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Moreno, Rockefeller y el show del PP

La imputación es tan absurda como si en los tiempos en los que José Luis Moreno triunfaba en la televisión alguien corriera el rumor de que Rockefeller había traicionado a su dueño. Ni una sola palabra salía del pico del simpático cuervo sin que antes el ex ventrílocuo la hubiera susurrado, como tampoco hay frase pronunciada por Cobo que antes no haya sido apuntada por su jefe.

El problema, por tanto, no es cómo se sanciona al muñeco, sino ver si hay narices para castigar al ventrílocuo, que no las hay. Las declaraciones de Rajoy son la prueba evidente de que no tiene la menor intención de sajar una herida que supura desde que Gallardón intentó acabar con Esperanza Aguirre por métodos democráticos con un resultado, digamos, bastante discreto. En aquella ocasión también fue Cobo el encargado de representar el papelón, como después lo fue en el supuesto caso de los seguimientos ilegales de la Comunidad de Madrid, expediente a la altura del prestigio del grupo PRISA que acabó, naturalmente, en el ridículo más espantoso, es decir en la línea del personaje, su patrocinador y sus voceros.

Casi todo el mundo, comenzando por Pepiño Blanco, coincide en que el PP es en los últimos tiempos un circo de lo más divertido donde no dejan de crecer los enanos. Es lo que ocurre cuando en un partido político todos los dirigentes andan desnortados, intentando situarse en el bando ganador, sin que nadie sepa cuál de los seis o siete en liza va a resultar triunfante cuando pase la tormenta.

Y es que, sin ánimo de ser exhaustivos, la situación es la siguiente: Esperanza Aguirre apoya a Rajoy; Gallardón odia a Esperanza pero mucho más a Rajoy, que no sabe a quién teme más de los dos; De Cospedal, por su parte, no quiere a Costa pero sí a Camps, quien a su vez teme a Rajoy al tiempo que reniega de Bárcenas, a quien Rajoy valora casi tanto como De Cospedal a Aguirre y ésta a Rato, todos los cuales opinan que Ricky es un niño pijo, pero no tanto como Ana Mato, que ya no se junta con Sepúlveda ante la atónita mirada de Mariano, que respeta y valora la lealtad de Sepúlveda casi tanto como la de Manuel Cobo.

Y mientras todo esto sucede, Javier Arenas… Bocanegra.

Me gusta Windows 7

Desde el momento en que se arranca da una sensación de rapidez que los usuarios de Vista seguramente ya ni recuerden cómo era. Y además incorpora todas las novedades que trajo el sistema anterior, especialmente las referidas a seguridad e interfaz de usuario.

Quizá lo más útil sea analizarlo desde el punto de vista de quien lleve una pila de años atado a Windows XP, porque serán la mayoría de quienes se actualicen a este sistema cuando cambien sus equipos. Son personas que, como mucho, sólo experimentaron un poco con Vista, les desagradó y se mantuvieron fieles a su sistema operativo. O quizá incluso se pasaron a Mac. O, si son especialmente frikis, a Ubuntu o alguna otra distribución de Linux. Desde ese punto de vista, las mejoras son innumerables, pues hay que sumar a las propias las de Vista.

Windows 7 arranca rápido, hiberna más rápido y la suspensión es casi instantánea. El interfaz gráfico de Aero es agradable a la vista e incorpora algunas mejoras a la productividad, como es el uso de miniaturas de los contenidos de cada ventana cuando cambiamos de una a otra empleando la combinación Alt+Tab o Windows+Tab o pasando el ratón por la barra de tareas. Esta última ha sufrido un cambio radical; ahora es similar al Dock de Mac OS X, de modo que tiene disponibles tanto las aplicaciones que estamos usando como aquellas que hayamos querido que permanezcan siempre ahí. La manera de localizar programas desde el menú de inicio será buscándolos, pues en cuanto tengamos dos o tres letras del nombre la aplicación deseada aparecerá en los resultados. Se acabó por tanto, la tarea de reordenar los programas para no tener un menú interminable.

Los programas de Microsoft, y es de esperar que cada vez más aplicaciones de otros fabricantes, permiten ser abiertos desde la barra de tareas y el menú de inicio con alguno de los documentos más recientes. Podemos colocar dos aplicaciones a izquierda y derecha de la pantalla ocupando todo el escritorio simplemente arrastrándolas a esas posiciones y así trabajar con ellas en paralelo. Y la principal mejora de Vista, la seguridad, aunque a priori invisible para los usuarios gracias a que el molesto UAC (la ventana que pide al usuario que apruebe cuando una aplicación va a hacer algo potencialmente peligroso) casi no aparece más que cuando instalamos un programa, supone una mejora notable respecto a XP.

Pero al margen de todo esto, la pregunta es: ¿qué tal se trabaja en Windows 7? Después de meses con la versión preliminar gratuita puedo responder que muy bien; mejor, desde luego, que con XP. De hecho, instalé esa versión para probar y a los pocos días me di cuenta de que ya no arrancaba nunca el Windows XP. Parece que Microsoft ha logrado lo que no consiguió con Vista: un sistema operativo útil para los usuarios. Durante años, daba la impresión que el gigante de Redmond pensaba principalmente en los fabricantes de ordenadores, haciendo Windows cada vez más grandes y con más requisitos. Pero con Windows Vista se pasó de frenada, exigiendo demasiado para ofrecer a cambio un sistema operativo molesto e incómodo para sus clientes reales, es decir, nosotros. Aunque le ha costado, parece haber aceptado su error. Al final, nosotros, el mercado, imponemos nuestra ley.

Libertad en cuatro folios

En un momento en el que las grandes potencias del planeta –aglutinadas en torno al G20– se han lanzado como auténticos perros de presa a vilipendiar con improperios y falsedades el libre mercado, culpándolo de todos los males en época de crisis, la ex república soviética levanta con más fuerza que nunca la bandera del liberalismo. "Creemos firmemente en los resultados del sistema liberal", afirma sin titubeos Nikoloz Gilauri, primer ministro de Georgia.

Mientras que la hipócrita e ignorante clase política occidental toma como excusa la crisis financiera que ellos mismos han creado, con la inestimable ayuda de la banca central, para justificar la mayor intervención económica desde la Gran Depresión de los años 30, el Gobierno georgiano toma el camino opuesto y emprende una de las mayores reformas liberales de las últimas décadas. Sin duda, la jugada le saldrá bien de seguir así.

Gilauri, a diferencia de otros cuyo nombre prefiero no recordar, confía en el dinamismo y la creatividad innatas de la iniciativa empresarial para construir un sólido modelo de crecimiento capaz de levantar y poner a toda máquina un país que, hasta hace nada, estaba en ruinas como resultado de la guerra. Y para ello es fundamental "crear un entorno en el que florezca el espíritu emprendedor".

Dicho y hecho. El Gobierno georgiano ha creado zonas industriales libres de impuestos para atraer capital foráneo, y así desarrollar empresas y crear empleo. Además, ha borrado del mapa la mayoría de barreras comerciales y trabas burocráticas con el fin de facilitar al máximo la vida a los empresarios, único motor capaz de generar riqueza, prosperidad económica y, por lo tanto, bienestar social.

No obstante, el pequeño país del Cáucaso lidera algunos de los principales indicadores de libertad económica del mundo. Según el informe Doing Business 2010 del Banco Mundial –que mide la facilidad para hacer negocios–, Georgia se sitúa en el puesto 11 del ranking internacional, y entre los 10 primeros del mundo en ámbitos tan esenciales como la contratación laboral, apertura de una empresa, permisos de construcción o registro de propiedades. España, en comparación con Georgia, está a la altura del Tercer Mundo. Sí, han oído bien: ¡Tercer Mundo!, según el mismo informe.

Por si fuera poco, Georgia ha privatizado el sistema sanitario, al contrario de lo que Obama en Estados Unidos con su polémica reforma socialista, y ha reforzado las exigencias de capital de sus sistema bancario para no sufrir, precisamente, un crack financiero como el de 2008.

Sin embargo, lo más destacable y glorioso es la limitación constitucional –"Ley de Libertad"– que ha implantado Georgia para prohibir que el peso del Estado supere, en ningún caso, el 30% del PIB nacional. De este modo, el gobierno que quiera subir los impuestos tendrá que convocar un referéndum para contar con el visto bueno de los contribuyentes. Mientras, pese a que el 90% de los españoles rechaza el aumento fiscal aprobado por el Ejecutivo socialista, queramos o no, en 2010 pagaremos más a Hacienda.

Pero si hay un dato que resume la reforma liberal georgiana es el siguiente: Georgia ha pasado de 21 figuras impositivas a tan sólo 6, "planas y fáciles de administrar". "Yo mismo resumí en cuatro folios" la nueva estructura fiscal de Georgia, indica Gilauri.

¿Se imaginan un país donde pagar impuestos es fácil, sencillo y barato? Es más, ¿se imaginan decenas de inmensos volúmenes de derecho tributario y regulación fiscal española reducidos a apenas cuatro folios claros y sencillos? Sin duda, el paraíso. Y es que los georgianos ya conocen el infierno estatal propio de la utopía soviética y, a diferencia de nosotros, ahora saben perfectamente cuál es el camino correcto que deben tomar: el de la libertad, sin ambages ni complejos.

¿Cuál es el precio justo de su piso?

Sin embargo, sí utilizaré un concepto análogo, el de precio razonable, para referirme al valor de los inmuebles. No porque crea –obviamente, no lo creo– que toda compraventa inmobiliaria deba efectuarse obligatoriamente a ese precio razonable, sino porque, como el adjetivo indica, sería prudente y sensato que el comprador lo tuviera en cuenta a la hora plantearse cualquier transacción.

Al fin y al cabo, toda compraventa de un inmueble implica una compraventa a lo largo del tiempo de bienes y servicios y, por consiguiente, podemos perfectamente comparar el precio que se está pagando por la propiedad del inmueble con el precio que se está pagando por los servicios que proporciona el inmueble (el alquiler). Piénselo de este modo: si lo que quiere es sólo vivir 60 años en un piso, tanto le da comprárselo que vivir alquilado durante 60 años. Y, por consiguiente, podemos comparar el precio del piso con el precio de 60 años de alquiler.

Otra cuestión es que no sólo quiera vivir en el piso, sino adquirir su propiedad como mecanismo de inversión. Pero esta decisión no va exactamente de la mano con la anterior: si bien es lógico que todo el mundo quiera vivir en un inmueble, no todo el mundo tiene por qué invertir su dinero en un inmueble, sobre todo si existen inversiones alternativas más rentables. ¿Qué prefiere? ¿Vivir 60 años en un inmueble y al final de su vida ser el propietario de un piso valorado en 300.000 euros, o vivir 60 años alquilado en un inmueble y al final de sus días tener un patrimonio bursátil valorado en un millón de euros? Lo lógico es que elija lo segundo, ya que con ese millón de euros podrá comprarse un piso de 300.000 euros y, aparte, le sobrarán 700.000.

Por este motivo, la decisión entre vivir de alquiler o adquirir un inmueble no es baladí. En ocasiones es mucho más barato alquilar un piso que comprarlo, con lo cual será razonable que accedamos a nuestro servicio de vivienda en el mercado de alquiler y que la cuantía que nos ahorremos la destinemos a invertir en otros activos más rentables que un inmueble.

Robert Kiyosaki, por ejemplo, repite continuamente que la compra de la primera vivienda no es una inversión, sino un gasto. Estoy tentado a pensar que, en general, tiene razón. Por desgracia, la mayoría de la gente desarrolla cierto apego emocional hacia la vivienda en propiedad, lo que le lleva a pagar precios absurdamente elevados que lastran su prosperidad futura. Ahorrar e invertir son dos actividades que resultan tanto más provechosas cuanto más pronto se hagan (1.000 euros a un tipo de interés del 10% se transforman en 6.700 al cabo de 20 años, pero en 17.500 al cabo de 30, o en 45.000 al cabo de 40), y precisamente lo que hacen los sobreprecios que se pagan con gusto por las viviendas en propiedad es lastrar enormemente la renta de la que se dispone durante los primeros años de vida laboral.

Sin embargo, el argumento de Kiyosaki se debilita en aquellas situaciones en las que caen los precios de las viviendas en propiedad hasta el punto de que los alquileres se vuelven relativamente más caros. En estos casos, comprar una vivienda en propiedad nos permite en realidad ahorrarnos dinero a la vez que estamos invirtiendo, y por tanto sí debe considerarse una inversión y no un gasto.

Hoy estamos claramente en esa situación. Los excesos de la burbuja inmobiliaria que provocaron los bancos centrales han inundado nuestras ciudades de viviendas vacías que tienen que liquidarse para que bancos y promotoras puedan saldar parcialmente sus ingentes deudas. El proceso está siendo más lento de lo deseable, pero parece imparable a largo plazo. Así pues, ¿cuándo y a qué precio comprar?

Tal y como lo hemos expuesto, es esencial que comparar el precio del alquiler con el de la vivienda. Esta relación, heredada del análisis bursátil, recibe el nombre de PER. Cuanto más alto sea el PER, más cara será la vivienda en propiedad en relación con su alquiler. Por ejemplo, si un piso en propiedad cuesta 480.000 euros y podemos alquilarlo por 12.000 euros anuales, su PER será de 40. Esto significa que tardaríamos 40 años en recuperar nuestro capital inmovilizado en el inmueble a través del alquiler. O, dicho de otra manera, los servicios que esa vivienda presta (alquiler) son muy poco valorados en el mercado en relación con el precio desproporcionadamente elevado que estamos pagando. En cambio, una vivienda con PER 5 es una magnífica inversión, ya que, ahorrándonos cinco años de alquiler, recuperamos el capital que hemos inmovilizado.

La burbuja inmobiliaria española llevó el PER medio nacional a 33 a finales de 2007; esto es, el alquiler era mucho más barato que la vivienda en propiedad. Al concluir 2008 había caído a 27, lo que significa que esa sobrevaloración del precio se había corregido relativamente. ¿Hasta cuándo debería reducirse? La media histórica del PER en España está sobre 19, lo que significa que los precios de la vivienda todavía deberían caer un 27% hasta que sea razonable adquirir una. Aunque, desde mi punto de vista, si lo que le preocupa no es pagar malos precios, sino pagar buenos precios, no compre a más de un PER 15.

¿Dónde estamos ahora? Bueno, ciñéndome a Madrid capital, el PER medio de los pisos –tomo los datos de idealista.com– es de 23, después de que el precio de las viviendas haya caído casi un 10% desde su pico en 2007. En general, pues, ya pueden adquirirse inmuebles a precios mucho más razonables que hace dos años. De hecho, en algunos barrios de la Villa y Corte, donde el ajuste de precios ha sido más drástico –por ejemplo, Vallecas o Villaverde–, el PER ya se encuentra en el rango de 19-20 (en Vallecas los precios han caído un 24%, y en Villaverde un 19%). Otros barrios, como Chamartín, Salamanca o Moncloa, siguen teniendo PER muy elevados –entre 27 y 28–, que permiten pronosticar que la caída de precios proseguirá. Es cierto que en estos tres barrios la presión para que el coste de los inmuebles caiga es menor que en otras zonas, esencialmente porque no se construyó demasiado durante el boom inmobiliario, por ello no hay legiones de bancos, promotores y pequeños propietarios endeudados que quieran deshacerse de sus viviendas. Pero el caso es que, a largo plazo, ratios PER de 27 y 28 siguen siendo insostenibles: sus propietarios están dejando de ganar mucho dinero por mantener su capital inmovilizado en el ladrillo en lugar de, por ejemplo, invertirlo en bolsa (donde los ratios PER suelen situarse en torno a 15).

Dado que parece poco probable que con la crisis económica los alquileres se encarezcan mucho, a medio plazo a los barrios ricos de cualquier ciudad no les quedará más remedio que ajustar precios. Aunque no haya pisos de nueva construcción, sí habrá un movimiento destinado a deshacerse de los mismos para rentabilizar el capital en otros lugares.

Así que ya sabe, en general conviene esperar un par de años a que los precios de la vivienda en propiedad sigan bajando y se pongan más en consonancia con la valoración que hacen los consumidores de los servicios que prestan (los alquileres). Obviamente, a día de hoy ya hay numerosos casos en que se pueden encontrar viviendas incluso por debajo de PER 10, pero de momento son más bien la excepción. No crea a los agoreros monclovitas que dicen que los precios ya han tocado fondo, porque el inmueble en propiedad sigue siendo mucho más caro que el alquiler. Otra cosa es que Zapatero se las arregle para encarecer artificialmente los precios de la vivienda quitando la deducción por compra, pero ni con esta medida cortoplacista se logrará detener la caída; más bien la agravará.

España, motor de la economía

La pasada semana, el Ludwig von Mises Institute de Estados Unidos celebró en Salamanca unas jornadas en las que conmemoraba el origen español de la ciencia económica y del liberalismo. Durante los cuatro días que duró el evento, co-organizado por el Instituto Juan de Mariana, los asistentes pudieron reflexionar acerca de las aportaciones teóricas de esos autores, sus recomendaciones políticas y la vigencia de sus diagnósticos y recetas económicas. Este grupo de pensadores es conocido mundialmente como la Escuela de Salamanca. Se trató de una nutrida comunidad de teólogos que en su intento por resolver cuestiones morales descubrieron el orden espontáneo del mercado y el daño que causa el intervencionismo político sobre la propiedad privada y los intercambios libres.

Aquellos escolásticos que rechazaron el dirigismo estatal sobre los precios, que solicitaban la eliminación de las barreras de entrada a todo tipo de mercados, que se oponían a la inflación monetaria, que exigían equilibrio presupuestario y que mantenían que una subida de impuestos sin el consentimiento del pueblo era un atraco, formaron la primera escuela liberal de la historia; escuela que tuvo que debatir sobre todos estos asuntos en unos años marcados por guerras, déficits presupuestario y crisis económica a gran escala.

Durante los días que duraron estas jornadas, los economistas allí reunidos estudiaron lo parecida que es la situación actual a la que los escolásticos españoles vivieron hace 400 años. Además, el evento sirvió para reivindicar la plena vigencia de las propuestas de solución que en su día dieron personajes de la talla de Diego de Covarrubias, Saravia de la Calle, Luis de Molina o Juan de Mariana. La reducción del gasto público y de los impuestos, la eliminación de barreras comerciales, la detención inmediata de las políticas inflacionistas y el mantenimiento de un equilibrio presupuestario conforman unas recetas que eran en su día tan válidas para Felipe III como lo son hoy para Zapatero.

Javier Marías se acuerda de la libertad

Ya saben, "el que no esté colocao, que se coloque y al loro". Se defendía con saña la disolución de la moral al grito de franquista el último. No es que me parezca fetén, pero guardo cierta simpatía por aquél desmadre, excepto en el apartado químico.

Ahora los progresistas son de una moral entre victoriana y calvinista, de una severidad que dejaría al cardenal Goma por un cachondo. Exudan un paternalismo laico que es incluso más empalagoso y más cursi que el otro, y que es menos respetuoso con la vida privada. Lo de prohibirnos el vino quedó en un quiero y no puedo de la ministra Salgado, pero la cruzada contra el tabaco sigue en plena forma y la imposición del decoro y las buenas costumbres en la tele da sus primeros pasos.

Es una evolución lógica. La izquierda abomina de la libertad y quiere sustituir nuestras decisiones por las suyas. Por eso para ellos tener el poder es una exigencia ética y el que sean otros quienes lo ostentan, un atentado a la democracia. Se quieren gastar nuestro dinero, mandar a nuestros hijos a colegios diseñados por ellos, entrar en nuestra cocina y nuestra cama, y no nos dejan ni a sol ni a sombra.

¿Y qué fue de aquella izquierda que hablaba de libertad en las costumbres (y de socialismo en todo lo demás)? No lo sabemos. Pero aparece Javier Marías criticando este domingo en El País El gubernamental desprecio por la libertad. Para criticar al Gobierno, tiene que pagar el peaje Aznar, es decir, soltarle un buen mandoble al otro por aquello del qué dirán. Cierto que el artículo es blandito, pero ya era hora de que algún progre se acordase de que en algún momento de su vida defendió la libertad en esta parcela de la vida.

Es verdad que bajo el zapaterismo, la libertad "ha resultado ser una libertad de quita y pon, falsa y condicionada". Condicionada a lo que se le antoje al poder. Es decir, que es una servidumbre disfrazada de todo lo contrario. Es la libertad del que manda para decidir sobre nuestras vidas. Javier Marías. Se empieza criticando que el Gobierno nos prohíba fumar y, quién sabe, a lo mejor acaba pidiendo (con peaje Aznar) que nos deje educar a nuestros hijos como nos dé la real gana.

Los argumentos de los “creadores”

En dicha nota, los portadores de esta sopa de letras de la propiedad intelectual se quejaban, pobrecitos ellos, de que en 2008 sólo había recaudado 83,3 millones de euros. Esta minucia representa, nos contaban a los receptores del mensaje un 9,41% menos que lo obtenido en 2006 y un 8,58% menos que en 2007.

Hice un esfuerzo ímprobo por sentir pena por ellos, pero tras algo menos de un segundo de concentración desistí. Me resultaba imposible. No puedo lamentar que esas entidades ganen unos cuantos millones menos de euros que antes. Pero lo que me llamó la atención no fue la caída de la recaudación, ni el tono de lamento o el puyazo que lanzaban contra la plataforma Todos Contra el Canon (comprensible, puesto que no son precisamente sus mejores amigos).

Lo realmente llamativo del comunicado eran los argumentos y el lenguaje. Supongo que no tienen nada de novedoso, pero hace tiempo que dejé de prestar mucha atención a lo que dicen los Bautista, Borau, Sisa (es un apellido, no un chiste) y compañía. Por este motivo, supongo, volvió a llamarme la atención como ya lo hizo hace unos cuantos años. La nota que me llegó comenzaba diciendo que "las entidades de gestión son sociedades sin ánimo de lucro". Casi me caigo de la silla. Su comportamiento prueba de forma constante lo contrario.

Estas entidades destacan además "el carácter mutualista de las entidades de gestión, que destinan un 20% de estos ingresos a actividades sociales y asistenciales entre los asociados". Eso, así, parece muy bonito. Pero no lo es. El dinero utilizado para ello se ha obtenido de forma ilegítima, por muy de acorde a la legislación que sea. Cuentan además que el 9% de lo recaudado tiene como destino "gastos de gestión y administración". Eso corresponde a una ineficiencia total y absoluta o a unos sueldos realmente exorbitados por parte de algunas personas. Posiblemente ambas cosas.

Pero lo mejor de todo es el final, el lamento con el que se cierra el comunicado: "Las entidades de gestión reclaman seriedad a la hora de valorar los derechos de propiedad intelectual y evitar sensacionalismos que confunden a la sociedad y que pretenden, únicamente, erosionar los derechos de los titulares a favor de aquellos sectores empresariales que fabrican los equipos y soportes, que deben abonar legalmente dicha compensación". ¡Qué me digan dónde tengo que ir a cobrar mi cheque!

Reclamen lo que quieran, pero como decía aquel: "Las reclamaciones al maestro armero". Ya que me quitan el dinero al comprar un CD o una memoria para mi cámara fotográfica, al menos que no llamen sensacionalista.

Después de la crisis, el muerto sigue muy vivo

Según el conocido economista, el traspaso de poder del propietario o capitalista al gerente profesional o directivo crea una lucha entre el accionista –que siempre busca el máximo beneficio para obtener el mayor dividendo– frente al alto directivo cuya meta es aumentar la dimensión de la empresa y muy especialmente su dirección o unidad concreta.

Esta crisis ha sacado a relucir muchos pilares ocultos del sistema. Uno de ellos es el poder de la tecnoestructura de Galbraith. Un amigo personal, profesional del sector financiero, recurrentemente me dice lo mismo: "Lo primero que hacen las empresas fusionadas es ver qué tipo de indemnización o retribuciones ofrecen a los consejeros delegados y altos directivos de ambas entidades". Es decir, la tecnoestructura lo es todo. Si miramos las consecuencias de la crisis, llegamos a conclusiones similares.

¿Qué ha ocurrido, por ejemplo, con la banca en este presunto proceso de "ajuste"? Nada. Sigue vendiendo los productos de siempre. Gestiones imprudentes han sido recompensadas por los gobiernos con cientos de millones en sueldos y pensiones a altos ejecutivos. Los gobiernos han reforzado el monopolio bancario con dinero del contribuyente castigando al banco eficiente (el que no tenía riesgo de cerrar) frente al irresponsable (el que entraría en quiebra). Lo mismo ha ocurrido con el sector del motor e inmobiliario. Los propios gobiernos del mundo lo han dejado claro: quieren una economía de monopolios dominada por las grandes empresas, siempre serviciales con el Gobierno frente al consumidor o ciudadano al que castigan con más impuestos.

Sin darse cuenta, Galbraith, atacando la tecnoestructura, echaba por suelo lo que creó su maestro John Maynard Keynes. ¿Y qué creó Keynes? Una economía enfocada al cortoplacismo y la irresponsabilidad. Para Keynes, la economía ha de tener siempre un crecimiento perpetuo. En el momento que el crecimiento se frena, el autor inglés justificaba abiertamente la intervención estatal, es decir, el socialismo. Gobierno y órganos supranacionales han de crear continuos incentivos expansionistas para aumentar el consumo. Las políticas económicas más conocidas fruto de esta visión tal vez sean los constantemente bajos tipos de interés. A Keynes le daba igual cuales fueran las preferencias temporales del actor económico; siempre ha de sentirse con ganas de gastar y pensar en el hoy, no en el mañana. El ahorro es un sinsentido porque a largo plazo todos estaremos muertos ("in the long run we are all dead"). Somos robots del sistema que dirige el Gobierno, el político, el dictador de la producción.

Esta visión cortoplacista afecta a empresas y particulares. A nivel empresarial lleva al auge de la tecnoestructura. Para el ciudadano conduce a lo que la izquierda, erróneamente, identifica con el "consumismo".

¿Por qué el Capitalismo de Estado o socialismo desembocan en el refuerzo finalista de la tecnoestructura? Simplemente no hay responsabilidad. Los objetivos empresariales no son netamente los que benefician al mercado (consumidor y accionista), sino al propio gestor empresarial. La crisis nos lo ha enseñado en su forma más cruda. ¿Acaso han cerrado los grandes lobbies empresariales? No, han salido totalmente indemnes de esta locura. Los gobiernos, lejos de dejar cerrar estas empresas, se han dedicado a darles dinero. Lo que decía Keynes: estimular el gasto a toda costa sin prestar atención a los procesos de mercado naturales. ¿Cuál es la fórmula más fácil? Alimentando los grandes sectores, y más concretamente a las grandes empresas de tales sectores porque son las que más gente emplean, los que más ruido mediático pueden hacer, los que más votos pueden dar.

La visión teleológica de la tecnoestructura de Galbraith está totalmente alineada con el Capitalismo de Estado actual: cuanto más grande sea la empresa, más le costará cerrar porque más susceptible será de recibir alguna ayuda o favor gubernamental. Claros ejemplos españoles son Seat, Nissan y ahora Opel. Lógicamente, las grandes empresas trabajan para crecer ignorando la irresponsabilidad que pueden tener en el largo plazo porque no lo perciben como un coste real. Hasta ahora los sectores favorecidos han sido banca, construcción y automóvil. En un futuro, se le sumará el sector sostenible o ecológico.

Si los políticos quisieran una solución a la crisis y las próximas que vendrán, lo tienen fácil: más libre empresa, más capitalismo sin Estado, más competencia, menos impuestos y menos ayudas empresariales. En consecuencia, más responsabilidad empresarial y más enfoque al cliente y accionista. Curiosamente, Galbraith proponía todo lo contrario. Es lo que han hecho durante décadas los gobiernos. Los resultados han sido demoledores. Tal tutela estatal galbraithiana ha llevado a un fallo sistemático de todo.

La gran decisión de los políticos, tomada en el G-20, fue de risa: si reducimos los bonus empresariales acabaremos con las crisis que vengan a partir de ahora. Nos toman por idiotas y perpetúan el sistema aunque ahora le llamen "Nuevo Orden Mundial". El Capitalismo de Estado se ha reforzado bajo una nube de palabrería política que intenta convencernos de lo contrario.

La desigualdad y la crisis

Para perpetrar su engaño ofrecen presuntas evidencias empíricas en forma de estadísticas que deberían mostrar que la desigualdad económica ha crecido y sigue creciendo muy rápidamente, y luego se inventan un mecanismo causal para conectarla con la crisis financiera mediante la expansión crediticia a los más pobres.

Algunos estudios empíricos analizan la renta media de los hogares, y los obsesos de la igualdad, quizás algo cortos de vista y entenderas, olvidan que el tamaño y la composición de los hogares ha cambiado en las últimas décadas: ahora son más pequeños, más gente vive sola, con menos hijos, se casa más tarde, o están divorciados o viudos durante más tiempo por el incremento de la esperanza de vida.

Casi todos los estudios se refieren a distribuciones estadísticas de los grupos de renta, y algunos incautos podrían creer que estos grupos son estáticos y están formados siempre por las mismas personas, de modo que la evolución de un grupo refleja los cambios históricos de las personas que pertenecen a él para siempre: siempre los mismos pobres, la misma clase media y los mismos ricos. La verdad es que los individuos suelen comenzar su vida laboral desde abajo, con ingresos pequeños, y según adquieren experiencia profesional van incrementando sus salarios.

Algunos analistas comparan los ingresos por salarios laborales con los ingresos por rentas del capital como si hubiera dos conjuntos disjuntos, por un lado trabajadores que sólo reciben su sueldo y por otro capitalistas que sólo ingresan rentas, cuando gran parte de la población pertenece a ambos grupos, trabajan y ahorran (acciones, fondos de inversión, planes de pensiones), y pueden cambiar la distribución de sus ingresos sin que aumente la desigualdad entre las personas.

Algunos estudios no consideran pagos en especie (seguros médicos) o servicios sociales (sanidad, educación) fruto de la redistribución estatal de la renta, llegando incluso a asegurar que las prestaciones sociales se están reduciendo (cuando no paran de crecer) y que los servicios públicos son cada vez peores (lo cual puede ser cierto por la mala calidad de los servicios de prestación funcionarial, pero no porque cada vez se gaste menos dinero público en ellos).

Si el socialista o comunista incompetente de turno es aun más necio de lo normal puede llegar a olvidar que, a pesar de las posibles diferencias relativas, los ingresos absolutos tienden a crecer para todas las personas y todos los grupos, y entonces afirma con total descaro que las clases populares han visto reducidos sus ingresos, o sea que viven hoy con menos ingresos que en el pasado. Y aquí conectan falazmente con la crisis crediticia: sólo han podido incrementar sus consumo mediante el endeudamiento, una treta insostenible de las clases altas para seguir explotándolas.

Con esta última memez no sólo muestran que están completamente enquistados en el espantajo de la explotación capitalista: ¿se ha obligado a alguien coactivamente a endeudarse? También olvidan cómo se ha comenzado y mantenido la expansión crediticia: mediante la manipulación monetaria de los bancos centrales estatales.

No existe el derecho a internet

Eran esos derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad que escribió Jefferson en la Declaración de Independencia; los derechos reconocidos en las diez primeras enmiendas a la Constitución estadounidense. Derechos que luego se llamaron "negativos", y que en realidad eran libertades. Eran las formas con que se concretaba aquello de que cada cual puede hacer lo que quiera siempre que no dañe a otro.

Pero a lo largo del siglo XX, este concepto ha ido perdiendo su significado original. Se fue pasando, poco a poco, a considerar "derecho" a todo aquello que parece deseable y bueno. Así, dado que todos necesitamos un techo donde cobijarnos, nuestra Constitución reconoce el "derecho a una vivienda digna". El problema está en la interpretación. Si miramos ese concepto con las gafas de los derechos de toda la vida, esto no significa otra cosa que los poderes públicos no pueden interferir en nuestros intentos de hacernos con esa vivienda digna. Pero si el vistazo se lo echamos con anteojos socialdemócratas, significa que el Estado tiene derecho a violar los derechos de terceras personas para proveernos a nosotros de ese bien que se considera deseable.

Así hemos llegado al extremo de que Finlandia vaya a reconocer como "derecho fundamental" disponer de una conexión de 1 Mbps a internet. Traducido al idioma de las personas normales, significa que las operadoras de telecomunicaciones tendrán la obligación de dar esa conexión a un "precio asequible" (que habrá que ver cuál es) hasta en la más remota cabaña de Laponia. Como las operadoras tienden a no perder dinero, quienes pagarán semejante dispendio serán los demás clientes. El "derecho fundamental" se desvela así como lo que realmente es: una mera redistribución forzosa de renta, ni más ni menos.

El problema es que de tanto hablar que tenemos derecho a tal o cual cosa los derechos realmente fundamentales van perdiendo entidad y confundiéndose en el barullo. La banda ancha y la libertad de expresión al final terminan siendo lo mismo. Un Gobierno que se niega a pagarle la conexión al subvencionado del PER es igual de malo que el que encarcela a los bloggers disidentes. Por eso, pese a que los políticos empleen ese lenguaje porque siempre queda muy bien eso de la "ampliación de derechos a la ciudadanía", jamás deberíamos dejárselos pasar. Porque un derecho que te "amplía" el Gobierno no puede ser nunca un derecho.