Ir al contenido principal

Y el Gulag era un balneario

Eso sí, al mismo tiempo el partido proponía rebajar a 12 años la edad mínima para tener responsabilidades penales. Es decir, que puedes ir a un reformatorio –por llamarlo de algún modo que parezca punitivo– si cometes alguna de las múltiples barbaridades que actualmente cometen impunemente algunos niños, pero mientras juegas allí con la PlayStation 3 tendrás prohibido hacerte una cuenta en Tuenti.

Además, la alegre muchachada que quema comisarías en Pozuelo de Alarcón no podrá entrar en Facebook sin permiso de papá y mamá en caso de tener menos de dieciocho años. Eso sí, pueden tomar decisiones médicas de vida o muerte a partir de los dieciséis.

Está claro que el asunto de los menores de edad es algo en lo que difícilmente nos pondremos nunca de acuerdo, porque no puede resolverse en términos de lógica formal, de verdaderos o falsos, de ahora no y ahora sí. Una persona no puede ser completamente irresponsable y dependiente legalmente de sus tutores en todos los aspectos y al minuto siguiente pasar a ser una persona adulta, porque la realidad dista mucho de ser así. Vamos creciendo poco a poco en todos los sentidos y parece de sentido común que sea de la misma manera, gradualmente, la forma en que accedemos a la vida adulta para la Ley.

Este enfoque, aun siendo esencialmente correcto, no nos libra de problemas e incongruencias aun cuando lográramos eliminar el javierurrismo legislativo de considerar a los criminales jóvenes, sean menores o no, esencialmente como víctimas y no como lo que son, culpables; una idea grabada en piedra en la ley del menor. Es difícil trazar una línea, porque cada persona es única e irrepetible y accede a la madurez a su propio ritmo. El mismo proceso de aprobación de leyes llevará a que dependiendo de lo que piense la opinión pública en un momento determinado y de quien tiene la mayoría en las cámaras ese acceso a la edad adulta en determinados aspectos concretos sea antes o después. Así, podrían darse incongruencias como la posibilidad de que una cría de 16 años pueda decidir por su cuenta si aborta o no, pero no pueda votar, un acto con efectos sobre su futuro infinitamente menores.

Pero lo que no tiene sentido es que se piense, por un lado, que la irresponsabilidad legal de los menores se ha llevado demasiado lejos, como parece pensar el PP con su propuesta de reducción de la edad penal, y al mismo tiempo que acceder a una herramienta tan inocua en la mayor parte de los casos como son las redes sociales sea algo que debemos impedir a toda costa. Poco a poco, las redes sociales van formando parte de las relaciones entre personas tanto jóvenes como adultas. "¿Has visto el Feisbuc?" es una frase cada vez más repetida, que dependiendo de quién la pronuncie y de quién sea la persona a quien la dirige y el momento en que se dice significará cosas bien distintas. Hurtar a los menores por ley la posibilidad de acceder a ese mundo sería como prohibirles tener móvil, consola de videojuegos o acceso a internet; una intromisión en su presente y su futuro que sólo los padres –quienes los conocen de verdad– deberían poder hacer.

Ahora, según el muy conectado diputado Santiago Cervera , parece ser que todo ha sido un error de dar por bueno ante la prensa lo que era un borrador que no había sido aprobado ni previsiblemente lo iba a ser nunca. Es bueno saberlo, y mucho mejor ver a un político ensuciándose las manos en la blogosfera y reconocer un error. Aunque, claro, siempre sería mejor que no lo cometieran en primer lugar. El estigma de tecnófobos y represores que les ha salido será difícil de quitar.

La metedura de pata del PP

Krugman denunciaba la hipótesis de los mercados perfectos (en el sentido de que los precios de los activos reflejan en cada momento toda la información disponible), criticaba el poco análisis que en las universidades han recibido las burbujas financieras y las quiebras bancarias y ponía muy en duda que la política monetaria de los bancos centrales sea siempre una respuesta eficaz a las crisis.

En realidad, buena parte de lo sostenido por Krugman en ese artículo no es novedoso. Algunos llevamos años poniendo el dedo en esa llaga: la macroeconomía moderna está en bancarrota; y, como también dice el de Princeton, existe un temor generalizado a desviarse de una ortodoxia que, sin embargo, no sirve para describir la realidad ni, mucho menos, para predecirla. Como bien apunta, los economistas actuales han renunciado a la verdad a cambio de la elegancia matemática.

El problema de Krugman es que, sin darse cuenta, también comulga con esa teoría económica cuyo edificio ha colapsado y que debería haber perdido toda credibilidad con la crisis que estamos viviendo. Por supuesto, el estadounidense defiende un regreso a Keynes y a su Teoría General –¡como si alguna vez se hubieran marchado!– como la única alternativa posible al desaguisado; pero sólo un profundo desconocimiento de Keynes y, sobre todo, de las alternativas a sus ideas puede llevar a una conclusión tan disparatada.

Es completamente falso que los keynesianos fueran los únicos en no sumarse a la corriente mayoritaria de la economía al negarse a rendir culto a un mercado supuestamente perfecto. La Escuela Austriaca lleva mucho tiempo –desde mucho antes de que Keynes publicara su primer libro– criticando que las economías de mercado están sometidas a fuertes fluctuaciones –ciclos económicos– derivadas de la expansión crediticia insostenible que ejecutan con regularidad el sistema bancario y los bancos centrales; y jamás se ha sumado a conclusiones tan irreales como la de los mercados perfectos. Muy al contrario, sus teorías resaltan la pluralidad, complejidad y subjetividad de la información presente en el mercado, que provoca diferencias en los juicios empresariales de los agentes y los mueve al error. Los austriacos no creen que el mercado sea perfecto, sólo afirman que las limitaciones de información de todo empresario las padecen igualmente, pero corregidas y aumentadas, los políticos, por lo que no es cierto que los problemas de coordinación (crisis incluidas)  se puedan solucionar con una regulación centralizada y omnicomprensiva de los mercados.

Al fin y al cabo, los defensores de la hipótesis de los mercados perfectos son economistas encerrados en sus despachos de universidad que nunca se han puesto a invertir en él –y cuando lo han hecho se han arruinado, como ilustra la quiebra de Long Term Capital Management– y que por tanto lo desconocen casi todo de la realidad. Larry Summers los calificó con sorna como los ketchup economists, aquellos que creen haber descubierto El Dorado cuando comprueban que dos botellas de ketchup de 250 gramos valen lo mismo que una de 500.

Sin embargo, por mucho que se equivoquen los neoclásicos en que los mercados impersonales no se ajustan perfectamente mediante los precios, no deberíamos olvidar que los keynesianos no son más que sus hijos bastardos.

Del artículo de Krugman se desprenden dos ideas que perfectamente pueden encajar con su criticada ortodoxia, tal y como los nuevos keynesianos pretenden formularla. Krugman opina que si los mercados fueran perfectos, y si los bancos centrales pudieran dejar los tipos de interés por debajo de cero, las crisis económicas desaparecerían. Pero esta presunción sólo puede nacer de la incomprensión de los procesos de mercado. Las crisis no se producen porque los agentes sean en numerosas ocasiones irracionales, en el sentido del homo economicus (aun cuando probablemente lo sean), sino porque el sistema bancario falsifica las señales y los incentivos que se envían a esos agentes. Dicho de otra manera: aun cuando todo el mundo actuara con toda la información disponible y tratara de maximizar sus beneficios, se seguirían produciendo crisis económicas con regularidad, porque lo cierto es que las decisiones que se toman durante una burbuja especulativa son muchas veces racionales (todos aquellos que compraron un piso en 2004 y lo vendieron en 2006 salieron ganando, pese a que entraron en el mercado en medio de la mayor burbuja inmobiliaria de nuestra historia).

Precisamente porque el sistema bancario lleva a los agentes a tomar decisiones de inversión insostenibles a largo plazo, el reducir los tipos de interés, aunque sea por debajo de cero, no sirve para corregir esos errores. Lo cual encaja muy mal en la idea keynesiana, a la que regresa Krugman, de que las crisis se producen por un problema de demanda (por no haber demanda suficiente para contratar a todos los trabajadores que se están quedando en paro).

Pero esto es una visión incluso más reduccionista que la de la perfección de los mercados. El problema económico de España no es –y parece mentira que alguien lo crea así– que la gente ha dejado de comprar pisos a unos precios infladísimos. Las dificultades de España –y de Estados Unidos, y del resto del mundo– no consisten en que ya no estemos despilfarrando nuestros ahorros en inversiones que nadie deseaba y que, pese a ello, estaban copando porciones cada vez mayores de nuestro aparato productivo…

El auténtico problema es que nos hemos metido durante cinco años en una orgía de malas inversiones y nos hemos endeudado hasta las cejas. En este contexto, las restricciones de la demanda son sólo una manifestación (que no una causa) de nuestra delicada situación: España tiene ahora una economía adaptada para producir bienes y servicios que nadie demanda (por ejemplo, viviendas a precios estratosféricos). Pero ¿acaso la solución a una crisis puede consistir en obligar a la gente a consumir aquello que no desea por medio del gasto público?

No, la crisis no puede solucionarse abaratando el endeudamiento (tipos de interés negativos) o forzando el consumo. Precisamente las crisis son períodos en que el aparato productivo protesta (restringiendo la oferta y demanda de crédito y comprimiendo los márgenes de beneficios de las industrias más dependientes del endeudamiento) contra los intentos de los agentes económicos de consumir e invertir por encima de sus posibilidades.

La irracionalidad o el cortoplacismo de los especuladores no causa las crisis, tal y como piensa la escuela conductivista, y también la keynesiana. Los errores de inversión explican por qué Warren Buffett se ha convertido en el hombre más rico del mundo y, en cambio, un inversor de a pie es probable que acabe perdiendo en bolsa si no adopta una estrategia financiera. Pero esa irracionalidad no proporciona una explicación de los ciclos económicos, esto es, de las fases prolongadas y recurrentes de auges y depresiones.

Para ello no hay que mirar a Keynes, como pretende hacer Krugman, sino a la Escuela Austriaca. Keynes está tan equivocado como lo estuvo siempre, simplemente porque sus propuestas –incremento deficitario del gasto público– están equivocadas en lo teórico y, en lo práctica, condenadas al fracaso: sólo hay que estudiar el caso de Japón, el de Estados Unidos con Bush o incluso el de España ahora mismo para darse cuenta.

Sí, los ketchup economists de Summers se equivocaban, pero los keynesianos (y Larry Summers) también: dos botellas de 250 gramos de ketchup no tienen el mismo valor que una de 500 –aunque su precio pueda circunstancialmente coincidir–, por la misma razón que 100.000 botellas de 1 gramo no valen lo mismo que una botella de 100.000 gramos. El error no es anecdótico, porque ilustra que los keynesianos jamás entendieron por completo la teoría subjetiva del valor que desarrollara en 1871 Carl Menger. Sus ideas –y las de los neoclásicos– son de antes de que la economía se convirtiera en ciencia. En realidad, son lo que la alquimia a la química. Sin una buena teoría del valor no pueden entender el concepto de liquidez y sin el concepto de liquidez no pueden comprender los ciclos económicos.

No hay que regresar a los errores teóricos seculares que Keynes resucitó en los años 30. Los friedmanitas se equivocan en casi todo, pero los keynesianos lo hacen en todo… salvo en apuntar que los friedmanitas se equivocan en casi todo. Aciertan, pero por razones erróneas; las razones correctas se las podría proporcionar una riquísima literatura austriaca –con la que, no lo olvidemos, se formaron economistas que ellos mismos glorifican, como Schumpeter, Hicks o Morgerstern– si no se negaran a aprender economía.

El problema no es sólo que vayan a vivir en la ignorancia más supina toda su vida –es lo que tienen los fanáticos ciegos–, sino que nos van a arrastrar a los demás. Es hora de enterrar toda la macroeconomía universitaria –de Keynes a Friedman– y aprender algo de la escuela que, con mucha diferencia, más se acerca a la realidad: la de Menger, Böhm-Bawerk, Mises, Hayek, Lachmann, Fekete y Huerta de Soto. Una hora que no parecen dispuestos a que llegue, por lo mismo que dice Krugman sobre la ortodoxia: ¡qué difícil es reconocer que se ha estado 80 años completamente equivocado!

El colapso de la macroeconomía… y de Keynes

En lo que va de año, el precio del oro se ha incrementado un 13,6%. Su constante revalorización es una señal inequívoca del temor a una futura inflación como resultado de las inéditas políticas monetarias aplicadas por los bancos centrales para rescatar al sistema financiero internacional del "colapso".

El metal amarillo es el activo refugio por excelencia. El objetivo de todo inversor no sólo estriba en ganar dinero haciendo trabajar su capital sino, como mínimo, no perder poder adquisitivo, manteniendo en la medida de lo posible el valor de su inversión. Pues bien, la inflación es el gran enemigo del capitalismo. El miedo al aumento de precios o, lo que es lo mismo, la devaluación de la moneda, se refleja casi de forma automática mediante una subida en el precio del oro. Actúa a modo de chivato, como el canario enjaulado que se empleaba antaño en las minas de carbón para advertir de la existencia de gases tóxicos y mortales.

Y es que, el mismo día en que la onza de oro superaba la barrera psicológica de los 1.000 dólares, el dólar alcanzó su valor más bajo en lo que va de año. Así, el euro se revalorizó frente al dólar en el mercado de divisas de Fráncfort hasta marcar su nivel más alto desde diciembre de 2008. Hoy, la moneda europea se cambiaba a 1,4515 dólares.

En la dura crisis de los años 70, el oro llegó situarse en 850 dólares tras dispararse un 2.400%, en medio de un intenso aumento de precios. En la actualidad, el riesgo de que se reproduzca un proceso inflacionario en el futuro reside en el posible colapso del dólar, divisa sobre la que se sustenta el sistema monetario vigente desde el abandono de Bretton Woods, el último anclaje con el patrón oro.

Al carecer de respaldo real, el valor del dólar depende, en última instancia, de la capacidad del Tesoro de EEUU para colocar sus bonos y refinanciar su abultado endeudamiento. El Gobierno norteamericano y la Reserva Federal han puesto toda la carne en el asador con el fin de combatir la mayor crisis económica desde la Gran Depresión. Sin embargo, tales medidas de choque tienen graves efectos secundarios. El estallido de la deuda pública podría provocar el derrumbe del dólar.

Éste y no otro es el gran temor de China, principal acreedor de EEUU, desde hace meses. La monetización de deuda pública por parte de la Reserva Federal, empleando sus activos para comprar bonos del Tesoro, amenaza con desencadenar la caída del billete verde, por lo que China ha comenzado a reorientar su política de reservas en divisas extranjeras. El gigante asiático posee más de dos billones de dólares en bonos de EEUU.

Además de diversificar sus reservas en otras divisas, "el oro es definitivamente una alternativa, pero cuando compramos, el precio sube. Tenemos que hacerlo con cuidado para no estimular los mercados", según admitió recientemente un alto funcionario de la jerarquía comunista china.

El problema es que China tendría que adquirir el mismo volumen de deuda estadounidense que el pasado año para que el Tesoro pueda colocar su emisión de bonos. Si las autoridades de Pekín comienzan a desconfiar del dólar el riesgo de impago (default) dejará de ser una mera especulación para convertirse en la peor de las pesadillas.

Si el origen de la actual crisis estriba en la expansión del crédito propiciada por la Reserva Federal, las recetas monetarias aplicadas por estos mismos organismos podrían dar al traste con la ansiada recuperación económica que ha comenzado a propiciar el mercado tras el pinchazo de la burbuja inmobiliaria en EEUU.

No obstante, tal y como advierte el profesor Jesús Huerta de Soto, "a partir de que la economía norteamericana saliera de su última recesión en 1992, la Reserva Federal comenzó a orquestar una tremenda expansión crediticia que ha hecho crecer la masa monetaria en forma de billetes y depósitos (M3) a un ritmo próximo al 10% anual (lo que equivale a duplicar en cada periodo de 6 a 7 años el volumen total de dólares que circula en el mundo)". Tal expansión, materializada en la concesión de crédito fácil, provocó un grave desequilibrio en toda la estructura productiva, dando origen a las famosas burbujas de activos.

Sin embargo, dándole al borracho que ya empieza a sentir la resaca más alcohol, "las probabilidades de caer en un futuro no lejano en una grave recesión inflacionaria aumentarán exponencialmente (este es el error que se cometió tras el crash bursátil de 1987, que nos llevó a la inflación de finales de los ochenta y terminó en la grave recesión de 1990-1992)". Y, en este sentido, cabe recordar que es la recesión inflacionaria, y no la deflación, el peor de los mundos posibles. Es por esto, y no por otra causa, que los principales gobiernos planean no sólo reformar el sistema financiero sino también el sistema monetario internacional, ante su posible quiebra.

El canario en la mina de carbón

Lástima que probablemente no haya habido en el s. XX debate económico más encrespado que el de las causas de la crisis en el capitalismo.

Los economistas clásicos lo atribuían, no sin cierta razón, a la especulación desenfrenada en mercancías gracias a un crédito bancario excesivamente laxo. Los socialistas en general lo vinculaban a la anarquía productiva del capitalismo. Y los keynesianos pensaron que se debía a una intrínseca inestabilidad de los mercados financieros que terminaba provocando una crisis de demanda.

Ninguna de estas explicaciones, sin embargo, nos proporciona una auténtica y completa teoría del ciclo económico. ¿Lo sabe Obama? Lo dudo mucho. Entre otras cosas, porque estas demagógicas declaraciones se producen apenas unas semanas después de que el presidente estadounidense propusiera renovar a Ben Bernanke al frente de la Reserva Federal. Dicho de otra manera, Obama coloca al zorro al frente del gallinero y luego pretende terminar con la carnicería: adecuada postal de cuáles son sus conocimientos sobre economía y los ciclos económicos (no muy alejados a los de Zapatero, probablemente).

Los ciclos económicos, tal y como explica extensamente la Escuela Austriaca, son una consecuencia de una expansión desproporcionada del crédito bancario por encima del ahorro real de la sociedad. La inversión proviene del ahorro y el ahorro de la restricción del consumo; los bancos, sin embargo, permiten que se invierta sin que se deje de consumir, lo que eventualmente termina provocando el colapso de la pirámide de deuda que se ha construido.

¿Y cómo logran esto los bancos? Básicamente porque se endeudan a corto plazo (depósitos a la vista) e invierten a largo (hipotecas, préstamos empresariales, bonos…). Los depósitos a la vista (y la deuda a corto plazo en general) generan la ficción entre las familias de que tienen disponible su dinero y de que pueden seguir consumiendo antes de que maduren las inversiones que han realizado los bancos con su dinero. Con lo cual, durante un tiempo se invierte mucho más sin que se esté consumiendo mucho menos. Resultado: llega un momento en el que las inversiones no generan la renta suficiente como para amortizar toda la deuda viva y comienzan las liquidaciones y las reestructuraciones de las (malas) inversiones.

El problema que tienen los bancos es que si tienen mucha deuda a corto y muchas inversiones a largo, más pronto que tarde terminarían quebrando. Y aquí es donde entran los bancos centrales: gracias a su capacidad para crear medios de pago de curso forzoso –esto es, inflación– pueden proporcionar "liquidez" a los bancos privados que es´ten muy endeudados a corto plazo y así retrasar su quiebra. El resultado es el esperado: los bancos siguen endeudándose todavía más a corto plazo e invirtiendo a largo, distorsionando toda la economía.

Lo cierto es que las nocivas consecuencias de los bancos centrales pueden minorarse si al frente de la institución se sitúa una persona más o menos sensata y que conozca mínimamente los entresijos del negocio bancario, como Paul Volcker. Sin embargo, cuando ponemos al frente a un destemplado como Bernanke o a un Greenspan en sus años gañanes, las consecuencias pueden ser nefastas, como acabamos de comprobar: los bancos obtendrán tanta liquidez y tan barata como la necesiten para seguir inflando y distorsionando la economía.

¿Quiere terminar Obama con las burbujas? Pues que liberalice la banca y que no nos venga con la milonga de que el libre mercado genera ciclos económicos. Claro que dudo mucho de que lo haga; más bien parece que quiere llevar las burbujas a su redil. Ya sabe, cambiar para que todo siga igual.

La hora en que se alumbró la libertad

Las declaraciones de Mas haciendo de menos a España y sus instituciones, y lanzando una amenaza imprecisa. ¿No es lo de siempre? Buceo por la actualidad dominical en busca de alguna noticia. ¿No vendrá el último día de la semana al rescate de este articulista huérfano de temas?

No. Hay que esperar al lunes. Lunes 7, a las 7 de la mañana, que es la hora de Federico, la hora de esRadio, la hora de esta casa y del periodismo. En ese preciso instante comienza el sueño que guardamos en un cajón, hace años, quienes aprendimos a hacernos ciudadanos con Antena 3 de Radio.

Es cierto, como dijo Jiménez Losantos a este periodista antes incluso de ejercer la profesión, que políticamente aquella Antena 3 no era políticamente lo que ha llegado a ser la COPE. Pero también lo es que consiguió hacer frente, hasta vencerle en desigual lid. Aquél "empate técnico" frente al "imperio del monopolio", cuando Prisa era un grupo poderoso y no un muerto viviente, nos llenó de orgullo a muchos. Y de miedo a muchos otros. Un miedo que acabó en el antenicidio.

La COPE tuvo la generosidad de salvarse a sí misma acogiendo a los profesionales de aquella casa. Estos años duros, todos lo son para la libertad, las ondas de la COPE nos han acogido a quienes todavía la queremos lo suficiente. Pero esa casa tenía un cuerpo y dos almas, y por algún lado tenía que deshacerse ese sin Dios.

Y el monstruo se rasgó por donde tenía que rasgarse. Por quienes están contra el poder sin más compromiso que el de la libertad y la verdad, dos querencias que por este rincón del Universo se unen inextricablemente al compromiso con España.

Ahora nace, desde un pequeño rincón de las ondas, el proyecto más auténtico de una vida volcada hacia la libertad, la suya y la de todos. Mucha suerte a los compañeros de esRadio.

12, 18, Tuenti

Viene a cuento de la noticia de que el Partido Popular, en esa carrera sin frenos para perder las próximas elecciones, quiere prohibir el uso de redes sociales a los menores de 18 años, mientras que propone rebajar la edad penal a los doce años. Aquí se avecinan, en infeliz ayuntamiento, varios errores.

El primero es del diario El País. Una cosa es la consideración de que un comportamiento es delictivo para una persona de 12 años y otra muy distinta es la cuestión de la pena que se le deba imponer por su comportamiento delictivo. Un homicidio podría ser un delito para un chaval de 12 años y para un ministro. Pero ello no quiere decir que, por el mismo delito, tengan que cumplir la misma pena. Es decir, que a los menores de determinada edad se les puede enviar a centros especializados en personas de esas edades sin necesidad de que compartan patio con los mayores de edad.

El Partido Popular, quizá porque no es un diario global en español, que eso condiciona mucho, es capaz de entender esta distinción tan inmediata. Pero comete otros errores. El primero de ellos es no ponerle la correa al perro que llevan dentro. Se les escapa de la caseta, y claro, se pone a ladrar moralinas a izquierda y derecha. ¡Qué paternalismo! ¿Era PP o Papá? No quieren que nuestros menores se salgan del buen camino por unos minutos de ver fotos indecentes en Tuenti o responder encuestas estúpidas en el Facebook.

Quizá haya algún espíritu sensible que, no cumplidos los 18 años, necesite cierto control para no caer a un oscuro pozo de bits, pero quien debe tomar esa decisión no es el PP y el Estado cuando lo ocupen. ¡Son sus padres! La propuesta del PP consiste en exigir, precisamente, una autorización paterna. Pero dentro del derecho de los padres está también el de decidir si ejercen ese control o no, y en caso de que lo hagan, el modo de hacerlo.

Llevan años ya defendiendo el derecho de los padres a objetar por el contenido de la asignatura Educación para la Ciudadanía y ahora abandonan los derechos de los púberes y de sus progenitores para cambiar de bando: quien toma aquí la decisión es el Estado.

Por no creer, esta derecha descreída no se cree ni a sí misma.

A ver si vamos a estar en guerra…

A los votantes socialistas en general, y a los referentes progresistas en particular, les pareció muy sensata esa diferencia esbozada por el presidente, por lo que las algaradas callejeras y los ataques a las sedes del PP sin que ese Gobierno hubiera enviado un soldado a la guerra, han desaparecido milagrosamente ahora que participamos en una operación de envergadura en la que mueren civiles a cascoporro. Las portadas de la prensa española mostrando los cuerpos mutilados de niños y ancianos iraquíes tampoco han tenido continuidad ahora que estamos un poquito más hacia el este, participando en una operación exactamente igual, pero esta vez con tropas sobre el terreno.

Zapatero afirmó que estamos en Afganistán en son de paz, pero asombrosamente los talibanes no arrojan al paso de nuestros soldados ramilletes de clavellinas (o de amapolas opiáceas, que es la variedad más popular en la zona y para el caso es lo mismo), sino unos pepinazos muy escasos de talante.

Total, que a pesar de los esfuerzos de Zapatero, el silencio lanar de "las gentes de la cultura" y el papelón de Karma Chacón, hay ciertas sospechas de que lo que está ocurriendo en Afganistán tiene poco que ver con el cuadro pacifista que todos ellos dibujan cada vez que tocan el tema. Las evidencias de que estamos participando en una guerra eran ya nítidas antes de que Zapatero enviara tropas a suelo afgano y unos meses más tarde las incrementara para "ayudar a Obama", pero tras la reciente ofensiva talibán en la zona asignada a España es probable que hasta Leire Pajín tenga que reconocer que paz, paz, lo que se dice de paz, la misión española tiene muy poco. Y cuesta entender esos reparos permanentes a llamar a las cosas por su nombre, porque bien sabemos todos que ningún progre se va a echar a la calle o a dar un balido más alto que otro ocurra lo que ocurra en Afganistán. Su objetivo en todo momento fue echar a Aznar del poder, y eso ya lo consiguieron hace cinco años.

Los que peor quedan en todo este asunto son nuestros soldados, obligados a matar enemigos y repeler continuos ataques en esa misión de paz tan rara que les ha encomendado Zapatero. El ex ministro de Defensa, Pepe Bono, dijo en su día que prefería morir a matar, pero afortunadamente las tropas españolas tienen una opinión distinta sobre lo que se debe hacer cuando una horda multiculturalista reacia a aliarse civilizatoriamente con nosotros te ataca con helicópteros, morteros y fusiles de asalto. O Zapatero y Moratinos consiguen pronto el milagro ecuménico de aliarnos con los talibanes, o muy pronto no habrá pirueta léxica que disfrace la realidad elemental de que estamos participando en una guerra. Y encima promovida por los Estados Unidos de Norteamérica.

Un privilegio de Google

Sin duda alguna, en su sede central están orgullosos de que el Gobierno de los Estados Unidos –y, en virtud de numerosos acuerdos, los de muchos otros países– reconozca a esta empresa como la legítima propietaria de una idea concreta. La "genialidad" en cuestión de la que ahora son amos y señores no es otra que poner una caja para introducir texto y dos botones debajo sobre un fondo blanco.

Al margen de ese "orgullo y satisfacción", que diría el suegro de la hermana de la nueva enchufada por el PSC-PSOE de Barcelona, poco más han logrado con todo ese esfuerzo. Un esfuerzo que seguramente les ha costado además buenas cifras de dinero para pagar abogados y otros profesionales. En términos de beneficio reales para Google, es difícil imaginar alguno. Han logrado que algunos buscadores de menor importancia vayan a dejar de copiar su formato, pero eso no tiene ninguna importancia real. Nadie, o casi nadie, iba a confundir a esos pequeños rivales con el gigante de las búsquedas.

Lo que sí encuentro son problemas a este empeño. Cada vez quedaban menos internautas que se creyeran el Don’t be evil del que hace gala el mayor buscador del mundo. Los motivos son múltiples. En mi caso, como con muchos otros gigantes de internet, su disposición a colaborar con la censura de la dictadura china. Ahora dan una razón más. Han demostrado ser tan voraces como otros, por ejemplo Microsoft, en la cuestión de las patentes. Y esto es algo que disgusta a millones de personas muy implicadas en asuntos de internet o de informática en general.

Mientras tecleo estas líneas me rebelo mentalmente, una vez más, contra esa ficción jurídica llamada propiedad intelectual y todos sus derivados. En nombre de la supuesta posesión por parte de Google de una idea, se priva a cualquier diseñador de sitios web de usar libremente su propiedad. Nadie podrá crear, con su propio ordenador, una página similar para alojarla en un servidor que sea suyo. En este caso no es realmente grave, seguro que con una mínima modificación (tal vez un tercer botón) ya no se viola la patente. Sin embargo, es un buen ejemplo.

La propiedad intelectual no sólo es un lastre al desarrollo humano, al dificultar la difusión de ideas o conocimientos. Es, además, un atentado contra la propiedad privada y la libertad de terceros. Resulta triste que algo inventado hace cuatro siglos como un privilegio para favorecer a los mimados por reyes y similares se haya terminado aceptando como algo justo.

¿Subir impuestos? Ni razonable, ni obligado, ni solidario

Durante meses, los adalides del déficit público han estado repitiendo que no importaba descuadrar las cuentas porque, en una situación en la que no había inversión privada, la expansión del gasto público no tendría efecto expulsión.

Cuando la cuerda del déficit llega a su fin sin haber conseguido ningún resultado meritorio, los mismos que antes nos vendían el gasto público como solución, buscan ahora en la subida del Impuesto sobre las rentas patrimoniales una solución a los desperfectos de su anterior “solución”. Sin embargo, hay motivos sobrados para pensar que la nueva medida afectará a las inversiones, el empleo y las posibilidades de salir de la crisis.

Esta subida impositiva es una nueva vuelta de tuerca al ahorro, que sigue a la realizada hace apenas dos años por el Gobierno socialista. Recuerden que entonces no sólo subió el gravamen del 15% a 18%, sino que además reinstauró la injusta doble imposición a los dividendos al gravar primero el beneficio empresarial con el impuesto de sociedades y, después, el reparto del mismo ya gravado nuevamente con el Impuesto sobre la Renta.

El Gobierno parece estar convencido de que, con tal de no tocar el Impuesto de Sociedades, su subida de impuestos no afectará al tejido empresarial ni al trabajo. Se equivoca y mucho.

La reducción de la tasa esperada de retorno que conlleva la subida de Zapatero desincentivará un buen número de inversiones nacionales, al tiempo que gran parte de los inversores extranjeros huirá de nuestro infierno fiscal hacia lugares donde el tratamiento de las ganancias patrimoniales sea más templado.

El error garrafal está en pensar que la riqueza que se genera, así como la cantidad y la localización del capital que se invierte o el número de sueldos y salarios que se pagan, son algo independiente de los impuestos al ahorro y a la inversión que ponga el Gobierno.

En el contexto de falta de liquidez y menoscabo de capital que viven muchas empresas españolas, la subida del impuesto sobre las ganancias patrimoniales es una de las medidas menos razonables que quepa adoptar. Este impuesto grava la productividad, la reinversión y la acumulación de capital en el preciso instante en el que necesitamos de las tres como agua en el desierto.

Las empresas viables pero con problemas necesitan ahorro para recapitalizarse, y para que esto sea posible hace falta mimar el ahorro en vez de maltratarlo.

De lo contrario, las empresas subcapitalizadas que acudan a ampliaciones de capital sólo podrán ofrecer la siguiente alternativa: si la operación sale mal el inversor lo pierde todo mientras que si sale bien, Hacienda se queda con una buena tajada del premio. Poniendo esa espada de Damocles sobre los inversores sólo cabe esperar como resultado el alargamiento de la crisis.

Innovación

Por otro lado, esta medida miope dinamitará la ansiada creación de empleo a través de un cambio de modelo productivo. Y es que los proyectos de inversión más afectados serán aquellos más innovadores, que combinan elevadas posibilidades de pérdidas con la posibilidad de obtener beneficios extraordinarios. El crecimiento económico basado en la innovación no se consigue regando institutos científicos y universidades con dinero público.

Por mucha innovación que fomenten las subvenciones, si no hay empresarios que conviertan esos descubrimientos en productos con demanda real no habrá cambio de modelo productivo. En la Unión Soviética había mucha investigación pública, pero a nadie en su sano juicio se le ocurriría decir que lo que había detrás del telón de acero era una sociedad dinámica e innovadora.

Las grandes plusvalías son la zanahoria que orientan e incentivan cambios viables en el modelo productivo, y el Gobierno, ajeno a esta realidad, pretende agarrar las zanahorias para tapar agujeros y dejar ingenuamente el motor del cambio en manos de subvenciones a entes que, a menudo, sólo sirven para mantener sus propias estructuras burocráticas.

España necesita cientos de miles de start-ups para generar empleo en cantidad y cambiar el modelo productivo. Pero estas empresas siempre parten con capital familiar, o del círculo más cercano, constituyendo ahorro y luego arriesgando parte del patrimonio.

Las que logren el favor del consumidor podrán desarrollar el proyecto gracias a ángeles inversores, al venture capital, a los fondos capital riesgo y, eventualmente, a la colocación en bolsa. Pero, de nuevo, todo este dinero para invertir sólo será atraído por la zanahoria de las grandes plusvalías porque los riesgos de pérdida son enormes.

Generar empleo sostenible gravando las rentas del ahorro y las plusvalías es una misión imposible. Con esta política, la creación de empleo quedará fiada sólo al déficit público. Eso fue precisamente lo que intentó Roosevelt tras la Crisis del 29 y el resultado fue que, tras diez años de alocado déficit, EEUU tuvo un paro medio del 18.6%.

Por más que hayan pasado setenta años, las leyes económicas siguen siendo las mismas y el Gobierno debería abstenerse de emular al presidente que más tiempo a su país mantuvo en una Gran Depresión.

Falsa solidaridad

Una subida de impuestos nunca puede ser considerada una medida solidaria y, en este caso, posiblemente menos aún que en otros. Elevar los impuestos de las rentas del capital (a los ahorros invertidos para entendernos) no ayudará a mejorar las rentas del trabajo.

Las retribuciones de los trabajadores dependen de la cantidad de capital que se haya acumulado para ayudar al trabajo en su esfuerzo productivo y del espíritu empresarial para dar forma, organizar y dirigir todo ello. En este sentido, la subida de impuestos que planea el Gobierno sólo puede reducir la productividad y las rentas laborales. Por último, pero no por ello menos importante, las rentas del ahorro y las plusvalías fruto de las ventas de elementos patrimoniales son el complemento de muchas familias, personas mayores y personas con dificultades para llegar a fin de mes sólo con su pensión, su subsidio o, si son afortunados, su sueldo. La solidaridad no puede consistir en quitarles aún más a estos millones de ahorradores para mantener planes de expansión del gasto público que, con demasiada frecuencia, se materializan en un consumo superfluo y que, en todo caso, no sirven para gastar en lo que esas familias o esos pensionistas hubieran querido y consideran más urgentes para salir de su situación económica.

El Gobierno se ha metido solito en este entuerto. Nadie le obligó a elevar el gasto público ni a incurrir en un rampante déficit cuando la población hacía justo lo contrario apretándose el cinturón. Creyó a pies juntillas en la falacia keynesiana que confía en que el gasto de los recursos por parte de políticos y burócratas con cargo a las rentas futuras de la ciudadanía genere un mayor crecimiento que las decisiones de ahorro e inversión de los propios interesados en salir de la crisis. Pero aún no es tarde para rectificar. La subida de impuestos no es ni mucho menos obligada. El Gobierno está a tiempo de llevar a cabo una ambiciosa reducción del gasto público y liberalizar tantos mercados como sea posible. No se trata siquiera de empezar a debatir si los servicios públicos deben ser privatizados o no. Se trata de que, como todo el mundo sabe, no hay Ministerio en el que no haya despilfarro de recursos y el margen para recortar gastos es amplio. Así, el Gobierno podría devolver a los ciudadanos la voz cantante en la salida de la crisis y quitarse de encima un peso que nunca debió arrogarse.

Republicanos en Palacio

Cayo Lara es republicano de profesión y el Rey lo es por vocación, como ya se encargó de señalar en su día Rodríguez Zapatero exaltando la figura del monarca y felicitando a todos los españoles por tener un rey "muy republicano". Ser republicano queda muy progre y si por algo se han distinguido siempre los borbones es por ir con el sino de los tiempos. Es cierto que algunas veces "los tiempos" les han indicado el camino a la puerta, pero son vicisitudes puntuales que en nada empañan la trayectoria ejemplar de una dinastía identificada con el pueblo y sus neurosis episódicas, como la de instaurar una nueva república a pesar de los antecedentes de nuestra historia.

Lo más chocante es que una gran parte de los que aspiran a cambiar de régimen se declaran orgullosos herederos de nuestra última aventura republicana, que acabó en una feroz guerra civil con los borbones en el exilio. Con esos antecedentes, lo más prudente es que los sucesores de unos y otros observaran cierta moderación en sus alardes republicanos, pero como en España todo es excesivo, el titular de la monarquía constitucional y el responsable de un partido antisistema a punto de convertirse en fuerza extraparlamentaria se reúnen en palacio para conversar, entre otras cosas, sobre la mejor forma de traer a España la III República, que ya hay que tenerlos holgueros.

A los agnósticos en lo que respecta a la forma de gobierno nos importa relativamente poco que estas situaciones rocambolescas se produzcan, pero agradeceríamos cierta claridad en este asunto y, sobre todo, una mayor coherencia de los que se manifiestan dispuestos a cambiar la arquitectura política de la nación. Quiero decir que hubiera sido más presentable que a la salida del cónclave neorrepublicano en sede Real, el coordinador general de lo que queda de Izquierda Unida hubiera manifestado su contrariedad por el rechazo del monarca a debatir sobre el cambio de régimen en lugar de su satisfacción por la cordialidad del encuentro. Claro que después del estatuto de Cataluña, defender el orden constitucional es más bien cosa de héroes y nadie está a estas alturas para hazañas. Tampoco en Palacio.