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Las vergüenzas de Rajoy

Agárrense, ya que las curvas a partir de ahora serán mucho más pronunciadas, y más de uno se irá por la cuneta. El verano de 2008 será archivado en los anales estadísticos como el peor período estival en materia de empleo de la democracia española. Al menos, por el momento.

El diagnóstico está claro para todo aquel que esté dispuesto a escuchar. Hasta el propio Gobierno se está viendo obligado a reconocer, en parte, la gravedad de la situación. Llega el momento de los planes de urgencia, de las medidas estrella y de las reuniones de supuestos expertos. Ahora, el Gobierno se apresura a poner en marcha todo un elenco de estrambóticas y superficiales medidas que, por desgracia, de nada servirán para atenuar lo que se avecina.

Las mentiras y la ineficiencia del Ejecutivo socialista, tras insistir en negar la realidad, hablan por sí solas. Sin embargo, la gravedad de la actual coyuntura, más allá de sus efectos, radica en la inexistencia de soluciones por parte del elenco político. En este sentido, la propuesta que acaba de presentar el PP para combatir la crisis no tiene desperdicio.

Su plan consiste en 25 medidas y, curiosamente, algunas de ellas ya han sido contempladas por el Ejecutivo socialista, como la congelación de salarios a altos cargos de la Administración Pública, un plan de ahorro energético en los organismos estatales, que ya fue escenificado por Sebastián y su no corbata, o la eliminación de trámites burocráticos, calcado del plan presentado por Zapatero el pasado mes de julio.

Según dicho planteamiento, el PSOE no lo debe estar haciendo tan mal. De hecho, avanza por la dirección correcta para evitar el descalabro. Por otro lado, las críticas populares se centran en la necesidad de contener el gasto público. En este ámbito, el PP tan sólo se ciñe a la "eliminación de gastos superfluos", tales como propaganda y publicidad institucional. Dos campos de gran peso en el cómputo presupuestario, como todos saben

Además, el PP insiste en limitar el aumento del gasto público al 2 por ciento en los Presupuestos Generales para 2009 pero, al mismo tiempo, Rajoy defiende firmemente el impulso de las partidas sociales (educación y sanidad) y de las inversiones productivas para afrontar la crisis. Es decir, más gasto vía impuestos.

Las diferencias programáticas entre PP y PSOE se reducen así a meros matices. Los planes de ambas formaciones no lograrán atemperar las dificultades económicas y, sobre todo, laborales. De hecho, la cúpula popular está dispuesta a aplicar medidas que, hasta ahora, se podrían encuadrar a la perfección en el elenco del ideario socialita. Sirva como ejemplo la creación de una "Oficina de Información y Seguimiento de Precios", con el objetivo de vigilar al sector de la distribución alimentaria, que, entre otros, es tildado de "inflacionista". Una medida similar fue propuesta por Solbes hace escasas semanas.

Exiguas rebajas fiscales, la congelación de las tarifas eléctricas (a cargo de los contribuyentes y del déficit futuro) y el impulso de la investigación y desarrollo (I+D), sin concretar cómo, completan el documento de las 25 medidas sociopopulares. El problema es que, más allá de las causas políticas que subyacen en dicho acercamiento programático, los españoles siguen careciendo hoy por hoy de una solución real y eficaz para aguantar la tempestad. Y eso que ya han pasado doce meses desde que se comenzaron a materializar las primeras señales de la crisis.

Una vergüenza nacional

Antes de intentar arrojar algo de luz sobre el accidente que nos ocupa tengo que reconocer que durante años he sido un forofo de Spanair. Posiblemente uno de los mayores que ha tenido. Allá por los 90, Spanair y Air Europa rompieron el monopolio que Iberia tenía en el tráfico entre la Península y las Islas Canarias. Para quienes hacemos ese trayecto con frecuencia, aquello supuso un soplo de aire fresco y un alivio para nuestras carteras. El precio que ofrecían las dos nuevas compañías era sustancialmente inferior al de Iberia, y el servicio, especialmente el de Spanair, muy superior. Desde la simpatía del personal hasta la calidad de la comida a bordo, pasando por el compromiso con la puntualidad, la diferencia entre la vieja y gigantesca Iberia y la nueva y diminuta Spanair era como la que hay entre la noche y el día.

Desafortunadamente, a mi juicio esa diferencia se ha ido erosionando en los últimos años, y aunque el trato sigue siendo exquisito en la pequeña y bastante cortante en la grande, ya no aprecio aquellas notables diferencias en el servicio. Así que sigo volando con Spanair, pero no con la fidelidad y el entusiasmo de antaño. Sin embargo, las infundadas acusaciones que se han vertido sobre ella desde el momento del accidente hacen que cualquier persona medianamente ecuánime salte del asiento y trate de aportar un poco de sensatez, a la espera de conocer cómo se produjo.

Uno de los bulos más repetidos es que los aviones MD no son seguros pero que se han mantenido en activo debido al afán de lucro de la compañía. Dos días después del accidente, yo mismo pude comprobar cómo unos pasajeros exigían a los empleados de tierra de Spanair que les garantizaran que el aparato que iban a tomar no era uno de ellos. No es de extrañar: los medios han pintado a la familia MD-80 como si fueran tumbas volantes. La realidad es bien distinta. La ratio de accidentes fatales de este modelo es de 0,27 por cada millón de vuelos. A pesar de que todos desearíamos que fuera aún menor, está entre las más bajas de su clase, y, sin ningún género de dudas, entre las más bajas de su época de fabricación. Pero ¿a quién le interesan estos datos, cuando la prensa ya ha señalado con su dedo acusador al culpable, que encima es el mismísimo sistema capitalista? Así, no hay quien se extrañe de que algunos familiares hayan anunciado que van a denunciar a la compañía por el accidente sin siquiera esperar a saber qué lo produjo.

Otra de las ocurrencias de la prensa sensacionalista (en esta ocasión lo ha sido la práctica totalidad): Spanair no es una compañía segura. La realidad, de nuevo, es bien distinta de la ficción periodística. Lo cierto es que esta filial de SAS fue la primera aerolínea española en obtener el certificado IOSA –una auditoría promovida por IATA sobre seguridad operacional–, que renovó en 2007. También hubo medios que insinuaron –o afirmaron directamente– que la crisis económica por la que atraviesa la compañía había desencadenado el accidente. Sin embargo, a día de hoy nadie ha logrado mostrar ni un dato que avale un recorte en los gastos de mantenimiento que pueda implicar un riesgo añadido para la seguridad de los vuelos.

¿Qué provocó el accidente, un error humano o un fallo mecánico? ¿O fue quizá un cúmulo de errores humanos y fallos mecánicos? Admito que no lo sé, pero estoy seguro de que no tardaremos en saberlo con razonable certeza. La prensa, en cambio, sabía desde el primer minuto lo que había pasado. El motor había estallado por un mantenimiento deficiente. Es más, el piloto habría detectado el fallo y regresado, pero la compañía, escasa en medios de mantenimiento y obsesionada con lograr beneficios empresariales, habría despachado la nave y obligado a aquél a volar. El chisme se convirtió en certeza periodística y durante casi 48 horas tuvimos que escuchar esta increíble cantinela, aderezada con cartas sindicales y frases de pasajeros de vuelos retrasados que nada tenían que ver con el accidente. Y esto en un país que visitan decenas de millones de turistas que en su mayoría llegan en avión. Patético.

Sean cuales fueran las causas del accidente, lo que muchos formadores de opinión parecían tener claro desde el primer minuto es que para incrementar la seguridad aérea hay que eliminar el afán de lucro en el sector. Pero resulta que si uno se preocupa por mirar el ranking de siniestralidad de las 90 mayores compañías del mundo en los 20 últimos años se encuentra con que las dos peores son la cubana y la china, seguidas de numerosas empresas nacionales en las que el ánimo de lucro brilla por su ausencia. Por el contrario, las que mejor historial presentan son Delta y Southwest, dos compañías con un enorme ánimo de lucro. De hecho, de las diez aerolíneas más seguras, ocho son norteaméricanas (las acompañan Lufthansa y British Airways).

Pero ya digo que de poco sirven los datos cuando los prejuicios, especialmente los antimercado, se apoderan de manera subyacente del debate. Para los estatistas, la seguridad aérea no se logra gracias al ánimo de lucro y la competencia de las compañías, sino, más bien, a pesar de ello. De ahí que las críticas al ánimo de lucro de Spanair hayan venido acompañadas de la exigencia de que haya más funcionarios y agencias gubernamentales controlando y fiscalizando a las aerolíneas. La recientemente creada Agencia Española de Seguridad Aérea, que no ha arrancado por falta de dotación, es ya, en la mente de los propagandistas estatales, la panacea para la reducción de accidentes. Al mismo tiempo, diversos medios se quejan de que el Ministerio de Fomento subcontrate al grueso de los inspectores en el sector privado a través de Senasa. Parece que nadie ha entrado nunca en un edificio de funcionarios. A mí no me reconfortaría en absoluto que la seguridad aérea dependiera sobre todo de una agencia gubernamental y su burrocracia. Como todas las agencias estatales, la AESA alcanzará su objetivo a un coste muy superior al que pudiera procurar el mercado, o bien costará lo mismo… a costa de incrementar la inseguridad.

En los cien años de historia de la aviación, la seguridad no ha parado de mejorar. Las agencias estatales han desempeñado, por fortuna, un papel secundario en este éxito. Son las compañías aéreas, incluso en el extraño caso de que sólo les interesen los beneficios económicos, las primeras interesadas en tener una excelente reputación en materia de seguridad y un historial lo más inmaculado posible. Las empresas aeronáuticas también han rivalizado por ganarse el favor de sus clientes, las aerolíneas, logrando diseñar y producir aviones cada vez más seguros. Otro factor importante han sido las empresas de seguros, que han ido variando las primas –y, por lo tanto, los costes de las líneas aéreas– a medida que los nuevos dispositivos, las aeronaves y los planes de mantenimiento demostraban ser más fiables. Gracias a estos incentivos, que surgen de la propiedad privada y del mercado, en los primeros años de la aviación comercial con aparatos a reacción los accidentes se redujeron hasta tal punto que las primas de seguro pasaron de representar el 8% del valor del aparato asegurado a menos del 1%.

Una de las pocas cosas ciertas que nos ha contado la prensa española es que Spanair atraviesa, desde antes del accidente, una complicada crisis económica. El año pasado perdió más de 30 millones de euros, y este año dicen que ya ha superado los 50. El pasajero, soberano en este mercado como lo es el cliente en cualquier otro, ha ido dando la espalda a la gestión de la empresa. Si los dueños quieren salvarla de la quiebra, tendrán que dar un vuelco a la situación. En eso parece que estaban cuando tuvo lugar el accidente de Barajas. Como en todo plan de viabilidad, el resultado es incierto; tras el fatal suceso lo es más que nunca. Pero créanme, la demagogia de los periodistas que buscan hacer leña del árbol caído no va a ayudar a superar la crisis de la compañía.

Tampoco puede ayudar a los empleados, y menos aún a los familiares de las víctimas, la comparecencia de una ministra de Fomento que después de cuatro años en el cargo afirma "no saber que el sector de las listas de pasajeros tuviera tanta complicación", en referencia a la polémica sobre el tiempo transcurrido entre el accidente y la difusión de la lista por parte de la compañía. No me extraña que los empleados de Spanair se sientan apaleados y asombrados por la frivolidad, el desorden y la falta de conocimiento de esta señora. En efecto, su desconocimiento del asunto es, como probablemente reconocería ella misma, "mu grande". Pero al menos ella es consciente de sus limitaciones.

En definitiva, el tratamiento del accidente del vuelo JK5022 por parte de la prensa ha sido lamentable. En esta ocasión, el sensacionalismo se ha unido a los prejuicios antimercado de gran parte de la profesión periodística. El caso me recuerda el asunto de la mitología ferroviaria; ya saben: si un tren público descarrila nos hablan de un accidente, pero si la empresa es privada o, peor aún, fruto de una privatización thatcheriana, nos informan de una negligencia fruto del afán de lucro sin esperar a conocer los hechos. Lejos de ayudar a los familiares de las victimas a informarse y sobreponerse, el circo que se ha montado tiene que haberles hecho sentir totalmente confusos y utilizados. Desde aquí les envío mi más sentido pésame por la muerte de sus seres queridos, y mis deseos de que pronto puedan, a pesar de la prensa, conocer las verdaderas causas del siniestro.

La “Constitución material” de Zapatero

Los que amamos, aunque sea para dolernos de ella, nuestra reciente historia, sólo le podemos estar agradecidos. Dentro del último esfuerzo editorial, El Mundo ha preguntado primero al conjunto de los españoles y luego a sus más destacados protagonistas por nuestra ejecutoria en las últimas tres décadas. La última entrevista ha sido con el último en ocupar la tercera magistratura del Estado, la presidencia del Gobierno. José Luis Rodríguez Zapatero ha compartido sus posiciones sobre su propio gobierno y los anteriores, sobre el papel del PSOE y del PP (a quien sigue considerando ilegítimo por ser de derechas), sobre el Rey y la Constitución.

Entre todas las respuestas que ha dado ha habido una que a mí me ha llamado especialmente la atención y que, sin embargo, parece haber pasado desapercibida. Quizá sea tan obvia que los lectores han pasado a la siguiente pregunta sin mayor inquietud. Acaso mi perspicacia sobre la importancia de los asuntos me haya vuelto a abandonar como en otras ocasiones. Y, sin embargo, no puedo evitar incrustar esa precisa respuesta dentro de los cuatro años de historia de nuestro país, y temer por los que, en la medida en que la sociedad se lo permita, guíe el Gobierno en La Moncloa.

Esther Esteban, que ha hecho de la entrevista el más puro ejercicio de mayéutica, preguntaba a Rodríguez Zapatero por nuestra Constitución, y el presidente le respondía distinguiendo entre la "Constitución escrita" y una "Constitución material" que sería la precipitación histórica de "las características de nuestro país". Vuelve la idea de la "Constitución histórica", pero no desde los nostálgicos del Antiguo Régimen sino desde el despacho de una persona que, con total honestidad, cree que tiene la misión de cambiar esa "constitución material", esa realidad histórica, sociológica y moral de España, desde el Gobierno. Una vez ha planteado esa dicotomía, achaca a la primera Constitución las materias "jurídicas" y a la segunda, las "políticas". La distinción es artificiosa, pero le permite colocar la política y la Constitución, con todo el Ordenamiento Jurídico que de ella deriva en planos distintos. Y puesto que lo que necesitamos, según él mismo cree, es el cambio, la política tiene, al final, una preeminencia en su pensamiento sobre la Ley. La Ley es sólo una plasmación positiva de un momento histórico, mientras que el Gobierno es quien debe dirigir la corriente histórica para adecuar a esa nueva realidad, a posteriori, el Derecho y la Constitución.

Bien entendido, el de Zapatero es un proyecto de poder. Él cree que los políticos progresistas tienen el derecho y el deber de marcar con los exhorbitantes poderes que tiene el Estado el camino que debe seguir la sociedad. Y las instituciones son un marco provisional sin valor en sí mismas. Son puramente contingentes y han de adecuarse a la revolución permanente, a la corriente histórica que moralmente solo pertenece a la izquierda. Zapatero pastorea la sociedad, a la cual sólo le queda balar alegremente y pastar la hierba que nos encontremos a cada paso. Acaso no sea mala idea recordar que hay una alternativa. Quizá no venga mal traer a la memoria que hay verdades eternas, como decía Jefferson, tales como que cada uno de nosotros tiene ciertos derechos que son inalienables a las personas, y que las Constituciones, en su origen, no eran más que torpes intentos de reconocer nuestros derechos y nuestras libertades. Y que ninguna pretensión de encarnar el futuro y el progreso es suficiente para tratar esos derechos y esas libertades como reaccionarios valores del pasado y para saltar sobre ellos con la pesada maquinaria del Estado. Puede que tengamos que recordar, una vez más, que tenemos el derecho a elegir nuestra vida y que ello incluye, contra los expresos deseos del Gobierno, e derecho a elegir la educación de nuestros hijos. Es posible que sea conveniente recordar todo eso, no sea que Zapatero nos arrolle con su "Constitución material" y su política del poder, desnudo, irredento e irrefrenable.

Un aplauso para Carod

En un auténtico arrebato liberal, Rovira señaló que si se supone que estos fondos han de ayudar al desarrollo de las regiones menos prósperas de España, no pueden dedicarse a incrementar el tamaño del sector público o el número de burrócratas. En efecto, si Extremadura o Andalucía quieren prosperar, difícilmente lo lograrán gastando las ayudas en el lado improductivo de la sociedad. Así sólo logran aumentar el peso de la losa que aplasta el impulso empresarial de andaluces y extremeños. Ya sé que resulta paradójico escuchar estas cosas de la boca de un político de la izquierda más rancia. Pero aún hay más. De acuerdo con nuestro personaje, lo que necesitan estas regiones es invertir en empresas privadas que generen riqueza y empleos sostenibles. Como diría Peter Bauer, todo lo demás es quitar a los pobres de Cataluña para dar a los ricos de regiones más pobres. Provenga de donde provenga, la ayuda al desarrollo no puede usarse en la generación de gastos improductivos.

Pero aún hay más. Carod destacó lo que ningún político se atreve a decir: que “la solidaridad es lo que uno hace libremente”. En definitiva, que la ayuda pública al desarrollo no es un acto de solidaridad, sino un simple robo legalizado. Le faltó indicar, para rizar el rizo, que la verborrea de la redistribución coactiva acaba con la verdadera solidaridad y que posiblemente esto explique que, de entre todos los países desarrollados, España está situada en el segundo puesto por la cola en ayuda voluntaria, esa que sí es un acto de solidaridad. Pero, claro, eso sería pedirle peras al olmo porque, de haberlo hecho, ¿cómo iba luego a defender su proyecto socialista para Cataluña?

Desafortunadamente, mi comunión con Carod no ha duró mucho. Pasó lo que tenía que pasar. Durante el fin de semana Carod se refería a Cataluña como si hablara del coto privado de los nacional socialistas. La libertad volvió a desaparecer del centro de su discurso, y quien no comparte sus ideas no puede opinar. En fin, que por desgracia, este fin de semana las aguas volvieron a su cauce natural.

¿Quién es Sarah Palin?

Obama es un hombre capaz de hacer vibrar con un discurso situado entre el vacío, el éter y la nada, un logro espectacular. Ha rellenado el enorme hueco que dejan sus ideas con la pretensión de que es el hombre que puede cambiar la política en Estados Unidos, un mensaje que suena muy bien después de ocho años de Administración Bush. Sin embargo, para no convertirse en una opción demasiado arriesgada ha elegido como candidato a vicepresidente a un hombre del circuito de la política washingtoniana: Joe Biden. Bien, pues McCain, que en sí mismo tiene algo de outsider, ha elegido a una persona que fue capaz de poner patas arriba la política de su estado.

Para ello se enfrentó a su propio partido, carcomido por la corrupción, el gasto público y las buenas migas con los intereses especiales. El cambio, que en Obama es una bella promesa, lo es de verdad en la experiencia, corta pero significativa, de Sarah Palin.

Pero aún hay más razones que convierten a esta mujer en la mejor de las opciones entre las que podía escoger McCain. Es pro-vida y decidió dar a luz a su quinto hijo a pesar de saber que tenía síndrome de Down. No me achaquen ese "a pesar" a mí; lo usan a diario muchos pequeños Mengueles que se escudan en "los derechos de la mujer" para segar una vida que no quieren cuidar. Además, Sarah Palin es favorable a la libertad de armas, tiene un historial demostrado, como alcaldesa y como gobernadora, de reducción de impuestos, y favorece tanto el control del gasto como la privatización de los servicios públicos, incluida la sanidad.

Es decir, que es una candidata asumible por dos grupos de votantes potenciales que veían con desconfianza a John McCain: la derecha socialmente conservadora y la económicamente liberal. Además, Palin es la primera mujer con opciones reales de convertirse en vicepresidente, y podría ganarse una parte del voto femenino que ha quedado desencantado con la derrota de Hillary ante Obama. "El cambio no viene de Washington; va hacia Washington", dijo ante una enfervorizada masa de militantes Barack Obama nada más ser elegido oficialmente por su partido como candidato a suceder a George W. Bush. Puede que tenga razón, aunque quizá ese cambio no venga del lado demócrata.

Intervencionismo en los videojuegos

Sin duda muchos se alegrarán, pero la realidad es que resulta un tanto inquietante este reforzamiento del nefasto papel del Estado como agente con la capacidad de decidir qué es cultura y qué no lo es. Y más todavía si tenemos en cuenta los antecedentes de este tipo de políticas. El primer Gobierno del mundo que se otorgó esta potestad fue el del muy autoritario Bismarck. En 1871, el "Canciller de Hierro" creó el Kulturkampf (Impulso cultural).

Se trata de un modelo que después mejoraría Hitler con el primer Ministerio de Cultura, y Lenin con las casas de cultura. El modelo se suaviza algo con la creación del primer ministerio occidental de este tipo por un generalote francés apellidado De Gaulle, quien pone al frente del invento a un André Malraux que había sido la estrella de un "Congreso por la Defensa de la Cultura" organizado por la KGB. Por supuesto, todos los departamentos de este tipo existentes en la actualidad están copiados del galo, que a su vez bebe de los anteriores.

Y si esto ya de por sí es malo, los efectos visibles de la decisión tomada ahora en Alemania también son nocivos para ese país y para todos aquellos en los que se le imite. Ya tenemos un sector más en el que muchas personas vivirán a costa de los ciudadanos. Si consideramos las empresas de videojuegos como parte de la industria cultural, habrá que otorgarle los mismos privilegios que al resto del sector. Y estos pueden ser varios. En España se podría traducir en subvenciones a mansalva, con lo que nacería toda una constelación de creadoras de productos de mala calidad que apenas tendrían ventas, pero vivirían del dinero ajeno salido de los impuestos. O podría dar pie a un precio fijo que los vendedores apenas podrían modificar, como ocurre con los libros. Incluso podrían modificar la Ley de Propiedad Intelectual para incluir a los desarrolladores y editores de videojuegos entre los beneficiarios del canon digital.

No vamos a negar la calidad cultural de algunos videojuegos. Las bandas sonoras, la calidad de los gráficos o las tramas argumentativas de ciertos títulos los convierten en auténticas obras de arte. Pero eso sólo se puede aplicar a algunos. Otros están a años luz de merecer tal consideración. Lo mismo ocurre con los libros, las películas o las canciones. En cualquier caso, en todos estos tipos de obras son los ciudadanos, y nunca los políticos, quienes deben otorgarle, o no, la categoría de cultura. Es una mala noticia que, una vez más, los estados hayan aumentado sus prerrogativas, también en este terreno.

En Cuba el rock es subversivo

En la URSS se detenía para su deportación al gulag a cualquier elemento sospechoso de traicionar las sagradas esencias estalinistas, delito que podía consistir en esconder un poco de trigo para evitar la muerte por inanición de sus hijos. Al que discrepaba del criterio del PCUS, aunque fuera en privado, se le fusilaba directamente. Eran los tiempos en que el telón de acero mantenía un adecuado nivel de higiene informativa que permitía a los comunistas actuar con entera libertad.

En Cuba no se sigue rigurosamente el manual clásico. No porque los gobernantes lo consideren inmoral, claro, sino porque la situación geográfica de la isla y el desarrollo de la globalización impide que este tipo de actuaciones se mantengan en secreto por mucho tiempo. De ahí que el castrismo elabore constantemente nuevos argumentos, cada vez más delirantes, para seguir machacando a los disidentes, de forma que a los canallas útiles del otro lado del charco no se les caiga necesariamente la cara de vergüenza al mirarse al espejo cada día.

Es sorprendente, quiero decir, absolutamente lógico, que tras la detención del líder de un grupo de rock cubano bajo la acusación de "peligrosidad predelictiva" (para el socialismo todo individuo ajeno al partido es un delincuente potencial), sus colegas musicales del mundo libre miren para otro lado con la conciencia exquisitamente limpia. Salvo las excepciones habituales, la tortura de un músico por las hordas castristas no es algo que les suscite un mínimo sentimiento de solidaridad. "Algo habrá hecho", pensarán nuestras "gentes de la cultura", habitual escuadrón de abajofirmantes antiimperialistas, tan comprometido y hasta violento cuando toca protestar contra Bush o Aznar.

Si el régimen castrista desaparece un día por las cloacas de la historia (su destino natural) y los cubanos recuperan la libertad, no faltarán músicos europeos dispuestos a acudir a la isla para reclamar sus méritos y celebrar la caída del régimen con un macroconcierto. Por supuesto que estarán Pablo Milanés y nuestros zejateros. Gorki Aguila, el rockero encarcelado por los castristas, y sus amigos, apaleados en público por exigir su liberación, probablemente les escupan desde la grada. Si es que viven para entonces.

Zapatero es un bromista

Una de las bromas más célebres que nos lanzó el presidente del Gobierno fue llamar fracasada a Ángela Merkel. Si no lo encuentra gracioso debe ser porque usted es un derechista malhumorado. Como ya sabe, para nuestro presidente ser de izquierdas es sonreír: "todo se puede decir con una sonrisa" (esta es otra muestra que nos ratifica que ZP es un bromista). Riámonos con algunas de sus bromas económicas que parecen haberse olvidado en el tiempo.

En agosto del año pasado ZP dijo que la crisis del crédito "no va a tener una afectación significativa o importante en la evolución de la economía en general, y en particular de la economía española". Pasado un año, los números nos muestran que los préstamos hipotecarios crecen a un ritmo menor al de 1995, los embargos hipotecarios se han disparado un 60%, somos los líderes europeos en la caída de la construcción y la actividad cayó en junio casi un 16%. Desternillante.

En febrero de 2008 Zapatero hacía, no una broma, sino dos, en una entrevista que le realizaron. Primera, que el Euribor lo decretaba el Banco Central Europeo (esta es realmente buena). Después añadió que "[el Euribor] ha llegado a un techo, está bajando ya, y a partir, aproximadamente, de junio [de 2008] (…) bajará la cuota de la hipoteca". Desde entonces el Euribor ha subido unos 100 puntos básicos, alrededor de un 20%. Evidentemente, las cuotas hipotecarias también han subido con él. ¿Entiende la broma?

A Carme Chacón y a Beatriz Corredor también se les ha pegado algo de esto. La primera dijo en noviembre de 2007 que el sector de la vivienda estaba "fuerte", que como sabrá, es todo lo contrario a débil o agonizante. Pues bien, en ese mismo año el 40% de las oficinas inmobiliarias cerró. En 2008 se espera que cierren el 30% de las agencias inmobiliarias y el BBVA ha pronosticado que la crisis del sector durará cuatro años y hará historia. Esto es, que será tan nefasta que se estudiará en las facultades de económicas del futuro.

La otra chistosa, Beatriz Corredor, actual ministra de Vivienda, apuntó hace un par de meses que "ahora" es el momento para comprar viviendas. No mañana ni pasado, sino ahora mismo. ¿Qué hace aquí? ¡Salga a comprar una! Mientras tanto, los precios van cayendo mes tras mes. Son de esas bromas que se llaman pesadas y tal vez de mal gusto, pero no deja de ser una broma.

¿Se acuerda de ese "aterrizaje suave de la economía" española? En realidad fue otro chiste. No sólo lo usó Carme Chacón, ni la siempre bromista María Antonia Trujillo (las ex de Vivienda), sino alguien que consideramos la oveja negra de los socialistas porque siempre está serio, Pedro Solbes, ministro de Economía. En junio de 2007 el ministro nos dijo que la economía aterrizaría suavemente y luego añadió que creceríamos por debajo del 4%. Todos pensábamos en un 3,9%; un 3,8% los más pesimistas; incluso hubo antipatriotas que llegaron a pensar en un 3,7%. Pero no, ahora que ya han ganado las elecciones, nos dicen que no pasaremos de un paupérrimo 1,5%. La gracia está en que la bajada es mucho mayor a la que dijo entonces. ¿Lo va captando? A ver qué le parece esta. En enero de 2008, dos meses antes de las elecciones, Solbes concedió una entrevista a un diario sensacionalista de izquierda donde profetizó "menos inflación y más empleo". Sólo siete meses después somos el país con mayor paro juvenil y femenino de la UE y tenemos el nivel más alto de desempleo desde 1998. A propósito del paro, ZP dijo que jamás llegaríamos a previsiones de desempleo superiores al 10%, como con el Gobierno del PP. Bueno, en este segundo trimestre hemos llegado al 10,44% y en los últimos 12 meses se han creado más de 620.000 desempleados según la Encuesta de Población Activa (EPA). Las previsiones no son mucho mejores. InterMoney, que siempre ha ido de la mano del Gobierno, prevé un paro superior al 13% para el año que viene. ¿Entiende el chiste? Es que es humor socialista es a veces difícil de entender porque es tan surrealista y absurdo como las "teorías" ecologistas y keynesianas.

Sigamos con el jefe de este circo, Zapatero. En septiembre de 2007, el presidente del Gobierno dijo que la economía española gozaba de "gran confianza externamente e internamente" y que duraría. Según los últimos datos del ICO, la confianza del consumidor ha caído a mínimos históricos. Desde que se registra este índice, jamás había estado tan bajo.

El presidente también suele hacer cuantiosas bromas sobre la inflación. Por ejemplo, en febrero de este año dijo que cerraríamos 2008 con una inflación del 3%. Los últimos datos nos dicen que llevamos una tasa interanual del 5,3%. La mayor de los últimos 15 años y una de las más altas de la zona euro.

En fin, se me acaba el espacio aunque me dejo mucho material. La verdad es que bien mirado, más que un Gobierno responsable, de tecnócratas, de hombres y mujeres de Estado, lo que tenemos es un Gobierno de payasos y payasas (esto lo añado para que no se moleste Aído, la bromista de Igualdad). ¿Se siente defraudado por el Gobierno? Venga hombre, siempre puede auto engañarse como ZP,  pensando que un café vale 80 céntimos. Como dice nuestro líder "ser optimista es una exigencia moral". No le extrañe que nos lleguen a multar si le contradecimos, que las cuentas del Estado no están para bromas.

Ataúdes volantes

Si dijera que la crisis económica que atraviesa la segunda aerolínea española ha sido la causa probable de un deficiente mantenimiento y, consiguientemente, del trágico accidente del pasado día 20, que las subcontratas privadas no ofrecen garantías a la hora de inspeccionar aviones o que alguien ya advirtió al dueño de la empresa que si no accedía a sus pretensiones pondría en riesgo al pasaje, los lectores se multiplicarían.

Adelanto que mi intención es justo la contraria: alejar especulaciones sin fundamento y tratar de asentar unas pocas pero importantes certidumbres sobre el accidente del vuelo JK5022 y sobre la seguridad aérea. Ni los empleados de la compañía ni, en especial, los familiares de los muertos merecen que se tuerza la verdad de esta desgracia para realizar infundios con los que vender más periódicos o ganar más cuota de pantalla. Así que tratemos de destilar la tinta amarilla para escribir negro sobre blanco o, más bien, sobre salmón.

Los aviones MD-80 son, a pesar de sus años y de lo que muchos desinformadores han escrito, unos aparatos muy seguros. Hacen ruido si vas sentado atrás, sí, y son algo más incómodos que sus modernos rivales, cierto. Sin embargo, lejos de ser ataúdes volantes son, con un ratio de 0,27 accidentes mortales por cada millón de vuelos, uno de los aviones más seguros de su clase y sin duda, de su época de fabricación. Desde que Spanair acabara con el monopolio de vuelos regulares de Iberia, allá por los primeros noventa, los aviones McDonnell Douglas han sido estandarte de la compañía. Si hoy los MD-80 se encuentran en franca retirada, tanto en Spanair como en Iberia, es por su elevado consumo de combustible, aproximadamente un 25% superior a sus rivales modernos.

Spanair es una aerolínea con un alto nivel de seguridad. De hecho, fue la primera empresa española en lograr pasar, en 2005, una auditoria promovida por IATA sobre seguridad operacional conocida como IOSA, que renovó en 2007. Es difícil llegar a saber si una crisis económica puede ayudar en alguna medida a un accidente como este. Sin embargo, lo que sí está claro es que la relación que se ha querido vender desde un primer momento por la prensa –crisis igual a recorte de gastos de mantenimiento, igual a aumento del riesgo, igual a accidente– no parece tener sustento en las cuentas ni las decisiones de una empresa que no escatimó ni un euro en seguridad a pesar de la delicada situación económica que atraviesa.

La empresa ha podido cometer algún error. Los técnicos de mantenimiento han podido equivocarse en alguna decisión. El piloto ha podido cometer algún fatal error. La máquina ha podido fallar en un momento vital. La estadística nos dice que el 60% de los accidentes fatales se debe a errores del piloto, el 25% a errores de mecánicos y el 9% a otros fallos humanos. Eso sí, los aviones están diseñados por ingenieros aeronáuticos que tienen la consigna de que a nivel mecánico sea necesaria la confluencia de varios fallos para que un avión se caiga. La mayoría de los artículos periodísticos, en cambio, no parecen estar escritos por profesionales capaces de pensar tres veces en la veracidad de lo que van a escribir ni en sus consecuencias. La leña del árbol caído parece tener muy buen precio en el sector de los medios de comunicación como para permitir la reflexión sosegada.

La sociedad de riesgo cero no existe. A pesar de los enormes avances logrados en materia de seguridad aérea los vuelos siempre conllevarán algún riesgo. La buena noticia es que los principales interesados en continuar con esta creciente seguridad que es marca distintiva de las aerolíneas occidentales son las propias compañías aéreas. Les siguen muy de cerca los fabricantes y las agencias de seguros. Pero ahora parece, a juzgar por lo que se ha podido leer en la prensa durante la pasada semana, que son los políticos y los funcionarios a través de nuevas agencias estatales quienes nos van a traer seguridad. Personalmente me siento bastante más seguro si sé que la seguridad aérea depende de empresas con ánimo de lucro cuya viabilidad y crédito depende de evitar accidentes. Sin embargo, en este trágico asunto algunos prefieren ver burrócratas volando que hablar de hechos contrastados y acompañar a los heridos y los familiares de las víctimas en estos momentos de angustia y dolor.

Yo también soy monopolista

A ver si no voy a poder ser yo como todos los operadores de telecomunicaciones, dominantes, por monopolistas, en el mercado de terminación de llamadas en su propia red. (Los servicios de terminación se los prestan mutuamente los operadores para permitir que sus respectivos clientes se llamen entre sí, por ejemplo, cuando un cliente de ONO llama a uno de Orange, o al revés. En el primer caso, será Orange quien dé la terminación a ONO; en el segundo, ONO se lo da a Orange).

Así lo constata la Comisión del Mercado de Telecomunicaciones en unos documentos recién publicados, en los que analiza distintos mercados de comunicaciones electrónicas. Este ejercicio no lo hace la CMT gratuitamente, sino con la intención de imponer obligaciones a los operadores a los que encuentre en esa envidiable posición en cada uno de los mercados. Si la CMT decide que un operador tiene Peso Significativo en un Mercado, le puede fijar los precios por los servicios que suministra.

Pues bien, la CMT, entre otros, analiza el conjunto de mercados de terminación. Y define un mercado de servicios de terminación para cada uno de los operadores que tienen red. Me explico: define un mercado que es, por ejemplo, el de terminación en la red de Telefónica; y otro, que es el de terminación en la red de Vodafone, y así sucesivamente. Si Perico-de-los-Palotes tiene red de telecomunicaciones, la CMT habrá definido un mercado de terminación en la red de Perico-de-los-Palotes.

Es fácil imaginar los resultados de los respectivos análisis de estos mercados, a los que no obstante el citado organismo dedica más de un párrafo en un loable esfuerzo por justificar lo obvio. Efectivamente, Perico-de-los-Palotes es dominante en el mercado de terminación en la red de Perico-de-los-Palotes. Y en consecuencia, existe un grave riesgo de que cobre precios excesivos, y es necesario regular los precios de este servicio, y demás.

Es justo decir que con estos mercados la CMT se limita a seguir los dictados de otro organismo regulador, mucho más sabio y de mayor perspectiva, la eminente Comisión Europea. Es esta quien realmente "recomienda" a los reguladores nacionales que analicen los mercados de terminación en cada red individual porque puede haber problemas de competencia en los mismos.

Pero esto no disminuye un ápice lo absurdo del ejercicio de definir un mercado de por sí monopolista; lo absurdo de analizar un mercado que es monopolista por definición; y lo absurdo de pretender resolver problemas de competencia en un mercado que no puede ser más que monopolista (porque, por supuesto, para estos reguladores la existencia de monopolio es un problema de competencia).

En esta dinámica reguladora se mueven las telecomunicaciones. Imagino que en otras similares se moverán todos los sectores económicos regulados. Yo, mientras tanto, iré a lo mío: voy a ver si convenzo a Libertad Digital de que, como dominante en el mercado de artículos de Fernando Herrera, les tengo que cobrar precios excesivos.