Ir al contenido principal

Televisión por internet y sus mitos

Frente a la inseguridad de un mercado de valores que en algunos momentos de marzo llegó a perder más de un 50% desde su valor máximo, el presidente del Gobierno español defendía la estabilidad y la solvencia de las pensiones públicas.

Bueno, pues ahí lo tiene. Conforme se incrementa el número de pensionistas y cae el de cotizantes, las "solventes" pensiones públicas lo van siendo cada vez menos; de momento, ya hemos suspendido las aportaciones a ese Fondo de Reserva que se creó precisamente para retrasar un poquito el reconocimiento del déficit en la Seguridad Social y hoy Bruselas nos recuerda por enésima vez que las reformas son urgentes si no queremos que el nivel de vida de nuestros pensionistas se hunda todavía más.

Por supuesto, Zapatero no tocará ni una coma de este sistema que se desmorona poco a poco. Total, cuando estalle él probablemente ya no dormirá en La Moncloa y estará cobrando una de esas generosas y privilegiadas pensiones vitalicias de 90.000 euros anuales que perciben los ex presidentes del Gobierno… por sus invaluables servicios prestados a la Nación, se supone.

Ahí no hay quiebra a la vista ninguna. Por muy ruinosa que sea la política económica de Zapatero siempre quedará algo que rapiñar para que nuestros políticos sigan viviendo a cuerpo de reyes, que al fin y al cabo es lo que soñaron con ser y en lo que se han convertido.

Pero no creamos que la peor parte del sistema público de pensiones es que esté condenado a la quiebra y que vaya a privar a nuestros mayores del pan con que comer. Aclarémoslo: el sistema de pensiones ya está quebrado; lo está prácticamente desde el momento en que nació. Y lo está simple y llanamente porque sus activos son inferiores a los pasivos devengados. Eso es todo, que no es poco, pero no debería confundirse con que el sistema de pensiones vaya a suspender pagos. Tal escenario probablemente nunca acaecerá, por el simple motivo de que la Seguridad Social es uno de los pocos deudores que tiene la capacidad para reducir a discreción el montante de sus deudas. Cuando las cotizaciones no den para abonar las pensiones, simplemente se impondrá una reducción draconiana de las rentas de nuestros pensionistas y se acabaron los problemas. ¿Que las pensiones ya son una miseria? Pues espere a ver en qué las dejará Zapatero cuando llegue la hora de la verdad.

No, el sistema público de pensiones es un fraude con todas sus letras porque se ha convertido en uno de los mecanismos estatales más efectivos para la proletarización y el empobrecimiento de las sociedades capitalistas. Ningún economista que merezca tal calificativo pone en duda que a largo plazo la bolsa no es sólo el activo más rentable, sino también el menos arriesgado –incluso menos arriesgado en todos los sentidos que la deuda pública.

Invertir en bolsa es el vehículo más seguro para alcanzar la prosperidad individual y social: supone canalizar volúmenes ingentes de ahorro a las empresas punteras de una economía para que sigan innovando y capitalizándose. Las empresas se enriquecen y nosotros, como accionistas-propietarios de las mismas, logramos amasar una fortuna que nos habría sido imposible conseguir metiendo simplemente el dinero en el banco. Por darle sólo unas cifras: la media histórica de revalorización de la bolsa (entre 1929 y 1998) es del 7% anual (ya descontada la inflación). Esto significa que invirtiendo 3.000 euros anuales en bolsa, en 30 años alcanzaríamos un patrimonio de más de 300.000 euros, lo que a su vez nos permitiría lograr como media una renta anual de 21.000 euros. ¿Se imagina cómo vivirían nuestros pensionistas –y sus futuros herederos– si tuvieran en acciones un patrimonio de 300.000 euros y cobraran mensualmente unos 1.800 euros?

Bueno, pues sepa que la Seguridad Social le arrebata unos 5.000 euros anuales a un trabajador cuyo salario sea de 15.000 euros brutos. Dicho de otra manera, si invirtiéramos en el mercado de valores el dinero que nos quita cada año el sistema público de pensiones, aplicando la sencilla renta anterior, alcanzaríamos un patrimonio de 500.000 euros y una renta mensual de 3.000. ¡Y tan sólo en 30 años!

Nos podríamos jubilar a los 50 cobrando, sin pegar un palo al agua, 3.000 euros mensuales. Y para rematar, nuestras empresas –con todo el significado del término, porque serían de nuestra propiedad– serían más productivas, innovarían más, fabricarían bienes y servicios más baratos y de mayor calidad, y por consiguiente nuestros salarios también serían más elevados. Ése es el auténtico fraude de la Seguridad Social. Ése es el escenario, el de la sociedad de propietarios, que horroriza a los socialistas. La pesadilla de Marx: un mundo donde todos fuéramos capitalistas por ser los accionistas de las empresas en las que, si quisiéramos, estaríamos trabajando.

¿Dónde se ha perdido nuestra riqueza?

Básicamente, Delong mostraba su sorpresa por que la riqueza mundial hubiese disminuido con la crisis desde 80 billones de dólares a 60, cuando la cantidad de impagos apenas representaba unos 2 billones. ¿Cómo puede ser que una pérdida de valor de dos billones de dólares en las hipotecas haya puesto en marcha un "acelerador financiero" que destruido riqueza por valor de 20 billones? Simplemente, "no lo entendemos", reconocía Delong.

Es interesante comparar esta reflexión con otra que efectuaba Krugman hace apenas unas semanas en su bitácora. Según el Premio Nobel, la crisis económica ya ha costado a Estados Unidos ocho puntos de crecimiento del PIB; o dicho de otra manera: Estados Unidos está perdiendo alrededor de un billón de dólares al año por estar crecer por debajo de su potencial.

En definitiva, Delong se preocupa por que la economía financiera haya pinchado sin motivo aparente y Krugman, por que la economía real se ha paralizado sin razón, dejando así de crear enormes cantidades de riqueza.

Son dos reflexiones bastante intuitivas que, en general, también se plantea cualquier hombre de la calle: ¿dónde ha ido a parar el dinero que teníamos antes de que estallara la crisis? ¿Por qué si hasta mediados de 2007 crecíamos a velocidad de crucero ahora, sin que prácticamente haya cambiado nada en nuestra estructura productiva, nos estamos hundiendo en la miseria?

Como digo, se trata de preocupaciones intuitivas, pero no por ello acertadas. De hecho, parece mentira que haya que explicar estas cosas a dos profesores de universidad, uno de ellos premio Nobel. Pero, en fin, dado el punto muerto en que se halla la macroeconomía, probablemente no hubiesen llegado a profesores ni al Nobel si no padecieran semejante confusión.

Antes que nada, tengamos presente que los activos financieros no son más que títulos de propiedad negociados sobre distintas partes presentes o futuras de la economía real. Por ejemplo, una acción nos da derecho, en última instancia, a una parte de los bienes y servicios que la empresa en cuestión produzca en el futuro. Del mismo modo, un bono nos da derecho a que la empresa que los emite nos entregue una parte de sus beneficios anuales hasta que nos devuelva todo lo que le hemos prestado (más los intereses). El valor de esta riqueza depende, por consiguiente, de su capacidad para generar renta en el futuro: ¿cuánto pagaría usted hoy por una renta de dinero para mañana?

Delong explica que hay cinco causas posibles para que el valor de los activos financieros, de la riqueza global, fluctúe: a] una reducción del ahorro y la inversión (esto es, de la cantidad de riqueza que se crea cada año), b] las malas noticias sobre la capacidad que tiene la riqueza para generar beneficios, c] el número de impagos (la posibilidad de que los deudores no paguen lo que deben a los acreedores), d] la iliquidez (la posibilidad de que los beneficios nos lleguen más tarde de lo que habíamos esperado) y e] el incremento de la incertidumbre (la inseguridad de no recuperar la inversión).

Delong considera que la enorme reducción en el valor de los activos financieros no puede deberse a que la cantidad de ahorro e inversión se haya reducido, ni a que hayan aparecido malas noticias sobre la capacidad para generar beneficios de las empresas, ni a que los agentes estén en una posición de iliquidez (ya que los bancos centrales han inyectado todo el dinero necesario), ni al aumento de los impagos (ya que en aquel momento sólo se habían impagado dos billones de activos y la reducción de valor había sido de 20 billones); por ello, lanza como aventurada hipótesis que se haya debido a un aumento de la incertidumbre entre los agentes económicos.

Lo mismo parece pensar Krugman. ¿Por qué la economía real está paralizada?, se pregunta. Porque la incertidumbre se ha incrementado tanto que nadie consume ni invierte, parece responderse. Por eso el Gobierno tiene que restaurar la confianza despilfarrando enérgicamente el dinero de los contribuyentes. De hecho, el Nobel incluso saca cuenta: si por perpetuarnos en este estado de incertidumbre dejamos de crear alrededor de un billón de dólares en riqueza cada año, ¿por qué no destinar todo ese dinero –o incluso más– a estabilizar las expectativas y retornar a la senda de crecimiento?

Incluso podríamos prolongar un poco más esta película e incluir en este discurso a otros personajes, como Greenspan y sus viejas recetas contra la crisis en The Economist: si la economía real se recupera, el valor de los activos financieros por los que se preocupaba Delong volverá a subir, por lo que muchos bancos y familias saldrán de la situación de quiebra técnica en que se hallan, volviendo así a prestar y pedir prestado, como hacían en la etapa del boom.

Me temo, sin embargo, que todas estas argumentaciones de tan prestigiosos economistas no pasan de la categoría de cuentos de la lechera. Durante años, nuestras economías vivieron un falso auge crediticio promovido por los bancos centrales y el resto del sistema bancario. Y digo falso porque si bien toda inversión a largo plazo debe estar financiada con ahorro a largo, los préstamos a largo que concedían los bancos (por ejemplo, hipotecas) sólo lo estaban con deuda a muy corto plazo (depósitos a la vista).

Como resultado, en un primer momento los agentes económicos comenzaron a acometer inversiones que, aun siendo poco rentables, les permitían pagar los tipos de interés artificialmente bajos que les exigían los bancos. No es que estas inversiones fueran realmente rentables, pero lo parecían debido al crédito irrealmente barato que proporcionaban los bancos. El resultado fue una economía con mucha deuda y un aparato productivo adaptado para satisfacer las necesidades de unos agentes que deberían haber seguido teniendo acceso a grandes cantidades de crédito artificialmente barato.

Pero, obviamente, no podemos endeudarnos sin límite, así que cuando las familias, las empresas y los bancos decidieron que no seguirían incrementando su endeudamiento, por muy barato que se lo ofrecieran, el castillo de naipes se derrumbó.

En estos momentos, los agentes económicos están tratando de reducir su endeudamiento –y para ello consumen e invierten menos– y de reconvertir el aparato productivo sobre la base de un patrón menos dependiente de un crédito irrealmente barato. Dicho de otra manera: las mismas fábricas que hace tres años estaban a pleno funcionamiento hoy son incapaces de vender su mercancía a unas familias que ya no quieren (y no pueden) endeudarse más.

Esto es básicamente lo que Krugman no entiende: nuestro aparato productivo está caduco, desfasado y equivocado. No tiene sentido comparar lo ricos que seríamos hoy en caso de que en lugar de destinar cada año el 15% de la economía española a construir viviendas hubiésemos aprovechado ese capital para reducir el coste de nuestra energía, mejorar la formación de los trabajadores o aumentar los bienes de equipo en nuestras empresas. Esos recursos ya los hemos despilfarrado y no volverán; a partir de ahora hemos de volver atrás y transformar un aparato productivo adaptado a las nuevas necesidades y capacidades. No estamos dejando de crear ninguna riqueza con la crisis; en puridad, la estábamos dejando de crear durante el auge artificial, cuando despilfarrábamos nuestro dinero.

Lo mismo cabe reprocharle a Delong. Si el valor de los activos financieros depende de la renta que sean capaces de generar en el futuro, parece claro que –cuando nos damos cuenta de que nuestro aparato productivo no sirve, porque estamos demasiado endeudados– los activos financieros se tendrán que depreciar. De acuerdo con las posibilidades que plantea Delong, estaríamos en los escenarios b) y d). Sí ha habido toda una serie de malas noticias que explican una menor capacidad para generar beneficios de nuestras compañías (la recesión lo acredita), y sí tenemos un problema de liquidez (exceso de endeudamiento), que no puede corregirse, por mucho que los bancos centrales ofrezcan a los agentes económicos la posibilidad de endeudarse todavía más.

No niego que la incertidumbre haya tenido algo que ver en la debacle, pero desde luego la parte esencial se explica por las malas inversiones efectuadas durante el boom crediticio. Que Krugman y Delong no lo entiendan sólo demuestra, una vez más, que no saben qué es un ciclo económico. Probablemente porque hayan dedicado más tiempo a criticar a los teóricos de la resaca o a los liquidacionistas que a leerlos y comprenderlos.

El motorista de Rajoy

La única mancha en el casi impoluto expediente administrativo del famoso motorista la provocó Fraga, que, según cuenta en sus memorias, fue el único ministro cesado que obligó al motorista a que le llevara al Remitente una carta de respuesta.

Pero eso era en los tiempos bárbaros. En democracia no es ya que no dimitan los altos cargos, es que tampoco se cesa a nadie, así que el famoso motorista ahora reparte pizzas en lugar de cartas de agradecimiento y ya no está cuando se le necesita.

Todo esto tiene como consecuencia que cuando un político abandona su puesto ya no se sabe bien si dimite, le cesan, le dimiten o simplemente le sugieren que sus servicios son más valiosos en otras áreas de responsabilidad, como la asesoría personal del presidente del partido. Es el caso de Ricardo Costa, que a fecha de hoy no sabemos si dimite de forma forzosa o le cesan pero sólo un poquito.

Y el caso es que hace muy bien el secretario o ex secretario de los populares valencianos negándose a que la guillotina rajoyesca le rebane voluntariamente el pescuezo político porque, vamos a ver, si es un corrupto, lo suyo es que fuera cesado y expulsado del partido de forma fulminante, y si no lo es, no hay razón para que se le invite de forma tan indecorosa a abandonar sus responsabilidades en el PP.

Por lo que ha trascendido del sumario, horrorosamente instruido por Garzón como es habitual en el personaje, a Costa sólo se le puede acusar de hortera en virtud de unas conversaciones privadas que al propio implicado le producen cierta vergüenza, como ha relatado él mismo en su comparecencia. Sin embargo, la horterez no es un delito tipificado en el código penal ni aparece incluido en el código de buenas prácticas con que todo partido adorna sus estatutos, así que, o Rajoy y Camps detallan las corruptelas cometidas por el cesante o nos tememos que a la historia de este "dimicese" le quedan varios capítulos. Sólo falta que cuando se reúna el Comité de Dirección del Partido Popular de Valencia encima no haya unanimidad sobre el futuro político de Ricardo Costa y haya que incluirlo, como última solución, en el gabinete de asesores de Mariano Rajoy. Hasta mil doscientos que tiene Gallardón aún queda sitio.

¡Arriba los contribuyentes de España!

Ni una palabra altisonante ni atisbo de huelga general, no vaya a ser que el grifo de las subvenciones y prebendas decaiga. Y ello, pese a que España cuenta con la tasa de paro más alta del mundo desarrollado. Ni más ni menos que un 18,9%, y subiendo. En la actualidad, cerca de 4,5 millones de trabajadores sufren el azote del desempleo.

Resulta evidente, pues, la complicidad maniquea e hipócrita que coexiste entre poder ejecutivo y sindical. Sin embargo, pese a la execrable actitud de UGT y CCOO, la pasividad que muestran estas mafias sociales ante el drama que viven millones de familias tiene un aspecto positivo. Y es que lo último que necesita la economía española es el estallido de una oleada de huelgas generales y disturbios callejeros.

No obstante, si los sindicatos salen a la calle será, única y exclusivamente, para reclamar al Estado una mayor intervención pública. Esto es, más gasto social en forma de Planes E, del todo inútiles, y una mayor rigidez laboral, entre otros muchos "derechos sociales" que en nada favorecerán la recuperación económica.

Pero no todas las huelgas son negativas y, por tanto, condenables. La desazón y el desengaño que sufren empresarios y contribuyentes a causa de la profunda incompetencia del Gobierno amenaza con transformarse en un movimiento de protesta, casi inédito en España, cuya sola mención aterra a los organismos públicos.

Los empresarios amenazan con tomar la calle e, incluso, con llevar a término un "cierre patronal". España parece que se dirige hacia una huelga general… ¡de empresarios! Autónomos y pequeñas y medianas empresas están dispuestos a paralizar su actividad durante varias jornadas. Este colectivo reclama financiación, ésa que tanto escasea debido al despilfarro estatal, menos impuestos y, sobre todo, poner fin a la morosidad de los organismos públicos. Si bien es cierto que no todas sus demandas son positivas –como el rescate público de empresas–, muchas de sus exigencias son justas y legítimas.

Tan sólo falta que a este incipiente movimiento se le acabe sumando otro, cuyo calado sería incluso mucho mayor, para que el Gobierno se vea forzado a reaccionar. Se trata de la insumisión o protesta fiscal que, en este caso, estaría protagonizada por una masa creciente de contribuyentes indignados. No hay nada que asuste más a un gobernante que una rebelión civil de este tipo. Y es que, sin impuestos, la parálisis de los poderes públicos es casi insalvable.

Al igual que el ilustre Juan de Mariana defendía el tiranicidio como un derecho legítimo de los individuos para defenderse de los abusos del poder, los contribuyentes tienen plena potestad para oponerse al pago de un tributo que consideran excesivo. De hecho, la Revolución Americana, de marcado espíritu liberal, constituyó un levantamiento social armado contra el despotismo tributario ejercido entonces por la Corona británica.

Existen algunos antecedentes en España. "Que no entre ni una peseta en las arcas de Hacienda ni en la de los ayuntamientos en 1993", fue el grito de guerra de la asociación empresarial Copyme –Confederación General de las Pequeñas y Medianas Empresas– del Estado Español en la última crisis económica de mediados de los 90. Este tipo de lemas es el que precisa la economía nacional para combatir con eficacia y contundencia el ataque depredador que pretende poner en marcha el Gobierno socialista a nivel nacional o el gallardonita en Madrid, entre otros muchos entes autonómicos y locales. ¡Arriba los contribuyentes y empresarios de España!

Obama pone internet en peligro

Hace pocos días se dio silenciosamente el primer paso de ese camino, y está por ver si esto es una de esas pendientes resbaladizas que nos vayan conduciendo a un internet completamente distinto, controlado por los políticos. Y como todas las cosas malas de las que no tenemos casi noticia, el responsable es Obama.

Las actividades del llamado gobierno de Internet son, por ahora, muy limitadas, reservándose sólo el reparto de números IP entre naciones (algo así como si repartiera los prefijos telefónicos) y la decisión de quien se encarga de gestionar los nombres de dominio. Lo ejerce ICANN, una organización sin ánimo de lucro situada en Estados Unidos y hasta ahora dependiente del Departamento de Comercio del Gobierno federal, que tenía derecho de veto sobre sus decisiones. No es que lo ejerciera mucho, de hecho no tengo noticia de lo que lo hiciera nunca aunque sus objeciones al dominio pornográfico .xxx posiblemente fueran la causa de que la propuesta se rechazara. Pero su mera existencia impedía que se hicieran propuestas que se sabía que jamás prosperarían. Ahora ese freno ha desaparecido.

Desde el 1 de octubre el Departamento de Comercio ha perdido voluntariamente ese poder y la supervisión la ejercerá un grupo de expertos nombrado por la misma ICANN. Está por ver qué consecuencias tendrá esto. Pero se han quitado los frenos que impedían que el gobierno de internet acabara en manos de la Naciones Unidas.

Lo que cabe esperarse de una ICANN en manos de la ONU quedó claro en 2003 cuando Paul Twomey, el presidente del ICANN, tras un vuelo de veinte horas para ver qué se cocía en las conversaciones preliminares de una cumbre donde se podía decidir el futuro del organismo que preside, fue expulsado de las mismas tras decidir los gerifaltes del contubernio, que "no querían observadores". Aunque el observador fuera el entonces primer ministro de internet, por llamarlo de algún modo. Mientras, los funcionarios responsables de la censura de la red disfrutaban de la amable compañía y camaradería de los demás delegados.

Uno de los principales defensores de controlar la ICANN desde la ONU ha sido China, que criticó en 2005 el "monopolio" de Estados Unidos sobre el sistema y argumentó que los asuntos referentes a internet "debían ser resueltos por los estados soberanos en conjunto en el marco de la ONU". Fue como volver al pasado. En los 70 y 80 los países "no alineados" protestaron por el sesgo pro-occidental de los medios de comunicación e incluso estudiaron la implantación una licencia mundial para ejercer el periodismo expedida por la UNESCO. Así, la sensible mayoría de dictaduras en la ONU podría llevar a internet a desaparecer como el medio libre que conocemos y convertirse en algo más parecido a lo que tienen en China.

Y este riesgo lo estamos corriendo… no se sabe bien por qué. Quizá por eso de que Obama está muy a favor de mejorar las relaciones entre los pueblos y tal, y le sonaba muy mal eso de que Estados Unidos tuviera control sobre internet, demasiado unilateral, ya saben. Contra la estupidez toda lucha es vana.

Zapatero contra el cine español

La idea de que el Estado puede crear empleo sostenible y riqueza desviando fondos del mercado a proyectos que los ciudadanos no financiarían voluntariamente, suena a chiste para cualquier persona que haya pasado por un curso de introducción a la Economía.

Hasta ahora sólo conocíamos los datos oficiales de empleo alemán en la industria renovable pero nadie había afrontado el reto de estudiar el coste de oportunidad de las gigantescas ayudas públicas a ese segmento del sector eléctrico. Un equipo de doctores en Economía del Rheinisch-Westfalisches Institut für Wirtschaftforschung ha venido a cubrir esta laguna. El resultado es, como no podía ser de otro modo, un jarro de agua fría para quienes esperaban que el caso Alemán contradijera las leyes de la naturaleza (económica). Alemania uso las mismas herramientas que España para ayudar a las renovables: precios tasados para la producción muy por encima del precio de mercado y obligación de compra para los distribuidores de electricidad.

Los resultados también son bien parecidos a los que se produjeron en nuestro país. Cada empleo verde ha costado a los alemanes la friolera de 175.000 euros, la prima a la producción solar supone ocho veces el precio de mercado de la electricidad, la prima a la energía eólica es un 300% el coste convencional de la electricidad y el coste neto de la subvención solar se estima en algo más de 53.000 millones de euros y el de la eólica en 20.500 millones. Los autores advierten de que si lo que se pretende es reducir las emisiones de CO2, no puede encontrarse una forma más cara. En la actualidad, las formas alternativas cuestan 53 veces menos en el mercado. En resumen, tampoco en Alemania ha sido capaz de hacer milagros con las subvenciones. La supuesta maravilla renovable alemana lograda gracias a las subvenciones públicas no pasaba de ser otro carísimo cuento verde.

Alemania también tiene sus cuentos verdes

Es más, quizás el Nobel se le quede pequeño. Zapatero quiere enmendar nuestras almas desde la escuela, apartarnos del tabaco y los malos hábitos. Entran en nuestra casa y nos quieren quitar desde una hamburguesa al vino. Es un moralismo sin hábitos ni agua bendita; un puritanismo progre, la neoinquisición de izquierdas.

Al estilo, eso sí, de la vieja derecha. Lo último es que quieren prohibir la exhibición en abierto de la pornografía en los medios audiovisuales. Siempre se trasluce la idea de que nosotros, los ciudadanos, no podemos hacer un uso responsable de todo lo que está a nuestra mano.

Pero todo eso ya lo conocíamos. Lo que es nuevo es esa deriva contra el cine español. Por un lado, dedican el 80 por ciento de todas las ayudas del Ministerio de Cultura al cine, y por otro prohíben la típica españolada, en la que hay "pornografía y violencia gratuita" como la que quieren prohibir, a granel.

Al final, de tanta memoria histórica, el Gobierno socialista acaba por identificarse con aquello contra lo que dice luchar.

Y Zapatero, Nobel de Economía

Es una cosa así como nuestros premios Príncipe de Asturias, pero a lo bestia y mejor dotados económicamente, condición necesaria para que los iconos progresistas acepten ir a recogerlos.

Excepto Castro y Chávez, que incomprensiblemente todavía no han recibido su Nobel de la Paz, no hay zascandil encumbrado por la izquierda que no haya sido obsequiado con el famoso galardón. Cualquier distinción internacional que incluya en su elenco a personajes como Arafat queda desprestigiada automáticamente, pero en el caso de los Nobel asistimos a un declive progresivo que actualmente entra ya de lleno en el terreno de lo patético.

A Obama se le puede inculpar de muchas cosas, pero no de haber hecho algo por la paz como reza la acusación del Parlamento noruego en el texto con que ha hecho pública su elección de este año. El presidente norteamericano prometió cerrar Guantánamo, salir de Irak y acabar con "la misión humanitaria" de Afganistán, pero la base norteamericana en Cuba sigue a pleno rendimiento, los soldados en Irak haciendo exactamente lo mismo que con Bush y Afganistán sigue siendo un avispero de terroristas en guerra abierta contra la fuerza internacional, aunque Zapatero y su ministra sigan insistiendo en que aquello es una tarea de reconstrucción en la que las tropas sólo hacen trabajos humanitarios. Ciertamente no hay nada más humanitario ni pacifista que acabar con un batallón de terroristas islámicos, pero todos sabemos que el "humanitarismo" tiene un significado peculiar para los progresistas, aunque hasta el momento no se hayan dignado a bajar de la metafísica y explicar de forma coherente en qué consiste eso exactamente para ellos.

Con la concesión del Nobel de la Paz al estafador intelectual de Al Gore hace dos años, medio mundo soltó la gran carcajada. El listón estaba alto, pero debemos reconocer que los parlamentarios han superado el reto con gran solvencia. De paso se harán todos una foto con Obama –el verdadero motivo de la concesión–, que lleva camino de convertirse en el manto de la Virgen del Pilar para los progresistas, aunque más sonriente y menos milagroso, como acredita su trayectoria política desde que se convirtió en presidente. Sólo falta completar la nómina concediendo el Nobel de Economía a nuestro Zapatero, que se ha cargado la prosperidad de un país entero con sus medidas absurdas, pero, como buen progresista, lo ha hecho con la mejor de las intenciones. Si el Parlamento utiliza el mismo rasero que con Obama, con eso debería ser suficiente.

Eurócratas contra la sordera

Los eurócratas tienen la fea costumbre de querer dirigir hasta el mínimo detalle la vida de los ciudadanos. Aunque la mayor parte de los millones de ciudadanos sometidos a los caprichos de esos señores no lo sepamos, en los despachos y pasillos y salones de las costosas instituciones de la UE se llegan a regular cosas como las medidas que puede tener el gallinero que alguien se construya en su granja del pueblecito burgalés de Incinillas, a las afueras de la eslovaca Šahy, o en cualquier otro lugar de los Veintisiete.

Encuentran siempre, eso sí, excusas para sus intromisiones en nuestra vida. En el caso de los gallineros, del que supimos gracias al gran conocimiento sobre la UE que tiene Emilio J. González, suponemos que será el bienestar de esos animales que nos proporcionan huevos para hacer nuestras tortillas. En el de los MP3 acuden a la salud auditiva de los ciudadanos. Sin embargo, los motivos reales son muy diferentes. Por una parte, entre los políticos del Viejo Continente está muy extendida la idea de que los ciudadanos necesitamos ser guiados por ellos, aunque no haya prueba alguna que confirme que están dotados de una especial clarividencia para comprender las necesidades del resto de la humanidad. Por otra parte está la imperante necesidad de todo aparato político-burocrático de justificarse a sí mismo, que en el caso de la Eurocracia llega a extremos casi imposibles de igualar.

Los Estados y organismos como la UE comenzaron a inmiscuirse en la vida de los ciudadanos con la excusa de protegerles de terceros (para lo que les ayudó a limitar la capacidad de autodefensa de los individuos a través de todo tipo de prohibiciones). Pero hace tiempo que dieron, producto del doble síndrome de prepotencia y necesidad de autojustificación, un salto cualitativo tremendo. Pretenden proteger a las personas de sí mismas, aunque éstas no se lo pidan. Y aquí entra la pretensión de regular el volumen de los MP3. Los eurócratas han decidido que los habitantes de los Veintisiete dañan su salud auditiva por escuchar música demasiado alta y, por lo tanto, gastarán millones de euros en implementar alguna norma que impida que esos aparatos alcancen un volumen que ellos no consideran adecuado para "nuestro bien".

Si los fabricantes de MP3 quieren hacerlo por cuenta propia no hay problema, los consumidores decidirán si compran todos los productos o no. Pero los políticos y burócratas (sean locales, regionales, nacionales o europeos) deberían quedar fuera de esto. Tampoco sirve la pretensión de la organización de fabricantes Digital Europe de que se alcance una norma a nivel global que imponga estándares en todo el mundo. Si las empresas quieren ponerse de acuerdo, perfecto, pero que no pretendan que los Gobiernos se gasten el dinero de los ciudadanos en algo que tan sólo les corresponde a ellos.

El recorte en I+D+i no es el problema

Recientemente, el economista Xavier Sala-i-Martín decía en una entrevista: "España ya no puede competir en precio ni en calidad, así que necesita innovar. Pero la innovación no es I+D. Hay que dejar esa obsesión enfermiza y no pensar en hacer un Silicon Valley II. Para mí, dos de las mejores ideas han venido del sector del café: Nespresso y Starbucks. Y otra gran idea ha sido la de Zara, en el sector textil". Es un buen reenfoque.

La visión liberal y socialista del bienestar son muy parecidas a nivel teleológico ("sé feliz"), pero son totalmente diferentes cuando se refieren a la prosperidad. Desde un punto de vista socialista la prosperidad sólo se puede conseguir mediante el parasitismo y la visión iluminada del alto funcionario. El dictador de la producción adjudica presupuestos a sectores nacionales dirigidos desde un consejo central (Estado). El Gobierno, para sufragar tales gastos, no se apoya en la voluntad expresa del dinero de la gente, sino en los impuestos. Esto es, en el dinero que surge de la usurpación del esfuerzo productivo de otros ciudadanos. El Estado realiza transferencias forzosas de actores económicos productivos a aquellos que no lo son. ¿Y por qué teóricamente hace algo así? Porque usted, ciudadano, es demasiado ciego e idiota para ver lo que es bueno para usted. El Gobierno le saca el dinero que gana para dárselo a sectores improductivos por su propio bien.

El problema de tal lógica intervencionista es que no contempla los designios de la sociedad, sólo los de los lobbies. Directamente, la lógica del Gobierno y acólitos es falsa. Es una de las vertientes del actual capitalismo de Estado. De hecho, ante la noticia del recorte en investigación del Gobierno, algunos lobbies como la Federación de Jóvenes Investigadores / Precarios han dicho que "no están dispuestos a permitir este hundimiento de la ciencia en España, planteando, si fuera necesario, la movilización general de los científicos". Ya ven. Ellos son los portadores y únicos representantes de la ciencia. Usan, entre otras falacias, el sistema de la pataleta: si no te dan dinero, no te lo ganes con tu trabajo, berrea, llora, corta calles e impide la libertad de los demás con movilizaciones. Monta un escándalo detrás de otro hasta que te suelten la pasta. Es una forma de extorsión a bajo grado.

Un país que funciona así nunca puede prosperar ni tener una auténtica paz social. Siempre será la guerra de los lobbies contra el dinero de la gente. Las subvenciones jamás han hecho prosperar a una sociedad, más bien al contrario. El mejor ejemplo es el del cine español. Cuantas más subvenciones recibe, de peor calidad es, porque no hay feedback del consumidor o espectador.

En un sistema de libre mercado absoluto todo va orientado al servicio. ¿Qué quiere la gente? El mercado se lo ofrecerá, y cuanta más demanda, mayor competencia, mejor precio y más opciones. Este es el proceso que convirtió a Estados Unidos en lo es ahora. McDonald’s no nació de subvención alguna. Se creó para dar a los obreros una comida rápida y barata. Ahora está en todo el mundo. El dinero que ha conseguido la empresa no lo puede igualar ninguna subvención. Es más, McDonald’s recibe dinero del ciudadano de forma voluntaria. Es un sistema de financiación armonioso, no como las subvenciones, que no son más que el robo de un actor económico (ciudadano) para ser transferido a otro que, por el propio sistema de incentivos estatales, es incapaz de producir ni prosperar. Lo expuesto para McDonald’s ha ocurrido con todas las grandes firmas mundiales de tecnología. Todas han nacido de iniciativa y financiación privada.

¿Queremos grandes y numerosas empresas de I+D+i en España? Eliminen todas las subvenciones, impuestos, barreras técnicas, laborales y comerciales para crearlas. El dinero del extranjero vendrá aquí a raudales. Cambiemos el chip de los "científicos". Que se vuelvan emprendedores también. Ellos han de trabajar para nosotros y no para el Estado. Simplemente es lo que hacemos todos nosotros: trabajar para el cliente, para la sociedad. Menos aún han de esforzarse en hacer movilizaciones lloriqueando al gobernante de turno para que éste nos robe nuestro precioso dinero. A nosotros también nos cuesta ganarlo. Son ellos lo que han de trabajar para nosotros, y no nosotros para ellos como exigen.

En definitiva, instauremos un sistema de innovación enfocado al cliente, al consumidor final. Éste es, a la vez, el sistema que más capital humano y financiero les aportará, así como holgados beneficios. Convirtamos la ciencia en algo de todos y para todos. Los parásitos sólo perjudican al huésped (pagador de impuestos), por más "científicos" que se hagan llamar.