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España recurrirá al FMI

Dicho estudio ha tenido eco en los principales medios de comunicación, tanto nacionales como internacionales. No es para menos. Y es que, a diferencia del diagnóstico oficial que trata de vender el Gobierno, España se enfrenta a una peligrosa espiral deflacionista, un colapso inmobiliario histórico, una grave crisis bancaria y un paro superior al 25%.

Dada la situación, estos mismos analistas añaden que los acreedores de España –Francia y Alemania– tendrán que acudir al rescate de una deuda que, hoy por hoy, es incobrable. El país se enfrenta a un gravísimo problema de endeudamiento, no sólo privado sino, ahora más que nunca, también público. Zapatero ha encomendado toda su política económica a la emisión masiva de bonos del Tesoro con la ilusoria esperanza de resucitar la demanda agregada y mantener artificialmente el mayor número de puestos de trabajo posible.

El resultado visible, el único que el Gobierno se esmera en destacar, es el aumento de las matriculaciones de coches (gracias a su Plan 2000E de ayudas públicas) y la ocupación de 400.000 trabajadores en su Plan de Inversión Local para la realización de obras públicas de diversa índole en los ayuntamientos.

Esto es "lo que se ve", pero la clave reside en "lo que no se ve", tal y como advertía el maestro liberal Henry Hazlitt en su obra La economía en una lección, cuya lectura recomiendo encarecidamente.

El sofisma básico de la "nueva" Economía consiste en concentrar la atención sobre los efectos inmediatos de cierto plan en relación con sectores concretos e ignorar o minimizar sus remotas repercusiones sobre toda la comunidad […] Cuando [los economistas] ignoran o desprecian los efectos remotos, están incidiendo en un error de mayor gravedad. Su preciso y minucioso examen de cada árbol les impide ver el bosque.

El déficit público se ha multiplicado por cinco en el último año, hasta rozar los 50.000 millones de euros el pasado julio. De hecho, tan sólo en el último mes se ha disparado un 28,7%. Economía acaba de confirmar que el Estado está gastando el doble de lo que ingresa vía impuestos: mientras que los pagos ascendieron a 107.639 millones de euros los ingresos apenas sumaron 57.952 millones.

Este ritmo de endeudamiento público es, simplemente, insostenible. El déficit superará la barrera de los 100.000 millones de euros el presente año (el 10% del PIB), y la subida de impuestos que pretende aprobar Zapatero no impedirá que el desequilibrio presupuestario siga aumentando en 2010. La respuesta no reside en incrementar la presión fiscal sino en reducir drásticamente el gasto público.

De lo contrario, el manantial de liquidez que, en la actualidad, ofrece el Tesoro se acabará agotando por completo. Y cuando esto suceda, será entonces cuando el Ejecutivo tendrá que rogar compasión a los acreedores de la zona euro, o bien echar mano del Fondo Monetario Internacional (FMI), el prestamista de última instancia al que recurren los países. 

No es algo nuevo. El Estado también quiebra. De hecho, este tipo de bancarrotas son más frecuentes de lo que se piensa, sobre todo, en un contexto de crisis crediticia y bancaria como la actual. España, curiosamente, lidera el ranking de las suspensiones de pagos a lo largo de la historia.

En Gran Bretaña ya se debate abiertamente esta posibilidad desde hace meses, y los últimos datos que arrojan sus cuentas públicas acrecientan el riesgo de tener que acudir a un crédito extraordinario del FMI. Así, Variant Perception señala en su último informe que la recaudación fiscal en Gran Bretaña caerá un 12% interanual en 2009, al tiempo que la deuda pública ascenderá hasta el 64% del PIB. En este sentido, recuerda que el entonces Gobierno laborista tuvo que solicitar ayuda al FMI en 1976. Y ello, con una deuda pública de apenas el 54% del PIB. 

Además, el propio Fondo estima que la deuda de los países desarrollados se disparará hasta el 120% del PIB en los próximos cinco años. En este contexto, los más débiles, como es el caso de España, sucumbirán. Los inversores acabarán rechazando los bonos españoles debido a su elevado riesgo en comparación con otras economías más sólidas.

Con una recaudación fiscal que se hunde a un ritmo superior al 25% interanual, un gasto público descontrolado, una subida de impuestos a la vuelta de la esquina, un paro superior al 25% y una crisis bancaria que, tarde o temprano, acabará estallando, España cuenta con todos los ingredientes necesarios para que el FMI acabe instalando una sede permanente en Madrid antes de 2012. Con el tiempo, "lo que no se ve" hoy se acabará viendo mañana.

Nos vuelven a tomar el pelo y la cartera

Hemos escalado en la demagogia del "que paguen los más ricos" a "que paguen los capitalistas" con la misma facilidad con la que escalamos la mentira desde el "bajar impuestos es de izquierdas", al "será una subida temporal y limitada" pasando por el "no tengo intención de subir impuestos".

Zapatero recurre al imaginario socialista para justificar sus disparates en todos los frentes. La contraposición de clases asalariadas con clases capitalistas no deja de ser un resorte populista que olvida que muchos trabajadores también son capitalistas sin necesidad de ser ricos. ¿O acaso todo aquel que percibe intereses, que cobra dividendos o que posee un paquete de acciones en este país aparece en la lista anual de Forbes? Más bien cabría sospechar lo contrario, ya que en 2007 16,3 millones de declarantes en el IRPF percibieron rentas del capital mobiliario; sólo quinientos mil menos, por cierto, de quienes las percibieron del trabajo.

Demagogia no menor, sin embargo, a la que denota la idea de que van a subirse los impuestos para reducir el déficit público y mantener las políticas sociales y de inversión pública. Más bien, habría que invertir los términos: van a mantenerse las falsas políticas sociales y las ruinosas inversiones públicas para que no se reduzca el déficit y haya un pretexto para subir impuestos.

Sólo así se entiende que Zapatero no haya anunciado ni un solo tijeretazo a las partidas de gasto más superfluas y, en cambio, anuncie un aumento de impuestos que no dará ni para sufragar lo que nos ha costado el propagandístico Plan E. ¿Adivinan cuál fue el año pasado la recaudación total en el IRPF procedente de las malvadas "rentas del capital"? Apenas 6.900 millones de euros. Con esta estrechísima base recaudatoria, ¿qué piensa hacer Zapatero para reducir un déficit público que rondará a finales de 2009 los 100.000 millones de euros?

Porque aún cuando duplique el gravamen de las rentas del capital, ese déficit seguirá ahí, hipotecando nuestro presente y nuestro futuro. Pero es que además, Zapatero sabe que no puede duplicar el gravamen de las rentas del capital. ¿Alguna vez se ha preguntado por qué el capital tributa al 18% y el tramo más bajo de las rentas del trabajo al 24%? Muy sencillo: los capitales son móviles y los trabajadores no demasiado. Cualquier gobierno que no sea el de Argentina o el de Zimbabue es consciente de que si aumenta significativamente la tributación de las rentas del capital, éstas volarán y con ellas la inversión, el crédito y la prosperidad dentro del país. ¿Entiende ahora por qué Zapatero quería eliminar los paraísos fiscales? En efecto, para que no fueran los refugios al infierno fiscal que quiere montar en nuestro país.

Nadie debería llevarse a engaño: si la noticia de El País se confirma, esto es, si Zapatero se ceba en las rentas del capital y no toca las del trabajo, esta reforma fiscal –y no las palabras de José Blanco– será el auténtico globo sonda de una futura revolución tributaria. Tarde o temprano Zapatero tendrá que reducir el gasto –medida que parece antropológicamente incompatible con su sectarismo– o subir los impuestos a los trabajadores. No hay más.

Lo lamentable de todo, no obstante, es que en apenas dos años Zapatero se ha terminado de cargar lo poco que seguía en pie de la economía española. Sí, habíamos sufrido la mayor burbuja inmobiliaria de Occidente; sí, nuestro sistema bancario no es el más sólido del mundo, sino que está en su mayor parte quebrado; sí, tenemos un mercado laboral más intervenido que el de Camerún; sí, padecemos una cleptocracia en todos los niveles de la administración; y sí, nuestro ritmo de ajuste ante la crisis no podía ser más lento. Pero, pese a todo, habríamos superado la crisis y probablemente en mejor forma de la que entramos.

Sin embargo, dos años después de sus primeros destellos, España es un país cada vez más empantanado en deudas e impuestos. Y todo gracias a un visionario socialista que se empeñó en forzarnos a gastar lo que no teníamos mientras se negaba a reformar cualquier aspecto de nuestro aparato productivo. Ahora es cuando comenzamos a pagar la factura de unos dispendios que no han servido para nada. Cuatro millones de parados, caída histórica del PIB y subidas de impuestos. Esos han sido los exitosos resultados del Plan E y demás tomaduras de pelo y cartera socialistas.

Impuesto sobre la recuperación

Subirán los impuestos sobre el capital. El capital, ya sabe, los ricos, los potentados, los accionistas de las empresas. Es decir, como recuerda Juan Ramón Rallo, más de 16 millones de españoles que entran dentro de la clase media española y que es a ellos a quienes se refieren los socialistas cuando hablan de "los ricos".

Porque a los ricos, a los ricos de verdad, no les gusta pagar impuestos. No es ya la incomodidad de rellenar formularios, que para eso tienen a sus gestores, es que puestos ante la disyuntiva de pagar muchos impuestos o pagar pocos, prefieren esto último. Bien, no tienen más que pedirlo y se les pone a su disposición un instrumento adecuado, el de las Sicav, con una tributación del 1 por ciento, que ya ha adelantado que no tocará. Quede claro que a mí ese 1 por ciento me sigue pareciendo excesivo, pero lo que me interesa ahora es la brutal hipocresía del Gobierno, que le quiere meter la mano en el bolsillo a la clase media con el discurso de subirle los impuestos a los ricos, mientras las personas que objetivamente responden a esa rúbrica no sienten sobresaltos al leer la prensa.

Al Gobierno se le viene encima una avalancha fiscal. El déficit público está ya en el 10 por ciento del PIB y la deuda, que rondaba el 36 por ciento cuando Zapatero ganó las elecciones en 2008, alcanzará el 80 por ciento del PIB en 2010 y rebasará el 90 por ciento en 2011. Para entonces tendremos que destinar cerca del 3 por ciento del PIB a pagar los intereses de la deuda. Lo recaudado por el impuesto sobre el capital en 2008 sólo pagaría una cuarta parte de esos intereses.

No es ya que el efecto recaudatorio de subir los impuestos sobre el capital sea irrisorio sobre el enorme problema fiscal al que se enfrenta el Estado, sino que en esta fase del ciclo, más incluso que en cualquier otra, subir la fiscalidad precisamente ahí es clavar una daga en el corazón de la recuperación económica. Zapatero, a base de hacer retruécanos sobre la política del momento, está envenenando el futuro de nuestra economía. Saludaremos desde nuestra miseria a las economías que, en todos los puntos cardinales estarán en plena recuperación.

¿Resistirá el dólar otros cuatro años de Bernanke?

Puede incluso que haya obligado a la compañía a adelantar el anuncio de esa bajada de precio para que se deje de hablar en medios y bitácoras de un asunto que ha dado pie tanto a bromas como a acusaciones muy graves. Algún responsable del fabricante de Windows en Polonia decidió que se sustituyera, programa de retoque fotográfico en ristre, a un hombre de color por otro de raza blanca en un anuncio. El problema fue que el empleado encargado de proceder a la modificación tan sólo cambió la cabeza y se olvidó de la mano. De esta manera nació un peculiar mulato, blanco de cuello para arriba y negro en las manos.

El descubrimiento de la chapuza dio pie a que alguien comparara las dos versiones del anuncio y anunciara su descubrimiento. Las ganas de reírse, especialmente fuertes en internet cuando algo tiene que ver con Microsoft, hicieron el resto. No tardaron en aparecer otros retoques en tono de humor, algunos realmente buenos. Los hay para todos los gustos, desde los protagonizados por Steve Ballmer o Bill Gates hasta aquellos que harán las delicias de los seguidores de la Guerra de la Galaxia o Star Trek, pasando por los míticos (para toda una generación) Epi y Blas. Por supuesto, no podían faltar los fans de Linux, alguno ha caído en la tentación de incluir al pingüino Tux en un anuncio de su "bestia negra".

Pero junto a la juerga llegó algo más: la grave acusación de racismo. En algunos casos se dirige tan sólo a la filial polaca. En otros, al conjunto de la multinacional. Esto último es especialmente absurdo, puesto que en el original los protagonistas son una mujer blanca y dos hombres, uno asiático y otro negro. Algo, de hecho, comprensible en una publicidad destinada a una sociedad tan multirracial como la estadounidense. Pero incluso referido al caso de Polonia, la acusación es al menos precipitada. No vamos a negar el posible racismo de quien tomó la decisión de retocar la foto, no podemos conocer los motivos que le impulsaron a hacerlo. Pero, por esta misma razón, tampoco podemos compartirla.

Puede tratarse tan sólo de que los responsables polacos de Microsoft decidieran adaptar el anuncio al público de su país. Polonia, a diferencia de Estados Unidos, no es una sociedad multiétnica. La inmensa mayoría de sus habitantes son blancos. Tal vez con esta modificación lo único que se pretendía era que el potencial comprador sintiera una mayor identificación con la imagen que si se le mostraba un entorno que no le resultaba habitual. La adaptación de las campañas publicitarias al gusto local no es una práctica para nada extraña.

Es posible también que la decisión se tomara de espaldas a Redmond. Un pecado de muchas multinacionales es pensar que lo que emana de la central sirve para todos los lugares. Y eso no es cierto, sobre todo en lo referido a publicidad. Por ese motivo en algunas de estas compañías las filiales deciden actuar por cuenta propia al ser las que conocen el mercado local. Otra cosa es que no se suela hacer con un nivel de chapuza como el alcanzado en este caso. Ese es el problema de Microsoft. Si ha habido racismo, no lo podemos saber.

Chapuza sí, ¿pero racismo?

Si uno analiza la gestión que Bernanke ha hecho de la crisis —dejemos de lado la que hizo del boom crediticio, cuando incluso llegó a negar que existiera burbuja inmobiliaria alguna— puede distinguir tres fases en su política monetaria y sólo una de ellas resulta medianamente aceptable. Desde luego, un pobre historial para seguir siendo lo que algunos llaman la autoridad económica más importante del mundo.

En la primera de estas fases, que se extiende desde los primeros signos de la crisis de liquidez en agosto de 2007 hasta la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008, la Fed acometió una política monetaria que se dio en llamar qualitative easing. Básicamente, Bernanke se limitó a gestionar los activos de la Reserva Federal para inyectar “liquidez” en el conjunto del sistema bancario, pero sin incrementar sus pasivos. Lo que hizo fue, pues, cambiar los mecanismos de financiación a disposición de la banca degradando la calidad de los activos de la Fed.

La razón es fácil de entender: la política monetaria tradicional (operaciones de mercado abierto) supone que la Fed compra temporalmente la deuda pública de los bancos a cambio de dinero. El problema, claro, es que los bancos necesitaban en esos momentos mucho más dinero que deuda pública tenían, y Bernanke optó por prestarles dinero contra colateral muy variado (en general, los activos basura que tenían en sus balances). Nacieron así tres nuevos mecanismos de financiación (el Term Auction Facility, el Primary Dealer Credit Facility y el Term Security Lending Facility) y los tipos de interés se redujeron del 5,25% al 2%.

Los resultados de esta política ya pueden analizarse a la luz de la historia: Bernanke no solucionó ni mucho menos los problemas de liquidez de la banca y, a cambio, favoreció una brutal depreciación del dólar y la creación de una de las burbujas de materias primas más intensas de la historia que sólo contribuyeron a agravar la situación de la economía real por todo el mundo.

La segunda de las etapas de la política monetaria de Bernanke, conocida como quantitative easing, comienza tras la quiebra de Lehman Brothers y se extiende hasta finales de 2008. En esos momentos, la enorme incertidumbre asociada al sistema financiero provoca que los bancos privados dejen de prestarse dinero entre sí y pasen a depositarlo en los baúles de la Reserva Federal, por lo que el pasivo del banco central, que hasta entonces apenas había incrementado, aumenta más de un 100%.

En apenas unos meses, la Fed se encuentra con casi un billón de dólares en depósitos que proceden de un mercado interbancario drenado de fondos, circunstancia que deja al sector bancario sin sus mecanismos tradicionales de financiación.

Ante este incipiente pánico bancario, la Fed tiene dos opciones: o actúa como intermediario entre los bancos (desarrollando la función que venía cumpliendo el interbancario) o deja quebrar a grandes partes del sistema financiero, enfrentándose a una más que segura contracción secundaria. Y aquí, afortunadamente, Bernanke tomó la decisión acertada: crear o ampliar los mecanismos de financiación a corto plazo de la Fed para sostener el sistema.

Así, en pocas semanas, el banco central comienza a utilizar el dinero que había recibido en depósito para prestarlo a corto plazo al resto de bancos (ampliando el Term Auction Facility), a las empresas (favoreciendo el descuento de su papel comercial con el Commercial Paper Funding Facility) y a los bancos centrales extranjeros (mediante los swaps de divisas) para que pudieran implementar políticas en dólares análogas a las suyas.

Este conjunto de decisiones fueron grosso modo sensatas y estuvieron orientadas hacia la buena dirección: aplacar el pánico y permitir la normalización del crédito. Los resultados han sido de momento positivos, ya que la banca no ha quebrado, las malas inversiones se han ido purgando, la mayoría de los créditos ya se han devuelto y, en definitiva, el dólar no se ha resentido.

No es que fuera necesario ser un genio para llevar a cabo este tipo de políticas —el presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, hizo lo mismo y con menos errores—; en realidad, bastaba con haber leído y entendido a Walter Bagehot. Por muy nocivos que resulten los bancos centrales —sobre todo a la hora de engendrar el ciclo económico— en la medida en que se arrogan el monopolio de la banca de emisión, su política no puede ser la de quedarse de brazos cruzados en medio de un pánico cuando la banca privada dispone de colateral de suficiente calidad.

Por tanto, y desde esta perspectiva, durante el cuarto trimestre de 2008 Bernanke sí estuvo bastante acertado el frente de la Reserva Federal. Cuestión distinta, por desgracia, es lo que podríamos denominar la tercera fase de su gestión de la crisis, que muchos analistas consideran una especie de apéndice de la segunda cuando sus diferencias son más que notables.

A finales de diciembre de 2008 y mediados de marzo de 2009, la Fed anunció que iba a utilizar los depósitos de los bancos para iniciar sendos programas de compra de bonos hipotecarios por valor de un billón de dólares y de 300.000 millones de dólares de deuda pública respectivamente. Semejantes planes no tenían nada que ver con el sensato objetivo de evitar una contracción secundaria, sino con un absurdo intento por reactivar el crédito en la economía mediante la reducción artificial de los tipos de interés a largo plazo (lo que en los años 60 se llamó Operación Twist).

El problema es que Bernanke no ha logrado su objetivo —y de haberlo logrado habría engendrado sólo otro ciclo económico— y en cambio sí ha hipotecado el futuro de la economía estadounidense y de su moneda. La Fed se ha endeudado masivamente a corto plazo (depósitos a la vista) para invertir a largo plazo (bonos hipotecarios y deuda pública), esto es, justo la insostenible estrategia financiera que nos ha abocado a la crisis actual.

Los riesgos de esta estrategia son enormes y, obviamente, aun no podemos juzgarlos desde un punto de vista histórico. Baste tener presente que cuando los bancos privados quieran retirar sus depósitos —esto es, cuando la demanda de crédito reflote gracias a la eventual recuperación económica—, la Fed tendrá que liquidar a toda prisa más de un billón de dólares en activos a largo plazo que, sobre todo por lo que se refiere a los bonos hipotecarios, son muy difíciles de enajenar en el mercado. Dicho de otra manera, del mismo modo en que un banco puede caer presa de un pánico financiero, al dólar le podría suceder lo mismo en el futuro.

Por eso Bernanke nunca debería haber sido nominado para otro mandato al frente de la Fed. El pirómano que causa incendios no puede ser el encargado de apagarlos, por mucho que haya tenido algún momento transitorio de lucidez.

La libertad en burka

Con el permiso de ambos, o sin él, que para eso está el espacio público, me meto en este intercambio, que trata sobre la conveniencia de prohibir el uso del velo en la calle. Sarkozy ya le ha levantado el velo a las francesas, quieran o no, y Vermoet defiende esa misma política para los colegios públicos de España. Llevar velo, dice, es un desafío a las libertades de los circundantes, porque supone, nada menos, que el intento de sustituir nuestra tradición liberal por la ley islámica. Quizá sea excesivo el poder que le otorga al velo que cubre una niña. Ese velo no es una jurisdicción y, de hecho, las niñas que lo lleven y sus padres están tan sometidos a nuestras leyes como los demás. ¿De veras la forma de vestir(se) es una amenaza?

Vermoet, entonces, pasa a un segundo plano de ataque y dice que los niños no tienen plena responsabilidad ni capacidad para decidir por sí mismos. Eso es cierto. Lo que me parece discutible es la idea de que quien deba decidir por ellos sea… ¡el Estado! ¿No tendrán más derecho sus padres a decidir cómo va vestido?

Resulta que no, y este es el tercer asalto, porque los colegios públicos tienen derecho sobre el espacio que ocupan y pueden, en impecable lógica liberal, imponer sus normas. Con lo cual, hemos llegado al meollo de la cuestión. La calle, los edificios públicos y demás espacios en manos del Estado, ¿pueden suspender los derechos de la persona, como el de expresión o religión, simplemente porque los pisamos? Si ponemos un pie en la calle, ¿se suspenden por ello nuestros derechos y quedamos a merced de lo que diga el dueño, i.e., el Estado?

En absoluto. El Estado, con una vocación expansiva sin límites, tiende a ocupar todos los espacios y a someterlos a sus normas. Su mera presencia, o su titularidad, no es argumento suficiente para socavar nuestros derechos, que son previos al Estado, propios de la persona, y no tienen porqué ceder ante sus pretensiones.

De hecho ocurre, como reconoce Álvaro Vermoet. Se prohíbe la simbología nacional socialista. Pero el ejemplo de una injusticia, como es la censura en este caso, no es argumento suficiente para cometer otra. Ese camino nos llevaría a la justificación de cualquier crimen posible, incluso masivo. Se puede justificar el nacional socialismo con el antecedente del comunismo, o viceversa.

Conozco del pensamiento de Álvaro Vermoet todo lo que de él ha dejado huella. Está preocupado por que la incidencia de otras culturas rompan la armonía social, sustentada en valores en los que él, como yo, cree firmemente, y que se refieren al respeto, la libertad, la igualdad ante la ley y demás. Pero considera, contra mi opinión (y la de Albert Espulgas), que la libertad puede imponerse.

La libertad tiene que dejarse a su albedrío, aunque sea en burka.

El robo y el crimen se dispararán en 2010

El arte de gobernar generalmente consiste en despojar de la mayor cantidad posible de dinero a una clase de ciudadanos para transferirla a otra.
Voltaire (S. XVIII)

Los socialistas ya han lanzado varios globos sonda y no saben cómo decirlo. Que si contienen el sueldo de los funcionarios, que si suben impuestos a los ricos, que ahorrarán más. No tenga duda, desde el inicio de la crisis que se ve venir. Con un déficit esperado del 10% para el año que viene, una deuda que no para y con un Gobierno que gasta el doble de lo que ingresa, la subida de impuestos directos, indirectos y a todos los estratos sociales es irremediable.

Los ricos ya están preparando las maletas, los autónomos ven venir una debacle, la gente corriente (incluso en palabras del propio Gobierno) está aterrada con el aumento del desempleo que se producirá en el último trimestre de año. Mientras algunos países dan señales de repunte económico, España se sume en un profundo agujero negro. La gente va menos de vacaciones, los autónomos y las empresas cierran, aprueban EREs como nunca –Nissan ya lo hizo en julio y ahora se plantea otro–, la gente está más tensa, nerviosa y preocupada que nunca. ¿Cómo ayuda el Gobierno a la situación? Aumentando impuestos y obligando a las empresas a cerrar con absurdas leyes (ecológicas, sobre el tabaco, con trámites burocráticos…). En el peor momento, los altos burócratas sacan la pistola al ciudadano y le dicen: "la bolsa o la vida. Es por tu bien insensato". El Estado, el único ladrón que se auto-legitima en lugar de avergonzarse de sus crímenes. El botín será para regalárselo a bancos, concesionarios, empresas del Plan E, lobbies y grupos de presión sociales, como sindicatos, actores y países donde gobiernan tiranos de todo tipo.

Cuando Blanco o Salgado dicen que todos nos hemos de apretar el cinturón, se refiere sólo a los españoles de la calle. Vean como "ahorra" e "invierte" el Gobierno. Van a gastarse cuatro millones de euros en un centro temático dedicado al lobo. Más de 67 millones de euros para hacer 58 películas (que probablemente no se lleguen ni a estrenar). 100 millones de euros (entre Portugal, España y la UE) para un centro de nanotecnología que, como siempre, no va a servir de nada ya que nace de la planificación central. Trece millones de euros para un aparcamiento en el Congreso. Cinco millones de euros para lanzar una cápsula a Marte –el típico gasto propagandístico que justifica dejar cada día a miles de personas en la calle. Un museo –al que no irá nadie, por eso lo hace el Gobierno– que nos costará dos millones de euros (la DGT con el pastón que se saca con sus radares también dará un millón de euros a una obra de teatro). 500 millones de euros para programas de nutrición infantil en el extranjero. Ahora los socialistas son más solidarios con los países foráneos que con aquel que le elige y paga sus caprichos. ¿Tenemos garantías que ese dinero tendrá el fin que el Gobierno dice en lugar de acabar en manos corruptos empresarios o políticos? Este dinero iría muy bien a los 500 autónomos que cierran al día. Trabajo, sin fondos para el subsidio de desempleo, gastará más de medio millón en una sola conferencia. Sin nombrar los 15.000 euros mensuales de la "progre" Leire Pajín.

Es curioso fijarse como desde la época de Voltaire –la cita que abre el artículo– las cosas no han cambiado. El Gobierno aplica la extorsión sobre unos –la mayoría– para quedárselo en mutuo beneficio y repartir el resto del botín saqueado entre sus camaradas.

El peligro adicional de este camino, el del Gobierno saqueador y omnipotente, es que no sólo nos despoja de nuestro dinero y trabajo, sino también de nuestra libertad, voluntad y capacidad de elección. Negar la libertad, es un crimen también. Con la nueva ley del tabaco cerrarán 5.000 bares (algo similar ha ocurrido en Reino Unido ya). No sólo es economía, nos dicen qué hemos de hacer en todo. Somos niños para ellos. El rebaño. Sus esclavos. Lo que nos deja perplejos es ver cómo aquellos que se dedican al negocio más antimoral, degenerado y partidista, la política, nos dan lecciones de "civismo" y comportamiento mediante el uso de la fuerza, de la ley. También de economía aún cuando la mayoría de los alcaldes y concejales de España no tienen ni la EGB. Estamos siendo gobernados por los tontos de la clase.

Las crisis son periodos donde la guerra del hombre libre contra el Estado se recrudece. El s. XX ha sido una muestra espantosa de esta lucha. Recordemos al gran Henry D. Thoreau: "La desobediencia es la auténtica fundadora de la libertad. Los complacientes merecen ser esclavos". Recuérdela bien y reflexione sobre ella para no arrepentirse después. Ya empieza a ser demasiado tarde para una reacción.

Guay de las comparaciones

Así, los gobiernos pueden chulear de ser primeros, segundos o terceros, o, al menos, de estar por encima de la media de la OCDE, de la UE, de la UE-15 o del sursuncorda. Claro, también pueden quedar abochornados si ocupan los últimos lugares, o si no alcanzan la media susodicha.

En el fondo, lo que subyace en estas comparativas es una visión socialista del mundo, en que todas las personas son iguales y tienen las mismas preferencias. Por eso, cuando un país no alcanza la media, automáticamente se asume que el gobierno está haciendo algo mal, pues es la única explicación posible para tal separación, insisto, en ese mundo inexistente de individuos clónicos.

El ejercicio comparativo puede ser interesante y hasta informativo en determinados casos. Por ejemplo, puede ser interesante conocer el precio de la gasolina en los distintos países. Después de todo, se trata de un bien relativamente homogéneo del que todos sabemos cuanto consumimos y cuyo precio es sencillo de conocer. Además, en casi todos los sitios se vende de la misma forma, esto es, por capacidad adquirida, aunque en algunos países el precio se especifique en litros y en otros en galones (y al europeo no habituado le dé un sofocón al ver el precio en la gasolinera).

Ahora bien, el ejercicio alcanza cierto grado de delirio cuando estamos hablando de bienes o servicios más complejos. Por ejemplo, los servicios de telefonía móvil. ¿Cómo se pueden comparar los precios de servicios móviles, que son un conjunto de servicios muy heterogéneos, y que además se venden de muchas formas distintas? Quizá se pueda comparar el precio de un servicio determinado, no sé, el de SMS, con el de otros países, si se olvidan todas las ofertas de bonos, empaquetamientos y planes comerciales que hacen los operadores. Pero tratar de comparar los precios de la telefonía móvil, así, en general, parece tarea imposible.

Pues ni corta ni perezosa, la OCDE aborda periódicamente el ejercicio. Coge y se define unas cestas de llamadas, hace los números y clasifica a los países. El problema, es, por supuesto, lo de las cestas de llamadas. Porque lo que significan esas cestas es que existe una especie de ciudadano "medio" virtual, que hace un determinado número de llamadas de cierta duración y manda unos cuantos SMSs al mes. Así que lo que se mira es qué país es el más barato para ese ciudadano universal que, obviamente, no tiene nada que ver con ninguno de nosotros, ni españoles, ni americanos ni turcos. Pero sí con esa visión distorsionada de que todos los individuos tienen las mismas preferencias.

Al ser un ciudadano inexistente, sería absurdo que los operadores se dedicaran a hacerle buenas ofertas. Pero parece que eso es lo que espera la OCDE de los móviles: que en vez de tratar de dar servicio a los ciudadanos reales de cada uno de sus países, se lo den a ese tipo. Por cierto, a lo mejor coincide con el patrón de consumo del funcionario que ha definido la cesta. Así se garantiza el mejor precio en todos los países.

Como los operadores españoles sirven a ciudadanos reales españoles y compiten duramente al hacerlo, dicho sea de paso, suelen salir mal en las clasificaciones para ciudadanos virtuales. Las buenas noticias son que cada vez menos gente se toma en serio estos absurdos ejercicios. Ni siquiera, según parece, el Gobierno español.

¿Competencia cultural o integración forzosa?

Según Vermoet, mi crítica a la prohibición del velo omite dos cuestiones relevantes desde un punto de vista liberal: hablamos de menores de edad, sobre los cuales el Estado tiene potestad para dictar normas de comportamiento; y el Estado es el titular de las escuelas públicas, luego tiene derecho a establecer las normas que estime oportunas.

Ninguno de los dos argumentos me parecen coherentes con los principios liberales. En efecto hablamos de menores de edad, pero son los padres y no el Estado los que deben decidir sobre la educación de sus hijos. El Estado no tiene ningún derecho a interferir en tanto no se produzca maltrato o abuso, y hacer una excepción para determinados colectivos religiosos no sólo vulnera sus derechos sino que sienta un precedente que puede volverse en tu contra (como de hecho ocurre con asignaturas como Educación para la Ciudadanía). Es ingenuo pensar que el Estado va utilizar el poder que se le ha concedido en la dirección que uno personalmente desea.

No basta que alguien sea el titular de una propiedad para reconocer su derecho a establecer las normas, hace falta que sea titular legítimo. Si Pedro me roba el coche no tiene luego ningún derecho a llevarlo al desguace. El Estado, que usurpa a los padres el poder decisión en el ámbito educativo (y, vía impuestos, los medios económicos para tomarla), es la antítesis del propietario legítimo. La educación debería privatizarse y desregularse completamente, permitiendo que el mercado ofrezca una amplia variedad de modelos educativos. La competencia fomentaría la excelencia y presionaría los precios a la baja. Los padres, y no el Ministerio de Educación, decidirían lo que es mejor para sus hijos.

Este es el escenario ideal, extremo que quizás Vermoet no comparte. Pero no es el escenario actual, ¿qué normas de conducta deben regir en la enseñanza pública mientras ésta exista? Yo soy partidario de conceder autonomía a los padres dentro del sistema público: si se recluta a sus hijos, al menos que puedan elegir en la medida de lo posible. Si quieren que lleven un crucifijo o un velo por motivos religiosos, creo que es razonable permitirlo. El laicismo en la escuela no es neutro, también implica una imposición de valores (a saber, impone un ambiente no-religioso que los padres a lo mejor no desean). El argumento de Vermoet de que no puede cuestionarse el derecho del Estado a imponer normas de conducta va en contra de su defensa del derecho de los padres de elegir la lengua oficial en la que sus hijos deben estudiar. ¿Acaso no cuestiona que la Generalitat excluya el castellano de las aulas, aludiendo al derecho a elegir de los padres?

Lo mismo respecto a las calles y otros espacios públicos (que también privatizaría). Me inclino por la tolerancia de comportamientos pacíficos en espacios públicos, entre ellos vestir un burka. Por otro lado, tampoco hacen faltan leyes para prohibir el nudismo o los emblemas nazis, basta la costumbre (o el sentido del ridículo), que es lo que guía la mayoría de nuestros comportamientos. El código penal no prohíbe ir desnudo por la calle, y en Barcelona hubo asociaciones nudistas que incluso promocionaron ir por la vía pública sin ropa. Todavía no he visto a nadie paseando como vino al mundo.

Dicho esto, el burka y el nudismo no son equiparables. La razón por la que algunos quieren prohibir el nudismo (o el burkini en las piscinas públicas) es de tipo higiénico, o porque se considera de muy mal gusto, poco decoroso, etc. Dejando a un lado si este argumento justifica la prohibición del nudismo en la calle, las razones que se utilizan para defender la prohibición del burka suelen ser otras (pues vestir un burka es literalmente lo contrario que ir desnudo): opresión de la mujer por parte del marido, sumisión al Islam etc. Es decir, se pretende prohibir el burka por motivos paternalistas (para proteger a las mujeres de su propio adoctrinamiento y religiosidad, o porque se asume que están siendo coaccionadas, etc.).

Vermoet, no obstante, rechaza el argumento paternalista y defiende la prohibición de los velos integrales en base a su condición de "símbolo político". Pero no parece darse cuenta de que entonces entramos en el terreno de la libertad de expresión. Si es legítimo prohibir el burka porque "representa el integrismo islámico y la esclavización de las mujeres", ¿por qué no prohibimos las camisetas del Che, que representan la mayor tiranía que ha asolado la humanidad? Numerosos símbolos, propaganda y opiniones políticas tienen una influencia bastante más devastadora que el burka, pero obviamente no se prohíben porque sería una atentado contra la libertad de expresión.

Vermoet habla de "destalibanizar" Afganistán como se "desnazificó" Alemania, algo que Estados Unidos está lejos de conseguir después de ocho años de ocupación y que va a la raíz del problema: el burka es una manifestación externa de determinados valores, y no vas a cambiar esos valores arraigados prohibiendo sus manifestaciones externas. De hecho puede que tenga el efecto contrario, al percibir los afectados que se ataca su religión y su identidad. Alemania se "desnazificó" porque los alemanes mismos repudiaron esas ideas, no porque se prohibieran los símbolos nazis o se llevara a cabo una "reeducación forzosa".

Vermoet dibuja un cuadro bastante negro de la situación actual: fundamentalismo en auge en el mundo musulmán, radicalización de las minorías en Occidente. La no-integración de muchos musulmanes no es un problema baladí, y el fundamentalismo islámico es preeminente en varios países. Pero la realidad sigue siendo que los países musulmanes más retrógrados son también los más atrasados, y los más avanzados (Turquía, Jordania, los emiratos del Golfo) están muy influidos, en distinto grado, por nuestra cultura y son bastante más tolerantes y cosmopolitas. En Gaza puede que se vean mujeres con burka en la playa, pero en Dubai se puede llevar bikini. Creo que es obvio cuál de las dos regiones es la más pujante.

Como apuntaba en mi artículo anterior, la influencia de nuestros valores en Oriente Medio es tan intensa (a través del cine, la televisión, la música, la literatura, el deporte, la moda, los negocios) que los gobiernos se ven obligados a censurar los medios para que la sociedad no se "corrompa". En Occidente ni nos planteamos la censura en esos términos, porque los mensajes reaccionarios de Mahoma o el Corán no tienen ninguna acogida entre nosotros. Así es como se demuestra la superioridad de los valores occidentales.

Aún más difícil es aislarse del influjo de nuestra cultura si se trata de un musulmán viviendo en Occidente. En la medida en que sus hijos vayan a la escuela con otros niños nativos, tengan amigos de otras creencias religiosas, vayan al cine o a jugar al parque, vean la tele, se conecten a internet, lean la prensa, vayan a la universidad, trabajen en empresas o monten un negocio… nuestros valores harán mella. La intolerancia se cura interactuando con gente que piensa y actúa distinto. La guetización dificulta esa interacción, pero no creo que la mayoría de familias musulmanas puedan aislarse herméticamente con éxito aunque quieran, sobre todo en el caso de los más jóvenes. No en vano han inmigrando a Occidente con el fin de prosperar y eso normalmente implica ir a la universidad, participar en el mercado laboral o comerciar con gente diversa.

En mi crítica resaltaba el hecho curioso de que se tome como referencia el modelo de integración francés y no el de Estados Unidos, donde la prohibición del velo ni siquiera es debate. Al fin y al cabo Estados Unidos no padece los problemas de inmigración que tiene Francia, pese a tener una proporción mucho mayor de inmigrantes. Vermoet responde que en Estados Unidos sí hay integración política y los musulmanes no odian los valores del país, pero la razón por la que esto es así quizás hay que buscarla precisamente en la actitud americana más respetuosa con la diferencia. En Estados Unidos no tienes que renunciar a tu identidad o a tu cultura para ser considerado americano y, recíprocamente, considerarte americano. En Francia se exige una asimilación más fuerte si quieres ser considerado francés. La integración muchas veces requiere también de una actitud abierta o respetuosa por parte de la sociedad receptora. Sobre todo se trata de no fomentar estereotipos que alienen a los inmigrantes más susceptibles de dejarse influir, y de tenderles la mano o incluso encontrarse a mitad del puente si hace falta. Si perciben rechazo y hostilidad de entrada es probable que se autoexcluyan.

Vermoet habla del Reino Unidos y de Londres, ciudad en la que vivo. Tiene razón en que hay muchos guetos, mezquitas y una minoría radical, pero en general (y pese a los atentados terroristas de 2005) su modelo de integración funciona mejor que otros. Londres es un mosaico de culturas y nacionalidades conviviendo en casi perfecta armonía. No hay disturbios racistas, se puede pasear tranquilo por cualquier barrio (los ricos dejan sus Ferrari y sus Bentley aparcados en la calle, sin temor a que nadie los raye, robe o queme) y rebosa vitalidad, contrastando con un París envejecido y a ratos conflictivo. Londres es una ciudad internacional con conciencia de serlo. París es una ciudad francesa con inmigrantes.

El spam de los estercolares

También se dedica a intentar desacreditar las iniciativas de los demás atacando sus métodos no porque sean malos, sino porque se usan en contra de las ideas de izquierdas. Es, de nuevo, la vieja ley del embudo, lo ancho para mí, lo estrecho para ti.

Fue hará cosa de un mes. El ex director de Público, Nacho Escolar, escribió en el periódico y en su blog un ataque contra la asociación conservadora Hazte Oír en la que la acusaba de enviar spam. En concreto, afirmaba que contaba con una "máquina" para realizar esta labor porque esta organización pone a disposición de todo el mundo –y no sólo de sus miembros– una herramienta que permite enviar una carta al director a 120 medios distintos.

Como Libertad Digital es un medio pequeño en el que casi todos hacemos casi de todo (y pongo el casi para evitar chistes fáciles), alguna vez he tenido que seleccionar y publicar las cartas al director. Créanme que los enviados a través de la herramienta de Hazte Oír se reconocen inmediatamente, y no dudo que algunos medios decidirán no publicarlas sabiendo que su sección puede compartir cartas con la de la competencia. Como es de esperar, los más son propios de la ideología de la organización, pero distan mucho de ser los únicos. Desde defensores de los Organismos Modificados Genéticamente a defensores de los animales y ecologistas, todo tipo de personas emplean ese formulario para enviar sus cartas.

El caso es que considerar esto una "máquina para enviar spam" es, como poco, atrevido. El sistema no envía mensajes indiscriminados y no deseados, sino sólo a unas direcciones específicas creadas también específicamente para recibir ese tipo de mensajes. Yo tengo que enviar mensajes con cierta frecuencia a grupos de 20 o 30 personas; esto no se diferencia mucho técnicamente, Hazte Oír tan sólo facilita un poco la labor. Pero no, no son los responsables de que su buzón esté inundado de ofertas de Viagra y mensajes muy correctos de nigerianos que quieren hacerle a usted rico.

En definitiva, esta herramienta nada tiene que ver con lo que usted o yo entendemos comúnmente por correo basura; tampoco creo que concuerde con lo que Escolar considera spam, pero siempre hay que cargar las tintas cuando de ponerle la mordaza a otros se trata; también le pareció muy bien emplear su blog como altavoz con el que promocionar una recogida de firmas para que la Conferencia Episcopal echara a Losantos.

Con todo, Escolar no es lo peor, ni mucho menos. Lo peor son sus acólitos, los que comentan habitualmente en el blog, los que puntúan como "comentario destacado" la receta para "cocinar un feto", los que algunos llaman los "estercolares". Y para prueba, un botón; los días posteriores al artículo fueron los primeros y últimos hasta la fecha en que la dirección de cartas al director de Libertad Digital recibió mensajes "no deseados" enviados desde la herramienta de Hazte Oír, es decir, mensajes que no eran cartas al director. Tenían todos un denominador común: se identificaban a sí mismos como spam e indicaban que procedían de la organización conservadora, animando en muchos casos a que se la denunciara, no sé aún por qué artículo del Código Penal.

Se ve que la herramienta nunca fue el problema. El problema es que se use para promocionar ideas discrepantes con el pensamiento que quiere ser único como sea.