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El nuevo sector motor de la economía

Ante el parón del sector de construcción, considerado "motor" por el arrastre que supone de otros sectores al inducir demanda en ellos, la economía española (¿o tal vez el Gobierno?) necesita otro sector que pueda arrastrar inversiones y genere actividad económica que de alguna forma sustituya a la perdida, como si este fuera todo el problema de la crisis en que estamos metidos. Y el señor Sebastián opina que este nuevo maná podría venir de las telecomunicaciones.

La idea no va desencaminada, puesto que en este sector se asiste a una renovación tecnológica continuada, que exige desembolsos constantes de los agentes para disponer de una red con la tecnología adecuada a las necesidades de los consumidores. Además, en el momento actual, muchos los operadores están planteándose el despliegue de fibra óptica para sustituir al tradicional par de cobre, lo que exigirá considerables inversiones en obra pública, aparte de equipos y nuevos terminales.

Sin embargo, al lado de esta voluntad de los operadores, existe la de infinitos reguladores dispuestos a sacar juguillo a estos activos para fines de todo tipo y calado.

Ahí tenemos a la Comisión Europea en primer lugar, apuntándose la Eurotarifa, consistente en la regulación más antigua del mundo: la fijación de precios máximos de venta. En este caso, de los precios de itinerancia para los operadores móviles: los de voz y, por qué no, también los de SMS y los de datos.

Pero es que además está tratando de rebajar brutalmente los precios de los servicios de terminación, lo que podría llevar a estos operadores a buscar alternativas de ingresos indeseadas para todo el mercado, como el ya suscitado pago por recibir llamadas, si quieren justificar su viabilidad ante sus accionistas.

No descansa aquí la Comisión Europea, que también propone en el nuevo marco regulatorio la separación funcional (esto es, la expropiación políticamente correcta) de la red de acceso de aquellos operadores a los que les vaya bien el despliegue de la misma. O sea, quitar el juguetito a los pretendidos motores de la economía, cuando estos consigan que funcione.

El Ministerio del propio señor Sebastián también pone su granito de arena, con la instauración de esa barra libre para determinados clientes que constituye el servicio universal, y que han de pagar entre todos los operadores del pretendido sector motor, cortesía del Gobierno para con los ciudadanos. Ciudadanos a los que, por cierto, nunca se les pregunta si a lo mejor preferirían el regalo en metálico en vez de en especie.

Y, no por último menos relevante, la Comisión del Mercado de Telecomunicaciones, que lleva con la yenka de la fibra óptica desde enero. Que si se va a imponer obligación a Telefónica, que sí la pongo, que no… y todos los agentes mirando a ver cómo termina el baile. Como si eso importara: a estas alturas parece difícil que alguien pueda tener un mínimo de certidumbre sobre la posición de la CMT en este aspecto. Además, dentro de unos meses cambiará parte del Consejo del regulador, por lo que podrían empezar de nuevo los pasitos p’alante y p’atrás.

Podríamos concluir que el potencial sector motor tendrá que liberarse de sus cadenas antes de poder arrastrar ninguna economía. Pero eso sería hablar solo de la punta del iceberg de la regulación en el sector, que es la que asoma en estas breves líneas. De hecho, lo de las cadenas es infravalorar la situación de los pretendidos agentes motores, que es más parecida a la de esos magos que están encadenados dentro de un cofre blindado sumergido en el mar.

No, tampoco compraremos música en tarjetas

Así que han llegado a un acuerdo con SanDisk para poner en marcha el nuevo formato slotMusic, que consiste en tarjetas MicroSD de un 1Gb con un álbum grabado en MP3 a 320kbps y la posibilidad de incluir otro tipo de contenidos, como los vídeos, las letras de las canciones, etc. Las canciones se podrán copiar a cualquier dispositivo sin restricciones técnicas y la tarjeta podrá aprovecharse para cualquier otro uso. Se venderán acompañados de un pequeño adaptador USB para poder ser empleadas directamente en los ordenadores, además de en los reproductores MP3 y móviles que dispongan de una ranura de expansión compatible con este formato. Los gigantes estadounidenses de la distribución Wal-Mart y Best Buy las venderán en sus almacenes a finales de año.

Entiendo que a SanDisk le interese el acuerdo. Supone para la empresa una notable ampliación del mercado disponible para sus tarjetas de memoria, un sector en el que es uno de los principales jugadores. Además, sus excelentes reproductores MP3 Sansa (como el Fuze del que soy orgulloso propietario, o el e270 que tuve que comprar en Estados Unidos) soportan el formato MicroSD desde siempre. Pero, ¿qué ganan las discográficas? Pues, según ellas, que cierto público joven que no se ha comprado un CD en su vida y que emplea su teléfono móvil para escuchar música se decida a entrar en una tienda de una puñetera vez.

Al contrario que otros, yo no creo que el mercado potencial sea tan pequeño. No hay más que ir en el metro o tener sobrinos para darse cuenta de ello. Además, es el tipo de público que a las discográficas les conviene enganchar, porque es joven y tiene muchos años por delante para comprar música. Cierto es que el reproductor MP3 más vendido, el de Apple, no tiene ranura de expansión donde enchufarle una tarjeta MicroSD, y que la mayoría de los móviles carecen de ella, pero cada vez es más frecuente encontrársela, y desde luego hay muchos más aparatos compatibles con este formato que los que había cuando lanzaron el CD. No, el problema no es ese, sino que para ese mercado potencial –y recalco lo de potencial– al que quieren enganchar no tiene ningún sentido hacer algo tan incómodo como ir a una tienda física a por música cuando la puede descargar de internet. Incluso si les da por pagar, es mucho más probable que lo hagan en iTunes o tiendas online similares, a las que muchos pueden conectarse incluso directamente desde el propio teléfono móvil.

Parece claro que las discográficas siguen empeñadas en permanecer en el negocio de vender cachos de plástico en tiendas. Es cierto que hay un cierto número de consumidores que siguen enganchados a los discos físicos, pero son principalmente aquellos que empezaron a comprar música antes de que internet y las descargas se hicieran populares, es decir, los mismos que no usan sus móviles para escucharla. No sólo seguirán bajando en número, sino que no parece que vayan a ser los más receptivos a este nuevo formato. Al final, acabarán comprando discos en slotMusic quienes tuvieran pensado comprar una tarjeta MicroSD de todos modos y, ya que están, ¿por qué no coger una que venga con música?

Se entiende que las discográficas quieran resistirse a abandonar el modelo de negocio que ha dado sentido a su existencia durante su relativamente corta vida. Pero ni siquiera lo mucho que presionan para lograr una legislación que pare las agujas del reloj ni las muchas demandas que ponen contra sus usuarios lograrán evitar lo inevitable.

El Supercrash del 2007

El Gobierno de EEUU se ha lanzado al rescate de la banca norteamericana, en un intento desesperado por evitar un colapso sistémico, tras aprobar la mayor intervención gubernamental en este ámbito desde el crack de 1929.

Dicha medida evidencia que las inyecciones masivas de liquidez efectuadas por los bancos centrales no han servido absolutamente de nada para salvar de la bancarrota a un sector que, debido a la arbitraria e irresponsable bajada de tipos de interés aplicada por las autoridades monetarias, se ha lanzado a la ejecución de una estrategia financiera suicida. A saber, endeudarse a corto plazo para invertir a largo en proyectos cuya rentabilidad se ha demostrado inviable. Es el caso del mercado inmobiliario e hipotecario estadounidense que, tras el pinchazo de la gran burbuja, ha terminado por depreciar y convertir en ilíquidos los activos crediticios respaldados en el ladrillo.

¿Y ahora qué? El mega-rescate gubernamental servirá de poco. Más bien resultará contraproducente, puesto que acentuará en gran medida los problemas económicos de la primera potencia mundial. El pasado miércoles los inversores de todo el mundo asistieron incrédulos a la quiebra de un modelo. El pánico se apoderó de las bolsas, tras el rescate de la aseguradora AIG y la quiebra del histórico banco de inversión Lehman Brothers.

Durante aquella jornada y la siguiente, los valores de las entidades bancarias más importantes del planeta se hundieron en bolsa hasta tal extremo que, por momentos, estuvo a punto de producirse la caída en cadena de un importante número de entidades. Ante tal amenaza, las autoridades estadounidenses se apresuraron a anunciar su plan de salvamento, cuyo objetivo consistirá en adquirir toda la deuda de baja calidad (activos ilíquidos y sobrevalorados) que se han acumulado en los balances bancarios durante los últimos años de éxtasis crediticio.

De este modo, el Gobierno de EEUU ha decidido transferir las abultadas pérdidas financieras al bolsillo de los contribuyentes norteamericanos, ante la incapacidad material de la Reserva Federal (Fed) para seguir reflotando entidades en quiebra, tal y como advirtió el propio presidente de la autoridad monetaria semanas antes, Ben Bernanke.

Y es que, en realidad, el plan gubernamental se encamina hacia el rescate de la propia Reserva, puesto que su balance terminó por convertirse en un basurero de última instancia en el que depositar los deshechos financieros de las entidades crediticias desde que aconteció el estallido de la crisis subprime en el verano de 2007. Ahora serán los contribuyentes norteamericanos los obligados a asumir la pesada losa de la insolvencia bancaria.

Pues bien. El coste del aplaudido plan no alcanzará los 700.000 millones de dólares anunciados por el secretario del Tesoro y nuevo dictador financiero estadounidense, Henry Paulson. Ni mucho menos. El coste será astronómico. En realidad, estamos hablando de billones de dólares. Tan sólo el rescate de los gigantes hipotecarios Fannie Mae y Freddie Mac amenaza con triplicar a corto plazo el déficit presupuestario del país y duplicar la deuda pública. La factura del conjunto de pérdidas que ha acumulado el sistema será colosal… Inasumible para las cuentas públicas estadounidenses. El coste de las ayudas financieras anunciadas por el Gobierno hasta el momento asciende ya a 1,8 billones de dólares. Para que se hagan una idea, el déficit fiscal previsto para 2008 era de 500.000 millones.

Así, de producirse dicho mega-rescate en los términos que están siendo negociados, la economía de EEUU se verá abocada a padecer la II Gran Depresión de su historia, con los efectos colaterales que ello provocará a nivel mundial. Y es que la factura tendrá que ser sufragada por la actual generación de estadounidenses, sus hijos e, incluso, sus nietos.

El Supercrash ha dado comienzo. Las quiebras bancarias ya han tenido lugar. De hecho, el propio Gobierno ha tenido que acudir en ayuda de la mismísima Reserva Federal. Ahora tan sólo queda saber si el conjunto de la economía estadounidense, tras el decreto que pretende imponer la Administración Bush, podrá saldar la mayor deuda de su historia, empleando para ello un uso ilícito del ahorro de los ciudadanos y el beneficio de las empresas.

De no ser así (lo cual me temo), el valor del dólar, divisa de referencia internacional, se hundirá en el fango. Asistiremos entonces al nacimiento de un nuevo sistema monetario y, por lo tanto, económico a nivel global. La clave del problema aquí es que, dado que muchos ignorantes insisten en culpar al liberalismo de todos los males actuales, la ciudadanía se mostrará dispuesta a ceder mayores cuotas de poder a las autoridades gubernamentales.

Es decir, depositarán su confianza en los principales culpables de la mayor crisis del último siglo, las autoridades monetarias y políticas. El capitalismo de Estado que se pretende instaurar en estos momentos amenaza con desencadenar una mayor restricción de los derechos individuales y libertades económicas. Atentos, pues, a los que a partir de ahora se autoproclamen en salvadores y defensores de nuestros intereses, ya que serán éstos, y no otros, los responsables últimos de nuestras calamidades futuras. Lo peor está por llegar.

¿Hace falta más regulación?

Incluso entre los neoconservadores se ha extendido la explicación de que el colapso financiero se ha debido a una regulación insuficiente, tal y como demuestra la propuesta –formulada en abril– del secretario del Tesoro de EEUU, Henry Paulson, para reformar el sistema nacional de supervisión.

Los liberales, en cambio y en principio, deberíamos defender la autorregulación de los bancos y un margen de actuación aun mayor para los banqueros. "El mercado solucionará todas las dificultades". El problema de esta descripción es que es absolutamente simplista. El mercado no es más que la interacción de los distintos derechos de propiedad, y los derechos de propiedad no son más que un haz de facultades y poderes que ostenta una persona (propietario) sobre un objeto (dominio).

Sugerir que el liberalismo favorece la ausencia de regulación equivale a afirmar que defiende la indefinición de los derechos de propiedad y del mercado. La cuestión no es tanto si el derecho de propiedad debe tener algún contenido (obviamente, sí), sino de qué tipo ha de ser (lo que, a su vez, es una cuestión distinta a la de si el monopolio jurisdiccional del Estado es un requisito imprescindible para la producción de normas jurídicas). Es aquí donde el liberalismo, desde una doble perspectiva ética y económica, tiene mucho que decir.

Lo gracioso de la letanía izquierdista de que hace-falta-más-regulación es que quienes la entonan no terminan de especificar. ¿Hay que regular los tipos de interés? ¿Hay que supervisar la calidad de cada crédito bancario? ¿Hay que prohibir determinados volúmenes de endeudamiento? ¿Hay que poner límites a la exposición al riesgo de los inversores? ¿Hay que prohibirles vender al descubierto? ¿Hay que prohibir los derivados? ¿Hay que revisar las normas de contabilidad para dotar a los balances de los bancos de más fidelidad? Etcétera. Pero, sobre todo, muy pocos explican cuál sería el cometido de cada una de las regulaciones a la hora de evitar las crisis económicas.

Por ejemplo, ¿tiene realmente sentido limitar en abstracto la exposición al riesgo? Esta cuestión, tan simple y de respuesta en apariencia positiva, resulta muy complicada. En primer lugar, porque el riesgo es un factor bastante subjetivo: durante años las hipotecas han sido consideradas un activo poco arriesgado, porque contaban con una garantía real; en segundo, porque el problema no está en que un inversor se arriesgue mucho con su dinero, sino en cómo financia su actividad. El riesgo es un elemento esencial en el desarrollo económico, y limitarlo burocráticamente sería nocivo men extremo (¿sería necesario prohibir los fondos de capital riesgo?).

Los liberales no deben dejarse llevar por los cantos de sirena que reclaman un mayor celo regulador ni por quienes abogan ciegamente la defensa del perverso statu quo.

Lo cierto es que no necesitamos más regulación, en un sector absolutamente regulado, sino mejor regulación, lo que en la práctica implicaría, muy probablemente, la eliminación de cientos de normas superfluas, la modificación de varias de las existentes y la creación de alguna nueva.

La ética y la ciencia económica nos proporcionan las herramientas analíticas necesarias a la hora de reformar la arquitectura financiera actual. Lo esencial es volver a poner en valor la prudencia bancaria, que lleva décadas deteriorándose debido a la creencia de que liberalización equivale a imprudencia empresarial protegida por el Gobierno y el Banco Central.

La prudencia bancaria y mercantil exige, en primer término, que la estructura de inversión guarde una correspondencia con la de financiación. Esto, básicamente, significa que hay que evitar los endeudamientos a corto plazo para financiar inversiones a largo o muy arriesgadas.

Económicamente, sabemos que la crisis actual tiene su origen en este doble arbitraje de tipos de interés (endeudarse a corto e invertir a largo) y riesgos. Desde un punto de vista ético, no parece muy respetuoso con la propiedad ajena que los bancos destinen los fondos de los ciudadanos a propósitos para los que no les han sido confiados. Por ejemplo: no tiene mucho sentido que los 100.000 euros que he depositado en una entidad pero que quiero tener disponibles siempre que lo necesite (para girar cheques, realizar transferencias o pedir desembolsos) sean invertidos en un proyecto de lucha contra el cáncer que, si tiene éxito, permitirá su recuperación dentro de diez años.

En la práctica, la interdicción del arbitraje de riesgos debería pasar por varias regulaciones concretas, como el incremento de los márgenes de apalancamiento o el aumento de los fondos propios necesarios sobre el activo inmovilizado. De hecho, este último punto ilustra perfectamente por qué no es necesario más regulación, sino una de mejor calidad. La relación entre los fondos propios y el activo ya está regulada por el tratado internacional Basilea II, que estipula que los bancos cuenten con ocho céntimos de fondos propios por cada euro que hayan invertido (o, dicho de otra manera, que las inversiones no se financien, en general, con más de un 92% de deuda).

Basilea II es una regulación fallida en toda regla. Exigir un 8% de fondos propios a la hora de invertir en préstamos hipotecarios o empresariales es absolutamente insuficiente, a menos que el 92% de deuda tenga un vencimiento aún mayor que el activo. Sólo con que el banco incurra en una morosidad del 8% (muy frecuente en tiempos de crisis) tendría la quiebra asegurada.

La izquierda nos dirá que hace falta redoblar el número de tratados y controlar hasta los aspectos más concretos de cada transacción. Pero muchas de esas regulaciones están en el origen de la crisis. Por ejemplo, la Community Reinvestment Act forzó a los bancos a conceder hipotecas a los individuos más pobres de cada comunidad; les prohibía prestar sólo a personas ricas y, en definitiva, solventes. La finalidad era que todos los individuos tuvieran acceso a una vivienda, y el resultado fueron las hipotecas subprime.

Por consiguiente, lo que hace falta es sustituir las regulaciones malas por otras que tengan sentido desde un punto de vista ético y económico.

Las regulaciones que incentivan la recurrencia de las crisis económicas están en la base del sistema bancario y financiero vigente. Un sistema que ningún izquierdista quiere sustituir: en primer lugar, porque fueron ellos los que, tras décadas de propaganda y mala doctrina económica, lograron imponerlo; en segundo, porque proporciona al Estado un mecanismo sencillo y barato de expoliar al contribuyente (vía inflación), y a los bancos centrales de manipular la economía.

Si los bancos pueden incurrir en niveles brutales de apalancamiento a corto plazo sin verse abocados a una quiebra inmediata por la iliquidez de sus inversiones a largo plazo es porque pueden refinanciarse a corto pero de manera permanente en unos mercados interbancarios donde los bancos centrales intervienen casi diariamente para proporcionar liquidez (es decir, para convertir en euros presentes activos que vencen a muy largo plazo). A su vez, las intervenciones de los bancos centrales en los mercados interbancarios tienen éxito porque son emisores monopolísticos de una divisa de curso legal sobre la que no existe obligación de paridad de valor ni, mucho menos, de convertibilidad.

No voy a negar que regulaciones auxiliares como las que he descrito antes sean necesarias, pero la regulación básica que causa la crisis es ésta: un prolongado comportamiento de arbitraje de plazos y riesgos de los bancos que sólo resulta posible por la monetización de sus activos por parte de unos bancos centrales que gozan del monopolio de la emisión de una moneda de curso legal inconvertible. Añadir cientos de regulaciones (buenas, malas y regulares) y conservar este desastroso esquema financiero será del todo inútil.

Por otro lado, la necesidad de abandonar estas malas normas no significa que deba ni pueda hacerse de la noche a la mañana: habrá que arbitrar transiciones lo menos severas posibles para facilitar el cambio. Pero creer que se puede parchear un sistema intrínsecamente corrupto es simplemente de locos.

Un nuevo desorden mundial

Porque exactamente ese es el crimen asociado al 19-S: el abandono de la fe en el libre mercado y su sustitución por el fascismo económico, por los salvadores que confunden, interesadamente, el interés concreto e inmediato de unos cuantos con la salud del conjunto de la economía. En un momento de crisis es cuando se ve si un dirigente tiene o no principios. Bush es un dirigente sin apenas lecturas o interés en el pensamiento liberal-conservador; es un iluminado que se deja guiar por una oscura camarilla que es aún menos liberal que él y que ha confiado más en un plan improvisado que en la sociedad libre.

El plan no sólo no resolverá la crisis, sino que la agravará. Hay que recordar que una cosa es la crisis de 1929, que no es muy diferente de la de 1921 aunque sí más profunda, y otra la Gran Depresión, que no fue provocada por la crisis sino por las políticas intervencionistas de Hoover y Roosevelt.

Si la Administración sale de compras con los bolsillos llenos a la búsqueda de títulos ilíquidos, de mala calidad (principalmente hipotecas), lo normal es que encuentre un montón de malos títulos que adquirir. Pero como todos los bancos sabrán que no importa cuánto se arriesguen en sus créditos, el Gobierno Federal saldrá a su rescate cuando las cosas vayan mal, el mal comportamiento se premia y el bueno se castiga. Además, las crisis económicas son el comienzo de la recuperación, porque son el doloroso reajuste de la economía. Si se impide que las malas inversiones se liquiden, ocurrirá lo que en Japón, que habrá un prolongadísimo y doloroso letargo económico.

Si el Gobierno compra esos títulos por su valor de mercado, no habrá ayudado a los bancos a salir de la situación. Puesto que está dispuesto a salvarlos, el plan consiste en una subvención masiva a los bancos menos prudentes. Puesto que no se seguirá el veredicto del mercado, sino lo que decidan Bush y su banda, hay un margen brutal para la corrupción. Y un inmenso poder, el de salvar o hundir un banco, se concentra en unas pocas manos.

Unos Estados Unidos estancados durante años y en plena deriva intervencionista es un enorme peligro para el mundo ahora que sobre los cascotes del muro, desde los pozos de petróleo, poderoso y débil a la vez, crece un nuevo eje antiliberal. Pero todo ello es un legado consistente con la política de George W. Bush.

Crisis de ideas

La observación de Reid, además, cuadra a la perfección con la impresión que tienen los millones de personas que asisten atónitos a un festival de intervenciones asimétricas en el que empresas como Bear Stearns son rescatadas y otras como Lehman Brothers no.

Una justificación posible al aparente doble rasero y desconcierto ante las quiebras de instituciones financieras es que las autoridades tratan de salvar a aquellas empresas con problemas de liquidez pero dejan caer a las que no son solventes. La idea no es descabellada. De hecho, antes de que la banca central se convirtiera en el monopolio que es hoy, eso es lo que hacían los banqueros privados.Sin embargo, tratar de sustituir a los banqueros que se jugaban su propio dinero por funcionarios públicos a la hora de separar la paja del trigo es una temeridad.

Ahora son Morgan Stanley, Goldman Sachs, Washington Mutual, MBIA y un largo etcétera las empresas financieras que tras endeudarse a corto para invertir a largo plazo guardan cola para suspender pagos. Lo interesante es que las primeras intervenciones se hicieron porque de lo contrario, nos decían, ocurriría lo que ha terminado ocurriendo. ¿Qué se ha conseguido entonces aparte de rebajar con porquería los activos más líquidos de la Reserva Federal y hacer pagar al ciudadano de a pie lo que tendrían que pagar a otros?

Más interesante aún es que nos deshicimos del «rígido y arcaico» patrón oro cuyo verdadero pecado era que ataba las manos de políticos y banqueros dispuestos a invertir y gastarse recursos que no tenían porque, supuestamente, no pudo evitar quiebras bancarias en el pasado. Teníamos que acceder a la utopía financiera y de acuerdo con keynesianos y monetaristas eso se conseguiría monopolizando aún más el sistema monetario y desatando a estos personajes para que pudieran invertir a largo plazo mientras se endeudaban a corto. Pues bien, el engendro de ingeniería monetaria que incita el apalancamiento de toda la estructura económica no sólo no nos trajo el paraíso a la tierra sino que lo sustituyó por una resplandeciente burbuja que ha estallado en sus manos cuando menos lo esperaban.

Después de llevar meses tratando de solucionar un problema de solvencia entregando los activos más líquidos de los bancos centrales a cambio de auténtica basura sin aparentes efectos positivos, la Fed y el Tesoro idean ahora crear un trust público que compre los activos de mala calidad de la banca, trasladando así las sospechas y la presión a la deuda pública y al dólar. El riesgo moral se disparará y muchos se quedarán sin recibir la sana lección del mercado en forma de pérdidas. Mientras Bernanke y Paulson idean desesperadamente cómo salir del lío en el que ellos mismos nos han metido -con sus intervenciones sobre los tipos de interés y sobre las quiebras empresariales- socializando las pérdidas, nosotros deberíamos reflexionar sobre cómo sustituir el diseño institucional intervencionista que nos ha llevado al borde del precipicio.

Habrá que recordar que no todas las escuelas económicas han fracasado en la predicción de la crisis. Como ya advirtiera el Banco Internacional de Pagos hace dos años, la escuela austriaca, los seguidores de Menger, Mises y Hayek, pronosticaron durante los años dulces de la pasada expansión que este sistema de dinero fiduciario con una estructura de préstamos asentada en la banca con coeficiente de reserva fraccionaria estaba distorsionando toda la estructura productiva y financiera y provocaría una gran crisis.

Según estos teóricos las inversiones hay que financiarlas con ahorro real a largo plazo y no hay panaceas que puedan eludir esa máxima. No se puede crear capital por edicto gubernamental con dinero de nueva creación sin respaldo real ofrecido a tipos de interés negativos en términos reales, ni tampoco haciendo que los picos de tesorería para atender pagos en esta o la próxima temporada sirvan como sustitutos del ahorro para las inversiones de la economía. Bien harían los fracasados expertos en revisar las políticas de inspiración keynesiana que, durante décadas, han destruido el ahorro cuando ahora vagan buscando ahorro verdadero que recapitalice a todos esos cadáveres o intentan convertir en accionistas y prestamistas forzosos a contribuyentes, sus hijos y hasta sus nietos.

Por eso no es de extrañar que los economistas austriacos nos propongan lo mismo que parece estar intentando hacer el mercado: volver a un patrón oro y evitar la práctica de endeudarse a corto plazo para invertir a largo. Así, nuestra buena salud económica no dependería de la ingeniería del rescate ni de las brillantes ideas que puedan ocurrírsele a los autoproclamados dirigentes del sistema monetario.

Una solución peor que su problema

En realidad, los rescates de bancos no son nada excepcional. Han existido siempre por un motivo evidente: el banco es un intermediario financiero que, bien gestionado, proporciona unos servicios de enorme utilidad para la sociedad. Si un banco insolvente se adquiere a precio de saldo y posteriormente se reflota, la rentabilidad que obtenga el reflotador puede ser enorme.

Pero el rescate de un banco implica necesariamente separar el grano de la paja: hay que liquidar las malas inversiones y reducir el volumen excesivo de deuda. Hasta los comienzos del siglo XX, estas tareas las realizaban inversores privados que comprometían y arriesgaban su propio dinero en salvar al banco. Actualmente, el Estado, a través de los bancos centrales, ha nacionalizado de facto esta iniciativa. Los bancos son rescatados por funcionarios que, en todo caso, ponen en peligro el dinero del contribuyente.

El problema de estas medidas se plantea especialmente en medio de las crisis económicas. En estos casos, los balances bancarios están repletos de malas inversiones que deben ser liquidadas como condición previa a la recuperación. Si el Estado rescata indiscriminadamente a los bancos para proteger al conjunto de los depositantes, las malas inversiones no se liquidarán y la crisis se perpetuará, tal y como sucedió durante la Gran Depresión estadounidense o más recientemente en Japón. Por no hablar de la enorme corrupción pública que podría producirse a la hora de decidir qué activos se adquieren y, sobre todo, a qué precio.

El 60% de todo el crédito de los bancos y cajas españoles ha ido destinado a adquirir activos relacionados con un sector de la construcción que ha padecido la mayor burbuja de precios del mundo -una sobrevaloración cercana al 40%-. El rescate público de estas entidades implicaría que todos los españoles tendrían que asumir las brutales pérdidas derivadas del inexorable ajuste de precios. En otras palabras, durante unos lustros de estancamiento económico estaríamos trabajando únicamente para recapitalizar a los bancos.

Además, la propuesta ni siquiera resulta factible dentro del marco del euro y de la limitación del endeudamiento público por parte del Pacto de Estabilidad.

Pero, sobre todo, no tiene ningún sentido rescatar a los bancos si el actual sistema financiero, basado en el dinero fiduciario de curso forzoso gestionado por un banco central monopolístico, les incentiva a que sigan incurriendo en prácticas que los encaminan sistemáticamente hacia la insolvencia.

Así pues, se hace necesario plantearse alternativas más realistas y efectivas que la simplista intervención pública en los bancos. Primero, habría que permitir sin condicionantes ni cortapisas que otros bancos privados adquirieran y diseccionaran a las entidades insolventes. En segundo lugar, si ningún inversor privado está dispuesto a hacerse cargo de los quebrados, habría que convertir una parte de la deuda del banco en acciones que serían repartidas entre sus acreedores. Y, en tercer lugar, es hora de iniciar la sustitución del actual sistema financiero por uno basado en el patrón oro y la prudencia bancaria.

Huracán liberal en el PP

Casado ha despuntado en el Palacio Municipal de Congresos como un excelente orador y un nuevo abanderado de los principios liberales dentro de su formación política. No sólo ha logrado competir con Aguirre en cantidad de aplausos arrancados al auditorio; también ha conseguido poner al público en pie, al igual que ella, y ha sido el tema de conversación en muchos de los corrillos formados al terminar el evento.

Con un valor inusitado en los dirigentes de la organización juvenil del PP, se ha atrevido con cuestiones que muchos temen comentar y ha demostrado controlar el arte de la puesta en escena política. No ha dudado en atacar la nostalgia del 68, y se ha reclamado heredero del 89. Ha recordado al público, que se le iba entregando cada vez más según pasaban los minutos, que ese fue el año en que los jóvenes se enfrentaron a los tanques en Tiananmen y derrumbaron el muro de Berlín. Se ha mostrado como portavoz de los que "no idolatramos a asesinos como el Che Guevara" y sí "a mártires como Miguel Ángel Blanco", del que ha dicho que "es un héroe", categoría que le ha negado al "mercenario" argentino.

Casado no ha tenido contemplaciones con la izquierda, a la que ha tachado de "carca" y ha recordado que la canción que ellos entonan, La Internacional, se cantaba cuando el comunismo asesinó a cien millones de personas el siglo pasado. Pero no se ha quedado en eslóganes tan acertados como necesarios. También ha entrado en el terreno de las propuestas concretas. Ha arremetido contra el salario mínimo interprofesional, del que ha recordado que crea desempleo entre los jóvenes, ha reclamado la liberalización del suelo, cuya regulación es una de las principales causas del precio de la vivienda, y ha pedido una flexibilización del mercado del trabajo.

Con su oratoria ágil y su energía, ha sido capaz de lanzar mensajes cargados de un liberalismo indudable. Ha rechazado que los jóvenes tengan que vivir subvencionados y ha arremetido contra el control de los ciudadanos desde que nacen hasta que mueren. El líder de los jóvenes del PP madrileño ha reclamado, en definitiva, la madurez del ciudadano frente al Gobierno. El suyo ha sido un discurso en el que la idea fuerza ha sido la libertad individual frente al poder y el paternalismo del Estado.

Puede haber nacido una estrella política y un nuevo adalid del liberalismo en España. Esperemos que se mantenga fiel a los principios que ha defendido de forma tan brillante y no se amolde, como han hecho muchos de sus mayores en el PP y otros dirigentes de Nuevas Generaciones, al consenso socialdemócrata o al conservadurismo de nuevo cuño pero de viejas raíces.

Lo dice Lehman Brothers

La continuación no es tan trepidante, pero casi: el jueves es puesto en libertad condicional y una semana después declarado inocente. Sin embargo, la buena noticia está empañada por un matiz muy importante. Erraji ha sido absuelto por un "vicio de forma".

Los tribunales no han decidido que Erraji tenía derecho a escribir lo que publicó, tan sólo han constatado lo que el juicio express al que fue sometido hacía sospechar. Durante el proceso no se habían respetado las mínimas garantías, comenzando con la asistencia de su abogado. La libertad de expresión sigue sin existir en Marruecos, o al menos continúa estando muy limitada. Da la impresión de que los jueces han buscado una salida digna que les permitiera acallar las protestas de dentro y fuera de Marruecos sin tener que poner en duda una legislación contraria a los más fundamentales derechos de las personas, entre los que se encuentra la libertad de expresión.

Tras la detención de Erraji se puso en marcha una tímida campaña para pedir su libertad en la que participaron unas 3.000 personas de diversos países. Este y otro tipo de protestas, como la huelga de hambre de algunos blogueros marroquíes, tuvieron su punto central en Marruecos, pero se extendieron a otros países, principalmente Francia, Canadá, Estados Unidos y España. Si las protestas seguían creciendo, la condena a Erraji se podía convertir en un asunto muy incómodo para Mohamed VI, un monarca con una fama ganada a pulso de ser poco respetuoso con la libertad de expresión.

Esta ha sido, sin duda alguna, una victoria de la movilización en internet a favor de la libertad. Pero tan sólo una victoria parcial. En Marruecos siguen vigente la normativa que permitió encarcelar a Erraji, y decenas de ciberdisidentes sufren prisión en varios países del mundo, entre los que destaca China. Mientras esto no cambie, y mientras haya gobiernos que controlan la red o incluso que impidan que los ciudadanos accedan a ella, internet estará todavía lejos de ser libre.

La libertad de expresión a través de la red no es más importante que por otros canales, como la prensa o las conversaciones tomando un café, pero su estado suele ser un buen termómetro para medir como se encuentra en los demás ámbitos de un país. Sin embargo, sí que es más peligrosa para los gobiernos autoritarios de todo signo, puesto que es más difícil de controlar que un periódico o una radio y permite que quienes antes tan sólo podían hablar con unos pocos ahora puedan hacer llegar su mensaje a miles.

Victoria parcial de la libertad

Con la asesoría de individuos tan solventes como el inefableJames Hansen y el soporte de instituciones tan independientes como el IPCC de la ONU, los chicos de Lehman Brothers abrieron en canal una oca sagrada para escrutar en sus vísceras la situación del clima y del planeta a cien años vista.

Hace unos días Lehman Brothers, con veinticinco mil empleados y más de ciento cincuenta años de historia, se declaró en situación de quiebra. Ninguno de sus ejecutivos, los mismos que "saben" cómo va a ser el clima terrestre en el 2100, pudo sospechar que tan sólo un año después de evacuado el famoso informe su empresa se iría al garete con ellos en lugar preferente (este blog descubrió la curiosa coincidencia). Dedicados como estaban a calcular el derretimiento de los hielos árticos, no supieron ver que la empresa que les da de comer se estaba licuando a mucha mayor velocidad. Imaginen la situación: una de las mayores instituciones financieras del mundo en graves dificultades económicas y con el negocio yéndose a pique, mientras sus ejecutivos se rodean durante meses de botarates ecolojetas y se ponen a estudiar el clima del año 2100. No es extraño que hayan acabado así.

Y este informe de Lehman Brothers pasa por ser uno de los documentos más serios elaborados hasta el momento sobre las consecuencias económicas y financieras provocadas por el llamado cambio climático, así que ya podemos hacernos una idea de cuál es el nivel general de los documentos promovidos por la Iglesia de la Calentología.

Nadie sabe cómo va a ser el clima en el año 2100, aunque las proyecciones más optimistas (es decir, catastrofistas) de los calentólogos hablan de una variación porcentual de la temperatura bastante ridícula. Sin embargo hay problemas reales y acuciantes a los que ni siquiera sus víctimas potenciales prestan atención, sumidos en la vorágine histérica de lo "climáticamente correcto". Estoy seguro de que, en estos momentos, a los más de veinte mil empleados de Lehman Brothers que se han ido a la calle la temperatura media terrestre en el año 2100 se la trae al pairo. Igualito que a usted y a mí.