Ir al contenido principal

En el nombre de internet

En el nombre de todas estas cosas propone el citado alto cargo una regulación más avanzada para las redes de telecomunicaciones. Más avanzada quiere decir, por supuesto, con más intervención. Para asegurar la apertura de internet y la innovación y riqueza que la misma ha aportado y que se sigan generando oportunidades sobre ella, es necesario obligar a los propietarios de las redes de telecomunicaciones, sin las cuales no existiría internet, a unas cuantas cosillas.

Impávido al hecho de que dicha innovación y enriquecimiento se ha producido sin necesidad de la citada intervención (y seguramente gracias a su ausencia), propone que se obligue normativamente a los operadores a la neutralidad de red, la no discriminación y la transparencia en la gestión del tráfico. Eso, para ir entrando en calor.

Es curiosa la fijación que tienen estos defensores del bien público por impedir que los operadores bloqueen determinados contenidos o servicios a sus clientes. Así, la obligación de no discriminación "significa que no pueden bloquear o degradar tráfico legal en sus redes". Obsérvese que el tráfico que no se puede bloquear es el legal, del otro no se dice nada.

Digo que es curioso porque no se entiende tal preocupación. Los casos de bloqueo de tráfico por operadores de redes en más de 100 años son completamente anecdóticos. Puede haberlos habido y son posibles, pero lógicamente son contrarios a los intereses de los operadores, cuyo negocio es precisamente transportar tráfico. ¿Por qué se empeñan los gobiernos en hablarnos de esta amenaza?

La solución al enigma quizá tenga que ver con eso de que se puedan bloquear contenidos ilegales. Porque, no se olvide, las únicas entidades que consta que sí ordenan el bloqueo de tráfico son, lo han adivinado, los gobiernos. Entre ellos, destaca el Gobierno chino, pero no es el único.

Y casualmente son los gobiernos los encargados de decidir qué contenidos son legales o ilegales. Así que, en el nombre de internet, se pretende que el operador no pueda bloquear más contenidos que aquellos que le ordena el Gobierno. En el nombre de la innovación y de la prosperidad, será el Gobierno quien decida qué y qué no puede circular por la red de redes. En el nombre de la apertura de internet, el Gobierno decreta su cierre.

La receta de UGT contra el paro

Y mientras estos paniaguados de la izquierda se tiran los trastos a la cabeza, el desempleo supera los cuatro millones de parados en España y llevamos gastados en el último año la friolera de 30.000 millones de euros en prestaciones de desempleo porque nuestro muy flexible mercado laboral es incapaz de crear ni un solo puesto de trabajo.

Pero, ¿cuánto son 30.000 millones? Para no perdernos en las grandes cifras: para empezar, es algo así como el doble de lo que pretende ingresar el Gobierno con la recientemente aprobada subida de impuestos. Es prácticamente la mitad de lo que se recaudó por IRPF en 2008, el 60% de los ingresos por IVA y más de lo que obtiene por todo el Impuesto de Sociedades.

Dicho de otra manera, nuestra endémica incapacidad para crear empleo nos impide recortar el IRPF en un 50%, el IVA en un 60% o eliminar por completo el Impuesto de Sociedades. ¿Se imaginan qué impulso adquiriría la economía española si alguna de estas medidas se adoptara?

Mejor no lo piense mucho que igual se le revuelve el estómago. Limítese a mostrar una ligera indignación mientras se pregunta a qué o a quién se debe que cuatro millones de personas no encuentren ni un empleo: pues en esencia a estos visionarios sindicalistas que combinan el cariño hacia el socialista Zapatero con las elegantes admoniciones al socialista MAFO para que regrese al calor hogareño de "su puta casa".

Recuerde lector que estos locuaces individuos, esas plumas delicadas que en apenas un exabrupto sintetizan la calidad de sus ideas, son quienes dirigen ese infame proceso llamado de "negociación colectiva" por el que los salarios en España son incapaces de ajustarse aun cuando los ingresos empresariales se estén hundiendo. Son ellos a quienes se les ha investido con la categoría política de "agentes sociales", facultados para negociar de tú a tú con una entente gubernamental y patronal para decidir las condiciones por las que se van a regir todos los trabajadores y empresarios de España. Son ellos quienes viven de los salarios de los proletarios y de los beneficios de los empresarios sin dar un palo al agua con la excusa de disponer de tiempo libre para desarrollar con esta exquisita prosa sus aportaciones al drama económico que vive nuestro país. Son ellos, en definitiva, quienes siguen instalados en una retórica cuasi marxista para justificar su parasitismo político y económico de la sociedad española.

Tamaños poderes y privilegios para tan gran inteligencia y responsabilidad. ¿Qué sería de nuestro país si no eleváramos a la categoría de planificadores sociales a tan templados personajes? Imaginen a las huestes sindicales engrosando las listas de paro y buscando empleo con su característica buena educación. Si es que no puede ser: cuatro millones de parados son un precio más que equitativo para que los liberados no pasen por semejante trance. De momento, pues, que sigan siendo estos mantenidos de la "puta casa" quienes marquen la política laboral del Gobierno y que prosiga la sangría de parados y de gasto público. Total, paga el contribuyente.

Los incentivos de los ecologistas

En un artículo anterior, El calentamiento global en un futuro incierto, defendía la adaptación al cambio climático (facilitada por el crecimiento económico, el desarrollo de nuevas tecnologías, etc.) frente a los infructuosos y onerosos esfuerzos por mitigarlo, que asumen un contexto estático. Por supuesto, hay una cuestión previa: ¿el calentamiento global es causado por el hombre? ¿Hasta qué punto serán catastróficas sus consecuencias?

Algunos no tenemos suficientes conocimientos científicos como para emitir una opinión cabal independiente y tenemos que basarnos en las opiniones ajenas que nos parecen más creíbles. La pregunta es, ¿cómo decidimos a quién creer en este tipo de situaciones? Una opción es fijarse en los incentivos de la gente para decir lo que dice. Por ejemplo, a las compañías tabaqueras les perjudica que se extienda la opinión de que el tabaco afecta gravemente a los fumadores pasivos, además de a los fumadores, por lo que los estudios financiados por la industria sobre este tema tendrán en principio menos credibilidad que los estudios de la comunidad médica o investigadores independientes, que no se juegan nada en sus resultados. Eso no quiere decir que los primeros no puedan tener razón, significa simplemente que desde la ignorancia es más prudente apostar por los segundos.

Los ecologistas acusan a multinacionales de la energía como Exxon de promover sus propios intereses económicos financiando estudios y campañas que ponen en duda el calentamiento global y la conveniencia de regulaciones que menoscabarían su negocio. Es posible que los verdes tengan razón y estas empresas no estén pensando en el bien común. La defensa de la verdad puede estar alineada con el beneficio propio, pero la coincidencia a veces suscita sospechas.

No obstante, muchos ecologistas también tienen incentivos para expresar sus opiniones sobre el cambio climático. No se trata (normalmente) de incentivos económicos, sino de incentivos ideológicos, que no son menos poderosos. Como señala David Friedman, el ecologismo en general y el calentamiento global en particular aportan nuevos argumentos a favor de un Estado más intervencionista, más impuestos, etc. Son medidas que mucha gente respalda por motivos ideológicos, luego tienen incentivos para creer en la validez de esos argumentos, popularizarlos y exagerarlos. Documentales catastrofistas como los de Al Gore o la excesiva politización de las conclusiones del IPCC confirmarían esta tendencia.

La mayoría de ecologistas son estatistas, muchos de extrema izquierda, y son hostiles a la sociedad de consumo o ven con recelo el estilo de vida occidental. El calentamiento global proporciona argumentos muy convenientes para los que aborrecen el status quo y quieren un giro de signo socialista. Friedman dice que el ecologismo es en parte un argumento real, en parte una religión, y en parte una cuestión ascética. Las dos últimas sugieren que la gente está demasiado dispuesta a aceptar la primera.

Otra forma de estimar la credibilidad de determinadas opiniones consiste en hacer que los expertos que las sostienen apuesten dinero en ellas. Como opinar es gratis, la gente no tiene incentivos económicos para contenerse, matizar o ponderar bien sus juicios. Si tu opinión puede costarte dinero (o reportarte ganancias), te lo piensas dos veces antes de expresarla. Apostar por tus opiniones demuestra una confianza adicional en tu propio juicio.

En el marco de las apuestas los escépticos se han mostrado poco activos. James Annan, científico británico que cree en el calentamiento global, ha retado a numerosos científicos escépticos a apostar sobre el aumento de las temperaturas en las próximas décadas. Varios de ellos han rechazado la apuesta, aunque otros la han aceptado. En general no parece que los escépticos apuesten entusiasmados por sus tesis como hicieran Julian Simon y Paul Ehrlich a propósito del agotamiento de los recursos. Pero las apuestas no suelen contemplar aspectos relevantes del debate, y su peso debería relativizarse en consecuencia. Por ejemplo, la mayoría de apuestas giran en torno al aumento de las temperaturas independientemente de si existe contribución humana o de si se debe a otros fenómenos como un supuesto incremento de la actividad solar. Pero solo en el primer caso tienen sentido medidas como el Protocolo de Kyoto.

Las apuestas tampoco ponderan la extensión de los daños y posibles beneficios que resultarían del calentamiento global, ni se refieren a la efectividad de las políticas destinadas a limitarlo. Es lógico que aquellos que creen que existe cierto calentamiento global pero no tienen claro que sea de origen antropogénico o que las políticas para limitarlo sean efectivas no encuentren el reto de Annan demasiado atractivo.

Otros economistas, como Bryan Caplan, sugieren apuestas más interesantes: ¿por qué no apostar sobre el aumento de la renta per cápita o la esperanza de vida en 2059 (o en 2109) condicionado a no hacer nada sobre las emisiones de carbono?

Políticamente incorrecto

España necesita un revulsivo para despertar del engañabobos al que nos tiene acostumbrado la inepta clase política de este país, un líder empresarial o institucional valiente que sea capaz de decir lo que realmente piensa, con la verdad por delante y sin miramientos. Día sí y día también saltan a la luz opiniones diversas de responsables políticos, sindicales y empresariales acerca de la difícil situación y pocos, por no decir ninguno, se saltan el guión preestablecido por el pensamiento único dominante.

El gobernador del Banco de España anima a Zapatero a reformar el mercado laboral, por vigésima vez, pero no se moja a la hora de reclamar la eliminación de la negociación colectiva que tanto encorseta al empresariado español, o una rebaja sustancial en el coste del despido, o la flexibilización total de la contratación laboral. De hecho, Miguel Ángel Fernández Ordóñez defiende la subida de impuestos aprobada por el Gobierno. Eso sí, siempre y cuando esa mayor recaudación se destine a reducir el déficit.

Ordóñez, el mismo que está permitiendo a las entidades financieras ocultar su morosidad real con engaños contables. De la misma calaña es José Viñals. El ex subgobernador del Banco de España se atreve ahora a dar consejos de prudencia crediticia y bancaria desde su nuevo cargo en el Fondo Monetario Internacional tras su nefasta gestión al frente de la supervisión del sistema español.

El ex ministro Jordi Sevilla, por su parte, discrepa de su antiguo jefe de filas y critica, vagamente, unos Presupuestos Generales cuya falsedad y engaño son más que evidentes. La patronal de empresarios se contenta con disparar balas de fogueo contra la política económica del Gobierno. Acepta subir los salarios, pese a que deberían bajar, no se revuelve contra el aumento de la presión fiscal, apenas se limita a pedir tímidamente una reforma light del mercado laboral no vaya a ser que los ministros se nos enfaden.

¡Y qué decir de los sindicatos! Potentados burgueses que conducen coches de lujo y viven a cuerpo de rey mientras denuncian a viva voz la explotación del proletariado con el puño en alto. Nadie mejor que un líder sindical sabe aplicar el dicho aquel de en boca cerrada no entran moscas, y el tan acertado no muerdas la mano que te da de comer.

La oposición, por supuesto, no se queda atrás. La cúpula del PP no habla, tan sólo se limita a contemplar y esperar a que la manzana podrida se caiga del árbol sin apenas menear el tronco. Ni una palabra sobre la necesaria reducción drástica del gasto público; concreción nula a la hora de exigir reformas estructurales para incentivar la mermada competitividad de nuestra economía… Al contrario. Los populares tan sólo se mueven para pulsar el botón verde y apoyar así al PSOE en la aprobación del PER nacional para parados, el rescate de Caja Castilla-La Mancha haciendo uso de los impuestos de los contribuyentes o la creación de un fondo de rescate bancario dotado con casi 100.000 millones de euros cuya transparencia es nula.

Mentiras, engaños y falsas promesas son los ingredientes básicos que conforman el discurso de los representantes políticos y sociales. ¿Para eso pagan impuestos los españoles? Son meros parásitos que no están a la altura de las circunstancias. Dejen ya de confiar en la política. Nada van a hacer por usted. Dependemos única y exclusivamente de nosotros mismos para salir del pozo en el que otros, ahora convertidos en falsos profetas, nos metieron. Basta ya de hipocresía.

EEUU contra los blogs

Existirán en Estados Unidos cientos de miles de blogs: toda una fuente de trabajo para la FTC, la Comisión Federal de Comercio, que tendrá que aumentar su plantilla si quiere revisarlos. Policía del blog, nueva ocupación en Washington.

Por supuesto, nunca podrán revisar todos por más que se empeñen. De modo que sólo lo harán con algunos, lo cual traerá sospechas del posible sesgo en el que puedan incurrir. Aquellos que sean considerados culpables recibirán multas de hasta 11.000 dólares. Y tampoco servirá de mucho, a no ser que también se pongan a regular foros, sitios especializados y, en breve, redes sociales, que son otros lugares donde se habla de productos a la venta susceptibles de ser evaluados.

El problema no es que la FTC haya adoptado esta medida, sino que no produzca indignación; parece incluso que a muchos no les parece mal. En parte es debido a que a la mayoría ve con buenos ojos que empresarios y empresas carezcan de algunos derechos, empezando por el de la libertad de expresión. Las restricciones draconianas a la publicidad son moneda común, cuando regulaciones similares para la prensa o la política nos parecerían intromisiones intolerables en nuestros derechos.

Pero quizá la principal causa es que seguimos sin saber diferenciar entre los conceptos de bueno y malo y los de legal e ilegal. Alabar en un blog los productos de una compañía que nos regala algo sin avisar de ese posible conflicto de intereses, sin duda, es malo. ¿Pero por qué tendría que ser ilegal? ¿Acaso es ilegal engañar a la novia o, ya que estamos, a los votantes? No existe razón alguna por la que una cosa deba ser regulada y las otras no, salvo que quizá en el segundo caso habría demasiada gente –o gente demasiado importante e influyente– que se daría cuenta de que el Estado está metiendo la nariz demasiado en nuestras vidas.

Algunos querrán ver prohibido todo engaño, tanto a lectores como a la pareja o a los ciudadanos. Son quienes siguen sin ver que la principal diferencia entre lo malo y lo ilegal es que lo segundo implica emplear la coacción, la fuerza, para evitarlo. Quienes verían con horror –y con razón– que un novio despechado pegara a su pareja por haberlo engañado, parecen no tener problema en meter a la Policía a obligarnos a hacer lo que es correcto.

Y todo esto sin tener siquiera en cuenta que la mayor parte de las regulaciones no cuidan de que hagamos lo correcto, sino lo que le parece correcto en un momento dado a algún político o funcionario. Resulta absurdamente incoherente que los mismos que violan cada dos por tres disposiciones estúpidas del código de circulación y hacen gala de ello animen a ampliar las prohibiciones en otros ámbitos. Cuanto más amplio es el campo que regulan las leyes, menor es nuestra libertad y menor el respeto que sentimos hacia la Justicia en su conjunto. Que tengan cuidado, pues, los aprendices de brujo, porque pueden terminar con una sociedad que pase olímpicamente de lo que los políticos han decidido que es lo bueno.

Un keynesiano contra Keynes

De hecho, ya hemos comentado aquí que el keynesianismo está cobrando inmerecidamente nuevos bríos no sólo entre una clase política siempre ahíta de extender su intervencionismo, sino entre una desorientada Academia que parece guiarse por el principio de arrimarse al sol que más calienta en lugar de dedicarse al estudio reflexivo de la ciencia económica.

El caso conocido más reciente es el del juez Posner, quien con la fe del converso ha estado a punto de levantar con sus propias manos una estatua a Keynes frente a Wall Street. Como ya dije, no es algo que deba extrañarnos; como comentaba el austriaco Jerry O’Driscoll, si sus cándidos compañeros de universidad –los economistas de Chicago– sólo sabían acrecentar la cantidad de escombros teóricos que ha de soportar nuestra ciencia, es normal que legos en la materia como Posner se acerquen ahora a Keynes.

Ahora bien, no toda la profesión económica está degenerando a pasos agigantados. A diferencia de los propagandistas como Krugman o de los iniciados como Posner, hay keynesianos que han dedicado su vida, más que a adorar al maestro, a leerlo, estudiarlo, comprenderlo y desarrollarlo; y, vaya por dónde, han descubierto que la presente crisis no encaja demasiado bien en el marco analítico keynesiano.

Es el caso del economista sueco Axel Leijonhufvud, uno de los mayores expertos en Keynes, a quien dedicó su tesis doctoral (Sobre la teoría keynesiana y la economía de Keynes) para defenderlo de la reformulación que de su obra había perpetrado John Hicks con el modelo IS-LM.

Pues bien, ¿qué opinión tiene este analítico y sesudo keynesiano de la crisis actual? ¿Acaso considera, en la línea del neoconverso Posner o del cronista Krugman, que viene a refrendar punto por punto las teorías de su maestro? Bueno, no exactamente:

La crisis actual se ha desarrollado de una forma prácticamente opuesta a la descrita por Keynes en su Teoría general.

Sí, ha leído bien. Uno de los mayores conocedores y admiradores de la obra de Keynes reconoce que la crisis no tiene casi nada que ver con la teoría keynesiana:

¿Podemos aprender algo de Keynes que sea relevante para la crisis actual? La verdad es que no encuentro su Teoría general demasiado útil. Una vez asimilada la advertencia de que no se puede dejar que la economía real se vea influida por los tejemanejes de un casino, ¿qué nos queda?

Al fin y al cabo, Leijonhufvud recuerda que Keynes desarrolló sus teorías en un contexto bastante distinto al actual: su país, la Inglaterra de los años 20, tenía una tasa de ganancias decreciente tras la Primera Guerra Mundial y unos tipos de interés artificialmente elevados. Sin embargo, los Estados Unidos que han padecido la llamada crisis subprime han vivido una situación bastante diferente:

La Fed ha podido mantener los tipos de interés demasiado bajos durante demasiado tiempo, [generando] una burbuja de activos combinada con un deterioro general de la calidad del crédito… y esto tiene poco que ver con la narrativa keynesiana.

Entonces, si según el lumbreras de Krugman la macroeconomía neoclásica está en crisis y sólo podría ser sustituida por las historietas keynesianas pero, según Leijonhufvud, Keynes tampoco nos sirve de nada, ¿acaso no hay una teoría económica que nos permita explicar qué ha sucedido? Personalmente, ya di mi opinión: la teoría austriaca del ciclo económico encaja como un guante en los hechos que hemos vivido. ¿Pero qué opina al respecto Leijonhufvud?

Con Greenspan, la Reserva Federal (…) aplicó una política de tipos de interés artificialmente bajos. El resultado fue, desde luego, más keynesiano que monetarista, pero también más austriaco que keynesiano: no hubo inflación en términos de IPC, pero sí una enérgica inflación de activos y una muy preocupante caída en la calidad del crédito.

Ahora bien, el economista sueco tampoco abraza absolutamente las teorías austriacas, sino que se muestra favorable a combinarlas con las de otro economista estadounidense fallecido:

Lo que ha sucedido tiene bastante que ver con una variación de la teoría austriaca de la sobreinversión (o mala inversión). Pero Mises y Hayek tampoco tienen mucho que decir acerca del lado financiero de un boom causado por la sobreinversión. Para ello deberemos recurrir a Hyman Minsky.

Dicho de otra manera: el keynesiano Leijonhufvud apuesta por una combinación de las teorías austriacas con las de Minsky para explicar la crisis. Es cierto, en este sentido, que Minsky se consideraba a sí mismo un sucesor de Keynes, pero como el propio Leijonhufvud y otros economistas han puesto de manifiesto, "la hipótesis de la inestabilidad financiera de Minsky es totalmente contraria a la teoría keynesiana de que la economía gravita a un equilibrio con desempleo".

¿Por qué Leijonhufvud opta por combinar las teorías de Mises y Hayek con las de Minsky y no se queda exclusivamente con las austriacas? Por lo que se desprende de su artículo, simplemente por un problema de interpretación de la teoría austriaca: el economista sueco piensa que la teoría austriaca explica siempre las expansiones crediticias a partir de la manipulación de los tipos de interés por parte del banco central. Pero, según el propio Leijonhufvud, "los errores del banco central no explican por sí solos la expansión de los credit default swaps o de los CDO cuadrados y cubos. Todo esto encaja de manera más natural en la obra de Minsky". Sin embargo, lo cierto es que la teoría austriaca no considera que el banco central sea el único desencadenante de la expansión crediticia, sino que ésta es una consecuencia de los privilegios jurídicos de la banca para endeudarse a corto plazo e invertir a largo.

Hayek, en La teoría monetaria y el ciclo económico, o Huerta de Soto, en Dinero, crédito bancario y ciclos económicos, explican cómo las expansiones crediticias son fruto de las alocadas políticas de la banca comercial, sin necesidad de incluir a un banco central. Otra cosa es que todos los austriacos estén de acuerdo, y parece ser que Leijonhufvud también, en que los bancos centrales pueden inflar todavía más el crédito de lo que ya de por sí lo habría hecho la banca. Y eso es precisamente lo que sucedió a partir de 2001.

La diferencia entre Minsky y los austriacos se encontraría, por consiguiente, en que el primero piensa que el capitalismo es inherentemente inestable y que crisis como la actual tienden a reproducirse en ausencia de regulación, mientras que los austriacos sostienen que en un mercado libre –sin privilegios para la banca y con una desnacionalización monetaria– los ciclos económicos serían de muy corta duración y con efectos prácticamente imperceptibles: Minsky no se da cuenta de que, sin el apoyo estatal, las expansiones crediticias de la banca y del resto de agentes tendrían un recorrido muy breve.

En todo caso, el economista sueco reconoce que hay que tener en cuenta tanto a Hayek como a Minsky, y no se decanta por ninguno: "Ambas teorías tienen su validez; cuánta no es un tema que vayamos a dilucidar aquí". Pero lo cierto es que la descripción de la crisis que hace Leijonhufvud se acerca mucho a la que podría hacer cualquier austriaco, ya que incluso sitúa el "descalce de plazos entre activos y pasivos" como la clave para entender la expansión crediticia y la iliquidez de las entidades.

Tampoco se muestra el sueco muy entusiasta con las políticas de corte keynesiano que han aplicado los gobiernos y los bancos centrales en un momento en que los agentes económicos están sobreendeudados, y pone a Japón como referencia de sus críticas:

Japón ejecutó políticas fiscales keynesianas (…) y se dilapidaron enormes cantidades de dinero en puentes que no llevaban a ninguna parte y en proyectos que –es de esperar– estaban algo más justificados, hasta que su deuda pública creció tanto que se quedaron sin ganas de continuar. Todo para no lograr aparentemente nada. (…) La otra gran lección que debemos aprender de la experiencia japonesa es que una vez que el sistema crediticio ha quebrado, las reducciones en los tipos de interés no sirven para contrarrestar la reducción de la demanda efectiva. [Un diagnóstico, dicho sea de paso, idéntico al que algunos hicimos cuando Bernanke colocó los tipos al 0%].

En definitiva, no es que los austriacos estemos de acuerdo con todo lo que dice Leijonhuvfud, ya que al fin y al cabo sigue siendo un keynesiano –por ejemplo, sí considera que la política fiscal tiene efectos multiplicadores cuando los agentes económicos son solventes, o que el capitalismo, como decíamos, es inherentemente inestable–, pero al menos es un keynesiano que se ha dado un baño de realismo, que ha leído a otras escuelas, que sabe bastante de finanzas y que reconoce cuándo sus ideas no encajan con los acontecimientos. Es, pues, todo lo contrario a un vocero como Krugman o a un fanático como Posner, que se pone a hacer reverencias a Keynes tras haber ignorado durante 70 años su obra.

Leijohnhuvfud y los austriacos hablan más o menos el mismo lenguaje: el de una ciencia económica que debe seguir avanzando mediante la reflexión, la discusión y el contraste de opiniones fundamentadas. Gente como Krugman, Posner o la mayoría de chicaguenses está más interesada en la propaganda, en la agitación y en vivir de las rentas en sus torres de marfil que en hacer progresar la teoría económica; Leijonhuvfud y los austriacos, no. Como parece sugerirles el sueco: "La humildad ante la realidad que pretendemos analizar es también una lección que deberíamos aprender de Keynes". El problema, Leijonhvfud, es que ellos nunca han pretendido analizar la realidad.

De faisanes y otros bípedos

La novedad no es que los socialistas utilicen todos los apéndices del poder del Estado en beneficio propio, sino que el portavoz del PP denuncie pública y enérgicamente una situación de facto inadmisible en un Estado de derecho.

El chivatazo del bar Faisán es una canallada hacia las víctimas del terrorismo y un insulto a todos los españoles, además de un delito que la justicia debiera haber perseguido y castigado con ejemplaridad. En lugar de eso, la Fiscalía solicita el archivo propiciando que el Gobierno pase la última página del vergonzoso "proceso de paz" al que nos abocó Zapatero con la inconsciencia dañina consustancial al personaje.

Y por encima de todo este asunto sigue planeando la sombra rasputínica de Rubalcaba, profundo conocedor de las "cloacas del Estado" en definición de su anterior jefe. No sabemos cómo lo hace este hombre, pero está siempre en el epicentro de los asuntos más sucios que ocurren en España desde hace veinticinco años. Será una coincidencia, claro, pero el hecho es que desde el GAL, no hay desmán protagonizado por los socialistas en contra de los derechos y libertades de los españoles en que el apellido Rubalcaba no aparezca destacado.

Lo del chivatazo al responsable de las finanzas terroristas para evitar su detención, sin que tras su descubrimiento se haya sustanciado dimisión o cese alguno, es un jalón más en la trayectoria de un personaje con una de las biografías más sustanciosas que se recuerdan en el socialismo español, que ya es mucho. El PP debiera haber empezado a pedir con insistencia su cese treinta segundos después de que Zapatero anunciara el nombramiento. Tras cinco años solicitando su decapitación política y abandonando el parlamento cada vez que hiciera uso de la palabra, probablemente hoy no estaríamos escribiendo sobre este asunto.

Es hora de que el bueno de D. Alfredo cumpla su sueño de formar parte en la directiva del Real Madrid para viajar cada domingo con el primer equipo, pero como el presidente es del Barça, prefiere tenerlo en el Gobierno velando por la libertad y la seguridad de todos los españoles. De sobra sabe Zapatero que con la mirada rubalcábida en la nuca, Casillas pararía los penaltis aunque se los lanzaran con una pelota de beisbol.

José Blanco gobierna y decide por ti

Ahora quiere recordarnos, por si lo habíamos olvidado, que "gobernar es decidir", lo cual es cierto pero incompleto: gobernar en plan socialista es inmiscuirse, entrometerse, decidir ilegítimamente por otros, en contra de su voluntad, e imponiéndoles las decisiones de forma coactiva. Blanco asegura que los principios de su Gobierno son "determinación, ambición, sensibilidad y responsabilidad". Veamos.

Determinación: ZP "ha apostado por estar en el G-20. Y lo ha conseguido". Efectivamente, ZP es como un ludópata que juega con dinero ajeno: si se paga el precio pedido y se consiguen los enchufes adecuados uno puede entrar en cualquier parte, y la factura ya la abonarán otros; confundir eso con "una conquista que no tendrá marcha atrás" o con que "España ha consolidado su posición en los centros mundiales de decisión" es una sandez muy patriotera y demagógica. Y en el aspecto técnico de lo que es el determinismo, la acción de este Gobierno no es indeterminada o aleatoria: sus decisiones son peores que el azar, van sistemáticamente en la dirección equivocada.

Ambición: afán de aferrarse al poder como sea no se les puede negar. Haciendo como que se estimula la economía mientras se la mata a conciencia con más y más intervencionismo y gasto público.

Sensibilidad: el Gobierno te ama, se preocupa por ti (cómo te atreves a dudarlo), y "considera que se debe de reforzar el Estado de bienestar para que la crisis económica no derive en una crisis social". Los problemas con el lenguaje y los conceptos de Pepiño le llevan a decir que quizás se refuerce el Estado de bienestar cuando obviamente pretende recordarnos que van a incrementar obligatoriamente la dependencia de la sociedad del Estado, lo cual implicará una crisis social permanente.

Responsabilidad: como sólo llevan cinco años en el Gobierno, ahora van a renovar "los pilares sobre los que se sustenta nuestro crecimiento" porque la herencia económica que recibieron anteayer parecía saludable pero estaba con el colesterol alto la pobre por "el excesivo peso de la construcción residencial". En la primera legislatura no pudieron hacer nada por los líos típicos de las herencias, que se eternizan hasta resolverse, pero ahora se van a poner a ello y van a "involucrar a todas las instituciones y agentes sociales": quieran o no, los van a involucrar pero bien, para que todo el mundo se pringue y participe de la responsabilidad en el desastre.

Así que "el Gobierno decide que en esta crisis, el Estado debe de fortalecer sus resortes". Y dale con el "debe de", que alguien le explique a este genio que eso significa quizás, tal vez, puede ser, y que no casa bien con el tono admonitorio que quiere dar a su discurso. El Estado es tan frágil, está tan inerme, que no es aceptable en esta grave coyuntura que un socialista solamente insinúe que podría ser que hagan algo para fortalecerlo.

No les resulta fácil, pobrecillos, pero van a "recuperar parte de la presión fiscal que hemos bajado en la anterior legislatura". Recuperar siempre suena bien, sobre todo si se nos recuerda que nuestra caldera tiene una "presión fiscal notablemente inferior a la de nuestros vecinos europeos"; no vamos a ser nosotros menos que ellos, faltaría más. Además los malvados capitalistas van a "hacer una contribución adicional" en sus plusvalías, esas que expropian a los honrados trabajadores.

Para aquellos que creen que estamos cerca del Estado mínimo después de estos últimos decenios de ofensiva neoliberal, Blanco nos recuerda que "la política fiscal es claramente redistributiva al destinar más de la mitad de los Presupuestos Generales del Estado al Gasto social". Lástima que lo llamen social cuando quieren decir estatal.

Alguien podría sugerirle que la mentira tiene un límite más allá del cual no cuela: "Los españoles seguirán pagando menos impuestos que cuando llegamos al Gobierno porque hemos sido rigurosos en las cuentas públicas en tiempos de bonanza y tenemos margen para acudir al endeudamiento". ¿Menos impuestos? ¿Rigor? ¿Margen de endeudamiento? Política ficción.

Entre muchas otras memeces propias de su cargo y condición no podía faltar la mención a "la firme lucha contra la gran amenaza del siglo". ¿El socialismo? ¿El estatismo? No… "el cambio climático".

"Sí, gobernar es elegir y esta es nuestra apuesta, clara, firme y decidida". Hemos elegido gastar todo lo que podamos confiscar con la firmeza que da el que nosotros mandamos y el pueblo obedece: está muy claro.

El velo y la cortina

Llama la atención que una cuestión de este tipo motivara que un magistrado que domina como pocos el efectismo aplazara las sesiones de un juicio oral penal para cinco días después, sin que concurriera ninguna de las causas legalmente previstas para hacerlo (art. 746 LECr) y contradiciendo una actuación suya precedente ante una negativa a declarar de un testigo en el juicio del 11-M.

Según las crónicas, el juez había ofrecido a la testigo unas razonadas advertencias en la vista pública para que cesara en su actitud e, incluso, le informó de que podría multarla y procesarla por desacato. Aparte de la evidente necesidad de verificar la identidad del testigo en el mismo momento que presta declaración para evitar suplantaciones de personalidad, una negativa a mostrar el rostro obstaculiza gravemente –si no impide– la imprescindible valoración de credibilidad que debe hacerse a la hora de juzgar. Por otro lado, de admitirse una comparecencia en esas condiciones por parte de un tribunal, se vulneraría el derecho de todo acusado y de las partes en general a un proceso con todas las garantías (art. 24 CE). Incluso cuando se trata de un testigo protegido, el ocultamiento de su aspecto físico no puede afectar a la observación del tribunal, los abogados de las partes y el fiscal.

Sin embargo, el incidente se resolvió de una manera un tanto peculiar. En vez de quedar zanjado en la misma vista pública con una sucinta explicación de que los motivos religiosos invocados para mantener su rostro cubierto no podían prevalecer sobre esas razones y derechos fundamentales, al parecer el juez Gómez Bermúdez interrumpió la vista para reunirse en su despacho con la testigo y la fiscal Delgado, y pactar allí las dimensiones del "destape" de rostro que finalmente se escenificaría con la reanudación del juicio.

Con esa reunión reservada no sólo se interrumpió un juicio, sino que se celebró un acto que debería haber sido público (art. 680 LECr). Un breve receso para que la testigo reconsiderase su posición –como el mismo juez acordó en el caso del extraño episodio de Agustín Díaz de Mera durante el juicio del 11-M– habría evitado toda decisión precipitada.

Pero lo que resulta increíble y un mal precedente es que un testigo pueda "negociar" con el juez y el fiscal de un caso cuándo y cómo va a prestar testimonio en juicio.

Lo que no dicen las encuestas

Más preocupante para el Gobierno es que muestran que ha perdido la credibilidad ante la sociedad. Ocho de cada 10 españoles piensan que Zapatero improvisa y tres de cada cinco desaprueban su gestión y otro tanto está en contra de la subida de impuestos; además el 85 por ciento cree que serán las rentas medias y bajas quienes paguen el atraco fiscal que nos espera. Por si fuera poco, otro 85 por ciento no se traga eso de que lo peor ya ha pasado y se teme lo peor para el año que viene.

Junto a todos esos datos, o quizá incluso por encima de ellos, está la creencia mayoritaria, del 54 por ciento, de que el Partido Popular ganará las próximas elecciones. Hay una masa de votantes poco ideologizados que se deja llevar por la tendencia del momento, y si cala la convicción de que el PP ocupará La Moncloa, será difícil que el PSOE vuelva a ganar.

Difícil. Pero no imposible. A Mariano Rajoy le debe de dar la impresión de que, después de subir el Tourmalet, todo lo que le queda es cuesta abajo. Pero el PSOE le ha ganado dos veces tras dos atentados terroristas convenientemente manoseados por la prensa del régimen. Y la confianza en que el PP va a ganar las elecciones puede convertirse, para muchos, en el temor de que eso es lo que va a ocurrir. Si en Génova piensan que la izquierda no es capaz de darle la vuelta a la situación en una semana, es que no la conocen.

Pero Rajoy es el único líder capaz de tropezar tres veces con la misma encuesta.