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Se pide por favor

Zapatero ha precisado, acaso contagiado de la cara marmólea de su anfitrión Berlusconi, que será "un pequeño esfuerzo". Caldera le viene a La Sexta con el mantra: "Lo que hay que hacer ahora es un pequeño esfuerzo (…) y aportar un poquito más a través de la vía de los impuestos".

El Gobierno gasta el doble de lo que ingresa en partidas como el Plan E, que permite a los ayuntamientos abrir y cerrar zanjas y al Ejecutivo presumir tres meses de estadísticas del paro deshinchadas. Contrata a funcionarios a mansalva cuando las empresas se ven obligadas a renunciar a parte de sus trabajadores. Y se endeuda a velocidades jamás vistas en nuestro país y acapara el crédito que los bancos no pueden ceder a familias y empresas. Pero nos pide a los demás que hagamos un esfuerzo.

Mal está que lleven una vida de gasto sin medida y sin sentido y nos pidan "por solidaridad" (con ellos, claro), que le paguemos los excesos. Mal está que nos pida a los ciudadanos que hagamos lo contrario de lo que hace el Gobierno. Pero el colmo es que no tengan la cortesía de pedirnos las cosas por favor. Yo, por mi parte, diré que, aunque me lo pidan por favor, no pienso hacer voluntariamente ese esfuerzo.

Sólo que, claro está, no es voluntario. Porque, como dice Pedro Ugarte en El País, "El Estado nunca pide. El Estado exige. Y exige porque amenaza. Y no contento con la victoria física, se atribuye la victoria moral y denomina insolidaria cualquier objeción a sus dictados". Es decir, que reviste de esfuerzo por parte de la sociedad su latrocinio. Que además de meter su mano en nuestro bolsillo, una vez llenadas las arcas, nos dice que, en realidad, le hemos dado el botín de buena gana. Nos deja la cuenta tiesa, en plena crisis, pero quiere que nos contentemos colgándonos la medalla de "solidarios". Se lleva nuestro dinero y nos deja el consuelo de los tontos.

Dejen de tomarnos el pelo. Se lo pido por favor.

¡Sionistas jugando al tenis!

Nos quedamos sin saber qué es lo que Zapatero podría hacer por Obama además de aumentar las tropas en Afganistán, que es lo que nuestro presidente se preguntaba en voz alta semanas atrás, pero al menos ya hemos descubierto lo que Barack Hussein puede hacer por Zapatero. Y es que cinco minutos en todos los telediarios y en horario de máxima audiencia charlando con Obama y la encantadora Michelle bien valen el envío de un contingente destartalado a "construir la paz" en territorio afgano.

Es de esperar que los asesores monclovitas consigan hacer entrar en esa cabecita leonesa que las efusiones amistosas no quedan bien en pantalla y que los norteamericanos, por lo general, son menos dados a las expresiones de cariño que los europeos del sur, no sea que Zapatero se deje llevar por la euforia y tengamos otro sofoco internacional de nivel moratinesco.

Para enseñarle qué es lo que no se debe hacer cuando se está con un presidente norteamericano, sólo tienen que mostrarle el vídeo de la entrevista que concedió en 2003 a un programa de televisión presentado por un progre de segunda fila, actualmente exiliado en su Cataluña natal. Zapatero compartía plató con Almodóvar, que no es Barack pero también tiene su puntito, y mientras el conductor del programa decía obviedades supuestamente graciosas, se escuchaba a Zapatero diciéndole al director manchego "te admiro tanto", mientras le ponía la mano en el antebrazo. José Luis, por Dios, moderación.

En todo caso, va a ser realmente divertido ver a todos los progres antiamericanos, valga la redundancia, levitar de entusiasmo con las imágenes del evento cósmico de la Casa Blanca, la sede del maligno hasta que llegó Obama para hacer exactamente lo mismo que Bush en política exterior y enfrentar a los norteamericanos entre sí con medidas radicales, o sea, como Zapatero por estos pagos.

No conocemos aún la agenda de la reunión, pero son dos tipos predestinados a caerse bien. El radicalismo infantil y la metafísica en política internacional son argumentos suficientes para que el próximo 13 de octubre sea "el inicio de una gran amistad". Y si hay que enviar más tropas a cualquier otro lugar del globo se mandan inmediatamente, faltaría más. Y los progres a callar y a trincar la subvención.

Zapabama y Obatero

Por supuesto el dato impresiona, sobre todo después de haber oído a lo largo de casi una década que la globalización y los mercados libres habían conseguido sacar de la miseria a la mayoría de la población y que la pobreza iba siendo cada vez un problema menor.

Para rematar, el PMA relacionó este ininterrumpido crecimiento en el número de hambrientos con la progresiva disminución de las ayudas alimentarias de la comunidad internacional. Las dudas pues resurgen, ¿acaso el capitalismo no es capaz de promover el desarrollo del Tercer Mundo de manera tan eficiente como el intervencionismo estatal?

Bueno, no tan rápido. En realidad es falso que ésta sea la primera vez en la historia en la que sucede esto: en 1970, con la mitad de la población que ahora, el número de hambrientos también se situó en 1.000 millones, cifra en la que prácticamente permaneció durante toda la década. Vamos, que el titular de la FAO y de la PMA –organismos encargados de gestionar parte de esas ayudas– no pretende transmitir una (manipulada) información al mundo, sino promover el alarmismo para continuar, como observaba Peter Bauer, quitando el dinero a los pobres de los países ricos para dárselo a los ricos de los países pobres.

Y es que en los temas de crecimiento suele existir un grave problema de perspectiva que los intervencionistas suelen emplear para embaucarnos. Cuando hablamos de pobreza extrema, malnutrición o insalubridad, buscamos soluciones inmediatas y definitivas. Sin embargo, en estos asuntos, el tiempo es esencial y lo es por dos motivos.

Primero, debemos recordar que el estado natural del ser humano es lo que hoy llamaríamos pobreza, esto es, una carencia casi absoluta de medios materiales con los que satisfacer sus necesidades. La espectacular prosperidad económica de la que ahora disfrutamos las clases medias haría enrojecer de envidia a los faraones o a los monarcas absolutos del pasado; el crecimiento sostenible de nuestra riqueza es un fenómeno casi anecdótico en la historia del ser humano, apenas 200 años que realmente no superan los 40 si de auténtico desarrollo global hablamos.

No en vano, el tema preferido de los economistas clásicos en el s. XVIII y el s. XIX era estudiar por qué unas naciones se enriquecían mientras otras no despuntaban. Adam Smith denominó su obra Una investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones, lo que denota que su mayor preocupación era explicar la dispar evolución de las sociedades de su época.

Y desde luego no es casualidad que unas naciones sean ricas y otras pobres. El enriquecimiento de una sociedad es un proceso muy lento y complejo que no puede resolverse con cuatro soluciones facilonas arbitradas desde una burocracia política. Si lo que deseamos es que una sociedad salga por sus propios medios de la pobreza –esto es, que no malviva parasitando a las economías ricas–, es necesaria la confluencia de un entramado institucional respetuoso con la propiedad privada y de una progresiva acumulación de capital a través del ahorro. Ambos factores pueden promoverse, aunque no imponerse, mediante la liberalización del comercio y de los flujos internacionales de capital –la maldita globalización–, pero por sí solos no son garantía ni de que un Estado tercermundista vaya a ser respetuoso con la propiedad de nacionales y extranjeros, ni de que la población abandone su cultura de autoabastecimiento para integrarse en un esquema de división internacional del trabajo.

De momento, por desgracia, el librecambismo está en retroceso en el mundo y las ínfulas proteccionistas están resurgiendo con la excusa de la crisis económica. No es que hayamos gozado hasta la fecha de un auténtico comercio libre –sin restricciones arancelarias, cuotas a la importación, sectores, como el agrícola, artificialmente mantenidos con subvenciones…–, pero los tiempos no parecen propicios para que los mercados sigan abriéndose camino.

El segundo motivo que hace necesaria una cierta perspectiva en temas de desarrollo es que, precisamente por la complejidad y la lentitud del proceso, los cambios de un año a otro no suelen ser demasiado relevantes, y se vuelve preciso observar series con un mayor recorrido histórico.

Sin entrar a valorar las definiciones y las mediciones que la PMA –una agencia dependiente de las Naciones Unidas– realiza sobre el número de hambrientos, la aparente evolución catastrófica que se desprende de la noticia exagera la realidad. En este gráfico, por ejemplo, podemos observar un inquietante aumento de su número en el mundo: de 857 millones en 2001 a 1.002 en 2009. En una de las décadas de mayor crecimiento (al menos aparente) de nuestra historia, el número de hambrientos ha aumentado en casi 150 millones.

Lo que oculta el gráfico es que, durante ese mismo período, el número de individuos en el mundo se ha incrementado en más de 600 millones. Dicho de otra manera, unos mercados relativamente libres, a pesar de sufrir la mayor crisis de la historia reciente, han sido capaces durante la última década de crear riqueza y alimentos para 450 millones de nuevas personas. De hecho, entre 2001 y 2006 pese a que la cifra absoluta de hambrientos se incrementó ininterrumpidamente, su porcentaje sobre el total de la población en el Tercer Mundo disminuyó desde el 16% al 15%. Sólo con la crisis ha vuelto a repuntar este año hasta el 16,6%.

Aunque, como digo, no conviene perder la perspectiva. En 1970 este porcentaje alcanzaba el 37%, en 1980 el 29%, en 1990 el 20% y en 1996 el 18%. Pero tampoco se trata de que, como parece, hayamos perdido con la crisis más de una década, es que en esa década han aparecido en el mundo mil millones de bocas más que alimentar.

Y los problemas, pese a las cifras, se concentran cada vez más en el África subsahariana. Hace 40 años el 43% de la población asiática –gracias a la impagable impronta del comunismo– pasaba hambre, hoy sólo el 15% (y ello pese a que su población se ha duplicado); en el África subsahariana, sin embargo, el porcentaje apenas ha variado del 35% al 31%.

África sigue siendo el farolillo rojo del desarrollo precisamente porque no se ha incorporado a la globalización: sus índices de libertad económica siguen siendo desastrosamente bajos y ello impide, en última instancia, cualquier tipo de prosperidad. De hecho, a poca libertad que se les conceda a los africanos, como en el caso de Botswana, rápidamente saben aprovecharla para generar riqueza.

Pero esto supone un proceso lento, para el que no existen vías rápidas. La PMA se queja de que los gobiernos han dejado de dar tanto dinero como antes en ayuda al desarrollo, sin embargo esta crítica está lejos de ser imparcial, ya que, como apuntaba, la PMA es uno de los organimos que gestiona esas millonadas.

Desde 1950, los países ricos han entregado a los pobres 2,3 billones de dólares en ayudas, algo así como dos veces el Plan Marshall. Y, sin embargo, el resultado ha sido decepcionante. En el gráfico puede observarse la destructiva influencia que la ayuda a África ha tenido sobre el crecimiento del continente: a más ayudas, más estancamiento.

Como explica el experto en temas de desarrollo William Easterly, la ayuda al Tercer Mundo, aparte de los nocivos efectos que pueda tener a la hora de consolidar regímenes tiránicos, promueve la especialización económica de las sociedades pobres, no en bienes y sevicios que les permitan insertarse en la división internacional del trabajo, sino en los bienes y servicios que los burócratas creen que son mejores para ellos, lo cual dilapida su tiempo, sus recursos y su riqueza.

Puede que la crisis –consecuencia, no lo olvidemos, de las políticas intervencionistas en materia monetaria– haya supuesto un parón en el desarrollo y en la reducción de la pobreza que se inició hace cuatro décadas. Pero desde luego, la erradicación del hambre no vendrá de la mano de gobiernos y burocracias ahítos de quitarle más dinero al empresario, sino de la continua extensión de los mercados a todos los lugares del mundo… incluyendo a África.

1.000 millones de hambrientos

Curioso. La única política económica posible pasa por subir los impuestos cuando están despilfarrando el dinero ajeno con ferocidad. Será porque para el PSOE –en realidad, para todos los partidos políticos– las reducciones de las exacciones tributarias son meras tácticas dentro de una estrategia mucho más ambiciosa destinada a incrementar el poder y el tamaño del Estado.

Sin embargo, siendo grave que Zapatero quiera arrebatarles 16.000 millones adicionales a los españoles cuando casi le golpean la cara los 20.000 millones que está dilapidando en variadas subvenciones que sólo distorsionan la economía española y la extranjera, querría echar la vista un poco más atrás.

Estos 30.000 prescindibles millones de euros equivalen a casi la mitad de la recaudación por IRPF en 2008, a casi dos tercios de los ingresos por IVA y a más de la totalidad de los impuestos especiales y del de sociedades. O dicho de una manera más sencilla, en 2008 Zapatero podría haber reducido en un 50% el IRPF o haber dejado el tipo máximo del IVA en el 6% o haber eliminado todos los impuestos especiales o el impuesto de sociedades.

A la luz (u oscuridad) de lo anterior se impone la pregunta. ¿Cuántos impuestos superfluos, redundantes, innecesarios y absurdos hemos estado pagando durante años los españoles para que nuestra casta política se montara su particular cortijo? Ni siquiera estoy hablando de la muy necesaria privatización del Estado de bienestar y su progresiva sustitución por una sociedad de propietarios. No. Me refiero a esas partidas que se han ido adhiriendo al presupuesto como garrapatas y cuya finalidad es comprar votos y crear mantenidos del régimen.

Repito, ¿cuánto dinero nos han estado quitando impunemente los burócratas apelando a nuestro bienestar cuando en realidad lo estaban machacando con fruición? ¿Cuánto han lastrado nuestro desarrollo y nuestra prosperidad esos agujeros negros anuales de 30.000 millones que cada familia y compañía española tenía que sufragar para que nos compliquen la vida financiando a fanáticos sindicatos, improductivos colectivos culturales, empresarios ineficientes, promotores necesitados y tiranos extranjeros?

Dicen que vivimos en la era del ultraliberalismo y del retroceso permanente del Estado. Que se lo digan a nuestros políticos y a sus clientes.

El botín de los 30.000 millones

Y es precisamente ese humor el mejor arma que un grupo de jóvenes españoles, hebreos o no, han encontrado para responder a través de internet al antisemitismo de Ahmadineyad y al de aquellos que, escudándose en la forma moderna y políticamente correcta de judeofobia llamada antisionismo, proclaman el boicot contra Israel y algunos de sus cantantes como Noa.

Han elaborado un video en el que subtitulan un discurso del fanático presidente de Irán para "hacerle" dirigir un mensaje al pueblo español en el que le anima a hacer boicot a las semifinales de la Copa Davis entre España e Israel. Para hacer más evidente la broma le atribuyen a Ahmadineyad frases como "¿Acaso alguna vez habéis visto un judío jugando al tenis? ¿Qué va a ser lo siguiente, pelota vasca?" o que "este partido no es más que una excusa para llenar Murcia, la perla de Al-Andalus, de espías homosexuales". Lo realmente lamentable es que, de conocer algo de España y la competición deportiva en cuestión, el integrista mandatario persa sería capaz de decir frases así.

Este vídeo forma parte de una original y bien hecha campaña que no requiere muchos recursos. Hazle boicot al boicot trata de mostrar de manera amena y didáctica la verdadera naturaleza radicalmente antisemita de aquellos que desde Occidente llaman al boicotear todo lo que tenga que ver con Israel. A la hora de combatir la judeofobia, tanto en sus variantes más antiguas pero todavía vivas como en la versión moderna antisionista, es fundamental la explicación. Sin embargo, muchos no escuchan argumentos estructurados o no leen textos de más de unas pocas líneas. Por eso iniciativas como la que ahora comentamos, que es una buena muestra de cómo se pueden transmitir a través de la red ideas, resultan especialmente interesantes.

El humor es uno de los mejores vehículos para transmitir ideas, pero también prejuicios. La contraparte es que también sirve para contrarrestarlos. Y en eso consiste el Mensaje de Ahmadineyad al pueblo español. Junto con el resto de la campaña, demuestra cómo con pocos medios, inventiva e ingenio se puede responder de modo inteligente y efectivo a una de las ideas preconcebidas que más daño ha hecho en los dos últimos milenios, el antisemitismo. Este modelo sirve para transmitir cualquier tipo de pensamiento, por lo que hay que felicitarse por el hecho de que en esta ocasión se haya utilizado para algo positivo.

Si después de ver el vídeo y visitar la web de la campaña sigue pensando que el boicot a Israel es algo justo, le recomiendo que visite Rap2Spain. Tal vez eso le aclare algo más las cosas.

70 años de Estudio

No diré con libertad, porque Estudio nació en el albor de la dictadura, de un régimen que aún continuaba la guerra por otros medios. Aquél 1940, Jimena Menéndez-Pidal fundó Estudio junto con Ángeles Gasset y Carmen García del Diestro. Jimena, su solo nombre ha impuesto el respeto de tres generaciones de alumnos de Estudio, tuvo las mejores oportunidades para formarse como una gran intelectual. Tenía en su casa al filólogo e historiador por excelencia de la generación del 98.

Se formó en la Institución Libre de Enseñanza, cuyos métodos llevó, en parte, a su obra más destacada, y que no es otra que Estudio. La ILE, como ha contado recientemente Alicia Delibes, resultó en un fracaso educativo notable. Por eso, entre otras cosas, tiene tanto mérito que Estudio no sólo no haya compartido con la Institución Libre de Enseñanza el fracaso, sino que incluso se convirtiese en una institución de relevancia, con una calidad educativa reconocida. Quizá sea porque Jimena, como su madre, fue una gran pedagoga.

Estudio busca un equilibrio entre la formación intelectual de los alumnos y su aprendizaje físico y estético. El colegio busca el desarrollo integral de la persona, más allá de la simple instrucción que, claro es, no se deja de lado. También busca que sus alumnos tengan un contacto con la naturaleza fruto del conocimiento, o al menos de la curiosidad.

Se dice de Estudio que es una institución liberal. Será porque ha sido el primer colegio en que chicos y chicas compartían clase, en una clara violación de la ley que el régimen sólo le permitía a Jimena. Será, también, porque es un colegio laico, aunque esté fundado por tres catoliconas y se represente entre sus muros un bellísimo Auto de Navidad. Será por los rastros de tradición republicana. Liberal o no, lo cierto es que está inspirado en una concepción del ciudadano que es más rica de lo que pueda enseñar una asignatura específica.

En este año cursarán alumnos que son ya la cuarta generación de Estudio. Hoy, este colegio no es tan descollante como lo fue en la dictadura porque, afortunadamente, muchas de las características que le son propias se han extendido a todo el sistema educativo.

Es inevitable pensar qué hubiera pasado si no se hubiera dado la paradoja de que la llegada de la democracia no viniese acompañada de la libertad de enseñanza, que es empresarial y educativa. El Estado se viste con nuevos ropajes, pero se resigna a controlar las mentes de nuestros hijos. ¿Qué nuevas formas de enseñar, qué nuevas propuestas, qué experiencias no podríamos haber ganado si fuera plenamente libre crear un colegio y elegir el modo de instruir a sus alumnos? Sólo lo podemos imaginar cuántos Estudios habrían surgido en los últimos 30 años.

Renovables, periodismo, verdes y rojos

Pere Rusiñol, en Público, y Rafael Méndez en El País, presuntos investigadores e informadores, más bien parecen mamporreros agitadores de la opinión pública o escribanos a sueldo de poderosos grupos de interés receptores de multimillonarias subvenciones.

Según Público "El lobby neoliberal del PP boicotea a España en EEUU". No dan una: el Instituto Juan de Mariana (IJM) no es un lobby, es liberal (o incluso ultraliberal, como luego reconocen más bien como un insulto), no es del PP (ni nos protegen ni nos alimentan, más bien les damos bastante miedo por ser políticamente incorrectos y poco inclinados a la obediencia política) y no se dedica a boicotear a España (curiosa preocupación por esa entidad discutida y discutible viniendo de los protegidos de ZP).

El sector español de la energías renovables (básicamente eólica y solar y los bancos y grandes fortunas que las financian), parasitario de los contribuyentes españoles, difícilmente puede confundirse con la nación española en su conjunto. Ahora pretenden parasitar al contribuyente estadounidense (el español no da más de sí) y se han puesto bastante nerviosos cuando sus suculentos contratos con Obama se han visto en peligro. Solución: matar al mensajero, acusándolo de antipatriotismo por "la campaña más organizada y dura contra España en el exterior". Qué poderío tenemos.

Muchas de las memeces del artículo de Pere Rusiñol ya están desmontadas aquí. ¿Son simples errores de alguien poco hábil o se trata de mentiras producidas a conciencia para la intoxicación ideológica del lector del panfleto ultraizquierdista? Ese lector intelectualmente tan brillante que produce comentarios tan valiosos como recordar que el delito de alta traición está absolutamente vigente.

Este gran detective es incapaz de ofrecer ni una sola crítica concreta contra los contenidos del estudio, sólo asegura que "ha sido contestado por los expertos salvo los adscritos al campo negacionista". Tras tanto investigar nos quedamos sin saber qué dicen en detalle esos expertos no identificados.

Un presunto "consultor medioambiental de Estados Unidos" asegura que se trata de destruir "la marca España como modelo verde". Aparecen también en esta película la Secretaría de Estado sobre el Cambio Climático, la Fundación Ideas del PSOE, y el Center for American Progress, think tank próximo a los demócratas: claramente todos son partes desinteradas plenamente objetivas y sin ninguna posibilidad de contaminación política.

También está la Asociación de Productores de Energías Renovables (APPA), seguramente los más imparciales y altruistas de todos. Según Javier García Breva, uno de sus directivos, muy dolido con el informe, pobrecito, les ha hecho pupa: "Hemos creado una industria nacional con tecnología propia y ahora se daña su imagen. El informe perjudica mucho los intereses de la industria española y nuestra posición de liderazgo mundial". Olvida mencionar que todo lo creado ha sido fundamentalmente gracias a las subvenciones estatales, que han impedido que se desarrollen otras industrias (ellos no son toda "la industria española" por mucho que se crean el ombligo del mundo) y tecnologías más competitivas y demandadas por los consumidores. La burbuja, porque eso es lo que era, ha resultado insostenible, por mucho morro que le echen asegurando que promueven la economía con dicho calificativo.

Según Rusiñol, Aznar "anunció su intención de acompañar a Calzada a la cumbre escéptica de Nueva York". Es que Gabriel Calzada es casi omnipotente: no es que él acompañe a Aznar, sino que Aznar lo acompaña a él, qué fuerte. Pero quien realmente acompañó a Calzada a esa conferencia fui yo, y no lo hice como sustituto de nadie, ya que Aznar iba o no iba, pero lo hacía por su cuenta y sin relación alguna con el IJM. Una característica esencial de la inteligencia es saber distinguir las cosas que son diferentes: en Público parecen no comprender que FAES y el IJM no son la misma cosa y que FAES no ha tenido nada que ver con este estudio.

Eso sí, debo agradecer al señor (por llamarlo de alguna manera) Rusiñol que haya descubierto que, además de miembro del IJM (lo que es cierto y yo ya sabía), resulta que soy liberado de Libertad Digital y no sólo colaborador de opinión. Estoy pensando consultar con mis asesores jurídicos para analizar qué acciones legales tomar ante esta grave situación: no queda claro de qué me han liberado, pero es de todo punto inaceptable que ni siquiera se hayan molestado en comunicármelo.

Por su parte Rafael Méndez asegura que "Un informe encargado por la Administración Obama desmonta el estudio de FAES que atacó la inversión pública en renovables". Son un poco pesaditos con FAES, que está chupando cámara sin merecerlo (en el titular de la noticia ya los han borrado sin reconocer el error).

Podemos estar tranquilos porque "Los expertos de la agencia de Estados Unidos niegan que las energías limpias destruyan empleo". ¿De qué agencia se trata? Del Laboratorio Nacional de Energías Renovables, que naturalmente depende del Estado: se supone que son totalmente inmunes a la política y su palabra es la verdad oficial.

Según Méndez "En síntesis, Calzada asegura que si toda la inversión pública que han recibido las renovables lo hubieran gastado las empresas habrían creado mucho más empleo". Obviamente la síntesis no es su fuerte: obsérvese como lo público "invierte", pero las empresas sólo "gastan", aunque normalmente son las empresas las que reparten dividendos cuando pueden.

Naturalmente que "crear empleo para juristas o médicos cuesta más que crear empleo para profesionales administrativos o clericales", o como asegura el presidente de la Asociación Empresarial Eólica, José Donoso: "Si se trata de ver cuánto cuesta cada empleo, que el Estado nos dé a todos un trozo de madera y un cuchillo y hagamos zuecos. Así cada empleo sale muy barato". Hay sectores industriales que utilizan más capital (tecnológico o humano) y otros que utilizan menos. En este caso el Estado ha decidido fomentar empleos más intensivos en capital: curioso esto de los rojos declarados favoreciendo a los capitalistas, algo no encaja. Donoso quizás no entiende que la alternativa a que el Estado cree empleos caros no es que el Estado cree empleos baratos, sino que el Estado no interfiera en la creación de empleos del sector privado no protegido, que es el que realmente sirve de forma competente y honesta a los ciudadanos.

Como el lector del antiguo diario del gobierno socialista quizás no es tan descerebrado como el de su actual panfleto de propaganda, Méndez al menos ofrece algunos argumentos: lástima que todos sean profundamente defectuosos y sólo aptos para incautos.

Sí que es cierto que el sector de renovables español exporta mucho (o lo hacía, habrá que ver qué pasa con la crisis): cuando te subvencionan en casa y te subsidian fuera el negocio es redondo. También producen un porcentaje considerable de la energía eléctrica, pero lo hacen al precio más caro de todas las alternativas disponibles. Se evitan importaciones de combustibles fósiles, lo cual es positivo si uno considera que el comercio internacional es malo y la autarquía buena. Tal vez al haber sido de los primeros en el mundo el sector español de renovables algún día sea el más competitivo de todos: pero sólo tal vez (los niños sobreprotegidos suelen acabar malcriados), y olvidando que otros sectores se habrán visto castigados al tener que costear esos privilegios. Si triunfaran a gran escala, ¿se les exigiría que devolvieran todo lo que recibieron como ayuda?

Por último, que todas las energías recibieran en su momento o sigan recibiendo subvenciones no implica que esa situación sea justa ni eficiente: es simplemente la típica estupidez igualitarista.

Cambiemos la cerradura

En tiempos inmemoriales se erigieron montañas, se desplazaron ríos, se formaron lagos. Nuestra amazonia, nuestro chaco, nuestro altiplano y nuestros llanos y valles se cubrieron de verdores y flores. Poblamos esta sagrada Madre Tierra con rostros diferentes, y comprendimos desde entonces la pluralidad vigente de todas las cosas y nuestra diversidad como seres y culturas. Así conformamos nuestros pueblos, y jamás comprendimos el racismo hasta que lo sufrimos desde los funestos tiempos de la colonia.

De esta forma comienza el preámbulo de la constitución del Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario de Bolivia (sic), una constitución redactada a mano alzada por los grupos indigenistas que apoyan a Evo Morales y su Movimiento al Socialismo, que atribuye al Estado la propiedad de los recursos naturales susceptibles de explotación, incluye en el sistema de salud pública los ritos curativos tradicionales y en el de justicia las tradiciones indígenas para castigar delitos, establece como principio transversal el resarcimiento del daño causado por la "colinización" española y permite a su actual presidente perpetuarse en el poder indefinidamente a imitación de su padrino venezolano.

Todo un ejemplo de democracia moderna, como se ve, que la izquierda española aplaude a rabiar cuando su protagonista se da una vuelta por la odiada metrópoli para insultar a sus habitantes. Pero por debajo de las apelaciones a la Pachamama y de los carísimos trajes de diseño con aires precolombinos, Morales ha venido a cobrar la deuda que la propia izquierda española se ha ofrecido siempre a satisfacer para lavar su absurda mala conciencia. Setenta millones de euros setenta es lo que se lleva para Bolivia en concepto de condonación de su deuda exterior con España. Una pastizara que todos los contribuyentes tendremos que financiar, para que Evo Morales nos perdone por haber llevado la civilización a las tierras andinas. No lo hará, claro, porque como miembro destacado de la extrema izquierda populista, sabe muy bien que el odio al capitalismo y a la civilización occidental proporciona grandes apoyos políticos y financieros entre la izquierda española, tan populista como la hispanoamericana cuando no más radical.

Y como cada vez que hay un sarao izquierdista, Gallardón se ha sumado a este espectáculo lamentable de desfondamiento nacional entregándole al cobrador del frac de alpaca las llaves de la ciudad. Las de su casa no, claro, que no está la economía para cambiar cerraduras cada dos por tres. Ahora bien, una cosa hay que reconocerle al alcalde madrileño: su vista de lince para ganar apoyos a la candidatura olímpica de Madrid. Con Chávez y Morales damos un paso de gigante. En cuanto venga Ahmadineyad las olimpiadas están en el bote.

Sí había alternativa

Se nos dijo en aquel momento, cuando las obscenas reuniones entre políticos y banqueros se extendían con sorprendente descaro por todo el orbe, que no había alternativa, que era necesario recapitalizar a la banca –a toda la banca– para evitar males mayores.

En Estados Unidos fue una mentira difícil de digerir y llegó a costarle una humillante derrota en la Cámara de Representantes a George Bush. En España coló con la habitual mansedumbre que nos caracteriza; la izquierda les regalaba carretillas de dinero a los banqueros y a sus compinches de las cajas, mientras el proletariado nacional, ése que según nuestro ínclito presidente del Gobierno no va a sufrir las consecuencias de la crisis, y la derecha, ésa que debe articular una alternativa liberal-simpática al fiasco socialdemócrata actual, se plegaban ante la "única política económica posible". Pero, ¿realmente era la única posible?

En el Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana hemos publicado un extenso análisis del derrumbe del sistema financiero internacional hace ahora un año. De él se desprende que había al menos dos alternativas al rescate del sistema financiero tras la quiebra de Lehman.

La primera, y más evidente, es no haber generado la crisis, esto es, haber eliminado todos los incentivos para que todas estas entidades se endeudaran masivamente a corto plazo con la finalidad de invertir a largo plazo. La iliquidez que arrastraban la banca, las aseguradoras y las agencias hipotecarias en su balance era de tal calibre que si acaso sorprende que no quebraran mucho antes.

Para que nos hagamos una idea, la mayoría de los bancos estaban apalancados más de 30 veces sobre su capital. Sería como si a una persona que sólo tiene en propiedad 10.000 euros, se le concediera una hipoteca de 300.000 euros. Pero el asunto era aún peor, ya que más de la mitad de ese dinero recibido a préstamo vencía a corto o a muy corto plazo; ¿se imagina que cada semana o cada día tuviera que renegociar 150.000 euros de su hipoteca? Mas los problemas no terminaban aquí: partes muy sustanciales de ese dinero se invirtieron no sólo a largo plazo, sino en activos cuyo valor estaba tremendamente inflado: como si usted hubiese utilizado los 300.000 euros para comprar un inmueble que dentro de unos años valdrá 150.000 euros.

La situación era dramática y en drama se tornó. Cuando las inversiones de Lehman comenzaron a pinchar, sus acreedores a corto plazo dejaron de renovarle los préstamos y el banco de inversión se vio obligado a echar el cierre, generando un pánico sobre el resto del sistema financiero que a punto estuvo de costarle la vida de no ser por la onerosas inyecciones estatales de dinero.

Por consiguiente, la manera más clara de haber evitado esta situación habría sido no generándola, esto es, eliminando los enormes incentivos que existen para que los bancos se endeuden a corto plazo e inviertan a largo, provocando el ciclo económico. Básicamente, como decía Alan Greenspan en sus tiempos más honestos, volver al patrón oro para evitar que los bancos centrales puedan inflar artificialmente el crédito y crear burbujas sobre todo tipo de activos.

Sin embargo, en pleno 2008 esta alternativa servía de más bien poco. La crisis estaba ahí y había que encararla de alguna manera. Los gobiernos optaron, como decía, por recapitalizar la banca para evitar que quebrara, y nos juraron que no cabía otra posibilidad. Pero mintieron.

Habría bastado con que los acreedores del sistema financiero hubiesen convertido, en el peor de los casos, el 8,5% de sus créditos en acciones para que toda –repito, toda– la banca estadounidense hubiese evitado la quiebra sin necesidad de meter un solo dólar del contribuyente. Situación bastante parecida a la española, con la salvedad de que este proceso habría implicado que los políticos renunciaran a sus chiringuitos, privatizando las cajas de ahorro.

La estrategia de convertir deuda en acciones es muy habitual en los procedimientos concursales. Aquellos acreedores que confían en la viabilidad del negocio, en lugar de liquidarlo aceptan pasar a ser sus propietarios. Lo mismo podría haberse hecho con el sistema financiero internacional: si yo hubiese prestado 100 euros por ejemplo a Citigroup, éste me debería haber devuelto 91,5 euros y los 8,5 euros restantes me los habría pagado en forma de acciones del banco; una vez evitada la quiebra, el banco habría podido volver a generar beneficios, con lo que el precio de sus acciones habría aumentado, y yo sólo tendría que haberla vendido para recuperar el monto total de mi préstamo.

De hecho, en la práctica es muy posible que hubiese hecho falta bastante menos dinero que el 8,5% de los pasivos de la banca para recapitalizarla. Al fin y al cabo, numerosos bancos llevaron a cabo importantes ampliaciones de capital que podrían haber sido incluso superiores sin la intervención pública. No en vano, por lo que ha trascendido de la reunión del 13 de octubre de 2008 entre el secretario del Tesoro, Henry Paulson, y los principales bancos de Estados Unidos, la mayoría de éstos sólo aceptó el dinero público bajo amenaza del propio Paulson. Es más, el consejero delegado de uno de los mayores bancos de Estados Unidos, Wells Fargo, no ha ahorrado críticas al plan de rescate público de la banca, por considerar que redujo enormemente el margen de maniobra de las entidades para recapitalizarse en el mercado.

Desde luego, no puede decirse que el rescate público fuera un éxito. En un momento de contracción y restricción crediticia, dio paso a la emisión de cientos de miles de millones de dólares en deuda pública, lo que redujo todavía más el crédito disponible para el sector privado. Y todo para salvar sin criterio alguno a una gran cantidad de entidades con problemas, convalidando con nuestro dinero las buenas pero también las malas inversiones que hubiesen realizado.

Los políticos justificaron sus planes de rescate en la promesa de que volvería a fluir el crédito, pero éste sólo se empantanó aún más, provocando, entre otros, el derrumbe del consumo a crédito y trasladando la crisis a la economía real. Fue este fenómeno, erróneamente asociado con una crisis de demanda, el que dio alas a los demagogos keynesianos para proponer todo tipo de programas de estímulo que sólo han hecho que lastrar la recuperación y generar un endeudamiento propio de tiempos de guerra que, siendo optimistas, terminarán pagando nuestros nietos.

La mala intervención pública inicial –las expansiones crediticias de la Reserva Federal– dieron lugar a nuevas intervenciones –rescate de la banca–, que a su vez favorecieron aún más intervenciones estales –planes de estímulo keynesianos–, a cada cual peor. Había alternativas más orientadas hacia el mercado, pero ninguna de ellas se siguió. Porque para la mayoría de los políticos, de lo que se trata en esta crisis no es de recuperarnos, sino de estrangular la libertad, incrementar su poder, gastar a manos llenas, hiperregular el mercado y entonces, sólo entonces, no entorpecer la recuperación. Pero sí, el culpable de todo esto es el sistema capitalista. Qué duda cabe.

Sociedad del desconocimiento

Con este proyecto, el presiente del Ejecutivo pretende, una vez más, vender humo, sólo que a precio de oro. La nueva Ley de Economía Sostenible, más allá de escandalosa improvisación, restaura el dirigismo estatal en la inversión exterior, propio del régimen franquista, e impulsa a golpe de decreto el modelo energético más caro e ineficiente que existe en la actualidad (energías renovables).

Su coste estimado: 20.000 millones de euros. Un dinero que saldrá del bolsillo de los contribuyentes, ya que el proyecto abre la puerta a la creación de nuevos impuestos verdes para poder financiar tal despilfarro de recursos públicos.

No es algo nuevo. Hoy es la "economía sostenible" –más bien, insostenible–, ayer fue la "innovación y el desarrollo" mediante las políticas de I+D+i. En 2005, apenas un año después de llegar a La Moncloa, Zapatero también anunció a bombo y platillo un ambicioso plan de inversión pública para fomentar la innovación, dotado con 2.800 millones de euros. El objetivo entonces era situar a la "sociedad del conocimiento" como eje vertebrador de la nueva estructura económica.

Cuatro años después, los resultados no pueden ser más claros. Según el Indicador sobre Innovación, que elabora la Comisión Europea, España ha perdido peso en innovación tecnológica durante la pasada legislatura. En concreto, bajó un puesto en el ranking tecnológico mundial en 2007. España con 0,31 puntos apenas supera a países de la talla de Malta (0,29), Lituania (0,27) o Hungría (0,26), y se coloca justo por detrás de Chipre, cuyo indicador tecnológico alcanza el 0,33. De este modo, España se aleja de la media comunitaria en materia de innovación, con 0,45 puntos en 2007.

Muchos pensarán que el esfuerzo inversor del Gobierno ha sido insuficiente en esta materia, pero los datos muestran una realidad distinta. El gasto público de España en innovación no es muy inferior a la media de la UE: 0,51 puntos frente a 0,65, respectivamente.

La clave reside en la falta de inversión privada. Es aquí donde las diferencias, simplemente, se disparan: 0,61 frente a 1,17 puntos de media europea; gasto empresarial en innovación (0,94 frente a 2,15); empleo en servicios de alta tecnología: (2,68 frente a 3,26 de la UE); exportación de productos tecnológicos (4,7 frente a 16,7); número de patentes en la UE (30,6 frente a una media europea de 128 por millón de habitantes); número de patentes en EEUU (6,5 frente a 52,2 por millón).

Es decir, hoy por hoy, España no es un país atractivo para que el capital privado invierta en I+D. Y es que, a diferencia de lo que piensa Zapatero, son las empresas, no el Estado, las impulsoras de la innovación para mejorar sus productos, incrementar sus ventas y lograr beneficios. Véase, por ejemplo, el caso de Microsoft que, pese a la crisis económica, recluta a cientos de universitarios cada año para mejorar su capital humano. ¿Sueldo? Hasta 6.000 dólares al mes, siendo simples becarios. Por el contrario, el único incentivo del Gobierno en esta materia consiste en vender su proyecto a la opinión pública para ganar votos.

Lo privado y lo público siguen estrategias distintas, ya que responden a intereses opuestos. No obstante, apenas cuatro años después, Zapatero está dispuesto a recortar el presupuesto del Ministerio de Ciencia e Innovación ante la necesidad de reducir el déficit público que él mismo ha generado. Por desgracia, ya tiene en mente un nuevo proyecto, el de la "economía sostenible", mucho más costoso que el de I+D, para tratar de engañar al electorado con falsas promesas.

La inversión en innovación y desarrollo, factor clave para la productividad de un país, no crece a base de gasto público, sino generando las condiciones idóneas para atraer capital privado (inversiones), multinacionales (empresas) y talento (recursos humanos de alta cualificación). En realidad, no es tan difícil. Tan sólo es necesario sustituir las ingentes subvenciones públicas que se malgastan en proyectos inútiles (léase con atención este ejemplo) por la reducción de trabas, impuestos y burocracia. Es cuestión de dar facilidades a la iniciativa privada, cuantas más mejor.

Curiosamente, el Gobierno socialista ha hecho justo lo opuesto. Y es que, la nueva Ley del Medicamento que aprobó en 2006 la actual ministra de Economía –entonces responsable de Sanidad–, Elena Salgado, asestó un duro golpe al sector farmacéutico nacional, líder de I+D en España. Debido a esa norma, las empresas dejaron de invertir 1.500 millones de euros en I+D hasta 2010. Dentro de cuatro años, quizá menos, hablaremos del rotundo fracaso de la nueva Ley Verde.