Ir al contenido principal

Verde no, roja

No es que la previsión fuera tranquilizadora, porque en esas materias se puede hacer mucho daño a la economía del país y Zapatero es un virtuoso del desastre, pero cuando leemos el resumen de la vicepresidenta económica con los puntos más destacados de la nueva normativa es inevitable reconocer que los socialistas nos han vuelto a sorprender.

O sea, que el principal escollo que nos impide salir de la crisis es el sueldo que los accionistas de una empresa pagan voluntariamente a sus gestores, delito de leso socialismo que el Gobierno se propone remediar con esta ley, anunciada como la iniciativa estelar de esta segunda legislatura. Porque además de ciertas reformas legislativas para agilizar la pesada burocracia estatal y las habituales apelaciones al apoyo a la investigación y el desarrollo, lo más destacado de este proyecto de ley, a juzgar por la sinopsis de la ministra Salgado, es la decisión de Zapatero de controlar lo que las empresas pueden o no pagar a sus ejecutivos. Sobre los tres sueldos de la Pajín o los cinco de de Cospedal, en cambio, el Gobierno no dice nada, convencido tal vez de que la labor de los políticos profesionales es mucho más importante que la de los ejecutivos de una multinacional. Y en parte es así, porque si los directivos de las grandes compañías hacen ganar dinero a los propietarios de la empresa, no vea usted la paletada de pasta que algunos políticos hacen ganar a los propietarios de terrenos urbanizables o a los productores de cine.

Por otra parte, seguimos sin saber a qué se refiere Zapatero cuando propone un nuevo modelo productivo, exactamente igual que le ocurre a él mismo. Si el arcano de la sostenibilidad ha sido desvelado en esta ley, la Salgado lo oculta al público, salvo que la clave para la nueva economía productiva, sostenible y respetuosa con el calentón global sea vigilar de cerca lo que gana el presidente del Santander y su equipo directivo. Que igual lo es, no pongamos trabas a la imaginación del Consejo de Ministros. Y si no es así, al menos ya han dado un titular a los medios "progresistas" y una mano de vaselina a electores de extrema izquierda, encantados de creer que Zapatero castiga a los ricos aunque estén en el paro y sin poder llegar a final de mes.

La sostenibilidad de Zapatero es básicamente esa, mantener subsidiados a sus votantes y darles su ración mensual de radicalismo legislativo. Este mes ya llevan recetadas dos dosis generosas, con la ley del aborto y ésta otra para la economía "roja". Todo un atracón, y eso que todavía no es Navidad.

Sobre Ramoncín, con todo respeto

Procuraré en todo momento que ninguna frase o expresión pueda correr el riesgo de cruzar la fina línea que a veces separa la crítica del insulto. Tal precaución es necesaria por el simple motivo de que en las siguientes líneas me referiré a ese señor de profesión cantante y conocido por la "marca" Ramoncín.

No vamos a entrar aquí a valorar sus formas, sus declaraciones de hace años ni tan siquiera el victimismo que algunos podrían considerar que exhibe. No, tan sólo valoraremos algunos de los aspectos de su reciente intervención en el programa Espejo Público de Antena 3. De hecho, hay algunas de sus frases sobre las que evitaremos opinar debido a que es difícil decir sobre ellas nada sin perder el respeto por su autor. Así, no diremos nada sobre su afirmación de que "me quiere todo aquel que tiene un gramo de cerebro". Dado que no sentimos ningún aprecio hacia Ramoncín, al considerarnos insultados por esta frase podríamos responder con algo similar sobre él. Pero no lo haremos.

Reconozcamos que muchas personas han tenido realmente mal gusto al expresar su opinión sobre este cantante a través de la red. Que no guste lo que dice, o que sus opiniones puedan ser consideradas insultantes por muchos, no convierten en algo digno de elogio el hacer dibujos o montajes en los que se le decapita o fusila. Sin embargo, consideramos que se equivoca al hacer determinadas afirmaciones. Dice Ramoncín que "internet no puede ser el altar de todos los descerebrados que hay en este país".

Con todo el respeto, mientras no cometan ninguna ilegalidad, los descerebrados españoles y de cualquier otro lugar del mundo tienen todo el derecho a expresarse y actuar por internet como cualquier hijo de vecino que sienta cariño por Ramoncín. Tampoco consideramos que sea muy acertada la equiparación que hace de la vulneración de sus derechos de autor o de marca con la vejación de deficientes mentales mostrando vídeos de ellos a través de la red. Sin ánimo de molestar, consideramos que lo segundo es mucho más grave.

Con la máxima modestia y sin intención alguna de ofender, consideramos que Ramoncín se equivoca en algunas de sus apreciaciones y en otras puede estar exagerando. Dado que avisa que todos y cada uno de quienes le calumnien e insulten serán denunciados, esperamos que este artículo no nos lleve ante los tribunales. Creemos que ha sido un texto totalmente respetuoso.

El parto de los montes

Sepa el lector interesado que hará tres años, la Comisión Europea empezó a revisar la legislación vigente para ver si tenía algún problemilla y se podía mejorar. Tras la revisión, formuló su propuesta de nuevas leyes (directivas, en el argot comunitario), y desde entonces las instituciones comunitarias, digo, el Europarlamento y el Consejo, han estado entretenidas quitando y poniendo cosas a las propuestas de los funcionarios.

Y por fin acaban de llegar los tres a un acuerdo.

El punto de discusión final era especialmente relevante, pues se trataba de ver si Europa iba a aceptar que una autoridad administrativa cualquiera pudiera ordenar el corte de nuestras conexiones a internet, o sólo lo podría hacer un juez. En aras del consenso, por supuesto, se ha acordado permitir lo primero. Lo divertido es que el pasado mayo, unos días antes de las elecciones para el Europarlamento, esta cámara escenificó sin complejos su defensa del ciudadano. Una vez pasadas las elecciones, ya no hay tanto problema. Así que se sacrifican un poco las libertades de los ciudadanos y todos tan contentos. Por cierto, como se observa, un punto especialmente adecuado para su aprobación en la normativa de telecomunicaciones.

¿Y qué ha surgido del parto de los montes, de los tres años de trabajo de las instituciones comunitarias, con 600 europarlamentarios y 27 Estados miembros trabajando a todo motor para dotar a la ciudadanía de un necesitadísimo marco nuevo?

Pues la constatación de todas las miserias que tienen los procesos legislativos de estas democracias en que nos ha tocado vivir. Modificaciones de última hora; negociaciones sobre aspectos de interés particular (frente a la generalidad de la ley que propugna Hayek); cada grupo de interés, incluidos los gobiernos de los Estados miembros, tirando para su lado sin ningún pudor, y como resultado unos textos contrahechos que tratan de dar cabida a todas las posibilidades que nuestros políticos quieren mantener abiertas. Otra vez lo contrario al rule of law de Hayek.

Eso sí, en lo que no hubo discusiones, en lo que estaban todos de acuerdo (con alguna honrosa excepción, como nuestro Ministerio de Industria), es en que se tiene que poder expropiar la red de acceso a los operadores de telecomunicaciones. Porque esa es la realidad bajo el eufemismo utilizado de separación funcional. Ya sabemos lo fácil que es acordar entre dos cómo repartir lo que pertenece a un tercero. Y esta es otra prueba.

Junto a la separación funcional, el otro fruto del costoso parto es el regulador europeo. Aquí sí que se han esmerado de verdad nuestros representantes. Ahí es nada: lo que empezó siendo EECMA, pasó luego a BERT; de aquí se transformó en GERT; y ha terminado en un contundente BEREC. Estupendo trabajo, sí señor. Todo para crear un nuevo nido de burócratas con la consabida finalidad de perpetuarse en sus funciones y acaparar competencias. Y digo yo que qué más daba el nombre.

Una solución de mercado para la agricultura

No queda demasiado claro qué es eso de la justicia, aplicado a los precios, ni cómo alcanzarla desde las instancias oficiales. ¿Es justo el precio que permite que todos los consumidores, incluso los más desinteresados, se puedan permitir adquirir un bien? ¿Es justo el precio que remunera a todos los productores, incluso a los más ineficientes? ¿Es justo un precio arbitrario comprendido entre las dos anteriores arbitrariedades?

Cabe la posibilidad de que la ciencia económica no haya avanzado lo suficiente como para saber cuál es el precio justo de una patata o de una naranja, o también puede que semejante categoría quede fuera del reino de los tubérculos y de los cítricos.

No veo, de hecho, qué tiene de injusto el precio que los agricultores rechazan con ferocidad: el libremente pactado por compradores y vendedores. Se me antoja razonable tanto que un vendedor no pueda obligar a un comprador a que adquiera su mercancía si es que encuentra otra más barata, como que un comprador no puede obligar a un vendedor a que le venda su mercancía si éste encuentra otro que esté dispuesto a pagársela más cara. Pero muchos agricultores parecen no estar de acuerdo con este sencillo razonamiento, tal vez por encontrarse del interesado lado de los vendedores. Así, consideran que sólo es justo aquel precio que les permite ganar dinero haciendo exactamente aquello que venían haciendo desde antaño, sin necesidad alguna de preguntarse si, como dijera Dylan, las cosas han cambiado y, tal vez, sea necesario adaptarse al Zeitgeist.

Y es que el problema más inmediato del campo es que existe un exceso de capacidad, esto es, se produce una cantidad demasiado grande de mercancía, que sólo puede venderse a unos precios que no compensan. Por tanto, o reducen costes –lo cual, debido a ciertas características del campo español, como la extensión del minifundismo, no es algo que pueda solucionarse inmediatamente–, o muchos productores habrán de echar el cierre. El mercado soluciona siempre los excesos de capacidad de la misma forma: si los consumidores sólo están dispuestos a pagar por un producto un precio inferior a lo que cuesta producirlo, es que hay que reducir la oferta del mismo.

Hablamos de un ajuste sin duda traumático para muchas personas que no han desarrollado otras actividades en su vida y que probablemente les resultaría más llevadero si en lugar de expulsar del mercado agrario a productores enteros se pusieran de acuerdo entre ellos para repartirse los recortes en la producción en los distintos mercados territoriales.

Cuando en un sector económico existe un exceso de capacidad, las empresas tienen dos opciones: iniciar una guerra de desgaste, para ver cuál aguanta más vendiendo a pérdida, o, por el contrario, firmar un armisticio y colaborar entre ellas para acordar reducciones en la producción que eleven el precio de mercado. En otras palabras, tienen la opción de destruirse mutuamente o formar un cártel.

Sí, he mencionado una palabra tabú: cártel. Los cárteles son acuerdos empresariales por los que dos o más empresas pactan, bien los precios a los que venden sus mercancías, bien la cantidad de productos que llevan al mercado. Y, a diferencia de lo que asume el pensamiento convencional, no se dirigen necesariamente a explotar a los consumidores para lograr beneficios extraordinarios. En muchos casos, un cártel puede ir simplemente dirigido a racionalizar un sector en el que ha aparecido un exceso permanente de capacidad (por ejemplo, por un cambio súbito de gustos que lo ha dejado desprovisto de parte de su demanda tradicional) y en el que, por tanto, todos o casi todos los productores están vendiendo por debajo de coste.

Mediante un cártel, los empresarios pueden estabilizar la oferta de una mercancía para así asegurarse de que cubren costes y, al mismo tiempo, reducir la incertidumbre sobre cuál será la evolución futura de sus precios. En lugar de padecer una fuerte volatilidad de precios derivada de una feroz competencia empresarial por ganar cuota de mercado, con la estabilidad de precios los empresarios pueden realizar más fácilmente sus cálculos a largo plazo y optar por realizar inversiones que reduzcan sus costes y que mejoren su rentabilidad.

El mercado agrario español y europeo necesita un cártel. De hecho, la PAC –en sus distintas fases– ha sido un intento de constituir un cártel público –de ahí que, por ejemplo, se hayan destruido los excesos de producción que deprimieran los precios–, pero como tal limitaba la libertad de entrada en el mercado, lo que provocaba que los agricultores no sintieran la presión competitiva de empresarios ajenos al cártel. Y sin competencia externa el agricultor deja de ser miembro de un cártel privado para convertirse en un rentista estatal: ni innovaciones, ni ajustes internos, ni nada que se parezca a un cambio en el modelo de negocio.

La PAC ha sido un intento fallido de constituir un cártel en el sector agrario –fallido porque beneficia a corto y a largo plazo a sus miembros a costa de los consumidores–, pero un cártel privado no tendría por qué serlo. Pudiendo asignarse a sí mismos cuotas de producción de acuerdo con la demanda anual, los agricultores podrían seguir compitiendo en costes y en calidades. Seguiría habiendo incentivos a la innovación y a la mejora de la competitividad, en especial por la fuerte competencia que representarían los productores extranjeros; una competencia foránea que, incluso, podría resultar insuperable para un cártel de carácter nacional. Sin embargo, esa fórmula es, en realidad, una de las pocas alternativas que les quedan para tratar de prosperar sin desmantelar a los consumidores y a los contribuyentes.

Pero, ¡ah!, el artículo 1 de nuestra Ley de Defensa de la Competencia dice: "Se prohíbe todo acuerdo, decisión o recomendación colectiva, o práctica concertada o conscientemente paralela, que tenga por objeto (…) a) la fijación, de forma directa o indirecta, de precios o de otras condiciones comerciales o de servicio, b) la limitación o el control de la producción, la distribución, el desarrollo técnico o las inversiones, c) el reparto del mercado o de las fuentes de aprovisionamiento…". Jarro de agua fría. Si nuestros políticos dicen que así se defiende la competencia, será verdad. Propuesta zanjada y que prosiga la PAC, que por lo visto es el único cártel agrario aceptable para nuestras autoridades.

Carod nos castiga con su indiferencia

Las dotes adivinatorias de ZP en materia política son más bien limitadas, como acreditó cuando anunció el pleno empleo para esta legislatura o la incorporación de España a la Champions League de las economías europeas, así que no cabe depositar muchas esperanzas en que esta vez vaya a tener razón.

El problema es que lo único que los nacionalistas catalanes consideran razonable es que el TC renuncie a su papel de garante de la legalidad constitucional y se limite a elogiar el texto hasta su última coma. Pero si hay una ley en España que es no inconstitucional, sino abiertamente anticonstitucional, es precisamente el estatuto redactado a instancias de ZP en una noche de alcohol y nicotina con Mas en La Moncloa.

Nadie espera que el Tribunal Constitucional cumpla con su papel y deje el texto estatutario lleno de tachones rojos o lo devuelva a los toriles parlamentarios, pero si quiere mantener cierta imagen va a verse obligado a introducir algunas modificaciones, aunque sólo sean de estilo. Pues bien, tampoco esa ligera reforma estética es considerada razonable por el nacionalista Montilla y sus colegas de Gobierno en la comunidad autónoma, que amenazan con separarse de España si los jueces se atreven a opinar en contra, por ejemplo, de que Cataluña negocie con el Estado en igualdad jerárquica al margen del resto de comunidades.

Carod ya ha dicho que pensará seriamente abandonarnos a nuestra suerte y entre la población de Albacete, Segovia y Murcia ya cunde el pavor ante la perspectiva de que el vicepresidente de la Generalidad, de acuerdo con su jefe, cumpla su amenaza y se autodetermine de forma irrevocable. En algunos pueblos de la meseta ya deben estar solicitando permiso al obispo para sacar al Santo Patrono en procesión y rogarle que Carod permanezca en España, pero más nervioso debe estar Zapatero, puesto que cuenta con los votos prestados por el PSC para estar en el poder y eso es, razonablemente, una amenaza mucho más seria para él que acabar con el régimen constitucional de una nación discutida y discutible.

El estrambote definitivo de todo este sainete sería ver a un cordobés proclamando el Estat Catalá desde los balcones de la Generalidad. No cumplirán su amenaza, pero si lo hicieran la imagen sería deliciosa. La Cataluña de Montilla, Carod, Tardá y el resto de la muchachada nacionalista disfrutaría así de un acto fundacional muy apropiado.

Economía de guerra

En la actualidad, Venezuela está inmersa en una estanflación (recesión y alta inflación) de graves consecuencias. Sus ciudadanos avanzan hacia el peor de los mundos posibles, contracción económica y elevados precios, gracias a la exitosa socialización de los factores productivos que lleva aplicando de forma progresiva, pero imparable, el comunista Hugo Chávez desde su llegada al poder.

La utopía que el gorila rojo pretende imponer a sus ciudadanos se ha materializado, hasta el momento, en la completa nacionalización de sectores económicos clave. El poder estatal ya se ha hecho con el control de la producción petrolífera y otras materias primas, el sistema bancario, el sector energético, la distribución de alimentos y productos básicos, gran parte de la industria pesada (cementeras) o la propiedad y redistribución de la tierra.

A ello se suma la prohibición por ley de despedir trabajadores, la fijación de precios máximos y salarios mínimos o la censura que sufren los medios de comunicación, entre otras muchas medidas totalitarias que, día sí y día también, son aprobadas a golpe de decreto. De este modo, tras el fracaso electoral que obtuvo su reforma constitucional, poco a poco Chávez está logrando su objetivo último: implantar un régimen comunista en Venezuela.

Hasta no hace mucho, el tirano bolivariano contaba con un firme aliado económico –el petróleo– para mantener bajo control el creciente descontento popular derivado de su política económica. Y es que las ingentes subvenciones públicas otorgadas a su masa de acólitos venían a llenar el vacío que generaba entre los opositores la expropiación de empresas y propiedades, el aumento de la inseguridad jurídica, el cobro de impuestos abusivos, la escasez de productos básicos o la extensión de la pobreza.

Sin embargo, la otrora productiva maquinaria petrolífera en manos privadas se está yendo a pique. La nacionalización de este sector se está materializando en cuantiosas pérdidas, hasta el punto de que su empresa bandera, la estatal PDVSA, está al borde de la quiebra. No es algo nuevo. Al petróleo venezolano le está sucediendo lo mismo que, en su día, padeció la rica industria minera de Bolivia, o la fértil agricultura de Cuba o Zimbabwe (conocido años atrás como el granero de África). La gestión estatal de los recursos acaba siembre, y en todo lugar, en un auténtico desastre económico.

El motor de Venezuela se apaga, y con él las finanzas públicas del régimen bolivariano. De ahí que la deuda pública de Venezuela presente el mayor nivel de riesgo del mundo, tal y como refleja el mercado de Credit Default Swaps (CDS), una especie de seguro que contratan los inversores para cubrirse de posibles impagos.

La gallina de los huevos de oro se agota, y Chávez es consciente de que carece ya de recursos suficientes para acallar la boca de sus súbditos a base de petrodólares. Así pues, no es de extrañar sus recientes soflamas públicas animando a la población a racionar su consumo de luz y agua. De seguir así, dentro de poco, no sería extraño observar la implantación de cartas de racionamiento para la distribución de alimentos. Por el momento, ya resulta casi imposible sacar dinero del país, puesto que se precisa un permiso administrativo para transferir dinero al exterior. Pese a ello, Chávez aún cuenta con la política monetaria de su banco central, ahora también en sus manos, para imprimir billetes a placer.

De hecho, y ante las crecientes dificultades económicas que atraviesa el país, el tirano se ha embarcado en una guerra comercial con Colombia que, paso a paso, va cobrando tintes de conflicto armado en toda regla. Se trata del penúltimo paso hacia la socialización total del país. Y es que no hay nada mejor que la tensión bélica para que el Estado extienda su mano con facilidad hasta donde alcanza su vista. Y si no, ahí tienen la Guerra Fría de la URSS, Corea del Norte, Cuba, Camboya o Vietnam; las ansias imperialistas de Hitler o Mussolini, y tantos otros regímenes totalitarios que han optado por la vía de las armas para acabar imponiendo su control absoluto sobre la economía de mercado. Chávez no es distinto y, por ello, dirige ya a Venezuela hacia una economía de guerra.

Webs subvencionadas, desastre seguro

El caso de Filmotech es el más sangrante, porque es más caro y más antiguo, así que tenemos datos. En concreto, datos de que no lo visita ni el Tato, pese a que ha contado siempre con un buen volumen de publicidad gratuita y hasta le dan premios oficiales por ser un "caso de éxito". Se trata de una web estrenada hace dos años y medio donde se pueden comprar películas online, pero negándote las libertades que sí ofrece gratuitamente la descarga en redes P2P. Has de pagar por ver las películas desde la web o descargarlas con un montón de restricciones de uso y de copia.

¿El resultado? Google estima que la web tiene unos 5.900 visitantes únicos al mes, lo cual, para cualquiera que sepa algo de esto, es una porquería. Se discute, y con razón, si las cifras de 24.135.533 usuarios únicos de elmundo.es ofrecidas por OJD son ciertas. Pero no cabe duda de que este diario –y otros muchos, que no toda la vida es Soitu– sí es un "caso de éxito". Menos para el Gobierno, que parece considerar el éxito en la web como aquello que no gusta a los internautas pero sí a los burócratas que conceden las subvenciones.

Mientras, al otro lado del charco, Hulu se ha convertido en un gran éxito debido a que ha ofrecido a los internautas algo mejor que lo que tenían. Han de ver los vídeos en la web, sí, pero a gran calidad y gratuitamente. Es mucho más cómodo de usar que las redes P2P, así que el precio de ver anuncios se paga sin problemas.

El otro caso, el de Promusicae, aún tendría arreglo, dado que ha sido inaugurado la semana pasada. Se llama elportaldemusica.es y ha costado, se supone, 1.075.000 euros, de los cuales 737.000 han venido de la subvención. La web es más simple que el mecanismo de un chupete. Tanto, que es casi imposible no preguntarse si no habrá costado bastante menos que el importe de la subvención. Consiste simplemente en tres listas: canciones y álbumes más vendidos y últimas novedades discográficas. La música empieza a sonar sin intervención del usuario, algo que va en contra de todos los manuales de usabilidad que se hayan escrito y de los que están por escribir. No se puede navegar entre los distintos artistas sin cortar la música que está sonando. Sólo ofrece fragmentos, no canciones completas. En definitiva, una web que difícilmente usarán muchas más personas que Filmotech.

Pero, eso sí, la hemos pagado nosotros en estos tiempos de crisis en que nos falta de todo. Las webs creadas a golpe de talonario del Estado garantizan una cosa: no estarán hechas para el público potencial, sino a gusto del burócrata. Es lo que sucede siempre, pero en un mercado tan dinámico como internet se nota más, mucho más. Y luego preguntarán los socialistas que en qué se puede meter la tijera presupuestaria.

Mr. Nadie

Una reunión a puerta cerrada de los "líderes europeos". A la salida, sale por todos los medios que trabajan al momento la última victoria de la democracia europea, el penúltimo ladrillo en la "construcción de Europa". Como titula Der Spiegel, "‘Quién’ como presidente, ‘no lo sé’ como ministra de exteriores".

Herman van Rompuy nos representa a todos los europeos. ¡Y sin que hayamos tenido que hacer nada! Es el mayor ejemplo de efectividad política de lo que llevamos del siglo XXI. A los europeos no nos han tenido que molestar con campañas, mensajes contradictorios, debates, jornada de reflexión y voto en las urnas. Ellos, los "líderes europeos", lo han hecho todo por nosotros. ¡Por eso son líderes! Y europeos, sobre todo europeos.

Porque Europa, la Europa "construida" es eso: un complejo entramado de burócratas y políticos, más alejados de cualquier idea de democracia cuanto más deciden sobre nuestra vida.

Eso puede parecer difícil de sostener, pero Europa posee el secreto de un buen ejercicio de poder, y es que se ha adueñado de un discurso buenista. Resulta que Europa, por sí y ante sí, e independientemente de lo que haga, es depositaria y fuente inmaculada de ética política. Con qué desprecio podemos mirar a los Estados Unidos, que eligen hasta los fiscales. Y de qué modo aplicamos la cursilería totalitaria de la "tolerancia cero" con quienes critican la falta de democracia en esta Europa que cada vez es menos nuestra.

Pero debe de haber algún límite en el aborregamiento de los europeos, y espero que llegue antes de que sea demasiado tarde, si no es que hemos llegado ya a ese punto.

El gran timo verde

Eso es lo que se deduce de los correos electrónicos del CRU, uno de los centros públicos de investigación climática más importantes, hechos públicos en los últimos días. En estos correos algunos de los grandes gurús de calentamiento explican cómo han falseado datos para defender sus tesis, cómo lo han hecho para ocultar serias dudas sobre sus teorías, cómo han presionado a las revistas científicas para que no publicaran a los escépticos, cómo han exagerado para obtener subvenciones o cómo evitan aportar las pruebas de sus conclusiones catastrofistas. Pero quizá lo peor de todo sea que esos correos demostrarían que los calentólogos y el propio CRU han estado destruyendo datos para saltarse a la torera la ley de libertad informativa y la crítica de quienes no comparten sus teorías.

El calentamiento global se ha convertido en una religión y los calentólogos en una secta dispuesta a mentir todo lo que haga falta con tal de lograr sus objetivos. Todos los tratados, regulaciones y partidas presupuestarias destinados al calentamiento global deberían quedar temporalmente en suspenso y los presuntos autores del gran fraude deben ser juzgados con rapidez. No se trata de juzgar opiniones sino de establecer si un grupo de conocidos científicos ha obtenido enormes fondos y ha empobrecido a la población mediante la mentira y el fraude más burdo.

Estamos ante uno de los mayores escándalos de las últimas décadas por mucho que los implicados traten de justificar sus involuntarios reconocimientos de fraude con peregrinos argumentos como que hablaban figurativamente o que sus frases han sido sacadas de contexto. Pero en el fondo, ni las mentiras ni estos patéticos intentos de justificar el fraude deberían sorprendernos. El movimiento radical ecologista ha logrado convertir todo lo verde en un estercolero de fraudes, mitos y mentiras. Todo el que se acerca a lo verde parece caer en un valle de mierda pringosa. Hace unos días Miguel Sebastián se daba de baja como socio de Greenpeace. Pero no lo hacía en contestación al radicalismo de la organización ecologista sino por los ataques que le ha dedicado la organización de los guerreros del arco iris. De hecho, el propio Miguel Sebastián ha usado recientemente la mentira más desnuda para tratar de apuntalar el mito de los empleos verdes. Ante las preguntas de la prensa estadounidense acerca de la Universidad Rey Juan Carlos y el estudio sobre los efectos en el empleo de las ayudas públicas a las energías renovables, el ministro declaraba al Houston Cronicle que la URJC es una universidad privada y pequeña, que lo único bueno que tiene es el nombre y que en el resto no es relevante.

Todo un ministro de España mintiendo descaradamente sobre una universidad española con tal de desprestigiar un poco un estudio académico cuyos resultados no le convienen pero no sabe contestar. De hecho, Sebastián nos llega a atribuir a los autores argumentos que jamás hemos utilizado para así "criticarnos" a placer. Que Greenpeace o Ecologistas en Acción mientan sin descanso es algo a lo que nos hemos terminado por acostumbrar. Los fotomontajes de Greenpeace, la afirmación de su presidente de que el bosque español desaparece (cuando el censo forestal dice que aumenta) o el descubrimiento de peces mutantes por parte de Ecologistas en Acción son hechos grotescos. Pero que un ministro español o unos científicos mientan a la ciudadanía para lograr oscuros intereses particulares, no tiene nombre.

Desmantelando la economía

Por supuesto, el enloquecimiento colectivo de una sociedad no modifica las ruinosas consecuencias de tales dádivas públicas, simplemente las recubre con un manto de aquiescencia general gracias al cual el Estado, como ya previera Bastiat, alcanza su auténtica y plena naturaleza: la ficción a través de la cual todo el mundo intenta vivir a costa de los demás.

La manifestación de agricultores que ha tenido lugar hoy en Madrid no es más que otro destello de esa sociedad dependiente y parasitaria en la que Zapatero ha convertido a España. Todas sus demandas, salvo la referente a la fiscalidad, son inaceptables y más que a evitar el desmantelamiento del "campo" –signifique esto lo que signifique– se dirigen a desmantelar a los consumidores y a los contribuyentes para no reconocer que una parte significativa del campo se encuentra en abierta bancarrota y que necesita reconvertirse.

Partiendo de la consideración del campo como un sector estratégico –¿Y cuál no lo es? ¿La eléctrica que permite alumbrar nuestros hogares y poner en funcionamiento la maquinaria industrial? ¿La armamentística que habilita nuestra defensa? ¿La textil que nos proporciona vestimenta? ¿La informática que permite procesar millones de datos y solventar en muy poco tiempo problemas de enorme complejidad? ¿Las telecomunicaciones que facilita la transmisión de información por todo el mundo? ¿Las automovilísticas que fabrican los vehículos con los cuales transportamos a las personas y a las mercancías por nuestro territorio y fuera de él? ¿Las constructoras que edifican los inmuebles en los que habitamos? ¿Las farmacéuticas que nos proporcionan los medicamentos con los cuales superar nuestras enfermedades? ¿Las petroleras que extraen y refinan el combustible con el que movilizar nuestro aparato productivo?– solicitan "precios justos" para su sector, mayores ayudas bajo la cobertura de la PAC y la promoción de las energías renovables (¡tonto el último que se sume a la burbuja!).

Pero me temo que los precios justos no son otros que aquellos que los consumidores a quienes quieren venderles sus productos están dispuestos a pagar. Si esos precios resultan demasiado bajos como para que les salga a cuenta seguir labrando y cultivando sus campos, tal vez es que deberían cambiar de sector. Del mismo modo en que la agricultura se contrajo desde el 90% del PIB en el s. XIX a apenas el 5% en el s. XXI; del mismo modo en que centenares de empresas quiebran cada día en España por ser incapaces de atender a su demanda; del mismo modo en que nadie debería medrar en el mercado a costa de esquilmar a los demás.

Bastante daño ha hecho ya la PAC –dentro y fuera de nuestras fronteras– como para extender su régimen más allá de 2013. Puede que el campo haya sobrevivido merced a producir centenares de miles de litros de leche u otros tantos kilos de trigo que posteriormente deben destruirse para no deprimir los precios o merced a primar a los agricultores para que dejen las tierras en barbecho –esto es, exactamente por no hacer nada–, pero al tiempo hemos impedido que el sector se readaptara –que redujera su tamaño para incrementar el de otras industrias– y que los consumidores puedan minorar de manera significativa el coste de su cesta de la compra.

Malamente prosperará a una sociedad que pretenda enriquecerse volviendo los bienes de consumo más inaccesibles y escasos para el público. De nuevo, Bastiat ya lo entendió: aquellos efectos no visibles de las intervenciones públicas son por lo general mucho más dañinos que las consecuencias inmediatamente constatables. Por ello, los políticos demagogos pueden comprar votos arruinando la economía: basta con que vendan como propios los pobres logros de las intervenciones y como ajenos sus nefastas consecuencias.

La economía española no necesita "sectores estratégicos" incapaces de sobrevivir si no es expoliando a los sectores competitivos, a aquellos que crean riqueza por sí solos, a aquellos que pueden vender a bajos precios productos de calidad a los consumidores y aún así obtener pingües beneficios. Si todos los que fracasamos en un proyecto empresarial ponemos la mano delante del Ministerio de Economía, como sentenciara Thatcher con respecto al socialismo, "a la postre se acaba el dinero".

Puede que este Gobierno manirroto e izquierdista se merezca sufrir la manifestación y el desprecio de unos agricultores famélicos de subvención. El resto de los españoles, que seríamos al final quienes abonaríamos la factura de sus exigencias, desde luego no.