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Google no es culpable

No se conforman con denunciar a este último por el hecho de que les dé visitas (ellos no lo reconocen pero es la realidad), además viajan por el mundo quejándose de eso mismo. La secretaria general de la entidad de gestión de derechos de los editores de prensa diaria Copiepresse, Margaret Boribon, ha viajado a Madrid con tal fin.

Madame Boribon se ha lamentado en la capital de España de que los buscadores rompen con la tradicional relación entre el lector y el periódico. Según la jefaza de la SGAE de los periódicos belgas, los jóvenes toman como fuente de información el buscador a través del cual llegan a las páginas digitales del diario, no a este último. Eso puede ser cierto, pero la culpa no es de Google o en Yahoo. La responsabilidad es sobre todo de la propia prensa. Si un lector es incapaz de distinguir una cabecera de otra es que éstas han hecho mal su trabajo, al menos en lo que se refiere a Internet.

La tradicional relación entre lector y periódico, que también se da entre algunos diarios digitales o versiones on line de los tradicionales, se debe a que el primero encuentra en el segundo algo que le distinga de su competencia. Si una persona es incapaz de distinguir lo que lee en un sitio u otro, es que ambos se parecen demasiado y así no se puede producir una fidelidad hacia cualquiera de ellos. Cuando los productos se diferencian entre sí, se produce la fidelidad a unos y el rechazo a otros y las personas los distinguen de forma clara. ¿O acaso alguien piensa que alguien confundirá Libertad Digital con Público.es? Los lectores de uno no se fiarán del otro y viceversa.

Servicios como Google News o Yahoo Noticias, que es a lo que se refieren los señores de Copiepresse cuando hablan de "buscadores", suponen una gran oportunidad para los periódicos en Internet. Les redirigen una gran cantidad de tráfico y por tanto les generan un aumento de los ingresos por publicidad. Si no saben convertir esas visitas esporádicas en lectores permanentes el problema es suyo, no de unos servicios que resultan muy útiles a los internautas. Por tanto, es cada diario on line el que tiene que buscar una solución, mejorando su calidad o dando a los usuarios algo que no vayan a encontrar en la competencia.

Denuncias como las que presentaron contra Google o lamentos como el que han llevado a Madrid tan sólo demuestran que los editores belgas de periódicos no quieren evolucionar. Ellos, que deben estar pegados a la actualidad, no se enteran de cómo es ésta. Pretenden que el mundo se adapte a ello, en vez de adaptarse ellos al mundo. Hacen mal su trabajo y pretenden culpar a otros. Lo mismo que ocurre con tantos otros que viven del negocio de los derechos de autor.

Los liberados por fin “trabajan”

Este escaso aprecio hacia la condición racional de los que cada cuatro años le dan su confianza les lleva a organizar campañas tan bochornosas como la que está sufriendo el consejero madrileño de Sanidad desde hace varios meses, que roza lo delictivo pero por el lado de allá del código penal.

La única virtud de esta movilización de los cuadros de la izquierda para acosar al consejero es que, por una vez, estamos viendo a los liberados sindicales hacer algo, aunque sea malo. Últimamente tienen que andar corriendo de un hospital a otro para insultar al consejero, hacer fotocopias de carteles, llevar la cuenta de los compañeros de comando que se escaquean y gritar durante casi una hora para que los jefes no les quiten de la lista de liberados (drama del que un verdadero profesional del sindicalismo tarda mucho en recuperarse). Vean al operario de impresión y tipografía, liberado por la CGT, con su frondosa melena recogida en una elegante cola de caballo y disfrazado de médico y se harán una idea aproximada del nivel ético y estético de los profesionales del sindicalismo español, a los que, por cierto, pagamos el sueldo entre todos.

Quieren una sanidad pública. No que los ciudadanos tengan las mejores prestaciones sanitarias posibles, sino que el servicio se preste por funcionarios en régimen de monopolio, sea cual sea el resultado y el nivel de satisfacción de los usuarios. La izquierda no tolera que la gente prospere con recetas ajenas. Quiere imponer su doctrina, caduca, costosa y clamorosamente inservible, aunque sea a costa de la calidad de vida de sus propios votantes, esos que no tienen dinero para ir a una clínica de lujo o enviar a sus hijos al colegio al que don José Blanco envía a los suyos.

En la cartelería que exhiben últimamente sus algaradas, seguramente obra de Míster Ponytail, piden que el Gran Wyoming sea el consejero de Sanidad. Se conoce que el ritmo de trabajo que la agenda de Juan José Güemes impone a los comandos de liberados les está agotando mucho y ya les está empezando a salir la vena chorra. Por cierto, prefieren al locutor de La Secta antes que al insigne doctor Montes, su icono progresista hasta hace unos meses. Es una prueba más de que ni siquiera el vivir del cuento suprime el instinto de supervivencia.

¿Maquillaje para curar la ictericia?

– Doctor, desde hace unas semanas que tengo la piel amarilla.
– A ver… Sí. Le daré algo.
– No me va a hacer pruebas, análisis… no sé, tal vez sea ictericia o algo del hígado. ¡Estoy amarillo!
– Tranquilo, no hace falta. Lo único que ha de hacer es ir a un supermercado, se compra cualquier maquillaje, se lo aplica por la piel y el amarillo ni se le verá… Problema solucionado.
– Ehhh…

Esta es más o menos la solución que han tomado los Gobiernos de occidente para tapar la crisis financiera actual. Inyecciones de dinero, rescates y otras subvenciones no son soluciones de fondo a un sistema enfermo, son parches que no curan nada y que a la larga sólo provocan su empeoramiento.

En estos días hemos oído de todo. Estamos confiando nuestro destino y bienestar material a personas que tras sus ilustres cargos sólo ocultan a alguien con una cultura económica muy decepcionadle. Es el caso de Joaquín Almunia, que ha llegado a decir que el problema de fondo de la crisis es la avaricia. Prohibamos pues trabajar más para conseguir mayor sueldo, que nos podamos comprar mejores coches o dar mejor educación a nuestros hijos. La avaricia, señor Almunia, es un factor humano que nos pide maximizar nuestro bienestar material por medio de nuestro esfuerzo. Esta es la avaricia del libre mercado. La avaricia del socialismo es la que ahora vemos: la expropiación del dinero y la producción de unos (pagadores de impuestos) para otorgarlo a otros (consumidores de impuestos). Esa es la avaricia que fomenta el Estado, la de la fuerza y violencia del políticamente débil a favor del lobby y el "capitalismo de Estado".

Otros nos dicen que los rescates son injustos pero necesarios para salvar al sistema. Presuponen que el sistema actual de reserva fraccionaria gubernamental es el adecuado, pero que la economía no se sabe adaptar a ella, por lo que necesita de bomberos gubernamentales que les vayan a apagar el fuego con nuestro dinero. Quieren mantener el mismo sistema, pero con más controles, más Estado. Llevamos cien años así y las crisis siguen igual. El dinero barato de los bancos centrales, las políticas expansionistas y la economía dirigida es lo que nos ha llevado a esta situación.

La Escuela Austriaca nos enseñó que ni la avaricia del hombre corriente ni el de las empresas son las culpables de las crisis y ciclos, sino el monopolio de la moneda y el no respaldo de esta por ningún activo real. No se puede culpar a la gente por comprar pisos cuando los bancos les ofrecían préstamos baratos. Tampoco se puede culpar a las empresas por endeudarse y tampoco se puede culpar a los bancos por tomar las toneladas de dinero que creaban los bancos centrales. Todos ellos trataban de maximizar su bienestar material confiando en un sistema que es puramente insolvente y piramidal. El problema va más allá.

La Escuela Austriaca nos dice básicamente que la moneda ha de estar ligada a la productividad y no la productividad a la expansión de la moneda barata. De usar el último principio, el neoclásico y el del establishment, lo único que tendremos son ilusiones de crecimiento que algún día u otro tendrán que pasar cuentas con la realidad.

Los economistas del establishment defienden su modelo aunque, una y otra vez, veamos inexorables y violentos ciclos junto con crisis recurrentes que siempre se producen por lo mismo: falta de dinero en el sistema, desconfianza y, en definitiva, fuertes contracciones de la demanda que obligar a reajustar los precios a una velocidad de vértigo. Estos economistas no ven la enfermedad en su modelo económico, sino en el mercado y sociedad: avaricia, consumismo, exuberancias irracionales… La solución evidente a esta postura es expandir más la dictadura de la producción con más soviets que controlen a la gente, a las empresas y una economía más dirigista.

El sistema monetario está enfermo y no se va curar con maquillaje. Si no queremos dejar que ocurra lo mismo en el futuro hemos de apostar por un sistema sano, transparente y totalmente diferente. La historia nos muestra como el patrón oro fue un sistema muy sólido y sano, pero hay otros.

En realidad, sólo es cuestión de abolir el curso legal de la moneda estatal y permitir la privatización del dinero junto a un mercado monetario y financiero no intervenido. En el peor de los casos, si falla, al menos serán estas empresas quienes tendrán que tragarse sus malas gestiones y asumir irrevocablemente las consecuencias. Nosotros al menos mantendremos los activos reales respaldados que podremos comercializar en el mercado libre. No hará falta que ningún político de turno monte circos reuniéndose con la banca, aumentando el Fondo de Garantía de Depósito como si esto fuese la solución mágica a todo o apostando por rescates totalmente opacos que nadie sabe cómo se articularán y que vamos a estar pagando durante años a un alto precio.

De no ser así, volveremos a ver esta crisis en el futuro donde los malos gestores serán los ganadores de la crisis. Tal vez la imagen que más representa el sistema neoclásico actual es la fiesta de 450.000 dólares que se han dado los directivos de AIG para celebrar el rescate a costa del contribuyente. Algo así no se ha de repetir.

¿Pondrá Vodafone las puertas al campo?

Evidentemente, el punto más atractivo era el precio, pero no, desde mi punto de vista, el más sorprendente. Vodafone ofrece dicha tarifa plana, siempre y cuando no se utilice la capacidad de datos para hablar por teléfono con tecnología de Voz sobre IP.

Dejando de lado las dificultades técnicas que tal control pueda suponer para el operador, lo que hace Vodafone es impedir que el cliente utilice un determinado servicio mediante su acceso a internet. Sería como si, digamos, un operador de ADSL vendiera un acceso a internet que no permitiera conectarse a los bancos o a Google.

Las razones del límite que pone Vodafone son evidentes desde el punto de vista comercial: si no los establece, la gente podrá llamar por teléfono desde su móvil con esta tarifa plana de datos y no utilizar la forma convencional. Vodafone no podría cobrar por estas llamadas y su tráfico de voz pasaría a cursarse mediante la tarifa plana de internet, que se constituiría así en una tarifa plana de voz. Esto afectaría a sus ingresos minoristas, pero muy especialmente a los mayoristas (terminación en su red).

La acción de Vodafone únicamente debería presentar dudas desde el punto de vista de la demanda: ¿habrá gente a la que interese el producto en estas condiciones? ¿Cómo hará para evitar el fraude que seguro se va a producir? Estas son las incógnitas a las que se enfrenta todo empresario cuando saca un producto al mercado. Si le va bien, se forra; si le va mal, vuelta a empezar.

Sin embargo, el mercado de las telecomunicaciones dista de ser un mercado libre y la incertidumbre parece venir más del lado regulatorio. ¿Cómo responderán los distintos entes supervisores ante esta oferta? ¿Tendrán algo que decir al respecto la Comisión Europea, nuestro Gobierno o el regulador independiente?

Porque lo que se discute en el fondo es si los operadores pueden o no hacer lo que quieran con las redes de su propiedad. El término técnico es "neutralidad de red", los derechos de los bits a los que se hacía referencia en esta misma columna hace unas semanas. Y seguro que los reguladores algo van a querer decir.

Si dejan a Vodafone progresar con su oferta, significará que se aceptan la libertad de los operadores para configurar sus ofertas de la forma que consideren oportuna, sólo respondiendo ante sus clientes, de modo que enterrarán el debate sobre la neutralidad de red. Si Vodafone desea ofrecer una tarifa plana de 1 Euro para llamadas nacionales e internacionales, sólo válida cuando el cliente esté debajo de un ciprés, podrá hacerlo, serán los clientes quienes le juzguen.

Pero, ¿y si no sucede así?, esto es, ¿y si le fuerzan a permitir la voz sobre IP en esa tarifa? Pues resultará que Vodafone posiblemente retire su oferta, por las razones de negocio expuestas más atrás y habrá un montón de clientes que no podrán acceder a esa tarifa plana de datos a un precio atractivo, gracias al regulador. Y además, muchísimos más nos quedaremos sin conocer otros posibles lanzamientos que tal vez nos hubieran interesado a los consumidores, ya sean de Vodafone o del resto de operadores. Todo ello, por cortesía del regulador.

Lo que parece claro es que alguien va a poner "puertas al campo". Esperemos que sea Vodafone.

La rehabilitación del oro

La superstición colectiva, espoleada por economistas como Keynes y Friedman, acusó al oro de facilitar las terribles quiebras bancarias. La historia parecía acreditar que el metal amarillo era una bárbara reliquia que sólo sobrevivía gracias a los bajos instintos del personal. Ya en el s. XIX, se decía, los efectos destructivos del oro eran suficientemente conocidos, debido a las numerosas y recurrentes quiebras de bancos.

La conclusión lógica de este desaguisado era evidente: si queríamos tener un sistema monetario y financiero estable, debíamos prescindir del oro. En su lugar, la moneda de curso legal debían ser los billetes fiduciarios que emitieran los diferentes bancos centrales, especialmente la Reserva Federal. Se suponía que expropiando a los ciudadanos la potestad para decidir qué era dinero y qué podían hacer en cada momento con él entraríamos en una nueva era de prosperidad, sin ciclos económicos y, sobre todo, sin las temidas quiebras bancarias.

Durante los 90 Japón emitió algunas señales de que el niño no era tan bonito como lo pintaban. Sí, con una moneda fiduciaria también era posible que los bancos se volvieran insolventes y que las crisis no se resolvieran con un golpe de mano del banquero central de turno.

Aquélla fue también la década de el Maestro. Greenspan encandiló al mundo con sus tejemanejes. ¿Que la economía se desaceleraba? El Maestro sólo tenía que bajar los tipos de interés, como de hecho hizo en 1991-1992 y 2001-2003. ¿Que la economía generaba burbujas inflacionistas? El Maestro sólo tenía que subir los tipos, como hizo en 1994, 1999-2000 y 2004-2005.

¿Quién podía oponerse a un manejo tan científico y exacto de los flujos monetarios y financieros? Crecimiento e inflación habían dejado de ser parámetros problemáticos con la todopoderosa sabiduría de Greenspan. Incluso el precio del oro se derrumbó en aquellos maravillosos años 90, en una aparente pleitesía al Mesías monetario. La modernidad del dinero fiduciario había terminado por triunfar sobre la antigualla del oro.

Pero parece ser que, en última instancia, lo único que relucía realmente era el oro. Ni se aprendieron correctamente las lecciones de la Gran Depresión ni, mucho menos, se quisieron extraer las pertinentes conclusiones del caso nipón en un momento en que EEUU estaba encandilado por el salto tecnológico de internet. No es casual que durante la actual crisis económica el precio del oro se haya disparado, hasta casi doblar el registrado en 2004.

Pocos economistas están dispuestos a prestar importancia a este hecho enormemente significativo. Si el oro dejó de ser dinero cuando Nixon cerró la ventanilla de Bretton-Woods, si el oro es una bárbara reliquia, si no tiene sentido que los bancos centrales tengan reservas del metal amarillo, ¿por qué los agentes del mercado se afanan en adquirirlo en momentos de crisis financiera? La respuesta rápida, arrogante y habitual es que se trata de un valor refugio. Pero eso no resuelve la incógnita; es más, ¿qué significa eso? Pues exactamente lo que los economistas académicos han querido negar durante décadas: que el oro ha sido y sigue siendo el dinero por excelencia de Occidente, pese a todos los infundios que se han esparcido sobre él.

Entre todos esos infundios destacaba uno que acaba de hundirse definitivamente: ése que decía que sólo el patrón oro abocaba a quiebras bancarias generalizadas. Tras las quiebras de Northern Rock, Bear Stearns, Lehman Brothers, Merrill Lynch, Wachovia o Washington Mutual, quizá debiera revisarse la idea de que el patrón oro fue el responsable de las quiebras durante la Gran Depresión.

No es cierto que la Fed fuera incapaz en 1930 de evitar el colapso de las entidades de crédito por las ataduras del metal amarillo. Nada habría cambiado en caso de que hubiera tenido libertad para expandir ilimitadamente la cantidad de dinero, ya que, al contrario de lo que dijo Bernanke en 2002, no es cierto que el Gobierno disponga de una imprenta que le permita devaluar el dólar hasta forzar la recuperación económica (a menos que equipare recuperación con hiperinflación y con la destrucción del sistema financiero).

Lo que estos economistas parecen ignorar es que los bancos centrales sólo pueden inyectar en la economía –y transitoriamente– liquidez, pero no capital: la Fed ni crea nuevos puestos de trabajo ni genera ahorro. Cuando, como sucede ahora o como ya sucedió en la Gran Depresión, los bancos se vuelven insolventes (es decir, el valor de sus activos cae por debajo del de sus pasivos), su rescate sólo puede pasar por una redistribución (voluntaria o coactiva) de la riqueza. Alguien debe destinar sus ahorros a recapitalizar el banco asumiendo las pérdidas que arroje en la actualidad.

Durante el último año, Bernanke ha actuado tal y como le hubiera gustado que actuara la Reserva Federal en 1930. Ha hundido los tipos de interés, ha inyectado tanta liquidez como le ha sido posible y ha depreciado el dólar. El fracaso de esta política ha sido patente: los bancos han seguido cayendo en cascada.

De hecho, el Plan Paulson, aprobado la semana pasada por el Congreso, supone la constatación del fracaso definitivo de la Fed. Finalmente, Bernanke ha entendido que la política monetaria no servía de nada (tampoco hubiera servido durante la Gran Depresión), ya que los bancos no necesitaban que la Fed les prestara continuamente dinero, sino que alguien invirtiera nuevo capital en ellos. Ese alguien, para Bernanke y para la burocracia estadounidense, debía ser el Tesoro de EEUU.

Así pues, el corsé del patrón oro no fue el culpable de la Gran Depresión. La Fed habría sido tan incapaz de rescatar a los bancos entonces como lo ha sido ahora. En ambos casos, la responsabilidad de las crisis radica en las malas prácticas financieras (endeudarse a corto plazo e invertir a largo) incentivadas y respaldadas por la banca central.

La virtud del patrón oro es que pone coto a las excesivas expansiones crediticias y reduce así el número y la extensión de las malas inversiones. Es un ancla que liga la economía financiera con la real y limita la formación de casinos en forma de burbujas o derivados financieros. Por eso la crisis actual amenaza ser devastadora. El destierro del oro no supuso un progreso hacia la estabilidad monetaria, sino un suicidio en toda regla de la arquitectura financiera.

Los que durante años han despreciado al oro recurriendo a argumentos pueriles deberían reflexionar sobre su responsabilidad en esta crisis y, quizá, empezar a replantearse su opinión sobre qué papel debería desempeñar el metal amarillo en el sistema monetario que, en unos años, deberá sustituir al actual.

¿Cuánto durará la crisis económica?

El declive económico comenzó a percibirse a finales de 2006, momento en el que el mercado inmobiliario nacional empezó a registrar su particular caída tras casi una década de crecimiento exacerbado (debido, entre otros motivos, a la entrada de España en el euro y la consiguiente expansión crediticia que tuvo lugar a partir de entonces).

A ello se sumó a mediados de 2007 el estallido de la crisis subprime en EEUU que, lejos de ser la causa, constituyó el primer efecto visible de la crisis financiera internacional que está teniendo lugar en estos momentos. Desde entonces, la insolvencia bancaria está provocando una falta de liquidez sin precedentes que, como consecuencia, da lugar a una fuerte restricción del crédito a familias y empresas.

La coexistencia de ambos fenómenos, independientes e interconectados al mismo tiempo, está golpeando con gran dureza la economía del país. Además, el elevado endeudamiento privado, junto al incremento de la deuda pública y el desequilibrio presupuestario que tendrá lugar en 2009 y 2010, sitúa a España en peores condiciones que el resto de países de nuestro entorno para afrontar la actual situación. Y ello, pese a que el Gobierno insista en defender unas fortalezas de las que carecemos, con un discurso basado en una confianza del todo irreal.

De este modo, la economía española apenas está experimentando el inicio de la crisis. Estamos en el comienzo, no en el final. Ignoren el mensaje engañoso del Ejecutivo afirmando que la deseada recuperación tendrá lugar a mediados de 2009 ya que, por desgracia para muchos, no será así. Hoy por hoy, la crisis económica está garantizada, como mínimo, hasta 2012. A partir de entonces todo dependerá de la salud en que se encuentre el sistema financiero internacional y de la necesaria corrección del mercado inmobiliario español.

Es decir, la crisis en España se prolongará, al menos, durante cinco años y después todo dependerá de diversos factores, tanto internos (políticas aplicadas hasta el momento) como externos (crisis financiera). El problema consiste en que el país acaba de vivir la mayor burbuja inmobiliaria de la historia, al tiempo que ha explotado la mayor burbuja crediticia internacional desde el crack de 1929. En este sentido, los datos indican que la recuperación del ladrillo, principal motor de crecimiento durante la última década, no tendrá lugar hasta que se diluya el abultado stock de viviendas existente en la actualidad, y que supera los 1,5 millones de pisos.

Si el ritmo de ventas se mantiene en las 300.000 unidades anuales, el mercado de la vivienda en España comenzaría a normalizarse dentro de 5 años. Eso sí, siempre y cuando no se construyese ni un solo edificio más. En este sentido, cabe recordar que la última crisis económica que sufrió el país se prolongó desde 1992 hasta 1997 y en parte la recuperación se debió entonces a la entrada en la UE.

Durante esos años la tasa de paro llegó a situarse muy por encima del 20 por ciento de la población activa. La gravedad de la actual situación radica en que, a pesar de que la crisis acaba de comenzar, la economía española se enfrenta ya al peor ritmo de destrucción de empleo de los últimos 30 años, al tiempo que la debacle inmobiliaria amenaza con superar el brusco ajuste de aquella etapa.

Siendo esta crisis mucho peor que la de entonces, es evidente que la particular travesía por el desierto se prolongará, como mínimo, un lustro. Sin embargo, hay que tener muy en cuenta otros factores de riesgo que amenazan con prolongar la agonía. Así, la duración de la crisis financiera y la restricción del crédito, el elevado déficit exterior, la apuesta por un sistema energético insostenible centrado en el desarrollo de las energías renovables, la posibilidad real de que el ladrillo español experimente un estancamiento similar al de Japón y todo ello unido a la inexistencia de reformas estructurales de calado por parte del Gobierno para atenuar los efectos de la crisis (sobre todo en materia laboral y fiscal), pintan un escenario pesimista a medio y largo plazo.

Es decir, visto lo visto, ojalá la crisis económica en España dure tan sólo cinco años. Por desgracia, mucho me temo que serán más.

Vista ha muerto, larga vida a XP

Los probadores dispondrán de una versión alpha (es decir, preliminar, pero que muy preliminar) del nuevo sistema operativo durante este mes de octubre. La fecha prevista para el lanzamiento no está muy clara, pero parece situarse entre finales de 2009 y comienzos de 2010.

Aún así, podría pensarse que eso nos obligará a usar Vista durante un año o dos. Pues no. Microsoft ha decidido extender la licencia de Windows Vista que permite a los fabricantes de ordenadores instalar XP otros seis meses más, hasta julio del año que viene. No sería de extrañar que siguiera ampliando el periodo de expiración de ese tipo de licencia hasta que tenga disponible una alternativa aceptable para sus clientes.

Y es que no parece que la gente esté muy contenta con Vista. En mi caso, es el segundo Windows que tras probarlo termino decidiendo no trabajar con él. El otro fue el infame Windows Me, un sistema que todos aquellos que lo instalaron recuerdan con escalofríos. Pero lo que opine yo, claro está, tampoco debería preocupar en Redmond. Pero sí que, en una encuesta realizada este verano, el 60% de los administradores de sistemas hayan declarado no tener planes de instalar Vista en las redes de las empresas para las que trabajan. Puedo asegurarles de que aquí, en Libertad Digital, tenemos auténtico pánico ante esa perspectiva. Pero hay más. Un 42% de ese grupo mayoritario de administradores que no quieren Vista considerarían migrar a Mac o a Linux antes de tener que actualizarse al último sistema operativo de Microsoft.

Pese a que el Service Pack 1 ha resuelto una parte de los problemas de Vista, no parece que haya sido capaz de cambiar la percepción de los usuarios. Y aunque Microsoft se dedique a hacer anuncios con Seinfeld y Gates de protagonistas, no parece que esa realidad vaya a cambiar mucho. Las razones de ese rechazo son muchas, pero quizá la más importante es que el nuevo Windows da demasiados dolores de cabeza y exige unas máquinas demasiado potentes para lo poco que ofrece a cambio.

En cualquier caso, lo que también ha dejado clara esta debacle, es que ni siquiera una empresa como Microsoft puede hacer lo que quiera y esperar que sus usuarios se lo traguen sin pestañear. El mal llamado "poder de mercado" tiene muchos límites, tantos que resulta más bien ridículo llamarlo "poder". Son nuestras preferencias como consumidores las que al final terminan por imponer las estrategias empresariales de las empresas, por muy grandes que sean. Los responsables de Microsoft estarán cruzando los dedos y rezando todo lo que saben para que Windows 7 sea tan bueno como debería haberlo sido Vista. Su "monopolio" está en juego.

Progrefascismo

Ocurre, desde luego con la hidra fascista, ideología a la vez nueva y antigua (como todas), que vivió sus mejores días en los peores de Europa, para ser derrotada por las armas, por la política y por la historia. En su forma más pura ha quedado para satisfacer los instintos de unos cuantos inadaptados. Pero con el traje progresista (que siempre estuvo en su armario) vive una enésima juventud y en ciertos aspectos es una ideología de masas, un canon político y moral del que muy pocos se zafan. Vivimos la era del progrefascismo.

Fui injusto al llamar fascista a Zapatero. Él no es ningún ideólogo. Zapatero vadea el cenagal ideológico de la izquierda en el que flotan los cuerpos que alimentaron aquella izquierda, los más y los menos nobles, desde la fe en la capacidad transformadora de una razón sin ataduras en la historia o la naturaleza humana al comunismo o, sí, al fascismo. Zapatero se impregna de todo ello como lo hace la propia izquierda. 

El ropaje progresista le da al fascismo un aire de superioridad moral desconocido desde hace siete décadas. No me tengo que ir muy lejos, que para ello soy lector habitual de El País. El sábado publicaba un artículo titulado muy oportunamente Liberalismo, tabaquismo y democracia, pues con esta breve enumeración señalaba las tres cosas contra las que escribía Manuel Arias Maldonado. Recordaba la Ley Antitabaco para dolerse de que España, ya se sabe, es un cachondeo. Esta tierra anarquista e individualista (dicen) no respeta la autoridad. Si nos prohíbe fumar en tal o cual sitio, luego va la gente y hace cada uno de su capa un sayo y la malhadada ley se incumple sin recato. Aquí todo el mundo va a lo suyo, menos yo, que voy a lo mío. Esto se tiene que acabar. ¿Que la ley es ineficaz por tal o cual ambigüedad? Acabemos con todas las ambigüedades: "Desde luego, este decepcionante resultado demuestra que sólo una norma que imponga sin distingos la prohibición absoluta de fumar en cualquier espacio público puede ser eficaz". Prohibición total. A la libertad, ni un resquicio por el que colarse.

Para apuntalar esta propuesta progrefascista, el autor destapa todas las viejas esencias: la condena moral de las costumbres hedonistas de la juventud, la intolerable pretensión de anteponer la necesidad privada al interés general, la pretensión de formar parte del destino manifiesto de la historia frente a los valores "antiguos", la preeminencia de la salud y el medio ambiente, la falta de respeto a la autoridad… una gozada de artículo; no falta nada. Y en la Página cuatro de Opinión de El País.

Cuando Oriana Fallaci recogía la idea de que "hay dos tipos de fascistas: los fascistas y los antifascistas" no estaba tan desencaminada.

Peor el remedio…

El plan Paulson apoyado por demócratas y republicanos en contra de la opinión de un 93% de los ciudadanos estadounidenses no es la panacea que venden Bush, Obama y McCain. La crisis de las subprimes no es la de un mercado libre falto de intervención sino todo lo contrario. En efecto, la Community Reinvestment Act de Jimmy Carter por la que los políticos forzaron la existencia de las hipotecas subprime para "facilitar" a todos el acceso a una vivienda, la garantía pública a Fannie y Freddie para que apoyaran ese experimento de ingeniería social y los tipos de interés que la monopolista Reserva Federal mantuvo por los suelos durante 5 años fueron el caldo público de cultivo de la actual crisis.

La tentación de los políticos suele ser tapar las negativas consecuencias de anteriores intervenciones sobre el libre mercado con nuevas intervenciones que desafortunadamente nos dejan nuevos problemas y rara vez solucionan completamente los viejos. En este caso resulta más que dudoso que la compra de activos de mala calidad por valor de 700.000 millones de dólares pueda resolver la crisis subprime y, sin embargo, parece muy probable que el enorme endeudamiento con el que se financiará el plan hunda el valor de la deuda pública norteamericana y del propio dólar. Al final lo previsible es que el ciudadano estadounidense termine pagando a un precio desorbitado las disparatadas políticas intervencionistas de sus políticos, de algunos financieros y de los dirigentes de la FED.

Si el acuerdo tiene poco sentido al otro lado del Atlántico, aquí no tiene ninguno. Y es que nuestra crisis no es la de las hipotecas subprime; es mucho peor. El PER de la vivienda, el ratio que ayuda a medir la sobrevaloración de los precios de los inmuebles indicando los años que es necesario esperar para recuperar la inversión en vivienda, ha llegado aquí a 35 frente a los 23 que alcanzó en EEUU. En España se construían casi un millón de viviendas en el punto álgido de la burbuja mientras que en EEUU, para una población de 300 millones de habitantes, se construían 1,6 millones. En nuestro país se ha producido una enorme distorsión de la estructura productiva de la que sólo nos recuperaremos para crecer de manera sana tras un doloroso reajuste. Las malas inversiones tendrán que ser liquidadas y tendremos que recolocar los factores de producción donde más se los necesita para comenzar un crecimiento armónico.

Además de provocar todos los efectos negativos del Plan Paulson, un plan español similar impediría la imprescindible reestructuración y alentaría a las instituciones rescatadas a continuar con las malas prácticas que inflaron la burbuja. Necesitamos aislar los activos infectados y no esparcirlos contaminando el resto de la economía. Para colmo, un acuerdo político de estas características dirigiría el escaso ahorro que necesitamos para capitalizar los proyectos viables hacia proyectos que no tienen futuro y deben ser liquidados cuanto antes.

Sin embargo, un gran acuerdo entre el líder socialista y el popular podría ayudarnos a hacer más llevadera la travesía por el desierto si girara en torno a otros principios. Ese trato necesariamente requeriría incentivar el maltratado ahorro de los españoles, recortar al máximo el despilfarro público –tratando de bajar impuestos si fuera posible– y flexibilizar el mercado de trabajo y demás factores de producción para que la reestructuración sea más rápida y menos dolorosa. Esperar un trato como este de dos alérgicos al liberalismo es pedirle peras al olmo. Pero la esperanza debe ser lo último que perdamos cuando nos jugamos tanto.

La crisis no existe para los “zejateros”

Sólo un ejemplo, por lo demás reciente. En el transcurso de un acto social, el director Antonio del Real invitó a Zapatero y señora al estreno de su última película. El presidente le aseguró que allí estaría si su agenda se lo permitía. Acto seguido, según cuenta el damnificado, dos grandes actrices se acercaron a la pareja presidencial para hacerle saber que se trataba de alguien que no había apoyado las algaradas callejeras de los actores contra Aznar a cuenta de la segunda parte de la Guerra del Golfo. Cuando están en juego las habichuelas, hay que ser un héroe para discrepar de la secta. Y en un negocio estatal, como lo es el cine español en tanto sobrevive gracias a las subvenciones, con más razón aún.

En los "presupuestos más austeros de las últimas décadas", según Solbes, los artistas de la ceja no van a experimentar ninguna reducción en los fondos que anualmente les facilita el Gobierno, todo gobierno, para que asombren al orbe civilizado con sus producciones cinematográficas. Antes al contrario, el cine va a ser una de las pocas industrias que va a aumentar el caudal de dinero proveniente del estado, es decir, de su bolsillo y el mío. Durante la última campaña electoral se hartaron de insultar a la gente de derechas. Ahora ZP les agradece el detalle con el dinero de todos, incluidos los que fuimos el blanco de sus invectivas.

Ochenta y ocho millones de euros es lo que el Ministerio de Cultura va a entregar a los promotores de la campaña de la ceja, para "dar respuesta a la demanda del público que ama una cinematografía que le es propia y en la que se ve reflejado", según el señor ministro. El amor de los españoles por esta cinematografía es últimamente bastante relativo, si uno echa una mirada las cifras de audiencia. En 2007, el cine español perdió casi seis millones de espectadores según cifras del propio ministerio, o sea, que más que amarlo parece que a los españoles nos cae cada vez más gordo. En cuanto a verse reflejado en lo que aparece en la pantalla, el ministro debe referirse a algún sector marginal del progresismo. Desde luego, los creyentes no pueden identificarse con películas como "Los girasoles ciegos", furibundo ataque a la religión católica (que como no podía ser de otra manera, nos representará en la próxima gala de los Oscar) cuya trama se desarrolla en el contexto de la guerra civil, un tema prácticamente inédito en nuestra filmografía progresista, como es bien conocido. Su director, José Luis Cuerda, tuvo que padecer algún trauma de niño por culpa de los curas. Quizás le daban palmetazos en el trasero cuando lo sorprendían atiborrándose de comida en mitad de la clase. Y es que hay afrentas que no se perdonan jamás.