Ir al contenido principal

Contra el Poder y las élites

Algunas de estas reformas, las que afectaban a los poderosos, fueron desestimadas por las propias élites aristocráticas un año después. No querían perder sus privilegios. Las consecuencias fueron la Revolución violenta de la gente contra el Poder.

La actual crisis económica tiene mucho en común con la de la Francia revolucionaria. Las élites, los privilegiados y los que conforman el poder no son los mismos. No son nobles, no son aristócratas, clérigos o terratenientes. Tampoco ejercen decisiones directas sobre la sociedad. Las cosas se han complicado más y son más sutiles.

La pregunta de quién representa al poder y a los privilegiados responde a quién vive a costa del esfuerzo de los demás. ¿Quiénes mueven nuestras vidas con sus declaraciones y acciones? Políticos, intelectuales subvencionados, actores, sindicatos, agricultores, lobbies económicos y sociales. Recientemente los sindicatos han decidido montar una manifestación. ¿Contra el Gobierno? No, contra una de las víctimas de la crisis, los empresarios. Los sindicatos mayoritarios van a recibir el año que viene y de forma directa en subvenciones estatales más de 20 millones de euros. ¿Cómo se van a levantar contra el Gobierno? Viven de él. Les dan soporte otros rentistas, los actores y mundo de la farándula. Este mundillo de ilustrados inútiles improductivos nos costará 555 millones de euros hasta 2013. ¿Cómo se van a alzar contra el Gobierno si es su mecenas? Son establishment puro aunque no vayan de camisa y corbata.

¿Cómo se va rebelar la banca, el sector del motor o el de la construcción contra el Ejecutivo cuando no para de tirarles dinero tras los excesos cometidos? ¿Cómo se van a rebelar los desempleados cuando en este país existe una masa tan grande de profesionales del desempleo que podría casi formar un partido político independiente? Con la subida de impuestos, cada ciudadano va a pagar más de 500 euros al año para mantener a esta élite, a estos nuevos aristócratas que viven del trabajo de los demás. No está mal en plena crisis. Gobierno y resto de élite se desabrochan el cinturón, y en consecuencia, nosotros nos lo apretamos más y más. Incluso cuando ya no ven forma posible de exprimirnos, a algún burócrata se le ocurre una idea genial siempre en el mismo sentido. Por ejemplo, a partir de primavera, las multas se multiplicarán por tres nada menos.

La vuelta de tuerca del Nuevo Orden Mundial (NOM), no sólo se contenta con menos libertad económica y mayor aumento del robo estatal al ciudadano medio, sino con restricciones de libertad. Obama era el hombre que iba a cerrar Guantánamo, acabar con la guerra de Irak y traer seguridad al mundo. Desde que está como presidente, los soldados en Irak han aumentado. Ha entrado en una cruzada contra Afganistán y Guantánamo sigue como hace un año. Es más, cada día, en Estados Unidos entran en las listas del FBI 1.600 potenciales terroristas. ¿Se lo cree? No son más que ciudadanos normales. En Estados Unidos la represión contra la ciudadanía aumenta legislación tras legislación con mermas de libertad, secuestros estatales y vigilancia contra las formas de pensar gracias la Patriot Act. En España vamos por el mismo camino. El Gobierno nos espía con SITEL. Controla las llamadas y nuestro ordenador. Al proceso de vigilancia y represión se ha sumado la UE, que ahora dice que podrá cortar el acceso a internet sin orden judicial. ¡Todo por nuestro bien!

La Revolución Francesa y americana tal vez fueron el ejemplo más maravilloso de la gente, la burguesía o lo que ahora sería clase media y pobre, contra el establishment, contra los rentistas estatales o del sistema. Hubo otras, como la holandesa o irlandesa. Todas surgieron de lo mismo: el intento de reforzar un sistema en crisis para satisfacer a las élites que vivían de él, siempre a costa del resto de la gente.

¿No se está repitiendo la historia? La crisis ha afianzado los lobbies, a personajes que sólo viven de subvenciones, de nuestros bolsillos sin nuestro consentimiento. Tampoco es cuestión de ir a cortar cabezas, pero tal vez sí que sería hora de decir basta y unilateralmente tomarnos todas aquellas libertades económicas y sociales que los poderosos nos han robado, aunque eso signifique entrar en la ilegalidad. Algo que por otra parte no es difícil, ya que cada vez más cosas están prohibidas.

Balan, luego cabalgamos

No vamos a dramatizar porque ya contábamos con la hostilidad de todo el mundo político y mediático, también en esta modesta región, aunque debemos reconocer que los atentados para impedir el funcionamiento de un medio de comunicación era algo que considerábamos más propio de otras latitudes.

Estamos sólos, como lo hemos estado siempre, y la verdad es que no echamos a nadie de menos, ni siquiera añoramos alguna llamada de solidaridad de otros medios regionales que han conocido el suceso, que ni se ha producido ni se producirá, cosa que también sabíamos de antemano. En cuanto a los poderes públicos, garantes del ejercicio de las libertades civiles y entre ellas las de expresión y de información, tampoco hemos recibido siquiera "el más sentido pésame por lo ocurrido", y eso que, hasta la fecha, los ataques premeditados a las instalaciones de la emisora asociada a esRadio para la región de Murcia son un suceso inédito por estos pagos.

Si hubiera sido la antena de la cadena SER, pongamos por caso, la que hubiera recibido tan sólo un rasguño, es seguro que habría habido declaraciones de condena unánime por parte de todos los partidos políticos, encabezados por el PP, y millares de "abajofirmantes", yo el primero, solidarizándose con los damnificados y condenando esta agresión intolerable a la libertad de información. A esRadio no le han rozado la antena precisamente, sino que le han destrozado instalaciones por importe de varios miles de euros obligándonos a interrumpir las emisiones durante dos días, pero como somos muy incómodos, los poderosos y los trabajadores de la competencia prefieren mirar para otro lado, no sea que alguien crea que se significan demasiado con nosotros y acaben expulsados del partido o sancionados en su puesto de trabajo. Es el peaje lanar que los miembros del rebaño tienen que tributar a quienes les pastorean, pero cada uno es libre de degradarse en la forma que estime oportuna, faltaría más.

En todas las emisoras que colaboran con esRadio vamos a seguir haciendo lo mismo que hasta ahora, tratar de que la voz de nuestra radio llegue al mayor número de oyentes posible y completar las franjas locales y regionales con programas que sigan la línea editorial de nuestra empresa. Sabemos que no está bien visto hablar en libertad y que el medio que lo hace tiene que pagar el precio correspondiente, pero lo asumimos con toda naturalidad y estamos dispuestos a seguir en la misma línea mientras la audiencia, que es mucha, y los anunciantes, que a bandadas abandonan a la competencia para unirse a nosotros, nos permitan seguir funcionando. El día que no podamos decir lo que nos dé la gana cerraremos el chiringuito, pero mientras tanto, en lugar de una ración informativa estamos dispuestos a dar dos tazas y media diarias. Chulos que somos, qué le vamos a hacer.

Vida y muerte de Soitu.es

El razonamiento y la veracidad brilla por su ausencia, pero su fin es muy claro. El dogma a seguir se resume en los siguientes principios básicos: el empresario es un explotador capaz de cualquier cosa con tal de aumentar sus beneficios; las multinacionales son grandes corporaciones que expolian los recursos naturales de los países pobres y se aprovechan de la mano de obra del Tercer Mundo; el libre comercio internacional (globalización) es condenable, puesto que provoca la deslocalización de empresas en las economías avanzadas; por el contrario, el Estado es un ente protector que cuida de los desvalidos y conforma una "red de seguridad" esencial para la convivencia pacífica en el seno de la sociedad civil; y los sindicatos, cómo no, son los "defensores" por antonomasia de los trabajadores.

Así pues, un esquema simplista y demagógico, cuyo único objetivo es encumbrar a lo más alto las funciones que desempeña la todopoderosa clase política. No obstante, tal y como recoge la Editorial Anaya, "el poder político es el poder supremo que, en una sociedad, decide, de manera obligatoria para todos, lo que debe hacerse y lo que no debe hacerse". Una frase que, extraída de contexto, firmaría sin duda alguna el propio Stalin, Hitler, Fidel o el bolivariano Chávez.

Y es que el sistema educativo español constituye una auténtica tiranía. El Gobierno impone por la fuerza una serie de itinerarios que, se quiera o no, deben ser aplicados obligatoriamente en los colegios, ya sean públicos, concertados o privados. El contenido básico de las asignaturas es dictado por las correspondientes autoridades públicas, cuyas competencias corresponden mayoritariamente a las comunidades autónomas.

El problema de la educación en España no radica, pues, en el ideario moral que propugna EpC, sino que va mucho más allá. Tan sólo es necesario fijarse en la imposición lingüística que aplican las regiones con lengua cooficial para percatarse de que España cuenta con un modelo que está herido de muerte. Lo mismo se podría decir de la visión nacionalista que impera en las asignaturas de Historia o Geografía, o del bajísimo nivel que existe en Matemáticas o Lengua.

El cáncer de la intervención pública corroe las entrañas de la educación española. La solución, por tanto, no estriba en suturar la herida, ya sea eliminando EpC, cambiando una vez más el plan de estudios general o devolviendo al Gobierno central las competencias perdidas en esta materia. No, rotundamente no. La metástasis únicamente se podrá frenar si se combate el nefasto gen que causa la enfermedad. Esto es, el poder público.

Por desgracia, las décadas de intervencionismo en esta materia han logrado implantar en la opinión pública que la sanidad y la educación son intocables. Ambos sectores han sido fagocitados por el Estado. Sin embargo, esto no ha sido así siempre y, de hecho, puede cambiar, tal y como ha sucedido en Suecia y otros países nórdicos, otrora paraíso para los defensores del mal llamado Estado de Bienestar.

La única salida posible es la completa y profunda liberalización de la educación en España. Es decir, que cada centro (privado) pueda establecer libremente tanto el programa educativo a seguir como los distintos idiomas en los que impartir las materias. La competencia en este ámbito se encargará de avanzar de forma constante e ininterrumpida hacia la excelencia y la alta cualificación de su alumnado ya que, en caso contrario, el mercado hará criba con aquellos colegios que no satisfagan la demanda existente (las exigencias de padres y alumnos).

Los de siempre dirán que, en ese caso, muchos jóvenes no podrán acceder a la educación por falta de recursos. Error. En primer lugar, la educación pública tiene un coste (elevadísimo, por cierto) que es sufragado con el dinero de los contribuyentes. En segundo lugar, se trata de un mal menor, ya que la extensión de becas y la implantación de cheques escolares (como en Suecia) solucionaría por completo el problema. Así pues, frente a la tiranía educativa de hoy, apostemos por la liberalización del mañana.

Tiranía educativa

Demasiado dinero y demasiados intereses concentrados en generar la nueva burbuja que necesitaba nuestra economía para que España, como en tiempos de Solchaga, siguiera siendo el país del pelotazo, aquél en el que en un menor tiempo y con los menores esfuerzos podía uno volverse multimillonario.

El argumento del informe era bastante sencillo y debería estar al alcance de cualquiera: si la energía renovable es mucho más cara que la energía procedente del resto de fuentes, necesariamente estaremos despilfarrando recursos si forzamos a la economía a que se abastezca a través de ésta en lugar de por otros medios más baratos. Puro coste de oportunidad, ese concepto que supuestamente se enseña en primero de carrera de Economía pero que tan pocas personas llegan a aprehender en toda su intensidad.

Constatada esa realidad, simplemente nos dedicamos a cuantificar el importe monetario de ese coste de oportunidad, esto es, las ayudas que en distintos conceptos el Gobierno había dedicado a la energía verde: casi 30.000 millones de euros. Ahí es nada, dos veces el importe que Zapatero pretende recaudar con la mayor subida de impuestos de nuestra historia.

Pero la cifra de 30.000 millones parecía no significar demasiado para mucha gente. Así que decidimos dar un paso más allá: dado que uno de los argumentos más recurrentes a favor de la inversión pública en energías renovables es que contribuyen a crear puestos de trabajo –puro keynesianismo de mercadillo–, dividimos esos 30.000 millones por los poco más de 50.000 empleos derivados de esa lluvia de millones. ¿Resultado? Cada empleo verde ha costado a los españoles algo más de 570.000 euros.

Pero, ¿eso es mucho o poco? A bote pronto es difícil de responder. Así que lo comparamos con la inversión media por puesto de trabajo en la economía española. Si los amantes de la subvención sostenían que estaban creando empleos competitivos, era necesario que efectuáramos alguna comparación. Pues bien, por dos vías distintas, obtuvimos que las subvenciones a las renovables absorbían los recursos necesarios para crear en el resto de la economía unos 3,2 empleos. La implicación era obvia: si por cada empleo que creaban con la subvención, se destruían 3,2, el efecto neto de subvencionar las energías renovables era una destrucción de 2,2 empleos por cada uno de los que se pretendían crear.

Al Gobierno, siempre tan respetuoso con la libertad de expresión y con el progreso científico, las conclusiones no le hicieron ninguna gracia. No es para menos: el campeón de la política social estaba lastrando a la economía española con una hipoteca que le restaría capacidad para crear más de 100.000 empleos. Y así comenzó una campaña de, digamos, difamación en torno al informe que alcanzó el pasado viernes un nuevo y delirante episodio.

Sebastián, de visita por Estados Unidos para tratar de endilgarles a nuestros queridos Mister Marshalls la enorme burbuja renovable que PP y sobre todo PSOE habían contribuido a crear y que lleva más de un año estallando, no vaciló a la hora de intentar desacreditar el informe recurriendo a esa estrategia que está prácticamente impresa en el ADN de nuestro Gobierno: mentir.

En una breve entrevista en The Houston Chronicle, el ministro de Industria se despachó a gusto al sostener que: a) el estudio liga la destrucción del empleo en la construcción con la creación de empleo subvencionado en las renovables y b) la Universidad Rey Juan Carlos es una universidad privada y marginal en la Comunidad de Madrid.

No voy a decir eso tan típico de que o bien Sebastián no se ha leído el informe o que o bien miente. No, no es necesario concederle el beneficio de la duda. Miente y punto. Que una persona que ha sido profesor de una universidad madrileña y que se presentó a alcalde de Madrid no sepa que la Universidad Rey Juan Carlos es la cuarta universidad pública por número de alumnos de la Comunidad no es algo que resulte ni siquiera mínimamente verosímil. Que una persona que es ministro de Industria no conozca el contenido de uno de los informes españoles con más impacto internacional en la historia de nuestro país y que echa por los suelos una de las políticas estrella de su departamento, todavía lo resulta menos. Huelga decirlo, pero en ningún punto del informe se liga la destrucción del empleo en el sector del ladrillo con las subvenciones verdes, algo que sería realmente disparatado.

Lo que cabe preguntarse no es si Sebastián mintió, algo evidente, sino más bien por qué necesitaba hacerlo para responder a nuestro informe. Y aquí la respuesta tampoco admite muchas posibilidades: por un sentimiento muy humano llamado impotencia, que en las instancias políticas da paso a poner en marcha la máquina de propaganda. En un país como España, donde los políticos son capaces de sostener una cosa y la contraria sin que nadie se escandalice, ¿por qué iba nuestro ministro de Industria en su tour comercial por Estados Unidos a decir la verdad? Lo que no se estila dentro, menos se va a estilar fuera, donde además no tienen por qué conocer ni al personaje, ni al partido, ni a la clase política a la que pertenecen ambos. Pero esto es lo que hay. España no se merece un Gobierno que le mienta, pero con estos politicastros, no puede tener otra cosa.

¿Necesitaba mentir Sebastián?

Su punto de partida es una aparente paradoja: los keynesianos sostienen que a corto plazo el mercado es inestable porque viene caracterizado por una desocupación parcial de los recursos debido a las oscilaciones de la demanda; los neoclásicos, por el contrario, consideran que el mercado es eficiente a largo plazo, pues todos los recursos se destinan a sus usos más valiosos, contribuyendo así a un crecimiento y a una prosperidad material que no dependen de la demanda, sino de la dotación de la oferta.

La paradoja reside, según Garrison, en que tanto los keynesianos como los neoclásicos tienen aparentemente razón en sus respectivas descripciones del mercado. En general, podemos observar cómo la recurrencia de períodos de desempleo de los factores productivos convive con una tendencia de crecimiento a largo plazo que la teoría económica convencional suele explicar por la abundancia de factores y por el progreso técnico. ¿Cómo es posible, se pregunta, que ambos escenarios sean posibles si el largo plazo es sólo la suma de los cortos? ¿Cómo puede el corto plazo depender de las condiciones de la demanda, y el largo de las condiciones de la oferta?

Su respuesta es que la teoría económica convencional se olvida de la existencia de un medio plazo, que sería el explicado por la teoría austriaca del ciclo económico; un medio plazo en el que los períodos de crisis enlazan con los de recuperación, los de recuperación con los de boom y los de boom con los de una nueva crisis. Crecemos a largo plazo gracias a la acumulación de capital y al progreso técnico, pero ese proceso dista de ser lineal y acumulativo debido a un falseamiento de las condiciones del crédito (de la demanda) en el corto plazo, que no obstante termina corrigiéndose.

La tesis de Garrison parece haber recibido un espaldarazo implícito por parte del premio Nobel de Economía Edmund Phelps. En un artículo publicado la semana pasada en el Financial Times, Phelps denunciaba la existencia de "dos malas teorías" que estarían "expulsando" del debate a las buenas. ¿Adivinan cuáles? Sí: las de keynesianos y neoclásicos. "El problema de los keynesianos es que creen que todas las fluctuaciones (…) se deben a problemas de demanda (…). La falacia de los neoclásicos es que el empleo total de los factores (…) es independiente de cualquier movimiento en la demanda".

Phelps llega al extremo de acusar a los keynesianos de no haber leído a Keynes y a los neoclásicos de no haber leído o comprendido a Hayek. Yo más bien pienso que ninguno de los dos grupos ha leído y mucho menos comprendido al economista austriaco.

Krugman, por ejemplo, reaccionó airado al sensato artículo de Phelps. El primero se limitó a extractar apenas unas frases de la columna del segundo para intentar desacreditarlo. "Nadie, y digo nadie, sostiene la tergiversación que ha hecho Phelps de los keynesianos". ¿Qué tergiversación? Eso de que "cualquier tipo de estímulos son efectivos contra toda clase de crisis".

¿Se aleja esa descripción tanto de lo que pensaba Keynes y, sobre todo, del keynesianismo realmente existente? Personalmente, pese a los matices que quepa hacer, creo que no demasiado. Keynes llegó a afirmar en la Teoría general: "La construcción de pirámides, los terremotos e incluso las guerras pueden servir para incrementar nuestra riqueza", y el propio Krugman ha pedido a Obama que, "en la medida de lo posible", invierta en cosas que tengan "un valor duradero".

Es cierto que, como dice el Nobel de 2008, los keynesianos sólo defienden los megaprogramas de gasto con cargo al déficit público cuando los estímulos en la política monetaria no sirven. Si bajando los tipos de interés todavía les resulta posible generar un boom económico artificial, prefieren tomar esta vía. En 2001, el propio Krugman sugirió a Greenspan que bajara los tipos de interés para favorecer una burbuja inmobiliaria que salvara a la economía del pinchazo de la burbuja de las puntocom. Pero, en general, Keynes desconfiaba bastante de la capacidad de los estímulos monetarios para reanimar la demanda.

Lo interesante del comentario de Krugman no es que se dedique a tergiversar la opinión de Phelps, acusándole de haber tergiversado la posición de los keynesianos, para no entrar a responder a un artículo harto razonable. Lo interesante es que, después de ese discutible ejercicio de honradez intelectual, Krugman acusa a sus rivales de ignorancia y falta de curiosidad económica: "Uno podría pensar que la peor crisis económica desde los años 30, una crisis que no debería estar ocurriendo según los modelos no keynesianos, generaría un mínimo de curiosidad intelectual. Pero no".

Por supuesto, Krugman no es lo suficientemente curioso como para plantearse y responder a los interesantes interrogantes que se desprendían del artículo de Phelps, a los cuales dedica Garrison su libro; esto es, no es lo suficientemente curioso como para plantearse si las perturbaciones de la demanda a corto plazo dependen de un proceso aleatorio de formación de expectativas o si, más bien, son el resultado de una manipulación deliberada del crédito por parte de las autoridades monetarias, ni para plantearse por qué si los neoclásicos se equivocan al creer que el mercado se puede ajustar de manera instantánea, los keynesianos aciertan cuando ese ajuste automático lo acomete el Estado. Si fuera lo suficientemente curioso, también debería ser lo suficientemente honesto como para no mentir al negar que sí hay al menos una teoría económica no keynesiana que predecía tanto esta crisis como la de los años 30: la teoría austriaca del ciclo económico.

Precisamente, y también la semana pasada, Mark Spitznagel publicaba en The Wall Street Journal un muy interesante artículo, titulado "El hombre que predijo la depresión", en el que se quejaba del olvido en el que había caído una de las figuras económicas más importantes del s. XX, que predijo la Gran Depresión de los años 30 y es el mentor intelectual de quienes han predicho la actual: Ludwig von Mises.

Spitznagel recuerda que, mientras Keynes afirmaba ufano en 1927 que no íbamos a volver a padecer una depresión (dos años después se arruinará con el pinchazo de sus inversiones en bolsa), Mises se marchaba del Kreditanstalt –el banco cuya quiebra iba a acelerar la de los bancos estadounidenses– con las siguientes palabras: "Estamos al borde de una gran crisis y no quiero que mi nombre tenga ninguna conexión con ella".

La teoría austriaca del ciclo económico es capaz de describir con una enorme precisión los acontecimientos que ahora estamos padeciendo y que hemos padecido en el pasado; y sin embargo apenas recibe atención por parte de unos keynesianos que copan prácticamente todas las universidades. Y Krugman se lamenta de que nadie, ningún gobierno, ninguna universidad, ningún grupo de pensamiento, les haga caso…

Por increíble que pueda parecer, el mundo de la última década es lo más alejado a lo que hubiese prescrito Mises y lo más parecido a lo que hubiese demandado Keynes: dinero fiduciario de curso forzoso en todo el planeta, políticas monetarias expansivas recurrentes para salir de las crisis, inflación persistente, enorme peso del Gobierno y de los Estados de Bienestar para estabilizar las expectativas…; sin embargo, según la mayoría de economistas, resulta ser el segundo el referente en que debemos fijarnos para salir de la crisis y no volver a incurrir en una.

"Cuán extraño resulta que el hombre que describiera nuestra historia interminable de expansiones crediticias inducidas por el Estado, inflación y colapso del crédito haya sido tan univesalmente olvidado. ¿Debemos tomar asiento mientras contemplamos cómo se gesta una nueva tragedia?", se preguntaba Spitznagel en su artículo. Pues parece que sí, porque la curiosidad mata al gato –en este caso, el gato del chollo de tantos políticos y economistas politizados que viven de la inflación monetaria y de las malas ideas–, y Krugman y los keynesianos lo saben. Por eso relegan al olvido a Mises y resucitan a Keynes. No vaya a ser que se les desmonte una farsa teórica que ya dura más de 70 años.

Economistas curiosos y demagogos contra la crisis

Pero también hay cosas que se salen de ese ámbito y entran de lleno en el de los hechos. Y está fuera de toda duda que Soitu ha fracasado porque no tenían un buen plan de negocio y no lograron ingresar el suficiente dinero como para financiar el coste que suponía. Lo que hay que preguntarse, al final, es por qué un producto tan premiado internacionalmente ha resultado ser un fracaso económico de ese calibre.

Según indica la OJD, Soitu nunca llegó a alcanzar los cuatro millones de páginas vistas al mes con una plantilla de 23 personas. Por comparación, con un personal sólo ligeramente más alto, Libertad Digital lleva superando los 20 millones rutinariamente desde octubre de 2005. Sin embargo, en este negocio ni siquiera ese volumen garantiza nada por sí solo. Los grandes sitios web, tipo Google o Facebook, siempre van a pulverizar esas cifras. Lo ideal es que tus lectores sean un público interesante para la gente de marketing.

En principio, Soitu tenía eso. Era un medio hecho por y para los gafapastas, y éstos suelen tener un nivel adquisitivo más o menos alto, más que nada porque si eres pobre no te puedes permitir pagar tanta tontería. El problema es que por más que se definieran como un medio distinto y rompedor, no ofrecían nada suficientemente atractivo como para que este sector se abalanzara sobre ellos. Un buen progre tiene todas las televisiones, buena parte de los periódicos y diarios digitales y unas cadenas de radio que superan en postes a todo el universo conocido. Lo que Soitu ofrecía ya lo daban otros en buena medida; lo que lo diferenciaba no era acicate suficiente.

Ante esta situación tenían varias alternativas, no necesariamente excluyentes. Podían reducir la plantilla, admitir ciertos contenidos más populares con cierta mesura para no desvirtuar la línea elitista del medio, generar la suficiente lealtad por parte de sus usuarios para poder cobrarles… Pero no hicieron nada de esto. Tenían un millón de usuarios únicos al mes, que generaban alrededor de millón y medio de visitas y sólo entre 3 y 4 millones de páginas; eso significa que carecían de una base de lectores fieles. En general, la gente pasaba por Soitu, seguramente a través de buscadores o agregadores tipo Menéame, leía dos o tres cosas y no regresaba en un mes o dos. Para un medio pensado para generar lealtad entre su público potencial, estos datos suponen un fracaso sin paliativos. Así las cosas, es normal que BBVA se bajara del carro; no había perspectivas de que la cosa mejorara.

En otro plano, creo que el problema real de Soitu es que siempre fue un medio hecho al gusto de quienes lo hacían, no de quienes podrían llegar a leerlo. Gumersindo Lafuente debió pensar que el éxito de elmundo.es se debía a él, cuando en realidad su situación de estrellato dentro de este gremio de la web española fue debido a que estuvo al frente del diario digital gratuito con más medios de la prensa de nuestro país, sometido a unas reglas bastante estrictas. En cuanto hizo lo que quiso –y créanme que tengo anécdotas para aburrir que demuestran que Soitu era básicamente lo que él quiso, hasta extremos verdaderamente ridículos– no ha logrado remontar el vuelo. Pero no lloren por él, que seguirá siendo un gurú invitado a dar conferencias en las que nos aclarará a todos que la culpa no fue suya.

Pero ser gurú es relativamente fácil; ser un emprendedor con éxito es otra cosa. Me hace gracia, eso sí, que se haya escrito tanto sobre Soitu, sus intenciones y su altísima calidad, y tan poco sobre el fenómeno en el que se publican estas líneas: Libertad Digital, un medio que ha sobrevivido y ha crecido gracias a la lealtad de unos lectores que se han convertido en sus principales accionistas. Me da que haber alcanzado semejante éxito siendo un medio liberal-conservador, es decir, de derechas, no ayuda. ¡Pero imagínense si hubiésemos hecho lo mismo siendo progres! Como diría el George Clooney de Crueldad intolerable, hasta nos dedicarían un semestre en Harvard.

Las (sin)razones de fechar a Willy

El problema radica en el injustificado desgajamiento que sufre una instrucción criminal, cuando se investigan delitos donde participan menores de edad. En efecto, según prescriben las leyes procesales (artículo 16.4 de la Ley responsabilidad penal de los menores y 774.1.4ª de la Ley de Enjuiciamiento Criminal) el juez de instrucción tiene la obligación, si se desprende la participación de menores de dieciocho años en los hechos que investiga, de remitir a la fiscalía de menores competente copia de las diligencias practicadas para que ésta tramite un procedimiento separado en lo que atañe al menor, supervisado por un juez de menores.

Supone una decisión legislativa que quiebra la continencia de la causa, por utilizar una terminología procesal añeja, y, por añadidura ocasiona distorsiones muy serias en las investigaciones oficiales de los hechos delictivos. Por ejemplo, puede ocurrir perfectamente que los testigos, peritos y las víctimas de un delito único deban comparecer en ambos procedimientos con las molestias que acarrea. Se da la aberración jurídica de que los imputados como participantes de un delito se convierten en testigos en el otro procedimiento que no se dirija contra ellos por esa cuestión de la edad, aunque no están obligados a declarar contra sí mismos.

Recordemos el caso de "El Gitanillo" en relación con la causa del 11-M. Instruido un procedimiento separado del sumario principal por la fiscalía de menores, el juez central de menores de la misma Audiencia Nacional dictó una sentencia de conformidad, previo pacto entre la fiscal y el interesado, mediante el cual este último reconoció la versión sobre su participación que le presentaron a cambio de que se redujera la medida privativa de libertad a seis años de internamiento en un centro de menores. Además declaró como testigo en el mismo juicio del 11-M.

El incumplimiento de esa obligación, que los legisladores han impuesto y calificado como de orden público procesal, tiene dramáticas consecuencias para el juez de instrucción –podría acusársele de prevaricación– y un efecto invalidante del proceso en lo que se refiere al menor, si continúa la instrucción como si se desconociera esa circunstancia.

De este modo, no deben sorprender los esfuerzos que los jueces de instrucción despliegan por recabar dictámenes anatómicos que determinen la edad de un imputado –sobre todo si está detenido o preso provisionalmente– cuando resulta imposible obtener pruebas como las inscripciones de nacimiento o documentos de identidad que acrediten ese particular (artículo 375 LECr).

La solución del problema del secuestro del atunero Alakrana presenta otras aristas más complejas. Sin embargo, los ribetes ridículos que alcanzan casos como el de "Willy" –y el de miles de muchachos, principalmente inmigrantes ilegales– cuya edad no puede conocerse mediante pruebas ordinarias, se deben exclusivamente al empecinamiento de los legisladores en mantener esa dualidad de procedimientos penales para conocer de delitos en los que participan adultos y menores de edad.

Una reforma que suprimiera la instrucción y el enjuiciamiento especiales previstos en la Ley de Responsabilidad Penal del Menor diluiría el problema. La vuelta a la jurisdicción penal ordinaria de los menores podría compatibilizarse con una separación de los adultos en el momento de someterlos a medidas cautelares y el cumplimiento de las penas.

Una de piratas

El Estado, que se arroga el monopolio del ejercicio de la defensa y ha impedido hasta ahora que las empresas de seguridad pudieran dedicarse a defender nuestros barcos y propiedades fuera de España, se muestra totalmente incapaz de defendernos; y eso que había desplegado un dispositivo junto a otros países europeos para prevenir este tipo de sucesos.

Los temibles piratas somalíes no dejan de ser pandillas de jóvenes con armamento mediocre. Sin embargo, esos recursos parecen ser más que suficientes para poner en jaque a nuestro servicio de Defensa. Y es que cuando uno se arroga un monopolio, lo primero que debería hacer es preguntarse si es capaz de ofrecer el servicio allí donde sea necesario prestarlo. Otros países con ejércitos mucho más grandes son conscientes de sus limitaciones y permiten desde hace muchos años la actividad de empresas privadas de seguridad y defensa internacional. Los miembros de la secretaría de Estado de Estados Unidos, por poner un ejemplo, son defendidos en sus desplazamientos por empresas como Blackwater, incluso en países en los que hay bases del ejército norteamericano. Aquí, en cambio, nos hemos dedicado a demonizar la prestación de este tipo de servicios a cargo de empresas privadas y así nos va.

De la Vega y su escudero Moratinos se han metido en un buen lío. Primero se tiraron un mes sin hacer nada esperando que Obama, Merkel o Sarkozy nos resolviera el problema; a continuación dejaron que los piratas sacaran a tres pescadores del barco colocándoles en una posición mucho más fuerte de la que tenían; luego se han dedicado a confundir a las familias con noticias falsas y por último se han puesto a negociar con el Gobierno somalí en lugar de optar por usar los efectivos desplazados a la zona o negociar directamente con los piratas de manera transparente. Por otra parte, los piratas saben que el Ejecutivo español ha estado dispuesto a pagar jugosas sumas en ocasiones anteriores y que un Gobierno que ha mentido a los familiares no se puede permitir en este momento otra cosa que no sea traer a los pescadores a casa sanos y salvos a cualquier precio.

Para colmo de males, hemos visto como Garzón mandó a traer a España a unos piratillas que iban a por víveres en vez de enviarlos a un lugar desde el que poder negociar el canje con los piratas. Ahora no sólo dependemos de las malas artes diplomáticas españolas sino de nuestro ovillo jurídico-legislativo, que no considera la piratería más que una especie de juego de niños malos.

Los piratas del Índico deben haber tomado buena nota de lo ventajoso que resulta secuestrar un barco con bandera española. En medio de tanto despropósito, la única buena noticia es que ha hecho falta algo así para que en este país demos un margen algo más amplio a los servicios de seguridad privados. Eso quizá desincentive en el futuro a los piratas y nos libre del efecto llamada de este desatino. Mientras tanto, crucemos los dedos por la suerte de la tripulación del atunero español.

Siempre contra el muro

Recuerdo también que al día siguiente me lancé a comprarme el ABC y me impresionó la idea que nos ofreció Federico Jiménez Losantos en su comentario liberal: va a ser que Europa es un gran país, unido por la libertad.

Los años que siguieron al derrumbe de ese muro, en los que millones de personas recobraban una libertad que jamás debieron perder, o la experimentaban por vez primera, fueron para mí, como para muchos, unos años de rearme moral, de reivindicación histórica de lo que unos cuantos –no la mayoría, por cierto–, defendíamos: la democracia, la libertad, los derechos del hombre, el capitalismo. Es decir, todo lo bueno que hemos sido capaces de darnos para vivir en sociedad. Teníamos a cualquier argumento moral defendible de nuestro lado. Cualquier argumento económico salvable, también. Y ahora la historia unía a la alegría el resarcimiento de un sentimiento de justicia.

Al igual que quienes siempre denunciaron al socialismo tuvieron razón en todo momento, veinte años después de su hundimiento histórico nos asisten las mismas razones para rechazarlo. El socialismo fue un fracaso ético porque tomaba a las personas por piezas de una gran construcción que, digámoslo claramente, siempre fue monstruosa. Fue un fracaso económico porque la planificación es un error y destruye los lazos sociales que nos permiten prosperar. Y fue un error histórico porque el socialismo no responde a una necesidad de la sociedad, y porque si gran parte de la sociedad fue arrastrada hacia él fue por la traición de los intelectuales. Sigue siendo un error y sigue mereciendo nuestra condena.

El socialismo vuelve por sus fueros y se infiltra en millones de almas gracias a sus espurias denuncias y falsas promesas. Vuelve esa abyecta tolerancia hacia el viejo totalitarismo. El anticomunismo es la decencia en política, pero la decencia está de rebajas.

Pero también vive entre nosotros un nuevo socialismo, tan viejo como el que más, tan embebido en las instituciones, en los medios, en el discurso, que apenas llama la atención. Porque hoy Europa es un país unido por la burocracia. Haciendo mención a la efeméride que hoy todos recordamos, el diario Pravda decía lo siguiente: "Veinte años después de la caída del Muro de Berlín, la Unión Europea es hoy una reencarnación de la Unión Soviética".

Internet al otro lado del muro

Dos décadas después casi todo el mundo, con la excepción del irreductible comunista Francisco Frutos y algún fanático más, celebramos aquel acontecimiento como lo que fue: una auténtica revolución liberadora para millones de personas.

Sin embargo, veinte años después, el muro sigue en pie en varios puntos del planeta como Cuba, China, Vietnam o Corea del Norte. En esos países las sufridas poblaciones siguen sin poder celebrar la caída de la tiranía comunista. Hace dos décadas internet estaba en pañales, lejos de ser el instrumento de comunicación que es hoy en día. Si en aquel entonces hubiera existido la red, los regímenes de la hoz y el martillo no se hubieran enfrentado a ella de manera muy diferente a como lo hacen sus hermanos todavía en pie. De hecho, serían incluso más restrictivos que algunos como el chino.

En los países que todavía siguen sometidos al comunismo, aquellos donde el muro sigue en pie, los ciudadanos no conocen un internet similar al que disfrutamos en el resto del mundo. Quizás el régimen más suave con sus restricciones es China. En ese país, pese a las cruzadas contra los cibercafés emprendidas hace años y los filtros que impiden visitar una gran cantidad de sitios web, conectarse no es difícil debido a que los gobernantes han visto el potencial económico que ofrece la web. Eso sí, si el comportamiento en la red es el no deseado, el precio que se paga puede ser muy alto.

Desde hace ya varios años, en China hay una media de cincuenta ciberdisidentes encarcelados de forma simultánea, lo que hace de este país la mayor cárcel de internautas del mundo. Además, si en la URSS o en la China de Mao se enviaba a centros psiquiátricos o campos de reeducación a quienes pensaban diferente, el régimen de Pekín convenció a los padres de la necesidad de "desenganchar" a sus hijos de internet si pasaban demasiado tiempo delante del ordenador. Llevó esto hasta tal extremo que ahora ha tenido que prohibir el uso de castigos físicos para "curar" esa "adicción" tras la muerte de un joven.

Los otros sistemas comunistas asiáticos también tienen ciberdisidentes encarcelados, pero menos. El motivo es tan simple como que está prohibido conectarse a la red o tan sólo se permite hacerlo en locales controlados por el Gobierno. El peor caso es el de Corea del Norte, donde su uso está totalmente vetado. De hecho, hace unos años el dictador Kim Jong Il "regaló" a la cúpula de su régimen el derecho de conectarse a una versión muy filtrada de internet.

Por último, está Cuba. En la mayor de las Antillas es necesario obtener un permiso gubernamental para tener una conexión a internet en casa. Lo máximo que se tolera al resto de los cubanos es acceder a unos centros propiedad del Gobierno o alguno de sus tentáculos y entrar desde ellos a una red filtrada hasta grados extremos. Pero, ni aún así, logran que algunos valientes bloggers transmitan al mundo lo que ocurre en la isla-cárcel. Eso sí, al resto de los cubanos les está vetado leer esos textos puesto que esas bitácoras están bloqueadas en Cuba.

Y, a pesar de eso, el régimen castrista tiene la desfachatez de organizar debates sobre internet. Unas mesas redondas a las que se impide acudir –tan sólo como público– a esos blogueros libres que tanto molestan al viejo barbudo y su hermano Raúl. Pero, como el ansia de libertad es mayor incluso que su poder de control, la valiente Yoani Sánchez logró engañarles, entrar y decir en persona lo que los siervos de los tiranos no querían que nadie escuchara.

Mientras todos los Yoani Sánchez que viven en lugares como Cuba o Corea del Norte no puedan expresarse sin tener que recurrir a engaños para que su Gobierno no se lo impida, quedarán partes del muro en pie. Y eso es algo que tan sólo Francisco Frutos sería capaz de celebrar.