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Derribos Robles

Hace poco esta mandarina del poder escribía en El Mundo una breve pieza almibarada titulada El Poder Judicial abre sus puertas, dentro de la que nos topamos con la siguiente perla: "La justicia es un servicio público que se debe a los ciudadanos y su órgano de gobierno tiene la responsabilidad de explicar lo que hace a los representantes de la soberanía popular".

Nótese el burdo silogismo que pretende hacer colar la ex viceministra sobre una premisa falsa. La Constitución no menciona la justicia como un servicio público, sino como el fin de un poder (judicial) encargado de impartirla. Los integrantes de este poder son unos jueces y magistrados dispersos, cuya intendencia corresponde a un órgano de gobierno del que Robles forma parte como vocal.

De cualquier modo, los defensores de esa atrabiliaria identificación soslayan que el concepto de servicio público exige un requisito negativo. Para ser encuadrada dentro de esa categoría, la actividad en cuestión no puede ser una función esencial a la soberanía del Estado, ya que en ese caso huelga toda consideración ulterior. Aunque no cabe negar la dificultad de distinguir cuáles deban ser las funciones del Estado, en un plano descriptivo sí cabe afirmar que la justicia –o, más exactamente, la jurisdicción– se concibe unánimemente por todos los Estados del planeta como una manifestación de su soberanía. Sirva de ejemplo la previsible pugna entre las jurisdicciones norteamericana y española que vamos a presenciar con motivo de la causa abierta por un juez de instrucción de la Audiencia Nacional contra unos militares de esa nacionalidad por el homicidio del periodista Couso en un escenario de guerra.

Por otro lado, el concepto de servicio público no parece más que una interesada sublimación de todo servicio que puede prestar un individuo a sus semejantes para dejarlo en manos del Estado. Si repasamos las actividades que han merecido ese calificativo en España –banca, sanidad, educación, energía, transportes, radio y televisión, abastecimiento de agua, correos, telecomunicaciones, lotería (¡!)– observaremos que, dentro de su heterogeneidad, comparten la nota común de estar sometidas a una intensa regulación y supervisión del Ejecutivo del Estado. La experiencia acumulada respecto a esos servicios públicos cuya prestación se reserva el Estado directamente o mediante concesiones monopolísticas a particulares, demuestra que los gobernantes más que servir al público se sirven del público. Con el pretexto de declarar determinados servicios indispensables para la vida de la sociedad, el Leviatán no para de crecer y acaparar funciones.

Que la justicia estatal se deba o se imponga a los ciudadanos (parece más descriptiva esta segunda opción, sin entrar en cuestiones sobre su legitimidad) no permite concluir que su órgano de gobierno tenga que explicar (léase rendir cuentas) lo que hace a los representantes de la soberanía popular. A no ser que se pretenda controlarlo y derribar la escasa independencia que mantiene, utilizando esa pantalla. Nada de esto tiene el más mínimo apoyo en la Constitución de 1978, sino en una ideología que va imponiendo por deslizamiento sus designios de controlar el poder judicial por quien debería estar controlado por él.

En este sentido, el proyecto del PSOE para controlar todo contrapeso al poder por antonomasia muestra, por encima de retiradas y fintas tácticas, una pavorosa y sorprendente continuidad desde los albores de la Transición. Para conseguirlo sus distintas piezas se especializan en las tareas encomendadas y modulan sus discursos según aconseje la jugada (como en inigualable confesión declaró un ministro cesado). El fragor de las noticias diarias puede hacer perder de vista que muchas declaraciones de intenciones son menos ñoñas de lo que aparentan.

En los primeros años noventa esta señora y sus compañeros de jefatura en el Ministerio recibieron la encomienda de "controlar los daños" que a su Gobierno causaron los crímenes y latrocinios de Estado de los años ochenta. Desde la Secretaría de Estado se encargó de cortar las "atenciones" con las que se obsequiaba el silencio de los célebres Amedo y Domingo. Después de una prolongada hibernación, durante la cual consiguió una notable promoción en la carrera judicial, vuelve al candelero con un estilo menos bronco, pero no menos peligroso que el sin par Bermejo. Ha nacido un nuevo servicio público del Gobierno: Derribos Robles. No me sorprendería que sustituyera pronto a Caamaño.

En efecto, PRISA no es La COPE

Todo arranca a raíz de un artículo bastante rudo del no menos montaraz crítico del periódico del grupo PRISA, en el que, en un arrebato de sinceridad, ponía a caldo la última película del intelectual manchego sin ahorrar epítetos a cual más desdeñoso.

Se queja Almodóvar de que en Francia le tratan mejor que en España. Hombre, creo que en España las instituciones no le tratan demasiado mal (sólo hay que echar un vistazo al memorial del trinque presupuestario que publica periódicamente el ministerio de kultur), otra cosa es que los espectadores tengan una opinión distinta al Gobierno y obren en consecuencia cuando van al cine. En todo caso, Almodóvar aún no ha acusado a Sarkozy de intentar dar un golpe de estado a la República, como sí hizo con Aznar, y por otra parte los franceses, a diferencia de los españoles, no le financian las películas con sus impuestos, datos ambos que tal vez contribuyan a explicar por qué en el país vecino la aceptación de su cine tiene carácter trasversal.

Pero más allá de las imputaciones de nuestro Pedro al periódico El País sobre la falta de cariño hacia su ilustre persona y la saña con que le persigue su crítico cinematográfico, lo que más ha dolido al grupo PRISA es que Almodóvar le compare con la COPE.

La acusación no se sostiene porque esa radio, que yo sepa, ha glosado meritoriamente sus películas cuando los profesionales encargados del ramo lo han creído oportuno, y si ha realizado un pestiño se han limitado a constatarlo con grandes dosis de piedad como corresponde a un medio de la conferencia episcopal. Otra cosa es que el público que escucha la COPE se sienta aludido por el desprecio hacia la derecha sociológica del que siempre ha hecho gala el director manchego y, en consecuencia, prefiera no darle ni un euro más del que el Estado saca de sus bolsillos anualmente vía impuestos.

Por eso cuando el grupo PRISA protesta porque le igualen con la COPE tiene toda la razón. No hay comparación posible. Y entre el público de ambos medios mucho menos. Al menos de momento.

Señales para un optimismo matizado

Desde luego, durante los últimos meses se han producido ciertas señales esperanzadoras. Primero, la bolsa estadounidense ha subido más de un 25% desde su mínimo anual; los tipos de interés en los mercados interbancarios han detenido su caída, lo que parece indicar una cierta recuperación de la demanda de crédito; y, sobre todo, los precios de las materias primas están aumentando con fuerza desde marzo.

Lo cierto es que todos estos indicadores deben ponerse en verde para que podamos hablar de recuperación. Recordemos que la crisis es fruto de la expansión crediticia no respaldada por ahorro que emprendieron los bancos privados de todo el mundo con el auxilio permanente de sus respectivos bancos centrales. Esta expansión crediticia insostenible provocó que la inversión aumentara mucho en determinados sectores (como la vivienda o la automoción) sin que correlativamente se incrementara la inversión en el resto de sectores necesarios para que los primeros siguieran siendo rentables.

Por ejemplo, durante estos años se vendieron muchos coches a crédito y, sin embargo, no se invirtió lo suficiente para lograr un incremento de la oferta de petróleo. ¿Consecuencia? El número de automóviles aumentó de manera significativa y, con él, la demanda de petróleo sin que lo hiciera su oferta. Los precios del crudo se dispararon y la actividad fabril se desmoronó ante los elevados costes. Pues bien, puede trasladar este fenómeno a casi cualquier otra materia prima: cobre, cereales, zinc, aluminio, hierro, carbón…

En otras palabras, tenemos un "cuello de botella" en el sector de materias primas que debemos corregir para seguir creciendo. Los keynesianos, que todavía siguen sin comprender la crisis, han venido afirmando que se han acabado las oportunidades de inversión y que hemos llegado a algo así como el punto máximo de desarrollo con el actual modelo productivo. Por eso Obama y su corte (también Zapatero, claro) llevan meses hablando sobre la necesidad de pasar a una "economía sostenible" que genere otro tipo de riqueza: una riqueza más social, ecológica y cultural que trascienda del bienestar material.

Milongas para no reconocer la realidad: la inversión en materias primas sigue siendo tremendamente rentable. Una rápida ojeada a los datos lo deja claro: en el mercado estadounidense hay más de 120 empresas en el sector de energético y de materias primas con una rentabilidad sobre los activos (ROA) superior al 10%. Unos datos excelentes si tenemos en cuenta que llevamos casi 12 meses con los precios del petróleo y de otros inputs básicos en mínimos de cinco años. No por casualidad ninguna empresa en este sector ha reducido significativamente su inversión (más bien al revés) en 2008 y 2009, al contrario de lo que predicen con absoluto desprecio de la vida empresarial los keynesianos.

El mercado, por fortuna, tiende a corregir los desajustes que en buena medida el Estado le ocasiona. Lo único que los individuos necesitamos para rectificar es tiempo y que los políticos no se metan demasiado en nuestras vidas. Hemos tenido lo primero –de ahí los avances en numerosos frentes– pero ni mucho menos lo segundo. Por eso, tal vez convendría matizar algo las señales de optimismo que antes apuntábamos.

Primero, probablemente el repunte del mercado de valores tenga más que ver con los precios absurdamente deprimidos que se alcanzaron en marzo que con una importante mejora de las expectativas a largo plazo. Y en todo caso no deberíamos olvidar que en 1933 y 1935 el mercado estadounidense aumentó más de un 50% sin que ello señalara, ni mucho menos, la recuperación económica.

Segundo, lo mismo puede decirse con respecto a que el tipo de interés interbancario haya dejado de caer. En efecto, en algún momento debía dejar de hacerlo y, por ahora, los tipos siguen siendo casi la mitad que en marzo, momento en que las expectativas estaban más deprimidas.

Y tercero, aunque la apreciación de las materias primas pueda ser uno de los indicadores más sólidos de mejoría (ya que apunta a una reactivación de la demanda sobre todo de inversión), hay un dato que no deja de arruinar este cuadro: el precio del oro también ha aumentado con fuerza desde abril. Dicho de otra manera, los inversores siguen desconfiando seriamente de la calidad de la deuda que se está creando (especialmente pública) y siguen refugiándose en el oro frente a un futuro que siguen sin ver libre de peligros.

En definitiva, es cierto que durante los últimos meses muchos agentes económicos han saneado su condición financiera y ello les ha permitido demandar más crédito para invertir en los sectores más rentables de la economía; pero al mismo tiempo el Estado se ha dedicado a crear más deuda basura que no ha dejado de incrementar el riesgo de impago del conjunto de las economías. Todavía quedan grandes áreas de la estructura productiva por reestructurar (simplemente hay que fijarse en España) y en este contexto de debilidad las sociedades difícilmente podrán soportar cargas financieras tan gravosas como las que los políticos les están imponiendo. Precisamente ése es hoy el riesgo más grande a día de hoy, que la burbuja de la deuda pública estalle y que se lleve por delante los ahorros de todos los individuos.

Zapatero en Falcon Crest

Será el virus de La Moncloa. Aquél que se infiltra en los humores de nuestros presidentes y les hacen concebir ideas extrañas, como la de que ellos están por encima del bien y del mal, que su propio actuar es prueba y sanción a la vez de probidad, que su persona está más allá de ciertos convencionalismos, y que si hacen lo que hacen es porque pueden.

Y Zapatero puede. Puede ordenar que se ponga a su disposición un avión militar para ir a un mitin de su partido. Él da la orden y el Ejército obedece. No es la primera vez, ya lo estuvo haciendo durante la campaña de las últimas elecciones generales. Ahora el asunto ha provocado un escándalo, y lejos de rectificar, Zapatero, se reafirma y vuelve a montar en un Falcon del Ejército para un asunto que nada tiene que ver con el Estado, pero todo con su partido político.

Ahora que se habla de memoria histórica, ¿me pueden recordar de quién se decía que manejaba España como a una finca? A mí el comportamiento de Zapatero me ha recordado a una finca, sí. Será porque soy de los que dejamos de ser niños en los 80 y ahora jugamos a ser mayores, pero a lo que me ha recordado la actitud de Zapatero es a Falcon Crest y a su dueña haciendo y deshaciendo a su antojo, repartiendo filias y fobias según le convenía, pero manejando el cotarro.

Con la diferencia, eso sí, de que la Angela Channing manejaba lo que le pertenecía y Zapatero utiliza para su ventaja lo que nos pertenece a todos.

El futuro del libro

Quiera o no el Gremio de Libreros de Madrid, el eBook es una realidad, todavía minoritaria, que convive con el tradicional volumen de papel y que cada día va a cobrar más fuerza.

Con algunas excepciones destacadas, como ediciones con alto valor para coleccionistas y volúmenes con una altísima proporción de elementos gráficos muy elaborados y alta calidad de impresión, el valor de una obra literaria no está en el formato en el que se presente. Esto tan sólo es el continente. Lo realmente valioso de un libro es, por lo general, su contenido. Es cierto y comprensible que para muchos lectores el elemento material es fundamental a la hora de acercarse a una obra. El placer de pasar las páginas, de tocar el volumen con las propias manos es un factor importante para numerosas personas, pero no es el elemento fundamental de la lectura. La satisfacción última y más profunda se encuentra en lo que se lee, no en el soporte en que se hace. Ocurre lo mismo que pasó en su momento con la fotografía.

A muchos aficionados a esta última nos costó dar el paso de la fotografía tradicional, aquella de los carretes y la elección entre brillo y mate, a la digital. La nueva carecía de ciertos placeres propios de la vieja, como la emoción que causaba la espera para ver el resultado de una instantánea concreta en la que habíamos puesto especial cuidado. Sin embargo, al dar el salto nos dimos cuenta de que en esencia la satisfacción última que nos produce nuestra afición sigue ahí pero acompañada de ventajas antes no existentes.

El libro electrónico constituye, además, una magnífica oportunidad para las editoriales, en especial para las que pasan por apuros económicos y para aquellas que no son lo suficientemente grandes como para generar economías de escala que les permitan reducir costes por cada ejemplar producido. El margen de beneficio de estas empresas sobre cada libro tradicional vendido suele ser muy reducido. Además del pago al autor de la obra (que si es por derechos de autor suele ser una cantidad muy pequeña), tienen que hacer frente a gastos mucho mayores como la distribución, el almacenaje o la impresión (lo que incluye, entre otros elementos, el papel y la tinta) y el porcentaje de las librerías.

Si se populariza el libro digital, algo que antes o después ocurrirá, las editoriales podrán reducir la mayor parte de estos gastos en aquellas obras que se vendan en ambos formatos, tradicional y electrónico, y la totalidad de algunos de ellos en aquellas que sólo se distribuyan de forma digital. También puede ser una oportunidad para las librerías tradicionales, pues pueden encontrar maneras de ofrecer este tipo de libros a sus clientes (por ejemplo, mediante dispositivos que permitan una rápida descarga en el propio establecimiento o reforzando su presencia en internet).

El libro electrónico no supone una amenaza para el sector, más bien al contrario. Ofrece nuevas oportunidades, en especial a los más pequeños. Tan sólo hay que saber adaptarse. Esperemos que, a diferencia de las discográficas, libreros y editores sepan hacerlo y no luchen contra la realidad.

La voz de la conciencia liberal

El acto de entrega tuvo lugar durante la Cena de la Libertad, organizada por el propio Instituto. Cuatro grandes liberales españoles –Jesús Huerta de Soto, Francisco Cabrillo, Pedro Schwartz y Carlos Rodríguez Braun– introdujeron al premiado y su obra a los más de 160 liberales reunidos para la ocasión.

Las ideas de este húngaro de nacimiento –pero que no se siente ciudadano de ningún país y al que los nacionalismos le molestan tanto si son pequeños como si ocupan grandes extensiones– son tan originales como desesperanzadoras. Lo primero posiblemente se deba a su independencia y a su implacable lógica. Lo segundo, en cambio, a que este pensador no se haya ocupado de proveernos de soluciones al estatismo galopante que sufrimos, sino sólo del diagnóstico del problema.

Teniendo en cuenta estas raras características de nuestro autor, resulta fácil comprender que Anthony de Jasay no pertenezca a ninguna escuela de economía. Sin embargo, son muchas las que se acercan a su obra para encontrar aportaciones que puedan salvarlas o simplemente ayudarles a cubrir una laguna o un error teórico.

Tras interesarse por la economía, el joven De Jasay se hizo con Positive Theorie des Kapitales, del economista austriaco Eugen von Böhm-Bawerk. Aquella fue una experiencia infructuosa. Las páginas de una sola frase del austriaco, por un lado, y el mediocre alemán del húngaro, por otro, impidieron que de aquellas lecturas surgiera algo más que el superficial conocimiento de una teoría del capital que tiene en cuenta la estructura de la producción y el tiempo. Su interés se fue centrando en la escuela clásica de Cambridge y Hicks se convirtió en su héroe personal y su economista más respetado. De ahí que De Jasay se considere neoclásico aunque, como él recuerda, muchos le digan que sus ideas se asemejan más a las de la Escuela Austriaca mientras que otros le señalen su parecido con el paradigma de la Escuela de la Elección Pública.

El razonamiento crítico de De Jasay no se detiene ante nadie, y menos aún ante sus compañeros liberales de viaje. James Buchanan y Friedrich Hayek comprobaron lo que se siente al ver arrasadas sus teorías constitucionalistas por el pensador húngaro. A quienes creen que se puede diseñar una constitución que obligue al Estado a respetar la libertad y quedar reducido a la mínima expresión, De Jasay les contesta que esa pretensión es igual a la de querer que funcione un cinturón de castidad cuando el usuario tiene la llave. Tanto las teorías de Buchanan como la filosofía política de Hayek (al menos en lo que respecta a su constitucionalismo) le parecen las de unos perfectos ingenuos. Tan ingenuos que ni entienden ni ven al monstruo que tienen delante de sus narices. No hay forma de atar al Leviatán del que Hayek y De Jasay tuvieron que huir y al que tantas batallas le han declarado.

Tanto los defensores del Estado mínimo como los de la abolición del Estado suelen cojear de la misma pata: no se molestan en entender la dinámica del Estado. Para unos tiene, puede y debe existir mínimamente mientras que para los otros tiene, puede y debe ser eliminado. De Jasay, en cambio, nos ha explicado por qué existe, cómo y por qué crece, por qué es muy improbable que algún día desaparezca y por qué sería bueno que no existiera. Este gran defensor de la libertad escribió lo que ni unos ni otros querían escuchar. Quizá por eso se ha convertido, por méritos propios, en la voz de la conciencia de las distintas escuelas liberales.

Licenciado en igualitarismo

El cambio radical de una sociedad no puede llevarlo a cabo en solitario una casta política determinada. Necesita la colaboración de un ejército de especialistas para hacer que las ideas de una agenda política sean compartidas por la mayoría de los ciudadanos a quienes van dirigidas. En lugar de la conquista violenta del poder, como antaño, la izquierda prefiere la invasión pacífica de las mentes. Las víctimas se multiplican, pero al menos no muere nadie, cosa que nunca podremos agradecer lo suficiente al socialismo conociendo su trayectoria.

Lo que sorprende del anuncio de estos nuevos estudios de grado es que se haya decidido crear una titulación específica para algo que ya se estudia de forma transversal en cualquier universidad pública española. Sólo hay que darse una vuelta por los pasillos de las facultades de ciencias sociales, tras esquivar las tiendas de campaña de los resistentes al plan Bolonia, para confirmar que las ideas que transmite el profesorado y defienden los alumnos son exactamente las que viene propagando el socialismo desde que se inventó.

La razón de crear este nuevo título universitario es, por tanto, sólo una cuestión de utilidad. Ante los futuros "licenciados en igualdad", la socialdemocracia defendida por todos los partidos ofrecerá un horizonte de grandes posibilidades. Porque nadie pensará a estas alturas que los futuros diplomados en igualitarismo van a competir libremente en el mercado laboral. No. Se trata de que, llegado el caso, el Gobierno implante la obligatoriedad de que exista uno de estos igualitaristas titulados en cada empresa, en cada colegio, en cada departamento oficial, y así hasta donde se quiera llegar. Será un ejército de comisarios políticos, impuesto por decreto a toda la sociedad, encargado de vigilar la estricta observancia de la ideología de género promovida por los socialistas. En unos años, votar a un partido no socialista será considerado no ya de mal gusto, como hasta ahora, sino directamente sospechoso cuando no abiertamente delictivo. Si la derecha continúa sin enfrentarse con coraje a este proyecto involucionista y totalitario y sigue hablando sólo de economía, merecerá todo lo que le pase en el futuro. Incluso sus votantes tendremos nuestra parte de culpa.

Esperanza

Todo un conjunto de medidas cuya factura será sufragada, íntegramente, por el bolsillo de los contribuyentes.

Sorprende ver cómo una privilegiada casta social se vanagloria de salvar la economía cuando, en realidad, ha sido la intervención financiera y monetaria del Estado la principal responsable de la actual situación. Pero no todos los políticos son iguales. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, se ha convertido en el único referente ideológico digno de mención en España. Sobre todo, en materia económica.

Sus iniciativas han logrado algo inédito… ¡que los socialistas se vean obligados a bajar impuestos! Gracias a ella, el Impuesto sobre el Patrimonio y el Impuesto de Sucesiones y Donaciones han sido prácticamente derogados en este país. La presidenta madrileña abrió la veda de la competencia fiscal entre regiones. Las comunidades del PSOE tuvieron que imitar las medidas aprobadas en Madrid para tratar de frenar la fuga de capitales, empresas y rentas que sufrían sus respectivas haciendas autonómicas.

El pasado año anunció una medida "pionera" que consistía en ofrecer la "normativa más favorable" de España para las empresas e inversores que operen en la región. Además, apostó por la liberalización comercial y la participación del capital privado en la provisión de todo tipo servicios públicos. Una política valiente y sin complejos que ha convertido a Madrid en la región más próspera y competitiva de España, junto con los territorios forales.

No hay ninguna receta mágica. Su éxito radica en eliminar trabas a la iniciativa privada y estimular la competencia. De hecho, Aguirre no titubea en tiempos de crisis, un campo que parece abonado para la intervención política, y lejos de dar marcha atrás avanza firme por la senda de la liberalización económica. La Asamblea de Madrid otorgó la pasada semana luz verde a todo un paquete de rebajas fiscales en vivienda, matriculación de vehículos y actividades económicas. La austeridad en el gasto público constituye también una de las claves del talante aguirrista.

Visto lo visto, es una pena que no disponga de la capacidad necesaria para contrarrestar la nefasta política económica del Gobierno central. Estoy convencido de que Aguirre apostaría por limitar hasta el extremo la losa retrógrada y totalitaria de los sindicatos, así como por reformar en profundidad el mercado laboral para facilitar la recolocación de los trabajadores en paro.

¿Problemas de liquidez? ¿No llega a fin de mes? Aguirre lo tiene claro: "muchos ciudadanos no son conscientes" de la cantidad de impuestos que pagan. Y es que, un trabajador que cobra 1.100 euros netos mensuales gana, en realidad, 1.870 euros. El problema es que la Seguridad Social se come 600 euros todos los meses, mientras que el IRPF retiene 170. No obstante, el contribuyente medio trabaja 129 días al año, que se dice pronto, en exclusiva y a jornada completa para Hacienda. "El Estado, por una u otra vía, se queda con el 40% del sueldo de un trabajador medio".

Algunos dirán que ese dinero sirve para sufragar las prestaciones sociales. ¿En serio? En realidad, usted está pagando un servicio público de escasa calidad –atención sanitaria y educativa– a un precio de oro. La sanidad y la educación no son gratuitas, salen de su bolsillo, al igual que el subsidio del paro, los rescates bancarios, las ayudas a la compra de coches, las subvenciones agrícolas, el PER, las primas a las renovables o los préstamos blandos a empresarios amigos y promotores en quiebra. El Estado tan sólo redistribuye de forma arbitraria la riqueza que crean empresarios y trabajadores.

Sin embargo, más allá de las rebajas fiscales, animaría a la presidenta Aguirre a ir un poco más allá y, de una vez por todas, implantara en la Comunidad el silencio administrativo que tanto ansían los empresarios a la hora de iniciar una actividad. Ahora, más que nunca, es el momento de apostar firmemente por incentivar a los emprendedores. Es decir, la libre empresa frente al cambio de modelo productivo que pretende implantar por ley Zapatero. Tan sólo el ahorro y la iniciativa privada salvarán a España del desastre. Por suerte, aún queda Esperanza.

Menos ladrillo y más ordenadores

Socialista como él es, considera que semejante cambio sólo puede producirse a base de más Estado, más subvenciones, más intervencionismo. Y como si no hubieran tenido ya bastante, va a empezar a imponerlo por decreto en Andalucía, la de las cifras astronómicas de paro y corrupción, la región en que la mayor empresa y agencia de colocación es "la PSOE".

Es fácil averiguar en qué se traducen en el mundo real estas pretensiones zapateriles. Porque no es que no se haya intentado antes. Contaba Alberto Illán en el Instituto Juan de Mariana la penosa e ilustrativa historia del fabricante de móviles Vitelcom. Nacido en 2001, instalado en el Parque Tecnológico de Andalucía, forrado con subvenciones, parece un prototipo ideal de ese nuevo "modelo productivo" por el que aboga Zapatero. A ustedes, seguramente, no les sonará de nada la empresa. Eso es porque se dedicó casi en exclusiva a diseñar móviles para la marca blanca de Movistar y, claro, no hay quien consiga que la gente recuerde tu nombre cuando nunca se lo has dicho. Curiosamente, mi primer móvil fue uno de ellos: el fabuloso TSM30, y sólo supe de la existencia de Vitelcom cuando me dio problemas y busqué una solución en los foros de internet, donde todo se sabe.

Finalmente, Telefónica cambió de estrategia y, como mala empresa que vive de la subvención y no del mercado, Vitelcom se hundió porque no se había preocupado de encontrar más clientes. El dinero del contribuyente acabó en la papelera y los trabajadores se dedicaron a exigir que los recolocaran en otra parte. La PSOE, parece ser, cumplió. Una gran agencia de recolocación, la PSOE.

Esta es la historia de lo que sucede cuando se pretende crear empresas de alta tecnología por decreto. La anciana IBM, Microsoft, Google, HP, Nokia, Acer, Asus… son todas ellas empresas que conocemos y que han llegado a ser grandes, referentes dentro del mundo tecnológico en el que nos movemos. También tienen en común que no fueron creadas por decreto. Ni siquiera llegaron a funcionar jamás los planes quinquenales, que al fin y al cabo eran más modestos y sólo pretendían producir bienes y servicios básicos y conocidos de antemano. Imaginen si encima se pretende que políticos, burócratas y liberados sindicales decidan qué proyectos son innovadores y cuáles no. No sólo no lo lograrán, sino que es más que probable que haya quien decida en función de súbitos aumentos de su cuenta bancaria.

Zapatero no puede cambiar el modelo productivo. Lo pueden hacer emprendedores como los que fundaron Blusens. El Gobierno tan sólo puede dar facilidades para que surjan y tengan éxito este tipo de iniciativas, bajando impuestos, reduciendo regulaciones y eliminando trámites. Y, sí, reformando el mercado de trabajo, que es uno de los mayores obstáculos con los que se tiene que enfrentar un empresario, especialmente cuando es pequeño y no sabe si arriesgarse a crecer o no, porque los costes de equivocarse son inmensos. Pero eso es justo lo que no hará el presidente del Gobierno. Así que nos tendremos que conformar con menos ladrillo y menos ordenadores.

Contra el ogro filantrópico

De Jasay se estrenó con El Estado, libro que comienza con estas palabras, traducidas del inglés a nuestro idioma por Carlos Rodríguez Braun: "¿Qué haría si usted fuera el Estado?". Crecer en poder sin más límite que los riesgos que suponga para su propia supervivencia. Esa idea, brutalmente realista, le sirve para explicar esencialmente el comportamiento del órgano central de coacción. El Estado se desasirá de todas las ataduras que le queramos poner los liberales, y aumentará su poder sin más límite que los riesgos derivados de ciertos excesos.

Es un mensaje pesimista para quienes tenemos un mínimo de aprecio a la libertad, porque supone que los intentos por controlar el poder son totalmente ilusorios. Ya constató Hayek, en Derecho, Legislación y Libertad, que el constitucionalismo había fallado. Él mismo falló proponiendo, en la misma obra, una nueva forma de constitución. El Estado de Derecho es una contradicción en los términos, porque el primero se acaba devorando al segundo. Y con éste, a la libertad y a la justicia.

Este desolador panorama tiene, al menos, una ventaja. Y es que queda claro quién es el enemigo de la sociedad; es ese "ogro filantrópico" del que hablaba Octavio Paz. El Estado, por boca de los intelectuales, es como aquellos marcianos de Mars Attack, que mientras disparaban a la gente les gritaban: "No huyáis, somos vuestros amigos". Jesús Huerta de Soto, Francisco Cabrillo, Pedro Schwartz y el propio Rodríguez Braun, pusieron de manifiesto su admiración por el húngaro universal. Nunca son suficientes los amigos de la libertad. Pero tenemos de nuestro lado a los mejores.