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Hacienda 2010, la odisea tributaria

El tiempo apremia. Las directrices de Bruselas son claras en esta materia. Para 2012, los países miembros de la zona euro deberán recuperar la estabilidad presupuestaria y, por lo tanto, el déficit no deberá superar el 3% del PIB, tal y como establece la UE. En caso contrario, habrá graves consecuencias.

El problema es que, en la actualidad, el Gobierno está gastando el doble de lo que ingresa. El déficit y la deuda pública aumentan a un ritmo récord, como resultado del ya famoso Plan E. Un "estímulo" a base de dinero público que ha tenido un efecto nulo sobre la economía, pero que está siendo nefasto para las cuentas públicas.

Los miles de millones invertidos en el rescate de las inmobiliarias y promotoras no impedirá el colapso que vive el sector; los 5.000 millones de euros para ayuntamientos constituyen un despilfarro sin parangón y, pese a ello, el Gobierno prepara un segundo plan de similares características para el próximo año; las ayudas públicas para la compra de vehículos, o el nuevo subsidio de Corbacho para parados sin prestación son las últimas medidas que se suman a esta suerte de despropósitos.

El Gobierno vende a la ciudadanía que estos planes servirán para ayudar a los más necesitados y paliar la recesión que vive el país. Por desgracia, no sólo no servirán de nada sino que, además, pasarán una factura difícilmente cuantificable para los contribuyentes. Economía prepara una amplia reforma fiscal en la que revisará al alza numerosos tipos impositivos: nuevos impuestos verdes, aumento de tributos indirectos y subida del IRPF a las rentas altas (más de 60.000 euros al año).

No se dejen engañar. La clase media sufragará el coste del rescate económico ideado por Zapatero. Los contribuyentes con rentas brutas anuales comprendidas entre los 10.500 y 39.000 euros son los que abastecen de recursos al Fisco. Entre ambos tramos se concentra el 65,6% de los contribuyentes y el 56,5% del total de la recaudación por IRPF, según los datos de la Agencia Tributaria correspondientes a 2007. Las rentas superiores a 60.000 euros únicamente representaron el 4,3% de las liquidaciones del IRPF, y apenas el 20% de la recaudación total.

De este modo, es evidente que la reforma fiscal afectará, sobre todo, a las rentas medias. No obstante, el contribuyente medio es mileurista y paga unos 4.000 euros al año en IRPF. Nada extraño si se tiene en cuenta que 18,3 millones de trabajadores (el 63% del total) perciben unos ingresos brutos mensuales inferiores a 1.100 euros mensuales.

De momento, Economía ya ha subido los impuestos del tabaco y la gasolina, ha eliminado la deducción por compra de vivienda habitual, ha endurecido las inspecciones fiscales a empresas y autónomos y presiona a Interior para que recaude más multas de tráfico.

A continuación, será el alcohol, el IRPF, el IVA y nuevas figuras impositivas las encargadas de incrementar por vía fiscal los deteriorados ingresos del Estado. De este modo, el ciudadano medio, además de tener que seguir pagando las facturas y las letras de la hipoteca, con la incertidumbre de quedarse en paro, tendrá que soportar un significativo incremento de la presión fiscal. Los trabajadores y empresas serán castigados por el Gobierno en 2010.

Dicha reforma tan sólo retrasará la recuperación económica. En un momento en el que familias y empresas se esfuerzan por saldar deudas y aumentar sus tasas de ahorro, el Ejecutivo ha incurrido en el mayor despilfarro de dinero público de las últimas décadas y, por lo tanto, contrarresta el positivo desapalancamiento iniciado por los agentes privados.

Y todo ello, sin tener en cuenta que el mayor volumen de gasto público aún está por llegar. Se trata del rescate bancario. Más de 90.000 millones de euros, según la estimación inicial de Economía (FROB) –que será más– para salvar a entidades financieras insolventes.

¡Fantástico! Y mientras, Alemania, tras sufrir la mayor recesión en décadas, comienza a repuntar manteniendo el déficit público en el 1,5% del PIB. Spain is different my friend.

Una recompensa a la mala gestión

No es que quiera simplificar el cometido de un banquero central aunque, como ya expliqué, Bernanke debería haberse limitado a lo que prescribió Walter Bagehot en su famoso tratado Lombart Street:

La mejor manera en la que el banco de banco –que posee la custodia de las reservas de todos los bancos– puede gestionar una crisis de confianza es prestando sin límites. El instinto inicial de todo el mundo es el contrario. Que si existe una gran demanda del bien que tu quieres preservar, hay que atesorarlo (…) Pero todo banquero sabe que este no es un buen mecanismo para calmar el pánico (…). Quienes tienen el dinero en efectivo deben estar preparados no para utilizarlo no para satisfacer sus obligaciones, sino las obligaciones de los demás. Han de prestar dinero a los mercaderes, a los pequeños banqueros, a ese y a aquel hombre… siempre que aporten buen colateral.

Subrayo deliberadamente las últimas cinco palabras porque son la clave para delimitar el error de Bernanke. Básicamente, pensemos en un pánico bancario como un escenario en el que cada individuo está ansioso por retirar su dinero del banco no porque necesite el efectivo, sino porque el resto de personas –que tampoco lo necesitan– están acudiendo a retirarlo y teme que no haya suficiente para todos y que, por tanto, los demás sean más veloces y se queden con su porción.

Se trata, pues, de un problema de coordinación entre los agentes: nadie sacaría el dinero del banco si nadie más lo hiciera, pero como todos lo hacen, todos se ven forzados a hacerlo. En Teoría de Juegos se diría que nos encontramos ante un dilema del prisionero donde la acción individual provoca consecuencias colectivas desastrosas (la destrucción de grandes cantidades de unidades de negocio sin motivo alguno).

Por fortuna, los mercados suelen desarrollar mecanismos que coordinen a los agentes y prevengan estos resultados desastrosos. En nuestras sociedades, ese mecanismo de coordinación está monopolizado por los llamados bancos centrales, encargados de gestionar de manera centralizada estos pánicos bancarios. No es una situación agradable ni óptima, pero es la que tenemos y padecemos y, por tanto, la que hemos de analizar. Una resignación que también se manifestaba en el texto de Bagehot:

Habría fracasado en mi objetivo si no hubiese mostrado que un sistema que confíe todas las reservas a un solo banco es anómalo, peligroso y trae nefastas consecuencias no del todo percibidas. (…) Estamos tan acostumbrados a un sistema bancario que dependa de un solo banco, que difícilmente podemos concebir otro. Pero un sistema natural –el que habría emergido sin la intervención del Gobierno– es el de muchos bancos que no se diferencien mucho de tamaño. (…) ¿Me convierte eso en revolucionario? ¿Propongo abandonar el sistema del monopolio de reservas y pasar a uno de reservas competitivas? Simplemente no, sería demasiado ingenuo por mi parte.

Así pues, y admitiendo que vivimos en uno de los peores sistemas financieros posibles, ¿qué política debe implementar un banquero central ante una crisis de confianza en la banca? Pues prestar sus reservas de manera ilimitada… siempre que exista buen colateral; esto es en el lenguaje inglés del s. XIX, activos que vayan a cobrarse sin incertidumbre y a corto plazo.

Cualquier otro préstado ilimitado por parte del banco central será un mecanismo de "ahorro forzoso" que confundirá salir de una crisis de liquidez con evitar un conjunto de necesarias quiebras empresariales (en este caso de la banca). Es decir, un mecanismo para que la ciudadanía subsidie a la banca vía inflación.

Dentro de esas directrices y siendo conscientes de las muy importantes diferencias entre el sistema bancario que estudiaba Bagehot y el actual, las decisiones que tomó Bernanke durante el cuarto trimestre de 2008 fueron bastante sensatas. En concreto, conforme se acumulaban las reservas de la banca privada en sus baúles, comenzó a descontar efectos comerciales a corto plazo de las empresas (en un programa que se denominó Commercial Paper Funding Facility) y al resto de la banca comercial (en otro programa denominado Term Auction Facility). Dos medidas, como digo, bastante acertadas que no suponían tensiones inflacionistas –como demuestra el hecho de que casi todas las empresas y bancos a las que prestó dinero ya lo han devuelto– y que permitían a la economía disipar el pánico sin bancarrotas innecesarias.

El problema es que a partir de 2009 Bernanke comenzó a prestar, no a corto plazo, sino por períodos de tiempo muy prolongados. Así, inició un programa para adquirir hipotecas a 30 años por importe de un billón de dólares y otro para comprar masivamente la deuda pública que emitía Obama para financiar sus planes keynesianos de estímulo.

Con ellos, Bernanke está poniendo en muy serio peligro la salud de la economía estadounidense y la estabilidad de su moneda. Y todo sin que fuera en absoluto necesario para resolver el pánico de confianza.

Tengamos presente que, siendo optimistas, la Fed no recuperará hasta dentro de 30 años el dinero que ha destindo a comprar hipotecas a valores muy inflados y que había recibido como depósito a la vista por parte de los bancos privados. En el momento en que estos bancos privados quieran retirar sus fondos de la Fed (y previsiblemente lo querrán antes de 30 años), al banco central no le quedará más remedio que, como ya reconocen sus propios directivos, vender a muy bajo precio las hipotecas y diluir el valor del dólar. El billete verde, por consiguiente, podría sufrir un pánico de confianza de la misma manera en que lo ha sufrido hoy el sistema bancario privado.

Y si estos son los méritos de Bernanke, ¿por qué Obama decide ahora renovarlo al frente de la Fed? Pues simplemente porque ha actuado muy lealmente a la hora de colocar las ingentes cantidades de deuda pública que ha emitido la nueva Administración con tal de expandir el poder del Estado. Roma no pagaba a traidores, Washington sí.

De Malthus a Malthus y tiro porque me toca

No es mi intención detenerme a señalar las fallas y deficiencias de este razonamiento, hoy blandido en diferentes versiones por los keynesianos. Baste apuntar que, como decía Stuart Mill, la demanda de trabajadores no depende de la demanda de bienes de consumo; el subconsumismo deja fuera de su ecuación la esencial influencia del ahorro y la inversión en el sistema capitalista. Menos consumo no es más pobreza, sino al contrario: más inversión y más riqueza.

Lo que sí pretendo es desarrollar uno de los comentarios al margen que realiza el profesor Cabrillo: los mismos que hace años acusaban al capitalismo de promover un consumismo desbocado e insostenible son ahora quienes lo acusan de generar un insuficiente consumo como para salir de la crisis. ¿Contradicción? No, conveniencia. Su finalidad en parte inconsciente siempre ha sido la de incrementar el poder del Estado: antes para que controlara el consumo –por ejemplo regulando la publicidad y sobre todo restringiera el uso de unos recursos naturales que iban a agotarse inminentemente–, ahora para que incremente el gasto público y fuerce aumentos salariales.

El cambio de ritmo no es casual. Existe una marcada correlación en la historia del pensamiento económico entre los períodos inflacionistas y el mileranismo ecologista y entre los períodos deflacionistas y las ideas subconsumistas. Al fin y al cabo, los malos economistas elaboran sus teorías de manera chapucera según por donde sople el viento contrario a la libertad y no tratando de comprender las esencias de la acción humana.

Probablemente el ejemplo más claro y esquizofrénico de esta correlación sea el de Thomas Malthus. El economista inglés ha pasado a la historia por su Ensayo sobre el Principio de la Población, escrito en 1798, donde pronosticaba que si la población crecía en términos geométricos y los recursos en aritméticos, pronto alcanzaríamos un estado de pobreza generalizado donde no dispondríamos de suficientes bienes de consumo para sobrevivir.

Menos conocido, sin embargo, es que Malthus escribió en 1819 sus Principios de Economía Política, cuyo mensaje más importante fue que el progreso económico se veía obstruido… por el insuficiente consumo de la población. ¿Cómo era posible que los riesgos fueran simultáneamente consumir demasiado y hacerlo demasiado poco? El pasaje de Malthus en el que intenta justificar ante David Ricardo su cambio de postua deja en evidencia su desorientación y confusión:

Me parece que Ricardo ha caído en el mismo error en el que estuve a punto de caer yo cuando, después de haber demostrado que los poderes irrestrictos de la población iban mucho más allá de los de la tierra para producir comida incluso en las condiciones más favorables posibles, hubiese considerado que la población resultaba irrelevante a menos que llevara a la tierra al colapso. Pero dicho esto, la población podría ser superflua, y muy superflua, en relación con la demanda de recursos para el consumo pese a ser deficiente, y muy deficiente, con respecto a la capacidad de la tierra para producir recursos adicionales para el consumo.

No se trata tanto de que Malthus fuera víctima de distintos Zeitgeist, sino que cayó en la trampa de una pobre observación empírica que lo llevó a teorizar sobre la marcha. Al fin y al cabo, en 1797, un año antes de que Malthus publicara sus teorías sobre la población, el Banco de Inglaterra suspendió pagos debido a que el Gobierno inglés financió desde 1793 la guerra contra la Francia revolucionaria imprimiendo billetes. Dicho de otra manera, Malthus reflexionó sobre la carestía de recursos naturales en un período inflacionista, donde todos los precios subían y donde parecía que pronto nadie podría seguir comprando nada: desde 1793 a 1800 los precios aumentaron alrededor del 70%.

De la misma manera, Malthus publicó sus teorías subconsumistas en 1820, un año después de que el Banco de Inglaterra volviera a convertir sus billetes en oro a la antigua paridad, lo que acentuó la deflación que ya había comenzado en 1815-1816 con el fin de las guerras napoleónicas y el anuncio de que se restaurarían los pagos. En otras palabras, Malthus teorizó sobre la falta de consumo en un momento en el que los precios descendían y las mercancías se acumulaban en las estanterías de los tenderos: entre 1815 y 1820 los precios cayeron más de un 40% volviendo a su nivel original.

Pero para comprobar estas marcadas oscilaciones en el pensamiento económico no hace falta irse casi 200 años atrás. Pensemos simplemente en cuál era una de las máximas preocupaciones durante la última década: el agotamiento de los recursos naturales. Hace poco más de un año todos los precios de las materias primas alcanzaron máximos históricos y los agoreros de siempre ya estaban pronosticando desabastecimientos generalizados por el planeta. Ahora, cuando sus precios han caído alrededor de un 70%, parece que el agotamiento está lejano y se exige a los poderes públicos que estimulen unos niveles de consumo que antes tildaban de insostenibles.

Lo mismo puede señalarse sobre el precio de los pisos: si hace años se pedía al Estado que forzara reducciones de precios para lograr una vivienda asequible, ahora se le exige que adopte distintas medidas, como recomprar los inmuebles a promotores y bancos, para evitar caídas tan drásticas de los precios.

La explicación a estos giros de veleta es sencilla y ya la hemos adelantado con Malthus: la fase alcista del ciclo se caracteriza por que el sistema bancario, guiado por los bancos centrales, fomenta una expansión crediticia muy por encima del volumen de ahorros reales, proceso que genera una presión excesiva sobre los bienes presentes (todo el mundo compra a crédito mercancías no producidas, por lo que suben los precios); la fase contractiva, por el contrario, se define por que todo el mundo intenta amortizar sus deudas y no toma dinero prestado para consumir: nadie compra a crédito y por tanto se amontonan una gran cantidad de stocks en los almacenes que deben ser liquidados a bajos precios.

En apariencia, pues, el problema en las fases expansivas es la exhuberancia irracional (consumimos demasiado y terminaremos con el plantea) y en las fases contractivas la excesiva frugalidad (consumimos demasiado poco y arruinaremos a los empresarios). Y, por ello, los estatistas piden primero controles malthusianos y después estímulos keynesianos.

En definitiva, los efectos del ciclo económico que provocan los bancos centrales no se limitan a la enorme destrucción de riqueza que generan, sino también a la promoción de todo tipo de doctrinas acientíficas, liberticidas y pauperizadoras. Otra mancha en el historial de nuestro intervenido sistema financiero.

El Big Bang de Obama

Eso, y no otra cosa, es su "yes, we can". Un "Podemos" que dispara a todos los cambios que se habían resistido secularmente. Entre otras cosas, por causa de la Constitución y del federalismo. Pero éste está de capa caída, y la Constitución es, en la mente de Obama, un texto con una legitimidad corta y breve. Y en ningún caso un freno a la voluntad de los estadounidenses que le tiene a él como máximo representante.

Obama es un presidente atípico, de eso no cabe duda. Está a la izquierda de su partido, que es la izquierda posible en Estados Unidos y, en condiciones normales, jamás habría llegado a la presidencia de un país que mayoritariamente se confiesa conservador. Pero ha llegado en un momento de crisis a la que ha contribuido en no poca medida su antecesor, George W. Bush. Y las crisis debilitan la resistencia de la sociedad a las embestidas del poder. El jefe de Gabinete de Obama, el radical Ralph Emmanuel, declaró en su momento que "no querrás jamás que una buena crisis se eche a perder. Esto es, lo que quiero decir es que es una oportunidad para hacer cosas que, de otro modo, no podrías hacer".

Obama quiere reformar el mercado financiero, el sanitario, el energético y lo que se le ponga por delante. The Politico, esa última gran creación del periodismo, explica que el Big Bang de Obama se desinfla. El Big Bang es la teoría de que Obama tenía que aprovechar el impulso político de su llegada para atizarle varios trágalas al Congreso de los Estados Unidos, en lugar de negociar en años sucesivos cada uno de los grandes proyectos de su Administración. Esa teoría podría ser más falsa que el flogisto.

Porque Obama es el epítome de la elocuencia vacía. Sus palabras son sugerentes y atractivas, un llamamiento a todo el mundo a hacerlas suyas. Pero no son lo suficientemente precisas como para explicar bien cuáles son sus verdaderos planes. Obama, sencillamente, no ha explicado a sus ciudadanos las razones y las implicaciones de todas sus políticas. Los cambios se aceleran, pero la gente tiene que digerirlas antes de aprobarlas. Y congresistas y senadores lo saben, y temen perder sus puestos si siguen ciegamente al presidente, incluidos varios demócratas.

Quizá la política de los Estados Unidos no sea tan de chicle como pretende Obama.

Experiencia democrática venezolana

En Madrid, Pedro Almodóvar, gañán ilustrado, el malhumorado Fernando Fernán Gómez y la bellísima Leonor Watling leen un manifiesto bajo el título "paremos la guerra en Irak". Los tres lamentan que haya quien esté "contra la experiencia democrática venezolana".

Chávez continúa con su democracia experimental. La democracia, como él y sus admiradores la entienden, es un palo con el que golpear, hasta las últimas consecuencias, a los recalcitrantes. Como siempre los hay, la cuestión es entrar en sus mentes e impedir que refuercen sus propias ideas. Chávez está en plena guerra contra los medios de comunicación desafectos, "independientes", como se hacen llamar. Pero esa visión bolivariana del futuro le lleva a entrar directamente en las escuelas para sustituir la instrucción en el acervo de saberes que pueden transmitir sus profesores, una panoplia de viejas y gastadas ideas, por una verdad para una nueva sociedad. Educación para la bolivarianía.

Así se construye la democracia experimental de nuestros queridos Almodóvar, Gómez y Watling, entre ejércitos paralelos al servicio del partido (recuerden a las SS, fruto de otra experiencia democrática), junto a la aplicación del socialismo a los periodistas, en forma de palizas, cabe a la formación de una nueva oligarquía. El fin, que siempre es un futuro prometedor que otros nos han querido negar, y que está permanentemente a la vuelta de la esquina, justifica los medios. Claro que sí.

Especialmente cuando esos medios son democráticos. Como, por ejemplo, la aplicación de gas bolivariano sobre las masas, que se manifiestan en la calle, del modo más antirrevolucionario, contra la nueva Ley Orgánica de Educación. ¡Qué experimental! ¡Qué democrático! ¡Cuán bolivariano! ¡Cuán progresista y de izquierdas! Gases lacrimógenos. ¡Lágrimas de cocodrilo!

Cada día que pasa, esta democracia es más experimental.

Obama, el spammer

Si consigue esto último, desde su equipo tratarán de venderlo como una victoria, pero será en realidad su primera gran derrota como presidente de Estados Unidos.

Antes incluso de conocer cuál será el resultado final, la gran apuesta de Obama le ha supuesto un gran coste en términos de popularidad. El actual inquilino del 1600 Pennsylvania Avenue de Washington DC ha descubierto que no tiene carta blanca para poner en marcha cambios radicales de lo que, más que el sistema político, muchos estadounidenses consideran su modelo de sociedad. En el caso de que fracase en su intento de reformar el sistema sanitario, el desgaste de su liderazgo será todavía mayor. Por eso él y su equipo han puesto toda la carne en el asador para lograr popularizar el proyecto. Y eso incluye, no podía ser de otro modo, el uso de la red.

Dentro del sitio de internet de la Casa Blanca se ha creado un apartado específico destinado a lograr adeptos a la reforma y dar argumentos a sus partidarios. Lleva por título el pretencioso nombre de "La Reforma del seguro médico: la realidad" e incluye una versión en español. Lejos de conseguir su objetivo, esta web ha logrado convertirse en un verdadero quebradero de cabeza para el equipo de Obama y, de paso, demostrar las malas formas de uno de sus miembros.

Desde la Casa Blanca se envían, se supone que sólo a quienes lo soliciten, correos electrónicos informando de las novedades del sitio dedicado a promocionar la reforma sanitaria. El problema es que muy pronto se supo que los mensajes también les llegaban a muchos que no habían dado su dirección de e-mail con tal fin. La primera reacción del equipo de Obama fue negar la realidad. Cuando, por fin, no les quedó más remedio que reconocer lo evidente se optó por culpar a unos terceros sin especificar y, de paso, atacar a quienes denunciaban el spam presidencial.

El encargado de ello fue el responsable de internet de la Casa Blanca, Macon Phillips, que lo hizo a través de la bitácora de dicha institución. La entrada en cuestión no tiene desperdicio. Además de culpar de los "correos basura" a unos misteriosos grupos "fuera de todas las líneas políticas", se dedica a insultar a quienes se oponen a la reforma. De ellos, Phillips dice que tienen como táctica el descrédito y los rumores online. De quienes denunciaron el spam, que invocan "siniestras teorías de la conspiración".

Si desde la Casa Blanca se hubieran limitado a pedir perdón desde el primer momento se podría confiar en su sinceridad. Sin embargo, la negativa inicial junto con los posteriores insultos y excusas poco claras hacen pensar que desde la Casa Blanca apostaron por el "correo basura" puro y duro. Obama se ha convertido en el primer presidente spammer de los Estados Unidos. Todo un logro negativo.

El estanco de Roures

En 1952, la exposición de motivos del decreto de organización del recién creado Ministerio de Información y Turismo hacía la siguiente confesión, plagada de los habituales eufemismos:

La información se configura como uno de los servicios públicos de más hondo contenido y más delicado tratamiento, ya que debe sujetarse a la obligación de promover el bien común, en orden a formar sanos criterios de opinión y a difundir la más auténtica conciencia de nuestra Patria y sus circunstancias, tanto en el interior como en el exterior.

Por una suerte de metonimia se calificó después como servicio público a los concretos medios de información de masas, tanto los que ya existían en los años 50 del pasado siglo –radio y prensa– como el que destacaría por sus enormes posibilidades: la televisión.

De manera previsible, el gobierno de la época puso bajo su estrecha férula un invento con un potencial "informativo" tan influyente, incluso antes de que hubiera retransmisiones regulares de televisión. Tenía a su disposición la "técnica" de reservarse esa actividad (según expresión acuñada por los administrativistas) y declararla servicio público.

Esa atribución de la titularidad al Estado no condicionaba, en principio, el régimen de la prestación de los servicios públicos. De hecho, a lo largo del tiempo, hemos contemplado la gestión directa por la administración –o bajo la careta de organismos autónomos, entes públicos y sociedades mercantiles públicas– y la indirecta, a través de la adjudicación a empresas privadas de la prestación mediante una concesión administrativa.

Con escasas variaciones, ese fue el régimen jurídico que desarrolló el gobierno socialista de González Márquez en 1988, cuando se aprobó la mal llamada ley de televisión privada, antecedente directo de la regulación audiovisual que padecen los españoles. Más que regular una actividad privada, esa ley declaró la televisión como "servicio público esencial", cuya titularidad se reservaba el Estado (siguiendo en este punto la posibilidad contemplada en el Art 128 CE y la estela franquista) al tiempo que se regulaba por primera vez la gestión indirecta de esta actividad por sociedades anónimas privadas, mediante el régimen de concesión administrativa.

El análisis de la situación actual no puede soslayar la raíz del problema: la consideración de la televisión, cualquiera que sea su forma de transmisión, como un servicio público sometido a la graciosa concesión del Gobierno.

Ahora bien, las arbitrariedades anteriores en materia de televisión palidecen ante las reformas de este gobierno, uno de cuyos ejemplos ha sido la reciente introducción de la modalidad de pago de la TDT. La cadencia en el despliegue de la reglamentación desmiente la "extraordinaria y urgente necesidad" que el Gobierno ha esgrimido en los dos últimos decretos-leyes (1 y 2) aprobados este año para regular la materia.

Incluso en países corrompidos por el mercantilismo, la llamativa sincronización de las reformas legislativas con los planes de negocio del grupo empresarial presidido por Roures daría lugar a la apertura de una investigación para averiguar si las relaciones de amistad de sus gestores con los reguladores han desembocado en un burdo tráfico de influencias. Nótese las coordenadas que han coincidido en el momento de dictarse el último decreto-ley. En un sector donde el Gobierno dispone supuestamente de un servicio público, la falta de previsión de una forma de explotación por los concesionarios de canales de TDT impedía la modalidad de pago. En el año 2010 se produce el apagón analógico según la legislación previa que era tan urgente aprobar. En esta temporada 2009-2010, que comienza el próximo fin de semana, por primera vez Mediapro hace efectivos los derechos del fútbol de pago de la Liga de Campeones europea al mismo tiempo que los adquiridos a la mayoría de los equipos españoles en la liga nacional.

Después uno examina el surtido de "productos informativos" del grupo mediático agraciado donde se repiten incesantemente las consignas gubernamentales, sin el menor atisbo de contraste. No pasa de ser una propaganda gruesa y elemental, repleta de falacias ad hominem. Seguro que sus planificadores creen que forma "sanos criterios de opinión" de una vanguardia de activistas. Y se cierra el círculo. Recuerda al único régimen político que los actuales gobernantes conocieron en su juventud y en el que muchos prosperaron.

Mientras no se aborden reformas en el sector audiovisual que supriman la reserva de servicio público esencial de la televisión y sustituyan el régimen de concesión por simples licencias a las empresas privadas dentro de las limitaciones técnicas, la regulación no producirá más que estos estancos del capitalismo de amiguetes.

Un desatino cebrianés

Comienza mencionando el franquismo, y es que hay gente que lo conoció bien, medró con él, y no pueden dejar de recordarlo; o quizás quiere manchar con tintes franquistas a quienes va a criticar, pero eso sería un golpe bajo seguramente impropio de su nivel argumentativo.

Cebrián protesta contra la mala costumbre de gobernar a golpe de decreto ley, porque no suele haber la "extraordinaria y urgente necesidad" que requiere la Constitución. Pero la Constitución no menciona de quién o para qué sea esa extraordinaria y urgente necesidad, y el Gobierno de ZP y sus amigos de la Sexta (a quienes con muy mala educación nunca menciona por su nombre) son conscientes de que comienza la temporada de fútbol (urgencia) y no pueden seguir ofreciéndolo gratis con el pastón que les han costado los derechos de emisión (extraordinaria necesidad).

La Cuarta y la Sexta han negociado para formar una Quinta de Buitres y repartirse la tarta jurgolera, pero parece que no se han puesto de acuerdo y ahora en Prisa están muy enfadados. Tanto, que al de la ceja y a sus subalternos les tacha de "sedicente talante democrático", algo feísimo. Y dice que no tienen calidad democrática y que no respetan la división de poderes: quizás se refiera al reparto del poder entre los socialistas y su antigua maquinaria de propaganda periodística, ahora traicionada por otra más joven. Y es que son arbitrarios, inmorales, maniáticos y ensoñadores.

Para Cebrián ha sido un "abuso gubernamental perpetrado" por el Gabinete al aprobar "por decreto ley la implantación del sistema de pago en la Televisión Digital Terrestre". Suárez y González también hicieron lo del abuso del decreto ley, pero Cebrián se siente magnánimo y los perdona, porque era la Transición (qué tiempos aquellos) y "se trataba de construir la democracia y de hacerlo de manera efectiva y rápida". Que no disculpe lo de ZP ahora quizás se deba a que disfrutamos de una democracia sólida y consistente, o tal vez porque ahora se trata de destruirla de manera efectiva y rápida.

Cuando habla de "favorecer los intereses de una empresa cuyos propietarios están ligados por lazos de amistad al poder" conviene prestarle atención porque el tema se lo sabe al dedillo. Quizás los lazos ahora no son tan cordiales (del amor al odio, ya se sabe que hay un paso) y presa de los celos ahora parece que quiere lanzar un recadito al PSOE y recordarles a "los votantes que creen en la moralidad de las propuestas de los políticos". Esos votantes que quizás lean El País y sigan sus directrices electorales.

Cebrián alaba las virtudes de la competencia leal y transparente, de la que son fervientes partidarios él y su empresa, ahora que ya están más o menos establecidos (antes no se recuerda este entusiasmo); pero estima que "el panorama audiovisual español ha sido manoseado hasta la obscenidad por este Gobierno mediante medidas parciales y caprichosas". Otros gobiernos seguramente no han manoseado hasta la obscenidad el panorama audiovisual español mediante medidas parciales y caprichosas. No pensemos en Canal Plus, ni en la Cuatro, ni en la Ser, ni en Antena 3…

En su película hay otro malo muy malvado, quizás para que le sirva de advertencia a ZP a ver si se arrepiente de sus errores y se redime: Aznar, que echó la derecha al monte y desde entonces "sólo asistimos a políticas de división y enfrentamiento". Esta es la moraleja final de su mensaje: derecha mala, evitemos las peleas entre los izquierdistas de ambos emporios mediáticos.

¿Bernanke contra la contracción secundaria?

Apoya su opinión en autores también austriacos de tanto renombre como Friedrich Hayek, George Selgin o Lawrence White y en menor medida en otros monetaristas como Milton Friedman y Anna Schwartz.

Ravier, sin embargo, desconfía de la magnitud del incremento en la oferta monetaria que ha llevado a cabo Ben Bernanke; en su opinión, el presidente de la Reserva Federal se ha pasado de frenada y ha "creado" más dinero del que era necesario para salvar a los bancos. Y sus dudas son más que razonables: la base monetaria (el dinero propiamente dicho) se ha duplicado en menos de un año en lo que supone, con diferencia, el mayor incremento de la historia. Tan exageradas son las estadísticas que muchos (demasiados) analistas se han lanzado a la piscina pronosticando que estas políticas nos llevarán a la hiperinflación. ¿Tiene razón mi colega Ravier o la tiene el friedmanita Bernanke? Por supuesto, mi opinión se acerca bastante más a la de Ravier, pero por motivos no del todo coincidentes a los suyos.

Primero, hay demasiada mitología entre todos los analistas, especialmente entre los monetaristas, sobre la magnitud de la expansión monetaria que ha llevado a cabo la Fed. La base monetaria simplemente se ha duplicado no porque Bernanke haya puesto en funcionamiento la imprenta de dinero, sino porque los bancos privados han dejado de prestarse dinero entre sí y se lo han comenzado a prestar a la Reserva Federal (en forma de depósitos a la vista). Dicho de otra manera, en gran medida se trata de un simple efecto estadístico: antes el banco A le prestaba 100 dólares al banco B y ahora los deposita en los baúles de la Fed. Y dado que el dinero que hay en estos "baúles" integra la definición de "base monetaria", las estadísticas monetarian reflejan un incremento brutal de la cantidad de dinero.

Segundo, como consecuencia de lo anterior, el interbancario se secó literalmente (los bancos dejaron de prestarse entre sí) mientras que la Fed comenzó a nadar en una abundancia de dinero (el que los bancos privados atesoraban en sus baúles). ¿Qué debería haber hecho Bernanke en estas circunstancias? ¿Sentarse encima de esta montaña de dinero mientras una parte muy sustancial de los bancos carecía de crédito para sobrevivir? No, en efecto, Bernanke hizo grosso modo lo correcto entre octubre y diciembre del año pasado (cuestión distinta es el antes y, sobre todo, el después) cuando comenzó a prestar a corto plazo a los bancos el dinero que él también había recibido prestado a corto plazo (en forma de depósitos). Básicamente, los bancos tenían demasiado miedo para prestarse dinero entre sí, así que primero se lo prestaban a la Fed y luego la Fed se lo volvía a prestar a los bancos. De este modo evitamos una innecesaria quiebra del sistema financiero por un súbito incremento de la demanda de dinero sin envilecer la moneda.

Nada realmente extraordinario y que, por cierto, no es una aportación original de Milton Friedman. Ya durante el siglo XIX se consideraba que la función más importante de los bancos centrales consistía en actuar como prestamista de última instancia, esto es, concediendo créditos a corto plazo a los bancos en dificultades durante un pánico financiero.

El gran teórico de la banca central de finales del s. XIX, Walter Bagehot (a quien, por cierto, Bernanke ha apelado en numerosas ocasiones para justificar su política), ya defendía en su magnum opus Lombart Street que el Banco de Inglaterra debía combatir las crisis de liquidez prestando sus reservas a la banca en momentos de dificultad. Pero ya antes que Bahegot, numerosos autores habían llegado a conclusiones análogas: Henry Thornton, Thomas Tooke o Henry Dunning Macleod, por nombrar sólo algunos.

En realidad, Friedman vino a confundir a todo el mundo (confusión que todavía persiste hoy) al defender que la misión del banco central en tiempos de crisis era evitar, no la iliquidez bancaria, sino las contracciones de la oferta monetaria (especialmente en la actualidad, es posible que la oferta monetaria crezca sin proporcionar liquidez al sector financiero y viceversa, que la oferta monetaria se contraiga y sin embargo el sistema financiero no necesite liquidez).

La recomendación de Friedman no significa prácticamente nada y, desde luego, no sirve como guía de actuación para una política sensata de la banca central. No es tan importante cuánto aumentan o disminuyen magnitudes bastante arbitrarias que definen la oferta monetaria (como la M0, M1, M2, M3 o M4) cuanto qué hace con sus reservas un banco central (y esta sería mi principal discrepancia con Ravier). Y repito, en momento de crisis lo que debe hacer un banco central es prestar sus reservas a corto plazo contra activos de calidad también de corto vencimiento con el objetivo de evitar que la banca y la economía privada entren en una contracción secundaria. Como digo, esto fue lo que hizo Bernanke, mal que bien, a finales de 2008. Pero, ¿es todo lo que ha hecho?

Por desgracia, no. Desde el comienzo de 2009 el presidente de la Fed comenzó a meter la pata hasta el fondo, ya que se olvidó del sensato objetivo de prestar sus reservas a corto plazo y puso en marcha su famoso helicoptero inflacionista: la Fed comenzó a utilizar sus reservas a corto plazo para comprar alrededor de 700.000 millones de dólares de activos a largo plazo –entre ellos titulizaciones hipotecarias a 30 años de Freddie Mac y Fannie Mae y deuda pública de los déficits de Obama– para tratar de reinflar el crédito e iniciar una nueva burbuja especulativa. Esto no tiene nada que ver con evitar una contracción secundaria y todo que ver con monetizar deuda pública y jugar a lo que hace 50 años se llamó Operación Twist.

Si por algo sentenciaba que la recomendación de Milton Friedman de que hay que evitar la contracción de la oferta monetaria no sirve de nada y sólo añade confusión a unas directrices muy claras desarrolladas por los economistas del s. XIX, es porque con estas actuaciones suicidas, impropias de un banco central serio, la Fed también está evitando que se hunda la oferta monetaria y, sin embargo, está colocando en grave riesgo la viabilidad futura del dólar y de la economía.

Por consiguiente, aunque Ravier se queja de que la oferta monetaria ha aumentado demasiado, el problema real no está ahí, sino en que ha aumentado demasiado porque se ha prestado a sectores a los que nunca se debería haber prestado. Esto es, el problema está en que la Fed se ha endeudado a corto plazo para prestar masivamente a largo, justo la insostenible estrategia financiera que nos ha arrastrado a la situación actual.

Pero en todo caso, sí coincido con Ravier, Hayek, Selgin, White y, por supuesto, con Huerta de Soto en que un sistema financiero que no padeciera las actuales leyes de curso forzoso y el monopolio de emisión de las autoridades monetarias sería un sistema que no generaría crisis como la que ahora padecemos.

¿Por qué no se aprieta Blanco el cinturón?

Sin embargo, no deberíamos dejar que esta degeneración política pervierta a la ciudadanía hasta convertirla en receptiva a cualquier barbaridad que se lance desde los púlpitos.

Dice Blanco, meses después de que su Gobierno jurara en todos los credos posibles que en España no se subirían impuestos, que el Ejecutivo está dispuesto a "incrementar ciertos impuestos" para garantizar la "inversión pública". Pero, como la dosis de demagogia izquierdista no puede faltar en la ecuación, sólo se subirán impuestos a las rentas más altas: "Soy partidario de ayudar a los que más lo necesitan y si para ayudar a los que más lo necesitan en momentos de dificultad los que tienen más recursos tienen que apretarse el cinturón, habrá que decirlo con claridad a la sociedad".

Desde luego se trata de un paso en la buena dirección, ya que el agente económico que, con diferencia, más fondos maneja en España y que más desequilibradas tiene sus cuentas es el Estado; y dentro de la Administración Central, uno de los ministerios que más despilfarra es, precisamente, el de José Blanco.

Si el ministro de Fomento quisiera aplicar su lógica elemental a arreglar algo el entuerto económico actual, y no a empeorarlo todavía más, concluiría, como muchos llevamos concluyendo desde hace más de dos años, que es imprescindible que el Estado reduzca de manera muy sustancial sus gastos para poder reducir también de manera enérgica los impuestos.

Pero como esto de la Economía es algo que se le atraganta al Gobierno, parece que Blanco con lo de "apretarse el cinturón" quiere decir que el PSOE cree necesario robar a los pocos que todavía generan algo de riqueza en España para que sus obesos y adiposos Ministerios sigan engordando de manera compulsiva. Se han vuelto adictos a derrochar nuestro dinero y, por lo visto, ya no les basta con los 100.000 millones de euros que se habrán pulido a finales de este ejercicio para desgracia y ruina nuestra, de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos. La voracidad de esta gente no conoce límites; tal vez ahora se vea más claro por qué Zapatero estaba obsesionado con clausurar los paraísos fiscales antes de inaugurar su particular infierno fiscal.

Ahora bien, ni siquiera sin paraísos fiscales conseguirá evitar el PSOE que los inversores nacionales y extranjeros comiencen a huir de España debido a su cada vez mayor deuda pública, su rigidez laboral, su ruinoso modelo energético, su intervencionismo político en la vida empresarial y, ahora, su presión fiscal en ciernes de explotar. Subir los impuestos a las rentas más altas no es la medida más social que pueda adoptarse en momentos de crisis, sino la más suicida.

Desde luego los keynesianos se están cubriendo de gloria: más gasto, más déficit, más crisis, más gasto y déficit de nuevo y, finalmente, más impuestos. Ejemplar manera de gestionar una economía de la que los argentinos tendrán que tomar nota: todavía hay gente que puede hacerlo peor que ellos.