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Pandora contra Occidente

 La acusan de tener un mensaje ecologista, anti-militarista, anti-empresa, anti-industrialista e incluso despreciativo hacia la raza blanca. En definitiva, anti-occidental y anti-liberal.

El héroe de la película (Jake Sully) es un marine enviado al planeta Pandora para participar en su colonización. Una corporación minera está explotando los recursos del nuevo mundo y necesita la colaboración del ejército para someter a los alienígenas nativos que oponen resistencia. La sociedad nativa, llamada Na’vi, carece de tecnología e industria, y vive en perfecta armonía con la naturaleza. Sully, infiltrado en el pueblo Na’vi, pronto se siente seducido por su cultura mística y naturalista, y cuando la corporación se decide a expulsarles del territorio para explotar un yacimiento, se pone del lado de los nativos.

En Brussels Journal opinan que los personajes blancos son caracterizados como brutales, codiciosos e insensibles. Destruyen el medio ambiente y otras culturas por motivos lucrativos. Los únicos "blancos buenos" son los que rechazan su propia civilización y se unen a los nativos, desprendiéndose literalmente de su identidad humana. Ross Douthat en el New York Times considera que Avatar es una apología del panteísmo y critica su idealización de la vida salvaje. John Podhoretz en el Weekley Stardard la califica de canto a la derrota de las tropas americanas en Irak y Afganistán. El presidente boliviano Evo Morales elogia su mensaje anti-capitalista y la defensa que hace de la naturaleza.

La lectura anti-occidental o anti-capitalista es razonable. Es quizás la más común, pero no tanto porque el trasfondo de la película sea inequívocamente progre como porque el espectador lo juzga a la luz de sus propias concepciones progres y el marco cultural progre imperante. En otro contexto, partiendo de otras ideas, la película puede tener una lectura liberal. No en vano el film ha sido prohibido por la dictadura china, temerosa de que pueda instigar protestas y promover movimientos de autodeterminación. Según el Wall Street Journal, por ejemplo, el público chino veía en Avatar una defensa de los derechos de propiedad, no una historia racial.

Al fin y al cabo, Avatar es también la historia de una expropiación: una compañía ligada al Gobierno (pues utiliza sus recursos militares y parece tener el monopolio legal sobre la explotación de Pandora) quiere expulsar a los nativos de su propiedad. Los Na’vi, liderados por un marine humano, emprenden una guerra defensiva. No es anti-occidental ni anti-liberal mostrar la vileza de un ejército que invade una sociedad pacífica y a los nativos, da igual de qué color sean, alzándose en armas para repeler la agresión. Nuestra historia está repleta de ejemplos de imperialismo anti-liberal y, como señala David Boaz en Los Angeles Times, también hay un evidente paralelismo con las expropiaciones actuales. A diferencia de lo que ocurre en el mercado, cuando el Estado necesita un terreno para materializar un proyecto no intenta convencer a su dueño para que se lo venda, lo expropia por la fuerza a cambio de una mísera compensación. Pandora redux. Boaz cita el famoso caso de Susette Kelo contra el municipio de New London, que pretendía expropiarle su casa para que la Corporación Pfizer pudiera construir un complejo comercial y hotelero. Pero tampoco está claro que Kelo sea el referente de Cameron…

La propiedad privada individual no parece existir en la sociedad Na’vi (lo cual explicaría su pobre nivel de desarrollo), aunque es indisputable que el árbol en el que habitan es propiedad colectiva de los nativos y los humanos no tienen derecho alguno a expulsarlos. La propiedad colectiva es compatible con el liberalismo y es la fórmula que han propuesto algunos autores para privatizar recursos naturales como ríos, bosques etc. Precisamente uno de los premios Nobel de Economía del año pasado, Elinor Ostrom, ha investigado la eficiencia y los límites de la propiedad colectiva sobre bosques y otros recursos (no confundir con ausencia de propiedad o propiedad estatal).

Con todo, la película contiene varias paradojas, algunas ya mencionadas por Peter Klein. Primero, el villano es una gran corporación que busca maximizar sus beneficios, mientras que la película está producida por una gran corporación (20th Century Fox) que busca amasar una fortuna en taquilla. Lo mismo cabe decir del multimillonario director. Segundo, en el idílico mundo Na’vi no hay necesidad de tecnología, todos van con taparrabos y cazan su comida, pero Avatar 3-D solo ha sido posible gracias a la innovación tecnológica de nuestra sociedad capitalista y de consumo. Tercero, la película ensalza el amor por la naturaleza de los nativos y describe a los industrializados humanos como sus principales enemigos, pero lo cierto es que el ecologismo es un capricho de sociedades ricas, en el Tercer Mundo tienen otras cosas de las que preocuparse antes que reciclar y participar de voluntario en una ONG.

Lo que me lleva a un último punto que Xavier Pérez comentaba en su excelente crítica para La Vanguardia: es decepcionante que el mismo director que nos ha traído Aliens o Terminator presente a los alienígenas Na’vi como unos seres angelicales, pacíficos y bien avenidos. Esta falta de matices, junto con la trama en exceso previsible, es lo que hay que echarle en cara a Cameron. El discurso anti-liberal se nota menos si te pones las gafas 3-D y te metes en la piel azul de los nativos.


Albert Esplugas Boter
es miembro del Instituto Juan de Mariana, autor del libro La comunicación en una sociedad libre y escribe regularmente en su blog.

Quousque tandem, Zapatero?

Zapatero llegó a La Moncloa sin saber distinguir entre un impuesto regresivo y uno progresivo, lo que no le impidió unos años después, cuando probablemente seguía sin conocer la diferencia, enarbolar la bandera de la progresividad con ese mágico adagio de "que paguen la crisis los más ricos", trasunto de la no menos célebre fórmula de Alfonso Guerra "to’ pa’l pueblo".

Ignorante y déspota sin complejos, Zapatero se ha topado de bruces con la ley de la gravedad económica, a saber, que no basta con que el Gobierno pulse un botón para que las familias y las empresas vuelvan a generar riqueza. Por desgracia, dos tardes no bastan para que un ungido como nuestro presidente aprenda a desconfiar de la omnipotencia estatal, ese becerro de hojalata al que rinde pleitesía el conjunto de nuestra izquierda.

El problema esencial de nuestros políticos es que no son conscientes de sus limitaciones, que son todas. La sociedad no puede planificarse con escuadra y cartabón y cualquier intento por lograrlo sólo terminará fracturando esa misma sociedad.

Zapatero nos prometió que a partir de marzo del año pasado, los efectos sobre el empleo de su monumental despilfarro público iban a ser visibles. Nos aseguró que él solito, tirando de nuestras chequeras, conseguiría hacer remontar el vuelo a nuestra economía. Total, si la receta ya la dejó escrita Keynes, ese trilero que algunos pretenden hacer pasar por el mejor economista del s. XX:

Si el Tesoro Público se pusiera a llenar botellas viejas con billetes de banco, las enterrara a una profundidad conveniente en minas de carbón abandonadas que luego se cubrieran de escombros de la ciudad y encomendáramos a la iniciativa privada (…) la tarea de desenterrar los billetes (…) terminaríamos con el paro.

He ahí  condensado todo el pensamiento económico de ZP. He ahí el sustrato ideológico de su Plan E: convertir en escombros nuestras ciudades para cubrir de basura las minas subvencionadas de Rodiezmo con tal de que las empresas busquen en su fondo un tesoro repleto del dinero que previamente nos ha quitado Hacienda. Que tal proyecto sea del todo inútil para las familias y las empresas resulta irrelevante. Al cabo, se parte de un error: pensar que el gasto público debe servir de alguna manera a las necesidades de los contribuyentes que lo sufragan en lugar de a los intereses electorales del político que les ha arrebatado los impuestos.

ZP se gastó en 2009 algo así como 320.000 millones de nuestros euros; unas cinco veces lo contenido en esa filfa llamada Fondo de Reserva de la Seguridad Social que supuestamente iba a garantizar in saecula saeculorum nuestro fraudulento sistema de pensiones públicas. ¿Resultado de semejante despilfarro?

Desde enero de 2009 a enero de 2010 el paro se ha incrementado en 700.000 personas, superando –incluso con manipulaciones y maquillajes– esa cifra que Corbacho, el enésimo ministro socialista del Paro (Almunia, Chávez, Griñán… uno ya pierde la cuenta), nos juró en todas las lenguas sagradas existentes que nunca íbamos a alcanzar.

Pues aquí lo tenemos, cinco años perdidos por culpa de la burbuja creada por nuestros bancos centrales y por el fanatismo socialista de nuestro Gobierno. Barra libre de gasto público y bloqueo absoluto de cualquier liberalización de los mercados, incluyendo el laboral. ¿Hasta cuándo seguiremos soportando la incompetencia y la mala fe de estos señores? A estas alturas de la película nadie debería dudar de que su política económica ha sido y es un profundo fracaso que sólo ha conseguido arruinarnos y endeudarnos. Peor que la crisis, ha sido su calamitoso Gobierno. ¿Debemos esperar impotentes ante la tragedia a que concluya la legislatura para que terminen con su operación de derribo de nuestras economías?

Joan Herrera y los residuos nucleares

Olvida cuidadosamente mencionar que esa radiactividad es un peligro frente al cual es técnicamente muy sencillo protegerse: basta con concentrar esos residuos (su masa y volumen son relativamente pequeños) y aislarlos adecuadamente en contenedores que pueden vigilarse sin demasiados problemas. Además, el hecho de que siga habiendo radiactividad significa que aún son una fuente potencial de energía explotable con la tecnología adecuada (actualmente en fases de investigación y desarrollo).

Pero Herrera no quiere (falta de interés) o no puede (falta de capacidad intelectual) enterarse y sigue preguntando qué hacer con estos residuos. Al parecer le contesta una "fe pronuclear" (¿una nueva religión para competir con el ecofanatismo rojiverde?) que "ya se encontrará una solución, perpetuándose así la inmadurez tecnológica de la energía nuclear al no saber qué hacer con los residuos que genera". El que no sabe cree que nadie sabe.

Parece que el problema no se resuelve a no ser que la radiactividad desaparezca, lo cual es extraño: no se causa ningún daño a nadie pero aún así tenemos un problema. Y es que los políticos colectivistas son así, ellos deciden cuáles son nuestros problemas, nos lo comunican y nos imponen sus presuntas soluciones.

Parece que "en los países europeos más avanzados el pacto sobre dónde albergar los desechos radiactivos se ha construido consensuando una fecha límite para dejar de generar esos residuos". No se nos informa de cuáles son esos países, pero sospecho que no se trata de que como son avanzados han decidido dejar de generar residuos, sino que más bien Herrera decide que como han decidido dejar de generar residuos deben ser calificados como avanzados. Un país es avanzado si hace lo que Joan Herrera juzgue correcto. Porque es "un error", incluso un "pecado original", "decidir dónde albergar todos los residuos sin consensuar previamente un calendario que determinase hasta cuándo generar residuos". No sorprende que este diputado, experto en el error, recurra a terminología religiosa para defender su particular superstición antinuclear.

Joan Herrera pide rigor para este "espinoso debate de los residuos nucleares": él mismo se descalifica. Después de insistir en que se trata de un problema no resuelto, va y suelta que "la pretensión de resolver dónde poner los residuos sin decidir hasta cuándo seguirán operando las centrales, solventa el principal problema de la energía nuclear: ¿qué hacer con los residuos?". ¿En qué quedamos?


Francisco Capella
es director del área de Ciencia y Ética del Instituto Juan de Mariana, creador del proyecto Inteligencia y Libertad y escribe regularmente en su bitácora.

Metiendo miedo con las pensiones

Desde que tengo uso de razón escucho a los líderes socialistas decir que si gobierna la derecha, desaparecerán las pensiones. La cantinela era casi el himno de campaña del PSOE durante la era González. Los socialistas no dejaron de usar esa idea ni siquiera después de que los años de Gobierno popular dejaran bien claro que prácticamente no había diferencias entre los dos partidos en esta materia. Zapatero llegó a enviar cartas a los electores diciéndoles que si el PP ganaba las elecciones europeas bajaría las pensiones.

Ojalá los socialistas hubiesen tenido razón cuando decían que el PP acabaría con las pensiones públicas, porque eso es precisamente lo que necesitamos para generar algo de seguridad social. Lo que debería dar miedo a cualquier persona que analice el sistema de pensiones estatal es pensar que unos y otros sigan imponiéndonos a la fuerza y durante más tiempo un sistema de reparto bien parecido a una estafa piramidal. Da miedo el sistema público y da miedo saber que no hay partido ni político en este país que abogue abiertamente por dar libertad de elección a los ciudadanos sobre el modelo de pensiones que quiere para su jubilación. Manuel Pizarro defendió antes de entrar en política un modelo de capitalización bastante más libre que el que tenemos y se desdijo en el primer debate cara a cara con Solbes. Quizá ahora que abandona por aburrimiento el Partido Popular, recupere sus críticas al actual modelo público.

Otro gran miedo en el campo de las pensiones es el que mete la izquierda (sin respuesta alguna por parte de la derecha) cuando relaciona un sistema más libre con la dictadura de Augusto Pinochet. Claro que ellos defienden un timo tipo Madoff inventado por el totalitario de Bismarck. Como nadie les dice nada, ellos siguen erre que erre. Chile fue, bajo el mandato de Pinochet, sí, el primer país en sustituir el fraude de las pensiones de reparto por un sistema en el que el ciudadano es medianamente responsable de su jubilación. Después de dos décadas de gobiernos de centro-izquierda, los sucesivos gobiernos democráticos no han hecho sino reforzar el sistema de pensiones de capitalización. Detrás de Chile han venido más de una veintena de países. En la mayoría se ha dado a elegir a la población qué sistema preferían, algo que nunca se ha hecho con el sistema coactivo y social de reparto. En todos ellos las encuestas previas vaticinaban el mayoritario mantenimiento del sistema público de reparto y, sin embargo, allí donde se ha dado libertad de elección, la inmensa mayoría de los ciudadanos han huido como ratas del sistema público, tal y como lo hacen los funcionarios españoles de la provisión médica pública cuando Muface les da a elegir servicio privado o público.

Gabriel Calzada Álvarez es doctor en Economía y presidente del Instituto Juan de Mariana.

Pizarro, pensiones y otros engaños

En Economía se repiten los titulares que hablan de su propuesta de reforma de las pensiones. Las dos son una y la misma noticia: política y verdad no se llevan bien. Y menos en España.

Manuel Pizarro fue un cartel electoral fallido. Fallido porque según las encuestas, los analistas, los periodistas, perdió en el famoso debate que mantuvo con el ministro de Economía, Pedro Solbes. El hombre que nos llevó dos veces a la ruina dijo entonces que "España está preparada para cualquier reto"; entonces Zapatero, Caldera y otros nos decían que a partir de marzo de 2008, en mágica coincidencia con las elecciones, la economía comenzaría a subir. La economía, dijeron, y no el paro. Pizarro habló de lo que se nos venía encima. Perdió porque no hablaba como un político. Tampoco piensa como un político. Habla desde la razón y la honradez; juntas no tienen por qué llevar a la conveniencia política, y en muchas ocasiones no lo harán. De ahí su reclusión política en el PP.

Pizarro hubiera explicado elocuentemente a dónde nos lleva el sistema público de pensiones: Un quebrado en el que el numerador, el número de trabajadores, apenas puede crecer, mientras que el denominador, el número de jubilados-año, aumentará sin remedio. Resultado inevitable: cada vez tendremos que pagar más durante más tiempo para recibir una pensión más baja. Esto es así, y no de otra manera, y cualquiera que tenga un mínimo interés en el asunto lo sabe. Y los políticos, lo saben. Y no sólo no nos lo han dicho, sino que nos llevan mintiendo décadas. Como las malas noticias no llegarán hasta pasados unos cuantos lustros y entonces no se presentarán a las elecciones, se sienten cómodos en el engaño. Pizarro no es de esos. De hecho, si perdió el debate con Solbes fue sobre todo porque éste le echó en cara que hubiese defendido el sistema de pensiones de Chile. Un sistema que no es un fraude, que acumula y crea riqueza, que es sostenible y que permite pensiones crecientes con jubilaciones adelantadas.

Y no es sólo la política. La sociedad también rechaza la realidad cuando ésta no le interesa. No es que se nos acorten las pensiones, sino que con esa actitud se nos acortará el futuro.

El diálogo de Hillary

Lo hizo, en lo que muchos defensores de los derechos humanos consideraron una bofetada en la cara de todos los tibetanos y el resto de víctimas de cualquier dictadura, para no poner en peligro sus buenas relaciones con el Gobierno totalitario de Pekín. Sin embargo, semanas después a quien abofeteó fue a ese mismo régimen comunista chino en su propia casa al dirigir a un grupo de jóvenes reunidos con él en Shangai la siguiente frase: "Soy defensor de la tecnología y de no restringir el acceso a internet".

Tras la cobardía mostrada en su propia casa –propia de un Zapatero o un Moratinos negándose a condenar el cierre de emisoras televisivas en Venezuela o la ausencia de derechos humanos en Cuba–, Obama le gritó en la cara a su anfitrión comunista para reclamarle libertad en internet. La dictadura china ya mostró su malestar por aquel episodio, como también lo ha hecho por la necesaria amenaza de Google de cerrar su buscador en mandarín.

Tampoco gustó a los dirigentes del régimen de Pekín que Hillary Clinton criticara, en un discurso que se inscribe dentro de la polémica abierta entre Google y la dictadura comunista, la censura que imponen a internet. Los responsables del Gobierno totalitario que somete a una mayor cantidad de personas en el mundo dijeron que la intervención de la ex senadora por Nueva York era una "falta de respeto". Tras eso, y en una muestra de cobardía que alguien en su puesto no se puede permitir, la secretaria de Estado americana ha rebajado el tono en una polémica en la que lo que está en juego es mucho más que los intereses de una empresa de internet.

La que fuera primera dama de EEUU ha dicho haber mantenido un "diálogo muy positivo" con el ministro de Exteriores chino sobre Google. Con independencia de los temas que trataran y del tono de la conversación, la declaración de Clinton es una muestra de que va en la dirección equivocada. Para empezar, el motor de búsqueda no debe ser el centro de las conversaciones. El enfrentamiento de esta compañía con el régimen comunista (que puede incluso poner en peligro el desarrollo de internet en el gigante asiático) es producto de lo que realmente es importante en este asunto: la falta de libertad de expresión y de cualquier otro derecho fundamental que sufren los internautas chinos. Es de eso, y no de otra cuestión, de lo que debe hablar Clinton con el Gobierno de Pekín.

Además, no resulta creíble que se haya tratado de un diálogo "muy positivo". La conversación, o conversaciones si ha habido más de una, tan sólo merecería esa calificación si hubiera finalizado con una absoluta aceptación de respetar la libertad en internet por parte del régimen chino. Cualquier otra cosa es dejarse marear o querer justificar la propia falta de firmeza ante una tiranía.

Antonio José Chinchetru es autor de Sobre la Red 2.0.

Pobreza, el rendimiento de la izquierda

Los chiquillos (financieramente) malcriados que no han tenido empacho en delegar sus libertades y su prosperidad al Estado niñera se dan de bruces con la realidad. Qué plácidamente se vivía cuando, apelando a principios tan tergiversados como el de solidaridad intergeneracional, éramos capaces de vivir a costa de los ingresos generados por los demás. Las pensiones públicas se configuraron siempre, en todas partes y en cualquier régimen como un robo masivo organizado: los jubilados se quedaban con parte de la renta de los trabajadores en activo y a cambio éstos adquirían el derecho a robar a su vez a los futuros trabajadores en activo.

Estafa piramidal por la que a Madoff le han caído apenas 150 años entre los aplausos generalizados de estas mismas clases apesebradas que se niegan a retocar lo más mínimo el sistema de pensiones público. Lástima que toda pirámide, en cuanto se invierte, tiende a perder el equilibrio y a derrumbarse. Nuestros políticos nos prometieron vencer a la ley de la gravedad, pero al final las mentiras caen por su propio peso.

En apenas dos años han desaparecido más de dos millones de puestos de trabajo y millón y medio de cotizantes forzosos a ese sistema fraudulento de la (in)Seguridad Social. Un proceso de putrefacción acelerado por la crisis pero cuyas bases siempre estuvieron condenadas a descomponerse. De no haber sido por el respiro transitorio que proporcionaron millones de inmigrantes, la despensa se habría quedado vacía años ha. El milagro económico español en puridad nunca ha existido ni nunca se producirá: fue un puro placebo, una estafa más añadida a una montaña de mentiras. Convendría basar la política más en la ciencia y menos en la fe: lo de multiplicar los panes y los peces está bien para Jesucristo, pero nunca estuvo al alcance de nuestros burócratas. Malvados ellos por medrar mediante la propaganda; ignorantes aquellos que les creyeron y los auparon al poder.

67 años y pensiones sustancialmente más bajas son el rendimiento de un sistema quebrado. Ésa es la conciencia social de nuestra izquierda, la misma que inspiró el sistema económico más ruinoso de todos los tiempos: más vale esclavos y pobres, que libres y prósperos.

Mejor no hablar hoy de la alternativa que PSOE y PP, PP y PSOE, y tantas otras siglas que actúan como recipientes del pensamiento socialista, se han dedicado con fruición a desprestigiar, marginar y atacar: sería demasiado doloroso recordar en este día que con una sociedad de propietarios los ciudadanos medios podrían jubilarse a entre los 40 y los 50 años con rentas muy superiores a las pensiones públicas.

Algunos se arrepentirán de haber prestado su apoyo a este timo, de haberlo contemplado con buenos ojos y de haber impedido la transición hacia los sistemas de capitalización en el momento en que ésta podía acometerse. Yo, sinceramente, no lo lamento por ellos. Creo que cada cual es responsable de sus decisiones, acertadas y erróneas. Los ciudadanos que confiaron su futuro a la casta política están cosechando lo que sembraron. No más ni tampoco menos, aunque ahora les sorprenda.

Lo que sí lamento es que arrastraran en su error a muchas o pocas personas que eran conscientes del fraude que suponían las pensiones públicas; lo que lamento es que, por no ser lo suficientemente respetuosos con la libertad individual, algunos tengan (tengamos) que cargar con la factura de quienes nos empujaron al abismo. Porque nunca quisimos arrebatarle su pensión a nadie, sólo pretendimos conservar la nuestra. Ahora no tenemos ni eso. A ver cuánto tardan nuestros políticos en babear ante los fondos privados de pensiones: Argentina ya ha marcado el camino (también) en eso.


Juan Ramón Rallo
es jefe de opinión de Libertad Digital, director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana, profesor de economía en la Universidad Rey Juan Carlos y autor de la bitácora Todo un Hombre de Estado. Ha escrito, junto con Carlos Rodríguez Braun, el libro Una crisis y cinco errores donde trata de analizar paso a paso las causas y las consecuencias de la crisis subprime.

Cómo atemorizar al mercado desde Washington

Probablemente el Gobierno (o burócrata de Washington). Evidentemente, Obama no hará nada contra su Gobierno, quiere expandirlo, no contraerlo. La Casa Blanca pasa a la siguiente alternativa. La segunda bestia negra del americano medio es, sin duda, los banqueros. Todo el mundo los odia. En realidad, la medida era hasta previsible.

Tras un año de matrimonio perfecto con la banca, ahora Obama trata a los banqueros de terroristas. Las consecuencias han sido el hundimiento de la bolsa. Cada intervención de Obama ha sido un nuevo batacazo para el mercado. En Estados Unidos, un porcentaje importante de ciudadanos tiene sus ahorros en bolsa de forma directa (un 63% según Gallup) o indirecta. Generalmente, siempre que el mercado de renta variable ha tenido duras sacudidas por temas políticos, acababa saliendo el presidente del país sacando hierro al asunto. El actual presidente de Estados Unidos ha hecho todo contrario. La nueva regulación bancaria se podría haber hecho sin causar ningún terremoto. Simplemente ofreciendo un diálogo abierto y pausado en lugar de dar gritos. Algo así habría restado impacto popular, pero habría sido menos dañino para todos.

Tenemos un Obama que antes de ser elegido presidente hablaba de diplomacia, paz, sentido común y entendimiento. Sólo le ha faltado un año para sacarse la máscara e incumplir todas sus promesas. Sigue en Irak, Guantánamo está igual que hace un año, lejos de extender la paz se ha metido con toda la artillería en Afganistán, el paro sigue castigando al país y su reforma de la seguridad social no se hará (lo de Massachusetts ha hecho inviable el ya descafeinado modelo que quedaba).

Algunos analistas han visto con buenos ojos la nueva regulación bancaria del presidente. Concretamente, el punto que forzará a los bancos a no tomar dinero de la Reserva Federal ni de sus clientes para el trading propio. Sería volver a la época anterior a 1999 rescatando la Ley Glass-Steagall. ¿Qué arreglaría la situación? Nada, los hechos inmediatos sólo han servido para desestabilizar el mercado a corto y medio plazo creando incertidumbre y miedo. Ha generado alarmismo sólo para ganar votos.

De todos los problemas monetarios y financieros que hay en Estados Unidos, éste se encuentra al final de la cola. Es el chocolate del loro. ¿Dejarán de existir lo ciclos con la nueva ley si se aprueba? ¿Se convertirá el dólar en una moneda fuerte con un respaldo sano? ¿Se amplía el libre mercado? Tajantemente, no.

El lobby bancario en Estados Unidos es muy fuerte. A veces, los bancos actúan como partidos políticos emitiendo comunicados, en entrevistas, presionando al mercado, etc. ¿Cree que Wall Street se dejará manosear sin pedir alguna compensación? Hace un año en Europa se hablaba repetidamente de regular profundamente los hedge funds. No se ha hecho nada. En España los políticos dicen pretender cambiar la fiscalidad de las SICAVs continuamente. Tampoco se ha hecho nada. Eso sí, con la nueva fiscalidad sobre los productos de ahorro han dejado "crujida" a la clase media. Por definición, el Gobierno siempre es fuerte con el débil, y débil con el fuerte. Obama va a compensar a Wall Street de una forma u otra. De hecho, ellos le financiaron.

Sobre la nueva regulación bancaria falta ver cómo serán los detalles. Es lo más importante de todo. Muy probablemente, el Gobierno obligue a la banca de inversión a partirse y acabe instaurando un impuesto bancario, pero el matrimonio Estado-Gran Empresa (Capitalismo de Estado o economía del fascismo) seguirá intacto, como siempre.

El problema real no está en la forma de operar de las grandes instituciones. Ni en que sean demasiado grandes. Las empresas de comunicaciones americanas también son enormes y no son un peligro por esta razón. El gran problema actual, y que ha sido el mismo que ha causado la crisis, es que el Gobierno omnipotente ha convertido al mercado en un soviet. Ya no sólo con la manipulación de la creación de dinero. Cada vez hay más quejas de inversores privados que piden explicaciones de las supuestas manipulaciones de la Reserva Federal en el futuro del Mini del S&P. ¿La nueva ley contra la especulación también afectará al banco central americano? Bueno, de hecho ya está operando en la ilegalidad con el Plunge Protection Team (aquí llamada "mano de dios"). ¿Nos hemos de creer a alguien así? ¿Realmente hay alguien aún tan iluso como para pensar que la Reserva Federal y Gobierno actúan por el bien común en lugar de satisfacer únicamente sus propios intereses?

No existen apaños para solventar las recurrentes crisis de este Capitalismo de Estado. Abolición de los bancos centrales, libre concurrencia de monedas privadas y eliminación del curso forzoso de moneda la "nacional". Es una drástica solución, pero es que las medidas pragmáticas de los políticos nos han llevado a una hecatombe económica aún más dramática. Ninguna forma de populismo ha creado prosperidad en ninguna nación. El de Obama y sus cantos de sirena para contentar al incauto y al técnico, tampoco van a servir de nada. El mercado no pude depender de cómo se levante el burócrata de turno o de cómo evolucione su índice de popularidad. El mercado necesita reglas claras y un sistema económico sano. Todo lo contrario a lo que tenemos ahora mismo.

Sorpresa: los Estados también quiebran

En momentos de crisis, nos decían, el Estado tiene que sustituir a un sector privado paralizado por la incertidumbre y cuyas demandas de bienes de consumo y de bienes de inversión han desaparecido.

Portentosa huida hacia delante similar a la de esos malos estudiantes que no satisfechos con haber suspendido un curso entero en la universidad, duplican el número de asignaturas matriculadas al año siguiente para aparentar que siguen en la brecha.

Debería haber sido evidente desde un principio que la deuda pública no constituía un activo para una economía, sino más bien, y como dicta su naturaleza, un pasivo. Sólo aquellos que se han inyectado a Keynes en las venas pueden pensar que una borrachera de gasto y endeudamiento generará la riqueza adicional suficiente como para autofinanciar el propio torrente de despilfarro.

Al fin y al cabo, el economista inglés se burlaba  de los economistas clásicos por creer (en realidad no lo creían, pero él los manipuló tanto que todo el mundo ha terminado por tragárselo) que "toda oferta genera su propia demanda". ‘Pobres ignaros decimonónicos’, pensaban altivos desde su atalaya los economistas del s. XXI pertrechados de modelos macroeconómicos a cada cual más irreal. Pero lo cierto es que los sucesores de Keynes se han creído a pies juntillas otra máxima más ridícula si cabe, la de que "todo endeudamiento público genera sus propios ingresos fiscales".

Y así, llegamos a donde nos aseguraron que nunca llegaríamos si seguíamos sus recomendaciones, si aplicábamos a rajatabla ese libreto mal escrito y peor razonado de la Teoría General. Grecia al borde de la quiebra y tras ella… España. Eso afirma Roubini, Dr. Doom, el gurú que tanto prestigio ha ganado durante esta crisis y también el mismo que ha avalado esta política de endeudamiento masivo: "Si el sector privado no puede gastar, las antiguas y tradicionales políticas keynesianas de gasto por parte del Gobierno se vuelven a convertir en necesarias", nos prescribía poco después de la caída de Lehman Brothers.

Ya ni siquiera los más entusiastas partidarios del gasto público se atreven a negar la posibilidad de que algunas economías quiebren y por ello se afanan en buscar excusas con las que justificar por qué las economías que más ajustes necesitaban –y que menos ajustes han implementado gracias al manto protector de la deuda pública– siguen hundiéndose en la miseria, pese a que sus Estados –incluyendo a nuestra España– han sustentado perfectamente la demanda privada que desaparecía, tal y como ellos recomendaban.

Hace dos años, algunos –tampoco demasiados–marcamos el objetivo al que deberían dirigirse las finanzas públicas para favorecer una pronta recuperación: bajar los impuestos y reducir aún más el gasto público para así generar superávits. La lógica era palmaria: España –Occidente en general– tiene un problema de excesivo endeudamiento que sólo puede paliarse incrementando durante varios ejercicios el ahorro, para lo cual será necesario recortar el consumo privado y también el público. Menos impuestos y menos gasto habrían permitido reducir la deuda pública y privada, colocando a nuestras sociedades en posición para volver a invertir y prosperar.

Pero no, se aplicó justo la receta opuesta: incrementar desproporcionadamente el gasto para aparentar que seguíamos siendo ricos mientras nos hundíamos en la miseria. Ahora no sólo tenemos que realizar los duros ajustes que deberíamos haber acometido hace años, sino que, en el caso de España, debemos hacerlo con la gravosa carga adicional de unos 150.000 millones de deuda pública.

Es el síndrome del nuevo rico incapaz de administrar sus finanzas y que termina por arruinarse. Nuestras élites políticas e intelectuales no estaban maduras, pues desconocían y desconocen cómo funciona una economía de mercado. Sólo les ha faltado que desde el extranjero el consenso económico internacional –que ya quebró cuando estalló la crisis y que se vuelve a resquebrajar ahora que la ha acentuado en varias partes del globo– les haya dado ánimos para seguir gastando y endeudándose. Algunos, como ese insigne propagandista llamado Paul Krugman, incluso se atreven a afirmar que el problema es que nuestros Estados no se han endeudado lo suficiente.

Pero ahí tenemos las consecuencias de su vademécum: los mismos que creían que no existía "otra política económica posible" son los mismos que ahora anuncian apesadumbrados y como si no fuera con ellos la quiebra de los eslabones más débiles de la economía mundial. Pues nada, a seguir así, a ver si con Obama como aliado también conseguís cargaros la economía estadounidense previa ronda de lloros, lamentos, excusas y unos cuantos "yo no fui".

Juan Ramón Rallo es jefe de opinión de Libertad Digital, director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana, profesor de economía en la Universidad Rey Juan Carlos y autor de la bitácora Todo un Hombre de Estado. Ha escrito, junto con Carlos Rodríguez Braun, el libro Una crisis y cinco errores donde trata de analizar paso a paso las causas y las consecuencias de la crisis subprime.

Google y Microsoft: víctimas y verdugos

Demasiados clientes se han pasado a las filas del P2P y las descargas, hartos de unos precios absurdamente altos y, en muchos casos, de un formato que en su día fue económicamente necesario, que muchos consideran una necesidad artística, pero que cada vez menos gente compra: el LP, primero, y su sucesor el CD después.

La forma cada vez más habitual en que se consume música es mediante ficheros en MP3, obtenidos de las más diversas maneras, y que los melómanos tienen en sus ordenadores, sus teléfonos, sus discos duros multimedia, sus marcos digitales o sus reproductores MP3; y en algunos casos en todos esos dispositivos y algunos otros al mismo tiempo. Se escuchan canciones sueltas, en recopilaciones personales de la música completamente ajustadas al gusto de cada uno. La industria ha pretendido que siguiéramos atados al CD, al que incluso han cargado de protecciones para intentar que no pudiéramos copiar la música que habíamos comprado a formatos más cómodos. Pero han fracasado.

También han puesto trabas a la compra legal de canciones sueltas; principalmente a través de unos precios absurdamente altos. Todos sabemos que el coste de descargar una canción de tiendas como iTunes o Amazon MP3 es ridículo, y que los precios de 89 ó 99 centavos están puestos para no hundir aún más el negocio de vender soportes de plástico. De modo que muchos de los más aficionados a la música se han acostumbrado a compartirla por internet y las SGAEs de este mundo les han hecho perder hasta la más pequeña brizna de culpabilidad; será muy difícil que lo dejen por una solución de pago, a no ser que sea mucho más cómoda.

Ahí es donde productos como Spotify pueden triunfar. Tiene un catálogo enorme, aunque con lagunas, y el acceso es casi instantáneo. Los clientes de pago pueden además disfrutar de las canciones en algunos móviles de última generación, aunque tiene el fallo de ser menos universal que el simple y puro fichero MP3. Pero complementándolo con compras más baratas podría ser la vía para que las discográficas sigan ganando dinero de las grabaciones. Menos que antes, claro, pero porque su aportación a la cadena de valor de la música ha disminuido muchísimo en un mundo en el que tanto el precio de las herramientas de grabación y producción discográfica como los costes de distribución han bajado a niveles ridículos si miramos los de hace una o dos décadas. Pero la industria sí sabe cómo promocionar a los músicos, incluso puede ofrecerse como mánager, y esos ingresos podrían compensar ese descenso en su facturación.

Viendo lo que ha pasado, y lo fácil que resulta analizarlo desde la ventaja que nos da el haber contemplado todas y cada una de las meteduras de pata de las discográficas, podría resultar asombrosa la actitud de las editoriales y sus correveidiles. Así, por ejemplo, en El País escribían lo mala que sería la desaparición de los "heditores" porque nadie haría la labor de, eso, edición de unos manuscritos que siempre pueden ser mejorados gracias a una mano profesional distinta de la del autor, al igual que la música gana con un productor que sepa encontrar el sonido perfecto para un artista o una canción. Y sin duda es una tarea necesaria, y por eso mismo no desaparecerá, al igual que las discográficas seguirán aportando algo de valor a la música que será retribuido. Pero eso sólo no justifica que las editoriales sigan existiendo tal cual son ahora.

Sin embargo, bajo excusas tan exiguas como ésta, parecen estar cerrando los ojos ante lo que se les viene encima. O les facilitan la vida a los lectores que se pasen al libro electrónico, bajando los precios en ese formato aunque pueda reducir sus ventas de papel, o incluso pensando en mecanismos de suscripción que quizá no sean Spotify pero se le puedan parecer, o pueden despertarse un día y ver que sus autores les han abandonado por empresas que no son editoriales de toda la vida, pero que ofrecen a los escritores lo que necesitan: la vía para llegar al mayor número posible de lectores.

Algunos escritores de éxito están presionando a sus editores para llevarse una parte mayor del pastel y algunos como Ian McEwan directamente han firmado con Amazon para convertirla en su editorial, que venderá el libro en papel y en el Kindle y le dará un porcentaje mucho mayor de las ventas. Amazon lo ha visto claro, y amenaza con convertirse en la mayor editorial de Estados Unidos a poco que las tradicionales se despisten. Por supuesto, aún hay tiempo de cambiar. Pero muchas editoriales, entre ellas las españolas, parecen tener toda la intención de despistarse.

Daniel Rodríguez Herrera es subdirector de Libertad Digital, editor de Liberalismo.org y Red Liberal y vicepresidente del Instituto Juan de Mariana.