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Pobre españolísima Microsoft

Por ponerlo un poco en perspectiva, entre mayo y julio se han creado en España, merced a abrir zanjas, taparlas y volver a cavar, 100.000 puestos de trabajo, bastante menos de los que se destruyeron en marzo y abril –160.000– y casi los mismos –120.000– que se crearon durante idéntico período de 2006 y sin necesidad de plan E alguno.

Se me dirá, claro, que en 2006 estábamos todavía en medio de esa burbuja crediticia que el Banco Central Europeo creó y que nuestros bancos y sobre todo cajas de ahorros –eso es lo que se llama desregulación financiera– tan bien supieron canalizar y amplificar. Y es verdad; sin embargo, ¿qué otra cosa ha sido el Plan E salvo un intento in extremis de perpetuar la burbuja de la construcción? Si, ya sé que al Gobierno se le ha llenado la boca prometiendo un cambio en el patrón de crecimiento español, pero no nos engañemos: aunque tal tarea no compete al Ejecutivo, sino a cada uno de los empresarios que día a día tratan de localizar oportunidades de beneficio y aprovecharlas, ni siquiera se ha seguido semejante rumbo.

El PSOE, como mucho, podía facilitar el proceso de ajuste: dejar que se hundiera la construcción –sin rescatar a las promotoras, sin reformar la ley concursal, sin retrasar tanto como sea posible la quiebra de cualquier banco y sin planes E–, que se ajustaran precios y salarios –rebajando las cotizaciones a la Seguridad Social y poniendo fin a ese instrumento propio del fascismo mussoliniano y análogo a los comités paritarios de Primo de Rivera, llamado negociación colectiva– y, por tanto, que los factores productivos de nuestra economía se recolocaran en industrias exportadoras que, poco a poco, nos permitieran ir amortizando nuestra elefantiásica deuda exterior.

Pero no. Los socialistas prefirieron dificultar cualquier reajuste privado de la economía y teledirigir el cambio de modelo productivo de manera centralizada. Primero exprimiendo los últimos estertores de la burbuja de la construcción, recolocando a los trabajadores y empresarios desde el ladrillo privado –carísimos inmuebles que nadie quería ni podía pagar– hacia el ladrillo público –innecesarias obras de remodelación urbana por las que nadie hubiese pagado ni un céntimo en tiempo de crisis. Ahí se ven los salvíficos efectos del Plan E: entre mayo y julio el sector donde más cae el paro en términos relativos es el de la construcción. Bendito cambio de patrón de crecimiento que en su agonía ya ha destruido entre agosto y septiembre un número mayor de empleos a todos los creados artificialmente por el Plan E.

Segundo, el Gobierno no sólo no facilitó las minoraciones de precios y salarios que podrían haber permitido el surgimiento de nuevas industrias competitivas y rentables. Al contrario, se cerró en banda en el mal llamado diálogo social, levantando el puño como si en Rodiezmo estuvieran, e impidió la muy necesaria contención salarial.

Vean en este gráfico la peculiar evolución que precios y salarios han tenido en España durante el último año.

Desde septiembre de 2008 el IPC empieza a hundirse y en cambio los costes salariales siguen aumentando a ritmos del burbujeante año 2006. ¿En qué se traduce esto? Pues muy sencillo: precios decrecientes y costes crecientes para los empresarios. O, por traducirlo a lo que todo el mundo entiende, menos rentabilidad y competitividad de nuestras empresas que, poco a poco, van echando el cierre y despidiendo trabajadores.

Y claro, con esto llegamos a la última fase del cambio de modelo productivo comandado por Zapatero: impuestos más altos para financiar todavía más obra pública y, sobre todo, más subsidios de desempleo. Precioso panorama: el PSOE impide a los españoles trabajar por lo que pasa a convertirlos en parásitos de los empresarios, de los trabajadores que todavía trabajan y –no lo olvidemos– de todos nuestros hijos.

Desde luego, si nuestro presidente del Gobierno fuera consejero delegado de cualquier compañía, lo tendría algo difícil para llegar a fin de mes: vacaciones indefinidas pero remuneradas para toda su plantilla. Vamos, que a menos que haya descubierto la piedra filosofal, en unas semanas estaría quebrada y disuelta. Lástima que Zapatero no dirija una fallida empresa, sino un fallido Estado cuya capacidad de expolio le permite seguir endeudándose y tirando artificialmente del carro aún cuando esté cayendo en picado.

Y luego Salgado regaña al FMI porque en sus negros augurios no han valorado la influencia que va a tener sobre nuestro crecimiento el falseado proyecto de presupuestos para 2010. Probablemente no lo hayan hecho, porque si no, en lugar de pronosticar una recesión del 0,7%, habrían al menos triplicado el ritmo de caída. Pero ¿qué más dará una mentirijilla adicional?

La corta vida de la burbuja Zapatero

Había muchos elementos en contra de que la elección recayera en Madrid, pero el toque "zapatero" ha sido definitivo.

Para Gallardón, el hecho de que Madrid no haya conseguido ser sede de las olimpiadas de 2016 es lo de menos. Lo que de verdad le ha destrozado el ánimo es que sus posibilidades de dirigir el partido de la derecha española, objetivo que lleva persiguiendo desde que hizo la primera comunión, se desvanecen. En realidad no desaparecen por completo, porque Gallardón se viene arriba muy pronto y, además, la España del centro-reformismo es muy gallardonita, con algunos presidentes autonómicos que sienten auténtica devoción por el personaje.

En todo caso ha sido un día feliz para Mariano Rajoy, que durante las deliberaciones finales se le veía más nervioso que si viera entrar a Camps en una sastrería acompañado del "bigotes"… por si ganaba Gallardón, claro. En todo caso, cuando se pase la decepción inicial, también será un alivio para los ciudadanos madrileños. Y es que como nos gusta la fiesta más que a un progre una tiza y preferimos no pensar en las consecuencias de la resaca, no vemos que semejante dispendio en una ciudad que acumula ya una deuda astronómica podría desembocar en la quiebra técnica del primer consistorio, una circunstancia muy apropiada para la España de Zapatero pero extraordinariamente gravosa para los ciudadanos de la capital de la nación.

Después del tercer intento de convertirse en sede olímpica, segundo consecutivo, a Gallardón sólo le queda rentabilizar las cuantiosas inversiones realizadas, vendiendo en pública subasta las instalaciones construidas y a medio construir como medio de aliviar las depauperadas arcas municipales. La situación económica no es la más favorable, pero a un buen precio podría ser una opción muy adecuada para captar inversión extranjera. Además, Madrid cuenta con el encanto de Gallardón, capaz de convertir la derrota olímpica en el éxito de ser el primer alcalde de una capital de nación que convierte en superávit el mayor desastre económico de la historia reciente. Yes, he can.

Y Rajoy respiró tranquilo

Las tropas nacionales, al mando de Varela, en un movimiento también carente de sentido estratégico, se desviaron hacia aquél punto para liberar a los asediados. Aquella historia de resistencia y liberación se convirtió en todo un símbolo por parte de aquél bando y, más tarde, del régimen instaurado por el General Franco.

Se acaban de cumplir, hace una semana, 73 años de aquello. Ha dado tiempo para que terminase la guerra, se disolviese un régimen autoritario por el hecho natural de la muerte del dictador y se instaurase una democracia con tres decenios. Tuvo un valor simbólico que fue efectivo sólo en la guerra y que se agotó por completo con el régimen, al margen de que sirva de alimento para la nostalgia de unos cuantos.

Militarmente, la liberación del Alcázar de Toledo fue un sinsentido, pero tenía todo el valor político porque se había convertido en todo un símbolo, muy potente tanto para un bando como para otro. Este jueves hemos sabido que el Gobierno va a eliminar las huellas del fracasado asalto republicano, y de la resistencia entre muros derruidos. Curiosamente, vuelve al Alcázar para continuar con el asedio y revive, para matarlo, el viejo símbolo. Si eso es contradictorio, ¿cómo puede casar todo ello con las apelaciones constantes a la memoria histórica? ¿Cómo se revive la memoria borrando los rastros del pasado?

La explicación más sencilla y más certera es que este Gobierno está embebido en un sectarismo sin medida, al que da curso con todo el descaro. Pero hay más. Como el régimen descrito por George Orwell en 1984, que quería escribir una neolengua y trucar las huellas del pasado, el de Zapatero quiere crear una neohistoria, al menos en la conciencia de una gran parte de la población. Los libros de historia están ahí, y sus letras, ordenadas con mayor o menor maestría en palabras, frases, párrafos e ideas, quedan a salvo de la labor del Gobierno de luchar contra el pasado. Pero el Gobierno espera que gran parte de la población quede a salvo de tener que leerlos.

Neohistoria

Podría haber optado por "Pobre españolísima Sega", "Pobre españolísima Nintendo" o títulos idénticos con Virgin y Nokia, que no sólo los japoneses pretenden ser grandes bailadores de chotis, sardana o sevillanas a la hora de pedir subvenciones. También hay al norte de los Pirineos quienes con el mismo objetivo pretenden hacerse pasar por grandes cocineros de pulpo a feira, fabada, tortilla de patatas o papas con mojo picón.

El caso es que todas estas compañías, o sus españolísimas filiales, pretenden que parte de esa subida de impuestos que vamos a sufrir los ciudadanos en 2010 se dedique a mejorar su cuenta de resultados. En realidad, el incremento de la carga fiscal no tiene nada que ver. Si no fuera a producirse también reclamarían para ellos parte de ese dinero público, que "no es de nadie" según lamentable doctrina de una ex ministra de Zapatero. Los señores de la Asociación Española de Distribuidores y Editores de Software de Entretenimientos (aSeDe) han pedido que se subvencione la "producción local" de videojuegos.

Poco nuevo se puede decir sobre esto que no se haya dicho antes. Si los videojuegos españoles son realmente buenos (hay casos, como la ya mítica serie Commandos o los muy entretenidos títulos de Imperium), se venderán sin problemas por mucha piratería que exista. Eso hará innecesarias las ayudas. Si las subvenciones son necesarias es que estamos ante productos que aquellos que deben opinar sobre su calidad, el público, no consideran como suficientemente buenos como para invertir un duro. Por tanto, la inyección de dinero público no estaría justificada.

Sin embargo, ellos no apelan a la razón. Ellos acuden al nacionalismo paleto, que ya fue agitado a su favor en el Congreso de los Diputados. Son el sector del videojuego español, y por tanto todos los que vivimos en España tenemos la curiosa obligación de pagar parte del sueldo de sus trabajadores y directivos. Pretenden que, como ya ocurre en el cine, el mercado y la voluntad de los ciudadanos no vayan con ellos. Para rematar, y de ahí el título de este artículo, está la peculiar españolidad de gran parte de las empresas que piden estas ayudas. aDeSe agrupa, además de a algunas realmente españolas, a las filiales hispánicas de firmas como Microsoft, Sony, Virgin, Nokia, EA o Warnerbros, entre otras multinacionales. Y todas ellas, como sabemos, necesitan nuestra ayuda para sobrevivir.

Aunque todas las compañías fueran realmente españolas su reclamo sería igual de ilegítimo. Pero es que con pobres y españolísimas compañías estadounidenses, japonesas, finlandesas y de otras nacionalidades, encima suena especialmente a ganas de tomarnos el pelo.

Ideas que merecen la pena

TED es una de las conferencias más importantes del mundo. Un evento anual donde algunos de los emprendedores y pensadores más importantes del planeta están invitados a compartir lo que más les apasiona. "TED" significa Tecnología, Entretenimiento y Diseño, tres grandes áreas que están dando forma a nuestro futuro. En realidad, el evento engloba una temática más amplia con "ideas que merecen la pena" procedentes de cualquier disciplina.

Con el propósito de esparcir estas ideas que "merecen ser compartidas" TED creó un programa que se llama TEDx. La "x" significa que es un evento TED organizado localmente. Desde ese momento un grupo de emprendores formado por Todd Lombardo, Tomy Lorsch, Danny Adler, Derek Koenig, Javier Muñoz y quien les habla, se lanzó a preparar TEDxMadrid, que se celebrará el próximo sábado 3 de Octubre en el Aula Magna del IE.

Esta no es una conferencia típica. El público de TEDxMadrid tiene unas expectativas muy altas de los ponentes ya que tienen que seguir unas reglas específicas: la prohibición de "venta desde el escenario" (no enlazar la ponencia con su empresa u organización) y un control estricto del tiempo de 18 minutos. Éstos son los ponentes confirmados:

  • Luis Collado – El Futuro del libro y eBooks
  • Cynthia Markhoff and Juliane Maier – Diseño Integral Avanzado
  • Andrés Ortiz – Narrativas de redes complejas
  • Marco Caserta – Teoría de Markov para la predicción de secuencias de DNA
  • Pedro SchwartzWhy political success eludes classical liberals?
  • Ariel Guersenzvaig – Iluminando la caja negra: procesos cognitivos en diseño
  • Andres Konig – El conocimiento revisitado

Para mí es un honor participar en la organización TEDxMadrid y más si cabe poder tener a Pedro Schwartz, uno de nuestros liberales más reconocidos, en una conferencia como TEDx. Gracias a María Blanco por hacerlo posible.

Cállate

Evidentemente, no guardo ninguna simpatía hacia sus autores, que entre otras cosas muestran su apoyo incondicional a Bibí y su proyecto criminal contra los no nacidos. Pero no puedo dejar de entender la frustración de quien permanece en un partido, quiere cambiarlo y no le permiten siquiera decirlo.

Desde hace tiempo, los gurús de la internete han estado elucubrando con la idea de una "política 2.0" en la que los profesionales de la cosa estuvieran en contacto más directo con sus representados gracias a la nuevas tecnologías y se convirtieran en algo más parecido a los representantes de sus electores, que es lo que se supone que deberían ser. Sin embargo, en Estados Unidos el cambio se ha limitado principalmente a la recaudación de fondos y a la mayor facilidad con la que se organizan los activistas aunque estén dispersos, que está teniendo en las llamadas tea parties contra el aumento del tamaño y el gasto del Gobierno federal su último ejemplo. Pero no parece que los representantes políticos hayan disminuido su autismo.

En España, claro, la cosa es mucho peor. No porque usemos menos internet o le demos menos importancia, que también. Sino sobre todo por el deficiente sistema político consagrado en nuestra Constitución. Votamos a partidos políticos, no a personas (sí, a veces hay que recordar que incluso los políticos pueden ser personas), y son los partidos quienes deciden quienes nos "representan". Con esta estructura de incentivos, el resultado no podría ser otro que la adscripción incondicional al líder del partido en cada momento y el "quien se mueva no sale en la foto", en la excepcional formulación de Alfonso Guerra, imposible de mejorar por su capacidad de síntesis del problema.

Así, cuando los políticos representan a su líder y no a sus electores, las protestas y críticas no es ya que molesten, es que resultan peligrosas. Aquello de la "democracia interna" de los partidos nunca incluyó el derecho a la libertad de expresión conservando el cargo. Internet, en un mundo político como es el español, no puede ser sino un adorno o una molestia. Y así ha sido en general. El PSOE ha incorporado mejor a la blogosfera en su partido que el PP, principalmente porque es más sectaria y acrítica con los suyos que las derechas que escriben en internet. Pero en cualquier caso ambos lo han hecho como adorno. Y cuando se convierte en molestia, reaccionan como quien tiene un mosquito dándose un festín con su brazo. Intentando aplastarlo.

Ahora bien, el mosquito también tiene su parte de responsabilidad. Ha sido siempre parte fiel de esta estructura y sigue creyendo en ella, considerando excepcional el manotazo que ha sufrido. Se puede entender la frustración, pero difícilmente se puede considerar heroico combatir los síntomas pero no la enfermedad.

Nuevo engaño presupuestario

Para empezar, Economía no ha modificado un ápice su cuadro de previsiones macroeconómicas. Un ejercicio fundamental, pues, de él depende el cumplimiento o no de las compromisos presupuestarios. El Gobierno prevé cerrar 2010 con una caída del PIB del 0,3%, aunque "a lo largo del primer semestre nuestra economía tendrá ya previsiblemente crecimientos positivos". Ningún organismo, hasta ahora, se ha atrevido a pronosticar un ascenso del PIB a medio plazo. De hecho, la mayoría de analistas estiman una caída superior al 1% (tres veces superior al cálculo del Gobierno), mientras que los más pesimistas avanzan un desplome del 4% interanual.

Pero como Salgado atisba recuperación en el horizonte, el Gobierno no se arruga al afirmar que la destrucción de empleo se reducirá "sensiblemente" en 2010, de modo que apenas desaparecerán 303.500 empleos, tan sólo un 1,7% de los puestos de trabajo actuales. Por ello, la tasa de paro tan sólo subirá hasta el 18,9% (4,3 millones de desempleados) frente al 17,9% previsto para este año. Baste decir que los datos de Eurostat ya muestran un paro próximo al 19%, y los análisis más serios elevan este índice al 25% a finales de 2010.

La segunda gran falacia reside en el maquillaje de las cuentas públicas. El Gobierno estima que los ingresos estatales aumentarán un 21,2% respecto a la liquidación de 2009, hasta alcanzar 121.627 millones de euros. ¡Habrá que verlo!

Al mismo tiempo, afirma que el gasto no financiero del Estado disminuirá un 3,9%, hasta los 185.249 millones. Con estas cifras, la ministra de Economía se atreve a alardear de "austeridad" cuando, en realidad, todo su departamento sabe a la perfección que el gasto estatal crecerá un 17,3% respecto a los Presupuestos de 2009. Es decir, no existe tal recorte presupuestario, se mire por donde se mire.

El problema es que si se parten de unas estimaciones erróneas el resultado nunca será correcto, por mucho que se trate de ocultar con soflamas políticas de perfil populista. De ahí que su previsión de déficit (8,1% del PIB para 2010) se quedará corto.

A ello, se añade que los Presupuestos incluyen la mayor subida fiscal de la historia de la democracia: unos 11.000 millones de euros que, tras la negociación con los partidos minoritarios de izquierda, podrían verse incrementados en otros 5.000 millones adicionales.

El aumento récord de la presión fiscal y de la deuda pública (hasta el 62% del PIB), unas previsiones macroeconómicas excesivamente optimistas, austeridad presupuestaria nula y unas previsiones de ingresos previsiblemente cortas hacen de los Presupuestos un nuevo caldo de cultivo ideal para agrandar el actual descuadre de las cuentas públicas. El Gobierno ha vuelto a pecar de optimista con el fin de obtener réditos electorales. Por desgracia, su error lo pagaremos todos.

Posner, una nueva víctima de Keynes

Dado que nunca comprendieron el funcionamiento de la economía y los mercados, se contentaron con una moderada transacción entre la libertad y la coacción que enseguida travistieron de ciencia: lo mejor cuando no tienes ni idea sobre un tema es no tomar partido.

Pero el sesgo intervencionista de sus planteamientos no desapareció, y a las primeras de cambio, con la crisis, se han echado al monte. Es el caso, entre otros, de Richard Posner, profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chicago y uno de los padres del análisis económico del Derecho.

No es que Posner fuera antes un gran defensor del capitalismo con anterioridad a la crisis. Así, por ejemplo, acusó a alguien tan tibiamente liberal como Milton Friedman de confiar en los mercados más por fe que por ciencia. O, recientemente, reflexionando sobre la muerte del conservadurismo estadounidense, afirmó que su tipo de gobierno ideal se alcanzó durante la era Clinton, momento en el que, entre otras cosas, la presión fiscal se situó en sus niveles más altos desde el New Deal.

Sin embargo, parece que este verano el juez Posner ha concluido algunas lecturitas que tenía pendientes desde hacía unas cuantas décadas y, vaya por dónde, se ha convertido al keynesiasmo. En un propagandístico artículo publicado la semana pasada, Posner nos relata cómo tras la quiebra de Lehman Brothers se planteó leer la Teoría general de John Maynard Keynes, ante la evidencia de que la teoría económica ortodoxa carecía de respuestas y explicaciones para lo que estamos viviendo. Una línea de razonamiento, por cierto, muy similar a la que ya glosamos de Paul Krugman y que acierta en el diagnóstico (los llamados economistas no saben de economía) pero fracasa estrepitosamente en las recetas (hay que volver a Keynes).

Posner, el mismo que acusaba a Friedman de irracional defensor del mercado y propugnaba un análisis más científico de la realidad, se deshace en elogios hacia Keynes, "el mejor economista del s. XX", y su obra, "la mejor guía disponible para entender la crisis". Sorprende el entusiasmo del nuevo converso, sobre todo cuando este reputado economista, a sus 70 años, todavía no había leído un libro tan equivocado pero no por ello menos importante como la Teoría general. ¿Qué fiabilidad merece el juicio de un lector parcial, tendencioso y que abraza casi de manera acrítica un libro tan archirrefutado como el de Keynes? ¿Qué comprensión de los fenómenos económicos podemos esperar que posea? Probablemente la misma que antes de su bautizo keynesiano: ninguna.

Posner expone a lo largo de su artículo la explicación keynesiana de las crisis económicas, que podemos resumir así: la renta de una sociedad puede destinarse al consumo, a la inversión o al atesoramiento; consumo e inversión son actividades productivas que permiten contratar a los trabajadores y poner en marcha la economía; pero el atesoramiento de dinero supone dejar ociosos algunos recursos, de modo que una parte de los trabajadores no encontrará ocupación y tendrá que disminuir su consumo y su inversión, arrastrando así al resto de la economía. Dado que los mercados libres se enfrentan a una incertidumbre inerradicable que los empresarios intentan combatir mediante el atesoramiento de dinero, habrá una parte de la economía que tienda a permanecer pasiva. La misión del Estado es, por un lado, buscar empleo a esos recursos ociosos (mediante rebajas de tipos de interés o incrementos del gasto público) y, por otro, reducir la incertidumbre (de nuevo, garantizando los beneficios al empresariado con proyectos sufragados por el erario público).

Aunque los errores de Keynes son numerosos, y su exposición y crítica nos llevaría más que un artículo periodístico, sí podemos seguir la estela de Posner al sintetizar las tres proposiciones básicas del keynesianismo: a) el consumo es el fin de una sociedad; por tanto, cuanto más se consume, más riqueza se genera; b) el atesoramiento es destructivo para la economía; c) la incertidumbre futura afecta negativamente a la inversión a largo plazo porque los empresarios sólo la combaten mediante el atesoramiento.

La primera de estas hipótesis probablemente sea la más absurda, y sorprende que un tipo como Posner no le encuentre pega alguna. De acuerdo con Keynes, cuanto mayor porcentaje de nuestra renta gastemos en consumir, más productivas serán nuestras inversiones. Así, si los consumidores gastan 90 euros de cada 100, los empresarios recibirán ese dinero como ingresos, lo que a su vez constituirá su renta, que destinarán también en un 90% (esto es, 81 euros) a comprar los bienes de otros empresarios, quienes, a su vez, volverán a gastar el 90% (72 euros) en otros bienes… Al final, pues, si la gente gasta en consumir el 90% de su renta, cada euro que nos proporcione una inversión se multiplicará por 10; en cambio, si por ejemplo la gente sólo gasta el 20%, cada euro sólo se multiplicará por 1,25.

Deberíamos pensar que esta explicación cojea por alguna parte, desde el momento en que reparemos en que si todos gastáramos el 100% de nuestras rentas, en teoría cada euro que proporcionara la inversión debería multiplicarse por infinito; esto es, bastaría que todos dejáramos de ahorrar para que la escasez sobre la Tierra terminase. Pero esto es profundamente antiintuitivo, ya que todos somos conscientes de que si los empresarios dejan de invertir en sus empresas, nuestros bienes de capital se depreciarían, y si las familias dejaran de ahorrar no habría dinero para financiar proyectos de inversión a largo plazo, como viviendas, investigaciones, grandes infraestructuras… Esto es, si todos dejáramos de ahorrar, destruiríamos la civilización.

El truco que emplea Keynes es tan primario, que los que no se preocupan por buscar explicaciones causales y realistas dentro de la economía suelen ser presa fácil del mismo. Básicamente, Keynes se fija en que la Renta Agregada (o el PIB) es igual a consumo + inversión. Así, supongamos que el PIB es 10, el consumo 9 y la inversión 1 (10 = 9+1); parece claro que entonces la inversión es una décima parte del PIB, o lo que es lo mismo, el PIB es diez veces la inversión. Esto le sirve a Keynes para dar un salto al vacío y suponer que si la inversión se incrementa de 1 a 2, el PIB también lo hará de 10 a 20, cuando en puridad pasaría de 10 a 11 (11 = 9+2). El economista de Cambridge confunde las relaciones causales (cada punto de inversión multiplica por 10 la renta) con las funcionales (en estos momentos, la renta es 10 veces mayor que la inversión).

Más consumo no nos llevaría a más riqueza, sino a matar y cocinar la gallina de los huevos de oro. En el fondo de este disparate, sin embargo, subyace la idea de que todo deseo de consumo presente se transforma automáticamente en producción; en realidad, por el contrario, nuestro consumo actual es fruto de la producción pasada, que fue financiada con un volumen de ahorro tan elevado como para permitir, por ejemplo, en el caso de las ventas de coches, que los trabajadores de las minas cobraran hace años sus salarios puntualmente a fin de mes, aun cuando el aluminio que extrajeron en aquel remoto pasado sólo se haya terminado de vender ahora y en forma de vehículo.

La siguiente proposición de Keynes que Posner defiende es que el atesoramiento es no sólo inútil sino perjudicial para el funcionamiento de una economía. La idea es que atesorar dinero equivale a dejar ociosa una parte de los recursos de la sociedad, que se correspondería precisamente con los factores desempleados. Keynes viene a decir: si de cada 10 euros se consumen 7, se invierten 2 y se atesora 1, el poder adquisitivo contenido en los euros atesorados no se empleará para contratar a trabajadores y otros factores productivos, que quedarán por tanto desempleados. Es lo que el inglés llamaba "equilibrio con desempleo".

En realidad, sin embargo, el atesoramiento de dinero cumple funciones muy importantes en la vida empresarial; funciones que resultan insustituibles para su correcto funcionamiento. Primero, es la única manera en que los consumidores pueden protestar contra los empresarios que les ofrecen lo que no demandan: en este caso, el atesoramiento es una manera de forzar la reconversión de la estructura productiva a una más acorde con los deseos de aquéllos. Como decía Jacques Rueff: "Demandar liquidez no es no demandar nada, como creía Keynes; es demandar riqueza que pueda ser monetizada dentro de nuestro sistema monetario. Y, por tanto, como cualquier otra demanda, pone en funcionamiento las fuerzas del mercado". Y, segundo, el atesoramiento equivale a un fondo del que los agentes económicos pueden echar mano para adaptarse rápidamente a los cambios imprevistos. Sin dinero atesorado, las empresas y las familias apenas tienen capacidad para modificar su conducta de manera rápida y para corregir sus errores.

Posner se queja de que los bancos estén "atesorando dinero en lugar de prestarlo", y denuncia que el atesoramiento por parte de las familias "se ha cargado al sector minorista de Estados Unidos". En realidad, no tiene en cuenta que probablemente ese sector minorista era artificialmente grande debido a un crédito al consumo falsamente asequible, fruto de las expansiones crediticias del sistema bancario. No olvidemos que un crédito supone un mayor consumo presente a costa de un menor consumo futuro, y probablemente las familias estadounidenses se hayan dado cuenta de que su renta no se va a incrementar indefinidamente gracias al endeudamiento masivo de la sociedad y prefieran reducir este fuerte desequilibrio temporal. La afirmación de Posner sería tanto como decir que en España los promotores inmobiliarios han quebrado por el exceso de incertidumbre; mire, no: han quebrado porque producían vivienda a unos precios insostenibles.

El atesoramiento sólo es un problema si existen fuerte rigideces de precios que impiden que la economía se adapte al cambio que exigen los consumidores y los inversores. Pero entonces el énfasis de las reformas keynesianas debería situarse no en multiplicar el gasto público, sino en flexibilizar los mercados. Algo que desde luego no sucede, ya que en opinión de Keynes incluso podría resultar contraproducente para la recuperación.

Por último, Posner también rescata la muy keynesiana idea de que la única respuesta que adoptan los agentes económicos ante un incremento de la incertidumbre futura es el atesoramiento. A este respecto, conviene tener presente que Keynes era un economista muy cortoplacista, que no comprendía adecuadamente los mercados de valores y que amasó su fortuna no invirtiendo a largo plazo, sino especulando a corto.

Por las mismas fechas en que redactaba su Teoría general, dos exitosos inversores, Benjamin Graham y David Dodd, publicaban el que probablemente sea el libro más completo sobre este tema: Security Analysis. En él acuñaron el concepto de margen de seguridad de un activo financiero, definido como la diferencia entre el valor intrínseco y el precio de mercado del propio activo. Básicamente, ¿compraría usted hoy un piso de 100 metros cuadrados en la calle Serrano por 50.000 euros? Por muy alta que sea la incertidumbre, seguramente sí lo haría, porque es consciente de que el precio de ese inmueble nunca caerá por debajo de esa cifra.

Ante un estallido de incertidumbre en el mercado, los empresarios no tienen por qué atesorar toda su renta y negarse a invertirla, sino que pueden hacerlo en aquellos proyectos que les ofrezcan un mayor margen de seguridad. La respuesta a una mayor incertidumbre no tiene por qué ser más atesoramiento, sino la exigencia de mejores precios, lo que nos devuelve a la necesidad de eliminar rigideces artificiales en el mercado.

Puede que los especuladores como Keynes se muevan por lo que él llamaba animal spirits y la mentalidad de ganado, pero los grandes inversores a largo plazo, como Warren Buffett o como los directivos de cualquier gran empresa, se mueven por los precios que les ofrece el mercado en cada momento: aprovechan los pánicos como una oportunidad y, como mucho, se limitan a controlar mejor dónde colocan su dinero (¿o acaso las grandes empresas han cesado completamente de invertir en nuevos proyectos durante la crisis?).

Siendo graves todos los errores de Keynes, hay que decir que son destellos de una realidad mucho más compleja que ni el inglés ni por supuesto Posner han llegado a comprender. Keynes se obsesionaba con que la inversión fuera inferior al ahorro, y nunca llegó a plantearse qué sucedería si la inversión superaba al ahorro merced a manipulaciones del crédito. Hoy son muchos los que, como Posner, siguen sin comprender este punto, y por eso se suman a los arúspices-economistas del s. XX que preferían escrutar las tripas de un pollo antes que estudiar la realidad.

71 costaleros, de momento

Con setenta y un costaleros, según señala el auto del magistrado Pedreira, se puede llevar el paso de la última cena de Salzillo de la Semana Santa murciana con dos equipos para ir relevándose, aunque la experiencia nos dice que cuando la justicia le pone la proa al Partido Popular, las consecuencias penales suelen ser raquíticas, y eso en el caso de que se sustancie alguna.

Porque lo cierto es que resulta difícil creer que setenta y un tíos y tías hayan estado trincando pasta ante las barbas apostólicas de Mariano Rajoy, pero sea como fuere, lo cierto es que ya están imputados, y eso, en España, es un baldón que se lleva para casi toda la vida, por más que al final te absuelvan con todos los pronunciamientos favorables.

El papelón más difícil de interpretar va a ser el de los que "pasaban por ahí" y han acabado imputados en el sumario, sin haber cambiado de jaguar ni haber comprado viviendas en las estaciones de esquí más afamadas. La justicia discriminará en su día los honestos de los corruptos, pero de momento todos van en la misma procesión. Y esa es una circunstancia bastante peligrosa, porque alguno de estos puede ponerse a contar cotilleos jugosos de los miles que surgen a diario en cualquier partido político y enredar la madeja todavía más de lo que ya está. Eso sin contar con la típica aparición de la mujer despechada, personaje clásico en estos sainetes, que acaba rematando la pieza y dándole mucha vidilla a todo el asunto.

El Gobierno está encantado con todo este follón, claro, porque es un argumento excelente para que los telediarios gubernamentales cierren el bloque de información nacional y los votantes olviden el desastre económico sin parangón en que nos ha sumido la ineptitud proteica de Zapatero. Entre uno que te roba a través del BOE y otro con la intervención de personajes como los protagonistas de la trama Gürtel, la gente acaba prefiriendo al primero, que además va rasurado. Es sólo cuestión de bigotes.

¡Paren internet!, gritó ZP

La instantánea cuya retirada de internet pidió La Moncloa a la Casa Blanca es una foto oficial en la que ZP decidió posar junto a toda su familia, tomada en el marco de una recepción también oficial que tuvo lugar dentro de un viaje oficial. Si todo es tan oficial, difícil resulta reclamar el ámbito de lo privado.

Aún así tiene derecho a hacerlo, por mucho que resulte ética y estéticamente reprobable la apelación a la intimidad cuando todo se produce dentro de sus funciones como jefe de Gobierno y con coste al erario público. Lo que sí demuestra es falta de inteligencia. Cuando, a diferencia de los más de 130 mandatarios que posaron junto a Obama y su mujer para tomarse una foto similar, decidió colocar a sus hijas menores delante del fotógrafo debería haber sido consciente del tipo de imagen de la que se trataba. Debería saber que el fin de esas fotografías no era adornar la mesilla de noche en el dormitorio presidencial de la Casa Blanca o tener un recuerdo que uno puede comprar a la salida como si se tratara de la montaña rusa de un parque de atracciones.

Si no tuvo en cuenta la naturaleza de la imagen es culpa exclusivamente suya, por lo que sostener que se ha roto un "pacto tácito" con los medios para que no se sepa cómo son sus hijas es un absurdo. La instantánea se publicó en una colección de fotos oficiales destinadas a la prensa de todo el mundo, después de que él no advirtiera al Gobierno de Estados Unidos de que no quería que se difundiera. ¿Acaso pretende que el público español no acceda a una imagen que pudieron ver durante hora y media los internautas de cualquier país en el que haya acceso libre a la red? De hecho, lo publicado por los periódicos de España respeta la intimidad de las adolescentes en cuestión, puesto que han tapado sus caras.

Si a Zapatero le molesta que se vea el cuerpo de sus hijas, así como su evidente falta de gusto con la vestimenta para asistir a una recepción oficial, el problema es suyo. Lo único que logra es que muchos ciudadanos se planteen si el presidente del Gobierno se avergüenza de su descendencia. Si esto es así, sólo él sabrá los motivos. Por mucho que otras personas puedan, acertando o equivocándose, imaginarlos.

Para rematar su falta de habilidad, su intento de parar la difusión de la foto ha logrado lo contrario de lo que buscaba. ZP gritó, simbólicamente, "¡que paren internet!". Y el tiro le salió por la culata. Desde el momento en que la foto sale en un sitio web, ya no puede impedir su difusión por mucho que se retire a la hora y media. Ha habido tiempo suficiente para que unos cuantos internautas se la guarden y la cuelguen en servidores de todo el mundo accesibles desde cualquier ordenador con conexión a internet. Con su patético intento de censurar una foto oficial destinada a la prensa, para la que posó su familia al completo, lo único que ha logrado es que se hable más de ella y que se multipliquen los montajes riéndose de los retratados.