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La leche de Facebook

Y también lo tienen, por supuesto, a protestar y a dar a conocer al resto de la humanidad su opinión sobre la medida tomada por los responsables de la popular red social.

Pero hasta ahí. Mientras se limiten a quejarse, montar campañas de protesta o a tratar de contactar con los responsables de la prohibición, todo entra dentro de lo legítimo. Pero se saldría de esta categoría si trataran, esperemos que no lo hagan, de involucrar a los poderes públicos para que obligaran a Facebook a levantar tan estúpida prohibición. Al fin y al cabo, no deben olvidar que se trata de una empresa privada y que tiene la legitimidad de prohibir lo que le venga en gana a sus usuarios.

De todos modos, para ser coherentes del todo con su nombre –puesto que la organización lleva en el mismo la palabra "Libertad"– desde CCF deberían protestar, siempre sin recurrir al apoyo de los gobiernos u otras instancias estatales, por todas las prohibiciones de publicidad. Al igual que la leche y sus derivados no resultan nocivos para gran parte de seres humanos (no olvidemos que hay millones de intolerantes a la lactosa) muchos podrán alegar que el consumo responsable de alcohol o un uso correcto de las armas, por ejemplo, tampoco lo son. Y en aquellos casos, como las drogas o el tabaco, en el que casi siempre son dañinos, anunciarlos no es lo mismo que obligar a consumirlos.

Además no deja de ser irónico que en esa red se prohíba anunciar toda una serie de productos y se permita, por ejemplo, hacer propaganda de ideologías políticas totalitarias que han supuesto la muerte para millones de personas y de regímenes que coartan la libertad de muchos otros millones. Sin embargo, la libertad tiene esas cosas, hasta los indeseables defensores de personajes como Hitler o Stalin tienen derecho a expresarse. Y el resto de usuarios la tienen para pedir que Facebook no se lo permita hacer en su red social. Si lo hace, bienvenido sea, que se creen una propia para ellos. Hablamos siempre de entornos privados.

Los responsables de Facebook han hecho el tonto prohibiendo la publicidad de lácteos. "Son la leche", que diría un castizo. Pero tan sólo es eso, una idiotez que son libres de cometer.

Absurdos nacional sindicalistas

Hay más de cuatro millones de parados, si desmaquillamos los datos de Trabajo, y las perspectivas para 2010 son iguales o peores. Es decir, peores, porque crecerá el número de personas y familias que lleven en paro un tiempo prolongado. Seis años lleva Zapatero en el Gobierno, lo suficiente como para que pueda presumir, con justo título, de los frutos de su política económica, a la vista de todos. Bien, pues por una vez, los sindicatos han decidido acompañar a los parados en la calle. Pero no para exigirle responsabilidades al Gobierno, sino para intentar canalizar la creciente indignación con la situación actual contra los empresarios. ¡Contra los empresarios! ¡Pero si lo que busca todo parado es, precisamente, un empresario que le ponga a trabajar! Pero la idiocia en política es libre y muy barata, la regalan partidos y sindicatos y la esparcen los medios con profusión.

Y, como prueba, lo ocurrido en 167 municipios en Cataluña. Los nacionalistas organizan varias encuestas sobre la secesión (ellos lo llaman independencia porque tienen espíritu colonial, ¡pero de colonia, no de metrópoli!). Es normal que ellos quieran darle al muestreo, que no tiene validez ni jurídica ni política ni científica, una categoría que no tiene; referéndum le llaman. Lo sorprendente es que haya medios que participen en este engaño.

Madrid y Cataluña; dos situaciones paradójicas. La primera acoge una manifestación con cuatro millones de argumentos para la protesta, pero sin exigencias políticas. La segunda vive el intento de elevar a categoría política una fiesta independentista sin validez alguna. Como si tal cosa.

Samuelson o la Economía sin esencias

Sin embargo, difícilmente puede uno haber obtenido la licenciatura en Economía sin haber sufrido su herencia metodológica –que va mucho más allá de haber popularizado la síntesis neoclásica de Keynes–, a saber, la generalización del lenguaje matemático como herramienta de comunicación entre economistas.

El problema no está tanto que las matemáticas se usen como método para pensar y exponer ciertas conclusiones, sino en que se hayan llegado a convertir de facto en el único método válido para pensar y exponer conclusiones en la ciencia económica moderna. Con esta revolución metodológica no sólo se ha llegado a despreciar por acientífico el trabajo esencial de numerosos economistas que prefirieron el lenguaje verbal y la lógica –algunos de los cuales fueron tutores de Samuelson, como Gottfried von Haberler o Joseph Schumpeter–, sino que sobre todo los economistas dejaron de preocuparse por comprender a fondo la realidad.

Así, con el abuso de las matemáticas se ha abandonado la esencia de los problemas para centrarse en su manifestación cuantitativa. Como ya se quejara Hayek en el discurso de su recepción del Nobel: "Se nos llega a pedir que formulemos nuestras teorías sólo en términos que se refieran a magnitudes mensurables. Difícilmente podrá negarse que esta demanda limita arbitrariamente el número de hechos que pueden admitirse como las causas de los problemas que suceden en el mundo real".

Samuelson, de hecho, pontificaba la importancia de las matemáticas por el hecho de que permitían a los economistas alejarse de los pseudoproblemas cualitativos y centrarse en los auténticos problemas cuantitativos. Pero como el gran Fritz Machlup le recordó a renglón seguido, ni todo puede expresarse en lenguaje matemático ni todo aquello que no pueda formularse con precisión en éste deviene irrelevante para las relaciones humanas y, por tanto, para la ciencia económica.

Es más, en la medida en que la Economía se desarrolla en torno al concepto de valor –el ser humano actúa para satisfacer sus fines más valiosos empleando los medios más útiles para ello–, debería resultar evidente que su auténtico objeto de estudio deberían ser las relaciones cualitativas entre los seres humanos y su entorno, dentro de las cuales ya se encuentran, pero no en solitario, las cuantitativas. Reducir la calidad a un simple problema de cantidad demuestra una escasa comprensión de cómo actúan los seres humanos y puede llevarnos a cometer muy graves errores que para más inri no podrán detectarse mediante el razonamiento matemático.

El propio Samuelson fue una conocida víctima del desprecio por la esencia de los fenómenos. Así, en la decimotercera edición de su popular manual universitario Economics, datada en 1989, Samuelson concluía que:

La economía soviética es una prueba de que, al contrario de lo que muchos escépticos piensan hoy, una economía socialista puede funcionar e incluso prosperar. Es decir, una sociedad en la que la mayoría de las decisiones económicas son adoptadas de manera administrativa, donde los beneficios no sean el motivo principal detrás de la producción, puede crecer durante largos períodos de tiempo.

Samuelson, por supuesto, sólo se fijaba en el crecimiento de las cantidades de bienes y servicios, sin plantearse cuáles eran las cualidades de esos bienes para satisfacer los fines de los individuos que eran obligados a fabricarlas. Tal vez la economía soviética "creciera más rápidamente durante más tiempo que la mayoría de economías de mercado", pero también nuestras economías occidentales crecieron durante la pasada burbuja, sin que ello indicara que estuvieran creando riqueza (más bien al contrario).

No muy riguroso puede ser aquel análisis económico que, como el de Samuelson, si bien constata que "el crecimiento soviético se ha producido en una atmósfera de sacrificios humanos, incluso de asesinatos y represión política", se plantea a continuación, como "uno de los más grandes dilemas de la sociedad humana", si "todo ese clima justifica las ganancias económicas logradas". No, no hay ganancias económicas sin libertad. De hecho, no hay economía propiamente dicha sin libertad.

No es que el uso de las matemáticas conduzca necesariamente a conclusiones tan absurdas –de hecho el marxismo es en su mayoría un movimiento no matematizado–, pero sin las pertinentes cautelas de que por sí mismas no son suficientes en la ciencia económica sí pueden abocarnos a ellas. Samuelson fue una clara prueba de ello.

Propaganda tributaria de gobiernos famélicos

Después de su apropiación indebida durante más de una década por parte del movimiento globalización, hace unos días Paul Krugman, salsa de todos los guisos intervencionistas, proponía implantarla en el mercado bursátil para gravar a los "especuladores" y ahora el Consejo Europeo la extiende a las "transacciones financieras internacionales". De las divisas hemos pasado sorprendentemente a todo tipo de operaciones; es como si comienzan con la propuesta de subir el impuesto sobre hidrocarburos para terminar incrementando el IVA.

La idea original de Tobin, siendo errónea de raíz, tenía su interés académico, ya que se dirigía a combatir un problema potencialmente muy destructivo para un país: el dinero caliente. En un mundo donde empresas, bancos y países se endeudan masivamente a corto plazo para invertir a largo, una fuga súbita de la financiación a corto puede abocar a una espiral destructiva. Políticos y economistas se muestran desconcertados por este fenómeno y suelen sacarse diversos conejos de la chistera. Uno es la Tasa Tobin y otro, por ejemplo, el modelo chileno, donde se obliga a que todo capital extranjero que entre en el país permanezca como mínimo un año.

Como digo, son regulaciones equivocadas –pues la mayoría de los movimientos a corto plazo de capitales prestan servicios insustituibles a la hora de proporcionar liquidez al sistema y de arbitrar precios– pero discutibles. La solución real es mucho más sencilla: bajo el patrón oro ni había dinero caliente ni se producía especulación a corto plazo en el mercado de divisas. Dado que los tipos de cambio eran estables y que el banco central carecía de una flexibilidad absoluta para expandir el crédito a placer, estos fenómenos eran simplemente desconocidos. Hasta que los mismos gobiernos que ahora protestan por la volatilidad de los flujos financieros internacionales no desterraron la "bárbara reliquia" a objeto de correrse periódicas juergas presupuestarias, ambos fenómenos carecían de incidencia. Nuestros políticos ya saben, pues, cuál es el paliativo si es que quieren estabilizar el sistema financiero y no aparentar que se estabiliza mientras se sigue chupando del bote.

Pero no nos engañemos, aquí no se está hablando de evitar la especulación en el mercado de divisas, sino en cualquier mercado financiero, tenga consecuencias desestabilizadoras o no. Sería un error por tanto creer que con este impuesto se quiere algo así como minimizar los movimientos especulativos a corto plazo. No, su afán es simple y llanamente confiscatorio. Llevamos dos años en los que los déficits presupuestarios de todo el mundo se han disparado por el absurdo encumbramiento a categoría científica de las supercherías keynesianas. Se nos decía que incurriendo en déficits públicos volveríamos a crecer y que con la recaudación fiscal derivada de ese crecimiento amortizaríamos buena parte de esos déficits.

Pero el brutal endeudamiento de la mayoría de Estados no ha dado lugar a ninguna apreciable recuperación, sino más bien a una ronda de impagos soberanos que parece va a inaugurar Grecia. Lejos de salvarse, los Estados se encuentran con el agua al cuello; más que nada, porque continúan obsesionados con seguir gastando y expandiendo su dirigismo sobre la sociedad. Ya lo decía con regocijo Krugman en su artículo: "Un impuesto sobre las transacciones financieras puede generar ingresos sustanciales, lo que ayudará a aliviar los temores infundados de los déficits públicos. ¿Por qué no debería gustarles a nuestros políticos?".

Nuestros mandatarios necesitan nuevos impuestos. Las deudas de hoy son los tributos de pasado mañana. Nadie se engañe. Viene éste y vendrán muchos más: todos, eso sí, en nombre de la prosperidad y de la estabilidad. Lo peor, con todo, será ver a los propagandistas de siempre, dentro y fuera de la Academia económica, tratando de justificar con peregrinos argumentos lo que ellos mismos saben que sólo son mentiras políticas para lograr engordar el erario; claro que ya llevan años comprometidos con esa causa.

El procejariado se va de manifa

La escena es tan surrealista que sólo se puede dar en la España de Zapatero, no porque en otros lugares el sindicalismo de clase (alta) no insulte a la inteligencia y el bolsillo del resto de trabajadores, sino porque fuera de nuestras fronteras lo hacen con más discreción.

Aquí se despelotan sin ningún pudor y convocan una manifestación contra los enemigos seculares del proletariado, sin tener en cuenta que la famosa lucha de clases pasó a la historia y lo que queremos los trabajadores no es hacer la revolución sino un puesto de trabajo y un pisito en la costa como cualquier sindicalista liberado, vaya.

Con sus acciones, los sindicatos confirman que la batalla en el mundo actual ya no discurre entre empresarios y empleados, sino entre los que viven del dinero público y los que debemos financiar sus francachelas.

Y como adecuado colofón a un acto tan sublime estará de maestro de ceremonias el periodista preferido de Gallardón, que incluso es posible que haya rebajado su caché para aceptar ir a amenizar la fiestuki. Que no falte de nada. El alcalde de Madrid debería asistir también a la manifestación, junto a los comicastros del Partido, para protestar contra Esperanza Aguirre, culpable junto a los empresarios de que Zapatero haya destruido nuestra economía a una velocidad nunca vista en un país civilizado. Total, salvo el PSOE, los sindicatos, el procejariado y Gallardón, que están libres de culpa por su condición de progresistas, los demás no sólo tenemos que financiarlos a todos sino escuchar también sus reprimendas.

Dicen que se van a manifestar contra los que se aprovechan de la crisis. Hombre, yo creía que se referían a ellos mismos, porque no hay nadie en España que esté aprovechándose con más intensidad de la actual catástrofe económica que los sindicalistas y el resto de subvencionados. Oiga pues no. Para estos detentadores de la moral pública, el pequeño empresario que cierra su negocio, pierde su patrimonio y se va al paro o a la economía sumergida es un enemigo al que hay que combatir del brazo del Gobierno socialista, que es el que maneja el BOE.

Y todos los demás, que financiamos su alegría reivindicadora, no sólo tenemos que seguir pagando sino aceptando con resignación la bronca de estos ungidos. Y sin rechistar, oiga, no sea que una patada perdida de kárate acabe impactando en nuestras costillas, que cosas más raras se han visto.

Las descargas son lo de menos

El último acercamiento al modo yanqui de hacer las cosas mal ha consistido en colar de matute en una ley "ómnibus" como la de economía sostenible una disposición que permite al Ministerio de Cultura cerrar sin intervención judicial las páginas de enlaces P2P.

Teóricamente, la propuesta para acabar con estas web se iba a realizar antes de final de año tras el informe de una comisión ministerial que se conocería este mes de diciembre. Pero al igual que sucede en Estados Unidos, donde miles de medidas son aprobadas como añadidos a las leyes importantes para así ganarse el apoyo de congresistas clave, se han adelantado incluyéndolo en una ley que nada tiene que ver con internet ni con las descargas.

Además, esta disposición del anteproyecto de ley fue ocultada a la opinión pública cuando se aprobó en consejo de ministros y revelada unos días después, casualmente el mismo día en que se celebraba una manifestación de titiriteros pidiendo al Gobierno que impidiera las descargas P2P. La ley que pretende aprobar el PSOE lo convierte en policía, juez y fiscal a un tiempo, con facultades para cerrar toda página web que les moleste. Y eso no se puede tolerar, sea cual sea la excusa; no lo hace con páginas terroristas, pero pretende hacerlo con sitios web de enlaces que, con la legislación actual, ni siquiera cometen un delito, como han ido reconociendo en su mayoría los jueces que han examinado las denuncias de la SGAE y sus compis.

Naturalmente, está en juego algo mucho más importante que el destino de unos cuantos sitios web. No se puede conceder al Estado la potestad de cerrar a su libre albedrío un medio de comunicación, y los sitios web lo son. Con este arma, el Gobierno podría ordenar, por ejemplo, el cierre de Libertad Digital, y aunque previsiblemente un juez nos daría posteriormente la razón y nos permitiría volver a abrir las puertas, habría transcurrido mucho tiempo y el daño ya estaría hecho. La libertad de expresión es un derecho fundamental que está incluso reconocido en nuestra Constitución, que especifica que sólo una orden judicial puede ordenar "el secuestro de publicaciones, grabaciones y otros medios de información". Eso es lo que está en juego, y no el destino de unos sitios web con enlaces a descargas de canciones y películas.

Muchos internautas han protestado ante este atropello, y la ministra de Cultura ha hecho el paripé de sentarse a hablar durante un cuarto de hora con algunos de ellos, y Zapatero el de decir que "no se va a cerrar ninguna web". Pero incluso los más fanáticos defensores del presidente del Gobierno –y entre quienes se reunieron con Sinde hay unos cuantos– no deberían sino reconocer que la palabra de Zapatero no tiene ya a estas alturas valor alguno. Este anteproyecto ha sido aprobado en Consejo de Ministros y elaborado con la colaboración de varios ministerios; es responsabilidad, más de lo habitual, del Gobierno al completo y de quien lo preside. No es la ley Sinde, sino la ley Zapatero. Además, al no cesar inmediatamente a su ministra, ha asumido la responsabilidad. Es el presidente, por tanto, quien debe ser puesto en cuestión por este intento liberticida de querer convertirnos en China.

La caja de Pandora

En primer lugar, anima al Gobierno a tomar las riendas de la producción nacional. El Estado debe "dirigir el proceso de desarrollo en una determinada dirección". ¿Cuál? La que estime oportuna la elite burocrática, ignorando así la regla de oro de cualquier economía que, mínimamente, defienda el libre mercado. Esto es, la inviolable soberanía del consumidor y la propiedad privada de los factores de producción.

El Gobierno tiene que marcar el desarrollo económico a seguir, según González. Una idea propia del marxismo que, por supuesto, cuadra a la perfección con el espíritu dirigista y planificador que desprende la nueva Ley de Economía Sostenible. Para ello, el ex ugetista recomienda aumentar la inversión pública en educación, I+D+i y energías renovables.

En segundo lugar, aboga por fortalecer, aún más, el papel de los sindicatos. Contradiciendo a todos los organismos internacionales, González considera que el mercado laboral español es excesivamente flexible, de ahí su "volatilidad" en los períodos de crisis y auge económico, por lo que defiende una mayor regulación en este ámbito.

Ambas reflexiones carecerían de la menor importancia si no fuera porque el autor de las mismas pertenece al selecto club de ignorantes e inútiles asesores que conforman la Oficina Económica de Moncloa. Sus ideas son una reproducción exacta del recetario sindical, cuyo único objetivo es implantar una economía planificada y estática al servicio del corporativismo estatal.

González parece desconocer que España es una de las economías más rígidas del planeta, la menos competitiva de las grandes potencias (OCDE), y con un mercado laboral propio del Tercer Mundo, según el Banco Mundial. Y pese a ello, insiste en repetir sin el más mínimo rubor la falacia izquierdista de "más Estado y menos mercado".

Desconozco si Zapatero seguirá sus recomendaciones. Confío en que no pues, de lo contrario, la nueva política económica del Gobierno acabaría por convertirse en una losa insalvable para la ansiada recuperación económica. España vive un momento clave. Las grandes crisis económicas suelen ser aprovechadas por el Ejecutivo y sus parásitos para extender la intervención pública y emprender reformas anti-mercado con el fin de acrecentar su poder. El "dirigismo" que promueve el asesor de Moncloa es un claro ejemplo de ello.

Adoptar este tipo de consejos, tarde o temprano, conllevaría la implantación de modelos económicos bien conocidos en América Latina, como es el caso de Argentina. Por el bien de todos, más vale que el Gobierno no destape la Caja de Pandora.

Señores agricultores: no culpen a los intermediarios

El razonamiento es sencillo… y es una de las supercherías económicas más generalizadas: los intermediarios no sólo explotan a los agricultores, también a los consumidores. A los primeros les ofrecen unos precios que ni siquiera les llegan para cubrir los costes, y a los segundos les ofertan unos precios absolutamente inflados. Todo el mundo sabe que el margen de los intermediarios es brutal, y que a más intermediarios, precios más altos. Es la inapelable evidencia de la sabiduría popular, ¿verdad? Pues… no vayamos tan rápido.

Ocurre en demasiadas ocasiones que nuestras intuiciones económicas no se corresponden con la realidad. La folk economics suele distar mucho de la economic science, y es trabajo de los economistas explicar dónde fallan nuestros razonamientos más primarios.

En el caso de los intermediarios, da la impresión de que si una persona se interpone entre el productor y el consumidor, será para elevar los precios que pagan los segundos por encima de lo que habrían abonado de haber negociado directamente con los primeros. Frente a este razonamiento, los economistas suelen apuntar que una manzana en el campo no es el mismo producto que una manzana en el supermercado, y que, por consiguiente, es legítimo e incluso necesario que los precios de dos bienes distintos diverjan.

El argumento no está mal y apunta algunas verdades importantes, pero resulta bastante incompleto y, en general, poco convincente si no lo desarrollamos más. Y es que, en realidad, los intermediarios desarrollan una labor casi mágica muy pocas veces reconocida. Su función es tan esencial y provechosa para la economía, que logran a la vez dos objetivos en apariencia contradictorios: consiguen que los precios que reciben los agricultores suban y que los que pagan los consumidores bajen.

Sí, ya sé que parece que lo anterior es más complicado que la cuadratura del círculo, pero no lo es. Basta con que olvidemos por un momento casi todo el armazón teórico con el que los economistas neoclásicos han empantanado nuestra ciencia y volvamos a tocar con los pies en la tierra: los productos no cotizan en el mercado a un precio, sino a dos.

Todo bien o servicio tiene en cada momento dos precios, no un vulgar precio de equilibrio, como insisten demasiados economistas: el precio al que se puede comprar de manera inmediata (asked price o precio pedido) y el precio al que se puede vender de manera inmediata (bid price o precio ofrecido). Los consumidores adquieren sus mercancías abonando el precio pedido y los vendedores descargan su mercancía recibiendo el ofrecido. El primero siempre es superior al segundo.

Nuestra vida está llena de ejemplos de lo anterior. Desde pequeños aprendemos que si queremos revender un coche después de haberlo comprado, sólo podremos hacerlo a un precio bastante menor, aun cuando el producto sea idéntico. En los mercados más organizados y sofisticados, como el bursátil o el de divisas, encontramos claramente dos ventanillas: una para comprar acciones o moneda extranjera (donde pagamos el precio pedido) y una para venderlas (donde cobramos el precio ofrecido).

Es una ilusión de muchas modelizaciones académicas de los mercados suponer que todos los compradores y todos los vendedores están en contacto, se conocen y pueden intercambiar cantidades ilimitadas de mercancías sin coste ni dificultad alguna. En los mercados la información suele estar muy dispersa y fraccionada, por lo que es frecuente que los especialistas del parqué o los creadores de mercado (market maker), esto es, los intermediarios, pongan en contacto a todas las partes entre sí: centralizando compras y ventas, anticipando excesos o déficits de demandas y ofertas futuras, acumulando y desacumular inventarios…

Dicho de otra manera: si los agricultores fueran casa por casa tratando de vender su mercancía, obtendrían precios ofrecidos muy inferiores a los que les pagan los intermediarios. ¿A cuántas familias puede preguntar un agricultor cada día si necesita naranjas, tomates, pepinos o coliflores? No es demasiado práctico, y, de hecho, se arriesga a que muchas de esas familias ya tengan satisfechas sus necesidades. Y hasta que no logre vender, casa por casa, toda la cosecha trimestral o anual, tendrá que acumular unos enormes inventarios, que se van deteriorando y que ocupan espacio.

Lo mismo cabe decir de los consumidores: ¿a cuántos agricultores desperdigados por el campo puede visitar un consumidor para comparar y proveerse de todos los productos que necesita? A buen seguro, el precio pedido que tendría que pagar (especialmente si incluimos costes de desplazamiento, de pérdida de tiempo…) sería mucho más elevado que el que abona en el supermercado que tiene al lado de casa.

Es más, con el escaso volumen de transacciones que podrían realizarse en estos intercambios directos entre consumidores y agricultores, ¿cuántos productores sobrevivirían a medio plazo? Muchos menos de los que quedarían hoy incluso si quebraran todos aquellos que deberían quebrar. Y ya se sabe qué sucede cuando la oferta se reduce de manera muy considerable: los precios que tendrán que abonar los consumidores se dispararán.

Desde luego, es mucho más práctico y eficiente que todos los agricultores vendan toda su mercancía a un intermediario o a un conjunto de intermediarios (mayoristas y minoristas), y que los consumidores que diariamente desean hacer compras de pequeña cuantía acudan para ello a estos últimos, a los detallistas. Así, los agricultores pueden vender mucho más y a precios más altos, y los consumidores comprar mucho más y a precios más bajos. Son los intermediarios los que permiten la estabilización de la oferta y la demanda del sector, y a muchos agricultores sobrevivir.

En definitiva, gracias a los intermediarios, los agricultores obtienen precios ofrecidos mayores de los que conseguirían malvendiendo su mercancía a los poquísimos consumidores interesados en ella que encontrasen cada día; y la mayoría de los consumidores tendría que pagar precios pedidos muy superiores a los que les piden los intermediarios si compraran a la desesperada la escasa mercancía que les ofrecieran los cuatro agricultores desperdigados por el campo que pudiesen encontrar.

Entonces, si esto es así, ¿por qué escuchamos que los intermediarios incrementan los precios en un 500 ó 600%? La verdad es que no lo sé. Mi impresión es que los agricultores ni tienen en cuenta los costes de los intermediarios ni, sobre todo, se plantean qué precios efectivos pagarían los consumidores si no tuvieran a su disposición los supermercados. Aun así, es lícito preguntarse si los intermediarios no podrían pagar a los agricultores precios ofrecidos mayores e, igualmente, cobrar a los consumidores precios pedidos menores de los que están fijando ahora.

Una pregunta que sólo puede responderse yendo a los datos, en concreto a los beneficios que obtienen los dos intermediarios más importantes de la cadena alimenticia: los mayoristas (como Mercamadrid y Mercabarna) y los minoristas (supermercados e hipermercados). Los primeros intermedian entre los productores y los minoristas, y éstos, entre los mayoristas y los consumidores. Si es cierto que los precios que pagan los consumidores son cinco veces superiores a los que reciben los agricultores, en algún lugar encontraremos unos monstruosos beneficios, ¿no?

Tomemos como ejemplo de minoristas a Mercadona, Carrefour y Eroski. Su margen de ganancia de 2008 –qué porcentaje de las ventas les queda como beneficio después de deducir los costes– es del 2, el 1 y el -1%, respectivamente. Es cierto que estos porcentajes no comprenden sólo los productos agrarios, pero resultan suficientemente ilustrativos de los estrechos márgenes con los que, en general, operan estos sectores (Eroski incluso pierde dinero). Más adecuado que medir los márgenes, sin embargo, es comparar sus beneficios absolutos con la inversión que han tenido que hacer para obtenerlos (el ROA, la auténtica métrica de la rentabilidad de una inversión); en este caso las cifras no mejoran demasiado: 7, 2 y -1%, respectivamente; muy en línea con las rentabilidades del resto de la economía.

Si los brutales márgenes de beneficio que según los agricultores obtienen los intermediarios no aparecen entre los minoristas, deberán entonces reflejarse en las cuentas de los mayoristas, ¿no? Pues tampoco. Es cierto que sus márgenes son mayores que los de los minoristas: los beneficios de Mercamadrid alcanzan el 32% de sus ingresos y los de Mercabarna el 12%; si bien siguen muy lejos de las cifras que no dejamos de escuchar: 400, 500, 600%. Pero esos grandes números se matizan cuando los ponemos en relación con la inversión necesaria para lograrlos: su ROA es del 5,8% y 3,7%, respectivamente.

En otras palabras, el modelo de negocio de los mayoristas es tal, que necesitan inmovilizar mucho más dinero (lo mismo sucede en industrias como la aeronáutica), y para rentabilizar todo ese capital necesitan obtener beneficios muy grandes. Al final, pues, los beneficios extraordinarios de que tanto hablan los agricultores no aparecen por ningún lado. Los mayoristas obtienen unos rendimientos muy normalitos por su muy necesaria actividad.

De hecho, si los márgenes fueran tan cuantiosos como siempre se nos dice, ¿por qué no se dedican los agricultores a explotarlos vendiendo directamente al consumidor final? Ah, no, que no les sale a cuenta, que su negocio es la producción y no la distribución. Pues para eso, precisamente, existen los intermediarios, la división del trabajo y tal y tal y tal.

Qué bonito sería que, dedicándose sólo a producir, los agricultores se quedaran con los beneficios derivados de la intermediación: precios justos, lo llaman.

Yo también quiero salvar al mundo

Ahora bien, lo primero que necesitas para vencer en esta batalla es saber cómo se comporta el enemigo, cuáles son sus puntos fuertes y cuáles sus debilidades, y para eso es imprescindible transformarte en agente del adversario y camuflarte en sus filas para convivir como un capitalista más, que es precisamente lo que hacen los calentólogos de profesión.

Los progres que han decidido tomar parte en esta batalla contarán siempre con la gratitud del resto de mortales, porque si hay algo que a un tipo de izquierdas le repugne especialmente es hacer como que disfruta de las bondades del sistema que busca destruir. Y ahí los tienen, sufriendo día tras día los rigores del capitalismo salvaje, soportando un tren de vida que a la mayoría de seres humanos por fortuna nos está vedado, viajando por todo el mundo, alojándose en asquerosos hoteles para ricos y comiendo manjares de todo tipo que seguramente incluyen sustancias transgénicas a quinientos euros el menú. Toda una tortura diaria que, sin embargo, los salvadores del mundo soportan con admirable estoicismo.

Ahora andan por Copenhague, dando un nuevo ejemplo de sacrificio puesto que la cumbre contra el calentón global podría haberse organizado perfectamente en Brasil o en el Caribe, lugares más templados ya que del calentamiento se trata; pero no, la han convocado en el norte de Europa para que todos veamos en ellos un ejemplo añadido de abnegación. No sólo eso. Conociéndolos son capaces de poner los radiadores de las suites hoteleras al mínimo y decirle a los chóferes de las mil doscientas limusinas que no dejen el motor y la calefacción en marcha mientras se reúnen para acabar con el calentón global, el mismo que todavía no ha aparecido por tierras danesas pero que llegará sin duda para vaporizar la corrupta civilización que lo ha provocado.

Yo también quiero salvar a la humanidad, siempre que los gastos de mi esfuerzo corran a cargo de los demás, porque no está bien que los protagonistas de la hazaña tengan que asumir los costes del salvamento. Y si hay que viajar en jet privado, usar limusina y contaminar como una manada de vacas a dieta de repollo se hace sin rechistar. Como los titanes de Copenhague, voluntarios desinteresados dispuestos a soportar todas las fatigas que conlleva esta batalla definitiva contra el neoliberalismo depredador. ¡Pero si hasta han decidido que ni siquiera van a ir de putas! ¿Son unos héroes o no son unos héroes?

Lo siento, Greenpeace

La campaña de esta temporada muestra a Zapatero, Obama, Lula, Merkel y otros mandatarios con el pelo blanco y la piel más arrugada que una papa con mojo picón. Por fin un fotomontaje que no engaña. Las fotos, que simulan la apariencia de estos políticos en el año 2020, van acompañadas de unas frases en las que se lee "Lo siento. Podríamos haber detenido los efectos catastróficos del cambio climático… Pero no lo hicimos".

Greenpeace introduce como ciertas tres ideas que distan mucho de estar probadas. La primera es que los efectos del cambio climático vayan a ser catastróficos. La ausencia de calentamiento durante los últimos once años no sólo deja al descubierto algunas de las flaquezas más importantes de los modelos más catastrofistas que preveían fuertes incrementos en la temperatura global, sino que hace que la ciudadanía sea más escéptica a la hora de aceptar las tesis alarmistas. Además, las encuestas a climatólogos de todo el mundo no parecen indicar que la comunidad científica considere mayoritariamente que estemos ante un fenómeno catastrófico. 

La segunda es que el hombre pueda hacer algo para solucionar esa supuesta catástrofe, sobre todo si tenemos en cuenta las declaraciones del presidente de la organización radical el año pasado diciendo que Kioto es la única solución. Lo cierto es que Kioto representa un modelo en el que el coste es inmenso mientras que el beneficio climático ha sido casi imperceptible. En ese marco que tanto les gusta a los guerreros del arco iris será difícil solucionar nada. Pero claro, como resulta que no quieren ni oír hablar de alternativas más eficaces y menos costosas como las deducciones fiscales, invertir en sumideros, secuestro de carbono o energía nuclear, tienen que quedarse con el fracasado modelo de Kioto. Lo siento Greenpeace, se pueden hacer muchas cosas si de verdad nos enfrentamos a un cambio climático peligroso, pero con la postura intransigente y suicida que mantienen me temo que pasarán los años y veremos que no se hizo nada provechoso (aunque de no ser por ustedes quizá se podrían haber tomado buenas medidas).

La tercera idea es que nos quedan diez años para resolver el problema. Esto es muy interesante porque hace cuatro años la organización ya decía que sólo teníamos diez años. Si no cambiábamos nuestro modelo productivo hacia uno centralizado y fuertemente intervenido en menos de diez años, estábamos abocados a ser partícipes del fin del mundo. Así que de algún modo hemos logrado obtener una prórroga de cuatro años.

Habrá que ver qué pesa más sobre los políticos, las fotos y el argumento vacío de Greenpeace o el escándalo del Climategate, que implica a varios de los científicos más influyentes dentro de la corriente catastrofista por haber destruido datos, escondido declives en las temperaturas que no cuadraban con sus modelos, cerrado el paso de los críticos al debate académico y engañado a la opinión pública.