eisen

A dream doesn’t become reality through magic, it takes sweat, determination and hard work – Colin Powell

Uno de los comentarios más escuchados en España cada vez que salen los datos del empleo de nuestro país es: "Si pudiéramos imprimir dinero como Obama, bajaría el paro".

Nos preocupa la precariedad y temporalidad de nuestra recuperación, con razón. Si hiciéramos como Obama nada de eso pasaría. ¿Cierto? Falso.

Fijémonos en las cifras oficiales de nuestro país:

– Ocupados 16,76 millones de personas.
– Parados: 5,986 millones de personas.
– Tasa de paro: 26,03%.
– Tasa de actividad: 59,3%, la más baja desde 2008 (55,4% entre los 16-64 años con datos de IVT 2013, cortesía de Jose Ignacio Conde-Ruiz).
– A cierre del año el porcentaje de empleados a tiempo parcial se sitúa en el 16,34%.

En resumen, el paro ha bajado en España, pero la recuperación aún no es solida, y aunque se ha frenado la destrucción de empleo, los ‘sacados de las listas’ aumentan y los nuevos trabajos son más precarios… porque no hacemos lo que Obama, ¿verdad? No.

Pongamos las cosas en contexto: tres billones de dolares de estímulo monetario (trillones americanos), hoy un 6,5% del PIB de Estados Unidos anual en compras de bonos y otros activos de la Reserva Federal.

Ahora recordemos las promesas. Con el plan de estímulos anunciado en 2009, el desempleo en Estados Unidos bajaría al 5% en 2013. Hoy es del 6,7%. No está mal, ¿no?. No, si incluimos a los ‘zombies’. Los sacados de las listas. Vean el gráfico adjunto.

El índice de participación laboral en Estados Unidos se ha desplomado al 62,8%, el nivel más bajo desde 1978. En España, como mostrábamos antes, ha caído a niveles de 2008. Los estadounidenses ‘fuera de la fuerza laboral’ superan los 91,8 millones. ¿Efecto demográfico?. Pues no, se analice como se analice, sobre todo comparando naciones de la OCDEla caída del ratio de participación laboral de Estados Unidos es simplemente inaudita e inaceptable.

A la hora de analizar el paro real de Estados Unidos hay que hacer lo que hacemos cuando criticamos a España, a la UE o a sus gobiernos. Ver las cifras reales, no las mágicas. Les recomiendo leer el Real Unemployment Rate. Sí, el paro ha bajado… pero en términos reales, los datos de U-6 (parados, infraempleados y desocupados) muestran que el paro real era del 14,2% cuando llegó la solución ‘milagrosa’ de imprimir, subió al 16,7% y hoy es del 14,4%. ¡Chas! Se fue. Tres billones de dólares de coste.

Desde el QE, el "milagro monetario" de Bernanke, 11,6 millones de trabajadores americanos han "salido del mercado laboral", como muestra el profesor de Estadística Juan Manuel Lopez-Zafra. Estados Unidos sólo ha creado un millón de empleos… y una gran parte temporales.

En Estados Unidos, si usted entrega pizzas por las noches y sirve hamburguesas por la mañana en el restaurante de la esquina, se han ‘creado’ dos puestos de trabajo. De hecho, se hace un ‘household review‘ y si usted ha llevado a su abuela al hospital a cambio de un dinero… se ha creado empleo.

Pero además, del millón de empleos creados por las soluciones mágicas, la enorme mayoría han sido gracias a la revolución de la industria energética doméstica, que ha creado 850.000 puestos de trabajo, completamente independiente de estímulos monetarios o gasto público tras haber descubierto petróleo y gas en abundancia hasta convertir al país en uno de los mayores productores del mundo, junto con Rusia Arabia Saudí.

Sacar parados de las listas es el método favorito de muchas de las economías estancadas. Casi 1,4 millones de desempleados han perdido sus beneficios por desempleo ésta semana en Estados Unidos. Salen de la lista, bajará el ‘paro’ en un 0,25% y… ¡viva!, máximos bursátiles.

En diciembre, el ‘paro’ en Estados Unidos cayó al 6,7%. La mayor parte del descenso vino de 347.000 trabajadores "abandonando las listas de fuerza laboral" (NILF, not-in-labour force), lo que mi amigo Matt llama los ‘zombies’ de la era Bernanke.

Desde el anuncio de los estímulos, Quantitative Easing, las personas que han "salido de la fuerza laboral" superan los 11 millones. Pero además la temporalidad se ha disparado al 16% y el porcentaje de trabajadores norteamericanos que trabajan a tiempo parcial pero buscan un trabajo fijo se ha disparado a máximos de cinco años, el 10,1%.

Todo metiendo un chute de esteroides a la economía de tres billones de dolares. Un fracaso estrepitoso. Pero no se preocupen. Hay que repetir, que pronto llegará.

Por supuesto, me dirán que es "mejor que Europa". Faltaría más. Pero no es por imprimir dinero. Es por tener una economía abierta, bajos impuestos, iniciativa privada y facilidades para crear negocios… y encontrar petróleo.

Si todo es un desastre en todos los países entonces, ¿no tenemos solución? Pero existe. Se llama recuperar la clase media, el consumo y la renta disponible. No torpedear el autoempleo con políticas confiscatorias y atacar a los creadores de empleo cuando se están recuperando de la crisis. No es de extrañar que la desigualdad se dispare con las políticas monetarias agresivas, ya que el dinero ‘creado’ se queda en el sistema financiero, el estado y su deuda. La decisión de invertir en la economía productiva y la velocidad del dinero se desploman cuando se imprime y reprime. No hay confianza real. Solo burbujas financieras

La solución al empleo precario no se va a dar con más subidas de impuestos y represión financiera, bajar tipos o imprimir. Se dará el día que por fin se den cuenta que la máquina de exprimir y endeudar no da más de sí.

Mientras tanto, la Reserva Federal supone el 63,8% de las compras de bonos a 10 años y el 87,4% de las compras de bonos a 30 años. No existe posibilidad de ‘mitigar’ este problema sin causar un grave destrozo.

¿Quién va a sustituir a la Fed comprando bonos del estado cuando supone casi el 70% de la demanda en los bonos a largo plazo? Difícil respuesta.

Ese es el dilema de la Fed y Janet Yellen de cara al siguiente techo de deuda, en marzo. Que sabe perfectamente que los datos expuestos en este artículo son correctos, pero se ha metido en una trampa donde "reducir los estímulos" en una cantidad inapreciable (10.000 millones de dólares mensuales) produce shocks inesperados. Mientras tanto, lo importante, que es crear riqueza y empleo, sigue obviándose para defender ‘soluciones de powerpoint’ que perpetúen una deuda y un gasto inasumibles.

Las soluciones mágicas no existen. Pero gustan… al que parte y reparte. Luego le echan la culpa a los "mercados" y a correr.

Oxfam no entiende ni la riqueza ni la pobreza

Ciertamente, el famoso informe Oxfam que denuncia el desigual reparto de la riqueza mundial se basa en datos erróneamente manoseados con el ánimo de cocinar soflamas políticas que acrecienten el intervencionismo estatal sobre nuestras sociedades. Pero el mayor error del informe no es ése, sino el ignorar por completo el proceso económico de creación y destrucción de riqueza.

¿Qué es riqueza?

Comencemos por lo básico: riqueza es toda fuente de renta futura. No es la riqueza la que da valor a la renta, sino que es la renta la que da valor a la riqueza. El valor de un terreno no depende del terreno en sí mismo, sino del valor de los usos futuros que se le puedan dar (de sus rentas): un pedazo de tierra en una ciudad inglesa tiene más valor que un pedazo de tierra en Zimbabwe porque sus servicios (residenciales, industriales, comerciales, etc.) en Inglaterra son más útiles para el conjunto de la sociedad que en Zimbabwe. Ahora bien, si Inglaterra fuera devastada por una guerra y Zimbabwe floreciera como un centro de negocios internacional, las tierras en Zimbabwe devendrían mucho más valiosas que en Inglaterra, aunque físicamente no hubieran experimentado cambio alguno. Por eso, el precio del metro cuadrado hoy en Singapur o en Hong Kong es infinitamente superior al que poseían hace medio siglo esas mismas tierras: no porque la calidad objetiva de la tierra haya mejorado (tal vez, incluso se haya degradado), sino porque el valor que subjetivamente se concede a los usos que proporcionan esos terrenos se ha multiplicado.

En una sociedad con miles de millones de personas y donde los recursos físicos tienen usos alternativos diversísimos, la inmensa mayoría de las rentas no proceden automáticamente de los recursos materiales, sino del uso que se hace de esos recursos materiales. Es decir, la capacidad de generación de renta depende muchísimo más de la organización inteligente de los recursos que de la disponibilidad de los mismos. Por eso Google (y tantas otras empresas) pudieron nacer en un garaje sin contar con apenas recursos y por eso los gobiernos son por lo general incapaces de generar nada de provecho pese a contar con muchísimos más recursos que cualquier start-up. En definitiva, en órdenes complejos y libres, la mayor parte de la riqueza de una sociedad se hallará en forma de sistemas organizativos generadores de bienes y servicios (renta), es decir, de empresas que produzcan bienes y servicios valiosos para los consumidores; y se hallará en esta forma únicamente mientras estos sistemas empresariales sigan generando valor para el consumidor. Conocidos son los casos de megaempresas descapitalizadas por entero debido a que sus bienes y servicios han dejado de tener valor para el consumidor (célebre es el reciente caso de Kodak).

Los ricos, hoy

A diferencia de lo que sucedía hace varios siglos, los ricos de hoy no son los que han acumulado una mayor cantidad de tierra o de recursos naturales, sino aquellos que han construido sistemas de organización de recursos que maximizan la satisfacción del cliente a un menor coste. Con esto no quiero decir que los dueños de recursos naturales no devengan igualmente ricos o que no haya muchísimos ricos que lo sean gracias a prebendas gubernamentales: digo que, en el fondo, la riqueza de estas personas depende de la riqueza que son capaces de crear otras empresas. El dueño de un pozo de petróleo tiene el mismo pozo hoy que hace 100 años y, sin embargo, hoy será incomparablemente más rico (porque el petróleo que posee es utilizado en procesos productivos que generan mucha más renta que hace 100 años); el prebendista gubernamental que se queda con el 0,01% del PIB ejerce hoy la misma rapiña que antaño, pero hoy es mucho más rico que entonces (porque el PIB sobre el que rapiña es mucho mayor). O por enunciarlo de un modo más sencillo: el propietario de un pozo de petróleo es rico en la medida en que su materia prima se inserte en una división (empresarial) del trabajo muy productiva. Si mañana Arabia Saudí declarara una autarquía radical, sus jerifaltes se arruinarían porque no podrían poner en valor su petróleo (y serían muchísimo más pobres aunque descubrieran nuevos pozos de petróleo que los abasteciera durante miles de años).

En resumen: en un orden complejo uno puede enriquecerse fundamentalmente por tres vías. La primera y principal, crear sistemas empresariales que generen riqueza para el consumidor. La segunda, proporcionar la financiación que necesitan esos sistemas empresariales. La tercera, proporcionar los recursos (bienes o servicios) que esos sistemas empresariales requieren para materializarse. Fijémonos que, en realidad, la segunda y la tercera vía se subordinan a la primera: una economía sin proyectos empresariales pero con mucha financiación y muchos recursos naturales será una economía pobre y casi de autosubsistencia.

Así pues, estando materializada la mayor parte de la riqueza mundial en forma de sistemas empresariales, lo normal es que los más ricos del planeta sean los propietarios de los sistemas empresariales más exitosos del planeta, bien por haberlos creado, bien por haberlos financiado durante su creación o arranque, bien por haberlos heredado de los anteriores propietarios (aunque el intervencionismo gubernamental puede encumbrar a la categoría de ricos a sujetos rentistas y parasitarios de la riqueza ajena; único problema real que detecta Oxfam en su informe). Sólo es necesario echarle un ojo a la lista de los más ricos de Forbes, entre ellos: Bill Gates (creador de Microsoft), Amancio Ortega (creador de Inditex), Warren Buffett (inversor en numerosísimas empresas y, por tanto, en proporcionarles directa o indirectamente financiación), Larry Ellison (creador de Oracle), Christy y Jim Walton (nuera e hijo de Sam Walton, creador de Wal Mart), Liliane Bettencourt (hija de Eugène Schueller, creador de L’Oreal), Stefan Persson (hijo del fundador de H&M, Erling Persson), etc.

Asimismo, también es normal que las clases medias-altas de sociedades más o menos abiertas sean empresarios o financiadores de otros sistemas empresariales no tan extraordinarios como los anteriores, pero que contribuyen igualmente a la generación de valor para mercados algo más modestos. De hecho, algunos de esos ricos podrían con el tiempo transformarse en superricos si sus empresas siguen creciendo y generando riqueza para un público mayor sin que la competencia logre barrerles.

Ahora bien, que los más ricos sean aquellos que consiguen crear estos sistemas empresariales exitosos no significa que, tal como recoge la narrativa marxista, el resto de la sociedad esté condenada a vivir depauperada por venderles a los anteriores su fuerza de trabajo a cambio de sueldos de miseria. El resto de la sociedad que no haya creado sistemas empresariales exitosos puede acumular fuentes generadoras de renta (riqueza) por dos de las tres anteriores vías: una, proporcionar financiación a los sistemas empresariales (comprar bonos y acciones); dos, proporcionar recursos a los sistemas empresariales o a los factores productivos que éstas emplean (básicamente, la propiedad inmobiliaria ofertada como alquiler residencial o comercial; y la formación técnica del factor trabajo, esto es, el capital humano). Es el ahorro de parte de la renta y su inversión dentro del proceso social de creación de valor para el consumidor lo que nos permite acumular poco a poco un patrimonio (riqueza).

Los pobres, hoy

Sentado lo anterior, no deberíamos quedarnos boquiabiertos por el hecho de que, tal como expone Oxfam, el 1% de la población posea casi la mitad de la riqueza mundial, el 8,5% posea casi el 85% y el 91,5%, menos del 20%.

Primero porque lo que esos datos están poniendo de manifiesto es algo que hace tiempo que sabíamos: la mayor parte de la población mundial se concentra en zonas cuyo marco institucional es hostil a la creación de sistemas empresariales (escaso respeto a la propiedad privada y los contratos, ya sea del Estado hacia los particulares o de los particulares entre sí). Es decir, la mayor parte de la población es pobre en el sentido estricto del término: no ha podido acumular activos generadores de renta y su economía se basa en la autosubsistencia o en el abastecimiento muy primitivo de mercados locales. A nadie le sorprenderá que los ciudadanos del Tercer Mundo no posean grandes carteras de bonos y de acciones o propiedades inmobiliarias de gigantesco valor. Su escasa riqueza se concentra en bienes muebles como el ganado o las herramientas (bienes que el informe Oxfam excluye del cómputo de riqueza global) y en ciertas propiedades inmobiliarias con un valor ridículamente inferior a las occidentales (un trozo de tierra en Calcuta tiene, hoy por hoy, mucho menos valor que uno en Londres). Sí: la mayor parte de la población sigue siendo pobre, pero no porque nosotros seamos ricos, sino porque sus regímenes políticos les han impedido crear riqueza tal como la hemos creado nosotros. Afortunadamente, la globalización está comenzando a cambiar este panorama y la pobreza en el mundo se está reduciendo a pasos agigantados.

Segundo, porque las mayores expresiones de riqueza de las clases medias occidentales —aparte de su propiedad inmobiliaria— están excluidas del informe. En concreto: Occidente es actualmente una sociedad controlada y asfixiada por el Estado de Bienestar. El Estado de Bienestar tiene una lógica de funcionamiento coactivo muy clara: a cambio de pagar una cantidad ingente de impuestos cada año, todo ciudadano tiene derecho a recibir una renta monetaria (pensiones) y una renta en especie (servicios “gratuitos” en sanidad y educación). Parte de esa renta en especie, además, puede transformarse en riqueza generadora de renta futura (los servicios educativos se transforman en capital humano que aumenta la productividad del trabajador). Pues bien, tanto el capital humano como el derecho a percibir prestaciones del Estado de Bienestar… ¡están excluidos del cómputo de riqueza global! Aunque el Estado español nos estuviera pagando el alquiler de yates y de mansiones a todos los ciudadanos… nuestra riqueza dentro del informe Oxfam no mejoraría ni un ápice.

El sesgo estadístico de este error no es menor. Un trabajador español con un salario de 15.000 euros está pagando anualmente más de 9.000 euros en impuestos y cotizaciones sociales. A cambio de ese dineral, recibe una serie de prestaciones del Estado de Bienestar cuyo valor Intermon Oxfam no contabiliza como riqueza. ¿Se imaginan que, en cambio, esos trabajadores medios dedicaran sus 9.000 euros anuales a adquirir participaciones en fondos de inversión, seguros de vida o seguros sanitarios? La riqueza contabilizada se incrementaría de manera muy sustancial (un mileurista español, por ejemplo, pasaría a integrar estadísticamente la categoría de privilegiados ciudadanos que poseen más del 80% de toda la riqueza planetaria). Añadan ese sesgo a la baja para todo Occidente y comprenderán que las cuentas y disquisiciones de Intermon Oxfam carecen de toda solidez.

Conclusión

En definitiva, los diferenciales de riqueza que han escandalizado a Intermon Oxfam se explican única y exclusivamente por la voracidad y el intervencionismo del Estado sobre las sociedades: en el Tercer Mundo, porque bloquea la posibilidad de crear sistemas empresariales no tutelados por el Estado, que son la base de la riqueza; en Occidente, porque el ahorro que permitiría a las clases medias acumular patrimonios sustanciosos es absorbido por el expolio tributario del Estado de Bienestar. De ahí que, sólo aquellas personas que en Occidente estén generando una renta suficientemente alta como para ahorrar después de ser rapiñados por Hacienda, figuren en las estadísticas como ricos: el resto, formalmente, no tienen nada (aunque posean capital humano y servicios “gratuitos” del Estado de Bienestar).

Paradójicamente, la única respuesta que adivina a dar Oxfam a esta situación envenenada para las clases medias es recetarles más cicuta, a saber, más Estado: más impuestos, más gasto y más regulaciones. Simplemente, no entienden cómo se crea (y cómo se destruye) la riqueza.

Rajoy lleva la fiscalidad sobre el empleo a su punto más alto desde los años 80

Los impuestos al tabaco provocan una disminución en su consumo, algo que el Ministerio de Sanidad se encarga de recordar cada vez que se decreta un incremento en estos tributos. La subida del IVA al cine ha hecho que se desplome la asistencia a las salas, como ha dejado claro el sector. Las tasas que algunas regiones cobran a los turistas por cada noche de alojamiento provocan las protestas inmediatas de los hoteleros, que temen por el impacto que pueda tener en su facturación.

Los tres ejemplos anteriores son ampliamente conocidos y reconocidos. Nadie parece dudar de su veracidad. Parece lógico pensar que un incremento en los impuestos de un producto tiene una repercusión directa (y negativa) en el consumo del mismo. Sin embargo, con el trabajo no se establece la misma relación. Los políticos españoles llevan subiendo los impuestos al empleo de forma constante desde que comenzó la crisis. Y el paro se ha disparado como en ningún otro país de la UE.

Es cierto que hay muchos más factores que pueden influir en las cifras del desempleo, desde la rigidez del mercado laboral al hundimiento de sectores como el de la construcción, muy intensivos en mano de obra. Pero, de verdad, ¿a nadie en el Gobierno se le ha pasado por la cabeza que el enorme coste al que tienen que hacer frente los empresarios a la hora de contratar puede influirles cuando toman esta decisión? ¿O qué el recorte que sufren los empleados entre los sueldos brutos y los netos no repercutirá en sus ganas de trabajar o mejorar en su profesión? 

Coste y salario

Cuando un empresario piensa en contratar a un nuevo trabajador (o mantener a alguno de los ya existentes) calcula cuánto le va a costar éste y cuánto va a producir para su negocio. La lógica nos dice que sólo realizará el fichaje si la segunda cifra es superior a la primera.

Normalmente, asociamos el coste laboral con el salario. Pero esto es un error. En realidad, lo que el empresario paga por un empleado es mucho más de lo que éste recibe en su cuenta bancaria. Y claro, esto tiene muchas implicaciones en las decisiones de uno y otro.

Coste laboral = Salario neto + IRPF + Cotizaciones sociales

De esta manera, hay una gran distancia entre lo que el trabajador gana y lo que el empresario abona. La primera consecuencia es que existe una muy diferente percepción entre lo que piensan uno y otro. El empleado sólo ve el extracto bancario. Pero su jefe piensa en lo que en realidad le cuesta. Quizás aquél piense que gana muy poco y éste crea que paga demasiado. Lo peor de todo es que, en muchos casos, ambos pueden tener razón.

Tal y como explicaba Libre Mercado este sábado, en España el pago de impuestos y cotizaciones alcanzaba en 2012 el 41,4% del total del coste laboral del trabajador medio soltero y sin hijos. Por ejemplo, según las cifras del informe Taxing wages, de la OCDE, un empleado con estas características ganaba 27.526 euros, pero le costaba a su empresa 46.974 euros (o lo que es lo mismo, 19.448 euros más).

Según la OCDE, la presión fiscal para el trabajador medio (recordemos, sólo en tributos sobre el trabajo, no contamos indirectos) creció en 2,8 puntos de 2000 a 2012. De hecho, había bajado algo hasta 2009, pero desde este año se ha incrementado en 3,1 puntos. Es cierto que una pequeña parte de este repunte se puede explicar en parte por el efecto composición: el sueldo medio español ha subido respecto al año 2000 porque buena parte de los despedidos con la crisis estaban en la banda salarial baja; y una nómina más alta paga más impuestos. Pero la mayor parte se explica por los incrementos tributarios de los últimos años.

Mientras tanto, la media dentro de la OCDE (los países más ricos del mundo) indica una ligera caída de 1,1 puntos (del 36,7% al 35,6%) entre 2000 y 2012. No son cifras muy alentadoras para la competitividad de nuestras empresas.

Años de subidas

Todos estos datos son del año 2012, por lo que incluyen algunas de las subidas de impuestos al trabajo aprobadas por el Gobierno del PP, pero no todas. En conjunto, sumando todos los cambios de los últimos años, tanto con José Luis Rodríguez Zapatero como con Mariano Rajoy, los empresarios españoles se enfrentan a los tributos sobre el trabajo más elevados de las últimas dos décadas, que es cuando existen datos comparables y una estructura impositiva similar. De hecho, posiblemente estemos hablando de la fiscalidad sobre el empleo más agresiva de la historia. Y eso con casi seis millones de desempleados y una tasa de paro superior al 25%.

– IRPF: sin duda, ha sido la subida tributaria más espectacular de los últimos años. En 2008, el tipo marginal máximo era del 43%. Primero, fue el Gobierno del PSOE el que incrementó este nivel. Luego, llegó el gran golpe para los contribuyentes.

En diciembre de 2011, Mariano Rajoy rompía todas sus promesas electorales y aprobaba un "gravamen extraordinario", que incluía subidas en todos los tramos (hasta 7 puntos para las rentas más altas). Y se solapaba con incrementos en el tramo autonómico en la mayoría de los regiones. Ahora, los tipos marginales van del 51,9% de Madrid o La Rioja al 56% de Cataluña, Asturias o Andalucía. Se suponía la medida anunciada por el Gobierno central era temporal (por dos años), pero ya sabemos que, como mínimo, se extenderá un ejercicio más de lo prometido en un inicio.

– Cotizaciones: es uno de los grandes desconocidos de la fiscalidad española. Y eso que aporta más a las arcas tributarias que el IRPF. En 2008, un buen año para medirlo porque todavía no se sentían los efectos distorsionadores de la crisis, las cotizaciones sumaban algo más del 34% de los ingresos públicos, por un 25% del Impuesto sobre la Renta. ¿Por qué entonces se habla tan poco de ellas? Pues la principal razón es que la buena parte de los trabajadores no saben que se están pagando o, si lo saben, no se imaginan a cuánto ascienden.

Por ejemplo, imaginemos a un empleado con una nómina de unos 2.000 euros brutos. A este trabajador le descontarán un 4,7% de contingencias comunes, un 1,55% de desempleo, un 0,1% para formación y (más o menos) un 17% de IRPF. En total, aproximadamente se le restará un 23,5% de su sueldo bruto, unos 480-490 euros.

Lo que no se dice en ninguna parte de esa nómina, es que la empresa está pagando un 30% más a la Seguridad Social: 23,6% por contingencias comunes, 5,5% por desempleo, un 0,2% al Fogasa y un 0,6% en Formación. Son 600 euros al mes de coste extra oculto.

En estos días, se ha hablado mucho del último cambio en la normativa sobre cotizaciones aprobado para 2014. Por un lado, se elimina la exención de cotización a la Seguridad Social de la retribución en especie (cheques restaurante, guardería, seguro médico,… ); por otro, se sube la base mínima de cotización para los autónomos societarios y aquellos con más de diez trabajadores. Es importante destacar que los tipos no han cambiado. Por lo tanto, aparentemente, no hay una subida impuestos. Pero al computar más conceptos, lo que se produce en la práctica es un incremento en lo que pagarán empresario y trabajador.

– Las subidas encubiertas: pero los incrementos de impuestos no se han quedado en los titulares de las noticias. Desde que comenzó la crisis, se han producido de forma constante dos subidas ocultas de impuestos, que afectan al IRPF y a las cotizaciones sociales. No se habla mucho de ellas, pero son muy importantes. En el Impuesto sobre la Renta, como explica elblogsalmón, no se han actualizado los tramos desde 2008. Pero los precios y salarios, aunque poco, sí han subido. Por lo tanto, personas con el mismo poder adquisitivo que a comienzos de la crisis, han subido de tramo y pagan un porcentaje superior de IRPF. Es un mecanismo que, con mucha sordina pero de forma constante, va castigando el bolsillo del contribuyente.

De la misma manera, las bases de cotización a la Seguridad Social han ido subiendo por encima del coste de la vida de forma constante. Este año, por ejemplo, la base máxima ha pasado de 3.425 euros a 3.590 euros (un 5%), lo que podría llegar a suponer unos 51 euros para la empresa y unos 10 euros para los trabajadores que se encuentren en estos niveles. Por cierto, que este incremento en la cotización no se traducirá en el correspondiente incremento en los derechos acumulados para una futura pensión. Y hablamos del Régimen General, porque también los autónomos tendrán subidas en sus bases de cotización.

Vuelta a los 80

Aunque parezca mentira, con seis millones de parados, crear un nuevo puesto de trabajo en España cuesta mucho dinero, en buena parte por la factura de Hacienda. En total, podemos asegurar que nunca, desde los años 80, los empresarios españoles habían pagado tanto por crear empleo. En aquella década, el IRPF llegó a estar cerca del 70% y las cotizaciones sociales superaban el 30%. También hay que tener en cuenta que la estructura impositiva era muy diferente. Por ejemplo, el IRPF tenía más de 30 tramos.

Desde comienzos de los años 90 se inició un proceso de pequeñas rebajas tributarias, que dieron algo de aire a las empresas y trabajadores españoles. El IRPF llegó a tener un tipo marginal máximo del 43%. Y las cotizaciones, después de dos décadas estables, podía preverse que se reducirían. De hecho, el propio Rajoy prometió bajarlas dos puntos cuando subió el IVA en 2012 (otra promesa completamente olvidada en estos momentos). Al final, lo cierto es que tras las subidas aplicadas por sus gobiernos autonómicos, hay asturianos, andaluces o catalanes pagando un tipo del 56%.

en cuanto a cotizaciones pagadas por las empresas, somos el cuarto país de Europa en términos de ingresos respecto al PIB. Teniendo en cuenta el dato de paro en España, para alcanzar esa recaudación es evidente que hay que cobrar mucho por cada puesto de trabajo. Como explicamos ayer, pocos países de Europa castigan a sus empresas y trabajadores con tanta saña.

En los últimos meses, hemos leído alguna noticia sobre la caída de los costes laborales. Pero este fenómeno se explica únicamente por un descenso en los salarios. El resto de conceptos que afectan a la nómina han seguido subiendo. Contratar a un nuevo empleado y que a éste le lleguen 1.000 euros netos a su banco es ahora mucho más caro que hace unos años (otra cuestión es que el que antes cobraba 1.000 euros netos ahora gane 800).

Las consecuencias

¿Y qué consecuencias tiene todo esto sobre el empleo? Pues depende de a quién se pregunte. Por ejemplo, en lo que tiene que ver con la subida de las cotizaciones sociales para 2014, Tomás Burgossecretario de Estado de Seguridad Social, afirmaba: "Ninguna empresa va a reducir empleo porque tenga que aportar 4, 5 o 10 euros más al mes por un trabajador". No parece mucho dinero. Y para el empleado, que también tiene que cotizar, sus cálculos son de un euro de media al mes.

El problema es que estas medias se han hecho contando a todos los trabajadores. Y la mayoría de los asalariados no tiene ningún tipo de retribución en especie. Pero para los que sí recibían esta gratificación, los datos son mucho más elevados. Imaginemos a un empleado tipo de una oficina de Madrid, que recibía 200 euros en tickets de comida (10 euros por 20 días de trabajo al mes). A partir de este momento, hay un nuevo concepto que entra en su base de cotización, por lo que la empresa tendrá que pagar el 30% de esa cantidad a la Seguridad Social (60 euros al mes). Por su parte, el empleado pagará su 6,35% (12,7 euros al mes). Son cifras muy diferentes a las planteadas por Burgos.

Por eso, los empresarios han contestado con una dureza inusitada al Gobierno. La CEOE ha emitido esta misma semana un comunicado en el que pide la retirada de un decreto que creen que se aprobó de forma "precipitada". La patronal asegura que la nueva medida supondrá un freno a la creación de empleo, un incremento en los costes laborales y una pérdida de competitividad para las compañías españolas. Y eso por no hablar de la reacción de los sectores directamente implicadas en la medida, como la hostelería, las guarderías o los seguros.

Al final, para saber las consecuencias, quizá lo mejor sea imaginarse cómo son las relaciones entre empresario y trabajador. El primero piensa en términos de coste total y el segundo en salario neto. Hasta ahora, la empresa podía pensar: "Le ofrezco 2.000 euros de salario bruto, que se le quedan en 1.500 netos y lo complemento con 200 de tickets. Él gana 1.700 euros y a mí me sale por unos 2.600 al mes incluyendo cotizaciones". Con la nueva norma, el empleado sigue ganando lo mismo (bueno, menos 12 euros), pero su coste para la empresa sube a 2.660 euros. Habrá compañías que lo acepten, otras que quieran repartir la subida con sus empleados, otras que quiten por completo los tickets… Cada una reaccionará a su manera. Y a la hora de contratar a otro empleado para este puesto, la empresa sabrá será 60 euros más caro hacerlo. Desde luego, no ayudará a la creación de empleo.

Pero los impuestos al trabajo no sólo entran en la mente del empresario. El trabajador también está muy condicionado. Por ejemplo, imaginemos a un empleado de alto nivel que vive en Cataluña y cobra 100.000 euros brutos. Una empresa de la competencia le hace una oferta que implica una subida salarial y de categoría profesional. Por una parte, ganaría más; por otra tendría que cambiar de localidad y estaría en un puesto con más tensión. Para la economía española en su conjunto, sería bueno que aceptara, porque supondría que alguien con talento adquiere más responsabilidad. ¿Qué hará? Pues depende. Si le ofrecen 30.000 euros brutos más al año, pensará: "Eso son algo más 14.000 netos de subida, tras quitar la Seguridad Social y el IRPF (en su región, tiene un marginal para ese sueldo del 49%)". ¿Le compensará? Nadie lo sabe. Cada situación es diferente. Pero los 16.000 euros que se queda Hacienda no ayudarán a que la respuesta sea ‘Sí’.

Francia despierta del error intervencionista

“Hollande a confirmé le caractère libéral de la politique économique mise en oeuvre", Jean-Claude Mailly

Hay pocos países en el mundo como Francia. Cuenta con un empresariado potente, innovador, creativo, un afán por la excelencia y potencial para liderar en tecnología, industria y comercio a raudales. Enormes oportunidades para generar crecimiento. Y sin embargo, desde hace mucho tiempo, el erial intervencionista impuesto ha llevado a un país que parece secuestrado por el inmovilismo del modelo ‘dirigido’ que ha ido lentamente fagocitando a la iniciativa emprendedora.

Lo comento en Viaje a la Libertad Económica: hace sólo diez años, Alemania Francia tenían déficits y deudas similares. Ninguna de las dos economías era, ni es, un modelo ‘liberal’ ni mucho menos, pero siempre habían cuidado a sus empresas. Alemania tomó el camino de las reformas y Francia el de “aguantar y esperar”, atacando a su propia línea de flotación con políticas fiscales y de gasto confiscatorias para sostener un sector público hipertrofiado.

La última vez que Francia tuvo un presupuesto equilibrado fue en 1980, y desde 1974 nunca ha generado superávit, la deuda pública alcanza el 93,5% del PIB, estancamiento, un paro del 10,8% y en 2012 sufría el mayor déficit por cuenta corriente de la Eurozona.  Alemania registra superávit presupuestario, crecimiento, mucho menos paro (6,9%) y menor deuda (80%). Como en España, es común escuchar que la culpa de los problemas del país viene del extranjero, de ‘la globalización’ o ‘la crisis del euro’, sin embargo las comparaciones con Alemania hunden esos argumentos.

En España nos quieren convencer de que la solución a nuestra crisis es cometer los mismos errores que cometió Hollande, subir impuestos y gastar más. Afortunadamente, Francia siempre ha superado sus dificultades y reconoce sus equivocaciones. El plan de recortes y bajadas de impuestos presentado por el presidente Hollande este martes es una buena noticia, aunque solo sea un primer paso en el camino a recuperar el liderazgo y la competitividad. Y el fracaso de las medidas de 2012 debería acallar las voces que nos exigían “copiar el modelo” en España.

En mayo de 2012, cuando François Hollande ganó las elecciones en Francia, muchos lo celebraron como un ‘jaque al neoliberalismo’. Se lo juro. Un neoliberalismo inexistente en un país donde el gasto publico supera el 57% del PIB, donde los presupuestos de las administraciones públicas han crecido un 12% en cinco años y el 22% de la población activa trabaja para el Estado, administraciones locales y hospitales públicos; donde el salario completo bruto que un trabajador debe ganar para disponer de 100 euros tras todas las retenciones por impuestos es de 230 euros (180 euros en España). Más de la mitad de la renta del trabajo se pierde en impuestos y retenciones. Pero es que hay gente que llama neoliberalismo a cualquier cosa.

La fórmula Hollande era multiplicar los mismos errores que habían llevado a la crisis a la Eurozona. Políticas de ‘crecimiento’ –de gasto- con chequera en blanco, déficits estructurales, deuda desbocada, subidas de impuestos y gasto público.

Francia ha gastado decenas de miles de millones en ‘planes de estímulo’ desde 2009. En concreto, 47.000 millones en 2009, 1.240 millones a la industria del automóvil y dos ‘planes de crecimiento’ en el mandato Hollande: 37.600 (‘inversiones’) y 16.500 millones (‘tecnología’).

En 2009, Francia tenía una media de 2,28 millones de parados y la cifra supera los 3.300.000 en Noviembre de 2013. Resultado: Record histórico de paro. Repetir.

Pero la realidad es tozuda, y hasta los políticos más intervencionistas terminan reconociéndola. Ante un escenario de estancamiento y problemas estructurales, el presidente Hollande anunciaba, por fin, una tímida reestructuración. 30.000 millones de euros en bajadas de impuestos a empresas (contribuciones sociales) y 50.000 millones de recortes hasta el año 2017.

La reacción, como no podía ser de otra manera, ha sido furibunda por parte de los sindicatos que acusaban al presidente de entregarse al modelo liberal. Y eso que llamar ‘liberal’ a la política económica francesa es como llamar rockero a Justin Bieber.  Una bajada de impuestos mínima y unos recortes ínfimos en un estado hipertrofiado no son medidas liberales, son medidas de ‘aflojar la soga’, que aun aprieta, y mucho.

Hay que ver las medidas con cautela. Primero, porque el periodo y las cantidades son poco ambiciosas. La presion fiscal sigue siendo muy superior a la media de las economías comparables, un 46,5% del PIB,  y no se han dado detalles de los recortes. Y hay mucho donde recortar en un país con 5,5 millones de funcionarios y 2 millones de empleados públicos sin categoría de ‘funcionariado’, que suponen casi el 48% del presupuesto anual.

Y es que la máquina de exprimir ya no da más de sí, y genera incentivos perversos al inculcar, en un país de tradición creadora y emprendedora, la idea de que la única salida laboral adecuada es el sector público. El escarnio público y la demonización del empresario y de los ricos termina por hacer mella y la quimera de ‘vivir del estado’  se convierte en la pesadilla donde el estado ‘vive de todos los demás’, como decía Bastiat.

En 2013 el déficit de Francia ha sido de unos 74.900 millones de euros, muy lejos de los objetivos, a pesar de haber aumentado los impuestos en 20.000 millones de euros.

Las subidas de impuestos han supuesto un serio problema, ya que no sólo han reducido la competitividad, sino que además, según Les Echos, el país ha recaudado 3.500 millones menos de lo esperado. La curva de Laffer en toda su gloria. Más impuestos, menos recaudación.

Francia se encuentra ante un escenario que debe utilizar para llevar a cabo reformas estructurales y mejorar su competitividad. Aprovechar un entorno de crecimiento de la Eurozona del 1,1%, las primas de riesgo a mínimos y las exportaciones creciendo. Es precisamente ahora cuando deben tomarse medidas de verdadero calado para potenciar la economía. En España nos jugamos mucho en que Francia recupere su fortaleza, ya que es nuestro principal cliente en exportaciones.

No, el plan anunciado no es suficiente, ni de lejos. Ni Francia va a convertirse de la noche a la mañana en una economía totalmente abierta, ni mucho menos liberal. Pero es un paso en la dirección adecuada para no sucumbir ante el inmovilismo esperando que el mundo cambie. Y es un paso valiente, si se lleva a cabo, al que debe seguir una batería de reformas que ponga de nuevo a Francia en la posición de liderazgo global que merece. Si no, dentro de unos años el país seguirá estancado, y todavía tendremos a algún desorientado que se atreverá  a escribir que “Francia no crece por las políticas neoliberales”.  Y pedirán más gasto público para ‘solucionarlo’.

Los bálticos: el ejemplo de recuperación robusta

En 2009 y 2010 las políticas de austeridad que estaban aplicando los países bálticos parecían abocarles al más irremisible de los colapsos: con respecto a 2008, Estonia había reducido su gasto público un 4,5% en términos nominales, Lituania un 4,7% y Letonia un espectacular 20,1%. Paralelamente, España lo incrementó un 7,7% y todavía hoy, tras los recortes de cortaúñas de Rajoy, sigue por encima del nivel alcanzado en 2008.

El efecto a corto plazo fue ciertamente doloroso: en 2009, en plena aplicación de las políticas de austeridad, el PIB de estos tres países llegó a caer entre un 15% y un 20% con respecto al nivel máximo alcanzado en plena burbuja del crédito. De ahí que los sicofantes del despilfarro megaestatal pudieran hacer su propagandístico agosto. Por ejemplo, en 2009 el diario Público titulaba con respecto a LetoniaEl bastión neoliberal de Europa se derrumba”.

Pero la austeridad por el lado del gasto logró sanear las finanzas públicas de estos países: Estonia registró superávit presupuestario en 2010, Letonia lo logró en 2012 (partiendo de un déficit superior al 7%) y Lituania se quedó en un déficit del 3,3% en 2012 (partiendo de un déficit del 9,4% en 2009). La ortodoxia financiera también permitió consolidar su endeudamiento estatal en niveles completamente manejables: la deuda pública de Estonia se sitúa en el 11% del PIB, la de Letonia en el 38% y la de Lituania en el 42%.

Fue este clima de rigor y estabilidad presupuestaria el que despejó los temores sobre una fuerte depreciación de sus divisas (que siguieron firmemente ligadas al euro) y, por tanto, proporcionó a sus ciudadanos y empresarios un marco de suficiente previsibilidad y estabilidad como para mantener o incrementar sus niveles de ahorro, proporcionando a su economía el capital suficiente como para transformar la burbujística estructura económica del país: la tasa de ahorro sobre el PIB de Estonia pasó del 20% en 2008 al 26% en 2013, facilitando el mantenimiento de su inversión en un elevado 27% del PIB; la de Letonia pasó del 17% al 24%, consolidando una inversión equivalente a casi el 26% del PIB; y la de Lituania, que fue la más rezagada, pasó del 14% al 18%, anclando el nivel de inversión en el 18% del PIB.

La combinación de ese notable volumen de inversión —en plena crisis económica— con unos mercados sustancialmente más libres y flexibles que los del resto de Europa les permitieron lograr una revolucionaria transformación de su estructura productiva, orientándola decididamente hacia el sector exterior: entre 2007 y 2012, las exportaciones de Estonia crecieron del 50% del PIB al 72%, las de Letonia del 27% al 44% y las de Lituania del 44% al 70%. Gracias a ello, y a la también marcada sustitución de importaciones, los saldos exteriores de estos tres países —marcadamente deficitarios durante la época de la burbuja— sufrieron un vuelco absoluto: Estonia y Lituania pasaron de registrar un déficit exterior de alrededor del 15% del PIB a un equilibrio exterior, mientras que Letonia redujo su déficit exterior del 22% al 1%. El saneamiento interior fue de la mano del saneamiento exterior y, por tanto, de una copernicana reorientación de la economía.

El resultado fue simplemente espectacular y se tradujo en vertiginosos crecimientos del PIB y del empleo: entre 2010 y 2013, el PIB de Estonia creció un 16% y su ocupación un 10%; el PIB de Letonia se expandió un 15% y su ocupación casi un 6%, y el de Lituania lo hizo un 13% con una creación neta de empleo del 3%. El éxito de los bálticos suponía toda una bofetada contra los keynesianos, quienes todavía se agarraban a un par de clavos ardiendo: tal como denunciaba Paul Krugman, ninguno de estos países había recuperado todavía el nivel de PIB y de empleo previos a la crisis. La crítica estaba en gran medida infundada: si la composición de tu PIB en 2007 provenía de inversiones burbujísticas e insostenibles sufragadas por el hiperendeudamiento exterior, no debería constituir referencia alguna sobre cuán bien o mal lo estés haciendo. Pero, en todo caso, sonaba verosímil: si tan bien lo estaban haciendo, ¿cómo es que eran incapaces de superar las marcas registradas en 2007 o 2008?

Afortunadamente, este desesperado discurso keynesiano pronto pasará a la historia: Estonia y Lituania se espera que superen su nivel de PIB previo a la crisis este mismo 2014, mientras que Letonia deberá esperar a algún momento entre 2015 y 2016. Peores son, ciertamente, las previsiones de empleo: en 2014, el número de personas ocupadas en Estonia será un 4% inferior al máximo alcanzado antes de la crisis; en Letonia rondará el 14% y en Lituania el 8%. El éxito en estos dos capítulos podrá parecerles, pues, parco, lo que aparentemente podría darles la razón a los keynesianos. Pero pensémoslo dos veces.

Primero: comparémoslo con la economía española, que no se espera que recupere el nivel de PIB previo a la crisis hasta finales de esta década y cuyo nivel de empleo en 2014 será casi un 20% inferior al de 2007; o comparémoslo con Islandia, la niña de los ojos europea de Krugman y el resto de keynesianos —ese país que, merced a su fortísima depreciación monetaria, constituía un paradigma de cómo superar la crisis con prontitud—, la cual, pese a haber triplicado sus niveles de deuda pública, no recuperará el nivel de PIB previo a la crisis hasta algún momento entre 2015 y 2016 (como Letonia, y peor que Lituania y Estonia) y su empleo en 2014 será un 8% inferior al máximo pre-crisis.

Segundo: los datos de empleo de los bálticos, sin ser buenos, deben matizarse por la evolución demográfica. Debido a su baja natalidad y, sobre todo, a sus intensos movimientos migratorios, Estonia, Letonia y Lituania vienen perdiendo población desde hace 25 años. Aunque tiende a pensarse que las fuertes migraciones que han experimentado estos países en los últimos años se han debido a la dura crisis económica, en realidad su influencia ha sido meramente secundaria. Por ejemplo, Letonia —el país más azotado por la emigración— ha visto cómo su saldo migratorio neto aumentaba desde una salida media de 15.600 personas entre 1991 y 2007, a una media de 24.800 entre 2008 y 2012 (es decir, la pérdida media anual extraordinaria de población vía migración durante los años de crisis no llega al 0,5% de la ciudadanos, porcentaje similar al que exhibió España en 2012). La emigración de los bálticos, en suma, está más bien vinculada a factores políticos y étnicos (la población rusa en estos tres países se ha reducido un 40% en el último cuarto de siglo, lo que permite explicar casi la mitad de la variación de la población que han sufrido desde entonces).

En contra de lo que suelen afirmar sus críticos, empero, este descenso de la población no quita mérito al milagro económico de los bálticos sino que se lo añade: lograr crecimientos económicos intensos con declive demográfico es muchísimo más complicado. Por ejemplo, la renta per cápita de Lituania ya superó en 2012 los máximos precrisis y la de Letonia lo hará ampliamente en 2014; la de Islandia, en cambio, no lo conseguirá hasta 2018, según las previsiones actuales. Así pues, si también corregimos el empleo por la variación demográfica, obtendremos una estampa más representativa de lo acaecido: el número de empleados sobre la población total de Estonia será en 2014 del 47,6% frente al 49% de 2008; en Letonia será del 43,8% frente al 46,3% de 2008; y en Lituania del 39,2% frente al 37,8% de 2008. Compárenlo con España (que se desplomará del 45,4% en 2007 al 37,7% en 2014) o incluso con la muy keynesianamente admirada Islandia (que caerá del 52% al 46,6%).

En definitiva, los bálticos siguen siendo todo un modelo de recuperación a seguir por parte de países como España, Grecia o Islandia. Las claves de su éxito son las que tantas veces hemos pregonado: austeridad pública y liberalización privada, es decir, más mercado y menos Estado. Pese a que hemos perdido siete años, todavía estamos a tiempo de seguir el camino correcto.

Errores económicos de catedráticos

Roque Calero Pérez, catedrático en Ingeniería Mecánica de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, en una entrevista en un diario local dice que es partidario de que se anule el concurso eólico de 2007 «entre otras cosas, porque la mayor parte de la potencia se da a empresas que no son canarias» y «esto significa que los beneficios que pueden ofrecer estas energías se irán fuera de Canarias».

Esta aseveración es uno de los grandes errores económicos que suelen hacer mucho daño en la sociedad, especialmente cuando es dicho por personas que ostentan importantes cargos académicos.

El catedrático no debe saber, de lo contrario deberíamos pensar mal de su frase, que cuando se produce un intercambio es porque ambas partes obtienen beneficios. Es decir, cuando vamos al mercado y compramos unas manzanas tanto nosotros como el tendero salimos ganando con el intercambio, el tendero obtiene el dinero que valora más que las manzanas y nosotros las manzanas que valoramos más que el dinero, de lo contrario, no se produciría intercambio alguno. Además, cuando vamos al mercado no nos solemos preguntar si las manzanas crecieron en San Mateo o Asturias, sino cuáles son las mejores y las más baratas para así salir más beneficiados.

Por ello, es totalmente erróneo decir que cuando la potencia energética es suministrada por empresas foráneas los beneficios salen de las islas. Pues, si estas empresas son las que suministran la energía más barata y mejor, seremos los canarios los beneficiados. Otra cosa distinta es que las empresas canarias lo hagan mejor y más barato, pero eso no es lo que dice el señor Calero.

Además, asegura que «hay que planificar mejor el territorio y concentrar los polígonos energéticos de cada isla» como si el problema energético español fuera por falta de planificación, cuando tanto el mercado energético como el de suelo son los dos mercados más intervenidos de nuestro país. Es curiosa la fatal arrogancia de algunos que, como diría el Premio Nobel de Economía Friedrich Hayek, piensan que los problemas se arreglan con aún más planificación hecha por los que la recomiendan.

Llama la atención que el doctor Calero Pérez en toda su entrevista no hable en absoluto de más libertad económica para evitar las corruptelas en este tipo de concursos y que las personas puedan elegir el tipo de energía que les apetezca utilizar, desde el que quiera instalarse en su casa su propia fuente energética hasta el que desea consumir la energía que venga del exterior, ni que tampoco cuente cómo la planificación central y las energías renovables han dejado actualmente una deuda en nuestro país de unos 25.000 millones de euros que nos han empobrecido y que ahora tenemos que pagar con abultados recibos de la luz repletos de impuestos.

Las cataratas ideológicas

Los costarricenses y los salvadoreños acudirán próximamente a las urnas. En ambos casos lo que está en juego no es la administración del Gobierno, sino el modelo del Estado. En los dos países existen candidatos antisistema, verdaderos dinamiteros políticos, con algunas posibilidades de triunfar.

Los dos políticos son marxistas, o vecinos de ese viejo y desacreditado disparate, indiferentes a la realidad, convencidos de las virtudes del colectivismo, de la planificación centralizada y de la superioridad moral y práctica del Estado para dirigir la sociedad, producir, asignar recursos y repartir la riqueza, pese a la catastrófica experiencia del socialismo real.

Los dos se dicen progresistas, aunque admiran a las sociedades que menos progresan en América Latina. Ambos simpatizan con la dictadura cubana y con el chavismo, no obstante la evidencia de que la isla caribeña es un minucioso desastre desde hace 55 años, mientras Venezuela es el país peor gobernado de América Latina, si lo juzgamos por los niveles de inflación, corrupción, crímenes, desabastecimiento y éxodo constante de capital humano. 

Realmente, es sorprendente que los dos personajes no entiendan las ventajas de la democracia liberal, combinada con la existencia de la propiedad privada y el mercado, como fórmula para generar riquezas, fomentar enormes sectores de clases medias y sacar de la pobreza a los más necesitados. Es como si las convicciones políticas les hubieran creado unas cataratas ideológicas que les impidiesen examinar la realidad objetivamente.

Es muy sencillo revisar el Índice de Desarrollo Humano que todos los años publica la ONU y comprobar que los veinticinco países más prósperos y felices del planeta, aquellos a los que acuden en masa los trabajadores del Tercer Mundo en busca de un mejor destino, son, precisamente, naciones en las que prevalecen las libertades económicas y políticas, aunadas a los principios con que surgieron nuestras repúblicas.

Aunque las consecuencias de las gestiones no sean igualmente positivas, porque en los buenos o malos resultados intervienen muchos factores imponderables, nada que no sea mejorable cambia cuando los que gobiernan son socialdemócratas, liberales, libertarios, conservadores o democristianos, variedades todas de la misma familia de la democracia liberal, como prueba el hecho de que esas formaciones logran forjar alianzas temporales sin dificultades insuperables y son capaces de rectificar sin violencia los errores cometidos.

Pueden ser repúblicas presidencialistas o monarquías parlamentarias, países diminutos o enormes, pero todos comparten los mismos valores y tienen similares características institucionales: democracia plural, respeto por los derechos humanos, cambio periódico de las autoridades mediante elecciones libres, división de poderes, igualdad ante la ley, meritocracia, rendición de cuentas, respeto por la propiedad privada, mercado, competencia y una suerte de principio de subsidiariedad.

En esas naciones, hoy, tras más de cien años de experiencia, saben que el Estado sólo debe convertirse en agente económico, y siempre con carácter provisional, en los pocos ámbitos en que la sociedad civil no sea capaz de actuar. Casi todos coinciden en que los ciudadanos no deben vivir del Estado, sino al revés: es el Estado el que existe gracias al esfuerzo de los ciudadanos.

Esa fórmula, la democracia liberal, la más exitosa que ha conocido la historia, además, otorga a la sociedad civil la posibilidad de exigir a los funcionarios que cumplan con su deber, siempre subordinados a la ley, porque son servidores públicos. Se les paga para que obedezcan a la sociedad de acuerdo con las reglas aprobadas, no para que la manden a su antojo.

Es posible que los dos candidatos ultrarradicales, el tico y el salvadoreño, defiendan sus propuestas políticas afirmando que en sus países ese modelo no ha dado los mismos resultados que en las veinticinco naciones de marras, pero no hay la menor duda de que la culpa no es del modelo, que ha funcionado en todas las latitudes y en todas las culturas, sino de quienes lo han aplicado torpe o limitadamente.

Lo que se necesita en América Latina son buenos reformistas democráticos y no malos dinamiteros. Ya sabemos lo que ha sucedido cuando los malos dinamiteros de la izquierda y la derecha han experimentado con el fascismo, el militarismo, el comunismo, las terceras vías o esa amalgama autoritaria a la que llaman socialismo del siglo XXI. Ojalá que ticos y salvadoreños no caigan en ese abismo insondable. Luego es muy doloroso escapar de este miserable agujero.

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